Recuerdos de la infancia [fragmento]
Sor Úrsula Micaela Morata
Por haberme mandado mi padre espiritual en virtud de santa obediencia que escribiese mi vida, lo pongo por obra con harta confusión mía. Sea todo para mayor gloria de nuestro Dios y Señor y su santísima Madre. Que en su día empiezo mi mortificación, ¡y no pequeña para mí!, en haber de decir las misericordias que mi Dios ha hecho y hace a la más ingrata de las criaturas, de cuantas ha criado.
Nací el año de 1628 día de santa Úrsula que es el 21 de octubre.
Siendo de edad de tres años cuando murieron mis padres, que en tres días murieron los dos, el día de la Ascensión, que fue el que murió mi madre. Al otro día llevándola a enterrar, después me salí a un corredor. Fatigábame el hambre y juntamente me hallaba con un desamparo y soledad de todas las cosas creadas, que no tuve ánimo de pedir nada. Alcé los ojos al cielo y movida de una fe y confianza tan grande, que no me es posible saber explicar, pues me hizo decir en voz alta: Dios mío, yo tengo hambre y mi madre se ha muerto y no tengo a quien pedir pan. Tú eres mi padre y mi madre y todo mi bien. En ti tengo mi consuelo, que ya no tengo nada en la tierra: ¡dame pan, Dios mío!
No faltó quien me estuviese escuchando, sólo recuerdo que me tomaron en brazos y me llevaron a mi hermana la mayor. Y todos los de la casa celebraban mucho lo que habían oído. Yo me afligí mucho y comencé a llorar hasta que me hubieron de dejar. Diéronme muchas cosas, así de dinero como de comer. Todas las repartí y como tenía mi corazón tan poseído de mi Dios no quería cosa de la tierra.
Siendo de esta misma edad -tres años-, de allí a unos pocos días después de la muerte de mis padres, llevándonos a una heredad de una prima mía, pasóme lo siguiente: Estando a las tres de la madrugada sentada al pie de una cruz que está enfrente de la ermita de san José de la ciudad -Cartagena-, con unos sobrios míos, aguardando a mis hermanas para proseguir el camino, yo, llevada del cariño de mi madre, alcé los ojos al cielo, que hacía hermosísima luna; vi a una Señora de extremada belleza, que no me es posible declarar con palabras su hermosura. Venía por el aire con los brazos abiertos queriéndome coger con ellos. Yo, como criatura ignorante de lo que veía, comencé a gritar y a decir que si veían a mi madre como yo la veía: que a mí me pareció que lo era. Mas no fue sino la Madre de Misericordia que venía a tomarme por su hija y a hacer su oficio de madre, pues desde luego comencé a serlo dándome inteligencia de cómo me había de portar en semejantes ocasiones. Hube de callar y no decir nada. Y entonces dije que no hiciesen caso de lo que decía, que las nubes me debían parecer que era mi madre. Dióseme entonces conocimiento de lo bueno y de lo malo, y desde esta edad tuve uso de razón.
Siendo de edad de cuatro años tuve una enfermedad de la que estuve muy a las últimas de mi vida; diome un paroxismo que estuve, a mi entender, sin sentidos veinticuatro horas poco más o menos. Lo que en este tiempo gozó mi alma no es posible declarar; más diré algo de lo que alcanzare con mi corta capacidad. Halléme en una inmensa claridad y luz divina, que sin ofrecerme objeto o imagen alguna a la vista gozaban las potencias y sentidos, que a mi parecer parecía estaba ya en la gloria. Diéronme inteligencia de aquel ser divino de mi Dios, cuán digno era de ser amado, cómo había de aborrecer todo lo que no era Dios y conocimiento de las cosas de esta vida miserable, cuán engañosas y falsas, pues sólo había de poseer mi corazón mi divino Esposo y no había de haber otro amor de criaturas en él. Volviéndome en mis sentidos, tan alentada me reconocí, que no me parecía había tenido mal. Sentéme en la cama y comencé a decir a una hermana mía que estaba muy afligida por la muerte de mis padres: que el verdadero padre era Dios, que a Él sólo habíamos de tener en el corazón, quererlos en Dios y por Dios. Saquéle algunos ejemplos para su consuelo. Quedáronse admirados de ver lo que les decía, conociendo no era mío, sino enseñado de la divina sabiduría. Quedó mi corazón tan despegado de las criaturas y de todas las cosas de la tierra, que, las veces que me he dejado llevar de mi natural amoroso y amigo de dar gusto, me lo ha hecho pagar como se verá en lo que fuere diciendo.
Siendo de seis años, viniendo yo un día de la labor, que era a las oraciones, al entrar en casa vi una nube muy hermosa y en ella a su divina Majestad crucificado. Y como le veía con los ojos corporales tuve miedo de entrar sola. Llamé para que bajasen por mí, mas no dije nada de lo que había visto, que, como estaba advertida de la Virgen, mi madre y señora, que había de callar, observaba el precepto y mandato. Diome su divina Majestad a entender en esta visión cuán crucificada había de estar con Él en la cruz y el camino de trabajos y penas, como mi Esposo fue. Quedóseme estampada la imagen del Cristo mi Bien, en mi corazón. Diéronme grandes ansias de padecer y hacer penitencias, mas como no había de tener capacidad, ni ahora la tengo, que habría en tan pocos años, callaba mis deseos y no los ponía en ejecución ni decía nada a nadie.
Mas su Majestad, viendo mi tibieza y cuán mal correspondía a las finezas de su amor dejándome llevar de mi mal natural soberbio y colérico, que si tan deprisa no me daban lo que pedía tiraba lo que tenía en las manos, mas nunca he tenido ánimo de hacer mal a nadie, porque por otra parte soy compasiva y más siento el padecer ajeno que el mío. También me dejaba llevar del apetito del gusto, pero más amargo me era la mortificación y padecer interior que me quitaba el habla, que parecía que me estaba ahogando.
Me hacían remedios, entendiendo que era mal natural y no lo era; mas yo no deba de conocer que era castigo de mi poca mortificación, que siempre que me dejaba llevar de mi mal natural y del apetito de comer lo pagaba de contado.
Desde esta edad de seis años empecé a ayunar las cuaresmas, además de los viernes y sábados y las vísperas de nuestra Señora, y los viernes santos a pan y agua. El primero que ayuné me desmayé, y pensaron que era del ayuno, y no lo fue, sino de lo que me apasioné de un sermón de la Pasión que oí que me traspasó el corazón de dolor y lo tenía tan poseído, que no pude comer sino unos pocos bocados de pan, y ésos a ruegos de una hermana mía, que fue la que me crió y tuve siempre en lugar de madre, que no lo fue sólo en lo temporal, sino en lo espiritual. Queríame mucho, mas me quería santa.