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Presencia de la poesía: «El tacto sonoro», de Victoriano Crèmer

Ricardo Gullón





Una pasión viva y no inventada, un estremecido afán que se hace lumbre en el corazón del hombre. ¿Quién, sino amparándose en la metáfora, acertó a definir la poesía? «Aire leve», «aroma sutil», «deslumbrante relámpago» son imágenes certeras pero insuficientes; la poesía queda más allá de toda definición y, como el amor o la belleza, se hace más honda y llena y misteriosa a medida que el ardor insiste en el conocimiento.

De vez en cuando, de tarde en tarde, la inconfundible fragancia llega a nuestro vacilante asombro y sin saber cómo, nos sentimos transfigurados, enriquecidos, el alma abierta frente a no se qué ideales paisajes. Quizás un libro, acaso un poema, tal vez una sola línea bastó para suscitar en nosotros ese revuelo de sensaciones, esa impresión de mundo inverosímilmente claro y traslúcido.

El mensaje que ahora llegó a nuestras manos lleva un título desafiante, hiriente, como si de entrada quisiera provocar pendencia a la común vulgaridad. Tacto sonoro es el rótulo que Victoriano Crèmer puso a su primer libro de versos, y realmente el pulso mágico del artista levanta, al posarse sobre un brazo amigo, oleadas de sensaciones, notas dispersas, vibraciones de un sufrimiento que vuela y es recogido por estos sutiles y sencillos dedos.

Quiero decir, pues, que estos versos son obra de un poeta, de un ser que ha recibido el don creador y posee suficiente fuerza para desfigurar el mundo y crearse un orbe -vasto o limitado- propio. Pues el poeta vierte en redor suyo la mirada que transforma y alumbra, y -así el campo tras la estival tormenta- todo parece recién nacido, áspero o tierno, bronco o propicio, mas en cualquier caso, intenso. Los objetos que inventa son menos precarios e inseguros que la realidad provisional en que se apoya. Veamos en Crèmer. Cuándo dice:


Al jato pío pequeño
que la bebe
le salen cuernos de aurora
en la frente.



el tierno animal álzase en un campo de ideal y ciertísima belleza, donde el alba es obradora realidad, sueño del recental, y no vacua palabra propincua a cualquier exceso retórico.

O cuando su amarga mirada se posa sobre los espectáculos más trivialmente desoladores y el viejo pueblo despide un vaho de cotidiana y hosca miseria. O acaso en el poema «Siesta», donde hay una vibración contenida que es amor y queja, «caliente congoja» por el destino del hombre.

Pues, Valeriano Crèmer, creador de un mundo nuevo, inventor de un mundo eterno, muestra en sus versos angustia y desdén. Angustia por el común dolor, y desdén por los embelecos que pretenden ahuyentarlo. Cada ser ha nacido para sufrir y ha de aceptar heroicamente tal condición de la vida. Cualquier droga con que pretendamos olvidar esta verdad tremenda será tan solo eso: una droga, falaz recurso que irá lentamente intoxicándonos. No vale cobijar bajo el ala la cabeza henchida de cobardes pensamientos, sino gritar con poderoso aliento la inexorable certidumbre de la muerte.

Justamente lo que hace Crèmer en composiciones como «Elegía de la muerte en acecho», tan vigorosas, inconfundiblemente viriles, tan desbordantes y ricas. Es una imprecación a los débiles, a los fríos, a los apocados, escrita con lenguaje riquísimo, con imágenes nuevas y flageladoras, con voz deslumbrante y amarga.

Creo que la fuerza es la cualidad más destacable de Victoriano Crèmer. Una pujanza que apenas remansada torna otra vez a ser torrente o riada que arrastra consigo el corazón del poeta. Frente a la retórica opone el arrebato, lo desmedido, la sangre. Sí, la sangre que corre por esta poesía; en donde podemos -por su latido- conocer el pulso del hombre: del hombre y de ese ardiente dolor que le da vida.

De las seis partes en que se divide el libro de Crèmer, «Puertos de tierra adentro», «Cancionero del desánimo», «Tu grito derrumbado», «Romancero de hierro», «La del alba» y «Poemas sin sosiego», me parecen más importantes las tres últimas. Los «Poemas sin sosiego» son seguramente la cumbre y los más suyos, aunque en alguno la influencia de Alberti sea visible.

Pero no me parece que se deba insistir sobre ello, porque otra de las características más obvias de Crèmer es su autenticidad. En la forma, tal romance nos recordará a García Lorca; tal verso suelto, a Alberti; pero, definitivamente, la personalidad del poeta leonés imprime carácter a sus versos. Que estos sean, en ocasiones, duros y faltos de pulimento, es cierto; pero estoy muy lejos de creer que esa abrupta apariencia no pudo ser evitada. A este grito desesperado que es Tacto sonoro -grito y desesperado-, a esta voz sarcástica y solitaria y agónica no sé hasta qué punto le perjudica el palpable forcejeo con la palabra, la visible pugna por acrecentar la pureza expresiva del lenguaje poético. Acaso así resulte más transparente y operante la angustia del artista, más conmovedor y dramático su íntimo debate.





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