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Poesías escogidas
Manuel del Palacio
Por vez primera se incluyen
en esta «Biblioteca Selecta de Clásicos Españoles»
las obras de un escritor de nuestros días; y no fuera
justo quien lo censurase alegando que únicamente merecen
nombre de clásicos los de la época griega y
romana, pues por autorizarlo el uso, también se llama
clásicos al autor y la obra que se tienen por modelos
dignos de ser imitados en cualquier literatura o arte. Sin
que por ello sufra menoscabo la venerable antigüedad,
no es de temer que haya quien incurra en el apasionamiento
de admirarla con criterio tan exclusivista que le prive de
apreciar y enaltecer lo producido en siglos posteriores.
Al hombre le cuesta reconocer el mérito tanto mayor
trabajo cuanto más cerca de él está
quien lo alcanza; y si se persuade fácilmente de que
ciertos escritores de remotas edades llegaron a la perfección
de la forma en el idioma que manejaron, en cambio se resiste
a confesar el valor de los que vinieron detrás; pero
el tiempo hace en todo justicia. Ya nadie niega que sí
son clásicos Homero y Virgilio, no lo son menos Dante
y Petrarca, Cervantes y Lope de Vega; y si hoy se llama clásicos
a los que mejor han escrito, aun recientemente, en lengua
castellana, no se podrá poner en tela de juicio que
lo son, por ejemplo, Quintana y Zorrilla, Bretón y
el Duque de Rivas, don Juan Valera y Menéndez y Pelayo.
No es abrumador el número
de los que están en igual caso; siempre son pocos
los indiscutibles; de algunos, sólo una o dos obras
merecerán alabarse sin restricciones; de otros, una
sola; pero hay varios entre cuya producción literaria
se puede escoger mucho, donde por cima de pocos errores y
pequeños descuidos brillan grandes aciertos y positivas
bellezas.
Entre estos autores
figura Manuel del Palacio, poeta celebrado durante su juventud
sólo por festivo y gracioso, y a quien en la edad
madura hubo que reconocer más altas cualidades.
La
viveza de ingenio y cierta inclinación a la sátira,
que halló campo propicio a su desarrollo en las discordias
políticas, le dieron, en los comienzos de su carrera,
una notoriedad que fue aumentando con el empeño del
vulgo a atribuirle todas las procacidades y mordeduras que,
puestas en versos insolentes, circulaban contra los gobernantes
ineptos y despóticos. No se imprimió ni se
dijo por entonces en conciliábulos revolucionarios,
redacciones y saloncillos de teatros redondilla picante,
semblanza injuriosa ni soneto desvergonzado que no pasara
por suyo; tanto como su propia osadía, que no era
poca, contribuyó a esta fama la persecución
de que fue víctima, y así llegó a gozar,
y sufrir también, la costosa popularidad que logra
en días revueltos quien se atreve a formular en voz
alta, sin miramientos ni respetos, las quejas motivadas por
la arbitrariedad y la opresión. Pero cambiaron los
tiempos; el ambiente de la libertad quitó, en gran
parte, razón de ser a la sátira; se apaciguaron
los rencores políticos; los años, haciendo
su oficio, fueron transformando al gacetillero agresivo,
el cual ganó en sensatez lo que perdió en impetuosidad;
se desarrollaron cumplidamente las mejores condiciones de
su espíritu y pronto sus mismos adversarios se vieron
obligados a confesar que las poseía dignas de la mayor
estimación; entre otras, cierta serena placidez de
juicio, no exenta de amargura, al considerar las flaquezas
humanas, y una gran delicadeza. para percibir y reflejar
los rasgos poéticos que surgen a cada paso en el mundo.
Ello fue que al comenzar la segunda mitad de su vida, el
versificador satírico, tan celebrado antes por cáustico
y libre, había quedado oscurecido por el poeta noble
y hondamente sentimental.
Su
familia era de tierras de León; el padre, que fue
militar y combatió a las órdenes del Empecinado, residió algún tiempo en Lérida, y en
esta ciudad nació Manuel del Palacio el 25 de diciembre
de 1831, según reza su partida de bautismo; él,
sin embargo, en una breve autobiografía, más
graciosa que rica en datos y noticias, publicada en 1894
al frente del volumen titulado Chispas, dice:
«En Nochebuena nací,
Y entre placeres
y penas,
Sesenta y dos Nochebuenas
Han pasado sobre mí.»
De donde se deduce que vino
al mundo en 1832, y no el 25 de diciembre, sino la víspera.
Estudió en Soria, Valladolid
y La Coruña; se graduó de bachiller en filosofía
en 1843 y llegó a Madrid en 1846, publicando sus primeros
versos en un semanario de Ventura Ruiz Aguilera titulado
Los hijos de Eva. De 1850 a 54 fue empleado de Hacienda en
la tesorería y la conducción de caudales en
Granada, sin que la prosaica ocupación de hacer números,
rendir cuentas y manejar dinero ajeno le quitara la afición
a las letras que mostró desde niño. Antes al
contrario, pasadas las horas de trabajo oficinesco, en vez
de seguir conviviendo con los agentes del fisco, buscaba
amigos y compañeros que tuviesen sus mismos gustos
e inclinaciones.
Así
entró a formar parte de la famosa cuerda granadina,
reunión de muchachos y hombres hechos, pero aún
jóvenes, de procedencia diversa, españoles
unos, extranjeros otros, inteligentes todos y hermanados
en regocijada pandilla, a la cual daban cohesión el
común entusiasmo artístico y, el legítimo
propósito de comenzar a subir alegremente la cuesta
de la vida.
Muchos de ellos
eran desconocidos, algunos iban ya camino de la celebridad
y más de cuatro la conquistaron presto. Indudablemente,
aunque alguna vez merecieran censura por ciertas bromas pesadas
y travesuras audaces, debieron de ser, en general, mirados
por la sociedad de Granada con esa indulgente simpatía
que la juventud, ávida de amor, prosperidad y gloria,
inspira a todo espíritu que no esté agriado
por el egoísmo o poseído por el demonio de
la intolerancia. Ello, es que las personas ilustradas de
entonces han convenido en que la cuerda granadina no se pareció
absolutamente nada a la turbulenta partida del trueno, opinando
además que la relación de sus andanzas y el
estudio de sus figuras principales, escrito por quien lograse
reunir los datos necesarios, formaría un capítulo
muy curioso de la historia literaria de aquella época,
durante la cual, restauradas ya en gran parte las heridas
de la primera guerra civil, comenzaron a variar las costumbres
y acaso por esto mismo, produjo tantos autores notables.
Manuel del Palacio, en unos
artículos hilvanados muy a la ligera, pero ricos de
frescura y espontaneidad, que publicó con el título
de Páginas sueltas, consagra un sentido recuerdo a
la cuerda granadina, «reunión-dice-de gente alegre
y despreocupada, en la cual, con ser bastante numerosa, no
hubo ni un tonto ni un malvado1 1 ».
La
componían, entre otros, Manuel Fernández y
González, Pedro Antonio de Alarcón, Juan Facundo
Riaño, José Moreno Nieto, José de Castro
y Serrano, Leandro Pérez Cossío, Mariano Vázquez,
en cuya casa se celebraban las juntas, y, además,
los artistas Notheck (ruso), Sorokin (polaco), Dutel (francés),
y Ronconi (veneciano), que llegó a presidente de la
cofradía.
Era natural
que cuando aquellos hombres, después de haber alegrado
con sus versos, sus músicas, sus giras y sus galanteos
las orillas del Darro y las tertulias de Granada, se reunieron
en Madrid, tuvieran ya cierto prestigio literario y social,
y también es de suponer, hecha excepción de
los casos de frialdad y despego, que naturalmente se protegieran
y auxiliasen. Así todos hallaron en la corte francas
las puertas de los teatros, periódicos y salones donde
habían de brillar y fácilmente conquistaron
envidiable reputación: Fernández y González
y Pedro Antonio de Alarcón comenzaron a publicar sus
novelas; Riaño divulgó aquí y en Inglaterra
la historia del arte español; Castro y Serrano escribió
sus artículos de costumbres; Moreno Nieto fue honra
del parlamento y de la cátedra; Pérez Cossío,
periodista de verdadero mérito, y Mariano Vázquez
tuvo la gloria de ser uno de los primeros profesores que
en Madrid despertaron la afición a la buena música.
A Manuel del Palacio, sus
ideas políticas muy radicales, avanzadas según
entonces preferentemente se decía, le llevaron al
periodismo. Comenzó a escribir en La Discusión
y en El Pueblo artículos y versos contra los gobiernos
de aquellos que, llamándose partido moderado y de
unión liberal, pecaban precisamente de exceso de autoritarismo;
y como no existía la libertad de imprenta, unas veces
aguzando el ingenio, otras excediéndose en las palabras,
extremó tanto los ataques, que pronto fue conocido
en toda España.
La
mayor parte de sus artículos en aquellos diarios eran
denunciados; los comentarios en verso que hacía, por
la mañana poniendo en solía el discurso de
un ministro o las peripecias de una crisis eran repetidos
por la noche en las tertulias de Madrid, y aun se le atribuían
otros que, como pecasen de atildados, se acreditaban por
suyos. Esta fue su época de gacetillero batallador,
durante la cual llegó a tener una popularidad sólo
comparable a la de aquellos descaradísimos poetas
franceses de tiempo del Directorio, cuyas canciones callejeras,
desenvueltas y a veces injuriosas, enfurecían a ministros
y polizontes, siendo en cambio regocijo de agitadores y revolucionarios.
No está de más recordarlo ahora para que puedan
apreciarse mejor las cualidades que mostró posteriormente;
ni cabe poner en duda que hizo gala de mucho desparpajo y
de extraordinaria vis cómica. Pero la verdad es que
si sólo hubiera escrito lo que le dictó entonces
su animadversión contra Narváez, O'Donnell,
González Bravo y Marfori, a buen seguro que no pasara
su nombre a la posteridad; y es que si al político
no le está vedado apasionarse hasta llegar a la violencia
en pro de la opinión que defiende, el literato no
puede incurrir en tal exceso sin empequeñecer y rebajar
la poesía poniéndola al servicio de banderías
y partidos.
En 1865 hizo Manuel
del Palacio un viaje a Andalucía por encargo del general
Prim, que le confió una misión peligrosa, relacionada,
con sus planes revolucionarios, y de la cual salió
muy airoso, tornando luego a trabajar en los periódicos
democráticos de Madrid.
La
campaña más ruidosa de esta época de
su vida fue la que en compañía de Luis Rivera,
Roberto Robert y Eusebio Blasco sostuvo en el Gil Blas, escribiendo
centenares de composiciones y artículos con clarísimos
ataques a políticos que tuvieron su hora de notoriedad
y la mayor parte de los cuales valían tan poco que
rápidamente pasaron del encumbramiento al olvido.
Igual suerte habían de tener los versos del poeta
inspirados en base tan deleznable. Cierto que la lucha por
la libertad llegó a ser violentísima; pero
también es verdad que los combatientes de uno y otro
bando eran de temple inferior al que las circunstancias pedían:
a la brutal arbitrariedad de los opresores contestaban los
oprimidos con la injuria, todos se empequeñecían
moralmente y el prestigio de las ideas quedaba sofocado por
la torpeza de sus defensores. Dicho sea de pasada, es, en
verdad, digno de estudio lo que pudiera llamarse el caso
del Gil Blas. La colección de este periódico
que agitaba a España e infundía pavor a los
gobiernos, se hojea hoy sin emoción; los epigramas,
las sátiras, que acarreaban a sus autores prisiones
y destierros, no nos hacen sonreír; lo único
que queda de él son las caricaturas de Ortego; sus
redactores fueron flores de un día, pronto arrasadas
por lo que en el lenguaje periodístico se llama actualidad
y no es a veces, sino el predominio de lo engañoso
y efímero que mata, sin dejarlo prosperar, aquello
mismo que ha engendrado.
Escribir
en defensa de la libertad no era, sin embargo, entonces cosa
de juego, como ahora imaginan los que gozan sus beneficios
sin saber lo que ha costado: Manuel del Palacio estorbaba
en Madrid a los gobernantes por que los zahería cruelmente,
y en 1867, aprovechando el escandaloso revuelo producido
por unos versos que escribió o le atribuyeron, fue
desterrado a Puerto Rico. Mas no debió de ser muy
grave su culpa, si acaso incurrió en alguna, o no
le guardaron rencor sus perseguidores, pues a principios
del año siguiente estaba de vuelta en Madrid. Y con
esto termina aquella primera época de su vida, durante
la cual el exceso de ardimiento político, siempre
absorbente y desfavorable a la calma propia de los estudios
literarios, retrasó el desarrollo de las facultades
poéticas en él ingénitas y que pronto
llegaron a su completa madurez.
Triunfante
la revolución de 1868, aún no escrita con imparcialidad,
pero en cambio calumniada por los mismos que se aprovecharon
de ella, Manuel del Palacio ingresó en la carrera
diplomática, yendo de primer secretario a la legación
de Florencia. Desde entonces el ambiente social en que vivió,
tan distinto del que antes le envolvía; los viajes,
pródigos de enseñanza para ingenios tan perspicaces
como el suyo, y también sin duda la tranquilidad de
poder entregarse a observarlo y saborearlo todo, fueron facilidades
y estímulos que, abriendo nuevos horizontes a su inteligencia
y afinándole la sensibilidad, le enseñaron
a expresarse con ese encanto sugestivo e intenso en que estriba
la mayor gloria de los poetas cuando logran comunicar a nuestra
alma la misma emoción que ellos han sentido.
Grande
es la diferencia entre lo que antes había escrito
y lo que luego produjo. Sus primeras composiciones, anteriores
a su venida a Madrid, y las que llevaba a Ventura Ruiz Artillera
para el semanario Los Hijos de Eva adolecían de la
menuda desesperanza y el sentimentalismo casi lúgubre,
sin alardear de los cuáles no cree el principiante
que es verdadero poeta; después la pasión política
le descaminó, limitando su ingenio a mero comentarista
burlesco de las disputas del día, y en parte por la
fuerza de su propio donaire, en parte dejándose llevar
por la corriente que le aseguraba el aplauso, siempre halagüeño,
sentó plaza, de satírico y dio no escasa prueba
de servir para ello; pero ninguna de estas dos fases de su
producción representaba bien lo que valía.
La ocasión de revelarse tal cual era fue el viaje
a Italia. La suma de ideas, acaso desordenadas pero fecundas,
que había de sugerirle la contemplación de
tantas obras de arte, unas mostrándole la belleza
que el tiempo respetó y otras hablándole con
la triste elocuencia de las ruinas; el roce con la culta
sociedad florentina, donde a la sazón convivían
los patriotas italianos más ilustres confundidos por
el anhelo de la unidad nacional, próxima a lograrse;
y, finalmente, el conocimiento de la literatura toscana,
a cuyo estudio se consagró con entusiasmo, fueron
estímulos y enseñanzas en él tan poderosos,
que sin mermarle nada de la índole enérgica
y castiza con que nació, le inculcaron la elegancia
y la delicadeza que le faltaban. El mero versificador de
fácil y ocurrente vena, guiado por un instinto poderoso
para sentir lo bello y comunicar la impresión que
produce, se convirtió pronto en poeta notabilísimo.
Tratemos ahora de descubrir
su filiación literaria y fijar los rasgos característicos
de su personalidad.
Seguramente,
dadas sus aficiones, leería de muchacho cuantos versos
hallase a mano; pero, ¿qué poetas pudieron influir
en él? ¿Cuáles serían los que le atrajesen,
ya por el natural deseo de igualarse a los favoritos del
Público, ya por descubrir en ellos sus propios gustos
y sus mismas ideas?
Cuando
comenzó a escribir no predominaba en la lírica
española de modo avasallador ninguna escuela ni tendencia.
Calmada por el tiempo la justa exaltación del amor
patrio, la musa grandilocuente que inspiró a Quintana
y Gallego había enmudecido; el romanticismo, que aún
triunfaba en la escena, perdía terreno en los libros,
donde iban escaseando las leyendas medievales adornadas con
estampas de castillo roquero y trovador andante, y en las
tertulias literarias estaban pasadas de moda las composiciones
lúgubres, cuyos protagonistas solían ser la
dama hecha monja por fuerza y el enamorado suicida; el pesimismo
de procedencia extranjera amamantado en Byron, Musset, y
Leopardi, cuyo excepcional y glorioso intérprete fue
Espronceda, tenía ya pocos cultivadores; y Zorrilla,
señor y soberano indiscutible de lo tradicional y
legendario, estuvo casi olvidado hasta que volvió
de Méjico.
Estas manifestaciones
y fases de la lírica española, anteriores en
algunos años a la juventud de Manuel de Palacio, no
influyeron en él: indudablemente sentiría la
admiración que causan algunos excelsos poetas de entonces,
pero no procuró seguir sus huellas; y, según
veremos, tampoco imitó a los que vivieron en sus mismos
días.
Sobresalían
entre los que fueron sus amigos y compañeros, aunque
no de su misma edad, Núñez de Arce y Campoarnor,
ambos apreciados por la opinión pública en
todo su valer desde dos que comenzaron a escribir, y Bécquer,
a quien en vida no se hizo justicia y cuya verdadera popularidad
empieza con la edición de sus obras, a que puso prólogo
Ramón Rodríguez Correa; pero ni el autor de
los Gritos del combate, ni el de las Doloras, ni el de las
Rimas ejercieron en él influjo alguno, aunque a veces
tenga rasgos comunes con ellos.
Núñez
de Arce, procurando remontarse sobre la pequeñez de
lo individual, canta o lamenta las glorias o los desfallecimientos
del hombre; los asuntos de sus poemas no son episodios de
la vida, sino desahogos de su conciencia airada contra lo
que execra; y cada figura por él creada, sin más
aspecto ni más calor humano que aquellos que su fantasía
les quiso atribuir, es la personificación de un anhelo
o un grito de su alma atormentada; su estilo, pródigo
en adjetivos altísonos, desdeña lo apacible,
esquiva lo tierno, y ya espontáneamente, ya ayudándose
del artificio retórico, es siempre más grandioso
que natural. Nada de esto se observa en Manuel del Palacio.
Bécquer, erótico
en el recto sentido de la palabra, dulce, amable, apasionado,
hasta capaz de pasajera vehemencia, pero nunca varonilmente
impetuoso, suspira y gime como victima sin voluntad, poseída
y acobardada por un amor triste y enfermizo. Descontado aquel
fugaz relámpago que le hace exclamar: «Hoy llega al
fondo de mi alma el sol», no hay en sus rimas un rayo de
alegría. Quizá por esto sea el favorito de
la juventud en ese período, breve por fortuna, en
que el amor se nos antoja más intenso cuanto más
desventurado. Tampoco tiene con él Manuel del Palacio
punto de semejanza.
De Campoamor
le separan diferencias muy hondas; el autor de El tren expreso,
en apariencia tan suave, en realidad tan atrevido, nos maravilla
con las infinitas observaciones, ya serias, ya irónicas,
que le sugieren los lances de la vida; nos encanta con paradojas
hábilmente expuestas y verdades bravamente dichas,
siempre en tal abundancia, que no deja parar mientes en el
desaliño con que las viste. Manuel del Palacio carece
de esta asombrosa fecundidad de conceptos; tiene menos ideas,
pero las atavía y adereza con mayor cuidado y galanura.
Con otros poetas de su tiempo,
injustamente olvidados aunque valían mucho, por ejemplo,
Querol y García Tassara, no tiene de común
más que el respeto a la forma; pero su índole
poética es muy distinta. El tierno cantor de La Nochebuena, el enérgico vate de Venecia eran aficionados a las
composiciones largas, a explayarse desahogando su pena o
su entusiasmo en elegías y odas de corte clásico.
Palacio, salvo en las narraciones, donde el asunto determina
la extensión, prefiere las composiciones cortas que
cautivan el ánimo comunicándonos breve y claramente
un sentimiento o una idea. Puede, en fin, afirmarse que no
siguió ni pretendió imitar a ninguno de sus
contemporáneos, aunque, de vez en cuando, escribiese
leyendas parecidas a las de Zorrilla, sollozos rimados como
los de Bécquer y humoradas parecidas a las de Campoamor.
No tiene una obra donde revele
su concepto de la vida, ni la totalidad de su pensamiento
como El diablo mundo, de Espronceda; ni un largo poema descriptivo
como Granada, de Zorrilla; sus poesías, casi siempre
cortas, están inspiradas en las circunstancias que
le rodean, según decía Goethe que deben estarlo
las verdaderamente líricas. Para penetrar en su espíritu,
hay que asimilarse de ellas lo que muestran dispersa y aisladamente;
luego, del conjunto se desprenden sus ideas como de un ramo
los aromas de diversas flores; y estas ideas no son meros
actos de la inteligencia limitados al conocimiento de una
cosa, sino formas con que viste sus anhelos morales: el culto
a la conciencia, el entusiasmo por la libertad, el amor a
la mujer. Tal es la triple adoración que caracteriza
su personalidad, la cual se revela por su modo especial de
sentir y de expresarse. Cuanto agita el alma humana le conmueve
hondamente; su sensibilidad es tan delicada que todo le impresiona,
pero la impresión que recibe es más intensa
que duradera; la pena y el gozo no anidan por largo tiempo
en su corazón; lo sobrecogen o lo iluminan súbitamente,
y como aves de paso le dejan pronto libre y tranquilo para
que experimente nuevo dolor o nueva dicha. La emoción
que el bien y el mal le causan es sincera, pero fugaz; se
complace o se lamenta con la espontaneidad propia de quien
no puede ni permanecer indiferente al halago, ni sufrir sin
queja el pesar, y a esta rapidez de la emoción, resultado
sin duda del convencimiento de que nada hay duradero en la
vida, corresponde la sobriedad al expresarla: el mundo, le
acaricia o le hiere, surge en su corazón la gratitud
o la protesta, la formula en una sola idea y no cuida de
amplificarla. En cambio, pone singular esmero en que al pasar
de su pensamiento al nuestro las palabras que la transmitan
tengan la fuerza necesaria para hacernos sentir lo mismo
que él sintió. Pudiera decirse que es el intérprete
de las sensaciones pasajeras con que las pasiones propias
y ajenas nos desasosiegan o atormentan, sin que su rapidez
y laconismo al reflejar y comentar la turbación por
ellas causada, sustraigan nada a nuestra sensibilidad, pues
precisamente su arte consiste en perpetuar el recuerdo de
aquellos instantes deleitosos o acerbos, que el tiempo había
de llevarse, y el cual, merced al encanto de la poesía
en que él lo envuelve, queda para siempre presente
a la memoria. No: nadie negará la cualidad de notabilísimo
poeta a quien así sabe burlar al tiempo, salvando
de nuestro propio olvido lo que un instante nos llenó
el alma o nos hechizó los sentidos.
Muchas
de las composiciones contenidas en este tomo prueban la ternura
y a veces la alteza de pensamiento con que considera aun
los casos más comunes de la vida. Así, por
ejemplo, la pérdida de un amigo de la juventud le
lleva a comparar la edad madura con el otoño; mas
esto, que nada tiene de nuevo, le sugiere la reflexión
siguiente, llena de dulce melancolía:
¡Ay! Para el alma que lo incierto espera
Y al ver la oscuridad gime y se asombra,
¡Qué dichosa
estación otoño fuera
Si al suelo no arrojase
por alfombra
Todo lo que en la verde primavera
Nos dio
perfumes y frescura y sombra!
Ve
una mujer rezando llorosa en una iglesia, y su fantasía,
queriendo adivinar el drama que la desconocida lleva dentro
de sí, y él presiente, exclama con esa dulce
piedad que tan poco tarda en igualarse al amor:
Ángel de blanca luz o ángel
caído,
Para llegar a ti tus alas dame
O el antro
alumbra donde te has hundido;
Que quien tus gracias mire
y no las ame
Podrá ser necio; quien te dio al olvido
Después de profanarlas, es infame.
Quizá
un día leyendo a Dante vio, como hemos visto todos,
en la figura de Beatriz la personificación de lo ideal;
y preguntándose si fue la musa viva del poeta o si
éste la creó haciéndola símbolo
y cifra de todos sus deseos, se encara con ella diciendo:
¿Triunfaste por un genio del olvido?
¿Le
das tu luz o de su luz te vistes?
¿Te amó despierto,
o te forjó dormido?
Bello fantasma de las horas tristes,
Dudará la razón si has existido;
El alma,
que te ve, sabe que existes.
Ya
en el ocaso de la vida sufre la tentación de verse
querido, por una mujer joven y hermosa que tiene dueño
según las leyes, y, entreverando en la repulsa la
hombría de bien propia del caballero y la tristeza
acumulada por los años, rechaza su amor con estas
palabras:
Avaro de ese bien, deja le guarde
Con
toda la pureza que atesora,
Ya que para ladrón nací
cobarde.
Baste a mi dicha la que siento ahora
Al verme
entre las brumas de la tarde
Gozando las caricias de la
aurora.
A otra beldad por
quien fue desdeñado cuando la pretendía y que
después le buscó, tarde para ser amada, le
dice refiriéndose al llanto vertido por ambos en época
distinta:
Lo dijiste y lo sentías:
Era ya
imposible amarnos,
Y ¿a qué andar con niñerías?
Recuerdo que, al separarnos,
Yo lloraba y tú reías.
Sintió mi pecho, al perderte,
Algo del sepulcro frío,
Y maldije de mi suerte.
Hoy, bien lo sabes, al verte,
Tú lloras y yo me río.
Demos por bien empleado
El llanto de
hoy y el de ayer,
Porque ¡ay! a habernos amado,
¡Cuánto
hubiéramos llorado
los dos a un tiempo, mujer!
Y
para dar idea del peligro que trae consigo la desdicha de
amar a la que no se logra poseer moralmente le bastan estos
cuatro versos:
Cazador que a caza vas
De mujer o de león,
¡Ay de ti si no le das
En mitad del corazón!
Muchos
fragmentos análogos pudiéramos aducir para
demostrar que el arte de Manuel del Palacio consiste en poner
de relieve lo que ha sentido con tal precisión que
quien haya experimentado lo mismo difícilmente acertará
a formularlo mejor.
Esta delicadeza
con que percibe los movimientos del ánimo, la posee
también para reflejar la impresión que la causan
los seres, las cosas, los lugares y, en general, el espectáculo
de la Naturaleza y las creaciones del Arte: mas nada describe
prolija ni minuciosamente; todo lo bosqueja con solos sus
rasgos característicos, cual si temiera sofocar entre
pormenores y menudencias el efecto que debe producir lo principal.
En esta tendencia a la brevedad
y la síntesis, connatural a su temperamento artístico,
debió de tomar origen su predilección por el
soneto, que si, en lo referente a la estructura, es una combinación
métrica, por su esencia es una especial forma poética,
un género cuya belleza no depende sólo del
ritmo y de la rima sino además, y muy en Primer término,
de ciertos giros a que se somete en él la exposición
del pensamiento procurando darle así condiciones excepcionales
de claridad, vigor y nobleza.
Para
escribir un buen soneto no bastan la rigurosa medida de los
versos, la riqueza de las consonancias, ni siquiera el primoroso
atildamiento en la elección de las voces; es preciso
que las ideas se sucedan y completen como misteriosamente
encadenadas, hasta que de ellas surja el sentimiento con
toda la dulzura de que sea susceptible o el concepto en la
plenitud de su fuerza. El soneto se rige por leyes ajustadas
a la índole especial del género y derivadas
de la práctica seguida por los grandes poetas, a las
cuales no hay medio de sustraerse so pena de que el más
leve descuido lo desluzca y envilezca. Fernando de Herrera,
en sus anotaciones a las obras de Garcilaso2 2 , dice: «Es el
soneto la más hermosa composición y de mayor
artificio y gracia de cuantas tiene la poesía italiana
y española. Sirve en lugar de los epigramas y odas
griegas y latinas, y responde a las elegías antiguas
en algún modo; pero es tan extendida y capaz de todo
argumento que recoge en sí sola todo lo que pueden
abrazar estas partes de poesía sin hacer violencia
alguna a los preceptos y religión del arte; porque
resplandecen en ella con maravillosa claridad y lumbre de
figuras y exornaciones poéticas la cultura y propiedad,
la festividad y agudeza, la magnificencia y espíritu,
la dulzura y jocundidad, la aspereza y vehemencia, la conmiseración
y afectos y la eficacia y representación de todas.
Y en ningún otro género se requiere más
pureza y cuidado de lengua, más templanza y decoro,
donde es grande culpa cualquier error pequeño, y donde
no se permite licencia alguna ni se consiente algo que ofenda
las orejas, y la brevedad suya no sufre que sea ociosa o
vana una palabra sola.»
Boileau
pide que el soneto no contenga ningún verso flojo;
Martínez de la Rosa, que sea
Avaro en voces, pródigo
en sentido,
y Teófilo Gauthier, con la desenvoltura
que le caracteriza, dice: «Hay que someterse a sus leyes,
y aquel a quien se le antojen anticuadas, pedantes o enojosas,
que no haga sonetos.»
Manuel
del Palacio escribió muchos y de varia índole.
Los tiene inspirados por el sentimiento que le dominaba en
una situación o un trance de su propia vida, y éstos
son a manera de desahogos íntimos y personalísimos;
otros han surgido ante la dicha o el dolor ajeno; no pocos
proceden de la impresión recibida contemplando las
maravillas de la Naturaleza y del Arte; algunos son un grito
de admiración o de protesta; compuso bastantes en
los cuales palpita todavía el efecto que le causara
una página literaria o un caso de la realidad, y también
los hizo jocosos, con muchísima gracia, ya fingiendo
en doce o trece versos la más enfática solemnidad
y reservando el efecto cómico para el final, como
en el de Lope de Vega, que empieza:
Caen de un monte a un
llano entre pizarras;
ya, por el contrario, comenzando
a escribirlos en broma, pero acabándolos con un arranque
dramático que, por contraste con lo precedente, resulta
burlesco y divertido.
Los
mejores son los serios y en particular los amorosos. Están
generalmente inspirados por ideas que, a falta de novedad
extraordinaria, encantan por su galanura, y las cuales van
eslabonándose en versos fluidos y sonoros hasta llegar
al pensamiento capital, formulado, la más de las veces,
con mucha energía.
Los
cuartetos, aunque acaso durante la gestación del trabajo
hayan sido muy corregidos y limados, parecen haber brotado
de la pluma sin retoque ni enmienda. Los tercetos suelen
ser aún más notables por su corrección
y sonoridad, y es digno de observarse que si los escribía
siempre con soltura, los hacía mucho mejor en el soneto
que en las demás composiciones.
Los
políticos se distinguen por su vigor, y prueban no
sólo el entusiasmo con que defendió los principios
liberales, cuando era peligroso romper lanzas por ellos,
sino también la riqueza de imaginación y el
buen gusto, merced a los cuales pudo enaltecer en bellísimo
estilo sentimientos y aspiraciones que, no obstante su alto
valor moral, son difíciles de expresar en forma poética.
Al mismo tiempo que éstos,
es decir, durante el período de continuas conspiraciones
y revueltas, compuso, en sonetos también, las famosas
semblanzas de personajes que tanto contribuyeron a su fama
de satírico, pero que distan mucho de tener igual
mérito. En los hechos para declarar su amor a las
ideas estalla la más noble y simpática vehemencia:
en las semblanzas, nacidas de la animadversión personal,
la índole del autor parece bastardeada por el espíritu
de partido; el móvil a que obedecen les priva de grandeza
y, como si se resintieran de haber sido rápidamente
improvisadas, hasta en la técnica son inferiores.
Escritas para zaherir a hombres políticos, unos odiosos
por su modo de gobernar y otros insignificantes por su vulgaridad,
aunque el favor los encumbrase, carecen ya de interés
y no dan idea del mérito del poeta y aún menos
de su verdadera índole moral. El mismo apasionamiento
que les prestó vida, aquella acometividad a veces
sañuda que les infundió caracteres de diatriba,
era incompatible con el sereno decoro sin el cual la obra
de arte, aunque se popularice en un momento determinado,
carece de belleza y no se inmortaliza nunca. Nadie suponga,
pues, maliciosamente, que dejan de incluirse en este tomo
ciertas, composiciones de carácter político
y sátira violenta como condenando y para que vaya
olvidándose la significación revolucionaría
de Manuel del Palacio. Nada de eso. Quien escribe estas líneas
juzga que aquella tendencia, por la cual tantos sacrificios
hicieron los hombres más ilustres de España,
fue en sus tiempos sana y altamente patriótica; pero
prescinde de reimprimir aquí lo que, concebido entre
odios y rencores durante la exaltación de la lucha,
había de nacer falto de verdaderas condiciones artísticas.
Si de lo que por entonces se produjo en este género
hay algo digno de pasar a la posteridad será seguramente
lo de quien pudiera trabajar en la tranquila y cómoda
soledad de su gabinete, no lo de aquellos que, como Manuel
del Palacio, tenían que andar a salto de mata escribiendo
en la mesa de la redacción o el velador del café;
y la prueba es que por la misma causa han quedado en el olvido
las composiciones que poseídos de fervor revolucionario
y antidinástico escribieron hombres tan ilustres como
Eulogio Florentino Sanz, Juan Martínez Villergas,
Adelardo López de Ayala y don Antonio García
Gutiérrez. Realmente, en Manuel del Palacio nunca
se agotó la vena satírica; pero los años,
sin quitarle gracia y desenfado, le hicieron prudente y comedido,
transformando su excesivo ardimiento en tranquila ironía.
Así, por ejemplo, en 1868 retrataba a un ministro
con estos crueles rasgos:
Desde humilde pastelero,
En Palacio fue
admitido.
Fue Marqués, tuvo dinero;
Sólo
una cosa no ha sido
En su vida: caballero.
Y
en 1898, cuando otro ministro le jubiló a raíz
de nuestro gran desastre colonial, causándole graves
perjuicios, desahogó su justo enojo, limitándose
a lamentarse de este modo:
Parece grande y es chico;
Fue Ministro
porque sí,
Y en cuatro meses y pico
Perdió
a Cuba, a Puerto Rico,
A Filipinas... ¡y a mí!
Pasemos,
pues, por alto, aquellas menudencias de su ingenio, que no
dan la medida exacta de lo que valía, y las cuales
ni aun él mismo quiso reimprimir luego de apaciguado
el apasionamiento de la lucha, en que tuvo por compañeros
a los hombres más ilustres de su tiempo.
Las
mejores obras de Palacio, y por ellas hay que juzgarle, son
las escritas desde que ingresó en la carrera diplomática
como secretario de la Legación de Florencia en 1868
y posteriormente en la de Berlín, hasta después
de jubilado treinta años más tarde, tras haber
sido ministro residente en el Uruguay y jefe del Archivo
del Ministerio de Estado, donde desempeñó también
otros cargos. Durante este período, residiendo en
España y en América, publicó primero
en diarios, semanarios y revistas, luego reunidas en tomos,
multitud de composiciones que consolidaron su reputación.
Hizo leyendas de corte tradicional tan hermosas como El Cristo
de Vergara y El hermano Adrián, que pudiera firmar
Zorrilla; fantásticas como El puñal del capuchino; cuentos y poemas cortos de trágica belleza, entre
los cuales sobresalen Imposible y El niño de nieve; y relatos íntimos, episodios acaso de su propia vida,
como Blanca, cuyo intenso realismo y bellísima forma
dejan en el alma del lector una de esas impresiones mitad
pena, mitad ternura, que no se olvidan nunca.
Así
como entre nuestros antiguos clásicos hay algunos
que casi deben a una sola composición toda su gloria,
a la de Manuel del Palacio bastaría haber escrito
Blanca. Es la narración de una aventura que pudo ser
vulgar, prosaica, hasta grosera, y la cual, merced al hechizo
de la delicadeza espiritual que el autor ha derramado sobre
ella, adquiere la categoría de esas obras de arte,
pequeñas por sus proporciones, seductoras por su contenido,
cuyo encanto penetra suavemente el alma.
Este
mismo linaje de belleza se advierte en la mayoría
de sus composiciones cortas, las cuales son de carácter
esencialmente subjetivo y reflejan toda la sinceridad compatible
con el esmero y atildamiento propios de quien procura decir
las cosas con primor. Juzgando por como están escritas,
podemos y debemos creer que no hay en ellas sensibilidad
ficticia, ni emoción falsificada. A diferencia de
los que teniendo de poeta sólo la huera y molesta
facilidad de hacer versos andan a caza de ideas, él
las encuentra en sí mismo y en el mundo a cada paso
y cuida mucho de no conceder, digámoslo así,
los honores de la versificación sino a lo que ha experimentado
o visto muy de cerca: procura, sin duda, embellecer o presentar
del modo que más impresione lo que concibe o comenta,
sus penas o sus goces; pero los ha sentido de veras. Son
para él fuente de inspiración los atractivos
de una mujer hermosa, el infortunio o la prosperidad de un
amigo, la admiración que causa una página literaria,
el halago o la mordedura de un recuerdo, el vislumbrar una
esperanza, el encuentro con alguien o el resurgir de algo
que quedó amortecido por el tiempo en la memoria,
el espectáculo de las grandezas o las miserias humanas,
todo aquello, en fin, a que el corazón no puede permanecer
ajeno y es como el tributo que el alma rinde a la vida entre
placeres cortos y amarguras duraderas. Pero la tristeza que
esto implica no le hace pesimista ni va más allá
de una melancolía tranquila, que el mismo rodar de
la vida desvanece o consuela a poco que luzcan la verdad,
el bien y la belleza. Sus poesías nos comunican esa
melancolía; son de las que saben mejor leídas
a solas, sin que la presencia del prójimo nos estorbe
para pensar ni nos avergüence de sentir; y nunca entenebrecen
el ánimo porque en el rastro de ideas que dejan prevalecen
siempre la calma y la cordura.
Prueba
de ello es el siguiente soneto, donde el curso del tiempo,
representado por la corriente de los ríos, en vez
de atormentarle, le inspira el tranquilo pesar que produce
la contemplación de lo inevitable:
TÍBER
Y TAJO Mas de una vez, de brazos sobre el puente
Que el arte circundó de maravillas,
Recordé,
turbio Tajo, tus orillas
En España y en ti fija la
mente.
Del Tíber emulando la corriente
Llevas al mar tus aguas amarillas
Y como aquél,
con tu pobreza humillas
Del Volga undoso al Ródano
potente.
Si ellos tienen caudal que les
abruma,
Murmullo halagador, linfa serena,
Cauce de flores
que el abril perfuma,
Tenéis vosotros,
y arrastráis con pena,
Llanto de muchos siglos en
la espuma,
Polvo de muchas ruinas en la arena.
Análoga
significación tiene este otro, en el cual, pronto
a dar el último adiós a la vida, saluda a la
muerte como libertadora:
A LA MUERTE Si has de venir al fin, ven cuando quieras,
Y no traidora, y lúgubre, y callada;
Ven como si
mujer y enamorada
De mi amoroso afán cómplice
fueras.
Otros de tus visiones y quimeras
Huyan la acometida o la emboscada,
O te llamen con voz
desesperada
Para que pronto y sin piedad les hieras.
Yo,
que ni juzgo bien el bien presente
Ni llevo el corazón
hecho pedazos,
Bajo en paz de la vida la pendiente,
Y
espero en Dios que al desatar sus lazos,
Tú, cariñosa,
besarás mi frente,
Y yo, feliz, me dormiré
en tus brazos.
Así,
hasta, la incontrastable acción del que todo lo consume
y la amenaza del aniquilamiento, es decir, los dos agobios
que más apesadumbran al hombre, prestan a su alma
de poeta cierta placidez consoladora donde se confunden,
como aguas de origen diverso, el estoicismo pagano y la resignación
cristiana.
Aun teniendo en
cuenta las cualidades apuntadas, lo que da realmente valor
a las obras de Manuel del Palacio es su forma.
Versifica
con gran facilidad, sin revelar jamás el esfuerzo
mental que despoja de frescura a la poesía, dándole
el carácter de lo premiosa y trabajosamente engendrado:
tiene oído delicadísimo, que así le
sirve para evitar defectos de fonética como para dar
a los versos amplia y robusta sonoridad; somete los pensamientos
a la varia estructura de los metros, dejándoles íntegra
toda la lucidez con que acertó a concebirlos, y, finalmente,
los realza expresándolos con una sobriedad admirable
que les infunde tanta robustez como elegancia.
Lo
que verdaderamente le distingue de otros poetas que han tenido
mayor caudal de ideas es el arte sobrio, preciso y claro
con que dice, en forma a veces irreprochable, no sólo
sus pensamientos propios, sino hasta los que son modesto
patrimonio del vulgo: es semejante a esos orfebres en cuyas
obras el buen gusto del dibujo y el primor de los engastes
tienen más importancia que el valor de las piedras
empleadas.
Su estilo es casi
siempre correcto, y sólo de tarde en tarde se le escapa
alguna voz impropia o inadecuada, error en que han incurrido,
aun los más excelsos poetas: construye muy bien y
pertenece a la raza de los escritores que con el horror instintivo
a lo defectuoso y el gusto depurado suplen lo que les falta
de profundos estudios gramaticales. Sin ser el suyo un vocabulario
de riqueza excepcional como, por ejemplo, el de Lope entre
los antiguos y el de Zorrilla entre los modernos, las palabras
le acuden en abundancia y con variedad extraordinaria, e
instintivamente las escoge y emplea con tal acierto que es
castizo, no a fuerza de rebuscar y desenterrar términos
y giros arcaicos, sino porque, amamantado en buenas lecturas
y muy respetuoso del idioma, cuanto dice queda, no sólo
bien construido, sino, además, dicho muy a la española;
así que hasta las ideas dulces, serenas y apacibles
adquieren en sus versos aquella grave entonación y
solemne armonía propias de nuestros clásicos.
No es, en fin, uno de los más grandes poetas que haya
producido España; pero tiene obras de indiscutible
belleza. El historiador de nuestra época literaria
que le olvide no será justo, y no estarán cabales
el florilegio ni la antología donde no figuren algunos
de sus preciosos sonetos, pues los tiene que, junto a los
mejores de Lope, Quevedo, los Argensolas, Herrera, Góngora
y Arguijo, no desmerecen en la comparación.
Manuel
del Palacio ingresó en la Academia Española
en 1890 y murió en 1906.
Hoy
que en la lírica española tienden a prevalecer,
de un lado, la imitación irreflexiva de lo arcaico
mal comprendido, y, de otro, el error de pedir a idiomas
extraños lo que el nuestro posee de sobra, los versos
de Manuel del Palacio pueden contribuir a depurar el gusto
de la juventud, persuadiéndola de que la lengua castellana
tiene elementos, medios y recursos para describir o pintar
con los más fieles colores cuanto abarcan los ojos,
y también para decir, matizar y aquilatar cuanto la
vida engendra y la razón concibe: sólo dudan
de su magnificencia la insensatez o la ignorancia; mientras
ella, como soberana espléndida y agradecida, todo
se lo concede a quien la ama respetuosamente, y aun le cubre
de gloria si sabe ponerla al servicio de la Verdad y de la
Belleza.
JACINTO OCTAVIO PICON.
Madrid,
enero de 1916.
En cada corazón hay una lira
Cuya voz nos aflige o nos encanta;
Cuando la pulsa el entusiasmo,
canta;
Cuando la hiere la maldad, suspira.
Ruge
al contacto de la vil mentira;
El choque de la duda la quebranta,
Y al soplo del amor y la fe santa,
Himnos entona, con que
al mundo admira.
Yo la mía probé,
y estoy contento:
¡Bendito tú, Señor, que
me la diste
Templada en la bondad y el sentimiento,
Y
las cuerdas en ella no pusiste
Del necio orgullo, del afán
violento,
Del odio ruin y de la envidia triste!
1884
Ya de mi amor la confesión sincera
Oyeron tus calladas celosías,
Y fue testigo de las
ansias mías
La luna, de los tristes compañera.
Tu nombre dice el ave placentera,
A quien
visito yo todos los días,
Y alegran mis soñadas
alegrías
El valle, el monte, la comarca entera.
Sólo tú mi secreto no conoces,
Por más que el alma, con latido ardiente,
Sin yo
quererlo, te lo diga a voces;
Y acaso
has de ignorarlo eternamente,
Como las ondas de la mar veloces
La ofrenda ignoran que les da la fuente.
1858.
Dentro de mí te escondes, enemiga,
Y mi aliento envenenas con tu aliento;
Tú conviertes
en pena mi contento
Y mi reposo cambias en fatiga.
Cual
madre que rencor tan sólo abriga,
Nutres mi corazón
de sentimiento;
Pero mi voluntad vence tu intento
Y tu
constancia mi dolor mitiga.
Cruel eres
conmigo, y yo te amo;
Soy de ti tan celoso, que quisiera
Del mundo a las miradas esconderte;
Cuando de mí
te ausentas, yo te llamo;
Sin ti mi vida el ocio consumiera,
Por ti pienso en la gloria y en la muerte.
1859.
Rico, noble, feliz, enamorado,
Pródigo de talento y de alegría,
Amigo caro
me llamaste un día,
Y placer y amistad hallé
a tu lado.
Del mundo por el piélago
agitado,
Los dos corrimos sin timón ni guía,
Sin esperar de la tormenta impía
Pesadumbre, ni
susto, ni cuidado.
Luego, en vez del amor
y la ventura,
Te dio el martirio su temida palma,
Siendo
el sepulcro fin a tu amargura.
¡Duerme
tranquilo en paz, cuerpo sin alma!
¡Dichoso aquel que encuentra
en el altura,
Tras la deshecha tempestad, la calma!
1860
En balde jurarás que me aborreces
Y que fue mi ilusión delirio vano;
Yo diré
que tu juicio no está sano.
O que a una infame cábala
obedeces.
¿Aborrecerme tú? Cuenta
las veces
Que tus cabellos destrenzó mi mano,
Las
que de amor en el altar profano
Juntos bebimos del placer
las heces.
Cuenta las noches que arrullé
tu sueño,
Las promesas que hiciste cada día,
De nuestro mutuo afán el loco empeño;
Y
si en odiarme insistes todavía,
Di que tu corazón
es muy pequeño
Para encerrar un alma cual la mía.
1860.
Heme lanzado en la fatal pendiente
Donde a extinguirse va la vida humana,
Viendo la ancianidad
en el mañana
Cuando aún la juventud está
presente.
No lloro las arrugas de mi frente
Ni me estremece la indiscreta cana;
Lloro los sueños
de mi edad lozana,
Lloro la fe que el corazón no
siente.
Me estremece pensar cómo
en un día
Trocóse el bien querido en humo
vano
Y el alentado espíritu en cobarde:
¡Maldita
edad, razonadora y fría,
En que para morir aún
es temprano
Y para ser dichoso acaso es tarde!
1862.
¡Cuán triste debe ser y cuán
amargo
Vivir en este sucio asilo estrecho,
Sintiendo
sin cesar, dentro del pecho,
De la airada conciencia el
justo cargo!
¡Cuántas horas de
angustia y de letargo
Ofrecerá al culpable el duro
lecho,
Y cuántas ¡ay!, en lágrimas deshecho,
De su existencia el fin hallará largo!
Pero
a mí, ¿qué me importa tu tristeza?
Como en
almohada de caliente pluma
Reclino en tu tarima mi cabeza:
La culpa, no el castigo, es lo que abruma,
Y rompe mi virtud toda vileza,
Como el alto bajel rompe
la espuma.
Cárcel del Saladero, Mayo 1867.
Odio, miseria, estupidez, codicia,
Pusieron el puñal entre tus manos,
Y por lavar tu
crimen los humanos,
Otro cometen, que tu juez inicia.
«¡La
sangre pide sangre!», en su malicia
Gritan los que blasonan
de cristianos,
Y fuertes con el débil y tiranos,
Muerte le dan con bárbara delicia.
¡Tú
al patíbulo vas! Cortejo impío
Sigue tus huellas
y a admirar se lanza
Ese cuadro patético y sombrío:
Reo, ¡valor, dulzura y esperanza!
Dios
perdona del hombre el desvarío
Y allí es justicia
lo que aquí venganza.
Ponce, 1868.
A mis amigos de Puerto Rico
Cual deja el ruiseñor la enamorada
Doncella de quien fue cautivo un día,
Trocando por
el valle en que vivía
Tiernos halagos y prisión
dorada,
Tal dejo yo vuestra amistad preciada,
Dulce consuelo de la pena mía,
Mi libertad buscando
y mi alegría,
Únicos bienes de mi edad cansada.
Pronto entre brumas, al perder el puerto,
Soñaré con el puerto suspirado,
De las iras
del mar término incierto.
¡Voy
a partir! Los que me habéis amado,
Recibid estas
lágrimas que vierto:
¡No tiene más que dar
el desterrado!
Puerto Rico, 1868.
Henchida el alma de mortal tristeza,
Penetro en ti, Necrópolis gigante,
Y de tu vasta
inmensidad delante
Inclino silencioso la cabeza.
De
tu desierto Foro la belleza,
De tus pinturas el matiz brillante,
Vivo me representan cada instante
Un pasado de gloria y
de grandeza.
Vi los escombros de Numancia
un día,
De Itálica y Sagunto el polvo vago,
Que el viento arrastra en la extensión vacía;
Doquier de la fortuna vi lo aciago;
Pero
jamás soñó la mente mía
¡Ni
tanta soledad ni tanto estrago!
Nápoles, 1869.
Por la fuerza del genio concebida,
En un delirio de placer creada,
Eres la imagen del amor
soñada,
Que a la ventura celestial convida.
Nada
te falta para ser querida;
Hermosura, candor, juventud,
nada;
¡Ay, quién al mármol de que estás
formada
Llevar pudiera el fuego de la vida!
Más
de una vez, cuando al pasar te veo
Del pedestal queriendo
desprenderte,
Buscando a tu belleza digno empleo,
Cautiva
entre mis brazos sueño verte;
¡Aberración
sublime del deseo,
Que va a estrellarse en la materia inerte!
1869.
Solo en la arena estoy; ¡a mí
lictores!
Augusto Emperador, te desafío:
El
Dios de los cristianos es el mío,
Y tu poder desprecio
y tus furores.
Cérquenme ya los
tigres bramadores,
Que quiero en ellos ensayar mi brío,
Y una vez más el holocausto impío
Ofrece
en el altar de tus errores...
Aún
en la arena estoy; reposo mudo,
Fatídico silencio,
quietud santa,
Indecible terror hallo do quiera;
Nadie
responde a mi lenguaje rudo:
¡Sólo una cruz al cielo
se levanta,
Donde la luna inmóvil reverbera!
Roma,
1869.
Placeres, gloria, juventud, poesía,
Sueños del corazón enamorado,
A través
de las brumas del pasado
Aún os evoca la memoria
mía.
Cual eco de lejana melodía
Regocijáis mi espíritu apenado,
Y a vuestro
aliento dulce y regalado
Reviven mi ambición y mi
alegría.
Pájaro soy do quiera
peregrino
Que, preso en tosca malla o red de seda.,
A cantar
y sufrir al mundo vino:
El anhelo del
bien sólo me queda,
¡Y acaso nunca fijará
el destino
De mi fortuna la inconstante rueda!
1869.
Eran ayer hermanos: de la ciencia
Los dos propagadores se llamaban,
Y la industria y el arte
cultivaban
Felices en la paz y la opulencia.
Un
hombre, en hora de fatal demencia,
Irritó sus pasiones
que callaban,
Y hoy con mares de sangre quizá lavan
El impuro borrón de su conciencia.
¡Madres!
Mañana, al despuntar la aurora,
No busquéis
del hogar en los confines
Al que vuestras venturas atesora.
¿El eco no escucháis de los clarines?
¡Tras ellos va la furia asoladora
De esta maldita raza
de Caínes!
Madrid, 1870.
Como van hacia el mar precipitadas
Las aguas del torrente rumorosas,
Atropellando las humildes
rosas
Que a su cauce crecieron asomadas,
Así
mi corazón y mis miradas
Fueron, amante aquél
y éstas ansiosas,
Al mar que les copiaron engañosas
Tus pupilas profundas y rasgadas.
Hoy,
bebiendo en sus olas la amargura,
Por sus fieras corrientes
absorbida
Navega el alma en la tiniebla oscura,
Sin
que le den consuelo en su caída
La inocencia, la
paz y la ventura
Que atropelló el torrente de mi
vida.
1874.
De las amargas olas de tu llanto
Nacieron las espumas de tu risa,
Y hoy no distingue el
ánima indecisa
Lo que es en ti gemido y lo que es
canto.
Ya del austero Bruto con el manto,
Ya de Marcial siguiendo la divisa,
Del tiempo, que de ti
se aleja aprisa,
Eres admiración, gloria y encanto.
Bajo los dardos de tu ingenio agudos,
El vicio y la maldad doblan las frentes,
Hay jueces sordos
y tiranos mudos,
Que tal fue tu misión
entre las gentes:
Ir por la tierra con los pies desnudos,
Aplastando cabezas de serpientes.
1875.
Ingenio y corazón, pluma y espada,
Tuvo y usó con arte y bizarría,
Sin que ni
adversidad ni tiranía
Hiciesen mella en su conciencia
honrada.
Alma en el yunque del dolor forjada,
Rebelde a la vulgar hipocresía,
Para vencer y combatir
tenía,
Cuando el acero no, la carcajada.
Si
de Momo el disfraz hay quien le viste,
Nadie niega la gala
y el encanto
Que en sus obras magníficas subsiste,
Ignorándose aún, con saber
tanto,
Si era su llanto manantial del chiste,
O era su
chiste manantial del llanto.
1904.
¡Máquina miserable y quebradiza
Esta que adora la miseria humana!
Bronce y hierro parece
a la mañana,
Y es a la tarde escorias y ceniza.
Cuando la juventud la vigoriza
De realizar
milagros corre ufana;
Luego, el choque menor la desengrana
Y el aire más sutil la paraliza.
¡Cuerpo,
vencido estás! ¡Gratos antojos,
Placeres, apetitos,
devaneos,
Morded de la materia los cerrojos,
Y
olvidando victorias y trofeos,
Quede sólo en el alma
y en los ojos
La semilla inmortal de los deseos!
Madrid,
1876.
Huye la tarde; a su fulgor incierto,
Suelta la rienda sobre el pecho herido,
Cruzando va un
corcel solo y perdido
El campo de batalla, ya desierto.
De sangre y lodo y de sudor cubierto,
Con ojo audaz y con atento oído,
Al césped
interroga, en que el gemido
Oyó hace poco del soldado
muerto.
Allí se para; al aire dilatando
La entreabierta nariz, el aire aspira:
Llegan los cuervos
al festín nefando,
Apaga el sol
su funeraria pira,
Mueve la hierba el bruto resoplando,
Lame la frente al paladín, ¡y expira!
1876.
Sola en el templo la encontré;
rezaba,
Y yo, apoyado en el macizo muro,
De aquel contorno
majestuoso y puro,
La severa belleza contemplaba.
Detrás
del manto que su faz velaba
Vi de sus ojos relucir lo oscuro;
Alzóse al fin, y con andar seguro,
En la sombra
se hundió que nos cercaba.
¿Quién
era? No lo supe; astro divino,
Del cielo del amor fúlgida
estrella,
Presidió muchos años mi destino.
Y aún al recuerdo de su imagen
bella,
Siempre que hallo una vieja en mi camino,
Se me
ocurre exclamar: «¡Si será ella!»
1877.
«¡Tuya o de Dios!», con infantil denuedo,
De hito en hito, mirándome decía:
«¡Mía,
prenda del alma, siempre mía!»,
Le contestaba yo,
casi con miedo.
El viento que murmura
triste y ledo
De su voz me repite la armonía;
Ella
ya no está aquí, Dios la quería
Y ni
llorar su desventura puedo.
Viva, del
tiempo la inflexible mano
Desvanecido hubiera poco a poco
Aquel amor, que guardo en mi memoria;
Muerta,
la tierra me la oculta en vano,
Y aun con mis labios trémulos
la toco,
Cuando penetro en sueños en la gloria.
1877.
Por civiles contiendas extenuada,
Rota en pedazos en aciago día,
Heredaste con pobre
monarquía,
No ya un cetro real, sino una espada.
En cien y cien combates fulminada,
Sirviendo
al bueno de estandarte y guía,
Pronto la noble Italia
que dormía
Pudo alzarse otra vez regenerada.
Hoy
que cumplida ya tu obra gloriosa
Es fuerza que tu ser se
restituya
Al polvo de que nace toda cosa,
¡No
ternas que ninguno la destruya!
¡Ten fe en tu creación
y en paz reposa!
¡Has muerto en Roma! ¡César! ¡Roma
es tuya!
1878.
Del arte joya y del poder emblema,
Monumento no vi que te aventaje,
Que escrito está
en tus pórticos de encaje
De las humanas glorias
el poema.
Ejemplo insigne de piedad suprema,
Impones a las almas vasallaje,
Y muere aquí del
mundo el oleaje
Y callan el rencor y el anatema.
¡Ay!,
cuando por tu claustro silencioso
La planta muevo al declinar
el día,
Y en el pasado me sepulto ansioso,
Más
que con los laureles de Pavía,
Sueño con la
ventura y el reposo
Del humilde cartujo que me guía.
Milán, 1879.
Al señor don Antonio Cánovas del Castillo,
en cuya compañía visité estos lugares
Campos hoy yermos y montaña escueta,
Ayer feraz llanura y bosque umbrío,
A cuya sombra
en dulce desvarío
De Laura el nombre eternizó
el poeta.
En vano el valladar que lo sujeta
Sigue rompiendo despeñado el río,
Y el torreón
feudal, roto y vacío,
Yace en el polvo, cual vencido
atleta.
Nada del sueño aquel quedó
presente:
La hiedra trepadora el muro viste
Y murmura el
arroyo indiferente.
¡Ay! De la vida en
el otoño triste,
¿Qué es el amor? Imagen de
esa fuente:
El agua pasa; el manantial subsiste.
Avignon,
1870.
De la Asiria monarca omnipotente,
Creyó del mundo antiguo ser el dueño,
Y por
lograr su temerario empeño,
«¡No soy Rey, que soy
Dios!», gritó demente.
«¡Oh polvo
que animé!-dijo doliente
El gran Jehová, mirándole
con ceño-.
Pues más que humano te juzgaste
en sueño,
Menos que humano te hallará la gente.»
El regio manto que en sus hombros pesa
Cayó, dejando ver la piel oscura,
Donde el áspero
vello hizo su presa;
Inclinó la
cerviz con amargura,
Y mordiendo, al pasar, la hierba espesa,
Bramando se alejó por la llanura.
1879.
¡Dos cielos a la vez! Uno en la altura
Que el Eiger y el Jungfrau visten de nieve;
Otro sobre
el cristal que apenas mueve
La brisa que en los álamos
murmura.
Del recio torreón la mole
oscura
Que de los siglos a triunfar se atreve,
Y el Alpe
allí, donde se forja aleve
La tempestad que asorda
la llanura.
Más cerca, dominando
el valle ameno,
Cerrado espacio en que el mortal reposa,
De luz, y flores, y cipreses lleno...
Región
no existe como tú dichosa:
Para soñar ¡qué
lago tan sereno!
Para dormir ¡qué tumba tan hermosa!
Interlaken, 1870.
Nadie te niega el título de hermosa,
Pero el amor se aparta de tu lado,
Temiendo que la sombra
del pecado
Pueda manchar tu frente pudorosa.
En
ti se estrella la calumnia odiosa
De amiga infiel o de galán
burlado;
No pareces de carne: Dios te ha dado
La majestad
sagrada de una diosa.
Siempre serena y
arrogante y fría,
Cualquiera, al verte descender
del coche,
De Penélope imagen te creería;
Y más siendo verdad, y no reproche,
Que la virtud que tejes por el día,
Vuelves a destejerla
por la noche.
1880.
A Dios debí la voluntad que crea,
Y fuerte con su apoyo soberano,
Ni siervo he sido de ningún
tirano,
Ni soy eunuco de ninguna idea.
Cuanto
mi corazón ama y desea
Defiendo con la mente y con
la mano,
Y ni mi fe se rinde ante el arcano
Ni ante el
absurdo mi razón flaquea.
Nunca
de la social hipocresía
Cómplice fuí,
ni de lisonja vana
El humo ennegreció mi fantasía;
La multitud por ídolos se afana,
Yo desprecio los ídolos del día,
Que nacen
hoy para morir mañana.
1880.
-Muy profunda es la fosa, buen amigo:
¿Quién es el muerto que en su fondo advierto?
-Es
un muerto, señor, y no es un muerto.
-¿Será
muerta?
-Fue de nuestra nación
genio y castigo,
Escollo fácil en difícil
puerto...
-Y ¿cuál era su nombre?
Dame la pala, y tu labor prosigo.
-¡Os
cansaréis en balde, mal pecado!
Por curtido que estéis
en tales lizas,
Muerta es, señor, que os dejará
asombrado.
-¿Por qué, pues, su
cadáver no haces trizas?
-Soy la Piedad, y cuando
le he enterrado,
Le ayudo a renacer de sus cenizas.
1881.
A varios escritores portugueses enemigos de España
Sordo rumor el Tajo nos envía,
Que la injusticia y el error pregona,
Y quien de noble
y de cortés blasona,
De lo errado y lo injusto se
desvía.
¿Quién da campo
a tan loca fantasía?
¿Qué plan la engendra,
qué temor le abona,
Hoy que de las conquistas la
corona
Quema la sien a que se ciñe un día?
De hermanos cariñosos pruebas dimos,
Y, sin ver si ganamos o perdemos,
Fraternidad y amor sólo
pedimos.
Ni señores ni esclavos
pretendemos:
Señores, porque nunca los quisimos,
Y esclavos, porque ya no los queremos.
1882.
En la muerte de un amigo de la juventud
¡Él también! ¡Cómo
pasan, y qué aprisa,
Los que vimos ayer a nuestro
lado,
Ricos de ingenio, de ánimo esforzado,
Siempre
al amor propicios y a la risa!
Lodo que
amasa el llanto sólo pisa
Quien, de la edad al término
llegado,
Siente que a cada instante un ser amado
Con el
ejemplo de su fin le avisa.
¡Ay! Para
el alma que lo incierto espera
Y al ver la oscuridad gime
y se asombra,
¡Qué dichosa estación otoño
fuera,
Si al suelo no arrojase por alfombra
Todo lo que en la verde primavera
Nos dio perfumes y frescura
y sombra!
Madrid, 1882.
A cierta dama que, sin conocerme, me pidió versos
Si acaso un trovador habéis soñado,
Blando, sentimental y zalamero,
La capa recogida en el
acero
Y a la cintura el bandolín dorado,
Ese
tal no soy yo; vate cansado,
A quien el mismo abril parece
enero,
Canto ya con permiso del casero
Y dejo estar las
flores en el prado.
Si alguna vez al cielo
me remonto,
Nunca de mis esfuerzos hago alarde,
Prefiriendo
ser tímido a ser tonto;
Y con esto,
señora, Dios os guarde,
Que, o yo me he muerto demasiado
pronto,
¡O vos nacisteis demasiado tarde!
1883.
Secas las fauces y la planta herida,
Del sol de julio al resplandor ardiente,
Llegué
a la oculta y apacible fuente
Donde alguno escribió:
«Bebe y olvida.»
«¡Yo te bendigo, manantial
de vida!»
Dije, inclinando el cuerpo, a la corriente;
Pero,
a través del agua transparente,
Viendo tu sombra,
me alejé en seguida.
Si beber y
olvidar era preciso,
Entre morir de sed o de quebranto,
Elegir lo más dulce el alma quiso,
Pues
antes que el recuerdo de tu encanto,
Diera yo la porción
de paraíso
Ganada con mi afán y con mi llanto.
1883.
Culto rindiendo a la social mentira,
Me invitas a reír, mas no me engañas;
Yo
sé que está quemando tus entrañas
La
túnica fatal de Deyanira.
En vano
te sostiene y aun te inspira
La fe que logra transportar
montañas;
Curarte no consigues, y te dañas
Vestal queriendo ser de muerta pira.
¡Cuán
tristes tus veladas y tu sueño!
¡Sentir eternamente
la cadena,
Y nunca los halagos de tu dueño!
¡Ver
envidiosa la ventura ajena,
Y de un primer amor puro y risueño,
Vagar perdida en la región serena!
1883.
Suena el clarín; la multitud
se agita;
Ya está en el circo la asombrada fiera;
Impávido el jinete que la espera
Su atención
y su enojo solicita.
«Menos vara, morral
-un chusco grita:-
¿Se ha enamorado usted de la barrera?»
El hombre avanza, y rápida y certera
A su encuentro
la res se precipita.
Como roca del monte
desgajada,
Rueda el jinete, y ebria de furores
Cébase
en él la fiera ensangrentada;
Mientras,
ahogando el ¡ay! de sus dolores;
La imbécil muchedumbre
entusiasmada
Repite: «¡Picadores! ¡Picadores!»
1883.
¡No compares al suyo mi suplicio!
Estar cerca de ti, y a todas horas;
Ver copiada en tus
líneas seductoras
La imagen que en mis sueños
acaricio;
Sentir cómo trabajan
alma y juicio,
Inquietudes rebeldes o traidoras,
Llorar
si ríes, y callar si lloras...
¿Cabe más doloroso
sacrificio?
Del lago encadenado a la ribera
Tántalo, a quien la fiebre consumía,
Miraba
el agua que beber quisiera
Y de sus labios
trémulos huía...
Tú, manantial de amor,
no huyes siquiera,
¡Y está en tu fondo la ventura
mía!
1883.
«Voto a Dios que me espanta esta grandeza
Y que diera un doblón por describilla...»
Pero otra
más humana maravilla
Me atrae con su encanto y su
belleza.
¿Cómo no, si es mujer,
y humilde reza
Clavada sobre el mármol la rodilla,
Y en el lloro que inunda su mejilla
Del desamor se pinta
la tristeza?
Ángel de blanca luz
o ángel caído,
Para llegar a ti tus alas dame
O el antro alumbra donde te has hundido;
Que
quien tus gracias mire y no las ame
Podrá ser necio;
quien te dio al olvido
Después de profanarlas, es
infame.
1883.
La noche está serena, Margarita;
Susurra el viento en el jardín florido;
Oculto entre
las ramas cuelga el nido
En que de amor la tórtola
palpita.
¡Con qué deleite a la
callada cita
Vendrá aquel entre todos preferido,
Y cuán alegre sonará al oído
La dulce
frase en la memoria escrita!
¡Amor, sublime
amor! Aunque en tus aras
Dejé mi corazón pobre
y exhausto,
Y en triste soledad me desamparas,
Aún
te diera mi vida en holocausto,
Si del buen Mefistófeles
lograras
Que me comprase el alma, como a Fausto.
1885.
Nave de mi existencia, ¡diste fondo!
¡Y cuán desnuda miro y cuán brumosa
La playa
de los sueños venturosa
Donde quiebra sus iras el
mar hondo!
¡Con qué valor, virando
por redondo,
Embestimos la espuma procelosa,
Y hoy, a la
voz del riesgo que te acosa,
Con qué voces tan tímidas
respondo!
No como ayer cargada de ilusiones
Del puerto te despides altanera,
Que te cerraron ya los
aquilones;
Crece la sombra y el naufragio
espera;
¡Quién sabe si serán estas canciones
El último saludo a la bandera!
1892.
Existe, como Dios, en todas partes,
Adulado del mismo a quien ofende;
Juzga de todo, aunque
de nada entiende,
Ciencia, virtud, progreso, industria y
artes.
Por más que de su atmósfera
te apartes,
Te envolverá en su red si lo pretende;
No aplaude al sabio, pero admite al duende;
Niega la fe,
pero le asusta el martes.
Rémora
de la humana inteligencia,
Cuando ídolos no forja,
los desgasta,
Ya por estupidez, ya por demencia;
Tuvo
siglos atrás muy buena pasta;
Hoy, uniendo la astucia
a la violencia,
Víbora muerde y elefante aplasta.
1894.
En la inauguración de su estatua
Túnez le vio conquistador osado,
De laureles cubriendo sus banderas,
Y en Malta y el Peñón
y las Terceras,
Ejemplo fue del prócer y el soldado.
Al ambicioso turco no domado
Terror dieron
sus ínclitas galeras,
Y aún le cantan endechas
lastimeras
Las olas del Corinthio ensangrentado.
Ya
que, aunque tarde, para honrar su gloria
Turbamos el reposo
de la muerte,
Viva desde hoy eterna su memoria.
Pero
en justo tributo al varón fuerte,
Comparando a la
suya nuestra historia,
¡Roguemos al Señor que no
despierte!
1894.
¡Ya no existes, buen dios! Cayó
en el cieno
Tu corona de pámpanos y flores,
Y gimen de la Arcadia los pastores
Al recordar las gracias
de Sileno.
No alegran como ayer el prado
ameno
De sátiros y ninfas los amores,
Ni se agrupan
en juegos seductores,
Alta la copa y descubierto el seno.
Hoy del arte borrando los caminos,
Trueca
la industria en filtros las bebidas,
Y ofrece, en vez de
coros peregrinos,
Hordas por el alcohol
embrutecidas,
Donde recluta el crimen asesinos,
La fiebre
locos y el amor suicidas.
1894.
Velada como el sol está mí
mente,
Y aún rompiendo al pasar la bruma espesa,
Surgen para mi encanto y mi sorpresa
Relámpagos
de luz viva y ardiente.
Vago perfil de
virgen inocente,
De no cumplido afán vaga promesa,
Voz ya apagada y en el alma impresa,
Todo me inclina a
cuanto lloro ausente.
¡Mujeres! ¡Las amé
desde la cuna!
Por ellas preso en invisibles lazos,
Tuve
en poco la gloria y la fortuna.
¡Joven,
mi corazón les di en pedazos;
Viejo, me halaga recordar
que alguna
Cumplió los diez y nueve entre mis brazos!
1894.
Pasar he visto en raudo torbellino,
De mi existencia en el reloj gastado,
Las dulces horas
del amor soñado,
Del noble afán y del placer
dañino.
Tras ellas fueron, por
igual camino,
Las del estudio inútil o cansado,
De la ambición, del ocio y del pecado,
Del gran aliento
y del vivir mezquino.
La juventud pasó
con su alegría;
La libertad, con su delirio loco;
La esperanza del bien que perseguía
Con
el recuerdo que al soñar evoco;
La hora del entusiasmo
y la poesía,
Ni pasó aún ni pasará
tampoco.
1894.
O Beatrice, dolce guida e cara
Humano ser, o ensueño de poeta,
Deidad te juzga el mundo bienhechora,
Y todo el que de
amor las ansías llora,
Tu nombre aclama y tu poder
respeta.
Del tiempo a los azares no sujeta,
Mejor que te destruye te avalora,
Y reflejo es en ti de
eterna aurora
Lo que cerrada noche en el planeta.
¿Triunfaste
por un genio del olvido?
¿Le das tu luz, o de su luz te
vistes?
¿Te amó despierto, o te forjó dormido?
Bello fantasma de las horas tristes,
Dudará la razón si has existido;
El alma,
que te ve, sabe que existes.
1894.
¡Por ti he vuelto a vivir! Cuando creía
Del amor y la fe tumba mi pecho,
A tu amor ideal lo encuentro
estrecho,
Pues lo llena tu imagen noche y día.
No
sé si mi cariño me extravía,
No sé
si para amar tengo derecho;
Sé que estoy con mirarte
satisfecho,
Y sólo en sueños te supongo mía.
Avaro de ese bien, deja le guarde
Con
toda la pureza que atesora,
Ya que para ladrón nací
cobarde.
Baste a mi dicha la que siento
ahora
Al verme entre las brumas de la tarde,
Gozando las
caricias de la aurora.
Sin rumbo ya, desarbolada y rota,
Vas, pobre nave, al ignorado puerto,
Perdida en ese piélago
desierto
Que parece gemir cuando te azota.
Aún
por escarnio entre tus vergas flota,
Del antiguo poder símbolo
cierto,
El pabellón en que se envuelve al muerto,
Y hace menos amarga la derrota.
Le conozco
muy bien; ¡bendito sea!,
Pues, soñando en sus glorias,
todavía
Mi corazón se anima y se recrea.
Cubra mi cuerpo en el tremendo día,
Y a la vez que de escudo en la pelea,
Sirva a los buenos
de esperanza y guía.
1902.
Roto el sudario de la noche fría,
Refugio de las almas sin ventura,
Alegrando a la par monte
y llanura,
En su corcel de fuego llega el día.
Con
él vienen color, luz, armonía,
Balsámicos
aromas, aura pura,
Todo lo que florece en la natura
Y Dios,
benigno siempre, nos envía.
¡Sol!
No en vano el mortal padre te nombra:
Cuanto de ti se nutre
y por ti alienta,
De tu grandeza y tu poder se asombra.
¡Qué triste nuestra vida turbulenta
Sin el consuelo de buscar la sombra
O de arrimarse al sol
que más calienta!
¿Que yo te abrí los ojos?...
¡Embustera!
Si para la mujer que en veinte frisa
Es
una niña cándida Artemisa
Y Merlín
un bebé con chichonera.
¡Que el
alma me entregaste toda entera,
Respondiendo a mi afán
con tu sonrisa!
¡Que como esclava dócil y sumisa
Tu voluntad a mis antojos era!...
¡Así
escribe el amor sus desengaños!
Primero ingratitud,
después olvido,
Graves injurias tras supuestos daños...
Y aunque fuera verdad (que no lo ha sido),
Desdenes, odios, cábalas, amaños,
¿De quién,
sino de ti, los he aprendido?
Hierve la sangre en las hinchadas venas,
Fuego brotar parecen las mejillas,
Se doblan hacía
el suelo las rodillas
Y el hombre más audaz respira
apenas.
Rompiera, a hallarse preso, sus
cadenas,
Y de valor hiciera maravillas;
Pero siente en
el cuerpo unas cosquillas
Que vértigo le dan y angustia
y penas.
Arroja espuma su entreabierta
boca,
Retuércese en las sienes el cabello,
Todo
le hiela y todo le sofoca;
Su bronco respirar
es ya resuello...
Rompe al fin la erupción, y sólo
toca
Un grano en la nariz y otro en el cuello.
1865.
Pasó ya la estación de
los amores
Y la edad de los sueños placentera;
Pasó la deliciosa primavera,
Y con ella los frutos
y las flores.
Pasarán de la suerte
los favores
Y de la vida la gentil quimera,
Como pasan,
cruzando por la esfera,
Relámpagos de fuego brilladores.
También pasaron los instantes puros
En que el alma a sus dichas no halló tasa,
Ni vio
para su afán diques ni muros;
Todo,
al cabo, pasó; sólo no pasa
Una moneda falsa
de dos duros
Que tengo hace tres meses en mi casa.
1866.
Haces bien en decir, Lesbia querida,
Que para mí son leyes tus antojos,
Pues por una
mirada de tus ojos
Satisfecho y feliz diera mi vida.
Pide
a mi amor sin tregua y sin medida
Sacrificios, placer, dicha
y enojos;
Pide que torne en flores los abrojos
Y en pavesas
la nieve derretida.
Pídeme que
te cante como Homero,
Que ruja como hirviente catarata,
Que llore entre cadenas prisionero:
Pídeme,
Lesbia, mi ilusión más grata;
Mas no me pidas
ropa ni dinero,
Porque estoy más perdido que una
rata.
1867.
Coger sin sospecharlo un hierro ardiendo,
Estrenar unas botas apretadas,
Reñir con un inglés
a bofetadas,
Andar uno o dos años pretendiendo.
Hallarse frente a frente de un berrendo
Sin sentir en la hierba sus pisadas,
Tener cuatro carreras
acabadas
Y no poder vivir sino pidiendo.
Pasar
entre beatos por hereje,
Amar la libertad y ser soldado,
Y tener por rival quien nos protege,
Disgustos
son que al hombre dan enfado;
Mas ¿qué disgusto habrá
que se asemeje
Al disgusto de amar sin ser amado?
1867.
Ayer, cuando la aurora amanecía,
Me salí por la Cuesta de la Vega,
Y al arenal que
Manzanares riega
Fuí buscando deleite y poesía.
En sus riberas plácidas dormía
La hermosa Tisbe, que de amores ciega,
Por su galán
Alfinto no sosiega,
A quien vio en el cuartel de artillería.
Sola estaba la pobre, y descuidada,
Ver
me dejó bajo su manta rota
Un pie, más que
el mayor una pulgada.
Alzóse en
esto; se apretó la bota,
Y a los cielos lanzando
una mirada,
Soltó la manta y se quedó en pelota.
1867.
Hay en el valle que mi Laura habita
Un rincón entre arbustos escondido,
Donde tienen
las tórtolas su nido
Y las auras se dan amante cita.
Levántase en su centro una casita,
Cuyo tejado, por el sol herido,
Brilla con el matiz de
oro bruñido,
Como torre de arábiga mezquita.
Cerca de esa mansión tan hechicera
Se abre en el bosque pabellón esbelto,
Vestido de
jazmín y enredadera.
Allí
fue donde, impávido y resuelto,
Pinté a Laura
mi afán de tal manera...
Que me dio un bofetón
de cuello vuelto.
1867.
¿No viste alguna vez del rayo herido
Desprenderse y rodar cedro gigante,
Llenando de terror
al caminante
Entre los bosques al azar perdido?
¿Viste
cómo la tórtola en su nido
Llora la ausencia
de su triste amante,
Y cómo el sol derrite en un
instante
El alud de la sierra desprendido?
¿Viste,
por fin, en el tranquilo cielo,
Extenderse las nubes poco
a poco,
Y de sombras y horror cubrir el suelo?
¿Viste
el arbusto que produce el coco?
Pues cesa ya tu afán
y tu desvelo,
Que si tú no lo viste, yo tampoco.
1867.
Murió no sé en qué
pueblo una señora,
Y siguiendo costumbre inveterada,
Inundóse de gente la morada,
Amigos de illo tempore,
o de ahora.
-¿Quién es, dijo un
galán, aquel que llora?
-El viudo de la joven malograda.
-¿Y esa mujer de luto?
-¿Y aquella del rincón?
-¿Y ése que de una mesa
en el testero
A cuantos entran «¿Cómo va?», pregunta?
-Debe ser el doctor, a lo que infiero.
-¿Y
aquél que está sentado a la otra punta?
-¿Cuál,
aquel que parece un majadero?
¡Fue la debilidad de la difunta!
Madrid, 1868.
-No existe la virtud, Dios es un mito,
Humo la gloria y el amor quimera;
El que otra vida tras
la muerte espera,
No tiene más cabeza que un chorlito.
Ora practique el bien, ora el delito,
La fortuna del hombre no se altera,
Pues al mirar la luz
por vez primera,
Ver puede en ella su destino escrito.
Todo es mentira en la existencia humana,
Y aquel que busca el goce eternamente,
Sólo ve del
placer la sombra vana.-
Así de
Atenas a la pobre gente
Dijo el gran Epicuro una mañana...
Y se marchó a tomar el aguardiente.
1868.
Ver de lejos la dicha, codiciarla,
Darle caza por fin y poseerla;
No vivir con el miedo de
perderla,
Morirse con el ansia de gozarla.
Dar
cuerpo a una ilusión, acariciarla,
Y un instante
después aborrecerla;
Luchar con la desgracia y no
vencerla,
Sentir perpetua sed y no apagarla.
Llamarse
racional, y a veces serlo,
Y a menudo también serlo
y sentirlo
Huyendo la ocasión de parecerlo.
Comer
partidas y aguantar el mirlo:
Eso hacemos los hombres sin
saberlo
Y eso hacen las mujeres sin decirlo.
1868.
Mezcla en un vaso de cristal de roca,
Y, a ser posible, de oro y pedrería,
Tres dracmas
de placer, dos de poesía
Y cuatro o cinco de soberbia
loca.
Del horno del amor ponle a la boca,
Y cuando no haya hervido todavía,
Añádele
onza y media de alegría
Y seis gotitas de café
de Moka.
Si advirtieras que forma mucha
espuma,
En un trozo de blonda catalana
Colarlo debes con
presteza suma.
Déjalo reposar por
la mañana,
Y removido bien con una pluma,
Ya lo
puedes tirar por la ventana.
1870.
Tu carta recibí, sabe Dios cuándo,
Y a entenderla llegué, sabe Dios cómo;
Me
has dado un palizón de tomo y lomo,
De esos que al
más cerril dejan temblando.
¡Cuánto
lo habrás venido meditando!
¡Qué estudiar
en un tomo y otro tomo!
¡Qué fino aquello de llamarme
romo,
Hipócrita, gandul y hasta nefando!
Sigue
por esa senda; luce el brío;
Procura que la ciencia
no te empache,
Y sángrala como se sangra un río.
¡No he de ser yo quien tus renglones tache;
Pero para otra vez, amigo mío,
No me escribas ipócrita sin hache!
1870.
Vamos, que no es un hombre como yo,
Ni una mujer siquiera como tú;
Es un mono vestido
de tisú,
Que trabaja imitando lo que vio.
De
un hombre sale un tigre, un gato no
(Aunque algunos conozco
que hacen fú),
Y desde Epaminondas a Mambrú,
Por algo nuestro sexo se afanó.
Tenerse
un cuarto de hora sobre un pie
Dices que es admirable; lo
será:
Ni tú ni yo lo hiciéramos, a
fe.
Pero si al cielo aspira y allí
va,
Ese aborto de grulla y chimpancé,
¿Qué
cuenta de su vida a Dios dará?
1872.
Si alguna vez de Trevi en la fontana,
O del risueño Pincio en la colina,
O en la terrible
cárcel Mamertina,
O en la soberbia iglesia Vaticana,
La patria de Quevedo y de Santana
Echas
de menos por servil rutina,
Y envidias a la pobre golondrina
Que se viene a posar en mi ventana,
No
te detenga mujeril decoro,
Troquemos de lugar y, lo confieso,
Renunciaré al garbanzo sin desdoro.
Una
grada de sol tendrás de exceso,
Y si la calma te
aburrió del Foro,
Te daré mi tarjeta del Congreso.
1873.
A un amigo que, pensando en casarse, me pidió mi
opinión respecto de las mujeres
Es la mujer prisión en que nacemos,
Y a que desde el nacer nos condenamos:
Unos por penitencia
la buscamos,
Otros por galardón la merecemos.
Abismo
en que los débiles caemos,
Puerto donde los fuertes
nos salvamos,
Ídolo que de tierra fabricamos
Y luego
en oro convertir queremos.
Ella del cielo
del amor es luna,
Inspira las letrillas y las odas,
Sirve
al capricho y manda en la fortuna.
¿Dices
que a ser del gremio te acomodas?
Piénsalo bien,
decídete por una...
Verás cómo después
te gustan todas.
1877.
Tíndaro duerme, pero sé
discreta,
Que Júpiter acecha tu decoro,
Y si
el amor de Europa le hizo toro,
Buscará para el tuyo
nueva treta.
Con el papel que guarda en
su gaveta
Puede resucitar la lluvia de oro,
Y yo te sueño
lejos de ese coro
Juguete vil del mamalón de Creta.
No del Eurotas la ribera umbría,
Contemple de la siesta en el descanso
Tu ebúrnea
espalda sobre la onda fría:
Y si
ves algún cisne en un remanso,
Desprecia en él
al Júpiter del día,
Fingido cisne y verdadero
ganso.
1883.
¡Es tu empeño ridículo,
camueso!
Yo pudiera admirarte y aun quererte,
Maldecirte
tal vez y aborrecerte;
Envidiarte..., ¡jamás!, no
doy en eso.
Aunque superes en fortuna
a Creso,
Aunque a Sansón iguales en lo fuerte,
Aunque
tu esclava juzgues a la suerte
Y halles siempre una boca
para un beso,
Benditas mi ansiedad y mi
zozobra,
Que prefiero a la dicha que te exalta
Y de un
acaso estúpido es la obra.
Sigue,
pues, sigue, y hasta el cielo asalta;
Cuanto los hombres
pueden dar, te sobra;
Pero, ¿quién te dará
lo que te falta?
1885.
Basta de expediciones en pollino
Y manejar el remo a lo forzado;
Basta de merendonas en
el prado,
Y venga el coche y la sopita en vino.
Si
plugo alguna vez a mi destino
Inspirarme afición
al despoblado,
Me cansan ya la choza y el ganado,
Y el
césped y el arroyo cristalino.
La
nave de mi afán viró de bordo,
Y hoy, con
tristeza, mis penantes dejo,
A mis memorias de ayer haciendo
el sordo,
Pues me dicen la sangre y el
espejo
Que para los idilios estoy gordo
Y para las zagalas
estoy viejo.
1894.
Al leer la sentencia de muerte de varios amigos políticos
¿Y qué? Por mucho que la inicua
saña
De la estúpida grey que nos desdora
Se atreva a discurrir, ¿podrá en mal hora
El crimen
cometer, baldón de España?
Antes
el mar que nuestras costas baña
Su sangre teñirá,
vil y traidora;
Antes el hierro que en su centro mora
Vomitará
en puñales la montaña.
Víctimas
pide el irritado cielo,
Mas no son las que el bando parricida
Prepara de su furia en el desvelo;
Cuando
un pueblo se apresta a nueva vida.
¿Sabéis qué
sangre le reclama el suelo?...
¡Del déspota la sangre
corrompida!
Madrid, 1866.
Víctima de sus vicios fue Sodoma,
Jerusalem de su impiedad insana,
De su ambición
Cartago la africana,
De su avaricia y su soberbia Roma.
Hoy por su propio peso se desploma
De
Pelayo la herencia soberana,
Y hecho pedazos rodará
mañana
El trono que de Dios su origen toma.
Y
nadie, de la edad en el misterio,
Buscará de esa
ruina las razones,
De fácil comprensión al
hombre serio:
Lo que sí ha de asombrar
a las naciones
Es cómo vivió siglos un imperio
Gobernado por monjas y bribones.
Madrid, 1868.
¡Celeste libertad! ¡Astro fecundo,
Que triste a veces su fulgor derrama,
Cuando al mirar su
luz trocada en llama,
Mejor destruye que ilumina el mundo!
Ya hundida del abismo en lo profundo,
Ya rica de poder, de gloria y fama,
Rival del hijo que
su madre aclama,
Aclamo yo tu imperio sin segundo.
Dentro
del corazón tu nombre leo;
Antes que ausente de mi
hogar te llore,
Antes que el hierro del esclavo muerda,
De mi existencia el fin hallar deseo:
¡Maldito aquel que hipócrita te adore!
¡Maldito
aquel que estúpido te pierda!
Madrid, 1873.
(imitación del portugués)
Pequé, Señor, mas no porque
he pecado
De vuestra alta clemencia me despido,
Que
cuanto más hubiere delinquido,
Os tengo a perdonar
más empeñado.
Si verme pecador
os ha indignado,
Cederéis al mirarme arrepentido:
La misma culpa con que os he ofendido
Os tiene a la indulgencia
preparado.
Cuando vuelve al redil de sus
amores
Una oveja perdida y recobrada,
En júbilo
se inundan los pastores;
Yo soy, Señor,
oveja descarriada;
Mirad, Pastor divino, mis dolores,
Y
recobradme al fin de la jornada.
1859.
Burlándose del piélago
bravío
Y de joyas magníficas cargado,
Con viento en popa y pabellón izado,
Vi romper las
espumas un navío.
No lejos de él,
inútil y vacío,
De cuatro tablas a lo más
formado,
Débil esquife contemplé, llevado
Por un remero sin vigor ni brío.
Súbito
ruge el huracán furioso,
Y en la costa el esquife,
ya a cubierto,
Mira estrellarse el buque poderoso:
Tal
es de la fortuna el fallo cierto;
El humilde se salva; el
orgulloso
Tan sólo por milagro gana el puerto.
1869.
De rojo y amarillo está partida;
Dice el rojo del pueblo la fiereza;
El amarillo copia la
riqueza
Con que su fértil suelo nos convida.
Plegada
alguna vez, jamás rendida,
Ningún borrón
consiente su pureza,
Y aun al mirarla doblan la cabeza
Los que a su sombra fiel hallan cabida.
Si
hoy, como en otra edad, al mundo entero
Leyes no dicta desde
polo a polo,
Ni el sol la manda su fulgor primero,
Cuando
con vil traición o torpe dolo
Pisarla intente audaz
el extranjero,
¡Teñida la veréis de un color
sólo!
1870.
Mira. Recién cavada está
la fosa,
Y sobre el mármol funeral caída
Una guirnalda de ciprés tejida,
Ofrenda de una mano
cariñosa.
Los negros caracteres
de la losa
Todo el secreto encierran de la vida;
Lee, y
de un alma para el bien nacida
Aprenderás la historia
dolorosa.
«Antemia soy; en Gnido tuve
cuna;
Esposa fuí de Eufrone, y dos gemelos
Le di
para su gloria y mi fortuna:
No faltarán
a su vejez consuelos,
Que uno le queda, de su noche luna,
Y otro en mis brazos se elevó a los cielos.»
1870.
EPISODIO
-¿Has oído, Joaquín? Del
mar y el viento,
Dominando
el rumor,
Me pareció escuchar hace un momento
El
grito de «¡Babor!»
¿Qué
será? De prudencia es el aviso,
Y
algo debe pasar:
Aún las Azores desde aquí
diviso;
¿Si
iremos a encallar?
Sereno el cielo
está; la mar desierta,
Los
astros copia fiel:
¿Qué significa la señal
de alerta
Que
dan al timonel?
¿Nada ves?-Del
Atlántico la alfombra,
Sin
principio ni fin...
-¡No! Yo distingo lejos una sombra...
Ya
sé lo que es, Joaquín.
Mira:
un bajel perdido y sin gobierno
Entre
las olas va;
La cólera lo empuja del Eterno:
¿Dónde
lo llevará?
En vano le
hace señas nuestra nave,
Truena
en vano el cañón:
Sólo el profundo
mar la historia sabe
De
su tripulación.
¿De qué
puerto de América o de Europa
Salió
el roto bajel?
¿Qué nombre escrito llevará
en la popa?
¿Cuántos
iban en él?
¿Será
tal vez la suya nuestra suerte?
¿Desecha
tempestad,
Combate inútil, ignorada muerte,
Silencio
y soledad?
Las doce son; acaso
en este instante
Alguno
piensa en mí,
Y -Dios tenga piedad del navegante-
Murmura
para sí.
Media noche,
Joaquín; pues no hay remedio,
Volvamos
al cajón;
La vista de esas olas me da tedio;
Huele
a panteón.
EPÍLOGO
A la mañana del siguiente día,
El
sol al despuntar,
Un cadáver flotando se veía
Sobre
el tranquilo mar.
Triste despojo
de la nave sola,
De
ella flotaba en pos;
¡Un momento después barrió
una ola
El
surco de los dos!
Hay un asilo en mi pecho
Que las
dudas no combaten,
Ni los placeres alegran,
Ni entristecen
los pesares;
Oscuro como una tumba,
Invisible, inexpugnable,
Ni en él penetran las risas
Ni de él se escapan
los ayes.
Dios y yo tenemos sólo
De ese sepulcro
la llave,
Sepulcro que es paraíso
Con apariencias
de cárcel,
Y Dios y yo solamente,
En señalados
instantes,
Vemos lo que allí se oculta,
O, mejor,
lo que allí yace.
Una mujer
no besada,
Una interrumpida frase,
La memoria de algún
sueño,
El suspiro de algún ángel,
Hojas de flores marchitas,
Ecos de dulces cantares,
Brisas,
estrellas, ardores,
Relámpagos, huracanes,
Todo
lo que el alma crea
Y en el alma se deshace,
Tiene allí
rumor y vida,
Cuerpo, sombra, espacio y aire;
Y flota en
un océano
Sin escollos ni oleaje,
Con la eternidad
por puerto
Y la esperanza por llave.
Cuando,
cansado o vencido,
El espíritu se abate;
Cuando
del pesar la nube
Lluvia de lágrimas trae;
Cuando el rencor o la envidia
O la adulación cobarde
Por amigo me pretenden
O me señalan por mártir;
Cuando el sol de mi ventura
Pienso que puede eclipsarse,
Del asilo de mi pecho,
Donde no penetra nadie,
Abro la
escondida puerta
Y en él me refugio amante,
Como
se refugia un niño
En los brazos de su madre.
1874.
-Dos almas en una sola
Nuestras
dos almas serán.-
Así me dijiste un día
En vísperas de marchar.
Ni te he visto desde entonces
Ni de ti supe jamás,
Ni pensando en nuestras almas
Puedo ya vivir en paz.
Si tú las dos te llevaste
Debes pasarlo muy mal;
Si sólo la tuya tienes,
La mía, ¿dónde estará?
1874.
Yo he visto del Océano
En
la inmensa soledad,
Dos islas que, siempre verdes,
Se reflejan
en el mar.
Un abismo las divide
Que las engendró
quizá;
Pero, a través de ese abismo,
Entre
ellas vienen y van
Los besos que lleva el aire
En su carrera
fugaz,
Y los cándidos efluvios
De su seno virginal.
Todo es común para entrambas:
La calma, la tempestad,
El sol, el viento, las olas,
La alegría y el pesar.
¡Ay!, esas islas remedan
En su
consorcio ideal,
De nuestros dos corazones
El desesperado
afán.
Semejante a su destino
Nuestro destino será:
Vernos siempre, amarnos siempre
Y no juntarnos jamás.
1874.
¡Si es sagrado, Señor, el juramento,
Apiádate
de mí!
Perjuro soy, y aguardo tu castigo
Doblada
la cerviz.
Juré amar a
una pérfida, y esclavo
Del
juramento fuí;
Luego juré olvidarla y ¡oh
flaqueza!
No
lo puedo cumplir.
1874.
No llores más; si siempre el
llanto ha sido
alivio
del que gime,
Por una sola gota el ofendido
Al
ofensor redime.
Un eterno combate
es nuestra vida:
Luchar
no te avergüence,
Que la gloriosa palma apetecida
No
es sólo del que vence.
¡Levántate,
mujer! Contempla el cielo
Y
tu dolor destierra.
¿Cuál será el ave que
remonte el vuelo
Sin
tocar a la tierra?
1874.
Muchos años han corrido,
Muchas memorias han muerto,
Y aún mi corazón
palpita
Cuando alguna vez la veo.
Ella indiferente pasa
Con el semblante sereno,
Como estatua que abandona
Su
pedestal un momento;
Y yo, bajando los ojos,
Callo, miro,
dudo y tiemblo,
Como esclavo fugitivo
Que tropieza con
su dueño.
1875.
Sentado ante la roja chimenea
Y
en las manos un libro,
He pasado la noche en que naciste
Y en que nací,
¡Díos pío!
Muchas
recuerdo de entusiasmo loco
Y
atronador bullicio,
En que el placer, la gloria y la esperanza
Llenaban mis sentidos.
Alguna pasé lejos y muy
triste
Cuando, pobre
proscrito,
Uní a la voz del viento y de las olas
Mi voz y mis suspiros.
Noches de gozo, de inquietud,
de duelo,
Por premio
o por castigo,
Os arrastró veloz en su carrera
Del
tiempo el torbellino.
¡Cuán
de ésta diferentes, en que sólo,
Del
hogar al abrigo,
He contado las horas junto al lecho
De
mis hermosos hijos!
Las caras
prendas de mi amor dormían,
Y
a su lado, encendidos,
Aún brillaban del tosco nacimiento
Los diminutos cirios.
Yo, suspendiendo a veces la lectura,
Me alzaba con sigilo,
Y al matar una luz les daba un beso,
Murmurando:
«¡Hijos míos!»
Cesaron
en la calle los rumores
De
cantos y de gritos,
Apagóse la roja chimenea
Y
me quedé dormido.
Otras
noches vendrán de más fortuna,
Que
incierto es el destino;
Pero ¡ay! yo no tendré ni
mayor dicha
Ni sueño
más tranquilo.
1875.
¡Nadie nos ve! Los hierros de tu reja
Me
servirán de escala;
En su crespón la noche
nos envuelve.
-¡Sí;
pero calla!
-Nadie nos oye; el
aire se ha quedado
Dormido
entre las ramas;
Todo es en derredor silencio y sombra.
-¡Sí;
pero calla!
-¡Juro, puestos mis
labios en tus labios,
Amarte
con el alma;
Juro ser tuyo como tú eres mía...
-¡Sí;
pero calla!
1876.
Lo dijiste y lo sentías:
Era ya imposible amarnos,
Y, ¿a qué andar con niñerías?
Recuerdo que, al separarnos,
Yo lloraba y tú reías.
Sintió mi pecho, al perderte,
Algo del sepulcro frío,
Y maldije de mi suerte:
Hoy, bien lo sabes, al verte,
Tú lloras y yo me río.
Demos por bien empleado
El llanto de
hoy y el de ayer,
Porque ¡ay!, a habernos amado,
¡Cuánto
hubiéramos llorado
Los dos a un tiempo, mujer!
1876.
Húmedos están los campos,
Húmedo el aire también,
Húmedos tus
ojos negros,
Donde un tiempo me miré.
La neblina
de la tarde
Va comenzando a caer,
Y en remolinos, las hojas
Se arrastran a nuestros pies.
Tibio el sol y amarillento,
Como a destronado rey,
Más de sudario le sirven
Las nubes que de dosel.
Todo tiembla o enmudece,
Como
herido del desdén,
Y se evaporan, cual sombras,
Las ilusiones de ayer.
El otoño de la tierra
Nuestro
otoño también es,
Y cuanto respira en torno,
Bruto indócil o ave fiel,
Todo parece nos grita:
«¡Amad por última vez!»
1876.
En el mar nos encontramos
Y en
el mar nos comprendimos:
Recia borrasca corrimos,
Y uno
por otro temblamos.
«Nunca te
podré olvidar»,
Me gritaban tus acentos
Entre el
rumor de los vientos
Y las olas al chocar.
Y
al ver la tierra cercana
Que anhelábamos los dos,
En vez de decirme «¡Adiós!»,
Me dijiste: «¡Hasta
mañana!»
Hoy, mujer, te
vuelvo a hallar;
Tus hijas ya son amables;
Cuando de abismos
las hables,
¡No las hables de la mar!
1877.
Cuando las luces del altar se apagan
Y en los labios expira la oración,
Quedan del alto
templo entre las naves
El
humo del incienso
Y
el eco de la voz.
Bajo la sombra
del ciprés oscuro
Duerme, hace tiempo, mi primer
amor;
Mas guardan, desvelados centinelas,
Su
imagen, mi memoria,
Su
fe, mi corazón.
1878.
No van la esplendidez ni la miseria
Del nacer al capricho encadenadas:
Se nace miserable en
cuna de oro
Y
opulento en la paja.
Por mucho
que se encumbre la fortuna,
Por mucho que alce el pedestal
la fama,
Sólo una elevación hay sin medida:
¡La
elevación del alma!
1880.
La noche viene callada
Y el cielo
en nubes se arropa;
No espero a nadie ni nada.
-¡Juan,
la copa!
Dicha pedí a los amores,
Donde sólo hallé amargura;
Me dio espinas
más que flores
La
hermosura.
De la gloria en el sendero
Penetré con firme huella,
Y por poco un majadero
Me atropella.
Vi
de ricos un enjambre
De la razón en agravio,
Y ayudé
a matar el hambre
De
algún sabio.
Fe, justicia, sueños
de oro,
Navegar miro a mi popa;
Canten otros en el coro;
Yo ni canto ya ni lloro;
Pero bebo...
1881.
La vi rezando de hinojos
Y no la
he visto después;
¡Qué grandes eran sus ojos!
¡Y qué pequeños sus pies!
¡Corazón,
no me demandes
Si a turbar vienen tus sueños
Aquellos
ojos tan grandes
Y aquellos pies tan pequeños!
1884.
Todos los que escribimos la soñamos
Magnífica,
ideal;
La buscan en el libro nuestros ojos
Y
en el libro no está.
Engendro
del placer o la amargura
Del
combate o la paz,
Vive allí con el alma del poeta
El
alma universal.
La hallaron en
la fe Milton y Dante:
En
la duda, Balzac;
Shespir en la miseria; en el regalo,
Byron
y Chateaubriand.
A la mentira
la arrancó Cervantes;
Tácito
a la verdad,
Y es, lo mismo plegaria que blasfemia,
En
todos inmortal.
¡Muchos escriben
libros! De la gloria
Muchos
corren detrás,
Mas la página eterna, la soñada...
¿Cuántos
la escribirán?
1884.
-Atención, mucha atención,
Y pues presume de diestro,
Haga usted-gruñó
el maestro-
Esa multiplicación.-
Yo, fijo ante la
pizarra,
Otra cosa no veía
Que el balcón
al que subía
Retorciéndose una parra,
Y los
tejados de enfrente,
Donde alegres y parleros
Saludaban
los jilgueros
La primavera naciente.
Absorta y embebecida
Mi imaginación vagaba
Por el aire, en que sonaba
Música jamás oída;
Mientras volando
en montón
Los pájaros aturdidos,
Iban a dar,
distraídos,
En los hierros del balcón.
-¡Vamos,
niño!-en su falsete
Murmuró el dómine
rudo:-
¿Lo dice usted o le sacudo?
¿Qué son setenta
por siete?-
Y yo, afrontando los daños,
Entre cálculos
extraños,
Pensaba en mis desvaríos:
«Los
setenta son tus años,
Y los siete son los míos.»
1894.
Al
pie de una cantera
De
mármol de Carrara,
Varios
gigantes bloques
Restos de una gran ruina semejaban,
Mientras
otro, movido
Por
cuerdas y palancas,
A
un carro conducían
Muchos obreros en alegre zambra.
Diez
poderosos bueyes,
Uncidos
por el asta,
Iban
la inmensa mole
A llevar a través de la montaña;
Y
cuando al recibirla
Rechinaron
las tablas,
Oyóse
en el espacio
Sordo rumor de voces y amenazas.
-¿Por
qué nos abandonas?
-Las
piedras murmuraban-.
¿Qué
buscas en tu orgullo
Fuera de estas regiones solitarias?
-El
hombre me ha elegido
-Respondió
la arrastrada-
Para
que al mundo admire,
Centinela perpetuo de su fama.
Si
hasta hoy he sido roca,
Mañana
seré estatua;
No
tengo yo la culpa
De ser la más hermosa y la más
blanca.
-Piedad
antes que enojo
En
nosotras hallarás,
Si
cautiva a la fuerza
De tu profanación no hicieras
gala.
Pero
en vano te engríes,
La
vanidad te engaña,
Que
aun cambiando de forma
Piedra serás, cual somos tus
hermanas;
Y
antes de que te eleves
del
vulgo a las miradas,
¡No
sabes tú los golpes
De cincel y martillo que te aguardan!
Los
hombres en la tierra
Son
mármoles con alma,
Y si éstos al labrarse
dejan polvo,
Aquéllos
dejan lágrimas.
1894.
Molidos de la jornada
Y con hambre,
aunque risueños,
Dos estudiantes rondeños
Llegaron a una posada.
Comenzaba a anochecer
Y entrambos,
sin vacilar,
Acercáronse al hogar
Decididos a comer.
Ligera cual una ardilla
Rubia moza les previno,
Con un
buen jarro de vino,
Salchichón, pan y tortilla;
Que devoraron los dos
Sin tener que repetir,
Yéndose
luego a dormir
En paz y en gracia de Dios.
A la mañana
siguiente,
Rayando apenas el día,
Del ventero en
compañía
Tomaron el aguardiente;
Y a seguida
de pagar
Los caballos dispusieron,
Y alegres como vinieron
Se volvieron a marchar.
No será
el cuento profundo
Ni por él pido mercedes;
Pero
¿no lo hallan ustedes
Lo más natural del mundo?
1894.
Imitación de un canto popular dinamarqués
Lúgubre suena y pausado
El redoble del tambor;
Va a morir el centinela
Que a la
consigna faltó.
Eran su madre y la mía
Del
mismo pueblo las dos,
Y acarició nuestras cunas
El mismo rayo de sol.
No tuve mejor amigo
Ni camarada mejor,
Y éste es el que triste avanza
Seguido del pelotón
En cuya primera fila
Mi deber cumpliendo voy.
Pasar le
ven las mujeres
Con tranquila compasión;
Aquellas
que celebraban
La dulzura de su voz,
Cuando con guitarra
en mano
Cantaba coplas de amor.
Ya sobre pradera verde
La tropa el cuadro formó,
Ya le han vendado los
ojos...
Ten piedad de su alma, ¡oh Dios!
Nueve hombres
salen al frente
Y uno de los nueve soy.
-¡Preparen! ¡Apunten!
¡Fuego...!
Trémulos por el horror,
Ocho disparan
al aire;
Se oye un rugido feroz...
¡Sólo una bala...,
mi bala,
Le ha partido el corazón!
1894.
«¡No te mueras nunca!»,
Me dijiste
el día
En que se encontraron
Tu boca y la mía.
¡Morir...! Como nave
Que al mar desafía,
Burlando
del viento
La saña bravía;
Como limpio arroyo
Que en la fresca umbría
Derrama a su paso
Dulce
melodía,
Dichosa y serena
Mi vida corría,
Y en todo gozaba,
Y en todo creía.
Hoy el cierzo
rudo
Secó la onda fría,
Avanza entre nieblas
La nave sin guía;
Y de aquel deleite,
De aquella
alegría,
De cuanto anhelamos
Con loca porfía,
Guardas... lo que guarda
La extensión vacía
Del ave que vuela
Buscando su cría.
«¡No te mueras
nunca!»,
Tu labio decía;
Si me hubiese muerto,
¡Qué feliz sería!
1894.
De su nido de granzones
Un ruiseñor
se cayó,
Y, sin saber cómo, dio
En un nido
de gorriones.
Era el tal recién nacido,
Y no pudiendo
volar,
La prole vino a aumentar
Que ocupaba el otro nido.
Aún distinguir no sabía
De madre propia o
ajena,
Y hallando que es madre buena
La que nos sufre y
nos cría,
Por más que a tender el vuelo
Poco
después se lanzaba,
Siempre al nido regresaba
Lleno
de amoroso anhelo.
Era una tarde de estío
Y la turba
entre el ramaje,
Sacudiendo su plumaje,
Entonaba el pío,
pío,
Cuando, ¡caso singular,
Que nadie explicarse
supo!
Un pajarillo del grupo
Rompió de pronto a
cantar.
-¡Calle!-gritó la gorriona,
Con voz que
a todos espanta.-
¿Quién es el gorrión que
canta
Lo mismo que una persona?
-Ese ha sido, madre mía.
-¿Cuál?-El que al nido cayó.
-Ya me figuraba
yo
Que de casa no sería.
Y pues goza con su canto,
Dejando el trigo y la avena,
Cante muy enhorabuena;
Comeremos
entretanto.
Te suplico me perdones,
Padre Dante: hay un dolor
Mayor que el que tú supones,
Y es sentirse ruiseñor
En un nido de gorriones.
1894.
Nace el hombre, y al nacer,
dos
fuerzas de igual poder
le solicitan al par;
una le dice:
¡pensar!;
otra le grita: ¡creer!
Él,
con aire desdeñoso,
abre su pecho al cariño
y su espíritu al reposo;
¡para creer es muy niño,
para pensar, muy dichoso!
Crece, y del
mundo al bogar
por el anchuroso mar,
cuyo fondo quiere
ver,
la duda le hace pensar
y el desengaño creer.
Teniendo esta vida en poco,
de otra existencia
al recuerdo
busca de la luz el foco;
mas, ¿qué ha
de creer, si es cuerdo?;
ni ¿qué ha de pensar, si
es loco?
Todo cantaba en derredor: la fuente.
perlas vertiendo en la marmórea taza;
los apiñados
árboles del huerto
mecidos
por el aura:
de una mujer querida las
promesas;
de un porvenir mejor las esperanzas;
los suspiros
del pecho enamorado;
del
pudor las plegarias...
Sólo del
grillo el áspero chirrido
a mi enojo arrancó
frases de rabia,
y denosté su pequeñez, que
hacía
difícil
mi venganza.
Todo era en derredor
tristeza y sombra;
de una prisión los muros me guardaban,
donde ni débil ruido se sentía
ni
eco de voz humana.
Sólo del grillo
el áspero chirrido,
turbando audaz la pavorosa calma,
de otro tiempo feliz con el recuerdo
mis
penas consolaba.
-¡Bendita pequeñez!-exclamé
entonces;-
¡proteja Dios el nido que te ampara!
¡Ya puedo
sonreír; tengo a mi lado
algo
que vive y canta!
Es un extraño placer;
pero
si gozas, mujer,
como distes en decir,
del árbol
que va a morir,
viendo las hojas caer;
si
amas la pálida rosa
que viste ayer orgullosa
codiciándola
quizá,
y que hoy miras temblorosa
marchita a tus
plantas ya,
mientras la niebla pesada
va cerrando el horizonte,
que aún tiñe con
luz dorada
el sol, vertiendo en el monte
su postrera llamarada;
mientras despiden el día
con su
dulce algarabía
las golondrinas parleras,
antes
de cruzar ligeras
del mar la extensión vacía,
ven a mi lado, mujer;
de otoño
el cielo sombrío
también me deleita ver,
y tu corazón y el mío
se llegarán a
entender.
Imitación de Catulo Mendes
A la orilla sentado del camino.
triste, solo y de harapos mal cubierto,
a
un gran señor que pasa
limosna
pide un viejo.
-¡Por caridad -le dice;-socorredme!
yo fui
rico, cual vos, en otro tiempo,
y
hoy miserable vivo,
sin
hogar y sin lecho.
Una moneda de oro deposita
en sus rugosas
manos el viajero,
y-¡Gracias!-el
mendigo
repite,
sonriendo.
-¡A la vista no más de esta moneda
de
mi fortuna y juventud me acuerdo;
mis
ilusiones tornan,
aún
en la dicha creo.
Precedido de
bélicos clarines
y de laureles mil doblado al peso,
por
el camino cruza
un
paladín soberbio.
-¡Señor-grita el anciano,-una
limosna!
También de los combates gané el premio,
aunque
olvidó la patria
mi
generoso esfuerzo.
Un ramo de laurel a sus pies deja
el
vencedor, la hueste deteniendo,
mientras
el pobre exclama,
señalándole
el cielo:
-¡Que os guarde siempre Dios! En estas hojas
mis triunfos y mi nombre escritos veo,
y
al aspirar su esencia
aún
con la gloria sueño.
Una
preciosa joven aparece
del vecino castillo en el sendero,
seguida
y requebrada
por
gallardo mancebo.
Tristemente, inclinando la cabeza
-¡Que
seas muy feliz!,-murmura el viejo.
-Si
amas y eres amada,
ya
estás cerca de serlo.
¡Ay! Yo lo fui también.
Bellas mujeres
reposaron, cansadas, en mi seno,
y
de sus labios rojos
la
copa me ofrecieron.
Conmovida la niña, dice al joven:
-Si tú me lo permites, dulce dueño,
dar
quisiera a este anciano
la
limosna de un beso.
-Aunque él te lo permita, yo,
señora,
del sacrificio relevarte debo
-interrumpió
el mendigo
con
doloroso acento.-
Un ramo de laurel, una moneda,
pueden
las ilusiones devolvernos
y
de perdidos goces
evocar
el recuerdo.
Mas besos ofrecidos de limosna,
en nevado
erial chispas de fuego,
resucitar
no pueden
los
corazones muertos.
Pasad, alegres jóvenes, de largo,
y pasad muy de prisa y en silencio,
pues
no hay para un difunto
martirio
más horrendo
que sentir arrullarse dos palomas
sobre
el ciprés oscuro y macilento,
¡inmóvil
centinela
del
triste cementerio!
«¡Igualdad!»,
oigo gritar
Al
jorobado Torroba.
Y
se me ocurre pensar:
¿Quiere
verse sin joroba,
O
nos quiere jorobar?
No
os aflija pensar que la fortuna
Protege al ignorante
o al malvado:
El oro es como el sol: da consistencia
Y
brillantez al fango.
Del
desconcierto del mundo
Yo sé la fecha segura;
Es aquella en que un mal hombre,
Tratando de cosa suya,
Dijo: «Es agradable y
útil»;
En vez
de decir: «Es justa.»
No
intimida al ladrón forzar la puerta;
Pero
le asusta el encontrarla abierta.
Enfermo
está el avaro don Vicente.
Y
morir no le aflige ni intimida:
El
dar el alma a Dios es lo que siente.
Es
lo primero que dará en su vida.
Si
de pecado o error
Confesión
quieres hacer,
Más
que virtud y candor,
Exige
en el confesor
Calma,
experiencia y saber.
Prefiere
a viejo machucho
Hombre
que sienta a tu modo,
Y
en lides mundanas ducho:
Cuando
se conoce todo,
Suele
perdonarse mucho.
Ya no te
acuerdas de que me has querido.
Te perdono el engaño,
¡no el olvido!
Siempre
que miro reír
A
cualquiera de esos judas
Que
hacen amargo el vivir,
Me
pregunto entre mil dudas
Tras
de mucho discurrir:
-La
risa de ese animal,
¿Es
fingida o natural?
¿Revela
mofa o desdén?
¿Indica
que él se halla bien,
O
es que otro se encuentra mal?
Malhaya
el que a la verdad
Condenó
sin caridad
A perpetua
desnudez,
Que puede
ser candidez
O puede
ser liviandad.
Si
traje propio tuviera,
Mejor
se la conociera,
Más
respeto inspiraría,
Y
menos la vestiría
Cada
cual a su manera.
Pudo
el Hacedor crear,
Sin
esfuerzo y con placer,
Cielo
y astros, tierra y mar.
Pero
creó la mujer...,
Y
tuvo que descansar.
Los
sentimientos del hombre
Y
el cuerpo de la mujer
Lucen
vestidos: ¡qué pocos
Resisten
la desnudez!
No
hay un tonto, entre los muchos
Que
de serlo dan indicios,
Del
que, con poco trabajo,
No
pueda sacarse un pícaro.
Miré
al abismo... la sombra;
Miré
a los cielos... el aire;
Miré
a tus ojos..., no miro
Desde
entonces a otra parte.
Presta
a los infelices y a los pobres
Atención
y consuelo;
Pero si has menester que lo
vuelvan,
No
les prestes dinero.
Felicidad
que uno logra
Y
otro no ha de disfrutar,
Ni
por semejanza debe
Llamarse
felicidad.
La luz no
es luz encerrada
En
un oscuro fanal:
Sólo
merece este nombre
Cuando
alumbra a los demás.
No
tiene un maravedí
¿Y
a baños se marcha Tello?
Si
está con el agua al cuello,
¿Qué
más baño que el de aquí?
No
he comprendido jamás
Que
haya escritores, quizás
De
los de mayor aliento,
Que
malgasten su talento
Negando
el de los demás.
Era
la noche oscura,
Desierto
el sitio.
Nos
hallábamos solos...,
¡Qué
tontos fuimos!
De
la lisonja al arrullo,
Entre
sedas ha crecido
Tu
cuerpo, que envidia da;
Pero
no muestres orgullo,
Que
un gusano te ha vestido
Y
otro te desnudará,
Lo
mismo que el estiércol
Da
vigor a las plantas,
La
envidia y la calumnia
Vigorizan
las almas.
Hay quien de buena
fe se compadece
Del
rico que empobrece;
Para el que no hay piedad, y me lo explico,
Es para el pobre cuando llega a rico.
Lo
primero que aprendí
Fue
a querer en este mundo;
Lo
segundo fue a olvidar,
Y
he olvidado lo segundo.
Entró
Clara de doncella,
Con buen sueldo
y buen palmito,
En casa de doña
Estrella,
Y al mes de encontrarse en ella,
Cayó enfermo el señorito.
Cada vez
que deliraba
-¡Clara, Clara!-murmuraba,
Y dándole de beber,
Su
pobre madre exclamaba:
-¡Mucha sed debe
tener!
Si
porque el mal te haya herido,
Arrogante
o descreído,
La vida al desprecio
das,
Haz el bien, y sentirás
Orgullo
de haber nacido.
Por
si los Reyes llegaban
La noche en
que se anunciaban,
Saqué al balcón
unas botas:
Las recogí como estaban.
-¿Vacías?
La
vida es transformación:
¿Sabes
cuándo habrá, Catón,
Constancia
en las opiniones?
Cuando
los guardacantones
Puedan
tener opinión.
Lo
hacen el cuerdo y el loco;
Envidiar
lo que degrada,
Solamente
el envidioso.
Siempre ha tenido
amor vena de loco;
Para él, o todo sobra o todo
es poco.
Si en ti, mujer, acumuló
el destino
Riquezas
abundantes,
¿Cómo extrañar que, con disfraz
de amantes,
Te salgan los ladrones al camino?
Solamente
una línea, y no muy clara,
La estupidez de la
bondad separa;
Y un punto, inapreciable en apariencia,
Divide la razón y la demencia:
Así, por línea
más o punto menos,
Hay tantos locos y tan pocos buenos.
Atropellos,
catástrofes, miserias,
Crímenes,
impiedad;
O el mundo retrocede a la barbarie,
O
a la locura va.
Un nombre el
patriotismo; la justicia
Una
incógnita más;
El amor un
ensueño; una quimera
La
gloria terrenal.
¿Es que a todos los dioses
les aguarda
La
suerte del dios Pan?
Mi
corazón es un nido
En
que burlando al invierno,
Canta
un pájaro sin alas
El
himno de los recuerdos.
A fuerza
de estudiar he averiguado
Que no hay más que
una ciencia: ser amado.
-¿Quién,
niña, tendrá la culpa,
Si
te casas con un viejo,
De
que al llegar Nochebuena
Suspires
por nacimiento?
Busca
zagales robustos,
En
vez de reyes entecos;
Mira
que es muy triste cosa
Ver
el establo desierto.
-¿Al
Prado yo? ¿Qué he de ir?
Habrá
caretas muy raras;
Pero
a mí, ¿por qué fingir?,
No
las caretas: las caras
Son
las que me hacen reír.
Si
eres favorecedor,
Nunca
investigues de quién;
Pero
mira mucho y bien
A
quién pides un favor.
Amar
para ser amado,
En
amor es lo vulgar.
¡Venturoso
enamorado
Aquel
que, siempre ignorado,
Ama
sólo por amar!
¿Porque
pobre me ves, me compadeces?
La
vanidad te ciega;
Si yo soy pobre porque nada tengo,
Más
eres tú, que todo lo deseas.
De
tu casa, bella Clara,
Te
ve la gente salir.
Y
bien hace, en mi sentir,
Si
con el sol te compara:
Pues,
aunque de varios modos
Encanta
vuestro arrebol,
Os
parecéis tú y el sol
En
que salís para todos.
Viven
en paz e ignoradas
Matronas
muy corrompidas,
Aquí
donde las honradas
Llegan
a ser distinguidas
Por
lo que son calumniadas.
No
todo el mundo es capaz
De
dar una puñalada;
Pero
¿una mala noticia...?
La
persona más honrada.
No
hace la dicha malvados,
Porque
no lo quiere Dios;
Mas
suele hacer egoístas,
Y
no sé lo que es peor.
Cazador
que a caza vas
De
mujer o de león,
¡Ay
de ti si no le das
En
mitad del corazón!
Un
beso no fuera nada
A
ser uno nada más;
Pero
el alma enamorada
Lo
anhela como avanzada
De
los que vienen detrás.
El hombre, cuando se embarca,
Debe
rezar una vez;
Cuando va a la guerra, dos,
Y cuando se
casa, tres.
Que no sales de
la iglesia,
Ayer me dijo tu madre;
Para pecadora es
pronto,
Para arrepentida es tarde.
Si,
como tú, Consuelo
Yo
me llamara,
¡Qué
poca gente habría
Desconsolada!
De un secreto hice a un mudo
Depositario;
Recobró la palabra
Para
contarlo.
¡Qué penitencia
tan grande!
¡Sin poderte llamar hija,
Quererte más
que tu madre!
El amigo verdadero
Ha de ser como la sangre,
Que siempre acude a la herida
Sin esperar que la llamen.
El
amor y la locura
Se
parecen al incendio:
Suelen
verse desde fuera
Antes
que se noten dentro.
Maresita
mía,
No
sé lo que tengo,
Que salgo de casa con dos o tres
duros
Y
vuelvo sin ellos.
Anda tu amor
en la plaza
Como las obligaciones:
Ni el capital se
amortiza,
Ni se cobran los cupones.
Di
lo pasado al olvido,
Doy lo presente al desdén,
Del porvenir no me cuido...,
Y vivo bastante bien.
Ayer le tocó en mi calle
El premio grande a don Gil:
Si el premio fuera una teja
Me hubiera tocado a mí.
A
buscar dichas y penas
Salí con otro a un camino:
Cuando él con las dichas dio,
Dieron las penas conmigo.
En alhajas y en mujeres
No te dejes engañar,
Y atiende, más que a
la hechura,
A la clase del metal.
Subí
a la montaña:
Cuanto
más subía,
Más sombras
abajo,
Más
nubes arriba.
Conociéndote,
te quise;
Por eso no tengo pena:
Yo soy el ratón
que ha entrado
Por gusto en la ratonera.
Quien
te comparó a la luna
Supo retratarte, niña;
Que como ella eres hermosa,
Pálida, mudable y fría.
Desde la buhardilla suelen
Tirarse muchas doncellas,
Y unas van al empedrado
Y otras
a la carretela.
A mi hermano Ángel.
I
Escenario, los Abruzzos;
Decoración,
un convento;
Actores, un capuchino
Y dos jóvenes
viajeros.
Extiende su densa bruma
Cerrada noche de invierno,
Y los vidrios de la celda
Azota furioso el viento.
-¿De
modo -murmura el fraile-
Que a marchar estáis resueltos?...
-Sí tal.
Vuestra decisión respeto.
La Santa Madona os guíe,
Que es peligroso el sendero,
Y no está el monte poblado
Por santos, ni mucho
menos.
¿Llevaréis armas?
-Hicisteis mal, y lo siento,
Que pecar de confiados
Es
casi pecar de necios.
Yo, pobre y humilde fraile,
Nada
valgo y nada tengo;
Mas con el alma os bendigo,
Y a Dios
pediré en mis rezos
Que os lleve sanos y salvos
De vuestra jornada al término.
Sin embargo, como
prueba
De caridad y de afecto,
Algo que puede ser útil
Para el viaje daros quiero;
Tomad, y cuando el peligro
Ya no exista, devolvédmelo.
Y
una caja de madera
Entre las manos poniendo
Del más
gallardo y más joven
De los valientes mancebos,
Silencioso les bendijo,
Al portón sacóles
luego,
Y al verles ya cabalgando
Entróse a rezar
al templo.
II
Jinetes sobre dos mulas,
Cuyos vigorosos
remos
Con paso menudo y firme
Hieren apenas el suelo,
Internáronse los mozos
Del bosque en lo más
espeso.
Las nubes se deshacían
Empujadas por el
cierzo,
Y entre los pinos brillaba
La luna de trecho en
trecho.
-¿En qué piensas, Federico?
-Dijo de pronto
uno de ellos-.
-Pensaba en que más a gusto
Nunca
he llevado mi cuerpo.
Buena bendición por fuera,
Buena comida por dentro,
Buen abrigo y sin cuidado,
Nada
me falta, Lorenzo.
-Dios se lo pague al buen fraile.
-Tienes
razón, y por cierto
Que aún su regalo no vimos.
¿Lo guardaste?
-A ver, a ver; una caja
Con la cifra del convento,
Y en ella...
Y un puñal...
La vida y la muerte... el crimen
Y la expiación...
¡oro y hierro!
Mas detente... ¿No has oído?
-Alguno
que silbó lejos...
Por allí viene... Es un
hombre
Seguido de un perro negro.
-Un pastor... ¡Eh!, buen
amigo,
Acérquese...
-¿No habrá por estos contornos
Mesón,
cuadra o aposento
En que hallen las bestias cena
Y los
racionales sueño?
-Buscaréis inútilmente,
Señores, si buscáis eso;
Estamos de la montaña
En el sitio más desierto,
Y habéis de andar
muchas horas
Antes de llegar al pueblo.
Pero conozco un
refugio,
Y con placer os le ofrezco.
Caminad a la derecha,
Y al trasponer aquel cerro,
Al pie de unas viejas ruinas
Y formada con sus restos,
Encontraréis una choza
Donde en verano solemos
Mis cabras y yo hacer alto
Cuando
el sol nos da tormento.
Provisión de paja y leña
Guardo allí para el mal tiempo,
Y aunque el paraje
es muy frío,
Los paredones son recios.
Haced lumbre,
aunque no grande,
Pues el resplandor del fuego
Pudiera ser atalaya
Para algún huésped molesto,
De esos que cazan lo mismo
Las mulas que los conejos.
-Agradecidos quedamos,
Y si el favor tiene precio,
Decid
cuál es...
Ni yo mis favores vendo;
Con que, adiós,
y buena noche...
-Él colme vuestros deseos.
Caminando a la derecha
Los dos jinetes
siguieron,
Hasta dar en un ribazo
Que lame turbio arroyuelo.
Le coronan entre zarzas
De una torre los fragmentos,
Y
de un murallón hendido
Amparándose en el hueco,
Una cabaña se esconde,
A la cual sirven de techo
Varios robustos sillares
De verde hiedra cubiertos.
-Albricias,
ya hemos llegado;
¿Qué te parece, Lorenzo?
-Que
ya me tienes en tierra
Para ayudarte dispuesto.
-De la
muralla al abrigo
Nuestras mulas amarremos.
-Ya están.
Y a palacio, que hace fresco.
-¡Pero, calle!
¿Está cerrado
El postigo?
Con un clavo que no es flojo;
Pero, adelante, ya
es nuestro.
¿Y ahora, Federico?
Hagamos luz lo primero;
Llevemos paja a las bestias,
Que
ayunan sin merecerlo,
Y tras un sorbo de Lácrima,
Cuyo frasco traigo lleno,
Cada cual cumpla su antojo,
Pues es de su antojo dueño.
La
luz está ya encendida,
Las mulas comen el pienso,
El Lácrima es delicioso,
Leña en el hogar
tenemos;
Con esta mesa la puerta
Vamos a atrancar por dentro,
Y pues es grande y mis ojos
Se niegan a estar abiertos,
Hago sobre ella mi cama,
Tranquilamente me acuesto,
Tú
te sientas a mi lado,
Me dejas echar un sueño
De
dos horas; en seguida
Duermes tú mientras yo velo,
Y... Federico, perdona,
No puedo más... Hasta luego.
III
Restregóse Federico
Los párpados
un momento,
Y pintáronse en sus labios
Una risa
y un bostezo.
De su amigo ya dormido,
contempló
el rostro sereno,
Y en la mesa y a su alcance
La caja del
fraile viendo,
Abrióla, tomó el rosario
Y
murmuró... «¡Padre nuestro!»
Sacó el puñal
en seguida,
Probó la punta en un dedo
Y llevándola
por broma
Al corazón de Lorenzo,
Dijo para sí:
«¡Bien duerme;
Está lo mismo que un leño!»
De pronto, rasgando el aire,
Creyó escuchar a lo
lejos
Un pavoroso silbido,
Fúnebre como un lamento,
Y tras él, aún más lejanos,
Sordos
ladridos de perro.
Mientras, absorto y confuso,
De espanto
y sorpresa lleno,
Vio lo que mortales ojos
Ver otra vez
no pudieron.
Reanimándose
la llama
Y a sus fúlgidos destellos,
Apareció
de una gruta
El fondo triste y siniestro.
De esta gruta
en el recinto,
Y sentados en el suelo,
Conversaban muchos
hombres
Casi de harapos cubiertos.
Escopetas y pistolas
Eran sus galas y arreos,
Y de cuentas de rosarios
Llevaban
ornado el cuello.
De tan extrañas figuras
Alzábase
altivo en medio
El pastor de la montaña
Con su enorme
perro negro.
Mirábale Federico
Inmóvil, aunque
sin miedo,
Cuando aquél, abalanzándose,
Le
asió por el brazo izquierdo,
Y a su pesar, y arrastrando,
Sacóle del aposento.
De una vasta galería
El espacio recorrieron,
Hasta dar en una sala
Ornada de
antiguos lienzos,
Y que algunas rojas teas
Iluminaban a
intervalos.
Veinte veces el forzado
Llevó la diestra
a su pecho,
El puñal del capuchino
Acariciando en
silencio;
Y veinte veces, curioso
Por descubrir el misterio,
Su puñal volvió a la vaina
Y su espíritu
al sosiego.
Por fin, del pastor guiado,
Llegó Federico
al centro
De otro salón, donde, en corro,
Y en altas
sillas de cuero,
Celebraban los bandidos
Conciliábulo
tremendo.
Tendido sobre una mesa
Y agarrotados los miembros,
Su decisión esperaba,
Mudo y tembloroso, un viejo.
Del pastor al verse enfrente
Todos en pie se pusieron,
Y hacia la mesa avanzando
Con su víctima y su perro,
Que las manos le lamía,
Sin duda la sangre oliendo,
Así dijo el miserable,
Con voz ruda y torvo ceño:
-No atormentéis a ese anciano,
Ya sin fuerza y sin
aliento;
Os traigo una nueva presa,
Que os dejará
más provecho.
Es joven, y acaso rico,
Y pues rabiáis
por saberlo,
¡Ea! Entréganos el oro
Que escondistes
en el seno...
-El oro, ¡pastor infame!
¿Quieres oro? ¡Toma
hierro!-
Llenó un gemido la estancia;
Cayó desplomado un cuerpo,
Y al despertar Federico
De aquel espantoso sueño,
Aún apretaba en
sus brazos
El cadáver de Lorenzo.
Cuando
al despuntar el día
Pudo el honrado cabrero
Romper
a fuerza de puños
El postigo siempre abierto,
Halló
cerca de la mesa,
juntos en abrazo estrecho,
Dos cadáveres
calientes,
Y a poca distancia de ellos
Un puñal
ensangrentado,
Un rosario blanco y negro,
Dos maletas y
una caja
Con la cifra del convento.
1883.
Al célebre escultor catalán Jerónirno
Suñol.
Hay de Vergara en la villa,
Tras
un pórtico amparada
Del tiempo que la mancilla,
Vieja iglesia, cuya entrada
Tiene al frente una capilla.
Quien a fuerza de palpar
Consigue
allí penetrar,
Pese a la falta de luz,
Ve entre
la sombra un altar,
Y en el altar una cruz.
Y
vago y desvanecido
Un cuerpo que luz refleja,
De aquella
cruz suspendido,
Tan desmayado y herido,
Que parece que
se queja.
Bella imagen del dolor
Lo excita al par que lo calma
Con su sonrisa de amor,
En que puso genio y alma
Montañés el escultor.
Mas, ¿cómo se encuentra
allí?
¿Cómo en tan pobre lugar
Se esconde
tesoro así?
La historia os voy a contar
Que me contaron
a mí.
Y sabréis,
pues lo declara
La tradición tal cual es,
Por qué
coincidencia rara
Vino a parar a Vergara
El Cristo de Montañés.
I
En el sitio que hoy ocupa
La parroquia de San Pedro,
De
artística decadencia
Abigarrado modelo,
Hubo en
Vergara, del siglo
Diez y siete a los comienzos,
Una ermita,
cuyo origen
Está entre brumas envuelto.
De San Pedro
tomó el nombre,
Patrón insigne del pueblo,
Porque en unos rotos muros
Que coronaban el cerro,
Al
ir por piedra una tarde
Halló su efigie un cantero;
Y tantos devotos hizo,
Que, de su culto en obsequio,
Limosnas
se recogían
Para levantarle un templo.
De la ermita
mayordomo
Y demás cargos anexos
Era Rodrigo de Urbieta
Por no sé qué privilegio,
Pues sirvió
en sus mocedades
En los españoles tercios,
Y aún
más de su gusto hallaba
La pólvora que el
incienso.
De su largo matrimonio,
Ya por la muerte disuelto,
Un hijo a Urbieta quedóle,
Mas tan audaz y perverso,
Que Dios se le dio, sin duda,
Por castigo, y no por premio.
Veinte años cumplido había,
Y ni un noble
pensamiento,
Ni una amistad verdadera,
Ni un generoso deseo,
Daban ternura a su alma
Ni calor a su cerebro.
Ingrato
y antojadizo,
Y rencoroso y soberbio,
Hacer mal era su
dicha
Por sólo el placer de hacerlo.
En vano formó
su padre
De corregirlo el empeño,
Con el rigor muchas
veces
Y algunas con el consejo;
De todo Andrés se
burlaba,
Que era su malvado pecho
Para los sermones, piedra,
Y para los golpes, hierro.
Con lo que el honrado padre
Vegetaba en tal desvelo,
Que más de una vez la aurora
Le vio llorando en el lecho.
Habitaba
don Rodrigo,
Por ser suya de abolengo,
Una casa, de la
ermita
Separada por un huerto.
Y para servicio propio
Y servicio de San Pedro,
Le acompañaba un anciano
Según él, soldado viejo,
Aunque más
trazas tenía
Que de soldado, de lego.
En cuanto
Andrés, arrojado
De su hogar hace ya tiempo,
Vivía
Dios sabe cómo,
Ni dónde, ni por qué
medios.
Eran las diez de la noche,
Y era una noche de Enero
De esas en que muestra al mundo
Todo su horror el invierno,
Cuando cauteloso y ágil
En largo capote envuelto,
Junto al portal de la ermita
Detúvose un bulto negro.
Mojada estaba la tierra,
Triste el lugar y desierto,
Sin una luz las ventanas,
Sin una estrella los cielos.
Sólo de un ave nocturna
El graznido ronco y seco
Algunas veces venía
A
interrumpir el silencio.
Bajo el dintel bizantino,
Ya libre
de lluvia y cierzo,
De su capote los pliegues
Echó
atrás el encubierto,
Dejando ver, de un relámpago
Al vivo y fugaz reflejo,
El rostro de Andrés Urbieta
Pálido, sí, pero bello;
Que era el hijo de
Rodrigo
De Satanás un remedo,
Con la fealdad en
el alma
Y la hermosura en el cuerpo.
Aunque ni temor ni
duda
Se pintaban en su aspecto,
Interrogando la sombra
Miró, ya cerca, ya lejos,
Después de lo cual,
y armado
Con fina daga de acero,
Metióla en la cerradura
Murmurando un juramento;
Y de las manos palanca
Y ariete
del cuerpo haciendo,
Forzada la puerta, el mozo
Cayó
de la ermita dentro.
De una lámpara
de cobre
Al moribundo destello
Levantóse Andrés,
enfrente
Del santo patrón del pueblo.
Era la efigie
de piedra
Si bien conservando a trechos
Señales
de la pintura
Con que al nacer la vistieron.
La diestra
alzada tenía
Como imponiendo respeto,
Y en la siniestra
las llaves,
Atributo de su empleo.
Aunque por mano labrada
De un artífice grosero,
Había en aquella
efigie
Parodia del arte griego,
Un no sé qué
de dulzura,
De bondad y sentimiento,
Que daba al pobre
esperanza
Y al afligido consuelo.
¿Qué pasó
en aquel instante
Por la mente del mancebo,
Y qué
lava sus pasiones
Inflamó con torpe fuego?
En aquel
recinto oscuro
Se encerraban sus recuerdos,
Sus penas y
sus placeres,
Sus odios y sus afectos.
Allí fue
donde, jugando,
Dio agilidad a sus miembros,
Y a vencer
sin ser vencido
Se adiestró desde pequeño.
Tocar aquella campana
Era en las fiestas su anhelo,
Y
atizar aquellas luces,
Y aprender aquellos rezos.
Y allí
también una noche
Vio, sin que le diera miedo,
El
cadáver de su madre
Que, mudo como un espectro,
Velaba el buen don Rodrigo,
Desde entonces siempre serio.
¡Ay! De todo aquel pasado,
Vago ya como un ensueño
Sólo la muerta vivía
De Andrés en
el pensamiento.
Cerca del altar,
y al muro
Con su candado sujeto,
Un cajón alto y
angosto
Con una hendidura en medio,
Esta inscripción
ostentaba,
Blanca sobre fondo negro:
«Aquí se echan
las limosnas
Para las obras del templo.»
Como arrancado
al influjo
Que le encadenaba al suelo
Andrés alzó
la cabeza,
Respiró seguido y recio,
Y hacia el cajón
dirigióse
Con paso seguro y lento.
La limpia daga
en su mano
Volvió a relucir de nuevo,
Y buscando
las junturas
De la madera y del hierro,
Pronto en la pared
quedaba
Sólo el candado suspenso.
Sacó entonces
del bolsillo
Un papel, que leyó entero,
Y colgándole
de un clavo
Donde todos puedan verlo,
El cajón echóse
a cuestas
Después de probar su peso,
Y dando un
soplo a la lámpara,
Tomó el camino del pueblo:
Mientras la lluvia caía
Y a las ráfagas del
cierzo,
Mezclaba el ave nocturna
Su graznido ronco y seco.
Disipáronse las nubes,
Rasgó la aurora su
velo,
Y alzóse en el horizonte
Límpido el
sol y sereno.
Al despuntar la mañana
Bajó
Rodrigo a su huerto,
Por si del turbión los daños
Necesitaban remedio,
Y ocupado en tal faena
Estuviera
largo tiempo,
Si, pálido y tembloroso
Desde el postigo
entreabierto
No le llamará el criado,
Más
que con voces, con gestos.
Atajándole el camino
Marchó rápido a su encuentro,
Y Gil, al verle
delante,
Su mano derecha asiendo
El Pórtico de la
ermita,
La señaló con el dedo.
-Serénate,
Gil, no tiembles,
Y habla pronto, por el cielo
-Dijo Rodrigo.-
¿Qué pasa?
-Que quisiera haberme muerto.
Señor,
que nos han robado.
-¿Cómo? ¿Quién?
Si en este papel lo ha escrito
El infame que
lo ha hecho.
Forzada encontré la puerta,
Y en el
sitio del dinero
Esto es todo lo que había;
Tomad,
señor, y leedlo.-
Clavó
Rodrigo sus ojos
En el papel un momento
Y con voz firme,
aunque sorda,
Dijo, acercándose al viejo:
-Vas a
oír, pero tu vida
Responde de mi secreto.-
Después
se apoyó en la piedra,
Apretó contra su pecho
Al pobre Gil, que lloraba,
Y leyó de rabia trémulo:
«Padre, lo siento por vos;
Vine
a la casa de Dios
A tomar y no a pedir;
Cuenta es ésta
que al morir
Ajustaremos los dos.
Por
atender a mi medro
Al nuevo templo he robado
La limosna,
y no me arredro;
Una vez que está sentado,
Bien
puede esperar San Pedro.
Parto
para no volver;
Si os conviene o no callar
Vos lo habéis
de resolver,
Que quien nada ha de heredar
Nada tiene que
perder.»
Enderezóse Rodrigo
Y el papel dobló en silencio,
Diciendo a Gil, cuyos
ojos
Eran raudales de fuego:
-Ya conoces al infame...
-Si tal.
Que olvides cuanto ha pasado
Como se
olvidan los sueños.
Ni al amigo en la hostería,
Ni al confesor en el templo,
Reveles nunca ese nombre
Que yo con vergüenza llevo.
¿Recuerdas lo que encerraba
El cajón?
Nueve mil quinientos reales,
Poco más
o poco menos.
Los contamos el domingo,
Y es martes.
Mas otro cajón te encargo,
Pues mañana
hay que traerlos.
-Pero, señor...
Mis ropas, cuanto poseo
Es de la iglesia; yo solo
La iglesia y la villa dejo.
-¡Don Rodrigo!...
¿Sabes tú cuál me reservo?
Pues
es mi espada, la misma
Que voy a esgrimir de nuevo.
¿Quieres,
Gil, seguirme?
Sigue el lebrel a su dueño.
-Entonces, no te detengas,
Haz un cajón y un letrero,
Y que mañana sin
falta
Resuelva el Ayuntamiento
Quién ha de ser mayordomo
De la ermita de San Pedro.
II
¡Qué bella va la fragata
Sobre
las olas dormida,
Por el céfiro impelida
Entre festones
de plata!
¡El mar azul la retrata
Con tranquila majestad,
Y en aquella soledad
Parece un ave gigante
Que busca el
nido distante
Colgado en la inmensidad!
Las
tropicales regiones
Dejó, de hermosura llenas,
Al
crujir de sus entenas
Y al tronar de sus cañones.
Serenatas y canciones
La ofrecen grato rumor,
Y el marino
soñador
Ve dibujarse en las olas
De las playas españolas
El contorno seductor.
Baterías
y sollados,
Limpios cual oro bruñido,
Son albergue
reducido
A grumetes y soldados.
Juegan algunos sentados
Y beben otros de pie;
Hay quien, sin saber por qué,
Se encoleriza y bravea,
Y hay quien rezando pasea
Lleno
de cristiana fe.
Gentiles y caballeros
Por la presencia y la ropa,
En el alcázar de popa
Conversan tres pasajeros.
Amores y desafueros
Narran uno
de otro en pos.
Y -¡Osados fuisteis los dos
-Dice el tercero
iracundo,-
Pero sólo con el mundo,
Y yo con él
y con Dios!
-Hasta a Dios movisteis
guerra?
-Hasta a Dios.
Relatadnos cómo ha sido.
-Es cuento para
la tierra.
Enigmas que el alma encierra
Porque los terne
quizás,
Sombras que quedan atrás...
-Pues
vaya, si eso os da miedo,
-¿No habéis amado?
Niño, mi madre perdí;
Joven, mi patria dejé;
Un padre tuve, y no sé
Si lo tengo, pese a mí.
Errante y pobre me vi
Y
la suerte me ayudó.
-¿Volvéis, pues, a casa?
-Entonces, ¿quién os arroja
A España?
Por qué el viento la
arrastró?
-Mas pesadumbres a un lado
dejemos...
De vuestra antigua osadía
El que
os hubiera escuchado?
-No lo sé; mas si dudado
Hubiese
de mi poder,
Lo cierto al llegar a ver
Pronto a su costa
supiera
Que contra toda quimera
Sé luchar y sé
vencer.
Y tras un cortés
saludo
El hidalgo fanfarrón,
La escalera del salón
Bajó pensativo y mudo.
Con rostro un tanto ceñudo
Los otros le vieron ir,
Luego la seña al oír
Que les llamaba a almorzar,
Juntos echaron a andar
Y rompieron
a reír.
¿Qué nave
es aquella nave
Que en las sombras de la noche
Desmantelada
y sin rumbo
Hacia los abismos corre?
Fiera borrasca sus
lonas
Ha convertido en jirones,
Y crujen sus masteleros
Del huracán al azote,
Cual si de nuevo sintieran
Del hacha los rudos golpes.
Ya encaramada se mira
De las
olas en el borde,
Ya como cetáceo herido
Bajo la
espuma se esconde.
¿Quién en aquel triste leño
La fragata reconoce,
Donde hace poco sonaron
Serenatas
y canciones?
¿Quién creyera tal mudanza
Cuando,
limpio el horizonte,
Toda era arrullos la brisa
Y el cielo
todo fulgores?
De soldados y grumetes
Ya no se escuchan
las voces;
Sólo rondan los vigías,
O del
tambor al redoble
Trabajan los marineros
Cazando gavias
y foques.
Impávido el comandante,
Da desde el puente
sus órdenes,
Haciendo al pasaje todo
Bajar a los
camarotes.
Mas alguien con el mandato
No debe estar muy
conforme,
Pues junto al timón oculto
Vela silencioso
un hombre.
Aunque la sombra le ampara,
Se adivina por su
porte
A un hidalgo bien nacido,
Ni muy viejo ni muy joven.
Agarrado está a una cuerda
Para que el mar no le
arrolle,
Cuando la cubierta barre
Salpicando hasta los
topes;
Y en el temblor de sus labios,
Y en sus pupilas
inmóviles,
Se ve que medita o sueña
Y lo
que habla en sueños oye.
-Piedad-murmura-¡Dios mío!
No tus iras amontones
Sobre el pecador, que humilde
Hoy
con el pasado rompe.
No es el amor a una vida,
Que consumí
ciego y torpe
En criminales empresas
Y en desatentados
goces,
Lo que mi razón alumbra
Y hace que ante Ti
me postre;
Es que tu grandeza veo,
Y me abruma el peso
enorme,
Que en este supremo instante
No hay conciencia
que soporte.
Que yo tu bondad conozca,
Que yo tu poder
adore,
Y todo cuanto me diste,
Ambición, riqueza,
nombre,
Arrojaré en tus altares
Apenas la tierra
toque.
Y si no merezco tanto,
Y tumba aquí me dispones,
Recibe clemente y pío
El alma que a ti se acoge.-
Y esto diciendo el hidalgo
Como en éxtasis quedóse,
Del huracán y las olas
A los trágicos acordes.
Una semana más tarde,
Cuando con lengua de bronce
Saludaba la Giralda
Del nuevo
sol los albores,
Quebrando apenas del Betis
Las claras
ondas veloces,
La fragata se mecía
Del Oro al pie
de la Torre.
De un arrabal de
Sevilla
En la calle más poblada,
De jardines circundada
Y hermosa al par que sencilla,
Se alza
una alegre mansión,
Vivienda a un tiempo y taller,
Que al barrio causa placer
Y a veces admiración;
Pues en la penumbra oscura
De un cuarto
bajo y desnudo
Lucir se ven a menudo
Maravillas de escultura.
De esta casa siempre abierta
Como artístico
pensil,
Una mañana de abril
Llamó un hidalgo
a la puerta:
Y al sonar un «Adelante»,
Siguiendo a un mozo la pista,
Pronto se halló del
artista
Frente a frente el visitante.
-Si
acaso os de estorbar
-Murmuró...-
A serviros me acomodo
Si algo tenéis
que mandar.
-Si este vuestro taller es,
Y me cabe tanto honor,
¿Hablo con el escultor
Juan Martínez
Montañés?
-Dispuesto siempre
a agradaros,
Señor...
Me llaméis sólo don Diego
Y oigáis
por qué vine a hablaros.
De las
Indias llegué aquí
Ha poco, y no es maravilla
Si cuanto ofrece Sevilla
De notable, recorrí.
Cien
cosas viejas y nuevas
A cuál más bellas he
visto.
Mas ninguna como el Cristo
Del convento de las Cuevas.
De esa imagen celestial
La huella en
el alma tengo,
Y ansioso a pediros vengo
Que me labréis
otra igual.
-Una guardo a medio hacer
Que costará, bien contados,
Unos quinientos ducados.
-Con mil pagada ha de ser.
-Don Diego,
tan alto honor...
-Sois vos el que me le dais,
Sin duda,
porque ignoráis
Lo que os estimo el favor.
Quedamos,
pues, en los mil.
-¿Y os corre prisa?
¿Qué plazo pedís?
-Volveré pasado abril.
Y
del convenio en señal
Sirva este anillo...
-Como recuerdo tomadlo
De amistad franca y leal.
-Entera
la pongo en vos.
-De ella mi esperanza fío.
-Dios
os guarde, señor mío.
-Artista, que os guarde
Dios.
El barrio estaba desierto,
Dobló la tapia del huerto
El buen hidalgo al salir,
Y dijo:
Diego comienza a vivir.
III Grandes fiestas se disponen
De Vergara
en el lugar,
Que es San Zoilo, y de San Zoilo
Viene San
Pedro detrás.
Enjalbegada de nuevo
La ermita del
Santo está,
Y cubre un arco la puerta
De verbena
y de arrayán.
También la casa inmediata
Luce
encima del portal
Los faroles que sirvieron
Para la Natividad;
Y aunque a docenas las rosas
Se ven al pie del altar,
Por miedo a que se marchiten
No han venido muchas más.
Diligente el mayordomo
Anda de aquí para allá,
Cuando le detiene un chico,
Diciéndole:
Por vos pregunta un sujeto
Que os quiere
en seguida hablar.
-¿Trae algo?
Y alguna gente de paz.
-Dile que pase adelante.
-Señor cura, vedle ya.-
Llegóse el recién
venido,
Y con cristiana humildad,
Besando al padre la mano,
Habló así:
Unas palabras oídme,
Si no lo tomáis
a mal.
Dejé una cuenta pendiente
Con San Pedro años
atrás,
Y, pues sois su mayordomo,
Con vos la debo
saldar.
Aquellos hombres que guía
A vuestra casa
un rapaz,
Cuatro cajones conducen
Que a vuestra vista abrirán.
El más grande encierra un Cristo
Que, en ofrenda
de piedad,
A nombre de un muerto, quiero
A la ermita regalar.
Colocado a la derecha
Del Santo Patrón será,
Donde tiene la limosna
Para el templo su caudal,
Y donde
siglos de siglos
Muestre su divina faz.
De las tres cajas
restantes,
Que calculo contendrán
Unos ocho mil
doblones,
Pues no los quise contar,
A los pobres de la
villa
Repartid lo que queráis,
Y para la iglesia
nueva
El sobrante destinad.
-Que Dios, señor, os
lo pague.
-Pagado lo tengo ya.
-Pero vuestro nombre al
menos...
-Diego o don Diego, es igual.
-¿Y vuestra patria?
-¿Y venís?...
Y guárdeos Dios, padre cura,
Y si queréis
saber más,
A ese Cristo preguntadle
Que él
acaso os lo dirá.
EPÍLOGO Llevando diez y ocho naves
A sus naves
amarradas,
Y de Felipe Tercero
Sobre el pabellón
las armas,
Entró en Gibraltar un día
Don
Miguel de Vidazábal.
Recia embestida sostuvo
Del
Atlántico en las aguas,
Donde botín, no laureles,
Buscan los turcos piratas,
Y donde, esta vez al menos,
Halló castigo su audacia,
Pues la gente vizcaína
No fue en el combate blanda.
Antes de bajar a tierra,
Y entre vítores y salvas,
A visitar sus heridos
El bravo Almirante baja.
Cuatro o seis soldados viejos
Le siguen y le acompañan
Hasta el oscuro sollado
De la nave capitana.
No son los heridos muchos,
Por fortuna
o por desgracia,
Que sobre el puente tuvieron
Dos veces
a la canalla,
Y es, si corsarios le asestan,
Golpe seguro
el del hacha.
De todos noticias pide,
A todos atiende y
habla,
Compadeciendo al que sufre
Y animando al que desmaya.
Para acabar su visita
Uno tan sólo le falta,
Mas
de él al ponerse enfrente
Y al iluminar su cara,
Salió del cerrado grupo
Un hondo «¡Jesús
me valga!»
Volvióse rápidamente,
Y con voz
grave y pausada:
-Mi buen Rodrigo de Urbieta
-Dijo el general-,
¿qué pasa?
-Señor, que sueño sin duda,
Que mi corazón estalla,
Que siento subir al rostro
Olas de sangre y de lágrimas,
Y que pregunto a ese
herido
Quién es y cómo se llama.
-No contesta
el que no escucha
-Murmuró con ruda calma
Un enfermero
impasible,
Que junto al lecho se hallaba-.
-Desmayado está
don Diego,
A quien la vida se escapa
Por tres heridas mortales,
Pero ninguna en la espalda.
-¿Le conocéis, según
eso?
-¿Que si le conozco? ¡Vaya!
Somos señor Almirante,
Amigos y camaradas.
Yo le he enseñado el oficio
Cuando se alistó en la escuadra...
-¿Hace mucho?
Nuestro barco era la Laura,
Mas como éste
se ha ido a pique,
Hemos mudado de casa.
-¿Y sabes -dijo
Rodrigo-
Su procedencia y su patria?...
-Sé que
se nombra don Diego
Solamente; mas, cachaza,
Que a volver
en sí comienza,
Y, si no ha perdido el habla,
Hombre
es que responde a todo,
Muy sereno y en voz alta.
Del lecho
a la cabecera
Recostóse Vidazábal,
Asió
a Rodrigo las manos,
Que entre las suyas temblaban,
Y haciendo
los demás corro,
Inmóviles como estatuas,
Pronto del mar y el aliento
Llenó el susurro la
estancia.
La frente el herido alzó:
-Tengo sed; agua -gritó.-
Después, como recordando
La diestra a la sien llevando,
Al General saludó.
-Agua pide, y aquí está;
Contra el dolor enemigo
Remedio tal vez será;
Dásela
tú, buen Rodrigo,
Y él te lo agradecerá.
-Tomad y bebed, hermano,
Dijo el que
el vaso ofrecía.
Tendió don Diego la mano,
Y al ver que el llanto corría
Por el rostro del
anciano,
Un grito lleno de horror,
De
esperanza, de temor,
De cuanto inspiran al alma
El arrebato
y la calma,
Y la duda y el amor,
Brotó
del herido pecho
Del desventurado Andrés,
Que, vacilante
y maltrecho,
Cayó desde el alto lecho
De don Rodrigo
a los pies,
Gritando en la fiebre ardiente
De su loco frenesí:
-No me maldigas, detente:
Dejo
de una cruz pendiente
Quien responderá por mí.
Él al desdichado ampara,
Él,
a las ofensas pío,
Perdona al que las repara;
Él
me espera, padre mío,
En San Pedro de Vergara.-
Oyóse un ronco estertor
Y una plegaria
a la par:
Luego, en confuso rumor,
Los gemidos del dolor
Y los gemidos del mar.
1883.
Al inimitable autor de las Doloras Ramón de Campoamor.
Mi querido Ramón: Pocos favores
He debido a la pícara fortuna
Tan gratos para mí,
ni seductores,
Como el cuento de amores
Llamado «Los Amores
en la luna».
Con
sin igual empeño,
Una, dos y tres veces lo he leído;
Soñé con él, y al despertar del sueño,
Tu
poema pequeño,
Grande como el Antar me ha parecido.
Y
a fuer de agradecido,
Queriendo a tu amistad rendir tributo,
Voy a ver si me salgo con mi tema
De ofrecerte un conato
de poema
Pequeño, muy pequeño, diminuto.
PRÓLOGO Oculto entre el follaje de la vega.
Morisco
por su traza y por su adorno,
Hay de Granada en el sin par
contorno
Un carmen que el Genil fecunda y riega:
Quien
a su puerta llega,
Estrago y soledad y sombra mira;
Todo
allí al alma compasión inspira;
Por la rota
pared el viento pasa,
Y en el hundido patio de la casa
La fuente melancólica suspira.
Seis lustros hizo
ya que en una fiesta,
Cansados de vagar a pie y en coche
Por la gentil floresta,
Llenándola de amor y de
ventura,
Dimos varios amigos una noche
Con aquella mansión
triste y oscura.
¡Noche feliz y breve,
Cuyo recuerdo vive
en la memoria!
La brisa fresca y leve
Los dormidos cipreses
arrullaba,
Y a lo lejos, en dulce murmurío,
Solemne
se escuchaba
Esa jamás interrumpida historia
Que
a peñascos y flores cuenta el río.
De un viejo
cedro el colosal ramaje,
De las estrellas el fulgor incierto,
El graznido salvaje
De algún ave nocturna, sorprendida
Por insólito estruendo inesperado,
La imponente
belleza del paisaje,
Todo en aquel desierto,
A un tiempo
encantador y desolado,
Convidaba a los goces de la vida
Por lo mismo quizá que estaba muerto.
Y de la luna
el rayo tembloroso,
Y de la selva la quietud augusta,
Llevaban
al espíritu en reposo
La visión que seduce
y la que asusta.
Movido por ardiente
fantasía,
Por misteriosa voz tal vez llamado,
A
la puerta corrí, que me atraía,
Y del azar
o de la luz guiado,
Penetré en una vasta galería.
Su rico alicatado
Perdido los colores aún no había,
Y en esbeltas columnas se apoyaba,
Donde la hiedra el mármol
encubría
Y la silvestre higuera vegetaba.
Allá
en el fondo oscuro,
Como adosado al muro,
Un gallardo templete
descollaba,
Cuya bóveda, en parte por el suelo,
Ver a trozos dejaba
La bóveda magnífica del
cielo.
Miraba yo con ojos asombrados
Aquel nido de amor
seco y vacío,
Cuando de un ajimez en los calados
Distinguí vagamente
Un papel, sobre el cual mi desvarío
Adivinó impaciente
Algunos caracteres ya borrados:
Cogíle; entre sus pliegues escondía
Un rizo
de cabellos perfumados,
Y el polvo al sacudir que le cubría,
En letra a duras penas perceptible,
Vi que el papel decía
Esto, ni más ni menos: «¡Imposible!»
La voz de mis
amigos,
Sacándome del éxtasis profundo
En
que todo mi ser se sumergía,
Me llamaba al descanso
y a la cena;
Yo estaba allí sin miedo, sin testigos,
Y preparado a disputar al mundo
Aquella posesión
de encantos llena.
La oprimí con furor entre mi mano,
Cerca del corazón le abrí morada,
Y más
dichoso que Colón y Elcano
Al encontrar la tierra
suspirada,
Con el terrible peso del arcano
Volé
a aspirar el aura embalsamada.
La
historia os contaré de esos cabellos:
Conservados
por mí como un tesoro,
Vieron mis travesuras y amoríos:
¿Dónde están hoy? Lo ignoro...
¡Ay, pero
guardo de ellos
Más memoria quizá que de los
míos!
I Vástago y heredero
De noble tronco
y de florida rama,
Con mucha juventud, mucho dinero
Y un
apellido que ilustró la fama,
Era don Luis Chacón,
en los albores
Del siglo que aún avanza y ya declina,
Modelo de mancebos seductores
Y gala de la gente granadina.
Hermoso, audaz, sereno,
Nacido en la abundancia y el regalo,
Jamás a sus caprichos puso freno,
Ni distinguió
lo bueno de lo malo,
Ni separó lo malo de lo bueno.
Nunca, por peligrosa,
Dejó de acometer humana empresa,
Y en la lid amorosa
Sufrir pudo su cuerpo alguna cosa.
Pero lo que es el alma salió ilesa.
De su pasión
al fuego
Cien pobres corazones se quemaron;
Mas ni la injuria,
ni el desdén, ni el ruego
El amor de su pecho despertaron;
Pretender, conseguir, olvidar luego:
Sólo estos
tres placeres le ocuparon;
Que hay quien del mar en el abismo
boga
Y hay quien en una lágrima se ahoga.
Vivía por entonces, si no miente
La tradición, nuestro galán bizarro,
Junto
a un antiguo puente,
Donde va a terminar precisamente
La
Carrera del Darro;
Y no lejos del lóbrego y sombrío
Palacio de Chacón, que retrataba
De otra edad la
grandeza y poderío,
La iglesia de San Pedro se elevaba,
Minados sus cimientos por el río.
La madre de don
Luis, santa señora,
La vivienda feudal ennoblecía,
Y en más de una ocasión, cuando a la aurora
La vieja puerta rechinar se oía,
Se hallaban de
improviso y a deshora
Uno que entraba y otra que salía;
Ella, al templo a rogar por el que adora;
Él, desertor
acaso de la orgía.
La madre placentera,
Olvidaba,
al mirarle, su amargura;
Él, cual si de su error
se arrepintiera,
Le besaba la mano con ternura
Y en el
beso quedaba toda entera
Esa parte de fiera
Que tiene en
sí la humana criatura.
Otras veces llorando
Llamábale
hacia sí la pobre anciana,
Y casi suplicando
Le
decía:
-Mi
Luis, piensa en mañana.
No olvides mi consejo,
Único
bien de cuantos bienes dejo:
Para gozar de la pasión
mentida
Basta un solo momento de la vida;
Para un afecto
dulce y sosegado,
Toda la vida es plazo limitado.
Pero ¡ay! que ni ternezas, ni sermones,
Ni votos, ni oraciones,
Pueden hacer, al menos entre gentes,
Que caminen despacio los torrentes.
Pese a una y otra prueba,
Don Luis de sus caprichos es vasallo,
Y no hay de Puerta
Real a Plaza Nueva,
Ni caballo mejor que su caballo,
Ni
manceba mejor que su manceba,
Y una vez que, movido
Por
no sé qué intención o qué locura,
Pensó en hacerse monje, y decidido
Dijo a su madre
que llamara al cura,
En un papel firmado
Quiso escribir
sus faltas el primero,
Y, sin haber su escrito comenzado,
Retrocedió espantado
Al asomarse al borde del tintero.
Armiño de una especie diferente
Que, tímido
a su modo,
Halla más grato perecer en lodo
Que mojarse
la piel en la corriente.
Llegó
a ser tal y tanta
De la madre infeliz la desventura,
Tanta
la soledad de que se espanta,
Y tanto el duelo que incesante
apura,
Que, buscando agradable compañía,
Hizo venir de un pueblo comarcano
Una muchacha que en aciago
día
La encomendó al morir su noble hermano,
Y que feliz vivía,
Hija creyendo ser de un pobre
anciano,
Cuya mujer la amamantó a su pecho,
Y en
cuya casa halló comida y lecho.
Gracia, que así
la pobre joven se llamaba,
Al mandato acudió de su
señora,
Y ésta, que ya la amaba,
Por el hermano,
cuya muerte llora,
Como benigna madre la trataba
Al verla
tan gentil y seductora.
¡Y era la lugareña
Digna
de tal merced! Nunca la aurora,
Al derramar sus fúlgidos
destellos,
Iluminó una frente tan risueña,
Ni una boca tan linda y tan pequeña,
Ni unos ojos
tan negros como aquéllos.
Cuando al llegar vestida
de estameña,
Y en dos trenzas partidos los cabellos,
Penetró de Chacón en la morada,
Cuantos pajes
y ujieres la miraron
Humildes se inclinaron,
Creyéndola
una reina disfrazada.
Sólo don Luis, cual siempre
entretenido,
Al decirle una vez de sobremesa:
-¿No quieres
ver a Gracia, que ha venido?-
Respondió:
-¿Para
qué? Lo he conocido
En que siento el olor a la dehesa.-
Gracia lo supo y devoró el ultraje;
El tiempo fue
pasando;
Mudó la niña de apariencia y traje;
Su acento, que era rudo, se hizo blando;
Hasta que una
mañana
Que a la iglesia cercana
Su señora
a buscar se dirigía,
Con ira soberana
Vio que don
Luis, ansioso, la seguía.
Del atrio en los umbrales
La alcanzó, y atrevido:
-Tomad-dijo-esta rosa que
os ofrezco.-
Ella, que nunca oyó palabras tales,
Con el rostro encendido:
-Ni la tomo-exclamó-ni
la merezco.-
Y atropellando audaz a tres o cuatro,
Entróse
repitiendo:
Y él se quedó pensando:
Es una noche tibia
y perfumada,
De esas en que parece
Que bajo el limpio cielo
de Granada
Un nuevo sol espléndido amanece.
Detrás
de la entreabierta celosía
Que sobre el huerto fronterizo
cae,
Ya terminada la labor del día,
Goza Gracia
escuchando la armonía
Que en sus alas el céfiro
le trae.
Las fuentes y las flores,
Todo tiene su voz en
el concierto;
Hasta los desvelados ruiseñores
Que
anidan en los árboles del huerto.
Apoyando en las
manos el semblante,
Todo Gracia lo admira:
El fulgor del
lucero rutilante,
La hoja que rueda y el rumor que expira.
O de la tierra alzando con tristeza
La purísima
frente nacarada,
Contempla embelesada
Del astro de la noche
la belleza:
Que siempre fue la luna
De las almas fantásticas
el centro,
Y no hay mujer alguna
Que no busque una imagen
allí dentro.
Por fin, como de un sueño despertando,
Gracia se alzó; por la extensión vacía
Tendió un instante los cansados ojos;
Luego, cerca
del lecho en que dormía,
Sus rezos murmurando,
Ante
una Virgen se postró de hinojos,
Y aunque nada ya
en torno se veía,
Siguió la luz brillando
Detrás de la entreabierta celosía.
Súbito un grito agudo
Rompió
el silencio que doquier reinaba,
Y un bulto negro, misterioso
y mudo
Hacia la joven avanzó que oraba;
Largo antifaz
cubriendo su semblante,
Sólo sus ojos vislumbrar
dejaba,
Y, asesino o amante,
Algo de tigre en ellos centelleaba.
-¡Socorro, Virgen mía!
-Dijo Gracia a la vez con
ira y miedo;-
-¡Salid, infame!-murmuró sombría.
Y el encubierto replicó:
Para triunfar de ti forcé una puerta;
Dormida
te creía;
Ya me es igual dormida que despierta.
-Antes que presenciar tal villanía
Pluguiera a Dios
que me encontrarais muerta.
-¿Sabes quién soy?
Algo sabrás de mi furor terrible.
-Sé
que de todo sois capaz; de todo,
Menos de lo imposible.
-¡Morir o amar, elige!
Olvídame, señor, y otros placeres
Curen la pena de que causa he sido.
-Eso quisieras tú;
pero hay mujeres
Que antes logran la muerte que el olvido.
¡Muere, pues!-
Del ropón desprendiendo
que le viste
Fatal arma traidora,
Rápido se lanzó
sobre la triste,
Que, apagando la luz, gritó:
Ven tú, pues que mi madre ya no existe!-
Y luchando
en la sombra y reluchando,
Ya sin voz, y sin alma, y sin
consuelo,
Fue Gracia a tropezar en una puerta,
Que al solo
impulso blando
De su mano de hielo
Giró de par en
par; ¡estaba abierta!
A una suntuosa cámara llevaba,
Que Gracia nunca visitado había;
De su techo una
lámpara colgaba,
Y a su luz que oscilaba
El retrato
de un viejo se veía
Con el manto y la cruz de Calatrava.
Cerca de aquél, y tapizando el muro,
Muchos retratos
más, casi borrados,
Y allá en el fondo oscuro
Dos guerreros inmóviles y armados.
-¡Favor!-gimió
la pobre balbuciente,
Asiendo de uno de ellos por la gola;
El guerrero tembló; volvió la frente
Gracia
al peligro, y encontróse sola...
Prudente
y prevenida la doncella
En la sala de honor esperó
el día;
Toda la noche aquella
La hicieron los Chacones
compañía.
Aún
de don Luis la madre reposaba,
Cuando una carta recibió
en su mano;
-Es para vos, y de llegar acaba,-
Dijo una
dueña de cabello cano.
Y Gracia, que en la alcoba
penetraba,
Atenta como siempre al primer ruido,
Tomó
el papel que aquélla le acercaba,
Y leyó con
acento conmovido:
«¡Madre, no me esperéis! De aquí
me alejo
Porque el deber lo ordena;
Vida, esperanza, amor,
todo lo dejo
Y me voy con mi infamia y con mi pena.
Abierto
ante mis pies miro el abismo;
Puedo llegar a ser vil y cobarde,
Y antes que avergonzarme de mí mismo,
Huyo de mí
y de vos. ¡El cielo os guarde!
Senda noble y gloriosa
Mi
juvenil espíritu imagina;
Busca mi mente ansiosa
La estatua más hermosa,
La voz más grata
y la mayor ruina.
Del arte en los misterios
Aprenderé
cien goces ignorados,
Y el polvo al contemplar de los imperios,
En él veré mis sueños retratados.
Sé que me perdonáis, y yo os bendigo;
Grande
ha sido mi culpa, madre mía;
Mas la ilusión
abrigo
De que digno de vos volveré un día
Pidiendo premio donde hallé castigo.
Una súplica
aún: que de mi ausencia
Nadie investigue el pavoroso
arcano
Que guarda mi conciencia;
Del mar es copia el corazón
humano,
Y fuera gran demencia
Querer interrogar al Océano.»
Dos lágrimas no más,
lentas y solas,
Surcaron las mejillas de la anciana,
Y
eran amargas como son las olas
Que se deshacen en espuma
vana.
Quiso hablar, y la frase, mal segura,
En un suspiro
se escapó del pecho;
Con manos encendidas
De Gracia
acarició la frente pura,
Y ambas cayeron juntas sobre
el lecho
En un inmenso abrazo confundidas.
II ¡Italia, Italia! Bendecido suelo
En que
halla el peregrino fatigado
Con las confusas glorias del
pasado
Del porvenir el misterioso anhelo.
Región
encantadora
Que sólo ensueños de placer inspira;
Maga
fascinadora,
Si el que nunca te vio por ti suspira,
El
que deja de verte, por ti llora.
Iba
la tarde a declinar; domando
De sus corceles el ardiente
brío,
Que trotan resoplando,
Van dos jinetes, de
exterior sombrío,
La romana campiña atravesando.
Don Luis Chacón es uno; su escudero
Gaspar el otro;
aquel que le adiestrara
En manejar la rienda y el acero,
Y que por ver el júbilo en su cara
Viviera sin hablar
un año entero.
Mas en vano lo intenta,
En vano de
sus muchas correrías
Episodios y fábulas le
cuenta,
O de risueños y lejanos días
El apacible
cuadro le presenta.
Nada la nube ahuyenta
Que en torno
de don Luis se agita y crece,
Que de su oculto lloro se
alimenta,
Que le aniquila al par que le enardece;
Y entre
la cual, envuelto y abismado,
Una visión fantástica
parece
Persiguiendo la dicha que ha soñado
Y el
soplo de su aliento desvanece.
Borrar
quiere del alma
Lo que grabado lleva en la memoria;
Mas
sólo en el olvido está la calma,
Y quiso el
cielo que la misma palma
Sirva para el martirio y la victoria.
Por eso de Gaspar teniendo en poco
La
charla y el cariño,
Cruza el desierto que asoló
la gloria
Con la sublime exaltación del loco,
Con
la serena intrepidez del niño.
¡Ni
un árbol, ni una flor! ¡Negras colinas
Interrumpen
a veces de aquel llano
La triste soledad! Allá, a
lo lejos,
Sobre las agrias cumbres del Albano,
Derrama
el sol sus últimos reflejos.
Pirámides
de ruinas
Dan por asiento la gastada piedra;
Y en el frontón
hundido
Busca reposo la torcaz paloma,
Mientras, bebiendo
el aire corrompido,
Bajo
un dosel de hiedra,
Sus anchas fauces el lagarto asoma.
Del
acueducto erguido
Logra la cabra dominar la altura,
Y
allí su sed ardiente
Templa en el hilo de agua transparente
Que entre las rotas bóvedas murmura.
Óyese
de repente
Sordo rumor que turba al más sereno:
Es
un búfalo enorme
Que, oculto en el repliegue de una
roca,
Se baña revolcándose en el cieno.
La
cabeza deforme
Mueve con lentitud acompasada,
Y espuma
destilando por su boca,
Gira en torno la estúpida
mirada.
¿En qué piensa
don Luis, que ve en tal hora
El término llegar de
su camino,
Más lejos cada vez de la que adora
Y
esclavo más y más de su destino?
Él
mismo no lo sabe;
Gaspar, que conocerlo quiere en vano,
Marcha a su flanco silencioso y grave,
Quizá
de aquel arcano
Oculta en el hogar quedó la llave,
Y así los dos, con parecida suerte,
Nutren
igual empeño:
Don Luis piensa en un sueño,
que es su muerte,
Y Gaspar en su vida, que es un sueño.
De pronto, al ensancharse la vereda,
Vieron desde la cúspide del monte
Del ancho valle
la extensión vacía;
Dibujóse en el
diáfano horizonte
De la villa Panfili la arboleda,
Y Roma apareció: lento se oía
Del Angelus
sonar el dulce coro
Que en cuatrocientas torres repetía
De las campanas el metal sonoro;
Y entre el vapor de la
indecisa bruma,
Como arrastrando al mar su historia impía,
Sin
ruido y sin espuma,
El Tíber soñoliento se
perdía.
Semejante al ciprés que el rayo abate,
De los bronces al eco plañidero
Dobló don
Luis la juvenil cabeza,
Llevó la diestra mano hacia
el sombrero,
Y en el caballo hundiendo el acicate,
Sin
que acierte Gaspar si jura o reza,
Al galope tomó
por el sendero.
-¿Está
ya todo visto?-preguntaba
A un cicerone anciano,
Un hidalgo
español, que visitaba
Los salones sin par del Vaticano.
-Señor, nada nos queda;
El arte vive aquí
griego y romano,
Y es imposible que ni en sueños
pueda
Más lejos ir el pensamiento humano:
Venus,
Minerva, la Amazona, Juno,
Laoconte, Adonis, Hércules,
Cupido.
¡Ah! Cuando recordéis uno por uno
Sus encantos,
señor...
Tú me dijiste que el cincel del hombre
Nunca produjo perfección tan alta;
Justo es que lo
declare y que me asombre;
Mas algo aquí no encuentro
que me falta.
-¿Cómo se llama, pues?
Y yo le he visto, sin embargo, un día...
-Sin que por ello vuestro anhelo excite,
Puedo enseñaros
mucho todavía.
-Enséñame una estatua
que palpite.
-Loco me parecéis.
-Ni la quieres buscar, si te importuna,
En
vez de halagos recibir desdenes,
Yo te diré un lugar
en donde hay una.
Gaspar, ¿no es cierto?
¿No lo adviertes, Gaspar?
Que vive entre el afán y la mentira,
Y
hay quien viviendo así se gana el cielo.
Mírale
con las Musas embebido.
-Di mejor embobado.
-¡Pobre don
Luis! Tres meses le he servido,
Y es mucha la afición
que le he cobrado.
-Pues si buscando amor pierde el sentido,
¡Buen viaje hemos echado!
III De Egipto en las pirámides altivas,
De Grecia en los escombros inmortales,
De Germania en las
selvas primitivas,
Halló don Luis, para templar sus
males,
Venturas fugitivas.
-¿Qué son-pensaba-las
humanas penas
Del tiempo ante el estrago?
¿Quién
sabe si estas cálidas arenas
Fueron rica ciudad o
turbio lago?
¡Cuántas pasiones, cuya llama ardiente
Acrecentó el deseo,
Se evaporaron en su propio ambiente
Como la niebla que extenderse veo!
¡Amor, felicidad, gloria,
esperanza;
Sueño de un breve día,
Sombra
que se persigue y no se alcanza,
Luz que deslumbra al mísero
a quien guía!
¡Fantástica ilusión de
la belleza,
Necio de aquel que sobre ti construye!...
¿Dónde
lo bello de la esfinge empieza?
La Venus ideal ¿dónde
concluye?
-¡Gaspar!
-Lo supongo, don Luis; hoy, justamente,
El mismo pensamiento me ha asaltado;
Dos años hace
que, cual vos ausente,
Nada sé de la patria que he
dejado.
-¿Y la recuerdas?
Que recuerdo a mi madre, que, de fijo,
Dirá más de una vez mirando al cielo:
«¿Qué
será de aquel hijo
En quien cifro mi dicha y mi consuelo?»
-Pues bien, llegó la hora
Por ti anhelada y para
mí temida;
Al despertar de la cercana aurora
Seguiremos
la ruta interrumpida.
De España nuevas en París
aguardo,
Cuentas y cofres acomoda y cierra,
Y sin más
dilación ni más retardo
A ver volvamos la
Nevada Sierra.
-¡Así os quiero, don Luis!
-Quien no mata la pena, la da aliento;
Dejadme
que os admire y os abrace.
-¡Ay, Gaspar!, que yo siento
Dos penas: la que muere y la que nace.
«¡Mi
último adiós te mando, y te bendigo!»
Esto
no más decía
La carta que de manos de un amigo
Don Luis recibió en Francia cierto día.
Y
aún pasado no había
Un mes de aquella fecha
dolorosa,
Cuando un mozo, muy triste y muy bizarro,
Con
mano temblorosa
Llamaba a un portalón vecino al Darro.
Crujir oyóse la maciza llave,
Y un hombre, entre
soldado y pordiosero,
Con voz áspera y grave:
-¿Quién
sois y qué queréis?-gruñó severo.
-Quisiera, antes de todo,
Saber a quién servís...
-A la que vos tengáis yo me acomodo;
¿No es ésta la mansión de los Chacones?
-Fue,
sí, señor; sin duda, al pueblo extraño,
Nada sabéis...
Como dice el tendero Juan Otaño,
No
quedan más que deudas en la plaza.
-Pues ¿quién
habita aquí?
La Real Chancillería,
En la que ejerzo
de alguacil suplente,
Las fincas embargadas me confía.-
Y-decidme-apoyándose en la puerta
Balbució
el forastero:-
¿Cómo está la Condesa?
Dos meses hace el veinte de Febrero.
-¿Y los demás?
-No
sé; cuentan de un hijo
Cuya suerte se ignora desde
el punto
Que de su casa huyó; siempre se dijo
Que
era loco, o malvado, o todo junto.
-¿Le conocisteis vos?
Yo era entonces soldado...
-¿Y qué
fue de una joven recogida?...
-Preguntáis, buen amigo,
demasiado.
-Toma y habla, menguado;
¿Piensas que de un
golilla estás delante?
-Hablaré, sí,
señor; me habéis pagado,
Y debo complaceros
al instante.
Cuando cerró los ojos a la anciana
Que de madre con ella hizo las veces,
La pobre joven, al
mirar cercana
La visita de esbirros y de jueces,
Acabado
el entierro,
Aún más humilde que si fuera
mío,
Lejos de la ciudad buscó un encierro
En yo no sé qué carmen junto al río.
Allí, escondida, mora,
Sola con su dolor; pues poco
a poco
Se han comido las trampas de aquel loco
Propiedades
y ajuar de la señora.
Cuanto pude os conté;
si, aunque vacía,
Queréis la casa visitar,
me ofrezco
A serviros de guía...
-De todo corazón
os lo agradezco.
Acaso alguna vez os lo recuerde,
Hoy tiempo
no me queda.
-Cuando gustéis, señor; nada
se pierde.
-Adiós, pues, y guardad esa moneda.
Y
una dobla poniendo en la ancha mano,
Que guardó con
sonrisa de villano
El alguacil ladino,
Después de
saludar con muy buen modo,
Chacón de la ciudad tomó
el camino,
Vacilante y febril como un beodo.
Muy
cerca ya don Luis de su posada,
Vio que Gaspar, cual nunca
diligente,
A su encuentro volaba.
-¿Qué ocurre?-preguntó
rápidamente.
-Señor, que ha estado arriba,
que os buscaba,
Que una esquela tenéis por ella escrita,
Que en vuestro cuarto al penetrar lloraba.
-Pero ¿quién?
¡Vive Dios!
-¿Y se ha marchado?
Que por vuestra salud al cielo
pide,
Que veros quiso por la vez postrera
Y que de vos
por siempre se despide.
-Dame al punto la llave.
Hallaréis la misiva
Donde ella misma la
escribió y la ha puesto.
-¿Qué dispondrá
de mí, que muera o viva?
«Mi
Luis, mi único amor; amor sagrado,
Cuya primera confesión
te envío,
Por verte he suspirado
Y no he de verte
más, hermano mío.
Tu moribunda madre
Me reveló
el secreto de su esposo;
Bendigamos los dos a nuestro padre,
No turbemos su paz y su reposo.
A la tranquila aldea
Donde
pasé mi infancia parto ahora;
Todo lo que aún
tenemos tuyo sea,
Yo torno a ser la humilde labradora.
Lo he jurado a tu madre en la agonía,
Y el juramento
es santo,
Sólo el pensar en ti con alegría
Puede enjugar mi llanto.
Amémonos de lejos,
Como
se aman los justos en la tierra.
No empañemos del
alma los reflejos,
Con Dios y el mundo y la conciencia en
guerra.
Y si ves que envenena mi memoria
Tu corazón
sensible,
Arrójala de allí, piensa en la gloria
Y no sueñes, por Dios, con lo imposible.»
Terminó del escrito la lectura,
Y aún don Luis, con atónitas miradas,
Como
quien de lo incierto se asegura,
Fijábase en las
letras agrupadas.
Parece que murmura
Una plegaria a ratos;
ya suspira,
Ya entre las manos la cabeza esconde,
Ya a
un tiempo se pregunta y se responde,
Como un calenturiento
que delira.
Por fin, trocada en ira
La sorpresa que el
hecho le produjo,
Con ronca voz y bruscos ademanes,
De
sus ciegas pasiones al influjo,
Rugió con el rugir
de los volcanes.
-¡Sí!-gritaba
en creciente desvarío.-
Te amaré desde lejos,
de tal suerte,
Que has de vivir con el recuerdo mío,
Sin encontrar descanso ni en la muerte.
No seguiré
tu huella,
Pues temo más hallarte que perderte;
Pero del cielo, de mi amor estrella,
Yo el cielo escalaré,
donde he de verte.
¿Mártir de la virtud corres al
ara?...
No será, hermana, estéril tu heroísmo;
¿De la sangre el abismo nos separa?...
Llene mi sangre
el tenebroso abismo.
Busqué
con alma ansiosa,
Del bajo mundo en la región mezquina,
La estatua más hermosa,
La voz más grata
y la mayor ruina.
¡Necio de mí! La estatua peregrina
Rota yace a mis pies; la voz soñada
Fue la que me
arrulló junto a la cuna,
Ya por el mármol
del sepulcro helada
Y ¿qué ruina mayor ni más
llorada
Que la de mi esperanza y mi fortuna?
Loco estuve...
¡Gaspar!
-De toda ajena indiscreción
seguro,
Espérame esta noche, bien armado,
De la
puerta de Elvira junto al muro.
-¿Con caballos?
Cuál es mi plan.
A vuestro impulso con placer me muevo,
Y no nací para vivir ocioso.
-¿Sabes que en son de
guerra
Turba extranjera nuestro hogar profana?
-Lo sé;
pisa la tierra
Que sus despojos guardará mañana.
-Pues bien, a unirnos vamos
Con los que intentan eclipsar
su gloria.
-Nunca en nada mejor nos ocupamos.
-La muerte
anhelo yo.
-¿Todo lo dispondrás?
-A las once será nuestra partida,
Vete. ¡Y ahora, mi Dios, deja que en calma
Del mundo y
de la dicha me despida!
IV Cerca ya de la aurora, cuando el prado
Humedecen las gotas de rocío,
Y como tenue velo
aljofarado
Se levantan las nieblas sobre el río,
Un pastor, al salir de su cabaña,
Fija en agreste
cumbre,
Vió a sus pies, reflejando en la montaña,
De vivo incendio la rojiza lumbre.
Del plácido Genil
en la ribera
El humo se extendía,
Y un carmen descollaba
entre la hoguera,
Que cual sierpe de fuego le envolvía.
Convulso y jadeante,
Si bien con paso apresurado y cierto,
Llegó el pastor a la mansión distante,
Muda
y hermosa al par como un desierto.
Inútil y perdido
Fuera el socorro: los robustos muros,
De las llamas al
beso repetido,
Crujiendo con estrépito, rodaban,
Y los mármoles duros,
Dóciles al peligro,
se encorvaban.
Y de aquel bosque de penachos rojos,
Y en
medio de aquel humo que le ciega,
Cual si los evocara el
pensamiento,
Vio surgir el pastor ante sus ojos,
Con el
asombro del que mira y niega,
Dos jinetes veloces como el
viento
Que a poco se ocultaron en la vega.
1883.
Al insigne pintor sevillano José Villegas.
Como sale apresurado
Al abrirse
la colmena,
Tropel alegre y confuso
De bullidoras abejas,
Así al caer de una tarde
De otoño lluviosa
y fresca,
Salieron ocho o diez mozos
Alborotando por treinta,
De un caserón sucio y negro,
Aunque de noble apariencia,
Que del arrabal de Córdoba
Daba sombra a una calleja.
No era ya de los Califas
La espléndida corte aquella,
Pues iba a expirar el año
De mil quinientos setenta,
Pero aún, sultana del Betis,
Por su hermosura y
riqueza
Embelesando los ojos
Dejaba al alma suspensa;
Que a ésta y aquellos a un tiempo
Brindaban encanto
y guerra
De sus jardines la pompa,
De su suelo la opulencia,
El valor de sus galanes
Y la gracia de sus hembras.
Y
a correr tales peligros
Y a gozar tantas bellezas
Una falange
de artistas
Labró su nido resuelta
En los rotos
murallones
Y en las cúpulas soberbias
De la ciudad
que algún día
Fue del Occidente reina.
Genios
de doradas alas
Que el sol de la gloria quema,
Que de esperanza
se nutren,
Que con imposibles sueñan
Y que al declinar
la tarde,
Ya acabada su tarea,
Del sabio Pablo de Céspedes
Desierto el estudio dejan,
Llenando, al pasar, la calle
De suspiros y ternezas,
Cantares y carcajadas,
Juramentos
y blasfemias.
Iba tendiendo la
noche
Sus cortinajes de niebla,
Cuando del alegre grupo
Destacóse una pareja
Que, abandonando la turba,
Tomó dirección opuesta.
Dos mancebos la formaban
Casi de igual apariencia,
Por más que el uno tenía
Faz desdeñosa y morena,
Que iluminaban a ratos
Dos ojos como centellas,
Y el otro el semblante dulce
Y
la rubia cabellera
De un querubín arrancado
Del
tríptico de una iglesia.
Ninguno de veinte abriles
Pasaba, según las señas,
Y unidos en lazo
estrecho
De amistad segura y tierna,
Ambos con mucho de
artistas
Y no poco de poetas,
De Céspedes, su maestro,
Los dos predilectos eran.
Por Agustín del Castillo
Contestaba el de faz seria;
El rubio, infeliz expósito,
Llamábase Adrián a secas.
En silencio y muy
de prisa,
Después de bastantes vueltas,
Llegaron
por fin del río
Hasta la margen amena,
Y allí
las capas tendiendo
Sobre la alfombra de hierba,
Que de
la reciente lluvia
Aún conservaba las huellas,
Este
coloquio entablaron
Juntando las manos diestras:
-¿Hablaste
con ella, Adrián?
-Debajo de su ventana
Me sorprendió
la mañana,
Pero fue vano mañana,
De sus padres
el rigor
Su voluntad encadena.
-¿Y va a casarse?
-Te engaña, Adrián; con amor.
No hay
fuerza ni tiranía
Que el cariño no quebrante,
Ni toma ningún amante
Mujer en quien no confía.
Ave pasajera ha sido
Que da al viento su cantar;
Tú
la enseñaste a volar
Y vuela lejos del nido.
-Mas
¿no conoce la ingrata
Que es ella mi vida entera?
-¿Cuándo
ha tenido la fiera
Lástima de aquel que mata?
Jugó
con tu corazón
Y ganó; su ejemplo toma:
Te
ha herido como paloma,
Véngate como león.
-No puedo, Agustín, no puedo;
En el afán
que me inspira,
Quererla me enciende en ira,
Olvidarla,
me da miedo.
Dime, pues, si es la verdad
Lo que me anuncia
tu labio;
Dime que con torpe agravio
No ultrajas su castidad;
Y después de bendecir
Al que noble me amparó,
Si dejar de amarla no,
Podré dejar de vivir.
-¿Aún
lo dudas?
-Pues da tregua a tus enojos,
Porque con tus
propios ojos
Lo vas esta noche a ver.
-¿Esta noche?
-¿Y cómo?
Que tiene el sueño la villa
Muy pesado
y muy seguro.
Todo de mi cuenta corre;
A las doce, y muy
alerta,
Búscame de la Malmuerta
Junto a la arábiga
torre.
Una vez allí los dos
Yo tu duda aclararé;
No faltes.
-Entonces, adiós.
Y dejando en soledad
La oscura y triste ribera,
Ambos
con planta ligera
Perdiéronse en la ciudad.
Empujadas por el viento
Se rasgan las
nubes negras,
Abriendo paso a la luna
Que sus perfiles
argenta.
Han sonado ya las doce,
Apagándose con
ellas
Los rumores en la calle,
Las luces en las viviendas.
Sólo dos sombras confusas
Se ven en una plazuela
Contigua a la vieja torre
Llamada de la Malmuerta,
Cuyas
dos sombras calladas
Que dos mancebos semejan,
Ya escuchando
se detienen,
Ya inquiriendo se pasean.
De pronto, tras
de una esquina
En el muro se repliegan,
Y sus miradas dirigen
Hacia una ventana estrecha,
Donde al fulgor de una lámpara
Vaga imagen se proyecta.
Es una mujer; su aspecto
Denuncia
su gentileza,
Que al interrogar ansiosa
Con los ojos las
estrellas,
Su faz y la de la luna
Disiparon las tinieblas.
Turbada está y pensativa
Como quien teme o espera,
Y sabe Dios cuánto tiempo
Le durara la tristeza,
Si un sordo rumor de pasos
Que por instantes se acerca
No convirtiese en carmines
De su tez las azucenas.
Tres
exclamaciones mudas
Que el alma robó a la lengua
Al mismo compás dijeron:
-¡Amor!, ¡castigo!, ¡vergüenza!
Pronto llegó el embozado
De su esperanza a la meta,
Y a una señal convenida
La niña, con mano
diestra,
Lanzó a la calle una llave
Que botó
contra las piedras.
No tuvo, con todo, tiempo
El galán
de recogerla,
Que otro embozado a tal punto,
El pie poniendo
sobre ella,
-¡Atrás!-exclamó con ira-
Y descúbrase
quien sea,
Que es oficio de ladrones
Ir a caza de estas
prendas.-
Sonó un grito en la ventana,
Surgió
otra sombra siniestra,
Y dos espadas desnudas
Relampaguearon
inquietas.
-¿Qué haces, Agustín?
Contestó con voz resuelta.
-Reñid, pues,
y no uno a uno;
Para los dos tengo fuerzas.-
Y hablando
el desconocido,
La capa arrojó a la izquierda
Y
en la pared apoyándose
Dio principio la pelea.
Mas
al ver Adrián su rostro
Donde la luna refleja,
Entre
los dos combatientes
Lanzóse, con tal demencia,
Que herido por un acero
Cayó desplomado en tierra.
En esto a abrirse empezaron
Los
balcones y las rejas;
Algún vecino celoso
Echó
al aire la linterna;
Dieron chillidos de espanto
O de envidia
las doncellas,
Y de ronda ya cercana
Trajo el aviso una
dueña.
Detrás del feliz amante
Se oyó
crujir una puerta,
Y Agustín, al verse solo
Con
su amigo, que no alienta,
Levantándolo en sus brazos
Cual si tierno niño fuera,
En silencio y muy de
prisa
Ganó la oscura calleja.
Gotas
de sangre en el suelo,
Una llave casi nueva,
Mucho corrillo
en la plaza,
Y mucha boca indiscreta,
Eso halló
no más la ronda
Cuando, armada y soñolienta,
Llegó al lugar del suceso
Con su alcalde a la cabeza.
II De un convento las campanas
Sin intervalo
repican,
Que hacen en Córdoba fiesta
Los hermanos
carmelitas.
Por donación de un devoto
Se ha fundado
una capilla,
Y ya el altar concluido
Se bendice en este
día.
El lienzo que lo decora
Una cruz tiene por
firma,
Y ha servido en él de asunto
Magdalena arrepentida.
Dicen que es de autor anónimo
Los curiosos que lo
admiran,
Y hallan extraño se oculte
Quién
es tan insigne artista.
La pecadora sublime
Rezando está
de rodillas,
Siendo su templo el recinto
De una caverna
sombría,
Un crucifijo y un cráneo
Los que
su oración inspiran;
Su lecho, la dura piedra;
Su
descanso, la vigilia;
El cielo, su juez airado,
Y su verdugo,
ella misma.
Nunca a perfección tan alta
Llegó
la belleza física,
Como en aquella pintura,
De los
ojos maravilla.
A través de los harapos
Se ve un
alma que palpita,
Que vive, y recuerda, y siente,
Y ama,
y espera, y confía.
De aquel demacrado rostro
En
las virginales líneas,
Inútilmente se buscan
Las huellas de la lascivia;
Todo lo borró el encanto
De la aspiración divina,
Cual ola que a cada embate
Deja la arena más limpia.
Ya va llenando la gente
La anchurosa galería,
Ya el sacristán los
atriles
Dispone para la misa.
Por llegar junto a la verja
Los más impacientes lidian,
Y hay quien llega sin
pensarlo,
Porque a la fuerza le obligan.
Uno descuella
entre todos,
Uno a quien cuantos le miran
Abren paso, hasta
ponerle
El primero de la fila.
Tras él avanza una
joven
De negras tocas vestida;
Ambos se paran a un tiempo,
Y al cuadro elevan la vista.
-¿Qué os parece, señor
Céspedes?
-Dice el sacristán con risa;-
Oiga
yo de vuestra boca
Si es tan bueno como afirman.
-Pues
digo-exclama el maestro
Que del pintor tengo envidia,
Y
que, o debe ser Tiziano,
O vive Adrián todavía.-
Bajó la dama al oírle
La frente descolorida,
Y en el rincón más oscuro
Se escondió
de la capilla,
Mientras Céspedes, teniendo
La mirada
en ella fija,
Murmuraba: «Se parecen
Como dos granos de
mirra;
Pero uno corrompe el aire,
Y el otro lo purifica.»
-¿No viene, hermano, a la fiesta?
Ya el esquilón nos avisa,
Y entra el guardián
en el coro
Con cantores y organistas.
Tomar parte en vuestro
triunfo
La comunidad ansía,
Que la habéis
donado un lienzo
Que, más que lienzo, es reliquia.
-Basta, hermano, y perdonadme;
Rendido estoy de fatiga,
Y a orar me quedo en mi celda
Ya que la oración
me alivia,
En cuanto al lienzo, es tan pobre
Que, aunque
el vulgo lo sublima,
Pienso que el último sea
De
cuantos pinté en mi vida.
Todos los que en torno
miro
Con el pasado me ligan:
Fantasmas son de unos sueños
Que hoy la realidad disipa,
Y al recordarme mi gloria
Me recuerdan mis desdichas.
Déjeme, pues, buen hermano,
Y mi dolor no le aflija,
Que voy camino del cielo
Con
mi corona de espinas.-
Y esto diciendo, quedóse
Desfallecido en la silla,
En tanto que el otro fraile
Al
coro se dirigía.
Cuando
ya solo en la celda
Se halló el joven carmelita,
Levantóse, y del secreto
De una papelera antigua
Sacó una carta cerrada
Y fuése al balcón
a abrirla.
Vieron desde allí sus ojos
La ciudad
y la campiña,
El sol que del ancho río
Doraba
las puras linfas,
Y al mismo tiempo, y muy cerca,
Escuchó
clara y distinta
Del órgano del convento
La celestial
armonía.
Luego, al sentir que una lágrima
Le quemaba la mejilla,
Rompió de la carta el sobre
Y leyó con faz tranquila:
«Adrián:
Estaré muy lejos
Cuando estas letras recibas,
Y
en ellas quiero dejarte
De mi amistad prueba escrita.
Desde
la noche funesta
En que la suerte enemiga
De tu amor y
mi venganza
Nos arrebató la dicha,
No sólo
velé tu sueño
Curando tu grave herida,
Sino
que de aquella infame
He sido constante espía.
Si
al seductor en tres años
Mi acero no hizo justicia,
Fue recordando lo mucho
Que te amparó su familia,
Cuando en abandono triste
Huérfano y solo vivías;
Pero a la infiel me propuse
Por todas partes seguirla,
Pregonando sus maldades
Y haciéndola de él
indigna.
Esto es lo que he conseguido,
Y ya mi misión
cumplida,
Parto a Florencia y a Roma,
Que estudio y placer
me brindan.
No casará Magdalena
Con don Rodrigo
de Silva,
Quien siente de haberla amado
Vergüenza
tan infinita,
Que en expiación de esa culpa
Ha erigido
la capilla
Donde pronto los cristianos
Alzarán preces
benditas.
No te envolverá en sus redes,
Porque Dios
de ellas te libra,
Y de todos despreciada
Sufrirá
en breve la inicua
El rigor de los que lloran
Y el desdén
de los que olvidan.
Adrián, la gloria te espera;
Eres monje, fuiste artista;
Hoy puedes ser las dos cosas;
Mira al cielo, reza y pinta.
Yo te animaré a la
lucha,
Y cuando al pesar te rindas,
Llama a Agustín
del Castillo,
Que no faltará a la cita.»
Mordióse el fraile los labios,
En que brotó una sonrisa,
Hizo pedazos la carta,
Poniendo un beso en la firma,
Y metiéndose en la
celda,
Con desusada energía,
Cuadros, bocetos, apuntes,
Reunió en una inmensa pira,
A los cuales aplicando
Una roja lamparilla
Que a un viejo Cristo alumbraba
Metido
en una hornacina,
Hizo pabellón de fuego
Y pirámide
de chispas.
Cuando, después
de la fiesta,
La comunidad reunida
Fue a dar al pintor
su hermano
Enhorabuenas y albricias,
Halló un fraile
moribundo
Sobre un montón de cenizas.
Años
hace que de Córdoba
Visitando las ruinas,
En la
oscuridad de un templo
Fijé en un cuadro la vista.
De una bella pecadora
Ser retrato parecía,
Y en
él no se vislumbraban
Nombre, ni fecha, ni cifra.
¿Era de Adrián la pintura?
¿Era Magdalena misma?
Nunca llegué a averiguarlo;
Pero aquel hermoso enigma
Aún si a mi memoria acude,
Siento que el sueño
me quita.
1884.
En el ruinoso claustro bizantino
Iba a sentarme al declinar el día,
A pie cruzando
el áspero camino
Que conduce del pueblo a la abadía.
Todo allí soledad, todo misterio;
Del monte en el declive ameno valle,
Y vecino a la iglesia
el cementerio,
De altos cipreses, tras angosta calle.
Aquel
antiguo claustro, aquella calma,
Aquel cielo tan puro y
transparente,
Hablaban a mis ojos y a mi alma
De algo que
no se explica y que se siente.
Alguna
vez, el eco repetido
Por la centrada bóveda del coro,
Traía murmurando hasta mi oído
El rezo triste
y el cantar sonoro;
Y alguna, vez también,
pálido y mudo,
Un hombre, que un fantasma parecía,
Contestaba impasible a mi saludo,
Y del templo en la sombra
se perdía.
¿Quién era? Al
mundo y a la vida extraño,
Prófugo del hogar,
de nombre incierto,
¿Qué crimen, qué dolor,
qué desengaño
Lloraba en aquel árido
desierto?
Bajo su tersa y despejada frente,
De su pupila azul en los fulgores,
Irradiaban los sueños
de la mente,
Ricos de luz, de encanto y de colores.
¿Quién
sabe si en la celda sumergido,
Cuando todo en silencio reposaba,
Con el orgullo de Luzbel caído
Su túnica
de Neso desgarraba?
¿Tal vez un mártir
del amor sería,
Que al tibio rayo de la luna bella,
De su amada el espectro evocaría,
La fe negando
a Dios que puso en ella?
¿O de oculto
pesar víctima triste,
Acaso maldiciendo su destino,
De una felicidad que aquí no existe,
Buscaba en
las tinieblas el camino?
No lo
sé; de su imagen solitaria,
Siempre severa y misteriosa
y fría,
Sólo el perfil recuerdo y la plegaria,
Que más se adivinaba que se oía.
Y
tampoco olvidé que muchas veces,
Del sitio impresionado
y del momento,
Al rumor de sus pasos y sus preces,
Despertó
mi dormido pensamiento...
Y pensé
en mi interior: -Esa sentencia
Que el hombre sufre y que
se impone él mismo,
¿Es ley a que obedece su conciencia,
O imposición fatal de su egoísmo?
¿Puede
el humano ser, suprema hechura
De un divino Hacedor, fuente
de vida,
Renunciando a su noble investidura,
Realizar los
intentos del suicida?
No de estéril
piedad, de amor fecundo
Se nutren los hambrientos corazones;
Y hacen más falta ejemplos en el mundo
Que en el
cielo cantares y oraciones.
Bálsamo
del dolor es la esperanza,
Y, afirme cuanto quiera la pereza,
Del bien y la virtud en la balanza,
Pesa más el
que instruye que el que reza.
Más
alto que el incienso, cuya nube
Se borra disipada en el
ambiente,
Hasta el trono inmortal vibrando sube
El suspiro
del pobre y del doliente.
Corregir al
iluso y al culpable,
Aliviar al enfermo y al cuitado,
Ese
es el culto a Dios más agradable,
Ese el deber del
justo y del honrado.
Fraile, no envidio
tu serena calma:
Yo amo al par las espinas y las flores;
La vida es un combate, y de la palma
Nunca dignos serán
los desertores.
1885.
I Hay nombres que retratan; parecía,
Cuando envuelta en su túnica de nieve
Luz a la estancia
daba y alegría
La que hoy mi musa a recordar se atreve,
Cisne de pluma leve
Arrojado a la tierra por acaso
En
el risueño y apacible día
En que nació
el amor; hasta su paso
Era como el del cisne, vacilante,
Por causas que diré más adelante.
¿Dónde la conocí? Lo tengo
escrito
En el sagrado libro en que se escribe
Lo ideal,
lo sublime, lo infinito,
Lo que nunca se olvida, lo que
vive.
En ese panteón de la memoria
Donde, en horas
de calma,
Gozamos releyendo nuestra historia
Con los ojos
del alma.
Vagaba yo una noche
a la ventura
Contemplando del arte los primores,
Por la
ciudad, sin par en hermosura,
Que hizo del Arno espejo de
sus flores.
Allá, templo vetusto
Dejábame
un instante embebecido;
Aquí, gallardo busto
Sobre
marmóreo pórtico esculpido.
De Strozzi y del
Barchelo
Ya los palacios admirado había;
Perderse
vi en el cielo
La torre de la vieja Señoría,
Y de Orcagna en la logia portentosa
Miré, con honda
pena,
De Perseo la hazaña valerosa,
Y la angustia
cruel de Polisena.
Por calles y callejas extraviado,
Solitario
y sin guía,
Más de la mente que del pie cansado,
Mi romántico viaje proseguía,
Cuando un rumor
de música liviana,
Fabricada en París, por
consiguiente,
Me condujo, venciendo mi galbana,
A una casa,
ni nueva ni decente,
Del Corso dei Tintori no lejana.
Rebosaba
el portal lleno de gente;
Inquirí, me advirtieron,
hallé el modo
De divertirme y descansar un rato,
Y poniendo a pupilo el sobretodo
Di en un baile de máscaras
barato.
No lo he de describir:
saber os baste
Que era inmenso el salón, y en él
reinaba
De miseria y de lujo tal contraste,
Que al dolor
y a la risa provocaba.
Sobre la muelle alfombra
Cien parejas
danzaban confundidas
Y cien en la penumbra o en la sombra
Cantaban a compás enronquecidas.
Mujeres agradables
y discretas
Iban pidiendo amor, dicha o fortuna;
Todas
eran alegres y coquetas,
Todas quizá felices... menos
una.
En el ángulo oscuro
Del salón que al
de baile precedía,
Sentada, y apoyándose en
el muro,
La vi al pasar; ni hablaba ni reía.
De
su contorno puro
Blanco traje las formas descubría,
Y en antifaz, que la ilusión provoca,
Dos hileras
de perlas en su boca.
Acariciando la desnuda espalda
Caían
desceñidos los cabellos
Hasta rozar su falda,
Tan
rubios y tan bellos,
Cual si fueran de un ángel la
guirnalda.
Hízome sitio y me senté a su lado;
Traté de hablar con ella, y un sollozo
Brotando
de su pecho acongojado,
Convirtió mi amargura en
alborozo.
-¿Sufres, máscara?
En mí fija un instante
De sus azules
ojos la pupila,
Y con el ritmo grato que se estila
En la
patria del Dante.
-Sufrir contigo quiero,
Si me dices tu
pena...
Debes ser, por las señas, extranjero:
¿Qué
te puede importar el dolor mío?
-Más de lo
que presumes...
-Un viajero cansado hasta hace poco,
Que no ha visto entre todas las mujeres
Ninguna como tú...
-¿Nada tienes que hacer?
-¿Serás franca conmigo?
-¿Con quién viniste aquí?
-¿Cómo te he de llamar?
II Dulce y pausado penetró en mi oído
De la beldad incógnita el acento
Que vibraba confuso
entre el ruido
Semejante al bramido
De turbias olas o de
ronco viento.
Alguna que otra vez tiernas parejas
Delante
de nosotros desfilaban;
Citas, requiebros, quejas
El espacio
de música llenaban,
Mientras cediendo a mi rogar
ansioso
Y con su mano trémula en la mía,
De su existencia el velo tenebroso
La máscara a mis
ojos descorría.
Cerca de un año hacía
Que abandonó su pueblo del Piamonte,
Y allí,
padre y hermanos más pequeños,
Buscando en
el artístico horizonte
La realidad de sus alegres
sueños.
El baile su afán era,
Y pronto la
academia en que estudiaba,
Elevándola al rango de
primera,
Un bello porvenir le presagiaba.
Pero antes de
llegar, ¡cuántos reproches
Nublaron su ventura!
¡Cuántos días sin pan, y cuántas noches
De fatiga, de insomnio y de amargura!
Escollo la hermosura
Fue para la infeliz en su camino;
Se propuso vencer, y
de ardor llena,
Mártir de la virtud y del destino,
Victoriosa por fin... subió a la escena.
No era
crecido el sueldo que tenía;
Mas no sólo bastaba
Para vivir humilde cual vivía,
Si no que haciendo
cálculos, hallaba
Que muy pronto una parte
Iba el
llanto a enjugar de los que amaba;
¡Qué gloria para
el alma y para el arte!
Calló
Blanca, y su frente
Doblóse como herida por el rayo;
Brilló una perla en la pupila ardiente,
Y volviendo
después de su desmayo,
-Llévame a respirar-dijo
doliente.
Su brazo enlacé al mío,
Y como
tiembla en el rosal la hoja
Cargada de rocío,
Comenzamos
a andar... Yo sentí frío...
Todo lo adiviné...
Blanca era coja.
-¿Comprendes mi dolor?-murmuró triste.
Yo la atraje con fuerza a mi costado,
Y entre una risa
aquí y acullá un chiste,
Cruzamos el salón
iluminado.
Poco después, serena,
Me refirió
su dolorosa cuita;
¡Cuánto conmueve el corazón
la pena
De una mujer bonita!
-Se ensayaba la escena encantadora
De un baile muy reciente,
Que se titula El Carro de la
Aurora...
-¿Y eras la Aurora tú?
Entre nubes el carro aparecía,
Tirado por querubes,
Y yo en el carro atravesar debía
La transparente
gasa de las nubes.
Hícelo así; pero en mi
raudo vuelo,
Mal seguro, sin duda, el andamiaje,
Con querubes
y carro vine al suelo,
Enredada en los pliegues de mi traje.
No era grande la altura,
Pero al ponerme en pie lancé
un gemido;
Aquella torcedura,
Muerte más que dolor
para mí ha sido.
-¿Qué dicen los doctores?
Que el tiempo y muchos baños
Darán
fuerza a la parte lastimada,
Si vivo sin bailar dos o tres
años.
Y hace ya casi un mes, y yo no duermo,
Y oigo
a mi alrededor dulces mentiras,
Y me llama mi padre, que
está enfermo,
Y debo cerca de trescientas liras.
-Mas, ¿no tienes amigos?
Que de su amor me hicieron mil alardes;
En la
ventura les juzgué importunos,
Frente a frente del
bien fueron cobardes.
-¿Y qué resolverás?
Me empuja al precipicio la primera
La misma
anciana en cuya casa vivo,
Y antes que dar en él
morir quisiera.
-Te afliges sin motivo;
¿No tienes madre?
-¡Ay,
Dios, si la tuviera!...
-Blanca, jura que es cierto
Cuanto
me acabas de decir.
Por las ocultas lágrimas que vierto;
No tiene
la verdad sello más puro.
-Pues bien; el baile acaba,
Y vienen a buscarte tus amigas;
Es preciso que hablemos.
Haré sin vacilar cuanto me digas.
Buscando
una esperanza aquí he venido,
Y ella la angustia
de mi pecho arroja;
Plaza del Arno, diez; allí su
nido
Tiene la pobre coja.
-Mañana te veré,
y hasta mañana
Ningún pesar te apene.
-Me
tendrás esperando en la ventana,
Simpático
español.
No he de olvidarte; ¿y tú?,
III Guarda la vida, en su rodar constante,
Horas de anhelo grato,
De dulce paz, de angustia delirante,
De calma o de arrebato.
Horas que son un siglo y un instante
Conforme nos redimen o condenan,
Y en cuyo fondo lúgubre
germinan
Las flores que fascinan,
Los frutos que envenenan.
¿Quién de ellas no ha bebido
El calmante o la hiel?
Yo las evoco
Sacándolas del polvo del olvido
En
que yacen ha tiempo sepultadas,
Y las del porvenir estimo
en poco,
Gozando en recordar las ya pasadas.
Una entre
todas, bella y seductora,
Mi atención solicita;
La recuerdo muy bien: era la hora
Que de mi Blanca precedió
a la cita.
Juguete de amoroso desvarío,
Como si
del Edén fuera al encuentro,
Por ancha calle que
divide el río
De la plaza del Arno llegué
al centro.
No turbaron mi vista las mansiones
Que en rededor
se alzaban,
Cuyos negros y antiguos torreones
Su perfil
en el cielo dibujaban;
Pues como si de antorcha me sirviera
El rayo de la luna bendecida,
De un modesto balcón
tras la vidriera
Su vaga sombra iluminó en seguida;
Salvé la calle, y pronto la escalera
Crujió
bajo mi planta decidida...
Sus manos, que el postigo me
entreabrieron,
A mis manos después se entrelazaron,
Y aunque nada los labios se dijeron,
Algo los ojos en secreto
hablaron.
Ya en su cuarto, sencillo y elegante,
Del color
de su falda, blanco y rosa,
Al reflejo de lámpara
brillante
Pude mirarla a mi placer: ¡qué hermosa!
De virgen parecióme su semblante,
Su andar de ninfa,
su esbeltez de diosa,
Y, marco a tan espléndida belleza,
Brillaba y atraía
La aureola de encanto y de pureza
Que en torno de su faz se difundía.
-Siéntate
junto a mí, Blanca-la dije,-
Y aleja de tu alma
Ese pesar que sin razón te aflige;
Preludio es la
tormenta de la calma.
-Tú fuistes el primero
-Me
replicó-que el límite sagrado
Traspuso de
ese umbral; noble y sincero
En acciones y frases te he juzgado,
Y qué piensas de mí saber espero.
-Pienso
que eres un ángel...
Que lo deje de ser...
Obstáculos no pone a tus ideas,
No seré
yo quien tuerza tu camino.
Dos son los que a la vista
Te
muestra el porvenir, y escoger debes:
Has muerto para el
arte como artista,
Tienes que ser mujer; ve si te atreves.
De un camino a la entrada
Te sonríe el amor; senda
de flores,
Donde acechan el fin de la jornada
Placeres
y dolores.
Como tesoro oculto a la mirada
Brillarán
escondidos tus fulgores,
Y en la vigilia inquieta
De noches
deliciosas o sombrías,
Un hombre, y si tú
quieres un poeta,
Te arrullará con dulces melodías.
-¿Y ese hombre?...
¿Qué durará tu amor?
Puede vencer al tiempo y al olvido,
Pero puede morir antes de un año.
-¿Nunca la eternidad?
Uno de tantos nombres
Con que engaña
el demonio a las mujeres,
Y a su vez las mujeres a los hombres.
-De modo que si, incauta, yo te amara
No sabiendo olvidar...
Y acaso yo también lo lamentara...
-¿Me
queda otro camino?
Torna al valle feliz en que naciste
Y te esperan
tu padre y tus hermanos;
Cuéntales que al caer sólo
caíste
Desde la altura de tus sueños vanos.
Allí tu vida correrá dichosa,
Y, cuando el
caso llegue,
Gozarás del amor y de la prosa,
Con
un gañán que te ame o que te pegue.
-Prefiero,
aunque te espante,
Morirme en mi rincón de hambre
o de hastío,
A ir de uno en otro amante,
Querida
al fango, desdeñada al río.
En el primer sendero
Me ofrece protección tu mano franca,
Mas yo busco
el segundo, y no el primero;
¿Quién hacia él
me guiará?
-¿Tú?
Y un placer a la par, que estoy
temblando...
¡Me cuesta tantas lágrimas ser buena!...
-¿Cuándo piensas partir?, responde, ¿cuándo?
-Pero, ¿es verdad?
Tu gusto a hacer me inclino;
Toma.
Que al punto pagarás.
-Me lo dijiste anoche,
Y sé que tus apuros
eran grandes.
¿Quieres irte mañana? Vendré
en coche
Para llevarte al tren.
-Pues basta de llorar; déjalo
todo,
Y dispón el tocado y la maleta.
¿Recelas ya
de mí?
-Pero, ¿quién eres tú?
IV Cuando al andén de la estación
salimos
Iban las ocho a dar; el tren partía
A las
ocho y minutos; distinguimos
Un coche de primera, en el
que había
Dos señoras o tres; y-¡Aquí!-dijimos.
Puso Blanca en su sitio el equipaje,
Y, atrayéndome
a sí con furia loca,
Saltó otra vez al suelo,
Mientras su fresca boca
Murmuraba en patético lenguaje:
-¡Cómo te voy a amar!
Sonó a punto el «¡Partenza!»; ella, dudando,
Sobre mi pecho reclinó la frente;
Yo la abracé
callando;
Se unieron nuestros labios dulcemente;
Acercóse
la máquina silbando,
Y un ¡Adiós! escuché
largo y doliente.
En tanto que, arrastrándose en la
vía,
Volaba el monstruo de cabellos rojos,
Un lienzo
en él flotando se veía;
Lo conocí;
tenía
La cifra humedecida por mis ojos.
Hoy, en la soledad que me rodea,
Lejos
de cuantos amo,
Pensando en la quietud de aquella aldea,
Ave dormida, desperté al reclamo.
¿Qué habrá
sido de Blanca? Yo lo ignoro;
De su hermosura envuelta entre
las galas,
Mariposa de amor, con alas de oro,
Tocó
mi sien, sin profanar sus alas.
¿Será feliz? Misterios
del acaso.
¿Será que en la tristeza se consume?
Yo sólo sé que el vaso
Fue digno del perfume.
1887.
A Federico Balart.
I Ya del Bósforo en las aguas
se iba la estela borrando
que abrió la velera nave
a la voz de «¡Larga el trapo!»
y aún de pie sobre
la popa,
entre afligido y huraño,
un hombre de luenga
barba
y de semblante atezado,
fija la vista en un punto
del horizonte lejano,
a merced del aire hacía
flotar
su pañuelo blanco.
Desde torrecilla esbelta
de pintoresco
palacio,
una mujer muy hermosa,
otro pañuelo agitando,
contestaba diligente
a la señal o al mandato;
mas
con distracción tan grande
y con tan poco entusiasmo,
que remontar no vio al buque
por la punta del Serrallo,
y halló, al volver la mirada,
desierto y mudo el
espacio.
-¡Por fin!-tras hondo suspiro
exclamó-:
¡Qué adiós tan largo!
Y sentándose
en el muro,
y cruzándose de brazos,
fijó
en el sereno cielo
sus negros ojos rasgados.
Cinco
o seis años hacía
que Yusuf, el africano,
aunque por la edad pudiese
pretender amor más casto,
era esposo de Ned-Yuma,
a quien conoció en Damasco,
y que de mísera esclava
logró llegar a tan
alto,
ya que por él la rodean
la opulencia y el
regalo,
pues no hay mercader más rico
que Yusuf
en todo el barrio.
Como él opulento, es ella
hermosa,
y aun sin agravio,
puestas belleza y fortuna
en comparación,
acaso
Ned-Yuma inclinar podría
la balanza de su
lado.
Pisaron sus pies apenas
las rosas de veinte mayos,
y el ángel de los amores
trazó de su pecho
el arco.
Son sus mejillas jazmines,
granada abierta sus
labios,
de antílope su garganta
y de gacela su paso.
Túnica de mil colores
ciñe su cuerpo gallardo,
que sujeta a la cintura
farja 3 3 de ricos bordados,
y en
los hombros y en el seno
luce, al par que sus encantos,
ligero
schambar 4 4 de gasa
con
broche de plata y oro
y
jalek 6 6 que lanzan rayos.
No cubre
su rostro el velo,
tiene la oscura
melena,
que acaricia el viento vago,
pero sí lleva,
cual suelen
las mujeres de su rango,
ajorcas de filigrana
y cintillos con topacios.
Iba cayendo la tarde,
y absorta
ante el espectáculo
que en su crepúsculo ofrecen
las almas, como los astros,
aún Ned-Yuma proseguía
mar y cielo contemplando.
Por fin movió la cabeza,
en pie se puso de un salto,
y
«Sta-fer-al-lah» 8 8 diciendo,
ni muy fuerte ni muy claro,
la escalera de la torre
comenzó
a bajar despacio.
II
Sola se encuentra Ned-Yuma
en su camarín
dorado
con el
g'adyar 9 9 recogido
y abierto el jaique de raso.
Tiene delante una carta
que dos veces leyó en alto
y arrojó después al suelo
doblándola
con sarcasmo,
y cerrada todavía
otra conserva en
la mano
que exhala dulce perfume,
como a madera de sándalo.
De Yusuf es la primera,
y dice en menudos rasgos:
«Tres
semanas llevo ausente,
y aun que no muy de mi grado,
que
estaré fuera te anuncio
mucho tiempo... no sé
cuánto.
Mis intereses reclaman
afán que no
les consagro;
tengo géneros pedidos
en mis bazares
intactos,
y el oro en las alcancías
es como el agua
en los charcos.
Así que recibas ésta
haz
llamar, pues yo lo mando,
a Hasán, a quien ya conoces,
mi cajero y asociado,
el cual correrá con todo,
rentas, préstamos y cambios,
dándote parte
a menudo
de los ingresos y gastos.
Fuera de él a
nadie veas
ni en la ciudad ni en el campo,
pues a codicia
no mueve
joya que está a buen recaudo.»
La otra
carta, que Ned-Yuma
tardó en abrir poco rato,
estas
líneas contenía
en puro lenguaje arábigo:
«Hurí de los negros ojos,
en cuya lumbre me abraso,
vivo por lo que deseo
y muero por lo que callo;
de su
silencio la cárcel
romper intenta mi labio,
y ayuda
vengo a pedirte
mas rendido que postrado.
A las nueve de
esta noche,
de las sombras al amparo,
penetraré
en tus jardines,
que conozco palmo a palmo:
una respuesta,
un suspiro,
y si tal ventura alcanzo
a ti volará
dichoso
Hasán, tu amigo y tu esclavo.»
Besó
Ned-Yuma la carta,
que puso en secreto armario;
de la que
arrojara al suelo
cortó la página en blanco;
dijo alegre:
Y con movimiento rápido,
midiendo la corta
altura
que hay del jardín a su cuarto,
casi postrada
de hinojos
ante un
meida 10 10 de alabastro
trazó en el
papel con lápiz
estas palabras: «Te aguardo.»
III Para una mujer amante
que lejos del dueño
amado
sólo en la esperanza vive
de volver a recobrarlo,
¡qué lentas pasan las horas
y cómo van engendrando
en el pensamiento dudas
y en el corazón presagios!
Ned-Yuma vio como un soplo
pasar los
últimos años;
han sido tres...
-dice Hasán-¡No fueron tantos!
¡Bien recuerdo aquella
noche!...
-¡Pudieras no hacerlo, ingrato!
-Que era ayer
me parecía...
-Y ayer fue, que esos milagros
los
repite amor mil veces
y son nuevos, sin embargo.-
Así
en la ardorosa siesta
de una tarde de verano,
entre uno
y otro paseo
por la terraza de mármol,
Ned-Yuma
y Hasán evocan
de su pasión el encanto
como
si fundir quisieran
el presente y el pasado,
ya que al
porvenir no pueden
avanzar sin sobresalto.
Interrumpió
su coloquio
un marinero bizarro
que, tras algunas señales
de atención o de recato,
gritó:
llegó anoche con su barco,
y noticias
ha traído
de Yusuf, nuestro buen amo.
Dice que se
halla en Esmirna,
y debe, según sus cálculos,
estar aquí el lunes...
y ayer fue...
he venido a preveniros...
-Muy bien;
para completarlo
lleva el aviso a la gente,
y todos, y
el que lo trajo,
de nuestra gran alegría
participen...
Que es mandato,
les dirás, de la señora
a
cuyo servicio estamos:
puedes irte.
-¡Y ahora, Ned-Yuma, a mis brazos!
Forjó
la enemiga suerte
contra nosotros el dardo;
que a un tiempo
en los dos se clave
si cumple al destino aciago.
-¿Y nuestro
hijo?
debemos ponerlo en salvo...
Huye con él...
Medito otro plan más arduo...
Conducirle
aquí.
Pues ¿qué piensas?
-Es celoso...
-Es sagaz...
respecto a ti, en adelante
te veré como
a un extraño;
ni una palabra, ni un signo;
sentir
y amar...
-Alí el secreto conoce...
-Morirá
si es necesario...
-No; con alejarle basta.
-Dices bien;
el mundo es ancho.
-Y ahora, y tal vez para siempre,
adiós.
-Esta noche.
-¡Sí, amor mío; último lazo
que a la ventura nos une,
última gota del vaso,
último anhelo de un alma,
última luz de un
relámpago!
IV -¿Con que durante mi ausencia
todo en
orden ha marchado?
-Todo en regla, esposo mío,
por
más que...
tu opinión...
preferido a mi descanso
ser sola para el
manejo
de la casa...
faltarte Hasán?
su presencia...
-¿A tus órdenes rebelde
fue alguna vez?
por su conducta; me irritan
sus pretensiones de
sabio.
-Es inteligente...
Pero, en fin, ya me has librado
de su vista, y
con la tuya
a nueva vida renazco.
Mucho tengo que pedirte...
-Mucho para darte traigo;
mas primero una pregunta
que
se me ocurrió hace rato.
Al cruzar yo por la puerta
jugaba un niño en el patio.
¿De quién es?
siendo de todos...
la explicación del enigma.
-Es más que enigma;
es arcano,
de que Dios, piadoso siempre,
nos hizo depositarios.
-Al-lah-Acbar 11 11 : ya te escucho.
-Me entrego a su gracia,
y narro:
Hora del
mog'red 12 12 sería
dos
schetta 13 13 ya pasados,
cuando en tu jardín hermoso,
rendida por el cansancio,
junto al Cupido de bronce
me dormí en un duro banco.
Ignoro si fue mi sueño
sueño no más
o letargo;
sé que desperté con frío,
Y figúrate mi pasmo
al ver la tierra cubierta
de
nieve con un sudario.
Era ya noche cerrada,
y entre los
pliegues del manto
envolviéndome, ligera
seguí
de la senda el rastro.
Mas no sola; desprendida
del pedestal,
y a mi lado
de Cupido la figura
marchaba por arte mágico.
-¿Qué quieres de mí?-le dije-.
-Cariño
busco y amparo;
eres mujer, serás madre,
acógeme
en tu regazo.
-Yo insensible te creía...
-Lo fuí
durante dos años;
pero esta noche una gota
filtrada
de arriba abajo
en mi interior, vida y alma
me otorgó
de ser humano.
Ya como tú siento y lloro,
como tú
estoy tiritando,
abrigo y pan necesito,
fe y amor ofrezco
en cambio.
Yo pensé, Yusuf, entonces
en nuestro
hogar solitario,
y en tu casa le di albergue;
hoy en ella
eres el árbitro;
arrójale si te enfada,
yo
tu decisión acato.
Cruzó
una nube sombría
de Yusuf el rostro pálido,
mas reponiéndose pronto
dijo entre amoroso y cauto:
-¿No tiene nombre?
la que le tomó a su cargo
le llama el niño
de nieve,
sabiendo su origen raro.
-Que su nombre en adelante
sea Ahmed, el deseado,
y que de nada carezca,
¿lo entiendes
bien?
-Si Dios concedernos quiso
por tal medio tal
hallazgo,
su voluntad acatemos
y sus designios cumplamos.
V Siguió el tiempo su carrera,
nueve
o diez lunas pasaron,
y de Yusuf en la quinta
reinaba la
paz de antaño.
Hermosa siempre Ned-Yuma,
el niño
vuelto muchacho,
Hasán sin ver a la mora
y caduco
el millonario.
A los tres una mañana
llamó
Yusuf a su cuarto,
y con su risa más dulce,
y con
su acento más blando,
como si rezara un sura
del
Korán, dijo pausado:
-Debemos cambiar de vida,
y
con ese objeto os llamo;
mi fortuna es ya muy grande,
mi
edad se acerca al ocaso,
y aburrido de negocios
estoy resuelto
a dejarlos.
Me retiro del comercio,
mas quedan algunos
saldos
que liquidar; a mis socios
con cartas no satisfago,
y así dentro de dos días
de nuevo a la mar
me lanzo,
aunque opino que de huésped
me ha de tener
corto plazo.
Conociendo lo que él vale
y lo poco
que yo valgo,
Hasán se vendrá conmigo,
y
como viaje de ensayo
Ahmed también, que ya es hora
de que comprenda lo malo
y lo bueno de estos mundos
por
donde peregrinamos.
Arregle Hasán sus papeles,
que
no ha de ser gran trabajo,
Y tú, esposa, arregla
al niño
y no le aflijas con llantos.
Los cuatro,
tras el discurso,
silenciosos se miraron
saliéndose
de la estancia
mudos y tristes los cuatro.
Otra
vez en su azotea,
rojos de llorar los párpados,
al aire deja Ned-Yuma
flotar su pañuelo blanco.
Aún no remontó la nave,
aún pueden
sus ojos ávidos
distinguir sobre la popa,
correspondiendo
a su halago,
tres bultos que hacia la tierra
parece que
están mirando.
Los tres saludan unidos...
Luego
dos... Avanza el barco,
y ya próximo a ocultarse
por la punta del Serrallo
de los tres bultos saluda
uno
tan sólo ¡el más bajo!
VI Un mes después de esta escena
de
Yusuf llegó un despacho;
estaba en Siria, iba a Egipto
con Ahmed, pero de tránsito.
Un disgusto le afligía:
el pobre Hasán, encargado
de recorrer los lugares
desde el mar Negro al mar Caspio,
a la salida de Odessa
fue víctima de un naufragio,
teniendo su sepultura
en el buque hecho pedazos.
Ned-Yuma pudo a sus anchas
compadecerlo y llorarlo;
nadie al raudal de su pena
se
atrevió a poner obstáculos.
Solitaria recorría
los jardines del palacio,
testigos en otro tiempo
de sus
placeres livianos,
y el pedestal de Cupido
alguna vez contemplando,
echó de menos la estatua
que en amoroso arrebato
logró convertir en nieve
haciendo del bronce escarnio.
Del cómplice a la presencia
ya no sentirá
desmayos,
ya le pertenece entero
aquel hijo que ama tanto;
ya la esperanza ilumina
su corazón angustiado.
Una noche, en su
maksura 14 14
recogida muy
temprano,
mientras charlan en la calle
marmitones y lacayos,
oyó decir de repente
«Essalamcum» 15 15 y en el acto
mucha confusión de gritos,
mucho estrépito
de pasos,
y por fin dos o tres golpes
en el postigo inmediato
y la voz:
soy Yusuf.
abrió Ned-Yuma, diciendo
con cierto
desdén amargo:
-A todas las horas puede
entrar en
su casa el amo.
Sentóse Yusuf muy cerca
de Ned-Yuma
en un escaño,
y entre mujer y marido
esta plática
entablaron:
-¿Llegastes, hoy?
-¿Bien?
-Lo que les pasa a los viejos:
por un placer, diez quebrantos.
-¿Y vienes solo?-Ned-Yuma
dijo estas frases temblando-.
-Solo.
-Dichas que forja el acaso,
una
nube las engendra
y las desvanece un rayo.
-Mas ¿cómo
fue?...
de explicármelo no acabo.
A visitar las Pirámides,
hallándonos en el Cairo,
salimos una mañana
él y yo, contentos ambos.
Era de fuego el ambiente,
resistiólo Ahmed un rato,
luego vi que sonreía,
su rostro se volvió cárdeno
y, abrazándose
a mi pecho,
se deshizo entre mis brazos.
-¡Mentira!
¿por qué te extraña el milagro?
¡Madre, ya no tienes hijo!
¡Lo que me debes te pago!
¡Vuelva
la estatua de bronce
a su pedestal de barro!
Sus
negros ojos Ned-Yuma
fijó en Yusuf con espanto;
clavóse hasta brotar sangre
en la garganta las manos,
y rugiendo como el tigre
que se retuerce en el lazo,
a
la manera que cae
desde la altura el peñasco,
desplomada
y sin sentido
cayó sobre el duro mármol.
EPÍLOGO De Yusuf a Ishac, el Taleb,
en Chendy:
bazar de esclavos.
«Al recibir
estas letras,
con las que salud os mando,
dad al portador
el niño
que dejé a vuestro cuidado.
Si por
azar lo vendisteis,
proceded a rescatarlo,
y girad contra
mi casa
cualquiera que fuere el gasto.
Expósito
le creía
obedeciendo a un engaño,
mas hoy
supe que es su padre
un viejo rico y avaro,
y como se encuentra
solo,
quiero hacerle este regalo.
El le enseñará
a ser hombre
y a cumplir el deber santo
de amparar al inocente,
no transigir con lo falso,
agradecer los favores
y castigar
los agravios.
De esta carta que os escribo
Alí será
el emisario;
si advertís que lleva luto
no lo extrañéis:
he enviudado.»
1889.
Era Sofí de Persia el noble anciano
Hamín Shah; de la guerra las fatigas,
El desvelo
incesante, los peligros
Que le brindara la fortuna esquiva
Y esos mil aguijones que en el fuerte
Clavan odio y doblez,
miedo y envidia,
Ni turbaron la paz de su conciencia
Ni
extinguieron de su alma la energía.
Nunca sordo a
la voz de los deberes,
Pero sí a la bajeza y a la
intriga;
Su palacio es refugio a todas horas
Del que ayuda
o consejo necesita,
Y no en balde grabó sobre su
escudo
Esta palabra nada más: «Justicia.»
Debiera
ser feliz; pero le roe
Dolor oculto, que en su pecho anida
Como serpiente que al amparo vive
De corpulenta y elevada
encina,
Y ese dolor arranca de sus hijos,
Contra cuya maldad
en vano lidia.
Padre desventurado, puso en ella
Cariño,
y esperanza, y alegría;
Creyó engendrar leones,
y son tigres;
¡Da la tierra feraz plantas malditas!
Una noche de invierno mientras duerme
Triste y callada la ciudad tranquila,
Un oficial de guardia
que le busca
De Hamín Shah hasta el lecho se aproxima.
Despierto está el Sofí cual de costumbre,
Y-Habla-diciendo,-pues la urgencia obliga,
Sentándose
y sentándole a su lado
La relación siguiente
oyó con ira:
-Señor, la
casa de Yusuf el rico,
Que vive solo en ella con sus hijas,
Dos hombres asaltaron hace poco,
Maldades cometiendo que
horrorizan.
Casi muerto Yusuf, y atropelladas
Las infelices
jóvenes, tu vista
Y tu presencia contendrán
acaso
El furor de la plebe allí reunida.
-¿Dónde
están los malvados?
Los tengo en mi poder.
Pertenecen?
-Lo
ignoro; sus disfraces
Que se avergüenzan de su acción
indican.
-¿No han robado?
-Aun sin decirlo tú lo presumía.
Vamos, pues, y a la par que de la culpa
Del castigo se
extienda la noticia.
Penetró
de Yusuf en la morada
El noble Hamín, y en silenciosa
fila
Penetraron tras él cuantos curiosos
La sangre
husmean y el delito atisban.
Tendido en un diván
estaba el padre,
Que asisten dos mujeres, casi niñas,
Y los tres del Sofí, viéndose cerca,
A sus
plantas cayeron de rodillas.
Alzó Hamín en
sus brazos al herido,
Acostóle con plácida
sonrisa,
Y besando a las jóvenes la frente:
-Vengo
aquí-dijo-para hacer justicia.
Dos miserables del
hogar sagrado
Nublaron la quietud con su lascivia,
Desoyendo
las súplicas de un viejo,
Siempre de apoyo y de obediencia
dignas.
Van a morir; mas porque en nadie vean
De cólera
o piedad muestras distintas,
Apáguense las luces
de esta sala,
Y cubiertos de gasa muy tupida,
Pues ante
el juez su crimen confesaron,
Púrguenle con valor
ante sus víctimas.-
Todo en la oscuridad y en el
silencio
Quedó un instante; muda y pensativa,
De
la horrible tragedia el desarrollo
La muchedumbre, atónita,
seguía.
Luego un rumor confuso fue avanzando
Como
de gentes que al andar vacilan;
Luego de algo que lucha
y se desploma
Se sintió la tremenda sacudida,
Y
una voz que exclamó: «¡Lo mismo acaben
Cuantos del
mal cultiven la semilla!»
Después, las luces a brillar
volvieron;
Levantóse el Sofí, rasgó
de prisa
La tela que los rostros ocultaba
De aquellos dos
cadáveres, y fija
La mirada en el cielo:
Murmuraron sus labios con delicia.
-¿Qué
sucede, señor?-dijo a su oído
El gran Visir,
que el gozo no se explica.
-Que ya debo al Profeta una ventura,
Compensación quizá de mis desdichas.
Creí
fueran autores de esta infamia
Mis hijos, y... ¿comprendes
mi agonía?
Dios de mí se apiadó; pude
ser justo
Sin ser al mismo tiempo parricida.