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21

Que será, que habiendo sido. Hombres hay de tan adusto humor, que no sólo no se ríen, sino que se enfadan de que se rían los demás. Si por ellos fuese, no existirían en la república de las letras, ni el asno de Sancho, ni la fruncida Zapaquilda. Suponen que toda composición festiva y alegre es cosa de menos valer: como si fuera fácil encubrir la instrucción con el deleite, pintar la deformidad del vicio entre chistes y donaires, y excitar sin torpeza la risa de los hombres de ilustrado talento, la de las matronas y honestas vírgenes. Tal es nuestro orgullo, que no sufrimos la censura, sino disimulada en formas halagüeñas; sólo así pierden su repugnante austeridad los preceptos filosóficos, y nunca se reciben mejor, que cuando el poeta sabe hermosearlos con las pinturas agradables, los conceptos agudos, y las gracias de la ironía.

Los errores y defectos humanos excitaron la risa de Horacio, y la cólera de Juvenal; uno y otro, proponiéndose un objeto mismo, acertaron a desempeñarle por camino diverso. Cada uno de ellos siguió su natural inclinación. Sígala también el que aspire a sobresalir en cualquiera de las artes imitadoras. No se obstine en ser gracioso, el que no debió a la naturaleza las cualidades que se necesitan para serlo; pero el que las tenga, no dude que en la poesía graciosa y ligera cultiva un género de muy difícil ejecución.

Eacute;sta (considerándola en toda la extensión que admite) exige un plan poético; una conveniente distribución de sus partes; proporción y oportunidad en sus ornatos y episodios; un objeto de utilidad, al cual vayan encaminados todos los medios; imitación constante de lo verdadero y de lo bello; elección y sobriedad en las descripciones; variedad y graduación en los caracteres; expresión en los afectos; solidez en el raciocinio; agudeza y decoro en las burlas; inteligencia en el uso del idioma; pureza en el estilo; facilidad y armonía en la versificación. Cuando en una composición burlesca lleguen a reunirse estos requisitos indispensables; el que la desprecie, merece lástima. (N. del E.)

 

22

Cosas pretenden de mí. En esta obra no hizo el poeta otra cosa, que trasladar los diálogos que diariamente se repetían, acerca de su persona y sus escritos. Su médico y amigo Don Rafael Cosat, le aconsejaba lo que más convenía al estado de su salud, poco robusta. Algunos de los muchos amigos y apasionados que tenía, deseaban que cada mes compusiera una comedia. Llenábanle de elogios exagerados (que la amistad es a veces tan ciega como el amor) y a vueltas de esto, abundaban en la máxima de que convendría sujetarle a una contribución poética; lisonjeándose de que precisado a escribir para medrar, enriquecería la escena española con más acierto que los Zabalas, Moncines y Valladares; cuya fecundidad infeliz abominaban todos los hombres de sana razón. Entretanto sus enemigos (que no eran pocos) decían las mismas o mayores necedades, que el autor les hace decir en este romance. Todo su mérito consiste en la fidelidad de la copia; nadad hay de invención. Hasta el personaje de Geroncio, es trasladado puntual de uno de los pedantes de aquel tiempo, a quienes incomodaba, como ofensa propia, la celebridad de Moratín. (N. del E.)

 

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En esta venerada tumba, humilde. Don Francisco Gregorio de Salas, capellán de las Recogidas de Madrid, vivió muchos años en la corte, estimado de cuantos le conocieron, por la amenidad de su ingenio, su facilidad en improvisar, su afable trato y conversación; su probidad y sus costumbres inocentes. Copió en sus obras a la naturaleza; pero no la imitó, no supo hermosearla. Entre muchos epigramas que compuso se hallan algunos muy graciosos; el Observatorio rústico, la pintura de La calle de san Antón, y alguna otra de sus obrillas burlescas, merecen leerse. Su persona valía más que sus escritos.

El príncipe de la Paz quiso varias veces favorecerle, y darle alguna de las mejores prebendas de España. Salas se lo agradecía, y le suplicaba que no le sacase de su cuartito de la calle de Hortaleza, ni le apartase de la compañía de sus monjas. Tenía un hermano exento de guardias, y una tarde, subiendo Carlos IV por la calle de Alcalá, el hermano de Salas, que iba al estribo del rey, le dijo: Señor, aquel clérigo que se quita el sombrero es mi hermano Paco. Mandó el rey parar el coche, y que llamasen al capellán; el cual se acercó, sin admiración, sin timidez, ni orgullo. Le habló el rey cariñosamente, diciéndole lo mucho que le agradaban sus versos, y el gusto que tenía de leérselos a la reina; le encargó que no dejase de enviarle por medio de su hermano cualquiera cosa que en adelante escribiese. Salas, agradeciendo el favor de S. M. prometió cumplir el encargo despidiéronse, y el concurso que rodeaba al buen sacerdote, ya le suponía maestrescuela de Sevilla, arcediano de Alcira, o abad de santa Leocadia; pero ignoraban todos hasta adonde llegaba su moderación filosófica. Las máximas de honesta pobreza, con que otros versificadores de su tiempo (devorados de envidia y ambición) rebutían fastidiosamente sus opúsculos éticos, él las practicaba; sin hipocresía, sin afectación, ni soberbia. Los niños corrían a buscarle, cuando le veían de lejos; le rodeaban y acariciaban como a un amigo de toda su confianza, y en efecto la merecía. Honor a la sencilla virtud: que de esto hay poco. (N. del E.)

 

24

¿Quieres casarte Andrés? O te propones... Para manifestar los defectos de lenguaje y estilo en que han incurrido algunos poetas modernos, imaginó el autor, que le medio más breve era componer un centón de muchas de sus frases y versos, y presentársele al lector imparcial; para que juzgue lo que su buena razón le dicte. Pudo recoger sus materiales, con abundancia, entre varios autores; pero le pareció, que reduciéndose a cuatro de ellos no más; facilitaría el cotejo de los pasajes del centón con sus mismos originales. Esta precaución y la de no haber añadido nada de su parte, le proporcionaron el desempeño de su objeto, con toda la exactitud que en estos casos se requiere.

No intentó desacreditar en esta composición el mérito de algunos coetáneos, cuyos aciertos reconoce y admira, quiso únicamente rectificar una equivocación, de las muchas que padeció Don Josef Luis Munarriz, en sus adiciones a las Lecciones de Hugo Blair. Allí se dice que no se ha de aprender en Garcilaso, Jaúregui, Rioja, Arguillo, Lope de Vega, Quevedo, ni en ninguno de cuantos versificaron en su tiempo, ni en todos nuestros ingenios; hasta el tiempo de Meléndez: porque no castigaron sus poesías, en las cuales comúnmente se observa incorrección y desaliño. Por consecuencia, recomendó como exentas de estos defectos, las obras de Meléndez, y las de otros escritores, que a ejemplo suyo, pulan, corrijan y perfección sus poesías.

En tanto, pues, que llega el caso de que nuestra juventud, descaminada por tan falsa crítica, desprecie y abandone la lectura de los antiguos poetas españoles, creyendo hallar sólo en los modernos las perfecciones que debe imitar, no será enteramente inútil la epístola dirigida a Andrés. Tal vez en ella se echará de ver que Munarriz se equivocó lastimosamente en lo que dijo, y que si deben leerse con precaución los poetas antiguos, lo mismo debe practicarse con los muy modernos, y que si aquellos fueron incorrectos y desaliñados, algo hay en estos todavía, que se pudiera y debiera limar, pulir, corregir, castigar y perfeccionar. (N. del E.)

 

25

Ya la feliz ribera. Amenazada Valencia por el ejército francés, en el año de 1811, el gobierno de ella mandó destruir los edificios exteriores más inmediatos a sus murallas. La orden se cumplió con funesta prontitud, y en pocos días se demolieron el convento de la Zaydia, una parte del arrabal de Morviedro, el palacio del Real y los parapetos del río: se cortaron sus puentes, y se arrasó la hermosa alameda que coronaba sus orillas. Todo a fin de facilitar la defensa de la ciudad; y la ciudad no se defendió. Pocos meses después, el mariscal Suchet, de acuerdo con el benemérito corregidor y ayuntamiento, hizo restablecer el plantío de la alameda, y formar junto a él una copiosa almáciga: la actividad de los celosos ciudadanos que intervinieron en ello, aseguró el acierto de la ejecución. Esto alaba el poeta (y no más que esto) persuadido de que plantar una arboleda en España, es acción que merece elogio; y si como fue un francés el que estableció en Valencia un paseo magnífico, hubiera sido un negro bozal de Mandinga, igualmente lo celebrara.

Si en una especie de historia, impresa pocos años ha, se aplaude que el populacho de Madrid arrancase los árboles que mandó plantar Josef Napoleón desde palacio hasta la puerta de Castilla; el autor habrá tenido sus razones para adular aquel desahogo frenético de la plebe, hijo solo de su ignorancia. Tal es la variedad de los juicios humanos: el poeta celebra al general francés por que hizo plantar unos árboles, y el historiador se hace panegirista de los Manolos porque los arrancan. Alguno de los dos se ha equivocado groseramente. (N. del E.)

 

26

Hoy que cerrado el templo de Belona. La exposición de los productos de la industria francesa, sorprendió en el año de 1819 a cuantos la vieron. No era de esperar que aquella nación, habiendo sostenido por espacio de más de cinco lustros una guerra sangrienta contra todas las demás de Europa, ya defendiéndose, ya usurpando, ya vencedora, ya vencida; hubiera podido seguir cultivando en sus talleres y sus fábricas, las artes industriales; que se han considerado siempre como frutos exclusivos de la paz. Los extranjeros admiraron el progreso de todas ellas: desde los utensilios rurales, a las máquinas más ingeniosas; desde el barro endurecido al fuego para usos domésticos, o para la construcción de edificios, hasta las porcelanas y los cristales. Curtidos, encajes, lienzos, paños, bordaduras, tapices, muebles gravados, pinturas, estatuas, joyas, flores, plumas, productos químicos, ediciones, encuadernaciones, péndulos, globos, armas, instrumentos músicos; cuanto es necesario a la vida social, cuanto puede apetecer el gusto más delicado del hombre opulento; otro tanto se vio reunido en el palacio del Louvre; nunca más suntuoso que en aquella ocasión. (N. del E.)

 

27

Tú solo el arte adivinar supiste. Isidoro Mayquez, natural de Cartagena, tejedor de sedas; aficionándose al teatro desde su juventud, empezó a representar en las compañías cómicas de Valencia. Tal es el principio que han tenido cuasi siempre los actores de España. Hijos de padres humildes, aplicados tal vez a algún ejercicio mecánico, inclinados a ver comedias y representarlas, y resueltos por último a abandonar su oficio, por un arte, en que es tan difícil acercarse a la perfección, sastres, carpinteros, impresores, zapateros, bordadores, peluqueros, monaguillos, soldados, cocheros, tejedores, confiteros, albañiles: esto han sido en sus primeros años, los que con más o menos habilidad han ocupado la escena española, desde Lope de Rueda hasta nuestros días. Lo que ciertamente debe asombrar es que entre tales cómicos hayan sobresalido algunos, no inferiores en su clase a los más celebrados de los teatros extranjeros. ¡Qué fuerza de talento natural han necesitado para formarse, cuando les faltaban los auxilios de la educación, de la instrucción, del trato culto de la sociedad; en suma, cuando era necesario que cada uno de ellos buscase y hallara los principios de un arte que nadie enseña entre nosotros. Pero, como sea cierto que los primeros hábitos determinan para en adelante el carácter intelectual y moral de los hombres; toda la habilidad de nuestros mejores cómicos se ha reducido siempre a la imitación de la ridiculez vulgar, y han sido muy pocos los que hayan sabido acercarse a la delicadeza, a la gracia decorosa, a la urbanidad y elegante expresión de la buena comedia. No llegando a esto, ¿quién debería exigir de ellos la sublimidad que pide la tragedia en su declamación robusta, heroica, patética y vehemente?

Mayquez, después de haber representado algunos años en Madrid sin aplauso (actor extremadamente frío, que entendía y no expresaba sus papeles) pasó a Francia en le año de 1799; vio en París el teatro francés, y no necesitó más. Estudió a Talma con una atención reflexiva, de que él solo era capaz. La acción, el gesto, la entonación, las transiciones, los extremos de dolor, de alegría, de orgullo, de abatimiento, de rencor, de furia; cuantos afectos componen la imitación trágica, otros tantos observó y retuvo; y como su defecto único era la frialdad, no halló en sí obstáculo ninguno que vencer, ni un solo resabio que destruir. Aun hizo más. Conoció que no debía copiar, sino imitar los excelentes modelos que veía en el género trágico y cómico; y penetrada la razón del arte, variar, modificar su declamación; y establecer la línea que debe separar la expresión francesa, de la que puede ser agradable a un auditorio compuesto de españoles.

Cuando volvió a Madrid, se dijo al ver sus primeras representaciones, que copiaba a Talma en las mismas piezas que él repetía traducidas a nuestra lengua; pero cuando se le vio desempañar otras, que se habían escrito después que él vino de Francia, se echó de ver que no era un copiante servil; sino un profesor eminente. También se dijo (¿que desaciertos no dice la envidia?) que en la tragedia era muy buen actor; pero que sólo hacía tragedias, y que persuadido él mismo de su nulidad para los caracteres de nuestras comedias antiguas, siempre se abstendría de representarlas. Herido su orgullo (que era igual a su mérito) conoció la necesidad de sobresalir en todos los géneros, para confundir a la ignorancia, y lo consiguió, representando personajes y afectos de tan diferente naturaleza, que parecía imposible aspirar en todos ellos a la perfección; y él supo hallarla. García del Castañar; Fenelon; El Vano humillado; Otelo; Orestes; El Pastelero de Madrigal; La Casa en venta; El mejor Alcalde el Rey; La Zaira; El Rico Hombre de Alcalá; El Distrahido; Pelayo; El Convidado de Piedra; Numancia destruida. En suma: las tragedias extranjeras, las españolas, las piezas ligeras del teatro francés, las antiguas y modernas del nuestro, hallaron en él un actor, que nunca ha tenido semejante.

Ensayaba a sus compañeros en los papeles que habían de hacer con él; pero nunca trató de darles una instrucción metódica del arte, ni les comunicó las máximas que él había adoptado, como principios seguros para acertar en él. Su habilidad fue un secreto; ni tuvo rivales, ni quiso discípulos; con él empezó la gloria de nuestro teatro en la representación y con él acabó.

Su vida fue una continua alternativa de satisfacciones y disgustos. Empeñado y pobre muchas veces, otras opulento; desterrado por el gobierno de Josef Napoleón, y restituido después por el mismo a la patria. Cuando ésta logró sacudir el yugo extranjero, Mayquez, digno intérprete de las ideas de libertad, excitó el entusiasmo general con la imitación de afectos y acciones heroicas; recibiendo en la escena coronas y aplausos; hasta que por último, llegó a verse otra vez odioso a la corte, desterrado, falto de salud y medios, y en edad que no resiste como la juventud a los desaires de la fortuna. En vano la generosa amistad de sus compañeros procuró dilatar su vida, haciéndola menos infeliz. Murió en Granada en el año de 1820. (N. del E.)

 

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Te vas, mi dulce amigo. Es sensible que a la Historia de la dominación de los árabes en España, escrita por Don Josef Antonio Conde, no acompañen algunas noticias relativas a la vida del autor. Bien pudiera haberlo hecho uno de sus mejores amigos, encargado después de su muerte de concluir la edición de dicha historia; pero tal vez se le debe agradecer su silencio. ¿Cómo hubiera podido hablar de los últimos años de aquel literato virtuoso y modesto, sin llenarse de indignación, al considerarle fugitivo, expatriado, perdidos sus empleos, destituido por sus compañeros de la silla académica, y robado y vuelto a robar, por auto de juez, y a nombre de la patria? Bien hizo el editor de aquella obra en no escribir su vida. Si el mérito de Conde pudo envanecernos; su suerte nos avergüenza. Bueno es callar las aflicciones que tuvo que sufrir; bueno es que se ignore, que un sabio español, en el ilustrado siglo décimo nono, debió a la sensibilidad de sus amigos, los últimos auxilios de la medicina, y los honores del sepulcro. (N. del E.)