El día 23 de mayo el Estado Mayor, acompañándose de una buena parte de los jefes y oficiales del ejército y fuerzas de las tres armas, hizo un reconocimiento de las posiciones enemigas, acercándose bastante a ellas, y pudieron apreciar el alcance y el número de los cañones y otros puntos importantes para el ataque.
Hecho el reconocimiento, el General en Jefe (que era Baquedano) acordó la partida del ejército para el día 25. Todo listo, éste se puso en movimiento a las 9 a. m. Adelante de la vanguardia iba una compañía del Escuadrón Carabineros de Yungay «sirviendo de antenas al ejército». De atrás partió la 1.ª División con los Navales a la cabeza, seguida inmediatamente por las otras divisiones, llevando en medio una serie de carros que conducían agua, municiones y víveres, carros, que, a pesar de ir tirados por vigorosas mulas, iban rezagándose paulatinamente a causa de lo pesado del camino. Las bestias se hundían en la arena hasta más arriba del tobillo y se detenían a tomar aliento.
Formaban una larga e interminable columna que se desarrollaba como una inmensa serpiente, subiendo y bajando lomajes, haciendo curvas en las laderas, perdiéndose en el desierto, envueltas en nubes de tierra y bajo los quemantes rayos del sol. Dando pequeños descansos a las tropas se siguió sin novedad hasta el momento en que encimando una loma, a eso de las 2.30 P.M. se oyó un fuego de fusilería, y de ahí a poco llegó a todo escape un carabinero, diciendo que su compañía se batía con una avanzada enemiga que había tomado la recua de 60 mulas con agua despachada en la madrugada, hiriendo a dos arrieros y capturando a otros dos. Inmediatamente se hizo avanzar al Valparaíso, y el Coronel Amengual seguido de sus ayudantes de campo, se adelantó al galope de su caballo hasta llegar a la Quebrada Honda, donde se encontraban los dos heridos. El enemigo huyó llevándose los prisioneros y las mulas.
Después de este incidente se prosiguió la marcha hasta las 6 p. m., teniendo ya a la vista las posiciones enemigas; y entonces el General en Jefe ordenó hacer alto y formar la línea de batalla, quedando extendidas al frente la 1.ª y la 2.ª División, con el batallón Navales en la extremidad derecha y el Atacama cerrándola por la izquierda. La 3.ª División se situaba formando una especie de martillo con la 2.ª mientras que la 4.ª, con la reserva, a retaguardia.
La artillería llegó en las primeras horas de la mañana, después de vencer grandes dificultades en el camino, y se situó a retaguardia de la infantería, quedando la de campaña a gran distancia, por cuyo motivo su acción fue casi nula, peor aún: los primeros heridos que tuvo el Atacama lo fueron por esa artillería cuyos tiros quedaban cortos cayendo sus granadas en la línea chilena. En cambio, la de montaña pudo entrar al fuego más cerca y prestar servicios más positivos.
Los carretones conductores de agua, municiones y víveres se quedaron muy atrás, atascados en el camino y fueron inútiles todos los esfuerzos desplegados por el comandante de bagaje señor Bascuñán, que sólo consiguió traer en la noche al campamento algunos barriles de agua a lomo de mula. La caballería, que había salido del valle de Sama a media noche a fin de dar tiempo a que forrajeara la caballada, llegaba como a las 4 de la mañana, trayendo cada jinete a las ancas un atado de pasto. El Cuartel General y la Gran Reserva, con Baquedano, Velázquez y Lagos, se situó a retaguardia, lejos de la zona de tiro de la infantería.
Tomadas las precauciones del caso para evitar una sorpresa del enemigo, que desde las alturas observaba los movimientos, la tropa se entregó al reposo; y cerrada ya la noche, el campamento quedó sumido en el silencio. Los soldados dormían tendidos sobre la arena, uno al lado del otro, cubiertos con el capote y el rifle al alcance de la mano, formando una hilera de más de una legua de largo. Velaban su sueño las grandes guardias, las avanzadas y el primer escuadrón de Carabineros de Yungay que, a las órdenes de su comandante señor Manuel Bulnes, marchó hacia adelante con el encargo de vigilar y explorar el terreno.
Hacía la gran guardia del Atacama la compañía de Torreblanca desplegada en guerrilla y cubriendo todo el frente del batallón. Tenía órdenes, además, de vigilar estrictamente al enemigo, acampado a seis kilómetros de distancia, más o menos, la de no disparar sus rifles aunque fuese atacado, debiendo en tal caso incorporarse al cuerpo. Los centinelas alertaban no con la voz sino golpeando sus cartucheras con la mano para no hacer ruido.
Torreblanca se paseaba frente a los soldados de su compañía. Una densa niebla cubría el espacio; y un silencio de muerte reinaba alrededor, hacía frío e iba envuelto en su capote. Se detuvo al reconocer a Eduardo Ruiz, que permanecía inmóvil y de pie, también envuelto en su capote.
-¿Qué hay, compañero, como va de frío? -preguntó el capitán.
-No tengo mucho frío, lo que tengo es sueño... ¿y Ud.?
-Ni frío ni sueño; pero unas ganas de fumar... ¡No hallo las horas que amanezca el día y liquidar esta batalla que ha de ser muy reñida a juzgar por las posiciones del enemigo que ha de estar bien atrincherado, mientras que nosotros tendremos que avanzar de frente por esta pampa peladita!
-Yo no pienso que pudiera irnos mal.
-Yo tampoco, eso nunca. Digo no más que será reñida.
Después de meditar un momento, agregó:
-¿Y ha pensado Ud., compañero, en las consecuencias que tendría para nosotros una derrota aquí en este desierto? ¡No escaparía ninguno!... ¿A dónde huiríamos estando la costa a más de 20 leguas de distancia y con este desierto por medio? ¡Caíamos todos!... Por eso hay que pelear hasta vencer o morir aquí.
-Lo mismo pienso yo, capitán.
-Tres disparos aislados se oyeron por la izquierda. Eran las 10 p. m. Ambos oficiales se quedaron prestando oído. Los centinelas alertaron golpeando las cartucheras con la mano.
-¿Qué podrá ser?... -expresó Torreblanca y se retiró perdiéndose en las sombras.
Tampoco dormía Ernesto Flores, acostado en medio de los soldados de su compañía. Oyó los tres disparos y se puso de pie y se quedó mirando en la obscuridad delante de sí. Pensaba en su pobre amigo Ruiz que allá en el peligro puesto de avanzada estaría con cansancio y sueño sin que le fuese permitido dormir. Sintió no haberse despedido de él y haberle siquiera estrechado la mano. Quizás ya no se verían hasta pasada la batalla.
¿Y quién podía asegurarle que la suerte les favorecería y que tal vez alguno de ellos?...
En el silencio de la noche, rodeada de misterio, oía la lenta respiración de los soldados ahí tendidos, algunos roncaban; y el sentimiento de fraternidad que le inspiraban aquellos pobres hombres dormidos llenaba su corazón de cariño, pensando que muchos de ellos dormirían muy pronto el sueño de la muerte.
Luego voló su pensamiento al lado de sus dos grandes amores, su madre y Luisa. ¿Y si yo muriera? -se preguntó mentalmente, con esa idea de la muerte que se presenta a la imaginación de todos la víspera de una batalla. Y se dijo que Luisa, siendo tan joven, quizás se consolaría, guardándole un dulce recuerdo en la memoria; pero su madre, nunca... ¡Su pobre mamá quedaría tan sola en el mundo!
Se llevó las manos al pecho y oprimió amorosamente el paquete donde estaban las cartas y los retratos de ambas. Después se dijo que para estar fuerte y ágil al día siguiente era necesario reposar y dormir, y se tendió cubriéndose bien con su capote y descansando la cabeza sobre la arena que amontonó para que le sirviese de almohada, se quedó dormido.
Despertó a las 4 a. m., hora en que se estaba haciendo el reparto de municiones hasta completarle a cada soldado 130 tiros. Al mismo tiempo se les dio una caramañola de agua.
Torreblanca continuaba paseándose frente a su compañía como un fantasma nocturno y silencioso. A eso de las 2 a. m. oyó nuevos disparos y una hora después observó como unos resplandores, probablemente fogatas, en el campo enemigo. A las 5:20 se repitieron en mayor número los disparos. A los primeros albores de la mañana vio con asombro que fuerzas enemigas, en gran número, que no bajarían de 4.000 hombres, estaba como a cuatro cuadras de distancia y que a marcha forzada se dirigían al costado izquierdo del Atacama, llevando su guerrilla de descubierta y caballería en los flancos.
El ejército, que también lo ha visto, se pone de pie y se apresta a la batalla, mientras todos los cuerpos rompen la diana con el Himno Nacional.
De pronto se produjo un estremecimiento en las filas, se oyen aclamaciones y vivas. El Atacama es el último en la línea por la izquierda. Los vivas y las aclamaciones se acercan. El primero en reconocerlo es el teniente Garrido que dice volviéndose a la tropa:
-¡El general Baquedano!
El cual, rodeado de su escolta, recorría la línea de batalla y pasó al frente del batallón al trote de su caballo, firme y empinado en los estribos, serio y estirado el rostro, diciendo con voz breve y seca.
-¡El enemigo, el enemigo; a la vista, a la vista!
-¡Viva Chile!... ¡Vivááá!... ¡Viva mi general Baquedano!... ¡huifa, huifa!... ¡Huifale!... -gritaban los soldados locos de entusiasmo, arrojando al aire los kepís y ansiosos de que comenzara la función...
El Estado Mayor da la orden de que avance al encuentro del enemigo, en orden de batalla, las dos divisiones de vanguardia.
Antes de ponerse en movimiento tiene lugar una escena emocionante. Los capellanes del ejército, presbíteros señores Fontecilla, Marchant Pereira, Fabres y Valdés van a bendecir a la tropa.
Los porta-estandarte con sus escoltas avanzan a colocarse al frente de sus respectivos regimientos y batallones, de cara a las tropas a quienes muestran la sagrada insignia.
«¡Atención!»... tocan los cornetas. Y acto seguido los comandantes mandan con potente voz:
-Presenten... ¡Ar!
Las bandas rompieron con el Himno Nacional. Mientras las tropas presentaban las armas teniéndolas levantadas con sus dos manos a la altura del pecho, los capellanes los exhortaron a cumplir con su deber como chilenos.
-Rindan... ¡Ar!
Los soldados se hincaron apoyando en el suelo una rodilla, la culata del fusil y descubriéndose. Los oficiales bajaron sus espadas.
Los capellanes alzaron sus manos y los bendijeron.
El presbítero señor Marchant Pereira les dijo:
-Hermanos, antes de morir por la Patria elevad el corazón a Dios.
Un murmullo y un movimiento de labios que rezan recorrió las filas:
«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre. Venga a nosotros tu reino: hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo»...
-¡Atención!... Al hombro... ¡Ar!
Las bandas tocaban la Canción de Yungay.
-De frente... ¡Aar!
Y comenzó el avance.
Tan pronto como el enemigo notó este movimiento, retrocedió apresuradamente hasta llegar a la cima de sus atrincheramientos, desde donde dominaba toda la planicie; no sin que antes la artillería que acompañaba al Atacama alcanzara a hacerle unos cuantos disparos.
Nadie se daba cuenta de aquellas tropas que al amanecer habían aparecido a tan corta distancia. Después se supo que eran batallones de una parte del ejército, el que en su totalidad había tratado de atacar por sorpresa el campamento chileno, no habiendo conseguido su objeto por haberse extraviado en la obscuridad de la noche. Intento tan audaz como arriesgado fue resuelto en vista de los datos que le diera el arriero conductor de agua tomado por ellos prisionero, quien, contestando a sus preguntas, les aseguró que el ejército chileno tenía más de 22.000 hombres. Y dando por sentada la veracidad del arriero, Campero se dijo que el único medio de vencer a un enemigo tan formidable era sorprenderlo en la media noche y no esperarlo en las posiciones elegidas.
Aceptado el plan en una reunión de altos jefes, se resolvió que todo el ejército marchase inmediatamente en busca del enemigo, saliendo, al efecto, a las 12 de la noche mandado por el propio Presidente de Bolivia, general Campero. A poco de haber salido se extraviaron y dieron vueltas y revueltas, separándose las divisiones unas de otras, perdiéndose los batallones, sin atinar a darse cuenta del punto en que se hallaban. Algunos cuerpos, dando un gran rodeo, debieron pasar a retaguardia del Cuartel General. La reserva, enteramente perdida, casi fue a estrellarse con el ejército chileno, y pasó a muy corta distancia del Atacama, rozándose con la compañía Torreblanca. Campero, que se da cuenta de aquella situación peligrosísima para su ejército, imparte órdenes en todos sentidos para que se replieguen las fuerzas al campamento, y envía algunos individuos por delante a fin de que se enciendan allí algunas fogatas que los guíen. De noche todavía, ya estaban de regreso en sus trincheras, con excepción de la reserva, esto es, las tropas que amanecieron tan cerca de los chilenos.
Las divisiones que habían salido a atacarlas recibieron orden de hacer alto mientras se formaba a retaguardia la segunda línea de batalla con la 3.ª y la 4.ª división, la artillería de campaña al centro y la de montaña y la caballería por ambos costados.
Eran las 9:30 a. m. Y de súbito resonó el espacio con el estampido de todos los cañones disparados contra el enemigo, el cual no tardó en contestar con todos los suyos, trabándose un duelo sostenido que iba cubriendo de humo el grandioso anfiteatro donde se iniciaba la batalla. A cada disparo se veía salir de la boca del cañón una nube blanca alumbrada por el resplandor de un rayo. El cañoneo continuó sin interrupción por ambas partes hasta las 10:30 a. m. A esa hora los aliados apagan sus fuegos; y la 1.ª y 2.ª división avanzan a paso de carga sobre el centro y la izquierda del enemigo; y a las 11:30 las guerrillas inician el ataque a corta distancia, seguidas muy pronto por los cuerpos de ambas divisiones, en el cual toma parte la artillería, haciéndose general el combate en toda la línea.
El Atacama avanzaba impetuosamente sin disparar un tiro y recibiendo una granizada de balas, con el objeto proteger la guerrilla de Torreblanca, que a 800 metros de la línea enemiga soportaba valerosamente un vivísimo fuego de fusilería, sin retroceder un paso. Luego se hizo el combate tan violento y encarnizado que las líneas combatientes presentaban el aspecto de dos fajas de fuego, como envueltas en una especie de niebla. El tronar era horrible y el terreno comenzó a sembrarse de cadáveres.
El Atacama experimentaba verdaderos estragos en sus filas, batiéndose con el centro del enemigo que había acumulado allí grandes fuerzas, y que con sus fuegos desde parapetos y reductos, donde los soldados apenas si asomaban un ojo, se creían justamente invencibles, tanto más cuanto que eran mandados por el mismo Campero.
La compañía de Torreblanca llegó a encontrarse a 60 metros de las trincheras, siendo atacada por un crecido número de enemigos. La mitad de su tropa estaba ya muerta o herida. Eduardo Ruiz, oyendo el continuo aullido de las balas que pasaban rozando su cabeza o la caída pesada de un cuerpo y el ¡ay! de un herido, tenía la certeza de que ahí perecerían todos.
En ese momento el capitán ayudante Moisés Arce, espada en mano, montado en una mala yegüita criolla, se adelantó hacia el enemigo hasta confundirse en sus filas, con el intento de tomar un bonito estandarte que tenían bien escoltado. Tres veces hizo empresa tan arriesgada y temeraria sin conseguir su objeto. Parecía que más era aquello arrojo de furor y locura que resolución de un caudillo, excitando la admiración y el asombro.
Fue derribado de un balazo, ultimándolo enseguida a bayonetazos, y murió llevado por esa fuerza que comunica a un guerrero joven la sed de gloria y la esperanza del triunfo.
Momentos después caía muerto el heroico Rafael Torreblanca, de un balazo en la cabeza. Su compañía queda reducida a un puñado de hombres. El batallón había perdido ya la mitad de su gente entre oficiales y tropa, y faltaban ya las municiones, las que había que quitárselas a los muertos.
Idéntica era la situación de los demás cuerpos que formaban las dos divisiones de vanguardia. Toda la primera línea de trincheras había sido tomada al asalto por esas dos divisiones, sin auxilio ninguno, y seguían haciendo fuego en avance con increíble intrepidez. Pero las bajas eran considerables, y el enemigo recibía tropas de refresco.
En tan críticos momentos se dejó oír este grito fatídico: «¡No tenemos municiones!»... «¡No tenemos municiones!» Y nuestras líneas comenzaron a ceder en parte y algunos cuerpos a batirse en retirada, alcanzando los enemigos a recobrar algunas de sus posiciones y a salir de sus atrincheramientos hasta unos 200 metros. La situación era terrible, el poco terreno ganado momentáneamente por el enemigo lo envalentonaba, y sus crecidas fuerzas podían aniquilar las dos divisiones de vanguardia que se batían hacía más de hora y media haciendo esfuerzos inauditos de valor y heroísmo.
A medida que se retiraban seguidos del enemigo, éste iba repasando los heridos y ensañándose contra los muertos. A Torreblanca le dispararon dos tiros y le dieron siete bayonetazos. Su corneta Ceferino Román, que al ver caer a su capitán se había echado al suelo boca abajo, pudo así librarse del enemigo, que pasó sobre él sin que, por suerte, tratara de ultimarlo.
Ruiz, con un fusil en las manos que tomó a un muerto, y en un estado de exaltación rayano en la locura, iba deteniéndose a cada instante y se volvía a disparar sobre los enemigos. Quedó horrorizado cuando vio los muchos muertos que cubrían la llanura, en las que unos cuantos caballos galopaban sueltos. Algunos heridos se arrastraban o pedían agua en voz baja y suplicante. Les dio a beber de la suya. Otros, horriblemente mutilados y sufriendo atroces dolores, pedían por favor que los remataran. Los muertos, unos habían quedado con la boca pegada a la tierra, otros la tenían llena de arena como si hubiesen mordido el suelo; otros estaban apelotonados, las piernas y los brazos encogidos; y algunos de espaldas, miraban el sol con ojos de terror. Los había con la boca manchada de sangre, la lengua y los dientes destrozados; o bien con los cráneos abiertos, dejando ver los sesos, los ojos en blanco y la boca abierta enseñando los dientes. En una ondulación del terreno encontró muerto al capitán Melitón Martínez, y no muy distante, muerto también, a su hermano Gualterio, ambos hijos del comandante Martínez. Luego encontró a la cantinera Carmen Vilches, dándoles de beber a los heridos, quien le dijo que había muchos oficiales muertos y heridos, entre ellos el capitán José Puelma, los tenientes Alejandro Arancibia, Ignacio Toro, Juan Silva y los subtenientes Abraham Becerra, Juan Valenzuela, el practicante de cirugía Senén Palacios y otros más.
-¿Y el teniente Ernesto Flores? -interrogó Eduardo lleno de ansiedad.
Contestó que no sabía de él por qué la compañía de Flores había peleado más a la izquierda.
Pero la situación iba a cambiar. En tan angustiados momentos y cuando los jefes de las dos divisiones y los comandantes de cuerpo habían pedido municiones y refuerzos, entraban a paso de carga la 3.ª y la 4.ª divisiones y se ponía en movimiento la reserva.
Este auxilio no podía ser más oportuno, pues al ver que adelantaban las divisiones de refuerzo, los soldados cobraron nuevos bríos, y rehechos y amunicionados en parte, gracias a los esfuerzos de los ayudantes de campo del Estado Mayor, se adelantaron con indecible empuje sobre las líneas enemigas que comenzaron a retroceder defendiéndose de trinchera en trinchera, de zanja en zanja, de altura en altura, de las que eran sucesivamente desalojados, cubriendo con sus cadáveres los fosos que protegían sus inexpugnables y fortificadas posiciones.
En este impetuoso avance Eduardo Ruiz se inclinó más a la izquierda y se encontró mezclado con los Zapadores. Los batallones se confundían, no formaban más que una ola que avanzaba estrellándolo todo a su paso.
Apenas iniciado el avance pasó al lado de un grupo de cadáveres medio amontonados, como si hubiesen sido víctimas de una granada. Uno de ellos movía una mano, y fijándose vio que era oficial. De pronto se le agolpó la sangre al corazón, dio un grito y corrió hacia él.
-¡Ernesto!... ¡Mi pobre amigo!... -Y cayó de rodillas a su lado, tomándole la mano y mirándole con ojos de espanto.
El joven Flores yacía de espaldas, la cabeza inclinada de un lado apoyando la mejilla sobre un charco de sangre. Tenía una gran herida en el cuello y estaba ya casi agónico luchando con vértigos y bascas de muerte. Abrió los ojos y reconoció a su amigo e hizo esfuerzos por sonreír.
Eduardo, conteniendo los sollozos, le acercó a los labios su caramañola con agua. No pudo beber. Agitó una mano y se la llevó pesadamente al pecho, al sitio donde guardaba los retratos y las cartas.
-¡Sí, sí!... -le dijo Eduardo comprendiendo lo que le encargaba su amigo.
Y viendo aquellos ojos moribundos que le buscaban y aquél estertor de la agonía y aquel estremecimiento último en que expiró, sintió tal piedad y tal dolor que cubriéndose la cara con las manos rompió a llorar agitado de sollozos convulsivos y gruesas lágrimas corrieron por entre sus dedos cayendo sobre el cuerpo inanimado de su amigo.
Algunos soldados que pasaban corriendo se detuvieron a mirarlo, pensando que lloraba la muerte de un hermano.
Era la 1:30 p. m. y el combate estaba más encarnizado que nunca. Rápidamente sacó del bolsillo de Ernesto el paquete de cartas, y del chaleco su relojito de plata en el que había un retrato de su madre, le dio un beso en la frente y echó a correr detrás de los soldados. Al poco rato ya estaba metido en lo más reñido del fuego. Se daba el ataque a un reducto con tropas mezcladas de diversos batallones, a cuya cabeza iba el comandante del Atacama acompañado de sus oficiales el capitán Gregorio Ramírez, el teniente Antonio María López y el subteniente Baldomero Castro.
Ruiz se unió a ellos. Momentos después sintió un gran golpe en el pecho; como si le hubiesen dado un culatazo, que casi lo tiró de espaldas. No sentía dolor, miró en contorno tratando de darse cuenta, sin que se le pasara por la mente que estuviese herido. Mas, de pronto le acomete un vértigo, se lleva la mano al pecho retirándola ensangrentada, da dos vueltas sobre sí mismo tratando de buscar apoyo y cae pesadamente al suelo.
Una bala de rifle había atravesado de parte a parte penetrándole cerca de la tetilla derecha.
Procuró incorporarse y no pudo; ahora sentía un dolor agudo en el costado y una gran dificultad para respirar. Tuvo algunos vómitos y algo de tos con esputos sanguinolentos. Se consideró perdido...
En esos momentos el comandante Martínez del Atacama con parte de sus tropas y algunas fuerzas del Santiago se dirigía al fuerte atacándolo por la espalda, y conseguía en unión con Zapadores que lo atacaban de frente y Cazadores del Desierto por el flanco derecho, apoderarse de él, haciendo huir a sus defensores que corrían por los diferentes senderos que conducían a Pachía y a Calama.
Eduardo Ruiz, de espaldas, miraba el azul intenso del cielo y oía el fuego graneado de los que combatían; y poco después los ruidosos vivas que anunciaban la toma del reducto y una grita general que iba extendiéndose por todo lo largo de la línea.
Pensó en Marta y en su padre y en su tío don Cayetano a quienes ya nunca más vería... Su memoria evocó los recuerdos más lejanos y encantadores de su vida, sobre todo las horas de su niñez, y esos recuerdos pasaron como un relámpago por su imaginación. Volvía a ver a Marta de rodillas haciendo su primera comunión. Era una mañana de primavera, hacía un tiempo delicioso y la niña llevaba un velo blanco que le caía por la espalda permitiendo entrever su cabellera de oro. Salió de la iglesia acompañada de su mamá y en la mano tenía una rama de azucenas, símbolo de la pureza de su alma. Él se sacó rápidamente el roquete y corrió a la puerta de la iglesia para verla, ¡oh, que linda estaba!... Y sintiéndose morir, dijo adiós a los dulces recuerdos de la infancia y a sus risueñas esperanzas e ilusiones...
El ejército victorioso llegaba por parcialidades a la cumbre y fue ocupando todas las posiciones de la alianza. El enemigo corría a la desbandada y no se veían sino fugitivos por los faldeos que conducían a Tacna.
La batalla estaba ganada. Eran las 2:30 p. m.
El ejército hizo alto y acampó en las alturas que poco antes ocuparan los aliados, teniendo a la vista el valle regado por el Caplina y la ciudad de Tacna, sentada como una sultana enamorada y perezosa entre jardines y granados.
En el campo de batalla quedaron sembrados 4.500 hombres entre muertos y heridos de los dos bandos.
La noche tendió el manto de sus sombras sobre aquel campo de horrores, dejándolo más obscuro, más silencioso, y más lúgubre, una espesa niebla que lo cubrió como un sudario.
Dos días después todo el ejército estaba acuartelado en Tacna, recogidos los heridos y enterrados los muertos, a los cuales se les cubrió con una ligera capa de arena.
Eduardo Ruiz era atendido en casa de una familia peruana, la bondadosa familia Martínez, prodigándole la señora (viuda) con sus hijas, atenciones y cuidados cariñosos como si fuese un miembro de la familia. Su estado, a juicio de los médicos, era gravísimo, más no desesperado.
La primera noticia de la batalla de Tacna se supo en Santiago en la mañana del día 29, despertando un entusiasmo inmenso, y fue celebrada con repiques de campanas, embanderamiento e iluminación general, salvas en el Santa Lucía, Te Deum en la Catedral, con asistencia del Gobierno y de las autoridades, gran concierto en el Municipal, principiando la función con el Himno Nacional; elevación de globos, festival en la Plaza con todas las bandas que tocaron el Himno «Arturo Prat», fuegos artificiales en la Alameda, en la cual, como mucha novedad, se encendió una gran luz eléctrica frente a la Universidad, bailes populares en los tabladillos levantados al efecto en la Alameda y en el Parque, etc.
En esas manifestaciones de alegría (a que se entregaron también todos los pueblos de la República apenas tuvieron noticias del triunfo), iban confundidos el regocijo por la victoria con el sobresalto por la suerte de los deudos y amigos. Y esa cruel incertidumbre estaba en el corazón de todos porque no había quien no los tuviese en la guerra, incluso el Presidente de la República.
El lacónico despacho del General en Jefe se limitaba a dar cuenta de la victoria y concluía así:
«Tenemos muchas bajas, siendo mucho mayores las del enemigo. En este momento me sería imposible apreciar las cifras de nuestras pérdidas».
¿Quiénes serían los muertos?...
En casa de don Renato fue muy celebrada la victoria, pero Luisa no tenía ni un momento de sosiego. Andaba con los ojos brillantes y los fijaba interrogadores ya en su padre, ya en la tía, acusando una desesperación que iba acrecentándose por momentos. Las esperanzas que le daba la tía, su confidente, ahogaban por algún tiempo en el alma de la pobre niña el tormento en que la mantenía aquella incertidumbre.
-¡Tiíta, por Dios, no sé por qué tengo un susto tan grande!...
-No sea aprensiva, hijita; yo estoy segura de que nada le ha pasado a Ernesto -le decía la señora tratando de consolarla.
-Lo ascenderán a capitán, ¿no?... Y cuando se acabe la guerra y se venga iremos a recibirlo a la estación, ¿no?... Ud. me acompañará, tiíta, ¿no?
-Sí, hijita, iremos a recibirlo.
La joven la abrazó con fuerza y sonreía graciosamente imaginándose lo bien que se vería Ernesto con su uniforme de capitán y la sorpresa que tendría cuando la viera a ella esperándolo en la estación. Después dijo en tono de mucho misterio:
-Mire, pues, tiíta le contaré que le estoy bordando un pañuelito de seda marcado con sus iniciales. Cuando lo termine se lo voy a mandar y le diré que él me mande su retrato que se lo pueden hacer en Tacna.
Misiá Matilde sabía el amor de su hija por el joven Flores. Con su instinto de madre lo había sospechado desde antes que se fuera Ernesto. Le había bastado observar la alegría de Luisa cuando llegaba el joven y su turbación y sonrojo en cuanto lo nombraban en su presencia. Creyéndolo un deber de conciencia, su hermana Gertrudis la confirmó en sus sospechas imponiéndola del amor de ambos jóvenes. La señora lo tomó como uno de esos amorcillos de niños, sin consecuencia, que el tiempo y la distancia hacen olvidar bien pronto. No creyó prudente decírselo a su esposo sabiendo que habían de parecerle muy mal esas relaciones amorosas con un joven que no era de su condición social, por más inteligente y simpático que fuese.
Y así el caballero, sin tener ni la menor idea de los sentimientos de su hija, solía elogiarlo en su presencia, y a ella le daban unos deseos muy grandes de echarle al cuello sus brazos y confesarle su amor. Su madre, en tales casos, se la quedaba mirando entristecida comprendiendo lo que pasaba en el corazón ingenuo de su pobre hija querida.
El día 7 de junio los diarios de la mañana salieron con las listas de los jefes y oficiales muertos y heridos en la batalla. Luisa se había levantado temprano; pensaba ir con la tía a misa de nueve a San Agustín. Juanita rogó a su hermana que antes de irse la vistiera, a lo que la joven accedió gustosa, siendo, por lo demás, ella quien la vestía diariamente con el cariño de una madre, deleitándose en cosa tan de su agrado.
Sabiendo que primero había que rezar, Juanita se puso de rodillas sobre la cama, cubriéndola su hermana con un chal y dejándole libres las manos, que la chica juntó en actitud de orar. Después de rezar el «Padre Nuestro» repitiendo las palabras que le decía Luisa, rezó el «Bendito».
«Bendito y alabado... sea el Santísimo... Sacramento del altar... y la purísima Concepción... de María Santísima... Señora nuestra... concebida sin pecado original... desde el primer instante... de su ser natural... Amén»
-¿Por quién rezó?
-Por mi mamá..., por el papá..., por mis hermanitos..., por la tía -iba diciendo la niñita como se lo habían enseñado y lo decía diariamente.
-Y por nadie más? -preguntó Luisa extrañada que se hubiese olvidado un nombre.
Juanita la miró con ojos picarescos, y sonriendo le dijo despacito:
-¡Por Ernesto Flores!...
Su hermana la cubrió de besos. Y después de enjugarse una lágrima que asomó a sus ojos, se puso a vestirla, riéndose ambas a medida que Luisa iba poniéndole las medias, los zapatitos, lavándole las manos y la cara, peinándola y poniéndole por último su paletocito de abrigo. Enseguida la alzó en sus brazos y le dio dos besos en las mejillas, diciéndola que la quería mucho y que estaba muy linda. Juanita la rodeaba el cuello con sus brazos.
-Ahora vaya a saludar al papá y a la mamá.
Llamó la tía:
-¿Vamos, Lucha?
-Ya, tía.
Entre tanto el señor Téllez, que acababa de recibir El Ferrocarril, encerrado en su cuarto leía con avidez el diario, buscando en primer lugar las bajas de Cazadores al cual pertenecía Justo Pastor, su sobrino, y dio un suspiro de alivio al ver que nada le había sucedido. Después leyó las del Atacama pensando en Ruiz y en el joven Flores; y al ver sus nombres sintió una dolorosa impresión y con el diario en la mano salió a la puerta a comunicar tan triste noticia a la familia, precisamente en el momento en que cruzaban el patio Luisa con la tía.
-¡Qué desgracia, Eduardo Ruiz herido y Ernesto Flores muerto!... ¡Pobre joven!... ¡Qué desgracia!
-¡Papá, no diga eso!... ¡No es cierto, será otro! -exclamó Luisa pálida como un muerto, sintiendo que se le helaba la sangre. Y corrió a arrebatarle el diario.
-¿Dónde está?..., ¿dónde?..., ¿en qué parte? -decía la pobre niña procurando leer sin conseguirlo, porque con el temblor de sus manos agitaba convulsivamente el diario, y, ofuscada, miraba con ojos extraviados y enloquecidos.
No pudiendo leer se restregaba los ojos, creyendo que estaba ciega.
-¡Tiíta, no puedo, léalo Ud! -rogó con débil voz y ojos suplicantes.
Entraron al escritorio de don Renato, y extendiéndole sobre una mesa se puso a leerlo la señora en la parte que le señalaba con el dedo el abogado. Luisa, con la cara casi pegada al diario, iba mirando lo que leía la tía.
«Batallón Atacama. Muertos: Capitanes Rafael Torreblanca, Moisés Arce, Melitón Martínez; Tenientes Ernesto Flores...»
-¡Ernesto muerto!... ¡Muerto mi Ernesto! -gritó la joven con un acento desgarrador sintiendo partírsele el corazón dentro del pecho y que se hundía bajo sus pies el suelo.
Y no pudiendo ya sostenerse en pie, se abandonó a su propio peso y se dejó caer sobre un sofá.
Sentada a la orilla de él, se quedó con los ojos brillantez y dilatados fijos en la puerta.
Su padre y la tía la miraban con dolorosa ansiedad.
Al grito angustioso de Luisa, que resonó en toda la casa, acudieron su madre, los niños y las personas de la servidumbre.
El caballero los impuso de lo que sucedía, sin darse, empero, una cuenta cabal de aquel tan grande dolor de su hija.
Misiá Matilde que lo comprendió todo, se acercó a ella y lo mismo hicieron la tía y el caballero con ánimo de consolarla.
-¡Quítense!... ¡Déjenme!... ¿Quién es Ud.?... -preguntó a su madre, que sentada en el sofá la había tomado una mano mirándola con infinita y dolorosa ternura.
La señora se puso a sollozar; también lloraba la tía. Los niños, agrupados cerca de la puerta, miraban sin comprender y con los ojos llenos de asombro.
Don Renato hizo una seña llamando a su esposa, y encerrados en la estancia contigua ella se lo explicó todo.
Luisa continuaba con sus ojos inmóviles, mirando sin ver. De repente dio un ligero grito y cayó al suelo agitada de violentas convulsiones, crujiendo los dientes y arrojando espuma por la boca.
Acudieron a socorrerla y alzándola en los brazos la transportaron a su cama. Al desabrocharle el corsé le encontraron un paquete de cartas y el retrato de Ernesto que llevaba ocultos en el seno.
Los médicos, que hicieron venir inmediatamente, diagnosticaron ataque de histero-epilepsia, recetaron bromuro, éter, valeriana y otras necedades, y se fueron recomendando reposo, calma y que no la contrariaran.
Los ataques le repitieron varias veces, y cuando volvió del último quedó la pobre niña con su razón perturbada. No conocía a nadie y a veces sin motivo daba unas grandes carcajadas.
Se levantaba diariamente, eso sí, sin permitir que la peinaran, y con su hermoso cabello negro tendido como un sedoso manto por la espalda vagaba como una sombra por todos los recintos de la casa. A veces caía en una especie de letargo. Cuando se acercaban a ella pedía con voz suplicante que la dejaran en paz.
Una mañana la vieron entrar, llevando un libro en la mano, al cuarto en el cual en otros tiempos daba sus lecciones a Ernesto. Al poco rato oyeron que estudiaba en alta voz:
-«El árbol está formado de las raíces, el tronco y las ramas. Las raíces sirven para nutrir la planta»... Cuando venga Ernesto verá que no soy una floja y que sé bien mi lección... ¡Qué contento se irá a poner mi señor profesor!
Enseguida se puso a canturrear.
| «Un pajarillo | |||
| de rama en rama | |||
| cantando alegre | |||
| feliz saltaba; | |||
| más, de repente | 5 | ||
| sujeto se halla | |||
| por una oculta | |||
| sagaz lazada». |
«...Juana... la chana... y la cara de rana... Juancho... calancho... ñor Pancho... y el cara de chancho...» ¡Ja, ja, ja!...
Misiá Matilde, que estaba allegada a la puerta con don Renato y su hermana, soltó el llanto y se abrazó a su esposo. La tía se oprimía la boca con el pañuelo.
-¿Quién está ahí?... ¿Ernesto?... ¡Entre!
Los tres huyeron conteniendo los sollozos.
La noticia de la batalla de Tacna produjo en Santa Cruz, como en Santiago, idéntica impresión de regocijo y sobresalto. La familia Guzmán estaba llena de intranquilidad por la suerte de Justo Pastor, y en Marta, que tenía un doble motivo de inquietud, la agitación fue en aumento y acabó por privarla completamente del sueño.
Don Cayetano no tenía un momento de reposo y andaba inquieto y agitado pensando en su sobrino. Vivía pendiente de la llegada del correo y solía subirse al campanario a ver si divisaba en el camino al hombre con la valija, encontrando que nunca venía con la suficiente ligereza. Don Facundo esperaba noticias alojado en casa del cura. Doña Dolores y Merceditas rezaban mucho y la niña ofrecía sus oraciones por la salud de Eduardo.
El día 7 de junio en la tarde llegaron los diarios con las listas de los oficiales muertos y heridos, las que don Salustio leyó en presencia de toda la familia reunida en la antesala. No encontrando el nombre de Justo Pastor entre las bajas de Cazadores exclamó alegremente:
-¡Pasamos el susto, Rosario; nada le ha sucedido a nuestro hijo!
-¡Abalado sea Dios y su Santísima Madre que han oído mis súplicas! -expresó la señora, y llorando reposó su cabeza en el pecho del esposo.
Éste siguió leyendo, asombrado del gran número de oficiales muertos y heridos; y apenas hubo nombrado a Ernesto Flores entre los primeros, Marta dejó escapar un «¡ah!»... de sorpresa y de dolor y dijo: -«¡Pobre Luisa!» y se oprimió las manos.
-¿No era el profesor de tu prima ese joven? -le preguntó su padre.
-¡Sí, sí!... ¡Pero siga leyendo, papá! -le pidió la joven, casi trémula, y con tal ansiedad que su padre se quedó mirándola sorprendido.
Don Salustio nombró a Eduardo Ruiz entre los heridos y Marta dio un grito, se cubrió la cara con las manos y se puso a sollozar derramando abundantes lágrimas. Se retiró precipitadamente y fue a encerrarse en su cuarto, y allí comenzó a llorar ahogada y sacudida por inextinguible llanto.
-¡Lo que yo me suponía! -dijo a su esposa don Salustio. Éstas son las consecuencias de aquellas intimidades en Matanzas. Ya no me cabe la menor duda de que ambos han continuado manteniendo relaciones y correspondencia. Y tal vez ya es demasiado tarde para evitarlo.
-Pero si se quieren, pues, Salustio, y él es un buen joven...
-No digo yo lo contrario. Me duele no más que estas cosas pasen a espaldas de uno... Vaya a verla, Rosario, y trate de consolarla... Quizás no sea de gravedad la herida de Eduardo.
En aquella ocasión Marta abrió su alma a su madre y ésta la prodigó mil caricias y palabras tiernas, dejándole comprender que podía contar con el cariño y la voluntad de sus padres en cuanto deseara; y finalmente la consoló asegurándola que la herida de Eduardo no era grave, estaba cierto de ello, así se lo decía el corazón.
-¡Mi mamacita, mi mamacita querida! -le dijo Marta y ambas se abrazaron en un largo y estrecho abrazo y se besaron mezclando sus lágrimas.
Marta expresó el deseo de no salir de su cuarto, no quería que la vieran y además le dolía la cabeza.
Misiá Rosario se retiró a comunicar a su esposo cuanto le había confesado su hija. Después de oírla se quedó pensativo el caballero.
Marta se acostó temprano. Entró a verla don Salustio y llegándose a su cama le tocó la frente con el dorso de su mano, indagando si tenía fiebre. Marta el tomó la mano y llevándosela a sus labios se la besó despacito.
Su padre la besó en la frente y se retiró enseguida, siempre silencioso y pensativo.
En casa del cura la consternación era general y grande.
Don Cayetano perdió enteramente el apetito y a la hora de comida no pudo pasar ni una cucharada de sopa. Todo se le iba en suspirar ruidosamente, lamentando la desgracia y haciendo conjeturas sobre la naturaleza de la herida. ¿Sería grave?... ¿En qué parte del cuerpo lo habrían herido?... Si mejoraba ¿quedaría cojo o manco?... ¡Qué desgracia, señor, qué desgracia!
Merceditas era un manantial de lágrimas y don Facundo expresaba su dolor, o mejor dicho su enojo, dando unos grandes puñetazos sobre la mesa y tratando de imbéciles a los que mandaban semejantes noticias de la guerra sin expresar si eran graves o poca cosa las heridas, y dejaban a los parientes con el alma en un hilo sin saber a qué atenerse; y bien pudiera ser que lo de Eduardo no fuese más que una herida entre cuero y carne.
Esta idea de que la herida fuese «entre cuero y carne» los alivió mucho.
Pocos días después recibió don Salustio carta de su hermana Gertrudis dándole cuenta del triste estado en que se encontraba Luisa, con su razón completamente perdida a consecuencia de la impresión moral que recibió al saber la muerte del joven Flores, de quien estaba enamorada: «Tú comprenderás cómo estaremos todos en la casa viéndola en tanta desgracia, que ya no hay corazón que resista. Ella quizás es la que menos sufre porque no se da cuenta de nada, ni conoce a nadie, y de repente se pone a reír a carcajadas. Los médicos dicen que podrá sanar con el tiempo».
Le hizo a don Salustio un impresión profunda la noticia. Era de los que no creen que se pueda enloquecer o morir de amor, cosas que sólo en las novelas se ven. Se quedó meditando tristemente un largo rato: pensaba en Marta y se afligió su corazón de padre. Llamó a su esposa y la dio a leer la carta. La señora lloró amargamente. Acordaron no decir ni una palabra a Marta.
Diez días después llegó carta de Justo Pastor, fechada en Tacna y dirigida a su madre. En ella daba muchos detalles de la batalla y del papel poco activo que le correspondió a la caballería, la que no pudo cargar debido a lo arenoso del terreno. Pero lo más interesante de la carta era lo concerniente a Eduardo Ruiz:
«No sé si Uds. ya sabrán que el pobre Eduardo fue herido de un balazo en el pecho que lo bandeó de parte a parte. El ñato se portó muy valiente y peleó hasta lo último, lo hirieron cuando ya se estaba acabando la batalla. Lo trajeron en camilla a Tacna y aquí se está curando en casa de unas señoritas peruanas, gente honorable y muy buena que lo cuida mucho. Yo voy a verlo todos los días. Al principio creíamos que el pobre ñato no escapaba, porque estaba malazo; pero ya está mucho mejor y los médicos dicen que ya pasó el peligro y que no se muere y que ha hecho una escapada bien grande. Le han prohibido que hable y lo tienen acostado de espaldas sin moverse. Él me rogó que fuese a verlo todos los días porque es mucho lo que le gusta que le converse de Santa Cruz y de las personas de por allá. Como tampoco puede escribir me pidió que le escribiese a su nombre a su tío don Cayetano para que tanto él como su padre supiesen que estaba herido; pero que no le dijese por nada, ni tampoco a los de mi casa, para que no se asustaran, que la herida había sido en el pecho, sino en el brazo derecho y que por eso él no podía escribirles. En esto no le doy gusto porque deseo que sepan lo grave que ha sido su herida y porque ya está fuera de peligro.
También me hizo otro encargo para el cura, y es que vaya a Chépica a ver a la madre de Ernesto Flores, que murió en la batalla de Tacna y que era como un hermano de Eduardo, y que trate de consolarla asegurándole que murió como un héroe, y que le diga que él tiene en su poder el reloj, la espada y varias otras prendas de Ernesto y que se las llevará cuando pueda ir al sur. Muéstrele esta carta al cura y déle de mi parte muchos saludos».
La carta produjo gran impresión, y después de ser leída dos o tres veces en casa de los Guzmán, don Salustio se apresuró a llevársela al cura, a quien felicitó por la conducta de su sobrino, dándole, a la vez sus parabienes por la mejoría del joven. Es de advertir que el señor Guzmán había ido varias veces a ver a don Cayetano desde el mismo día en que supo que Eduardo estaba herido; atención que también habían tenido con el cura todos los vecinos del pueblo.
Don Cayetano casi se volvió loco de alegría, e inmediatamente despachó un propio a Yaquil que llevó, con autorización del señor Guzmán, la carta de Justo Pastor para que la leyera don Facundo.
Y a la mañana siguiente, después de decir su misa y cumpliendo el encargo de su sobrino, hizo viaje a Chépica a ver a la madre del joven Flores.
Regresó en la tarde. ¡Venía con la cara caída, los ojos rojos, los labios y los párpados hinchados, la boca dolorosa y triste, triste!...
Lo notaron inmediatamente doña Dolores y Merceditas y le preguntaron si venía enfermo o qué era lo que traía.
-¡Enfermo del alma, hijas, del corazón!... Yo he visto muchos dolores, muchas lágrimas, muchas desesperaciones en el largo desempeño de mi ministerio; pero nunca, nunca había visto un dolor más grande de madre. Muchos días hace que la pobre llora a gritos y anda por toda la casa retorciéndose las manos y diciendo: «¡Mi hijo!»... «¡Mi hijo!»... «¿Por qué han muerto a mi hijo?»... «¡Mi Ernestito!»... «¿Por qué me castiga Dios así?»... «¡He quedado tan sola en el mundo!»...
Don Cayetano no pudo proseguir: comenzó a hacer pucheros con los labios gordos y temblorosos, se le descompuso toda la cara y rompió a llorar cubriéndosela con las dos manos, sacudido de sollozos.
Pidió por favor que le prepararan la cama y que le llevasen una taza caliente de tilo. Deseaba acostarse.
Ese día se levantaba por primera vez Eduardo Ruiz, después de dos meses de cama. Sentía las piernas pesadas como plomo, y apenas si pudo dar algunos pasos sostenido por la señora Martínez y su hija Emilia, viéndose obligado a sentarse en un sillón porque se le desvaneció la cabeza. Estaba extremadamente flaco y pálido; pero tenía esa dulce alegría locuaz y comunicativa de los convalecientes de una enfermedad larga y grave, sintiéndose volver a la vida después de haber visto tan cercana la muerte.
Otra de las señoritas Martínez le trajo un ramo de flores, que él aspiró con deleite, embriagándose en su perfume.
-Gracias, Sofía, gracias, le dijo. ¡Qué flores tan lindas!, ¡y cuántos recuerdos me traen de mi niñez, recuerdos de antiguas primaveras pasadas allá en mi pueblo, inolvidables para mí! Yo soy de origen campesino, Sofía, soy colchagüino, una tierra cubierta de bosques, regada por grandes ríos que corren en medio de los campos y dan vueltas al pie de los cerros, y el cielo es muy azul, lleno de sol. Y si Ud. viera lo preciosos que son los potreros sembrados de trigo, de un color verde cuando está creciendo y de un amarillo de oro cuando está maduro, matizados de florcitas de yuyos y de nabos, que se extienden hasta perderse de vista... A mí me gusta mucho el campo, Sofía.
-Por eso pues, le gustan tanto las flores... Y además Ud. es medio poeta -dijo sonriéndose la joven. Y al hablar puso en su voz ese acento dulce que asemeja una caricia y ese modo tan gracioso que tienen todas las peruanas, y que desde el primer momento llamó la atención a los chilenos, quienes decían de ellas que oyéndolas se creería oír una música celestial.
-No soy poeta, pero soy sensible y tengo el corazón agradecido. Como podré corresponder jamás, ni agradecer lo suficiente las atenciones que Uds. me han prodigado. No las olvidaré nunca y créame, Sofía, que mi agradecimiento durará lo que dure mi vida.
-No hablemos de eso -dijo la joven viéndole tan conmovido-. No hacemos más que agradecer las atenciones que las familias chilenas prodigan a mis hermanos prisioneros en San Bernardo.
La señora trajo una sobrecama de vicuña y se la echó sobre las piernas. Le allegaron una mesita, y Pacheco, el asistente, le sirvió el almuerzo. Terminado éste, se puso de pie, y afirmándose sobre el hombro del asistente dio unos cuantos paseos por la estancia, deteniéndose a mirar por una ventana el jardín de la casa alumbrado de lleno por el sol y un retazo azul del cielo cortado por unos grandes cerros desnudos enteramente de vegetación.
-¿Qué cerros son ésos, Pacheco?
-Allá arriba fue la batalla, pues, mi teniente.
-¿Ahí?...
Se quedó mirando un largo rato, absorto en dolorosos recuerdos. Después dijo en voz baja, como hablando consigo mismo:
-¡Qué horrible cosa es la guerra!
-Fue muy reñiaza, mi teniente; naa falsos que estuvieron los cholos y los cuicos.
-Demasiado sangrienta, Pacheco. Murieron muchos... ¡Pobre Ernesto!... Chile no sabrá nunca con cuantas lágrimas, dolores y sacrificios van envueltas sus victorias... Los peruanos son los responsables de esta guerra a la cual nos han obligado. Nadie en Chile la deseaba, pero ha tenido que defenderse... Quiero sentarme, Pacheco, me siento algo fatigado.
Vuelto a su asiento pidió al asistente que le pasara unos diarios de Santiago, y enseguida entregándole diez pesos le ordenó que fuese a comprar un paquete de confites. Cuando regresó con el encargo hizo llamar a Juanita, la menor de la familia Martínez, y besándola le dio los dulces. A la niñita se le alumbró la cara de contento, dio las gracias y se fue corriendo.
Se acostó a las dos y poco después entraron Justo Pastor y Pancho Troncoso. Venían con uniforme de ciudad, elegantes. Justo Pastor, recién ascendido, lucía sus galones de teniente y el «Gallo de Hoja» estaba magnífico y se daba más facha que un general con su gran bigote retorcido y aquel mirar imperativo, de conquistador.
-¿Qué hay, chico, te levantaste hoy?
Eduardo les dijo que sí, que lo había hecho por unas tres horas.
-¿Y qué tal esas piernas, ñato? -inquirió Justo Pastor.
-Algo pesadas todavía, pero para ser la primera vez no lo hice del todo mal... Y Uds. ¿qué tal vida en la ciudad?... ¿Hay conquistas, Pancho?
-Hombre, tengo por ahí una veta que me parece que va a dar en alcance...
-¿Y qué tal es ella? -le preguntó sonriendo Eduardo, a sabiendas que para el «Gallo» todas sus pretenditas conquistas eran huríes y odaliscas.
Y efectivamente, abriendo mucho los ojos y cantando dijo:
-«Es muchacha que tiene pintada la piel de color de canela, que no hay más que ver!»...
Y agregó Justo Pastor poniéndole una mano sobre el hombro y los ojos en blanco:
-«Ay, amigo Venancio, no me hables así que a pesar de mis once años me hacen tilín!»
Y ambos abrazados se pusieron a bailar dando vueltas por el cuarto, con muchos gestos y meneos, haciendo sonar los sables y diciendo: «¡Tilín, tilín!»... «¡Tilín, tilín!»...
Eduardo se reía a carcajadas. Por las puertas entreabiertas miraban las señoritas Martínez sin poder contener las suyas.
Después de decir mil disparates y hacer mil payasadas, entreteniendo como una hora al joven Ruiz, se fueron con gran sentimiento de éste y se largaron por la calle del Comercio, la principal y más concurrida de la ciudad.
Estaba animadísima. Una multitud alegre, palpitante de vida, compuesta de oficiales y gente de tropa, iba y venía obstruyendo casi las veredas, entrando a los almacenes, a la confitería, a los bares, charlando en alta voz, saludándose militarmente con bruscos movimientos de la mano llevada al kepí, y esa seguridad y aplomo del soldado vencedor en una ciudad conquistada.
Entraron al café del «Globo». El recinto se hacía estrecho para la concurrencia; era un hormiguero de oficiales con mucho ruido de sables y gran algazara, que formaban grupos compactos, ya bebiendo en el mostrador de la cantina, ya jugando en los billares o hacían lunch sentados alrededor de mesitas de mármol. El humo de los cigarros formaba una niebla.
-¡Dos vainas! -gritó Justo Pastor en el mostrador.
-¿Cómo te va, rucio? -le saludó un oficial desde una mesita.
-¡A la riquitique! (all right) Salud, mocho -le contestó Justo Pastor.
Sobre el mármol del mostrador sonaban rebotando los dados después de haber sido remecidos en el vasito de cuero por los que jugaban al cacho el consumo de copas:
-«Full» - «Quina» - «Cuatro ases».
Dos oficiales discutían con mucho acaloramiento sobre cuál hecho de armas era más importante, si la batalla de Tacna o la toma del Morro de Arica.
-La batalla de Tacna -dijo el «Gallo de Hoja» interviniendo- ha sido la más grande batalla campal que se ha dado hasta hoy en Sud-América.
Es de advertir que Troncoso tomó parte en ella como oficial de Cazadores del Desierto, cuyo segundo jefe fue herido gravemente, aparte de otros oficiales.
-Sí, pero el Morro se consideraba inexpugnable -objetó el oficial que defendía ese hecho de armas.
-¡Pero no para los chilenos!... ¿Comprende? -le replicó con viveza el «Gallo» y en un tono que ni Napoleón.
El otro se calló.
Enseguida, dirigiéndose a un grupo de oficiales que sentados alrededor de una mesa oían con vivo interés el relato que uno de ellos estaba haciendo, les dijo:
-¿Están oyendo la famosa escapatoria que hizo Wenceslao Cavada?
-Sí; qué cosa más interesante, hombre!... Sigue, Cavada.
Éste prosiguió:
-A la mañana siguiente de haberse fugado Bruno Cepeda, cosa que puso furiosos a los peruanos, solicité una entrevista con el subprefecto. Me fue acordada y me condujeron, bien custodiado, a su presencia. Estaba con otros peruanos en una sala, todos sentados alrededor de una mesa, bebiendo copitas de pisco y, al parecer, deliberando sobre que clase de muerte nos darían. Me ofrecieron asiento. Les dije que las faltas cometidas por el soldado Bruno Cepeda habían sido contra mi voluntad, porque se me había insubordinado, arrastrando a los otros soldados a la desobediencia, y que si me fuera posible regresar al campamento chileno, yo sería el primero en pedir su castigo. -«¡No volverán, pues, porque nosotros, pues, nos encargaremos de castigarlos, como merecen, a todos, pues!» -me dijo un peruanito muy fruncido. El Subprefecto me preguntó a qué habíamos venido al valle, y le contesté que a buscar legumbres. -«¡Mentira, pues; Uds. han venido a robar y a violar mujeres, pues!» -dijo el mismo peruanito fruncido, poniéndose de pie y amenazándome con el puño. Yo le contesté: «No niego las faltas cometidas por uno de mis soldados, y repito que las cometió desobedeciéndome. Aunque quisiéramos salvarlos nos sería imposible -me dijo el Subprefecto- ya ve Ud. cómo está el pueblo, amotinado y furioso... Pero sírvase una copita» -agregó sirviéndome pisco.
De la plaza venían los gritos del cholaje, insultándonos y pidiendo que nos matasen luego.
-¡Pero, hombre, cómo pudieron escapar! -expresó uno de los oficiales que oía la relación de Cavada.
-¡Vas a ver tú; si parece mentira, hombre, cosa de cuento, increíble. Vuelto a mi prisión, y al poco rato, entró un peruano que se quedó mirándome, y luego me preguntó de dónde era y cómo se llamaban mis padres. Le contesté que era de Copiapó y le dije sus nombres. Apenas los hube nombrado me echó los brazos al cuello, diciéndome que él había estado alojado en mi casa, años atrás, de viaje para la Argentina, en negocios de ganado, y que mis padres lo habían atendido mucho, por lo que estaba muy agradecido; y que ésta era la oportunidad de corresponder a tantas atenciones; que él era persona influyente en el pueblo y conseguiría salvarme, no así a los soldados.
-¡Vaya, hombre, si parece en realidad cosa de cuento! -expresó otro de los oficiales, sumamente interesado en la relación de Cavada.
-Ya en la tarde -continuó éste- oí que al lado de afuera andaba una persona revolviendo un caballo, y luego, atropellando al centinela, entró montado y comenzó a querer atropellarme a mí y a darme de chicotazos, diciéndome que no por haber comido porotos en mi casa iba a impedir que me ahorcaran...
-¿Quién era entonces, hombre? -interrogaron ansiosos los oficiales, con tamaños ojos abiertos, no pudiendo creer lo que ya sospechaban.
-¡Mi protector, enteramente borracho!...
-¡Ésta sí que es buena!...
-Me vi perdido otra vez. Al amanecer oí que decían: «Ya están las cabalgaduras»; y pensé que nos iban a fusilar arriba del cerro, y que los caballos eran para las autoridades. Nos sacaron y vi que eran unos burros aparejados. Nos hicieron montar en ellos y nos amarraron las piernas por debajo. El Subprefecto nos explicó que íbamos a Tacna, porque así lo había ordenado el general Campero. El viaje fue atroz y en todo el trayecto los cholos salían a vernos y a insultarnos. Ya en Tacna fuimos conducidos a una prisión y pocas horas después me hicieron comparecer ante el prefecto, todo un caballero, que me trató bien y me hizo muchas preguntas sobre el ejército chileno.
Un día me convidó a comer a su mesa para que me vieran y hablaran conmigo Campero y Montero. Había mucha gente y todos me miraban con curiosidad, como a un animal raro. Me decían que estaban seguros de su triunfo y de la derrota de los chilenos, porque tenían muy buenas posiciones y estaban bien atrincherados; y hablaban de las fiestas que darían en celebración de la victoria.
Por fin un día comenzó la batalla, y entonces nos cambiaron de prisión y nos encerraron en la Cárcel Pública, donde había otros presos, peruanos y bolivianos.
Oíamos el ruido de la batalla como si la estuvieran dando sobre nuestras cabezas. El ruido de los cañones y de la fusilería era espantoso; parecía que vaciaban carretadas de piedras en la calle.
A eso de la una del día vinieron a sacar a los peruanos y bolivianos que estaban con nosotros, nos dejaron solos y retiraron los centinelas, cerrando la puerta por fuera. A eso de las tres oímos muchas carreras y gritos en la calle. Un hombre preguntó: «¿Dónde están esos chilenos bandidos?» Y le contestó una voz de mujer: «Ya los sacaron denantes para fusilarlos». La mujer creía que nos habían sacado con los otros presos, y nos salvó sin quererlo.
Las carreras seguían en la calle como de gente que huye a la desbandada a la voz de «Sálvese quien pueda». Uno dijo: «¡Los bolivianos han traicionado, pues!» Después silencio absoluto, como si no hubiese nadie en la ciudad, como muerta.
Para nosotros casi no cabía duda de que los peruanos y bolivianos habían sido derrotados. Ya a la caída de la tarde oímos el ruido que hacía en el empedrado de la calle un escuadrón de caballería que pasaba al tranco de los caballos, frente a la prisión. ¿Serían chilenos? Uno de ellos dijo: «Parecida a Copiapó esta ciudad». No pueden ser sino chilenos, pensamos nosotros, gente que ve por primera vez a Tacna. Pero no las teníamos bien seguras.
En lo alto de la muralla tenía la prisión un pequeño tragaluz protegido por barras de fierro. Nos encaramamos unos encima de los hombros de los otros y miré para afuera. ¡Imagínense Uds. el gustazo cuando vi a los Cazadores que desfilaban llevando en alto la bandera chilena! Golpeamos la puerta con pies y manos y nos pusimos a gritar: «¡Aquí hay chilenos presos!»... «¡Aquí hay chilenos!»... «¡Abran la puerta!» La echaron abajo y nos sacaron poco menos que en triunfo7.
Los oficiales, que habían oído con el aliento suspendido la relación de aquella escapada milagrosa, la celebraron con grandes manifestaciones de admiración y regocijo. Uno de ellos gritó, golpeando las manos:
-¡Mozo, cuatro vainas dobles!
El «Gallo de Hoja», tomándose del brazo de Justo Pastor, salió con él a la calle diciéndole:
-Te voy a mostrar, rucio, la niña de mis pensamientos. A ver si la encontramos esperándome a la reja de su ventana.
Echaron calle arriba, torcieron por el Pasaje Vigil y se metieron en una estrecha y menguada callejuela.
-¡Ahí está, precisamente detrás de la reja!... Fíjate al pasar.
Pasaron despacio por la vereda del frente y vio Justo Pastor una morenita tirando casi para cochayuyo, pero muy peripuesta y que al verlos se rió mostrando una media luna de dientes blanquísimos.
En cuanto el «Gallo» la tuvo al alcance de sus ojos empezó a echarle ojeadas, a suspirar y a mostrar su afición y sus deseos con todas las muestras de un amor insensato.
-¿Qué te parece? -preguntó el «Gallo» muy ufano.
-Bien no más, pues -respondió Justo Pastor, que no quiso desengañar a su amigo. Y pensó para sí: «Esta negra tiene callana».
-Pura canela... -dijo el «Gallo» lamiéndose medio bigote con la punta de la lengua.
«Puro Carbón» -se dijo Justo Pastor y preguntó:
-¿Y ya has hablado con ella?
-No; pero pienso hacerlo esta noche. ¿Quieres acompañarme?
-Aceptado. A ver si tiene otra amiga que me cuadre y nos tomamos un ponche caliente.
Regresaron después de comida, a eso de las nueve de la noche. Troncoso dijo que él se adelantaría sólo para no espantar la perdiz viendo a dos oficiales. Justo Pastor se quedó detrás de la esquina esperando que lo llamara su compañero en el momento oportuno.
El «Gallo» golpeó la puerta.
Una voz dijo en el interior:
-Doméstica, asómate al balcón y ve quién son.
-Oficiales es, señorita -le respondió la sirviente viendo a Troncoso.
-¿Cuántos es?
-Uno son.
Le abrieron la puerta y le hicieron pasar a un cuarto pobremente amoblado, en el cual estaban sentadas la muchacha y una zamba gorda, especie de «Celestina», que fumaba su cigarro puro muy arrebujada en un viejo chal de cachemira.
El «Gallo de Hoja» tendiendo la mano se presentó:
-Pancho Troncoso, teniente del batallón Cazadores del Desierto, servidor.
La negrita se incorporó, hizo un gracioso saludo con la cabeza y le estrechó la mano, diciendo con una voz de gatita marrullera:
-Mucho gusto de conocerlo, señor teniente... Manuela Prado y mi tía Ignacia Prado... servidoras, para lo que mande.
-Vaya, pues, tengo gusto -dijo la vieja alargando la mano... siéntese, caballero.
-¿De la familia del presidente Prado? -interrogó Troncoso halagado con la idea de tener amores con una peruana de familia copetuda.
-Parientes lejanas -le respondió la zamba asintiendo con la cabeza, sin maldita la pretensión; y estiró la jeta y cerró los ojos.
-Tengo un amigo que me está esperando allá afuera. ¿Me dan permiso para hacerlo entrar?
-¡Hua!... ¿Por qué no viene, pues? -dijo doña Ignacia.
Troncoso salió a la calle, dio un silbido y un momento después entraba con Justo Pastor.
Saludos, presentaciones...
-¡Parientes del presidente Prado!... ¿Qué te parece? -lo informó el «Gallo».
-Bien no más, pues -le contestó Justo Pastor, comprendiendo desde el primer momento entre qué gente estaban.
Y como era hombre práctico y no quería perder tiempo, sacó $20 del bolsillo y pasándoselos a la vieja alcahuete le dijo que les hiciera un ponche caliente... por lo pronto, después hablarían.
A la media hora se lo estaban bebiendo vaso a vaso, charla que charla y pita que pita.
Preguntó la señora:
-¿Uds. son solteros?
-Y enteros -contestó el «Gallo».
-¡Hua!... ¡qué lisura! Claro, pues, que no les falta ninguna pierna.
-Uds. los chilenos tienen un modo de hablar extraño y unas palabras muy singulares, apuntó la muchacha. A los soldados los llaman «los niños», y en vez de decir voy para Iquique dicen «voy piquique».
-¿Sabe cómo le decimos al ponche caliente en mi tierra? -preguntó Justo Pastor.
-¿Cómo lo nombran, pues?
-Paralelipípido.
-¿Párale qué? -preguntó la negrita.
-Pípido -respondió Justo Pastor.
-Pero Ud. no será chileno, sino inglés -le dijo la señora, mirándole el collar de barbas rubias.
-Chileno hasta las cachas -le contestó Justo Pastor.
-¿De veritas?
-¡De verijas tengo un lazo, cortito pero buenazo!...
En esto llegó de sopetón y cantando un peruanito como un palo de fósforo, relamido y gomoso, con un junquillo en una mano y un ramo de flores en la otra. Al ver a los oficiales, hizo un alto de sorpresa y se quedó en la puerta todo turulato y asustado, con una cara de cretino estupefacto.
-Entre, Narciso; son amigos -le dijo la zamba.
-No quisiera ser importuno y molestar a estos caballeros. Creí que estaban solas y por eso vine a parlar un rato con Uds. cuya compañía me es tan grata. Y por eso cantaba y traía estas flores a Mañunga... Aunque con eso y sin eso, puramente, quizás, ahí; para mí la música y las flores... Buenas noches, señoras y caballeros.
-¡Entre hombre, no sea tan repulido y circunstanfláutico! -le dijo Justo Pastor.
Narciso avanzó balanceándose en la punta de los pies, obsequió las flores a Mañunga y fue a sentarse en el borde de una silla, recogiéndose los pantalones a media canilla para evitar las rodilleras, y dejó pasada a pachulí la pieza.
El «Gallo» le alargó un vaso de ponche, preguntándole si había tomado parte en la batalla.
-Vea Ud.; precisamente no; es decir, precisamente sí; pero en las ambulancias, en la cruz roja, al amparo de la Convención de Ginebra; esto es, no como hombre de guerra, sino como hombre de paz, para aliviar en sus dolencias a los que caían heridos víctimas del infortunio y del lado cruel.
A las once de la noche Narciso estaba completamente borracho, y abrazaba y les decía «queridos amigos» a los oficiales; y por último bailó la Moza mala.
Al final de aquel baile lúbrico, Justo Pastor lo agarró de los fundillos, lo encumbró y se lo sentó en un hombro.
-¡Qué chileno tan tosco!... ¡No me jale la nalga!... -clamaba Narciso, agitando en el aire las canillas.
Eduardo Ruiz se embarcó en Arica en viaje al sur a mediados de agosto, con licencia hasta el completo restablecimiento de su salud, un tanto delicada aún. Iba contento como colegial en vacaciones. Le parecía que habían pasados muchos años desde que saliera de Chile, y tenía ansia grande de volver a ver a las personas tan queridas que allá había dejado. A medida que avanzaba en su camino, se le dilataba el corazón y se le poetizaba la existencia, viendo al través de sus recuerdos un país de ensueños, de hermosos campos de esmeralda, de nevadas montañas, de bosques seculares y caudalosos ríos; en todo tan diversos de los desiertos calcinados que el ejército había recorrido, sin más reparos que pequeños oasis perdidos entre desolados arenales.
Veía un país de suave luz, de flores y alegría, y rostros amigos y sonrientes y brazos tendidos dándole la bienvenida.
Y en medio de aquel Edén, de aquella gloria, veía a Marta, su Marta idolatrada, la hermosa joven de la trenza de oro y luminosos ojos azules, amor de sus amores desde niño, luz y esperanza consoladora en sus días de tristezas y amarguras en aquella campaña penosa y ruda, tan llena de sufrimientos y de horrores.
Iba contando los días y las horas a medida que se acercaba, pareciéndole más azul el cielo, más puro y cristalino el aire, que él aspiraba con embriaguez ensanchando los pulmones para beberlo.
-¡Valparaíso!... ¡Valparaíso!
Estaba a la vista la «Perla del Pacífico», y poco a poco fue surgiendo la ciudad con sus pintorescas casas escalonadas en los cerros, extendiéndose en amplio anfiteatro en forma de herradura.
La mañana era diáfana, fresca y transparente como un cristal; y el sol alumbraba dulcemente los verdes lomajes cubiertos de césped; teñía de ocre ciertos retazos calvos de la cumbre y ponía una nota alegre en las casas blancas y en las torres de las iglesias. Del lado del oriente asomaban los picachos nevados de la cordillera de Los Andes, y en medio de ella, majestuoso y grande, el cono albo del Aconcagua.
Eduardo bajó de los primeros.
Don Facundo y don Cayetano esperaban en la estación de Palmilla la llegada del tren que conducía al teniente Ruiz. Don Facundo había venido de a caballo, luciendo sus mejores prendas de montar, bien lustradas las botas, relucientes las espuelas, manta corta con bordados sobre un paletocito negro, sombrero de castor y en la guarnición del caballo, la plata maciza por arrobas. El cura, bien rapado, se había puesto la sotana nueva y la teja buena, y vino en un birlocho para conducir en él al sobrino. Ambos estaban impacientes y emocionados paseándose en el andén.
El tren llegó a las 3 p. m.
-¡Ahí viene! -exclamó don Cayetano, el primero en ver a Eduardo asomado a la ventanilla y haciéndoles saludos con la mano.
Lo recibieron en los brazos. Don Cayetano no podía soltarlo y se reía y lo palmoteaba, lo besó y se le rodaron por último dos lágrimas. Don Facundo le dio tal abrazo que casi lo sofoca, y hacía unos gestos horribles como si quisiera contener un sollozo.
-Estoy orgulloso de ti, muchacho -le dijo-; has dejando bien puesto el nombre. Pero buenos sustos hemos pasado tanto yo como Cayetano... ¿Y cómo va la herida? Te encuentro más flaco, pero ya te irás reponiendo... Cuestión de buenos caldos.
-Me siento bien, padre, aunque un poco débil todavía. Más que los buenos caldos me repondrá el gusto de estar con Uds. y este aire tan puro que se respira aquí. ¡Qué hermoso lo encuentro todo!... ¡Qué deseos tan grandes tenía de llegar!
-¿Y qué tal viaje, sobrino?
-Muy bueno tío. ¿Y por acá cómo están todos, doña Dolores y Mercedes?
-Esperándote, no hallan las horas de verte.
-¿Y las demás personas del pueblo? (la pregunta iba dirigida a saber de Marta).
-Todos bien; a diario me preguntan por ti.
-A la familia Guzmán le traigo noticias frescas de Justo Pastor.
-Hombre; gusto les va a dar porque el mozo es algo flojo para escribirles. De esta suerte iban hablando mientras se dirigían a tomar don Facundo su caballo y el cura con el sobrino el birlocho. Y ya en él, le dijo el segundo al primero:
-Hábleme de Marta, tío, y dígame cuanto haya, que estoy impaciente de saber en qué estado se encuentran las cosas. Ella me da muchas seguridades en sus cartas, pero bien puede estar engañada; le temo a don Salustio.
-No temas, va bien. Desde luego puedes contar con la voluntad decidida de Misiá Rosario, enteramente de tu parte; así me lo manifestó en días pasados en una conversación que tuvimos. Ella dice que no quiere ver llorar a su hija y que sea desgraciada. A ti te encuentra un buen acomodo para la niña. En cuanto a don Salustio, a quien su esposa ha hablado sobre el particular, tampoco dice redondamente que no, quiere ver más claro y que las cosas vayan por sus cabales, sin precipitarse. Ni una palabra me ha dicho cuando nos hemos visto; pero esto no me extraña, siendo como es tan reservado. Su delicadeza y su orgullo no le permiten abordar directamente conmigo esa cuestión que pudiera tomarse como un avance o una insinuación indelicada de su parte. Pero anda muy atento y amable conmigo, y cuando me ve nunca deja de preguntarme con mucho interés por ti... Otra cosa: Facundo ya no hace aquellos malditos tacos de marras.
-¿Sabe mi padre que yo deseo casarme con Marta?
-Lo sabe, se lo he dicho yo mismo preparándole el ánimo.
-¿Qué dijo él?
-Se rió, puso buena cara. Por ese lado no temas.
-¿Y sus proyectos de casarse con Mercedes?
-Más firmes que nunca.
-¿Y ella?
-La «Tortolita» llora que llora y sin decir ni «sí» ni «no».
En estas y otras pláticas entraron a la plaza del pueblo y tan pronto los vecinos divisaron el birlocho escoltado por don Facundo, dispararon muchos escopetazos, prendieron cohetes y lanzaron voladores. En la iglesia repicaban las campanas, y multitud de gente asomada a las puertas de las casas, agitaba pañuelos y gritaba: «¡Viva Eduardo Ruiz!»... «¡Viva el teniente del heroico Atacama!».
El cura estaba como en la gloria, batía palmas, se reía, mostraba con la mano a su sobrino y agitaba la teja en el aire.
Eduardo, profundamente emocionado y agradecido de aquella manifestación inesperada, una gran sorpresa para él, saludaba quitándose el kepí, y por sus mejillas le rodaban las lágrimas.
En la puerta de la casa parroquial le recibieron doña Dolores y Mercedes, a quienes abrazó cariñosamente. La «Tortolita», temblando de emoción, no pudo contener el llanto. Y Eduardo, viendo aquel tierno cariño que a él se le imaginaba de hermana, la abrazó repetidas veces, diciéndole palabras afectuosas.
Enseguida se fue corriendo al campanario y desde arriba tendió la vista en dirección a la casa de su amada y divisó allá lejos agitarse un pañuelito blanco. Era Marta que lo saludaba.
Él contestó agitando el suyo.
Fue a llamarle Mercedes, diciéndole desde el pie del campanario con una voz llena de lágrimas:
-Eduardo, lo esperan para tomar las once.
-¡Allá voy! -contestó alegremente el mozo y descendió saltando de dos en dos las gradas, sobre las cuales iba chocando la punta de su espada.
-Aquí tienes tu cuarto por si quieres lavarte -le dijo don Cayetano.
-Gracias, tío; también voy a quitarme el cinturón con la espada.
El tío entró con el sobrino.
-¿Y este ramo de flores tan precioso? -preguntó viendo uno sobre una mesita.
-Adivina quien te lo mandó -le dijo sonriendo el cura-. ¿Nada te dice el corazón, sobrindio?
-¿Marta?...
-Ella; lo mandó esta mañana con su hermano Marcos, encargando que lo pusieran en tu cuarto.
-¡Mi Marta! -exclamó besando con pasión las flores.
Las once fueron de lo más suculentas, empeñándose todos en hacer comer de cuanto había al debilitado teniente.
El primero en llegar a saludarle fue don Salustio Guzmán, saliendo a recibirlo el cura, don Facundo y Eduardo.
El caballero no se contentó con estrechar la mano que le pasó emocionado el joven, y le dio un abrazo diciéndole:
-Bienvenido sea el hijo de este pueblo, que ha sido recibido con tan entusiastas manifestaciones de regocijo, como las merece y a las que nos asociamos todos. Y a Ud., don Facundo, y a Ud. señor cura, los felicito por tener tal hijo y tal sobrino.
Eduardo, profundamente conmovido, le dio las gracias y correspondió a sus palabras hablándole de Justo Pastor, cuya conducta en la campaña dijo, había sido la de un oficial pundonoroso y la de un valiente, siendo, además, muy estimado de sus jefes y querido de sus compañeros.
Pasaron a sentarse a la sala.
-Y su salud, Eduardo ¿cómo está?, lo encuentro delgado y pálido. Es preciso que se cuide.
-Me siento bien, señor, y creo que en poco tiempo estaré completamente restablecido.
-Come poco, apenas si comió en las once medio pichón y un par de huevos -apuntó don Cayetano.
-Es lo que yo digo -agregó don Facundo. Hay que comer harto, tomar caldos espesos de cabeza con criadillas machucadas y sus buenos vasos de vino añejo. El muchacho parece que perdió mucha sangre y esa no se repone así no más. No sea que se nos vaya a poner ético.
-Yo me voy a permitir mandarle un barrilito del vino añejo de casa -ofreció don Salustio-. Tiene diez años y es dulce y generoso, un verdadero tónico.
Agradecido el ofrecimiento, hablaron sobre cosas de la guerra y de sus futuras operaciones, estando todos de acuerdo en que era de absoluta necesidad tomarse a Lima. Enseguida dijo el señor Guzmán:
-Ahora voy a pedirles un servicio, y es que me den el gusto y me hagan el honor de almorzar conmigo mañana en casa... Y no acepto excusa, mi señor don Facundo, señor cura, amigo Eduardo, porque me agraviarían, y también se sentiría la Rosario, que no ve las horas de felicitar personalmente al amigo Ruiz y oír de su boca noticias de Justo Pastor.
Aceptada la invitación y viendo don Salustio que iban llegando algunas personas a saludar al joven oficial, se alzó de su asiento y se despidió, siendo acompañado cortésmente hasta la puerta de calle.
En la noche estuvieron de mantel largo en casa del cura, habiendo sido invitados a comer muchos de los que vinieron a saludar a Eduardo, quien hizo el gasto de la conversación refiriendo, a pedido de todos, episodios de la guerra, sin que se cansaran de oírle.
El vasto comedor de la familia Guzmán parecía un jardín de cuentos de hadas, tal era la profusión de flores, guirnaldas de arrayán, cenefas y coronas de laurel con lazos de cintas, y banderas y gallardetes que lo adornaban. Marta no se había dado un momento de reposo arreglándolo, en compañía de sus hermanos, para recibir y festejar a su amado. Todo estaba reluciente y fue sacada el servicio la gran vajilla de plata de la casa.
El día era uno de esos alegres y luminosos de principio de primavera y flotaba en el aire el perfume dulce y suave de los cerezos y de los duraznos en flor.
Asistían al almuerzo todos los vecinos caracterizados del pueblo. A la cabecera se hallaba don Salustio en su alto sitial de cuero de Córdoba. Eduardo ocupaba su asiento al lado de misiá Rosario y tenía al frente a Marta, sentada ésta entre el cura y don Facundo.
No había cambiado con Marta más palabras que las muy pocas que se dijeron al saludarse en presencia de toda la familia y de varios vecinos que ya habían llegado. Tampoco le era posible recrearse siquiera en su contemplación ahí en la mesa, porque en él estaban fijas todas las miradas, siendo interrogado a cada instante sobre cosas de la guerra, y obligado a dar noticias y a referir episodios de las batallas. De cuando en cuando miraba furtivamente a Marta y siempre encontró puestos dulcemente en él los grandes ojos de la niña, haciéndole estremecerse.
-¿Y le dolió mucho cuando lo hirieron? -le preguntó el boticario.
-No tuve ningún dolor al principio; sentí nada más que la sensación de un fuerte golpe en el pecho, tan fuerte que casi me tiró de espalda, como si me hubiesen dado con el mocho de una hacha. Llegué a creer que en la confusión algún soldado me hubiese dado un culatazo, porque en ese momento atacábamos el fuerte a la bayoneta y era mucho el remolino de gente y el fuego que nos hacía el enemigo, hiriendo y matando a los nuestros. No vine a darme cuenta que estaba herido sino cuando me llevé la mano al pecho y la retiré ensangrentada; tuve un vértigo, se me desvaneció la cabeza y caí al suelo, sin que ya me fuese posible levantarme. Entonces sentí un dolor agudo en el pecho, que me impedía respirar y comencé a arrojar sangre por la boca.
-¡Por Dios! -exclamó misiá Rosario.
Marta, que había oído con los ojos dilatados y casi sin aliento, se mordió con fuerza el labio para no llorar, respiró anhelante, parpadeaba con ligereza y se puso como la grana; pero alcanzaron a humedecérsele los ojos.
Viéndola, Eduardo hubiese corrido a su lado para enjugarle las lágrimas con sus labios.
-Bebe vino, muchacho; esto te repone la sangre -le dijo su padre.
Misiá Rosario lo invitó a beber:
-Salud, Eduardo. Deseo que se restablezca pronto.
-Salud, señora, y gracias por sus buenos deseos.
Y alzando su copa miró a Marta insinuándole que deseaba beber también con ella.
La muchacha alzó la suya, aún palpitante de emoción.
Don Salustio se extremaba en atenciones y amabilidades con don Facundo.
-Permítame servirle un poco de vino tinto. ¿O prefiere del blanco?
-Gracias, don Salustio, prefiero el añejo, me cae mejor.
-Me va a dar el gusto de aceptar otro pejerrey, son fresquitos.
-Gracias, acepto otro, están muy sabrosos.
Don Cayetano comía callado, y a conciencia, de todo y por su orden.
-Hombre -dijo dirigiéndose a su sobrino y saboreando una perdiz escabechada, estos buenos bocados no los comerían Uds. por allá.
-Nunca, tío. Pero en cambio hemos comido otros bocados que Ud. no conoce: ¡la carne de burro y los cuyes!
-¡Qué atrocidad!
-¿Qué cosa son los cuyes? -preguntó don Pilar Navarro.
-Una especie de ratones blancos sin cola.
-¡Ah, bárbaro! -exclamó Marcos Guzmán en la extremidad de la mesa alzando los brazos; y sus hermanas Sara y María soltaron la risa.
-¿Y es cierto que las peruanas son muy bonitas y graciosas? -preguntó don Froilán Díaz.
-Cierto, le respondió Ruiz. Y también son ocurrentes y espirituales y tienen un modo de hablar muy bonito. En sociedad, en un salón, lucen mucho donaire.
-¿Mejores que las chilenas, entonces?
-¡Ah, no! Las chilenas son otra cosa; ellas brillan en el hogar, son reinas de su casa. Tampoco las peruanas pueden competir en el color con las chilenas porque son pálidas y morenas y nuestras paisanas semejan una flor.
-¡Bien dicho! -exclamó el subdelegado, y de un trago apuró el contenido de su copa.
Marta, muy encendida, no se atrevía a mirar a nadie. La chiquillería Guzmán palmoteó con entusiasmo.
-¿Me encuentras como una flor a mí? -preguntó Sara a Marcos, mirándole de frente, con los ojos muy abiertos y encendidas como una amapola las mejillas, conteniendo la risa.
-¡Como flor de zapallo te encuentro, chinchosa!
La muchacha soltó la risa.
-Y puedes agregar, sobrino -expresó el cura, que en voz pópulo y fama que no hay mujeres más virtuosas y cristianas que las chilenas, ni mejores esposas y madres más abnegadas, ni tampoco más hacendosas.
-¡Bien dicho! -exclamó nuevamente el subdelegado, ya algo chispo y se empinó otra copa.
A los postres se levantó don Salustio para ofrecer la manifestación y dijo que como chilenos habían seguido con el más vivo interés la marcha de la guerra en la que estaba comprometido el honor del país, y celebrado sus victorias con patriótico entusiasmo; pero que como vecinos del pueblo habían celebrado con el corazón la parte que en ella tomaban los hijos de Santa Cruz, entre los cuales descollaba el teniente Eduardo Ruiz, que tan valientemente había defendido la patria derramando por ella su sangre, con grave peligro de su vida, y dejando su nombre vinculado para siempre a la gratitud y a la admiración del pueblo.
-Bebo a su salud, hago votos por su pronto restablecimiento y pido a todos los presentes que me acompañen en este deseo.
La concurrencia aplaudió largo rato al festejado.
-¡Viva el teniente Ruiz!... ¡Viva Eduardo! ¡Viva el heroico oficial del Atacama!
Rosita, mandada por sus hermanos, le trajo un ramo de violetas.
-Gracias, Rosita... ¡Qué violetas tan lindas! -y sentándola en sus rodillas la besó en los ojos.
Luego se puso de pie para agradecer la manifestación de que era objeto. Dijo que la forma en que había sido recibido por los vecinos del pueblo y la acogida tan cariñosa que se le dispensaba en casa del señor Guzmán habían sobrepasado todo lo que él pudo imaginarse y desear, llenándole del regocijo más grande que había tenido en su vida.
-Quiero hablar con entera franqueza -agregó poniéndose la mano sobre el pecho-. Durante todo el tiempo que he permanecido en la guerra, y ya fuese en los tristes o alegres días, jamás dejé de recordar a este pueblo, para mí tan querido, porque aquí pasé los risueños y las más grandes, las más puras afecciones de mi alma.
Fue muy aplaudido. A continuación hablaron varios otros.
A Marta le latía con violencia el corazón, pareciéndole un sueño lo que veía, y miraba al joven con sumisa adoración: Su Eduardo recibido con repiques de campanas, aplaudido y aclamado por todos los vecinos, festejando por su padre... ¡Oh, qué dicha!
Cuando se levantaron de la mesa Eduardo salió acompañado a misiá Rosario y le dijo, con acento respetuoso y algo grave, que deseaba hablarla.
-Vamos a la antesala -indicó la señora.
Y ahí el mozo le abrió su corazón contándole su amor por Marta y la ambición de hacerla su esposa. La señora estaba convencida, y le dijo que ella sería muy dichosa de tenerlo por yerno y que ya lo quería como a hijo.
-¿Y su esposo?
-Él tampoco se opone; anoche no más me habló de eso; lo quiere a Ud. y lo acepta con gusto.
Eduardo le besó las manos, asegurándole que era el hombre más feliz del mundo y que a ella la quería como hubiese querido a su propia madre si no hubiese tenido la desgracia de perderla tan niño; era una afección que le hacía falta en la vida.
-Estoy cierta de que Ud. hará feliz a Marta. Si Ud. supiera cómo ha llorado y sufrido la pobre muchacha cuando supo que Ud. estaba herido. Llegamos a temer por su salud pensando en lo que le había pasado a su prima... ¡Pobre Luisa!... ¿La vio Ud. en Santiago?
-La vi y le aseguro que me dejó el corazón enfermo. La familia deseaba que Luisa me viera, de repente con la esperanza de que yo le despertara algún recuerdo de Ernesto y tuviese alguna crisis favorable.
-¿Lo conoció?
-No me conoció. Se puso a mirarme con la más profunda indiferencia y después me volvió la espalda y se fue cantando. ¡Pobre Luisa!... ¡Pobre Ernesto!... Ésa es otra visita dolorosa que tendré que hacer en estos días: a la madre de Ernesto. Tengo que ir a entregarle varias prendas de mi desgraciado amigo... Pero no hablemos de esto hoy que me siento tan feliz. Quisiera saltar y correr por los campos y treparme a los árboles como un niño...
-¿Y dónde está Marta? Apenas si he hablado dos palabras con ella. ¡Ah, ahí está! -dijo mirando por la ventana y viendo a la joven rodeada de sus hermanos, bajo un naranjo y cortando ramitas de azahares, de las que se había colocado una graciosamente en la cabellera.
-¡Marta, ven! -llamó su madre.
La muchacha vino con apresuramiento.
-Anda con los niños a mostrarle a Eduardo los árboles floridos del huerto, que está muy bonitos.
Bajo un cielo de raso azul, radiosamente puro, el sol de una primavera precoz derramaba su bienhechora luz de oro, de incomparable magnificencia.
Se fueron corriendo como bandada de pájaros que buscan espacio y alegría, y cruzaron el jardín lleno de perfumes. Y apenas atravesaron la vieja puerta de un paredón tapizado de musgo que daba acceso al huerto, Sara se llegó por detrás de Marcos y dándole una palmada en la espalda.
-¡Recluta chingado! -le dijo y emprendió la carrera.
-¡Mira, moledera no más! -refunfuñó su hermano y corrió tras ella.
María y Rosita los siguieron; y con ellos iban dando saltos y ladridos de alegría «Palomo» y «Diana» los dos perros, sus inseparables compañeros.
Eduardo tomó la mano de Marta y la arrastró hacia el centro de un grupo de naranjos cargados de azahares y naranjas, que los ocultaba enteramente.
-¡Mi Marta!... ¡Mi dulce amor!
-¡Eduardo mío!
Y se estrecharon con apasionada violencia en un largo, interminable abrazo, locos de alegría.
Él la besaba en los ojos, en las mejillas, en la boca, en el cabello. Le tomaba la cabeza entre sus manos echándosela hacia atrás para mirarla, y ella le sonreía entreabriendo los labios; y él volvía a besarla con una lluvia de ardientes besos, sediento de esas dulces caricias por tanto tiempo anheladas.
-¡Te encuentro muy linda, Marta!
-¡Embustero!... ¿No me hallas fea las pecas?
-¡Preciosas!... Te las voy a besar una por una -Y comenzó a hacerlo, contándolas a medida que las besaba- Una... dos... tres...
Marta, riendo como si le hicieran cosquillas, se defendía y trataba de ocultar la cara con sus manos. Y Eduardo seguía besándola y llevando la cuenta:
-Seis... siete... ocho...
Tenía para rato porque no le perdonaba ni la más pequeña y aun inventaba donde no las había.
Embelesados en tan delicioso entretenimiento, no vieron a Rosita que estaba ahí mirándolos, y sólo vinieron a darse cuenta cuando oyeron una vocecita muy cerca de ellos:
-¿Que la quiere mucho a Martita Ud.?
Marta lanzó un «¡ah!» y volviéndose vio a su hermanita que la sonreía.
Eduardo, menos asustado que su compañera, soltó la risa y tomó la chica en sus brazos.
-¿Dónde están? -gritó Marcos.
Y luego todos juntos recorrieron el huerto, poblado de árboles frutales y de abejas, árboles familiares a Marta, sus buenos amigos, como viejos parientes apacibles; extasiándose Eduardo ante los almendros, los duraznos, los ciruelos, y los damascos en flor, engalanados con el manto nupcial de la primavera, de una belleza incomparable. Formaban inmensos ramilletes, y sus delgadas ramas, aun sin hojas, parecían guirnaldas de flores blancas y rosadas, sembrando sin cesar alrededor de ellos una nieve de pétalos menudos que voltejeaban cayendo sobre la hierba del suelo, reverdecida y lustrosa, salpicada de florcitas azules y rojas.
Al día siguiente don Facundo, vestido con sus mejores ropas, fue a casa de don Salustio a pedirle la mano de Marta para su hijo.
El señor Guzmán le estrechó las manos y lo abrazó, siendo esto prenda de quedar olvidados los antiguos resentimientos; y aceptó con gusto aquel vínculo de consuegros, que los dejaba enlazados y amigos para siempre.
Fue acordado que el matrimonio se efectuaría tan pronto como terminase la guerra y regresara de ella el joven Ruiz.
Éste enteramente restablecido, partió al norte a fines de septiembre a incorporarse a su cuerpo, después de pasar un mes delicioso con su novia, a quien dejó anegada en llanto.
Después de las grandes batallas de Chorrillos y Miraflores, en las que fueron deshechos los peruanos, el ejército chileno hizo su entrada a Lima, y lo hizo con el mayor orden y compostura, para dar un mentís a quienes propalaban que era una horda de bandoleros sanguinarios.
Y cumplida su misión, después de dos años de campaña llena de privaciones y sacrificios, pero llena también de gloria y de episodios maravillosos, regresó a sus hogares, cargado de laureles, haciendo su entrada triunfal el 14 de marzo por el centro de la Alameda de Santiago.
Delante iba el general Baquedano con su Estado Mayor, a caballo, precedido de 20 batidores de a caballo también, seguido del contralmirante Riveros rodeado de altos jefes de la Armada, marchando al son de los himnos marciales tocados por las bandas, cuyos bronces sonoros atronaban el aire con sus ecos guerreros, llevando en alto los gloriosos estandartes, testigos de su heroísmo, porque venían acribillados de balazos y manchados con su generosa sangre; y en medio de una multitud inmensa, delirante, que llorando de alegría lo aclamaba arrojando flores a su paso.
El cañón del fuerte Hidalgo disparaba cada diez minutos.
Una alegre luz caía del cielo azul.
Nunca, desde que don Pedro de Valdivia clavó su tienda y sus pendones al pie del legendario Huelén, la ciudad había presenciado cosa semejante, un espectáculo más augusto, más grandioso e imponente. Más de cien mil personas aglomeradas desde la estación de los ferrocarriles hasta la plaza de Armas, y gente numerosa en los balcones y hasta en los techos de las casas, donde formaban grupos pintorescos, agitaban sombreros y pañuelos, vivando frenéticos y dejando caer una lluvia de flores sobre los invictos legionarios.
El trayecto que recorría el ejército en su marcha triunfal estaba engalanado con miles de banderas, gallardetes, escudos con inscripciones, guirnaldas de yedra y mirtos, coronas de flores, cortinajes de banderas entrelazadas de tules que caían graciosamente desde los balcones, y numerosos arcos triunfales. Uno de ellos, frente a la estatua de San Martín, de 35 metros de altura.
Cada cuerpo que pasaba con su estandarte era aclamado por su nombre, haciéndose igual cosa con su jefe y oficiales. En uno de los palcos, tendidos en ambos costados del paseo, se hallaba S. E. el Presidente de la República.
El famoso batallón Atacama (huérfano por muerte de su heroico comandante Martínez en la batalla de Miraflores) fue aclamado frenéticamente. Y cuando pasó frente al palco ocupado por la familia Guzmán, el cura y don Facundo, apenas vieron al capitán Eduardo Ruiz lo vivaron con delirio, bombardeándolo de rosas, y Marta vació sus cestos tapizándole de flores el camino.
El joven capitán, sonriendo, saludó militarmente con su espada y acarició a Marta con una mirada llena de dulces promesas y recuerdos. Igual manifestación le hicieron al capitán Justo Pastor Guzmán, a quien su madre tendió los brazos, llorando de alegría.
En el trayecto se cantaron muchos himnos y coros por cuerpos de profesores, de señoritas y de niños de las escuelas. Y hablaron varios oradores, ya en prosa, ya en verso; entre otros don Camilo E. Cobos, don Pedro N. Prendes, don Justo Arteaga Alemparte.
Eran las 6 p. m. cuando la comitiva llegaba a la Catedral. Ahí se encontraba S. E. el Presidente de la República, ministros de Estado, senadores, diputados, jefes del ejército y otros altos dignatarios.
El venerable Cabildo Eclesiástico, presidido por el obispo señor Gandarillas, recibió la comitiva.
El templo estaba majestuosamente adornado en todas sus naves. Ocupó el asiento de preferencia S. E., que tenía a su derecha al general Baquedano, a la izquierda al contralmirante Riveros, siguiendo los señores Álvaro Covarrubias, Domingo Santa María, Patricio Lynch y otros jefes de alta graduación. Continuaban a la derecha los ministros de Estado y la Municipalidad. La doble fila de asientos se extendía hasta las gradas del presbiterio, y se hallaba ocupada por las corporaciones militares, civiles y religiosas. Se dio comienzo a la ceremonia con el discurso de felicitación del presbítero señor Ramón Ángel Jara; luego los estandartes de los cuerpos que acababan de llegar a la plaza fueron conducidos por sus escoltas respectivas por medio de la nave principal y presentados en acción de gracia al Todopoderoso.
Enseguida una comisión del Cabildo Eclesiástico se dirigió al lugar donde se hallaba S. E. el Presidente de la República, el señor General en Jefe y el señor contralmirante Riveros, e invitándolos para rendir homenaje al Dios de los Ejércitos, volvió con ellos hasta el altar mayor.
Una escogida capilla de cantores entonó la Antífona y Te Deum Laudamus, compuesto especialmente para la ceremonia por el maestro Hempel.
En su discurso de felicitación el presbítero señor Jara se elevó con gran elocuencia, haciendo correr un estremecimiento por el auditorio cuando dijo, lleno de fuego los ojos:
«Lima, la ciudad que ayer no más, por su soberbia, nos recordaba a la antigua Roma, hoy, cargada de cadenas, marcha uncida al carro de nuestros triunfos; Lima, la ciudad que ayer no más, por sus riquezas, nos recordaba a Cartago, hoy recibe de limosna el pan y el agua del vencedor chileno, y cubriendo su desnudez con los jirones de su bandera, implora el perdón, como las esclavas de la Grecia, postrada de rodillas y besando la espada de nuestros valientes generales...
¡Guerreros de mi patria, doblad pues, ante ese altar vuestras sienes justamente levantadas; presentadle en homenaje vuestras espadas, terribles en la lid, porque llevan la muerte y el espanto; aquí sagradas, porque simbolizan la fe de vuestras almas, y deponed vuestras coronas, si no queréis que se marchiten!
¡Inclinaos ante Dios también vosotras, gloriosísimas banderas, reliquias veneradas de nuestro amor! Vosotras que tremolasteis al viento en Pisagua y en Dolores, en Tarapacá y los Ángeles, en Tacna y en Arica, en Chorrillos y Miraflores; vosotras que alentasteis el valor y el sacrificio de nuestras huestes; vosotras que escuchasteis los últimos adioses de nuestros mártires generosos; vosotras que aún venís manchadas con la sangre de nuestros héroes; vosotras que venís agujereadas por las balas y ennegrecidas por el humo de los combates; vosotras que sois la síntesis de nuestro orgullo nacional, inclinaos también vosotras, y que los angeles de Chile os formen con sus alas un tabernáculo de honor».
Eduardo Ruiz contrajo matrimonio con Marta Guzmán a fines de abril, y quince días después casó don Facundo con la «Tortolita».
FIN
SAN BERNARDO, SEPTIEMBRE DE 1921.
* * *
«Llo-lleo, Febrero 8 de 1923.
Señor doctor Senén Palacios.
Mi muy estimado colega y amigo:
En su cariñosa carta del 3 del corriente Ud. insiste en que debo suministrarle algunos datos sobre el servicio médico de la Esmeralda en el combate de Iquique y sobre la vida que hiciera la tripulación prisionera. Le remito estos mal redactados apuntes por si pudieran ofrecerle algún interés:
21 de mayo de 1879.
Una hora antes del combate toda la tripulación estaba en sus puestos y lista para romper el fuego. No se trataba de considerar la desigualdad de la contienda y la posibilidad del triunfo; se pensaba solamente en que los azares de la guerra colocaba a un grupo de chilenos en la situación más brillante y difícil que es posible imaginar: dos blindados poderosos y veloces al frente de dos pequeños barcos de madera que enarbolaban la bandera tricolor. Primer torneo en que la desigualdad de las armas sólo se podría equilibrar con el temple de los corazones. Toda la tradición gloriosa de la Marina chilena debía dar en esta ocasión sus frutos.
La sección de sanidad estaba instalada en la cámara de Guardias Marinas y la formaba el siguiente personal: el contador señor Óscar Goñi, el ayudante de cirujano señor Germán Segura, el despensero, el maestro de víveres, el practicante y boticario Castilla y cuatro enfermeros. A éstos se agregó el ingeniero civil don Juan Agustín Cabrera, que en comisión del Gobierno se encontraba a bordo en calidad de pasajero, mientras pudiera regresar al Sur. Este caballero preguntó al comandante Prat en que podría servir, quien le contestó: «Vaya Ud. a agregarse a la ambulancia». El señor Cabrera, que más tarde fue mi muy apreciado amigo, encontró que carecía de condiciones para servir a los heridos, y por otra parte, el sitio en que estábamos nos obligaba a permanecer en la más completa ignorancia de todo lo que pasaba en cubierta. Solicitó entonces permiso para ir a hablar con el Comandante. Esta vez se le ordenó que tomara un rifle. Más tarde el contador fue llamado para atender a la destrucción de la correspondencia y de toda la documentación. De este modo mi personal quedó reducido en dos valores menos.
Se siente un cañonazo a distancia. En nuestro barco hay silencio sepulcral. El comandante Prat en el puente de mando, alza su voz para hablar a la tripulación, que estaba al pie de sus cañones. Yo desde mi puesto divisaba al Comandante, que pálido y vestido de media parada, pronuncio con voz firme y clara su inolvidable arenga. Al escuchar a este hombre, todo mi cuerpo se conmovió, y me pareció oír una sentencia de gloria y de muerte. Inmediatamente, el corneta dio la orden de romper el fuego, primero a estribor y después a babor. Ya este cañoneo terrible no irá disminuyendo sino hasta que los cañones se vayan inutilizando por su propio uso y también por los destrozos que el enemigo cause en el buque.
Los primeros heridos que nos llegan lo han sido por metrallas lanzadas por el enemigo desde tierra. Todos son gravísimos, pues los cascos de granadas les han penetrado en el cráneo, en el tórax, o en los miembros.
Más tarde van llegando los heridos por los cañones de a 300 del Huáscar. En este caso las mutilaciones son enormes y no hay vendaje posible; y hay tantos que no tenemos camas suficientes. Las horas van avanzando, y ya nos llegan heridos a rifle, pues la distancia que separa las naves ha disminuido, y los destrozos son cada vez más considerables. En medio de mi confusión sobreviene un accidente. Una granada de los grandes cañones del Huáscar ha penetrado en la cámara de oficiales y producido un incendio cuyo humo invade mi recinto y nos envuelve en una atmósfera irrespirable, molesta y penosa para los heridos. Afortunadamente la brigada de incendio trabajó con tanto orden y eficacia que muy pronto el foco del fuego fue extinguido. Luego se produce el primer ataque al espolón, conmoviendo nuestras naves y haciéndola crujir hasta los últimos remaches. Yo, que era novicio a bordo, no supe explicarme que cataclismo se había producido.
Un rumor corre por el entrepuente, rumor que se confirma: «El comandante Prat ha muerto»... «El teniente Uribe ocupa su puesto».
Este primer espolonazo ha sido dado en la vecindad del puente de mando; el espolón, penetrando en el costado del buque, ha quedado incrustado por algunos momentos, y en esta situación inesperada, Prat, llevado por esa fuerza irresistible que enciende el alma de los héroes grita: «¡Al abordaje!», y salta el primero sobre la cubierta del buque enemigo, llevando en alto su espada de combate.
Más, su voz es apagada por el estruendo de los cañones y no pudo ser oído en la confusión del combate. Sólo el sargento Aldea y otro marinero, cuyo nombre ha quedado ignorado, acompañan al Comandante a pisar la cubierta del Huáscar.
El cañoneo y el fuego de rifle no se interrumpe. En cubierta hay muchos heridos graves que no es posible transportar por falta de gente. Oigo decir que en cubierta se están organizando dos brigadas de abordaje; una, la de proa, al mando del teniente Serrano, la de popa al mando del teniente Sánchez. El oficial de entrepuente, Fernández Vial, hoy contralmirante, me da a entender que el buque se irá pronto a pique, y que esté listo.
En este momento el personal de las máquinas principia a abandonar sus puestos, porque el buque se está inundando. El primer ingeniero ha muerto en cubierta al ir a comunicar al Comandante el estado de su sección. El segundo ingeniero, señor Manterola, se me acerca y después de haberme mirado fijamente, me dice: «Doctorcito, yo quiero mucho a los médicos, una hermana mía es casada con el doctor Zorrilla; no se separe de mí porque el buque se va a hundir y yo soy gran nadador».
Se produjo el segundo espolonazo, pareciéndome que el buque se abría y se despedazaba. Subí a cubierta y vi que el centinela que defendía la escotilla estaba muerto; miré al Huáscar, que estaría a unos 50 metros de distancia, y vi un grupo de marineros chilenos en el castillo de proa con sus armas en las manos; vi al teniente Serrano cuando con su espada levantada avanzaba hacia la torre enemiga.
Casi inmediatamente después de abandonar la cámara de Guardias Marinas estalló una granada, matando a todos los heridos, personal de ingenieros, mecánicos y fogoneros que habían llegado a la ambulancia. A mi generoso protector señor Manterola no lo vi más. El único que sobrevivió de los que estaban conmigo fue mi ayudante Segura.
Avanzando sobre cubierta traté de orientarme, pues los cañones desmontados, los mamparos destruidos, la arboladura despedazada, la gran cantidad de cadáveres horriblemente mutilados, la sangre mezclada al agua de las tinas de combate, que corría y se movía en cada vaivén del buque, todo aquel horrible cuadro que presentaba el aspecto de un matadero, hacía difícil la marcha. Por fin llegué al castillo de popa. Ahí estaba el comandante Uribe, que con revólver hacía fuego a una persona que se asomaba detrás de la torre del Huáscar, único ser viviente que se divisaba en el blindado peruano.
Toda la «Guardia de la bandera» ha muerto. El guardia marina Vicente Zegers, mi querido amigo, está al pie de la bandera de combate, sólo y como un defensor heroico de nuestro pabellón. Aún dispara nuestra nave uno que otro cañonazo. El Huáscar se ha alejado un poco, pero continúa haciendo fuego con sus grandes cañones. De repente observamos que el enemigo se dirige a toda fuerza de máquina hacia nosotros, como un toro furioso que embiste y al llegar dispara simultáneamente los cañones de su torre produciendo un formidable y último choque. Me pareció que mi buque se partía por mitad, y una ola inmensa nos cubrió y sumergió. No puedo decir hasta qué profundidad hemos llegado. Yo, que soy gran nadador, nadé con el intento de llegar a la superficie y de salir de la obscuridad en que me encontraba; luego vi una luz y una claridad. Miro a mi alrededor y veo que varias cabezas emergían casi al mismo tiempo, y también aparecían flotando una gran cantidad de tablones rotos, coyes y tinas de combate; sirviéndonos todo esto de ayuda para no sumergirnos nuevamente. Los sobrevivientes formábamos un círculo que permitía vernos las caras y reconocernos. Nos contamos, somos 37; en la mañana éramos 210.
El Huáscar queda como a 100 metros de distancia, y la ciudad de Iquique, bastante lejos. En esta crítica situación permanecimos largo rato, tal vez media hora. Sin embargo, nunca dudamos que el buque enemigo nos socorriera. Efectivamente, se nos explicó después que la tardanza en socorrernos fue debida a la compostura de los botes, destrozados por nuestros proyectiles.
Conducidos al Huáscar, y mientras desfilábamos los oficiales a la cámara del comandante Grau, vimos tendido sobre cubierta el cadáver de Prat. El guardia marina Zegers, que va junto a mí, le descubre el rostro, cubierto con un faldón de su levita, y yo puedo ver una profunda herida por arma de fuego en la parte más alta de su hermosa frente.
Una vez encerrados en la cámara del Comandante, se nos proveyó de un saco y de un pantalón de marinero, pues estábamos casi desnudos. Se nos dijo que el comandante Grau vendría a vernos. Efectivamente, a poco rato llega un marino de cierta corpulencia, no muy grande, ancho de espalda, de rostro tostado por la vida de mar, patillas a la española, donde aparecen algunas canas. Ciñe espada, pero su aspecto es el de un capitán de buque mercante. Nos saluda con ademán cordial, nos felicita por nuestra conducta, y recordó que a alguno de nosotros había conocido en otra época en el Callao. Notando que estábamos sin zapatos, ordenó se nos proveyera.
Hemos quedado solos; el Huáscar se pone en marcha a toda fuerza con rumbo al Sur. En estos instantes nos llamaron la atención unos quejidos y lamentos. Alguno de los nuestros creyó reconocer en ellos la voz de Serrano.
Como continuaran los quejidos, nuestro jefe, el teniente Uribe, se apresuró a solicitar la audiencia de algún oficial a fin de disipar nuestras sospechas y temores. Vino uno de ellos y dijo que efectivamente había un oficial chileno gravemente herido; y después de algunas consultas con sus superiores se accedió a lo solicitado, es decir, que el médico chileno fuera atender a su compatriota.
Acompañado de mi ayudante Segura, fuimos conducidos a la cámara de oficiales, donde se me hizo esperar. Luego llegó un oficial y me preguntó si yo era el médico; y como viera que yo tenía el traje de marinero, penetró a su camarote y volvió con un vestón de brin blanco con insignias de oficial, de su uso personal. Me dice que mientras él vuelva vea a los heridos que hay en la cámara.
Tendido en la mesa de oficiales y cubierto con una sábana, está el cadáver del teniente Velarde, oficial de señales del Huáscar, herido mortalmente por una bala que le rompió la arteria femoral en la región del triángulo de Escarpa. En los camarotes de los oficiales, encontré dos marineros negros, heridos, al parecer gravemente, y que ya estaban vendados.
Mientras tanto el tiempo pasaba y yo no podía ver a Serrano. Me dirigí inútilmente a los centinelas de los pasillos, más éstos nada sabían y les estaba prohibido hablar. Después de una larga media hora de espera, un marinero nos conduce nuevamente al recinto donde están nuestros compañeros, a quienes referí todo lo ocurrido.
Para nosotros fue inexplicable esta cruel conducta, esta negativa injustificada a proporcionar un consuelo a un herido, que aunque fuera enemigo, ya tal vez sería un moribundo.
Pasando los años, ha corrido la voz, de origen peruano, que Serrano, mortalmente herido, concentró sus últimas fuerzas y prendió fuego al camarote que lo encerraba. Ésta sería entonces la única explicación para negarle la atención médica que al principio, sin dificultad, se había concedido.
Durante este tiempo, el Huáscar, que marchaba a toda fuerza de máquina con rumbo al Sur, se detuvo algún rato. Esta detención correspondía a los momentos en que los buques enemigos se comunicaban en el sitio en que el blindado Independencia había encontrado su tumba: Punta Gruesa.
La pericia y resistencia desesperada con que el comandante Condell sostuvo ese desigual combate, le dio el hermoso triunfo, y coronó con todo éxito la jornada del 21 de mayo.
El Huáscar continuó su ruta al Sur, persiguiendo con tenacidad y furia a la Covadonga, que victoriosa de la Independencia buscaba las aguas de Chile. La persecución parece abandonada, pues el Huáscar toma rumbo al Norte. Nosotros no sabemos dónde estamos e ignoramos lo ocurrido en Punta Gruesa.
El barco se detiene; Grau llega nuevamente a nuestro recinto no tan cordial como antes: la imagen de la Independencia varada lo tiene anonadado. Nos dice que se ve obligado a dejarnos en Iquique, donde no estaremos muy bien, pues tiene que expedicionar al Sur: «Alístense para bajar a los botes». Nosotros estamos listos, ya que no poseemos más que nuestros cuerpos.
Estando en los botes, el teniente Uribe mira a su alrededor en la bahía, y no divisando a la Independencia, pregunta por ella. Un oficial dice: «Luego llegará».
En el trayecto hacia el muelle de Iquique anocheció; desembarcamos en medio de un gran gentío que ocupaba todo el largo del muelle. Como los prisioneros llevábamos uniforme de marineros peruanos, el público no se dio cuenta de lo que ocurría. Sin embargo, casi al término de nuestro trayecto hay un altercado, un tumulto: creyéndolo chileno, han atacado de hecho al oficial peruano que nos acompañaba; creo que fue el teniente Díaz Canseco, quien murió más tarde en la toma del Huáscar. Nosotros instintivamente nos agrupamos y apuramos el paso hasta llegar al edificio de la Aduana, donde estaba el Estado Mayor. Desde ahí hemos oído grandes voces y gritos de la muchedumbre, que sólo en ese instante se imponía que chilenos prisioneros pisaban suelo peruano. Los gritos de: «¡Mueran los chilenos!», resonaron varias veces.
Se nos ha conducido a un grande y elegante salón; llegan algunos jefes, nos saludan y se retiran. Estando yo en un extremo del salón, se me acerca un caballero que tiene aspecto de extranjero, me conversa con nerviosidad de las impresiones del día, me dice que toda la ciudad ha presenciado el combate y que él no puede todavía borrar de su vista el espectáculo de la destrucción a cañonazos de un barco que poco a poco lo ven desmantelarse, perforarse sus costados y desaparecer por último de la superficie del mar: «Nosotros hemos creído, nos dice, que nadie ha podido salvar de semejante catástrofe, y por esta razón no hemos enviado embarcaciones a socorrerlos». Observando que yo no tenía camisa se despidió y al poco rato volvió entregándome un pequeño paquete: era una camisa.
Muy avanzada la noche fuimos conducidos entre dos filas de soldados, a un galpón de zinc que servía de cuartel a la compañía de bomberos «Austriaca». Estamos incomunicados y rodeados de guardias. Nuestras camas son simples jergones; nos acostamos vestidos.
La jornada ha terminado, sólo los oficiales estamos juntos; la marinería prisionera no la volveremos a ver más.
Ahora vamos a experimentar las amarguras y tristezas de los prisioneros de guerra. La Patria la divisamos muy lejos, y nadie podrá saber el fin de nuestra prisión. La suerte de la Covadonga la creíamos igual a la nuestra, y como no había prisioneros, supusimos muertos a todos sus tripulantes.
El día 22 de mayo continuaron las visitas y saludos de los jefes del ejército; entre éstos llega uno de los jefes del batallón peruano Zepita, que dice: «Yo saludo a ustedes, que han sabido defender a su patria, mientras tanto ese infame Moore nos pierde la Independencia». Con semejante noticia quedamos trastornados. Muy pronto sabemos más detalles: la Independencia varada y la Covadonga, aunque averiada, sigue viaje al Sur.
Comprendemos inmediatamente el valor y la importancia de nuestro inmortal 21 de mayo: la mitad de la Escuadra peruana está destruida. Desde este momento quedamos felices y tranquilos; nada nos importa la buena o mala suerte que nos depare el destino.
Sabemos que el sargento Aldea, que había recibido 12 balazos y a quien se le había amputado un brazo en el hospital de la ciudad, había muerto al amanecer del día 22; que el teniente Serrano había muerto el mismo día 21 de mayo a las 3 de la tarde a consecuencia de una herida en el abdomen. Los cadáveres de Prat, de Aldea y de Serrano, fueron recogidos por el Presidente de la Sociedad de Beneficencia Española, señor Eduardo Llanos, quien les dio humilde sepultura en el cementerio de la ciudad.
El día 23 de mayo al amanecer, unos discretos y misteriosos golpecitos en el zinc de uno de los costados de nuestra prisión, nos llama la atención. Por un pequeño espacio abierto se nos introdujo, con mucho sigilo, unos cuantos panes y un tarro de leche condensada. Más tarde supimos que la mano generosa que nos llevaba este primer alimento, ya que nada habíamos comido, era una señora chilena.
Después de medio día llegó a visitarnos el coronel Velarde, jefe del Estado Mayor. En la conversación pudo imponerse que nosotros no recibíamos alimento desde nuestra llegada. Inmediatamente salió, y pocos instantes después se nos servía comida preparada en el Club Social de la ciudad.
A fines del mes de mayo, el general Prado, Presidente del Perú, que visitaba sus tropas, vino a vernos. Penetró a caballo en nuestro galpón, diciendo que por tener reumatismo en un pie no podía desmontarse. Reconoció al guardia marina Wilson, a quien había conocido en Chile. Tal vez como resultado de esta visita, fuimos trasladados algunos días después a una pieza del mismo edificio a donde llegamos la noche del 21.
En los primeros días de junio, el Cónsul inglés en Iquique nos entregó dinero que nuestro gobierno nos enviaba. Con alguna dificultad principiamos a compranos ropa.
Siempre estamos incomunicados y encerrados en una sola pieza. El teniente Uribe ha conseguido algunas novelas inglesas que nos lee en alta voz y con tanta facilidad como si estuvieran en castellano. Éste es nuestro único pasatiempo.
En el transcurso de este mes hemos recibido correspondencia de Chile. Los primeros periódicos chilenos que pudimos leer fueron remitidos ocultamente por el almacén español La Joven América. Era tanta la emoción que nos dominaba, que nadie pudo leerlos en alta voz, pues los sollozos apagaban las palabras.
Hemos recibido la primera visita del jefe del ejército peruano, señor general Buendía. Hombre culto y agradable que trataba de ayudarnos en lo que podía. Nos refirió que en la campaña del año 38 había servido como capitán del regimiento chilenos «Carampangue», a las órdenes del general Bulnes. Entre otras atenciones, recuerdo que nos mandaba por las noches agua resacada de su uso personal, pues la que nosotros bebíamos y la que bebía todo el pueblo, era salobre: La Escuadra Chilena, que bloqueaba el puerto, impedía funcionar la resacadora. También nos visitaba el coronel Velarde, Jefe del Estado Mayor. Este distinguido jefe, viendo una noche que no teníamos ropa de cama, nos mandó frazadas, compradas con su peculio particular.
Entre penalidades y tristezas se va pasando el tiempo. A fines de este mes de junio se recibió una carta y una orden del Presidente Prado para que el guardia marina Wilson fuera trasladado a Arequipa. El joven oficial rehusó la generosa oferta declarando que quería compartir la suerte de sus compañeros y no separarse de ellos.
En la noche del 10 de julio se sintió un fuerte cañoneo en la bahía, y algunos disparos cayeron en la población. Como a las dos de la mañana llegó a nuestra pieza el general Buendía, un tanto agitado. Nos dice que con motivo del cañoneo el pueblo se ha amotinado y pedido nuestras cabezas. Ha sido necesario reforzar la guardia. Nos dice: «La situación de Uds. no es segura he telegrafiado al presidente Prado para que los aleje de esta plaza. No estoy tranquilo pensando que bajo mi mando fuera a atacarse a los prisioneros de guerra. También les declaro que la canalla que me rodea me impide ser generoso con Uds. Me llaman el general chileno, porque vengo a visitarlos».
A fines del mes en curso supimos la llegada del Presidente de Bolivia a Iquique. Habíamos oído toques de diana y marchas militares que resonaban en el campamento peruano. Era el general Daza que revistaba las tropas, compuestas, según decían, de 15.000 hombres.
Se nos anunció que el general vendría a visitarnos; y muy pronto vimos llegar a un militar de aspecto ordinario, cubierto de bordados, de pantalón blanco y botas, grande de cuerpo, colorín, pecoso y rostro manchado, al parecer, por la viruela.
Venía acompañado de numeroso séquito, entre los cuales se encontraba un joven oficial que había sido compañero de Wilson en un colegio en Valparaíso. Daza nos saludó, nos miró con atención y nos preguntó si estábamos bien de salud y cómo se nos trataba; agregando: «Si Uds. hubieran estado en Bolivia, yo los habría tratado muy bien». Al retirarse el General con todo su Estado Mayor, el oficial amigo de Wilson quedó el último, y volviéndose hacía nosotros, dijo sonriendo: «¡No le crean al General, si él los pilla los habría guillotinado!».
Habiendo suspendido el bloqueo del puerto la Escuadra Chilena, se notó gran movimiento en la ciudad; y una noche fuimos despertados de improviso, recibiendo orden de levantarnos y salir de nuestra pieza. Como dormíamos medio vestidos no tardamos en estar listos y ponernos en marcha entre dos filas de soldados, que nos condujeron al muelle y de ahí al transporte de guerra peruano Chalaco. Fuimos recibidos con toda amabilidad por el comandante Reygada, quien nos condujo al elegante salón del vapor y nos dijo: «Aquí estamos entre camaradas, están Uds. en su casa». Después de tres meses era la primera noche que dormíamos entre sábanas.
Y comenzó para nosotros una larga peregrinación. Pasando por el Callao y Lima, trasmontamos la cordillera con un frío glacial y a 5.000 metros de altura y llegamos a Tarma, en plena sierra, pequeña ciudad destinada a servirnos de prisión.
Ahí encontramos al señor coronel don Manuel Bulnes con todos sus oficiales del Regimiento de Carabineros de Yungay, prisioneros del Rimac. A mediados de diciembre se nos da la gran noticia de que ha terminado nuestro largo y triste cautiverio, que hemos sido canjeados por prisioneros del Huáscar, y un tren directo nos conduce al Callao donde nos embarcamos en el vapor Bolívar, que nos condujo a Chile.
Después de tantos años y cuando ya se está en la ancianidad, qué grato es poder decir: Algo he padecido por la Patria...
Cornelio Guzmán
Cirujano 1.º de la Esmeralda en el 21 de mayo de 1879».