Querellas decimonónicas: Concepción Gimeno de Flaquer y las mujeres de regia estirpe
Ana María Díaz Marcos
La querella de las mujeres fue un «complejo y largo debate filosófico, político y literario»
(Rivera Garretas 27) que se desarrolló en Europa a lo largo de varios siglos1 durante los cuales se discutió sobre la supuesta «inferioridad natural»
de las mujeres. Esta controversia se supone finiquitada en el siglo XVIII2 pero lo cierto es que todavía presentaba poderosas resonancias un siglo más tarde. El debate decimonónico sobre la cuestión femenina transformó de manera radical las implicaciones temáticas de esta larga e intensa polémica (Kelly 6) y, según esto, la antigua querella conforma la base ideológica del feminismo histórico al que aporta no solo un amplío repertorio discursivo sino también numerosas estrategias para la reivindicación feminista. Margarete Zimmermann ha subrayado que el historicismo (en vez del retoricismo) es un rasgo inherente a esta polémica que tuvo numerosas variaciones e imitaciones (31) hasta entrado el siglo XX y, de hecho, la «cuestión feminista» decimonónica no hizo sino reavivar el espíritu del antiguo litigio entre los sexos en un marco de activismo civil y no exclusivamente intelectual, como ejemplifica el caso de las sufragistas inglesas.
Lo que había empezado siendo un discurso misógino se convirtió en «querella» cuando los escritores favorables a la mujer empezaron a responder a esos escritos que proclamaban la incuestionable superioridad masculina. La disputa se agudizó al incorporarse las mujeres al debate con objeto de defender su posición. La obra de Christine de Pizan La ciudad de las damas (1405) inaugura una larga tradición en la historiografía feminista al dibujar un espacio urbano habitado por grandes protagonistas del pasado que supone un tajante contrapunto a la literatura misógina que desestimaba el potencial de las mujeres. Las voces feministas de la querella supieron aprovechar el hecho de que las mujeres habían sido diligentes gobernantes y utilizaron el ejemplo histórico para proponer su visión alternativa de la «verdadera naturaleza»
de estas vinculándolas al poder y a la razón (Kelly 21). En el ámbito español la tradición apologética tuvo menos arraigo que la misógina, aunque existen textos muy representativos como el Libro de las virtuosas é claras mujeres de Álvaro de Luna, el Tratado de las virtuosas mujeres de Diego de Valera o El triunfo de las donas de Juan Rodríguez de Cámara. Ya en el siglo XVIII sobresale el discurso del padre Feijoo «En defensa de las mujeres» incluido en el primer tomo de su Teatro crítico universal (1726) donde se destacaba que «ocurren tantas mujeres de heroico valor, y esforzada mano, que en tropel se presentan en el teatro de la memoria»
(30). Lo cierto es que, si comparamos con la vecina Francia, en la península no solo hubo menos apologías sino que muy pocas mujeres participaron en la disputa3. Un hito tardío lo constituye sin duda el «Discurso en defensa del talento de las mujeres» (1786) de Josefa Amar y Borbón que argumenta de forma convincente sobre la necesidad de educar a la mujer al tiempo que defiende el talento natural del sexo. Esta escritora apoya su estrategia discursiva en dos ideas: que las reinas habían resultado ser excelentes gobernantes y que la valentía no era patrimonio exclusivo de los hombres. Su argumentación reitera el tópico de las mujeres ilustres al aportar una nómina extensa de mujeres audaces y notables al tiempo que se esfuerza en negar la diferencia sexual que adscribe la cualidad de la hermosura a la mujer (el bello sexo) frente al valor de los hombres (los machos aguerridos):
| (151) | ||
Esta cita ilustra a la perfección cómo la querella generó un reiterado y persistente tópico literario feminista que va a circular ampliamente hasta el siglo XX: el listado de mujeres ilustres (reinas, santas, heroínas o damas notables) como argumento irrefutable de la capacidad intelectual femenina y de su aptitud para tareas más complejas y elevadas como la política o el gobierno. La tradición apologética que Marc Angenot denomina «les champions des femmes»
(los adalides de las damas) se remontaba al mundo clásico (Moralia de Plutarco, por ejemplo) y contaba con textos emblemáticos como De claris mulieribus (1361) de Boccaccio pero, además, constituía una herramienta eficaz (el exemplum) para impulsar el proyecto feminista dando a conocer una geneología matriarcal y una saga inmemorial de mujeres ejemplares: la «gran turba de las que merecieron nombres»
(78) como las denominó Sor Juana Inés de la Cruz en su Respuesta a sor Filotea a finales del siglo XVII. Estas biografías de mujeres notables fueron sin duda un género en auge en la Europa decimonónica4 y Pilar Sinués, por ejemplo, había publicado nueve volúmenes de una Galería de mujeres célebres. Estas publicaciones documentan que existía un interés específico de las lectoras por las semblanzas de mujeres notables del pasado, como muestra la publicación de esbozos biográficos de figuras como Safo, Sor Juana Inés de la Cruz o Santa Teresa de Ávila en revistas ilustradas y publicaciones femeninas del momento (Kirkpatrick 326)5. Esta predilección de las escritoras decimonónicas por las vidas de damas ilustres responde no solo a la necesidad de justificar el talento de la mujer con ejemplos de excelencia femenina sino que permitía también establecer conexiones explícitas entre esas vidas pasadas y el movimiento de mujeres del presente haciendo visibles los cambios que era preciso implantar. La acción de mirar al pasado en busca de una genealogía de madres simbólicas contribuyó notablemente al desarrollo del feminismo histórico:
| (Gordon, Buhle 4, mi traducción) | ||
Los ensayos históricos de Gimeno de Flaquer6 beben precisamente de esa tradición apologética y biográfica de mujeres célebres en la que se apoya para alzar una airada voz feminista que denuncia el sometimiento de la mujer y los prejuicios contra el sexo. Sus ensayos Mujeres de la revolución francesa, Mujeres: vidas paralelas, La mujer juzgada por una mujer, Madres de hombres célebres y Mujeres de regia estirpe ilustran el esfuerzo de la autora por recuperar una extensa lista de eximias mujeres de todos los tiempos (las «madres de la patria») para reclamar su puesto en la historia, llevando a cabo una empresa intelectual comprometida que se centra en la existencia de la mujer y busca rescatarla del olvido. La narración histórica se convierte así en una herramienta feminista que permite a la autora celebrar los logros de las mujeres del pasado, impugnar los argumentos que rebajaban al sexo e inspirar a la mujer objetivos más elevados ampliando su campo de acción. Se utiliza así la estrategia de mostrar mediante ejemplos históricos la verdadera naturaleza del sexo poniendo de evidencia que las mujeres en el pasado habían sido capaces de educarse, de gobernar y de ejercer un patriotismo activo.
El primer capítulo de la obra de Gimeno Mujeres: vidas paralelas propone una lectura de la teogonía clásica y azteca al estudiar los mitos de Minerva y Xochiquetzal, divinidades asociadas a la inteligencia y las bellas artes, para establecer una especie de «marco poético» para este compendio de biografías femeninas insistiendo en que incluso en culturas marcadamente misóginas existe una valoración de la mujer a nivel mítico-poético. Gimeno convierte esta idea en un argumento pro-feminista al interpretar este tipo de deidades como ejemplo de una valoración efectiva de la mujer: «En la teogonía griega, como en la azteca, la mujer tiene buena representación: tal importancia concedida a la mujer mítica revela respeto a la mujer real»
(11). Semejante idea puede parecer un tanto ingenua ya que supone una interpretación literal de la mitología pero la referencia a deidades femeninas en una cultura patriarcal en la que la mujer «real» gozaba de un estatus de segunda fila constituía un buen pilar para sostener un encuadre alternativo y, por esa razón, el libro se abre con la semblanza de dos deidades intelectuales provenientes de ambos lados del Atlántico, estableciendo un soporte mítico-feminista para el estudio histórico posterior de las damas ilustres. De esta forma el prestigio de esas dos diosas anticipa el tono general del libro que recupera y destaca el valor de numerosas mujeres que fueron capaces de superar el obstáculo central de su existencia: estar destinadas a ser un personaje subalterno en la historia contada y manejada por los hombres. En esta obra Gimeno estudia a las mujeres por parejas con el fin de subrayar las coincidencias, como en el caso de las cultas Aspasia y Safo, pero también su contraste como ocurre al mencionar las diferencias entre la esposa y la amante de Marco Antonio: Octavia y Cleopatra. Es significativo que cuando Gimeno analiza la oposición entre ambas utiliza en principio el paradigma misógino tradicional que se limita a representar a la mujer como ángel o demonio, santa o puta, vestal o sirena: «Cleopatra y Octavia ofrecían gran contraste: la egipcia era astuta, altanera; la romana humilde, candorosa. Casta como Diana, púdica como una vestal, la mujer del triunviro, lasciva como Venus, la sirena que habría de fascinarle»
(Mujeres: vidas 97). No obstante, a la hora de comparar sus atributos, Gimeno incide en los rasgos positivos de ambas y en aquellas características que pueden contribuir a resaltar positivamente la figura de la última reina de Egipto, llegando a defender el triunfo de la egipcia sobre la romana en el corazón de Marco Antonio al presentar a la primera como una mujer sofisticada y culta que hace sombra a su doméstica rival:
| (98) | ||
En sus ensayos históricos Gimeno estudia diferentes mujeres de todas las épocas y países pero hay un predominio abrumador de mujeres europeas y, además, se encomia especialmente el «heroísmo de las mujeres de raza latina»
(Evangelios 79) lo que la incita a trabajar con singular ahínco en una narración de la historia de España que destaca la acción de las mujeres desdeñando los prejuicios misóginos y, en este sentido, aparecen en sus ensayos multitud de figuras históricas peninsulares:
| (Evangelios 73-74) | ||
Esta extensa nómina busca convencer de la actividad de las mujeres a lo largo de la historia contribuyendo a demostrar que en rigor no podía hablarse de excepcionalidad. Gimeno disentía así de las propuestas que sugerían que la heroicidad femenina era una aberración de la naturaleza y una desviación de la feminidad al uso: «los monstruos de talento y sensibilidad, las grandes mujeres Proteos como Teresa de Cepeda y Concepción Arenal, que fueron a la par santas y sabias, hombres superiores por el cerebro, mujeres admirables por el corazón, no llegan a media docena en la historia»
(Santacruz 81). Este énfasis en la «monstruosidad» de esas mujeres notables era un recurso que permitía estigmatizar cualquier síntoma de ambigüedad sexual por considerarlo una aberración que atentaba contra el paradigma sexual establecido7 como planteaba Gregorio Marañón en Tres ensayos de la vida sexual (1926) donde se ponía de manifiesto que estas mujeres, en realidad, no eran tales sino seres «anormales» en quienes prevalecían los rasgos del sexo masculino:
| (102) | ||
Gimeno, por el contrario, calificaba de errónea semejante marcación de género y postulaba que el valor también era patrimonio de las mujeres. Al mismo tiempo, exaltaba la feminidad de estas protagonistas de la historia, razonando que, salvó excepciones, todas ellas eran mujeres que exhibían virtudes «masculinas» y, en este sentido, describe a María Teresa de Austria como una «mujer templada para todo lo grande, alma vigorosa, viril»
(Mujeres de regia 122) y considera que Catalina II de Rusia poseía «una virilidad de carácter, un vigor de espíritu igual al de Catalina I»
(ibíd. 131). En este sentido toda mujer notable albergaba ciertas cualidades «viriles» históricamente asociadas al otro sexo, lo que venía a probar que no eran en realidad exclusivas de este sino que habían sido atribuidas a las gestas masculinas y a los protagonistas de la historia mientras que se omitían las acciones gloriosas de la mujer quien, no obstante, era capaz de idéntica valentía, patriotismo y entusiasmo ya que «el heroísmo, el genio y el alma no tienen edad ni sexo»
(Mujer española 148). Gimeno en sus ensayos apenas establece excepciones a esta idea y menciona únicamente dos personajes históricos que no considera verdaderas «mujeres» sugiriendo una visión de estas como seres andróginos: Isabel de Inglaterra en quien «se encuentra al estadista, al diplomático, al guerrero, nunca a la mujer»
(ibíd. 59) y Cristina de Suecia por tratarse de «una mujer dotada de alma masculina»
(ibíd. 95). Resulta significativo que se trate en este caso de una reina inglesa y otra nórdica porque la ensayista nunca cuestiona la feminidad de las numerosas reinas españolas. El esfuerzo por no atentar contra las barreras de género para efectuar una tarea feminista posibilista se hace palpable en las palabras de la autora que absuelven al feminismo negando que este implique la guerra sexos o sea síntoma de indefinición sexual en la mujer: «No es el feminismo, como creen los impugnadores que no lo han estudiado, una guerra declarada a los hombres por algunas viragos o marimachos, Herodes con faldas o vírgenes fuertes, como se dice hoy por eufemismo»
(Mujer intelectual 265)
En el ensayo Mujeres de regia estirpe se produce un diálogo entre el pasado y el presente históricos ya que los modelos de excelencia suponían un argumento poderoso para impulsar los derechos de la mujer de forma que la historia pretérita legitimaba la lucha feminista del presente vinculando de manera efectiva el fluir temporal. No es casual, por tanto, que Gimeno realice varios esbozos biográficos encomiásticos de Isabel la Católica, una figura que sobresale en esa galería de grandes mujeres y cuya personalidad se relaciona intensamente con el valor y el poder pero también con ideales femeninos tradicionales asociados a la devoción, la maternidad y el matrimonio. El personaje de la reina Isabel permite subrayar una unión entre religión y monarquía que se ve positiva para la nación ofreciendo un retrato histórico que aúna ideales imperialistas y pro-católicos identificados con nociones de progreso, moralidad y patriotismo. Se hace palpable en los textos una visión nostálgica de la pretérita grandeza imperial:
| (Mujeres de regia 36) | ||
La figura de Isabel la Católica permitía recobrar gestas gloriosas en las que se buscaba el impulso para sacar a la patria del abatimiento. Esta querencia por la figura de la reina católica no era atípica pues en esa época se ensalza con frecuencia su figura8. En Mujeres: vidas paralelas Gimeno esboza semblanzas biográficas de Isabel la Católica y María de Molina considerándolas prototipos por excelencia de grandes gobernantes:
| (186-187) | ||
La historiadora reconoce la singularidad de estas mujeres y encuadra sus retratos dentro de una larga tradición de literatura encomiástica que subraya lo que hay de extraordinario en el comportamiento y el talento de unos personajes que se distinguen del resto de sus congéneres, como ella misma admite al subrayar que estas dos reinas poseían «una fuerza moral que las libró siempre de las debilidades que aquejan a las demás mujeres»
(Mujeres: vidas 187). Esta idea de que existe una debilidad femenina intrínseca documenta una fisura por la que se cuelan algunos elementos interiorizados del discurso patriarcal y resulta especialmente llamativa si se tienen en cuenta las numerosas ocasiones en que Gimeno rechazó que la debilidad fuera una característica de la mujer por considerar a esta el prototipo perfecto de sexo fuerte capaz de regenerar a la sociedad y la nación:
| (Mujer juzgada 76, mi énfasis) | ||
Esta fluctuación pone de manifiesto el conflicto que se crea en la conciencia de Gimeno como resultado de la imposibilidad de armonizar las asunciones patriarcales y los deseos de conseguir autonomía y emancipación para el sexo (Lerner 13). Es cierto también que, a pesar de hacer alusión a la supuesta excepcionalidad de ambas reinas, la acumulación reiterada de personajes históricos femeninos, gobernantes y heroínas viene a demostrar justamente lo contrario: que esos rasgos «viriles» de la personalidad eran predominantes al menos entre las mujeres de estirpe regia que habían tenido acceso a la educación y cuyo poder y prestigio resultaban inherentes a su posición. La reina Isabel la Católica es presentada como una «gran conquistadora y descubridora»
(Mujeres de regia 37), mujer instruida, amante del progreso e impulsora de una política imperial, protectora de la cultura y representante de un modelo femenino en el que se superponen planos y tareas ya que es capaz de compatibilizar «el cetro, la espada y la aguja»
(Mujeres: vidas 190) lo que implica una acumulación de funciones y no un indicio de anormalidad, como suponían Marañón o Santacruz que veían en este tipo de mujeres notables al monstruo andrógino. Gimeno, por el contrario, propone que «Isabel era muy mujer [...] en su tienda de campaña se encontraba el tríptico ante el cual oraba y labores femeninas. Poseía ciencia de gobierno, gran golpe de vista para los asuntos diplomáticos, genio organizador»
(Mujeres de regia 41) y esta descripción la vinculaba con la habilidad política y la facultad de mando pero también con la devoción y la domesticidad, en este sentido la descripción física de Isabel encarna un ideal de feminidad pujante y poderosa que aúna los ideales de gracia -más duradera que la belleza- y músculo -frente a la cacareada debilidad femenina- como se pone de manifiesto en la cita que Gimeno ofrece entrecomillada y procedente del retrato de un historiador: «La indecible elegancia de sus formas no parecía cosa de la tierra: tras de La flexibilidad de aquel gracioso cuerpo se ocultaba la insólita fuerza de sus músculos y la majestad sola de su porte»
(Mujeres: vidas 191, mi énfasis). Esta unión de gracia y músculo permitían configurar un modelo femenino transgresor y pujante delimitando «un concepto de mujer que combina destreza moral, física y mental pero mantiene al mismo tiempo una feminidad inexpugnable»
refutando así la creencia de que las mujeres excepcionales eran masculinas (Bieder «Women» 32, mi traducción).
Gimeno se mostró contraria a la Ley Sálica que hacía prevalecer los derechos hereditarios de los hombres (Mujeres de la revolución 20) y su ideología monárquica se hace presente en su reiterada referencia a miembros de las casas reales europeas del momento, subrayando con frecuencia la popularidad y ascendencia que tienen sobre sus súbditos. Resulta destacable que la ensayista presente toda una serie de mujeres coetáneas de sangre azul que se identifican con ideales artísticos y estéticos, haciendo alusión a su mecenazgo de las artes o al ejercicio de estas. Esta técnica permitía no solo retratar a las mujeres de regia estirpe como artistas sino que también actuaba en la dirección opuesta confiriendo autoridad a las mujeres letradas al presentar el talento como indicio de estatus: «la corona del genio vale más que una corona imperial»
(Mujeres de regia 198). En este sentido es relevante que Gimeno de Flaquer dedique varias páginas a resaltar la labor literaria de mujeres como la princesa Ratazzi, Isabel de Rumania o Paz de Borbón9 destacando los múltiples intereses de un buen número de contemporáneas suyas:
| (Mujeres de regia 199-200) | ||
En sus ensayos Gimeno de Flaquer asocia a la monarquía en general y a los Borbones en particular con nociones de modernidad, progreso y feminismo. La autora dedicó su ensayo La mujer española al rey Alfonso XII comentando que el monarca saluda la «bandera de progreso que ha de regenerar a la mujer»
(5), vinculando así el lustre monárquico con los ideales feministas con el fin de reforzar y dar prestigio a la causa. En Mujeres de regia estirpe se ofrece una semblanza de las mujeres de la monarquía española del período: las infantas Isabel, Paz, Eulalia y María Teresa de Borbón, así como las reinas María Cristina y Victoria Eugenia. Todas ellas aparecen retratadas como mujeres cultas y protectoras de las artes destacándose el talento de las infantas y su labor de apoyo a la cultura. La escritora dedica también a la infanta Eulalia de Borbón su breve ensayo El problema feminista, comentando que fue una de las asistentes a la conferencia10, una estrategia textual que le permitía afianzar su proyecto feminista al presentarse este auspiciado y favorecido por una mujer de la realeza española: «Al tener S. A. la feliz idea de honrar con su presencia mi disertación en el Ateneo, asociándose entusiásticamente a la manifestación feminista, demostró que su elevado espíritu se halla abierto a los modernos ideales»
(4). De la infanta Paz de Borbón -hermana de Eulalia- destaca también su cooperación activa con el «centro de cultura femenina que ha establecido en Madrid la Unión Ibero-Americana»
(Mujeres de regia 205). Estas dedicatorias al monarca junto con las alabanzas dirigidas a mujeres de la familia real constituyen una estrategia narrativa que busca autorizar la causa de la mujer a través de apoyos respetables e ilustres, algo que funcionaba como un magnífico antídoto frente a las acusaciones de «agitación feminista» o «marimachismo» que se dirigían con tanta frecuencia al movimiento feminista:
| (Revilla 459-460) | ||
En este sentido las figuras monárquicas de infantas como María Teresa de Borbón -la hija de Alfonso XIII- le sirven a la autora como ejemplos sobresalientes del feminismo sensato que ella había propuesto repetidas veces: «Plácele a María Teresa el nuevo carácter que ha tomado el feminismo, desprendiéndose de excentricidades, haciéndose sensato, sano, moralizador»
(Mujeres de regia 233). Las mujeres de la realeza europea del momento resultaban muy útiles a la hora de esbozar una imagen de mujer moderna cuya feminidad era incuestionable como consecuencia de su estirpe regia, posición privilegiada y selecta educación. Infantas y princesas se convertían así en emblemas del feminismo femenino promovido por la autora. Esta vinculación del prestigio monárquico y el movimiento feminista no era fortuita y en su última novela Una Eva moderna la protagonista expresa su rechazo ante la actitud de histerismo de las sufragistas inglesas que habían pasado a la movilización radical. Gimeno, por el contrario, prefería recurrir a maniobras narrativas sutiles por estar convencida de que «para que se acepten los nuevos ideales deben rodearse de respeto»
(7). Las prolijas galerías de mujeres de regia estirpe del pasado y del presente retratadas en sus ensayos le permitían precisamente infiltrar un aura de respeto a la causa de la mujer con el propósito de prestigiarla y defenderla de los ataques y prejuicios anti-feministas.
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