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Premio Internacional Primera Novela

Ricardo Gullón





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La moneda en el suelo, de Ildefonso-Manuel Gil, obtuvo el Premio Internacional de Primera Novela, correspondiente al año 1950. Galardón merecido que ha revelado al público uno de los más honestos escritores actuales. Este libro, como todos los de su autor, vale, en primer término, por el acento de sinceridad apasionada con que fue escrito; por ser un libro vivido, compuesto con jirones de experiencias, y no una construcción literaria. Hubo unos años en que los novelistas españoles no lograban hallar el tono, oscilando entre el Escila de la literatura desvitalizada y el Caribdis del arrogante analfabetismo. Ahora existen pequeños grupos de escritores para quienes la tarea de novelar supone un punto de partida en el que se dan por supuestas tanto las experiencias vitales como la técnica necesaria para expresarlas de modo adecuado.

En su reciente libro cuenta Gil la historia de un fracaso; fracaso amoroso, que imprime a la vida del protagonista un sesgo catastrófico. La anécdota está bien trazada y constituye excelente soporte de la novela, que en ningún momento produce la impresión de ser una elaboración gratuita, pacientemente levantada con materiales recogidos en los derribos de la novelística a la moda. El carácter de Carlos Serón, el violinista a quien un accidente incapacita para continuar su carrera artística, se desarrolla de un modo lógico -en su principio está su fin, diríamos con el verso de Eliot-, y los distintos momentos del relato vienen seleccionados con propósito de mostrar esa evolución, justificada, menos por los acontecimientos de que el personaje resulta partícipe o víctima, como por algo más profundo: por la connatural tendencia a la frustración, por la voluntad de considerarse vencido, que, latente en su ser, sólo espera coyuntura o pretexto para manifestarse.

La novela comienza fundiendo presente y pretérito; el narrador -pues el libro está escrito en primera persona-, desde un hoy miserable y triste, desde una mediocridad lindante con la abyección, recuerda lo pasado. Los planos se suceden alternando la evocación de un ayer feliz o dramático, pero no cerrado a la esperanza, con la presentación, áspera y deliberadamente descarnada, de lo presente; el método es eficaz para subrayar contrastes. Estos primeros capítulos, y el último, me parecen los más perfectos de la obra, y suficientes para acreditar la pericia del novelista.

Otro acierto, muestra de técnica segura y eficiente, lo encuentro en la diferencia de ritmos: preparaciones minuciosas seguidas de rápidos desenlaces. En este sentido, el capítulo final es el mejor; pero ya en otros fragmentos anteriores el mismo procedimiento se usa con éxito dos o tres veces. Si en las últimas líneas de la primera parte puede parecer arbitrario, es porque únicamente las páginas sucesivas, al poner en claro las verdaderas causas de la conducta de Carlos, justifican al abrupto viraje de la novela.

Gil reinventa sin complacencias una realidad desagradable y hosca, ambientes en donde se dan cita pasiones turbias y sentimientos enconados. Un mundo donde las almas no pueden encontrar reposo, porque llegan a él con la esperanza amputada. Por un momento, Carlos parece dispuesto a escapar   —449→   de la trampa, a vivir de nuevo en orbes con cielo; pero es una ilusión, una ilusión para el lector, pues el personaje sabe -siquiera no con saber consciente-, muy en el fondo, que no renunciará a una existencia que la configura según es y se desea.

La angustia existencial está plasmada con colorido agrio, destemplado, a lo Solana; no puntillismo, sino pincelada larga, prolongada; se quiere descifrar el secreto de un hombre siguiéndole en sus avatares a lo largo de la vida y no cabe detenerse en la descripción minuciosa de cada uno de ellos.

Las figuras femeninas que dan réplica al protagonista comparecen en la narración como elementos cooperadores más bien que como seres dotados de voluntad autónoma y existencia propia. En dos de ellas, Magdalena y Marta, hay una cierta insuficiencia vital. Están en la novela con una presencia distinta, no diré borrosa, pero sustituíble por otras semejantes. Julia fue conseguida con más brío, con una suerte de amoroso rencor que descubre la raíz del ambiguo sentimiento que hacia ella experimenta el protagonista.

La novela plantea una serie de situaciones encadenadas que hasta el fin no provocan un verdadero conflicto; los debates son primero diálogos: Carlos afronta problemas graves -lesión de sus manos, abandono de Julia, matrimonio con Magdalena, muerte de ésta...-; pero en cada oportunidad se enfrenta nada más con otro personaje. Los problemas, siendo graves, pueden ser transparentes y llevar consigo el germen de la solución. Pero en los postreros capítulos, el conflicto surge en términos dramáticos, y es el protagonista mismo quien debe resolverlo; no es posible esperar que «la vida» ponga en claro la situación: el individuo tiene que decidir.

Esta decisión puede ser discutida; pero lo que de ella importa averiguar es si resulta congruente con el carácter de quien la adopta. Y en La moneda en el suelo no sólo es así, sino iluminadora. Cuando Carlos Serón escoge la abyección, cuando libremente prefiere vivir en el rencor y la rabia, está manifestando su condición de hombre, su voluntad de hacerse y de aceptarse como lo que es: una mentalidad cobarde y mezquinamente sentimental, que en la lesión de sus manos encontró pretexto para, autocompadeciéndose, declararse víctima elegida y ponerse al margen del esfuerzo necesario para seguir luchando. Ildefonso-Manuel Gil consigue transmitirnos la impresión de ese definitivo vencimiento, del reconocimiento por el protagonista de su bajeza, de su incapacidad para vivir en la alegría y en la incertidumbre -prefiere la seguridad de saberse corrompido-, y nos la transmite en páginas densas, minuciosamente calculadas y escritas con elogiable sobriedad de medios. Estas páginas acreditan dotes de novelador, que esperamos ver pronto corroboradas en sucesivas ficciones.





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