Pipiolos y pelucones
Tradiciones de ahora cuarenta años
Primer tomo
Daniel Barros Grez

[Indicaciones de paginación en nota.1 ]
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| S. SANFUENTES. (El Campanario.) | ||
Era en los primeros días del mes de Abril de 1829, y a la hora en que allá en lo antiguo tenía costumbre nuestra capital de levantarse de la cama, es decir, la hora de asomar el sol sobre la nevada cresta de los Andes; porque es cosa averiguada, que nuestros padres madrugaban mucho más que nosotros. Santiago comenzaba, pues, a desperezarse: abríanse de par en par los zaguanes de las casas; y por las anchas puertas coronadas de sendos escudos hechos pedazos por la revolución, se veía salir a las viejas y desgreñadas cocineras con el canasto de la recova al brazo, el pañuelo de algodón y en la cabeza; un zapato y medio, y a veces dos medios zapatos en los pies, y envueltas en el clásico rebozo de lana.
-14-Bien echará de ver el sagaz lector que, atendida la hora, y en vista de los susodichos canastos, todas aquellas cocineras se encaminaban hacia la Recova con el fin de comprar las provisiones diarias para la casa. Pocas de estas mujeres iban solas, y la mayor parte marchaban seguidas del dueño de casa, quien quería siempre elegir por sus propias manos la mejor carne para el puchero, la más gorda gallina para la cazuela, y el charqui más bien preparado para el charquicán o el caldiviano.Y mientras caminaban tras de sus fámulas, limpiándose los ojos y concluyendo entre bostezo y bostezo las oraciones de la mañana, solían algunos ver con verdadero sentimiento, que otros habían madrugado más y ganádoles el quien vive; pues ya venían de vuelta con sus canastos llenos de todo lo que Dios crió.
A medida que el sol se elevaba sobre el horizonte, íbase animando más la escena con las gentes de a caballo que trotaban por las calles al son de sus inmensas espuelas. Eran de ver los sombreros guarapones de proverbial anchura, los chamantos curiosamente laboreados, las gruesas monturas llenas de adornos de plata, y los fabulosos estribos, para cuya construcción se necesitaba, según es fama, de un buen tronco de sauce. Aumentábase poco a poco el ruido matinal con los silbos y gritos de las parvadas de muchachos que iban a la escuela, con los desentonados cantos de los vendedores ambulantes, los agudos chillidos de las carretas, los cacareos de las gallinas, los ladridos de los perros, y los rebuznos con que, hasta los asnos saludaban al astro del día, después de haber pasado la noche entretenidos en pasearse (a falta de otra localidad más abundante) en el pedregal del Mapocho, o bien, en aquellos lugares de lodo y de basura que hoy con justo título se llama Paseo de las Delicias. ¡Cuánto no han cambiado las cosas desde aquel entonces hasta la fecha!
Ajeno al parecer a cuanto le rodeaba, y puesto el pensamiento en una idea fija, bajaba por la calle de la Compañía, un joven militar, cuyo uniforme mostraba pertenecer a uno de nuestros cuerpos de infantería de línea.
Era éste, mozo como de veintidós años de edad; de rostro pálido simpático, ojos, barba y cabellos negros; de cuerpo alto, bien formado, y de andar airoso, y un si es no es resuelto. Esta misma cualidad se manifestaba en la mirada varonil de sus ojos negros, prontos a airarse; pero, que en su estado normal revelaban un espíritu tranquilo. Cierto tinte melancólico de que estaba -15- impregnado su semblante revelaba que su alma no era extraña al dolor y su tez tostada, manifestaba que había sufrido los rigores de la intemperie, y que no llevaba por simple y puro adorno, la espada que colgaba de su cintura.
Poco antes de llegar a la calle del Peumo, se paró enfrente de una casa de modesta apariencia, y después de interrogar con sus miradas a todas las ventanas de aquella casa, que permanecieron cerradas sin contestarle ni con el más ligero temblor de sus hojas verdes, siguió su camino, no sin volver la vista hacia atrás dos o tres veces. Cualquier observador habría echado bien de ver que el joven militar esperaba algo de aquellas porfiadas ventanas que no querían abrirse, pues, apenas se hubo separado una cuadra de la casa, cuando cambió de frente y empezó a subir por la calle, volviendo a pararse en el mismo punto en donde hizo alto la primera vez. Entonces vio que las verdes hojas de una de las ventanas temblaron sobre sus alcayatas y se entreabrieron.
El oficial fue todo ojos, pero nada vio, porque las puertas volvieron a cerrarse prontamente detrás de sus gruesas y tupidas rejas de fierro.
Casi al mismo tiempo sintió que lo abrazaban por detrás cubriéndole los ojos con las manos, mientras que una voz chillona y contrahecha le preguntaba:
-¿Quién soy? ¡Adivina, Anselmito!
-¡Un animal! -contestó enérgicamente el joven, sumamente contrariado y dándose vuelta hacia su original interlocutor.
Era éste un hombrecito chico, rechoncho, colorado, ñato, ojos grises vivos, pequeños y penetrantes, y labios gruesos y entreabiertos que dejaban ver dos filas de dientes blanquísimos. De fisonomía alegre y semiburlona, hacía notar en sus ligeros movimientos no sé qué mezcla de malignidad y truhanería. Venía vestido de pantalón ancho que le caía sobre unos zapatos muy puntiagudos, chaqueta de paño azul con alamares, un pañuelo a cuadros en torno del cuello, capote de barragán y sombrero de paja. Cuando hubo oído la contestación de Anselmo, soltó una estrepitosa carcajada y le preguntó sin dejar de reír:
-¿Conque no me conociste, hombre de Dios? ¡Ja, ja, ja!
-Al contrario -le contestó Anselmo con marcado mal humor-: mi contestación es una prueba de que te conocí.
-¡Ja, ja, ja! ¿Conque me conociste, eh?
-Al momento de verme tomado de ese modo por la espalda, -16- pensé que no podía ser otro que Catalino Gacetilla, y por esto fue que te contesté: un animal.
-¡Ja, ja, ja! Vivo de genio como siempre. Pero dos amigos no deben reñir por tan poco. ¡Yo soy así...! Me gusta la broma sobre todo con los amigos a quienes aprecio; ya me conoces... Y ¿qué hacías aquí parado?
-¿Yo? Nada, hombre; andaba paseándome.
-¿Andabas paseando la leche, sin duda? -dijo malignamente don Catalino...- Buena manera de pasear tienes, quedándote plantado como una estaca delante de la casa de don Marcelino.
-Hasta luego, Catalino -le interrumpió Anselmo, tendiendo la mano a su importuno amigo y dando muestras de querer marcharse prontamente de allí.
-No te vayas, hombre. Platiquemos un ratito -replicó Gacetilla...- Ya que tú no me quieres decir nada, yo te diré la noticia que acabo de saber.
-Estoy muy de prisa: Adiós -díjole el militar yéndose.
-Es una noticia más grande que la casa de Moneda -decía Gacetilla siguiendo a su amigo.
-Bueno, bueno: después me la contarás.
-¡Es noticia del sur, hombre, por todos los santos! Se trata de que las tropas de Prieto...
-¿Qué dices? -preguntó Anselmo prontamente volviéndose hacia Gacetilla.
-¿No te decía que la noticia es mayor que la casa de Moneda y la Catedral juntas?... Yo no me desdigo de lo dicho... -y luego, bajando la voz, dijo con su hablar chillón al oído de Anselmo:
-¡Se habla de revolución en los lados del sur!
Quiso Anselmo seguir la conversación; pero cambiando evidentemente de parecer, dijo a don Catalino:
-Por ahora no podemos hablar... Ya ves: estamos aquí en la calle... Espérame dentro de dos horas en el Café de la Nación: allí almorzaremos juntos y hablaremos...
-¿Sin falta?
-Sin falta.
-Pues, hasta luego.
-Hasta luego.
Dicho esto, Anselmo torció por la calle de Teatinos hacia la Alameda, mientras que don Catalino se quedó allí diciéndose entre dientes: ¿En qué pasos andará el militarcito? ¿Qué haría aquí enfrente -17- de la casa de don Marcelino de Rojas?... ¿Si andará tras de la niña?... Pues a fe de Catalino Gacetilla, quiero que me corten una oreja si no lo sé antes de que cierre la noche.
Después de formulado este juramento, que encerraba un propósito, echó a andar con sus cortos y agitados pasos hacia la plaza.
Anselmo apenas hubo andado dos cuadras, dobló sobre su derecha, y haciendo un rodeo, volvió al mismo punto del anterior encuentro.
Afortunadamente la calle estaba sola, y con sus ojos de enamorado pudo ver que la ventana había vuelto a entreabrirse. Al pasar por enfrente de ella, vio caer a sus pies un papelito doblado, arrojado a calle por una mano tan delicada, que habría hecho adivinar a cualquier hijo de vecino la belleza del rostro oculto tras de la cortina de la ventana.
En cuanto a Anselmo, no tenía necesidad de ser adivino para saber de qué Deidad le había caído aquella merced. Caer el papel, y tomarlo el joven fue todo uno; pero no se vio más, porque la ventana volvió discretamente a cerrarse, y aunque le vinieron sin duda, al militar, grandes tentaciones de dirigir la palabra a la niña, (cuya debía ser aquella mano) no tuvo más que conformarse; y haciendo de necesidad virtud, se alejó de la casa a largos pasos y se encaminó hacia la plaza de Armas.
No pudiendo resistir al deseo de ver el billete, sacolo del bolsillo adonde precipitadamente lo había metido, y se puso a leerlo mientras andaba.
Tan embebido iba en su lectura, que al travesar la calle de la Bandera, no vio al curioso Gacetilla que, en dicha calle se había quedado en observación, y que viéndolo pasar con un papel en la mano, hizo un gesto con cierto meneíto de cabeza que significaba bien claro; «¡Ya sé de lo que se trata!»
El billete decía así:
«Mi querido Anselmo:
«Perdóname que te escriba para darte una mala noticia. Tu Lucinda solamente querría decirte cosas capaces de darte contento, pero el cielo lo quiere de otro modo. Te escribo con las lágrimas en los ojos. ¿Qué podrá hacer una pobre mujer sino llorar su cruel desdicha? Nuestra desgracia es cierta, y mi corazón me lo estaba diciendo. ¡Mi tatita se opone a nuestra unión; y para mayor desdicha mía, quiere que dé mi corazón a otro hombre! ¡Cuándo es tuyo! ¡Perdona Anselmo mío! A mi padre: ¡perdónalo por Dios! como yo lo perdono, -18- porque no sabe el dolor que me ha causado. ¡Ah! Si él supiera lo que sufro, estoy segura de que se apiadaría de su hija. El secreto de nuestro amor no cabía en mi pecho, y lo he tenido que comunicar a mi mamita. Ella te estima, Anselmo: ella te acepta por hijo, y desde que me lo ha dicho, la amo más. ¡Yo no creía poder querer más a mi mamita de lo que la quería; pero desde que sé que ella te ama, yo siento en mi corazón que la adoro!
Todavía no conozco el marido que se me destina; pero cualquiera que sea ¿qué podrá valer para mí, comparado contigo que llenas todo mi corazón? ¿Me preguntas si te amo? ¿Si te prefiero a otro? Y ¿cómo puedes tú preguntar esto a tu Lucinda que sólo piensa en ti, que vive muriendo desde que no te ve, y que si no fuera porque tú vives, quisiera morir?
A fuerza de rogar a mi mamita ha consentido en que tendremos una entrevista esta noche a las ocho en esta ventana. Mi corazón me dice que vendrás.
Mi mamita estará conmigo. No puedo escribir más porque mi tatita me llama...»
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«Puede carecer de ideas... pero de palabras, jamás... Su locución es inagotable; causa vértigo... Aquello no es facilidad de hablar, sino dificultad de guardar silencio.» |
| F. VELASCO. | ||
La antigua plaza de Armas, hoy de la Independencia y una de las más bellas de Sudamérica, rodeada de ricos edificios y jardines, veredas e hileras de árboles por entre cuyos follajes se ve saltar los brillantes chorros de los surtidores, no era en la época de nuestra historia, más que un cuadro desprovisto de toda comodidad y adorno, y destinado, al parecer, a las paradas militares, según lo indica aquel nombre, sinónimo de Campo de Marte. No quedan allí de aquel tiempo otros edificios que la Catedral y los del costado norte, en donde se encontraba el palacio del Gobierno, llamado las Cajas, por contenerse dentro de él el tesoro de la nación.
Pero ninguno de estos mencionados edificios tiene tan estrecha relación con nuestra verdadera historia, como el llamado entonces Café de la Nación, situado en el centro del costado oriente de la plaza; es decir, en el lugar que hoy ocupa la entrada del pasaje -20- Mac-Clure. Allí era donde se reunía lo más escogido de la capital, allí era donde se charlaba de riñas de gallos, de política, de carreras, de matrimonios, de proseciones y de cofradías.
Cuando Anselmo, después de haber hecho un gran rodeo para saborear mejor el billete de su amada, llegó a la plaza, daban las nueve y tres cuartos en el reloj de la torre de las Cajas. A esa hora ya los baratillos del portal estaban animadísimos con esa alegre vida del menudo comercio, mientras que mil grupos, diseminados por la plaza, representaban variadas escenas.
Aquí se hacía un contrato de frutos del país; allá conversaban dos jóvenes al través de las rejas de una ventana; más allá; un grupo de bulliciosos muchachos jugaban al tejo o a la rayuela; acá una alegre moza se entretenía en lansar dichos agudos a los conocidos que pasaban por la calle, o en arrojar sobre las veredas cáscaras de fruta para ver resbalarse a los transeúntes: acullá, varios aficionados rodeaban a un chalán que probaba ante todos, el caballo que quería vender; mientras que otros grupos de viejos más pacíficos mataban el tiempo con mayor gravedad, hablando de las últimas carreras o peleas de gallo.
En estos diversos grupos, llamaba especialmente la atención uno situado al frente del cafecito de la Nación y compuesto de diez o doce jóvenes reunidos en torno de un hombre que parecía estar haciendo algún interesante relato, tal era la atención con que todos lo miraban.
Allí fue donde Anselmo dirigió sus pasos, y desde lejos pudo muy bien conocer, que el hombre a quien escuchaban con tan marcado interés, era el mismo don Catalino Gacetilla en persona, cuyos ojitos grises y gruesos labios se animaban extraordinariamente a medida que hablaba. Y hablaba el hombre con ojos, boca, narices, pies, y manos, accionando y gesticulando apasionadamente; pero sin escapársele nada de lo que pasaba entre los demás. En cuanto columbró a Anselmo, hízole sin cesar de hablar, una seña para que se acercara.
-Es la pura verdad, decía don Catalino. La revolución del sur está pintada: lo sé de buena tinta, y me lo han contado con mucho sigilo... Por esto encargo a ustedes que guarden el secreto, pues sería peligroso...
En aquel momento se oyó sonar una campanilla. Era que salía de la Catedral el coche del Santísimo Sacramento. Todos los gritos, conversaciones y cuchicheos cesaron como por encanto, y en un -21- instante se vio la plaza cubierta de la gente arrodillada que resaba un Padrenuestro por el alma del que iban a auxiliar mientras la comitiva del Sacramento pasaba por en medio de todos, arrastrado el coche por dos mulas negras que un caballero de nota conducía de la rienda y acompañado por un cortejo de esclavos de la Cofradía, con sendos faroles en las manos. La guardia de la cárcel le hizo los honores a tambor batiente, y las campanas de la iglesia no cesaron de repicar hasta que la procesión se perdió de vista.
Entonces todo el mundo se puso de pie, y el movimiento y las conversaciones principiaron de nuevo.
-Sería muy peligroso -prosiguió Gacetilla enhebrando su discurso-, esto de que nos oyeran decir que teníamos noticias de tales acontecimientos. Es menester guardar un profundo secreto, porque ya saben ustedes que en boca cerrada... ¿están ustedes?... Anselmo, hijo mío, te estaba esperando para almorzar... Ya tengo pedido un pollito en aceite, con su cebollita, unos huevos pasados por agua; un charquicán frito; un...
-Basta, basta, hombre -le interrumpió Anselmo entrando en el Café mientras se deshacía el grupo de la calle.
-Todo, todo esto será remojado con una botella de mosto de Concepción -decía Gacetilla sobándose las manos de contento-. ¡He trabajado tanto toda la mañana! No he parado, amigo mío...Como ya sabes que tengo entrada en el ministerio; he sabido cosas... cosas... de las cuales no he hablado una palabra, porque las noticias gordas las reservo para los buenos amigos... ¡Mozo! ¡Mozo! ¡Tráenos el almuerzo que te encargué!
Sentados a la mesa, comenzaron a despachar ambos las suculentas raciones que el criado traía. Don Catalino comía sin dejar de hablar, y hablaba sin dejar de comer, cuando parándose de repente del asiento se acercó a una de las ventanas que daba al patio de entrada y exclamó:
-¡Ah señor don Pablo! ¡Tanto bueno por aquí!...Venga acá que tengo hambre de platicar con usted... Aquí estoy con un amigo.
-¡Ya voy! -contestó desde afuera una voz.
-¿No es el italiano Motiloni? -preguntó Anselmo...- Creo que esa es su voz.
-El mismo, contestó don Catalino engullendo uno tras otro los huevos pasados por agua. Lo vi al pasar por enfrente de la ventana, y como este gringo es tan...
-No es gringo sino italiano -le interrumpió el joven riéndose.
-22--Tanto vale lo uno como lo otro. Para mí todos los extranjeros son gringos.
-Pues, como te iba a decir, este don Pablo me gusta por lo sabido y noticioso que es. Bebe, pues, hombre: el mostito está de chuparse los bigotes. Es un pozo de ciencia el hombre; ¡y qué memorión tiene! ¡Sabe como un libro y habla latín como el Papa!... Cierto es que tiene sus puntas de hereje; pero herejía más o menos... a mí me gusta mucho platicar con él.
Anselmo hacía al parecer poco caso de la palabrería de su amigo, quien, según su costumbre, prosiguió hablándoselo todo, sin dejar por ello de mascar.
-Hacía bastante tiempo que yo no lo veía, porque has de saber hombre, que este don Pablo es más raro que un cuartillo de cruz. A veces se pierde sin que nadie sepa dónde ha ido; y ni aun yo mismo he podido averiguar este misterio... Sin embargo, ya sabes que a mí se me escapan pocas... Lo he aguaitado; pero ni por esas he dado en el quid... Este hombre tiene para mí ciertos misterios que... Pero aquí viene... Cállate boquita.
Y como para taparse la boca e impedirse a sí mismo el seguir hablando, don Catalino ahogó las últimas palabras con un vaso de mosto que se bebió de un sorbo.
En aquel momento entraba a la sala don Pablo Motiloni. Era éste un hombre como de cincuenta y cinco años de edad, alto, seco, mirada penetrante, nariz aguileña, labios delgados y frente espaciosa, coronada por los rubios cabellos de una peluca primorosamente alisada. Apenas se podía distinguir el color de sus ojitos centellantes, detrás de los anteojos verdes que llevaba sobre sus enormes narices. En cuanto a lo demás, sus maneras eran francas e insinuantes, y a primera vista se echaba de ver en ellas ese aire distinguido que caracteriza a las personas que han frecuentado una escogida sociedad.
Motiloni saludó cordialmente a Gacetilla, quien lo presentó a Anselmo.
Hiciéronse los saludos y mutuos cumplimientos de regla, los que don Catalino interrumpió con su acostumbrada locuacidad.
-Cumplimientos a un lado -dijo-: vamos a lo que importa. ¿Quiere almorzar, señor don Pablo?
-No, amigo mío: yo almuerzo más temprano.
-Entonces, siéntese y cuéntenos algo... ¿Qué ha oído de nuevo?
-23--Eso mismo le iba a preguntar a usted. Yo me encuentro muy atrasado de noticias, pues como he estado cerca de quince días en cama, apenas sé lo que pasa en la calle.
-Entonces ¿no sabe nada de los acontecimientos del sur?
-Ni una jota.
-Es que dicen que Prieto ha traicionado...
-¿Cómo?
-No: no digo eso, porque Prieto es demasiado caballero para haber traicionado ya. Solo creo que piensa traicionar al Gobierno, pues, según los díceres...
-Y ¿quién puede creer en esos díceres? -interrumpió don Pablo sonriéndose imperceptiblemente.
-¡Y en caso que así sea -dijo Anselmo-, la ley tiene bastantes defensores para castigar al traidor!
-Eso mismo digo yo -agregó Gacetilla-. Yo cuento la cosa como la oigo, y la sé de buena tinta.
-Y ¿con qué elementos cuenta para hacer la revolución? -preguntó Motiloni.
-Con el ejército de la frontera. Tiene más de tres mil soldados.
-Pero aquí en Santiago ¿cree usted que tendrá apoyo entre la gente de valer?
-Yo creo que sí, porque según lo que he oído hablar, los hombres de pro están descontentos con el Gobierno.
-¡Los serviles enemigos de la libertad y de la República debiera usted decir! -exclamó Anselmo con calor.
Un ligero temblor agitó la afilada barba de Motiloni, quien miró al joven de un modo particular.
-¡Eso es: los serviles! -dijo Gacetilla soltando una estrepitosa carcajada-. Yo cuento las cosas al pie de la letra, y las doy como me las dan.
-En cuanto a serviles y pipiolos, allá se las campaneen -dijo Motiloni con un marcado acento italiano-. Yo soy extranjero y no debo meterme en estos asuntos.
En ese momento entró al comedor el patrón del Café con una carta en la mano; y dirigiéndose a Motiloni, le dijo:
-Señor don Pablo: un caballero que acaba de llegar de Valparaíso, me ha entregado esta carta para usted.
-¿Ya llegó? -dijo prontamente Motiloni-. Deme la carta... -24- ustedes me dispensarán, caballeros; pero el mal es para mí, pues me veo en la necesidad de dejar tan grata conversación. Adiós, señor don Anselmo: cuente con un servidor más en Pablo Motiloni... Hasta luego, amigo Gacetilla.
Dicho esto, salió a largos pasos de la sala.
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| S. SANFUENTES. (El campanario.) | ||
-¿De quién será esa carta? -refunfuñó sordamente don Catalino mientras se bebía los últimos tragos del chocolate que se hizo servir al fin del almuerzo-. Lo he de averiguar porque me ha picado la curiosidad... ¡Mira Anselmo -prosiguió, asomándose por una ventana-: mira al gringo cómo se dirige al cuarto del rincón en donde sin duda se ha alojado el caballero de la carta... y la va leyendo!:.. ¿Qué caballero será ese? Algún asunto que este gringo tiene entre manos; y no me había dicho nada cuando yo se lo cuento todo... ¡y mucho que se tiene por amigo mío! Pero ya lo veremos si no lo descubro al fin.
Aburrido Anselmo de la cháchara de Gacetilla llamó al mozo, pagó el almuerzo, encendió un cigarro, se despidió de su amigo y salió del Café, probablemente para ir a leer por la trigésima vez el billete de Lucinda.
Don Catalino se quedó allí sentado en una silla con los codos sobre la mesa y la cara apoyada en ambas manos. Este hombre ligero, versátil, novelero, truhán, amigo de saberlo y de hablarlo -26- todo, no se daba jamás un instante de reposo. Era el movimiento perpetuo de la curiosidad; y aguijoneado por su pasión, jamás se daba por vencido. En ese momento pensaba en el modo como descubrir aquel asunto de don Pablo, que tan preocupado lo tenía; pero tan profundo meditar lo hizo quedarse dormido en menos de diez minutos, cosa que le solía pasar a menudo, como sucede con todo espíritu ligero.
En cuanto a Motiloni, tan luego como recibió la carta, preguntó por el cuarto del recién llegado y se dirigió allí.
-¡Deo gracias! -dijo, golpeando suavemente la puerta del cuarto.
-¡Por siempre! -contestó de adentro una voz hueca y cascada.
Y luego apareció en la puerta un hombrecito chico, flaco, de rostro amarillento, de piernas torcidas, cuya edad debía frisar en los sesenta años.
-¿Es el señor don Melitón Canales de la Cerda a quien tengo el honor de hablar? -preguntó Motiloni.
-Si, señor, Canales de la Cerda, Sandoval y Rojas, Oyarzún Pozo Hondo, caballero de Santiago y socio corresponsal en Barcelona de...
-La Compañía de Jesús -concluyó don Pablo, viendo que le faltaba el aliento al señor Canales de la Cerda.
-Eso es: un servidor de usted -dijo éste, quitándose de la cabeza una especie de hicoca negra con que tenía cubierto el pelado cráneo.
-Yo lo soy de usted -contestó Motiloni-. Encargado por el padre Hipocreitía para esperar a usted en este Café, voy a participarle al momento su llegada. ¿Qué le digo de su importante salud?
-Que estoy bien, fuera de un poco de tos que me molesta, y del constante achaque de mis ojos. ¿Y cómo lo pasa su Reverencia?
-Muy bien por ahora, gracias a Dios.
-¿Siempre ocupado, eh?
-¡Oh! En cuanto a eso es un modelo: ¡no vive para otra cosa que para trabajar en la Viña, del Señor!
-¡Pobre apóstol de mi alma! Dígale usted que no se moleste en venir a verme; que yo estaré luego en su celda. ¿Todavía vive en el convento de San Francisco?
-Si señor. Marche usted por esta calle hacia el Sud, y luego, en saliendo a la cañada...
-Descuide usted. Ha más de dos años que conozco las señas... Y aun cuando no las supiera; quien boca tiene a Roma llega. -27- Dentro de dos horas estaré en el convento.
-Muy bien señor: con el permiso de usted, voy a ver a su reverencia.
-Vaya usted con Dios, amigo -dijo el señor de la Cerda dando la mano a Motiloni con aire de superioridad.
Salió éste del Café y se dirigió por la calle del Estado hacia la alameda. Ya don Catalino había despertado; y saliendo al patio, vio a don Melitón de pie en la puerta de su cuarto.
-Este viejecito debe ser el recién llegado de Valparaíso -se dijo para sí-. ¡Qué facha tiene! Parece sacristán de parroquia pobre. Vamos a ver si se puede sacar algo de él.
Dicho esto, se fue acercando poco a poco al viejo, como cazador que marcha con cautela para que el ave no se le escape; y cuando lo hubo tenido a tiro de palabra, se le dirigió haciéndole al mismo tiempo una cortesía.
-Dígame señor, y perdone: ¿muy malo está ahora el camino de Valparaíso? Según creo ¿usted viene del puerto?
-Así es -dijo don Melitón, contestando al saludo con cierta gravedad que chocó a Gacetilla.
-Por su acento se nota bien que usted es extranjero -agregó éste, acercándose más.
-Soy español -contestó con un movimiento de orgullo el señor de la Cerda-, y no hace aún diez días que he llegado a estos reinos.
-Yo también soy español... esto es, quiero decir, que soy hijo de un español neto... Mi madre también era hija de españoles; de modo que no tengo un rasguño de sangre india, y podemos muy bien llamarnos paisanos... ¿Se podría preguntar, sin indiscreción, de qué familia es usted?
Don Melitón hizo un marcado gesto de disgusto al notar la importuna familiaridad con que aquel hombre principiaba a tratarlo. Sin embargo, el orgullo de dar a luz en Chile su letanía de nombres, le hizo contestar:
-Soy Canales de la Cerda, etc.
-¡Qué casualidad! -exclamó Gacetilla sobándose las manos-: yo también soy Oyarzún por parte de madre... ¡Lo que son las cosas! ¿Quién le había de decir a usted, que aquí se iba a encontrar a las pocas horas de llegar a Santiago con un pariente?
-¡Pariente! -exclamó don Melitón (quien por todo habría pasado menos porque la pura sangre de su familia se hubiese mezclado con sangre americana)-. ¡Pariente! Sepa usted, amigo, que ningún -28- Oyarzún de mi familia ha venido a América y que yo soy el primero que pisa estas playas.
Después de dichas estas palabras con todo el orgullo de raza que caracterizaba a los españoles de la época, el señor Sandoval y Rojas cortó bruscamente la conversación y entró a su cuarto despidiendo a su interlocutor con una seca inclinación de cabeza, y diciéndole al mismo tiempo:
-Vaya usted con Dios.
-¡Y quédate tú con el diablo, viejo cara de pescado seco! -refunfuñó desde afuera Gacetilla-. ¡Miren no más, hasta en qué momia se encuentra el orgullo! -agregó, retirándose del cuarto y saliendo a la calle-. ¡Pues te ha de costar bien caro tu descortesía!... ¡No sabes lo que has perdido! Siendo cortés y discreto, yo te habría dado a conocer por toda la ciudad como un cumplido caballero, mientras que ahora no te has de escapar de mi lengua a pesar de tu docena y media de apellidos... ¡Ja, ja, ja, ja! -exclamó, encontrando en ese momento en la calle a uno de sus compinches. ¿Sabes lo que hay, hombre de Dios?
-¿Qué cosa? -preguntó el otro.
-Que acaba de llegar al Café, un viejo godo que se llama el señor don Melitón Canales de la Cerda, Sandoval y Rojas, Oyarzún del Pozo Hondo...
-¿Nada más?
-Todavía más, pero no me acuerdo. Dice que por la prisa con que salió de España, solo pudo traer la cuarta parte de los apellidos que tiene... ¡Si vieras tú al vejete! Merece ponerlo en la Catedral debajo de una mesa del altar enfrente del esqueleto de Santo Feliciana.
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| (Corrido del juego de chueca.) | ||
Si el benévolo y discreto lector tiene la complacencia de seguirnos con la imaginación al convento de San Francisco, conocerá allí a uno de los héroes más importantes de nuestra historia.
Peto váyanse con tiento: no tropiece en el camino, pues las calles pavimentadas y bordadas de bellos edificios que hoy conducen a la alameda, estaban en aquel tiempo tan cubiertas de hoyos y malos -30- pasos, que para no quebrarse un tobillo en ellos, era menester ser baqueano.
La falta de alumbrado y la sobra de basuras y escombros que obstruían el paso, hacían por demás difícil aquel camino. Cuando se tenía que atravesar de noche esta parte de la ciudad, era menester reunir las cualidades de valiente y de baqueano; pues además del los inconvenientes apuntados, aquel era el lugar elegido por los ladrones de menor cuantía para ejercer su oficio, protegidos por la oscuridad que allí reinaba. Esto sucedía en la noche: a la luz del sol era otra cosa. En cuanto el Señor echaba sus luces, veíase invadida la alameda por una multitud de muchachos de todas edades y condiciones, que amenazaba la localidad con sus juegos de chueca o de volantín, o bien, corrían montados en los viejos burros que pillaban, servidores inválidos, abandonados a la ventura en aquella especie de tierra neutral.
Cerca de dos horas después de las escenas narradas en el capítulo anterior, empeñábase en la alameda una seria partida de chueca entre una multitud de muchachos harapientos que pululaban como un enjambre de abejas. Los jugadores divididos en dos bandos, pugnaban por echar a la respectiva raya la bola de madera que iba y venía como una pelota, impulsada por los golpes de los grandes palos corvos que cada cual llevaba. Los gritos, insultos, juramentos y palabras soeces, se dejaban oír por todas partes y mientras unos se entretenían aquí en quitarse la bola, otros allá peleaban a brazo partido, y más allá mil otros más la esperaban con su chueca en la mano para hacerla rodar hacia su raya, o bien para recibirla en el aire parándola con el corvo instrumento, cuando la vieron venir zumbando como una bala sobre sus cabezas.
De repente los jugadores gritaron: ¡aro! y se pararon. Las chuecas se alzaron como los fusiles de un ejército que presenta las armas, y los gritos cesaron en ambas líneas. Era que en aquel momento atravesaba el campo de la refriega un fraile de grave andar, que marchaba con la cabeza descubierta, y con el sombrero en la mano. Casi todos los circunstantes que tenían sombrero se lo quitaron, saludando a su paternidad con cierta devota cortesía, y esperaron que éste hubiese pasado para comenzar de nuevo su diversión.
Dirigiose el fraile hacia la portería de San Francisco, que estaba cerrada, y golpeó con una gruesa llave que sacó de su manga.
Abrió el lego portero, y entró su reverencia, volviéndose a cerrar otra vez la puerta del convento.
-31-Era el fraile un hombre como de sesenta años de edad, alto, seco, y al parecer ágil y vigoroso todavía: de mirada severa y escrutadora; pero cuyo rostro simpático y un aire un tanto distinguido, predisponía en su favor.
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| (EL LIBERAL, NÚM. 2.) | ||
La primera cosa que se le presentó a los ojos del reverendo tan luego como pisó el claustro, fue dos frailes jóvenes que daban muestra de estar por demás empeñados en una seria discusión. Distraídos por la cuestión que los entretenía, enardeciéndolos, no acertaron a ver al recién venido, quien pasó cerca de ellos sin obtener un saludo en cambio de la venia que él les hizo al pasar. Parecía tener muy buen genio su Reverencia, porque volviéndose -33- bruscamente a los disputantes que ya se habían apercibido de su llegada, les preguntó con tono entre meloso y sarcástico:
-Díganme sus paternidades: -¿Prohíbe por acaso la regla de San Francisco el ser corteses?
-No, reverendísimo -contestó uno de los otros frailes-: lo que me prohíbe a mí la regla es que reciba lecciones de otro que no sea mi prelado.
-Chúpate ésa -dijo el otro fraile entre dientes y bajando los ojos mientras pasaba por entre los dedos las llagas de la cuerda azul que ceñía su cintura.
-¡Edificante humildad es esa con que recibe las caritativas advertencias un esclavo del seráfico y glorioso Padre! -dijo el viejo dirigiéndose al que le había contestado-. Acuérdese, fray Eustaquio -prosiguió-; de que aunque no soy su prelado, ni pretendo serlo, tengo encargo del padre Provincial para velar por el orden de la casa. En esta virtud, le ruego, que considere si las respuestas descomedidas, si ese tono de orgullo y falta de respeto a sus superiores en edad, dignidad y gobierno, sientan bien a un sacerdote que ha hecho voto de humildad.
Dicho esto, saludó con fina inclinación de cabeza a ambos frailes, y se retiró diciéndoles con una falsa sonrisa que tenía mucho de punzante.
-Beso a sus Paternidades la mano:
Fray Eustaquio se quedó ardiendo; y al ver a su compañero, que aún no acertaba a alzar los ojos, como si aún estuviera bajo la influencia de la poderosa mirada del viejo, exclamó:
-¡Ya te mató el padre Hipocreitía con una palabra! ¡Alma de mosca! Por eso es que este fraile intruso hace cera y pabilo de todo el convento... ¡Como encuentra con hombres de lana, tiene a toda la casa dominada...!
-¡No es eso hombre! Sino que...
-¡Calla la boca, Antonio! ¡Si en cuanto viste al padre te pusiste a tiritar!. Se conoce que tú no sabes lo que es este fraile.
-Ya sé que es un jesuita -dijo fray Antonio-. Eso se conoce hasta en el modo de mirar.
-Sí; pero como hace poco tiempo que has llegado a la Casa Grande, no lo sabes todo como yo que no he cesado de observar al padre Vizcaíno.
-¿Es Vascuence?
-Sí; y aun he descubierto por medio de un paisano suyo, que -34- ha sido jefe de los jesuitas de Valencia después de haber pretendido serlo de los de Madrid. Mira el tono de autoridad que gasta.
-Parece que nos mira como a súbdito.
-Es que nosotros tenemos la culpa porque nos doblegamos ante él como si fuera nuestro prelado. Este hombre tiene sin duda la pasión del mando. De Valencia se fue a Roma, en donde obtuvo no sé qué prerrogativas del Santo Padre. A él le parece que tiene las llaves del cielo, según es lo que cacarea sus prerrogativas.
-Y ¿por qué no se quedó en Roma, si tan bien le fue con el Papa?
-Porque no perdía la esperanza de ser el jefe del convento de la Sociedad establecida en Madrid, adonde se volvió tan pronto como obtuvo la dignidad de parte del general de la Orden. Pero vino la expulsión, y entonces tuvo que echar a correr para América y llegó a Chile; ¡como si de aquí no los hubiesen también lanzado a todos ellos!
-Sin embargo, a pesar de la expulsión, tenemos bastantes en el país.
-Sí; los hay de corazón, aunque no iniciados en la Orden, como sucede con nuestro prelado actual.
-Es verdad que no tiene San Ignacio de Loyola un discípulo mejor.
-Y sin embargo no es de la Orden -dijo fray Eustaquio.
-Pero se dejaría quemar por servirla -repuso fray Antonio.
-Y por eso encontró tan buena acogida en el convento el padre Hipocreitía. Es el consejero más atendido del prelado, y hasta los padres graves del honorable Definitorio están debajo de él, pues basta que él diga una cosa para que se le crea contra toda la Casa Grande. ¿Te parece justo esto?
-De ningún modo.
-Por eso me da rabia que este fraile intruso se lleve las atenciones de los reverendos mismos que trata de avasallar. Yo no soy así, y creo que la humildad tiene sus límites. Yo tengo bien aguaitado a este fraile. A él le tocan los sermones más lucidos y se ha hecho predicador de moda... ¡Lo que son aquí!... y... sin embargo te aseguro que no me gusta lo que predica.
-Tiene mucho sonsonete...
-¡Pero dale con que predica bien! Y hasta las beatas le hacen la corte y lo elevan a las nubes... ¡Sí! No habré oído lo que dicen en -35- la calle... Todas ellas desean tenerlo por confesor, y su confesonario es el más concurrido, como si las absoluciones del fraile godo fueran las únicas que borraran los pecados.
-¡Cosas de mujeres! -exclamó riendo fray Antonio.
-Y también son cosas de hombres, amigo mío... ¿Te parece que este fraile posee pocos amigos entre los caballeros principales? Pues sabe que tiene bastantes protectores... Ayer no más vino un ricacho a pagarle cien pesos por unas misas de San Gregorio. Lo sé por la esposa misma del dicho caballero... y atiende a que ella es mi confesada.
-¿De modo que no se le escapan ni los maridos de las confesadas ajenas? -dijo fray Antonio sonriéndose.
-¡Qué se le han de escapar!
-Debe ser hábil.
-Sí, para hacer su negocio. A fuerza de artimañas ha conseguido hacerse amigo del Presidente de la República; y como su deseo de mando es inmenso, ¿quién sabe si le pasa por el cerebro que puede llegar a ser Ministro de Estado?
-¡No seas loco, hombre de Dios!
-¡Qué loco, ni qué calabaza! El Padre Hipocreitía, amigo mío, no dejará jamás de ambicionar el mando; y ya que le es imposible obtener un provincialato, desea siquiera alcanzar un ministerio. Es como si le estuviera viendo el corazón. El se cree nacido para dominar, y a pesar del velo de humildad con que suele cubrir sus aspiraciones y del tono meloso con que habla, yo no le ayunaré jamás las vigilias.
-Sin embargo, yo creo que es malo para enemigo.
-Y yo también.
-La prudencia aconseja conocer al hombre sin mostrarle mala cara.
-No es ese mi sistema -exclamó el ardiente fray Eustaquio-. Yo cuando conozco a un hombre malo le hago la guerra. Ya veré a este hipócrita de cien dobleces cuando...
-Pues por lo mismo que es hipócrita, es preciso jugarle con las mismas armas y aparentar delante de él lo contrario de lo que se piensa.
-Eso es como robar para perseguir al ladrón. No es así el hijo de mi madre, y donde lo encuentro se las canto clarito.
-Pero yo creo...
-¡Clarito, hombre, clarito como el agua! ¡Por eso el fraile me -36- aborrece, y no pierde ocasión para ponerme mal con el prelado! Ya sabes que por su influencia me han quitado los sermones del convento para dárselos a su hechura a fray Nicolás que no sabe donde tiene los ojos; y a quien trata de hacer hasta Lector de Teología...
-Y lo conseguirá, porque como tiene de su cuenta al padre Provincial...
-¡Eso es! Mientras tenga de la oreja al Provincial ha de hacer lo que se le antoje... Ni los conventos de monjas se les escapan... Ayer supe que andaba haciendo por que se cambiara el capellán de las Claras.
-¿No digo yo? -exclamó fray Antonio, a quien esta noticia hirió en lo vivo porque el dicho capellán era su amigo íntimo. ¿Conque también anda intrigando por ese lado? Yo se lo advertiré al clérigo.
-Para que veas si el hombre deja de meterse en algo: en el convento, en las monjas, en el ministerio, en la Curia eclesiástica no hay parte donde no meta la mano.
-Y tal vez para sacarla untada -dijo fray Antonio riendo.
-Ahora anda muy solícito para obtener partidarios para su candidato en el capítulo que viene; porque con todas las cualidades que lo adornan ¿cómo no ha de ser capitulero? Ya le tiene el tal candidato metido en la cabeza al padre provincial.
-Si nos gana el capítulo, nos friega -dijo el padre Antonio.
-¡Ya lo creo! -exclamó fray Eustaquio-. Por esto es preciso trabajar y sudar la gota gorda por que no lo gane. Ya yo tengo hecho algo con la mayor parte de los definidores... ¡El capítulo será reñido y nos veremos las caras!
En esto estaban de la conversación, cuando vieron aparecer en el claustro a un viejo que no era otro que don Melitón Canales de la Cerda, guiado por un hermano lego.
-Venga usted por aquí, señor -decía el lego-: la celda del reverendo Hipocreitía está en el segundo claustro.
-¿Quién será este pajarraco que lo busca? -dijo entonces fray Eustaquio mirando de hito en hito a don Melitón-. Tal vez será algún viejo usurero, porque he sabido que para todas sus maniobras gasta mucha plata.
-Con la plata todo se alcanza -interrumpió suspirando el otro padre.
-37-
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«A las monarquías se les ha pasado su tiempo. La monarquía ha sido y será siempre en América la conjuración, la persecución implacable, la insurrección, la proscripción, la guerra civil.» |
| M. L. AMUNATEGUI. (Dictadura de O'Higgins. Int.) | ||
-Mientras ambos frailes proseguían su caritativa tarea de comentar la vida del padre Hipocreitía, éste, de pie en la puerta de su celda esperaba a don Melitón, quien, desde que divisó a su reverencia, apuró el paso para abrazar cuanto antes a su amigo. Saludáronse ambos con marcadas muestras de regocijo: y después de pasados los primeros trasportes, que el lego miraba con asombro, pues, según dijo después al portero, jamás había visto tan contento, risueño y expansivo a su reverencia, entraron a la celda. El padre, entonces, sentó a don Melitón en la silla de Honor; despidió al lego; cerró discretamente la puerta y dijo a su amigo:
-Estamos solos y podemos hablar con entera confianza.
-¿Y esa ventana? -observó don Melitón, indicando con el dedo una ventana entreabierta.
-38--Cae a un pequeño patio cerrado que me pertenece -contestó el padre.
-Sin embargo, no sería malo cerrarla, porque...
-Tiene usted razón, amigo mío, pues nunca están demás las precauciones tratándose de asuntos que pueden comprometer. No crea usted -agregó, cerrando la ventana y abriendo un pequeño postigo superior para alumbrar la celda-: no crea usted que a mí no se me había ocurrido cerrarla, al contrario, la he dejado abierta de propósito.
-Comprendo: su paternidad quería saber si con la vejez me había vuelto niño.
-¡Cabal! Pero veo con alegría que la prudencia ha echado hondas raíces en usted, amigo mío, y que los años no enriquecen solamente de canas, sino también de cordura, la cabeza de los varones virtuosos y eminentes.
-¡Oh! Mi reverendo amigo, dejémonos de vanidades y vamos a lo que importa.
-Tiene usted razón: vamos al grano -dijo el padre sentándose en otra silla puesta enfrente de la del señor Canales de la Cerda-. Desde que por sus últimas cartas supe que, a la desgracia de perder su digna esposa.
-¡Ah! Amigo mío: ¡Dios me la dio, y Dios me la quito! ¡Cúmplase su voluntad!
-Había seguido la de ver desaparecer sus riquezas...
-¡Oh! ¡Arruinado! ¡Completamente arruinado! -exclamó don Melitón, tomándose la cabeza con ambas manos-. He tenido necesidad de toda mi filosofía para no caer anonadado por este golpe...¡No sé cómo he podido resistir a tal desgracia...! ¡Yo, el dueño de una gran fortuna, y verme...!
-¡Dios la da y Dios la quita! Cúmplase su santa voluntad -dijo el padre.
-¡Pero a mi edad! ¡Esto es fatal, padre mío! ¡Verme de la noche a la mañana abandonado de mis amigos, y sin poder sostener el rango de mi alcurnia! ¡Vaya, no hablemos de eso...!
-Al contrario, hablemos -dijo el padre-. Es preciso tener fe... y creer que quien quita los bienes de fortuna puede darlos.
-¡Amén! -dijo don Melitón con un tono de amargo desconsuelo, que sin embargo dejaba entrever cierto rayo de ligera esperanza.
-Yo tengo fe -continuó el padre-, en que Dios lo volverá a usted a su antiguo estado. Tal vez usted no empleaba sus riquezas en el -39- divino servicio, y he aquí porque fue desposeído de ellas cuando usted menos lo pensaba...
-¡Quién sabe! -exclamó don Melitón mirando al cielo con una expresión indefinible.
-No bien supe su última desgracia, cuando formé el proyecto de llamarlo.
-Y yo he venido; yo he salido de España porque no podía vivir pobre entre las mismas gentes que me habían visto poderoso. ¡Me he venido de vergüenza! Apenas he podido concebir la esperanza de que podría cambiar de suerte.
-Y sin embargo, yo le digo a usted, que Dios nos ha venido a ver.
-Hable usted padre: hable su paternidad.
-Antes de todo, dígame ¿trae consigo lo que le encargue tan encarecidamente?
-Vea usted si me he olvidado de algo -dijo don Melitón sacando de la faltriquera un paquete de papeles y pasándoselos al padre-. Tan luego como recibí su carta me fui a Madrid, y valiéndome de mis relaciones en la corte, conseguí que el Gobierno de S. M. me nombrase encargado secreto en estos reinos de América a fin de estudiar los medios de hacer que estas regiones reconocieran su error, y volvieran los ojos al seno de la Metrópoli, de donde se han separado como la rama que se troncha del tronco para caer al suelo y secarse.
Sonriose el padre sin contestar y; mientras tanto, examinaba los papeles que había recibido del señor Sandoval y Rojas.
-Ahí verá usted -prosiguió éste-, las cartas de recomendación que he traído de varios grandes de España, dirigidas a otros de estos reinos del Perú y Chile.
-Aquí las veo -contestó el padre-. Son buenas; pero ninguna vale lo que ésta.
-¿Cuál?
-Ésta, que viene dirigida al señor don Marcelino de Rojas.
-¿Es algún hombre importante?
-Importantísimo, sobre todo para nosotros, por la relación que tiene con el proyecto que he formado.
-¿Es noble?
-¡Vaya si lo es! ¿No ve usted que su apellido es Rojas?
-Sí; pero...
-Posee inmensas riquezas y una hija única, dechado de belleza, -40- virtud y honestidad, que a mi juicio es muy buen partido... Ya he hablado con el señor don Marcelino a favor de usted, y ha aceptado mi indicación.
-¡Oh! En cuanto a eso sí; pero... dígame usted: ¿está seguro de que es noble?
-¡Nobilísimo! Palabra de honor. He visto los títulos.
-Pero yo creo que los títulos de estos caballeros de ultramar, no deben estar muy en regla.
-Dígole a usted que es de los mismos Rojas de España.
-Sin embargo, yo sé que ninguno de éstos ha venido a las Américas.
-Y aun cuando así no fuera -agregó el padre-, no debe usted perder la oportunidad que se le presenta para hacerse de un capital de más de doscientos mil duros con el cual quedaría usted en disposición de hacer muchos bienes.
-¡Oh sí, muchos bienes!
-Mientras que ahora, ¿qué saca usted con tener buena voluntad para hacer una obra buena si le falta el poder para ello?
-Es verdad, padre mío; pero mientras no sepa que esta familia es noble...
-¡Déjese de esos escrúpulos! -exclamó el padre-, ¡y atienda a que si pierde esta oportunidad se hace no solo indigno de las mercedes divinas sino que también, en cierto modo, reponsable de lo que por falta de medios deje de hacer para la honra de Dios y provecho del prójimo!
-No me es posible, padre mío, resistir a su sabiduría -dijo don Melitón-. ¡Prometo a su paternidad casarme con esa rica niña, aun cuando no corra sangre ilustre por sus venas! ¡Seré un instrumento de los ocultos fines del cielo, y espero que Dios tomará en cuenta el agravio que hago a mi sangre! ¡Cúmplase su santa voluntad!
Al decir esto, don Melitón bajó los ojos con un aire de inimitable gazmoñería: así fue, que no pudo ver la fina sonrisa que se dibujó en los labios del reverendo. Por otra parte, aunque la hubiese visto, no habría sido comprendida por la estupidez del mojigato viejo.
-Admiro su cristiana disposición -dijo el padre-, para resignarse a los decretos del cielo. ¡El hombre no es más que un instrumento de que el Altísimo se vale para alcanzar sus santos fines! En usted mismo tiene la experiencia de lo que digo. Ayer no más se encontraba usted pobre y desamparado, y hoy se le abre un porvenir. -41- Estoy seguro que usted sabrá aprovecharse de la suerte, a fin de llegar a ponerse en disposición de poder servir a nuestra perseguida Orden como lo hacía en otro tiempo.
-¡Oh! ¡En cuanto a eso, no dude su paternidad que lo haré! Cuanto yo tenga estará siempre a disposición de la Compañía... ¡Quién sabe! -agregó don Melitón con un candor admirable-. ¡Quién sabe, si Dios me quitó mis riquezas de ayer para enseñarme a hacer mejor uso de las que hoy me da!
-No va usted fuera de camino en lo que piensa -dijo el padre-; y puede muy bien suceder, que usted no haya hecho los anteriores beneficios con entera abnegación y desprendimiento.
-Puede ser que así haya sido; pero bastante castigado estoy. Desde ahora prometo no considerarme sino como un depositario de los bienes que reciba... No importa que la niña no sea noble, porque, ¿quién la conoce en Valencia? Una vez que yo establezca allí nuevamente mi casa como corresponde a mi alcurnia...
-¿Qué? -le interrumpió el padre-: ¿piensa usted volver a Valencia?
-Yo creía que...
-Lo que usted debe creer es que hay necesidad de sus servicios en este reino. usted debe establecerse aquí porque así conviene a los santos intereses de la Orden...
-Cuyo esclavo soy -concluyó don Melitón inclinándose ante su reverencia.
-Si yo le he hecho pedir en España esas cartas de recomendación, es para que se establezca aquí. En este reino podrá servir a los intereses de S. M. mucho mejor que en España, en donde no puede recoger más que la vergüenza de su bancarrota, mientras que aquí... Pero usted debe estar un poco fatigado: hagamos un paréntesis para tomar un traguito que le vendrá bien, según creo. Aquí tengo -prosiguió el padre, levantándose de su asiento-, una botellita de Pisco que me ha enviado de regalo la Madre Abadesa de las monjas Augustinas. Bueno es -prosiguió, sonriendo-, que usted principie a gastar de los productos de estas bellas regiones americanas.
Diciendo esto, se acercó el padre a un armario; abriolo, sacó de allí una botella y una bandejita colmada de biscochos que puso sobre la mesa. Llenó dos copas, e invitó a beber a don Melitón, quien tomó maquinalmente la suya, enfrascado como estaba en sus reflexiones. Pero no bien hubo bebido un trago, cuando se sintió otro hombre.
-42--Esa es la verdad -dijo-: desde estos reinos podré servir mejor a los intereses de S. M... y en atención a mis leales servicios, bien puedo esperar que, andando el tiempo, sean premiados por nuestro rey Señor.
-¡Muy cristiana y muy noble es esa esperanza! -dijo el padre-. Ahora; hablemos de la manera como debe ser presentado a la casa del Señor de Rojas. Ya le he dicho a éste que usted es su pariente, y lo cree a pie juntillas, pues él se cree también Sandoval y Rojas.
-Es una equivocación, padre; ningún Sandoval ha venido a las Américas.
-Aunque así lo crea usted, no debe contradecir a don Marcelino porque...
-Pero...
-¿Quiere usted mismo ser un inconveniente a su propio establecimiento en estos reinos? Olvídese de alcurnias por ahora, que todo eso es vanidad. Lo importante es adquirir los elementos necesarios para servir a la honra de Dios.
-Estoy dispuesto a obrar como su reverencia me indique.
-Después tendrá tiempo de pensar en noblezas. Créame porque tengo experiencia de estos mundos. ¡La nobleza por acá va decayendo cuando no está apuntalada por el dinero; y llegará un tiempo -agregó el padre con tono profético-, en que el dinero será el principal elemento de nobleza en estas tierras!
-¡Oh, qué tierras! -exclamó don Melitón horrorizado-, ¿qué hombre cristiano y honrado podrá vivir en un mundo en donde se desprecian los sagrados títulos de la sangre y se mira como nada el honor y el lustre de la ascendencia?
-Cada país tiene sus usos, amigo mío; y país por país: acuérdese usted que acaba de salir de España porque le faltaba dinero. Y a propósito de dinero, ¿creo que usted no estará muy abundante?
-¡Demasiado cierto es eso por desgracia!
-Y como es preciso que usted se presente en la casa de su futuro con la mayor decencia posible, trataré de buscar lo necesario...
-¡Cuánto agradezco sus buenos oficios, padre mío! En mí encontrará un hijo obediente, un esclavo sumiso...
-¡Solo Dios tiene esclavos! -interrumpió sentenciosamente el fraile, levantándose de su asiento-, y ¡ay del que resista su voluntad cuando a Él le place darla a conocer! Ahora es preciso no perder tiempo, porque el tiempo es plata, como dicen por estos nuevos mundos; y yo digo: ¡el tiempo es el árbol del bien y del mal! Quien -43- lo aprovecha sube al cielo; quien lo pierde, baja al abismo... ¡Ah! -exclamó paseándose a largos trancos por la celda-; si el gobierno español no hubiera perdido miserablemente su tiempo, todavía sería dueño de estos bellos países, mientras que ahora...
-Y ahora -preguntó don Melitón-. ¿Cree, su paternidad, imposible el restablecimiento en estas Américas del gobierno paternal de S. M.?
-Tanto por lo menos como sacar un alma de los infiernos, contestó el padre admirado de la candidez de la pregunta.
-Sin embargo, yo he hablado con el ministro y con varios personajes de la corte, y todos, hasta el mismo rey en persona, quien me hizo el honor de darme una audencia de despedida, me manifestaron la esperanza que tenían de llegar a sujetar estas regiones a su dominio y vasallaje. La España tiene armas y soldados todavía...
El padre no contestó, y solo hizo un gesto de profundo desprecio.
-¡Imbéciles! -refunfuñó entre dientes-. ¡Creer que podrán subyugar por medio de las armas a unos países enorgullecidos con victorias reciente!
Luego prosiguió en voz alta dirigiéndose a don Melitón.
-Oigame, amigo mío: las armas españolas no podrán hacer nada en América. Las verdaderas armas aquí son la diplomacia, a fin de conseguir algo siquiera. Tratar a estos países como enemigos declarados, es una locura. De estos pueblos con más atrevimiento que ciencia, de estos gobiernos inestables y ciegos, no se podrá obtener jamás ningún acomodo sino por medio de esa lenta acción de la diplomacia, porque es más fácil engañarlos en el gabinete, que vencerlos en, el campo de batalla. usted comunicará estas ideas a S. M. por órgano del señor Ministro.
-Sí, le escribiré y se lo diré todo.
-Dirale usted que el oficio de la espada ha concluido, y que no nos queda otra influencia que la de la palabra. No debemos hacer la guerra de enemigos sino la de amigos. ¿Entiende usted?
-Perfectamente.
-Muy bien. Valor y constancia para merecer el premio -dijo el padre.
-Amen -contestó don Melitón.
-Vámonos ahora: usted me esperará en su alojamiento mientras yo voy a casa de un amigo a pedirle el dinerillo que necesitamos.
-44--¡Dios guíe sus pasos! -dijo el señor de Sandoval levantándose y tomando su sombrero.
Ambos amigos salieron del convento y se dirigieron al Café de la Nación. Mientras seguían su camino, el padre dijo a don Melitón:
-Se me había olvidado advertir a usted una cosa, amigo mío.
-¿Qué cosa? Su paternidad sabe que estoy dispuesto a seguir sus consejos.
-Es que la persona que lo espera a usted en el Café...
-¿El señor Motiloni?
- Sí; es un amigo íntimo mío, y al cual debe usted creer cuanto le diga porque es la misma virtud en persona. Es un digno italiano.
-Todo eso lo he conocido al ver a ese cumplido caballero.
-¡Aunque parezca a primera vista un hombre relajado, en el fondo es un siervo de Dios! Lo conozco como a mí mismo; es mi confesado. Muchas veces, al notar su devoción, su religiosidad, su modestia y su decisión por la honra de Dios, me he dicho a mí mismo: ¿cómo es posible que pueda un hombre conservar estas bellas prendas viviendo en el siglo? ¡Hay hombres privilegiados!
-¡Sí! ¡Hay hombres privilegiados! -exclamó como un eco don Melitón.
Llegados al Café, el señor de la Cerda entró a su cuarto, y el padre se dirigió hacia el río por la calle del Puente. Al llegar a la calle de San Pablo dobló hacia su izquierda y prosiguió su marcha correspondiendo a los saludos que le hacían las gentes que encontraba al paso.
-45-
|
| (EL PADRE C. HENRÍQUEZ.) | ||
Ociosa deligencia sería el tratar de dar a conocer a nuestros lectores la calle de San Pablo; esa calle célebre en la historia de nuestras revueltas políticas, campo de batallas allá en lo antiguo, de las interesantes escenas de poncho y cuchillo, que es como si dijéramos de capa y espada; lugar reunión de la gente de cáscara amarga; de esa que mira a todo el mundo como suyo, precisamente porque no tiene nada; calle, repetimos, donde se andaba con garbo, se hablaba recio, se miraba de soslayo, y se escupía por el colmillo; donde se entremezclaban los gritos de los muchachos con el cantar de las chinganas y con el vocear de los amigos del alegre dios de los pámpanos y de las vendimias; y donde, en fin sus habitantes -46- parecían haber resuelto el problema social de la propiedad, según era la confianza con que cada cual tomaba lo que pertenecía a otro.
Pues bien, por esa calle fue por donde nuestro buen padre Hipocreitía, que ya va conociendo el lector, echó a andar a pasos rápidos con el sombrero en la mano y la calva al aire, según tenía de costumbre. Después de haber andado un buen trecho, parose enfrente de una casa de miserable aspecto, situada a una o dos cuadras de distancia de la plazuela de San Pablo: porque el cronista que recogió las noticias que han servido de base a esta historia no dice precisamente cual era dicha distancia, contentándose con advertirnos que la casa, conocida en el barrio con el nombre de Casa Vieja, ocupaba una esquina de la manzana y era a su vez ocupada por varios arrendatarios pobres. Y a fe que si es cierta la descripción que de ella hace el curiosísimo cronista, el tal edificio merecía muy bien su nombre de Casa Vieja.
La puerta de calle, desnivelada hacia el oriente, era un gran boquete casi cuadrado que se cerraba con dos hojas compuestas de tablones de roble mal acepillados, sujetos con clavos de enormes y labradas cabezas de cobre, y por entre cuyas junturas se divisaba todo cuanto pasaba en el patio. A la izquerda se veía unos cuartos sucios ocupados por un bodegón, y la derecha, una enorme puerta cochera, que era lo único que allí quedaba en pie, pues todo lo demás había caído a impulsos del tiempo que, así atierra la torre de granito como la humilde habitación de adobe. Coronaba la puerta principal, y por consiguiente, lo que en otro tiempo fue edificio, un frontón triangular adornado con un escudo hecho pedazos, que estaba manifestando a las claras la nobleza e hidalguía del primitivo dueño.
Allí fue donde el padre llegó; sacó su pañuelo, se limpió el sudor de la frente, tosió y entró al patio con cierta hesitación que el lector disculpará cuando le digamos que el tal patio no era más que un basural rodeado por un lado de edificios al caerse, y por el otro, de las paredes de edificios caídos. El olor que allí se dejaba sentir, no era tampoco para recrear a nadie. Por manera que el padre, con toda la ligereza que sus años le permitían, atravesó el patio y se dirigió a los cuartuchos situados a la izquierda. Golpeó una puerta de color indefinible, la cual se abrió como por encanto, apareciendo en el dintel un hombre de mezquino aspecto, que al ver al padre exclamó:
-47--¡Oh! Qué dicha la mía al ver en mi pobre morada al honor de nuestra iglesia, a la columna de nuestro sacerdocio, al heredero de las virtudes apostólicas, al...
-¡Basta, don Policarpo! -le interrumpió secamente el padre-. No estoy ahora para perder tiempo: vengo a un asunto que urge.
-Aquí tiene, su reverencia, mi inutilidad para servirle en lo que me considere útil... Pero, pase para adentro -prosiguió con melosa afabilidad don Policarpo-: siéntese su reverencia... En esa silla no, porque está en tres pies... aquí, aquí en la mía que es blandita. La he hecho empajar no ha muchos días.
Estas dos sillas, una mesa de madera blanca, un escaño de lo mismo, y sobre una tarima, un armario de gruesos tablones con una gran chapa de fierro y un candado por añadidura, eran los muebles de aquel cuarto en cuyas paredes blanqueadas con cal, así como en las vigas del techo, tejían pacíficamente sus tela un gran número de arañas.
Don Policarpo Tragantilla era un digno habitante de aquella lúgubre morada. Aunque no era viejo, parecíalo así. Su andar tembloroso, su gibado cuerpo, sus manos huesudas y flacas, su rostro amarillento, seco y afilado, sus carrillos hundidos y las hondas arrugas de su frente, evidenciaban las fatigas que aquel hombre sufría cotidianamente. Al notar el modesto, el manso y casi apagado mirar de este hombre, cualquiera inexperto podría haberse equivocado y tomádolo por un ser perseguido por la pobreza, o entregado a los rigores de una dura penitencia.
Nada de esto: el personaje que tenemos el honor de presentar al lector, no tenía nada de pobre ni de penitente. Si ayunaba, si vivía siempre en perpetua cuaresma, era por no menoscabar su riqueza; y si miraba y hablaba compungidamente era porque así se lo aconsejaba su hipocresía, con la cual hacía su lucrativo negocio de prendero.
Don Policarpo, no era, pues, otra cosa que la personificación de la avaricia.
-Estoy ansioso de saber en qué puedo ser útil a su reverencia -dijo Tragantilla mirando al padre con su carita de garduña.
-Va usted luego a saberlo, amigo mío... Ha llegado la época en que usted puede pagarme mis buenos oficios para con usted.
-Estoy pronto a hacerlo, padre mío. A su paternidad, después de Dios, debo la pequeña holgura en que me encuentro; y digo holgura, no porque posea riquezas, sino por...
-48--Necesito un poco de dinero -le interrumpió el padre-, y me he acordado de usted.
-¡Ah! Dinero... sí... yo creía... Dígame ¿cómo cuánto será lo qué su paternidad necesita?
-Poca cosa: unos seiscientos pesos; y como usted es mi mejor amigo he acudido aquí.
-¡Seiscientos pesos! ¡Padre, por Dios, su reverencia está soñando! -exclamó con un repentino temblor don Policarpo-. ¿Cómo ha podido creerme poseedor de tan tamaña suma?
-No perdamos el tiempo, don Policarpo: necesito esa suma, y no me voy de aquí sin llevarla.
-Pero acuérdese, padre, de que no hace un mes que le entregué los últimos doscientos pesos que tenía... ¡Si su paternidad supiera cómo están los tiempos! Para ver cien pesos reunidos es preciso hablar con la Virgen.
-No se trata ahora de hablar con los santos, mi buen amigo sino de cumplir con esta obra de caridad. usted sabe que yo no pido nada para mí.
-¡Oh! Sí: ya sé que su paternidad no pide sino para hacer el bien.
-Y como tiene usted buen corazón...
-Buen corazón: pero...
-Un corazón de oro...
-¡Si pudiera darle mi corazón!... ¡Dios es testigo... yo se lo diera; pero plata!
-Por eso he venido a verlo...
-Ha hecho muy bien... digo mal; no ha hecho bien. No, no es esto tampoco sino que, quiero decir, que su reverencia habría hecho mejor viniendo en otras circunstancias.
-¿Quiere usted que venga a pedirle dinero cuando yo no lo necesite?
-No es eso, mi padre... ¡Vaya! No acierto a explicarme... Dígame, ¿no se podría remediar la necesidad con cien pesos? Puede ser que trajinando por aquellos cajones se alcanzasen a reunir... Cien pesos fuertes ¿qué le parece?
-No, amigo mío.
-¿Ni con ciento cincuenta?
-Tampoco: ya lo he dicho...
-Vaya, padre, no hablemos más -dijo el avaro haciendo un esfuerzo-: voy a darle cuatrocientos pesos, aun cuando tenga que -49- sacar de un dinero ajeno que me han mandado guardar; pero por su paternidad...
-¡Hombre! -le interrumpió el padre-: ya le he dicho a usted que son seiscientos pesos los que he menester por ahora.
-¡Por ahora! -exclamó el avaro tomándose la cabeza entre las manos con una angustia indecible.
-Sí, por ahora -dijo inexorablemente el fraile-, porque después, creo necesitar más.
Don Policarpo no contestó, y se dejó caer sobre el escaño de madera como un hombre a quien le faltan las fuerzas: sacó su despedazado pañuelo de algodón; limpiose el sudor que corría en gruesas gotas por su arrugada frente, y contestó con una especie de quejido:
-¡Eso es imposible!
-Pues nada hay más hacedero, replicó tranquilamente el fraile.
El avaro miró fijamente a su interlocutor, cuya firmeza lo tenía dominado. Había en aquella mirada una mezcla de odio, de dolor, y de impotente despecho. No parecía sino que con ella hubiese querido don Policarpo traspasar el alma de su frío interlocutor; pero no hizo más que resbalar por sobre la coraza de hielo de que éste parecía estar vestido.
-Le he dicho -prosiguió el padre-, que lo que usted llama un imposible es la cosa más hacedera del mundo, y para ello tengo mis razones. En primer lugar, el dinero que usted tiene me lo debe a mí.
Don Policarpo hizo un gesto que significaba: «es verdad».
-¿Podría usted negar esto? Por mis empeños ha adquirido usted los sindicatos de tres monasterios de monjas... Ya sabe cuánto hubo que trabajar contra el capellán de las Claras para que lo nombrasen a usted de síndico... Yo sé que este negocio le deja anualmente a usted algunos miles de patacones... ¿y qué diremos de la recaudación de los diezmos? ¿A quién le debe usted eso, sino al padre Hipocreitía? Acuérdese además de que lo he librado más de una vez de persecusiones por contrabando. Mala memoria tiene usted.
-¡Oh! Estoy, estoy muy reconocido a sus fervores, ¡padre mío! -dijo con la voz más tranquila-, el miserable: me acuerdo de todo; no sé cómo pagar tantos beneficios... Aquí está mi persona... Pídame la vida; pero...
-Pero no dinero -agregó el padre entre dientes-. Sin embargo, no es su vida lo que necesito.
Y luego pensó para sí:
-50--Al contrario, he menester que viva para que me reúna dinero, que es para lo único que sirve este miserable.
-Con qué ¿en qué quedamos, mi buen amigo? -prosiguió en voz alta el reverendo-. ¿Me da los seiscientos pesos, o busco otra persona menos ingrata que usted a quien favorecer?
-¡Oh mi santo amigo y benefactor! -exclamó don Policarpo apresuradamente-: ¿puede su paternidad creer que hallará otro que estime como yo sus beneficios?
-Como veo que usted no tiene buena memoria, y es preciso recordárselo todo cada vez que vengo a pedirle algo...
-¡Yo! ¡Mala memoria! Le aseguro que sus visitas no se me borran jamás de la imaginación -dijo ingenuamente el avaro.
-Ya lo creo; sobre todo cuando las visitas son como la presente, ¿eh?
-No; no es por eso: no es por el dinero... Yo no tengo apego a la plata. ¡Y aun cuando lo tuviera; me parece que soy bastante cristiano para considerar que los que tenemos algo no somos más que unos depositarios de los pobres!
-Bien pensado; evangélicamente pensado -dijo el fraile-, disimulando una ligera sonrisa que asomó a sus labios. Si los ricos no dan, no deben pensar en su salvación.
-¡Oh padre mío! No por que yo procure lograr algo para subsistir dejo de trabajar por mi salud eterna.
-Por eso dice la Escritura, que más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico se salve.
-Condéneme Dios, si no es verdad cuanto le he dicho. Yo vivo en el siglo como si no perteneciese a él. Me voy poco a poco despegando de todo lo terreno, y la vida solitaria es ya para mí una pasión.
¡Cada día está más necio este pobre diablo! -dijo para sí el fraile-. ¡Ahora tiene la pretensión de engañar a un jesuita!
Luego agregó en voz alta:
-Advierto a usted don Policarpo, que ya tengo cinco empeños para los sindicatos que, como usted sabe, no son dignos de desprecio.
-¡Vaya si lo sé! Pero creo que su paternidad no se habrá enfadado conmigo porque no tengo el completo del dinero en este momento...
-En cuanto a las capellanías, de cuyos beneficios goza usted, pertenecen de derecho a un amigo mío, según la opinión de un abogado.
-51--¡Padre mío! No porque carezca de dinero por ahora deje de tener amigos. Le prometo que mañana estará toda la cantidad a su disposición, aun cuando para ello tuviera que venderme yo mismo.
-¿Y quien había de comprar un avaro que ya le pertence al diablo? -pensó el jesuita-... Pero ya le he dicho -continuó con voz firme-, que la necesidad es urgente.
-¡Urgente tan urgente!
-Y tanto, que si usted no me da pronto esa suma, voy a sacarla a interés, y como me pueden cobrar un interés subido, usted saldría perjudicado.
-Ya lo veo: yo tendría que pagarlo todo después.
-Cabal. Si lo ha de hacer mañana, mejor es hacerlo hoy -dijo el padre poniéndose de pie.
Alzose también de su asiento don Policarpo, y haciendo un esfuerzo soberano -dijo a su interlocutor:
-Está bien, padre mío. Le daré del dinero ajeno que tengo en caja. Sígame su paternidad.
-52-
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«Todas estas divisiones estaban llenas de objetos tan diversos, que daban a aquellas piezas el aspecto de un verdadero bazar.» |
| M. PALMA. (Secretos del Pueblo.) | ||
Diciendo esto, pasaron ambos a un cañón de piezas inmediatas, que era el almacén del avaro. Figúrese el lector una gran sala sucia, de paredes ennegrecidas, colgada de telarañas, y llena de un sinnúmero de objetos que revelaban el oficio de prendero que don Policarpo ejercía. Era aquello una especie de arca de Noé, en donde más corto es decir lo que faltaba, que lo que allí había encerrado en confuso desorden. El suelo estaba cubierto de esteras, mesas, catres, colchones arrollados, canastos de ropa usada, sillas viejas, alfombras, pailas rotas, instrumentos de labranza, y rumas de suecos y zapatos usados. Pendientes de la pared, se veía miles de atados dispuestos en hileras, todos numerados y rotulados, y que contenían ropa hecha, sombreros, capas, ponchos, lazos espuelas, correas, y muchos otros artículos que sería cansado enumerar. Suponga el lector que a todos los ladrones de la ciudad se les ocurriera un día reunir sus robos en un gran salón, y que, a esto se -53- agregase todas las mercaderías que los comerciantes llaman hueso. Suponga enseguida, que una mano inteligente y pacienzuda, arregla y clasifica por familias aquella multitud de objetos, y luego les interpola muebles viejos y trastos inútiles, cubriendo por fin todo aquello con una capa de polvo. Pues bien, aun así, no resultaría una colección tan variada y completa como la que el almacén del avaro presentaba.
Pero entre esta multitud de desordenados objetos cubiertos de tierra, y por los cuales se oía andar verdaderas legiones de ratas, siguió el padre a don Policarpo, quien marchaba como de mala gana y suspirando. En realidad, el hombre era llevado al suplicio por su mismo verdugo, por que ¿cabe mayor suplicio para un avaro, que ir a contar por sus propias manos el dinero que va a salir de su caja para no producir nada, ni volver a entrar jamás a ella? ¿Y qué otra cosa es para él, sino un verdugo, la persona que lo obligue a hacer tan duro sacrificio? De esta sala pasaron a otra que daba a la calle, y que servía de despacho al avaro. Allí era adonde estaban las prendas de venta; es decir, aquellas cuyos dueños se habían olvidado de pagar el valor del empeño.
Dirigiose don Policarpo al cajón de una mesa: metió con temblorosa mano la llave en la cerradura; y tirando del cajón, miró al padre, que de pie, enfrente de él, no desplegaba los labios. Era aquella mirada una verdadera y última súplica; pero un gesto del inexorable fraile lo hizo apresurarse a consumar el sacrificio; y metiendo como por un movimiento nervioso la mano dentro del cajón, empezó a contar apresuradamente el dinero, que dispuso en pilas de a cien pesos sobre la mesa. Concluida la operación, dijo al padre con un gesto imposible de describir:
-Ya está.
-Haga al servicio por completo, mi don Poli -dijo el padre con voz melosa, y meta la plata en un saquito
-¡Ah! ¡Dice bien su paternidad! Me había olvidado... Como tengo ahora mi cabeza tan... Pero aquí está el saco. ¿Quiere su paternidad contar?
-Eso no: tengo bastante confianza en usted, y, como además, si es que falta puedo venir a buscar el resto...
-Es verdad -dijo don Policarpo con rabia concentrada-; puede venir a buscar el resto... En ese caso -agregó entre dientes-: mejor es ahorrar la visita. Vea mi padre -prosiguió en voz más alta-: voy -54- a echar otros veinticinco pesos más, por si me hubiera equivocado en la cuenta.
Diciendo esto, contó los veinticinco pesos, y los metió con el otro dinero en el saco.
-¡Miserable avaro! -refunfuñó éste, tomando el saco debajo de su manteo y disponiéndose a salir, y luego agregó:
-Ya sabe usted que yo no puedo dar recibo -dijo a don Policarpo-; pero lo haría por mí nuestro amigo, don Pablo Motiloni.
-Don Pablo Motiloni -repitió el avaro sin despegar sus ojos del bulto que el saquito hacía debajo del manto del fraile.
-Adiós don Poli -dijo éste-. Hasta más ver. Doy a usted las gracias.
-Adiós mi padre -contestó el avaro con angustiosa voz.
Salió el padre a la calle, y se dirigió al punto de donde había venido, mientras don Policarpo, de pie en la puerta de su despacho veía alejarse su alma metida en un saco de brin.
-¡Adiós, dinero mío! -exclamó-: ¡hasta el valle de Josafat! Pensar en que esta plata vuelva a mi caja es como pensar en la venida del Mesías.
Cerró en seguida la puerta, y dirigiose a su habitación con los puños cerrados de rabia.
-¡Malditas sean tus artimañas, fraile sin entrañas y sin conciencia! -exclamó paseándose por su cuarto y amenazando al aire con los puños cerrados-. Y yo, necio de mí, que me he dejado dominar: Pero ¿qué hacer? ¡Estoy entre sus garras!... ¡Seiscientos pesos caídos al agua en un rato! Como si no costara nada ganarlos... ¡A estos frailes les parece que ganar la plata es como decir misa! ¡Y este demonio que no se llena nunca!... ¡Nunca, nunca, nunca!... ¿Para qué querrá dinero? Él mismo dice que con su pie de altar tiene lo suficiente... y mientras tanto ya me lleva pedidos mil y trescientos pesos en lo que va corrido del año... ¡No es vida la que me hace pasar este demonio! ¡Ave María!... ¡En cuanto adquiera unos cincuenta o sesenta mil pesos, me separo de él...! ¡Cierto es que me da a ganar, y que con su apoyo me ha hecho rico; pero el placer de ver llegar a mis manos un millón de duros, no es comparable con el dolor que me causa el separarme de cincuenta! ¡Esto es horroroso!
Tan embebido estaba don Policarpo en sus reflexiones, que no vio parada en la puerta que daba al patio interior, a una niña como de doce años, cuya fisonomía la denunciaba por hija del avaro.
Después de un corto rato, dijo la niña a su padre:
-55--Tatita, dice mi mamita que ya es hora de ir a tomar mate.
-¡Con qué estabas ahí, picaronaza, y no me habías dicho nada! -exclamó colérico el viejo-: ¡no digo yo! Hasta en mi misma casa me espían. ¡Vete de ahí!
Retirose la niña medio llorando, mientras el cruel avaro siguió paseándose por el cuarto con la rabia elevada a la quinta potencia. Cinco minutos después, se oía la clara e imperiosa voz de doña Estefanía, su mujer, que gritaba desde adentro:
-¡Don Policarpo! ¡Don Policarpo! ¡Hombre orejas de paila rota! ¡Que se enfría el mate!
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«Era siempre el joven pensativo y melancólico que conocimos entonces; solo si, que han arrojado una nueva sombra sobre su frente, los recuerdos de una juventud prematura y desgraciada. Su palidez se ha hecho más notable, y sus grandes y hermosos ojos parecen velados por una ligera capa de tristeza que, si en algo disminuye su fuego y viveza naturales, le da ese tinte simpático, que tanto interesa al alma ansiosa de conocer el drama interno que se revela a medias en las miradas profundas.» |
| GUILLERMO BLEST GANA. (El Número trece, Capitulo 1.) | ||
El benévolo lector conoce ya de vista al oficial que hemos llamado Anselmo, y de oídas a don Marcelino de Rojas, y a su hija Lucinda.
Habiendo muerto los padres de Anselmo, seguía éste su carrera militar en Santiago, en donde se consolaba de la pérdida de sus padres con la vista de su querida hermana, Angelina, monja profesa en el convento de las Capuchinas.
-57-El noble corazón de Anselmo, su valor y discreción, junto con su puntualidad en el cumplimiento de sus deberes, le habían granjeado el cariño de sus superiores, así como el de sus compañeros, entre los cuales era mirado con cierta respeto, a pesar de su juventud. El joven había sabido captarse la estimación de que gozaba, siendo respetuoso, sin humillación; digno y pundonoroso, sin altanería; y franco, sin que jamás llegase a rayar en una familiaridad peligrosa. La severidad de sus costumbres que podían servir de modelo, y las desgracias que en su familia había sufrido, daban a su carácter cierto tinte de melancolía, que nada tenía de rechazante. Al contrario, sus compañeros lo buscaban por la franqueza de su trato y la amenidad de su conversación. Sobre todo, tenía ese raro valor para expresar con entera franqueza sus opiniones, cualesquiera que fuesen sea las circunstancias en que se hallara. Nacido en los tiempos de la guerra de la independencia americana, había abierto los ojos oyendo el ruido del tambor de alarma. Actor él mismo en los combates que su patria había tenido que sostener contra la España, su alma se había fortificado con ese vigor que solo en los campos de batalla se adquiere, cuando se pelea por defender una causa justa, antes que por espíritu de partido o de granjería; siendo notable que el mismo valor que había manifestado siempre con la espada en la mano, seguía mostrándolo en sus acciones y palabras. Jamás se desdecía; y como era amigo verdadero de la libertad y de la justicia, las buenas ideas encontraban siempre en él un constante defensor. De aquí nacía esa especie de respeto con que lo miraban sus compañeros, aun aquellos de más edad que él. Escuchaban sus palabras con marcada atención, y no era extraño ver que hasta sus mismos jefes seguían sus consejos. Por otra parte, sus convicciones en política eran tan profundas que por nada en el mundo dejaba de expresarlas con ese tono firme del que, creyendo amar la justicia y la verdad, se cree también con el derecho y el deber de defenderlas.
El carácter y los principios liberales de Anselmo, lo habían hecho afiliarse en ese partido que nacía con la aurora de nuestra libertad política. Enemigo de los vicios y prácticas del coloniaje que se oponían al establecimiento del gobierno verdaderamente republicano, no cesaba Anselmo de combatirlos con su palabra y con su ejemplo. Severo en sus costumbres privadas, lo era también en la manera como atacaba los males de que quería ver despojarse a su querida patria, siendo de notar que sus palabras, bruscas y duras a veces, -58- no le concitasen enemigos. La mayor parte de sus compañeros se contentaba con llamarle el Censor, y en algunos círculos de pelucones decían de él: «es un pipiolito irreducible.» Pero no iban más allá.
A la época en que comienza esta parte de nuestra historia, tenía Anselmo el grado de alférez de infantería, y servía a las órdenes del coronel don Guillermo De Vic-Tupper, en el batallón «Pudeto.» Una caída de a caballo le había obligado a pedir una corta licencia para restablecerse del golpe, licencia que, como ha visto el lector, sabía aprovechar nuestro enamorado militar.
Anselmo era generalmente poco comunicativo, y como no visitaba mucho, algunos de sus amigos se empeñaban por descubrir la causa de su retraimiento, sin echar de ver que la habrían encontrado estudiando el carácter del joven.
-¿Estará enamorado? se preguntaban.
-¿De quién lo estará?
-Pero no visita en ninguna parte.
-Es muy excéntrico.
-Sí, hombre: yo sé dónde tiene su rompe cabeza.
-Anselmo es incapaz de eso: nació viejo. Yo creo que ninguna niña...
-¿Qué sabes tú? ¡Anselmo es como todo hijo de vecino! ¡Vénganme con vejeces!
-Yo digo lo mismo.
De esta manera solían platicar los amigos del joven; porque ha hombres que no se empeñan tanto en buscar lo que les conviene o desean, como en saber si los demás lo han encontrado.
Uno de estos espíritus veleidosos y noveleros, era don Catalino Gacetilla, que parecía un duende, en cuanto a lo de estar en todas partes, inquirirlo todo, saberlo todo y publicarlo todo. Creemos no tener necesidad de hacer el retrato moral de este divulgador de noticias, porque los hombres como Gacetilla piensan en alta voz, se retratan a sí mismo, poniéndose de relieve en cuanto dicen.
-Qué me han de decir a mí -decía esa misma tarde ante algunos amigos que hablaban del joven, entre los cuales se hallaba por casualidad don Pablo Motiloni-: soy amigo íntimo de Anselmo...
-Y, ¿crees conocerlo por esa razón?
-¡Pues no! ¿Soy un tonto por acaso?
-Pero, ¿se te ha manifestado abiertamente?
-Yo no tengo necesidad de eso para saber la vida y milagros de -59- las personas con quien me junto... ¡Anselmo! Lo tengo retanteado, hombre.
-Pero después de todo, ¿qué es lo que sabe usted? -preguntó Motiloni mirando fijamente a Gacetilla al través de sus anteojos verdes.
-¡Ah don Pablo! ¿Estaba usted aquí? Este don Pablo es perrito de todas bodas; y si no fuera una herejía, diría que se asemejaba a Dios en esto de estar en todas partes... Por eso me gusta... Alléguese para acá, don Pablo, y le contaré, porque lo que tengo que decirles es un secreto.
Diciendo esto el eterno parlanchín prosiguió en voz más baja; pero que fue gradualmente elevando, sin reparar que estaba contando un secreto a sus amigos.
-Si es un secreto que he sorprendido; y como Anselmo es mi amigo, y yo sé que no le gusta que hablen de él, habiendo amores de por medio... Ya lo conocen ustedes... Es una dama que de todo el mundo se oculta; pero no de mí, porque he descubierto que está enamorado.
-Y, ¿qué nos importa eso? -dijo Motiloni...- Yo creía que se trataba de otra cosa.
-¿Y le parece a usted poco, don Pablo?... Este hombre no se contenta con ninguna noticia por gorda que sea. Anselmo está enamorado al remate.
-¿De quién está enamorado? -preguntó uno.
-De la hija de don Marcelino de Rojas.
-¿Lucinda?
-La misma. Yo he visto a Anselmo frecuentar mucho la casa.
-¡Bonita razón! -exclamó otro.
-¿Y no sabes más que eso?
-¡Vaya si sé más! Yo lo sé todo, hombre... es señalada la que a mí se me escapa... He visto billetitos...
-¡Anselmo con billetes de amor! ¿Estás loco?
-Si, hombre... Mi lavandera lava también en casa de don Marcelino, y un día me llevó un papelito doblado que había encontrado, según me dijo, en el bolsillo de uno de los vestidos de Lucinda...
-¡Qué hombre éste!
-¿No te digo que yo tengo suerte para descubrir noticias? Era una esquelita de amor, y la letra se parecía mucho a la de Anselmo. Por último, les diré que esta mañana vi que Anselmo venía de aquel lado por la calle de las Monjitas, leyendo otro billete...
-60--Entonces es un hecho.
-¿Pues no ha de ser? Además hay otras cosas que yo sé, y que dejo en el tintero porque yo también sé callar cuando conviene.
Don Catalino mentía evidentemente, porque si algo más hubiese sabido, lo habría dicho.
-Si eso es cierto me alegro, porque la niña vale lo que pesa -dijo uno.
-¡Caramba si vale! -agregó otro: puede esperar una dote magnífica. El negocio es bellísimo.
-Yo hablo del mérito personal de Lucinda.
-Y yo del mérito rentístico, que para mí es lo que vale.
-Sí: cada cual mira las cosas a su manera -dijo Motiloni sentenciosamente.
-¡Cabal! En cuanto a mí, te habré de decir que me casaría hasta con el mismo don Marcelino con tal de atrapar la dote.
Una estrepitosa carcajada iniciada por don Catalino fue la contestación que obtuvo esta necia y chabacana ocurrencia.