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Poesías escogidas

Manuel del Palacio

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Por vez primera se incluyen en esta «Biblioteca Selecta de Clásicos Españoles» las obras de un escritor de nuestros días; y no fuera justo quien lo censurase alegando que únicamente merecen nombre de clásicos los de la época griega y romana, pues por autorizarlo el uso, también se llama clásicos al autor y la obra que se tienen por modelos dignos de ser imitados en cualquier literatura o arte. Sin que por ello sufra menoscabo la venerable antigüedad, no es de temer que haya quien incurra en el apasionamiento de admirarla con criterio tan exclusivista que le prive de apreciar y enaltecer lo producido en siglos posteriores. Al hombre le cuesta reconocer el mérito tanto mayor trabajo cuanto más cerca de él está quien lo alcanza; y si se persuade fácilmente de que ciertos escritores de remotas edades llegaron a la perfección de la forma en el idioma que manejaron, en cambio se resiste a confesar el valor de los que vinieron detrás; pero el tiempo hace en todo justicia. Ya nadie niega que sí son clásicos Homero y Virgilio, no lo son menos Dante y Petrarca, Cervantes y Lope de Vega; y si hoy se llama clásicos a los que mejor han escrito, aun recientemente, en lengua castellana, no se podrá poner en tela de juicio que lo son, por ejemplo, Quintana y Zorrilla, Bretón y el Duque de Rivas, don Juan Valera y Menéndez y Pelayo.

No es abrumador el número de los que están en igual caso; siempre son pocos los indiscutibles; de algunos, sólo una o dos obras merecerán alabarse sin restricciones; de otros, una sola; pero hay varios entre cuya producción literaria se puede escoger mucho, donde por cima de pocos errores y pequeños descuidos brillan grandes aciertos y positivas bellezas.

Entre estos autores figura Manuel del Palacio, poeta celebrado durante su juventud sólo por festivo y gracioso, y a quien en la edad madura hubo que reconocer más altas cualidades.

La viveza de ingenio y cierta inclinación a la sátira, que halló campo propicio a su desarrollo en las discordias políticas, le dieron, en los comienzos de su carrera, una notoriedad que fue aumentando con el empeño del vulgo a atribuirle todas las procacidades y mordeduras que, puestas en versos insolentes, circulaban contra los gobernantes ineptos y despóticos. No se imprimió ni se dijo por entonces en conciliábulos revolucionarios, redacciones y saloncillos de teatros redondilla picante, semblanza injuriosa ni soneto desvergonzado que no pasara por suyo; tanto como su propia osadía, que no era poca, contribuyó a esta fama la persecución de que fue víctima, y así llegó a gozar, y sufrir también, la costosa popularidad que logra en días revueltos quien se atreve a formular en voz alta, sin miramientos ni respetos, las quejas motivadas por la arbitrariedad y la opresión. Pero cambiaron los tiempos; el ambiente de la libertad quitó, en gran parte, razón de ser a la sátira; se apaciguaron los rencores políticos; los años, haciendo su oficio, fueron transformando al gacetillero agresivo, el cual ganó en sensatez lo que perdió en impetuosidad; se desarrollaron cumplidamente las mejores condiciones de su espíritu y pronto sus mismos adversarios se vieron obligados a confesar que las poseía dignas de la mayor estimación; entre otras, cierta serena placidez de juicio, no exenta de amargura, al considerar las flaquezas humanas, y una gran delicadeza. para percibir y reflejar los rasgos poéticos que surgen a cada paso en el mundo. Ello fue que al comenzar la segunda mitad de su vida, el versificador satírico, tan celebrado antes por cáustico y libre, había quedado oscurecido por el poeta noble y hondamente sentimental.

Su familia era de tierras de León; el padre, que fue militar y combatió a las órdenes del Empecinado, residió algún tiempo en Lérida, y en esta ciudad nació Manuel del Palacio el 25 de diciembre de 1831, según reza su partida de bautismo; él, sin embargo, en una breve autobiografía, más graciosa que rica en datos y noticias, publicada en 1894 al frente del volumen titulado Chispas, dice:

   «En Nochebuena nací,

Y entre placeres y penas,

Sesenta y dos Nochebuenas

Han pasado sobre mí.»


De donde se deduce que vino al mundo en 1832, y no el 25 de diciembre, sino la víspera.

Estudió en Soria, Valladolid y La Coruña; se graduó de bachiller en filosofía en 1843 y llegó a Madrid en 1846, publicando sus primeros versos en un semanario de Ventura Ruiz Aguilera titulado Los hijos de Eva. De 1850 a 54 fue empleado de Hacienda en la tesorería y la conducción de caudales en Granada, sin que la prosaica ocupación de hacer números, rendir cuentas y manejar dinero ajeno le quitara la afición a las letras que mostró desde niño. Antes al contrario, pasadas las horas de trabajo oficinesco, en vez de seguir conviviendo con los agentes del fisco, buscaba amigos y compañeros que tuviesen sus mismos gustos e inclinaciones.

Así entró a formar parte de la famosa cuerda granadina, reunión de muchachos y hombres hechos, pero aún jóvenes, de procedencia diversa, españoles unos, extranjeros otros, inteligentes todos y hermanados en regocijada pandilla, a la cual daban cohesión el común entusiasmo artístico y, el legítimo propósito de comenzar a subir alegremente la cuesta de la vida.

Muchos de ellos eran desconocidos, algunos iban ya camino de la celebridad y más de cuatro la conquistaron presto. Indudablemente, aunque alguna vez merecieran censura por ciertas bromas pesadas y travesuras audaces, debieron de ser, en general, mirados por la sociedad de Granada con esa indulgente simpatía que la juventud, ávida de amor, prosperidad y gloria, inspira a todo espíritu que no esté agriado por el egoísmo o poseído por el demonio de la intolerancia. Ello, es que las personas ilustradas de entonces han convenido en que la cuerda granadina no se pareció absolutamente nada a la turbulenta partida del trueno, opinando además que la relación de sus andanzas y el estudio de sus figuras principales, escrito por quien lograse reunir los datos necesarios, formaría un capítulo muy curioso de la historia literaria de aquella época, durante la cual, restauradas ya en gran parte las heridas de la primera guerra civil, comenzaron a variar las costumbres y acaso por esto mismo, produjo tantos autores notables.

Manuel del Palacio, en unos artículos hilvanados muy a la ligera, pero ricos de frescura y espontaneidad, que publicó con el título de Páginas sueltas, consagra un sentido recuerdo a la cuerda granadina, «reunión-dice-de gente alegre y despreocupada, en la cual, con ser bastante numerosa, no hubo ni un tonto ni un malvado1».

La componían, entre otros, Manuel Fernández y González, Pedro Antonio de Alarcón, Juan Facundo Riaño, José Moreno Nieto, José de Castro y Serrano, Leandro Pérez Cossío, Mariano Vázquez, en cuya casa se celebraban las juntas, y, además, los artistas Notheck (ruso), Sorokin (polaco), Dutel (francés), y Ronconi (veneciano), que llegó a presidente de la cofradía.

Era natural que cuando aquellos hombres, después de haber alegrado con sus versos, sus músicas, sus giras y sus galanteos las orillas del Darro y las tertulias de Granada, se reunieron en Madrid, tuvieran ya cierto prestigio literario y social, y también es de suponer, hecha excepción de los casos de frialdad y despego, que naturalmente se protegieran y auxiliasen. Así todos hallaron en la corte francas las puertas de los teatros, periódicos y salones donde habían de brillar y fácilmente conquistaron envidiable reputación: Fernández y González y Pedro Antonio de Alarcón comenzaron a publicar sus novelas; Riaño divulgó aquí y en Inglaterra la historia del arte español; Castro y Serrano escribió sus artículos de costumbres; Moreno Nieto fue honra del parlamento y de la cátedra; Pérez Cossío, periodista de verdadero mérito, y Mariano Vázquez tuvo la gloria de ser uno de los primeros profesores que en Madrid despertaron la afición a la buena música.

A Manuel del Palacio, sus ideas políticas muy radicales, avanzadas según entonces preferentemente se decía, le llevaron al periodismo. Comenzó a escribir en La Discusión y en El Pueblo artículos y versos contra los gobiernos de aquellos que, llamándose partido moderado y de unión liberal, pecaban precisamente de exceso de autoritarismo; y como no existía la libertad de imprenta, unas veces aguzando el ingenio, otras excediéndose en las palabras, extremó tanto los ataques, que pronto fue conocido en toda España.

La mayor parte de sus artículos en aquellos diarios eran denunciados; los comentarios en verso que hacía, por la mañana poniendo en solía el discurso de un ministro o las peripecias de una crisis eran repetidos por la noche en las tertulias de Madrid, y aun se le atribuían otros que, como pecasen de atildados, se acreditaban por suyos. Esta fue su época de gacetillero batallador, durante la cual llegó a tener una popularidad sólo comparable a la de aquellos descaradísimos poetas franceses de tiempo del Directorio, cuyas canciones callejeras, desenvueltas y a veces injuriosas, enfurecían a ministros y polizontes, siendo en cambio regocijo de agitadores y revolucionarios. No está de más recordarlo ahora para que puedan apreciarse mejor las cualidades que mostró posteriormente; ni cabe poner en duda que hizo gala de mucho desparpajo y de extraordinaria vis cómica. Pero la verdad es que si sólo hubiera escrito lo que le dictó entonces su animadversión contra Narváez, O'Donnell, González Bravo y Marfori, a buen seguro que no pasara su nombre a la posteridad; y es que si al político no le está vedado apasionarse hasta llegar a la violencia en pro de la opinión que defiende, el literato no puede incurrir en tal exceso sin empequeñecer y rebajar la poesía poniéndola al servicio de banderías y partidos.

En 1865 hizo Manuel del Palacio un viaje a Andalucía por encargo del general Prim, que le confió una misión peligrosa, relacionada, con sus planes revolucionarios, y de la cual salió muy airoso, tornando luego a trabajar en los periódicos democráticos de Madrid.

La campaña más ruidosa de esta época de su vida fue la que en compañía de Luis Rivera, Roberto Robert y Eusebio Blasco sostuvo en el Gil Blas, escribiendo centenares de composiciones y artículos con clarísimos ataques a políticos que tuvieron su hora de notoriedad y la mayor parte de los cuales valían tan poco que rápidamente pasaron del encumbramiento al olvido. Igual suerte habían de tener los versos del poeta inspirados en base tan deleznable. Cierto que la lucha por la libertad llegó a ser violentísima; pero también es verdad que los combatientes de uno y otro bando eran de temple inferior al que las circunstancias pedían: a la brutal arbitrariedad de los opresores contestaban los oprimidos con la injuria, todos se empequeñecían moralmente y el prestigio de las ideas quedaba sofocado por la torpeza de sus defensores. Dicho sea de pasada, es, en verdad, digno de estudio lo que pudiera llamarse el caso del Gil Blas. La colección de este periódico que agitaba a España e infundía pavor a los gobiernos, se hojea hoy sin emoción; los epigramas, las sátiras, que acarreaban a sus autores prisiones y destierros, no nos hacen sonreír; lo único que queda de él son las caricaturas de Ortego; sus redactores fueron flores de un día, pronto arrasadas por lo que en el lenguaje periodístico se llama actualidad y no es a veces, sino el predominio de lo engañoso y efímero que mata, sin dejarlo prosperar, aquello mismo que ha engendrado.

Escribir en defensa de la libertad no era, sin embargo, entonces cosa de juego, como ahora imaginan los que gozan sus beneficios sin saber lo que ha costado: Manuel del Palacio estorbaba en Madrid a los gobernantes por que los zahería cruelmente, y en 1867, aprovechando el escandaloso revuelo producido por unos versos que escribió o le atribuyeron, fue desterrado a Puerto Rico. Mas no debió de ser muy grave su culpa, si acaso incurrió en alguna, o no le guardaron rencor sus perseguidores, pues a principios del año siguiente estaba de vuelta en Madrid. Y con esto termina aquella primera época de su vida, durante la cual el exceso de ardimiento político, siempre absorbente y desfavorable a la calma propia de los estudios literarios, retrasó el desarrollo de las facultades poéticas en él ingénitas y que pronto llegaron a su completa madurez.

Triunfante la revolución de 1868, aún no escrita con imparcialidad, pero en cambio calumniada por los mismos que se aprovecharon de ella, Manuel del Palacio ingresó en la carrera diplomática, yendo de primer secretario a la legación de Florencia. Desde entonces el ambiente social en que vivió, tan distinto del que antes le envolvía; los viajes, pródigos de enseñanza para ingenios tan perspicaces como el suyo, y también sin duda la tranquilidad de poder entregarse a observarlo y saborearlo todo, fueron facilidades y estímulos que, abriendo nuevos horizontes a su inteligencia y afinándole la sensibilidad, le enseñaron a expresarse con ese encanto sugestivo e intenso en que estriba la mayor gloria de los poetas cuando logran comunicar a nuestra alma la misma emoción que ellos han sentido.

Grande es la diferencia entre lo que antes había escrito y lo que luego produjo. Sus primeras composiciones, anteriores a su venida a Madrid, y las que llevaba a Ventura Ruiz Artillera para el semanario Los Hijos de Eva adolecían de la menuda desesperanza y el sentimentalismo casi lúgubre, sin alardear de los cuáles no cree el principiante que es verdadero poeta; después la pasión política le descaminó, limitando su ingenio a mero comentarista burlesco de las disputas del día, y en parte por la fuerza de su propio donaire, en parte dejándose llevar por la corriente que le aseguraba el aplauso, siempre halagüeño, sentó plaza, de satírico y dio no escasa prueba de servir para ello; pero ninguna de estas dos fases de su producción representaba bien lo que valía. La ocasión de revelarse tal cual era fue el viaje a Italia. La suma de ideas, acaso desordenadas pero fecundas, que había de sugerirle la contemplación de tantas obras de arte, unas mostrándole la belleza que el tiempo respetó y otras hablándole con la triste elocuencia de las ruinas; el roce con la culta sociedad florentina, donde a la sazón convivían los patriotas italianos más ilustres confundidos por el anhelo de la unidad nacional, próxima a lograrse; y, finalmente, el conocimiento de la literatura toscana, a cuyo estudio se consagró con entusiasmo, fueron estímulos y enseñanzas en él tan poderosos, que sin mermarle nada de la índole enérgica y castiza con que nació, le inculcaron la elegancia y la delicadeza que le faltaban. El mero versificador de fácil y ocurrente vena, guiado por un instinto poderoso para sentir lo bello y comunicar la impresión que produce, se convirtió pronto en poeta notabilísimo.

Tratemos ahora de descubrir su filiación literaria y fijar los rasgos característicos de su personalidad.

Seguramente, dadas sus aficiones, leería de muchacho cuantos versos hallase a mano; pero, ¿qué poetas pudieron influir en él? ¿Cuáles serían los que le atrajesen, ya por el natural deseo de igualarse a los favoritos del Público, ya por descubrir en ellos sus propios gustos y sus mismas ideas?

Cuando comenzó a escribir no predominaba en la lírica española de modo avasallador ninguna escuela ni tendencia. Calmada por el tiempo la justa exaltación del amor patrio, la musa grandilocuente que inspiró a Quintana y Gallego había enmudecido; el romanticismo, que aún triunfaba en la escena, perdía terreno en los libros, donde iban escaseando las leyendas medievales adornadas con estampas de castillo roquero y trovador andante, y en las tertulias literarias estaban pasadas de moda las composiciones lúgubres, cuyos protagonistas solían ser la dama hecha monja por fuerza y el enamorado suicida; el pesimismo de procedencia extranjera amamantado en Byron, Musset, y Leopardi, cuyo excepcional y glorioso intérprete fue Espronceda, tenía ya pocos cultivadores; y Zorrilla, señor y soberano indiscutible de lo tradicional y legendario, estuvo casi olvidado hasta que volvió de Méjico.

Estas manifestaciones y fases de la lírica española, anteriores en algunos años a la juventud de Manuel de Palacio, no influyeron en él: indudablemente sentiría la admiración que causan algunos excelsos poetas de entonces, pero no procuró seguir sus huellas; y, según veremos, tampoco imitó a los que vivieron en sus mismos días.

Sobresalían entre los que fueron sus amigos y compañeros, aunque no de su misma edad, Núñez de Arce y Campoarnor, ambos apreciados por la opinión pública en todo su valer desde dos que comenzaron a escribir, y Bécquer, a quien en vida no se hizo justicia y cuya verdadera popularidad empieza con la edición de sus obras, a que puso prólogo Ramón Rodríguez Correa; pero ni el autor de los Gritos del combate, ni el de las Doloras, ni el de las Rimas ejercieron en él influjo alguno, aunque a veces tenga rasgos comunes con ellos.

Núñez de Arce, procurando remontarse sobre la pequeñez de lo individual, canta o lamenta las glorias o los desfallecimientos del hombre; los asuntos de sus poemas no son episodios de la vida, sino desahogos de su conciencia airada contra lo que execra; y cada figura por él creada, sin más aspecto ni más calor humano que aquellos que su fantasía les quiso atribuir, es la personificación de un anhelo o un grito de su alma atormentada; su estilo, pródigo en adjetivos altísonos, desdeña lo apacible, esquiva lo tierno, y ya espontáneamente, ya ayudándose del artificio retórico, es siempre más grandioso que natural. Nada de esto se observa en Manuel del Palacio.

Bécquer, erótico en el recto sentido de la palabra, dulce, amable, apasionado, hasta capaz de pasajera vehemencia, pero nunca varonilmente impetuoso, suspira y gime como victima sin voluntad, poseída y acobardada por un amor triste y enfermizo. Descontado aquel fugaz relámpago que le hace exclamar: «Hoy llega al fondo de mi alma el sol», no hay en sus rimas un rayo de alegría. Quizá por esto sea el favorito de la juventud en ese período, breve por fortuna, en que el amor se nos antoja más intenso cuanto más desventurado. Tampoco tiene con él Manuel del Palacio punto de semejanza.

De Campoamor le separan diferencias muy hondas; el autor de El tren expreso, en apariencia tan suave, en realidad tan atrevido, nos maravilla con las infinitas observaciones, ya serias, ya irónicas, que le sugieren los lances de la vida; nos encanta con paradojas hábilmente expuestas y verdades bravamente dichas, siempre en tal abundancia, que no deja parar mientes en el desaliño con que las viste. Manuel del Palacio carece de esta asombrosa fecundidad de conceptos; tiene menos ideas, pero las atavía y adereza con mayor cuidado y galanura.

Con otros poetas de su tiempo, injustamente olvidados aunque valían mucho, por ejemplo, Querol y García Tassara, no tiene de común más que el respeto a la forma; pero su índole poética es muy distinta. El tierno cantor de La Nochebuena, el enérgico vate de Venecia eran aficionados a las composiciones largas, a explayarse desahogando su pena o su entusiasmo en elegías y odas de corte clásico. Palacio, salvo en las narraciones, donde el asunto determina la extensión, prefiere las composiciones cortas que cautivan el ánimo comunicándonos breve y claramente un sentimiento o una idea. Puede, en fin, afirmarse que no siguió ni pretendió imitar a ninguno de sus contemporáneos, aunque, de vez en cuando, escribiese leyendas parecidas a las de Zorrilla, sollozos rimados como los de Bécquer y humoradas parecidas a las de Campoamor.

No tiene una obra donde revele su concepto de la vida, ni la totalidad de su pensamiento como El diablo mundo, de Espronceda; ni un largo poema descriptivo como Granada, de Zorrilla; sus poesías, casi siempre cortas, están inspiradas en las circunstancias que le rodean, según decía Goethe que deben estarlo las verdaderamente líricas. Para penetrar en su espíritu, hay que asimilarse de ellas lo que muestran dispersa y aisladamente; luego, del conjunto se desprenden sus ideas como de un ramo los aromas de diversas flores; y estas ideas no son meros actos de la inteligencia limitados al conocimiento de una cosa, sino formas con que viste sus anhelos morales: el culto a la conciencia, el entusiasmo por la libertad, el amor a la mujer. Tal es la triple adoración que caracteriza su personalidad, la cual se revela por su modo especial de sentir y de expresarse. Cuanto agita el alma humana le conmueve hondamente; su sensibilidad es tan delicada que todo le impresiona, pero la impresión que recibe es más intensa que duradera; la pena y el gozo no anidan por largo tiempo en su corazón; lo sobrecogen o lo iluminan súbitamente, y como aves de paso le dejan pronto libre y tranquilo para que experimente nuevo dolor o nueva dicha. La emoción que el bien y el mal le causan es sincera, pero fugaz; se complace o se lamenta con la espontaneidad propia de quien no puede ni permanecer indiferente al halago, ni sufrir sin queja el pesar, y a esta rapidez de la emoción, resultado sin duda del convencimiento de que nada hay duradero en la vida, corresponde la sobriedad al expresarla: el mundo, le acaricia o le hiere, surge en su corazón la gratitud o la protesta, la formula en una sola idea y no cuida de amplificarla. En cambio, pone singular esmero en que al pasar de su pensamiento al nuestro las palabras que la transmitan tengan la fuerza necesaria para hacernos sentir lo mismo que él sintió. Pudiera decirse que es el intérprete de las sensaciones pasajeras con que las pasiones propias y ajenas nos desasosiegan o atormentan, sin que su rapidez y laconismo al reflejar y comentar la turbación por ellas causada, sustraigan nada a nuestra sensibilidad, pues precisamente su arte consiste en perpetuar el recuerdo de aquellos instantes deleitosos o acerbos, que el tiempo había de llevarse, y el cual, merced al encanto de la poesía en que él lo envuelve, queda para siempre presente a la memoria. No: nadie negará la cualidad de notabilísimo poeta a quien así sabe burlar al tiempo, salvando de nuestro propio olvido lo que un instante nos llenó el alma o nos hechizó los sentidos.

Muchas de las composiciones contenidas en este tomo prueban la ternura y a veces la alteza de pensamiento con que considera aun los casos más comunes de la vida. Así, por ejemplo, la pérdida de un amigo de la juventud le lleva a comparar la edad madura con el otoño; mas esto, que nada tiene de nuevo, le sugiere la reflexión siguiente, llena de dulce melancolía:

   ¡Ay! Para el alma que lo incierto espera

Y al ver la oscuridad gime y se asombra,

¡Qué dichosa estación otoño fuera

Si al suelo no arrojase por alfombra

Todo lo que en la verde primavera

Nos dio perfumes y frescura y sombra!


Ve una mujer rezando llorosa en una iglesia, y su fantasía, queriendo adivinar el drama que la desconocida lleva dentro de sí, y él presiente, exclama con esa dulce piedad que tan poco tarda en igualarse al amor:

       Ángel de blanca luz o ángel caído,

Para llegar a ti tus alas dame

O el antro alumbra donde te has hundido;

Que quien tus gracias mire y no las ame

Podrá ser necio; quien te dio al olvido

Después de profanarlas, es infame.


Quizá un día leyendo a Dante vio, como hemos visto todos, en la figura de Beatriz la personificación de lo ideal; y preguntándose si fue la musa viva del poeta o si éste la creó haciéndola símbolo y cifra de todos sus deseos, se encara con ella diciendo:

       ¿Triunfaste por un genio del olvido?

¿Le das tu luz o de su luz te vistes?

¿Te amó despierto, o te forjó dormido?

Bello fantasma de las horas tristes,

Dudará la razón si has existido;

El alma, que te ve, sabe que existes.


Ya en el ocaso de la vida sufre la tentación de verse querido, por una mujer joven y hermosa que tiene dueño según las leyes, y, entreverando en la repulsa la hombría de bien propia del caballero y la tristeza acumulada por los años, rechaza su amor con estas palabras:

       Avaro de ese bien, deja le guarde

Con toda la pureza que atesora,

Ya que para ladrón nací cobarde.

Baste a mi dicha la que siento ahora

Al verme entre las brumas de la tarde

Gozando las caricias de la aurora.


A otra beldad por quien fue desdeñado cuando la pretendía y que después le buscó, tarde para ser amada, le dice refiriéndose al llanto vertido por ambos en época distinta:

       Lo dijiste y lo sentías:

Era ya imposible amarnos,

Y ¿a qué andar con niñerías?

Recuerdo que, al separarnos,

Yo lloraba y tú reías.

   Sintió mi pecho, al perderte,

Algo del sepulcro frío,

Y maldije de mi suerte.

Hoy, bien lo sabes, al verte,

Tú lloras y yo me río.

   Demos por bien empleado

El llanto de hoy y el de ayer,

Porque ¡ay! a habernos amado,

¡Cuánto hubiéramos llorado

los dos a un tiempo, mujer!


Y para dar idea del peligro que trae consigo la desdicha de amar a la que no se logra poseer moralmente le bastan estos cuatro versos:

   Cazador que a caza vas

De mujer o de león,

¡Ay de ti si no le das

En mitad del corazón!


Muchos fragmentos análogos pudiéramos aducir para demostrar que el arte de Manuel del Palacio consiste en poner de relieve lo que ha sentido con tal precisión que quien haya experimentado lo mismo difícilmente acertará a formularlo mejor.

Esta delicadeza con que percibe los movimientos del ánimo, la posee también para reflejar la impresión que la causan los seres, las cosas, los lugares y, en general, el espectáculo de la Naturaleza y las creaciones del Arte: mas nada describe prolija ni minuciosamente; todo lo bosqueja con solos sus rasgos característicos, cual si temiera sofocar entre pormenores y menudencias el efecto que debe producir lo principal.

En esta tendencia a la brevedad y la síntesis, connatural a su temperamento artístico, debió de tomar origen su predilección por el soneto, que si, en lo referente a la estructura, es una combinación métrica, por su esencia es una especial forma poética, un género cuya belleza no depende sólo del ritmo y de la rima sino además, y muy en Primer término, de ciertos giros a que se somete en él la exposición del pensamiento procurando darle así condiciones excepcionales de claridad, vigor y nobleza.

Para escribir un buen soneto no bastan la rigurosa medida de los versos, la riqueza de las consonancias, ni siquiera el primoroso atildamiento en la elección de las voces; es preciso que las ideas se sucedan y completen como misteriosamente encadenadas, hasta que de ellas surja el sentimiento con toda la dulzura de que sea susceptible o el concepto en la plenitud de su fuerza. El soneto se rige por leyes ajustadas a la índole especial del género y derivadas de la práctica seguida por los grandes poetas, a las cuales no hay medio de sustraerse so pena de que el más leve descuido lo desluzca y envilezca. Fernando de Herrera, en sus anotaciones a las obras de Garcilaso2, dice: «Es el soneto la más hermosa composición y de mayor artificio y gracia de cuantas tiene la poesía italiana y española. Sirve en lugar de los epigramas y odas griegas y latinas, y responde a las elegías antiguas en algún modo; pero es tan extendida y capaz de todo argumento que recoge en sí sola todo lo que pueden abrazar estas partes de poesía sin hacer violencia alguna a los preceptos y religión del arte; porque resplandecen en ella con maravillosa claridad y lumbre de figuras y exornaciones poéticas la cultura y propiedad, la festividad y agudeza, la magnificencia y espíritu, la dulzura y jocundidad, la aspereza y vehemencia, la conmiseración y afectos y la eficacia y representación de todas. Y en ningún otro género se requiere más pureza y cuidado de lengua, más templanza y decoro, donde es grande culpa cualquier error pequeño, y donde no se permite licencia alguna ni se consiente algo que ofenda las orejas, y la brevedad suya no sufre que sea ociosa o vana una palabra sola.»

Boileau pide que el soneto no contenga ningún verso flojo; Martínez de la Rosa, que sea

Avaro en voces, pródigo en sentido,

y Teófilo Gauthier, con la desenvoltura que le caracteriza, dice: «Hay que someterse a sus leyes, y aquel a quien se le antojen anticuadas, pedantes o enojosas, que no haga sonetos.»

Manuel del Palacio escribió muchos y de varia índole. Los tiene inspirados por el sentimiento que le dominaba en una situación o un trance de su propia vida, y éstos son a manera de desahogos íntimos y personalísimos; otros han surgido ante la dicha o el dolor ajeno; no pocos proceden de la impresión recibida contemplando las maravillas de la Naturaleza y del Arte; algunos son un grito de admiración o de protesta; compuso bastantes en los cuales palpita todavía el efecto que le causara una página literaria o un caso de la realidad, y también los hizo jocosos, con muchísima gracia, ya fingiendo en doce o trece versos la más enfática solemnidad y reservando el efecto cómico para el final, como en el de Lope de Vega, que empieza:

Caen de un monte a un llano entre pizarras;

ya, por el contrario, comenzando a escribirlos en broma, pero acabándolos con un arranque dramático que, por contraste con lo precedente, resulta burlesco y divertido.

Los mejores son los serios y en particular los amorosos. Están generalmente inspirados por ideas que, a falta de novedad extraordinaria, encantan por su galanura, y las cuales van eslabonándose en versos fluidos y sonoros hasta llegar al pensamiento capital, formulado, la más de las veces, con mucha energía.

Los cuartetos, aunque acaso durante la gestación del trabajo hayan sido muy corregidos y limados, parecen haber brotado de la pluma sin retoque ni enmienda. Los tercetos suelen ser aún más notables por su corrección y sonoridad, y es digno de observarse que si los escribía siempre con soltura, los hacía mucho mejor en el soneto que en las demás composiciones.

Los políticos se distinguen por su vigor, y prueban no sólo el entusiasmo con que defendió los principios liberales, cuando era peligroso romper lanzas por ellos, sino también la riqueza de imaginación y el buen gusto, merced a los cuales pudo enaltecer en bellísimo estilo sentimientos y aspiraciones que, no obstante su alto valor moral, son difíciles de expresar en forma poética.

Al mismo tiempo que éstos, es decir, durante el período de continuas conspiraciones y revueltas, compuso, en sonetos también, las famosas semblanzas de personajes que tanto contribuyeron a su fama de satírico, pero que distan mucho de tener igual mérito. En los hechos para declarar su amor a las ideas estalla la más noble y simpática vehemencia: en las semblanzas, nacidas de la animadversión personal, la índole del autor parece bastardeada por el espíritu de partido; el móvil a que obedecen les priva de grandeza y, como si se resintieran de haber sido rápidamente improvisadas, hasta en la técnica son inferiores. Escritas para zaherir a hombres políticos, unos odiosos por su modo de gobernar y otros insignificantes por su vulgaridad, aunque el favor los encumbrase, carecen ya de interés y no dan idea del mérito del poeta y aún menos de su verdadera índole moral. El mismo apasionamiento que les prestó vida, aquella acometividad a veces sañuda que les infundió caracteres de diatriba, era incompatible con el sereno decoro sin el cual la obra de arte, aunque se popularice en un momento determinado, carece de belleza y no se inmortaliza nunca. Nadie suponga, pues, maliciosamente, que dejan de incluirse en este tomo ciertas, composiciones de carácter político y sátira violenta como condenando y para que vaya olvidándose la significación revolucionaría de Manuel del Palacio. Nada de eso. Quien escribe estas líneas juzga que aquella tendencia, por la cual tantos sacrificios hicieron los hombres más ilustres de España, fue en sus tiempos sana y altamente patriótica; pero prescinde de reimprimir aquí lo que, concebido entre odios y rencores durante la exaltación de la lucha, había de nacer falto de verdaderas condiciones artísticas. Si de lo que por entonces se produjo en este género hay algo digno de pasar a la posteridad será seguramente lo de quien pudiera trabajar en la tranquila y cómoda soledad de su gabinete, no lo de aquellos que, como Manuel del Palacio, tenían que andar a salto de mata escribiendo en la mesa de la redacción o el velador del café; y la prueba es que por la misma causa han quedado en el olvido las composiciones que poseídos de fervor revolucionario y antidinástico escribieron hombres tan ilustres como Eulogio Florentino Sanz, Juan Martínez Villergas, Adelardo López de Ayala y don Antonio García Gutiérrez. Realmente, en Manuel del Palacio nunca se agotó la vena satírica; pero los años, sin quitarle gracia y desenfado, le hicieron prudente y comedido, transformando su excesivo ardimiento en tranquila ironía. Así, por ejemplo, en 1868 retrataba a un ministro con estos crueles rasgos:

   Desde humilde pastelero,

En Palacio fue admitido.

Fue Marqués, tuvo dinero;

Sólo una cosa no ha sido

En su vida: caballero.


Y en 1898, cuando otro ministro le jubiló a raíz de nuestro gran desastre colonial, causándole graves perjuicios, desahogó su justo enojo, limitándose a lamentarse de este modo:

   Parece grande y es chico;

Fue Ministro porque sí,

Y en cuatro meses y pico

Perdió a Cuba, a Puerto Rico,

A Filipinas... ¡y a mí!


Pasemos, pues, por alto, aquellas menudencias de su ingenio, que no dan la medida exacta de lo que valía, y las cuales ni aun él mismo quiso reimprimir luego de apaciguado el apasionamiento de la lucha, en que tuvo por compañeros a los hombres más ilustres de su tiempo.

Las mejores obras de Palacio, y por ellas hay que juzgarle, son las escritas desde que ingresó en la carrera diplomática como secretario de la Legación de Florencia en 1868 y posteriormente en la de Berlín, hasta después de jubilado treinta años más tarde, tras haber sido ministro residente en el Uruguay y jefe del Archivo del Ministerio de Estado, donde desempeñó también otros cargos. Durante este período, residiendo en España y en América, publicó primero en diarios, semanarios y revistas, luego reunidas en tomos, multitud de composiciones que consolidaron su reputación. Hizo leyendas de corte tradicional tan hermosas como El Cristo de Vergara y El hermano Adrián, que pudiera firmar Zorrilla; fantásticas como El puñal del capuchino; cuentos y poemas cortos de trágica belleza, entre los cuales sobresalen Imposible y El niño de nieve; y relatos íntimos, episodios acaso de su propia vida, como Blanca, cuyo intenso realismo y bellísima forma dejan en el alma del lector una de esas impresiones mitad pena, mitad ternura, que no se olvidan nunca.

Así como entre nuestros antiguos clásicos hay algunos que casi deben a una sola composición toda su gloria, a la de Manuel del Palacio bastaría haber escrito Blanca. Es la narración de una aventura que pudo ser vulgar, prosaica, hasta grosera, y la cual, merced al hechizo de la delicadeza espiritual que el autor ha derramado sobre ella, adquiere la categoría de esas obras de arte, pequeñas por sus proporciones, seductoras por su contenido, cuyo encanto penetra suavemente el alma.

Este mismo linaje de belleza se advierte en la mayoría de sus composiciones cortas, las cuales son de carácter esencialmente subjetivo y reflejan toda la sinceridad compatible con el esmero y atildamiento propios de quien procura decir las cosas con primor. Juzgando por como están escritas, podemos y debemos creer que no hay en ellas sensibilidad ficticia, ni emoción falsificada. A diferencia de los que teniendo de poeta sólo la huera y molesta facilidad de hacer versos andan a caza de ideas, él las encuentra en sí mismo y en el mundo a cada paso y cuida mucho de no conceder, digámoslo así, los honores de la versificación sino a lo que ha experimentado o visto muy de cerca: procura, sin duda, embellecer o presentar del modo que más impresione lo que concibe o comenta, sus penas o sus goces; pero los ha sentido de veras. Son para él fuente de inspiración los atractivos de una mujer hermosa, el infortunio o la prosperidad de un amigo, la admiración que causa una página literaria, el halago o la mordedura de un recuerdo, el vislumbrar una esperanza, el encuentro con alguien o el resurgir de algo que quedó amortecido por el tiempo en la memoria, el espectáculo de las grandezas o las miserias humanas, todo aquello, en fin, a que el corazón no puede permanecer ajeno y es como el tributo que el alma rinde a la vida entre placeres cortos y amarguras duraderas. Pero la tristeza que esto implica no le hace pesimista ni va más allá de una melancolía tranquila, que el mismo rodar de la vida desvanece o consuela a poco que luzcan la verdad, el bien y la belleza. Sus poesías nos comunican esa melancolía; son de las que saben mejor leídas a solas, sin que la presencia del prójimo nos estorbe para pensar ni nos avergüence de sentir; y nunca entenebrecen el ánimo porque en el rastro de ideas que dejan prevalecen siempre la calma y la cordura.

Prueba de ello es el siguiente soneto, donde el curso del tiempo, representado por la corriente de los ríos, en vez de atormentarle, le inspira el tranquilo pesar que produce la contemplación de lo inevitable:

TÍBER Y TAJO

   Mas de una vez, de brazos sobre el puente

Que el arte circundó de maravillas,

Recordé, turbio Tajo, tus orillas

En España y en ti fija la mente.

   Del Tíber emulando la corriente

Llevas al mar tus aguas amarillas

Y como aquél, con tu pobreza humillas

Del Volga undoso al Ródano potente.

   Si ellos tienen caudal que les abruma,

Murmullo halagador, linfa serena,

Cauce de flores que el abril perfuma,

   Tenéis vosotros, y arrastráis con pena,

Llanto de muchos siglos en la espuma,

Polvo de muchas ruinas en la arena.


Análoga significación tiene este otro, en el cual, pronto a dar el último adiós a la vida, saluda a la muerte como libertadora:

A LA MUERTE

   Si has de venir al fin, ven cuando quieras,

Y no traidora, y lúgubre, y callada;

Ven como si mujer y enamorada

De mi amoroso afán cómplice fueras.

   Otros de tus visiones y quimeras

Huyan la acometida o la emboscada,

O te llamen con voz desesperada

Para que pronto y sin piedad les hieras.

   Yo, que ni juzgo bien el bien presente

Ni llevo el corazón hecho pedazos,

Bajo en paz de la vida la pendiente,

   Y espero en Dios que al desatar sus lazos,

Tú, cariñosa, besarás mi frente,

Y yo, feliz, me dormiré en tus brazos.


Así, hasta, la incontrastable acción del que todo lo consume y la amenaza del aniquilamiento, es decir, los dos agobios que más apesadumbran al hombre, prestan a su alma de poeta cierta placidez consoladora donde se confunden, como aguas de origen diverso, el estoicismo pagano y la resignación cristiana.

Aun teniendo en cuenta las cualidades apuntadas, lo que da realmente valor a las obras de Manuel del Palacio es su forma.

Versifica con gran facilidad, sin revelar jamás el esfuerzo mental que despoja de frescura a la poesía, dándole el carácter de lo premiosa y trabajosamente engendrado: tiene oído delicadísimo, que así le sirve para evitar defectos de fonética como para dar a los versos amplia y robusta sonoridad; somete los pensamientos a la varia estructura de los metros, dejándoles íntegra toda la lucidez con que acertó a concebirlos, y, finalmente, los realza expresándolos con una sobriedad admirable que les infunde tanta robustez como elegancia.

Lo que verdaderamente le distingue de otros poetas que han tenido mayor caudal de ideas es el arte sobrio, preciso y claro con que dice, en forma a veces irreprochable, no sólo sus pensamientos propios, sino hasta los que son modesto patrimonio del vulgo: es semejante a esos orfebres en cuyas obras el buen gusto del dibujo y el primor de los engastes tienen más importancia que el valor de las piedras empleadas.

Su estilo es casi siempre correcto, y sólo de tarde en tarde se le escapa alguna voz impropia o inadecuada, error en que han incurrido, aun los más excelsos poetas: construye muy bien y pertenece a la raza de los escritores que con el horror instintivo a lo defectuoso y el gusto depurado suplen lo que les falta de profundos estudios gramaticales. Sin ser el suyo un vocabulario de riqueza excepcional como, por ejemplo, el de Lope entre los antiguos y el de Zorrilla entre los modernos, las palabras le acuden en abundancia y con variedad extraordinaria, e instintivamente las escoge y emplea con tal acierto que es castizo, no a fuerza de rebuscar y desenterrar términos y giros arcaicos, sino porque, amamantado en buenas lecturas y muy respetuoso del idioma, cuanto dice queda, no sólo bien construido, sino, además, dicho muy a la española; así que hasta las ideas dulces, serenas y apacibles adquieren en sus versos aquella grave entonación y solemne armonía propias de nuestros clásicos. No es, en fin, uno de los más grandes poetas que haya producido España; pero tiene obras de indiscutible belleza. El historiador de nuestra época literaria que le olvide no será justo, y no estarán cabales el florilegio ni la antología donde no figuren algunos de sus preciosos sonetos, pues los tiene que, junto a los mejores de Lope, Quevedo, los Argensolas, Herrera, Góngora y Arguijo, no desmerecen en la comparación.

Manuel del Palacio ingresó en la Academia Española en 1890 y murió en 1906.

Hoy que en la lírica española tienden a prevalecer, de un lado, la imitación irreflexiva de lo arcaico mal comprendido, y, de otro, el error de pedir a idiomas extraños lo que el nuestro posee de sobra, los versos de Manuel del Palacio pueden contribuir a depurar el gusto de la juventud, persuadiéndola de que la lengua castellana tiene elementos, medios y recursos para describir o pintar con los más fieles colores cuanto abarcan los ojos, y también para decir, matizar y aquilatar cuanto la vida engendra y la razón concibe: sólo dudan de su magnificencia la insensatez o la ignorancia; mientras ella, como soberana espléndida y agradecida, todo se lo concede a quien la ama respetuosamente, y aun le cubre de gloria si sabe ponerla al servicio de la Verdad y de la Belleza.

JACINTO OCTAVIO PICON.

Madrid, enero de 1916.

Sonetos serios

   En cada corazón hay una lira

Cuya voz nos aflige o nos encanta;

Cuando la pulsa el entusiasmo, canta;

Cuando la hiere la maldad, suspira.

   Ruge al contacto de la vil mentira;

El choque de la duda la quebranta,

Y al soplo del amor y la fe santa,

Himnos entona, con que al mundo admira.

   Yo la mía probé, y estoy contento:

¡Bendito tú, Señor, que me la diste

Templada en la bondad y el sentimiento,

   Y las cuerdas en ella no pusiste

Del necio orgullo, del afán violento,

Del odio ruin y de la envidia triste!


1884

   Ya de mi amor la confesión sincera

Oyeron tus calladas celosías,

Y fue testigo de las ansias mías

La luna, de los tristes compañera.

   Tu nombre dice el ave placentera,

A quien visito yo todos los días,

Y alegran mis soñadas alegrías

El valle, el monte, la comarca entera.

Sólo tú mi secreto no conoces,

Por más que el alma, con latido ardiente,

Sin yo quererlo, te lo diga a voces;

   Y acaso has de ignorarlo eternamente,

Como las ondas de la mar veloces

La ofrenda ignoran que les da la fuente.


1858.

   Dentro de mí te escondes, enemiga,

Y mi aliento envenenas con tu aliento;

Tú conviertes en pena mi contento

Y mi reposo cambias en fatiga.

   Cual madre que rencor tan sólo abriga,

Nutres mi corazón de sentimiento;

Pero mi voluntad vence tu intento

Y tu constancia mi dolor mitiga.

   Cruel eres conmigo, y yo te amo;

Soy de ti tan celoso, que quisiera

Del mundo a las miradas esconderte;

Cuando de mí te ausentas, yo te llamo;

Sin ti mi vida el ocio consumiera,

Por ti pienso en la gloria y en la muerte.


1859.

A un amigo muerto

       Rico, noble, feliz, enamorado,

Pródigo de talento y de alegría,

Amigo caro me llamaste un día,

Y placer y amistad hallé a tu lado.

   Del mundo por el piélago agitado,

Los dos corrimos sin timón ni guía,

Sin esperar de la tormenta impía

Pesadumbre, ni susto, ni cuidado.

   Luego, en vez del amor y la ventura,

Te dio el martirio su temida palma,

Siendo el sepulcro fin a tu amargura.

   ¡Duerme tranquilo en paz, cuerpo sin alma!

¡Dichoso aquel que encuentra en el altura,

Tras la deshecha tempestad, la calma!


1860

       En balde jurarás que me aborreces

Y que fue mi ilusión delirio vano;

Yo diré que tu juicio no está sano.

O que a una infame cábala obedeces.

   ¿Aborrecerme tú? Cuenta las veces

Que tus cabellos destrenzó mi mano,

Las que de amor en el altar profano

Juntos bebimos del placer las heces.

   Cuenta las noches que arrullé tu sueño,

Las promesas que hiciste cada día,

De nuestro mutuo afán el loco empeño;

   Y si en odiarme insistes todavía,

Di que tu corazón es muy pequeño

Para encerrar un alma cual la mía.


1860.

¡A los treinta años!

       Heme lanzado en la fatal pendiente

Donde a extinguirse va la vida humana,

Viendo la ancianidad en el mañana

Cuando aún la juventud está presente.

   No lloro las arrugas de mi frente

Ni me estremece la indiscreta cana;

Lloro los sueños de mi edad lozana,

Lloro la fe que el corazón no siente.

   Me estremece pensar cómo en un día

Trocóse el bien querido en humo vano

Y el alentado espíritu en cobarde:

   ¡Maldita edad, razonadora y fría,

En que para morir aún es temprano

Y para ser dichoso acaso es tarde!


1862.

En un calabozo

       ¡Cuán triste debe ser y cuán amargo

Vivir en este sucio asilo estrecho,

Sintiendo sin cesar, dentro del pecho,

De la airada conciencia el justo cargo!

   ¡Cuántas horas de angustia y de letargo

Ofrecerá al culpable el duro lecho,

Y cuántas ¡ay!, en lágrimas deshecho,

De su existencia el fin hallará largo!

   Pero a mí, ¿qué me importa tu tristeza?

Como en almohada de caliente pluma

Reclino en tu tarima mi cabeza:

   La culpa, no el castigo, es lo que abruma,

Y rompe mi virtud toda vileza,

Como el alto bajel rompe la espuma.


Cárcel del Saladero, Mayo 1867.

Caminando al patíbulo

       Odio, miseria, estupidez, codicia,

Pusieron el puñal entre tus manos,

Y por lavar tu crimen los humanos,

Otro cometen, que tu juez inicia.

   «¡La sangre pide sangre!», en su malicia

Gritan los que blasonan de cristianos,

Y fuertes con el débil y tiranos,

Muerte le dan con bárbara delicia.

   ¡Tú al patíbulo vas! Cortejo impío

Sigue tus huellas y a admirar se lanza

Ese cuadro patético y sombrío:

   Reo, ¡valor, dulzura y esperanza!

Dios perdona del hombre el desvarío

Y allí es justicia lo que aquí venganza.


Ponce, 1868.

A mis amigos de Puerto Rico

       Cual deja el ruiseñor la enamorada

Doncella de quien fue cautivo un día,

Trocando por el valle en que vivía

Tiernos halagos y prisión dorada,

   Tal dejo yo vuestra amistad preciada,

Dulce consuelo de la pena mía,

Mi libertad buscando y mi alegría,

Únicos bienes de mi edad cansada.

   Pronto entre brumas, al perder el puerto,

Soñaré con el puerto suspirado,

De las iras del mar término incierto.

   ¡Voy a partir! Los que me habéis amado,

Recibid estas lágrimas que vierto:

¡No tiene más que dar el desterrado!


Puerto Rico, 1868.

En las ruinas de Pompeya

       Henchida el alma de mortal tristeza,

Penetro en ti, Necrópolis gigante,

Y de tu vasta inmensidad delante

Inclino silencioso la cabeza.

   De tu desierto Foro la belleza,

De tus pinturas el matiz brillante,

Vivo me representan cada instante

Un pasado de gloria y de grandeza.

   Vi los escombros de Numancia un día,

De Itálica y Sagunto el polvo vago,

Que el viento arrastra en la extensión vacía;

   Doquier de la fortuna vi lo aciago;

Pero jamás soñó la mente mía

¡Ni tanta soledad ni tanto estrago!


Nápoles, 1869.

La Venus de Medicis

       Por la fuerza del genio concebida,

En un delirio de placer creada,

Eres la imagen del amor soñada,

Que a la ventura celestial convida.

   Nada te falta para ser querida;

Hermosura, candor, juventud, nada;

¡Ay, quién al mármol de que estás formada

Llevar pudiera el fuego de la vida!

   Más de una vez, cuando al pasar te veo

Del pedestal queriendo desprenderte,

Buscando a tu belleza digno empleo,

   Cautiva entre mis brazos sueño verte;

¡Aberración sublime del deseo,

Que va a estrellarse en la materia inerte!


1869.

Una noche en el Coliseo

       Solo en la arena estoy; ¡a mí lictores!

Augusto Emperador, te desafío:

El Dios de los cristianos es el mío,

Y tu poder desprecio y tus furores.

   Cérquenme ya los tigres bramadores,

Que quiero en ellos ensayar mi brío,

Y una vez más el holocausto impío

Ofrece en el altar de tus errores...

   Aún en la arena estoy; reposo mudo,

Fatídico silencio, quietud santa,

Indecible terror hallo do quiera;

   Nadie responde a mi lenguaje rudo:

¡Sólo una cruz al cielo se levanta,

Donde la luna inmóvil reverbera!


Roma, 1869.

       Placeres, gloria, juventud, poesía,

Sueños del corazón enamorado,

A través de las brumas del pasado

Aún os evoca la memoria mía.

   Cual eco de lejana melodía

Regocijáis mi espíritu apenado,

Y a vuestro aliento dulce y regalado

Reviven mi ambición y mi alegría.

   Pájaro soy do quiera peregrino

Que, preso en tosca malla o red de seda.,

A cantar y sufrir al mundo vino:

   El anhelo del bien sólo me queda,

¡Y acaso nunca fijará el destino

De mi fortuna la inconstante rueda!


1869.

La guerra de dos pueblos

       Eran ayer hermanos: de la ciencia

Los dos propagadores se llamaban,

Y la industria y el arte cultivaban

Felices en la paz y la opulencia.

   Un hombre, en hora de fatal demencia,

Irritó sus pasiones que callaban,

Y hoy con mares de sangre quizá lavan

El impuro borrón de su conciencia.

   ¡Madres! Mañana, al despuntar la aurora,

No busquéis del hogar en los confines

Al que vuestras venturas atesora.

   ¿El eco no escucháis de los clarines?

¡Tras ellos va la furia asoladora

De esta maldita raza de Caínes!


Madrid, 1870.

Sin esperanza

       Como van hacia el mar precipitadas

Las aguas del torrente rumorosas,

Atropellando las humildes rosas

Que a su cauce crecieron asomadas,

   Así mi corazón y mis miradas

Fueron, amante aquél y éstas ansiosas,

Al mar que les copiaron engañosas

Tus pupilas profundas y rasgadas.

   Hoy, bebiendo en sus olas la amargura,

Por sus fieras corrientes absorbida

Navega el alma en la tiniebla oscura,

   Sin que le den consuelo en su caída

La inocencia, la paz y la ventura

Que atropelló el torrente de mi vida.


1874.

I

       De las amargas olas de tu llanto

Nacieron las espumas de tu risa,

Y hoy no distingue el ánima indecisa

Lo que es en ti gemido y lo que es canto.

   Ya del austero Bruto con el manto,

Ya de Marcial siguiendo la divisa,

Del tiempo, que de ti se aleja aprisa,

Eres admiración, gloria y encanto.

   Bajo los dardos de tu ingenio agudos,

El vicio y la maldad doblan las frentes,

Hay jueces sordos y tiranos mudos,

   Que tal fue tu misión entre las gentes:

Ir por la tierra con los pies desnudos,

Aplastando cabezas de serpientes.


1875.

II

       Ingenio y corazón, pluma y espada,

Tuvo y usó con arte y bizarría,

Sin que ni adversidad ni tiranía

Hiciesen mella en su conciencia honrada.

   Alma en el yunque del dolor forjada,

Rebelde a la vulgar hipocresía,

Para vencer y combatir tenía,

Cuando el acero no, la carcajada.

   Si de Momo el disfraz hay quien le viste,

Nadie niega la gala y el encanto

Que en sus obras magníficas subsiste,

   Ignorándose aún, con saber tanto,

Si era su llanto manantial del chiste,

O era su chiste manantial del llanto.


1904.

Después de una enfermedad

       ¡Máquina miserable y quebradiza

Esta que adora la miseria humana!

Bronce y hierro parece a la mañana,

Y es a la tarde escorias y ceniza.

Cuando la juventud la vigoriza

De realizar milagros corre ufana;

Luego, el choque menor la desengrana

Y el aire más sutil la paraliza.

   ¡Cuerpo, vencido estás! ¡Gratos antojos,

Placeres, apetitos, devaneos,

Morded de la materia los cerrojos,

   Y olvidando victorias y trofeos,

Quede sólo en el alma y en los ojos

La semilla inmortal de los deseos!


Madrid, 1876.

Al pintor Francisco Sans

       Huye la tarde; a su fulgor incierto,

Suelta la rienda sobre el pecho herido,

Cruzando va un corcel solo y perdido

El campo de batalla, ya desierto.

   De sangre y lodo y de sudor cubierto,

Con ojo audaz y con atento oído,

Al césped interroga, en que el gemido

Oyó hace poco del soldado muerto.

   Allí se para; al aire dilatando

La entreabierta nariz, el aire aspira:

Llegan los cuervos al festín nefando,

   Apaga el sol su funeraria pira,

Mueve la hierba el bruto resoplando,

Lame la frente al paladín, ¡y expira!


1876.

       Sola en el templo la encontré; rezaba,

Y yo, apoyado en el macizo muro,

De aquel contorno majestuoso y puro,

La severa belleza contemplaba.

   Detrás del manto que su faz velaba

Vi de sus ojos relucir lo oscuro;

Alzóse al fin, y con andar seguro,

En la sombra se hundió que nos cercaba.

   ¿Quién era? No lo supe; astro divino,

Del cielo del amor fúlgida estrella,

Presidió muchos años mi destino.

   Y aún al recuerdo de su imagen bella,

Siempre que hallo una vieja en mi camino,

Se me ocurre exclamar: «¡Si será ella!»


1877.

       «¡Tuya o de Dios!», con infantil denuedo,

De hito en hito, mirándome decía:

«¡Mía, prenda del alma, siempre mía!»,

Le contestaba yo, casi con miedo.

   El viento que murmura triste y ledo

De su voz me repite la armonía;

Ella ya no está aquí, Dios la quería

Y ni llorar su desventura puedo.

   Viva, del tiempo la inflexible mano

Desvanecido hubiera poco a poco

Aquel amor, que guardo en mi memoria;

   Muerta, la tierra me la oculta en vano,

Y aun con mis labios trémulos la toco,

Cuando penetro en sueños en la gloria.


1877.

En la muerte de Víctor Manuel

Rey de Italia

       Por civiles contiendas extenuada,

Rota en pedazos en aciago día,

Heredaste con pobre monarquía,

No ya un cetro real, sino una espada.

   En cien y cien combates fulminada,

Sirviendo al bueno de estandarte y guía,

Pronto la noble Italia que dormía

Pudo alzarse otra vez regenerada.

   Hoy que cumplida ya tu obra gloriosa

Es fuerza que tu ser se restituya

Al polvo de que nace toda cosa,

   ¡No ternas que ninguno la destruya!

¡Ten fe en tu creación y en paz reposa!

¡Has muerto en Roma! ¡César! ¡Roma es tuya!


1878.

En la Cartuja de Pavía

       Del arte joya y del poder emblema,

Monumento no vi que te aventaje,

Que escrito está en tus pórticos de encaje

De las humanas glorias el poema.

   Ejemplo insigne de piedad suprema,

Impones a las almas vasallaje,

Y muere aquí del mundo el oleaje

Y callan el rencor y el anatema.

   ¡Ay!, cuando por tu claustro silencioso

La planta muevo al declinar el día,

Y en el pasado me sepulto ansioso,

   Más que con los laureles de Pavía,

Sueño con la ventura y el reposo

Del humilde cartujo que me guía.


Milán, 1879.

En la fuente de Valclusa

Al señor don Antonio Cánovas del Castillo, en cuya compañía visité estos lugares

       Campos hoy yermos y montaña escueta,

Ayer feraz llanura y bosque umbrío,

A cuya sombra en dulce desvarío

De Laura el nombre eternizó el poeta.

   En vano el valladar que lo sujeta

Sigue rompiendo despeñado el río,

Y el torreón feudal, roto y vacío,

Yace en el polvo, cual vencido atleta.

   Nada del sueño aquel quedó presente:

La hiedra trepadora el muro viste

Y murmura el arroyo indiferente.

   ¡Ay! De la vida en el otoño triste,

¿Qué es el amor? Imagen de esa fuente:

El agua pasa; el manantial subsiste.


Avignon, 1870.

Nabucodonosor

       De la Asiria monarca omnipotente,

Creyó del mundo antiguo ser el dueño,

Y por lograr su temerario empeño,

«¡No soy Rey, que soy Dios!», gritó demente.

   «¡Oh polvo que animé!-dijo doliente

El gran Jehová, mirándole con ceño-.

Pues más que humano te juzgaste en sueño,

Menos que humano te hallará la gente.»

   El regio manto que en sus hombros pesa

Cayó, dejando ver la piel oscura,

Donde el áspero vello hizo su presa;

   Inclinó la cerviz con amargura,

Y mordiendo, al pasar, la hierba espesa,

Bramando se alejó por la llanura.


1879.

En el lago de Thun

       ¡Dos cielos a la vez! Uno en la altura

Que el Eiger y el Jungfrau visten de nieve;

Otro sobre el cristal que apenas mueve

La brisa que en los álamos murmura.

   Del recio torreón la mole oscura

Que de los siglos a triunfar se atreve,

Y el Alpe allí, donde se forja aleve

La tempestad que asorda la llanura.

   Más cerca, dominando el valle ameno,

Cerrado espacio en que el mortal reposa,

De luz, y flores, y cipreses lleno...

   Región no existe como tú dichosa:

Para soñar ¡qué lago tan sereno!

Para dormir ¡qué tumba tan hermosa!


Interlaken, 1870.

       Nadie te niega el título de hermosa,

Pero el amor se aparta de tu lado,

Temiendo que la sombra del pecado

Pueda manchar tu frente pudorosa.

   En ti se estrella la calumnia odiosa

De amiga infiel o de galán burlado;

No pareces de carne: Dios te ha dado

La majestad sagrada de una diosa.

   Siempre serena y arrogante y fría,

Cualquiera, al verte descender del coche,

De Penélope imagen te creería;

   Y más siendo verdad, y no reproche,

Que la virtud que tejes por el día,

Vuelves a destejerla por la noche.


1880.

       A Dios debí la voluntad que crea,

Y fuerte con su apoyo soberano,

Ni siervo he sido de ningún tirano,

Ni soy eunuco de ninguna idea.

   Cuanto mi corazón ama y desea

Defiendo con la mente y con la mano,

Y ni mi fe se rinde ante el arcano

Ni ante el absurdo mi razón flaquea.

   Nunca de la social hipocresía

Cómplice fuí, ni de lisonja vana

El humo ennegreció mi fantasía;

   La multitud por ídolos se afana,

Yo desprecio los ídolos del día,

Que nacen hoy para morir mañana.


1880.

Diálogo con un enterrador

       -Muy profunda es la fosa, buen amigo:

¿Quién es el muerto que en su fondo advierto?

-Es un muerto, señor, y no es un muerto.

-¿Será muerta?

-Quizá.

-¿Burlas conmigo?

   -Fue de nuestra nación genio y castigo,

Escollo fácil en difícil puerto...

-Y ¿cuál era su nombre?

-¡Envidia!

-¿Es cierto

Dame la pala, y tu labor prosigo.

   -¡Os cansaréis en balde, mal pecado!

Por curtido que estéis en tales lizas,

Muerta es, señor, que os dejará asombrado.

   -¿Por qué, pues, su cadáver no haces trizas?

-Soy la Piedad, y cuando le he enterrado,

Le ayudo a renacer de sus cenizas.


1881.

A varios escritores portugueses enemigos de España

       Sordo rumor el Tajo nos envía,

Que la injusticia y el error pregona,

Y quien de noble y de cortés blasona,

De lo errado y lo injusto se desvía.

   ¿Quién da campo a tan loca fantasía?

¿Qué plan la engendra, qué temor le abona,

Hoy que de las conquistas la corona

Quema la sien a que se ciñe un día?

   De hermanos cariñosos pruebas dimos,

Y, sin ver si ganamos o perdemos,

Fraternidad y amor sólo pedimos.

   Ni señores ni esclavos pretendemos:

Señores, porque nunca los quisimos,

Y esclavos, porque ya no los queremos.


1882.

En la muerte de un amigo de la juventud

       ¡Él también! ¡Cómo pasan, y qué aprisa,

Los que vimos ayer a nuestro lado,

Ricos de ingenio, de ánimo esforzado,

Siempre al amor propicios y a la risa!

   Lodo que amasa el llanto sólo pisa

Quien, de la edad al término llegado,

Siente que a cada instante un ser amado

Con el ejemplo de su fin le avisa.

   ¡Ay! Para el alma que lo incierto espera

Y al ver la oscuridad gime y se asombra,

¡Qué dichosa estación otoño fuera,

   Si al suelo no arrojase por alfombra

Todo lo que en la verde primavera

Nos dio perfumes y frescura y sombra!


Madrid, 1882.

A cierta dama que, sin conocerme, me pidió versos

       Si acaso un trovador habéis soñado,

Blando, sentimental y zalamero,

La capa recogida en el acero

Y a la cintura el bandolín dorado,

   Ese tal no soy yo; vate cansado,

A quien el mismo abril parece enero,

Canto ya con permiso del casero

Y dejo estar las flores en el prado.

   Si alguna vez al cielo me remonto,

Nunca de mis esfuerzos hago alarde,

Prefiriendo ser tímido a ser tonto;

   Y con esto, señora, Dios os guarde,

Que, o yo me he muerto demasiado pronto,

¡O vos nacisteis demasiado tarde!


1883.

       Secas las fauces y la planta herida,

Del sol de julio al resplandor ardiente,

Llegué a la oculta y apacible fuente

Donde alguno escribió: «Bebe y olvida.»

   «¡Yo te bendigo, manantial de vida!»

Dije, inclinando el cuerpo, a la corriente;

Pero, a través del agua transparente,

Viendo tu sombra, me alejé en seguida.

   Si beber y olvidar era preciso,

Entre morir de sed o de quebranto,

Elegir lo más dulce el alma quiso,

   Pues antes que el recuerdo de tu encanto,

Diera yo la porción de paraíso

Ganada con mi afán y con mi llanto.


1883.

A una mártir

       Culto rindiendo a la social mentira,

Me invitas a reír, mas no me engañas;

Yo sé que está quemando tus entrañas

La túnica fatal de Deyanira.

   En vano te sostiene y aun te inspira

La fe que logra transportar montañas;

Curarte no consigues, y te dañas

Vestal queriendo ser de muerta pira.

   ¡Cuán tristes tus veladas y tu sueño!

¡Sentir eternamente la cadena,

Y nunca los halagos de tu dueño!

   ¡Ver envidiosa la ventura ajena,

Y de un primer amor puro y risueño,

Vagar perdida en la región serena!


1883.

       Suena el clarín; la multitud se agita;

Ya está en el circo la asombrada fiera;

Impávido el jinete que la espera

Su atención y su enojo solicita.

   «Menos vara, morral -un chusco grita:-

¿Se ha enamorado usted de la barrera?»

El hombre avanza, y rápida y certera

A su encuentro la res se precipita.

   Como roca del monte desgajada,

Rueda el jinete, y ebria de furores

Cébase en él la fiera ensangrentada;

   Mientras, ahogando el ¡ay! de sus dolores;

La imbécil muchedumbre entusiasmada

Repite: «¡Picadores! ¡Picadores!»


1883.

       ¡No compares al suyo mi suplicio!

Estar cerca de ti, y a todas horas;

Ver copiada en tus líneas seductoras

La imagen que en mis sueños acaricio;

   Sentir cómo trabajan alma y juicio,

Inquietudes rebeldes o traidoras,

Llorar si ríes, y callar si lloras...

¿Cabe más doloroso sacrificio?

   Del lago encadenado a la ribera

Tántalo, a quien la fiebre consumía,

Miraba el agua que beber quisiera

   Y de sus labios trémulos huía...

Tú, manantial de amor, no huyes siquiera,

¡Y está en tu fondo la ventura mía!


1883.

En la catedral de Sevilla

«Voto a Dios que me espanta esta grandeza

Y que diera un doblón por describilla...»

Pero otra más humana maravilla

Me atrae con su encanto y su belleza.

   ¿Cómo no, si es mujer, y humilde reza

Clavada sobre el mármol la rodilla,

Y en el lloro que inunda su mejilla

Del desamor se pinta la tristeza?

   Ángel de blanca luz o ángel caído,

Para llegar a ti tus alas dame

O el antro alumbra donde te has hundido;

   Que quien tus gracias mire y no las ame

Podrá ser necio; quien te dio al olvido

Después de profanarlas, es infame.


1883.

A Margarita Faget

       La noche está serena, Margarita;

Susurra el viento en el jardín florido;

Oculto entre las ramas cuelga el nido

En que de amor la tórtola palpita.

   ¡Con qué deleite a la callada cita

Vendrá aquel entre todos preferido,

Y cuán alegre sonará al oído

La dulce frase en la memoria escrita!

   ¡Amor, sublime amor! Aunque en tus aras

Dejé mi corazón pobre y exhausto,

Y en triste soledad me desamparas,

   Aún te diera mi vida en holocausto,

Si del buen Mefistófeles lograras

Que me comprase el alma, como a Fausto.


1885.

Al cumplir sesenta años

       Nave de mi existencia, ¡diste fondo!

¡Y cuán desnuda miro y cuán brumosa

La playa de los sueños venturosa

Donde quiebra sus iras el mar hondo!

   ¡Con qué valor, virando por redondo,

Embestimos la espuma procelosa,

Y hoy, a la voz del riesgo que te acosa,

Con qué voces tan tímidas respondo!

   No como ayer cargada de ilusiones

Del puerto te despides altanera,

Que te cerraron ya los aquilones;

   Crece la sombra y el naufragio espera;

¡Quién sabe si serán estas canciones

El último saludo a la bandera!


1892.

       Existe, como Dios, en todas partes,

Adulado del mismo a quien ofende;

Juzga de todo, aunque de nada entiende,

Ciencia, virtud, progreso, industria y artes.

   Por más que de su atmósfera te apartes,

Te envolverá en su red si lo pretende;

No aplaude al sabio, pero admite al duende;

Niega la fe, pero le asusta el martes.

   Rémora de la humana inteligencia,

Cuando ídolos no forja, los desgasta,

Ya por estupidez, ya por demencia;

   Tuvo siglos atrás muy buena pasta;

Hoy, uniendo la astucia a la violencia,

Víbora muerde y elefante aplasta.


1894.

A Don Álvaro de Bazán

En la inauguración de su estatua

       Túnez le vio conquistador osado,

De laureles cubriendo sus banderas,

Y en Malta y el Peñón y las Terceras,

Ejemplo fue del prócer y el soldado.

   Al ambicioso turco no domado

Terror dieron sus ínclitas galeras,

Y aún le cantan endechas lastimeras

Las olas del Corinthio ensangrentado.

   Ya que, aunque tarde, para honrar su gloria

Turbamos el reposo de la muerte,

Viva desde hoy eterna su memoria.

   Pero en justo tributo al varón fuerte,

Comparando a la suya nuestra historia,

¡Roguemos al Señor que no despierte!


1894.

La muerte de Baco

       ¡Ya no existes, buen dios! Cayó en el cieno

Tu corona de pámpanos y flores,

Y gimen de la Arcadia los pastores

Al recordar las gracias de Sileno.

   No alegran como ayer el prado ameno

De sátiros y ninfas los amores,

Ni se agrupan en juegos seductores,

Alta la copa y descubierto el seno.

   Hoy del arte borrando los caminos,

Trueca la industria en filtros las bebidas,

Y ofrece, en vez de coros peregrinos,

   Hordas por el alcohol embrutecidas,

Donde recluta el crimen asesinos,

La fiebre locos y el amor suicidas.


1894.

A través de la niebla

       Velada como el sol está mí mente,

Y aún rompiendo al pasar la bruma espesa,

Surgen para mi encanto y mi sorpresa

Relámpagos de luz viva y ardiente.

   Vago perfil de virgen inocente,

De no cumplido afán vaga promesa,

Voz ya apagada y en el alma impresa,

Todo me inclina a cuanto lloro ausente.

   ¡Mujeres! ¡Las amé desde la cuna!

Por ellas preso en invisibles lazos,

Tuve en poco la gloria y la fortuna.

   ¡Joven, mi corazón les di en pedazos;

Viejo, me halaga recordar que alguna

Cumplió los diez y nueve entre mis brazos!


1894.

       Pasar he visto en raudo torbellino,

De mi existencia en el reloj gastado,

Las dulces horas del amor soñado,

Del noble afán y del placer dañino.

   Tras ellas fueron, por igual camino,

Las del estudio inútil o cansado,

De la ambición, del ocio y del pecado,

Del gran aliento y del vivir mezquino.

   La juventud pasó con su alegría;

La libertad, con su delirio loco;

La esperanza del bien que perseguía

   Con el recuerdo que al soñar evoco;

La hora del entusiasmo y la poesía,

Ni pasó aún ni pasará tampoco.


1894.

O Beatrice, dolce guida e cara

       Humano ser, o ensueño de poeta,

Deidad te juzga el mundo bienhechora,

Y todo el que de amor las ansías llora,

Tu nombre aclama y tu poder respeta.

   Del tiempo a los azares no sujeta,

Mejor que te destruye te avalora,

Y reflejo es en ti de eterna aurora

Lo que cerrada noche en el planeta.

   ¿Triunfaste por un genio del olvido?

¿Le das tu luz, o de su luz te vistes?

¿Te amó despierto, o te forjó dormido?

   Bello fantasma de las horas tristes,

Dudará la razón si has existido;

El alma, que te ve, sabe que existes.


1894.

A una bella americana

       ¡Por ti he vuelto a vivir! Cuando creía

Del amor y la fe tumba mi pecho,

A tu amor ideal lo encuentro estrecho,

Pues lo llena tu imagen noche y día.

   No sé si mi cariño me extravía,

No sé si para amar tengo derecho;

Sé que estoy con mirarte satisfecho,

Y sólo en sueños te supongo mía.

   Avaro de ese bien, deja le guarde

Con toda la pureza que atesora,

Ya que para ladrón nací cobarde.

   Baste a mi dicha la que siento ahora

Al verme entre las brumas de la tarde,

Gozando las caricias de la aurora.


Al cumplir setenta años

       Sin rumbo ya, desarbolada y rota,

Vas, pobre nave, al ignorado puerto,

Perdida en ese piélago desierto

Que parece gemir cuando te azota.

   Aún por escarnio entre tus vergas flota,

Del antiguo poder símbolo cierto,

El pabellón en que se envuelve al muerto,

Y hace menos amarga la derrota.

   Le conozco muy bien; ¡bendito sea!,

Pues, soñando en sus glorias, todavía

Mi corazón se anima y se recrea.

Cubra mi cuerpo en el tremendo día,

Y a la vez que de escudo en la pelea,

Sirva a los buenos de esperanza y guía.


1902.

       Roto el sudario de la noche fría,

Refugio de las almas sin ventura,

Alegrando a la par monte y llanura,

En su corcel de fuego llega el día.

   Con él vienen color, luz, armonía,

Balsámicos aromas, aura pura,

Todo lo que florece en la natura

Y Dios, benigno siempre, nos envía.

   ¡Sol! No en vano el mortal padre te nombra:

Cuanto de ti se nutre y por ti alienta,

De tu grandeza y tu poder se asombra.

   ¡Qué triste nuestra vida turbulenta

Sin el consuelo de buscar la sombra

O de arrimarse al sol que más calienta!


       ¿Que yo te abrí los ojos?... ¡Embustera!

Si para la mujer que en veinte frisa

Es una niña cándida Artemisa

Y Merlín un bebé con chichonera.

   ¡Que el alma me entregaste toda entera,

Respondiendo a mi afán con tu sonrisa!

¡Que como esclava dócil y sumisa

Tu voluntad a mis antojos era!...

   ¡Así escribe el amor sus desengaños!

Primero ingratitud, después olvido,

Graves injurias tras supuestos daños...

   Y aunque fuera verdad (que no lo ha sido),

Desdenes, odios, cábalas, amaños,

¿De quién, sino de ti, los he aprendido?


Sonetos cómicos

La erupción

       Hierve la sangre en las hinchadas venas,

Fuego brotar parecen las mejillas,

Se doblan hacía el suelo las rodillas

Y el hombre más audaz respira apenas.

   Rompiera, a hallarse preso, sus cadenas,

Y de valor hiciera maravillas;

Pero siente en el cuerpo unas cosquillas

Que vértigo le dan y angustia y penas.

   Arroja espuma su entreabierta boca,

Retuércese en las sienes el cabello,

Todo le hiela y todo le sofoca;

   Su bronco respirar es ya resuello...

Rompe al fin la erupción, y sólo toca

Un grano en la nariz y otro en el cuello.


1865.

No hay regla sin excepción

       Pasó ya la estación de los amores

Y la edad de los sueños placentera;

Pasó la deliciosa primavera,

Y con ella los frutos y las flores.

   Pasarán de la suerte los favores

Y de la vida la gentil quimera,

Como pasan, cruzando por la esfera,

Relámpagos de fuego brilladores.

   También pasaron los instantes puros

En que el alma a sus dichas no halló tasa,

Ni vio para su afán diques ni muros;

   Todo, al cabo, pasó; sólo no pasa

Una moneda falsa de dos duros

Que tengo hace tres meses en mi casa.


1866.

El amor ideal

       Haces bien en decir, Lesbia querida,

Que para mí son leyes tus antojos,

Pues por una mirada de tus ojos

Satisfecho y feliz diera mi vida.

   Pide a mi amor sin tregua y sin medida

Sacrificios, placer, dicha y enojos;

Pide que torne en flores los abrojos

Y en pavesas la nieve derretida.

   Pídeme que te cante como Homero,

Que ruja como hirviente catarata,

Que llore entre cadenas prisionero:

   Pídeme, Lesbia, mi ilusión más grata;

Mas no me pidas ropa ni dinero,

Porque estoy más perdido que una rata.


1867.

El mayor dolor

       Coger sin sospecharlo un hierro ardiendo,

Estrenar unas botas apretadas,

Reñir con un inglés a bofetadas,

Andar uno o dos años pretendiendo.

Hallarse frente a frente de un berrendo

Sin sentir en la hierba sus pisadas,

Tener cuatro carreras acabadas

Y no poder vivir sino pidiendo.

   Pasar entre beatos por hereje,

Amar la libertad y ser soldado,

Y tener por rival quien nos protege,

   Disgustos son que al hombre dan enfado;

Mas ¿qué disgusto habrá que se asemeje

Al disgusto de amar sin ser amado?


1867.

       Ayer, cuando la aurora amanecía,

Me salí por la Cuesta de la Vega,

Y al arenal que Manzanares riega

Fuí buscando deleite y poesía.

   En sus riberas plácidas dormía

La hermosa Tisbe, que de amores ciega,

Por su galán Alfinto no sosiega,

A quien vio en el cuartel de artillería.

   Sola estaba la pobre, y descuidada,

Ver me dejó bajo su manta rota

Un pie, más que el mayor una pulgada.

   Alzóse en esto; se apretó la bota,

Y a los cielos lanzando una mirada,

Soltó la manta y se quedó en pelota.


1867.

La recompensa

       Hay en el valle que mi Laura habita

Un rincón entre arbustos escondido,

Donde tienen las tórtolas su nido

Y las auras se dan amante cita.

   Levántase en su centro una casita,

Cuyo tejado, por el sol herido,

Brilla con el matiz de oro bruñido,

Como torre de arábiga mezquita.

   Cerca de esa mansión tan hechicera

Se abre en el bosque pabellón esbelto,

Vestido de jazmín y enredadera.

   Allí fue donde, impávido y resuelto,

Pinté a Laura mi afán de tal manera...

Que me dio un bofetón de cuello vuelto.


1867.

Mal de muchos...

       ¿No viste alguna vez del rayo herido

Desprenderse y rodar cedro gigante,

Llenando de terror al caminante

Entre los bosques al azar perdido?

   ¿Viste cómo la tórtola en su nido

Llora la ausencia de su triste amante,

Y cómo el sol derrite en un instante

El alud de la sierra desprendido?

   ¿Viste, por fin, en el tranquilo cielo,

Extenderse las nubes poco a poco,

Y de sombras y horror cubrir el suelo?

   ¿Viste el arbusto que produce el coco?

Pues cesa ya tu afán y tu desvelo,

Que si tú no lo viste, yo tampoco.


1867.

Oración fúnebre

       Murió no sé en qué pueblo una señora,

Y siguiendo costumbre inveterada,

Inundóse de gente la morada,

Amigos de illo tempore, o de ahora.

   -¿Quién es, dijo un galán, aquel que llora?

-El viudo de la joven malograda.

-¿Y esa mujer de luto?

-Su cuñada.

-¿Y aquella del rincón?

-La peinadora.

   -¿Y ése que de una mesa en el testero

A cuantos entran «¿Cómo va?», pregunta?

-Debe ser el doctor, a lo que infiero.

   -¿Y aquél que está sentado a la otra punta?

-¿Cuál, aquel que parece un majadero?

¡Fue la debilidad de la difunta!


Madrid, 1868.

La doctrina de Epicuro

       -No existe la virtud, Dios es un mito,

Humo la gloria y el amor quimera;

El que otra vida tras la muerte espera,

No tiene más cabeza que un chorlito.

   Ora practique el bien, ora el delito,

La fortuna del hombre no se altera,

Pues al mirar la luz por vez primera,

Ver puede en ella su destino escrito.

Todo es mentira en la existencia humana,

Y aquel que busca el goce eternamente,

Sólo ve del placer la sombra vana.-

   Así de Atenas a la pobre gente

Dijo el gran Epicuro una mañana...

Y se marchó a tomar el aguardiente.


1868.

Trabajo perdido

       Ver de lejos la dicha, codiciarla,

Darle caza por fin y poseerla;

No vivir con el miedo de perderla,

Morirse con el ansia de gozarla.

   Dar cuerpo a una ilusión, acariciarla,

Y un instante después aborrecerla;

Luchar con la desgracia y no vencerla,

Sentir perpetua sed y no apagarla.

   Llamarse racional, y a veces serlo,

Y a menudo también serlo y sentirlo

Huyendo la ocasión de parecerlo.

   Comer partidas y aguantar el mirlo:

Eso hacemos los hombres sin saberlo

Y eso hacen las mujeres sin decirlo.


1868.

El néctar de los dioses

       Mezcla en un vaso de cristal de roca,

Y, a ser posible, de oro y pedrería,

Tres dracmas de placer, dos de poesía

Y cuatro o cinco de soberbia loca.

   Del horno del amor ponle a la boca,

Y cuando no haya hervido todavía,

Añádele onza y media de alegría

Y seis gotitas de café de Moka.

   Si advirtieras que forma mucha espuma,

En un trozo de blonda catalana

Colarlo debes con presteza suma.

   Déjalo reposar por la mañana,

Y removido bien con una pluma,

Ya lo puedes tirar por la ventana.


1870.

A un crítico

       Tu carta recibí, sabe Dios cuándo,

Y a entenderla llegué, sabe Dios cómo;

Me has dado un palizón de tomo y lomo,

De esos que al más cerril dejan temblando.

   ¡Cuánto lo habrás venido meditando!

¡Qué estudiar en un tomo y otro tomo!

¡Qué fino aquello de llamarme romo,

Hipócrita, gandul y hasta nefando!

   Sigue por esa senda; luce el brío;

Procura que la ciencia no te empache,

Y sángrala como se sangra un río.

   ¡No he de ser yo quien tus renglones tache;

Pero para otra vez, amigo mío,

No me escribas ipócrita sin hache!


1870.

A propósito de un bailarín

       Vamos, que no es un hombre como yo,

Ni una mujer siquiera como tú;

Es un mono vestido de tisú,

Que trabaja imitando lo que vio.

   De un hombre sale un tigre, un gato no

(Aunque algunos conozco que hacen fú),

Y desde Epaminondas a Mambrú,

Por algo nuestro sexo se afanó.

   Tenerse un cuarto de hora sobre un pie

Dices que es admirable; lo será:

Ni tú ni yo lo hiciéramos, a fe.

   Pero si al cielo aspira y allí va,

Ese aborto de grulla y chimpancé,

¿Qué cuenta de su vida a Dios dará?


1872.

Un amigo residente en Roma

       Si alguna vez de Trevi en la fontana,

O del risueño Pincio en la colina,

O en la terrible cárcel Mamertina,

O en la soberbia iglesia Vaticana,

   La patria de Quevedo y de Santana

Echas de menos por servil rutina,

Y envidias a la pobre golondrina

Que se viene a posar en mi ventana,

   No te detenga mujeril decoro,

Troquemos de lugar y, lo confieso,

Renunciaré al garbanzo sin desdoro.

   Una grada de sol tendrás de exceso,

Y si la calma te aburrió del Foro,

Te daré mi tarjeta del Congreso.


1873.

A un amigo que, pensando en casarse, me pidió mi opinión respecto de las mujeres

       Es la mujer prisión en que nacemos,

Y a que desde el nacer nos condenamos:

Unos por penitencia la buscamos,

Otros por galardón la merecemos.

   Abismo en que los débiles caemos,

Puerto donde los fuertes nos salvamos,

Ídolo que de tierra fabricamos

Y luego en oro convertir queremos.

   Ella del cielo del amor es luna,

Inspira las letrillas y las odas,

Sirve al capricho y manda en la fortuna.

   ¿Dices que a ser del gremio te acomodas?

Piénsalo bien, decídete por una...

Verás cómo después te gustan todas.


1877.

Leda... Rodríguez

       Tíndaro duerme, pero sé discreta,

Que Júpiter acecha tu decoro,

Y si el amor de Europa le hizo toro,

Buscará para el tuyo nueva treta.

   Con el papel que guarda en su gaveta

Puede resucitar la lluvia de oro,

Y yo te sueño lejos de ese coro

Juguete vil del mamalón de Creta.

   No del Eurotas la ribera umbría,

Contemple de la siesta en el descanso

Tu ebúrnea espalda sobre la onda fría:

   Y si ves algún cisne en un remanso,

Desprecia en él al Júpiter del día,

Fingido cisne y verdadero ganso.


1883.

A un pobre rico

       ¡Es tu empeño ridículo, camueso!

Yo pudiera admirarte y aun quererte,

Maldecirte tal vez y aborrecerte;

Envidiarte..., ¡jamás!, no doy en eso.

   Aunque superes en fortuna a Creso,

Aunque a Sansón iguales en lo fuerte,

Aunque tu esclava juzgues a la suerte

Y halles siempre una boca para un beso,

   Benditas mi ansiedad y mi zozobra,

Que prefiero a la dicha que te exalta

Y de un acaso estúpido es la obra.

   Sigue, pues, sigue, y hasta el cielo asalta;

Cuanto los hombres pueden dar, te sobra;

Pero, ¿quién te dará lo que te falta?


1885.

Los placeres del campo

       Basta de expediciones en pollino

Y manejar el remo a lo forzado;

Basta de merendonas en el prado,

Y venga el coche y la sopita en vino.

   Si plugo alguna vez a mi destino

Inspirarme afición al despoblado,

Me cansan ya la choza y el ganado,

Y el césped y el arroyo cristalino.

   La nave de mi afán viró de bordo,

Y hoy, con tristeza, mis penantes dejo,

A mis memorias de ayer haciendo el sordo,

   Pues me dicen la sangre y el espejo

Que para los idilios estoy gordo

Y para las zagalas estoy viejo.


1894.

Sonetos políticos

Al leer la sentencia de muerte de varios amigos políticos

       ¿Y qué? Por mucho que la inicua saña

De la estúpida grey que nos desdora

Se atreva a discurrir, ¿podrá en mal hora

El crimen cometer, baldón de España?

   Antes el mar que nuestras costas baña

Su sangre teñirá, vil y traidora;

Antes el hierro que en su centro mora

Vomitará en puñales la montaña.

   Víctimas pide el irritado cielo,

Mas no son las que el bando parricida

Prepara de su furia en el desvelo;

   Cuando un pueblo se apresta a nueva vida.

¿Sabéis qué sangre le reclama el suelo?...

¡Del déspota la sangre corrompida!


Madrid, 1866.

La profecía

       Víctima de sus vicios fue Sodoma,

Jerusalem de su impiedad insana,

De su ambición Cartago la africana,

De su avaricia y su soberbia Roma.

   Hoy por su propio peso se desploma

De Pelayo la herencia soberana,

Y hecho pedazos rodará mañana

El trono que de Dios su origen toma.

   Y nadie, de la edad en el misterio,

Buscará de esa ruina las razones,

De fácil comprensión al hombre serio:

   Lo que sí ha de asombrar a las naciones

Es cómo vivió siglos un imperio

Gobernado por monjas y bribones.


Madrid, 1868.

       ¡Celeste libertad! ¡Astro fecundo,

Que triste a veces su fulgor derrama,

Cuando al mirar su luz trocada en llama,

Mejor destruye que ilumina el mundo!

   Ya hundida del abismo en lo profundo,

Ya rica de poder, de gloria y fama,

Rival del hijo que su madre aclama,

Aclamo yo tu imperio sin segundo.

   Dentro del corazón tu nombre leo;

Antes que ausente de mi hogar te llore,

Antes que el hierro del esclavo muerda,

   De mi existencia el fin hallar deseo:

¡Maldito aquel que hipócrita te adore!

¡Maldito aquel que estúpido te pierda!


Madrid, 1873.

Sonetos traducidos o imitados

Al borde de la tumba

(imitación del portugués)

       Pequé, Señor, mas no porque he pecado

De vuestra alta clemencia me despido,

Que cuanto más hubiere delinquido,

Os tengo a perdonar más empeñado.

   Si verme pecador os ha indignado,

Cederéis al mirarme arrepentido:

La misma culpa con que os he ofendido

Os tiene a la indulgencia preparado.

   Cuando vuelve al redil de sus amores

Una oveja perdida y recobrada,

En júbilo se inundan los pastores;

   Yo soy, Señor, oveja descarriada;

Mirad, Pastor divino, mis dolores,

Y recobradme al fin de la jornada.


1859.

Super fluminem...

(imitación del italiano)

       Burlándose del piélago bravío

Y de joyas magníficas cargado,

Con viento en popa y pabellón izado,

Vi romper las espumas un navío.

   No lejos de él, inútil y vacío,

De cuatro tablas a lo más formado,

Débil esquife contemplé, llevado

Por un remero sin vigor ni brío.

   Súbito ruge el huracán furioso,

Y en la costa el esquife, ya a cubierto,

Mira estrellarse el buque poderoso:

   Tal es de la fortuna el fallo cierto;

El humilde se salva; el orgulloso

Tan sólo por milagro gana el puerto.


1869.

La bandera española

(imitación de Niccolini)

       De rojo y amarillo está partida;

Dice el rojo del pueblo la fiereza;

El amarillo copia la riqueza

Con que su fértil suelo nos convida.

   Plegada alguna vez, jamás rendida,

Ningún borrón consiente su pureza,

Y aun al mirarla doblan la cabeza

Los que a su sombra fiel hallan cabida.

   Si hoy, como en otra edad, al mundo entero

Leyes no dicta desde polo a polo,

Ni el sol la manda su fulgor primero,

   Cuando con vil traición o torpe dolo

Pisarla intente audaz el extranjero,

¡Teñida la veréis de un color sólo!


1870.

Sobre un sepulcro de mujer

(de la antología griega)

       Mira. Recién cavada está la fosa,

Y sobre el mármol funeral caída

Una guirnalda de ciprés tejida,

Ofrenda de una mano cariñosa.

   Los negros caracteres de la losa

Todo el secreto encierran de la vida;

Lee, y de un alma para el bien nacida

Aprenderás la historia dolorosa.

   «Antemia soy; en Gnido tuve cuna;

Esposa fuí de Eufrone, y dos gemelos

Le di para su gloria y mi fortuna:

   No faltarán a su vejez consuelos,

Que uno le queda, de su noche luna,

Y otro en mis brazos se elevó a los cielos.»


1870.

Poesías varias

La nave fantasma

EPISODIO

       -¿Has oído, Joaquín? Del mar y el viento,

      Dominando el rumor,

Me pareció escuchar hace un momento

      El grito de «¡Babor!»

   ¿Qué será? De prudencia es el aviso,

      Y algo debe pasar:

Aún las Azores desde aquí diviso;

      ¿Si iremos a encallar?

   Sereno el cielo está; la mar desierta,

      Los astros copia fiel:

¿Qué significa la señal de alerta

       Que dan al timonel?

   ¿Nada ves?-Del Atlántico la alfombra,

      Sin principio ni fin...

-¡No! Yo distingo lejos una sombra...

      Ya sé lo que es, Joaquín.

   Mira: un bajel perdido y sin gobierno

      Entre las olas va;

La cólera lo empuja del Eterno:

      ¿Dónde lo llevará?

   En vano le hace señas nuestra nave,

      Truena en vano el cañón:

Sólo el profundo mar la historia sabe

      De su tripulación.

   ¿De qué puerto de América o de Europa

      Salió el roto bajel?

¿Qué nombre escrito llevará en la popa?

      ¿Cuántos iban en él?

   ¿Será tal vez la suya nuestra suerte?

      ¿Desecha tempestad,

Combate inútil, ignorada muerte,

      Silencio y soledad?

   Las doce son; acaso en este instante

      Alguno piensa en mí,

Y -Dios tenga piedad del navegante-

      Murmura para sí.

   Media noche, Joaquín; pues no hay remedio,

      Volvamos al cajón;

La vista de esas olas me da tedio;

      Huele a panteón.

EPÍLOGO

       A la mañana del siguiente día,

      El sol al despuntar,

Un cadáver flotando se veía

      Sobre el tranquilo mar.

   Triste despojo de la nave sola,

      De ella flotaba en pos;

¡Un momento después barrió una ola

      El surco de los dos!


Foederis arca

A LEANDRO PÉREZ COSSÍO

       Hay un asilo en mi pecho

Que las dudas no combaten,

Ni los placeres alegran,

Ni entristecen los pesares;

Oscuro como una tumba,

Invisible, inexpugnable,

Ni en él penetran las risas

Ni de él se escapan los ayes.

Dios y yo tenemos sólo

De ese sepulcro la llave,

Sepulcro que es paraíso

Con apariencias de cárcel,

Y Dios y yo solamente,

En señalados instantes,

Vemos lo que allí se oculta,

O, mejor, lo que allí yace.

   Una mujer no besada,

Una interrumpida frase,

La memoria de algún sueño,

El suspiro de algún ángel,

Hojas de flores marchitas,

Ecos de dulces cantares,

Brisas, estrellas, ardores,

Relámpagos, huracanes,

Todo lo que el alma crea

Y en el alma se deshace,

Tiene allí rumor y vida,

Cuerpo, sombra, espacio y aire;

Y flota en un océano

Sin escollos ni oleaje,

Con la eternidad por puerto

Y la esperanza por llave.

   Cuando, cansado o vencido,

El espíritu se abate;

Cuando del pesar la nube

Lluvia de lágrimas trae;

Cuando el rencor o la envidia

O la adulación cobarde

Por amigo me pretenden

O me señalan por mártir;

Cuando el sol de mi ventura

Pienso que puede eclipsarse,

Del asilo de mi pecho,

Donde no penetra nadie,

Abro la escondida puerta

Y en él me refugio amante,

Como se refugia un niño

En los brazos de su madre.


1874.

       -Dos almas en una sola

Nuestras dos almas serán.-

Así me dijiste un día

En vísperas de marchar.

Ni te he visto desde entonces

Ni de ti supe jamás,

Ni pensando en nuestras almas

Puedo ya vivir en paz.

Si tú las dos te llevaste

Debes pasarlo muy mal;

Si sólo la tuya tienes,

La mía, ¿dónde estará?


1874.

Las dos islas

       Yo he visto del Océano

En la inmensa soledad,

Dos islas que, siempre verdes,

Se reflejan en el mar.

Un abismo las divide

Que las engendró quizá;

Pero, a través de ese abismo,

Entre ellas vienen y van

Los besos que lleva el aire

En su carrera fugaz,

Y los cándidos efluvios

De su seno virginal.

Todo es común para entrambas:

La calma, la tempestad,

El sol, el viento, las olas,

La alegría y el pesar.

   ¡Ay!, esas islas remedan

En su consorcio ideal,

De nuestros dos corazones

El desesperado afán.

Semejante a su destino

Nuestro destino será:

Vernos siempre, amarnos siempre

Y no juntarnos jamás.


1874.

¡Yo pecador!

       ¡Si es sagrado, Señor, el juramento,

   Apiádate de mí!

Perjuro soy, y aguardo tu castigo

   Doblada la cerviz.

   Juré amar a una pérfida, y esclavo

   Del juramento fuí;

Luego juré olvidarla y ¡oh flaqueza!

   No lo puedo cumplir.


1874.

       No llores más; si siempre el llanto ha sido

   alivio del que gime,

Por una sola gota el ofendido

   Al ofensor redime.

   Un eterno combate es nuestra vida:

   Luchar no te avergüence,

Que la gloriosa palma apetecida

No es sólo del que vence.

   ¡Levántate, mujer! Contempla el cielo

   Y tu dolor destierra.

¿Cuál será el ave que remonte el vuelo

   Sin tocar a la tierra?


1874.

       Muchos años han corrido,

Muchas memorias han muerto,

Y aún mi corazón palpita

Cuando alguna vez la veo.

Ella indiferente pasa

Con el semblante sereno,

Como estatua que abandona

Su pedestal un momento;

Y yo, bajando los ojos,

Callo, miro, dudo y tiemblo,

Como esclavo fugitivo

Que tropieza con su dueño.


1875.

Mi Nochebuena

A Ramón de Campoamor

       Sentado ante la roja chimenea

   Y en las manos un libro,

He pasado la noche en que naciste

   Y en que nací, ¡Díos pío!

   Muchas recuerdo de entusiasmo loco

   Y atronador bullicio,

En que el placer, la gloria y la esperanza

   Llenaban mis sentidos.

   Alguna pasé lejos y muy triste

   Cuando, pobre proscrito,

Uní a la voz del viento y de las olas

   Mi voz y mis suspiros.

   Noches de gozo, de inquietud, de duelo,

   Por premio o por castigo,

Os arrastró veloz en su carrera

   Del tiempo el torbellino.

   ¡Cuán de ésta diferentes, en que sólo,

   Del hogar al abrigo,

He contado las horas junto al lecho

   De mis hermosos hijos!

   Las caras prendas de mi amor dormían,

   Y a su lado, encendidos,

Aún brillaban del tosco nacimiento

   Los diminutos cirios.

   Yo, suspendiendo a veces la lectura,

   Me alzaba con sigilo,

Y al matar una luz les daba un beso,

   Murmurando: «¡Hijos míos!»

   Cesaron en la calle los rumores

   De cantos y de gritos,

Apagóse la roja chimenea

   Y me quedé dormido.

   Otras noches vendrán de más fortuna,

   Que incierto es el destino;

Pero ¡ay! yo no tendré ni mayor dicha

   Ni sueño más tranquilo.


1875.

       ¡Nadie nos ve! Los hierros de tu reja

      Me servirán de escala;

En su crespón la noche nos envuelve.

      -¡Sí; pero calla!

   -Nadie nos oye; el aire se ha quedado

      Dormido entre las ramas;

Todo es en derredor silencio y sombra.

      -¡Sí; pero calla!

   -¡Juro, puestos mis labios en tus labios,

      Amarte con el alma;

Juro ser tuyo como tú eres mía...

      -¡Sí; pero calla!


1876.

Fuegos fatuos

       Lo dijiste y lo sentías:

Era ya imposible amarnos,

Y, ¿a qué andar con niñerías?

Recuerdo que, al separarnos,

Yo lloraba y tú reías.

   Sintió mi pecho, al perderte,

Algo del sepulcro frío,

Y maldije de mi suerte:

Hoy, bien lo sabes, al verte,

Tú lloras y yo me río.

   Demos por bien empleado

El llanto de hoy y el de ayer,

Porque ¡ay!, a habernos amado,

¡Cuánto hubiéramos llorado

Los dos a un tiempo, mujer!


1876.

En pleno otoño

Imitación de Carducci

       Húmedos están los campos,

Húmedo el aire también,

Húmedos tus ojos negros,

Donde un tiempo me miré.

La neblina de la tarde

Va comenzando a caer,

Y en remolinos, las hojas

Se arrastran a nuestros pies.

Tibio el sol y amarillento,

Como a destronado rey,

Más de sudario le sirven

Las nubes que de dosel.

Todo tiembla o enmudece,

Como herido del desdén,

Y se evaporan, cual sombras,

Las ilusiones de ayer.

El otoño de la tierra

Nuestro otoño también es,

Y cuanto respira en torno,

Bruto indócil o ave fiel,

Todo parece nos grita:

«¡Amad por última vez!»


1876.

       En el mar nos encontramos

Y en el mar nos comprendimos:

Recia borrasca corrimos,

Y uno por otro temblamos.

   «Nunca te podré olvidar»,

Me gritaban tus acentos

Entre el rumor de los vientos

Y las olas al chocar.

   Y al ver la tierra cercana

Que anhelábamos los dos,

En vez de decirme «¡Adiós!»,

Me dijiste: «¡Hasta mañana!»

   Hoy, mujer, te vuelvo a hallar;

Tus hijas ya son amables;

Cuando de abismos las hables,

¡No las hables de la mar!


1877.

       Cuando las luces del altar se apagan

Y en los labios expira la oración,

Quedan del alto templo entre las naves

      El humo del incienso

      Y el eco de la voz.

   Bajo la sombra del ciprés oscuro

Duerme, hace tiempo, mi primer amor;

Mas guardan, desvelados centinelas,

      Su imagen, mi memoria,

      Su fe, mi corazón.


1878.

       No van la esplendidez ni la miseria

Del nacer al capricho encadenadas:

Se nace miserable en cuna de oro

      Y opulento en la paja.

   Por mucho que se encumbre la fortuna,

Por mucho que alce el pedestal la fama,

Sólo una elevación hay sin medida:

      ¡La elevación del alma!


1880.

imitación de Stechetti

       La noche viene callada

Y el cielo en nubes se arropa;

No espero a nadie ni nada.

   -¡Juan, la copa!

   Dicha pedí a los amores,

Donde sólo hallé amargura;

Me dio espinas más que flores

   La hermosura.

   De la gloria en el sendero

Penetré con firme huella,

Y por poco un majadero

   Me atropella.

   Vi de ricos un enjambre

De la razón en agravio,

Y ayudé a matar el hambre

   De algún sabio.

   Fe, justicia, sueños de oro,

Navegar miro a mi popa;

Canten otros en el coro;

Yo ni canto ya ni lloro;

Pero bebo...

-¡Juan, la copa!


1881.

       La vi rezando de hinojos

Y no la he visto después;

¡Qué grandes eran sus ojos!

¡Y qué pequeños sus pies!

¡Corazón, no me demandes

Si a turbar vienen tus sueños

Aquellos ojos tan grandes

Y aquellos pies tan pequeños!


1884.

La página eterna

       Todos los que escribimos la soñamos

      Magnífica, ideal;

La buscan en el libro nuestros ojos

      Y en el libro no está.

   Engendro del placer o la amargura

      Del combate o la paz,

Vive allí con el alma del poeta

      El alma universal.

   La hallaron en la fe Milton y Dante:

      En la duda, Balzac;

Shespir en la miseria; en el regalo,

      Byron y Chateaubriand.

   A la mentira la arrancó Cervantes;

      Tácito a la verdad,

Y es, lo mismo plegaria que blasfemia,

      En todos inmortal.

   ¡Muchos escriben libros! De la gloria

      Muchos corren detrás,

Mas la página eterna, la soñada...

      ¿Cuántos la escribirán?


1884.

En la escuela

Idilio realista

       -Atención, mucha atención,

Y pues presume de diestro,

Haga usted-gruñó el maestro-

Esa multiplicación.-

Yo, fijo ante la pizarra,

Otra cosa no veía

Que el balcón al que subía

Retorciéndose una parra,

Y los tejados de enfrente,

Donde alegres y parleros

Saludaban los jilgueros

La primavera naciente.

Absorta y embebecida

Mi imaginación vagaba

Por el aire, en que sonaba

Música jamás oída;

Mientras volando en montón

Los pájaros aturdidos,

Iban a dar, distraídos,

En los hierros del balcón.

-¡Vamos, niño!-en su falsete

Murmuró el dómine rudo:-

¿Lo dice usted o le sacudo?

¿Qué son setenta por siete?-

Y yo, afrontando los daños,

Entre cálculos extraños,

Pensaba en mis desvaríos:

«Los setenta son tus años,

Y los siete son los míos.»


1894.

Los pedazos de mármol

Fábula

       Al pie de una cantera

   De mármol de Carrara,

   Varios gigantes bloques

Restos de una gran ruina semejaban,

   Mientras otro, movido

   Por cuerdas y palancas,

   A un carro conducían

Muchos obreros en alegre zambra.

      Diez poderosos bueyes,

   Uncidos por el asta,

   Iban la inmensa mole

A llevar a través de la montaña;

   Y cuando al recibirla

   Rechinaron las tablas,

   Oyóse en el espacio

Sordo rumor de voces y amenazas.

      -¿Por qué nos abandonas?

   -Las piedras murmuraban-.

   ¿Qué buscas en tu orgullo

Fuera de estas regiones solitarias?

   -El hombre me ha elegido

   -Respondió la arrastrada-

   Para que al mundo admire,

Centinela perpetuo de su fama.

      Si hasta hoy he sido roca,

   Mañana seré estatua;

   No tengo yo la culpa

De ser la más hermosa y la más blanca.

   -Piedad antes que enojo

   En nosotras hallarás,

   Si cautiva a la fuerza

De tu profanación no hicieras gala.

      Pero en vano te engríes,

   La vanidad te engaña,

   Que aun cambiando de forma

Piedra serás, cual somos tus hermanas;

   Y antes de que te eleves

   del vulgo a las miradas,

   ¡No sabes tú los golpes

De cincel y martillo que te aguardan!

      Los hombres en la tierra

   Son mármoles con alma,

Y si éstos al labrarse dejan polvo,

   Aquéllos dejan lágrimas.


1894.

Cuento

       Molidos de la jornada

Y con hambre, aunque risueños,

Dos estudiantes rondeños

Llegaron a una posada.

Comenzaba a anochecer

Y entrambos, sin vacilar,

Acercáronse al hogar

Decididos a comer.

Ligera cual una ardilla

Rubia moza les previno,

Con un buen jarro de vino,

Salchichón, pan y tortilla;

Que devoraron los dos

Sin tener que repetir,

Yéndose luego a dormir

En paz y en gracia de Dios.

A la mañana siguiente,

Rayando apenas el día,

Del ventero en compañía

Tomaron el aguardiente;

Y a seguida de pagar

Los caballos dispusieron,

Y alegres como vinieron

Se volvieron a marchar.

   No será el cuento profundo

Ni por él pido mercedes;

Pero ¿no lo hallan ustedes

Lo más natural del mundo?


1894.

Imitación de un canto popular dinamarqués

       Lúgubre suena y pausado

El redoble del tambor;

Va a morir el centinela

Que a la consigna faltó.

Eran su madre y la mía

Del mismo pueblo las dos,

Y acarició nuestras cunas

El mismo rayo de sol.

No tuve mejor amigo

Ni camarada mejor,

Y éste es el que triste avanza

Seguido del pelotón

En cuya primera fila

Mi deber cumpliendo voy.

Pasar le ven las mujeres

Con tranquila compasión;

Aquellas que celebraban

La dulzura de su voz,

Cuando con guitarra en mano

Cantaba coplas de amor.

Ya sobre pradera verde

La tropa el cuadro formó,

Ya le han vendado los ojos...

Ten piedad de su alma, ¡oh Dios!

Nueve hombres salen al frente

Y uno de los nueve soy.

-¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego...!

Trémulos por el horror,

Ocho disparan al aire;

Se oye un rugido feroz...

¡Sólo una bala..., mi bala,

Le ha partido el corazón!


1894.

       «¡No te mueras nunca!»,

Me dijiste el día

En que se encontraron

Tu boca y la mía.

¡Morir...! Como nave

Que al mar desafía,

Burlando del viento

La saña bravía;

Como limpio arroyo

Que en la fresca umbría

Derrama a su paso

Dulce melodía,

Dichosa y serena

Mi vida corría,

Y en todo gozaba,

Y en todo creía.

Hoy el cierzo rudo

Secó la onda fría,

Avanza entre nieblas

La nave sin guía;

Y de aquel deleite,

De aquella alegría,

De cuanto anhelamos

Con loca porfía,

Guardas... lo que guarda

La extensión vacía

Del ave que vuela

Buscando su cría.

«¡No te mueras nunca!»,

Tu labio decía;

Si me hubiese muerto,

¡Qué feliz sería!


1894.

El ruiseñor y los gorriones

Apólogo

       De su nido de granzones

Un ruiseñor se cayó,

Y, sin saber cómo, dio

En un nido de gorriones.

Era el tal recién nacido,

Y no pudiendo volar,

La prole vino a aumentar

Que ocupaba el otro nido.

Aún distinguir no sabía

De madre propia o ajena,

Y hallando que es madre buena

La que nos sufre y nos cría,

Por más que a tender el vuelo

Poco después se lanzaba,

Siempre al nido regresaba

Lleno de amoroso anhelo.

Era una tarde de estío

Y la turba entre el ramaje,

Sacudiendo su plumaje,

Entonaba el pío, pío,

Cuando, ¡caso singular,

Que nadie explicarse supo!

Un pajarillo del grupo

Rompió de pronto a cantar.

-¡Calle!-gritó la gorriona,

Con voz que a todos espanta.-

¿Quién es el gorrión que canta

Lo mismo que una persona?

-Ese ha sido, madre mía.

-¿Cuál?-El que al nido cayó.

-Ya me figuraba yo

Que de casa no sería.

Y pues goza con su canto,

Dejando el trigo y la avena,

Cante muy enhorabuena;

Comeremos entretanto.

   Te suplico me perdones,

Padre Dante: hay un dolor

Mayor que el que tú supones,

Y es sentirse ruiseñor

En un nido de gorriones.


1894.

Para luego es tarde

Dolora

       Nace el hombre, y al nacer,

dos fuerzas de igual poder

le solicitan al par;

una le dice: ¡pensar!;

otra le grita: ¡creer!

   Él, con aire desdeñoso,

abre su pecho al cariño

y su espíritu al reposo;

¡para creer es muy niño,

para pensar, muy dichoso!

   Crece, y del mundo al bogar

por el anchuroso mar,

cuyo fondo quiere ver,

la duda le hace pensar

y el desengaño creer.

   Teniendo esta vida en poco,

de otra existencia al recuerdo

busca de la luz el foco;

mas, ¿qué ha de creer, si es cuerdo?;

ni ¿qué ha de pensar, si es loco?


       Todo cantaba en derredor: la fuente.

perlas vertiendo en la marmórea taza;

los apiñados árboles del huerto

      mecidos por el aura:

   de una mujer querida las promesas;

de un porvenir mejor las esperanzas;

los suspiros del pecho enamorado;

      del pudor las plegarias...

   Sólo del grillo el áspero chirrido

a mi enojo arrancó frases de rabia,

y denosté su pequeñez, que hacía

      difícil mi venganza.

   Todo era en derredor tristeza y sombra;

de una prisión los muros me guardaban,

donde ni débil ruido se sentía

      ni eco de voz humana.

   Sólo del grillo el áspero chirrido,

turbando audaz la pavorosa calma,

de otro tiempo feliz con el recuerdo

      mis penas consolaba.

   -¡Bendita pequeñez!-exclamé entonces;-

¡proteja Dios el nido que te ampara!

¡Ya puedo sonreír; tengo a mi lado

      algo que vive y canta!


Sol poniente

       Es un extraño placer;

pero si gozas, mujer,

como distes en decir,

del árbol que va a morir,

viendo las hojas caer;

   si amas la pálida rosa

que viste ayer orgullosa

codiciándola quizá,

y que hoy miras temblorosa

marchita a tus plantas ya,

   mientras la niebla pesada

va cerrando el horizonte,

que aún tiñe con luz dorada

el sol, vertiendo en el monte

su postrera llamarada;

   mientras despiden el día

con su dulce algarabía

las golondrinas parleras,

antes de cruzar ligeras

del mar la extensión vacía,

   ven a mi lado, mujer;

de otoño el cielo sombrío

también me deleita ver,

y tu corazón y el mío

se llegarán a entender.


Imitación de Catulo Mendes

   A la orilla sentado del camino.

triste, solo y de harapos mal cubierto,

      a un gran señor que pasa

      limosna pide un viejo.

-¡Por caridad -le dice;-socorredme!

yo fui rico, cual vos, en otro tiempo,

      y hoy miserable vivo,

      sin hogar y sin lecho.

Una moneda de oro deposita

en sus rugosas manos el viajero,

      y-¡Gracias!-el mendigo

      repite, sonriendo.

-¡A la vista no más de esta moneda

de mi fortuna y juventud me acuerdo;

      mis ilusiones tornan,

      aún en la dicha creo.

   Precedido de bélicos clarines

y de laureles mil doblado al peso,

      por el camino cruza

      un paladín soberbio.

-¡Señor-grita el anciano,-una limosna!

También de los combates gané el premio,

      aunque olvidó la patria

      mi generoso esfuerzo.

Un ramo de laurel a sus pies deja

el vencedor, la hueste deteniendo,

      mientras el pobre exclama,

      señalándole el cielo:

-¡Que os guarde siempre Dios! En estas hojas

mis triunfos y mi nombre escritos veo,

      y al aspirar su esencia

      aún con la gloria sueño.

   Una preciosa joven aparece

del vecino castillo en el sendero,

      seguida y requebrada

      por gallardo mancebo.

Tristemente, inclinando la cabeza

-¡Que seas muy feliz!,-murmura el viejo.

      -Si amas y eres amada,

      ya estás cerca de serlo.

¡Ay! Yo lo fui también. Bellas mujeres

reposaron, cansadas, en mi seno,

      y de sus labios rojos

      la copa me ofrecieron.

Conmovida la niña, dice al joven:

-Si tú me lo permites, dulce dueño,

      dar quisiera a este anciano

      la limosna de un beso.

-Aunque él te lo permita, yo, señora,

del sacrificio relevarte debo

      -interrumpió el mendigo

      con doloroso acento.-

Un ramo de laurel, una moneda,

pueden las ilusiones devolvernos

      y de perdidos goces

      evocar el recuerdo.

Mas besos ofrecidos de limosna,

en nevado erial chispas de fuego,

      resucitar no pueden

      los corazones muertos.

Pasad, alegres jóvenes, de largo,

y pasad muy de prisa y en silencio,

      pues no hay para un difunto

      martirio más horrendo

que sentir arrullarse dos palomas

sobre el ciprés oscuro y macilento,

      ¡inmóvil centinela

      del triste cementerio!


Pensamientos y epigramas

       «¡Igualdad!», oigo gritar

   Al jorobado Torroba.

   Y se me ocurre pensar:

   ¿Quiere verse sin joroba,

   O nos quiere jorobar?


   No os aflija pensar que la fortuna

Protege al ignorante o al malvado:

El oro es como el sol: da consistencia

      Y brillantez al fango.


   Del desconcierto del mundo

Yo sé la fecha segura;

Es aquella en que un mal hombre,

Tratando de cosa suya,

       Dijo: «Es agradable y útil»;

   En vez de decir: «Es justa.»


   No intimida al ladrón forzar la puerta;

   Pero le asusta el encontrarla abierta.


   Enfermo está el avaro don Vicente.

   Y morir no le aflige ni intimida:

   El dar el alma a Dios es lo que siente.

   Es lo primero que dará en su vida.


      Si de pecado o error

      Confesión quieres hacer,

      Más que virtud y candor,

      Exige en el confesor

      Calma, experiencia y saber.

      Prefiere a viejo machucho

      Hombre que sienta a tu modo,

      Y en lides mundanas ducho:

      Cuando se conoce todo,

      Suele perdonarse mucho.


   Ya no te acuerdas de que me has querido.

Te perdono el engaño, ¡no el olvido!


   Siempre que miro reír

   A cualquiera de esos judas

   Que hacen amargo el vivir,

   Me pregunto entre mil dudas

   Tras de mucho discurrir:

   -La risa de ese animal,

   ¿Es fingida o natural?

   ¿Revela mofa o desdén?

   ¿Indica que él se halla bien,

   O es que otro se encuentra mal?


   Malhaya el que a la verdad

   Condenó sin caridad

   A perpetua desnudez,

   Que puede ser candidez

   O puede ser liviandad.

   Si traje propio tuviera,

   Mejor se la conociera,

   Más respeto inspiraría,

   Y menos la vestiría

   Cada cual a su manera.


   Pudo el Hacedor crear,

   Sin esfuerzo y con placer,

   Cielo y astros, tierra y mar.

   Pero creó la mujer...,

   Y tuvo que descansar.


   Los sentimientos del hombre

   Y el cuerpo de la mujer

   Lucen vestidos: ¡qué pocos

   Resisten la desnudez!


   No hay un tonto, entre los muchos

   Que de serlo dan indicios,

   Del que, con poco trabajo,

   No pueda sacarse un pícaro.


   Miré al abismo... la sombra;

   Miré a los cielos... el aire;

   Miré a tus ojos..., no miro

   Desde entonces a otra parte.


   Presta a los infelices y a los pobres

      Atención y consuelo;

   Pero si has menester que lo vuelvan,

      No les prestes dinero.


   Felicidad que uno logra

   Y otro no ha de disfrutar,

   Ni por semejanza debe

   Llamarse felicidad.

   La luz no es luz encerrada

   En un oscuro fanal:

   Sólo merece este nombre

   Cuando alumbra a los demás.


   No tiene un maravedí

   ¿Y a baños se marcha Tello?

   Si está con el agua al cuello,

   ¿Qué más baño que el de aquí?


   No he comprendido jamás

   Que haya escritores, quizás

   De los de mayor aliento,

   Que malgasten su talento

   Negando el de los demás.


      Era la noche oscura,

      Desierto el sitio.

   Nos hallábamos solos...,

      ¡Qué tontos fuimos!


   De la lisonja al arrullo,

   Entre sedas ha crecido

   Tu cuerpo, que envidia da;

   Pero no muestres orgullo,

   Que un gusano te ha vestido

   Y otro te desnudará,


      Lo mismo que el estiércol

   Da vigor a las plantas,

   La envidia y la calumnia

   Vigorizan las almas.


   Hay quien de buena fe se compadece

   Del rico que empobrece;

Para el que no hay piedad, y me lo explico,

Es para el pobre cuando llega a rico.


   Lo primero que aprendí

   Fue a querer en este mundo;

   Lo segundo fue a olvidar,

   Y he olvidado lo segundo.


   Entró Clara de doncella,

   Con buen sueldo y buen palmito,

   En casa de doña Estrella,

   Y al mes de encontrarse en ella,

   Cayó enfermo el señorito.


   Cada vez que deliraba

   -¡Clara, Clara!-murmuraba,

   Y dándole de beber,

   Su pobre madre exclamaba:

   -¡Mucha sed debe tener!


   Si porque el mal te haya herido,

   Arrogante o descreído,

   La vida al desprecio das,

   Haz el bien, y sentirás

   Orgullo de haber nacido.


   Por si los Reyes llegaban

   La noche en que se anunciaban,

   Saqué al balcón unas botas:

   Las recogí como estaban.

-¿Vacías?

-No, señor; rotas.


   La vida es transformación:

   ¿Sabes cuándo habrá, Catón,

   Constancia en las opiniones?

   Cuando los guardacantones

   Puedan tener opinión.


   Lo hacen el cuerdo y el loco;

   Envidiar lo que degrada,

   Solamente el envidioso.


   Siempre ha tenido amor vena de loco;

Para él, o todo sobra o todo es poco.


   Si en ti, mujer, acumuló el destino

      Riquezas abundantes,

¿Cómo extrañar que, con disfraz de amantes,

Te salgan los ladrones al camino?


   Solamente una línea, y no muy clara,

La estupidez de la bondad separa;

Y un punto, inapreciable en apariencia,

Divide la razón y la demencia:

Así, por línea más o punto menos,

Hay tantos locos y tan pocos buenos.


   Atropellos, catástrofes, miserias,

      Crímenes, impiedad;

   O el mundo retrocede a la barbarie,

      O a la locura va.


   Un nombre el patriotismo; la justicia

      Una incógnita más;

   El amor un ensueño; una quimera

      La gloria terrenal.

   ¿Es que a todos los dioses les aguarda

      La suerte del dios Pan?


      Mi corazón es un nido

   En que burlando al invierno,

   Canta un pájaro sin alas

   El himno de los recuerdos.


   A fuerza de estudiar he averiguado

Que no hay más que una ciencia: ser amado.


   -¿Quién, niña, tendrá la culpa,

   Si te casas con un viejo,

   De que al llegar Nochebuena

   Suspires por nacimiento?

   Busca zagales robustos,

   En vez de reyes entecos;

   Mira que es muy triste cosa

   Ver el establo desierto.


   -¿Al Prado yo? ¿Qué he de ir?

   Habrá caretas muy raras;

   Pero a mí, ¿por qué fingir?,

   No las caretas: las caras

   Son las que me hacen reír.


      Si eres favorecedor,

   Nunca investigues de quién;

   Pero mira mucho y bien

   A quién pides un favor.


      Amar para ser amado,

   En amor es lo vulgar.

   ¡Venturoso enamorado

   Aquel que, siempre ignorado,

   Ama sólo por amar!


   ¿Porque pobre me ves, me compadeces?

   La vanidad te ciega;

Si yo soy pobre porque nada tengo,

Más eres tú, que todo lo deseas.


      De tu casa, bella Clara,

   Te ve la gente salir.

   Y bien hace, en mi sentir,

   Si con el sol te compara:

      Pues, aunque de varios modos

   Encanta vuestro arrebol,

   Os parecéis tú y el sol

   En que salís para todos.


      Viven en paz e ignoradas

   Matronas muy corrompidas,

   Aquí donde las honradas

   Llegan a ser distinguidas

   Por lo que son calumniadas.


   No todo el mundo es capaz

   De dar una puñalada;

   Pero ¿una mala noticia...?

   La persona más honrada.


   No hace la dicha malvados,

   Porque no lo quiere Dios;

   Mas suele hacer egoístas,

   Y no sé lo que es peor.


      Cazador que a caza vas

   De mujer o de león,

   ¡Ay de ti si no le das

   En mitad del corazón!


      Un beso no fuera nada

   A ser uno nada más;

   Pero el alma enamorada

   Lo anhela como avanzada

   De los que vienen detrás.


       El hombre, cuando se embarca,

Debe rezar una vez;

Cuando va a la guerra, dos,

Y cuando se casa, tres.


   Que no sales de la iglesia,

Ayer me dijo tu madre;

Para pecadora es pronto,

Para arrepentida es tarde.


   Si, como tú, Consuelo

      Yo me llamara,

   ¡Qué poca gente habría

      Desconsolada!


   De un secreto hice a un mudo

      Depositario;

   Recobró la palabra

      Para contarlo.


   ¡Qué penitencia tan grande!

¡Sin poderte llamar hija,

Quererte más que tu madre!


   El amigo verdadero

Ha de ser como la sangre,

Que siempre acude a la herida

Sin esperar que la llamen.


      El amor y la locura

   Se parecen al incendio:

   Suelen verse desde fuera

   Antes que se noten dentro.


      Maresita mía,

      No sé lo que tengo,

Que salgo de casa con dos o tres duros

      Y vuelvo sin ellos.


   Anda tu amor en la plaza

Como las obligaciones:

Ni el capital se amortiza,

Ni se cobran los cupones.


   Di lo pasado al olvido,

Doy lo presente al desdén,

Del porvenir no me cuido...,

Y vivo bastante bien.


   Ayer le tocó en mi calle

El premio grande a don Gil:

Si el premio fuera una teja

Me hubiera tocado a mí.


   A buscar dichas y penas

Salí con otro a un camino:

Cuando él con las dichas dio,

Dieron las penas conmigo.


   En alhajas y en mujeres

No te dejes engañar,

Y atiende, más que a la hechura,

A la clase del metal.


   Subí a la montaña:

   Cuanto más subía,

   Más sombras abajo,

   Más nubes arriba.


   Conociéndote, te quise;

Por eso no tengo pena:

Yo soy el ratón que ha entrado

Por gusto en la ratonera.


   Quien te comparó a la luna

Supo retratarte, niña;

Que como ella eres hermosa,

Pálida, mudable y fría.


   Desde la buhardilla suelen

Tirarse muchas doncellas,

Y unas van al empedrado

Y otras a la carretela.


El puñal del capuchino

Leyenda fantástica

A mi hermano Ángel.

I

       Escenario, los Abruzzos;

Decoración, un convento;

Actores, un capuchino

Y dos jóvenes viajeros.

Extiende su densa bruma

Cerrada noche de invierno,

Y los vidrios de la celda

Azota furioso el viento.

-¿De modo -murmura el fraile-

Que a marchar estáis resueltos?...

-Sí tal.

-Por más que me pese,

Vuestra decisión respeto.

La Santa Madona os guíe,

Que es peligroso el sendero,

Y no está el monte poblado

Por santos, ni mucho menos.

¿Llevaréis armas?

-Ninguna.

-Hicisteis mal, y lo siento,

Que pecar de confiados

Es casi pecar de necios.

Yo, pobre y humilde fraile,

Nada valgo y nada tengo;

Mas con el alma os bendigo,

Y a Dios pediré en mis rezos

Que os lleve sanos y salvos

De vuestra jornada al término.

Sin embargo, como prueba

De caridad y de afecto,

Algo que puede ser útil

Para el viaje daros quiero;

Tomad, y cuando el peligro

Ya no exista, devolvédmelo.

   Y una caja de madera

Entre las manos poniendo

Del más gallardo y más joven

De los valientes mancebos,

Silencioso les bendijo,

Al portón sacóles luego,

Y al verles ya cabalgando

Entróse a rezar al templo.

II

       Jinetes sobre dos mulas,

Cuyos vigorosos remos

Con paso menudo y firme

Hieren apenas el suelo,

Internáronse los mozos

Del bosque en lo más espeso.

Las nubes se deshacían

Empujadas por el cierzo,

Y entre los pinos brillaba

La luna de trecho en trecho.

-¿En qué piensas, Federico?

-Dijo de pronto uno de ellos-.

-Pensaba en que más a gusto

Nunca he llevado mi cuerpo.

Buena bendición por fuera,

Buena comida por dentro,

Buen abrigo y sin cuidado,

Nada me falta, Lorenzo.

-Dios se lo pague al buen fraile.

-Tienes razón, y por cierto

Que aún su regalo no vimos.

¿Lo guardaste?

Aquí le llevo.

-A ver, a ver; una caja

Con la cifra del convento,

Y en ella...

-¡Mira!, un rosario...

Y un puñal...

¡Contraste bello!

La vida y la muerte... el crimen

Y la expiación... ¡oro y hierro!

Mas detente... ¿No has oído?

-Alguno que silbó lejos...

Por allí viene... Es un hombre

Seguido de un perro negro.

-Un pastor... ¡Eh!, buen amigo,

Acérquese...

-Ya me acerco.

-¿No habrá por estos contornos

Mesón, cuadra o aposento

En que hallen las bestias cena

Y los racionales sueño?

-Buscaréis inútilmente,

Señores, si buscáis eso;

Estamos de la montaña

En el sitio más desierto,

Y habéis de andar muchas horas

Antes de llegar al pueblo.

Pero conozco un refugio,

Y con placer os le ofrezco.

Caminad a la derecha,

Y al trasponer aquel cerro,

Al pie de unas viejas ruinas

Y formada con sus restos,

Encontraréis una choza

Donde en verano solemos

Mis cabras y yo hacer alto

Cuando el sol nos da tormento.

Provisión de paja y leña

Guardo allí para el mal tiempo,

Y aunque el paraje es muy frío,

Los paredones son recios.

Haced lumbre, aunque no grande,

Pues el resplandor del fuego

Pudiera ser atalaya

Para algún huésped molesto,

De esos que cazan lo mismo

Las mulas que los conejos.

-Agradecidos quedamos,

Y si el favor tiene precio,

Decid cuál es...

-Ni le tiene

Ni yo mis favores vendo;

Con que, adiós, y buena noche...

-Él colme vuestros deseos.

   Caminando a la derecha

Los dos jinetes siguieron,

Hasta dar en un ribazo

Que lame turbio arroyuelo.

Le coronan entre zarzas

De una torre los fragmentos,

Y de un murallón hendido

Amparándose en el hueco,

Una cabaña se esconde,

A la cual sirven de techo

Varios robustos sillares

De verde hiedra cubiertos.

-Albricias, ya hemos llegado;

¿Qué te parece, Lorenzo?

-Que ya me tienes en tierra

Para ayudarte dispuesto.

-De la muralla al abrigo

Nuestras mulas amarremos.

-Ya están.

-Las maletas baja,

Y a palacio, que hace fresco.

-¡Pero, calle! ¿Está cerrado

El postigo?

-Está sujeto

Con un clavo que no es flojo;

Pero, adelante, ya es nuestro.

¿Y ahora, Federico?

-Ahora,

Hagamos luz lo primero;

Llevemos paja a las bestias,

Que ayunan sin merecerlo,

Y tras un sorbo de Lácrima,

Cuyo frasco traigo lleno,

Cada cual cumpla su antojo,

Pues es de su antojo dueño.

   La luz está ya encendida,

Las mulas comen el pienso,

El Lácrima es delicioso,

Leña en el hogar tenemos;

Con esta mesa la puerta

Vamos a atrancar por dentro,

Y pues es grande y mis ojos

Se niegan a estar abiertos,

Hago sobre ella mi cama,

Tranquilamente me acuesto,

Tú te sientas a mi lado,

Me dejas echar un sueño

De dos horas; en seguida

Duermes tú mientras yo velo,

Y... Federico, perdona,

No puedo más... Hasta luego.

III

       Restregóse Federico

Los párpados un momento,

Y pintáronse en sus labios

Una risa y un bostezo.

De su amigo ya dormido,

contempló el rostro sereno,

Y en la mesa y a su alcance

La caja del fraile viendo,

Abrióla, tomó el rosario

Y murmuró... «¡Padre nuestro!»

Sacó el puñal en seguida,

Probó la punta en un dedo

Y llevándola por broma

Al corazón de Lorenzo,

Dijo para sí: «¡Bien duerme;

Está lo mismo que un leño!»

De pronto, rasgando el aire,

Creyó escuchar a lo lejos

Un pavoroso silbido,

Fúnebre como un lamento,

Y tras él, aún más lejanos,

Sordos ladridos de perro.

Mientras, absorto y confuso,

De espanto y sorpresa lleno,

Vio lo que mortales ojos

Ver otra vez no pudieron.

   Reanimándose la llama

Y a sus fúlgidos destellos,

Apareció de una gruta

El fondo triste y siniestro.

De esta gruta en el recinto,

Y sentados en el suelo,

Conversaban muchos hombres

Casi de harapos cubiertos.

Escopetas y pistolas

Eran sus galas y arreos,

Y de cuentas de rosarios

Llevaban ornado el cuello.

De tan extrañas figuras

Alzábase altivo en medio

El pastor de la montaña

Con su enorme perro negro.

Mirábale Federico

Inmóvil, aunque sin miedo,

Cuando aquél, abalanzándose,

Le asió por el brazo izquierdo,

Y a su pesar, y arrastrando,

Sacóle del aposento.

De una vasta galería

El espacio recorrieron,

Hasta dar en una sala

Ornada de antiguos lienzos,

Y que algunas rojas teas

Iluminaban a intervalos.

Veinte veces el forzado

Llevó la diestra a su pecho,

El puñal del capuchino

Acariciando en silencio;

Y veinte veces, curioso

Por descubrir el misterio,

Su puñal volvió a la vaina

Y su espíritu al sosiego.

Por fin, del pastor guiado,

Llegó Federico al centro

De otro salón, donde, en corro,

Y en altas sillas de cuero,

Celebraban los bandidos

Conciliábulo tremendo.

Tendido sobre una mesa

Y agarrotados los miembros,

Su decisión esperaba,

Mudo y tembloroso, un viejo.

Del pastor al verse enfrente

Todos en pie se pusieron,

Y hacia la mesa avanzando

Con su víctima y su perro,

Que las manos le lamía,

Sin duda la sangre oliendo,

Así dijo el miserable,

Con voz ruda y torvo ceño:

-No atormentéis a ese anciano,

Ya sin fuerza y sin aliento;

Os traigo una nueva presa,

Que os dejará más provecho.

Es joven, y acaso rico,

Y pues rabiáis por saberlo,

¡Ea! Entréganos el oro

Que escondistes en el seno...

-El oro, ¡pastor infame!

¿Quieres oro? ¡Toma hierro!-

   Llenó un gemido la estancia;

Cayó desplomado un cuerpo,

Y al despertar Federico

De aquel espantoso sueño,

Aún apretaba en sus brazos

El cadáver de Lorenzo.

   Cuando al despuntar el día

Pudo el honrado cabrero

Romper a fuerza de puños

El postigo siempre abierto,

Halló cerca de la mesa,

juntos en abrazo estrecho,

Dos cadáveres calientes,

Y a poca distancia de ellos

Un puñal ensangrentado,

Un rosario blanco y negro,

Dos maletas y una caja

Con la cifra del convento.


1883.

El Cristo de Vergara

Leyenda

Al célebre escultor catalán Jerónirno Suñol.

       Hay de Vergara en la villa,

Tras un pórtico amparada

Del tiempo que la mancilla,

Vieja iglesia, cuya entrada

Tiene al frente una capilla.

   Quien a fuerza de palpar

Consigue allí penetrar,

Pese a la falta de luz,

Ve entre la sombra un altar,

Y en el altar una cruz.

   Y vago y desvanecido

Un cuerpo que luz refleja,

De aquella cruz suspendido,

Tan desmayado y herido,

Que parece que se queja.

   Bella imagen del dolor

Lo excita al par que lo calma

Con su sonrisa de amor,

En que puso genio y alma

Montañés el escultor.

   Mas, ¿cómo se encuentra allí?

¿Cómo en tan pobre lugar

Se esconde tesoro así?

La historia os voy a contar

Que me contaron a mí.

   Y sabréis, pues lo declara

La tradición tal cual es,

Por qué coincidencia rara

Vino a parar a Vergara

El Cristo de Montañés.

I

       En el sitio que hoy ocupa

La parroquia de San Pedro,

De artística decadencia

Abigarrado modelo,

Hubo en Vergara, del siglo

Diez y siete a los comienzos,

Una ermita, cuyo origen

Está entre brumas envuelto.

De San Pedro tomó el nombre,

Patrón insigne del pueblo,

Porque en unos rotos muros

Que coronaban el cerro,

Al ir por piedra una tarde

Halló su efigie un cantero;

Y tantos devotos hizo,

Que, de su culto en obsequio,

Limosnas se recogían

Para levantarle un templo.

De la ermita mayordomo

Y demás cargos anexos

Era Rodrigo de Urbieta

Por no sé qué privilegio,

Pues sirvió en sus mocedades

En los españoles tercios,

Y aún más de su gusto hallaba

La pólvora que el incienso.

De su largo matrimonio,

Ya por la muerte disuelto,

Un hijo a Urbieta quedóle,

Mas tan audaz y perverso,

Que Dios se le dio, sin duda,

Por castigo, y no por premio.

Veinte años cumplido había,

Y ni un noble pensamiento,

Ni una amistad verdadera,

Ni un generoso deseo,

Daban ternura a su alma

Ni calor a su cerebro.

Ingrato y antojadizo,

Y rencoroso y soberbio,

Hacer mal era su dicha

Por sólo el placer de hacerlo.

En vano formó su padre

De corregirlo el empeño,

Con el rigor muchas veces

Y algunas con el consejo;

De todo Andrés se burlaba,

Que era su malvado pecho

Para los sermones, piedra,

Y para los golpes, hierro.

Con lo que el honrado padre

Vegetaba en tal desvelo,

Que más de una vez la aurora

Le vio llorando en el lecho.

   Habitaba don Rodrigo,

Por ser suya de abolengo,

Una casa, de la ermita

Separada por un huerto.

Y para servicio propio

Y servicio de San Pedro,

Le acompañaba un anciano

Según él, soldado viejo,

Aunque más trazas tenía

Que de soldado, de lego.

En cuanto Andrés, arrojado

De su hogar hace ya tiempo,

Vivía Dios sabe cómo,

Ni dónde, ni por qué medios.

   Eran las diez de la noche,

Y era una noche de Enero

De esas en que muestra al mundo

Todo su horror el invierno,

Cuando cauteloso y ágil

En largo capote envuelto,

Junto al portal de la ermita

Detúvose un bulto negro.

Mojada estaba la tierra,

Triste el lugar y desierto,

Sin una luz las ventanas,

Sin una estrella los cielos.

Sólo de un ave nocturna

El graznido ronco y seco

Algunas veces venía

A interrumpir el silencio.

Bajo el dintel bizantino,

Ya libre de lluvia y cierzo,

De su capote los pliegues

Echó atrás el encubierto,

Dejando ver, de un relámpago

Al vivo y fugaz reflejo,

El rostro de Andrés Urbieta

Pálido, sí, pero bello;

Que era el hijo de Rodrigo

De Satanás un remedo,

Con la fealdad en el alma

Y la hermosura en el cuerpo.

Aunque ni temor ni duda

Se pintaban en su aspecto,

Interrogando la sombra

Miró, ya cerca, ya lejos,

Después de lo cual, y armado

Con fina daga de acero,

Metióla en la cerradura

Murmurando un juramento;

Y de las manos palanca

Y ariete del cuerpo haciendo,

Forzada la puerta, el mozo

Cayó de la ermita dentro.

   De una lámpara de cobre

Al moribundo destello

Levantóse Andrés, enfrente

Del santo patrón del pueblo.

Era la efigie de piedra

Si bien conservando a trechos

Señales de la pintura

Con que al nacer la vistieron.

La diestra alzada tenía

Como imponiendo respeto,

Y en la siniestra las llaves,

Atributo de su empleo.

Aunque por mano labrada

De un artífice grosero,

Había en aquella efigie

Parodia del arte griego,

Un no sé qué de dulzura,

De bondad y sentimiento,

Que daba al pobre esperanza

Y al afligido consuelo.

¿Qué pasó en aquel instante

Por la mente del mancebo,

Y qué lava sus pasiones

Inflamó con torpe fuego?

En aquel recinto oscuro

Se encerraban sus recuerdos,

Sus penas y sus placeres,

Sus odios y sus afectos.

Allí fue donde, jugando,

Dio agilidad a sus miembros,

Y a vencer sin ser vencido

Se adiestró desde pequeño.

Tocar aquella campana

Era en las fiestas su anhelo,

Y atizar aquellas luces,

Y aprender aquellos rezos.

Y allí también una noche

Vio, sin que le diera miedo,

El cadáver de su madre

Que, mudo como un espectro,

Velaba el buen don Rodrigo,

Desde entonces siempre serio.

¡Ay! De todo aquel pasado,

Vago ya como un ensueño

Sólo la muerta vivía

De Andrés en el pensamiento.

   Cerca del altar, y al muro

Con su candado sujeto,

Un cajón alto y angosto

Con una hendidura en medio,

Esta inscripción ostentaba,

Blanca sobre fondo negro:

«Aquí se echan las limosnas

Para las obras del templo.»

Como arrancado al influjo

Que le encadenaba al suelo

Andrés alzó la cabeza,

Respiró seguido y recio,

Y hacia el cajón dirigióse

Con paso seguro y lento.

La limpia daga en su mano

Volvió a relucir de nuevo,

Y buscando las junturas

De la madera y del hierro,

Pronto en la pared quedaba

Sólo el candado suspenso.

Sacó entonces del bolsillo

Un papel, que leyó entero,

Y colgándole de un clavo

Donde todos puedan verlo,

El cajón echóse a cuestas

Después de probar su peso,

Y dando un soplo a la lámpara,

Tomó el camino del pueblo:

Mientras la lluvia caía

Y a las ráfagas del cierzo,

Mezclaba el ave nocturna

Su graznido ronco y seco.

Disipáronse las nubes,

Rasgó la aurora su velo,

Y alzóse en el horizonte

Límpido el sol y sereno.

Al despuntar la mañana

Bajó Rodrigo a su huerto,

Por si del turbión los daños

Necesitaban remedio,

Y ocupado en tal faena

Estuviera largo tiempo,

Si, pálido y tembloroso

Desde el postigo entreabierto

No le llamará el criado,

Más que con voces, con gestos.

Atajándole el camino

Marchó rápido a su encuentro,

Y Gil, al verle delante,

Su mano derecha asiendo

El Pórtico de la ermita,

La señaló con el dedo.

-Serénate, Gil, no tiembles,

Y habla pronto, por el cielo

-Dijo Rodrigo.- ¿Qué pasa?

-Que quisiera haberme muerto.

Señor, que nos han robado.

-¿Cómo? ¿Quién?

-Vais a saberlo,

Si en este papel lo ha escrito

El infame que lo ha hecho.

Forzada encontré la puerta,

Y en el sitio del dinero

Esto es todo lo que había;

Tomad, señor, y leedlo.-

   Clavó Rodrigo sus ojos

En el papel un momento

Y con voz firme, aunque sorda,

Dijo, acercándose al viejo:

-Vas a oír, pero tu vida

Responde de mi secreto.-

Después se apoyó en la piedra,

Apretó contra su pecho

Al pobre Gil, que lloraba,

Y leyó de rabia trémulo:

   «Padre, lo siento por vos;

Vine a la casa de Dios

A tomar y no a pedir;

Cuenta es ésta que al morir

Ajustaremos los dos.

   Por atender a mi medro

Al nuevo templo he robado

La limosna, y no me arredro;

Una vez que está sentado,

Bien puede esperar San Pedro.

   Parto para no volver;

Si os conviene o no callar

Vos lo habéis de resolver,

Que quien nada ha de heredar

Nada tiene que perder.»

   Enderezóse Rodrigo

Y el papel dobló en silencio,

Diciendo a Gil, cuyos ojos

Eran raudales de fuego:

-Ya conoces al infame...

-Si tal.

-Pues bien, te aconsejo

Que olvides cuanto ha pasado

Como se olvidan los sueños.

Ni al amigo en la hostería,

Ni al confesor en el templo,

Reveles nunca ese nombre

Que yo con vergüenza llevo.

¿Recuerdas lo que encerraba

El cajón?

-Sí, lo recuerdo;

Nueve mil quinientos reales,

Poco más o poco menos.

Los contamos el domingo,

Y es martes.

-Hoy no los tengo,

Mas otro cajón te encargo,

Pues mañana hay que traerlos.

-Pero, señor...

-Esta casa,

Mis ropas, cuanto poseo

Es de la iglesia; yo solo

La iglesia y la villa dejo.

-¡Don Rodrigo!...

-De mis bienes

¿Sabes tú cuál me reservo?

Pues es mi espada, la misma

Que voy a esgrimir de nuevo.

¿Quieres, Gil, seguirme?

-Siempre

Sigue el lebrel a su dueño.

-Entonces, no te detengas,

Haz un cajón y un letrero,

Y que mañana sin falta

Resuelva el Ayuntamiento

Quién ha de ser mayordomo

De la ermita de San Pedro.

II

       ¡Qué bella va la fragata

Sobre las olas dormida,

Por el céfiro impelida

Entre festones de plata!

¡El mar azul la retrata

Con tranquila majestad,

Y en aquella soledad

Parece un ave gigante

Que busca el nido distante

Colgado en la inmensidad!

   Las tropicales regiones

Dejó, de hermosura llenas,

Al crujir de sus entenas

Y al tronar de sus cañones.

Serenatas y canciones

La ofrecen grato rumor,

Y el marino soñador

Ve dibujarse en las olas

De las playas españolas

El contorno seductor.

   Baterías y sollados,

Limpios cual oro bruñido,

Son albergue reducido

A grumetes y soldados.

Juegan algunos sentados

Y beben otros de pie;

Hay quien, sin saber por qué,

Se encoleriza y bravea,

Y hay quien rezando pasea

Lleno de cristiana fe.

   Gentiles y caballeros

Por la presencia y la ropa,

En el alcázar de popa

Conversan tres pasajeros.

Amores y desafueros

Narran uno de otro en pos.

Y -¡Osados fuisteis los dos

-Dice el tercero iracundo,-

Pero sólo con el mundo,

Y yo con él y con Dios!

   -Hasta a Dios movisteis guerra?

-Hasta a Dios.

-Es divertido.

Relatadnos cómo ha sido.

-Es cuento para la tierra.

Enigmas que el alma encierra

Porque los terne quizás,

Sombras que quedan atrás...

-Pues vaya, si eso os da miedo,

Hablad de amores...

-No puedo.

-¿No habéis amado?

-Jamás.

   Niño, mi madre perdí;

Joven, mi patria dejé;

Un padre tuve, y no sé

Si lo tengo, pese a mí.

Errante y pobre me vi

Y la suerte me ayudó.

-¿Volvéis, pues, a casa?

-No;

-Entonces, ¿quién os arroja

A España?

-¿Sabe la hoja

Por qué el viento la arrastró?

-Mas pesadumbres a un lado

dejemos...

-¿Qué pensaría

De vuestra antigua osadía

El que os hubiera escuchado?

-No lo sé; mas si dudado

Hubiese de mi poder,

Lo cierto al llegar a ver

Pronto a su costa supiera

Que contra toda quimera

Sé luchar y sé vencer.

   Y tras un cortés saludo

El hidalgo fanfarrón,

La escalera del salón

Bajó pensativo y mudo.

Con rostro un tanto ceñudo

Los otros le vieron ir,

Luego la seña al oír

Que les llamaba a almorzar,

Juntos echaron a andar

Y rompieron a reír.

   ¿Qué nave es aquella nave

Que en las sombras de la noche

Desmantelada y sin rumbo

Hacia los abismos corre?

Fiera borrasca sus lonas

Ha convertido en jirones,

Y crujen sus masteleros

Del huracán al azote,

Cual si de nuevo sintieran

Del hacha los rudos golpes.

Ya encaramada se mira

De las olas en el borde,

Ya como cetáceo herido

Bajo la espuma se esconde.

¿Quién en aquel triste leño

La fragata reconoce,

Donde hace poco sonaron

Serenatas y canciones?

¿Quién creyera tal mudanza

Cuando, limpio el horizonte,

Toda era arrullos la brisa

Y el cielo todo fulgores?

De soldados y grumetes

Ya no se escuchan las voces;

Sólo rondan los vigías,

O del tambor al redoble

Trabajan los marineros

Cazando gavias y foques.

Impávido el comandante,

Da desde el puente sus órdenes,

Haciendo al pasaje todo

Bajar a los camarotes.

Mas alguien con el mandato

No debe estar muy conforme,

Pues junto al timón oculto

Vela silencioso un hombre.

Aunque la sombra le ampara,

Se adivina por su porte

A un hidalgo bien nacido,

Ni muy viejo ni muy joven.

Agarrado está a una cuerda

Para que el mar no le arrolle,

Cuando la cubierta barre

Salpicando hasta los topes;

Y en el temblor de sus labios,

Y en sus pupilas inmóviles,

Se ve que medita o sueña

Y lo que habla en sueños oye.

-Piedad-murmura-¡Dios mío!

No tus iras amontones

Sobre el pecador, que humilde

Hoy con el pasado rompe.

No es el amor a una vida,

Que consumí ciego y torpe

En criminales empresas

Y en desatentados goces,

Lo que mi razón alumbra

Y hace que ante Ti me postre;

Es que tu grandeza veo,

Y me abruma el peso enorme,

Que en este supremo instante

No hay conciencia que soporte.

Que yo tu bondad conozca,

Que yo tu poder adore,

Y todo cuanto me diste,

Ambición, riqueza, nombre,

Arrojaré en tus altares

Apenas la tierra toque.

Y si no merezco tanto,

Y tumba aquí me dispones,

Recibe clemente y pío

El alma que a ti se acoge.-

Y esto diciendo el hidalgo

Como en éxtasis quedóse,

Del huracán y las olas

A los trágicos acordes.

   Una semana más tarde,

Cuando con lengua de bronce

Saludaba la Giralda

Del nuevo sol los albores,

Quebrando apenas del Betis

Las claras ondas veloces,

La fragata se mecía

Del Oro al pie de la Torre.

   De un arrabal de Sevilla

En la calle más poblada,

De jardines circundada

Y hermosa al par que sencilla,

   Se alza una alegre mansión,

Vivienda a un tiempo y taller,

Que al barrio causa placer

Y a veces admiración;

   Pues en la penumbra oscura

De un cuarto bajo y desnudo

Lucir se ven a menudo

Maravillas de escultura.

   De esta casa siempre abierta

Como artístico pensil,

Una mañana de abril

Llamó un hidalgo a la puerta:

   Y al sonar un «Adelante»,

Siguiendo a un mozo la pista,

Pronto se halló del artista

Frente a frente el visitante.

   -Si acaso os de estorbar

-Murmuró...-

-De ningún modo;

A serviros me acomodo

Si algo tenéis que mandar.

   -Si este vuestro taller es,

Y me cabe tanto honor,

¿Hablo con el escultor

Juan Martínez Montañés?

   -Dispuesto siempre a agradaros,

Señor...

-Martínez, os ruego

Me llaméis sólo don Diego

Y oigáis por qué vine a hablaros.

   De las Indias llegué aquí

Ha poco, y no es maravilla

Si cuanto ofrece Sevilla

De notable, recorrí.

   Cien cosas viejas y nuevas

A cuál más bellas he visto.

Mas ninguna como el Cristo

Del convento de las Cuevas.

   De esa imagen celestial

La huella en el alma tengo,

Y ansioso a pediros vengo

Que me labréis otra igual.

   -Una guardo a medio hacer

Que costará, bien contados,

Unos quinientos ducados.

-Con mil pagada ha de ser.

   -Don Diego, tan alto honor...

-Sois vos el que me le dais,

Sin duda, porque ignoráis

Lo que os estimo el favor.

   Quedamos, pues, en los mil.

-¿Y os corre prisa?

-Hoy es tres

¿Qué plazo pedís?

-Un mes.

-Volveré pasado abril.

   Y del convenio en señal

Sirva este anillo...

-Guardadlo.

-Como recuerdo tomadlo

De amistad franca y leal.

   -Entera la pongo en vos.

-De ella mi esperanza fío.

-Dios os guarde, señor mío.

-Artista, que os guarde Dios.

   El barrio estaba desierto,

Dobló la tapia del huerto

El buen hidalgo al salir,

Y dijo:

-Si Andrés ha muerto,

Diego comienza a vivir.

III

   Grandes fiestas se disponen

De Vergara en el lugar,

Que es San Zoilo, y de San Zoilo

Viene San Pedro detrás.

Enjalbegada de nuevo

La ermita del Santo está,

Y cubre un arco la puerta

De verbena y de arrayán.

También la casa inmediata

Luce encima del portal

Los faroles que sirvieron

Para la Natividad;

Y aunque a docenas las rosas

Se ven al pie del altar,

Por miedo a que se marchiten

No han venido muchas más.

Diligente el mayordomo

Anda de aquí para allá,

Cuando le detiene un chico,

Diciéndole:

-Don Beltrán,

Por vos pregunta un sujeto

Que os quiere en seguida hablar.

-¿Trae algo?

-Un carro cargado

Y alguna gente de paz.

-Dile que pase adelante.

-Señor cura, vedle ya.-

Llegóse el recién venido,

Y con cristiana humildad,

Besando al padre la mano,

Habló así:

-Buen capellán,

Unas palabras oídme,

Si no lo tomáis a mal.

Dejé una cuenta pendiente

Con San Pedro años atrás,

Y, pues sois su mayordomo,

Con vos la debo saldar.

Aquellos hombres que guía

A vuestra casa un rapaz,

Cuatro cajones conducen

Que a vuestra vista abrirán.

El más grande encierra un Cristo

Que, en ofrenda de piedad,

A nombre de un muerto, quiero

A la ermita regalar.

Colocado a la derecha

Del Santo Patrón será,

Donde tiene la limosna

Para el templo su caudal,

Y donde siglos de siglos

Muestre su divina faz.

De las tres cajas restantes,

Que calculo contendrán

Unos ocho mil doblones,

Pues no los quise contar,

A los pobres de la villa

Repartid lo que queráis,

Y para la iglesia nueva

El sobrante destinad.

-Que Dios, señor, os lo pague.

-Pagado lo tengo ya.

-Pero vuestro nombre al menos...

-Diego o don Diego, es igual.

-¿Y vuestra patria?

-La vuestra.

-¿Y venís?...

-Vengo del mar;

Y guárdeos Dios, padre cura,

Y si queréis saber más,

A ese Cristo preguntadle

Que él acaso os lo dirá.

EPÍLOGO

   Llevando diez y ocho naves

A sus naves amarradas,

Y de Felipe Tercero

Sobre el pabellón las armas,

Entró en Gibraltar un día

Don Miguel de Vidazábal.

Recia embestida sostuvo

Del Atlántico en las aguas,

Donde botín, no laureles,

Buscan los turcos piratas,

Y donde, esta vez al menos,

Halló castigo su audacia,

Pues la gente vizcaína

No fue en el combate blanda.

Antes de bajar a tierra,

Y entre vítores y salvas,

A visitar sus heridos

El bravo Almirante baja.

Cuatro o seis soldados viejos

Le siguen y le acompañan

Hasta el oscuro sollado

De la nave capitana.

No son los heridos muchos,

Por fortuna o por desgracia,

Que sobre el puente tuvieron

Dos veces a la canalla,

Y es, si corsarios le asestan,

Golpe seguro el del hacha.

De todos noticias pide,

A todos atiende y habla,

Compadeciendo al que sufre

Y animando al que desmaya.

Para acabar su visita

Uno tan sólo le falta,

Mas de él al ponerse enfrente

Y al iluminar su cara,

Salió del cerrado grupo

Un hondo «¡Jesús me valga!»

Volvióse rápidamente,

Y con voz grave y pausada:

-Mi buen Rodrigo de Urbieta

-Dijo el general-, ¿qué pasa?

-Señor, que sueño sin duda,

Que mi corazón estalla,

Que siento subir al rostro

Olas de sangre y de lágrimas,

Y que pregunto a ese herido

Quién es y cómo se llama.

-No contesta el que no escucha

-Murmuró con ruda calma

Un enfermero impasible,

Que junto al lecho se hallaba-.

-Desmayado está don Diego,

A quien la vida se escapa

Por tres heridas mortales,

Pero ninguna en la espalda.

-¿Le conocéis, según eso?

-¿Que si le conozco? ¡Vaya!

Somos señor Almirante,

Amigos y camaradas.

Yo le he enseñado el oficio

Cuando se alistó en la escuadra...

-¿Hace mucho?

-Hace diez meses;

Nuestro barco era la Laura,

Mas como éste se ha ido a pique,

Hemos mudado de casa.

-¿Y sabes -dijo Rodrigo-

Su procedencia y su patria?...

-Sé que se nombra don Diego

Solamente; mas, cachaza,

Que a volver en sí comienza,

Y, si no ha perdido el habla,

Hombre es que responde a todo,

Muy sereno y en voz alta.

Del lecho a la cabecera

Recostóse Vidazábal,

Asió a Rodrigo las manos,

Que entre las suyas temblaban,

Y haciendo los demás corro,

Inmóviles como estatuas,

Pronto del mar y el aliento

Llenó el susurro la estancia.

   La frente el herido alzó:

-Tengo sed; agua -gritó.-

Después, como recordando

La diestra a la sien llevando,

Al General saludó.

   -Agua pide, y aquí está;

Contra el dolor enemigo

Remedio tal vez será;

Dásela tú, buen Rodrigo,

Y él te lo agradecerá.

   -Tomad y bebed, hermano,

Dijo el que el vaso ofrecía.

Tendió don Diego la mano,

Y al ver que el llanto corría

Por el rostro del anciano,

   Un grito lleno de horror,

De esperanza, de temor,

De cuanto inspiran al alma

El arrebato y la calma,

Y la duda y el amor,

   Brotó del herido pecho

Del desventurado Andrés,

Que, vacilante y maltrecho,

Cayó desde el alto lecho

De don Rodrigo a los pies,

   Gritando en la fiebre ardiente

De su loco frenesí:

-No me maldigas, detente:

Dejo de una cruz pendiente

Quien responderá por mí.

   Él al desdichado ampara,

Él, a las ofensas pío,

Perdona al que las repara;

Él me espera, padre mío,

En San Pedro de Vergara.-

Oyóse un ronco estertor

Y una plegaria a la par:

Luego, en confuso rumor,

Los gemidos del dolor

Y los gemidos del mar.


1883.

¡Imposible!

Al inimitable autor de las Doloras Ramón de Campoamor.

       Mi querido Ramón: Pocos favores

He debido a la pícara fortuna

Tan gratos para mí, ni seductores,

Como el cuento de amores

Llamado «Los Amores en la luna».

   Con sin igual empeño,

Una, dos y tres veces lo he leído;

Soñé con él, y al despertar del sueño,

   Tu poema pequeño,

Grande como el Antar me ha parecido.

   Y a fuer de agradecido,

Queriendo a tu amistad rendir tributo,

Voy a ver si me salgo con mi tema

De ofrecerte un conato de poema

Pequeño, muy pequeño, diminuto.

PRÓLOGO

   Oculto entre el follaje de la vega.

Morisco por su traza y por su adorno,

Hay de Granada en el sin par contorno

Un carmen que el Genil fecunda y riega:

Quien a su puerta llega,

Estrago y soledad y sombra mira;

Todo allí al alma compasión inspira;

Por la rota pared el viento pasa,

Y en el hundido patio de la casa

La fuente melancólica suspira.

Seis lustros hizo ya que en una fiesta,

Cansados de vagar a pie y en coche

Por la gentil floresta,

Llenándola de amor y de ventura,

Dimos varios amigos una noche

Con aquella mansión triste y oscura.

¡Noche feliz y breve,

Cuyo recuerdo vive en la memoria!

La brisa fresca y leve

Los dormidos cipreses arrullaba,

Y a lo lejos, en dulce murmurío,

Solemne se escuchaba

Esa jamás interrumpida historia

Que a peñascos y flores cuenta el río.

De un viejo cedro el colosal ramaje,

De las estrellas el fulgor incierto,

El graznido salvaje

De algún ave nocturna, sorprendida

Por insólito estruendo inesperado,

La imponente belleza del paisaje,

Todo en aquel desierto,

A un tiempo encantador y desolado,

Convidaba a los goces de la vida

Por lo mismo quizá que estaba muerto.

Y de la luna el rayo tembloroso,

Y de la selva la quietud augusta,

Llevaban al espíritu en reposo

La visión que seduce y la que asusta.

   Movido por ardiente fantasía,

Por misteriosa voz tal vez llamado,

A la puerta corrí, que me atraía,

Y del azar o de la luz guiado,

Penetré en una vasta galería.

Su rico alicatado

Perdido los colores aún no había,

Y en esbeltas columnas se apoyaba,

Donde la hiedra el mármol encubría

Y la silvestre higuera vegetaba.

Allá en el fondo oscuro,

Como adosado al muro,

Un gallardo templete descollaba,

Cuya bóveda, en parte por el suelo,

Ver a trozos dejaba

La bóveda magnífica del cielo.

Miraba yo con ojos asombrados

Aquel nido de amor seco y vacío,

Cuando de un ajimez en los calados

Distinguí vagamente

Un papel, sobre el cual mi desvarío

Adivinó impaciente

Algunos caracteres ya borrados:

Cogíle; entre sus pliegues escondía

Un rizo de cabellos perfumados,

Y el polvo al sacudir que le cubría,

En letra a duras penas perceptible,

Vi que el papel decía

Esto, ni más ni menos: «¡Imposible!»

La voz de mis amigos,

Sacándome del éxtasis profundo

En que todo mi ser se sumergía,

Me llamaba al descanso y a la cena;

Yo estaba allí sin miedo, sin testigos,

Y preparado a disputar al mundo

Aquella posesión de encantos llena.

La oprimí con furor entre mi mano,

Cerca del corazón le abrí morada,

Y más dichoso que Colón y Elcano

Al encontrar la tierra suspirada,

Con el terrible peso del arcano

Volé a aspirar el aura embalsamada.

   La historia os contaré de esos cabellos:

Conservados por mí como un tesoro,

Vieron mis travesuras y amoríos:

¿Dónde están hoy? Lo ignoro...

¡Ay, pero guardo de ellos

Más memoria quizá que de los míos!

I

   Vástago y heredero

De noble tronco y de florida rama,

Con mucha juventud, mucho dinero

Y un apellido que ilustró la fama,

Era don Luis Chacón, en los albores

Del siglo que aún avanza y ya declina,

Modelo de mancebos seductores

Y gala de la gente granadina.

Hermoso, audaz, sereno,

Nacido en la abundancia y el regalo,

Jamás a sus caprichos puso freno,

Ni distinguió lo bueno de lo malo,

Ni separó lo malo de lo bueno.

Nunca, por peligrosa,

Dejó de acometer humana empresa,

Y en la lid amorosa

Sufrir pudo su cuerpo alguna cosa.

Pero lo que es el alma salió ilesa.

De su pasión al fuego

Cien pobres corazones se quemaron;

Mas ni la injuria, ni el desdén, ni el ruego

El amor de su pecho despertaron;

Pretender, conseguir, olvidar luego:

Sólo estos tres placeres le ocuparon;

Que hay quien del mar en el abismo boga

Y hay quien en una lágrima se ahoga.

   Vivía por entonces, si no miente

La tradición, nuestro galán bizarro,

Junto a un antiguo puente,

Donde va a terminar precisamente

La Carrera del Darro;

Y no lejos del lóbrego y sombrío

Palacio de Chacón, que retrataba

De otra edad la grandeza y poderío,

La iglesia de San Pedro se elevaba,

Minados sus cimientos por el río.

La madre de don Luis, santa señora,

La vivienda feudal ennoblecía,

Y en más de una ocasión, cuando a la aurora

La vieja puerta rechinar se oía,

Se hallaban de improviso y a deshora

Uno que entraba y otra que salía;

Ella, al templo a rogar por el que adora;

Él, desertor acaso de la orgía.

La madre placentera,

Olvidaba, al mirarle, su amargura;

Él, cual si de su error se arrepintiera,

Le besaba la mano con ternura

Y en el beso quedaba toda entera

Esa parte de fiera

Que tiene en sí la humana criatura.

Otras veces llorando

Llamábale hacia sí la pobre anciana,

Y casi suplicando

Le decía:

-Mi Luis, piensa en mañana.

No olvides mi consejo,

Único bien de cuantos bienes dejo:

Para gozar de la pasión mentida

Basta un solo momento de la vida;

Para un afecto dulce y sosegado,

Toda la vida es plazo limitado.

   Pero ¡ay! que ni ternezas, ni sermones,

Ni votos, ni oraciones,

Pueden hacer, al menos entre gentes,

Que caminen despacio los torrentes.

Pese a una y otra prueba,

Don Luis de sus caprichos es vasallo,

Y no hay de Puerta Real a Plaza Nueva,

Ni caballo mejor que su caballo,

Ni manceba mejor que su manceba,

Y una vez que, movido

Por no sé qué intención o qué locura,

Pensó en hacerse monje, y decidido

Dijo a su madre que llamara al cura,

En un papel firmado

Quiso escribir sus faltas el primero,

Y, sin haber su escrito comenzado,

Retrocedió espantado

Al asomarse al borde del tintero.

Armiño de una especie diferente

Que, tímido a su modo,

Halla más grato perecer en lodo

Que mojarse la piel en la corriente.

   Llegó a ser tal y tanta

De la madre infeliz la desventura,

Tanta la soledad de que se espanta,

Y tanto el duelo que incesante apura,

Que, buscando agradable compañía,

Hizo venir de un pueblo comarcano

Una muchacha que en aciago día

La encomendó al morir su noble hermano,

Y que feliz vivía,

Hija creyendo ser de un pobre anciano,

Cuya mujer la amamantó a su pecho,

Y en cuya casa halló comida y lecho.

Gracia, que así la pobre joven se llamaba,

Al mandato acudió de su señora,

Y ésta, que ya la amaba,

Por el hermano, cuya muerte llora,

Como benigna madre la trataba

Al verla tan gentil y seductora.

¡Y era la lugareña

Digna de tal merced! Nunca la aurora,

Al derramar sus fúlgidos destellos,

Iluminó una frente tan risueña,

Ni una boca tan linda y tan pequeña,

Ni unos ojos tan negros como aquéllos.

Cuando al llegar vestida de estameña,

Y en dos trenzas partidos los cabellos,

Penetró de Chacón en la morada,

Cuantos pajes y ujieres la miraron

Humildes se inclinaron,

Creyéndola una reina disfrazada.

Sólo don Luis, cual siempre entretenido,

Al decirle una vez de sobremesa:

-¿No quieres ver a Gracia, que ha venido?-

Respondió:

-¿Para qué? Lo he conocido

En que siento el olor a la dehesa.-

Gracia lo supo y devoró el ultraje;

El tiempo fue pasando;

Mudó la niña de apariencia y traje;

Su acento, que era rudo, se hizo blando;

Hasta que una mañana

Que a la iglesia cercana

Su señora a buscar se dirigía,

Con ira soberana

Vio que don Luis, ansioso, la seguía.

Del atrio en los umbrales

La alcanzó, y atrevido:

-Tomad-dijo-esta rosa que os ofrezco.-

Ella, que nunca oyó palabras tales,

Con el rostro encendido:

-Ni la tomo-exclamó-ni la merezco.-

Y atropellando audaz a tres o cuatro,

Entróse repitiendo:

-Te aborrezco.

Y él se quedó pensando:

-Te idolatro.-

   Es una noche tibia y perfumada,

De esas en que parece

Que bajo el limpio cielo de Granada

Un nuevo sol espléndido amanece.

Detrás de la entreabierta celosía

Que sobre el huerto fronterizo cae,

Ya terminada la labor del día,

Goza Gracia escuchando la armonía

Que en sus alas el céfiro le trae.

Las fuentes y las flores,

Todo tiene su voz en el concierto;

Hasta los desvelados ruiseñores

Que anidan en los árboles del huerto.

Apoyando en las manos el semblante,

Todo Gracia lo admira:

El fulgor del lucero rutilante,

La hoja que rueda y el rumor que expira.

O de la tierra alzando con tristeza

La purísima frente nacarada,

Contempla embelesada

Del astro de la noche la belleza:

Que siempre fue la luna

De las almas fantásticas el centro,

Y no hay mujer alguna

Que no busque una imagen allí dentro.

Por fin, como de un sueño despertando,

Gracia se alzó; por la extensión vacía

Tendió un instante los cansados ojos;

Luego, cerca del lecho en que dormía,

Sus rezos murmurando,

Ante una Virgen se postró de hinojos,

Y aunque nada ya en torno se veía,

Siguió la luz brillando

Detrás de la entreabierta celosía.

   Súbito un grito agudo

Rompió el silencio que doquier reinaba,

Y un bulto negro, misterioso y mudo

Hacia la joven avanzó que oraba;

Largo antifaz cubriendo su semblante,

Sólo sus ojos vislumbrar dejaba,

Y, asesino o amante,

Algo de tigre en ellos centelleaba.

-¡Socorro, Virgen mía!

-Dijo Gracia a la vez con ira y miedo;-

-¡Salid, infame!-murmuró sombría.

Y el encubierto replicó:

-No puedo.

Para triunfar de ti forcé una puerta;

Dormida te creía;

Ya me es igual dormida que despierta.

-Antes que presenciar tal villanía

Pluguiera a Dios que me encontrarais muerta.

-¿Sabes quién soy?

-Lo sé.

-Pues de ese modo

Algo sabrás de mi furor terrible.

-Sé que de todo sois capaz; de todo,

Menos de lo imposible.

-¡Morir o amar, elige!

-Ya he elegido;

Olvídame, señor, y otros placeres

Curen la pena de que causa he sido.

-Eso quisieras tú; pero hay mujeres

Que antes logran la muerte que el olvido.

¡Muere, pues!-

Y con saña destructora,

Del ropón desprendiendo que le viste

Fatal arma traidora,

Rápido se lanzó sobre la triste,

Que, apagando la luz, gritó:

-¡Señora,

Ven tú, pues que mi madre ya no existe!-

Y luchando en la sombra y reluchando,

Ya sin voz, y sin alma, y sin consuelo,

Fue Gracia a tropezar en una puerta,

Que al solo impulso blando

De su mano de hielo

Giró de par en par; ¡estaba abierta!

A una suntuosa cámara llevaba,

Que Gracia nunca visitado había;

De su techo una lámpara colgaba,

Y a su luz que oscilaba

El retrato de un viejo se veía

Con el manto y la cruz de Calatrava.

Cerca de aquél, y tapizando el muro,

Muchos retratos más, casi borrados,

Y allá en el fondo oscuro

Dos guerreros inmóviles y armados.

-¡Favor!-gimió la pobre balbuciente,

Asiendo de uno de ellos por la gola;

El guerrero tembló; volvió la frente

Gracia al peligro, y encontróse sola...

   Prudente y prevenida la doncella

En la sala de honor esperó el día;

Toda la noche aquella

La hicieron los Chacones compañía.

   Aún de don Luis la madre reposaba,

Cuando una carta recibió en su mano;

-Es para vos, y de llegar acaba,-

Dijo una dueña de cabello cano.

Y Gracia, que en la alcoba penetraba,

Atenta como siempre al primer ruido,

Tomó el papel que aquélla le acercaba,

Y leyó con acento conmovido:

«¡Madre, no me esperéis! De aquí me alejo

Porque el deber lo ordena;

Vida, esperanza, amor, todo lo dejo

Y me voy con mi infamia y con mi pena.

Abierto ante mis pies miro el abismo;

Puedo llegar a ser vil y cobarde,

Y antes que avergonzarme de mí mismo,

Huyo de mí y de vos. ¡El cielo os guarde!

Senda noble y gloriosa

Mi juvenil espíritu imagina;

Busca mi mente ansiosa

La estatua más hermosa,

La voz más grata y la mayor ruina.

Del arte en los misterios

Aprenderé cien goces ignorados,

Y el polvo al contemplar de los imperios,

En él veré mis sueños retratados.

Sé que me perdonáis, y yo os bendigo;

Grande ha sido mi culpa, madre mía;

Mas la ilusión abrigo

De que digno de vos volveré un día

Pidiendo premio donde hallé castigo.

Una súplica aún: que de mi ausencia

Nadie investigue el pavoroso arcano

Que guarda mi conciencia;

Del mar es copia el corazón humano,

Y fuera gran demencia

Querer interrogar al Océano.»

   Dos lágrimas no más, lentas y solas,

Surcaron las mejillas de la anciana,

Y eran amargas como son las olas

Que se deshacen en espuma vana.

Quiso hablar, y la frase, mal segura,

En un suspiro se escapó del pecho;

Con manos encendidas

De Gracia acarició la frente pura,

Y ambas cayeron juntas sobre el lecho

En un inmenso abrazo confundidas.

II

   ¡Italia, Italia! Bendecido suelo

En que halla el peregrino fatigado

Con las confusas glorias del pasado

Del porvenir el misterioso anhelo.

      Región encantadora

Que sólo ensueños de placer inspira;

      Maga fascinadora,

Si el que nunca te vio por ti suspira,

El que deja de verte, por ti llora.

   Iba la tarde a declinar; domando

De sus corceles el ardiente brío,

Que trotan resoplando,

Van dos jinetes, de exterior sombrío,

La romana campiña atravesando.

Don Luis Chacón es uno; su escudero

Gaspar el otro; aquel que le adiestrara

En manejar la rienda y el acero,

Y que por ver el júbilo en su cara

Viviera sin hablar un año entero.

Mas en vano lo intenta,

En vano de sus muchas correrías

Episodios y fábulas le cuenta,

O de risueños y lejanos días

El apacible cuadro le presenta.

Nada la nube ahuyenta

Que en torno de don Luis se agita y crece,

Que de su oculto lloro se alimenta,

Que le aniquila al par que le enardece;

Y entre la cual, envuelto y abismado,

Una visión fantástica parece

Persiguiendo la dicha que ha soñado

Y el soplo de su aliento desvanece.

      Borrar quiere del alma

Lo que grabado lleva en la memoria;

Mas sólo en el olvido está la calma,

Y quiso el cielo que la misma palma

Sirva para el martirio y la victoria.

Por eso de Gaspar teniendo en poco

      La charla y el cariño,

Cruza el desierto que asoló la gloria

Con la sublime exaltación del loco,

Con la serena intrepidez del niño.

   ¡Ni un árbol, ni una flor! ¡Negras colinas

Interrumpen a veces de aquel llano

La triste soledad! Allá, a lo lejos,

Sobre las agrias cumbres del Albano,

Derrama el sol sus últimos reflejos.

      Pirámides de ruinas

Dan por asiento la gastada piedra;

Y en el frontón hundido

Busca reposo la torcaz paloma,

Mientras, bebiendo el aire corrompido,

      Bajo un dosel de hiedra,

Sus anchas fauces el lagarto asoma.

      Del acueducto erguido

Logra la cabra dominar la altura,

      Y allí su sed ardiente

Templa en el hilo de agua transparente

Que entre las rotas bóvedas murmura.

      Óyese de repente

Sordo rumor que turba al más sereno:

Es un búfalo enorme

Que, oculto en el repliegue de una roca,

Se baña revolcándose en el cieno.

      La cabeza deforme

Mueve con lentitud acompasada,

Y espuma destilando por su boca,

Gira en torno la estúpida mirada.

   ¿En qué piensa don Luis, que ve en tal hora

El término llegar de su camino,

Más lejos cada vez de la que adora

Y esclavo más y más de su destino?

      Él mismo no lo sabe;

Gaspar, que conocerlo quiere en vano,

Marcha a su flanco silencioso y grave,

      Quizá de aquel arcano

Oculta en el hogar quedó la llave,

Y así los dos, con parecida suerte,

      Nutren igual empeño:

Don Luis piensa en un sueño, que es su muerte,

Y Gaspar en su vida, que es un sueño.

   De pronto, al ensancharse la vereda,

Vieron desde la cúspide del monte

Del ancho valle la extensión vacía;

Dibujóse en el diáfano horizonte

De la villa Panfili la arboleda,

Y Roma apareció: lento se oía

Del Angelus sonar el dulce coro

Que en cuatrocientas torres repetía

De las campanas el metal sonoro;

Y entre el vapor de la indecisa bruma,

Como arrastrando al mar su historia impía,

      Sin ruido y sin espuma,

El Tíber soñoliento se perdía.

Semejante al ciprés que el rayo abate,

De los bronces al eco plañidero

Dobló don Luis la juvenil cabeza,

Llevó la diestra mano hacia el sombrero,

Y en el caballo hundiendo el acicate,

Sin que acierte Gaspar si jura o reza,

Al galope tomó por el sendero.

   -¿Está ya todo visto?-preguntaba

A un cicerone anciano,

Un hidalgo español, que visitaba

Los salones sin par del Vaticano.

-Señor, nada nos queda;

El arte vive aquí griego y romano,

Y es imposible que ni en sueños pueda

Más lejos ir el pensamiento humano:

Venus, Minerva, la Amazona, Juno,

Laoconte, Adonis, Hércules, Cupido.

¡Ah! Cuando recordéis uno por uno

Sus encantos, señor...

-Estoy vencido.

Tú me dijiste que el cincel del hombre

Nunca produjo perfección tan alta;

Justo es que lo declare y que me asombre;

Mas algo aquí no encuentro que me falta.

-¿Cómo se llama, pues?

-No tiene nombre.

Y yo le he visto, sin embargo, un día...

-Sin que por ello vuestro anhelo excite,

Puedo enseñaros mucho todavía.

-Enséñame una estatua que palpite.

-Loco me parecéis.

-Si no la tienes,

-Ni la quieres buscar, si te importuna,

En vez de halagos recibir desdenes,

Yo te diré un lugar en donde hay una.

Gaspar, ¿no es cierto?

-Tu señor delira.

¿No lo adviertes, Gaspar?

-Síguele el vuelo,

Que vive entre el afán y la mentira,

Y hay quien viviendo así se gana el cielo.

Mírale con las Musas embebido.

-Di mejor embobado.

-¡Pobre don Luis! Tres meses le he servido,

Y es mucha la afición que le he cobrado.

-Pues si buscando amor pierde el sentido,

¡Buen viaje hemos echado!

III

   De Egipto en las pirámides altivas,

De Grecia en los escombros inmortales,

De Germania en las selvas primitivas,

Halló don Luis, para templar sus males,

Venturas fugitivas.

-¿Qué son-pensaba-las humanas penas

Del tiempo ante el estrago?

¿Quién sabe si estas cálidas arenas

Fueron rica ciudad o turbio lago?

¡Cuántas pasiones, cuya llama ardiente

Acrecentó el deseo,

Se evaporaron en su propio ambiente

Como la niebla que extenderse veo!

¡Amor, felicidad, gloria, esperanza;

Sueño de un breve día,

Sombra que se persigue y no se alcanza,

Luz que deslumbra al mísero a quien guía!

¡Fantástica ilusión de la belleza,

Necio de aquel que sobre ti construye!...

¿Dónde lo bello de la esfinge empieza?

La Venus ideal ¿dónde concluye?

-¡Gaspar!

-Señor.

-Me siento fatigado.

-Lo supongo, don Luis; hoy, justamente,

El mismo pensamiento me ha asaltado;

Dos años hace que, cual vos ausente,

Nada sé de la patria que he dejado.

-¿Y la recuerdas?

-Con el mismo anhelo

Que recuerdo a mi madre, que, de fijo,

Dirá más de una vez mirando al cielo:

«¿Qué será de aquel hijo

En quien cifro mi dicha y mi consuelo?»

-Pues bien, llegó la hora

Por ti anhelada y para mí temida;

Al despertar de la cercana aurora

Seguiremos la ruta interrumpida.

De España nuevas en París aguardo,

Cuentas y cofres acomoda y cierra,

Y sin más dilación ni más retardo

A ver volvamos la Nevada Sierra.

-¡Así os quiero, don Luis!

-Así me place.

-Quien no mata la pena, la da aliento;

Dejadme que os admire y os abrace.

-¡Ay, Gaspar!, que yo siento

Dos penas: la que muere y la que nace.

   «¡Mi último adiós te mando, y te bendigo!»

Esto no más decía

La carta que de manos de un amigo

Don Luis recibió en Francia cierto día.

Y aún pasado no había

Un mes de aquella fecha dolorosa,

Cuando un mozo, muy triste y muy bizarro,

Con mano temblorosa

Llamaba a un portalón vecino al Darro.

Crujir oyóse la maciza llave,

Y un hombre, entre soldado y pordiosero,

Con voz áspera y grave:

-¿Quién sois y qué queréis?-gruñó severo.

-Quisiera, antes de todo,

Saber a quién servís...

-Hay opiniones...

-A la que vos tengáis yo me acomodo;

¿No es ésta la mansión de los Chacones?

-Fue, sí, señor; sin duda, al pueblo extraño,

Nada sabéis...

-Hablad.

-Ya de esa raza,

Como dice el tendero Juan Otaño,

No quedan más que deudas en la plaza.

-Pues ¿quién habita aquí?

-Yo solamente;

La Real Chancillería,

En la que ejerzo de alguacil suplente,

Las fincas embargadas me confía.-

Y-decidme-apoyándose en la puerta

Balbució el forastero:-

¿Cómo está la Condesa?

-¿Cómo? ¡Muerta!

Dos meses hace el veinte de Febrero.

-¿Y los demás?

-No sé; cuentan de un hijo

Cuya suerte se ignora desde el punto

Que de su casa huyó; siempre se dijo

Que era loco, o malvado, o todo junto.

-¿Le conocisteis vos?

-No, por mi vida;

Yo era entonces soldado...

-¿Y qué fue de una joven recogida?...

-Preguntáis, buen amigo, demasiado.

-Toma y habla, menguado;

¿Piensas que de un golilla estás delante?

-Hablaré, sí, señor; me habéis pagado,

Y debo complaceros al instante.

Cuando cerró los ojos a la anciana

Que de madre con ella hizo las veces,

La pobre joven, al mirar cercana

La visita de esbirros y de jueces,

Acabado el entierro,

Aún más humilde que si fuera mío,

Lejos de la ciudad buscó un encierro

En yo no sé qué carmen junto al río.

Allí, escondida, mora,

Sola con su dolor; pues poco a poco

Se han comido las trampas de aquel loco

Propiedades y ajuar de la señora.

Cuanto pude os conté; si, aunque vacía,

Queréis la casa visitar, me ofrezco

A serviros de guía...

-De todo corazón os lo agradezco.

Acaso alguna vez os lo recuerde,

Hoy tiempo no me queda.

-Cuando gustéis, señor; nada se pierde.

-Adiós, pues, y guardad esa moneda.

Y una dobla poniendo en la ancha mano,

Que guardó con sonrisa de villano

El alguacil ladino,

Después de saludar con muy buen modo,

Chacón de la ciudad tomó el camino,

Vacilante y febril como un beodo.

   Muy cerca ya don Luis de su posada,

Vio que Gaspar, cual nunca diligente,

A su encuentro volaba.

-¿Qué ocurre?-preguntó rápidamente.

-Señor, que ha estado arriba, que os buscaba,

Que una esquela tenéis por ella escrita,

Que en vuestro cuarto al penetrar lloraba.

-Pero ¿quién? ¡Vive Dios!

-La señorita.

-¿Y se ha marchado?

-Me encargó os dijera

Que por vuestra salud al cielo pide,

Que veros quiso por la vez postrera

Y que de vos por siempre se despide.

-Dame al punto la llave.

-Subid presto,

Hallaréis la misiva

Donde ella misma la escribió y la ha puesto.

-¿Qué dispondrá de mí, que muera o viva?

   «Mi Luis, mi único amor; amor sagrado,

Cuya primera confesión te envío,

Por verte he suspirado

Y no he de verte más, hermano mío.

Tu moribunda madre

Me reveló el secreto de su esposo;

Bendigamos los dos a nuestro padre,

No turbemos su paz y su reposo.

A la tranquila aldea

Donde pasé mi infancia parto ahora;

Todo lo que aún tenemos tuyo sea,

Yo torno a ser la humilde labradora.

Lo he jurado a tu madre en la agonía,

Y el juramento es santo,

Sólo el pensar en ti con alegría

Puede enjugar mi llanto.

Amémonos de lejos,

Como se aman los justos en la tierra.

No empañemos del alma los reflejos,

Con Dios y el mundo y la conciencia en guerra.

Y si ves que envenena mi memoria

Tu corazón sensible,

Arrójala de allí, piensa en la gloria

Y no sueñes, por Dios, con lo imposible.»

   Terminó del escrito la lectura,

Y aún don Luis, con atónitas miradas,

Como quien de lo incierto se asegura,

Fijábase en las letras agrupadas.

Parece que murmura

Una plegaria a ratos; ya suspira,

Ya entre las manos la cabeza esconde,

Ya a un tiempo se pregunta y se responde,

Como un calenturiento que delira.

Por fin, trocada en ira

La sorpresa que el hecho le produjo,

Con ronca voz y bruscos ademanes,

De sus ciegas pasiones al influjo,

Rugió con el rugir de los volcanes.

   -¡Sí!-gritaba en creciente desvarío.-

Te amaré desde lejos, de tal suerte,

Que has de vivir con el recuerdo mío,

Sin encontrar descanso ni en la muerte.

No seguiré tu huella,

Pues temo más hallarte que perderte;

Pero del cielo, de mi amor estrella,

Yo el cielo escalaré, donde he de verte.

¿Mártir de la virtud corres al ara?...

No será, hermana, estéril tu heroísmo;

¿De la sangre el abismo nos separa?...

Llene mi sangre el tenebroso abismo.

   Busqué con alma ansiosa,

Del bajo mundo en la región mezquina,

La estatua más hermosa,

La voz más grata y la mayor ruina.

¡Necio de mí! La estatua peregrina

Rota yace a mis pies; la voz soñada

Fue la que me arrulló junto a la cuna,

Ya por el mármol del sepulcro helada

Y ¿qué ruina mayor ni más llorada

Que la de mi esperanza y mi fortuna?

Loco estuve... ¡Gaspar!

-¿Me habéis llamado?

-De toda ajena indiscreción seguro,

Espérame esta noche, bien armado,

De la puerta de Elvira junto al muro.

-¿Con caballos?

-Sí, a fe; decirte debo

Cuál es mi plan.

-Señor, no soy curioso;

A vuestro impulso con placer me muevo,

Y no nací para vivir ocioso.

-¿Sabes que en son de guerra

Turba extranjera nuestro hogar profana?

-Lo sé; pisa la tierra

Que sus despojos guardará mañana.

-Pues bien, a unirnos vamos

Con los que intentan eclipsar su gloria.

-Nunca en nada mejor nos ocupamos.

-La muerte anhelo yo.

-Yo, la victoria.

-¿Todo lo dispondrás?

-Con cuerpo y alma.

-A las once será nuestra partida,

Vete. ¡Y ahora, mi Dios, deja que en calma

Del mundo y de la dicha me despida!

IV

   Cerca ya de la aurora, cuando el prado

Humedecen las gotas de rocío,

Y como tenue velo aljofarado

Se levantan las nieblas sobre el río,

Un pastor, al salir de su cabaña,

Fija en agreste cumbre,

Vió a sus pies, reflejando en la montaña,

De vivo incendio la rojiza lumbre.

Del plácido Genil en la ribera

El humo se extendía,

Y un carmen descollaba entre la hoguera,

Que cual sierpe de fuego le envolvía.

Convulso y jadeante,

Si bien con paso apresurado y cierto,

Llegó el pastor a la mansión distante,

Muda y hermosa al par como un desierto.

Inútil y perdido

Fuera el socorro: los robustos muros,

De las llamas al beso repetido,

Crujiendo con estrépito, rodaban,

Y los mármoles duros,

Dóciles al peligro, se encorvaban.

Y de aquel bosque de penachos rojos,

Y en medio de aquel humo que le ciega,

Cual si los evocara el pensamiento,

Vio surgir el pastor ante sus ojos,

Con el asombro del que mira y niega,

Dos jinetes veloces como el viento

Que a poco se ocultaron en la vega.


1883.

El hermano Adrián

Leyenda

Al insigne pintor sevillano José Villegas.

       Como sale apresurado

Al abrirse la colmena,

Tropel alegre y confuso

De bullidoras abejas,

Así al caer de una tarde

De otoño lluviosa y fresca,

Salieron ocho o diez mozos

Alborotando por treinta,

De un caserón sucio y negro,

Aunque de noble apariencia,

Que del arrabal de Córdoba

Daba sombra a una calleja.

No era ya de los Califas

La espléndida corte aquella,

Pues iba a expirar el año

De mil quinientos setenta,

Pero aún, sultana del Betis,

Por su hermosura y riqueza

Embelesando los ojos

Dejaba al alma suspensa;

Que a ésta y aquellos a un tiempo

Brindaban encanto y guerra

De sus jardines la pompa,

De su suelo la opulencia,

El valor de sus galanes

Y la gracia de sus hembras.

Y a correr tales peligros

Y a gozar tantas bellezas

Una falange de artistas

Labró su nido resuelta

En los rotos murallones

Y en las cúpulas soberbias

De la ciudad que algún día

Fue del Occidente reina.

Genios de doradas alas

Que el sol de la gloria quema,

Que de esperanza se nutren,

Que con imposibles sueñan

Y que al declinar la tarde,

Ya acabada su tarea,

Del sabio Pablo de Céspedes

Desierto el estudio dejan,

Llenando, al pasar, la calle

De suspiros y ternezas,

Cantares y carcajadas,

Juramentos y blasfemias.

   Iba tendiendo la noche

Sus cortinajes de niebla,

Cuando del alegre grupo

Destacóse una pareja

Que, abandonando la turba,

Tomó dirección opuesta.

Dos mancebos la formaban

Casi de igual apariencia,

Por más que el uno tenía

Faz desdeñosa y morena,

Que iluminaban a ratos

Dos ojos como centellas,

Y el otro el semblante dulce

Y la rubia cabellera

De un querubín arrancado

Del tríptico de una iglesia.

Ninguno de veinte abriles

Pasaba, según las señas,

Y unidos en lazo estrecho

De amistad segura y tierna,

Ambos con mucho de artistas

Y no poco de poetas,

De Céspedes, su maestro,

Los dos predilectos eran.

Por Agustín del Castillo

Contestaba el de faz seria;

El rubio, infeliz expósito,

Llamábase Adrián a secas.

En silencio y muy de prisa,

Después de bastantes vueltas,

Llegaron por fin del río

Hasta la margen amena,

Y allí las capas tendiendo

Sobre la alfombra de hierba,

Que de la reciente lluvia

Aún conservaba las huellas,

Este coloquio entablaron

Juntando las manos diestras:

   -¿Hablaste con ella, Adrián?

-Debajo de su ventana

Me sorprendió la mañana,

Pero fue vano mañana,

De sus padres el rigor

Su voluntad encadena.

-¿Y va a casarse?

-Con pena.

-Te engaña, Adrián; con amor.

No hay fuerza ni tiranía

Que el cariño no quebrante,

Ni toma ningún amante

Mujer en quien no confía.

Ave pasajera ha sido

Que da al viento su cantar;

Tú la enseñaste a volar

Y vuela lejos del nido.

-Mas ¿no conoce la ingrata

Que es ella mi vida entera?

-¿Cuándo ha tenido la fiera

Lástima de aquel que mata?

Jugó con tu corazón

Y ganó; su ejemplo toma:

Te ha herido como paloma,

Véngate como león.

-No puedo, Agustín, no puedo;

En el afán que me inspira,

Quererla me enciende en ira,

Olvidarla, me da miedo.

Dime, pues, si es la verdad

Lo que me anuncia tu labio;

Dime que con torpe agravio

No ultrajas su castidad;

Y después de bendecir

Al que noble me amparó,

Si dejar de amarla no,

Podré dejar de vivir.

-¿Aún lo dudas?

-¿Qué he de hacer?

-Pues da tregua a tus enojos,

Porque con tus propios ojos

Lo vas esta noche a ver.

-¿Esta noche?

-Te lo juro.

-¿Y cómo?

-Es cosa sencilla,

Que tiene el sueño la villa

Muy pesado y muy seguro.

Todo de mi cuenta corre;

A las doce, y muy alerta,

Búscame de la Malmuerta

Junto a la arábiga torre.

Una vez allí los dos

Yo tu duda aclararé;

No faltes.

-No faltaré.

-Entonces, adiós.

-Adiós.-

Y dejando en soledad

La oscura y triste ribera,

Ambos con planta ligera

Perdiéronse en la ciudad.

   Empujadas por el viento

Se rasgan las nubes negras,

Abriendo paso a la luna

Que sus perfiles argenta.

Han sonado ya las doce,

Apagándose con ellas

Los rumores en la calle,

Las luces en las viviendas.

Sólo dos sombras confusas

Se ven en una plazuela

Contigua a la vieja torre

Llamada de la Malmuerta,

Cuyas dos sombras calladas

Que dos mancebos semejan,

Ya escuchando se detienen,

Ya inquiriendo se pasean.

De pronto, tras de una esquina

En el muro se repliegan,

Y sus miradas dirigen

Hacia una ventana estrecha,

Donde al fulgor de una lámpara

Vaga imagen se proyecta.

Es una mujer; su aspecto

Denuncia su gentileza,

Que al interrogar ansiosa

Con los ojos las estrellas,

Su faz y la de la luna

Disiparon las tinieblas.

Turbada está y pensativa

Como quien teme o espera,

Y sabe Dios cuánto tiempo

Le durara la tristeza,

Si un sordo rumor de pasos

Que por instantes se acerca

No convirtiese en carmines

De su tez las azucenas.

Tres exclamaciones mudas

Que el alma robó a la lengua

Al mismo compás dijeron:

-¡Amor!, ¡castigo!, ¡vergüenza!

Pronto llegó el embozado

De su esperanza a la meta,

Y a una señal convenida

La niña, con mano diestra,

Lanzó a la calle una llave

Que botó contra las piedras.

No tuvo, con todo, tiempo

El galán de recogerla,

Que otro embozado a tal punto,

El pie poniendo sobre ella,

-¡Atrás!-exclamó con ira-

Y descúbrase quien sea,

Que es oficio de ladrones

Ir a caza de estas prendas.-

Sonó un grito en la ventana,

Surgió otra sombra siniestra,

Y dos espadas desnudas

Relampaguearon inquietas.

-¿Qué haces, Agustín?

-¡Vengarte!

Contestó con voz resuelta.

-Reñid, pues, y no uno a uno;

Para los dos tengo fuerzas.-

Y hablando el desconocido,

La capa arrojó a la izquierda

Y en la pared apoyándose

Dio principio la pelea.

Mas al ver Adrián su rostro

Donde la luna refleja,

Entre los dos combatientes

Lanzóse, con tal demencia,

Que herido por un acero

Cayó desplomado en tierra.

   En esto a abrirse empezaron

Los balcones y las rejas;

Algún vecino celoso

Echó al aire la linterna;

Dieron chillidos de espanto

O de envidia las doncellas,

Y de ronda ya cercana

Trajo el aviso una dueña.

Detrás del feliz amante

Se oyó crujir una puerta,

Y Agustín, al verse solo

Con su amigo, que no alienta,

Levantándolo en sus brazos

Cual si tierno niño fuera,

En silencio y muy de prisa

Ganó la oscura calleja.

   Gotas de sangre en el suelo,

Una llave casi nueva,

Mucho corrillo en la plaza,

Y mucha boca indiscreta,

Eso halló no más la ronda

Cuando, armada y soñolienta,

Llegó al lugar del suceso

Con su alcalde a la cabeza.

II

   De un convento las campanas

Sin intervalo repican,

Que hacen en Córdoba fiesta

Los hermanos carmelitas.

Por donación de un devoto

Se ha fundado una capilla,

Y ya el altar concluido

Se bendice en este día.

El lienzo que lo decora

Una cruz tiene por firma,

Y ha servido en él de asunto

Magdalena arrepentida.

Dicen que es de autor anónimo

Los curiosos que lo admiran,

Y hallan extraño se oculte

Quién es tan insigne artista.

La pecadora sublime

Rezando está de rodillas,

Siendo su templo el recinto

De una caverna sombría,

Un crucifijo y un cráneo

Los que su oración inspiran;

Su lecho, la dura piedra;

Su descanso, la vigilia;

El cielo, su juez airado,

Y su verdugo, ella misma.

Nunca a perfección tan alta

Llegó la belleza física,

Como en aquella pintura,

De los ojos maravilla.

A través de los harapos

Se ve un alma que palpita,

Que vive, y recuerda, y siente,

Y ama, y espera, y confía.

De aquel demacrado rostro

En las virginales líneas,

Inútilmente se buscan

Las huellas de la lascivia;

Todo lo borró el encanto

De la aspiración divina,

Cual ola que a cada embate

Deja la arena más limpia.

Ya va llenando la gente

La anchurosa galería,

Ya el sacristán los atriles

Dispone para la misa.

Por llegar junto a la verja

Los más impacientes lidian,

Y hay quien llega sin pensarlo,

Porque a la fuerza le obligan.

Uno descuella entre todos,

Uno a quien cuantos le miran

Abren paso, hasta ponerle

El primero de la fila.

Tras él avanza una joven

De negras tocas vestida;

Ambos se paran a un tiempo,

Y al cuadro elevan la vista.

-¿Qué os parece, señor Céspedes?

-Dice el sacristán con risa;-

Oiga yo de vuestra boca

Si es tan bueno como afirman.

-Pues digo-exclama el maestro

Que del pintor tengo envidia,

Y que, o debe ser Tiziano,

O vive Adrián todavía.-

Bajó la dama al oírle

La frente descolorida,

Y en el rincón más oscuro

Se escondió de la capilla,

Mientras Céspedes, teniendo

La mirada en ella fija,

Murmuraba: «Se parecen

Como dos granos de mirra;

Pero uno corrompe el aire,

Y el otro lo purifica.»

   -¿No viene, hermano, a la fiesta?

Ya el esquilón nos avisa,

Y entra el guardián en el coro

Con cantores y organistas.

Tomar parte en vuestro triunfo

La comunidad ansía,

Que la habéis donado un lienzo

Que, más que lienzo, es reliquia.

-Basta, hermano, y perdonadme;

Rendido estoy de fatiga,

Y a orar me quedo en mi celda

Ya que la oración me alivia,

En cuanto al lienzo, es tan pobre

Que, aunque el vulgo lo sublima,

Pienso que el último sea

De cuantos pinté en mi vida.

Todos los que en torno miro

Con el pasado me ligan:

Fantasmas son de unos sueños

Que hoy la realidad disipa,

Y al recordarme mi gloria

Me recuerdan mis desdichas.

Déjeme, pues, buen hermano,

Y mi dolor no le aflija,

Que voy camino del cielo

Con mi corona de espinas.-

Y esto diciendo, quedóse

Desfallecido en la silla,

En tanto que el otro fraile

Al coro se dirigía.

   Cuando ya solo en la celda

Se halló el joven carmelita,

Levantóse, y del secreto

De una papelera antigua

Sacó una carta cerrada

Y fuése al balcón a abrirla.

Vieron desde allí sus ojos

La ciudad y la campiña,

El sol que del ancho río

Doraba las puras linfas,

Y al mismo tiempo, y muy cerca,

Escuchó clara y distinta

Del órgano del convento

La celestial armonía.

Luego, al sentir que una lágrima

Le quemaba la mejilla,

Rompió de la carta el sobre

Y leyó con faz tranquila:

   «Adrián: Estaré muy lejos

Cuando estas letras recibas,

Y en ellas quiero dejarte

De mi amistad prueba escrita.

Desde la noche funesta

En que la suerte enemiga

De tu amor y mi venganza

Nos arrebató la dicha,

No sólo velé tu sueño

Curando tu grave herida,

Sino que de aquella infame

He sido constante espía.

Si al seductor en tres años

Mi acero no hizo justicia,

Fue recordando lo mucho

Que te amparó su familia,

Cuando en abandono triste

Huérfano y solo vivías;

Pero a la infiel me propuse

Por todas partes seguirla,

Pregonando sus maldades

Y haciéndola de él indigna.

Esto es lo que he conseguido,

Y ya mi misión cumplida,

Parto a Florencia y a Roma,

Que estudio y placer me brindan.

No casará Magdalena

Con don Rodrigo de Silva,

Quien siente de haberla amado

Vergüenza tan infinita,

Que en expiación de esa culpa

Ha erigido la capilla

Donde pronto los cristianos

Alzarán preces benditas.

No te envolverá en sus redes,

Porque Dios de ellas te libra,

Y de todos despreciada

Sufrirá en breve la inicua

El rigor de los que lloran

Y el desdén de los que olvidan.

Adrián, la gloria te espera;

Eres monje, fuiste artista;

Hoy puedes ser las dos cosas;

Mira al cielo, reza y pinta.

Yo te animaré a la lucha,

Y cuando al pesar te rindas,

Llama a Agustín del Castillo,

Que no faltará a la cita.»

   Mordióse el fraile los labios,

En que brotó una sonrisa,

Hizo pedazos la carta,

Poniendo un beso en la firma,

Y metiéndose en la celda,

Con desusada energía,

Cuadros, bocetos, apuntes,

Reunió en una inmensa pira,

A los cuales aplicando

Una roja lamparilla

Que a un viejo Cristo alumbraba

Metido en una hornacina,

Hizo pabellón de fuego

Y pirámide de chispas.

   Cuando, después de la fiesta,

La comunidad reunida

Fue a dar al pintor su hermano

Enhorabuenas y albricias,

Halló un fraile moribundo

Sobre un montón de cenizas.

   Años hace que de Córdoba

Visitando las ruinas,

En la oscuridad de un templo

Fijé en un cuadro la vista.

De una bella pecadora

Ser retrato parecía,

Y en él no se vislumbraban

Nombre, ni fecha, ni cifra.

¿Era de Adrián la pintura?

¿Era Magdalena misma?

Nunca llegué a averiguarlo;

Pero aquel hermoso enigma

Aún si a mi memoria acude,

Siento que el sueño me quita.


1884.

Meditación

   En el ruinoso claustro bizantino

Iba a sentarme al declinar el día,

A pie cruzando el áspero camino

Que conduce del pueblo a la abadía.

   Todo allí soledad, todo misterio;

Del monte en el declive ameno valle,

Y vecino a la iglesia el cementerio,

De altos cipreses, tras angosta calle.

   Aquel antiguo claustro, aquella calma,

Aquel cielo tan puro y transparente,

Hablaban a mis ojos y a mi alma

De algo que no se explica y que se siente.

   Alguna vez, el eco repetido

Por la centrada bóveda del coro,

Traía murmurando hasta mi oído

El rezo triste y el cantar sonoro;

   Y alguna, vez también, pálido y mudo,

Un hombre, que un fantasma parecía,

Contestaba impasible a mi saludo,

Y del templo en la sombra se perdía.

   ¿Quién era? Al mundo y a la vida extraño,

Prófugo del hogar, de nombre incierto,

¿Qué crimen, qué dolor, qué desengaño

Lloraba en aquel árido desierto?

   Bajo su tersa y despejada frente,

De su pupila azul en los fulgores,

Irradiaban los sueños de la mente,

Ricos de luz, de encanto y de colores.

   ¿Quién sabe si en la celda sumergido,

Cuando todo en silencio reposaba,

Con el orgullo de Luzbel caído

Su túnica de Neso desgarraba?

   ¿Tal vez un mártir del amor sería,

Que al tibio rayo de la luna bella,

De su amada el espectro evocaría,

La fe negando a Dios que puso en ella?

   ¿O de oculto pesar víctima triste,

Acaso maldiciendo su destino,

De una felicidad que aquí no existe,

Buscaba en las tinieblas el camino?

   No lo sé; de su imagen solitaria,

Siempre severa y misteriosa y fría,

Sólo el perfil recuerdo y la plegaria,

Que más se adivinaba que se oía.

   Y tampoco olvidé que muchas veces,

Del sitio impresionado y del momento,

Al rumor de sus pasos y sus preces,

Despertó mi dormido pensamiento...

   Y pensé en mi interior: -Esa sentencia

Que el hombre sufre y que se impone él mismo,

¿Es ley a que obedece su conciencia,

O imposición fatal de su egoísmo?

   ¿Puede el humano ser, suprema hechura

De un divino Hacedor, fuente de vida,

Renunciando a su noble investidura,

Realizar los intentos del suicida?

   No de estéril piedad, de amor fecundo

Se nutren los hambrientos corazones;

Y hacen más falta ejemplos en el mundo

Que en el cielo cantares y oraciones.

   Bálsamo del dolor es la esperanza,

Y, afirme cuanto quiera la pereza,

Del bien y la virtud en la balanza,

Pesa más el que instruye que el que reza.

   Más alto que el incienso, cuya nube

Se borra disipada en el ambiente,

Hasta el trono inmortal vibrando sube

El suspiro del pobre y del doliente.

   Corregir al iluso y al culpable,

Aliviar al enfermo y al cuitado,

Ese es el culto a Dios más agradable,

Ese el deber del justo y del honrado.

   Fraile, no envidio tu serena calma:

Yo amo al par las espinas y las flores;

La vida es un combate, y de la palma

Nunca dignos serán los desertores.


1885.

Historia íntima

I

   Hay nombres que retratan; parecía,

Cuando envuelta en su túnica de nieve

Luz a la estancia daba y alegría

La que hoy mi musa a recordar se atreve,

Cisne de pluma leve

Arrojado a la tierra por acaso

En el risueño y apacible día

En que nació el amor; hasta su paso

Era como el del cisne, vacilante,

Por causas que diré más adelante.

   ¿Dónde la conocí? Lo tengo escrito

En el sagrado libro en que se escribe

Lo ideal, lo sublime, lo infinito,

Lo que nunca se olvida, lo que vive.

En ese panteón de la memoria

Donde, en horas de calma,

Gozamos releyendo nuestra historia

Con los ojos del alma.

   Vagaba yo una noche a la ventura

Contemplando del arte los primores,

Por la ciudad, sin par en hermosura,

Que hizo del Arno espejo de sus flores.

Allá, templo vetusto

Dejábame un instante embebecido;

Aquí, gallardo busto

Sobre marmóreo pórtico esculpido.

De Strozzi y del Barchelo

Ya los palacios admirado había;

Perderse vi en el cielo

La torre de la vieja Señoría,

Y de Orcagna en la logia portentosa

Miré, con honda pena,

De Perseo la hazaña valerosa,

Y la angustia cruel de Polisena.

Por calles y callejas extraviado,

Solitario y sin guía,

Más de la mente que del pie cansado,

Mi romántico viaje proseguía,

Cuando un rumor de música liviana,

Fabricada en París, por consiguiente,

Me condujo, venciendo mi galbana,

A una casa, ni nueva ni decente,

Del Corso dei Tintori no lejana.

Rebosaba el portal lleno de gente;

Inquirí, me advirtieron, hallé el modo

De divertirme y descansar un rato,

Y poniendo a pupilo el sobretodo

Di en un baile de máscaras barato.

   No lo he de describir: saber os baste

Que era inmenso el salón, y en él reinaba

De miseria y de lujo tal contraste,

Que al dolor y a la risa provocaba.

Sobre la muelle alfombra

Cien parejas danzaban confundidas

Y cien en la penumbra o en la sombra

Cantaban a compás enronquecidas.

Mujeres agradables y discretas

Iban pidiendo amor, dicha o fortuna;

Todas eran alegres y coquetas,

Todas quizá felices... menos una.

En el ángulo oscuro

Del salón que al de baile precedía,

Sentada, y apoyándose en el muro,

La vi al pasar; ni hablaba ni reía.

De su contorno puro

Blanco traje las formas descubría,

Y en antifaz, que la ilusión provoca,

Dos hileras de perlas en su boca.

Acariciando la desnuda espalda

Caían desceñidos los cabellos

Hasta rozar su falda,

Tan rubios y tan bellos,

Cual si fueran de un ángel la guirnalda.

Hízome sitio y me senté a su lado;

Traté de hablar con ella, y un sollozo

Brotando de su pecho acongojado,

Convirtió mi amargura en alborozo.

-¿Sufres, máscara?

-Sí-dijo tranquila,

En mí fija un instante

De sus azules ojos la pupila,

Y con el ritmo grato que se estila

En la patria del Dante.

-Sufrir contigo quiero,

Si me dices tu pena...

-Desvarío;

Debes ser, por las señas, extranjero:

¿Qué te puede importar el dolor mío?

-Más de lo que presumes...

-Pues, ¿quién eres?

-Un viajero cansado hasta hace poco,

Que no ha visto entre todas las mujeres

Ninguna como tú...

-Pareces loco.

-¿Nada tienes que hacer?

-Nadie me obliga.

-¿Serás franca conmigo?

-Seré franca.

-¿Con quién viniste aquí?

-Con una amiga.

-¿Cómo te he de llamar?

-Llámame Blanca.

II

   Dulce y pausado penetró en mi oído

De la beldad incógnita el acento

Que vibraba confuso entre el ruido

Semejante al bramido

De turbias olas o de ronco viento.

Alguna que otra vez tiernas parejas

Delante de nosotros desfilaban;

Citas, requiebros, quejas

El espacio de música llenaban,

Mientras cediendo a mi rogar ansioso

Y con su mano trémula en la mía,

De su existencia el velo tenebroso

La máscara a mis ojos descorría.

Cerca de un año hacía

Que abandonó su pueblo del Piamonte,

Y allí, padre y hermanos más pequeños,

Buscando en el artístico horizonte

La realidad de sus alegres sueños.

El baile su afán era,

Y pronto la academia en que estudiaba,

Elevándola al rango de primera,

Un bello porvenir le presagiaba.

Pero antes de llegar, ¡cuántos reproches

Nublaron su ventura!

¡Cuántos días sin pan, y cuántas noches

De fatiga, de insomnio y de amargura!

Escollo la hermosura

Fue para la infeliz en su camino;

Se propuso vencer, y de ardor llena,

Mártir de la virtud y del destino,

Victoriosa por fin... subió a la escena.

No era crecido el sueldo que tenía;

Mas no sólo bastaba

Para vivir humilde cual vivía,

Si no que haciendo cálculos, hallaba

Que muy pronto una parte

Iba el llanto a enjugar de los que amaba;

¡Qué gloria para el alma y para el arte!

   Calló Blanca, y su frente

Doblóse como herida por el rayo;

Brilló una perla en la pupila ardiente,

Y volviendo después de su desmayo,

-Llévame a respirar-dijo doliente.

Su brazo enlacé al mío,

Y como tiembla en el rosal la hoja

Cargada de rocío,

Comenzamos a andar... Yo sentí frío...

Todo lo adiviné... Blanca era coja.

-¿Comprendes mi dolor?-murmuró triste.

Yo la atraje con fuerza a mi costado,

Y entre una risa aquí y acullá un chiste,

Cruzamos el salón iluminado.

Poco después, serena,

Me refirió su dolorosa cuita;

¡Cuánto conmueve el corazón la pena

De una mujer bonita!

-Se ensayaba la escena encantadora

De un baile muy reciente,

Que se titula El Carro de la Aurora...

-¿Y eras la Aurora tú?

-Naturalmente.

Entre nubes el carro aparecía,

Tirado por querubes,

Y yo en el carro atravesar debía

La transparente gasa de las nubes.

Hícelo así; pero en mi raudo vuelo,

Mal seguro, sin duda, el andamiaje,

Con querubes y carro vine al suelo,

Enredada en los pliegues de mi traje.

No era grande la altura,

Pero al ponerme en pie lancé un gemido;

Aquella torcedura,

Muerte más que dolor para mí ha sido.

-¿Qué dicen los doctores?

-Poco o nada:

Que el tiempo y muchos baños

Darán fuerza a la parte lastimada,

Si vivo sin bailar dos o tres años.

Y hace ya casi un mes, y yo no duermo,

Y oigo a mi alrededor dulces mentiras,

Y me llama mi padre, que está enfermo,

Y debo cerca de trescientas liras.

-Mas, ¿no tienes amigos?

-Tuve algunos,

Que de su amor me hicieron mil alardes;

En la ventura les juzgué importunos,

Frente a frente del bien fueron cobardes.

-¿Y qué resolverás?

-No lo concibo;

Me empuja al precipicio la primera

La misma anciana en cuya casa vivo,

Y antes que dar en él morir quisiera.

-Te afliges sin motivo;

¿No tienes madre?

-¡Ay, Dios, si la tuviera!...

-Blanca, jura que es cierto

Cuanto me acabas de decir.

-Lo juro

Por las ocultas lágrimas que vierto;

No tiene la verdad sello más puro.

-Pues bien; el baile acaba,

Y vienen a buscarte tus amigas;

Es preciso que hablemos.

-Lo anhelaba;

Haré sin vacilar cuanto me digas.

Buscando una esperanza aquí he venido,

Y ella la angustia de mi pecho arroja;

Plaza del Arno, diez; allí su nido

Tiene la pobre coja.

-Mañana te veré, y hasta mañana

Ningún pesar te apene.

-Me tendrás esperando en la ventana,

Simpático español.

-Bella italiana,

No he de olvidarte; ¿y tú?,

-Ti voglio bene.

III

   Guarda la vida, en su rodar constante,

Horas de anhelo grato,

De dulce paz, de angustia delirante,

De calma o de arrebato.

Horas que son un siglo y un instante

Conforme nos redimen o condenan,

Y en cuyo fondo lúgubre germinan

Las flores que fascinan,

Los frutos que envenenan.

¿Quién de ellas no ha bebido

El calmante o la hiel? Yo las evoco

Sacándolas del polvo del olvido

En que yacen ha tiempo sepultadas,

Y las del porvenir estimo en poco,

Gozando en recordar las ya pasadas.

Una entre todas, bella y seductora,

Mi atención solicita;

La recuerdo muy bien: era la hora

Que de mi Blanca precedió a la cita.

Juguete de amoroso desvarío,

Como si del Edén fuera al encuentro,

Por ancha calle que divide el río

De la plaza del Arno llegué al centro.

No turbaron mi vista las mansiones

Que en rededor se alzaban,

Cuyos negros y antiguos torreones

Su perfil en el cielo dibujaban;

Pues como si de antorcha me sirviera

El rayo de la luna bendecida,

De un modesto balcón tras la vidriera

Su vaga sombra iluminó en seguida;

Salvé la calle, y pronto la escalera

Crujió bajo mi planta decidida...

Sus manos, que el postigo me entreabrieron,

A mis manos después se entrelazaron,

Y aunque nada los labios se dijeron,

Algo los ojos en secreto hablaron.

Ya en su cuarto, sencillo y elegante,

Del color de su falda, blanco y rosa,

Al reflejo de lámpara brillante

Pude mirarla a mi placer: ¡qué hermosa!

De virgen parecióme su semblante,

Su andar de ninfa, su esbeltez de diosa,

Y, marco a tan espléndida belleza,

Brillaba y atraía

La aureola de encanto y de pureza

Que en torno de su faz se difundía.

-Siéntate junto a mí, Blanca-la dije,-

Y aleja de tu alma

Ese pesar que sin razón te aflige;

Preludio es la tormenta de la calma.

-Tú fuistes el primero

-Me replicó-que el límite sagrado

Traspuso de ese umbral; noble y sincero

En acciones y frases te he juzgado,

Y qué piensas de mí saber espero.

-Pienso que eres un ángel...

-Y deseas

Que lo deje de ser...

-Si tu destino

Obstáculos no pone a tus ideas,

No seré yo quien tuerza tu camino.

Dos son los que a la vista

Te muestra el porvenir, y escoger debes:

Has muerto para el arte como artista,

Tienes que ser mujer; ve si te atreves.

De un camino a la entrada

Te sonríe el amor; senda de flores,

Donde acechan el fin de la jornada

Placeres y dolores.

Como tesoro oculto a la mirada

Brillarán escondidos tus fulgores,

Y en la vigilia inquieta

De noches deliciosas o sombrías,

Un hombre, y si tú quieres un poeta,

Te arrullará con dulces melodías.

-¿Y ese hombre?...

-Está a tus pies.

-Si me decido,

¿Qué durará tu amor?

-A nadie engaño;

Puede vencer al tiempo y al olvido,

Pero puede morir antes de un año.

-¿Nunca la eternidad?

-Nunca la esperes;

Uno de tantos nombres

Con que engaña el demonio a las mujeres,

Y a su vez las mujeres a los hombres.

-De modo que si, incauta, yo te amara

No sabiendo olvidar...

-Fuera mal hecho,

Y acaso yo también lo lamentara...

-¿Me queda otro camino?

-Sí; el derecho.

Torna al valle feliz en que naciste

Y te esperan tu padre y tus hermanos;

Cuéntales que al caer sólo caíste

Desde la altura de tus sueños vanos.

Allí tu vida correrá dichosa,

Y, cuando el caso llegue,

Gozarás del amor y de la prosa,

Con un gañán que te ame o que te pegue.

-Prefiero, aunque te espante,

Morirme en mi rincón de hambre o de hastío,

A ir de uno en otro amante,

Querida al fango, desdeñada al río.

En el primer sendero

Me ofrece protección tu mano franca,

Mas yo busco el segundo, y no el primero;

¿Quién hacia él me guiará?

-Yo también, Blanca.

-¿Tú?

-¿Lo dudas?

-No sé; siento una pena

Y un placer a la par, que estoy temblando...

¡Me cuesta tantas lágrimas ser buena!...

-¿Cuándo piensas partir?, responde, ¿cuándo?

-Pero, ¿es verdad?

-Ni suellas ni deliras;

Tu gusto a hacer me inclino;

Toma.

-¿Qué es esto?

-Las trescientas liras,

Que al punto pagarás.

-¡Cielo divino!

-Me lo dijiste anoche,

Y sé que tus apuros eran grandes.

¿Quieres irte mañana? Vendré en coche

Para llevarte al tren.

-Lo que tú mandes.

-Pues basta de llorar; déjalo todo,

Y dispón el tocado y la maleta.

¿Recelas ya de mí?

-De ningún modo;

-Pero, ¿quién eres tú?

-Soy el poeta.

IV

   Cuando al andén de la estación salimos

Iban las ocho a dar; el tren partía

A las ocho y minutos; distinguimos

Un coche de primera, en el que había

Dos señoras o tres; y-¡Aquí!-dijimos.

Puso Blanca en su sitio el equipaje,

Y, atrayéndome a sí con furia loca,

Saltó otra vez al suelo,

Mientras su fresca boca

Murmuraba en patético lenguaje:

-¡Cómo te voy a amar!

-¿Dónde?

-En el cielo.

Sonó a punto el «¡Partenza!»; ella, dudando,

Sobre mi pecho reclinó la frente;

Yo la abracé callando;

Se unieron nuestros labios dulcemente;

Acercóse la máquina silbando,

Y un ¡Adiós! escuché largo y doliente.

En tanto que, arrastrándose en la vía,

Volaba el monstruo de cabellos rojos,

Un lienzo en él flotando se veía;

Lo conocí; tenía

La cifra humedecida por mis ojos.

Hoy, en la soledad que me rodea,

Lejos de cuantos amo,

Pensando en la quietud de aquella aldea,

Ave dormida, desperté al reclamo.

¿Qué habrá sido de Blanca? Yo lo ignoro;

De su hermosura envuelta entre las galas,

Mariposa de amor, con alas de oro,

Tocó mi sien, sin profanar sus alas.

¿Será feliz? Misterios del acaso.

¿Será que en la tristeza se consume?

Yo sólo sé que el vaso

Fue digno del perfume.


1887.

El niño de nieve

Cuento árabe

A Federico Balart.

I

   Ya del Bósforo en las aguas

se iba la estela borrando

que abrió la velera nave

a la voz de «¡Larga el trapo!»

y aún de pie sobre la popa,

entre afligido y huraño,

un hombre de luenga barba

y de semblante atezado,

fija la vista en un punto

del horizonte lejano,

a merced del aire hacía

flotar su pañuelo blanco.

Desde torrecilla esbelta

de pintoresco palacio,

una mujer muy hermosa,

otro pañuelo agitando,

contestaba diligente

a la señal o al mandato;

mas con distracción tan grande

y con tan poco entusiasmo,

que remontar no vio al buque

por la punta del Serrallo,

y halló, al volver la mirada,

desierto y mudo el espacio.

-¡Por fin!-tras hondo suspiro

exclamó-: ¡Qué adiós tan largo!

Y sentándose en el muro,

y cruzándose de brazos,

fijó en el sereno cielo

sus negros ojos rasgados.

   Cinco o seis años hacía

que Yusuf, el africano,

aunque por la edad pudiese

pretender amor más casto,

era esposo de Ned-Yuma,

a quien conoció en Damasco,

y que de mísera esclava

logró llegar a tan alto,

ya que por él la rodean

la opulencia y el regalo,

pues no hay mercader más rico

que Yusuf en todo el barrio.

Como él opulento, es ella

hermosa, y aun sin agravio,

puestas belleza y fortuna

en comparación, acaso

Ned-Yuma inclinar podría

la balanza de su lado.

Pisaron sus pies apenas

las rosas de veinte mayos,

y el ángel de los amores

trazó de su pecho el arco.

Son sus mejillas jazmines,

granada abierta sus labios,

de antílope su garganta

y de gacela su paso.

Túnica de mil colores

ciñe su cuerpo gallardo,

que sujeta a la cintura

farja3 de ricos bordados,

y en los hombros y en el seno

luce, al par que sus encantos,

ligero schambar4 de gasa

y majzan5 de fino paño

con broche de plata y oro

y jalek6 que lanzan rayos.

No cubre su rostro el velo,

ni de la sarma7 debajo

tiene la oscura melena,

que acaricia el viento vago,

pero sí lleva, cual suelen

las mujeres de su rango,

ajorcas de filigrana

y cintillos con topacios.

Iba cayendo la tarde,

y absorta ante el espectáculo

que en su crepúsculo ofrecen

las almas, como los astros,

aún Ned-Yuma proseguía

mar y cielo contemplando.

Por fin movió la cabeza,

en pie se puso de un salto,

y «Sta-fer-al-lah»8 diciendo,

ni muy fuerte ni muy claro,

la escalera de la torre

comenzó a bajar despacio.

II

       Sola se encuentra Ned-Yuma

en su camarín dorado

con el g'adyar9 recogido

y abierto el jaique de raso.

Tiene delante una carta

que dos veces leyó en alto

y arrojó después al suelo

doblándola con sarcasmo,

y cerrada todavía

otra conserva en la mano

que exhala dulce perfume,

como a madera de sándalo.

De Yusuf es la primera,

y dice en menudos rasgos:

«Tres semanas llevo ausente,

y aun que no muy de mi grado,

que estaré fuera te anuncio

mucho tiempo... no sé cuánto.

Mis intereses reclaman

afán que no les consagro;

tengo géneros pedidos

en mis bazares intactos,

y el oro en las alcancías

es como el agua en los charcos.

Así que recibas ésta

haz llamar, pues yo lo mando,

a Hasán, a quien ya conoces,

mi cajero y asociado,

el cual correrá con todo,

rentas, préstamos y cambios,

dándote parte a menudo

de los ingresos y gastos.

Fuera de él a nadie veas

ni en la ciudad ni en el campo,

pues a codicia no mueve

joya que está a buen recaudo.»

La otra carta, que Ned-Yuma

tardó en abrir poco rato,

estas líneas contenía

en puro lenguaje arábigo:

«Hurí de los negros ojos,

en cuya lumbre me abraso,

vivo por lo que deseo

y muero por lo que callo;

de su silencio la cárcel

romper intenta mi labio,

y ayuda vengo a pedirte

mas rendido que postrado.

A las nueve de esta noche,

de las sombras al amparo,

penetraré en tus jardines,

que conozco palmo a palmo:

una respuesta, un suspiro,

y si tal ventura alcanzo

a ti volará dichoso

Hasán, tu amigo y tu esclavo.»

   Besó Ned-Yuma la carta,

que puso en secreto armario;

de la que arrojara al suelo

cortó la página en blanco;

dijo alegre:

-¡Estaba escrito!-

Y con movimiento rápido,

midiendo la corta altura

que hay del jardín a su cuarto,

casi postrada de hinojos

ante un meida10 de alabastro

trazó en el papel con lápiz

estas palabras: «Te aguardo.»

III

   Para una mujer amante

que lejos del dueño amado

sólo en la esperanza vive

de volver a recobrarlo,

¡qué lentas pasan las horas

y cómo van engendrando

en el pensamiento dudas

y en el corazón presagios!

   Ned-Yuma vio como un soplo

pasar los últimos años;

han sido tres...

-¡Imposible!

-dice Hasán-¡No fueron tantos!

¡Bien recuerdo aquella noche!...

-¡Pudieras no hacerlo, ingrato!

-Que era ayer me parecía...

-Y ayer fue, que esos milagros

los repite amor mil veces

y son nuevos, sin embargo.-

Así en la ardorosa siesta

de una tarde de verano,

entre uno y otro paseo

por la terraza de mármol,

Ned-Yuma y Hasán evocan

de su pasión el encanto

como si fundir quisieran

el presente y el pasado,

ya que al porvenir no pueden

avanzar sin sobresalto.

Interrumpió su coloquio

un marinero bizarro

que, tras algunas señales

de atención o de recato,

gritó:

-¡Señor! Abu-Saada

llegó anoche con su barco,

y noticias ha traído

de Yusuf, nuestro buen amo.

Dice que se halla en Esmirna,

y debe, según sus cálculos,

estar aquí el lunes...

-Lunes,

y ayer fue...

-Viernes; hoy sábado;

he venido a preveniros...

-Muy bien; para completarlo

lleva el aviso a la gente,

y todos, y el que lo trajo,

de nuestra gran alegría

participen... Que es mandato,

les dirás, de la señora

a cuyo servicio estamos:

puedes irte.

-¡Dios os guarde!

-¡Y ahora, Ned-Yuma, a mis brazos!

Forjó la enemiga suerte

contra nosotros el dardo;

que a un tiempo en los dos se clave

si cumple al destino aciago.

-¿Y nuestro hijo?

-Razón tienes;

debemos ponerlo en salvo...

Huye con él...

-Fuera inútil...

Medito otro plan más arduo...

Conducirle aquí.

-¿A su vista?

Pues ¿qué piensas?

-Engañarlo.

-Es celoso...

-Pero es crédulo...

-Es sagaz...

-Pero es anciano;

respecto a ti, en adelante

te veré como a un extraño;

ni una palabra, ni un signo;

sentir y amar...

-Siento y amo.

-Alí el secreto conoce...

-Morirá si es necesario...

-No; con alejarle basta.

-Dices bien; el mundo es ancho.

-Y ahora, y tal vez para siempre,

adiós.

-Ahora no...

-Pues ¿cuándo?

-Esta noche.

-¡Última noche!...

-¡Sí, amor mío; último lazo

que a la ventura nos une,

última gota del vaso,

último anhelo de un alma,

última luz de un relámpago!

IV

   -¿Con que durante mi ausencia

todo en orden ha marchado?

-Todo en regla, esposo mío,

por más que...

-Di sin reparo

tu opinión...

-Pues que yo hubiera

preferido a mi descanso

ser sola para el manejo

de la casa...

-¿Pudo en algo

faltarte Hasán?

-Me enojaba

su presencia...

-Es diestro...

-Es vano.

-¿A tus órdenes rebelde

fue alguna vez?

-No le ataco

por su conducta; me irritan

sus pretensiones de sabio.

-Es inteligente...

-Es necio...

Pero, en fin, ya me has librado

de su vista, y con la tuya

a nueva vida renazco.

Mucho tengo que pedirte...

-Mucho para darte traigo;

mas primero una pregunta

que se me ocurrió hace rato.

Al cruzar yo por la puerta

jugaba un niño en el patio.

¿De quién es?

-Pues no es de nadie,

siendo de todos...

-Reclamo

la explicación del enigma.

-Es más que enigma; es arcano,

de que Dios, piadoso siempre,

nos hizo depositarios.

-Al-lah-Acbar11: ya te escucho.

-Me entrego a su gracia, y narro:

Hora del mog'red12 sería

dos schetta13 ya pasados,

cuando en tu jardín hermoso,

rendida por el cansancio,

junto al Cupido de bronce

me dormí en un duro banco.

Ignoro si fue mi sueño

sueño no más o letargo;

sé que desperté con frío,

Y figúrate mi pasmo

al ver la tierra cubierta

de nieve con un sudario.

Era ya noche cerrada,

y entre los pliegues del manto

envolviéndome, ligera

seguí de la senda el rastro.

Mas no sola; desprendida

del pedestal, y a mi lado

de Cupido la figura

marchaba por arte mágico.

-¿Qué quieres de mí?-le dije-.

-Cariño busco y amparo;

eres mujer, serás madre,

acógeme en tu regazo.

-Yo insensible te creía...

-Lo fuí durante dos años;

pero esta noche una gota

filtrada de arriba abajo

en mi interior, vida y alma

me otorgó de ser humano.

Ya como tú siento y lloro,

como tú estoy tiritando,

abrigo y pan necesito,

fe y amor ofrezco en cambio.

Yo pensé, Yusuf, entonces

en nuestro hogar solitario,

y en tu casa le di albergue;

hoy en ella eres el árbitro;

arrójale si te enfada,

yo tu decisión acato.

   Cruzó una nube sombría

de Yusuf el rostro pálido,

mas reponiéndose pronto

dijo entre amoroso y cauto:

-¿No tiene nombre?

-Ninguno:

la que le tomó a su cargo

le llama el niño de nieve,

sabiendo su origen raro.

-Que su nombre en adelante

sea Ahmed, el deseado,

y que de nada carezca,

¿lo entiendes bien?

-Y lo aplaudo.

-Si Dios concedernos quiso

por tal medio tal hallazgo,

su voluntad acatemos

y sus designios cumplamos.

V

   Siguió el tiempo su carrera,

nueve o diez lunas pasaron,

y de Yusuf en la quinta

reinaba la paz de antaño.

Hermosa siempre Ned-Yuma,

el niño vuelto muchacho,

Hasán sin ver a la mora

y caduco el millonario.

A los tres una mañana

llamó Yusuf a su cuarto,

y con su risa más dulce,

y con su acento más blando,

como si rezara un sura

del Korán, dijo pausado:

-Debemos cambiar de vida,

y con ese objeto os llamo;

mi fortuna es ya muy grande,

mi edad se acerca al ocaso,

y aburrido de negocios

estoy resuelto a dejarlos.

Me retiro del comercio,

mas quedan algunos saldos

que liquidar; a mis socios

con cartas no satisfago,

y así dentro de dos días

de nuevo a la mar me lanzo,

aunque opino que de huésped

me ha de tener corto plazo.

Conociendo lo que él vale

y lo poco que yo valgo,

Hasán se vendrá conmigo,

y como viaje de ensayo

Ahmed también, que ya es hora

de que comprenda lo malo

y lo bueno de estos mundos

por donde peregrinamos.

Arregle Hasán sus papeles,

que no ha de ser gran trabajo,

Y tú, esposa, arregla al niño

y no le aflijas con llantos.

Los cuatro, tras el discurso,

silenciosos se miraron

saliéndose de la estancia

mudos y tristes los cuatro.

   Otra vez en su azotea,

rojos de llorar los párpados,

al aire deja Ned-Yuma

flotar su pañuelo blanco.

Aún no remontó la nave,

aún pueden sus ojos ávidos

distinguir sobre la popa,

correspondiendo a su halago,

tres bultos que hacia la tierra

parece que están mirando.

Los tres saludan unidos...

Luego dos... Avanza el barco,

y ya próximo a ocultarse

por la punta del Serrallo

de los tres bultos saluda

uno tan sólo ¡el más bajo!

VI

   Un mes después de esta escena

de Yusuf llegó un despacho;

estaba en Siria, iba a Egipto

con Ahmed, pero de tránsito.

Un disgusto le afligía:

el pobre Hasán, encargado

de recorrer los lugares

desde el mar Negro al mar Caspio,

a la salida de Odessa

fue víctima de un naufragio,

teniendo su sepultura

en el buque hecho pedazos.

Ned-Yuma pudo a sus anchas

compadecerlo y llorarlo;

nadie al raudal de su pena

se atrevió a poner obstáculos.

Solitaria recorría

los jardines del palacio,

testigos en otro tiempo

de sus placeres livianos,

y el pedestal de Cupido

alguna vez contemplando,

echó de menos la estatua

que en amoroso arrebato

logró convertir en nieve

haciendo del bronce escarnio.

Del cómplice a la presencia

ya no sentirá desmayos,

ya le pertenece entero

aquel hijo que ama tanto;

ya la esperanza ilumina

su corazón angustiado.


   Una noche, en su maksura14

recogida muy temprano,

mientras charlan en la calle

marmitones y lacayos,

oyó decir de repente

«Essalamcum»15 y en el acto

mucha confusión de gritos,

mucho estrépito de pasos,

y por fin dos o tres golpes

en el postigo inmediato

y la voz:

-Abre, si quieres,

soy Yusuf.

A tal, ensalmo

abrió Ned-Yuma, diciendo

con cierto desdén amargo:

-A todas las horas puede

entrar en su casa el amo.

Sentóse Yusuf muy cerca

de Ned-Yuma en un escaño,

y entre mujer y marido

esta plática entablaron:

-¿Llegastes, hoy?

-Llego ahora.

-¿Bien?

-Mal.

-Pues ¿qué te ha pasado?

-Lo que les pasa a los viejos:

por un placer, diez quebrantos.

-¿Y vienes solo?-Ned-Yuma

dijo estas frases temblando-.

-Solo.

-¿Qué hicistes del niño?

-Dichas que forja el acaso,

una nube las engendra

y las desvanece un rayo.

-Mas ¿cómo fue?...

-Todavía

de explicármelo no acabo.

A visitar las Pirámides,

hallándonos en el Cairo,

salimos una mañana

él y yo, contentos ambos.

Era de fuego el ambiente,

resistiólo Ahmed un rato,

luego vi que sonreía,

su rostro se volvió cárdeno

y, abrazándose a mi pecho,

se deshizo entre mis brazos.

-¡Mentira!

-Si era de nieve,

¿por qué te extraña el milagro?

¡Madre, ya no tienes hijo!

¡Lo que me debes te pago!

¡Vuelva la estatua de bronce

a su pedestal de barro!

   Sus negros ojos Ned-Yuma

fijó en Yusuf con espanto;

clavóse hasta brotar sangre

en la garganta las manos,

y rugiendo como el tigre

que se retuerce en el lazo,

a la manera que cae

desde la altura el peñasco,

desplomada y sin sentido

cayó sobre el duro mármol.

EPÍLOGO

   De Yusuf a Ishac, el Taleb,

en Chendy: bazar de esclavos.

   «Al recibir estas letras,

con las que salud os mando,

dad al portador el niño

que dejé a vuestro cuidado.

Si por azar lo vendisteis,

proceded a rescatarlo,

y girad contra mi casa

cualquiera que fuere el gasto.

Expósito le creía

obedeciendo a un engaño,

mas hoy supe que es su padre

un viejo rico y avaro,

y como se encuentra solo,

quiero hacerle este regalo.

El le enseñará a ser hombre

y a cumplir el deber santo

de amparar al inocente,

no transigir con lo falso,

agradecer los favores

y castigar los agravios.

De esta carta que os escribo

Alí será el emisario;

si advertís que lleva luto

no lo extrañéis: he enviudado.»


1889.

El sofí

       Era Sofí de Persia el noble anciano

Hamín Shah; de la guerra las fatigas,

El desvelo incesante, los peligros

Que le brindara la fortuna esquiva

Y esos mil aguijones que en el fuerte

Clavan odio y doblez, miedo y envidia,

Ni turbaron la paz de su conciencia

Ni extinguieron de su alma la energía.

Nunca sordo a la voz de los deberes,

Pero sí a la bajeza y a la intriga;

Su palacio es refugio a todas horas

Del que ayuda o consejo necesita,

Y no en balde grabó sobre su escudo

Esta palabra nada más: «Justicia.»

Debiera ser feliz; pero le roe

Dolor oculto, que en su pecho anida

Como serpiente que al amparo vive

De corpulenta y elevada encina,

Y ese dolor arranca de sus hijos,

Contra cuya maldad en vano lidia.

Padre desventurado, puso en ella

Cariño, y esperanza, y alegría;

Creyó engendrar leones, y son tigres;

¡Da la tierra feraz plantas malditas!


   Una noche de invierno mientras duerme

Triste y callada la ciudad tranquila,

Un oficial de guardia que le busca

De Hamín Shah hasta el lecho se aproxima.

Despierto está el Sofí cual de costumbre,

Y-Habla-diciendo,-pues la urgencia obliga,

Sentándose y sentándole a su lado

La relación siguiente oyó con ira:

   -Señor, la casa de Yusuf el rico,

Que vive solo en ella con sus hijas,

Dos hombres asaltaron hace poco,

Maldades cometiendo que horrorizan.

Casi muerto Yusuf, y atropelladas

Las infelices jóvenes, tu vista

Y tu presencia contendrán acaso

El furor de la plebe allí reunida.

-¿Dónde están los malvados?

-Prisioneros

Los tengo en mi poder.

-¿A qué familia

Pertenecen?

-Lo ignoro; sus disfraces

Que se avergüenzan de su acción indican.

-¿No han robado?

-Ni joyas ni monedas.

-Aun sin decirlo tú lo presumía.

Vamos, pues, y a la par que de la culpa

Del castigo se extienda la noticia.

   Penetró de Yusuf en la morada

El noble Hamín, y en silenciosa fila

Penetraron tras él cuantos curiosos

La sangre husmean y el delito atisban.

Tendido en un diván estaba el padre,

Que asisten dos mujeres, casi niñas,

Y los tres del Sofí, viéndose cerca,

A sus plantas cayeron de rodillas.

Alzó Hamín en sus brazos al herido,

Acostóle con plácida sonrisa,

Y besando a las jóvenes la frente:

-Vengo aquí-dijo-para hacer justicia.

Dos miserables del hogar sagrado

Nublaron la quietud con su lascivia,

Desoyendo las súplicas de un viejo,

Siempre de apoyo y de obediencia dignas.

Van a morir; mas porque en nadie vean

De cólera o piedad muestras distintas,

Apáguense las luces de esta sala,

Y cubiertos de gasa muy tupida,

Pues ante el juez su crimen confesaron,

Púrguenle con valor ante sus víctimas.-

Todo en la oscuridad y en el silencio

Quedó un instante; muda y pensativa,

De la horrible tragedia el desarrollo

La muchedumbre, atónita, seguía.

Luego un rumor confuso fue avanzando

Como de gentes que al andar vacilan;

Luego de algo que lucha y se desploma

Se sintió la tremenda sacudida,

Y una voz que exclamó: «¡Lo mismo acaben

Cuantos del mal cultiven la semilla!»

Después, las luces a brillar volvieron;

Levantóse el Sofí, rasgó de prisa

La tela que los rostros ocultaba

De aquellos dos cadáveres, y fija

La mirada en el cielo:

-¡No son persas!-

Murmuraron sus labios con delicia.

-¿Qué sucede, señor?-dijo a su oído

El gran Visir, que el gozo no se explica.

-Que ya debo al Profeta una ventura,

Compensación quizá de mis desdichas.

Creí fueran autores de esta infamia

Mis hijos, y... ¿comprendes mi agonía?

Dios de mí se apiadó; pude ser justo

Sin ser al mismo tiempo parricida.