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Acto II

 

REY DON ALONSO, PERO COELLO, DIEGO LÓPEZ PACHECO, CORO 1.º, CORO 2.º

 
REY
Es, esceptro, de valía inestimable
a quien no te conoce, porque cierto,
quien viese sin pasión, y sin antojos,
cuan otro de lo que pareces eres;
caído en este suelo que te hallase, 5
antes debría con los pies hollarte,
que levantarte dél: nunca yo alabo
a los muy alabados de que a costa
de sangre ajena, imperios destruyeron,
por extender el propio; antes alabo 10
aquellos que con ánimo cristiano
teniendo reinos, muchos los desechan;
mayor grandeza de ánimo es grandezas
despreciar que acetar, y más seguro.
El resplandor del mundo nos deslumbra 15
y es tierra al cabo, y tierra muy pesada.
De un alto alcázar, siempre atalayamos
la fortuna cruel que nos combate,
como escudos del pueblo aventurados
a recibir sus golpes; no hacello 20
es mal usar del esceptro, bien hacello
es no tener la vida más segura
de lo que estos peligros nos prometen.
COELLO
Peligros gloriosos, y trabajos
dulces y descansados, pues te suben 25
de la gloria del suelo a la del cielo.
PACHECO
Trabajo más que estado es el de reyes,
mas tal rey como tú clemente y justo,
desello no te pese; vendrá tiempo
en que te ilustren más estos trabajos, 30
con discreción llevados, y en paciencia
que las victorias grandes, mal habidas
con estrago de pueblo y de reinos.
Este mal atajado, que te aflige,
libre te reirás de la fortuna. 35
REY
De quien se temen menos los agravios
de aquel se siente más, ¡ay, quién temiera
del príncipe mi hijo tal avieso
¿Qué estrella fue tan triste y tan escura
aquella, qué mal signo, o mal planeta 40
lo pudo contra mi volver tan duro?
PACHECO
Durandola ocasión, dura el pecado,
quitándola se quita.
REY
Extraña causa
endurece así aquel tierno pecho.
PACHECO
Endurézcase el tuyo con justicia. 45
REY
Duro remedio, ¡cuánto mejor fuera
amor y sujeción! ¡Oh mis pecados,
cuán gravemente sobre mí descargan!
COELLO
¿Señor, qué hay que decir?
Muera esta dama. 50
REY
¿Que muera todavía?
PACHECO
Señor, muera
porque vivamos todos.
REY
¿No es crueza
matar al inocente?
PACHECO
Muchos puedes
mandar matar sin culpa, habiendo causa.
REY
¿Con qué causa o color matamos ésta? 55
PACHECO
¿No basta que su sola muerte ataja
los males que tenemos de su vida?
REY
¿Ella qué culpa tiene?
PACHECO
Es ocasión.
REY
Oh, que ella no la da, el infante quiere
Tomalla, por traerme a tal estrecho, 60
¿qué ley o qué derecho la condena?
COELLO
El bien común, señor, larguezas tiene
con las cuales abona muchas obras.
REY
¿Así que estáis en esto?
COELLO
En esto muera.
REY
¿Que muera una inocente?
COELLO
Que nos mata.
65
REY
¿Otro medio no habrá?
PACHECO
Todo otro medio
es daño conocido, no remedio.
REY
Echémosla del reino.
COELLO
El amor vuela
REY
En un santo y estrecho monasterio
podremos encerralla.
COELLO
Hele quemado.
70
Este fuego, señor, no muere luego,
cuanto más le resisten, más se enciende.
Contra el amor, ¿qué fuerte hay que lo sea?
REY
Matalla, cierto, es medio riguroso.
COELLO
¿No ves, señor, que muchas veces mueren 75
muchos sin merecello? Dios lo quiere
por el bien que se sigue.
REY
Dios lo haga.
PACHECO
También licencia tal los reyes tienen
que en su lugar están.
REY
Antes no tienen
licencia para más de lo que manda 80
la razón y justicia, otra licencia
es bárbara crueza de paganos.
PACHECO
¿Pues qué dirás de aquellos que a sus hijos
ásperas muertes dieron, solamente
por dar ejemplo de justicia al pueblo? 85
REY
A los que bien hicieron tengo envidia,
a los que mal, querría no seguillos.
COELLO
Aunque en algo escedieron, todavía,
a los males atajaron, que causaron.
REY
Ningún mal se ha de hacer, por cuantos bienes 90
se puedan dél seguir.
PACHECO
Ni bien alguno,
del cual se sigan males.
REY
Mal parece
matar una inocente, ante Dios quiere
que un malo y pecador sea perdonado,
que un inocente y justo condenado. 95
COELLO
El bien común, Dios quiere que se estime.
Mas que el particular, y hay muchas cosas,
en cuyas circunstancias está el todo,
y en el todo, nada.
REY
Engáñase el jaiclo humano a veces. 100
COELLO
El del buen rey de Dios es inspirado.
REY
Temo de dejar de mi nombre de injusto.
COELLO
Antes le dejarás de justo y santo,
pues te aconsejas siempre con los tuyos,
y el parecer de los discretos sigues. 105
PACHECO
Ves, poderoso rey, ves con tus ojos
cuanto ya cunde la enconosa yerba
que este amor ciego siembra; bien ves cuanto
la soberbia y desprecio desta gente
contra ti, y contra todos, va creciendo, 110
y si viviendo tú tenemos tanto,
después que tú nos dejes, ¿qué haremos?
Por dar salud al cuerpo, cualquier miembro
si se pudre se corta porque el sano
no venga a corromperse; aqueste cuerpo, 115
del cual tú eres cabeza, está en peligro
de corromperse todo, y destruirse,
por esta hembra sola; si la vida
le atajas, la ponzoña es atajada,
tendrás el reino sano y sin zozobra. 120
Si en parte esto crueza te parece,
engañaste, no lo es, sino justicia,
cuando de cruel ánimo no nace,
es una saludable medicina,
aunque parece amarga, con que curas 125
las vidas, que forzado el tiempo andando,
habías de quitar a tus amigos,
de suerte que la ley divina manda
que muera esta mujer, por el sosiego
del reino, y escarmiento de tu hijo: 130
la clemencia, sin duda, es una joya
de grande precio, y digna de altos pechos,
de reyes sobre todas las virtudes,
por el peligro grande que hay en la ira,
siendo con libertad ejecutada; 135
mas porque tal virtud no valga menos,
otra trae consigo que la adorna,
ésta es severidad, virtud divina,
de griegos acatada y de romanos:
estas virtudes son las dos columnas 140
sobre que estriban todos los estados,
si alguna dellas falta de su punto,
es mengua y quiebra tuya y de tu reino.
Claras muestras has dado de clemencia,
después que esa corona te dio el cielo; 145
conviene que las des también agora
de la severidad, tan importante.
REY
La parte que me cabe deste hecho
pongo in vosotras toda, mis amigos,
si sin pasión estáis tan obligados 150
a persuadirme aquello que es más justo,
mas servicio de Dios, y bien del pueblo.
Mis ojos sois vosotros, yo no veo
mas de lo que vosotros me mostráis,
orejas mías sois, oír no puedo 155
más de lo que vosotros me decís;
es bueno mi intención, y Dios lo sabe;
si es el engaño vuestro, vuestro sea
el castigo del cielo riguroso.
PACHECO
Descarguen nuestros hombros ese peso, 160
mi parte tomo yo, o lo tomo todo.
COELLO
Sobre quien te aconseja lo indebido
carga del cielo un furioso rayo,
la tierra se abra, y vivo, así le trague,
que en cuerpo y alma, al más profundo centro 165
le lleve, y ponga entre las tristes sombras,
sombras fieras, do pague sus maldades.
Almas y honras tenemos, y estas todas
a ti, señor, debidas te las damos,
éstas pues te aconsejan, y tú sabes 170
de nuestros grandes daños el extremo,
las honras peligramos, y las vidas,
que en odio eterno quedan de tu hijo,
so cuyos pies quedamos; mas nosotros
perdámonos, perdamos estas vidas, 175
pasemos crudas muertes, nuestros hijos
desheredados quedan, y sin padres,
la furia de tu hijo nos persiga,
antes que miedo tal en nuestro pecho
mas pueda, de lo que la virtud manda. 180
Tu hijo pues lo sabe, no ha tenido
tiempo para creer esto, de que burla,
señal de pertinacia intolerable.
REY
Idos aparejar, que presto salgo,
en vosotros me salvo, Dios me salve. 185
Señor, que estás en esos altos cielos,
y desde allá bien ves lo que proponen,
lo que las almas piensan y pretenden,
inspira esta alma mía, no fallezca
en el aprieto grande en que se halla. 190
Recelos y osadías me combaten,
extremos de piedad y de crueza;
matar injustamente es cruda cosa,
atajar grandes malos obra pía.
Oh hijo que así quieres destruirme 195
esta vejez te duela tan cansada,
trueca esa pertinacia en buen consejo,
no quieras, hijo, que tu padre quede
juzgado mal del mundo, y condenado
delante aquel juez que está en los cielos. 200
Oh vida gloriosa la que vive
el pobre labrador, sólo en su campo,
libre de la fortuna, y descansado,
libre de estos desastres que acá reinan;
Oh, que yo no soy rey, soy un cautivo, 205
desventurado, triste, y sin consuelo;
nadie es rey menos que el que tiene reino
oh, que no es esto estado, es cautiverio,
de los que no lo creen deseado:
es una servidumbre suntuosa, 210
es un trabajo inmenso, es una muerte
con color de descanso disfrazada.
Aquel es solo rey, que así acá vive,
aunque su nombre siempre esté callado,
que de miedos, deseos, y esperanzas, 215
libre pasa sus días, buenos días,
con ellos estas canas yo trocara.
Ay, que aunque rey me veo, a muchos temo,
con muchos disimulo, a muchos no oso,
ni puedo castigar, un rey no puede 220
(sólo Dios puede) todo lo que quiere,
Un rey teme a su pueblo, y sufre cosas
que el plebeyo quizá no sufriría.
No soy rey, soy cautivo, y tan cautivo,
cuanto él que voluntad no tiene libre. 225
Sálvome en el consejo de quien creo
que fe tiene conmigo, esto me salve,
señor, contigo, o tú por tu clemencia
me inspira discreción, y aviso tanto,
cuanto por el estado en que me has puesto, 230
y líbrame algún tiempo antes que muera,
de tanta obligación, para que pueda
mejor me conocer, y a ti volar
con alas más ligeras, descargado
del peso que fatiga el alma triste. 235
CORO 1.º
Cuánto mas libre, cuánto más seguro
es el estado, que de sí contento,
no se levanta, más de cuanto huye
       grande miseria.
Tristes pobrezas, nadie las desee; 240
ciegas riquezas, nadie las procure;
la bienaventuranza desta vida
       Es medianía.
Príncipes, reyes y monarcas sumos,
sobre nosotros vuestros pies ponéis, 245
sobre vosotros la cruel fortuna
       tiene los suyos.
Sopla en los altos montes más el viento,
los más crecidos árboles derriba,
rompe también las más hinchadas velas 250
       la tramontana.
Pompas, vientos, títulos hinchados
no dan descanso más, ni más dulzura
antes más cansan, y más sueño quitan
       al que los ama. 255
Como sosiegan en el mar las ondas,
así sosiegan estos pechos llenos,
nunca quietos, nunca satisfechos,
       nunca seguros.
Si la fortuna, y cortar pudiese, 260
a la medida del deseo, nunca
querría más que asegurar la vida
       de menesteres.
Quien más desea, las más veces se halla
triste y burlado, pocas veces duerme, 265
el fuego teme, vientos, aires, sombras,
       teme los hombres.
Rey don Alonso, ¿por qué no te gozas
dese tu esceptro, por qué esa corona
pesada llamas? El peso del alma 270
       tanto te aflige.
CORO 2.º
Cuán raras veces vemos
tardar en su venida
la justicia del cielo,
sobre los malos hijos 275
que den trabajo y muerte,
negando la obediencia
a sus propios padres:
pecado torpe y feo
a los divinos ojos, 280
pecado que padece
mas de hircanos tigres,
mas de leones bravos,
que de hombre a semejanza
de su hacedor criado. 285
Aquel amor tamaño
de padres que te engendran,
de padres que te crían
con sangre de su pecho,
¿cómo olvidar le puedes? 290
¡Oh gran brutalidad,
oh fiera rustiqueza,
hacer tan mal retorno
a tanta cortesía!
Rey don Alonso, rey 295
conócete a ti mismo,
acuérdensete agora
aquellos yerros feos,
de cuando perseguiste
a tu propio padre, 300
que en ti son castigados
por otro hijo tuyo,
que te desobedece.
Dan vuelta, ya las quinas
reales y divinas, 305
por Dios eterno dados
a aquel buen rey primero
de quien el esceptro y nombre
que tienes heredaste,
por ti se levantaron, 310
no contra cinco reyes,
con cuya sangre y vida,
mas hubo el rey primero,
mas contra el rey tu padre,
mas contra tus vasallos; 315
dan vuelta, ya las quinas,
reales y divinas,
y en bravo fuego ardiendo,
contra sí mismas duras
se muestran y crueles. 320
¡Oh con cuánta fiereza
la sangre se vertía,
la sangre de los tuyos!
Tú no los merecías;
cuantas veces la santa, 325
santa reina tu madre
se metió en aquel fuego,
por la vida salvarte,
por ella era apagado,
por ti tornaba a arder; 330
agora ardes en éste,
justicia de Dios vino.


Acto III

 

DOÑA INÉS, AMA, CORO 1.º, CORO 2.º

 
DOÑA INÉS
Nunca más tarde para mí que agora,
el sol hirió mis ojos con sus rayos.
¡Oh sol claro y hermoso, cómo alegras
la vista que esta noche te perdía!
¡Oh noche escura, cuánto me duraste! 5
En miedos y en asombros me trajiste,
tan tristes y espantosos, que creía
que allí se me acababan los amores.
Allí desta alma triste los afectos,
acá empleados; y vosotros, hijos, 10
mis hijos tan hermosos, en quien veo
aquel divino rostro, aquellos ojos
de vuestro caro padre, aquella boca.
Tesoro peregrino, mis amores,
quedábades sin mí. 15
¡Oh sueño triste, cuánto me asombraste!
Tiemblo aún agora, tiemblo, Dios nos libre
de tan mal sueño, y de tan triste agüero,
en más dichosos hados Dios le mude.
Primero creceréis, amores míos, 20
que de me ver que os lloro, estáis llorando,
mis hijos tan queridos, tan hermosos,
en vida quien os ama, y teme tanto,
muriendo, ¿qué hará? Mas viviréis
y creceréis primero, y estos ojos, 25
que agora os son de lágrimas arroyos,
dos soles os serán, cuando con ellos,
os vea rutilantes y gallardos,
correr por esos campos, do nacistes,
delante vuestro padre, en muy lozanos 30
caballos, a porfía, cual primero
el río pasará, a ver vuestra madre.
Dos soles os serán, cuando con ellos,
os vea rutilantes y gallardos,
cansar las fieras, y mostrar tal brío, 35
que amigos os adoren, y enemigos
de vuestro nombre tiemblen; esto vean
mis ojos, vean esto, y luego vengan
por mí mis hados, aquel día venga,
que ya me está esperando; en vuestros ojos 40
hincaré yo mis ojos, hijos míos,
mis hijos tan queridos, vuestra vida
por mía la tendré, cuando ésta acabe.
AMA
¿Qué llantos y qué gritos, mi señora,
eran los desta noche?
DOÑA INÉS
Oh ama mía,
45
la muerte vi esta noche, cruda y fiera.
AMA
Entre sueños te oí llorar, y tanto,
que de miedo y de espanto quedé fría.
DOÑA INÉS
Aún agora se me pasma el alma
de aquellos grandes miedos asombrada, 50
y sombras de la muerte a sus umbrales:
¡Ay triste! Que cansada y desmayada,
cansada de llorar la soledad
que allá consigo lleva, y acá deja
el príncipe, con su negra partida, 55
tan triste adormecí que la tristeza
me trajo en sueños uno el más pesado,
que aún no puedo agora con su peso.
Porque soñé, que estando en esa sala,
con estos niños, como estoy agora, 60
entraban tres leones desatados,
que arremetiendo a mí con duras garras,
los pechos me rasgaban; yo cuitada
que en angustia tamaña me vela,
por mi señor gritaba, 65
mis hijos escondía, y a mí no,
que no podía ni me daban tiempo:
entonces me parece que rendía
con tantas ansias el vital aliento,
que aún agora no sé si le tengo; 70
allí dejaba pues esta alma triste,
de mí arrancada, con las esperanzas,
que esta era mayor muerte que la muerte,
de poder ver a mí señor don Pedro.
AMA
Ay, cuál que quedaría esa alma tuya, 75
tan muerta; Dios te guarde, más a veces,
el pensamiento triste trae visiones
escuras, y medrosa el cuidado
con que, señora mía, adormeciste,
te trajo esos espantos tan extraños. 80
DOÑA INÉS
Lloro el dolor sin par y sin mancilla
de mi señor y bien, cuando tal oiga.
AMA
¿Qué hay que llorar en sueños?
DOÑA INÉS
No sé qué es,
no sé qué peso es éste que me aflige.
Solía ser que cuando yo quedaba 85
sola sin mi señor, en él soñaba,
y sueños tan suaves, que las noches
me parecían cortas, para en ellas,
con él gozarme. ¡Ay gozos engañosos!
Allí creerá que conmigo hablaba, 90
y yo con él, y aquellas sus palabras,
con que él solemnizaba su partida,
no enteras, sino medias,
lloroso y tierno me las repetía;
allí con fiel blandura detenido, 95
y asido con mis brazos, hasta el punto
que recordando de tan dulces burlas,
hacia dellas veras, y el sentido
embeleñaba de arte que las noches
con él se me pasaban, y los días; 100
mas esta triste noche, con la vida
se me acababan todas estas burlas.
AMA
Otro día, señora, mas alegre
verás, y la corona que te espera
tendrás sobre esos tus cabellos de oro; 105
alégrate entre tanto, reina mía,
deja esas vanas sombras, y esos miedos,
con que el amor en ti sus suertes hace.
DOÑA INÉS
¡Oh mi señor, quien hora aquí te viera,
y en tus hermosos ojos se mirara! 110
Ay, no entiende; estas lágrimas parece
que el alma derretida se me cae,
pronóstico de eterno apartamiento.
AMA
Señora, mal te agüeras, mejor hado
será, mi reina, el tuyo, ¿por qué lloras? 115
DOÑA INÉS
No sé que esta alma ve que tanto teme.
AMA
La imaginación sola es peligrosa.
DOÑA INÉS
¿Qué hará quien ya no puede estar sin ella?
AMA
Pensar en bien es despedir tristezas.
DOÑA INÉS
¿Quítame tú las causas de estar triste? 120
AMA
¿Por qué lloras el mal antes que venga?
DOÑA INÉS
Porque temo perder el bien que espera,
cualquier sombra me asombra, cualquier viento
temblar me hace, cuando considero
este alto estado, quedo sin sentido, 125
el corazón me deja en tanta altura,
en cuanta está subida mi bajeza.
AMA
Esfuérzate, señora, ¿por qué tienes
el corazón tan a los pies caído?
¿Por qué temes los hombres? Que fortuna, 130
que hados, o que estrellas de la ciega
gentilidad creídas mudar pueden:
aquella providencia poderosa
de Dios que te levanta al alto estado,
para que te formó tan santa y bella. 135
DOÑA INÉS
Estoy segura que lo que el eterno
gobernador del cielo y de la tierra
quiere ordenar y hacer, eso se hace,
de otras idolatrías vanas burlo:
mas esto me congoja, que a mí misma 140
me miro y veo el yerro cometido,
porque aunque a los principios fue forzada,
debiera antes morir, que tal escándalo
a todo el reino dar, en cuyas bocas
mi nombre es ultrajado, y de los cielos. 145
De donde se ve todo, estoy temblando,
de aquella gran justicia que no deja
pasar pecado alguno sin castigo.
AMA
Temer aquel supremo y riguroso
juez, antes del día de su ira, 150
cosa es, señora mía, justa y santa;
mas sabes bien, señora, que los hombres,
a Dios que es bien inmenso no mirando.
Se engañan muchas veces, y mal juzgan
y en casos tales sola la conciencia 155
es la que nos condena o justifica,
pues ésta tú la tienes y asegura
con el ánimo firme, con que entrambos
estáis sacramentados, reina mía,
engaño ajeno no te aflija tanto, 160
a Dios te vuelve, y llama allá en tu pecho,
que él abrirá por su bondad los ojos,
y hará que los que agora mal te juzgan,
vean su ceguedad, y se arrepientan.
DOÑA INÉS
Si el ánimo bastase, amiga mía, 165
a disculpar las obras, bastaría
aqueste mío a disculpar las mías;
mas témome no baste, pero baste
con Dios a disculpar la flaqueza,
que en mí conozco grande, aunque deseo 170
fue siempre de enmendarme, o conformada
mi voluntad con la que así cautiva
me tiene en verdadero matrimonio,
o con nos apartar, arrepentidos
de nuestros grandes yerros, para siempre. 175
Mis ojos vean esto, señor, vean
esta alma libre.
AMA
Así la verás presto
si esperas, si confías, si te quieres
guardar para aquella hora tan dichosa,
que Dios para tu gloria ha señalado: 180
entre tanto, señora, vive, vive,
vive para que viva quien tanto ama
tu vida que es más suya, que la suya.
DOÑA INÉS
Jamás mis ojos tanto se quejaron
por mi señor, ni el triste pensamiento 185
de mí le imaginó tan olvidado.
Mi bien, Dios te me guarde, que sospecho
que algún mal te detiene, algún mal grande;
el alma se me arranca deste cuerpo,
parece que volar para ti quiere, 190
parece que te huyes, que me dejas:
ay, pensamientos, tristes pensamientos,
oscuros y pesados, idos, idos.
AMA
Quien llama a la tristeza, mal la puede
lanzar de sí, que a las veces en el gozo, 195
tan furiosa se entra, que le turba;
mira estos angelicos, tan seguras
y ciertas prendas del amor tamaño,
con que engendradas fueron en sus ojos,
esos tuyos alegra que deshechos 200
están en crudas lágrimas, no llores,
que estragas ese rostro tan hermoso;
detén, hija, las lágrimas, no llores,
que pierdes esos ojos, ay, no vean
en ellos tantas muestras de tristeza 205
aquellos cuya gloria es verte alegre,
¿No ves como las aguas deste río
corren a saludarte, a tus amores?
De allá te oye, señora, ellas le traen
a la memoria en ti sola empleada, 210
este aposento tuyo, donde mora
contigo siempre su dulcísima alma:
tan frescos y tan esmaltados campos,
debajo de tan espejado cielo,
¿quién los verá, que luego no se alegre? 215
Oye los dulces cantos y alboradas
con que los pajaritos te festejan,
por entre esta arboleda deleitosa:
espera, espera de gozar todo esto,
en algún tiempo con doblado gusto, 220
libre de la fortuna y de sus miedos,
señora de tu bien y desta tierra.
DOÑA INÉS
Ay, ama mía, quien no te tuviera,
cuán mal llevara tales accidentes:
bien veo que son sombras, que son vientos, 225
que amor me representa más agora,
parece que me aflige la tristeza,
más de lo acostumbrado agora, más
temo, y no sé que temo.
CORO
Tristes nuevas mortales, 230
tristes nuevas te traigo, o doña Inés,
oh cuitadilla triste, o cuitadilla,
que no mereces tú la cruda muerte
que presto te darán.
DOÑA INÉS
¿Qué dices? Habla.
CORO
No puedo, lloro.
DOÑA INÉS
¿De qué lloras?
CORO
Veo
235
ese rostro, esos ojos, esa...
DOÑA INÉS
¡Triste,
triste de mí! ¿Qué mal, qué mal tamaño
es ése que me traes?
CORO
Mal de muerte.
DOÑA INÉS
Mal grande.
CORO
Todo tuyo.
DOÑA INÉS
¿Qué me dices?
¿Es muerto mi señor, infante mío? 240
CORO
Los dos moriréis presto
DOÑA INÉS
Oh nuevas tristes,
¿Cómo, por qué razon, que me le matan?
CORO
A ti te matarán, él por ti vive,
por ti morirá luego.
AMA
No permita
Dios tanta desventura.
CORO
Cerca viene
245
la muerte que te busca, ponte en salvo;
huye, cuitada, huye, que ya suenan
las duras herraduras, gente armada
corriendo viene, aquí viene a buscarte
el rey determinado, ¡oh desdichada! 250
De descargar su saña en ti; tus hijos
esconde si hallas donde, no les queda
destos tus hados parte.
DOÑA INÉS
¡Oh sin ventura,
oh sola sin abrigo! Señor mío,
¿dónde estás, que no vienes? ¿Quién me busca? 255
CORO
El rey.
DOÑA INÉS
¿Pues, qué me quiere?
CORO
Rey tirano,
y tales los que tal le aconsejaron.
Por ti pregunta, y a tus tiernos pechos,
con duro hierro traspasar pretende.
AMA
Cumpliéronse tus sueños.
DOÑA INÉS
Sueños tristes,
260
¡cuán ciertos me salís, y verdaderos!
Oh mi espíritu triste, o alma mía,
¿por qué lo que creías, y veías,
quisiste no creer? Ay, ama, huye,
huye desta ira grande que nos busca, 265
yo sola quede, sola, aunque inocente.
No quiero más socorro, venga luego
por mí la muerte, pues sin culpa muero.
Vosotros, hijos míos, si ella fuere
tan cruda que de mí apartaros quiera, 270
por mí gozad acá de aqueste mundo;
socórrame hora Dios, y socorredme,
mujeres de Coimbra: ¡oh caballeros,
ilustre sucesión del claro Luso,
pues veis esta inocente en tal estrecho, 275
amigos, socorrelda!
Mis hijos, no lloréis, que tiempo os queda:
gozaos desta madre, en cuanto os vive;
y vosotras, amigas, rodeadme,
cercadme en torno todas, y pudiendo, 280
libradme agora, porque Dios os libre.
CORO 1.º
Teme tus yerros, juventud lozana,
abre los ojos tus postrimerías,
piensa del tiempo, siempre te aprovecha
       que va volando. 285
¡Oh cuán en vano del pasado tiempo,
breve momento, querrás alguna hora!
El que presente tienes atesora,
       no se te pierda.
Oro, ni plata, ni las margaritas 290
mas preciosas que los hombres aman,
y por habellas de las hondas venas
       muerte no temen,
nunca pudieron, ni jamás podrán
comprar un punto deste tiempo libre: 295
príncipes, reyes, y monarcas sumos,
       no se descuiden.
Corre más que ellos el ligero tiempo,
ni valen fuerzas ni belleza vale,
todo deshace, todo huella y pisa, 300
       nadie le fuerza.
Con tiranía fiera va cortando
vidas a mozos, lástimas a viejos,
sola la fuerza de virtudes clara
       puede vencelle. 305
Ésta lo vence, su valor es mucho,
ésta al eterno espíritu siguiendo,
vivo riéndose de la fortuna
       y de la muerte.
Vive pues, vive, juventud lozana, 310
ama virtudes, con el tiempo vive,
porque te valgas dél en aquel día
       del gran aprieto.
CORO 2.º
Después de amores dulces,
la muerte viene amarga, 315
o de vida, o de honra,
o de alma, o todo junto;
pues queda el alma ciega,
sin ver el claro día
de la razón que muestra 320
los males y peligros
en que este amor acaba.
Oh príncipe tan ciego,
oh príncipe tan duro,
que tus ojos cerraste 325
a los avisos claros,
cerraste tus orejas
a los consejos ciertos
de tus amigos tales,
y agora que tú duermes, 330
o estás mas descuidado,
la muerte presurosa
corriendo viene en busca
de tu suave vida,
de tus amores dulces. 335
Muerte cruel, que buscas
hembra tan inocente,
deténgante siquiera,
y a piedad te muevan,
aquellos ojos bellos 340
de aquel divino rostro;
un nudo no desates,
con que el amor tan suave,
a todos corazones,
harás crueza grande, 345
si apartas unos ojos
de otros, y si desvías
un alma así de otra alma,
y tan ilustre sangre
derramas a deshora. 350
Duélante ora sus pechos
tan tiernos y nevados;
duélante sus mejillas
tan albas y rosadas,
que ya su color pierden, 355
que al corazón acude
cuajado y hecho hielo,
con miedo de tu nombre;
aquella su garganta,
tan de cristal y plata, 360
apoyo de cabeza
tan bella y tan dorada,
¿cómo cortalla puedes
con golpe tan esquivo,
y arrancar de tal cuerpo 365
espíritu tan digno,
de cuerpo tan hermoso?
A piedad te mueva
la rara gentileza
de aquel infante triste, 370
y destas prendas suyas;
detente en cuanto llega,
detente en cuanto tarda;
corre, oh infante, corre,
socorre a tus amores, 375
¡Ay! Que sabrás si tardas
en qué el amor acaba.