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La Florida del Inca. Prólogo de Aurelio Miró Quesada. Estudio bibliográfico de José Durand. Edición y notas de Emma Susana Speratti Piñero. México, Fondo de Cultura Económica, 1956; el texto, en p. 76. La otra edición moderna a la que me refiero es la de las Obras completas del Inca Garcilaso a cargo del P. Carmelo Sáenz de Santa María, t. I, Madrid, Atlas, 1965 (BAE CXXXII); el texto, en p. 292a.
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Se diría que Alvar adopta ante el oficializado disparate una actitud de indulgente resignación; «sería difícil luchar contra el fantasma», escribe (op. cit., p. 80); y en otro lugar, comentando el mismo caso: «Es inútil quejarse: la voz tiene acomodo y no se suprime» («Bosquejo de una trayectoria histórica de la lexicografía española», Voz y Letra, V / 1 (1994), p. 28). Sin querer mostrarme especialmente belicoso ni quejumbroso, para mí es claro que se impone la eliminación de palabras como cuatratuo del diccionario académico, y que esa eliminación es eficaz.
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Pese a ello, el DHLE también acepta testimonios indirectos o vicarios, los puramente lexicográficos. En cualquier caso, queda claro siempre, por la documentación ofrecida, el apoyo que tiene cada voz o acepción, y la responsabilidad de las basadas solo en repertorios lexicográficos se traslada, por el hecho de precisar la fuente, a los autores respectivos. Los únicos testimonios no válidos, pues, son los lexicográficos que exhiben un apoyo textual... cuando este se demuestra viciado.
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Basta hojear el DHLE para comprobarlo. El léxico supuestamente castizo y terruñero de algunos de esos autores se nos aparece así mucho más libresco de lo que podría creerse; pero libresco, sospechamos, no por bebido en los clásicos, sino en ese otro libro donde tan a la mano está: el diccionario de cualquier época.
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La descripción es tan sorprendentemente vívida y natural que parece extraída de un manual de delincuencia (y hasta hace temer que pueda tomarse por invitación a ella, por lo fácil que lo pone). En seguida veremos de dónde procede.
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Como puede comprobarse, por cierto, en Autoridades de 1726.
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El único ejemplar conocido de la primera edición (Barcelona, 1609) de los Romances de germania, a los que el Vocabulario sirve de apéndice, se conserva en la Hispanic Society de Nueva York, y no lo he visto. Afortunadamente, John M. Hill lo edita con todo rigor en Poesías germanescas, Bloomington, Indiana University, 1945, que es la edición por la que cito (p. 108b). He comprobado que igual que en 1609 están los dos artículos en Zaragoza 1624, así como, antes, en el Vocabulario de gerigonza, copia del de Hidalgo, que se insertó en C. Oudin, Tesoro de las dos lenguas francesa y española, París, 1616.
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La definición, como se ve, es defectuosa. Ya Autoridades en 1726 se percató de que era «modo adverbial», y definió, siguiendo a Hidalgo, «debaxo del brazo» (lo del «sobaco» es enmienda de 1770). DHLE, a falta de textos de comprobación, interpreta así la información de Hidalgo: «En germanía: Debajo del brazo. Ú. con el verbo coger».
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Zaragoza, 1644, fº [G 10].
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La de Mayans en Orígenes de la lengua española, Madrid, 1737, t. II (vid. pp. 278-279), que pudo ser la que tuvo delante la Academia en 1770 (si no fue la de 1644), y la de Madrid, 1779, posterior ya al segundo Autoridades.