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Pablo Neruda, poeta del amor

Miguel Hernández

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Entre las personas que entran de golpe y hondo en la vida de uno cuento a Pablo. Nos enfrentamos por vez primera una noche de hace más de dos años. Acabábamos de llegar a Madrid, él con polvo en los talones y en la frente de la India, yo con tierra de barbecho en las costuras de los pantalones. Y me sentí compañero entrañable suyo desde los primeros momentos. Hemos vivido muchas horas buenas juntos, en su casa, en la de Vicente Aleixandre, con Federico García Lorca, con Delia, con Maruca. Lo he visto sufrir, y ha compartido conmigo su pan y sus sufrimientos y los de cada uno, y he compartido con él los tiempos decisivos de mi poesía. La suya ha sido una tremenda enseñanza y una profunda experiencia para mí.

Llega de América, de Chile, donde nació (creo que el 12 de julio de 1904), con una voz tan ancha, tan intensa, de tanta altura, que el continente americano logra en él su clamor más propio de estos últimos tiempos. España se honra cuando la pisa con su pisada de caballo vago. Pablo recorre los horizontes de España con su mirada lenta y se siente amarrado con raíces y hombres a la gleba febril que reluce bajo sus pies de animal ensimismado y errante.

Poca poesía como la suya nos da ese sabor a tiempo y a muerte que sobrecoge. Poca poesía como la suya tan penetrada de una vida que ama dolorosa y airadamente: tan palpitante del ímpetu de las pasiones del hombre. Emocionado de tristeza siempre, clama, y siempre es un clamor que conmueve como un terremoto, que se clava en los huesos.

Poeta clásico es aquel que da una solución a su vida y por tanto, a su obra. Romántico aquel que no resuelve nada ni en su obra ni en su vida. Neruda no se impone a sus pasiones, canta bajo la imposición de ellas desenfrenadamente. Tiene como todo poeta, clásico o romántico, vicios poéticos. Uno de ellos es el de que se entrega con frecuencia a la lógica interna, antinatural, sin respeto para la lógica natural del que la escucha. Impudor poético, vicio romántico: hablar de lo más íntimo, de lo que solo pertenece a unos cuantos seres queridos, en público. Publicar dolores, desgracias, con demasiado desenfado. Inconsciencia poética: no perdonar imagen ni objeto que se le viene al paso.