«Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández» de Josefina Manresa
Concha Zardoya
Estos recuerdos que Josefina ha escrito con tanto amor y dolor, me proporcionan -hablo por mí misma y no por los demás biógrafos de Miguel Hernández- algunos detalles que ignoraba y complementan otros. La realidad humana y ambiental que rodeó al poeta en Orihuela y en Cox, se enriquece y cobra mayor «credibilidad» para el lector que quiere encontrarse con el hombre en su mundo primigenio. A través de estos veinticuatro capítulos emerge la intrahistoria, no embellecida artísticamente por un Gabriel Miró o un Azorín, sino vivida desde dentro: hábitos religiosos, fiestas, costumbres, comidas, modismos idiomáticos, calles, atisbos del paisaje, etc. Al ir trazando la historia de sus relaciones, de su noviazgo y de su matrimonio con Miguel Hernández, Josefina menciona los lugares por donde paseaban o se hablaban, los juegos y «ritos» que se inventaban, las casas en que vivieron, ilustrando lo que cuenta con citas poemáticas o fragmentos de cartas en donde queda constancia del recuerdo. Conmueven estas memorias que transparentan profunda devoción y melancolía, el estado de ánimo de la que fue única novia y esposa -por breve tiempo- del gran poeta oriolano. Refiriéndose a una rosa que fueron deshojando, nos dice: «Hace poco encontré en un sobre de sus cartas un pétalo de aquéllos, y ahora era yo quien lo volvía a besar y lo guardo como verdadero recuerdo»
(I, 14)1.
El libro contiene matices que sorprenden al biógrafo, aunque carezcan de importancia, porque ayudan a ambientar el trasfondo de la infancia y juventud hernandianas: lo que le gustaba comer, cómo escribía apoyado en el tronco de la higuera de su huerto, su amor por la Naturaleza y los animales, etc. Y su historia amorosa, desde que comienza, ya parece augurar pena y dolor. «Lo pasábamos muy poco tiempo juntos»
(I, 14) -confiesa
Josefina. Casados, les ocurrió lo mismo, separados por la guerra y por la cárcel.
Nos hallamos, pues, ante una historia de amor trágico u hay que leerla con extremo respeto. Podrá haber ingenuidad en el relato, pero nunca cursilería. La sinceridad y la autenticidad le confieren un valor de documento humano y biográfico, valioso por sí mismo: con sus pequeños y grandes disgustos causados por las separaciones, la ternura de tos de Miguel, las mutuas fidelidades...
No tratamos de presentar aquí una obra recuerdos dejados por una vida trágica. No es una pieza artística, sino un documento vivencial e intrahistórico que hemos de leer con respetuosa atención. Documento, sí, que rezuma tristeza y que nos conmueve con frecuencia y, a veces, hasta el punto de las lágrimas. Porque el poeta Miguel Hernández vuelve a aparecer «vivo» ante nosotros, desde niño hasta que muere. Y nos es presentado no con un estilo sentimental o sentimentaloide, sino escueto, pudoroso, humilde, sin alardes amatorios ni exageraciones románticas. Ya le decía el poeta a Josefina en el soneto de El rayo que no cesa: «Te me mueres de casta y sencilla...»
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La narradora, en ocasiones, hace uso de la repetición para subrayar pormenores biográficos e intrahistóricos: es una de las pocas formas enfáticas empleadas en el libro. No solo reconstruye su autobiografía en relación con su familia y con Miguel, sino que nos habla de los familiares del poeta, en pequeñas escenas, con pequeños detalles, con claras pinceladas de la vida cotidiana, con un estilo un tanto barojiano, cerca de lo lírico o de la rudeza naturalista. He aquí un ejemplo y paisajístico:
«Una calle cuesta arriba, con su acera de casa bajas a la derecha, y al fondo la sierra, y a la otra parte, con sus agresivas piteras y chumberas repletas de higos verdes, otros amarillos con su corona y malas intenciones».
(XI, 85)
«El fuerte viento nos adelantaba el paso, y el paisaje de palmeras siempre en compañía por aquellos campos y sierras que tantas veces pasó Miguel con sus carpetas y por donde se marchaba a su pueblo».
(XI, 86)
(Se trata de Cox y del camino que va a Orihuela)
En el libro hay también síntesis biográficas de gran vivacidad, en pocas palabras no exentas de fuerza observadora. Así describe al padre de Miguel: «Yo lo recuerdo un hombre serio, con algo de amargura, y muy formal»
(II, 27). El retrato de Paca -mujer que fregaba los suelos del cuartel en Orihuela- parece el de un personaje barojiano.
Intercala en su relato escenas contadas por gentes de Orihuela y de Cox, y aun de otros lugares. Son historias que acaso también escuchó Miguel. En este «retablo» popular destacamos la última noche del siglo XIX, vivida y contada por Filomena. El fondo trágico del libro se «anima» con estos cuentecillos mínimos, llenos de color algunos y de miseria, otros.
Sorprendentemente, Josefina Manresa posee una aguda conciencia de lo que está haciendo como escritora y, meditando, hasta se autocritica: «No sé por qué, a veces la imaginación se empeña en concentrarse en cosas que parecen simples y que carecen de interés»
(X, 83). Pero también emite su opinión sobre conciudadanos con no menos justeza: «Son gentes en este pueblo muy auténticos en los recuerdos y conmemoraciones. Son fisonomistas, con sus refranes propios, y matemáticos. Son dispuestos y con su lengua van a Roma»
(X, 83).
Josefina Manresa posee una segura memoria para recordar el color y el estilo de los trajes, anécdotas y canciones (82, 86, etc.) que, pintando la intrahistoria de Orihuela y de Cox, al mismo tiempo rompen el patetismo y la tristeza - sus hambres, miserias, asesinatos, prisiones, muertes, etc. Son contrapuntos costumbristas que permiten respirar al lector, acongojado por cuanto va leyendo. La vida colectiva emerge con gran vigor por los acertados o pintorescos comentarios de la narradora: la fábrica de seda y el taller de modista en que trabajaba, labores agrícolas, el pastoreo, otros oficios. Hay frases que casi asombran por su hondo psicologismo. Escribe Josefina: «¿Qué sabe cierta gente lo que es la sensibilidad de una persona y un espíritu herido»
(V, 49). Y otra sentencia: «Y como la pobreza es la creación de la inocencia»
(V, 51). Es la pobreza que Miguel conoció «y que tanta huella dejó en su ser»
(V, 49).
He aquí un fragmento de un inolvidable cuadro de costumbres que viene a recordarnos al Lazarillo de Tormes. Hablando de su abuelo-niño, cuenta lo siguiente:
«El pan lo pesaban y si tenía menos del kilo le añadían hasta llegar a él, y si pasaba le cortaba el que sobraba. Mi abuelo dice que iba diciendo por el camino: 'Señor, que me entre torna'. Y si le entraba torna se sentaba en cualquier portal y se la comía poniendo la otra mano debajo, amparando las migas que caían, para que no se desperdiciaran».
(V, 50)
Junto a la biografía de Miguel y de su familia, se va haciendo el autorretrato de Josefina, desde su infancia -aunque empezando con el comienzo de sus relaciones amorosas- hasta el momento en que escribe estas memorias. Vemos su carácter, su orgullo y su timidez, sus acciones, la historia dolorosa de su amor y de su propia familia, la pérdida del primer hijo, los males de la guerra y de la paz... Sobre sí misma da esta explicación, escueta y graciosa, tanto como sería: «Ya que para pedir favores siempre ha sido más corta que las mangas de un chaleco»
(XX, 152).
En cuanto al lenguaje, hay formas levantinas populares que interesan al lingüista y al lexicólogo: «estericia»
(III, 34) por ictericia, «pescatero»
(XIV, 115) por pescadero, «la creciente»
por levadura, «aguacate»
(nombre que en Orihuela se da a los nísperos), etc.
La estructura temporal de la obra es la de los escritos que recogen recuerdos: pasado recordado, presente que lo revive y lo enlaza con hechos ocurridos en el futuro. Se prolonga en el tiempo de la Orihuela de Miguel Hernández. La juventud de Josefina se enlaza con la del poeta. Si retrocede a su infancia, el lector la asocia con la de Miguel que, en algunos capítulos, también intercala sus vivencias recordadas por el joven hombre maduro. La cronología es poco rigurosa -aunque aparecen muchas fechas precisas y documentadas-, al seguir el ritmo -o ritmos- de la memoria: avanza, retrocede, para volver a avanzar. Veamos un ejemplo de un recuerdo del pasado que se enlaza con el futuro:
«Más adelante también jugaba yo en los peldaños de la escalera del cuartel que era muy ancha, en los mismos que años después pisaba allí parada hablando con Miguel por la noche».
(III, 32)
Las cartas, entremezcladas en el relato, son precisiones cronológicas. Pero más que nada, son la expresión más íntima de un amor hondo, serio, apasionado, tierno, y hasta teñido de ironía o de sarcasmo en los momentos más duros y trágicos. La presencia de Miguel Hernández se levanta con toda su humildad y toda su grandeza. Su vida culmina en su muerte. Josefina dirá: «y así se fue Miguel al otro mundo: con todas sus ilusiones, todos sus deseos, con toda su honradez, y con toda la tristeza que solamente sé yo»
(XXIV, 176). Estas son las palabras finales del libro mayor dolor.
Un aspecto de la obra es de gran importancia crítica y bibliográfica: el intento, por parte de su autora, de deshacer errores -no «falsedades»
(VII, 67), como ella dice en una ocasión. Josefina Manresa corrige alteraciones introducidas en títulos de prosas y versos publicados, omisiones de finales (IX, 77), etc. Aclara la semántica de algunos términos de las cartas escritas por Miguel en la guerra o en la cárcel.
Se queja de que críticos y biógrafos hayan publicado textos hernandianos y material fotográfico sin su autorización. Como esposa enamorada que celosamente guarda las «reliquias» de Miguel, se lamenta de que le falten -o pudieran faltarle, añado yo- líneas originales (por ejemplo, las que acompañaban a las «coplillas» de la cebolla) y escritos del poeta que «tendrá alguna mala mano» (II, 22-23) -insinúa ella-. Su queja la resume en esta triste exclamación: «¡Qué pena y qué injusticia que se apoderen de estas cosas tan mías y tan sagradas para mí, que forman parte de mi compañía y que tanto perjudican a Miguel no teniéndolas yo!»
(XVII, 133).
El álbum fotográfico que se inserta en la obra es especialmente interesante por las fotos inéditas que contiene y por algunas reproducciones facsímiles en color. Entre estas láminas hay documentos de enorme valor biográfico.
¿Cómo ve Josefina a Miguel Hernández, en los diversos capítulos? Destaco algunas impresiones para que el poeta «vivo» ahora entre nosotros. A su regreso de Rusia, la retrata así:
«Recuerdo que parecía un cura moderno, con su traje azul marino, jersey blanco de cuello alto, pelado y con zapatos negros, y su alegría impresionante que no olvido. ¡Cómo gozaba de sus alegrías! Concentradas para todas sus penas que le habían de venir después, de las que no demostraba, con su arte bondadoso para disimularlas».
(XIII, 107-108)
En el capítulo siguiente, le recuerda «eso sí, con raíces en sus costumbres, con añoranzas a sus vivencias pasadas, pero siempre dentro de la Naturaleza»
(XIV, 111).
Y el recuerdo colectivo de su gente se manifiesta en estas palabras:
«En Cox sintieron mucho su muerte. La gente decía que era un chico tan sencillo y que sabía tanto. Ellos le daban importancia y no entendían lo que era. Lo querían por su simpatía. A todo que no lo conociera, le daba el saludo con su dulce semblante».
(IX, 73)
Para Josefina Manresa, de luto siempre, fue desde que lo conoció «el hombre definitivo de su vida»
(I, 16), por propia confesión suya. Las cartas de Miguel ilustran con desnuda verdad este apasionado y único amor (I, 17), verdadera locura para el poeta de El rayo que no cesa y de tantos otros poemas amorosos de altísima calidad. Y todos sabemos cuáles fueron sus últimas palabras antes de morir: «¡Qué desgraciada eres, Josefina!»
. Ella ha sublimado esta desgracia al escribir en un libro sus recuerdos que tanto nos impresionan.