Era al día siguiente domingo de Carnaval, y Madrid amaneció con el suelo emporcachado y el cielo radiante, como una meretriz coronada de flores y sentada en un charco; un fuerte viento del Norte había barrido las nubes y helado por los rincones los restos de nieve que habían logrado sustraerse a las pesquisas de la escoba municipal.
El frío era grande y ayudaba a la pereza a mantener agazapados entre las calientes ropas del lecho aun a los más madrugadores. Damián oyó las ocho en su cama y volvióse del otro lado, esperando que el señor marqués no necesitaría de sus servicios, según su costumbre, hasta muy entrada la mañana; un violento campanillazo vino, sin embargo, a hacerle saltar despavorido...
El señor marqués llamaba, y llamaba tan de prisa, que aun antes de que Damián lograse medio vestirse sonaron otros dos fuertes repiquetes, en cuyo timbre creyó reconocer el ayuda de cámara todas las intemperancias del mal humor que se desborda y de la impaciencia que estalla.
Arreglándose con los dedos la negra y rizada cabellera, abrió violentamente la puerta del despacho, para llegar por allí más pronto a la alcoba y quedóse parado en el dintel, tieso como un huso, cuadrado como un quinto y estupefacto cual si hubiese visto levantarse el sol en mitad de la noche.
El señor marqués, vestido ya por completo de mañana, hallábase sentado junto a su mesa de escribir, con una carta cerrada en la mano.
-¿El señor marqués ha llamado?...
-No he llamado... he repicado trescientas veces -exclamó Jacobo con ira; y dominándose al punto, alargó a Damián la carta, diciendo sin mirarle:
-Esta carta a su destino... La llevas tú mismo al momento... Si no viviese allí ese... señor, que bien pudiera ser, preguntas al portero dónde se ha mudado y allí la llevas... ¿Te enteras?...
Hizo Damián una muda reverencia, y salió leyendo el sobrescrito de la carta, que era el siguiente: «Señor don Francisco Javier Pérez Cueto. Calle de X**, número 10, tercero, derecha».
Encogióse Damián de hombros, por parecerle el tal Pérez Cueto algún pobre diablo que no merecía se molestase él en llevarle una carta, y Jacobo quedó solo, preguntándose qué se hace un hombre en esta vida levantado desde las ocho de la mañana.
La campana de la vecina iglesia de San José comenzó a tocar en aquel momento, como si quisiera contestarle que ir a misa, y Jacobo recordó entonces que hacía catorce años, desde el primero de su matrimonio, que no había oído ninguna.
Sintió entonces cierta tristeza, cierto malestar que le aquejaba, a pesar de sus satisfacciones de la víspera, desde el momento en que los masones habían repetido por segunda vez aquella ridícula broma del sellito, que ahora como entonces había venido a asustarle primero, a irritarle después y a despertar, por último, su fogosa e irreflexible actividad de un momento, a la vista de aquel peligro misterioso que hubiera debido conjurar ya dos veces, sin haberlo hecho ninguna. Lamentábase entonces de su imprudente apatía, y prometiéndose remediarla, confesábase allá en el fondo de su corazón
| Que propio del cobarde es | |||
| Llorar la ocasión perdida. |
No la juzgaba él, sin embargo, pasada del todo, puesto que tenía en su poder las cartas de Garibaldi que explicaban su conducta y garantían su persona. Cierto que habían perdido ya estas cartas mucho de su fuerza, por haber muerto en aquel intervalo el viejo revolucionario y por su demora propia en entregarlas, mas no le faltarían a él mentiras complicadas y habilidosos enredos para explicarlo todo a su gusto, y además, su posición había de variar muy pronto, adquiriendo grande importancia.
Opinión de todos fundadísima era que el buey Apis estaba abocado a ser presidente del Consejo en cuanto viniera a tierra aquel gabinete que ya se tambaleaba, y entonces -¡oh, entonces!- sería él seguramente ministro, y desde las alturas del banco azul, teniendo él la sartén por el mango, podía ya reírse impunemente, así de las burlas como de las amenazas de los masones.
Aquella noche, mientras desvelado daba vueltas en el lecho sin poder desechar su inquietud, no obstante sus razonamientos, decidió, sin embargo, no esperar esta vez para tomar un partido, al tercer acto de la estúpida comedia, a la llegada del tercer sellito...
Venían dirigidas las cartas de Garibaldi a un Hº. Neptuno, gran personaje en las logias, que, despojado del tridente, la corona de algas y los simbólicos tres puntos, quedaba reducido en la vida ordinaria a un don Francisco Javier Pérez Cueto, fabricante de almidón en uno de los arrabales de la corte, entidad perfectamente desconocida para todo el mundo, tras de la cual, según opinión de algunos, ocultábase cierto personaje famoso que vivió y murió haciendo ruido.
Jacobo no lo ignoraba y había tenido ocasión de comprenderlo en sus tiempos de amistad íntima con el conde de Reus. A este, pues, Pérez Cueto, escribió Jacobo una carta en que con frases muy corteses, a la vez que apremiantes, pedíale una entrevista para tratar de un asunto de grande importancia; observaba en ella todo el ceremonial masónico y firmaba con su antiguo nombre de guerra, Hº. Byron, basado en su prodigiosa semejanza con el lord poeta...
Media hora larga debía de emplear Damián en ir y volver de casa de Pérez Cueto, y púsose Jacobo mientras tanto a formar en un papelito con las cartas de Garibaldi delante, una especie de croquis de las mentiras y enredos con que había de probar su inocencia al Hº. Neptuno.
Sorprendióle la llegada de Damián en esta operación todavía, e interrogóle al punto con la vista: el señor Pérez Cueto estaba en casa, y la carta le había sido entregada. Jacobo respiró desahogado, como si viera ya con esto finalizado el negocio, y no ocurriéndosele otra cosa que hacer desde aquella hora hasta la del almuerzo, parecióle lo mejor meterse de nuevo en la cama; decididamente era una aberración incomprensible la de aquellas, gentes que se levantan antes de las doce del día.
-Si viene alguna carta -dijo a Damián- me despiertas en seguida... Sí no, entra a las dos en punto...
Y como ninguna carta vino, entró Damián en la alcoba a las dos en punto, encontrando al señor marqués profundamente dormido. Levantóse este de muy mal humor, vistióse muy despacio con su elegancia acostumbrada, almorzó parcamente y sin apetito, y marchóse luego al Veloz, dejando a Damián la orden de llevarle allí al momento cualquiera carta o recado que para él llegase.
En el Veloz disipóse de repente su humor negrísimo y comenzó a reír y divertirse como un muchacho; Gorito Sardona y Paco Vélez, asomados a un balcón, tiraban a los transeúntes un saquillo, y púsose Jacobo a ayudarles; era el saquillo un lindo canastito, adornado con cintas y cascabeles, y atado con un cordón de seda lo bastante corto para que no llegase a dar en los sombreros de los transeúntes.
Lanzábanlo con grande fuerza sobre las damas que pasaban, y asustadas ellas con el ruido, encogíanse prontamente, levantando la cabeza; entonces, si eran jóvenes y bonitas, arrojábanles una lluvia de dulces y flores; si eran viejas o feas, sacábanles la lengua con la mayor insolencia.
El juego, aunque poco digno de un futuro ministro, parecióle a Jacobo muy divertido y mandó encargar al punto para el día siguiente, en la Mahonesa, un par de arrobas de confetti, especie de bombones rellenos de harina con que se apedrean las máscaras en el corso de Roma.
Al oscurecer, abandonó Jacobo el balcón para dirigirse a casa de Currita, donde estaba citado con el buey Apis desde la víspera; cierto senador famoso, disgustado recientemente con el Gobierno, había solicitado de Martínez, por medio de la dama, una entrevista, y ella apresuróse a ofrecerles, como terreno neutral, su propia mesa; ambos debían, por lo tanto, comer aquella noche en casa de la Albornoz con este objeto, y Jacobo, el niño mimado del nuevo partido, no podía faltar tampoco en aquella ocasión al lado de su jefe.
El futuro ministro subió por la calle de Alcalá, atravesó la Puerta del Sol y entró por la calle del Carmen; frente a la iglesia de este nombre había parada una grotesca estudiantina, vestida de amarillo y encarnado, tocando desentonadamente el vals de La Gran Duquesa.
Un hombre muy alto, encaramado sobre unos zancos que le ponían al nivel de los segundos pisos, recogía propinas de los balcones, tocando el clarinete y haciendo piruetas; la multitud reía en torno, contemplando las contorsiones del volatinero, y algunos grotescos mascarones chapaleteaban sobre el fango, dando vueltas vertiginosas al compás del vals canallesco.
Las sombras del crepúsculo prestaban un tinte oscuro y asqueroso a aquel cuadro de arrabal, en que parecía revolcarse sobre el cieno de las calles el cieno de las almas.
Jacobo procuraba abrirse paso a través del gentío, arrimándose a la escalerilla de la iglesia; mas detúvose de pronto sorprendido y ocultóse al punto como asustado, detrás de unos mascarones, cubiertos con pingajientas colchas de zaraza atadas por la cabeza, que saltaban delante de él medio borrachos.
Al lado mismo de Jacobo, y en su dirección misma, marchaban dos hombres, al parecer extranjeros, agarrados del brazo para no separarse el uno del otro entre los remolinos de la gente. Llevaba el más viejo una bufanda encarnada que le cubría la camisa, un sombrero calabrés algo mugriento y un arete de oro en la oreja izquierda; el más joven era bajo, rechoncho y sin pelo de barba en la rolliza cara.
Quedóse atrás Sabadell, mirándoles muy espantado, como si quisiera reconocerles...
No había duda: era el más viejo un italiano llamado Cassanello, que había conocido él en las logias de Milán y vuelto a ver aquel mismo año en Caprera, en casa de Garibaldi.
Los dos hombres se volvieron de repente por no poder atravesar el gentío, y asustado Jacobo cubrióse al punto el rostro con el pañuelo cual si se limpiase las narices, y subiendo muy de prisa la escalerilla del Carmen, entróse en el templo...
Al pronto no vio nada, sino una gran oscuridad cortada en el fondo por un foco de luz brillantísimo, en cuyo centro estaba expuesto en la custodia el Santísimo Sacramento. Distinguíase al pie del altar una gran masa negra, y salía de ella a intervalos un suave clamor, lento y pausado, que parecía contestar a otra voz más enérgica y acentuada:
-Ora pro nobis!...
Detúvose el fugitivo un momento, turbado, con cierto pavor respetuoso, semejante al del profano que se encontrara de repente en el fondo de las catacumbas, en medio de los divinos oficios; a lo lejos, oíanse en la calle el vals de La Gran Duquesa y los gritos de la canalla... Dio entonces dos pasos a tientas, extendiendo el brazo para salir por la puerta de enfrente a la calle de la Montera, y tropezó con un confesonario arrimado a la pared de la derecha; abrióse al punto la puertecilla baja de delante y apareció una mano muy blanca pegada a una manga negra. Jacobo retrocedió un paso sorprendido, y la puertecilla se volvió a cerrar, y tornó a desaparecer la mano, oyéndose una voz pausada que decía en el fondo de aquellas tinieblas:
-Dispense usted... Creí que venía a confesarse...
Sublevóse el impío orgullo de Jacobo ante aquellas sencillas palabras y contestó brutalmente:
-Eso se queda para las viejas...
La voz, sin perder su serena pausa, dijo entonces desde las tinieblas:
-Vocavi et renuistis...
-Vocavi et renuistis? -preguntóse Jacobo sin comprender el significado de la terrible frase.
Y abriendo violentamente la puerta una gran bocanada de aire ensordeció sus oídos con el vals de La Gran Duquesa, apagando por completo el dulce silbo del cielo, el piadoso clamor de la misericordia:
-Ora pro nobis!...
Por calles extraviadas y volviendo siempre la cara atrás, cual si le persiguiesen, llegó a casa de la Albornoz muy agitado. El encuentro de aquel hombre en aquellas circunstancias habíale inspirado un terror muy parecido al que sintió meses antes, al ver vacíos en el álbum del tío Frasquito los huecos ocupados en otro tiempo por los tres sellos. ¿Qué vendría a buscar aquel pajarraco en la corte? ¿Tendría que ver algo su venida con el asunto de los masones? ¿Habría acaso en todo aquello algo más que una estúpida broma?
Encantadora estaba Currita aquella noche con sus rojos pelitos peinados a la griega y una extraña toilette un poco abigarrada, muy propia del caprichoso tiempo de carnestolendas. No había ido por la tarde al paseo del Prado; incomodábala mucho aquel eterno dar vueltas de los días de Carnaval, expuesta siempre a oír las desvergüenzas que escupen la envidia y la insolencia tras el anónimo de una careta... ¡Cuántas había escuchado ella antes de salir escarmentada! Quedóse, pues, en su casita, como mujer de provecho, cuidando de Fernandito, que andaba desmazalado, y ya entrada la noche, llegó primero el excelentísimo Martínez y a poco el senador del reino don Vicente Cascante.
Jacobo no había venido todavía, y disgustada Currita por creer que toda palabra del buey Apis pronunciada a espaldas de aquel amigo querido era un fraude que a este se hacía, salió impaciente en su busca. Solía Jacobo algunas veces entrar en el boudoir o en las habitaciones de Fernandito como persona de la más familiar confianza, y no parecer en el salón hasta el momento mismo de la comida. Al atravesar una antesala, encontróse Currita un lacayo, que le presentó una carta en una bandeja de plata.
-Para el señor marqués de Sabadell -dijo.
Tomóla al punto Currita, con grande prisa, y miró el sobre; era su letra una de esas letras inglesas de mujer, de rasgos firmes y corridos, y por debajo del nombre de Jacobo, decía: Urgentísima.
-¿Quién ha traído esto? -preguntó.
-Damián la ha traído... El señor marqués ha estado todo el día esperando esa carta, y dejó dicho que en cuanto viniera se la llevaran al Veloz... Damián fue allí y el señor marqués había ya salido; tomó entonces un coche y la trajo aquí corriendo.
Currita quedóse un instante muy pensativa y dijo al cabo:
-¿Y el señor marqués no ha venido?
-No ha venido todavía.
-Está bien; yo se la entregaré cuando venga.
Y con la carta en la mano entróse en el boudoir, arrugando el entrecejo, la boca fruncida y torvos los claros ojitos... A la luz de la gran lámpara sostenida por el negro de ébano tomó a registrar la carta por todos lados; era el sobre de rico papel muy recio, no tenía timbre, sello ni inicial alguna, y venía ligeramente pegado con la misma goma de los bordes.
Currita introdujo un fino cuchillo de marfil por debajo, y el recio papel, sin doblarse ni romperse, se despegó fácilmente. Venía dentro una de esas tarjetas cuadradas en que suelen escribir sus esquelas las damas elegantes, cortada de intento la esquina superior izquierda, en que sin duda debió de haber algún timbre o algún nombre. En breves renglones decía: «La cita que me pide me compromete mucho; pero cedo a los sentimientos que me inspira, y le espero esta noche, de doce a una, en la calle de X**, número 4, principal, derecha. Silencio y discreción. No diga al portero mi nombre: pregunte por la señora de Rosales.-N.»
-¡Qué delicia! -murmuró Currita; y mordiéndose los labios hasta hacerse sangre, volvió a leer por dos veces la carta, sentándose antes en una butaca.
Quedóse luego, pensativa breve rato, sin que denunciase su alteración más que un imperceptible temblorcito en la mano que sostenía la carta, una ligera crispatura en los labios, un torvo reflejo en la vista, fija siempre en la alfombra. No era ya su mirada la de la ninfa Calipso, orgullosa, placentera, rebosando vanidad satisfecha y gratas satisfacciones; era la mirada celosa, furibunda y salvaje, de la Medea que describe Séneca, terrible e imponente en medio de su sombría calma.
Sin perder un punto de la suya, escribió Currita en un plieguecillo de papel timbrado las señas que venían en la carta; volvió a leerla por cuarta vez y la metió de nuevo en el sobre, tornando a pegar este con una poca de goma. Mantúvola un momento al calor de la chimenea, para dar tiempo a que se secase por completo, y arrejóla luego sobre su lindo escritorio. Entonces llamó a Kate.
-¿El señor marqués de Sabadell ha venido?
-Ahora mismo acaba de entrar y está en el salón de los señores.
-Ahí encima debe haber una carta... Que se la entreguen en seguida.
Tomóla Kate de sobre la mesa y se dirigió a la puerta; mas la señora, siempre taimada y astuta, y sin dejar ver a nadie el juego de sus cartas, dijole con voz muy displicente y quejumbrosa:
-Mira, hija, prepárame antes una dosis de antipirina... ¡Me está barruntando una jaqueca!
Volvió Kate a poco, revolviendo en una copa, con preciosa cucharilla, la medicina pedida.
-¿Han entregado la carta? -preguntó Currita.
-Como dijo la señora condesa que trajesen antes la antipirina...
-Pues anda, mujer... ¡Si dice en el sobre urgente!...
No bien salió Kate, arrojó Currita en la chimenea la medicina y dirigióse muy de prisa al salón azul, donde acababa de entrar Jacobo. Quería ver ella de cerca la impresión que causaba a este la lectura de la carta; un momento después presentábasela un criado en una bandeja de plata.
Abalanzóse a ella Jacobo con grandes ansias, y sin mirar apenas el sobre, rasgólo en dos pedazos... Currita le devoraba con la vista, mas no pudo notar en su rostro señal de gozo ni satisfacción alguna; observó tan sólo una gran ansiedad mientras leía, y luego una honda preocupación que le duró toda la comida. A veces, charlaba largo rato, sin cesar un punto, con cierta excitación nerviosa que prestaba brillantez a su conversación y alarmaba a Currita; otras, enmudecía de repente y quedábase pensativo y preocupado, sin prestar apenas atención a lo que en torno de él se hablaba.
Hallábase muy perplejo; había comprendido desde luego que aquella extraña carta era la respuesta del Hº. Neptuno, porque a nadie sino a este había pedido él cita alguna; mas extrañábale, por lo mismo, la singular manera de su redacción y el empeño manifiesto que en ella se notaba de encubrir todo lo que pudiera denunciar su carácter masónico y hacerla tan sólo como una cita galante y misteriosa, según la había juzgado ya, engañándose por completo, la misma Currita.
Despertóle esto la fundada sospecha de si la carta ocultaría algún lazo, y de nuevo renacieron sus temores; mas recordó luego las mojigangas ridículas y los aparatosos misterios de que suelen rodearse siempre los masones, y esforzóse por creer lo que más halagaba sus deseos y ahuyentaba sus recelos: que en todo aquello había tan sólo una broma impertinente y ridícula que había que apurar hasta el cabo, y que la carta de Pérez Cueto era el chasco de Carnaval que debía coronarla. De repente, en uno de aquellos momentos de preocupación que la lucha de estas ideas le causaba, dijo a don Casimiro Pantojas, que se hallaba a su lado:
-Diga usted, Pantojas... ¿Qué significa vocavi et renuistis?...
Miróle el bueno de don Casimiro muy asombrado, y satisfecho de poder lucir su erudición, contestóle al punto:
-Significa literalmente te llamé y me rechazaste... y son las palabras de Isaías, si mal no recuerdo, que dirige el Señor a los pecadores empedernidos que resisten a su misericordia.
Echóse Jacobo a reír, y Currita le preguntó con malicia:
-¿Piensas hacer en el Senado alguna homilía sobre ese texto?
-No pienso yo hacerla, sino que me la han hecho a mí esta tarde -contestó Jacobo.
Y añadiéndole ridículos pormenores, contó la escena del confesonario en la iglesia del Carmen, guardándose muy bien de decir el verdadero motivo de su entrada en el templo: según él, habíale sido imposible el tránsito por la calle del Carmen, y atravesó por la iglesia para salir a la de la Montera. Riéronse todos mucho de la ocurrencia del cura, y el señor don Vicente Cascante, senador del reino, dijo con prosopopeya e hinchazón sentenciosa.
-Pero noten ustedes cómo en medio de lo ridículo del caso resalta siempre la soberbia y la insolencia del clero... ¡Siempre disponiendo de los rayos celestes, como si Dios les hubiera dado a ellos la llave!... Eso es insufrible, y cien veces lo he dicho y lo repetiré otras ciento: la dureza y la intransigencia del clero es lo que está carcomiendo la Iglesia de España.
Y el señor don Vicente Cascante, senador del reino, para enardecer el celo de la casa de Dios, que se lo comía, comióse él una pechugita de perdiz con gesto de pesar profundo.
A las once de la noche, el palacio de Villamelón parecía, por extraño caso, la morada de la quietud y del silencio: la señora condesa se había retirado muy temprano a sus habitaciones, a causa de una fuerte jaqueca que le molestaba desde la tarde; el señor marqués habíase acostado también, aquejado de fuertes mareos, y la numerosa servidumbre, libre de toda traba y segura de no ser echada de menos, habíase esparcido acá y allá, por los numerosos centros de diversión que ofrecen en Madrid las noches de Carnaval a las gentes de todas raleas.
No dormía, sin embargo, todo el mundo en la casa; a las once y media abrióse con gran sigilo la puertecilla del jardín pegada por dentro al invernadero, y salió a la calle cautelosamente un bulto negro, que cerró por fuera y se alejó rápidamente, guardándose la llave.
Era una mujer enmascarada, que, a pesar de sus altos tacones y de la especie de gran florón de anchas cintas negras que llevaba en lo alto de la cabeza para aumentar su estatura, aparecía muy pequeña: llevaba sobre un vestido corto de seda negra un amplio dominó de igual color, y abrigábase el cuello, espaldas y brazos, con una rica talma de pieles grises.
La incógnita cruzó rápidamente varias callejas sin muestras de miedo alguno y entró por la calle Ancha de San Bernardo en la plazuela de Santo Domingo. Detúvose un momento en la esquina y miró a todas partes; la concurrencia era allí todavía numerosa de máscaras que se dirigían a los bailes, transeúntes que iban de un lado a otro y carruajes que cruzaban. Hacia la calle de Tudescos había tres simones parados, dormitando sus cocheros en los pescantes: dirigióse la incógnita al de enmedio, abrió ella misma la portezuela y mandó al cochero, que despertaba sobresaltado, parar en el paseo de Recoletos, a la entrada de la calle de X**: era esta calle una de las varias que van a parar perpendicularmente en la de Serrano.
Apeóse la incógnita en el sitio indicado, y ordenando esta vez al cochero que aguardase, entró por la calle X**, mirando a una y otra acera, como si inspeccionase el terreno. Es esta calle muy corta, y formábanla en aquel tiempo, por la acera de la izquierda, la gran verja del jardín que rodea a un hotel de Recoletos, un solar lleno de escombros y la esquina de una casa de la calle de Serrano, en la cual se abría una puertecilla, al parecer condenada; a la derecha, extendíase primero la fachada lateral de cierto edificio público; seguía luego un hotel suntuoso, y terminaba la acera con otro solar en construcción y la esquina de otra casa de la calle de Serrano, en que no había puerta ninguna.
La incógnita, en que el lector habrá ya reconocido sin duda a la intrépida Currita, pareció muy perpleja: indudable era que en la calle X** no existía el número 4, puesto que no había otra casa que el suntuoso hotel, y en este vivía precisamente -¡qué coincidencia!-, la Mazacán en persona...
¿Vendría quizá equivocado el número de la casa y sería aquella buena alhaja la autora de la carta?... Parecióle esto a Currita improbable, y un hecho positivo la sacó de dudas: abrióse de repente la gran mampara de cristales que cerraba en el hotel el fondo del vestíbulo y apareció un coche que vino a detenerse al pie de la escalera; ni el cochero ni el lacayo traían librea, ni veíanse tampoco en el coche armas, iniciales o corona; al ejercitado olfato de Currita olióle todo aquello, desde luego, a principios de aventura.
Bajaron a poco dos damas, vestidas de chulas, con riquísimos mantones de Manila, pañuelos de seda en la cabeza y antifaces de terciopelo color de rosa; en la estrepitosa carcajada que soltó una al entrar en el coche reconoció Currita a Leopoldina Pastor, y en su alta estatura y el aire de dueña con que dio al lacayo la orden, adivinó al punto en la otra a su mortal enemiga, la Mazacán misma. Arrancó el coche y Currita respiró desahogada: indudable era que las dos amigas se marchaban al Real a correr alguna juerga...
Volvióse entonces la dama a su coche, decidida a esperar allí pacientemente, y recatándose lo posible, acomodóse lo mejor que pudo en el fondo, sin dejar de mirar por la ventanilla a lo largo de la calle. Extendíase esta frente a ella, solitaria por completo, subiendo en suave declive hasta la de Serrano, y veíanse cruzar a través, con cierto aspecto fantástico, como por el cristal de una linterna mágica, transeúntes que el frío hacía marchar apresurados, coches que llevaban máscaras a los bailes, y de cuando en cuando, los tranvías que subían y bajaban con sordo ruido, pareciendo a lo lejos monstruosos faroles ambulantes. Sólo dos reverberos de gas alumbraban la calle; el portero de] hotel había entornado la puerta, y el cuarto menguante de la luna derramaba su suave claridad, permitiendo distinguir claramente los objetos.
Un reloj lejano dio las doce y cuarto, y a poco bajó pausadamente de la calle de Serrano un hombre muy alto, con gran levitón y sombrero de copa, trayendo ambas manos cruzadas a la espalda; parecía un loco desocupado que fuera a tomar el fresco de la medianoche en Recoletos, o un genio que meditara una obra maestra, o un desesperado que fuera a escoger el árbol más a propósito para ahorcarse a la luz de la luna, o el lugar más solitario para descerrajarse un tiro en mitad del pecho.
Currita le miró con ese sentimiento de terror que inspira a las altas horas de la noche todo lo que suponemos extraño o misterioso, y escondióse más en el fondo del coche. En la esquina misma de Recoletos cruzóse el hombre del levitón con otro que venía apresuradamente de aquel mismo sitio; asomóse Currita al vidrio trasero y el corazón le latió con fuerza...
Era Jacobo, gallardamente embozado en una capa andaluza con vueltas rojas, y cubierta la cabeza con un sombrero hongo de color claro; torció la esquina sin fijarse en el coche y comenzó a subir por la calle ya más despacio, examinando las casas atentamente. La misma perplejidad que asaltó a Currita asaltóle a él también al notar que faltaba el número 4; la dama, ahogándose de ira, veíale marchar con la mano puesta en la llave de la portezuela, como si acechase el instante de salirle al encuentro.
Jacobo, cansado al fin de dar vueltas, acabando de creer que el asunto todo de los masones era una farsa y la carta de Pérez Cueto un chasco de Carnaval que debía completarla, decidióse a llamar como última prueba a la puertecilla condenada, única que, fuera aparte de la del hotel, había en la calle; los golpes retumbaron en el silencio, y un eco muy extraño, que asustó a Currita, los reprodujo a lo lejos.
Nadie contestaba, e impaciente Jacobo llamó hasta tres veces, cada vez con más fuerza; dio entonces una gran patada en el suelo y, siguiendo adelante, dobló la esquina de la calle de Serrano.
Este fue el momento escogido por Currita para lanzarse del coche y correr tras de Jacobo, temerosa de que la puerta de la casa estuviese por el otro lado y se le escapara dentro. Jacobo, sin embargo, no había pensado en esto, o no había podido lograrlo. Encontróle Currita parado en la acera, examinando atentamente la fachada de la casa; era esta de modesta apariencia y estaba ya la puerta cerrada; en la planta baja hallábanse establecidas las oficinas de una agencia funeraria.
Encontráronse los dos amigos frente a frente, y no obstante el disfraz de la dama, reconocióla al punto Jacobo; con más sorpresa que disgusto, salió entonces a su encuentro:
-¡Criatura!... ¿Qué haces aquí? ¿A qué has venido?...
Ella, agitada por mil sentimientos encontrados, entre los que sobresalía la ira, contestó con amarga burla:
-Pues nada... Venía a indicarte dónde está el número 4.
-¿Pero quién te ha dicho eso? -exclamó el otro asombrado-. Vamos, tú has creído otra cosa...
Y cogiéndola del brazo dobló con ella de nuevo la esquina de la calle de Serrano; entonces, ciega de ira la dama, parada en la acera, cual si la rabia la hubiese allí enclavado, comenzó a arrojar por la boca todos los sentimientos de su corazón mezclados y confundidos, pero bajo la forma siempre del insulto, a la manera que lanza un volcán todas las materias contenidas en su seno, formando un solo cuerpo, un solo torrente de lava que tala y destruye por dondequiera que pasa... Esforzábase en vano Jacobo por probarle su inocencia; ella no le dejaba hablar, y con sus flacas manecitas habíale deshecho el embozo, levantando hasta el rostro de él las uñas, como si quisiera arrancarle los ojos.
Jacobo, irritado también por la burla de Pérez Cueto, acosado por los reproches de Currita y temeroso de perder la amistad, para él indispensable, de esta, viose al fin forzado a confesarle toda la verdad, con el fin de aplacarla...
Consiguiólo al punto; al oír la dama el nombre de masones, apagóse en el acto su ira y llenóse en cambio de un espanto casi pueril, extraño en un carácter de tan enérgico temple.
-¡Vámonos, vámonos! -decía-. Por Dios te lo pido, Jacobo; no te quedes aquí. ¡Vámonos!
Y con acento de verdadero terror, mirando a todas partes espantada, repetía muy bajo:
-¡Excomulgados! ¿Sabes? ¡Están excomulgados!...
Jacobo, creyendo con razón que el terror es contagioso, porque sentía él comunicársele el que a la dama le agitaba, procuró, sin embargo, sosegarla.
-Pero no seas tonta, mujer, no seas chiquilla... Vámonos si quieres, pero sosiégate. ¿No estoy yo contigo?... ¿Has venido sola?...
-Sí.
-¿Pero a pie?... ¡Qué locura!
-No..., tengo ahí un simón...
-Pues te acompañaré en él a tu casa, y me llevará después a la mía.
-¿Traes armas? -dijo ella muy bajo.
-Sí, un revólver.
Siguieron ambos hacia Recoletos, mirando ella a todas partes muy azorada, procurando él rechazar con la idea de que era un chasco de Carnaval la carta de Pérez Cueto la inquietud que a pesar suyo le causaba el extraño terror de Currita.
Al volver la esquina, miráronse ambos en silencio, cual si el exceso de su espanto les paralizara las lenguas... El coche había desaparecido, y ni por una ni por otra parte del paseo se divisaba a lo lejos.
-¿Le habías ya pagado? -preguntó Jacobo estupefacto.
Y ella, pegándose a él con el temblor de un calenturiento, contestóle muy bajo:
-No..., no le había pagado.
El caso era extraño, y Jacobo sintió renacer con mayor fuerza todas sus inquietudes; imposible era que el cochero se hubiese marchado sin cobrar, si alguien no le hubiera obligado o persuadido a marcharse; tuvo entonces un momento de angustiosa perplejidad, de verdadero miedo, que pasó por su ánimo naturalmente valiente, estremeciéndolo como a un cuerpo robusto un soplo helado.
-Vámonos andando -dijo.
Y ambos echaron a andar agarrados del brazo, sin pronunciar una palabra, atravesando diagonalmente el paseo para ganar la acera opuesta, por parecerles quizá menos solitaria. Currita marchaba muy de prisa, sin mirar a ningún lado, fijos siempre los ojos en las luces de los faroles, que le parecían la salvación y la vida, sintiendo a la vez deseos y terror insuperables de volver atrás la cara. Al poner el pie en la acera, respiró Currita algo más desahogada y atrevióse a mirar a un lado y otro; todo parecía solitario, y tan sólo por la calle del Almirante vio a un hombre que marchaba a lo lejos, con las manos en los bolsillos, silbando la marcha de Pan y Toros. Al pasar por San Pascual santiguóse Currita muy de prisa, y Jacobo, oprimiéndola el brazo cariñosamente, dijo en son de burla:
-¡Tonta!...
Llegaban al ministerio de la Guerra, y allí Currita se tranquilizó más todavía, porque comenzaba a poblarse aquella soledad que la aterraba. Un coche subía por la calle de Alcalá y entraba por el paseo del Prado; en el jardín del ministerio brillaba el fusil de un centinela, y algunas voces de hombres que venían cantando escuchábanse muy de cerca, por el lado de allá de la verja.
Forma la esquina del ministerio un pabellón aislado, de un solo piso, con cuatro fachadas y tres ventanas en cada una. Dos hombres decentemente vestidos, pero dando gritos y risotadas de borrachos, volvieron la esquina del pabellón y emparejaron con Currita y con Jacobo ante la tercera ventana; el más alto pegóse a la acera, y el más bajo llamóse a la corriente, dejándoles pasar por en medio... Hubo entonces una terrible escena de un segundo: Currita sintió que un brutal empellón le arrancaba violentamente del lado de Jacobo; que otra mano vigorosa tiraba del embozo de este, que caía al suelo al pie de la ventana, y algo líquido y caliente brotaba como de un surtidor, chorreándole las ropas y las manos. El terror diole alas para huir por la calle de Alcalá, sin una idea en la mente para definir lo que pasaba, sin un acento en la garganta para lanzar un grito... Uno, lastimero y agonizante, llegó a sus oídos, y otra voz vigorosa y angustiada hendió siniestramente los aires en el silencio de la noche:
-¡Cabo de guardia!... ¡Un hombre muerto!...
Sonó luego por tres veces la voz de ¡alto!, y de seguida, uno tras de otro, como dos gritos de protesta y de amenaza, se oyeron dos tiros.
Currita, desfallecida y sin alientos, se agarraba ya a la verja de la iglesia de San José; pensó volver atrás, pensó seguir corriendo, pensó gritar pidiendo socorro, pensó morirse allí mismo... Oyó entonces los pitos de los serenos, sintió abrirse algunas ventanas, vio correr por la acera de enfrente un hombre encapuchado, con el chuzo en ristre y el farol en lo alto.
El instinto, más bien que la reflexión, hízole comprender entonces el riesgo que corría ella misma y huyó de nuevo por la calle del Caballero de Gracia, sin detenerse un momento, sin resollar siquiera, sin ver nada ni oír nada, ni pensar nada tampoco, hasta que, jadeante y sin saber cómo, se encontró en su boudoir, rígidos los miembros, huraña la vista, fuera de las órbitas los ojos, teniendo delante el negro de ébano, que levantaba en lo alto la lámpara encendida como para alumbrar en su entendimiento el horrible cuadro y que le mostraba con temerosa inmovilidad los blancos dientes en su sonrisa siniestra, eterna como la mueca del condenado.
A la luz de aquella lámpara miróse las manos, que sentía húmedas y pegajosas, y vióselas teñidas de sangre... Un horror inmenso invadió entonces su cuerpo y anegó su alma, y una idea taladró al fin su mente, como un clavo ardiendo al empuje de un mazo: la de su hija Lilí, arrodillada en el estudio, mostrándole sus manitas manchadas también con la sangre de su hermano, repitiendo con la opaca vibración de un terror sin medida:
-¡Sangre!... Mamá... ¡Sangre!...
Una hora larga tardó la justicia en acudir para reconocer y levantar el cadáver; hallábase este atravesado en la acera, tendido sobre el lado derecho, descansando la cabeza contra el zócalo del pabellón del ministerio de la Guerra, debajo de la segunda ventana. Tenía en la sien derecha una fuerte contusión, producida sin duda por el golpe dado al caer, y en el lado izquierdo del cuello una tremenda puñalada que le dividía por la mitad la arteria carótida. Un gran torrente de sangre, que de allí había brotado empapaba su ropa y humedecía la tierra. En la esquina misma de Recoletos y la calle de Alcalá veíase sobre la acera una rica talma de pieles de castor, manchada también de sangre; hasta que llegó el juez nadie se atrevió a tocarla.
Pronto quedó identificado el cadáver: encontráronle en el bolsillo la esquela recibida aquella misma tarde, dando la falsa cita, las dos cartas de Garibaldi al Hº. Neptuno y varias tarjetas en que constaba el nombre del marqués de Sabadell. Era este nombre harto conocido, y al horror natural que inspira todo crimen unióse entonces en los presentes ese espanto mezclado de sorpresa con que ve el vulgo derrumbarse una fortuna en el abismo de una desgracia, caer a un poderoso desde los almohadones de su coche sobre la mesa destinada en un hospital a hacer a los cadáveres la autopsia. La noticia corrió de un extremo a otro de la corte, sin hacer derramar una lágrima, pero despertando por todas partes la admiración, el espanto y, sobre todo, la curiosidad; la curiosidad ansiosa y hasta, por decirlo así, rabiosa de conocer los pormenores de aquel drama misterioso, más interesante que los lúgubres episodios de Ana Radcliffe y las dramáticas aventuras de Clara Harlowe. Varios socios del Veloz corrieron al hospital a ver el cadáver, y en la esquina del ministerio de la Guerra viose todo el día un gran cerco de gente contemplando con cierta curiosidad pavorosa el pie de aquella ventana en que parecía vagar aún la sombra siniestra del crimen. Por la tarde, cuando la mayor afluencia de máscaras y de gente acudía al Prado y a Recoletos, nadie osaba pisar aquel sitio regado de sangre, y llamábanse todos a la acera opuesta, lanzando a la segunda ventana una mirada larga y medrosa.
Los periódicos publicaron extensos suplementos que se vendían a gritos por las calles, y entonces comenzaron a conocerse y comentarse algunos pormenores del crimen. Constaba entre ellos la declaración del centinela del ministerio de la Guerra; según este, vio pasar a la una de la madrugada, a través de la verja de Recoletos, a un hombre y una mujer que venían muy de prisa de la Castellana. Marchaban agarrados del brazo, embozado él en una capa andaluza con vueltas rojas, cubierta ella el rostro con un antifaz negro y envuelta en un abrigo de pieles grises; vio también al mismo tiempo, a través de la verja de la calle Alcalá, venir por aquel lado dos hombres gritando y cantando, cual si estuviesen borrachos; cruzáronse ambas parejas delante del pabellón, por la fachada que da a Recoletos, y allí los perdió el centinela de vista; mas oyó a poco en el silencio de la noche el rumor de un cuerpo que cae a tierra y uno de esos gritos de agonía que jamás se olvidan ni se confunden; vio huir desesperadamente por la calle de Alcalá a la mujer enmascarada y vio correr a los dos hombres, borrachos antes y bien firmes entonces, uno hacia la Castellana y otro hacia la Plaza de Toros. Tropezó este último en la fuente de la Cibeles y oyóse el ruido del agua cual si hubiese caído dentro; levantóse, sin embargo, al punto, y su veloz carrera púsole bien pronto al abrigo de las tinieblas. El centinela, imposibilitado por la consigna y por la verja para abandonar el puesto, abalanzóse a los hierros de esta y vio al hombre de la capa tendido en la acera; gritó entonces al cabo de guardia, dio a los fugitivos por tres veces la voz de ¡alto!, y con el fin de despertar la alarma, disparó el fusil por dos veces. Llegaron a poco tres serenos y un oficial y dos soldados del ministerio, y por la puertecilla pegada al pabellón salieron a la calle: el hombre de la capa estaba ya muerto.
Desprendíase de todo esto que había una ella de por medio, y la curiosidad, excitada hasta la rabia, sobre todo en los altos círculos, venía a estrellarse contra el secreto de la sumaria. Súpose que en la mañana siguiente a la noche del crimen fue preso Damián, el ayuda de cámara de la víctima, y llamado a declarar aquella misma tarde un don Francisco Javier Pérez Cueto, fabricante de almidón en uno de los arrabales de la corte... Desde entonces, ningún signo exterior dio a conocer que las investigaciones judiciales adelantasen un solo paso, y comenzóse a murmurar, con cierta estupefacción temerosa, que andaba en todo aquello la mano de los masones; que los asesinos de Sabadell quedarían desconocidos e impunes como los de su amigo el general Prim, y que el crimen de Recoletos sería siempre un arcano misterioso, como lo fue el de la calle del Turco. Mas de repente, cuando esta voz tomaba cuerpo y comenzaba a excitar en los ánimos el terror que infunde todo poder oculto y la indignación que inspira toda cobarde añazaga, levantóse otra voz contraria, que nadie supo nunca de dónde salía ni quién la atizaba, y que se extendió, sin embargo, por todas partes, con grandes visos de certeza, a la manera que esparce un pozo subterráneo por todos lados sus húmedas filtraciones... Díjose que en el fondo de todo aquello había tan sólo una intriga galante, que existía en el Juzgado un billetito concediendo una cita y que obraba también en poder del juez una prenda acusadora, perteneciente a la promovedora del crimen: una talma de pieles de castor, marcada por la parte de dentro con una etiqueta negra, en que con letras rojas decía: Worth.-Rue de la Paix. París.
Dos periódicos que, a juicio de muchos, pertenecían a la secta de los masones, publicaron violentos artículos contra los tribunales de España, que recluyen al pobre como un criminal y le barren de las calles como una inmundicia, y se cruzan de brazos y cierran los ojos ante el poderoso que oculta sus crímenes bajo una armadura de oro, contra la cual se hace pedazos la espada de la justicia.
| Porque un pobre mancebo | |||
| Hurtó un solo huevo, | |||
| Al sol bambonea, | |||
| Y otro se pasea | |||
| Con cien mil delitos. | |||
| Cuando pitos, flautas; | |||
| Cuando flautas, pitos. |
El atrevimiento era tan grande, la audacia tan increíble, que extraviada la opinión por completo con estas pérfidas insinuaciones, señaló entonces con el dedo a la condesa de Albornoz y comenzó a mirarse el dintel de su palacio con el mismo horror con que se había mirado tres días antes la esquina del ministerio de la Guerra.
¡Singulares extravíos de la conciencia pública, que Dios permite a veces en su infinita justicia para castigar con una calumnia el delito verdadero que había quedado impune!
Nadie en Madrid pidió cuentas a Currita de la sangre de Velarde, derramada a la vista de todos por culpa suya, y ahora le arrojaban al rostro la de Sabadell, de la cual se hallaba inocente y hubiera ella rescatado con gusto a costa de cualquier sacrificio... Porque el dolor de la dama fue en realidad grande, aunque no expansivo ni alborotado; uno de esos dolores, por decirlo así, secos, propios de las almas enérgicas, que se repliegan sobre sí mismos en el fondo del corazón como para no perder su energía, a la manera que el gladiador herido encuentra fuerzas en su misma agonía para encoger el cuerpo y doblar los músculos, e intentar un último y más formidable avance... Aquella débil mujercilla encerraba en su endeble cuerpo una de esas almas enérgicas que se crecen a la vista del peligro y lo desafían, y no necesitan en el dolor apoyo ni cómplices en el crimen; bastábase ella misma a sí misma, y sacudiendo los terrores que la habían invadido la víspera, con el vigoroso empuje del toro que arroja lejos de sí los rejones que le lastiman y embarazan, aprestóse a la defensa, decidida a arrostrar a pie quieto y con firmeza todas las consecuencias de aquella horrible noche.
Mas necesitaba antes que nada reflexionar, trazarse un plan, preparar su respuesta y ordenar sus preguntas; y aprovechando la ocasión de hallarse en cama Fernandito, postrado por uno de esos ataques de imbecilidad que traen consigo los reblandecimientos cerebrales, tomóse todo el día del lunes y dio la orden terminante de no recibir a nadie. Creía ella tener que habérselas de seguida con las visitas importunas, las preguntas indiscretas, las impertinentes lástimas y las molestas compasiones que la habían asediado cuando la muerte de Velarde, catástrofe también espantosa, que sin saber explicarse el porqué parecíale en estos momentos más terrible que le pareció en aquellos primeros instantes. Mas, con gran sorpresa suya, pasó todo el día del lunes, y pasó también el martes, y llegó y pasó asimismo el miércoles, sin que ningún coche parase a la puerta, ni atravesase una sola visita las antesalas, ni recibiera el oso del vestíbulo en su bandeja ninguna tarjeta, ni llegara tampoco el menor recado, la más insignificante misiva de atención, de interés o de consuelo... Aterróla entonces aquella soledad, que no sabía explicarse, porque ignoraba que la opinión había atravesado en el dintel de su puerta el cadáver de Jacobo; mas cuando llegaron a su noticia las voces que corrían y supo que una pérfida y misteriosa mano explotaba el funesto hallazgo de la capa de pieles, para hacer recaer sobre ella las sospechas del crimen, tuvo en su soledad vértigos de ira, estremecimientos de fiera acorralada, y decidió desafiar frente a frente a la calumnia con un golpe de enérgica audacia.
La casualidad presentóle bien pronto ocasión propicia; el viernes muy bien de mañana trajéronle el aviso de que le tocaba al día siguiente hacer su guardia como dama de honor en Palacio. Enviábale este aviso, según la costumbre, la dama que había hecho la guardia el día antes, y era esta una buena mujer, sencilla y piadosísima, que, desechando como terribles calumnias las voces que corrían, apresuróse a cumplir con su deber avisando a Currita y dejando al arbitrio de la dama el acudir o no acudir a la cita de Palacio.
Por primera vez después de la espantosa catástrofe sonrió Currita, con aquella sonrisa de diablillo, señal en ella de alguna idea feliz que pasaba por su mente. Tocábale la guardia el sábado, y según la tradicional costumbre, habían de asistir los reyes a la Salve de Atocha; la novedad atraía todavía gran concurso de gentes a conocer y contemplar a la joven reina, y presentándose Currita a su lado, en el primer puesto, parecióle que había de detener desde allí los tiros de la calumnia. Conocía ella bien el mundo que frecuentaba, que forma sus juicios y regula sus actos por los del poderoso que mira en lo alto, y creyó con razón que le bastaría presentarse una vez en público al lado de la reina y a raíz del suceso, para que todos acallasen sus escrúpulos y se apresurasen a conservarla en el puesto de honor que había ocupado siempre en la corte.
Sin llamar a Kate, saltó Currita de la cama antes de las nueve y fue a abrir ella misma una ventana para enterarse del estado del tiempo: el sol brillaba despejado, no se descubría una nube en el cielo y prometía la mañana una tarde deliciosa. Currita sintió un movimiento de gozo vivísimo que le pareció el presentimiento del triunfo; los carruajes de la corte saldrían, por el buen tiempo, descubiertos, y sin duda irían después de la Salve a dar una vuelta por la Castellana, donde todo el mundo elegante tendría ocasión de verla y contemplarla en su honorífico puesto... Algo la espantaba, sin embargo: la idea de que iba a serle forzoso pasar por aquel mismo trayecto que había recorrido con Jacobo la noche funesta, por aquella misma iglesia ante la cual pronunció su última palabra, por aquella esquina en que le había visto caer lanzando un gemido de agonía... Mas ¿qué iba a hacer ella? ¿Enterrarse en vida a los cuarenta y cinco años? ¿Dejar por escrúpulos sentimentales que le arrebatase una calumnia el prestigio, la soberanía suprema, el cetro de la elegancia y el buen tono que, a pesar de mil vergüenzas verdaderas, había conservado en su mano hasta entonces?...
Rióse ella misma de sí misma al notar la febril impaciencia con que esperaba la hora de ir a Palacio, porque ni la señora de López Moreno había sentido mayores ansias ni más vehementes deseos el día de su famosa presentación en el hotel Basilewsky. Con esmero redoblado y gusto exquisito escogió una toilette elegantísima, con ese estudio de los pequeños detalles que se observa en los grandes genios y acredita en ellos el conocimiento práctico del terreno que pisan. Púsose un riquísimo vestido de terciopelo azul muy oscuro, guarnecido de piel de chinchilla, con sombrero y abrigo de lo mismo; dos perlas negras en las orejas y un trébol en el pecho, formado por otras tres perlas, blanca la una, negra la otra y rosa la tercera. En el hombro izquierdo, sujetas con un lazo encarnado, llevaba las dos cruces de dama de honor: cruz de esmalte rojo, la antigua de la reina Isabel, y una M de brillantes y rubíes, la de la nueva reina Mercedes. Después, mientras le traía Kate el rico pañuelo de encajes y los guantes de piel de Suecia, buscó ella en una cajita un relicario de plata que contenía un lignum crucis; besólo con gran piedad, oprimiólo un instante contra su pecho, cerrando los ojos e inclinando la cabeza como si pidiese algo al cielo con grande ahínco, y guardóselo después en el bolsillo, como se hubiera guardado un amuleto que tuviese virtud para alejar cualquier daño o peligro.
Al subir la escalera de Palacio latióle el corazón y tembláronle las piernas, porque vio a dos lacayos que cuchicheaban entre sí, mirándola a ella. Mas cuando el alabardero de guardia a la puerta de la Saleta dio el golpe de alabarda que anuncia la llegada de un Grande de España, crecióse el orgullo de Currita, despertó de nuevo su energía, y armada de toda su audacia atravesó la antecámara y penetró en la cámara misma, dispuesta a comenzar la batalla, creyendo encontrar allí a la camarera mayor o al gentilhombre de servicio, o quizá a todos juntos. La cámara, sin embargo, estaba desierta y Currita sintió el desahogo de un momento del enfermo que ve detenerse un instante la temida operación por haberse retrasado el médico. Sentóse en una banqueta frente a la mampara que lleva a las habitaciones regias, a fin de esperar que la reina la llamase o alguien saliese; mas la excitación nerviosa no la dejaba sosegar un momento, y levantóse al punto para asomarse a uno de los balcones y mirar a la plaza de la Armería; púsose luego a arreglarse los ricitos de la frente ante uno de los magníficos espejos y reparó entonces en el soberbio retrato de Alfonso XII, pintado por Casado, que habían colocado allí la víspera y se destacaba sobre la rica tapicería de seda granate con grandes flores amarillas, con todo el esplendor de una obra maestra.
Pasó un cuarto de hora, que le pareció a ella un cuarto de siglo, y en pie siempre ante el retrato, sintió abrirse a su espalda la mampara de las habitaciones de la reina; volvióse vivamente y vio que la mampara se volvía a cerrar y quedaba medio abierta, como si el que fuera a salir se hubiese detenido de repente. Oyó entonces, sin que pudiera distinguir las palabras, una voz suave de mujer que parecía acongojada, como si suplicase algo, y otra de hombre, fuerte y colérica, que exclamaba enérgicamente:
-¡No, no..., ahora mismo!
Inmutóse Currita atrozmente y metióse la mano en el bolsillo, como si buscara el lignum crucis; abrióse entonces la mampara y apareció el mayordomo mayor, también muy inmutado... La dama, fingiendo siempre hallarse absorta en la contemplación del retrato, volvió ligeramente la cabeza y saludó con la mano al personaje, diciendo con vocecita a su pesar temblorosa y angustiada:
-¡Magnífico retrato! Yo no lo había visto. ¿Cuándo lo han puesto?...
Mas el mayordomo, sin contestar a la pregunta y con el esfuerzo de quien cumple un deber penosísimo, díjole balbuceando:
-Su majestad la reina la dispensa del servicio..., y me encarga le manifieste su deseo de que devuelva la cruz de dama...
Currita dio una rápida media vuelta, apretando los puños y echando atrás la cabeza cual si fuera a embestir al mayordomo, fijando en él la mirada de sus claros ojos, enormemente abiertos, que reflejaban toda la ira del que recibe un salivazo en el rostro, todo el espanto del que ve derrumbarse una última esperanza, toda la solapada e impotente amenaza que encierra el terror del débil, aniquilado por una mano más fuerte...
Luego, como si despertase en ella de repente la altiva ricahembra al ignominioso contacto de una bofetada, arrancóse ambas cruces del pecho y las arrojó en el suelo...
Aquel golpe terrible no anonadó a Currita, ni le infundió tampoco el extraño sentimiento, mezcla de pavor y de ira, que al recibir en Loyola un bofetón semejante la había obligado a confundirse, y a humillarse, y a callar... Detrás de la mano de Pedro Fernández había visto entonces la mano de Dios, que le impedía profanar con el escándalo de su vida su santa casa, y detrás del bofetón del mayordomo de Palacio tan sólo veía la mano del rey, que no era para ella una idea, sino un hombre, contra el cual se podía luchar y al cual se le podía también vencer.
Mas harto comprendió desde el primer instante, con la rápida percepción de su claro entendimiento y su mucha práctica de mundo, que en vano emplearía todas las astucias de su ingenio, todos los atrevimientos de su audacia y todos los recursos de su dinero en atraerse de nuevo a sus amigos y a formar en torno suyo aquella brillante corte que era la médula de su vida, porque era también la de su vanidad. Nada arrastra tanto como el ejemplo de un príncipe, capaz por sí solo de salvar o perder a una sociedad entera, y la severa repulsa dada a Currita en Palacio, justa en medio de su severidad, que si de algo pecaba era sólo de tardía, había de arrastrar sin duda a Madrid entero, derrumbando a la ilustre dama desde la altura de su gloria, con todo el estrépito de los grandes escándalos, con todo el ensañamiento con que del árbol caído se apresuran todos a sacar leña.
Por eso, sin darse ella por vencida ni cejar un punto en su tenaz empeño, y fortaleciendo siempre con el despecho y la rabia y hasta el dolor mismo su terquedad de mujer voluntariosa, siempre mimada, optó desde luego por el camino de los hábiles políticos y los diestros estratégicos y los conocedores prácticos del mundo y del corazón humano: una prudente retirada que sosegara los ánimos y diese tiempo a que las memorias olvidaran, cesasen las prevenciones, se cansaran las lenguas, y los escándalos nuevos hicieran olvidar y aun perdonar los escándalos pasados.
¡Había visto ella tanto de eso!... La ocasión, por otra parte, no podía ser más oportuna: Fernandito había llegado al estado de imbecilidad completa que traen consigo los reblandecimientos cerebrales, y preciso era llevarlo a París a que alguna notabilidad médica intentase el verdadero milagro de despertar un chispazo de inteligencia en aquel meollo huero, que jamás había dado luz alguna.
El viaje fue, pues, decidido, y dos días antes dirigióse Currita al colegio de Chamartín de la Rosa, para sacar a Lilí... La niña había cumplido ya doce años, y más bien que una criatura que comenzaba a vivir, parecía un ángel que iba a volar. Había en sus grandes ojos azules algo que recordaba el cielo, algo a la vez triste y sereno, candoroso y profundo, que comunicaba a todo su ser cierto poderoso y triste encanto, semejante al que infunde en el alma la inocente sonrisa de un niño huérfano.
Acogióla la madre con sus más suaves mimitos y díjole al oído, abrazándola, que le traía una noticia muy buena, muy alegre, muy grande...
-¿A que no la aciertas?...
La niña, con los grandes ojos llenos de lágrimas y teñidas las mejillas del carmín más puro, dijo prontamente:
-¿Que mi papá está mejor? ¿Que se ha confesado?...
Quedóse Currita desconcertada, como le sucedía siempre con las salidas intempestivas de aquella criatura. ¿Quién había de creer que iba a acordarse de su padre y a pensar en si le habían o no administrado aquel sacramento que le hacía tanta falta?... Echóse a reír muy maravillada. ¡Ca!, si no era eso... era mejor todavía; era una cosa referente a ella misma, lo que mejor le podía suceder, lo que sin duda estaba ella esperando...
Y de nuevo tornó a maravillarse, porque la sangre entera de Lilí afluyó entonces a su rostro, un temblor nervioso agitó sus manitas, y levantó los ojos hacia su madre, rebosando anhelo comprimido, esperanza dulcísima de oír lo que era sin duda su más ferviente deseo. Su boquita de ángel se entreabrió un momento para dejar escapar su secreto, como deja escapar una flor su fragancia, y de nuevo tornó a bajar los ojos, poniéndose más y más encarnada, y guardando silencio, con una cándida sonrisa dibujada sobre los labios.
-Pero, tontita, ¿no lo adivinas?... Es que se acabó ya el colegio, que te vas a venir conmigo.
¡Quién lo había de creer!... Al oír esto la niña, apagóse en sus labios la sonrisa, como una luz que mata de repente una ráfaga de viento; cruzó las manos angustiada, miró a su madre con espanto y se echó a llorar a lágrima viva, con el corazón encogido...
-Pero ¡vaya por Dios, vida mía! -exclamó Currita estupefacta-. ¿A qué viene ese llanto? ¿Es que no quieres venir?
Lilí, enjugándose con ambas manitas los ojos, repetía sollozando:
-Aquí me quieren todos... todos... Las Madres y las niñas...
-Pero, hija mía, ¿acaso en tu casa no te quieren? -exclamó Currita, poniéndose muy seria; y la niña, titubeando un momento, contestó con candorosa sencillez, cuyo alcance no supo medir sin duda:
-Ahora no está allí Paquito...
Currita sintió un movimiento de ira, que se transformó al punto en dolor profundo, en dolor vivísimo que Jamas había sentido, allá en el fondo de sus entrañas de madre... Sus ojos se llenaron de lágrimas, atrajo hacia sí a la niña, separóle del rostro ambas manos, y besándola en la frente, díjole con mucho cariño:
-Pero lo recogeremos al paso, tonta, y nos iremos a París todos juntos.
La niña meneó la cabeza, apartándose del regazo de su madre, y procurando dominar su aflicción, como si se aprestase a una batalla, dijo resueltamente:
-Y, además... yo no puedo irme de aquí. No, no puedo.
-Pero ¿por qué?... Si eres ya una mujer y aquí están sólo las niñas...
-Y las mujeres también...
-¡Pero, hija, por Dios! ¿Dónde están esas mujeres?...
-Las Madres son mujeres.
-Pero ¿tú quieres ser monja? -exclamó Currita abriendo mucho los ojos; y la niña, cerrando los suyos y moviendo enérgicamente la cabeza, contestó con firmeza:
-¡Sí!...
-¡Yaaa!... Muy bien; ahora lo entiendo -dijo Currita muy despacito con su tono de voz más suave-. Y las Madres, como te quieren tanto las pobrecitas, te habrán metido esa idea en la cabeza...
-¡No, no, señora!... Las Madres no me han dicho nada.
-Pues entonces habrá sido el confesor, el padre Cifuentes.
-Tampoco...
-¿Pues quién te lo ha dicho?...
-Paquito.
-¿Paquito?... ¡Vaya un apóstol!... ¿Y por qué no se mete él fraile?...
-Eso le escribí yo... Y le envié la Vida de san Estanislao y una estampita de san Luis de Gonzaga... Pero me contestó que él era muy desgraciado y tenía que hacer en el mundo una cosa muy grande, muy grande... Yo no sé lo que será...
Currita comenzó a sospecharlo y se puso muy pálida; la escena terrible de su estudio, cuando el niño se había arrojado sobre Jacobo como una fiera sedienta de sangre, acudió a su memoria con gran viveza, estremeciéndola de espanto, infundiéndole esa especie de terror retrospectivo que causa un peligro pasado, despertando en su alma el aguijón de un remordimiento, avivando en su corazón el dolor de una herida chorreando aún sangre... ¡Oh! ¡Ya no tenía que hacer el pobre niño aquella cosa muy grande, muy grande, porque otra mano más culpable le había tomado la delantera en la esquina de Recoletos!...
Lilí, sin imaginar siquiera en su sencillez de ángel el efecto que en su madre podían causar sus palabras, continuó diciendo:
-Me decía que fuese siempre muy buena y no saliera nunca del colegio y rezara mucho por él, y por usted y por mi papá; porque la ira de Dios iba a descargar sobre nuestra casa... Yo lloré mucho, mucho, y ofrecí entonces ser monja, y se lo dije a la madre Larín y al padre Cifuentes.
-¿Y qué te dijeron? -preguntó Currita con los labios blancos.
-La madre se echó a llorar..
-¿Y el padre?...
-Se echó a reír y me consoló mucho, y me dijo que no ofreciese nada sin que él me avisase.
Currita se quedó muy pensativa y permaneció largo rato en silencio, mirando a la niña; de pronto, dijo:
-¿Pero el padre Cifuentes te querrá mucho?...
-¡Oh, sí!... Es muy bueno; me quiere mucho.
Calló otra vez, seria y meditabunda; porque en medio de aquel rudo oleaje de afectos con que la gracia de Dios combatía su alma para sacarla a flote, santos unos como el amor de madre, saludables otros como el remordimiento, apareció muy honda y comenzó a subir, a subir, hasta flotar en la superficie y sobrenadar en lo alto y llenarlo todo y dominarlo todo, la idea fija, su ángel malo, el pensamiento constante que llevaba clavado en la frente, como un dolor neurálgico, de satisfacer su vanidad y vengar su despecho, recobrando de nuevo su antigua posición y su brillante corte de mujer elegante. Había visto de repente un camino desconocido, un sendero tortuoso que allí llegaba dando rodeos, y ya no oyó más, ya no se ocupó de otra cosa. Cinco minutos largos permaneció callada, inmóvil, tirando al parecer sus planes. Lilí, con las manitas cruzadas sobre las rodillas y la cabeza baja, la miraba de cuando en cuando a través de sus largas pestañas, extrañada de aquel singular silencio.
Rompiólo Currita al cabo; aquella pichoncita suya monísima y preciosa la había enternecido... Pero todo aquello era muy serio, muy grave, y hacíase preciso pensarlo despacio, muy despacio, y no decidirlo así de repente, en un segundo... Por de pronto, dejaría a la niña en el colegio y detendría ella su viaje para hablar con el padre Cifuentes.
Lilí, al oír esto, saltó espontáneamente de la silla y se arrojó al cuello de su madre, cubriéndole el rostro de besos, llorando y riendo al mismo tiempo, como se mezclan la lluvia y el sol en un chubasco de mayo. Ella se enterneció un poquito y derramó tres lagrimitas.
-Conque nada, pichona mía, mucho juicio, y pide a Dios que a todos nos ilumine... Y ahora, vidita mía, dile a la madre Larín que quiero hablarle un momento... ¿Eh, pichona?... Cosa de un segundo, avísala tú, vidita...
Llegó la madre Larín muy alarmada, temiéndose alguna trapisonda, y Currita, con patético ademán, se arrojó llorando en sus brazos... Era aquel día el más grande de su vida; por fin le concedía Dios lo que con tanto ahínco le había pedido siempre: ¡tener una hija religiosa!... Cierto que le pasaba aquello el alma de parte a parte, que quizá le costaría la vida separarse de aquel pobre angelito; pero lo que sentía ella era no tener siete hijos como santa María Magdalena de Pazzis, para ofrecérselos a Dios uno a uno. ¡Estaba el mundo tan malo!...
La madre Larín, muy escandalizada al ver a santa María Magdalena de Pazzis hecha de repente madre de tan dilatada familia, se apresuró a protestar con mucho respeto:
-Santa Sinforosa querrá decir, sin duda, la señora condesa.
-¿Fue santa Sinforosa?... ¡Pues yo creí que había sido la otra! ¡Como leo todos los días el Año Cristiano, armo a veces unos galimatías!... Y dígame, madre Larín, ¿cree usted que perseverará mi hija, que su vocación será verdadera?
La madre enarcó las cejas, y con mucha humildad, dijo:
-La niña es formalita, y a lo que yo pueda colegir, así lo espero... Pero siempre será mejor que el padre espiritual informe a usted de todo esto.
-¿Y quién es?
-El padre Cifuentes.
-¿El padre Cifuentes?... ¿De veras?... ¡Cuánto me alegro!... Si es un santo, un hombre de tanto saber y prudencia...
-¡Ya lo creo!... Consúltelo usted y verá...
-Pero si no lo conozco... ¡Ay, madre Larín!... ¿Quisiera usted escribirle una cartita... deux mots, recomendándome?... Dígale usted cuáles son mis deseos, lo que yo quiero a mis hijos, la sencillez con que procedo siempre... Así me escuchará con benevolencia... Usted me conoce bien, madre Larín... ¡Soy tan desgraciada!... ¡Se tiene de mí un concepto tan falso!...
Y Currita, persuadida ella misma de lo que decía, cual suele suceder a los embusteros de oficio, extendía las manos y abría mucho los claros ojitos, como para que la madre Larín la estudiase por dentro, concluyendo por echarse a llorar amargamente, cubriéndose el rostro con el pañuelo. La madre, muy compadecida, y creyendo que aquella oveja extraviada llamaba de nuevo al aprisco, procuraba consolarla y prometíale escribir aquella misma noche al padre Cifuentes, anunciándole su visita.
-¡Se lo agradecería a usted en el alma, madre Larín; no lo olvidaré en toda mi vida! -gimió Currita-. Porque no crea usted que en el asunto de mi pobre Lilí faltarán dificultades... Fernandito es muy bueno; pero al cabo, como hombre que es, no tiene la piedad de nosotras las mujeres, y verá la cosa de manera muy distinta.
Y ya en la puerta, despidiéndose cariñosamente de la buena madre, volvió a repetirle:
-¡Que no se olvide usted de lo esencial!... Que comprenda el padre la buena fe con que procedo en todo, lo rectas que son mis intenciones...
Y de pronto, volviéndose atrás desde la puerta, como si de repente recordase algo...
-¡Ay, madre Larín, se me olvidaba!... No sé si lo encargué a Lilí, porque con este notición se me fue el santo al cielo... Me han dicho que están ustedes haciendo un monumento nuevo para el Jueves Santo, y quiero que sea a mi costa... Deseo mucho dejar a ustedes ese recuerdo; que Lilí haga ese pequeño obsequio al colegio...
-Gracias, gracias, señora condesa...
-¿Gracias?... ¡Ay, madre Larín, qué mundo, qué mundo!... ¡Ojalá y sólo se gastara el dinero en cosas semejantes!...
Entró en la berlina... Verdaderamente que aquella idea debía de venir del cielo, porque era Lilí, un ángel del Señor, quien se le había inspirado. Lo raro era que no se le hubiera ocurrido a ella antes, porque en aquella carta de Loyola, en aquella famosa carta de Pedro Fernández, que se sabía ella de memoria, estaba perfectamente encerrada en su primera parte... «Si la señora condesa de Albornoz viene a Loyola a confesar sus pecados y pedir a Dios perdón de sus extravíos, no tiene que fijar hora ni tiempo, porque todos son igualmente oportunos...»
Y glosando allá en su imaginación el parrafejo, discurría de este modo... Si la señora condesa de Albornoz va a Loyola, es decir, al padre Cifuentes, y confiesa sus pecados y pide a Dios perdón de sus extravíos, o lo que es lo mismo, embauca a aquel varón respetable, diciéndole lo que le parezca y callándose lo que juzgue conveniente para ponerle de su parte... a la sombra de su respetabilidad, agarrada a su manteo, entrará en el gremio de las beatas aristocráticas y se abrirá paso, rosario en mano, por el atajo de la piedad, hasta el alto puesto de que la calumnia y la ingratitud la han arrojado.
Porque no era necesario para ello llegar hasta el sacrilegio, que tanto la había aterrado siempre y la seguía aterrando; dispuesta estaba ella a lo que creía únicamente necesario para confesarse bien: acusarse de todos sus pecados y enumerar todos sus extravíos... ¿Qué le importaba a ella que el padre Cifuentes supiese lo que hasta en los mismos periódicos se había publicado y había leído ella sin sonrojarse?... ¡Si hubiera algún sacrificio que hacer, si hubiera algo que cortar, sería entonces otra cosa; pero la muerte, el puñal de un asesino, se había encargado de sacrificar, se había encargado de romper; y ya no le quedaba a ella nada, nada, sino aquella herida en el corazón y aquel despecho en el alma!... Y ante aquellas dos ideas que la exasperaban, Jacobo muerto y ella caída de su pedestal, sentía hervir su sangre de dolor y de ira, y parecíale lo primero el crimen más nefando que se había cometido en el universo, y juzgaba lo segundo el acto de tiranía más atroz que pudiera atribuirse a Nerón, a Tiberio o a Busiris.
Con cierto miedecillo, muy natural y fundado, fue a ver al padre Cifuentes, porque tenía el padre fama de marrullero; mas su voluntad, repentina como el capricho de una mujer, era robusta como la resolución de un hombre, y tranquilizábala en parte la íntima conciencia que tenía ella de que pocos la aventajaban en astucias y marrullería. Con habilidad suma dio principio al desarrollo de su plan, comenzando por exponer la vocación de Lilí, anhelo de su corazón, esperanza dulcísima de su alma, que estaba ella dispuesta a apoyar con todas sus fuerzas, aunque hubiera que luchar con las serias dificultades que había de poner Fernandito; hábil estaquita esta última que plantaba desde luego la taimada, para agarrarse a ella más tarde y destruir, cuando hubiera logrado su objeto, los santos planes de la niña. Escuchábala el jesuita impasible con las manos metidas en las mangas, clavando en ella de cuando en cuando la mirada de sus ojos, aguda como la punta de una lanceta, que hacía a Currita ladear los suyos, ora bajándolos, ora paseándolos por las paredes del cuarto. Cuando la dama dejó de hablar, sacó el padre Cifuentes a relucir la tabaquera de cuerno, con su heraldo obligado, el pañuelo a cuadros azules y verdes, y con la mayor naturalidad del mundo dijo resueltamente:
-Su hija de usted no tiene vocación, señora condesa.
Quedóse Currita estupefacta y desconcertada, y tartamudeó moviendo la cabecita:
-Pues ella me había dicho... Yo creía...
-Creyó usted mal, señora condesa... Esa niña es un ángel, de entendimiento muy claro, de corazón muy grande y muy recto, y está aterrada por las cartas de su hermano, que... ¡pasan el alma, señora condesa, pasan el alma!
Y las dos lancetas que tenía en los ojos el padre Cifuentes pasaban de parte a parte la frente de Currita, cual si fueran a clavarse en el fondo de su pensamiento.
-Por eso -prosiguió lentamente el jesuita- quería esa pobre niña ofrecer el sacrificio de sí misma, para asegurar la salvación de los demás, para expiar culpas ajenas por las cuales se aflige, como se afligen los ángeles del cielo: llorándolas, pero sin ponérselas a nadie en cuenta... Y note usted lo que digo, señora condesa: sin ponérselas a nadie en cuenta.
La señora condesa bajó los ojos muy modestita, como haciéndose la desentendida de si era a ella o no a quien le tocaba pagar aquella cuenta, y el padre continuó:
-Pero como usted comprenderá, este sacrificio de precio incalculable, cuya idea le fomentaré yo por lo que en sí tiene de útil y meritorio y porque bastará quizá el ofrecerlo para alcanzar de Dios lo que el pobre ángel pide, no es una vocación religiosa: es sólo un ofrecimiento que en su aflicción y en su generosidad hace la niña, y mientras Dios no lo acepte, no existe la verdadera vocación, y yo, por mi parte, ni puedo aconsejarla ni autorizarla tampoco hasta entonces.
«Pues estamos en el principio de la conversación» -pensó Currita, sin comprender del todo aquellas místicas sutilezas; y dando vueltas entre sus manos a un precioso devocionario que había traído de intento para demostrar su piedad al padre, dijo modestamente:
-¿Y qué cree usted entonces que debe de hacerse?...
-Dejar obrar a la gracia de Dios, que quizá le conceda como premio la vocación que aún no tiene, y mientras tanto, no sacarla del colegio.
-¿No cree usted entonces que le convenga volver a su casa?...
El padre Cifuentes abrió la tabaquera, y con la impasibilidad del hombre que golpea en los oídos de un sordo, con la sencillez con que hubiera dicho que hacía calor o estaba lloviendo, dijo tranquilamente:
-No, señora... Los ejemplos que vería en ella no conseguirían quizá corromperla, pero de seguro lograrían matarla...
Currita no protestó contra aquel reproche tremendo; no se avergonzó ni se indignó tampoco. Asióse, por el contrario, para llegar a su objeto, a la punta de aquella maza que la aplastaba, y dijo lastimeramente:
-¡Ay, sí, sí, padre, es verdad!... ¡Si usted supiera lo que pasa en mi casa! ¡Si usted conociera la situación en que me encuentro!
Y adoptando el cálculo más hábil del disimulo, el de apropiarse de la ingenuidad y disfrazarse con la sencillez y la franqueza, refirió con toda verdad al padre Cifuentes el escándalo de su vida, la trágica muerte de Jacobo, la calumnia difundida por aquellos enemigos invisibles, la imposibilidad en que estaba de acusarlos a ellos y defenderse ella misma ante los tribunales, y la necesidad que tenía de alguien respetable, de alguna persona autorizada por su santidad y su prestigio que sacase la cara por ella, perdonándole las faltas verdaderas y defendiéndola de los falsos crímenes, concediéndole su protección y su amistad, y rehabilitándola por este solo hecho a los ojos del mundo... Y no pedía esto por ella misma, que nada merecía y así lo confesaba; pedíalo por caridad de Dios, por lástima, por compasión hacia sus propios hijos...
Calló Currita, y con la cabeza baja y las manos cruzadas y entornados ojitos, esperó muy devotica el sermón formidable, la peluca tremenda que creía ella iba a venir tras de aquello, seguida de alguna violenta exhortación a la confesión y la penitencia, con algunos toquecitos de llamas del infierno; y luego, más tarde de lo que ella deseaba y con tanto anhelo iba buscando, un generoso ofrecimiento, noble, sincero y amplio... Mas el padre Cifuentes, que había escuchado sin pestañear todo aquel cúmulo de vergüenzas y de horrores, que no había hecho el menor gesto de asombro, de disgusto, de compasión ni de protesta, sacó la tabaquera de cuerno, tomó un polvo y dijo lacónicamente:
-Haga usted los Ejercicios...
-¿Los Ejercicios? -preguntó ella muy sorprendida.
-Sí, los Ejercicios de san Ignacio digo... Ayer los han empezado en el Sagrado Corazón, en la calle del Caballero de Gracia... Todavía tiene usted tiempo; empiece esta misma tarde.
-Yo..., bueno..., desde luego... -dijo Currita titubeando-. Pero según tengo entendido, sólo se entra allí con papeleta y yo no la tengo.
-Pues yo la recomendaré a usted a la superiora y le hablaré a la marquesa de Villasis, que es presidenta del consejo...
Currita sintió tal movimiento de gozo, que estuvo a pique de venderse... ¡Por fin triunfaba, y a pesar de su impasibilidad y no obstante sus marrullerías, hacía tragar al bendito padre todo el anzuelo!... Entre la marquesa de Villasis, la dama de mejor nombre de la corte, y el padre Cifuentes, el sacerdote de más prestigio, haría ella su entrada triunfal en el gremio de beatas aristocráticas, y una vez dentro, no bien tomase ella terreno, ya sabría reconquistar, palmo a palmo, los aplausos y las adulaciones, y colocarse de nuevo en el antiguo puesto perdido.
Vistióse sencillamente, siempre con aquel prolijo cuidado de los detalles pequeños que desprecian los talentos vulgares y tienen en mucho los privilegiados y prácticos: una modesta falda de seda negra, un abriguito de terciopelo con pieles y la mantilla recogida por completo sobre los hombros, chiffonné, con mucha gracia, cubriendo las blondas del velo parte del rostro, pero dejando ver perfectamente los rojos pelitos, contraseña suya característica, que cuidó muy bien de dejar a la vista con cálculo prudentísimo, para que en caso de oscuridad o de duda pudieran todos reconocerla.
A las cinco comenzaba el santo Ejercicio, y a las cinco y siete minutos calculó ella muy bien su entrada, para que fuese de todos vista. Apeóse del coche y entró en el zaguán, creyendo encontrar allí alguna religiosa o algún portero a quien preguntar por la marquesa de Villasis o por el padre Cifuentes; mas sólo vio delante una empinada escalera dividida por en medio con un barandal de hierro que hacía veces de pasamanos. En lo alto, dos señoras cuchicheaban entre sí muy quedito, e interrumpiéndose bruscamente al ver subir a Currita, desaparecieron al punto, sin que la dama pudiera reconocerlas. Encontróse entonces frente a la puerta de la capilla, que estaba de par en par abierta; era esta entrelarga, ancha y extensa, con una gran puerta en el fondo que daba al interior del colegio y otra lateral para el servicio de la gente. En el testero hallábase el altar, parcamente adornado, con algunas luces que ardían a derecha e izquierda del tabernáculo.
Arriba, en la parte más alta, había una hermosa efigie del Sagrado Corazón, y caía desde sus pies hasta abajo un gran paño de brocado recamado de terciopelo rojo, con estas palabras bordadas: Venite ad me omnes. A uno y otro lado de la gran puerta del fondo estaban las sillas de coro de las religiosas, y sentadas en ellas las señoras del consejo: la marquesa de Villasis ocupaba la esquina derecha, teniendo a su lado a la duquesa de Astorga.
Currita vio desde la puerta el extremo de un banco desocupado y ante él se arrodilló, haciendo uno de esos garabatitos con que creen ciertas damas santiguarse, cruzando las manitas sobre el respaldo, inclinando la cabeza con mucha devoción y poniéndose a registrar con el rabillo del ojo todo cuanto había y pasaba dentro de la capilla... ¡Prodigio maravilloso de la perspicacia y fuerza comunicativa de la grey femenina!... Cuatro minutos después, no quedaba en el extenso recinto una sola alma más o menos pía que no hubiera atisbado la entrada de Currita, sin que fuese necesario para ello más que alguno que otro suave cuchicheo, alguna que otra disimulada seña, alguno que otro libro devoto o rosario bendito que rodaba por el suelo, para dar ocasión a la dama que lo recogía de lanzar una rápida mirada con el mayor disimulo. Allí estaba ella, con mucha devoción, aguantando a pie quieto las miradas y suponiendo los comentarios internos que acompañaban a estas; la condesa de Murguía, señora muy severa, que había comido muchos viernes en casa de Currita y disfrutado no pocas veces de su palco en el teatro, hallábase a su lado... Alarmóla esta proximidad, volvió la cara angustiada, y apretando cuanto pudo a las otras señoras que ocupaban el banco, apresuróse a dejar entre ella y la escandalosa un gran espacio vacío. Currita, sin perder su devoción, sintió ganas de tirarle del pelo.
Entró a poco una señora con dos niñas, al parecer sus hijas, y una de estas, la más pequeña, fuese a arrodillar junto a Currita en el hueco vacío; mas la madre, advertida sin duda por otra señora que le habló por lo bajo, levantóse prontamente, tocó en el hombro a la niña y apártola de allí. Currita no sintió esta vez ira, sintió una sensación penosa, amarga, desconocida para ella, que se le figuró semejante al desconsuelo de verse sola y desamparada por un ser querido; aquella niña le había recordado a Lilí.
Entraban nuevas señoras, llenábase la capilla de bote en bote y apiñábanse las rezagadas contra las que habían llegado antes, sin que ninguna quisiera ocupar el sitio vacío al lado de Currita. Ella sintió crecer aquel desconsuelo que la oprimía y la angustiaba y le producía una irritación sorda, una amarga iracundia, que la llevaba a escarbar llena de saña en el basurero de su vida, buscando y enumerando las vergüenzas públicas, las inmundicias de todos conocidas, que le había tolerado, consentido y hasta aplaudido como amables pequeñeces aquel mismo Madrid que ahora le volvía la espalda, para arrojárselas a la cara, gritándole con muy buena lógica: «¿Acaso soy ahora peor que lo fui antes?... ¿Por ventura hace más fuerza en ti una calumnia anónima, levantada por pérfidos asesinos, que ese montón de lodo con que a todas horas te he salpicado el rostro?...».
¡Oh!, ¡qué mundo, qué mundo aquel tan injusto y tan asqueroso! ¡Con cuánta razón se resistía a entrar en él Lilí, aquel ángel del Señor tan puro y tan bello!... Y a este recuerdo, con la rapidez con que se muda la decoración en una comedia de magia, sustituyó en su mente la imagen de la niña al Madrid injusto y asqueroso que provocaba sus iras, y quedaron frente a frente, embargando todo su entendimiento, la celestial figura de Lilí, derramando luz vivísima del cielo, y el montón de lodo repugnante y hediondo, la charca sucia y cenagosa que acababa de formar ella con tanta saña, haciendo examen general de toda su vida... Currita creyó ver una cloaca a la pura y rosada luz del alba, creyó ver el infierno a la luz del paraíso y se sintió confundida y se juzgó condenada; porque aquel montón de lodo era ella misma y aquel resplandor de Lilí era la luz de Dios, único criterio de moral, independiente de míseras condescendencias sociales, a que deben de ajustarse los actos humanos. Un último movimiento de soberbia la agitó, sin embargo.
-¡Soy una infame, es cierto!... Pero que no me condenen los hombres, ¡que me condene Dios!...
Y al levantar la vista rabiosa y desesperada, como para lanzar en torno una mirada de orgulloso desafío, divisó al frente la imagen de Jesucristo, del Juez único que su soberbia vencida aceptaba, mostrándole su corazón herido, diciéndole en aquel letrero que tenía por debajo: Venite ad me omnes. Un crujido misterioso lastimó entonces su pecho, y repitió muy quedo:
-Omnes!... ¡Todos, todos!...
Habíase mientras tanto rezado el rosario, y un jesuita subía en aquel momento al púlpito, para exponer la meditación que correspondía, según el orden establecido en los Ejercicios de san Ignacio. Era sobre el Juicio Final, y dividióla en tres partes: la confusión de los hipócritas al ver patentes sus pecados ocultos; la suprema vergüenza de los escandalosos al ver objeto de la execración universal los pecados públicos de que habían hecho gala, y la justificación de la Providencia, la manifestación clara de los misteriosos caminos ordenados por Dios para bien siempre del hombre; la sapientísima urdimbre, puesta al descubierto, de grandes hechos y pequeños acontecimientos, de penas y alegrías, derrotas y triunfos, llamamientos y amenazas, premios y castigos, que han de probar en la vida de cada criatura, mirada de frente a la luz de aquel tremendo día, la paternal providencia de Dios para cada hombre, la conjunción perfecta sobre cada uno de ellos de sus dos atributos, el más temible y el más deseable: la misericordia y la justicia.
El jesuita hablaba llanamente, expresando con sencilla claridad aquellas tremendas verdades y trazando a veces pavorosos cuadros que herían la imaginación, estremecían los corazones y preparaban los ánimos para el eco futuro de aquellas temerosas palabras: Ossa arida, audite verbum Domini!... Reinaba un hondo silencio, muy semejante al silencio del pavor; y el jesuita, torciendo un poco el rumbo a sus palabras, dejó ver de repente la bondad infinita de Dios, la más consoladora de todas sus grandezas, su inmensa misericordia, brindando siempre al pecador con su perdón tan sin límites y tan amplio, que desaparecen en él, cual si fueran átomos, los más enormes pecados.
-Imaginaos -dijo- un hombre llegado al último extremo del crimen; cargadle a vuestro pensamiento con todas las acciones afrentosas que fuera posible imaginar; vedle dormir tranquilo en medio de su vergüenza, como si se viera al abrigo de la muerte, como si no tuviera ya remordimientos ni tuviera conciencia... Mas un día, lo mismo que en el sueño de Nabucodonosor una piedra desprendida de la montaña hizo pedazos al coloso con pies de barro, así también un átomo arrancado a la misericordia de Dios por los ruegos de algún justo derribará sin causa alguna aparente ese coloso del mal y formará en sus entrañas desesperadas una lágrima, que subirá hasta el corazón y pasará por los caminos que Dios ha hecho para llegar a sus ojos marchitos, y brotará por ellos, y rodará al fin por sus mejillas... ¡Esa lágrima le ha revelado la verdad y conquistado el perdón y devuelto la paz!...
Y como si aquella lágrima bendita, alcanzada por la oración de un justo, se formase en aquel momento en algunas entrañas y subiese hasta un corazón y brotase por unos ojos, con explosión de dolor formidable, rompió el hondo silencio un sollozo que resonó por todos los ámbitos de la capilla, haciendo al jesuita enmudecer un instante, y mirarse pálidas y sobrecogidas a cuantas vieron a la condesa de Albornoz desplomarse sobre el reclinatorio, aniquilada como el grano de mijo que machaca la piedra de molino, mordiéndose las manos para contener, como con esfuerzo sobrehumano contuvo, los gritos, los sollozos, los alaridos de dolor que parecían hervirle en el pecho, sin llegar a reventarle por los labios.
Terminó el sermón, y siguióse luego, y terminó también aquel canto suavísimo, patético grito del pecador arrepentido: ¡Perdón, oh Dios mío! Y la numerosa concurrencia desfiló por delante de Currita, sin que levantase ella la cabeza ni hiciera un movimiento, como si la vergüenza de su vida entera la tuviese allí sujeta, clavada, ante las miradas curiosas, compasivas y aun burlonas de sus antiguas rivales.
Quedó la capilla solitaria, y una religiosa lega, que se deslizaba como una sombra, apagó las luces una a una, sin que la condesa de Albornoz se moviese de su sitio ni diese muestras de vida. Unos brazos la rodearon al fin en aquella soledad de que sólo Dios era testigo, y una voz muy conmovida le dijo muy bajo:
-Curra, hija mía... Abajo tengo mi coche... ¿Quieres que te lleve?...
Ella levantó la cabeza y fijó en la que así hablaba una mirada hosca, medrosa, que no parecía tener conciencia de la realidad y reflejaba como en dos vidrios profundos todos los asombros y todas las agonías... Reconoció al fin a la marquesa de Villasis, y el rostro de la pecadora, rojo de vergüenza por primera vez en su vida, ocultóse en el casto pecho de la mujer fuerte, balbuceando entre sollozos:
-¡Sí, sí!... Adonde no me vea nadie... A Chamartín con mi hija...
La niña no se sorprendió al verla... Había ofrecido aquella tarde, por aviso del padre Cifuentes, el sacrificio de su vida, y esperaba confiada y serena, como esperan las lágrimas del pecador los ángeles de la guarda...
Se ha dicho que más cavila un pobre que cien abogados, y hay quien cavila más que cien pobres y cien abogados juntos: cualquier muchacho haragán que se ve con un libro delante, clavado en un banco. En este caso se hallaba aquel día, en el estudio del colegio de Guichon, Alfonsito Téllez-Ponce, alias Tapón, piel del diablo, corazón de ángel, enredador como él solo, ídolo y tentación perpetua de sus compañeros, encanto y purgatorio eterno de sus maestros.
Sus propósitos no podían, sin embargo, ser aquella mañana mejores, ni sus intenciones más rectas: celebrábase al día siguiente el santo del padre rector con una jira de campo famosísima, allá en la playa de Biarritz, y el mísero Tapón, condenado por tres o cuatro sentencias a recluimiento perpetuo, proponíase, con un día entero de observancia completa, alcanzar el indulto general de sus condenas y el sobreseimiento de las diez o doce causas que, por diversos atentados, conatos e infracciones de la ley, se le seguían ante el tribunal del padre prefecto.
Levantóse, pues, de un salto al primer toque de la campana, lavóse sin derramar una gota de agua, y sin otro percance que el meter un pie en el orinal y hacerlo añicos, sin intención deliberada, por supuesto, púsose en formación muy derechito, entró en la capilla y oyó misa lo mismo que un san Luis Gonzaga.
Bueno iba aquello; mas al salir del sagrado recinto, diole un brinco el diablo en el cuerpo, y sin poderlo remediar tiró al compañero que marchaba delante en las ordenadas filas del pañal de la camisa, que impúdicamente le asomaba por debajo de la blusa. En la sala de estudio rezó el Actiones nostras con devoción suma, sacudió un papirotazo a su vecino de la derecha, arrastrado por la fuerza de la costumbre, tiró al suelo los libros del de la izquierda, por una necesidad casi de su temperamento, y abrió la tapa de su cajón con mucha formalidad.
Iba a ponerse a estudiar, y no de cualquier manera ni cualquier cosa; sus estudios de retórica habían ya terminado el año último, y acababa de asistir a la toma de Troya y a la fundación de Roma; había bebido con Horacio en las cascadas del Tíber, admirado a las abejas con Virgilio, salvado a la República con Cicerón y alborotado en las plazas de Grecia con Demóstenes. Tocábale aquel año dedicarse a la sublime ciencia del cálculo, y había obtenido ya, por orden de su profesor, la medida del campanario del pueblo, con un error aproximado de dos kilómetros; aquel día proponíase nada menos que determinar el radio de una esfera, y sacó con toda diligencia el libro de texto, la caja de compases y el blanco papel inmaculado en que había de desarrollarse el importante cálculo.
El padre Bonnet, inspector en el estudio, mirábale desde lo alto de la tribuna, asombrado de tanta laboriosidad, creyendo tener ante los ojos la conversión de san Agustín o el trueque de Saulo en Pablo.
Con un rápido movimiento del compás trazó Tapón una esfera limpia y correcta, con la luna en su plenilunio. ¡Magnífico!... Redonda era como el mundo... Parecía una carita... ¡Justo!..., una carita... Igual, idéntica a la de madame Dous, la tendera que vendía pelotas en los portales de Bayona. ¡Qué casualidad!... Tapón marcó con mucha habilidad dos puntos para tomar los radios con que había de trazar dos arcos que se cortasen, y se afirmó en su creencia... Aquellos dos puntitos parecían, sin duda alguna, los ojos de madame Dous, redondos, pequeños, abiertos como con un punzón... El parecido era exacto: tan sólo le faltaba el moñito en lo alto de la cabeza, y para que nada le faltase, pintó Tapón a la esfera un moñito en la parte superior; dibujóle luego unas narices en el punto en que debieron encontrarse los dos malogrados arcos, púsole por debajo una boca bigotuda, añadióle después dos orejas con pendientes, y en menos de un cuarto de hora encontró la cara de madame Dous, en vez de encontrar el radio de la esfera.
Satisfecho de su hallazgo, mostrólo a sus dos vecinos; una mano aleve avanzó entonces por detrás y arrancóle de las suyas la obra maestra. ¡Santo Dios!... Volvióse Tapón asustado y encontróse frente a frente con el padre Bonnet. ¡Bonita ocasión para presentarle su petición de indulto!...
-¿Así prepara usted la clase, señor de... Tapón? -dijo el ministro de la justicia con voz formidable.
Y el señor de Tapón, sobrecogido, pero con mucha dignidad, aseguró, puesta la mano sobre el pecho, que había sido una distracción, que lo había hecho sin poderlo remediar...
-Pues sin poderlo remediar se quedará usted hoy sin postres..., y mañana, por supuesto, sin campo...
Tapón se echó a llorar acongojado, empujó por la izquierda el libro de texto, alejó de sí por la derecha la caja de compases, y apoyando la cabeza en ambas manos, quedóse absorto, a través de sus lágrimas, en la contemplación del tintero de peltre que tenía delante. Una mosca paseaba por sus bordes, alargando de cuando en cuando la sutil trompilla, haciendo vibrar, al cruzarlas con las patas traseras, las pardas y transparentes alas. Parecía la mosca meditabunda, y ocurriósele a Tapón cazarla, para alivio de sus penas; mojóse con saliva los extremos del pulgar y el índice, y alargó la mano suavemente: la incauta mosca saltó del tintero a la mano traicionera, dio una carrerita y acercóse al fatal lazo. Tapón apretó entonces los dedos y pillóla por las patas... La mosca protestaba muy indignada, batiendo las alas con cierto zumbido lastimoso.
| Presa en estrecho lazo | |||
| La codorniz sencilla | |||
| Daba quejas al viento, | |||
| Ya tarde arrepentida. |
Tapón, inexorable, resolvió convertirla en ministro de sus venganzas; cogió un fino papel de seda, escribió en él: «¡Muera el padre Bonnet!», y retorciéndole muy bien una puntita, clavólo por detrás a la prisionera. Abrió luego la mano y la mosca echó a volar, arrastrando la larga cola, a modo de ave del paraíso.
El gozo de Tapón fue imponderable: había realizado la teoría de las palomas mensajeras. Puso manos a la obra, y en menos de diez minutos revoloteaban por el estudio más de una docena de moscas, llevando de una a otra parte el grito subversivo de «¡Muera el padre Bonnet!». La sedición prendió al punto por el amplio recinto, encontrando por todas partes imitadores y aun reformistas; uno puso en rojos papelitos «¡Viva la libertad!», otro se adelantó a poner «¡Abajo los jesuitas!», y un tercero, hijo de un emigrado, destrozó una caja de bombones para estampar en ligero papel azul el grito retrógrado de «¡Viva Carlos VII!»...
Aquello fue una manifestación general de simpatías personales e ideales políticos, y no hubo uno solo entre aquellos hombres de estado, capaces de regir el país de Liliput, que no manifestase sus opiniones por medio de las nuevas palomas mensajeras. Tan sólo Paco Luján, inclinado sobre su pupitre, aunque sin ocuparse mucho del libro que tenía delante, limitábase a seguir a veces con la vista el vuelo de las palomas mensajeras, sonriendo benévolamente, pero sin tomar parte en el clandestino entretenimiento. A su espalda, un muchacho mayorcito, de frente estrecha, tipo malayo y rastrera expresión de envidia, que había tenido con él varias reyertas y sufrido más de una vez el empuje de sus poderosos puños, escribía con mucho disimulo en un trozo de papel de fumar un largo letrero; púsolo después, según el sistema Tapón, a una mosca muy gorda, y mirando antes a todas partes con recelo, arrojóla a hurtadillas por encima de la cabeza de Paco; mantúvose la mosca un momento en el aire, y arrastrada por el peso del espurio rabo, posóse al fin en la espalda del chico que tenía Luján delante. Rióse este al verla, y extendiendo la mano prontamente, cogióla por el papel; la mosca echó a volar dejando su molesto apéndice en manos del niño, y la pobre criatura, alborozada con la presa, púsose a leer el contenido de la misiva... Mas su gozo desapareció de repente, tornándose lívido al descifrarla, dando una media vuelta en el asiento cual si le hubiesen aplicado un hierro candente, fijando una mirada de odio feroz, de rabia pronta a desbordarse en el inofensivo Tapón, que muy alborozado, lanzaba al aire en aquel momento su decimosexto clamor de «¡Muera el padre Bonnet!». A espaldas de ambos seguía el malayo con maligna curiosidad aquella muda escena, que tenía a la vez mucho de infantil y de terrible.
Paco Luján volvió lentamente la cabeza hasta esconderla entre ambas manos como anonadado; clavóse en ella los agarrotados dedos temblando de rabia, y dos lágrimas, dos lágrimas de esas que rara vez se derraman a los quince años, brotaron de sus ojos y surcaron sus mejillas; la ira las secó al punto, como seca una gota de agua el simúm del desierto... Había leído en aquel papel una grosera chocarrería en que se mezclaban el nombre de su madre y encubiertamente el de Jacobo, firmada por el hijo de aquel hombre odiado, el mismo Alfonsito Téllez, el inofensivo Tapón, el diablillo de olor de rosa como le llamaba el rector del colegio, para expresar al mismo tiempo su sencillez de ángel y su travesura de diablo. ¡Qué golpe aquel tan inesperado y tan horrendo!
El niño, avezado a callar por el largo y silencioso sufrir de su corta vida, calló una vez más devorando su rencor y sus lágrimas, y una hora después, cuando la campana llamaba a los alumnos a clase, Paco Luján no dio señales de haberla oído y siguió clavado en el banco, con la cabeza entre las manos, sin más muestras de vida que los frecuentes estremecimientos nerviosos que recorrían todo su cuerpo. Creyóle dormido el padre Bonnet y separóle las manos del rostro: vio entonces su frente arrebatada, sus ojos brillantes extraviados, y palpó sus manos ardorosas.
-¿Qué es eso, hijo?... ¿Estás malo?... ¿Tienes calentura?...
-No..., no..., no tengo nada -replicó el niño con forzada sonrisa.
Y arrancándose bruscamente de las manos del padre, echó a correr hacia la clase.
Jamás hubo despertar tan alegre como el que tuvieron al otro día los colegiales de Guichon; tenía aquello algo del despertar de los pájaros cuando en una mañana de mayo se lanzan del nido, al primer rayo de la aurora, y estalla su alegría, ruidosa, alborotada, comunicativa, derramándose por entre el follaje de los árboles como una cascada de alegres trinos, que llega hasta el fondo del alma y la conmueve, la arrastra y despierta en ella paz, gozo, consuelo y plácida gratitud hacia Dios. La alegre charanga del colegio sustituyó aquel día a las severas campanadas que arrancaban de ordinario a los alumnos de la profunda quietud del sueño de la infancia, para arrojarlos en los pequeños azares, inmensos para ellos, de la vida de estudiantes; cien vivas atronadores al padre rector se unieron al punto a los acordes de la música, y la alegría desbordada, la vida bulliciosa que rebosaba en aquellos cuerpecitos, inundó de repente dormitorios, pasillos y el colegio entero, yendo a estrellarse a las puertas de la capilla por una de esas rápidas mutaciones, increíbles en los niños, que prueban el poder inmenso de la disciplina y la fuerza irresistible que en toda multitud ejerce la autoridad que sabe hacerse amar y respetar. Reinó allí un silencio profundo, oyóse misa con devota compostura y tomóse luego un pareo desayuno; hubo entonces un momento de expectación general, de angustiosa perplejidad...
Apareció el padre prefecto, el temido ejecutor de las solemnes justicias, y mandó salir de las filas a Tapón y a otros seis sentenciados. Pintóse la consternación en todas las caritas, y mientras pálidos y constrictos se alineaban los reos a la izquierda, notóse en la multitud ese desasosiego que precede siempre en ellas a las resoluciones heroicas o desesperadas. Un chiquillo regordete salió al cabo de las filas, colorado como un tomate, y acercándose al padre rector, que en aquel momento llegaba, díjole con heroica magnanimidad:
-Que vayan al campo esos... Yo me quedo; sí, señor, yo me quedo por ellos.
Una exclamación de entusiasmo acogió la abnegación del héroe, y el rector, extendiendo la mano con ademán imponente, dijo muy grave:
-Usted, señor abogado de causas perdidas, se irá al campo ahora mismo... y esos siete señores se quitarán al momento de mi vista...
Aquí tornó el rector a alzar la mano, como si fuese a descargar el rayo vengador de la justicia, y concluyó con tremenda severidad:
-... yéndose al campo también.
La severidad del rector se deshizo entonces en una alegre carcajada, y una gritería inmensa acogió la proclamación del indulto, mientras las gorras subían por lo alto en alas del entusiasmo, y los reos perdonados y el intercesor generoso eran llevados en triunfo con cariñosa fraternidad.
Pusiéronse todos en marcha, a través de aquellos campos floridos, aquellas verdes praderas, bosques espesos y preciosas casitas rodeadas de jardines, que adornan todo el camino desde Guichon hasta el mar. Extendíase este por detrás de Biarritz, estrellándose contra las rocas con furor inmenso, amenazador e imponente, bajo aquel límpido azul y con aquel sosegado tiempo, como un gesto de terrible cólera en el rostro de una serena divinidad.
Más allá de la playa de los vascos, en una alta y escondida explanada que forman las rocas no lejos de cierta villa deliciosa, hizo alto la alegre turba, dispuesta a sentar allí sus reales para comer y sestear. La comida era sustanciosa y el apetito excelente, y sentados en el suelo en grupos de diez o doce, comenzaron los chicos aquel festín delicioso, a que las brisas del mar prestaban su frescura, los rayos del sol sus resplandores y la alegría de la infancia su graciosa locuacidad. Los inspectores les vigilaban yendo de un lado a otro, tomando parte en sus conversaciones, fomentando sus bromas y sus risas, y evitando con su presencia los excesos, sin disminuir con ella la alegría y la expansión. En una de sus rondas tropezóse el padre Bonnet con Paco Luján, sentado a la turca en uno de los grupos más numerosos; parecióle el niño preocupado y taciturno, y observó ante él su plato vacío, y puesta sobre la servilleta su parte de pan intacta. Uno de sus compañeros denunciólo al punto, gritando:
-Padre... Luján no come...
Volvióse él rápidamente, y con forzada jovialidad contestó:
-¿Que no como?... ¡Vaya si como!... ¡Mira!...
Y bebióse de un trago, sin resollar siquiera, un vaso lleno de vino hasta los bordes; mostróse desde entonces alegre, hablador y chancero, y levantándose de repente, comenzó a dar vueltas de un lado a otro, como si buscase algo. Había ya terminado la comida, llegaba a lo sumo la alegría, y los chiquillos, dispersos por todos los lados, comenzaban a organizar diversas partidas de juego; en lo alto de una roca, montado a caballo sobre uno de sus salientes, hallábase Tapón muy afanado, en mangas de camisa, armando con una caña abandonada y un largo bramante un aparato de pesca. Acercósele Luján por detrás, y poniéndole una mano sobre el hombro, díjole con voz extraña:
-¡Tapón... ven acá!...
Levantó este los ojos, y a la vista de aquel pálido rostro y aquel torvo ceño, inmutóse mucho; soltó al punto la caña, tercióse al hombro en silencio la chaqueta y levantóse dócilmente:
-Anda delante -dijo Paco.
Arrancaba de allí un senderito abierto en la misma roca, que entre picos y grandes peñascos llegaba hasta la playa baja que azotaban las olas, y por allí comenzaron a bajar los niños, silenciosos ambos, sorprendido y azorado Alfonso, pálido el otro y torva la mirada, arrastrados los dos, sin saberlo, por la desventura más digna de lástima que existe en la tierra: la que acarrean al inocente los delitos del culpado.
Cuando llegaron a lo más hondo de la playa, donde los peñascos se erguían solitarios, y el ruido del mar ensordecía y espantaba, y ya no se escuchaba la algazara de los niños ni se descubría rastro alguno de hombres, volvióse Tapón lleno de zozobra y miró a su compañero tímidamente; mas este, empujándole hacia adelante, le dijo:
-¡Anda!... ¿Tienes miedo?...
Terminaba el senderito que seguían en una reducida explanada, rodeada por todas partes de rocas, que la pleamar cubría por completo y salpicaban entonces las olas con blancos espumarajos, dejando al retirarse, en el declive, una pequeña hondonada, una especie de pozo lleno de agua que cubriría a ambos niños hasta la cintura. Pegóse Tapón a la roca más lejana, que le cortaba la salida, volviéndose de nuevo muy pálido y asustado, y con el ansia mortal de la zozobra, con la desfallecida voz del miedo, dijo muy bajo:
-¿Qué quieres?
Y el otro, dando entonces rienda suelta a la rabia que le ahogaba, al rencor contra el padre de aquel inocente, fuera ya de su alcance, que por tantos años había fomentado en el fondo del pecho, con la paciencia con que se afila la hoja de un cuchillo, gritó con voz terrible, sacudiéndole con una mano por un brazo, poniéndole el puño cerrado de la otra junto al rostro mismo:
-¿Qué quiero?... ¡Matarte es lo que quiero!... Romperte el alma... Tirarte al agua; que uno de los dos no vuelva al colegio...
Y sacando el bolsillo el funesto papel arrancado a la mosca el día antes, púsolo ante los ojos de Tapón, dilatados por el espanto, y tornó a gritarle lívido de ira:
-¿Conoces esto?...
El niño fijó un momento los ojos en aquel papel desconocido a que la mano que lo sostenía comunicaba temblores de rabia, y el pudor de su alma inocente tuvo fuerzas para colorear en sus mejillas por un momento la azulada palidez del espanto. Movió la cabecita y cerró los ojos, apartándolos.
-Eso es malo -dijo-, es pecado...
-¿Pecado y tú lo has escrito? -bramó el otro en el paroxismo de la rabia.
Y de una terrible bofetada arrojóle al suelo cuan largo era y lanzóse luego sobre él, dando roncos gritos de furor, vomitando contra el padre y la madre y el niño mismo horrendos insultos, que parecían hincharle la garganta como si no hubiera en ella espacio bastante para arrojarlos, dándole puñadas, pateándole todo el cuerpo, mesándole los cabellos y sacudiéndole la cabeza contra las rocas, hasta que, rendido y jadeante, viose de improviso las manos manchadas de sangre... Entonces dio un paso atrás, pálido y descompuesto, y sucedióle al punto, en un segundo, lo que sucede a todos los corazones generosos cuando pasa en ellos el vértigo horrible de la venganza y ven ya a su víctima indefensa y aniquilada, tendida a sus pies: una gran piedad hacia aquel pobre niño, en quien había querido él, sin conseguirlo del todo, acumular el odio inmenso que profesaba a su padre, invadió su pecho y despertó su razón, y con voz queda, enternecida casi, alargóle su propio pañuelo, diciendo:
-Tapón..., tienes sangre...
El niño procuraba incorporarse exhalando ayes lastimeros, repitiendo siempre con acento de verdad profunda. «¡Yo no he sido!... ¡Yo no he sido!» Y con desgarradora expresión de pena, como si le dolieran más en el alma que sus heridas le dolían en el cuerpo los insultos que había oído contra su padre y su madre, repetía lastimeramente:
-Mi padre ha muerto... Yo no lo conocí... Pero mi mamá es una santa, santa... ¿Sabes tú?... ¡Santa!...
Paco Luján sintió que el corazón entero se le derretía en lágrimas, y acudió a sostener al niño, que parecía próximo a desfallecer; tenía una herida en la frente y manaba de ella sangre en abundancia, que corría por su rostro y teñía ya su camisa. Ayudóle a levantar, sosteniéndole por debajo de los brazos, y arrastróle suavemente, para lavarle la herida, hacia el pozo que la marea baja dejaba al descubierto, colocado al pie de una roca, en la orilla misma del mar. El niño se dejaba conducir con entera confianza, apoyando la lívida cabecita, blanca cual un jazmín cortado a la mañana, en el hombro de Paco. Notó entonces este que había olvidado el pañuelo allá arriba, en el sitio del combate, y volvió corriendo en su busca; el niño, mientras tanto, desasosegado y sin tino, sintiendo tras aquella conmoción tan ruda la natural congoja del vómito, inclinóse demasiado sobre la roca y cayó rodando hasta el mar... Una ola inmensa que reventaba en aquel momento en la playa asióle con sus mil garras de espuma, y en su tremenda resaca arrebatólo hacia dentro.
Luján lanzó un alarido horrible, incomprensible en el aparato eufónico de un niño, y se quedó con el pelo erizado y los brazos rígidos y extendidos hacia aquella ola inmensa que barría del mundo a un inocente, cumpliendo una tremenda justicia de Dios.
Su estupor horrendo duró sólo un minuto... Sabía él nadar... y lo sacaría, sí, lo sacaría, aunque tuviera que bajar a lo profundo, aunque tuviera que hacerse trizas la cabeza contra los escollos del fondo, y luchar allí a brazo partido con el terror y la muerte... Y se arrancaba las ropas, y las tiraba a su paso, y trepaba por las peñas lanzando gritos, dejando en ellas, sin sentirlo, pedazos de la piel de sus piernas desnudas, de su pecho jadeante y comprimido por la espantosa presión del horror...
Llegó a la roca más alta, la más saliente e inclinada hacia el abismo, y agarrado a la punta, rasgándose el pecho contra las asperezas de la peña, tendió los ojos fuera de las órbitas por aquella extensión inmensa, buscando una señal, un punto negro, un ligero estremecimiento en la superficie del agua... i Nada!... ¡Nada más que aquellas olas tan azules y tan bellas a pesar de catástrofe tan horrenda, aquel cielo tan puro y tan radiante a pesar de horror tan profundo!
-¡Jesucristo!... ¡Virgen Santísima!... ¡Que salga, que aparezca!... ¡Madre de los afligidos..., te doy mi vida en cambio!... ¡Si yo no le odio, si le quiero, si le amo..., si amo a su padre mismo!... ¡Señor mío Jesucristo, perdón.., me pesa!... Si él era bueno..., la mala era mi madre..., ella..., ella...
Se levantó rígido, tieso como un muerto, pareciendo que se alargaba su estatura hasta crecer la mitad... Allí..., allí..., allá lejos, a veinte brazas de aquella roca se agitaba el agua un poco, se formaba un remolino, aparecía un punto negro... Sí, sí, no había duda... ¡Jesucristo!... ¡Una manita crispada que se alza pidiendo socorro!...
Y como una exhalación describió un arco en el aire y se hundió en el mar la otra víctima, lanzando un grito de piedad que halló su memoria en lo más profundo de los recuerdos de su infancia y puso la Reina de los ángeles en sus labios, como una prenda de perdón, en aquella hora suprema:
¡Virgen del Recuerdo dolorida!
¿Te acordarás de mí?
Viósele nadar veinte brazas con la enérgica desesperación de la agonía, hundirse una vez, aparecer otra, tornar otra vez a hundirse; salir a flote de nuevo, no una, sino dos cabecitas, pegadas, juntas, rubia la una, negra la otra, y sumergirse otra vez las dos formando un ligero vórtice, unas suaves espumas, borrosas, imperceptibles, en aquel mar inmenso, ¡limitado, roto tan sólo en el lejano horizonte por una velita blanca que se divisaba a lo lejos...
Al día siguiente, unos pescadores de Guetary encontraron atravesados en una roca los cadáveres de los niños, abrazados estrechamente aun después de la muerte... En las ansias y rudo combate de aquella agonía tremenda, el escapulario de uno había pasado también al cuello del otro, y descansaba, como una contraseña del cielo, sobre los pechos de ambos.
Jamás se supo a cuál había pertenecido en vida la santa enseña: era el escapulario de la Virgen del Recuerdo...
La campana del santuario de Loyola había tocado ya el último toque de misa y el hermano portero luchaba a brazo partido, en la misma puerta, con una de esas beatas pegajosas, ávidas siempre de santa curiosidad, propaladoras incansables de nuevas místicas, que creen asegurar el triunfo de la Iglesia y la extirpación de las herejías propagando entre fieles e infieles que el padre A estornudó dos veces seguidas, o que al padre B se le descosió la borlita del solideo.
Una señora enlutada salió entonces de la vecina hospedería, atravesó lentamente el prado y subió las escaleras que llevan al santuario. Era una mujer alta, joven aún, que parecía agobiada por el peso de una de esas inmensas desventuras que inclinan el cuerpo a la tierra, como buscando en ella el consuelo y la paz. El negro crespón que sombreaba su frente, sin ocultarla del todo, dejaba ver unos ojos rojos en que ya no había lágrimas y un rostro marchito, óvalo perfecto en que se veía, por decirlo así, incrustada una conmovedora expresión de dolor eterno.
Al pasar ante el hermano, saludóla este con muestras de gran respeto, y la beata, ansiosa siempre de noticias, preguntóle su nombre.
-La marquesa de Sabadell -contestó el hermano.
La beata dejó escapar una exclamación de asombro, y con cierta compasiva admiración siguió a la dama con la vista, hasta verla desaparecer por la gótica puerta del antiguo solar de Loyola.
Un cochecillo desvencijado, tirado por dos flacos rocines del país, entró al mismo tiempo por el puente de Catalangua, atravesó velozmente el prado y vino a detenerse al pie de la escalinata. Apeóse otra señora, también enlutada, muy flaca, muy pequeñita, ocultando, como la otra, entre los negros crespones un rostro consumido y lleno de pecas y unos cabellos rojos mezclados de blanco. Nadie la conocía en el país: habíase establecido aquel verano en un caserío muy bien acondicionado, cerca de los baños de San Juan, y veíasela a menudo desde el camino pasear por la huerta acompañando a un caballero muy gordo, al parecer idiota, que lanzaba gritos extraños y tristes risotadas, y no se movía de un carrito de que tiraba a veces un borriquillo pequeño, otras un criado, algunas, con bastante frecuencia, la misma señora. Los caseros de las cercanías llamábanla Gorriya, esto es, «la roja».
Al hermano portero no le era, sin embargo, desconocida la dama, y saludóla también a su paso con mucha atención y deferencia. La beata, con redoblada curiosidad, tornó a preguntar asimismo el nombre de esta.
-La condesa de Albornoz -replicó secamente el portero.
Penetró esta también en la santa casa y subió al famoso santuario, lleno en aquel momento de fieles de todas clases, mezclados y confudidos el señor y el labriego, la dama y la casera, con ese aire de confianza, esa perfecta igualdad que muchos pregonan y sólo se comprende y se practica en el santo templo de Dios. La Albornoz pasó rozando con su traje el traje de su infeliz prima y fue a arrodillarse, sin reparar en ella, a cuatro pasos de distancia.
No sucedió lo mismo a la marquesa de Sabadell: viola muy bien esta, la conoció al punto, y el temblor de sus manos, el gesto espontáneo de horror con que apartó la vista, el ansia cruel con que se levantó su pecho, sin que pudieran exprimir sus vaivenes una sola lágrima, como si se hubiese agotado ya en aquel corazón el manantial de ellas, revelaron claramente la impresión horrible que le hacía la presencia de aquella mujer funesta, que encontraba por primera vez después de tantas desgracias.
Comenzó la misa ante la imagen de san Ignacio, del lado de allá de la reja; la de Albornoz, flaca y macilenta, paseó a poco la vista por todas partes, buscando algún sitio en que sentarse, y no hallándolo, hízolo humildemente en el suelo, sobre las frías losas; un anciano, pobre mendigo de Azpeitia, levantóse al punto del extremo de un banco y quiso cederle su puesto; mas ella, agradeciéndoselo con cariñosa sonrisa, no aceptó.
Llegó al fin la hora de la comunión; el sacerdote abrió el tabernáculo, volvióse al pueblo y bendijo a pobres y ricos, grandes y pequeños, inocentes y arrepentidos, verdugos y víctimas... Todas las cabezas se inclinaron, dobláronse todas las rodillas en el más profundo silencio...
-Ecce Agnus Dei; ecce qui tollit peccata mundi!...
Varios hombres y mujeres se adelantaron y fueron a arrodillarse ante el comulgatorio; entre ellos iban la marquesa de Sabadell y la condesa de Albornoz, las dos rivales, el verdugo y la víctima, la mujer inocente y la cínica escandalosa.
Pasó largo rato; terminóse aquella misa y salió después otra, y poco a poco fueron desapareciendo los fieles, quedando al fin sola la Albornoz, arrodillada delante, sin poderse sostener apenas, caída la cabeza, cruzadas las manos, imagen viva de la humildad aniquilada ante la misericordia. Detrás estaba la marquesa de Sabadell, arrodillada a larga distancia, sintiendo por primera vez, después de la muerte de su hijo, el consuelo inefable de las lágrimas.
De repente hizo Currita un penoso esfuerzo para levantarse, y la otra se levantó también prontamente, y salió de la capilla, deteniéndose al lado de allá de la puerta, junto a la pila del agua bendita... Allí la encontró la Albornoz, y dio un paso atrás al verla, pálida cual un espectro.
Mas ella, dando otro paso adelante, hizo un solo movimiento, una mera pequeñez, de esas que asombran a los hombres y regocijan a los ángeles: metió la mano en la pila del agua bendita y se la ofreció con la punta de los dedos...