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1

Por los mismos años, y desde otros puntos de vista ideológicos, se escribieron numerosas novelas alegóricas. Baste recordar El suicidio del príncipe Ariel, de J. A. Balbontín (1925); Las columnas de Hércules, de Luis Araquistain (1921), o La jirafa sagrada, de S. de Madariaga (1924).

 

2

«El plan es tan directo, tan definido en su objetivo de terminar con la opresión, que en esta novela falta por completo la ironía que caracteriza las últimas obras de Ayala» (K. Ellis, El arte narrativo de F. Ayala, p. 37).

 

3

Cito por Mis páginas mejores, Madrid, Gredos, 1965, pp. 8-9.

 

4

Ibid., p. 9.

 

5

Mainer lo logra desviando la atención de la obra para detenerse en consideraciones generales sobre el autor primero, luego sobre el período en que la obra se inserta, período analizado y descrito con agudeza clarividente e iluminadora. Quizá el único de los críticos de Ayala en posesión de una visión exacta y precisa del período y del movimiento literario, incluida toda su trastienda ideológica, aún resulta más evidente en Mainer el malestar ante un texto para cuyo análisis apretado disponía del más adecuado instrumental crítico.

 

6

Entiéndase que sólo por claridad expositiva situamos las dos fases de la acción vanguardista en un eje de sucesividades. En realidad, ambas fases ocurren en un eje de simultaneidades recíprocas, a la manera de las agujas en la labor tejedora.

 

7

No fue, ni mucho menos, excepción en su época y dentro del vanguardismo. Ya señalamos en otro lugar el caso de Max Aub, aunque naturalmente a partir de otras premisas. Lo mismo cabe decir de prácticamente todos los escritores vanguardistas, de Gómez de la Serna y Jarnés a Antonio de Obregón y otros epígonos, según vamos comprobando en la preparación de nuestro libro sobre la prosa vanguardista.

 

8

Amorós sospechó algo, según indica su frase del prólogo a la edición de Obras narrativas completas («Hora muerta» es quizá la más lograda del volumen I, al menos, podemos considerarla como la más representativa de esta época y tendencia, pues su autor la seleccionó para incluirla en su antología de la editorial Gredos») sin acertar los motivos: «No por la importancia del argumento, desde luego, sino por la acumulación de recursos estilísticos» (loc. cit., p. 28). Mainer intuyó, tras haber hablado de la «carencia todavía más visible de argumento», que pudiera haberlo: «¿o lo es acaso esa pretensión por parte del protagonista de reorganizar en una aburrida tarde ciudadana un lugar habitable con elementos de un siglo XIX visto con ojos de surrealista?» (Cazador en el alba, Seix Barral, 1971, p. 33). Si sustituimos «aburrida tarde ciudadana» por «trepidante y deshumanizante jornada en Cosmópolis» y añadimos a «surrealista» el dato de utilizar la estructura de la narración de sueños a la manera freudiana, veremos hasta qué punto la flecha de Mainer estaba cerca de la diana total.

 

9

¿Cómo si no por la actitud de desfavorable prevención y por la premura ha podido escapar a la sagacidad de los críticos la coherencia de la historia del sacrificio de Friul con el resto del relato? El «suelo cubierto de rosas carmín»... la voz del pequeño Friul cortada «por el tallo en su garganta», son expresiones apenas veladas del horrible parricidio. Los fragmentos del periódico dando noticia del suceso completan ajustadamente el episodio y su inserción en el relato al ser Erika la distraída lectora. Es sorprendente que la crítica no haya visto en el episodio sino «ruptura» y una «escena enigmática». Es muy probable que Ayala haya introducido en su relato un fait divers acaecido durante su estancia en Alemania, hecho que, de confirmarse, constituiría un dato más en la línea de continuidad de este texto con los relatos de la posguerra.