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1

Febo desde la tierna infancia mía. Don Juan Bautista Conti, literato italiano, vivió largas temporadas en Madrid durante los reinados de Carlos III y Carlos IV. Su carácter amabilísimo, y su exquisito gusto en la poesía, le facilitaron el trato y amistad de los sujetos más instruídos de la corte, y entre ellos la de Moratín, el padre. Muerto éste, le debió su hijo un cariño constante, y con él, los más acertados consejos, acerca del estudio de las buenas letras y la elección e imitación de los mejores modelos; de los cuales le enseñaba a percibir los aciertos, y a notar los errores. Las traducciones que hizo Conti de nuestros más acreditados poetas, y las notas con que las ilustró, manifiestan cuan útil pudo ser su trato, a un joven que empezaba entonces la carrera poética; sin los auxilios que hubiera podido hallar en su padre, cuya celebridad aumentaba su temor y su desconfianza.

Entre las muchas poesías de Conti, que han quedado manuscritas, no será indiferente a los lectores españoles, un elogio que hizo del conde de Floridablanca, reduciéndole al siguiente soneto:



   Fra i cari suoi, vanta la gloria un figlio,
che vivi rai pria nel senato ibero
sparse d'alta dottrina e di consiglio;
poi dove han trono i successor di Piero.

   Ei, fra l'ire di Marte, e nel periglio,
resse lo stato, e frenó l'anglo altero:
tolse la patria all'africano artiglio,
e dell'Egeo le vie schiusse al nochiero.

   Per lui Pallade ha tempio: e lá, di quante
natura erbe creó chiostra verdeggia:
per lui piano e il cammin su gli ardui scogli.

   Uom, non di fregi e d'or ch'offre la reggia;
ma de suoi rè, ma di sua patria amante...
Deh! Si gran dono, o ciel, tardi ritogli.


(N. del E.)

 

2

Deja tu Chipre amada. El autor estudiaba a Horacio traduciéndole. No hay medio más seguro de conocer hasta adonde llega el mérito de aquel poeta, y la superioridad del idioma en que escribió, comparado con los modernos. En las traducciones que contiene esta colección se verá el deseo laudable de acertar, y la dificultad de conseguirlo. (N. del E.)

 

3

Flumisbo el celebrado. D. Nicolás Fernández de Moratín nació en Madrid, en el año de 1737, y murió en el de 1780. Cultivó con acierto varios géneros de poesía. En sus romances hay pinturas felicísimas, que anuncian la fecunda imaginación del poeta, y el estudio que había hecho de nuestra historia y antiguas costumbres. El canto épico de Las Naves de Cortés se considera como lo más perfecto que tenemos en este género. En sus composiciones amorosas imitó con maestría al Petrarca; en la lírica sublime, rivalizó con nuestros buenos poetas antiguos. La pureza de lenguaje y la armonía de la versificación, son comunes a todas sus obras. Menos apto su talento para la imitación dramática, dio a luz una comedia y dos tragedias, que aunque muy superiores a todo lo que entonces se admiraba en nuestra escena, no llegan todavía a aquella difícil perfección, que se exige en esta clase de composiciones. Durante su vida combatió con éxito feliz los extravíos del mal gusto sostuvo los buenos principios, y facilitó con su ejemplo el camino a los que le siguieron después. Las noticias críticas e históricas de su vida, publicadas pocos años hace al frente de sus Obras póstumas, dan a conocer cuan benemérito fue este poeta de la celebridad que adquirió en su tiempo, y aún conserva en el aprecio de los inteligentes. (N. del E.)

 

4

Basta Cupido ya, que a la divina. El soneto se ha considerado siempre como la más difícil de las composiciones cortas. Boileau siguió esta opinión: asegurando que apenas, entre mil sonetos franceses, se hallarían dos o tres dignos de estimación. Lo mismo puede decirse de los que se han escrito hasta ahora en Italia y España: pocos hay que puedan contarse por excelentes, entre la multitud innumerable de ellos. Es evidente la dificultad del acierto; pero no debe sacarse la consecuencia, que algunos críticos modernos han querido establecer como principio, afirmando que la perfección de un soneto, cuando llega a lograrse, no vale el trabajo que cuesta, y que por consiguiente es un género que sería bueno abandonar. Nada de esto es cierto. Los buenos sonetos, vencida la dificultad que se ofrece al hacerlos, premian sobradamente la fatiga de su autor; y si no han de cultivarse en la poesía otros géneros que los muy fáciles, poca estimación merecerán los que se dediquen a ella. Los Argensolas, Góngora, Luis de León, Francisco de la Torre, Arguijo, Lope, Jáuregui, Herrera y otros, escribieron algunos sonetos iguales en mérito a sus estimadas obras; y si las dificultades que presenta su composición les hubiesen retraído de hacerlos, aunque es verdad que no se hubieran escrito algunos millares de sonetos conocidamente malos, también lo es, que no tendríamos una porción de ellos, que pueden competir con los mejores de Italia. No se extravíe a la juventud con falsos raciocinios; no atajemos las sendas que dirigen a la inmortalidad; y si carecemos del talento y gusto necesarios para sobresalir en tales o tales géneros, no nos empeñemos en desacreditarlos, esterilizando la fantasía de los demás, con la propagación de doctrinas absurdas.

Es difícil hacer un buen soneto; luego no se deben escribir sonetos. Tampoco es fácil componer un poema épico, una tragedia, una comedia, una oda; luego no debe cultivarse ninguno de estos ramos de la poesía. Si lo que es difícil no ha de intentarse, ¿qué podrá escribirse? Nada; sino alguna compilación indigesta de preceptos impertinentes, aplicados a la teoría de las artes, que no hayamos practicado jamás. (N. del E.)

 

5

Cupido no permite. Bajo el nombre de Rosinda, celebró el autor en esta oda a María del Rosario Fernández, a quien llamaron la Tirana. Empezó a representar en Sevilla su patria, pasó después a la compañía de los Sitios, y de allí, en el año de 1781 a la que dirigía en Madrid Manuel Martínez. Fue primera dama en ella, y obtuvo los aplausos del público, por las bellas prendas naturales que la adornaban, su constante aplicación al estudio, y el celo infatigable con que procuraba sostener la celebridad y los intereses de su compañía. Sobresalió particularmente en las comedias antiguas, en las cuales, si no imitó la verdad de la naturaleza (que no siempre es fácil a un actor descubrirla en aquellas composiciones) supo a lo menos, sustituir en su lugar un estilo fantástico, expresivo, rápido y armonioso, con el cual obligó al auditorio a que muchas veces aplaudiese lo que no es posible entender. Su juventud, su gentil disposición, la nobleza de sus actitudes, su animado semblante, el incendio de sus ojos andaluces, su buen gusto y magnificencia en trajes y adornos, la hicieron grata a la multitud, y precisaron a los inteligentes, a mirar con indulgencia sus defectos. Murió, retirada ya del teatro, en el año de 1803 a los cuarenta y ocho de su edad. (N. del E.)

 

6

Apenas, Fabio, lo que dices creo. Ésta sátira que publicó la Academia española en el año de 1782 y reimprimió después en la colección de obras premiadas, ha sido posteriormente corregida por el autor, para darla de nuevo a la prensa.

Divídese en ella la poesía en sus tres géneros principalmente: lírico, épico y dramático; prescindiendo de los demás en que estos pueden subdividirse. Así logró el autor hacer más metódico y perceptible el plan de su obra: reduciéndole a lo que el poeta canta en la exaltación de su fantasía y de sus afectos, a lo que refiere, celebrando los héroes y los grandes sucesos que le dicta la historia, y a lo que enseña, poniendo en le teatro una imagen de la vida, copiando los vicios ridículos o terribles, para inspirar en el ánimo el amor a la verdad y a la virtud.

En la lírica, después de hablar de los argumentos triviales y de ningún interés, censura los vicios de estilo: las metáforas violentas, la exageración, la redundancia, los conceptos falsos, los juegos de palabra, los equívocos y retruécanos. Culpa la perjudicial manía de componer de repente, y la de solicitar el aplauso del vulgo con bufonadas y chistes groseros, que desacreditan a su autor y a quien los celebra. Desaprueba en los poetas antiguos el uso destemplado de voces y frases latinas; de que resulta un estilo afectado y pedantesco: aludiendo particularmente a las obras de Góngora, Villamediana y Silveira; y en los modernos, la mezcla absurda de los arcaísmos, con palabras, acepciones, y locuciones francesas, que alterando la sintaxis de nuestro idioma, destruyen por consiguiente su pureza y su peculiar elegancia.

En la épica, se hace cargo de dos defectos muy considerables. Falta y exceso de ficción. Del primero resultan epopeyas lánguidas, o más bien, historias en verso; sin artificio alguno poético y por consecuencia, sin interés, ni deleite. Por el segundo, la fábula épica se confunde en una multitud de incidentes episódicos, que alteran la unidad, turban el progreso del poema; y cuando en ellos se abusa de lo maravilloso, hacen su narración increíble. Por las indicaciones que da el autor en esta materia, se infiere que consideró como faltos de invención, los poemas de La Araucana de Ercilla, La Mejicana de Gabriel Laso, La Nueva Méjico de Villagran, y La Austriada de Juan Rufo; y de imperfectos, por el extremo contrario, el Bernardo de Valbuena, y Las lágrimas de Angélica de Luis Barahona de Soto. Extiende su crítica a las menudencias pueriles que degradan la sublimidad de la epopeya; a las imágenes repugnantes en las descripciones de las batallas, a los extravíos de la fantasía, y a la inoportuna erudición. Reprueba los gigantes, vestigios, dragones, estatuas que hablan (y en esto se censuró el autor a sí mismo) carros aéreos, globos y espejos encantados, y otras invenciones derivadas de los libros caballerescos; que ya no sufre la filosofía de nuestra edad, y exceden los límites de toda licencia poética.

En la dramática: acusa el autor a nuestros antiguos poetas de haber confundido los dos géneros trágico y cómico, de la inobservancia de las unidades, de la ignorancia de usos y costumbres, de haber aplicado al teatro los argumentos épicos, de no haber dado a sus fábulas un objeto moral o de instrucción; adulando los vicios groseros del vulgo, o recomendado los de otra clase más elevada, como acciones positivamente laudable. No olvida tampoco las impertinentes chocarrerías de los llamados graciosos, el culteranismo de damas y galanes, los puñales fatídicos, apariciones de espectros, princesas desfloradas, rondas, escondites, cuchilladas, falso pundonor, lances (mil y mil veces repetidos) de la cinta, de la flor, del retrato, que dan ocasión a tan alambicados conceptos; y el voluntario y trivial desenlace con que finalizan aquellas enmarañadas fábulas. Las comedias de magia, de santos y diablos, y las de asuntos y personajes mitológicos (último exceso del error), merecieron también la desaprobación del poeta.

Al leer la presente composición debe considerarse, que la Academia sólo pidió a los aspirantes al premio, una sátira; no un riguroso poema didáctico. Juan de la Cueva escribió en verso (con poco método, redundancia, desaliño, y no segura crítica) una compilación de preceptos, relativos al arte de componer en poesía. Los Franceses tienen en su lengua la excelente Poética de Boileau; nos falta en España un poema semejante, y mientras no aparece, sólo la Lección poética puede suplirle. (N. del E.)

 

7

Quevedo. (N. del E.)

 

8

Quevedo. (N. del E.)

 

9

Gerardo Lobo. (N. del E.)

 

10

Quevedo. (N. del E.)