Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

  —287→  

ArribaAbajo Sección III

Oradores


  —[288]→     —289→  

ArribaAbajo Introducción

  —[290]→     —291→  

Nuestra oratoria colonial no goza de buen crédito ni entre nosotros mismos. Hablando en términos generales, se la estima de poco valor, y no falta cierta razón a ese juicio. No sólo padece ella la falta de «pectus» genial, como toda la elocuencia de lengua castellana, sino que su mérito queda comprometido además por las circunstancias literarias de la época en que se produjo. Como buena parte de los oradores de la Colonia coincidieron con el florecimiento del gerundianismo conceptista, no hay por qué extrañarse de que fueran, cuál más, cuál menos, legítimos gerundianos ellos también.

Esta síntesis crítica responde a la opinión generalizada sobre nuestra oratoria colonial, y repetimos que la creemos sustancialmente justa. Pero para que guarde su justicia, hay que precisarla con claridad y razonarla debidamente -y esto es lo que no siempre se hace. No pretendemos sustituir ese juicio acusatorio por un juicio apologético, pero sí consideramos llegada la hora de revisar hasta donde sea menester un aspecto particular comprendido en aquella proposición general.


La cuestión del gerundianismo

Nos referimos a la actitud que se adopta ante el fenómeno literario del gerundianismo.

  —292→  

Cuando uno lee las notas que los historiadores, antólogos y críticos de la Literatura Ecuatoriana dedican a los oradores coloniales, encuentra infaliblemente la indicación de que «están viciados por el mal gusto de la época». Muy bien. Pero eso lo dicen los representantes de otra época, que juzga aquellos gustos pasados en función de sus propios gustos presentes, y puede haber quien tenga la inocente curiosidad de saber cuál de las dos épocas está en la razón. No adelantamos conclusiones; sólo pedimos que se proceda con método objetivo. Hasta hace unos lustros, nombrar a Góngora era mentar al padre del mamarracho poético, pero después las cosas han cambiado, y aun cabe hablar ahora de una resurrección de Góngora. Pues si Góngora ha podido resucitar ¿no podría resucitar a su vez Fray Gerundio?

Esto no es enarbolar la bandera del relativismo estético, sino pedir simplemente que los críticos sean de veras críticos. Críticos, es decir hombres dotados de suficiente agilidad psicológica para saltar desde su propio espíritu al espíritu ajeno del autor, desde su tiempo al tiempo de los escritores que estudian. Este don de simpatía, mezcla de buena voluntad y de instinto nativo, es el que constituye en buena parte el carisma específico del crítico literario.

El problema, como se ve, afecta al campo del arte en general, no sólo a la oratoria. Pero, circunscribiéndonos a nuestro caso, nosotros leemos un panegírico de Chiriboga y Daza o un fragmento de don Sancho Escobar, y los hallamos hinchados, pedantes y ridículos. Los contemporáneos, en cambio, los encontraron admirables, «de estilo bien peinado», como decían ellos, y no es razonable encarpetar su juicio sin más. ¿Cuál de las dos apreciaciones está en la verdad, la nuestra o la de ellas? Esa es la cuestión neta, y el crítico tiene que afrontarla lealmente y buscarle respuesta.

Tratándose de oratoria el asunto puede complicarse aún. Al ser la oratoria por definición un arte esencialmente útil, encaminado todo él a persuadir, parece   —293→   que asegura su perfección por el hecho de que obtiene plenamente la reacción favorable del auditorio. Nuestra elocuencia colonial sería de este modo tan perfecta como cualquier elocuencia de cualquier tiempo que haya logrado persuadir y mover a sus oyentes -el relativismo literario quedaría así justificado en oratoria.

Pero no. Tal razonamiento puede ser agudo tal vez, pero es sofístico en el fondo. La oratoria, coma todo arte, tiene por su misma naturaleza un doble público: el de su propia generación y el de todas las generaciones venideras. El buen éxito obtenido ante el primero prueba la eficacia útil de la pieza, es decir su valor relativo; sólo la aprobación del segundo prueba su valor sustantivo y permanente. El aplauso de los contemporáneos se dirige al producto artístico en bloque, con todo lo que incluye de impuro también -impuro en cuanto al arte. En cambio la admiración permanente de la posteridad se dirige a lo que hay de puramente artístico en la obra, y por eso sólo esta, admiración póstuma constituye un homenaje fehaciente al arte coma tal.




Generalización

Con esto estamos aplicando ya al caso particular de la oratoria el criterio estético que nos parece encerrar la respuesta al problema general antes planteado sobre la validez permanente del arte. El problema era: lo que una época acepta como bello, otra época desdeña como feo ¿cómo saber cuál de las dos épocas está en la razón? Respondemos:

1.º En el estado en que se hallan las elucubraciones sobre lo que podemos llamar Ontología Estética, no es posible señalar a priori un criterio eficaz para dictaminar categóricamente sobre el valor intrínseco de las obras de arte. Esta posición puede parecer un   —294→   tanto pesimista y agnóstica. Pensamos que no es sino leal y sincera, y quedaremos agradecidos a quien nos dé razones para salir de ella,

2.º En cambio la cuestión halla una respuesta enteramente válida en el campo plenamente humano de la Historia. El criterio para juzgar el valor de las obras de arte está en la decisiva prueba espacio-tiempo: valen las obras que tienen fuerza bastante para imponerse aún fuera de su ambiente local y temporal; no valen definitivamente las que de hecho no logran superar el obstáculo de esta doble barrera; el valor de una obra es proporcional a la extensión de espacio y a la duración de tiempo que la admiran.

3.º En resumen, si el problema planteado no tiene aún una solución especulativa satisfactoria, sí tiene, en cambio, una solución práctica rigurosamente válida, porque se funda en la capacidad natural del hombre eterno para percibir la belleza. (Verdad es que este criterio no podemos utilizarlo directamente sino en la valoración del arte que nos ha precedido, pero esto basta al propósito de la presente nota, que se refiere a nuestra Oratoria Colonial.)




Valoración general

Tenemos, pues, que reconocer -de acuerdo con lo que dejamos razonado- que nuestros oradores conceptistas de la Colonia no pertenecen, desde luego, al número de los oradores universales: es un hecho que no han superado el límite del espacio; no han superado ni siquiera el simple límite del tiempo, pues no han logrado mantener ni dentro de su lengua y su patria la admiración que sus contemporáneos les otorgaron.

Su inclusión, consiguientemente, en una Antología. Ecuatoriana, tiene primordialmente un alcance informativo. Nos interesa nuestra nación, y por eso nos   —295→   interesan lógicamente quienes integran su historia cultural.

Pero no seamos intransigentes tampoco. La sinceridad de nuestra actitud crítica debe elevarnos sobre cualquier patriotismo hiperbolizante, pero no menos también -lo dijimos arriba- sobre el Confinamiento rígido en la propia época. El crítico debe hacer un esfuerzo para sintonizar con cada etapa histórica. Tratemos de revestir una sensibilidad estética siglo XVIII, y comprenderemos los triunfos de aquellos oradores nuestros.

Lo que entonces se apreciaba y aplaudía lo encontramos bien precisado por un juez contemporáneo, el español José Dardo Colodro, que opina sobre el quiteño Ignacio de Chiriboga y Daza. «Son peregrinos y agudos los pensamientos -dice- y arrogantes los asuntos. El estilo, por bien peinado, se le rizó la elocuencia. De alta jerarquía son sus voces; sus frases, rumbosas y lucientes. Y en fin, nada hay ocioso en esta obra, porque no hay palabra que sobre ni cláusula sin alma.»

Estos son valores reales de una pieza. No son todos los valores, ni siquiera los verdaderamente capitales en Oratoria, pero son valores sin duda. El siglo XVIII los sobreestimó, exagerando su importancia; no exageremos nosotros en dirección contraria subestimándolos gratuitamente.

Por supuesto que esta comprensión acogedora es perfectamente compatible con el sentido discriminador que ha de aplicar siempre la Crítica, y que nosotros deseamos aplicar con lealtad en el caso presente, tanto al caracterizar y jerarquizar los autores como al seleccionar su antología.




La curva del Conceptismo

Respecto a la caracterización, es importante establecer lo que pudiera llamarse la curva del Conceptismo.   —296→   No es verdad, desde luego, que el conjunto de nuestros oradores de la Colonia sean conceptistas. Y en los que lo son, cabe aún distinguir menos y más; como era de esperarse, el conceptismo de esa elocuencia tiene sus comienzos leves, su crescendo impetuoso, y al fin su retirada.

En Villarroel, gran orador sagrado, como se sabe, no hay nada que indique las brisas conceptistas que empezaban ya a soplar, como no sea ese cierto sentido matemático de la frase, tan gracianesco, que aureola algunos de los mejores pasajes en sus sermones cuaresmales.

El jesuita Pedro de Rojas sí escribe ya sobre la pauta conceptista, apenas moderada por el celo parenético de su excelente «Exhortación Moral», que le inclina a la perspicuidad de la exposición directa.

El punto sumo de la gráfica lo representan Chiriboga y Daza, el Padre Aguirre y Sancho de Escobar. El mismo género particular que ellos cultivaron -la oración fúnebre, el panegírico- era especialmente propicio para el encrespamiento de la metáfora y la extremada, hipérbole.

Las críticas de Espejo tienen buena parte sin duda en el descenso rápido del Conceptismo entre nosotros. En el Padre Ontaneda ya no quedan más restos que cierto énfasis pomposo; en José Javier de Ascázubi, sólo la elegancia hiperbólica; en Mejía, el tono algo declamatorio (que se ha prolongado hasta nuestros días, tal vez como adherencia connatural al género), y en Manuel Antonio Rodríguez, únicamente cierta sobreabundancia de alusiones a la historia romana.




Jerarquización

En este recuento quedan enumerados los principales oradores de la Colonia, sobre los cuales debemos decir ahora una breve palabra crítica.

  —297→  

No la diremos sobre Villarroel, ni Aguirre, ni Mejía, porque a ellos están dedicados sendos volúmenes de la presente Biblioteca Mínima. Tampoco podemos más que enumerar a otros, de quienes, o no se conserva nada escrito, o tan poco y tan poco accesible que no permite un juicio ponderado. Son ellos: el clérigo mestizo Diego Lobato de Sosa; los dominicos Pedro Bedón, Ignacio de Quesada, Sebastián Rosero y ,Bartolomé García; Pedro de Urraca y Andrés de Sola, mercedarios; el agustino Basilio de Rivera y los franciscanos Laureano de la Cruz y Sebastián Ponce de León. De don Sancha de Escobar, hombre eminente en varios campos, no ha quedado nada impreso.

La lista oficial de oradores coloniales solía abrirse con el jesuita Alonso de Rojas, autor del primer panegírico de Santa Mariana de Jesús. La autoridad, hasta ahora desconocida, del historiador Pedro de Mercado18 ha arrebatado al Ecuador esta modesta gloria, restituyéndola a España.

Más debió de valer como orador, al menos en el género exhortatorio, otro jesuita, este sí ecuatoriano, de Loja: el Padre Pedro de Rojas. No hay en él palabras de ganga o de mera fórmula; la pieza que de él se conserva es toda sinceridad y toda unción, y sus mismas expansiones conceptistas son, al menos en sus momentos felices, nada más que la hipérbole natural del afecto. El apóstrofe que dirige a Jesucristo Crucificado al fin de su «Exhortación Moral», alcanza una potencia oratoria que raya en lo sublime.

Si se pusiera a concurso el primer puesto entre nuestros oradores del siglo XVIII, uno quedaría tal vez dudoso entre el Padre Aguirre y el Canónigo Ignacio de Chiriboga y Daza. Chiriboga es hombre de altura. Ninguno le iguala en el arte arquitectónico de la composición, como puede apreciarse, por ejemplo, en su sermón de la Inmaculada: las partes de la   —298→   pieza están perfectamente jerarquizadas y en su debida proporción; no queda suelto un solo cabo, y cada pormenor está tan bien insertado en su lugar que sería tarea ardua pretender desplazarlo, suprimirlo o sustituirlo por otro. En el discurso citado, el paralelo entre Marula y la Virgen María, que al principio uno cree mero elemento ornamental, se convierte luego en una parábola fecunda llevada adelante con poderoso ingenio; y no menor talento muestra así mismo en la interpretación alegórica de la Sagrada Escritura. El estilo tiene un garbo, una soltura y un sentido del ritmo que recuerdan los buenos tiempos de la Edad de Oro, y el mismo aliento conceptista de la expresión sale bien aprovechado como fuente de elegancia y donosura. Su gerundianismo, por lo general no puede considerarse como factor negativo sino en las citas de textos bíblicos, que son, no sólo abusivamente sobreabundantes, sino a veces claramente inoportunas también, y aun falseadas en su sentido.

Insinuábamos que puede haber alguna duda en saber quién es nuestro primer orador de aquel tiempo. Ninguna duda cabe, en cambio, en saber quién es el último: el último, el más infeliz y lamentable de todos es, con mucho, el Canónigo Magistral Maximiliano Coronel, y para serla le bastaba la mitad de sus méritos. Ni siquiera cabe decir de él que sea un conceptista, porque el conceptismo supone indispensablemente un ingenio siempre visible, y el de Coronel lo es tan poco que no asoma por ningún lado. Lo único que muestra -léase como ejemplo su panegírico de Santo Tomás- es hinchazón hueca, énfasis de la peor calidad, ausencia de talento, de sentimiento y del sentido estético más elemental. No tiene noción de lo que sea construir un discurso: el exordio es por sí solo una pieza aparte; se muestra incapaz de destacar la proposición, y para desarrollarla no se le ocurre mas medio que la exageración. Para burlarse de él como lo hizo con tanta justicia Eugenio Espejo no hacia falta siquiera ser un crítico; bastaba tener una pizca de   —299→   sentido común y de formación intelectual. El erudito don Pablo Herrera tuvo en sus manos los «Diez Sermones que en determinadas iglesias y a varias solemnidades predicó el doctor don Maximiliano Coronel» y no pudo contenerse de dedicar al autor el siguiente epigrama (¿propio o ajeno?) que, tosco y todo, da al pobre Magistral lo único que se merecía:


Cuando yo orador te infiero
no a cualquier asno te ajusto,
sino a aquel en que el injusto
Balán iba caballero.
No al que al Señor llevó fiel
a Sión con festiva hueste:
que era mudo y manso éste
y orador como tú aquel19.



La ineptitud de Coronel, precisamente por ser extremada, debió de provocar una reacción de los predicadores y estimularlos a respetar el púlpito. De hecho, el siguiente orador de alguna nota, el mercedario Mariano Ontaneda, sin ser una figura de gran talla, es al menos digno, equilibrado y fervoroso, como puede apreciarse en su Oración fúnebre del Padre Bolados.

Lo mismo hay que decir de don José Javier de Ascázubi, cuyo mérito principal es la sólida arquitectura del discurso.

De don Juan de León y Larrea no consta que cultivara la oratoria, como no sea la leve oratoria escrita de sus «Discursos». Estos interesan como documentos sociales, no sólo por los temas que tocan -el indio, la situación económica, los desastres públicos- sino por la verdadera unción que los inspira, una   —300→   unción llena de sinceridad, aunque no exenta, como ocurre en Las Casas, del vicio de la exageración, que por lo visto es inherente a la virtud de la compasión. Como escritor, don Juan es bastante pobre, y por ventura ni merece siquiera el título de tal, pues carece de estilo, es decir de una manera propia, incomunicable, de ver y de decir.

La galería de nuestra oratoria colonial puede cerrarse con el nombre del venerado patriota don Manuel Antonio Rodríguez. Su conocida oración fúnebre de los próceres del 2 de agosto de 1810 se caracteriza por la honda emoción y la altura del pensamiento. No sería justo reprocharle la cierta amargura del tono ni la visión desproporcionada de los sucesos, deficiencias inevitables dadas sus circunstancias. Tampoco cabe exigirle un sentido más castizo del idioma, perdido hacía tiempo en España y América. A cambio de todo eso, la Oración de Rodríguez se mueve en un ambiente de dolor majestuoso, de sinceridad, de piedad cristiana y sacerdotal, que hacen de ella, no un mero documento histórico, sino una auténtica pieza de Oratoria Sagrada.




Nuestra antología

La antología que vamos a presentar no incluye todos los autores que hemos reseñado. Limitados por el espacio de la colección presente, hemos optado por dar a conocer, en lo posible, piezas completas, y consiguientemente reducidas en número, lo cual parecía indispensable precisamente en el género oratorio.





  —301→  

ArribaAbajo Pedro de Rojas20

(Selecciones)


  —[302]→     —303→  
Exhortación panegírica y moral en las rogativas que hizo la Real Audiencia y ciudad de Quito

Por causa de los terremotos que ha padecido la ciudad de Lima, que predicó el día sexto, del novenario el M. R. P. maestro Pedro de Rojas, catedrático que fue de Prima, hoy prefecto de estudios mayores y calificador del Santo Oficio por la Suprema


Haec dicit dominus Tiro, numquid non a sonitu ruinae tuae, et gemitu interfectorum tuorum cum occissi fuerint in medio tui commovebuntur insulae? Et descendet de sedibus suis omnes Principes maris: in terra sedebunt, et attoniti super repentino casu tuo admirabuntur, et assumentes super te lamentum, dicent tibi: quomodo peri isti, quae habitas in mari, urbs inclita!


Ezch. Cap. 26.                


¡Ay, desgraciada como numerosa ilustre Ciudad de Tiro! ¿Cómo al resonar los pavorosos ecos de tu lamentable ruina no han de temblar con desusados vaivenes tus inferiores islas comarcanas? ¿Cómo, siendo tú la Metrópoli y cabeza de sus pueblos, no han de padecer los mismos asombros? No es posible, que al sonar los sollozos, llantos y suspiros, al rumor confuso de los alaridos desconcertados, a los ayes tristes de los vivos, enterrados aún antes de muertos, y de los que quedaron con vida pero más muertos que vivos, no se estremezcan y tiemblen, cuantos se noticiaren de tu fatal estrago. Commovebuntur insulae. Porque si te pone la mano de Dios padrón lastimoso para el escarmiento, el temor de tus   —304→   villas y lugares no le tendrá en cabeza ajena sino en la propia, porque es preciso que todo el cuerpo tiemble cuando anda tan de caída la cabeza. Tus príncipes, señores y jueces, en demostración humilde y necesaria depuestos los tronos de Majestad y Judicatura, pecho por tierra en las plazas habitarán sus bajíos tan rendidamente atónitos, como admirados de una fatalidad tan estupenda y repentina, que prorrumpirá su dolor, más a la lengua del agua de sus ojos, que con los labios, más con los latidos del corazón, que con el desmayado aliento, anudada la garganta con el sentimiento excesivo en estas ansias lastimeras o en este lamento triste, desahogo amargo de sus congojas: ¿qué es aquesto, cómo siendo la ciudad más ínclita la gloriosa Tiro ha padecido estrago tan lastimoso? ¡Qué es aquesto! ¿Qué desolación tan infausta ha arruinado la más entendida Atenas, la más admirable Colonia de cuantas ciudades honran la Palestina; situación hermosa a las riberas del mar, y mineral tan rico, como si fueran de oro y plata sus arenas? Quomodo peri isti, quae habitas in mari, urbs inclita?...

Si Lima es la desolada, Tiro ciudad de los Reyes, cuya estampida estruendosa, al dar en tierra su grandeza agigantada con los pavorosos ecos ha puesto la ceniza sobre las cabezas y coronas de los venerables Gobernadores Eclesiásticos de esta Catedral ilustre; pues si en la procesión de sangre la primera noche de este Novenario, oímos en el púlpito los discursos elocuentes tan morales, ingeniosos y medidos de su docto magistral de palabra, también oímos, como vimos por las plazas y calles, predicar por obra mudamente retórico el penitente celo de los demás Señores prebendados en los cuellos, con sogas o cilicios y en sus descubiertas cabezas y coronas con ceniza, convenciendo los corazones más empedernidos a la voz de este público, y fervoroso ejemplo: Cinere conspergentur, accingentur cilici is. ¿Si Tiro es la Ciudad de los Reyes pues al sonido infausto de sus terremotos en el día veinte de octubre, al acercarse las noticias de su calamidad temblaron los pueblos de Ambato, Pelileo y Latacunga a los veinte y dos de noviembre, dejando los   —305→   templos y casas inhabitables por su destrozo y los más de los edificios por los suelos, para que ni aun esta lastimosa circunstancia faltase a la profecía de la destrucción de Lima en el trágico suceso de la esclarecida Tiro: Numquid non a sonitu ruinae tuae commovebuntur insulae? Y de que se colige ser el pronóstico tan cortado al talle de la ruina de la ciudad de Lima, que le ajusta medido aun en las circunstancias de la ciudad de Tiro, que es la ínclita ciudad de los Reyes: Urbs inclita, vidi civitatem Regum.

Lo cual supuesto, pregunto ¿por qué su desolación es objeto de dolor tan excesivo, de tan crecido llanto, en lo Eclesiástico y Secular, en toda la nobleza y piadoso vulgo? ¿Es acaso porque en la ruina lamentable se perdieron muchas vidas, haciendas gruesas, ricas preseas, edificios y máquinas costosas? Sí. Claro está; mas con un ádito muy agravante, de ser la fatalidad tan repentina, como impensada. Esta, esta es la raíz de la admiración atónita con que se lamenta la desolación de la ciudad de Tiro: Et attoniti super repentino casu tuo admirabuntur. Y esta la causa porque el Emperador Adriano traía en el dedo un anillo por memoria con estas letras: Illis gavis fortuna, quibus improvisa; porque no le cogiese sin prevención algún suceso tanto más riguroso, cuanto más repentino. ¡A las cuatro y cuarto de la mañana tan dormidos y descuidados en Lima, y al primer vaivén de la tierra, al sacudirse horrorosa, unos huyendo de sus casas sin saber a dónde, sin atender los padres a los hijos, sin mirar las mujeres a sus esposos, corriendo casi desnudos con tanta confusión, ahogos y alaridos tropezando y cayendo en sus mismos desalientos, turbados los corazones con el ruido de los edificios que caían, mezclado en ayes y lamentos de los que herían y lastimaban! ¡Otros, aun antes de despiertos, enterrados vivos, siéndoles sus mismas casas de vivienda sus funestos sepulcros, tan en un instante todo, tan sin prevención, ni acuerdo! ¡Indecible mal! Con dos ramas en que se divide muy para sentidas o dos daños que no tienen consuelo, y parten el corazón compasivo; uno de los vivos, y otro de los muertos.   —306→   ¿Cómo habrán quedado con la ruina los vivos, que libraron? Y en qué habrán parado las almas de los miserables que tan repentinamente murieron. Puntos que deben ser el objeto y blanco de una compasión tan tierna, como para temidos en escarmiento vigilante, no ya en cabeza ajena, sino en la propia.

Quedaron muchos de los que libraron con vida (según escriben), aun siendo personas de caudal, en la última miseria, pereciendo de hambre, sin tener un bocado de pan que comer, sino pidiéndole de limosna; porque lo que perdonó el terremoto en la ruina de la plata y joyas que tenían, se lo robaron hombres desalmadas, sin Dios y sin conciencia, quedando en un instante los ladrones, ricos, sobrados y opulentos, y los dueños a quienes robaron, al mismo paso pereciendo y sin recurso. ¿Puede llegar a mayor dolor el sentimiento? ¿Puede haber sentimiento que llegue más al alma? Si se pondera el tiempo y la ocasión, parece que no; porque en hora de tanta calamidad, en ocasión que se busca el socorro del Cielo, que se clamorea a Dios con ansias, pidiéndole todos misericordia, ocuparse hombres peores que demonios en semejante insulto, y ferocidad, mal es tan intolerable e insufrible, que aun al paciente Job le falta el sufrimiento con despecho en las quejas, y parece con impaciencia en las palabras.

Y si le preguntamos ¿cómo dice que esta es obra de Dios cuando la ejecutó el demonio: Dominus dedit, Dominus abstulit, y no cabe aqueste consuelo en semejantes hurtos? responderá, y bien, que en aquella ruina si obró el demonio, fue por mandato de Dios. Dios lo hizo: Dominus abstulit; pero semejantes delitos, son de hombres tan sin Dios, que son peores que el mismo demonio. Salir el padre de familias desalado huyendo de la justicia de Dios sin saber a dónde; por otra parte la mujer descalza apenas con una mantilla, los hijos, las hijas, levantando los alaridos al Cielo, tropezando y cayendo en sus mismos ahogos, ya de esta casa que desamparan, ya de la otra que dejan el llanto en confusión pavorosa, el asombro común, los alaridos de todos para enternecer a los   —307→   peñascos más duros, pidiendo a Dios misericordia; y a este tiempo, valerse los ladrones del justo temor de los dueños para robarlos, dejándolos mas desnudos de lo que salieron de sus casas: ¿puede caber igual ferocidad y tiranía en el Demonio?, ¿puede haber acción más bárbara y más fiera en un espíritu infernal? No parece; y cabe en los hombres lo que no hiciera el Demonio. ¡Ah Lima! Y cómo puedo recelarme que el castigo de tu ruina en los terremotos que has padecido, se ha ocasionado porque al tiempo de la Misión, en que tanto y tantas pedían a Dios misericordia y perdón de sus pecados, había otros que al mismo tiempo levantaban banderas contra Dios, provocando por las calles públicamente a los vicios. ¡Oh Quito! Y cómo temo que ha de castigarte la Divina Justicia, pues en este tiempo de rogativas fervorosas, de tantas penitencias y devoción; hay algunas que procuran por las calles estorbar el que se vean tan ejemplares ejercicios y que se oiga la palabra de Dios en los templos, sin cesar de ofender a Dios en los mismos vicios y pecados.

Este es el mal y daño que padecen en el cuerpo los que quedaron vivos en la repentina fatalidad del terremoto de la ciudad de Tiro, que es la Ciudad de los Reyes: Super repentino casu tuo vidi Civitatem Regum. Pero vamos más al alma en la segunda pregunta, esto es: ¿en qué habrán parado las de los que murieron en el mismo suceso tan impensado y repentino? Cogiolos dormidos, descuidados a las cuatro y cuarto de la mañana. Primero que volvieron del susto y despertaron del sueño, aún antes que abriesen los ojos para ver el peligro de aquella hora, se hallaron en la otra vida a ser juzgados en el Tribunal de Dios. Careose uno y otro mal: aquel daño de los cuerpos poco duradero, miseria de por vida en uno o algunos años. Este del alma por toda una eternidad. Aquel se remedia con una limosna, tiene el consuelo en la piedad cristiana; este es mal sin remedio, sin esperanza de piedad, misericordia, ni clemencia. En fin, para un fracaso repentino si está arresgada la hacienda y aun en peligro la vida; como es mal del cuerpo, es poco daño, pero en un caso repentino estar arresgada el alma,   —308→   no puede llegar a mayor mal, pues es eterno. Si los daños del cuerpo se sienten tanto que cuanto más repentinos llegan tan al alma, que no hay sufrimiento ni paciencia, ay, alma mía, los riesgos repentinos del alma, en eternidad de penas para siempre, ¿a dónde llegarán? No hay ponderación, ni palabras con que se pueda explicar cuán para lloradas son con lágrimas de sangre las repentinas muertes de los desgraciados sin prevención, a quienes quitó la vida entre tan impensados sustos un formidable terremoto. Porque si vuelvo a preguntar en qué habrán parado, para que abra los ojos nuestro descuido, es clara la respuesta: que pararon conforme al estado en que vivían y se echaron a dormir; si les llegó la hora del repentino golpe en gracia de Dios, pararon en salvación de sus almas; si les cogió descuidados en las mismas culpas en que vivían, pararon sin duda en una condenación eterna.

Terrible lance haberse acostado buenos y quizá con la ocasión de su desastrada vida entregarse al sueño muy a lo seguro, despertar estremecidos y asustados con el terremoto, y hallarse en un instante sus almas en los infiernos. ¿Y que haya quién duerma en pecado mortal? ¡Oh bárbara ceguedad de los hombres! ¡Oh locura desesperada de los que no creen como ateístas que hay otra vida! Consuélanse y se prometen, necios, que al despertar con el asombro llamarán a Dios y harán un acta de contrición verdadero, con que serán perdonados; fían en que Dios es tan poderoso como misericordioso, y en el tiempo del susto todo cristiano por grande pecador que sea implora su nombre y su favor. No lo niego; pero ésta es esperanza tan vana, como agravio de la misericordia. Confieso que la llamarán asustados; pero con verdadero dolor, con contrición verdadera en una repentina fatalidad, quién podrá asegurarlo, y más cuando están sólo acostumbrados a la culpa toda su vida, y así les será tan difícil que tengo por imposible el acertar el dolor y así morirán como vivieron.

Poderoso era Dios para hacer de las piedras hijos de Abrahán: Potens est Deus de lapidibus istis suscitare   —309→   filios Abrahae. (Lucae 3.) Y cuando vio Orígenes que en la muerte de Cristo nuestro bien, al barajarse los elementos, al obscurecerse el Sol, al temblar la tierra se daban unas piedras, con otras: Petrae scissae sunt, le pareció amagar a cumplirse el vaticinio, aunque no se perfeccionó ni se acabaron de convertir las piedras en hijos: Hi lapides inttellecti fuerunt, ex quibus vaticinio praemostrabatur Abrahae filios suscitandos. Empezaron, dieron señales de convertirse en hijos, con prodigio tan extraño, que al golpearse las unas con las otras, afirma el Minorita, resonaban voces tan admirables, que formaban claro el nombre de Jesús: Iesus, Iesus Rex Iudaeorum. ¡Oh piedras! No sé si temerosas o compasivas, como con el nombre de Jesús que pronuncia vuestra colusión y dureza, no os acaba de transformar en hijos de Abrahán, cuando Dios es tan poderoso que puede convertir en hijos de Abrahán a las mismas piedras: Potens est Deus. Ya se ve. ¿Cuándo invocan el nombre de Jesús? Sólo cuando tiembla la tierra. ¿Con verdadero dolor? No, que siempre han sido tan duras, que pasado el susto del temblor, se quedaron como de antes piedras. Pues no se perficionarán hijos aunque nombren y llamen a Jesús, aunque Dios sea tan poderoso. Porque esas voces nacen de lo empedernido de su dureza, sólo al aire de su temor, con el susto de estremecerse a los enviones y vaivenes violentos de un terremoto repentino. Que no puede nacer de corazón contrito este nombre sagrado, cuando el fundamento y costumbre es piedra y el motivo un sobresalto.

Esto es lo cierto y lo connatural en los hombres, cuya costumbre en los vicios los tiene endurecidos como piedras; levanta Dios la mano y en ella el azote de su justicia, descarga el golpe, cruje el ramal sobre los pecadores dormidos, tiembla la tierra, y al sacudirse violenta con el terremoto entre despiertos y descuidados, prorrumpen sobresaltados los corazones: ¡Jesús! ¡Jesús, que tiembla! ¡Válganos, Dios, que tiembla! ¿Y estas voces bastarán para convertirlos en hijos suyos por gracia naciendo de una contrición verdadera? Claro está que no, porque son voces al aire, hijas del temor, y clamores de quien en la   —310→   vida fue un peñasco. Piedra dura en la vida, y a la hora, de la muerte tan fuera de sí como entre sustos, temores, ahogos y ansias, y perficionarse con dolor verdadero hijo de Abrahán, aunque Dios es poderoso, aunque el nombre de Jesús es tan eficaz y proficuo, no acertaron, no, a tener aquel dolor que es necesario para que merezcan el que perdonándoles Dios los pecados, los reconozca por hijos. Con toda quietud, sin revolución de potencias y sentidos, sin sustos ni sobresaltos trataron innumerables de disponerse para ganar el Jubileo de la Porciuncla con verdadera contrición, y reveló nuestro Señor que sólo la acertó ganando el Jubileo una mujer anciana y devota. Trescientos actos de contrición hacía todos los días un religioso de la Compañía de Jesús, ensayándose con esta loable costumbre para la hora de la muerte; y apareciéndole un ángel, le aseguró que de cuantos había hecho sólo había acertado en uno. Pues si no tiene el pecador, ni se aliciona ni ejercita en esta costumbre y ejercicio, sino en la continuación de sus culpas y pecados; con el sobresalto de un temblor, con helarle la sangre el miedo, con ocurrirle al corazón en desconcertados latidos, con tener la muerte a los ojos, cómo acertará su ceguedad turbada a encontrar con el dolor verdadero, por más que prorrumpa tan fuera de sí, como enajenado en un: «Jesús, Jesús, que tiembla». Voces que aun las dan las piedras, sobresaltadas sin provecho; porque como piedras en la vida, en la hora del peligro que amenaza se quedan como antes piedras y quizá más empedernidas.

No es pequeño fundamento, que me lo persuade el haber aquellos dos ángeles cegado a los nefandos sodomitas la mañana que sacaron a Loth de Sodoma. Percusserunt caecitate a minimo usque ad maximum itta ut ostium invenire non possent. (Gen. 19) Castigaron con ceguedad a estos pecadores desde el más grande al más pequeño, y de calidad que no pudiesen encontrar con una puerta para librarse del daño. ¿No los castigan con otra pena, sino con ceguedad? ¿No ha de temblar la tierra? ¿No ha de llover fuego? ¿No han de acabar con la vida en la ruina de la ciudad? ¿Ya, ya, tan presto, tan luego,   —311→   que al instante que salió Loth perecieron repentinamente todos? Y aun por eso. Habían vivido tan ciegos como seguros. ¿Tener la muerte tan cercana, faltar tan poco para la ruina; y poder abrir los ojos para encontrar con la puerta de su remedio? ¡Qué engaño! Quedarán más ciegos en aquella hora, sin que puedan encontrar con la puerta. Ita ut ostium invenire non possent. Es la puerta dice San Pedro Damiano, Cristo: Sicut ipse dixit, ego sum ostium, per me si quis introierit salvabitur. Cristo, la puerta de la vida y salvación eterna; el pecador en su vida ciego; pues, como al tiempo y a la hora que insta la muerte en temblores y ruinas ha de abrir los ojos, antes entonces más ciego, ni podrá encontrar con toda la puerta Cristo. Ita ut ostium invenire non possent. ¿Qué no han de poder? Y la razón es clara, porque se añade a la ceguedad el sobresalto, el ahogo, y el repentino susto. Y es forzoso que si el ciego, por serlo, no encuentra con la puerta, añadido el sobresalto, no sólo, no la encontrará, sino que ni podrá encontrarla, fundamento en que me persuado, estriba aquel grave temeroso sentir del Emisseno: Ita enim eveniet, ut qui primo tempore emmendari noluerit, incipiat in sequenti, nec velle, nec posse. ¿No enmendarse en la vida teniendo el tiempo oportuno, no serlo el tiempo de las agonías y trasudores, y entre esas ansias esperar la enmienda? ¡Qué yerro! Ese será tiempo en que ni quiera ni pueda. Nec velle, nec pose.

Pues, ¿qué remedio tendrá nuestra ceguedad descuidada para que podamos encontrar la puerta, si nos amenaza una fatalidad repentina? No hay otro, fieles, abrir los ojos en la vida, tomar escarmiento en cabeza ajena, ver el estrago que ha hecho un repentino terremoto en otros cuerpos y en otras almas. Ponderar los fatales sucesos que han padecido en Lima, para que con el temor de castigos semejantes, no vivamos desprevenidos como ciegos, arriesgada la salvación por lo impensado, cuando la piedad de Dios con este aviso y ejemplar, quiere que abramos los ojos.

Para que los tuviese claros, y sanase de su ceguedad un ciego refiere San Juan en el cap. 9, hizo Cristo Señor   —312→   nuestro un colirio admirable del polvo de la tierra y su divina saliva, ungiole con él los ojos, y le mandó fuese a Siloé, y en su milagrosa fuente los lavase, para que viese. Fecit lutum ex sputo, et linivit lutum super oculos eius, et dixit ei: vade, lava in natatoria Siloé. ¿Quién no dirá que es excusada la diligencia de lavarse en las aguas de Siloé? ¿La tierra que toca Cristo con sus manos no basta? ¿Basta su soberana saliva para que vea? ¿Sobra, y ha de ir a la fuente de Siloé? Así verá claro, así abrirá los ojos. Es la fuente de Siloé, donde con un terremoto cayó una torre, y cogiendo debajo diez y ocho personas, les quitó repentinamente las vidas: ejemplar con que predicaba Cristo conmoviendo a los pecadores a penitencia, para que se librasen de semejantes terremotos, que amenazaban repentinos: Nisi paenitentiam egeritis omnes simul peribitis, sicut illi decem et octo super quos cecidit turris in Siloe. (Luc. 12.) Vaya, pues, el ciego a ese ejemplar donde con un temblor desusado cayó esa torre, que viendo que ésta no perdonó a diez y ocho que vivían a su sombra, que conociendo no hay seguridad en la mayor fortaleza, le será esta más eficaz colirio, para que abra los ojos, usando Cristo con él demás misericordia cuando con este temor se los lava, que cuando se los unge con el lodo de su saliva.

¡Oh, cómo muestra la piedad soberana de Dios sus misericordias grandes con los pecadores de Quito dándoles noticias de la ruina de Lima, Jerusalén coronada del Perú, porque les sirva este ejemplar de luz con que abran los ojos para la enmienda de sus vidas, temiendo semejantes terremotos y castigos por sus graves culpas! ¿No es esto ir aguzando la punta de la espada de su justicia con Lima, y no sorda sino tan sonada, que han estremecido sus ecos todos los pueblos y ciudades de las Indias? ¿Y usar de tanta piedad que se da entretanto tantas esperas a Quito? ¿No es esto mostrar Dios ya desnudo el estoque contra sus moradores, tanto más agudo en la punta cuanto más afilado con Lima y tan piadosas esperas? ¿No -es esto aguzarlo más penetrante, cuando lo amola con Lima tan despacio y tan ruidosamente en el aviso,   —313→   que si en Lima hiere, aquí alumbra, si allá mata, aquí sólo amedrenta; si allá tiembla hasta arruinar, aquí el temblor es apenas amenaza, si allá destruye rayo que repentinamente cae, aquí sólo es relámpago y trueno que avisa con el amago? Mas ¡ay dolor! ¡Oh ciudad siempre verde y opulenta Quito; lo que me temo que si a golpe de luz tan crecida no abres los ojos para llorar tus culpas, que acabando de aguzar la punta de la espada con esta Lima, con este ejemplo formidable, han de ser tan penetrantes las heridas con que te asole, que sientas más violento; más riguroso en repentinos asombros de castigo, al mismo paso que te ha esperado dándote su misericordia aqueste tiempo!

Pero me dirán, y con mucho consuelo mío, que ya no les falta luz, pues tienen a los ojos a su Patrón jurado para los temblores, al penitente Jerónimo, que es luz: Vos estis lux mundi, y luz no como quiera, sino luz que alumbra para defender de los terremotos a unos, castigando con temblores a otros obstinados que no se aprovechan de sus avisos, como le sucedió predicando en la ciudad de Tiro, ya reedificada, contra los trajes profanos y excesivos juegos, pues juntándose tres a barajar gustosos, dijeron delante de muchos que se hallaron presentes, que aunque le pesase a Jerónimo empezarían y acabarían de jugar con toda felicidad y alegre entretenimiento. Hironyme, te invicto ludum istum feliciter finiemus. Pero a poco espacio que se entregaron al juego refiere San Cirilo, se estremeció la tierra, abriose en grietas horrorosas, sorbiéndose los tres que jugaban y quedando los presentes tan corregidos que enmendaron sus vidas con ejemplares escarmientos; con esta luz y ejemplo que pone a la vista alumbra Jerónimo, y con esta misma ha abierto los ojos tanto Quito al ejemplar de la ruina de Lima, que ha encontrado sin duda con las puertas de la seguridad, pues María, Señora nuestra a quien invoca en estas rogativas, es la puerta del Cielo, y Cristo nuestro bien ya Sacramentado, ya en sus imágenes milagrosas a quien venera en esas aras, es la otra puerta del perdón. María puerta llena de benignidades y dulzuras, aunque sea la   —314→   imagen y estatua de piedra, que no se opone el ser la imagen mármol en la constancia para que nos ampare, pues tiene las entrañas y pechos de soberanas piedades y misericordias.

¿Quieres, alma, que sean eficaces tus ruegos? ¿Qué sea seguro el patrocinio que deseas en Cristo Sacramentado, y María, aunque imagen de piedra, Patrona Piadosísima contra los temblores y volcanes? Pues buen remedio, una verdadera confesión con propósito tan firme que no vuelvas ni aun los ojos a la ocasión del pecado, que volverlos al peligro estorbará al patrocinio que imploras, y quedarás estatua de sal, riguroso padrón para el escarmiento de otros, como quedó la mujer de Loth, por inconstante en el camino de su salvación, que había comenzado. Mas esto es lo que más aflige mis temores, mucho recelo el que vuelvas las espaldas, que esta inconstancia sea causa de nuestra ruina. Ángeles acompañaban a la mujer de Loth y la sacaron de Sodoma, enderezó sus pasos al monte al lado de un Loth santo y justo que con su buen ejemplo animaba su tibieza; el riesgo instaba, y con todo vuelve inconstante la vista y no llega a aprovecharse del segura del Cordero y piedra milagrosa como Loth. Tú, a quien no acompañan ángeles, sino sus vicios, tú que huyes las compañías de los buenos y vives siempre al lado de tu desdicha, ¡oh, cómo debes temer aun después de confesado el volver al vómito! Sea el propósito firme si quieres seguro el, patrocinio de esta Piedra soberana y sacrosanto Cordero.

Pondere ahora la devoción cuán acertado ha sido el acuerdo de sus dignísimas cabezas, que con providencias tan superiores, como inspiradas de Dios han juntado para la rogativa en esas aras a María Santísima, no como quiera, sino de piedra en la constancia, y con los pechos de carne en el soberano Cordero y las tres imágenes de Cristo con las prerrogativas del Eccehomo, del Nazareno y en la Cruz de crucificado, porque tamaño beneficio como se suplica y pide, se alcance multiplicados los intercedores sin que quede piedra por mover hasta que se consiga, como lo tengo por infalible.

  —315→  

Porque este conjunto soberano es el que afianza en los mayores riesgos constantes seguridades y amparos ciertos en los más formidables terremotos.

Ningunos más justos, más pavorosos y desusados que los que padeció el mundo al morir Cristo en los brazos de la Cruz, cuando barajados los elementos, anochecido el sol, los mismos avisos asombrados, tembló la tierra estremecida con tan violentos impulsos, que se arruinaron más de doce ciudades en el Asia y en Bitinia, y Capadocia muchas, según refiere Orígenes, Tertuliano y Agustino. Erizó sus ondas el mar, retiró sus corrientes, y saliendo de madre y de represa en soberbias avenidas, anegó muchos lugares situados en sus riberas. Ecce terremotus factus est magnus, et velum templi scissum est. ¿Qué es aquesto?: la raíz y principio de tan inopinado terremoto es en Jerusalén, y por maravilla sólo se cuenta que se hizo pedazos el velo del Templo. ¿Y no se rasgaron los edificios? ¿No se desplomaron las torres? ¿No se arruinaron las casas, ni se sorbió la tierra la ciudad de Jerusalén con todos los que le crucificaron? ¿Allá lejos, efectos de tanto estrago, y contra Jerusalén y sus pérfidos moradores, tan sin fuerza el terremoto como si meciera el monte con blandura? Sí, porque murió Cristo, inclinando la cabeza a la parte donde asistió María a la Cruz. Inclinato capite tradiddit spiritum, en una acción sola de inclinar la cabeza hacia la parte de María, les mostró los medios de conseguir aún los mismos que le crucificaban, soberanas misericordias; a la parte donde, la inclina, señala el medio de una piedra constante que mientras más herida al golpe de la Cruz, que padecía en su corazón, el alma, intercedía por los mismos que con Cristo la crucificaban en ella, que así explica Ricardo, aquel: Loquimini ad petram, donde prosigue: Sic et María, percussa, gratiarum fontes emisit, et pro persecutoribus exoravit. Y juntamente bajando la cabeza mostró el título de la Cruz. Iesus Nazarenos Rex Iudaeorum. Título que declara tres advocaciones misteriosas de un solo Cristo, el Iesus con la advocación de crucificado, porque muerto en ella, alcanzó este nombre divino: Mortem   —316→   autem crucis, propterquod et Deus exaltavit illum, et donavit illi nomen quod est super omne nomen, ut in nomine Iesu omne genufectatur. El Nazareno con la advocación de llevar la Cruz sobre el hombro por la calle de la amargura, y el Rey de los Judíos con la advocación del Eccehomo cuando grabada sobre su cabeza la corona de espinas y en su mano por cetro la caña, lo saludaban con el título de Rey de los Judíos. Ave Rex Iudaorum. Y formándose de estas tres advocaciones y pasos más milagrosos el título Jesus Nazarenus Rex Iudaeorum, fue lo mismo inclinar la cabeza, que mostrar el medio, por donde se aseguraban los mismos que lo perseguían, sin que los tragase la tierra con el terremoto asolando a Jerusalén, María como piedra y estable roca, y tres imágenes de un Cristo solo, en las tres advocaciones que señala el título de la cruz: Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum.

Con que viene a ser que alienta tanto mi tibieza, que no he de perder la ocasión para alcanzarlo con eficacia: Ea, Señor, pues me enseñáis, oídme, que no he de salir de aquí, ni apartarme de vuestros pies, sin alcanzar de vuestra piedad el perdón que con lágrimas os suplicamos todos. El tiempo, amorosísimo dueño de nuestras almas, no puede ser más arriesgado ni calamitoso; tiénenos formidablemente cercados y amenazados vuestra justicia. Vuestra espada parece ejecuta el golpe descargando sus filos, de que ya se queja el aire; no se oyen, ni ven más que horrores y asombros en todo el Reino por nuestras culpas y pecados. Chile llora tan rigurosa peste que avisa llegaron a quince mil los que en ella han muerto. Lima aun no acaba de conocer cuántos serán los muertos y enterrados vivos, siendo incesables sus temblores. El mar y Guayaquil se quejan de las hostilidades crueles y sangrientas del enemigo pirata, estorbándole aún los bastimentos para sustentar la vida. Ambato, Pelileo y Latacunga, treinta y dos días después de la fatalidad de Lima, se han arruinado con otros terremotos tan violentos, que no hay edificio de que no huyan por lo que amagan todos horrorosamente sentidos y lastimados; la única esperanza que tenía el Perú en las Naos que salieron contra   —317→   el enemigo, también nos falta con haber varado, y perdídose hacia el Puerto de las Esmeraldas la una de ellas. Por todas partes nos acosa el temor, y falta el recurso a lo humano; todo es hambre, pestes, temblores, que aun llegan a nuestras casas, si bien no con tanto rigor como a las vecinas. Pues si en tiempo de semejantes angustias nos enseña vuestra piedad que ocurramos los pecadores afligidos a vuestros pies por medio e intercesión de vuestra Madre soberana y vuestras imágenes milagrosas, que con tantas bocas como heridas en virtud de vuestra sangre claman al Eterno Padre pidiendo perdone a sus enemigos; y hoy, Señor, nos valemos de vuestros pies, ¿por qué no nos habéis de perdonar? Dadme, Señor, licencia, que he de convencer vuestra sabiduría enderezando un ejemplo y siguiendo el estilo de estas exhortaciones, no a los pecadores, no a los culpados, sino a Vos mismo que habéis de ser el juez que provea nuestra petición, rendida y fervorosa. Bien sabéis, Señor, que en Madrid había dos enemigos que deseaban beberse la sangre: una noche de Jueves Santo se encontraron en una calle excusada y tan sola que sin que los estorbase alguno, desnudas las espadas, riñeron; cayó el uno y al envasarlo el otro con deseo de ensangrentar la suya desde la punta al pomo, le pidió el caído que por la sangre de nuestro Señor Jesucristo y su soberano nombre le perdonase, que humildemente rendido se lo rogaba, conociendo haberla agraviado; y así lo hizo, perdonolo por Dios, y yendo a visitar los monumentos de las iglesias, libre de su pasión vengativa, hincando las rodillas en una de ellas para besar los pies de un Crucifijo que estaba sobre una almohada a vista de innumerable concurso, desclavó el Crucifijo el brazo, y echándoselo por el cuello amorosamente, le abrazó con cariño en señal de lo que se agrada perdone el hombre a sus enemigos, cuando piden misericordia por Vos y por vuestra sangre os agrada de forma que hacéis demostraciones de tanto cariño y ternura. Este perdón nos enseña vuestra sangre preciosísima, este perdón nos manda obrar con los enemigos vuestra Majestad y grandeza. Pues, Señor, obrad lo que mandáis, dadnos buen ejemplo en lo que gustáis   —318→   que hagan otros. Vednos a vuestros pies rendidos, que no tienen otro recurso nuestros ahogos; oíd nuestros afligidos corazones, que a voces os pedimos por vuestra preciosa sangre nos perdonéis; confieso, amantísimo Señor, por todos que os hemos ofendido ingratos; publico a voces que es verdad, que hemos sido vuestros enemigos; pero rendidos a vuestros pies, os rogamos que nos perdonéis por vuestro divino nombre. Si confesamos que os hemos ofendido, rendidos y humildes a vuestros pies, ¿por qué no nos habéis de perdonar? ¿Mandáis uno y obráis lo contrario? No cabe en vuestra soberanía. Pues haced lo que mandáis, como lo hicisteis con un Abrahán que os pidió de rodillas por Loth; con un ladrón en la Cruz y con una Magdalena pecadora. ¡Ah, fieles!, que no lo hace porque me parece que falta el verdadero dolor, el firme propósito de la enmienda, el no volver los ojos a la ocasión de la culpa, y el agua de las lágrimas, con que lavó Abrahán, y la Magdalena sus sacrosantos pies. Pues si esto es sólo lo que falta, pecador arrepentido, Magdalena pecadora, mira lo que te va la vida, mira que es contingente que esta noche no te dé lugar de hacer un acto de contrición un terremoto repentino; no arriesgues el alma para una eternidad de penas, no malogres la ocasión de estar a los pies de Cristo y de María; poco se te pide y es mucho lo que ganas. Lágrimas, lágrimas fieles; desdichado pecador, siquiera una gota saque de la dureza de tu corazón a golpes de penitencia el verdadero dolor de tus culpas, siquiera una lágrima y una gota. Ea, anima el pecho endurecido, rompe ese peñasco en pública demostración de arrepentimiento: pequé, Señor, ofrézcoos mi corazón, que me holgara brotarlo deshecho en lágrimas de sangre por los ojos; pequé, Señor, confieso que os ofendí, pero hago firme propósito de no ofender más a un Señor que ha usado con nosotros de tantas piedades, que sin merecerlo nos concede vida para que escarmentemos en cabeza ajena. Volved los ojos, Señor, que son muchas las lágrimas; oíd, Señor, que los suspiros son tantos como de crecidísimo dolor; con agua os lavamos los pies, que besamos, con ternura; en ellos humildemente postrados confesando nuestras culpas, pedimos   —319→   nos perdonéis por vuestra preciosa sangre. Tened, Señor, misericordia de nosotros; misericordia, Dios mío, que hacemos firme propósito de nunca más pecar; misericordia, Dios mío, que nos pesa de todo corazón de haberos ofendido; misericordia, Dios mío, que ya no más ofensas. Empezaremos un libro nuevo de nueva vida, ayudándonos para que no faltemos a la promesa vuestra divina gracia, que es prenda segura de la gloria.

Sub correctione sanctae

Matris Ecclesiae





  —[320]→     —321→  

ArribaAbajoIgnacio de Chiriboga y Daza21

(Selecciones)


  —[322]→     —323→  
Sermón de la Purísima Concepción de María Santísima, Señora Nuestra, predicado en la catedral de Quito, el 8 de diciembre de 1737

Jacob Autem Genuit Joseph

Virum Mariae, de qua natus est Iesus.

(Matth. cap. I.)                


No sé, si al distinguir la docta antigüedad dos deidades de la guerra en un Marte y una Palas, quiso señalar a cada sexo su numen: mas lo que ha enseñado la experiencia a la admiración de los siglos, es que Palas algunas veces se acuerda de que es mujer. Varios ejemplos ofrecen a la noticia los anales de la fama, pero entre todos se lleva la primera atención de la memoria el más que varonil esfuerzo de Marula, célebre heroína y virgen nobilísima de la Isla de Mitilene. Por los años de 1474 sitió Mahomet II, primer Emperador Otomano de la infeliz Constantinopla, la ciudad de Coccín, capital de la Isla, con ejército tan poderoso, que después de cubrir con sus naves el mar, inundó la tierra de Turcos. Apretaron estos tanto la plaza, que haciendo incesante fuego las baterías y repitiéndose con obstinado tesón los asaltos, ganaron por fin una puerta, a pesar de la valerosa resistencia de los sitiados; fue sobre ella sangrientísimo el combate, hasta que muerto el Gobernador en su defensa, cuando ya se lloraba la plaza perdida y todos sus moradores empezaban a gemir la tiranía que les amenazaba, lo remedió todo Marula, valiente amazona, afrenta de las de la Asia y crédito del valor de Europa. Era hija del Gobernador difunto, y hallándose presente al estrago, como si heredara sobre sus alientos los que perdió el   —324→   padre con la vida, despojando pronta el yerto cadáver de su espada y su rodela, embrazó airosamente el escudo y esgrimió el acero con osadía tan superior a su sexo y con denuedo tan favorecido del Cielo, que oponiéndose alentada a las tropas vencedoras, rechazando a unos, matando a otros y asombrando a todos, no sólo les quitó de la mano la victoria, sino que puso en vergonzosa fuga a los turcos y en feliz libertad a su Patria; quien, justamente agradecida, coronó entre ruidosos aplausos con todos los honores militares su triunfo, al paso que el General de la República de Venecia, que entonces dominaba la Isla, después de enriquecer por su mano a Marula, mandó a todos sus soldados que la ofreciesen también obsequiosos sus dones.

¿No os parece admirable el suceso? Pues admiran mucho más en él, un claro dibujo del triunfo más glorioso que celebró con repetidos vítores el Cielo; y hoy solemniza con festivas aclamaciones la tierra. Conjurado rabiosamente contra Dios el abismo, quiso ensangrentar sus iras en su imagen, ya que no podía en el original soberano: armado de sí mismo su tenebroso Príncipe, como un león feroz y hambriento, puso apretado cerco a todo el linaje humano, en solo el corazón del primer hombre; plaza tan importante, que se guardaba dentro de ella la felicidad de todo el mundo, y tan bien fortificada, que era imposible su conquista mientras ella no quisiese entregarse; servíale de muro, la especial protección de su dueño Divino, y de fosos dilatados, todas las excepciones del Paraíso; lograba por centinela vigilante, la razón más despierta y más iluminada, y por guarnición bien disciplinada y valiente, todas los preciosos privilegios, todos los dotes del estado feliz de la inocencia; tenía también prontos los socorros en las tropas auxiliares de la gracia; y en fin, se hallaba tan inexpugnable, así por la integridad de la naturaleza, como por los pertrechos del cielo, que conociendo el sagaz enemigo, que no podía rendirla por fuerza, se dispuso a ganarla por sorpresa, o por trato. Disfrazado en astuta serpiente, asestó las baterías todas del engaño a la puerta que le pareció más débil, y sobornando con un regalo fementido a Eva, que la guardaba,   —325→   logró introducir por ella todo el traidor escuadrón de sus asechanzas. Saliole, es verdad, Adán al encuentro; mas, ¡oh dolor!, con tan flaca resistencia, que a los primeros avances cayó muerto, dejando en sola su ruina míseramente perdido a todo el género humano, quien llorara eterno el cautiverio en poder del más tirano dueño, si María, dichosísima mujer, con prerrogativas de diosa, verdadera Belona y divina hija de aquel hombre infeliz, no rebatiera la furia del enemigo en la misma puerta que ganó insidioso y donde se ensangrentó el estrago; quiero decir, en el punto de la concepción, primer umbral de la vida, trágicamente poseído de la muerte; pues heredando al difunto Adán los espíritus más nobles en que fue criado, echando mano, al concebirse, del escudo de la inocencia y de la espada de la gracia que perdió su padre, no sólo despojó a la serpiente del laurel que injustamente ceñía, no sólo rompió la cautividad del mundo, despedazando sus hierros, sino que venció al dragón altivo con tal gloria, que fue rendido trofeo de sus plantas el que antes oprimió con las suyas la cerviz de todos los hombres al derribar su cabeza. Ipsa conteret caput tuum.

Este es, católicos, el gloriosísimo triunfo que hoy celebramos: esta es la singular victoria en cuya aplauso resuenan Cielo y Tierra eternas vivas, y para cuyo galardón derramó pródiga sobre María la opulencia de Dios los mejores tesoros de su gracia, decretando juntamente que los próceres de ambos orbes, los más altos espíritus, digo, del Empíreo, y los Santos más eminentes del mundo, todos los demás Justos de inferior esfera, y si en el Cielo hay vulgo, todo el vulgo del Cielo y de la Tierra, ofrezcan a María su tributo o donativo para que mejor que la Pandora de la fábula, se conciba enriquecida con los dones sin excepción alguna de todos.

A este feliz efecto, preparó la Omnipotencia la cuna de su primer aliento puro, sobre mares, y ríos de gracia, como canta hoy al son del arpa de David la Iglesia Franciscana, jurada promotora de los cultos de este día; con cuya música sonora procuraré acordar mis pensamientos: Super maria fundavit eam, et super flumina praeparavit   —326→   eam; para que concibiéndose María como un océano desmedido en las inmensidades de la gracia, que le franqueó liberal el Altísimo, lo sea también en recibir los preciosos carismas que le dan las criaturas como ríos: Omnia flumina intrant in mare, dum omnia charismata intrant in Mariam, que dijo el Serafín doctor San Buenaventura. Todos los ángeles, prosigue el Serafín, son un río caudaloso de luz, que como un Nilo sagrado tributa a este mar por nueve bocas, sus más hermosos esplendores: Flumen gratiae Angelorum intrant in Mariam. Todos los Patriarcas y Profetas son otro río, que poblado como el Meandro de Cisnes, en la candidez y la voz, paga también su donativo a este Mar: Flumen gratiae Patriarcharum et Profetarum intrat in Mariam. Crecidos ríos del Paraíso de la Iglesia son los Apóstoles, que después de fecundarlo, atesorando en su curso mucho caudal de preciosidades, corren obsequiosos a este Mar para enriquecerlo con ellas: Flumen gratiae Apostolorum intrat in Mariam. Ríos son todos los mártires, con presunciones de Mar Bermejo, que entre corales y líquidos rubíes, contribuyen a este océano las más finas perlas, que supieron cuajar las tempestades: Flumen gratiae Martyrum intrat in Mariam. Ríos de claras, cristalinas ondas, son los Confesores, y de corriente cándida y pura las Vírgenes, que ofrecen candores, y purezas a María; porque al fin no hay criatura que no tribute a este Mar los mejores carismas que la ennoblecen: Flumen gratiae Confesorum, flumen gratiae Virginum: omnia flumina intrant in Mare.

Así concluye el Seráfico doctor, y yo añado, sin temor de que me acuséis de temerario, que para que de ningún río falten a tanto mar útiles tributos, hasta el río negro de la culpa, que sin ficción podemos llamar Acheronte, Phegeton, o Letheo del abismo oscuro, le contribuyó también gracia, y no poca; pues aunque nunca pudo entrar ni mezclar sus funestas aguas con las de este mar purísimo, sin embargo desde lejos le tributó también gracia. Este arduo rumbo seguirá hoy, osado, mi discurso, si al abrir la devoción los labios para saludar tanto océano de gracia, merece beberle una gota. Ave María.

  —327→  

Jacob Autem Genuit Joseph

Virum Mariæ, de qua natus est Iesus.

(Matth. cap. I.)                


Río de la desdicha universal es la culpa. Como hay ondas de líquido cristal y fugitivo esplendor que forman el río de la vida: Ostendit mihi fluvium aquæ vitaæ splendidum tanquam chrystalum, así permitió fatal el destino, que haya otro tan contrario, que en rápida corriente de turbias aguas sea el río negro de la muerte: Torrentes iniquitatis conturbaverunt me. Preñado de mortal veneno mata todo lo que toca, siendo tan general su rigor sangriento, que atosigó todo un mundo después de haber inficionado mucho Cielo. Ni ángeles ni hombres pudieron escapar de su ponzoña, pues de aquellos se ahogaron muchos en su fuente, y estos perecieron todos a la cruel actividad de su tósigo infausto, cuya ejecutiva eficacia les quitó la vida aun antes de tenerla.

Sólo María, a quien admiran su verdadero fénix naturaleza y gracia, mereció la singular felicidad de librarse de peligro tan común. Sólo esta purísima y dichosísima Criatura, a quien por Madre de su mismo Criador, Maria de qua natus est Jesus, se deben por ley inviolable los más raros privilegios, se coronó de altas excepciones entre los generales riesgos. Todos los hijos de Adán perecieron anegados de las furiosas avenidas del río de la culpa, y sólo aquella venturosa hija del primer Hombre, que logró ser Madre de todo un Dios, se gloría segura de inundación tan violenta, vuelve a cantar con armonía oportuna el Coro Seráfico: Nec flumina peccatorum obruent Mariam. Corrió por todas las generaciones que numera el Evangelio un brazo proceloso de tan venenoso río. Llegó hasta Jacob, hasta Joseph, Jacob autem genuit Joseph, mas después de anegarlos, paró en ellos, tan cobarde, que no se atrevió a salpicar con la menor gota a María, y tan respetuoso, que no sólo no la tocó el universal riesgo, sino que para mayor gloria logró la   —328→   dicha de la misma mano de la desgracia; tributaron los mismos turbios raudales del río de la culpa a este inmenso mar, gracia correspondiente a todas las ruinas que causaron en toda su extensión y curso dilatado, desde su origen hasta lo restante de su negra corriente. Sobre estos dos polos se moverá el discurso; para cuya inteligencia es preciso primero una demarcación o descripción en general del río.

¡Extraña osadía fue de la desgracia, estrenar sus rigores en la patria de las felicidades! ¿Quién pensará, que pudiera atreverse el pecado a poner su cuna en el Cielo? Pues ello fue así: porque empeñado el tenebroso río de la culpa en infestar los sitios más felices, hizo brotar su funesta fuente en él Empíreo, centro de la ventura; de donde corrió en ímpetu precipitoso al Paraíso, florida mansión de las delicias. Nació en el Cielo, donde causó mil estragos; y de allí se despeñó su impetuosa corriente a la tierra para fatal ruina de todos los hombres. Aquel ciego infausto amor que concibió Luzbel de su propia excelencia; aquel incendio soberbio, que siendo para el pecho llama, se volvió todo humo para la razón, fueron el primer manantial del pecado. Había revelado Dios a los ángeles, luego que los crió, la fortuna que prevenía su dignación propicia a la naturaleza humana en la inefable unión con el Verbo Eterno; y pareciendo a la arrogante ambición de Luzbel, que tan alto honor se defraudaba a la naturaleza angélica, de que él se soñaba supremo individuo, si no lo era realmente, concibió la loca osadía de amotinar el Cielo contra su divino Soberano. Presumiendo desvanecido que la sublime gloria de aquella unión hipostática, que sólo podía endiosar a una criatura, era debida a la esfera superior de los ángeles, emprendió, a impulso de la soberbia y envidia, la semejanza de Dios, y conmoviendo para este efecto a muchos ángeles, que apóstatas siguieron su rebeldía, a la voz de un interés común, consiguió encenderlos primero en su soberbia, y luego en sus mismas envidiosas iras contra la naturaleza humana, y en especial contra aquel individuo que había de ser Dios y hombre, y aquella mujer felicísima que estaba destinada para Madre suya.

  —329→  

Este fue el fatal principio del río de la culpa, desde donde empezaron a correr, atados unos a otros, los infortunios por ondas. Derramáronse en la soberbia, extendidas por el Cielo; precipitáronse raudas, en la envidia al Paraíso. Hinchadas sus espumas inundaron el Empíreo; rápidos sus raudales anegaron el mundo. Brotó en soberbios penachos de altivez su fuente; continuose en crespo oleajes de envidioso rencor su curso. Diole cuna la soberbia, dice San Bernardo, concibiendo un dolor iracundo en el Cielo, que luego parió en el Paraíso la iniquidad, la muerte y todas las miserias: In cœlo concepit dolorem, et in paradiso peperit iniquitatem, matrem mortis, et aerumnarum; omnium prima parens superbia. Desvanecido el amor propio del Ángel, se exhaló en nocivos vapores, que condensados en nubes oscuras, dentro del aire de la vanidad, después de manchar gran parte del Cielo anegando muchos astros, se resolvieron en precipitada lluvia sobre la tierra. Si no es que digamos con el Purpurado Hugo, que ardiendo la soberbia en un furioso incendio de propia estimación, derritió la nieve pura que vistió el Ángel en su nacimiento para liquidarse en negros torrentes que, conturbando el Cielo, bajaron también a enturbiar el mundo: Peccatum est ex diabolo, qui prius erat sicut nix in Cœlo; sed calore superviæ solutus est: et iste torrens conturbat homines.

Así se encadenaron las aguas para formar la infausta continuación de un río, cuya primera madre fue la soberbia de Luzbel, que aspiró a ser Dios: Omnium prima parens superbia; cuyas segundas olas se formaron de la envidia, y el dolor de ver exaltada nuestra naturaleza: In Cœlo concepit dolorem; y en fin, cuya corriente impelida de los violentos raudales de la soberbia, ira y envidia, descendió al Paraíso: Et in Paradiso peperit iniquitatem, para explayarse desde él por el cauce de la generación, sobre todo el linaje humano: A mundi exordio genus humanum (escribe al intento San Gregorio) in ima defluens, quasi quemdam in se fluvium traxit.

De suerte que siendo hija legítima la desobediencia de Adán de la bastarda rebeldía del Ángel, podemos decir   —330→   con propiedad que el río de la culpa tuvo origen, y progreso en dos delitos originales: en el de Adán, que es el nuestro, y en el de Lucifer, que siendo común para muchos ángeles, fue también el pecado original, de nuestro original pecado. Ello es cierto que habiendo delinquido aquel altivo espíritu en pretender la semejanza divina: Similis ero Altisimo, derribó a Adán en el Paraíso, persuadiéndole la misma temeraria empresa: Eritis sicut Dii, para que al formar en la culpa del primer hombre un retrato de la suya, aun así fuese original ésta de aquella, y se continuasen las agua del río en los progresos de su curso, sin degenerar del color, rapidez, espumas y violencia de su origen.

Veis aquí demarcado ya el gran río de la culpa; ruinosísimo en su fuente para los ángeles; y aunque no tanto, también ruinoso para los hombres en su curso. Aquellos anegados en su origen, perdieron la gracia con el remedio de adquirirla. En estos se ahogó todo, menos la esperanza del remedio. Infelicísima desgracia fueron la soberbia y la envidia para los ángeles; bien desgraciada fue también la desobediencia de Adán para todos sus descendientes. Sólo para Vos, Divina Reina de los ángeles, sólo para Vos, privilegiada Hija de Adán, sólo para Vos, Virgen Madre del Eterno Verbo, no fue infelicidad, sino de algún modo dicha, tanto estrago; no fue desgracia, sino ocasión de ventura, fatalidad tan común. Aquella rabiosa envidia del Ángel, aquel extraño monstruo, fieles, que concibiendo solo el bien ajeno, para el mal ajeno y el propio, labró con uno y otro, a su despecho, para María, un precioso cúmulo de bienes. Dichosa llama la Iglesia a la culpa porque dio motivo a que un Dios humanada la redimiese: ¡Felix culpa, quæ talem, ac tantum meruit habere Redemptorem!, y con igual razón debemos llamar también feliz al río de la culpa para la Madre de aquel Dios, de aquel Redentor, Mariæ de qua natus est Iesus, pues parte can él de suerte las glorias, en contraposición de Lucifer, el mayor y el más obstinado enemigo de ambos; que si el Hijo, al caer aquel ambicioso y envidioso espíritu del monte que fabricó su soberbia al abismo de su ruina, logró la divinidad a que aspiraba su altivez y   —331→   le quitó con la redención la presa que en nosotros había hecho su envidia; la purísima, la soberana Madre le ganó también, como despojos, toda la gracia que perdió en sí y en sus parciales, y toda la que hizo perder a los hombres, interesándose así María tan venturosamente en la caída de todos, que el río de la culpa tributó a este mar santísimo cuanta gracia robó en su fuente, a los ángeles sobre el Cielo, y cuánta quitó a los hombres con fatal curso en la tierra.

Parece que sólo para persuadir la primer parte de este pensamiento escribió San Juan el Cap. 12 de su Apocalipsis. Dos fenómenos, o dos señales se divisaron en el Cielo, tan opuestas, que ambas se llevaban desigualmente los ojos: en la admiración con que los arrebataba, la una; y en el horror con que los cegaba, la otra. La primera era una bellísima mujer, que desnudando de sus astros las esferas, se vestía del Sol, se calzaba de la Luna y se tejía refulgente corona de estrellas: Signum magnum apparuit in Cœlo, Mulier amicta Sole, et Luna sub pedibus eius, et in capite eius corona stellarum. La segunda era un dragón de fiereza y magnitud tan formidables, que aún dentro de la imaginación están asustando el pensamiento: Visum est aliud signum in Cœlo: ecce draco magnus. Mujer tan brillante y hermosa, nadie ignora que es María. Dragón tan desmedido y fiero, dicho se está que es el demonio. Como implacable enemigo de Cristo y de María, se puso frente a frente en batalla contra la Madre divina, por si podía devorar al Hijo soberano: Et stetit ante mulierem... ut filium eius devoraret; y no elige otras armas su arrojo para empresa tan asada, que un ejército pavoroso de ondas, ordenadas a manera de un río que derramó por su terrible boca, a espaldas de mujer tan sagrada: Et misit serpens de ore suo post mulierem, aquam tanquam flumen. Río que sale por la boca de serpiente tan venenoso, que no pudo menos que llevar tósigo por aguas, dice el Cardenal Hugo: Ex ore serpentis, a quo nisi venenum non exiit; y es así, porque aquellas aguas malignas formaban el infernal ponzoñoso río de la culpa en sentir de Ricardo Victorino, y otros varios,   —332→   que sigue Silveira: Utpote Adami filia videbatur obnoxia legi peccati originales, ideo post mulierem emisit flumen. Por esto vierte el dragón todo el río por la boca, porque hinchado de aquellas aguas que bebió en el Cielo, las derramó en el Paraíso entre las engañosas sugestiones de sus inmundos labios: Dixit ad mulierem. Dixit autem serpens. Ahogose en la fuente de tan funesto río un Ángel hermoso y quedó como cadáver suyo un dragón fiero, que vomitó por la boca en el mundo el pestilente humor que tragó en el Empíreo. Con estas aguas, pues, con este formidable río presenta guerra a Cristo y su Madre, la serpiente, porque le pareció que inficionando con sus mortales avenidas a la Madre, alcanzaba toda la victoria contra el Hijo. ¡Mas qué vanos le salieron sus intentos! El río, en vez de correr contra María, se quedó a su espalda suspenso. No se atrevió ni a ponérsele delante, porque, cobarde, o reverente, se cortó medroso; se paró admirado, quedándose muy atrás, para que ni la amenazase el peligro ni aun la tocase el susto: Post mulierem: Bene post mulierem (comenta Santo Tomás) quia eam non attigit, nec deiecit. Y en medio de tan feliz seguridad, entre tanta inmunidad de los riesgos, ¿cómo queda María? Coronada como triunfante de luceros por laureles; pisando como carro triunfal el globo de la luna y brillando en clarísimos resplandores: pues en estas luces misteriosas se esconde la más alta gloria de María.

Acuérdome haber leído en Juan Bautista Másculo que los Arcades celebraban el día 8 de diciembre una gran fiesta, en memoria de haberse librado ellos solamente de una inundación tan terrible de aguas, que pereciendo a su violencia los hombres todos, zozobraron también los astros. En recuerdo de tanta dicha traían sobre el calzado unas lunas de plata, dando a entender con esta seña la indemnidad que gozaron en aquel universal estrago, que anegando la tierra se atrevió también a escalar el Cielo.

¿Quién no advierte en las sombras de este error muchas luces de la verdad que celebramos, hoy, ocho de diciembre? Calzada de la luna y coronada de luceros, adoramos rendidos a María, admirándola libre de aquella   —333→   inundación borrascosa en que naufragaron astros y hombres, y de aquí se descubre todo el misterio de coronarse de estrellas y pisar con airoso pie la luna: Luna sub pedibus eius, et in capite eius corona Stellarum. Es cierto que los ángeles antes de pecar fueron lucidísimos astrosa del Empíreo: Lucifer, por la superioridad de su jerarquía, fue como un planeta dominante, luna resplandeciente, pero tan poco estable, que se mudó desde el lleno de resplandores que ilustraron su creación, a una total menguante de luces: Ut Luna mutatus est a claritate in obscuritatem. También los demás ángeles sus parciales fueron, antes de serlo, bellísimas estrellas: pecaron, siguiendo el bando alevoso de aquel espíritu rebelde, y envueltos en su ruina, pasaron de astros del día a ser carbones de la noche, encendidos en fuego oscuro. Esas son las estrellas que oportunamente advierte el Texto, arrancó de la esfera el Dragón con su cauda: Apagó aquel Ángel soberbio todo su esplendor en las turbias aguas de la culpa, sin que le quedase de luna más que el infeliz principado de las tinieblas. En las mismas aguas extinguió juntamente los demás astros sus secuaces, y todos cayeron precipitados en el abismo, pasando de luces a pavesas y de estrellas a sombras: Cauda eius trahebat tertiam partem stellarum; et misit eas in terram. Esto fue el dragón, poco antes de ponerse en batalla con la mujer hermosa: et stetit ante mulierem. Esto fueron sus compañeros. Pues veis aquí la razón porque se adorna María de los astros, cuando el dragón se le opone y cuando vence su orgullo: porque si él y sus parciales pierden las luces de estrellas y de luna: Ut luna mutatus est a claritate in obscuritatem; trahebat tertiam partem stellarum: María resplandece con aquellas mismas luces que los ángeles pierden: se adorna de aquellos mismos resplandores de que los ángeles se desnudan; para que se vea que todos los lucientes rayos de gracia que apagó el río de la culpa en el Cielo, pasaron a coronarla como laureles victoriosos de sus sienes y a ennoblecer sus plantas como despojos brillantes de su triunfo: Luna sub pedibus eius, et in capite eius corona stellarum.

  —334→  

Un enigmático texto de los Cantares ha de ser feliz confirmación de esta verdad. La primer pintura que hizo el Esposo divino de su amada Esposa María en aquel diálogo músico, en que se cantan ambos sus amores, fue compararla a unas numerosas tropas de caballería a vista de los carros de Faraón: Equitatui meo in curribus Pharaonis assimilavi te, amica mea. Habla, en la común inteligencia de Padres Griegos y Latinos, que sigue el Cardenal Hugo, de todo el pueblo de Israel, cuando pasó a pie enjuto el Mar Bermejo, y vio desde las seguridades de la playa naufragar sobre sus carros a Faraón y toda su gente, que en hostilidad porfiada perseguían a los Hebreos: Equitatui meo: id est, populo Israelitico, quem a curribus Pharaonis liberavi, ipsis submersis in mari. Esta es toda el alma de la comparación. Mas ¿quién no dirá que es áspera aun al sonido, para que un amante explique las suavidades de un afecto? ¿Quién no dirá, que es durísima para primera expresión de un amor tierno? ¿Tan inculta tenía el Esposo la idea, que no le brotó unas flores, para hacer una primavera a su amada en las primeras voces del cariño? ¿No dan barata su luz los astros, para mojar en ella los pinceles? ¿Qué semejanza puede haber, entre un pueblo de innumerables hombres y una belleza? ¿Qué proporción cabe entre aquella multitud desordenada y una perfecta hermosura? Guardad la crítica para cuando oigáis semejante pintura en boca de amantes vulgares, que la retórica elevada del Esposo Divino se explica en el arcano idioma de los misterios. Descífrelos la historia.

Huyendo del Faraón y de la tirana esclavitud de Egipto, llegó el pueblo de Dios a las occidentales riberas del Mar Bermejo; íbale ya dando alcance el Gitano, con ejército poderoso, teniendo por tan segura la victoria, que, o había de rendirse al poder de las armas, si todo un mar por enmedio era rémora a su fuga, o había de morir a manos de su propia desesperación, si se arrojaba a las ondas. En tan arduo conflicto se hallaba el pueblo, con un Faraón a las espaldas y todo un mar a los ojos, cuando favorables sus aguas abrieron paso franco a su libertad,   —335→   divididas en dos montes de rizadas espumas, que contra su mismo peligro se erigieron, muros de cristal, para que ni la menor gota del riesgo salpicase aun su temor. No contento con este beneficio, el Mar Rojo, luego que los Israelitas ocuparon la oriental opuesta orilla, puerto ya seguro a su libertad, juntó sus aguas en ímpetu precipitoso, anegando a Faraón y todas sus tropas; y sacando después a la playa que pisaba el pueblo, los dorados arneses, las armas relucientes, y en fin cuanto adornaba precioso a Faraón y sus Egipcios para enriquecer a los Israelitas con tan ricos y varios despojos.

Este es el admirable suceso a que alude el Esposo en su comparación. Ved ahora cuán propia y misteriosamente conviene a María. No la compara al pueblo dentro de Egipto, porque con una mísera gente arrastrando cadenas, qué semejanza podía tener quien jamás fue cautiva. No al pueblo dentro de la jurisdicción del Gitano, porque nunca pisó María país sujeto a tirano dominio; compárala al pueblo, pasando a pie enjuto el Mar Bermejo y seguro ya en las playas de Arabia. A un pueblo libre, y en tan feliz estado que los riesgos se le vuelven seguridades: a un pueblo a quien sirven obsequiosas las mismas aguas que fueron ruina del enemigo; a un pueblo que canta indemne desde el puerto victoria contra todos los peligros y contra todos sus adversarios; en fin, a un pueblo que se interesa en los estragos de un Faraón y todos sus secuaces. A este pueblo, pues, seguro, triunfante, rico y tan venturosamente libre, se compara María: Equitatui meo in curribus Pharaonis assimilavi te; porque siendo Faraón símbolo del demonio en común sentir, que expresa Hugo: Pharaonis id est diaboli; y representando las aguas del Mar Bermejo el pecado, como enseña el mismo: Mare rubrum significat peccatum, a María respetó de suerte el agua sangrientamente roja de la culpa, que le dio paso libre a la vida sin salpicarle una gota. A María, aun cuando más empeñado el Faraón del abismo quiso perseguirla para anegarla en tan nocivas aguas, las mismas aguas le sirvieron tan reverentes, que sin atreverse a tocarla, cuando sobre la playa de su seguridad   —336→   cantaba inmunidades y victores, le tributaron, como resaca dichosa, las mayores riquezas, los más preciosos despojos que quitaron a sus enemigos, los lucientes adornos de Faraón y sus secuaces; quiero decir, toda la gracia que perdió Lucifer y los ángeles delincuentes que siguieron sus banderas sediciosas cuando se ahogaron en las aguas de la culpa: Equitatui meo asstmilavi te. Id est Populo Israelitico quem a curribus Pharaonis liberavi, ipsis submersis in mari.

Estos son los celestiales intereses que ocasionó a María el tartáreo río de la culpa en su fuente; sigamos ya su curso, para ver las ganancias que le causó en la tierra. Precipitáronse las impuras aguas de la culpa al paraíso desde el Empíreo; y émulas de aquel claro y alegre río que al salir del jardín de las delicias que amenizaban sus raudales, se dividía en cuatro partes, que regaban útilmente la tierra; así, aunque en contraposición maligna, el río de la culpa, después de haber infestado el sitio más ameno, ahogando dentro de él a nuestros primeros padres, salió también del país de las flores a correr entre espinas y malezas, por todo el mundo, cortado en tantos brazos, o canales, cuantas son las generaciones, que de Adán se derivan. Mezcladas con su sangre las aguas se repartieron por las venas de su descendencia, hasta derramar por todo el Orbe, no menos sus estragos que sus corrientes; y estrechadas después al cauce angosto de la familia de Noé, se volvieron a desahogar por los tres ramos de Cam, Sem y Japhet, para tomar cuerpo tan formidable, que corrió a inundar el mundo y no dejará de correr hasta que el mundo tenga fin.

Sólo el brazo que se dirigió desde Noé a los abuelos inmediatos de Cristo, por Abrahán, Isaac, Jacob y los demás que señala el Evangelio en su Genealogía, tuvo término venturosamente a vista de María, parando cobarde en sus Padres para no tocarla. Por esto, sin duda, la pluma inspirada de San Mateo, que corrió por la continua serie de sus progenitores, desde Abrahán hasta David, y desde David hasta Zorobabel; siendo así, que este tenía dos hijos: Ressa, que pertenecía a la línea recta de Cristo,   —337→   y Abiud, que era ascendiente de Joseph: quebró aquí la línea recta, que se enderezaba a Cristo y su Madre Divina, desviando y encaminando la narración por otra parte; porque como todas esas generaciones, eran el infeliz cauce del río de la culpa, se cortó su corriente al irse acercando a María, aun en la pluma del Historiador Sagrado: Dividiéronse las aguas, como las del Mar Rojo, por no mojar a una Esposa coronada de indultos y excepciones, a quien simbolizaba el pueblo: Equitatui meo assimilavi te. Paráronse, como las del Jordán a vista del Arca, imagen también de María, para que detenida la corriente, a pesar de su ímpetu irresistible, se quedase muy atrás el peligro: Iordanis conversus est retrosum. Misit post Mulierem aquam tanquam flumen; y para que de este modo, sin poder nunca mezclar sus turbias ondas con las de tan puro Mar de Gracias, sólo le tributasen desde lejos las que habían robado a todos sus progenitores, en un ramo, juntas con todas las que quitaron también en los otros innumerables brazos a todos los mortales. Cada genuit de los que repite en su Genealogía el Evangelio, era una ola tempestuosa, que hacía beber la muerte al primer aliento de la vida. Cada generación humana, era un golpe de agua corrompida, que introduciendo un borrón en el alma, le quitaba infelizmente la pureza; pero todas esas ondas, esos golpes, trasladaban a María la vida que en los demás arrebataban. Todas esas manchadas generaciones, con su misma desgracia la hacían dichosa; pues cuanta felicidad perdían en sí míseramente, la contribuían a aquel océano venturoso de todas las dichas.

No hay en la escritura estrago que más simbolice con el de la culpa, que el del universal Diluvio. Altamente irritada la Justicia Divina contra el mundo, quiso vengar sus ofensas con un castigo tan general como lo era la indignación. Apoderáronse del aire tan densas nubes que parecieran anticipado luto de dos elementos compasivos, por la ruina de otro, a no haber sido ellos la causa; apenas se divisaba el Cielo, o se divisaba tan apenas; que escondiendo toda su luz, sólo mostró sus enojos: rompiéronse las fuentes del grande abismo; y cuantos vapores puede exhalar la tierra, cuantos puede depositar el aire;   —338→   se resolvieron en lluvia tan copiosa que no cabía en gotas sino en ríos. Sin duda, al ver tanta calamidad, creyó asustado el orbe que tenía sobre sí la Región Etérea muchos océanos que derramar sobre la tierra. Impaciente el mar de sufrir hasta entonces freno, quebró la antigua ley de las riberas, para correr desbocado por toda la redondez del Universo. En fin, todo el mundo se vio reducido a un golfo tan alto que nadaban sobre él las nubes como espumas; tan profundo, que la cumbre más altiva gimió sobre sí mil montes de agua; tan dilatado, que sorbiéndose ambos Polos, dejó sin sus términos al orbe y se tragó voraz sus límites mismos; tan borrascoso, que a la cólera de la menor onda, fue fácil ruina la montaña más robusta; y en suma, tan cruelmente embravecido contra los vivientes, que no perdonó su furia más que aquellas pocas reliquias de vida que guardaba el Arca. Sólo este dichoso Bajel, de quien fue artífice la Sabia Providencia y piloto el poder de un Dios amigo, pudo hallar seguridades de puerto en la misma tormenta. Era representación de María, grita la común voz de los Padres, melifluamente sonora por boca de San Bernardo: Arca Noé significabat Arcam gratiæ excelentiam, scilicet Marice. Y siendo el diluvio universal un vasto inmenso espejo, que mientras más turbado y turbulento, retrata más clara y vivamente a la inundación de la culpa original, como entona tercera vez la Religión Seráfica: Factum est diluvium peccati super universam terram, era preciso que el Arca se preservase de los generales peligros y que, pisando los riesgos, viviese segura del naufragio para conservar la vida de la gracia en la inundación que la quitó a todos: Significabat Arcam gratiæ.

No es para omitida la observación que hizo el doctísimo Petavio, aquel célebre Jesuita que dando ley con su doctrina a los tiempos, supo eternizar su nombre. Tal día como hoy, ocho de diciembre (enseña) entró Noé dentro del Arca, y empezando el diluvio el día nueve siguiente, se acabaron de secar las aguas el día siete del mismo mes en el siguiente año, que sin cesar perfectamente su calamitoso círculo, dejó al octavo día de este mes muy dichoso,   —339→   enteramente libre, aún de las reliquias del estrago. Estaba destinado este día venturoso para amanecer en algún tiempo con la mejor Aurora que jamás vieran los horizontes de la naturaleza y de la gracia; y le valieron tan anticipadamente los indultos de la dicha que había de gozar después de veinte y cuatro siglos. Viose libre de los horrores del diluvio, para coronarse, aun el día en que había de concebirse tanta Aurora, de las altas inmunidades con que brillaron después sus luces; pues qué mucho surque el Arca segura de los peligros y burlándose del diluvio sepa conservar mucha vida, donde todo es muerte; cuando aun el día destinado a la Concepción del Arca, mereció los mismos privilegios. Por esto no admiro sus excepciones, y sólo reparo que las mismas aguas, que para ruina del mundo iban creciendo conforme se multiplicaban, elevaban más y más el Arca: Multiplicatte sunt aquæ et elevaverunt Arcam in sublime. No se contentaron con dejarla libre, volviendo para ella los peligros en Santelmos, y la tempestad en bonanza; parecioles poco no hacer ejecutivos los riesgos, si las seguridades del naufragio no se convertían en exaltaciones: Exaltata est Arca, leyeron los Setenta. ¡Rara felicidad del Arca! ¡Incomparable gloria de María! ¡Aquellas mismas ondas procelosas que anegan un Mundo, lo subliman en hombros de la misma borrasca! Aquellas olas, que enfurecidas en todas partes, se ensangrientan contra los hombres, aquellas que con cada golpe sepultan una vida; en suma, aquellas tumultuantes aguas, a cuyo ímpetu violento se precipita el orbe al abismo; esas mismas añaden vida al Arca, pues le dan toda la que quitan; esas mismas la elevan a la mayor altura, por que miden su celsitud con el abatimiento de un mundo; en fin, esas mismas, con el mismo impulso con que oprimen hacia el abismo a los hombres, subliman más y más a María hacia el Cielo: Elevaverunt Arcam in sublime.

Numerad, si podéis, las olas de tan fatal diluvio, y hallaréis la suma de los estragos; reducid a guarismo, si acaso hay guarismo que alcance, las ruinas que corresponden a tantos golpes de agua, y sabréis cuánto se elevó   —340→   María, cuánta gracia ganó en la fatalidad general del Universo. Cada concepción humana es un estrago de las aguas de la culpa: para cada instante en que los hombres se conciben, hay prevenido un fiero golpe de su impura corriente, que los ahoga, quitándoles en la gracia la mejor vida; pues cuéntelos vuestra consideración y si no hay aritmética que se atreva a tanto, delos por multiplicados en el Texto: Multiplicatæ sunt aquæ, y podrá sumar por mayor el número sin número de gracias que, ocasionó a María la turbia inundación del pecado; pues como al quitarlas a todos su furia, las heredaba María, cuanto más crecía la tempestad, cuanto se embravecía más el diluvio, sus mismos impulsos la levantaban a la más alta pureza, a la gracia más sublime; Multiplicatæ sunt aquæ, et elevaverunt Arcam in sublime.

Para aclarar más la cuenta que nos ofreció un texto sagrado, dadme licencia para que, desviándome un poco de la metáfora que sigo, la forme con los libros de la erudición profana. En día semejante al de hoy (vuelva el tiempo a hacer armoniosa consonancia al misterio) en el día, digo, ocho de diciembre, celebraban supersticiosas la concepción de Venus aquellas Islas, que por coronar en círculo la cerúlea frente del Archipiélago, se llamaron Cícladas. Adoró a Venus la antigua gentilidad, diosa de la hermosura, hija de las espumas del mar y madre del dios de amor. Pintábanla sobre un mundo, que oprimía como trono pisando las dos sierpes, que componían el caduceo de Mercurio. Diéronle últimamente por perpetua compañía el casto terno de las gracias, empuñando una manzana cada una: Erant nudæ gratiæ (escribe Carthario) nexis manibus poma gestantes. Hasta aquí la fábula, y fábula ciertamente hasta aquí, pues en este venturoso día ocho de diciembre, en que la religión verdadera consagra sus rendidos cultos a la Concepción de la mejor, la más pura y más Divina Venus, más que ficción parece historia o profecía. Es María en su Concepción inmaculada humana deidad de la belleza: Tota pulchra est, amica mea, et macula non est in te. Un mar clarísimo de las más puras aguas sirve de luciente cuna a su   —341→   primer Ser precioso: Super maria fundavit eam. Madre es del verdadero Dios del Amor más feliz y hermoso: Mater pulchræ dilectionis. Corona con sus sagrados pies el mundo, dichoso en besárselos postrado; y pisa juntamente con planta victorios a la altiva cerviz de la infernal serpiente. Basten por texto los ojos que veneran su imagen; y en fin, se admira rodeada de unas gracias, que hacen igual número al de las manzanas: Nudæ gratiæ poma gestantes: porque siendo este fatal fruto el que introdujo todo el mal en la tierra, por el número de nuestros males se cuentan en María los bienes: la manzana inficionada por las aguas de la culpa, fue el veneno que quitó a nuestros primeros padres la vida de la gracia en el huerto de las delicias, y la que en desgracia hereditaria repite en toda su posteridad la trágica fatalidad del Paraíso. Todos los descendientes del primer hombre tienen su manzana, canta la Cristiana Musa del Cisne Jesuita Hermano Hugo: porque siendo todos Adán y Eva en lo delincuente, cada uno tiene en su mano la manzana fatal para su daño.

Credite posteritas Adam vos estis, et Eva Et vestræ pomum corripuere manus.


Pues dense para gloria de María las gracias y las manzanas las manos, porque a cada estrago que hace en los hijos de Adán la culpa, corresponde en María una gracia; a cada tósigo que nos mata, una vida la ilustra. Iguálense en Ella los carismas que la vivifican con los frutos que nos dieron muerte, para que acabemos de entender que si a Venus hacían comitiva las gracias, cada una con su manzana en la mano, cada mano de los hijos infelices de Adán, empuñando su manzana ocasionó una gracia a María: Et vestræ pomum corripuere manus.

Volvamos ahora al Arca, para que cierre el pensamiento un misterio que dejé reservado en ella. Después de haber corrido casi toda la región del viento; después   —342→   de romper con repetidos giros el aire y fatigar vanamente las alas en continuos vuelos, se viene presurosa la paloma al Arca. Pues ¿por qué no se quedó fuera, logrando la libertad que ya tenía y gozando del campo dilatado y franco que ya habían restaurada sus ligeras plumas? Porque no halló descanso a su pie, responde el Texto, en ninguna parte del orbe; y porque, ocupando todavía las aguas del Diluvio la redondez de la tierra, la obligaron a volverse veloz al Arca. De suerte que el no hallar en todo el Universo anegado del Diluvio sitio alguno en que fijar la limpia y cándida avecilla sus pies purpúreos, ¿es causa de que se acoja al Arca? Es así: Cum non invenisset ubi requiesceret pes eius reversa est in Arcam. Las aguas del Diluvio apoderadas de la tierra, ¿hacen que la paloma bata hacia el Arca las veloces alas? Así es también: Aquæ enim erant super universam terram. Pues esto que hizo la paloma es lo que ejecutó puntualísimamente la Gracia. Es viva representación de la Gracia la paloma, advierte con Orígenes el Abad Laureto, porque como ave inocente y pura, cuya forma se dignó vestir el Espíritu Santo, expresa propiamente aquel don celestial que se llama Espíritu Santo en las Sagradas Letras: Columba significat specialem gratiam. Pues así como la inundación del Diluvio fue causa de que la paloma dirigiese al Arca sus volantes plumas, la inundación de la culpa hizo que volase también la gracia a recogerse en el alma de María. Corrió la paloma las campañas del aire, repitió giros, examinolo todo; y viendo que en ninguna parte podía hacer pie, porque todo estaba sumergido en aguas, todo sepultado en estragos, se volvió al Arca. Batiendo está continuamente las alas de su parte la Gracia; hállase en perpetuo vuelo, buscando almas en que poder hacer pie; pero como, al concebirse los hombres, están todas anegadas de las impuras aguas del pecado, no puede fijar en ella sus purísimas plantas: y ¿qué hace? Vuela presurosa al Arca; acógese a su seno, para que posea María toda la gracia que pierden los hombres al infausto punto de concebirse. Es cierto que si el mundo no se hubiera arruinado con el diluvio de la culpa, todo él se hubiera concebido en gracia, porque hubiera   —343→   hallado en todas partes dónde descansar la paloma; pero como una vez sumergido en tan fatal borrasca, no halló lugar alguno, en que hacer mansión, cum non invenisset ubi requiesceret, corrió al Arca divina la paloma; se encerró dentro de María toda la gracia del mundo, siendo aquellas mismas negras, pestilentes aguas que anegando el Universo negaban en él también el hospedaje a la paloma de la Gracia, la causa feliz de que tanta gracia que todos perdían, volase a ennoblecer el Arca purísima, pasase toda a ilustrar a María: Reversa est in Arcam. Aquæ enim erant super universam terram.

Gozadla en hora mil veces venturosa, Divinísima María. Reciba en hora buena ese océano inmenso de luces y perfecciones, el más feliz tributo del más infeliz río. En su fuente os coronó de los mejores resplandores que apagó en los ángeles; en su curso, creciendo a diluvio, os ocasionó un diluvio de gracia. Pues aunque gima en rabiosos despechos el Ángel, al ver que le ganáis lo que él míseramente pierde, nosotros nos alegramos de perder tan felizmente lo que perdemos. Dicha es de nuestra desgracia el ser nuestra desgracia ocasión de vuestra dicha. Feliz llamaremos siempre a la culpa, en la parte que tuvo de aumentaros la gracia: ¡Oh felix culpa! Nunca nos quejaremos de nuestro destino, viendo que de los males que permite, resultan para vos tantos bienes. Esta dichosa circunstancia desnuda mucha parte de horror al pecado original; pues si de nuestras pérdidas nacen vuestras ganancias, de nuestros infortunios vuestras venturas, siempre os diremos con más razón, que a otro intento Lucano:

Jam nihil o superi quærimur: scelera ipsa, nefasque hac mercede placent.


Así lo confesamos, Señora, así lo decimos, porque gozando vos lo que nosotros perdimos, nada hemos perdido; en vos tenemos seguros los bienes, que en nuestro caduco barro, en nuestro deleznable albedrío vivieran   —344→   siempre contingentes. Nada es más nuestro, que lo que en vuestra posesión tenemos.

Cuando pusieron a los pies del Trono de Dios las Coronas los veinte y cuatro ancianos del Apocalipsis, las llama el Texto suyas: Mittebant coronas suas. Sobre sus cabezas las nombra sólo coronas: In capitibus eorum coronæ aureæ. Erais Vos, soberana María, ese Trono; y cuando aun lo mismo que tenemos no podemos llamarlo propio mientras lo tenemos, entonces debe apellidarse nuestro con la más feliz propiedad, cuando Vos empezáis a poseerlo. Solio, pues, de la más alta gloria de Dios, os veneramos desde el principio de vuestra Concepción Inmaculada: solium gloriæ altitudinis a principio; y desde ese mismo punto sois el lugar venturoso donde se recogió nuestra gracia: Locus sanctificationes nostræ. Nuestra gracia, porque la quitó de nosotros la culpa, para que Vos la gozarais. Nuestra gracia, porque poseyéndola Vos, es toda nuestra. Nuestra gracia, porque en Vos la tenemos segura; y en fin, nuestra gracia, porque mediante vuestro favor, esperamos asegurarla por eternidades de gloria. Ad quam nos perducat D. N. Jesus Christus.

O. S. C. S. R. E.





  —345→  

ArribaAbajo Juan De León y Larrea22

(Selecciones)


  —[346]→     —347→  
Discurso primero

Sobre la injusta dominación de los indios, es decir el maltrato que hacemos de estos individuos de nuestra misma naturaleza


Cada nación tiene sus propiedades peculiares, su sensibilidad, su genio, su carácter, relativo al clima, a sus preocupaciones, y a la lengua que habla. Los indios, aquella nación feliz en otro tiempo, tiene también sus distintivos, como todas las demás, mas sofocados, con una dominación larga y funesta. La voz de la naturaleza, la Religión, no han dejado en ningún tiempo de clamar, a porfía, contra la infeliz suerte de los indios, procurando interesar a su favor, a la razón, y todos los sentimientos, que contribuyan a desterrar los abusos de la injusticia con que tratamos a estos infelices. ¿Cuánto importaría que unos impulsos tan nobles produjesen buen efecto? Quizá algunos motivos de sórdido interés inclinarán la balanza a favor de las ventajas de la humanidad, quizá el mismo clamor de la Naturaleza vencerá aún a estos intereses, y obligará a lo menos, a que se aligere el duro   —348→   peso que padecen. Esta moral universal es hija de la misericordia, del pacto social. La Religión que profesamos y nuestro divino Maestro Jesús, cuya doctrina fue un continuado clamor de que nos amemos unos a otros y un continuado ejemplo de esta misma máxima, nos inspira la piedad, para con nuestros hermanos. Si Pedro corta la oreja a Malco, lo reprende, mándale envainar la espada. Si acusan los fariseos a la mujer adúltera, sólo le dice con mansedumbre, vete, y no peques más, y todas las palabras y acciones del Salvador respiran la misma clemencia.

Si ciertos males particulares llaman la atención de un americano, deben ser los infortunios de muchos millares de hombres, víctimas inocentes de la avaricia de los europeos, y el criminal abuso que se hace de la humilde subordinación de los indios. No lo clamo, contra la tiranía con que se les trata, como vecino de este continente, sino como cristiano, y discípulo de Jesús.

Si me atrevo a unir mi voz, a la que es la de la misma humanidad, menos lo haré para dar un nuevo peso a la razón, como por no hacerme reo con el silencio. Es cierto que la sinceridad, con que me compadezco, viene tarde, pues viene después de cerca de tres siglos, a que estos infelices padecen, para reparar sus infelicidades, cuya memoria me oprime, llenándome de aflicción y amargura.

La rivalidad entre españoles e indios ha hecho los más fieros estragos. Los primeros se suponen árbitros de la fortuna de los segundos, y los tratan con el mayor desprecio, y estos sofocados de una dominación despótica e injusta, aborrecen a sus dominadores, en especial a los que llamamos mayordomos. Estos que son los que economizan los intereses de sus amos, y los que inmediatamente los gobiernan, toman una ascendencia sobre ellos, aún más cruel, que la que toman los ingleses con los negros: por la más pequeña falta, por no haber asistido un día al trabajo, con justa causa, o por enfermedad, o porque tuvieron sus propios quehaceres, por alguna palabra dicha con algún espíritu, dicha con disculpa de su pretendido   —349→   delito, les dan el más fuerte y afrentoso de los castigos que es el de los azotes, esto es, si no los estropean, con el palo, y el acero; como si en el pacto o convención que hicieron cuando se concertaron se hubiesen obligado a no faltar jamás.

Es cierto que algunos usan de moderación, pero en general, amos y sirvientes usan con tiranía de su poder ilimitado, y no faltan corazones endurecidos al ruego, y al gemido. Estos déspotas, aunque parece que hacen alguna tregua, ésta es hostil, y no compasiva, se mueven a piedad, pero es con aquellos que necesitan, para ayuda de sus robos e infidelidades. ¿Y no deberemos clamar, los sensibles, contra esta raíz emponzoñada de tantas inhumanidades?

No entendamos que aquí hablo sólo de los españoles, no, todos los europeos que tienen colonias americanas los tratan del mismo modo, y quizá aún peor. Los franceses, en La Martinica, y en la isla de Santo Domingo; los ingleses en la Virginia; los holandeses, en sus costas; lo dicen sus mismos viajeros, y hoy, pues, de esto se declama, contra sola la tiranía española? Los ingleses, aquella nación ilustrada, trata a los negros, con la mayor y más grave tiranía, que se estremece la misma naturaleza, al leer lo que ejecutan con estos infelices, cuando los aprisionan y conducen, y esta tiranía la conocen, los mismos ingleses, y claman contra ella.

Los indios, esta gente tan recomendable, por el abatimiento en que viven, por la utilidad que nos traen, por su natural virtud, y tan recomendada, por nuestros soberanos y sus sabias leyes, no son como nos los figuran los que preocupados del errado concepto de su brutalidad, los pintan con los colores más negros, les atribuyen los vicios más criminosos: pero la experiencia ha mostrado lo contrario; dicen que en ellos reinan principalmente la mentira, el hurto, la embriaguez, la ociosidad; haré ver la falsedad de este concepto, si se me atiende con imparcialidad.

El obscuro cuadro que presentan los fascinados de los vicios, de estos nuestros hermanos, es idea mentirosa,   —350→   pues en ellos hay de cierto la frugalidad, la inclinación y constancia al trabajo, la liberalidad, pues nunca piden sin dar; cuando se ponen a comer, no separan mesa, aunque no sean conocidos, parten de todo, con todos; la hospitalidad, es su querida, el más indigente abre su casa y da asilo a cualquiera que la pide, acógelo benigno, le sirve y sin escasez, le da todo lo que tiene.

La mentira, es cierto que la dice, y la dicen con frecuencia; pero, ¿qué tiene que ver, con la falsedad, doblez y mala ley de los blancos? Los indios, las más veces, obligados por los que los mandan con imperio, o por excusar el castigo, o por disculpar las que se conciben faltas en ellos, vierten algunas mentiras. Nosotros infieles en los contratos, falsos en el trato familiar, mentimos siempre, nada se ve ni oye en los tribunales sino mentiras, y mentiras juradas, pues no hay escrito que no lleve un juramento; mentimos en el mutuo comercio, mienten los oficiales, mienten, y mucho, los mercaderes; las mujeres con sus aparentes adornos mienten y más hoy mienten, con esas venenosas ponzoñas, que fingen lo que no hay. No quiero decir que es esta regla sin excepción, hay mucha gente de conocida veracidad; mas la misma regla corre con los indios, pues hay entre ellos muchos que hablan la verdad; debiéndose asegurar lo mismo en los demás vicios que se les atribuyen.

El hurto, tan decantado en los indios, es en ellos vicio tan pequeño que se puede reputar por nada; sus robos no llegan casi nunca a materia grave, un puño de cebada, algunas papas, y cuando más un carnero, tal vez muy rara, una vaca, y ya esto es mucho; son ellos tímidos hasta lo sumo, temen mucho el castigo, y de aquí viene que roban con cobardía. En todas ocasiones, ¿cuánto robamos nosotros? y ¿con qué desvergüenza? Roban los tribunales, (direlo con horror), vendiendo la justicia con una sucia venalidad; roban los abogados, o ya llevando más de lo debido, o admitiendo regalos. ¡Oh Dios!, ¡roban los curas! o por ignorancia, o por malicia, es decir, porque no saben sus obligaciones o porque no las cumplen, y porque no hacen las distribuciones canónicas de   —351→   lo que cogen de sus beneficios. Roban los mercaderes, ya se sabe, midiendo a palmos sus robos. Roban los enhacendados, y les roban a los miserables indios, ya en la paga de los salarios o en la retardación de los jornales. Comparemos estos gruesos robos, con los rateros robillos de los indios.

La embriaguez es su vicio dominante; pero en ellos parece menos culpable que en los blancos, porque su chicha les sirve de bebida y alimento; ella les vigoriza, les fortalece, para sobrellevar el grave peso de su continuo trabajo. ¿Y acaso no beben los blancos? Ojalá no fuera así, en este infelice tiempo en que han hecho moda la borrachera, beben estos mucho más que los indios. Los vinos generosos, las mistelas dulces, los rossolis, los ponches, las que llaman tumbagas, la chicha misma, se bebe a mares; ya se hace gala la embriaguez, ya no se ven por las calles sino hombres beodos, perdida la noble parte de la racionalidad; se han inventado esas contradanzas, esos bailes, esos deshonestísimos fandangos, que hacen con pretexto, para beber.

La ociosidad que se les atribuye, es sin razón, porque es falso el que pase el tiempo mano sobre mano, como los blancos; no hay gente más laboriosa que la india, ¿qué día tienen de descanso?, ¿qué hora? Desde las cinco de la mañana hasta la seis de la tarde, no dejan sus penosas tareas, y ni aun los días festivos las omiten, porque gastando los indios de haciendas los seis días de la semana en servicio de sus amos, emplean el día festivo, en laborar sus tierras, y en sus quehaceres domésticos, y los que se llaman indios sueltos, nunca están ociosos, o trabajando sus pequeñas heredades, ya en sus tejidos, hilados, etc., que les producen lo escasamente necesario para su frugal alimento, y para la paga del Real Tributo. ¿Qué es ver, a las miserables indias en los caminos, en los páramos, en los poblados, caminando, con el huso en la mano, y la rueca a la cintura, sin descansar jamás? ¿Qué ver a un infeliz indio, caminar, treinta, cuarenta y más leguas, sin más cabalgadura, que sus pies? Veamos ahora, las ocupaciones de los blancos; la mesa, el paseo,   —352→   el baile, el juego, los espectáculos, son los más de los días su más seria ocupación, y muchos de ellos en menos, pues no hacen nada; proyectistas, elocuentes de boca, pero nada en la práctica.

Es preciso confesar que los indios que viven en los poblados, y se rozan con los blancos, son viciados, participando de todos los defectos de ellos, y a la medida del lugar, si más grande o más pequeño, son más o menos corrompidos: ¿pero esto a qué viene?, de la comunicación con los mestizos y españoles, este rozarse los unos con los otros les pegan todas sus malas inclinaciones, sus vicios todos. Estos sí son voluptuosos, estos mienten y trampean, estos engañan, estos roban, pero, ¿por qué? Ya lo dije; por la unión con los blancos. Por experiencia, los que no tienen tal comercio, los que viven en los retiros, en los páramos, son unos hombres sencillos, humildes, de buena ley, y con excelentes virtudes morales. Su vida es laboriosa, su comida humildísima, su cama la desnuda tierra, sin más cabecera que una piedra; y más colchones ni cobertores, que unas humildes pieles y una tosca manta raída; su vestuario, ya lo vemos, sobre la carne desnuda, una camiseta tosca de lana, el que llaman capisayo, que es una tira de jerga colgada al cuello, y esto con tal uniformidad, que en cerca de tres siglos, no han mudado traje, cuando los blancos, para cada año tienen moda nueva. Si estos infelices ofrecieran a Dios su trabajosa vida, se podían comparar con los anacoretas de la Nitria y de la Tebaida. Si este no fuera un discurso ligero y hubiera elocuencia, haría aquí un cuadro hermoso de las virtudes morales que los adornan; callaré ya, porque si este papelillo cae en manos de algún Aristarco, es decir de algún criticastro del tiempo, querrán hacer delito de lesa Majestad lo que es evidente pero que no adula sus erradas inclinaciones.



  —353→  
Discurso octavo

En que se pretende discernir, cuáles son en un joven más apreciables, si las cualidades del espíritu o las del corazón


Si la felicidad de un joven consistiera sólo en las cualidades del espíritu, y no en las del corazón, sería éste un hombre de luces, de talento, de ciencias, pero sería con todo, un mal hombre, si éste excediese a sus rivales, y consiguiese una superioridad sobre ellos, si hiciese admirar sus discursos, parece que habría conseguido un triunfo. Pues demos que lo sepa todo, que haga versos llenos de ingenio y delicadeza, que descubra los más ocultos secretos de la naturaleza; que tenga presente todos los hechos históricos, que adivine todas las causas de los acaecimientos más complicados, que posea la más fina política, que cuando se presenta en las tertulias todos los reciban con agrado, y le oigan con embeleso, que sea el hechizo de los estrados, teniendo embelesado al bello sexo, que instruya, que divierta, y se insinúe con dulzura y con agrado, y que las horas sean instantes para los que lo escuchen, y que adormezca a todos con su hablar presumido. Un inesperado golpe de fortuna, acaba de arruinar   —354→   estos encantos, un asunto desgraciado hace al público, patente que no había más que un espantoso vacío en este ídolo de todos: sus amantes padres aguardan que su hijo idolatrado, les llenará de consuelos su vejez, porque pensaban que no le haría traición su mismo entendimiento, discurrían que sería el lustre de su familia; pero este corazón se ha hecho insensible a las voces de la humanidad, aunque la humanidad sea lo continuo que se le oiga, aunque esta voz hermosa brille en todas sus frases, no es benigno, urbano, y político en la palabra: lo que no halaga su orgullo desenfrenado, para él no tiene atractivo. No hay que creer que mientras se saborea lleno de complacencia con los elogios que le prodigan mil aduladores, mientras que el ídolo de las tertulias y de los estrados a que con frecuencia asiste, vaya a enjugar las lágrimas de una madre despreciada, de un infeliz padre, o de un hermana prisionero, porque le falta el corazón, sin el que no le mueven los males de sus semejantes.

Pongamos los ojos en otro objeto, menos luminoso, pero más apreciable. ¿Quién es aquél otro joven, que teme las miradas de los demás? ¿Qué teme hablar una palabra, por su pudor, léase que le parezca, que siempre yerra? Su modesta compostura, su candor honesto y sencillo, todo anuncia en él la sensibilidad y la inocencia; es verdad que no tiene aquella facilidad verbosa, aquel charlatanismo descarado, aquella elocuencia libertina; que al hacerle alguna pregunta, primero que responda, se le enciende la cara de rubor, y responde con algunos monosílabos, y los que le oyen creen, que aquella timidez es efecto de falta de talento, y por eso lo desprecian y lo humillan con insulsas bufonadas. Este joven feliz, por evitar este ruin trato, o vive una vida retirada sin mezclarse en el comercio del gran mundo, o abandona su amada patria y se retira donde no le conozcan. Su probidad, su dulzura, su exactitud; su amor al trabajo, le adquieren la confianza en todas partes, y al fin consigue una fortuna brillante; aquel hombre silencioso, aquel que para hablar una palabra, teñía su rostro de un rubor honesto; éste llevado de justo amor de la patria, del cariño de sus amados padres no se detiene en lo alto de su fortuna,   —355→   al instante vuelve amoroso a su querido hogar, saca de la miseria a sus dulces padres. Si éste sólo hubiera tenido las cualidades del espíritu, lo hubiera olvidado todo, pero como tuvo las del corazón, no pudo menos, que seguir sus tiernos movimientos, que le arrastraron a beneficiar a sus padres y a su patria.

Ya se ve que si en un individuo, las gracias del espíritu con las del corazón harán un hombre singular, benéfico al mismo tiempo, y elocuente que enseña, que instruye, con un corazón desinteresado y recto, y éste hará las delicias de su patria.





  —[356]→     —357→  

ArribaAbajo José Javier Ascazubi23

(Selecciones)


  —[358]→     —359→  
Elogio al Muy Ilustrísimo señor don Luis Muñoz de Guzmán,

Caballero de la Orden de Santiago, comendador de las pueblas en la de Alcántara, jefe de escuadra de la Real Armada, presidente de la Real Audiencia de Quito, gobernador y comandante general de sus provincias. Pronunciado en el recibimiento que como a su vice-patrono le hizo la real Universidad de Santo Tomás de dicha ciudad, el día 17 de octubre de 1791 por el doctor don Joseph Xavier de Ascazubi y Matheu, vicerrector de ella


El deseo de ser feliz, señor Presidente, nace con todos los hombres, es común a todas las condiciones y pueblos; pero aunque nacen con esta pinta invencible de aspirar a la felicidad, no nacen todos los hombres con el exacto discernimiento que hace escoger los verdaderos medios de conseguirla: las tinieblas de la ignorancia, los encantos de las pasiones, la fuerza de las preocupaciones los ciegan y separan de ella. Se lisonjean por algún tiempo de haber encontrado este tesoro inestimable que llena todas las facultades del alma; pero esto no es muchas veces más que un hermoso sueño: un triste despertar les muestra todo su frívolo y vacío.

El único origen de una felicidad duradera es la estimación, la solicitud y práctica de las virtudes. Ellas solas esparcen en el corazón esta pacífica satisfacción que prometen los vicios y nunca la dan. Ellas solas forman buenos ciudadanos, que enriquecen la patria en la paz, soldados valerosos que la defienden en la guerra, grandes   —360→   generales que mandan los unos, ministros incorruptibles que hacen justicia a los otros.

Nace el hombre con todas las disposiciones necesarias para llegar felizmente a este fin que se propone en todas sus acciones; pero para alcanzarlo necesita de cultivo, de reforma y de aplicación. La naturaleza nos da los instrumentos suficientes para nuestra felicidad; pero están absolutamente desordenados al salir de sus manos; ¡felices, si trabajamos en componerlos y perfeccionarlos, por la adquisición de los talentos y de las virtudes!; ¡infelices, si los dejamos inutilizados por los vicios y por el imperio de las pasiones!

Grande e ilustre será el hombre que junte los talentos superiores a una virtud eminente; y luego que la grandeza de las virtudes se encuentre con la de los talentos, esta bella unión le producirá una felicidad inalterable que le llene el corazón.

Mas no hemos de equivocar con el vulgo al hombre grande con el poderoso e ilustre; porque este se hace muchas veces por sólo el nacimiento, o por el capricho de la suerte; y el otro por la grandeza de los talentos para vencer grandes dificultades; por la grandeza de la ambición y celo para el bien público, y por la grandeza de las ventajas, o beneficios que hubiese hecho a los hombres en común o a sus conciudadanos en particular.

Hombres hay que han trabajado con grandes talentos, grande constancia, increíbles y continuados esfuerzos, que han sobrepujado admirables dificultades; pero únicamente para hacer una fortuna brillante y ser grandes a los ojos del vulgo, que mi de la grandeza de los hombres sólo por el tamaño de su poder, esto es, de sus riquezas y empleos. Pero como estos hombres vanos se limitaron bajamente a su interés particular y al de su familia; como su motivo no era ni grande, ni loable, ni virtuoso, no son hombres grandes, aunque hayan poseído grandes talentos, y hayan tenido muchos sucesos para obtener cuantiosas rentas y los primeros empleos del Estado.

  —361→  

Al contrario, las gentes sensatas les miran como a genios pequeños, almas bajas y comunes, que no tienen por motivo más que el esplendor y grandeza de los empleos, sin tener las cualidades que para ellos se requieren: ambiciosos ordinarios, que han dejado locamente la verdadera gloria que dan los grandes talentos cuando se emplean con utilidad en el bien público, por correr a la vanidad; y como les ha faltado discernimiento en el punto más esencial de la vida, esto es, en la elección del fin que deben proponerse, no es de admirar, que los conocedores les vean como a hombres vulgares, o del común.

¡Oh curvæ in tierras animæ cœlestium inanes!



El hombre grande merece nuestra estimación, nuestras alabanzas, y nuestro respeto interior; al hombre ilustre se le debe el respeto exterior; este es el homenaje que rendimos al poderoso, y al hombre que está colocado en altos empleos. La estimación es debida a la persona, el respeto exterior al empleo. Por todas las ventajas que V. S. ha reunido en sí, es digno de nuestro amor y veneración: nada veo en V. S. que no sea grande e ilustre, y estos caracteres que tanto distinguen a V. S., son los que alientan mi ronca voz para manifestarle hoy «Ilustre por su nacimiento y grande por sus virtudes y talentos».


Parte primera

No hay hombre que no tenga ambición de distinguirse en el país donde habita y de hacerse respetar de los que le frecuentan. Hay una especie de grandeza y respeto que los hombres más viles procuran atraerse en el pequeño círculo de sus amigos. Un pobre artesano, un mendigo, tiene su rebaño de admiradores, y se complace de esta superioridad que goza sobre aquellos que por algún respecto le son inferiores.

  —632→  

Esta ambición que es natural al espíritu del hombre sería susceptible del mayor esplendor, si se dirigiera a contribuir tanto en su ventaja, cuanto es la causa ordinaria de sus turbaciones e inquietudes.

Las que padecen los fundadores de las familias ilustres, son dignas de honor cuando las cuantiosas rentas; los grandes empleos y esta superioridad que los eleva sobre los demás hombres, no se han adquirido por los medios viles de una adulación vergonzosa y despreciable, por cobardías, por perfidias y negras calumnias. ¿De qué sirve a un Sejano, a un Tigelino haber vencido con mucho espíritu, y con un ardor increíble grandísimas dificultades, para llegar al alto empleo de ministros los más autorizados del mayor imperio del mundo, si por sus perversos y despreciables medios jamás habrá quien les conceda la menor alabanza?

Pero, ¡qué grandeza, qué esplendor... ! Apenas conozco dónde estoy; mi imaginación no puede fijarse empeñada en abrazar el tropel de objetos que presenta la historia de la ilustrísima Casa de Muñoz de Guzmán: cuánta virtud, cuánta gloria se encuentra en los gloriosos predecesores de V. S. Un Martín Muñoz, que de Asturias pasó a Avila, y en su territorio fundó una villa de su mismo nombre; y con cuya hermana Menga Muñoz casó Blasco Ximeno, descendiente de los marqueses de Velada, uno de los primeros pobladores de Ávila, que sirvió con tanto honor al Rey don Alonso Sexto, principalmente en el sitio de Cuenca.

Un Conde don Núñez Muñoz, a quien el Rey don Bermudo Segundo el año de novecientos y noventa le dio el lugar de Toral en recompensa de sus servicios, habiendo poblado antes en el año de novecientos y cincuenta a Can de Roa, de que fue su primer señor. Este mismo solar tomaron por suyo los Guzmanes, según Hernán Pérez Guzmán, señor de Batres; aunque según el Conde don Pedro, en el año de mil y sesenta ya tenían el Señorío de la Casa y Torre de Gundemariz, fundada por el Conde Gundemaro Pinioliz, que; corrompido,   —363→   se llamó Guzmán, de qué tomaron su apellido, según costumbre del Reyna; y cuyo nieto el Conde Munio casó con doña Ximena, hija de don Bermudo Segundo y de la infanta doña Fronilda. Este mismo Conde Munio tuvo también la dignidad de Conde de Astorga, y de su matrimonio dejó varias hijas, y entre ellas a doña Ximena, en quien el Rey don Alonso Sexto tuvo por hijas a doña Elvira, mujer de don Ramón, Conde de Tolosa y San Gil, y a doña Teresa, mujer de don Enrique, Conde de Portugal y progenitor de sus reyes.

En el año de mil doscientos doce, don Nuño y don Guillén Guzmán, hermanos, se hallaron en la famosa batalla de Úbeda, dando pruebas nada equívocas de su valor; y habiendo casado este con Elvira Rodríguez; hija de don Ruy Díaz, señor de los Cameros, y de la Condesa doña Urraca, hija de don Diego López de Haro, el Bueno, señor de Vizcaya, procreó a don Pedro Núñez Guzmán, ese Adelantado mayor de Castilla que tanta parte tuvo en la conquista de Sevilla, a la que concurrió con el Santo Rey hasta merecer por su esposa a doña Urraca, hermana del mismo Rey San Fernando. El Rey don Alonso hizo memoria suya en el repartimiento de Sevilla en el año de mil doscientos cincuenta y tres, en que fue heredado como Rico Home por su hijo don Alonso Pérez Guzmán el Bueno, tronco y raíz de los Duques de Medina Sidonia, grandes de España de primera clase, que primero se titularon Condes de Niebla, usando en su escudo los armiños, que son las armas principales de los Duques de Bretaña, y por única orla las flores de Lis, como descendientes también de estos Duques, y del Conde don Ramiro de León. Así se ve en el Castillo de Santiago, que fabricó don Enrique el Valeroso, segundo Duque de Medina Sidonia, en la ciudad de San Lúcar, señorío de esta casa.

Un Fernando Núñez Guzmán, honor de la república literaria, bien conocido en el siglo décimo sexto bajo el nombre de Pinciano. Aprendió los rudimentos de las lenguas con Antonio de Cala Xarama del Ojo, vulgarmente llamado Lebrija, o Nebrija. Pasó en adelante a Bolonia   —364→   en Italia a perfeccionarse con Phelipe Beroaldi, y habiendo vuelto a España por orden del siempre Grande Cardenal Jiménez, fue destinado a la Universidad de Alcalá, donde las enseñó con mucho fruto y aplauso; junto con la Retórica y la Historia Natural de Plinio tuvo famosos discípulos, como un León de Castro, Jerónimo Zurita, Cristóbal Orozco, el Cardenal Francisco Mendoza, y otros muchos, célebres por su doctrina. Escribió varias obras, entre ellas de mucha estimación, las Notas sobre Séneca el Filósofo, las Observaciones sobre Pomponio Mela, y sobre la Historia Natural de Plinio. El mismo Cardenal Jiménez le confirió la edición de las célebres Biblias que mandó hacer en Alcalá, y le hizo poner en latín la traducción griega de los setenta. Lleno de triunfos literarios, murió hacia el año de mil quinientos cincuenta y dos, o cincuenta y tres, dejando este doctísimo Varón su grande biblioteca a la Universidad de Salamanca, y mandando se pongan sobre su sepulcro estas notables palabras, que manifiestan la justicia y grandeza de su alma: Maximum vitæ bonum, Mors.

Un Enrique de Guzmán, caballero de Calatrava, Comendador de Bivora, primer Conde de Olivares por merced del Señor Carlos Quinto, Alcaide de Sevilla, que desde la edad de doce años sirvió en los ejércitos de este Emperador, tan querido suyo y del señor Felipe Segundo, que le acompañó a Inglaterra cuando fue este Príncipe a casarse con la Reina María en el año de mil quinientos cincuenta y cinco; y en el de mil quinientos cincuenta y siete hizo prodigios de valor en la batalla de San Quintín. En adelante fue Presidente de la Cámara de cuentas de Castilla, Mayordomo del Rey Felipe Segundo, Embajador Extraordinario en Francia, y Ordinario en Roma; Virrey de Sicilia en tiempo que estaba infestada de bandidos bajo de la conducta de un Randazo, a quien hizo descuartizar por cuatro galeras a remos; apaciguó una sedición en Mesina, y puso tanto terror a una armada turca, que la alejó de sus costas el año de mil quinientos noventa y cuatro. Al siguiente fue declarado Virrey de Nápoles; allí hizo cavar un nuevo   —365→   puerto, porque los navíos no tenían seguridad en el antiguo. Hombre, en fin, laboriosísimo, de grande espíritu, enemigo declarado de los bandidos, de las lisonjas y adulaciones.

Un don Luis Muñoz de Guzmán, Caballero de la orden de Santiago, Comendador de Villanueva de la Fuente en dicha orden, paje del señor Felipe Segundo y capitán esforzadísimo en las guerras de Flandes; cuarto abuelo de V. S.

Un Gaspar Guzmán, Duque de San Lúcar y Conde de Olivares, que a la edad de doce años fue a estudiar en Salamanca, y su Universidad lo eligió de Rector; estudió en ella Jurisprudencia con grande aprovechamiento, muy querido del señor Felipe Tercero, nombrado gentil hombre de cámara para el casamiento del señor Felipe Cuarto, a cuyas bodas con Isabel de Francia asistió el año de mil seis cientos trece; fue capitán general de toda la caballería española, grande de España de primera clase, y el primero que empezó a llamarse el Conde-Duque, Gobernador de Guipúzcoa y gran Canciller de las Indias.

Un don Francisco Muñoz de Guzmán, caballero del Orden de Calatrava, que sirvió por muchos años de capitán con admirable conducta en los ejércitos de Flandes y Cataluña; tercer abuelo de V. S.

Un don Luis Muñoz de Guzmán, caballero del Orden de Santiago, que sirvió once años con grande constancia en el trozo de las órdenes militares; segundo abuelo de V. S.

Un don Luis Muñoz de Guzmán, caballero del orden de Santiago, veinticuatro de la ciudad de Granada, señor y castellano perpetuo de la villa y castillo de Santia, paje del señor Carlos Segundo, Alcaide de la Alhambra de Granada, y Superintendente General de las ciudades de Guadix y Baza; abuelo de V. S.

El sabio, el prudente, el amable señor don Luis Muñoz de Guzmán, caballero del orden de Santiago, digno padre de V. S., colegial en el Mayor de Cuenca, Ministro   —366→   celosísimo e incorruptible de la Real Audiencia de Sevilla, y... ¿mas a dónde me lleva arrebatado el necio empeño de decir las glorias de la ilustrísima y heroica casa de V. S., si es imposible al tiempo y a mi torpe lengua expresarlas con la dignidad y decoro que se merecen? Basta para el desempeño de mi asunto saber que ni el tiempo las ha podido marchitar, y que en ella tienen su mayor blasón, como ramas suyas, los Marqueses de Toral, Duques de Medina de las Torres, Marqueses de Algaba, Condes de Monte Alegre, Marqueses de Quintana, los de Casa-Rubios, y los de Batres, Condes de Teva, Marqueses de Castel Rodrigo, de Villa-Manrique, y Velada, Señores de Lepe, Ayamonte y Gibraltar, y en fin no hay Casa de todas la de la primera Grandeza de España, que no reconozca en la casa de V. S. uno de los primeros timbres de sus glorias y esplendor.

Prevenida, pues, la naturaleza para descubrir a V. S. al mundo con todos los dones que puede dar a un infante de tan ilustre origen, parece que veo a España vestida de gala, derramando flores y con el rostro alegre, que se adelanta a recibir a V. S. con los brazos abiertos, le coge amorosa en su regazo, débil y desnudo todavía, y con la mayor ternura saluda a V. S. y le dice: «Me seréis, pues, fiel, seréis valiente, generoso y magnánimo como vuestros padres; ellos os han dejado su ejemplo; yo uno sus títulos y dignidades: doble razón para adquirir sus virtudes» . V. S., aun sin fuerzas para responderla, la contesta con un noble hervor de su sangre que se le ha inflamado, ofrece serle fiel y a ejemplo de sus mayores hacerse «grande por la unión de las virtudes y talentos».




Segunda parte

Es permitido al hombre tener por motivo de sus designios sólo sus intereses particulares, cuando nada tienen de injusto. También le es permitido tener por objeto   —367→   su gusto o sus placeres, cuando son inocentes y conformes a la honestidad. El obrar sólo por sus intereses, por aumentar su fortuna o sus placeres es el uso común de los hombres. Pero lo que solamente es permitido, nada tiene de esplendor, nada de virtuoso, y por consiguiente no merece alabanza alguna.

Las empresas que no son loables ni virtuosas, porque no tienen por objeto el interés de los hombres en general o de la Patria en particular, pueden tener algunas veces una grandeza aparente, por los grandes sucesos que han intervenido en ellas. Tales son las de Alejandro: las grandes dificultades que venció excitan nuestra admiración, y prueban su gran valor o sus grandes talentos; así es que los sucesos de las empresas difíciles pueden hacer a un hombre muy ilustre y muy célebre; pero sin motivo virtuoso, jamás podrán hacer a un hombre grande.

Esta es la regla que nos dicta la razón. ¿Cuál fue, pues, el aumento de felicidad que resultó de las conquistas de Alejandro a los Macedonios, o a las repúblicas griegas, o al género humano?

El que vence dificultades grandes merece nuestra admiración; pero no merece siempre nuestra estimación y nuestras alabanzas. Admiramos un diestro volatín, nos causan pasmo esos indios supersticiosos que hacen maceraciones corporales que parece exceden a las fuerzas de la naturaleza: ellos hacen cosas extremamente difíciles que vemos con admiración; pero esta admiración no está unida a una grande estimación de su persona, la que sólo concedemos con benevolencia a aquellos que como un Epaminondas, un Scipión vencedor de Anníbal, llegan al fin de sus empresas, que por una parte son dificilísimas, y por otra muy ventajosas a su patria.

César trabajando en la conquista de las Galias hizo grandes servicios a los romanos; pero desde que se sirve de la autoridad que los romanos le confiaron para tras tornar su Gobierno y para hacerse, contra la santidad de los juramentos y la religión de la buena fe, el tirano de la República, no fijo ya mi vista sobre los servicios que   —368→   hizo sino solamente sobre su traición. Y, equilibrando uno con otro, me parece que si Pompeyo hubiera quedado victorioso en la batalla de Farsalia, donde César hizo perecer tantos romanos, sin duda alguna Cicerón, Hortensio, Catón, y los otros buenos ciudadanos hubieran puesto a César vencido y castigado en un paralelo con Catilina; con la diferencia que si César había hecho mayores servicios a la república, que Catilina, él también la hubiera causado mayores males; y si el nombre de César no ha llegado a nosotros con la misma execración que el del célebre Catilina, no es porque a este le faltasen talentos superiores, sino la fortuna de César en su detestable empresa.

¿Quién no ve, pues, que ambos, en efecto, son verdaderamente delincuentes, que sacrificaban injustamente y sin escrúpulo los más grandes intereses del Estado a su interés particular; y que por consiguiente ambos son, en el fondo, dignos del odio y de la execración pública? Jamás, dice Salustio, (hablando del último Catón), disputó con los más ambiciosos, a quién llegaría por caminos vergonzosos e injustos a los primeros empleos de la República; pero siempre disputó atrevidamente con los mejores ciudadanos hacer por medios inocentes y virtuosos los servicios más importantes a la patria.

Por solo este rasgo parece que Salustio quiso más bien pintarnos a V. S., que al través de las preocupaciones de casi todos los hombres, sabe claramente que el poder es una falsa grandeza y que la verdadera consiste efectivamente en el excelente uso del mismo poder en la mayor utilidad pública.

Nos muestra que V. S. conoce y siente que los grandes empleos valen incomparablemente menos que el honor de pasar por el mejor, o por uno de los mejores ciudadanos.

Con esta noble ambición vemos, que V. S. desde su más tierna edad, aun sin el auxilio de su ilustre padre, ansía y aspira al servicio del Estado y de la Patria; que para ello elige la brillante carrera de las armas en el   —369→   laboriosísimo y muy distinguido cuerpo de Marina; que como facultativo reúne en sí la gloria de las letras con el esplendor de la espada.

Ya empieza V. S. a estudiar esa ciencia que tiene por objeto extender el espíritu, desenrollar la razón y ponerse en estado de hacer uso de ella; que descubre la causa de los fenómenos, sus relaciones, y en general la constitución del universo. Las Matemáticas, digo, cuyo arte principal es descubrir las cosas desconocidas, observar y estudiar la naturaleza y separar la causa de los efectos que ella produce.

Con cuánta aplicación entra, pues, V. S. por la ciencia del Cálculo y pasa a la Geometría; y con estos conocimientos hace los progresos más aventajados en la Física y en todas las partes de la Astronomía, hasta entrar en su navío con el auxilio de una Píxide, un cuadrante y un carretel, y pasear por el inmenso océano, con tanta seguridad y firmeza, como en su propia habitación, en el que no hay rincón, no hay embarazo que no lo conozca V. S. y dirija sus pasos a donde quiera, evitando los tropiezos aún con los ojos vendados.

Sigue V. S. a la Óptica y la Catóptrica, y no se sacia su noble ambición de saber, hasta familiarizarse con la Mecánica, la Hidrodinámica, la Aereometría, la Pirotecnia, la Arquitectura Civil y Militar y Naval, ambas tácticas, con todos los demás ramos científicos de la Armada; tanto que sin haber habido promoción en el cuerpo, sólo por haber sobresalido en ellos, fue hecho V. S. oficial muy particularmente en el certísimo término de veinte y un meses que llevaba de Guardia Marina.

De oficial vino V. S. de guardacosta a Cartagena de Indias, y habiendo entrado nuestra Corte en sospechas de que los ingleses tenían fortificaciones en el Darién, fue destinado por su comandante al reconocimiento interior de esa tierra. Bien sabía el señor don Luis de Córdova, hoy capitán general de la Real Armada, la instrucción, celo, amor y actividad de V. S., para haberle encargado tan importante comisión, aún teniendo a sus órdenes   —370→   otros Oficiales de mayor graduación; motivos también que influyeron para darle el mando de la fragata el Jasón, no siendo entonces más que Alférez de Navío.

De teniente de fragata fue V. S. sargento mayor y ayudante general de la artillería en el Departamento del Ferrol; y luego de teniente de navío fue ayudante de Mayor General de la armada de Cádiz, y ejerció las funciones de tal Mayor General, por ausencia del propietario, con aprobación del Rey; quién, satisfecho de los profundos conocimientos matemáticos que V. S. poseía en grado superior, le dio la delicada comisión de formar un puerto en la ciudad de Tarifa, poniendo para ello a sus órdenes ingenieros del ejército y oficiales del Real Cuerpo de Artillería; formó V. S. el plano de la obra, ya se ve que con todo el acierto correspondiente a sus grandes luces, que sin vacilar lo aprobó el ingeniero general del ejército, que lo era entonces el señor don Juan Martín Cermeño.

Para cumplir el Rey los altos designios que meditaba, no era bastante el que V. S. tuviese un conocimiento especulativo de los usos y costumbres de las Américas; quiso también que V. S. por sí mismo los examinase y experimentase, para que libre de las indispensables equivocaciones de los geógrafos, las mandase V. S. alguna vez con el puntual conocimiento que de ellos deben tener sus jefes. Para esto hizo a V. S. capitán de fragata, y con ella le envió a Lima; de allí volvió a España; y habiendo ocurrido las desavenencias con la Corte de Portugal que motivaron la expedición contra el Geneiro encargada al señor don Pedro Cevallos, fue V. S. destinado en ella de Mayor General a las órdenes del señor Marqués de Casa-Tilli; asistió V. S. a la toma de la Isla de Santa Catalina, y a la de la Colonia de Sacramento.

Satisfecho el Rey de los servicios de V. S., no sólo le hizo capitán de navío, sino que puso también bajo su mando los navíos San José de ochenta cañones y San Pablo de setenta y cuatro, con los que hizo V. S. la guerra a los ingleses en la escuadra combinada de España y Francia, y al fin de ella mandó V. S. el navío triunfante,   —371→   del que se desembarcó con el premio de Brigadier; al que siguió la importante comisión de inspector general de las matrículas de marinería de todo el reino. Concluido este encargo, quiso el Rey dar una prueba muy brillante del concepto que de V. S. había formado en su real ánimo y mostrar a toda la Nación la justicia con que en toda su Real Armada le distinguían con el epíteto de Muñoz el Sabio, tan debido a sus superiores talentos e inmensos conocimientos; para esto encargo a V. S. el que hiciese un Código o Cuerpo de Ordenanzas y Leyes para el régimen y juzgado de la misma Marinería. El que acabado, hizo a V. S. el Rey en señal de su real aprobación, Jefe de Escuadra, agregándole la encomienda de las Pueblas en la orden de Alcántara.

Ocurren desavenencias entre nuestra Corte y la de Londres: recela nuestro católico Monarca un rompimiento; su consumada prudencia dicta a su real ánimo ponerse en estado de hacer una guerra defensiva y ofensiva; resuelve para ello poner tres escuadras que oprimiendo los mares con su poder hagan respetar el pabellón del mejor de los reyes; y V. S. es uno de los tres primeros generales nombrados para su mando, con orden de montar el famoso Navío San Fulgencio, y enarbolar en él su propia insignia; trata V. S. según su costumbre con la mayor actividad y celo todo lo necesario, hasta lo que parece tocar en la escrupulosidad para echarse a la mar, y al poner V. S. un pie en ella, dispone el Rey, que la Presidencia de Quito se sirva por militares como antes; y aquí empiezan los debates, las aflicciones y el continuo choque de su augusto espíritu. Ve el Rey que esta provincia ha decaído enteramente de aquel esplendor y grandeza con que en algún tiempo se lisonjeaba ser uno de los más ricos y brillantes florones de su Real Corona, por el atraso de las ciencias, de que depende las artes, el comercio y la agricultura: reflexiona el Rey que el suelo de Quito es el mismo que antes, que su cielo influye con la misma benignidad y que es preciso le reproduzcan sus genios sublimes, que para ponerlos en uso y movimiento sólo necesitan de un hombre sabio, prudente, amador de los grandes proyectos bien calculados y que los   —372→   sepa seguir con ardor y constancia incontrastables; y V. S. era el hombre de la nación, en quien se hallaban felizmente reunidas estas heroicas circunstancias. Pero de separar a V. S. de su Real Armada perdía para el caso de un rompimiento, un jefe que juntaba al valor y a la intrepidez de soldado, la habilidad, la profundidad y la extensión de genio, que hacen un general cumplido.

¿Quæ te tam læta tulerunt Sœeula?
¿Qui tanti talem genuere Parentes?



Con todo, nuestro amabilísimo Monarca quiso darnos un testimonio auténtico de su paternal amor, encargando a V. S. el mando de estas provincias en lo político y militar.

V. S., acostumbrado a no disputar con los más ambiciosos los empleos sino con los mejores ciudadanos el hacer los servicios más importantes al Estado y a la Patria, venciendo para ello con sus superiores talentos grandísimas dificultades, deja el estrépito y esplendor de las armas, por venir a ser útil en esta Presidencia a sus conciudadanos. En ella se manifiesta V. S. con todo el resplandor benéfico del mayor de los planetas, acompañada de una estrella de primer orden y magnitud, que no sólo luce con la luz del sol, a quien sigue, sino también con el esplendor propio de sus virtudes, superiores talentos, distinguido nacimiento y hermosura, cuyas gracias sirven a V. S. de un dulce desahogo a sus fatigas; y apenas se le presenta la primera vez esta Universidad, cuando V. S. la manifiesta y pone en obra las más sabias providencias para cumplir los ardientes deseos que tiene de prosperarla hasta dejarla, si fuese posible, en el mismo grado de lustre y grandeza que la de Salamanca.

Sí, sabia e ilustre Universidad, estad segura que ahora no sólo seréis mayor por el soberano Decreto de 4 de Abril de 1786; sino también por una nueva majestad y hermosura que tomaréis bajo del mando del muy ilustre, del grande señor don Luis Muñoz de Guzmán, aumentando vuestras luces de modo que ilustrando al espíritu,   —373→   no sólo de reglas en la tierra para las buenas costumbres, para la paz y la tranquilidad, para la abundancia, la comodidad y buen gusto, sino que rompiendo también los abismos, asalta a la naturaleza en sus senos más ocultos y se eleve, conociendo los cielos hasta el empíreo a contemplar las perfecciones del Ser inmenso, sacando de todo sublimes conocimientos para la felicidad del género humano.

No temáis, aunque es cierto, que el distinguidísimo mérito y circunstancias de vuestro Jefe lo arrebate muy breve a pisar mayores hemisferios en los virreinatos, que jamás os abandone; porque el héroe que os protege nunca dejará informe la obra de sus manos, ni la olvidará hasta darla la última perfección, granjeándose así en vuestros fieles corazones una estatua de amor y veneración, que a pesar de las injurias del tiempo eternice su memoria y la verdad de cuanto he dicho.







  —[374]→     —375→  

ArribaAbajoMiguel Antonio Rodríguez24

(Selecciones)


  —[376]→     —377→  
Oración Fúnebre pronunciada en las exequias de los que murieron en el cuartel el 2 de agosto de 1810

Vos filiæ Sion intermorientis expendentisque manus Suas: vae mihi, quia defecit anima mea propter interfectos.


Este es el clamor de la desconsolada y casi moribunda Jerusalén: ¡Ay de mí! el espíritu desfallece al acordarme de mis hijos que murieron.


Palabras del Espíritu Santo en el cap. IV, v. 31 de la profecía de Jeremías.                


Señores:

No podemos contemplar la melancólica pintura que hace Jeremías de la triste situación de Judea, de la devastación de sus pueblos, del exterminio de sus habitantes, de su opresión y de las acerbas angustias de Jerusalén, sin llenarnos de admiración al ver en ella a un mismo tiempo el vaticinio de las desgracias de Palestina, y la historia circunstanciada de las calamidades que hoy padece la patria, de las catástrofes que hemos presenciado, de los dolores que sentimos, de las penas que lloramos. Y sin embargo, ¿no veis cuánta es la correspondencia entre los espantosos rasgos de aquel cuadro profético y la realidad de nuestros padecimientos? No hay otra diferencia sino que el pueblo prevaricador y endurecido ya no existe como nación, y nosotros vivimos en la aflicción, nuestro dolor es continuo, está fresca la sangre   —378→   que nuestras heridas vierten y estamos amenazados cada día con el mismo azote.

No es, pues, la antigua corte de Melquisedec la que mira burlado su reposo y alterada con la invasión de naciones extranjeras la paz y tranquilidad de sus habitantes; no es la hermosa hija de Sión, desfigurada y macilenta, desgreñados afrentosamente sus cabellos, anegados sus ojos en lágrimas, sus manos levantadas al cielo y su corazón palpitante entre las angustias de la muerte, la que llora sus infortunios y sus desgracias. No, hermanos míos, Quito, vuestra amada patria, es la que desfallece de dolor en este día al recordar la pérdida de sus hijos y la que levanta su voz para buscar quien la consuele. Voz penetrante que resonará hasta los confines de la tierra y llenará de asombro al mundo al contemplar tanta iniquidad. Voz lastimera que penetrará de dolor las almas sensibles, y que algún día llenará de amargura los corazones que ahora se niegan a ser humanos y compasivos. Voz, en fin, de piedad y de religión, que dirige al cielo sus clamores por la libertad y el alivio de sus más queridos hijos, y cuyo eco lúgubre me veo precisado a reproducir en este lugar santo.

Pero quiteños, ¿será posible que la desgracia haya de perseguir a los infelices aun más allá del sepulcro, y que haya de ser yo (con esto he dicho todo) no el que pronuncie sino el que desfigure su elogio fúnebre, y el que oscurezca en vez de ilustrar su memoria? ¿Será por ventura porque lo grande del asunto, lo complicado de las circunstancias, lo original del suceso hayan sido capaces de acobardar la elocuencia animosa de tantos oradores distinguidos que ilustran nuestro clero y honran a nuestra patria? Bien pudiera ser; puesto que ni la oratoria tiene figuras tan nobles, ni la historia suministra ejemplares tan asombrosos, ni en la poesía se encuentran rasgos tan brillantes como se necesitan para un completo desempeño. ¿Será acaso porque la oratoria sagrada se desdeñe de coronar con sus aplausos a los héroes que la Iglesia no ha canonizado todavía o porque la religión no ensalce las virtudes que se encuentren en el pecador?

  —379→  

Tampoco, hermanos míos, Dios es el autor de todo el bien que se halla en sus obras. Los pecadores son hechuras de sus manos, y el pecado solo no les coloca fuera de la esfera infinita de su misericordia y de su amor. Dios detesta la obra del pecador, es verdad; pero ama y aprecia en él sus propios dones, y el espíritu de Dios anima: siempre a su Esposa santa, cuyos labios sagrados, órganos de la verdad eterna, saben separar oportunamente lo vil de lo precioso. ¿Y qué? ¿Estos difuntos serían tan delincuentes que dejasen por eso de ser hombres, hermanos nuestros, hijos de un mismo Padre, redimidos con la misma sangre y unidos por los dulces vínculos de la religión, de la caridad y la fe? ¿No harían ellos en su vida cosa que mereciese nuestra alabanza? ¡ah Dios mío! Tú lo sabes que si ellos fueron pecadores, sujetos al error y a la ilusión, como todos, también supieron consagrar las acciones más brillantes de su vida en beneficio de sus semejantes y no dudaron sellar con su muerte el amor que profesaban a la patria.

No confundamos, pues, las debilidades del hombre con las hazañas del héroe. Dejemos a Dios a quien sólo pertenece el juicio de nuestras faltas personales, y hagamos materia de la edificación pública los últimos días de nuestros hermanos y los gloriosos instantes de su muerte. Consideremos el relevante mérito que contrajeron, para interesarnos por el alivio de sus almas, y el honor incomparable que les resulta de su muerte, como un glorioso motivo de nuestro consuelo. Sí, su mérito y su fama formen el elogio que la verdad y la justicia consagran a la dulce y eterna memoria de los ilustres defensores de Quito sacrificados a la violencia por la causa de su religión, de su rey y de su patria: elogio tanto más recomendable cuanto el mismo magistrado, que notó en vida de ellos la falta de previsión en sus medidas, es quien celebra el heroísmo de sus acciones, hoy que ellos: han muerto y de quienes nada tiene que temer ni que, esperar.

  —380→  
1.º

Si yo hablase al pueblo romano en los días de su prosperidad y de su gloria, y le recomendase el mérito de sus Curios, Camilos y Fabios, él habría hecho justicia, porque sabía conocer el valor de las virtudes que practicaba. En aquellos tiempos todos los romanos anhelaban servir a la patria y consagraban a su grandeza y prosperidad las tareas de su ingenio y el fruto de sus trabajos. Entonces la salud de los ciudadanos, la seguridad del Estado, la gloria y el poder de la República ocupaban el pensamiento, el espíritu y el corazón de todos; entonces unidos, con los lazos del interés común, sólo reputaban felices a los que hacían más grandes sacrificios por sus hermanos. Mas pasáronse aquellos días afortunados, según la condición indispensable de las cosas humanas, y la fuerza ocupó el lugar de la razón; el pueblo romano perdió su libertad, se degradó, y siguiendo la conducta de los hombres que se avergüenzan, cuando adultos, de las inocentes ocupaciones de la infancia, empezó a desconocer las virtudes que en otro tiempo eran la materia de su emulación y a sonrojarse de practicarlas. Entonces fue menester que la elocuencia emplease todos los esfuerzos del raciocinio y se valiese de sus encantadores artificios para persuadir al hombre desnaturalizado que no es delito ser virtuoso.

Al fin, Roma pudo olvidar lo que había sido. Pero Quito tiene que aprender ahora, sobre el modelo de los hombres insignes cuya pérdida lloramos, lo que debe ser en adelante. Sí, Quito, abismada en el caos de la desgracia en que ha estado sepultada la América, ha ignorado el lenguaje del interés por la felicidad común, porque aún no ha rayado en su horizonte el crepúsculo de la esperanza. Colocada por la omnipotente mano del Criador en el punto más elevado del suelo americano, edificada en un terreno por todas partes fecundo, favorecida por un clima benigno y de un temperamento proporcionado a la multiplicación de los seres, parecía, y con razón,   —381→   que, destinada por Dios a ser el domicilio de la dicha y la paz, brindaría a sus habitantes las dulzuras del Edén; que sus riquezas primitivas, aumentándose progresivamente, le harían rica y opulenta; que la magnificencia de sus antiguos edificios, monumentos del ingenio y del buen gusto de sus autores, resplandecería cada vez más con las decoraciones de las artes; que el talento de sus hijos, original en su agudeza, sublime en sus ideas, capaz de todo y nacido para todo, ilustrado con las ciencias y ayudado de una educación noble, religiosa y metódica, podría, a su tiempo, honrar la patria, sostener el trono, santificar a sus hermanos, brillar en el templo y ensalzar la dignidad del Santuario.

¡Pero desgraciada Quito! tú comenzaste por donde debías haber acabado, y tu situación decadente por un movimiento retrógrado no es la que han tenido otros pueblos. A ellos les ha bastado pocos años para llegar a ser potencias respetables, ¡y a ti la duración de casi tres siglos sólo ha servido para que cada día se disminuyan tus riquezas, se debiliten tus fuerzas y se oscurezca tu grandeza! ¿Cuáles han sido los frutos de tu opulencia primitiva? Sí, privada del comercio y de la industria, no has podido adelantar en tus riquezas ni conservar el capital con que te estableciste: ¿qué te ha aprovechado el estar rodeada por todas partes de inmensos terrenos? ¿De qué ha servido la aptitud de tus naturales para todo, si todo les ha sido prohibido, si las virtudes y los vicios se han pesado en una misma balanza y los servicios más distinguidos apenas se hallan escritos como los de Mardoqueo en los anales de Azuero, con la nota de no haber sido recompensados?

¿Qué importa que de tiempo en tiempo algunos de tus hijos como astros luminosos hayan brillado en tu hemisferio, que las Uriartes y Herreras, que los Maldonados y Jijones, a costa de inmensas sumas y de indecibles trabajos, hubiesen querido fecundar el árbol de tu felicidad, si muros de bronce se han interpuesto a sus designios y sus benéficas influencias no han podido descender hasta nosotros? ¿Qué importa, en fin, que nuestros reyes   —382→   hayan empleado sus cuidados y su paternal amor en velar sobre la prosperidad de estos países, si cuanto más distante estábamos del centro del poder, tanto más vejados, oprimidos y despreciados éramos? ¡Oh santos cielos! Quito ha padecido en tres siglos lo que no puede decirse ni explicarse en un día, y todo lo ha recibido con la más alegre serenidad, con la más pronta obediencia, o digámoslo mejor, con la insensibilidad más afrentosa, y todo esto era preciso para no agravar sus males, para no multiplicar sus cadenas, sin poder contar como los judíos las glorias y los consuelos del reinado de Salomón. Sólo hemos visto reproducirse a los malvados consejeros de Roboam que, en lugar de las reprensiones con que un padre amoroso corrige a sus hijos, han suministrado en todo tiempo escorpiones de acero para despedazarlos y destruirlos.

Y si esta ha sido la suerte desgraciada de Quito bajo el imperio suave, paternal y justiciero de los Reyes católicos, si toda su vigilancia no ha podido estorbar nuestros males ni su compasión enjugar nuestras heridas, ¿qué debería esperar esta infeliz ciudad y su provincia de la crisis más procelosa que han visto los siglos? Eclipsada la autoridad, oscurecido el poder y ausente el luminar mayor que vivificaba -aunque desde una distancia inmensa- estos remotos países, cautivo y desterrado el justo, el deseado, el inocente Fernando, por cuyo amor y por cuyo respeto únicamente ha hecho Quito y ha hecho la América toda tan increíbles y repetidos sacrificios, ¿qué deberá esperar? Un enemigo feroz y cada día más arrogante y más soberbio en sus conquistas amenaza el mundo, y el avasallamiento del universo es la base de la paz general que premedita y decanta. La América se halla sin Rey y sin gobierno, con toda la monarquía, según lo reconoce España y lo confesó desde el principio la Junta Superior de Sevilla. España se pone en movimiento, se arma, se defiende, y la América duerme tranquila al borde de un precipicio. ¿Pero, qué digo duerme? Por el contrario, todos velan. Los buenos, porque conocen el peligro, gimen en el secreto de sus corazones, tiemblan   —383→   y se estremecen; pero inútilmente. Los malos se alegran porque creen que es llegado el día en que, bajo la protección del ateísta corso, la iniquidad triunfe de la inocencia, el libertinaje se propague sin temor y la irreligión establezca su trono sobre las ruinas de la moral y del dogma. Y entre tanto, ¿quién cuida de la seguridad de la patria? ¿Quién la defiende o quién piensa por lo menos defenderla?

¡Ah!, el mérito de esta empresa sólo estaba reservado a la resolución heroica de unos espíritus verdaderamente sublimes: sólo ellos pueden apreciar debidamente los dulces vínculos de la sociedad que ligan al hombre con sus semejantes; sólo ellos pueden formar una idea justa de la dependencia y fidelidad al Monarca y ser sensibles a ella; sólo ellos, en fin, pueden respetar la divinidad del culto que Dios mismo ha manifestado serle agradable y tributar el homenaje debido al augusto y sacrosanto de nuestra religión cristiana. Sí, hermanos míos. Los héroes de la libertad americana (vosotros sabéis bien por quiénes hablo, y no expresaré sus nombres inmortales, porque el dolor de pronunciarlos no extinga en mí el poco aliento que respiro) vuestros ilustres compatriotas, digo, saben que es una obligación indispensable del vasallo defender la causa de su Rey, asegurar las tierras de su dominación y tomar todas las medidas que conduzcan a estorbar oportunamente cualquier invasión enemiga; saben que el bien y la felicidad de sus conciudadanos es un derecho preferente; que no puede peligrar la patria, ni pasar a manos extranjeras sin que un demonio usurpador, junto con la variación de las leyes, introduzca también la innovación y la ruina del culto religioso; saben, por último, que la naturaleza misma les impone esta obligación, que la constitución del Reino la autoriza y que la confirma el Evangelio enseñándonos que es un deber sagrado dar al César lo que le corresponde, no menos que tributar a Dios el culto que se le debe.

Y de aquí es que, inflamados sus corazones con el celo de la ley y el amor de la patria, meditan una resolución tan justa como necesaria con la que no pretenden   —384→   trastornar el Gobierno, sino establecerlo; no desconocer la autoridad, sino legitimarla, ni menos sustraerse de la obediencia debida a Fernando VII, sino perpetuarla. Así se decían recíprocamente los últimos restauradores de la gloria de Israel: Nuestra patria peligra, el estrago amenaza y entre las ruinas de nuestra libertad han de quedar también sepultados nuestros altares. Alentemos el abatimiento de nuestro pueblo: Erigamus deiectionem populi nostri. Preparémonos a la defensa de nuestros hermanos y de nuestros hijos, pugnemus pro populo nostro, y si es menester, derramemos también nuestra sangre para que no sean profanados nuestros templos, pugnemus pro populo nostro et santis nostris. ¡Ah!, vosotras suposiciones arbitrarias, imputaciones odiosas, interpretaciones malignas inventadas para manchar el honor de los quiteños y la sinceridad de sus intenciones, vosotras, digo, desapareceréis, en el día claro de los juicios del Señor!

Mas entre tanto, hermanos míos, es preciso confesar que nuestros compatriotas se engañaron, y se engañaron lastimosamente. Ellos creyeron que no tenían más enemigos que los de su Dios y de su nación, que la causa de todos era una misma y que el detestable Bonaparte era el único contra quien todos deberían levantar el grito y prepararse a la defensa. No advirtieron que los generales de Antíoco estaban apostados por todas partes para oprimir al pueblo que quería conservar su libertad y sus derechos, ni pensaron que, como en otro tiempo, era necesario combatir contra tantos pueblos incircuncisos y derribar primero los muros de la encaprichada Jericó para entrar en la posesión pacífica de la tierra que Dios había prometido a nuestros padres; quiero decir, no consideraron que era menester pelear contra la injusticia y la ambición, contra el interés particular y el egoísmo, contra el hábito de servidumbre y la preocupación; que era menester, en una palabra, pelear contra aquellos mismos a quienes deseaban felicitar. No nos admiremos, pues, de que sus proyectos se desconcierten y de que sean tantos los enemigos que por todas partes se levantan contra los hijos de Quito.

  —385→  

Pero, ¡almas nobles y generosas! conocisteis que dentro de la ciudad se preparaba el plan de vuestra ruina y los mantuvisteis firmes. Supisteis que las provincias confinantes, artificiosamente conmovidas, se: revolvían para desplomarse sobre vuestras cabezas y no desfalleció vuestra constancia. Sólo el bien de vuestra patria, los gemidos de vuestros hermanos podían variar vuestras resoluciones y dar otro destino a vuestras medidas: Mirasteis a todos consternados con el peso de los males que ellos mismos se han acarreado por la discordia, y vosotros, grandes e incomparables por lo que habéis hecho, vais a aparecer aún más grandes por vuestro sacrificio. ¿Qué meditáis, pues, genios sublimes? ¡Mirad que peligra vuestra vida si entregáis las armas, que vuestro honor está comprometido y vuestra deferencia a los clamores de la patria ha de ser confundida la cobardía y el despecho! No importa, respondéis: desde los primeros pasos, de nuestra empresa, la vida fue el menor de los sacrificios que ofrecimos por la felicidad de este pueblo mal aconsejado. ¡Felices nosotros si podemos ahogar con nuestra sangre a los monstruos del error, de la preocupación y de la envidia!; ¡dichosos seremos si sobre nuestras ruinas se levantare el magnífico templo de la salud pública! Sí, señores; estos fueron sus sentimientos y, si no lo hubiesen sido, vosotros sabéis que las tropas, auxiliares de Lima nunca hubieran pisado nuestro suelo, y ya comprenderéis lo que hubiera sido de ellas en el mismo lugar de su último campamento. Pero no: el espíritu de nuestros héroes fue superior a todo sentimiento de bajeza y no temían el oprobio de los hombres, ni sus blasfemias.

Se oye en Jerusalén el rumor pavoroso de que una guarnición feroz viene de tierras lejanas y que ya empieza a sentirse en la ciudad el ronco bramido de su voz: ecce auditum est in Jerusalen custodes venire de terra longinqua et dare super civitatem Juda vocem suam. Los moradores huyen despavoridos al acercarse una tropa devastadora y sospechosa. A voce equitis et nittentis sagitam jugit omnis civitas; unos se ocultan en lo más arduo y enmarañado de los bosques; ingressi sunt ardua. Otros   —386→   buscan asilo en lo más escarpado de las rocas, et ascenderunt rupes; pero los que más debían temer se mantienen tranquilos y miran con semblante sereno las amenazas y el aspecto horroroso de la muerte. Así nuestros ilustres compatriotas, dijeron, como los religiosos de Israel, muramos con el seguro testimonio de nuestra conciencia y que no se manche la sinceridad de nuestros procedimientos, moriamur omnes in simplicitate nostra. Los cielos y la tierra serán testigos de nuestra inocencia, de la injusticia de nuestros perseguidores.

¿Qué más puede esperar la patria del amor de sus hijos? ¿Serán dignos de la estimación de Quito estos sacrificios? ¿No habrán hecho todavía lo bastante para merecer alguna gratitud de sus conciudadanos? ¡Ah! por ellos y por su felicidad emprendieron sus trabajos; por ellos y por su consuelo volvieron sobre sus pasos; por ellos y para su beneficio consagraron los mejores días de su vida, y por ellos y para su tranquilidad aceptaron gustosos la muerte. ¿La muerte ? ¿Pues qué? ¿Deberán morir los que sólo han querido conservar la vida, la libertad y los bienes de sus conciudadanos? ¿Hay autoridad sobre la tierra para quitar la vida a los hombres cuando no hay ley que los condene? ¡Ay!, el proceso de su juicio comenzó por la sentencia y era preciso que el éxito de la causa correspondiese a sus principios. Ellos han sido publicados a voz de pregón, como reos de estado. ¡Oh santas leyes!, ¿dónde estáis? ¡Oh religión sagrada del juramento! ¡Oh sacrosantos derechos de la inocencia! ¡Yo os invoco en favor dé estos desgraciados y de tantos como van a ser envueltos sin causa en el furioso torbellino de la proscripción y el anatema! ¡Pero yo os invoco inútilmente! La fama, el honor, la mejor vida del hombre han perecido al primer golpe, no resta ya sino que su cuerpo sea despedazado. ¡Oh, día 2 de Agosto! (si es que mereces ser nombrado), ¡día de confusión y de espanto! ¡Día más horroroso que el día 2 de Mayo de Madrid y muy semejante al sangriento 2 de Setiembre de la Francia. ¡Día infausto!, ¡una noche eterna te borre del número de los días y de la memoria de los hombres! Tu nombre   —387→   no se señale jamás con piedra blanca en los pacíficos anales de esta ciudad desgraciada, y perezca para siempre aquel momento de horror en que un medroso silencio y la sangre vertida por todas partes dieron a entender que había habido una hecatombe horrenda, que habían perecido todos.

Sí, almas sensibles, capaces de entender el lenguaje de la humanidad y de la razón, apartemos los ojos de esos lugares sangrientos y que un velo negro e impenetrable oculte a nuestra vista aquellas lóbregas mansiones del dolor y de la angustia, para no ver más el oprobio de vuestros ancianos, la ruina y las desgracias de tantos jóvenes ilustres y al sacrílego atentado contra sacerdotes inermes. Que la memoria de ese lastimoso espectáculo sirva para recordar lo que vuestros ilustres compatriotas hicieron por vosotros y lo que ellos padecieron por su patria; que sirva sólo para excitar en vuestros corazones un eterno reconocimiento a sus servicios y justificar el interés que tomáis en aliviarlos en sus penas, a proporción de lo que debéis a su memoria; que vuestras oraciones y sufragios se multipliquen como ellos multiplicaron por vuestra libertad sus padecimientos y trabajos, y que, por último, si el mérito que contrajeron con sus acciones es y debe ser el motivo de vuestra gratitud, el honor y la gloria que les resulten de su muerte sean los fundamentos de vuestro consuelo.




2.º

¡Gran Dios! ¿quién soy yo y quién es el hombre para poder entrar en el abismo de vuestros consejos eternos y sondear la profundidad de vuestros juicios inescrutables?

¿Quién puede saber cuál es el destino que se prepara a los mortales en el término de su peregrinación ni quién puede decidir sobre su suerte hasta que vuestra misma justicia no manifieste, delante del cielo y de la tierra, a   —388→   los que están sentados a vuestra diestra y los que han de quedar por toda la eternidad debajo del escabel augusto de vuestros pies? Venid, consejeros de Dios, que, colocados junto a su trono como los 34 ancianos del Apocalipsis, penetráis s u divina inteligencia y sois testigos de los juicios del Señor; venid y decidme: si los que corrompieron sus caminos en los días de Noé, no creyeron sus amenazas y esperaron tranquilos el término de la paciencia del Señor, perecieron eternamente sumergidos en las aguas del diluvio. Decidme, ¿para qué visitó Jesucristo Nuestro Señor a estos muertos antes de su resurrección, según el testimonio de San Pedro, y les anunció la nueva feliz de su libertad y salvación?... ¡Ah!, para confundir la temeridad de muchos y que todos conociesen que aquellos a quienes el juicio errado de una prudencia carnal reputaba muertos, vivían, y vivían felices delante de Dios según el espíritu: Propter hoc enim jet mortuis evangelizatum est: ut judicentur quidem seeundum Deum in spiritu, continúa el apóstol. Muchísimos otros pecadores semejantes a estos antediluvianos y tal vez peores que ellos, al sentir el golpe fatal de la muerte, buscan a Dios, dice el real Profeta, y Dios los recibe y ellos se convierten. Dios los castiga con una muerte desgraciada para salvarlos a una vida eterna, según la doctrina de San Jerónimo.

¡Ah!, si los pecadores que mueren manteniendo consigo las señales del pecado, como los soldados del Macabeo en la batalla de Odolán, no merecieran la compasión de los vivos ni sus sufragios, erraría el ínclito Judas, juzgando que sus difuntos, libres del reato de su culpa, por medio de sus sufragios, podían resucitar gloriosos. Bene et religiose de resurrectione cogitans. Si no hubiera más que infierno y gloria para los cristianos que mueren, la Iglesia católica nos engañaría enseñándonos el dogma del purgatorio. Y entonces Lutero y Calvino habrían acertado. Pero estos infelices y sus secuaces tienen sobre sí la amenaza que intimó Dios por el profeta Joel, y todos deben temer que el juicio que forman de los muertos recaiga sobre ellos: Reddam, viscissitudinem vobis super   —389→   caput vestrum: y que con la misma vara con que miden sean medidos.

A mí me basta, pues, y a todos los católicos bastará siempre para formar un juicio piadoso de que son los felices los que han muerto en el seno de la Iglesia romana y en la comunión de los santos, el que esta piadosa madre, no negándoles sus socorros espirituales, los considera en el purgatorio y, por consiguiente, amigos de Dios. Y con más razón, cuando las circunstancias de su muerte, aumentando los motivos de nuestro consuelo, hacen envidiable la dicha de su fallecimiento.

Cuando noto, pues, que se acercan los instantes de morir a un cristiano, aunque haya sido el más desbaratado y criminal, pero que ha tenido un dilatado tiempo de prueba, juguete de tristes desengaños, sujeto a angustias y penas dolorosas y a humillantes vejaciones, y cuando tengo además el consuelo de ver que de todo oportunamente se aprovecha, que su corazón desprendido de los atractivos de un mundo seductor detesta sus ilusiones, que poseído de una santa indiferencia sobre los bienes y males transitorios, no desea sino ver cumplida la voluntad de Dios y que; como el arrepentido Ezequías, aguarda las disposiciones del Señor para bendecirlas; entonces, ¡oh Dios mío!, mi alma adora los secretos de tu Providencia amorosa, glorifica tus misericordias y celebra con cánticos de alabanzas los esfuerzos de tu brazo omnipotente y de tu gracia, que, triunfando del pecado, ha conseguido salvar al pecador... Pues tal es, quiteños, la envidiable suerte de casi todos los que gloriosamente murieron por la causa de Quito el 2 de Agosto, y tal la economía con que la misericordia del Señor quiso asegurar la predestinación de tantos hijos suyos.

Si yo me engaño, hablad vosotros hombres caritativos, amigos fieles que no los desconocisteis en sus trabajos, confidentes de sus secretos y testigos de sus más desengañadas resoluciones. Hablad vosotros sombríos y funestos calabozos, testigos de su contrición, de sus clamores a Dios y de sus lágrimas; hablad duros y pesados grillos; hablad cadenas opresoras, instrumentos de su dolor y de   —390→   su pena y testigos de su paciencia y conformidad. Pero más bien, hablad santos del cielo, depositarios de sus oraciones y de sus súplicas, y Vos, Reina de los santos, dulcísima María, dignaos hablar también, pues en tu protección y patrocinio tenían asegurada no tanto su libertad, cuanto la esperanza cierta de hacer feliz una muerte que por momentos esperaban, y entonces no nos quedará motivos de dudar que sus almas, si no logran la dicha de descansar en la Patria celestial, son verdaderamente felices y su muerte gloriosa.

¡Providencia adorable de mi Dios! La muerte de los demás que no tuvieron tiempo de purificarse como los presos y que repentinamente fueron asaltados de su guadaña en las calles y en las plazas, fue la muerte de otros tantos inocentes que murieron sin saber por qué, y esto sólo me consuela. Tú eres el amparo de los que padecen violencia, Tú la permitisteis y no es posible que haya sido para su perdición eterna: todos estos murieron en ese día por la patria, hermanos míos, y en odio en ella fueron sacrificados todos; ved aquí el fundamento de su gloria, ved aquí el motivo de nuestro consuelo.

Sí, quiteños, amar a la patria es virtud; servirla, obligación, y defenderla a costa de la vida y de la sangre, heroísmo de la caridad cristiana, de la caridad que perfecciona a las demás virtudes y que constituye la suma de la moral de Jesucristo y la caracteriza, de esta virtud que no sólo es agradable a Dios cuando la ejercita el cristiano, sino que la recompensa aun cuando la encuentre entre los gentiles. Sí: el amor de la patria, en sentir del angélico doctor Santo Tomás, fue el origen de las bendiciones del cielo a la República romana y el motivo de aquella prosperidad que siempre ha envidiado el resto de la tierra y nunca ha podido igualarla. Pero, ¿qué es morir por la patria? Estirpe gloriosa del celoso Matatías, invictos campeones de Israel, vosotros que sabéis no hay honor más grande, gloria más completa, satisfacción más pura que la de morir por el celo de la ley, por el testamento de vuestros padres, por la salud y prosperidad de vuestros hermanos, decidnos, pues, ¿qué es morir por la   —391→   patria? Morir por la patria es morir por saber estimar la felicidad ajena como propia y despreciar la felicidad propia como inútil, y es morir por hacer a la vida de sus hermanos el sacrificio más recomendable de benevolencia y de justicia. Morir por la patria es morir por defender los derechos del soberano que la gobierna y a quien pertenece, es morir por Dios, cuyo culto santo la felicita y la distingue, y es morir porque vivan todos sujetos a un mismo rey y adoren a un mismo Dios. Es imitar la conducta de Dios, en su Providencia amorosa, es seguir los pasos de Jesucristo en su sagrado Evangelio, es, en una palabra, ser el hombre superior a sí mismo y al resto de los demás hombres.

Defensores gloriosos del estado y de los derechos sagrados del monarca y su corona: ¡qué acreedores sois al honor que tributan los siglos a vuestra memoria! Los que con vuestros descubrimientos y vuestras hazañas habéis sostenido su imperio y extendido su dominación aun más allá de las mares, cuán dignos son vuestros servicios de que la nación no los olvide. Colones, Corteses y Pizarros, España nunca olvidará, y con justicia, los nombres de los que le supieron proporcionar tantas riquezas. Mártires de la religión, dignos sois sin duda de la veneración con que miran los pueblos vuestras adorables cenizas La cristiandad bendecirá hasta la consumación de los siglos el espíritu de fortaleza con que supisteis sostener la gloria de Dios y de vuestros padres y sellar la confesión de su fe con vuestra propia sangre. Héroes todos de la naturaleza y de la gracia, vosotros no os desdeñaréis de colocar a vuestro lado a los inmortales quiteños que lograron reunir en un solo punto todos estos objetos y merecer con su sacrificio triplicada corona. Sí, ellos juraron no reconocer otro Rey ni otro Señor que a Fernando VII más dueño de sus corazones que de España y de las Indias, ellos juraron mantener intacta la religión católica, apostólica, romana que habían profesado sus padres y de quienes la habían recibido como la más preciosa herencia. Ellos, en fin, juraron hacer todo bien posible a la Nación y a la patria. No se desmintieron jamás, el odio   —392→   y la calumnia no han podido oscurecer esta verdad, porque permanecieron constantes en esta confesión, este fue su delito, murieron por esta causa.

Murieron, pues, por ti, ¡oh amable Fernando!, tú sabrás apreciar su fidelidad y adhesión a tu causa y vindicar su nombre de las injurias de tus mismos enemigos. Murieron por ti, ¡oh religión santa!, tú sabrás emplear todos los recursos de tu caridad y los tesoros que el Redentor ha depositado en su Iglesia para el socorro y alivio de sus almas. Murieron por ti, nación española, murieron por seguir tus pasos, por imitar tus ejemplos, por auxiliar tus empresas y por mirar como enemigo propio al que lo era de tu libertad e independencia; tus hijos son estos difuntos hermanos de tus bravos capitanes, de tus héroes. Tiempo es ya... ¿pero de qué? ¿De que tus pirámides y tus obeliscos se honren con los trofeos de los ilustres quiteños? No, los monumentos de la vanidad y del poder son detestables; ellos están sujetos al imperio y a la viscisitud de los tiempos, y el mérito de los héroes que lloramos es superior a todo lo que no es más que tierra. Murieron, en fin, amada patria mía, por aliviar tus penas, suavizar tu opresión y procurar tu felicidad; tiempo es ya de que sólo trabajes en consolarte sobre estas verdades, que rompas los negros lutos y las señales lúgubres de tu viudedad y que arrojes de tu cuello las pesadas cadenas del dolor y la angustia que te ocasionó su muerte: consolamini in vicem in verbis istis. Ella no es digna de llorarse en adelante pues que es la de los defensores invictos del Rey, de la religión y de la patria: consolamini consolamini in vicem in verbis istis.

Y vosotros todos los que habitáis esta compasiva, ciudad, los que sois sus hijos y los que no lo sois, tiempo es ya de que abráis los ojos para hacer justicia a la verdad y acreditar que sois hombres, que pueda más sobre vuestro corazón una funesta experiencia que la preocupación, que una terquedad delincuente no os quiera hacer instrumentos de otras escenas sangrientas, por tener la bárbara complacencia de ver desierta la ciudad, desamparadas las habitaciones, fugitivos sus moradores, vuestros   —393→   propios hermanos despedazados y dominantes, hasta en los últimos ángulos del terror, la angustia, el pillaje, la desolación y la muerte. ¿Queréis tener una vida pacífica y disfrutar de días buenos? Oíd el consejo del Espíritu Santo y practicadlo: Sujetad vuestra lengua, dejad de perturbar a las gentes y de seducir a los ignorantes, dejad de hablar mal de vuestros hermanos y de poner acechanzas a vuestros bienhechores. Prohibe linguam tuam a malo et labia tua ne loquantur dolum. Propended a conservar la paz por medio de la unión y todo estará compuesto. Inquire pacem et persequere eam. Los que no queréis vivir como racionales, sabed que nadie os precisa a tomar partido por la verdad ni alistaros bajo los estandartes de la justicia. Sois libres y podéis tomar vuestro camino a la diestra o a la siniestra, pero sin perjudicar a nadie como-Abrahán; retiraos, si queréis, de esta pecadora ciudad, como el inocente Loth, pero sin incendiarla ni inflamar a sus habitantes, pues disfrutar las ventajas y las comodidades de la sociedad y no desempeñar las obligaciones que ella impone, es una monstruosidad detestable.

Vosotros también, venerables padres y hermanos míos, ministros de la paz y de la reconciliación, abrid vuestros compasivos ojos, acercaos a ese sepulcro sobre el cual habéis ofrecido al Dios vivo la hostia sacrosanta de nuestra redención, levantad la lápida que cubre esas sangrientas y desgarradoras víctimas y mirad, mirad bien. Esa es obra de las pasiones, ese es el fruto de la discordia. Acordaos que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, que no se complace en la perdición de los hombres, es el mismo que adoramos nosotros y a quien predicáis, que la dependencia y fidelidad al Monarca, no es un ídolo profano a quien se debe honrar con sacrificios de carne humana; que toda potestad viene de Dios, no para la destrucción, sino para la edificación y felicidad de los mismos sobre quienes se ha concedido. Acordaos, en fin, que vuestro ministerio es el de curar las heridas como el samaritano, y no el de exasperarlas, el de unir y consolidar lo roto, no el de romper y despedazar lo que ha unido pacíficamente debería ser la mayor gloria de vuestro sacerdocio y el consuelo de vuestro apostolado.

  —394→  

Y vosotros, mártires de la patria, descansad ya en el lugar tranquilo del reposo que piadosamente creemos os ha tocado en suerte, superiores a las injurias del tiempo, a los arbitrios del odio y a los tiros de la maledicencia. Nosotros no olvidaremos jamás vuestros servicios, y vuestro nombre será siempre respetable hasta las generaciones futuras. La posteridad, más justificada tal vez y mejor instruida que la edad presente, recomendará vuestro mérito a los que nacieren, y vuestra muerte será el objeto de la emulación de todas las almas nobles que aspiren a cubrirse de gloria. Entre tanto, nosotros regaremos con nuestras lágrimas vuestro sepulcro, dejando grabado sobre él, para nuestro consuelo, el elogio que tributó la santa Escritura al inmortal Eleazar: dedit se ut liberaret populum suum ut acquireret sibi nomen æternum. Ellos se entregaron a la muerte por defender y libertar la patria, y han adquirido un nombre eterno. Así lo deseamos.

O. S. C. S. R. E.