11
Silveira. (N. del E.)
12
Villamediana. (N. del E.)
13
Candamo. (N. del E.)
14
Quevedo. (N. del E.)
15
Id en las alas del raudo céfiro. Sin abandonar el uso de la rima, tan autorizado ya en todas las naciones de Europa, puede la nuestra variar sus composiciones poéticas, adoptando en parte la versificación de griegos y latinos, en que no se necesita la consonancia. Es cierto que la prosodia de aquellos, no es aplicable a las lenguas vivas; pero para juzgar el mérito de la aproximación (ya que la identidad es cosa imposible) basta un oído acostumbrado a conocer y comparar las combinaciones de la armonía. No en todas las clases de versos que fueron comunes a Grecia y Roma pudieran admitirse; puesto que en algunos ya no sabemos percibir el número, y nos parecen prosa: defecto que no está en ellos seguramente sino en nosotros; pero eligiendo para la imitación aquellos en que no hay este inconveniente, se lograría dar a la versificación castellana mucha riqueza y variedad.
Jerónimo Bermúdez fue el primero que lo practicó en los coros de sus tragedias. Don Esteban de Villegas, en su traducción de Anacreonte, y en sus hexámetros, sáficos y adónicos, repitió el mismo laudable atrevimiento; que debiera haber tenido más imitadores. Aún quedan muchas cuerdas que añadir a la lira española. (N. del E.)
16
No existe ya; pero dejó en el orbe. El célebre Muhamet, Ben Abi Amer, llamado Almanzor, floreció en los últimos años del siglo décimo. Cultivó su talento con buenos estudios de filosofía y literatura, se instruyó en el difícil arte de gobernar a los hombres, y le practicó haciéndose amar y obedecer; pero en aquella edad, era poco seguro el mundo, si no acompañaban a las prendas políticas, el valor, la astucia, la actividad, la constancia, la robustez que pide el ejercicio de la guerra, y todas estas cualidades se reunieron en aquel hombre extraordinario. Nombrado Alhagib, dignidad que lo hacía segundo jefe del imperio, juró (y lo cumplió) perpetuo aborrecimiento a los cristianos: como Aníbal lo hizo en daño de Roma. Su existencia fue una continua calamidad para sus enemigos, a quienes venció en más de cincuenta batallas. Barcelona, Atienza, Osma, Simancas, Astorga, León, Santiago y otras ciudades y fortalezas sitiadas, saqueadas y arruinadas por él; le abrieron el paso a toda la tierra, a donde quiso llevar sus pendones. Todos los años volvía a Córdoba lleno de despojos, y precedido de millares de cautivos; y mientras se prevenía para nuevas empresas, fomentaba todos los ramos de la felicidad pública, administraba justicia, favorecía la industria, la agricultura y las artes: asistía a las academias, oía los discursos de aquellos sabios, se complacía con los versos de sus poetas, y los premiaba generosamente. Solo una vez le fue contraria la fortuna; y no supo aquella alma terrible sobrevivir a su desgracia. La batalla de Calatanazor fue tan sangrienta, y quedó su ejército tan disminuido de soldados y tan escaso de capitanes, que sólo trató de aprovechar la oscuridad de la noche, para retirarse en buena ordenanza. No quiso entrar en Córdoba con la nota de vencido; negose a la curación de sus heridas, y llevado por los suyos en andas, su despecho le quitó la vida cerca de Medinaceli, a los sesenta y cinco años de edad: su hijo Abdelmelic le dio sepultura, cubriendo el cadáver con el polvo de sus batallas.
No acuerda la historia de muchos siglos otro alguno que pueda comparársele: la gloria de nuestro Cid, que floreció pocos años después, se oscurece al nombre de Almanzor. (N. del E.)
17
¡Oh! cuanto padece de afanes cercada. Hay críticos que desaprueban sin distinción toda obra poética de asunto sagrado; suponiendo que nuestra religión no presta materia al canto, y que su austeridad no consiente las flores de Helicona. El que no trate de reducir a formas poéticas las cuestiones de la teología, no dejará de hallar, si sabe buscarlos, como otros lo han hecho, argumentos sagrados, no indignos de la lira, de la epopeya o del coturno trágico. Los hebreos nos ofrecen abundante materia para la poesía. La creación el Paraíso; el Diluvio; los Amores de Jacob; la interesante historia de Josef; la Fuga de los hijos de Israel, retirándose el mar para facilitarla, y hundiendo en sus abismos el ejército de Faraón; Josué, dilatando el día para dar término a su victoria; David, aplacando al son de las cuerdas al feroz Saul; Jezabel despedazada; la soberbia Athalia; la humilde Ester; el paciente Job. Los que no hallen modelos poéticos en tales historias, no los busquen mejores en todas las fábulas del paganismo.
No son tan abundantes los que ofrece la ley de gracia, cuyos misterios, donde son meramente dogmáticos, nada prestan a la composición; el Nacimiento de Jesucristo; la Descensión al limbo; la Ascensión; el Juicio final; bien pueden excitar la imaginación del poeta. Bien pueden mover su sensibilidad, los incidentes de mayor interés, que elevan a un alto grado de heroísmo la constancia maravillosa de muchos mártires. El Infierno, y el Serafín rebelde, que amenaza en su desesperación la ruina del hombre: los tormentos que allí padecen los que menosprecian en el mundo las leyes eternas de la justicia y la virtud presentan objetos terribles; que han sido ya digna materia para el Dante, para el Tasso y Milton. El cielo, morada de los justos, descanso de tanto afán, premio del inocente, del oprimido, del humilde; la presencia del inefable numen; los ángeles, ministros suyos, que le adoran y le bendicen; muchas imágenes ofrecen al estro poético. Una mujer, la más perfecta de las criaturas, la más inmediata al trono de Dios, medianera entre él y la naturaleza, ¿qué objeto se hallará más digno de la lira y el canto? La Grecia demasiado sensual en sus ficciones halagüeñas, no supo inventar deidad tan poderosa; tan bella, tan pura, tan merecedora de la reverencia y el amor de los hombres.
Cierto es, que prescindiendo de algunas pocas composiciones sagradas, obra de nuestros mejores poetas, son las demás tan defectuosas, tan pueriles, tan chabacanas y ridículas, que no parece sino que sus autores se propusieron escarnecer lo más respetable de nuestra creencia. Pero no fue su intención el origen de tanto yerro; fue su ignorancia: no eligieron bien su argumento, no acertaron a desempeñarle. O él no se prestaba a las formas poéticas, o ellos eran poetas ineptísimos; de cuyo talento nada podía esperarse que no fuese absurdo.
Lo peor es, que esta clase de obras, no sólo ha entretenido la ociosidad del vulgo en las plazas y callejuelas; sino que auxiliado de la música, ha resonado en nuestros templos, introduciendo en ellos una culpable profanación. Véanse las colecciones de motetes y villancicos, cantados de muchos años a esta parte en las principales iglesias de España, y diga, el que lo alcance, como ha podido sufrir el clero (tan rígido censor de las libertades del teatro) lo que se ha cantado y se canta delante de los altares; interrumpiendo, con episodios tan indecentes y groseros, la religiosa pompa de sus misterios y sacrificios. (N. del E.)
18
Ya los felices campos que corona. Esta oda se escribió a nombre de Doña Sabina Conti, natural de Madrid, esposa de Don Juan Bautista Conti. Se imprimió en Lendinara con otras poesías italianas y latinas, compuestas al mismo asunto, en el año de 1795.
En el año de 1799 un autor vergonzante publicó en Barcelona la misma oda, callando prudentemente de donde le había venido la inspiración poética: aplicó a la festividad del Corpus el argumento, y añadió y quitó lo que le pareció suficiente para hacerla suya. Véase una prueba de su trabajo.
Así prosiguió con su obra; la cual, efectivamente, ni puede llamarse original, ni imitación, ni copia. Con esta misma delicadeza y acierto le han imitado a Moratín varias veces, en las composiciones dramáticas: a la manera del dibujante inepto que pasa al trasluz una figura, estropeando todos sus contornos. Entre los varios métodos que se han descubierto para saber sin estudiar, éste es el más breve. (N. del E.)
19
Sí, la pura amistad que en dulce nudo. Don Gaspar Melchor de Jovellanos, uno de los más distinguidos españoles que ilustraron los reinados de Carlos III y Carlos IV, literato, anticuario, economista, jurisconsulto, magistrado, buen poeta, orador elocuente: unió a estas prendas, la amabilidad de su trato, hija de su virtud tolerante y benéfica. A este hombre célebre debió Moratín una cordial estimación, que ni la ausencia, ni el tiempo, ni las violentas alteraciones políticas, pudieron extinguir ni debilitar. No se omita en el recuerdo de un varón tan ilustre, el mayor elogio que puede dársele: sus ideas y su conducta no eran acomodadas a la edad de corrupción en que vivía, ni al palacio que nunca hubiera debido conocer. No es mucho pues, que el autor de El delincuente honrado padeciese destierreos y cárceles; sin que ningún tribunal tuviese noticia de su delito.
Agitada después la nación en el conflicto de una invasión extranjera; su rey ausente; precisada a formar un gobierno para su conservación, y un ejército que la defendiese, volvió Jovellanos a ocupar el puesto que le pertenecía; y a poco tiempo la envidia, la ambición, los privados intereses, el furor de los malvados, le arrojaron de él: que en tales agitaciones y desórdenes, nunca es el mando recompensa de la virtud, sino del atrevimiento. Insultado, proscripto, fugitivo de una a otra parte, anciano y enfermo; evitando a un tiempo el encuentro de las armas enemigas y la injusticia de su patria: apenas halló el benemérito escritor de La ley agraria un asilo remoto en que poder espirar. Añádase este borrón, a los muchos que afean la historia de nuestra literatura. (N. del E.)
20
A vos el apuesto, complido garzón. Los inteligentes dirán cual sea el mérito de esta composición. Baste asegurar, que una obra escrita en el lenguaje que hablaron en Castilla nuestros abuelos, cuatro siglos hace, en la cual no sólo las palabras, sino las frases, el giro poético, la versificación y las ideas, han de suponer la antigüedad que el autor quiso darla; es un esfuerzo muy difícil.
En ella celebró el poeta el casamiento del príncipe de la Paz con una nieta de Felipe V, y no será la única de las que escribió para el príncipe, que ocupe un lugar en esta colección.
Mientras aquel personaje mereció la predilección del soberano, y dispuso a su voluntad de los destinos de la monarquía, los literatos y los artífices solicitaron su favor, como los prelados, los magistrados, los caudillos, los ministros, los embajadores, los grandes. Árbitro de la fortuna, y aun de la existencia, de muchos de ellos, ninguno desconoció la necesidad de complacerle: todos frecuentaron sus antesalas, su gabinete y su caballeriza. Distinguió a Moratín entre los humanistas que florecía entonces, y continuamente le estimulaba a escribir. Si algo valen las comedias originales de este autor, a él se le deben, y a la preferencia que daba a sus composiciones, entre las muchas que a porfía le presentaban los demás. Error sin duda; pero no el más grande de los que pudo cometer durante su gobierno.
Ni fue su amigo Moratín, ni su consejero, ni su criado; pero fue su hechura; y aunque existe una filosofía cómoda, que enseña a recibir y no agradecer, y que obrando según las circunstancias, paga con injurias las mercedes recibidas y solicitadas, Moratín estimaba en mucho su opinión, para incurrir en tan infames procedimientos. Entonces trató de complacer a su protector, por medios honestos, y entonces y ahora, le deseó felicidad y se la desea. Todo el esfuerzo de las pasiones, poco generosas, que llegaron después a trastornar el orden público, habrá sido bastante para despojar a este literato español de cuanto recibió del príncipe de la Paz; pero no habiéndole privado de su apellido y su honor, mientras los conserve será agradecido. Esta virtud, que para los malvados es un peso insufrible que sacuden a la primera ocasión que se les presenta; en los hombres de bien, es una obligación de que nunca saben olvidarse. (N. del E.)