Reflejos cervantinos en «Ángel Guerra» de Benito Pérez Galdós
(Las historias interpoladas y sus narradores)
Marisa Sotelo Vázquez
Además de la evidente influencia quijotesca en el trazado psicológico de Ángel Guerra, protagonista de la novela homónima, abundan en la misma gran cantidad de intertextualidades fundamentalmente procedentes del Quijote, pero también de otros textos como El Lazarillo e incluso algunos reflejos de Garcilaso, Quevedo, Lope o Tirso1, de los que no puedo ocuparme aquí. Pero no es esto todo lo que la extensa novela galdosiana debe a los clásicos y muy especialmente al arte narrativo de Cervantes.
Cuando Galdós terminó de publicar su novelón en 1890-1891, entre los críticos que lo reseñaron, Federico Urrecha, Ramón D. Perés, Rodrigo Soriano, Emilia Pardo Bazán, Valle-Inclán, Josep Yxar, Clarín y Orts Ramos -que firmaba con el seudónimo quijotesco de Sansón Carrasco-, quien más quien menos puso énfasis en la extensión de la novela. Extensión o intensidad que para la mayoría era motivo de censura, pues, dejando a un lado la extraordinaria capacidad creadora del autor, que nadie ponía en duda, juzgaban que Galdós distorsionaba la trama principal de la novela a base de continuos desvíos o interpolaciones de historias sobre la caterva de los Babeles, el linaje de Leré, la de los mormones o la de Tirso, e incluso aquellas que un personaje cualquiera tiene en un momento determinado necesidad de contar.
Lo cierto es que, revisada con atención la estructura de la obra en tres partes muy extensas de las que la crítica consideró justamente mejores la primera y la tercera, el lector actual coincide en lo esencial con las objeciones de los críticos de su tiempo. Sin embargo, como cuando Galdós escribe Ángel Guerra no es precisamente un escritor novel, sino que tiene mucho oficio y una sólida trayectoria narrativa, cabe preguntarse qué pretendía con todas aquellas historias intercaladas, de las que muy bien hubiese podido prescindir.
Además, es preciso constatar que Ángel Guerra es en cierta medida una novela itinerante como lo era El Quijote, los libros de caballerías y la novela picaresca. Y si las ventas y posadas de Argamasilla de Alba, El Toboso, Puerto Lápice, El Campo de Criptana y de Montiel, Consuegra, la venta de Palomeque, son esencialmente -además de Barcelona-, el territorio de las aventuras del caballero manchego, Madrid, Toledo, Los Cigarrales, Bargas, Cebolla, Erustes, La Sagra y la Venta del Alma y la Venta Nueva son la geografía de Ángel en su peculiar camino de perfección místico-caballeresca.
Por tanto creo, y ello me propongo demostrar, que Galdós, que desde 1870, en el texto canónico sobre el realismo tantas veces citado, «Observaciones sobre la novela española contemporánea», había reivindicado con fuerza la herencia cervantina y la necesidad ineludible de ahondar en las raíces del realismo español para reformular la verdadera novela nacional, y que, además, él mismo en La desheredada (1881) había demostrado cómo podía hacerse una novela original y contemporánea sin renunciar a la imitación de los modelos clásicos, ahora, a la altura de 1890, en medio de un fuerte renacimiento espiritual, decide volver una vez más sobre el manantial de Cervantes en cuestiones de poética narrativa.
Resulta difícil resumir en pocas líneas la poética narrativa de Cervantes estudiada inteligentemente por Riley en un libro ya canónico, Teoría de la novela en Cervantes2, por ello señalo ya desde el principio que muchas de mis reflexiones proceden en parte de su lectura. Para mi propósito conviene fijar la atención en la primera parte de El Quijote, donde la gran abundancia de historias intercaladas, algunas en las que interviene el hidalgo manchego, otras totalmente ajenas a él, distraen la atención sobre las andanzas del inmortal caballero. Y todavía querría llamar la atención sobre otro aspecto no menos importante, las historias en que no interviene don Quijote son en su mayoría historias contadas por otros personajes. Con lo cual, si aceptamos que una novela es básicamente contar una historia, aquí nos encontramos con la novela dentro de la novela, como en las muñecas rusas.
Pues bien, esta estructura tan original, que maneja con extraordinaria habilidad Cervantes y que era herencia de las historias en sarta de las colecciones orientales como Calila e Dimna, Las mil y una noches, va a servir de modelo a Galdós en su extensa e intensa novela Ángel Guerra. En su época la pupila atenta de doña Emilia lo juzgará con un inteligente símil pictórico: «En Galdós -que es poco paisajista, al menos del paisaje rural3- hay exuberancia de figuras, hormigueo de cabezas puestas casi en un mismo plano, y todas estudiadas con escrupulosa atención, que recuerdan la Ronda nocturna de Rembrandt»
4. Ciertamente, el mencionado cuadro obliga al contemplador a concentrar la mirada y descubrir cuáles son los verdaderos protagonistas entre la multitud de cabezas magníficamente representadas.
Antes de analizar el valor de cada una de las historias interpoladas en la trama de la novela, sobre todo en la segunda y tercera parte, quiero llamar la atención sobre la insistencia de Galdós a lo largo de la misma en expresiones como: «Señalan las crónicas al llegar a este punto»5
(p. 576); «En los días de estas vulgares ocurrencias poco dignas de ser contadas»
(p. 593); «sigamos a Jusepa, que también a ella le pasan cosas dignas de ser referidas...»
(p. 556); «platicaron de cosas tan interesantes, tan íntimas, tan graves, que bien merecen ser puntualmente referidas»
(p. 494); «Cosas que no es bien que se queden inéditas»
(p. 612). Como se deduce de los pasajes citados, Galdós insiste en el hecho contar, de narrar, de manera que muchos de los personajes son contadores de historias, propias o ajenas; tal son los siguientes casos: «Sin quitar ni poner nada, contó a Guerra, su amante, lo que había visto y oído aquella noche en la cueva de los Babeles»
(p. 61); «A Guerra le agradaban el amargor salado y el vaho corrupto de estas lúgubres historias, por lo cual al pobre capitán nunca le faltaba para tabaco ni para otro vicio más feo»
(p. 175); «Se enredaban en graciosos parlamentos [don Pito, Jusepa y Tirso, el pastor]»
(p. 334); «Contaba don Pito sus aventuras de mar»
(p. 335); «Oiríase también relatos asombrosos de países lejanos y ardientes»
(p. 335); «Allí echaban grandes parolas... [Mancebo y Gaspar Illán]»
(p. 331); «Asombráronse uno y otro de la interesante historia»
(p. 386); «Gran interés despertó en la montaraz Jusepa todo este relato, que creyó ser como el Santo Evangelio»
(p. 558). También en algunos finales de capitulillo la acción de contar sirve como engarce para continuar el siguiente: «Leré contó al amo ciertos sucesos de su vida que aquél ignoraba, y que cautivaron grandemente su atención.»
Y a continuación da comienzo el siguiente capitulillo con: «Historia de Leré» (p. 120), interrumpida, a su vez, varias veces con las apostillas «le contaré otra cosa»
o «dispense, sigo contando...»
(pp. 122-123).
Otro tanto ocurre entre los múltiples personajes secundarios entre los que la actividad de narrar es fundamental y consustancial a su naturaleza. Así, refiriéndose a Felisita, hermana de don Juan Casado, el narrador dice: «Gran confianza tenía Casado en Felisita y de todo le daba noticia, exceptuando, claro está, los casos de conciencia»
(p. 459); y en otro momento, «Marchóse [Felisita] a su casa de muy mal talante y lo primero que hizo al ver a su hermano fue contarle el encuentro de aquella mañana [encuentro con las mujeres de la familia Babel] y repetirle con fiel memoria todos los disparates dichos por doña Catalina, con lo que se divirtió mucho el buen clérigo»
(p. 522). Incluso, en otras ocasiones es el propio protagonista el que habla consigo mismo: «Después le daba por comentarse a sí mismo diciéndose...»
(p. 151), además de los abundantes soliloquios, sobre todo de la primera y tercera partes. Todos estos contadores de historias, aunque muy distintos entre sí, tienen un rasgo común, conciencia de su función, es decir, el convencimiento de que existe un modo de imaginar que consiste en contar historias. De manera que en buena medida es consustancial al personaje su condición de narrador. Además, frecuentemente se apostilla que el hecho de narrar o contar resulta extraordinariamente divertido y entretenido, tal como ocurre en El Quijote, donde una y otra vez los personajes se ponen a contar historias y se habla del placer que se siente escuchándolas.
De todas las historias interpoladas, la de los Babeles, Leré y su familia, la historia de Tirso, Tatabuquenque, la de los mormones (en cierta medida dependientes de la de los Babeles), o la del fugitivo al que socorre Jusepa, indudablemente la que ofrece mayor interés y es también la más extensa, más compleja y elaborada es la de la familia de los Babeles. Es, además, una historia intermitente que irrumpe varias veces en la trama argumental de la novela, distrayendo al lector de las aventuras de Ángel Guerra. Pero es preciso notar que, aunque es una historia que parece írsele de las manos a Galdós con múltiples bifurcaciones, tantas como la maraña de personajes que en ella intervienen, tiene al principio una relación directa con Ángel, pues a la familia de los Babeles pertenece Dulce, la mujer con la que convive al comienzo de la novela cuando es todavía un revolucionario radical, y también al final, pues va a morir a manos de uno de los individuos de la mencionada saga, Arístides Babel.
La técnica de inserción de la historia de los Babeles y sus sucesivas interrupciones a lo largo de la trama narrativa recuerda algunas de las interpolaciones de la primera parte de El Quijote, donde Cervantes utilizando un sistema de sarta o acumulación obtiene una novela extensa a base de insertar todo tipo de cuentos, historias, discursos e incluso poemas que amplían notablemente la extensión de la novela, sobre todo si consideramos estrictamente las aventuras protagonizadas por Don Quijote y Sancho. En la novela cervantina, el hilo conductor de las aventuras es el diálogo entre Don Quijote y Sancho, pero este a menudo se interrumpe para dar cabida a otras secuencias narrativas, otros protagonistas, otros lenguajes, en un verdadero acarreo de materiales no siempre pertinentes, pero que indudablemente tienen que ver con la concepción de la poética narrativa de Cervantes y muy especialmente con los conceptos de variedad y unidad fundamentales en la misma.
La variedad era en la época del alcalaíno una exigencia del público como generadora de entretenimiento, de ahí en parte el éxito de los géneros misceláneos. Y desde ese mismo principio se justifica la variedad de historias intercaladas en la primera parte del Quijote, «Historia de Marcela y Crisóstomo» (verdadera novela pastoril), «la Historia de Cardenio y Luscinda, Fernando y Dorotea» o la que es totalmente ajena a la trama, El Curioso impertinente. Pero toda esta variedad debía estar al servicio de la unidad, conseguida gracias al dominio narrativo de Cervantes al engarzar todos estos relatos más o menos ajenos a la historia del caballero con la trama central, que es lo que, en definitiva, dota a la inmortal novela de coherencia.
Los grados de implicación de estas historias intercaladas son distintos, dependiendo siempre de la participación más o menos relevante de don Quijote y Sancho, o de la manera en que confluyen a la trama esencial de la novela. En la segunda parte, precisamente obedeciendo a las protestas de los lectores que consideraron El Curioso impertinente un añadido injustificado, Cervantes cambia de estrategia6 y aunque sigue incluyendo alguna historia relativamente ajena a la trama principal son en general más breves y tienen mayor repercusión en las aventuras del caballero. Tal es el caso de «las bodas de Camacho» (vol. II, caps. XIX-XXI); la «historia de los rebuznadores» (vol. II, caps. XXV-XXVII) y «la de Ricote que enlaza con la de Ana Félix» (vol. II, caps. LIV y LVIII-LXV).
Pues bien, en el caso de la novela galdosiana, tanto en la historia de los Babeles como en la de Leré tiene un importante protagonismo Ángel Guerra. Pero evidentemente en la primera se cuentan toda una serie de aventuras relacionadas con los diferentes individuos de la babélica familia, que aunque divierten y entretienen, distraen innecesariamente al lector, tal como ya observó en su tiempo Emilia Pardo Bazán:
Habrán notado los lectores que al extractar el asunto de Ángel Guerra, fui ciñéndome a lo esencial, a lo interno, que es en mi concepto, el drama que se desarrolla en el espíritu del héroe. De los Babeles ¡los Babeles famosos!, de Don Francisco Mancebo con su gramática parda y sus vidrieras, de Casiano el guapo bargueño, de Casado el sagreño feo amante de la agricultura, del monstruo con piernas enrolladas, de Sor Expectación, de Don Tomé de Palomeque, de Tatabunquenque, de Zacarías, de Jusepa, de Don León Pintado, de Don Pito, de Don Braulio, del niño que quiere ser cadete, del otro niño murillesco, de Virones, del... ¡diablo, de un ejército de personajes!, no hice caso ninguno. No será porque no me hayan divertido mucho casi todo ellos: precisamente por eso les guardo cierto rencor, porque me han divertido demasiado, porque me han polarizado la novela, me la han fraccionado en corpúsculos, irisados y brillantes, sí, [...] desviándome del objeto principal7. |
El linaje de los Babeles, aquella caterva de individuos, «inverosímiles pero verdaderos», que vivían en la calle «Molinos de Viento, número 32 duplicado», estaba integrado por una verdadera galería de tipos picarescos, farsantes, hipócritas, burócratas, visionarios con delirios de grandeza, etc. Encabezaba la saga el patriarca, don Simón García Babel, casado con dona Catalina de Alencastre, padres de verdaderos delincuentes como Arístides (el primogénito) o el cojo, ladrón e inventor Fausto, junto a Cesárea y la dócil y esmirriada Dulcenombre, amante del Guerra revolucionario e impío del principio de la novela. A la narración detallada de sus vidas y aventuras hay que añadir las de un personaje singular, don Pito, hermano de don Simón. Don Pito, antiguo marino y negrero que, entre vapores de ginebra y coñac, sueña en tierra firme que se halla todavía en el mar y acaba convertido en un perfecto Sancho Panza, compañero inseparable de Guerra en el final trágico de la novela. Toda esta historia es un prodigio de imaginación narrativa, que ya en su época llamó la atención de los críticos, que en su mayoría consideraron que Galdós hubiera podido extraer de aquella historia otra espléndida novela independiente.
¿Cómo se produce el desarrollo y la interpolación de dicha historia? Al igual que en El Quijote, desempeña un papel fundamental el narrador. La primera referencia se produce con la intervención de un narrador omnisciente que, jugando al relativismo cervantino frente al ineludible precepto de la verosimilitud, dice en la presentación de la saga familiar: «La familia de Dulce, padre, madre, hermanos, tío y primos, es digna de pasar a la Historia; pero el narrador necesita curarse en salud, diciendo que los Babeles (que así se llamaba aquella chusma) son de todo punto inverosímiles, lo cual no quita que sean verdaderos. Queda, pues, el lector en libertad de creer o no lo que se le cuenta, y aunque esto se tache de impostura, allá va el retrato con toda la mentira de su verdad, sin quitar ni poner nada a lo increíble ni a lo inconcuso»
(1.ª parte, cap. II, p. 38). Presentación que abarca todo el segundo capítulo, donde se concluye la irónica descripción del linaje y del interior de la vivienda familiar, verdadera imagen del mundo del revés, pues nada cumple la función para la que ha sido pensado.
Se vuelve a retomar la historia todavía en la primera parte, capítulos VI y VII entre las páginas 175-182, con la descripción de la farsa e hipocresía característica de la conducta de dichos individuos. Y a continuación el narrador se centra en la quijotesca figura de la madre, doña Catalina de Alencastre (1.ª parte, cap. VII, p. 191; 2.ª parte, cap. I, p. 215). Es esta mujer uno de los personajes más curiosos y, sobre todo, después del protagonista, uno de los personajes más cervantinos de la obra, pues llevada de sus delirios de grandeza está empeñada en que unas tristes ruinas para encerrar ganado son castillos que pertenecieron a su linaje: «-Pues te digo que es castillo (remontándose y poniéndose como un pimiento), castillo y muy castillo, mal que te pese a ti y a toda tu casta plebeya»
(cap. II, pp. 300-305).
Ya en la segunda parte de la novela, con Ángel Guerra instalado en Toledo, se retoma la historia de los Babeles a través de la idealización en las andanzas de Arístides (2.a. parte, cap. II, p. 351), de Fausto (2.a. parte, cap. II, p. 385) y de don Pito, que a su vez se convierte el mismo en narrador de otras historias subsidiarias de la suya, como la de Tirso-Tatabuquenque, con una interesante parte dialogada (2.a. parte, cap. IV, pp. 334-337), o la de los mormones, completando así el fresco de este peculiar linaje y el muestreo de técnicas narrativas. Este último procedimiento narrativo recuerda el de las populares muñecas rusas, a las que ya antes aludí. Pues dentro de Ángel Guerra se ha imbricado la historia de los Babeles y dentro de esta la historia singular de don Pito, quien, a su vez, se convierte en narrador de otras historias dependientes. La relación de Ángel con toda esta fauna babélica, una vez abandonada Dulcenombre, será especialmente intensa con don Pito, que se convierte en una especie de Sancho Panza de aquél en el camino perfección místico-erótica. Además, al final de la novela Ángel vuelve también a entrar en relación con Fausto y Arístides, causantes directos de su muerte.
Para conseguir unidad y coherencia interna ante tanto ir y venir de la trama principal a las historias subsidiarias y ante tanta maraña de personajes secundarios, Galdós opta nuevamente por una estrategia cervantina, la de los paralelismos, tan frecuentes en El Quijote y que el narrador canario va a situar estratégicamente entre el capítulo VII de la primera parte, «Herida, bálsamo», y el capítulo VI la segunda parte, «Bálsamo contra bálsamo»8. Y de nuevo en la segunda parte, donde se abordan gran cantidad de aventuras de dichos personajes, aparece otro paralelismo que contribuye a cohesionar la historia, me refiero al capítulo III, titulado «Días toledanos», donde se narra el reencuentro de Ángel con don Pito y su familia en Toledo, y el capítulo V, titulado «Más días toledanos», donde se prosigue la narración de las aventuras entre el clérigo Mancebo y Gaspar Illán, otros personajes toledanos ajenos a la familia, pero que van a tener relación directa con la vida de Guerra en dicha ciudad.
A través de la omnisciencia narrativa y o alternativamente a través del personaje de don Pito se narran múltiples y breves historias subsidiarias de la de los Babeles: la del pastor Tirso, un hombre «enteramente primitivo, de una tosquedad casi salvaje, hirsuto y mal barbado, vestido con calzón de correal [...]. No entendía la hora en la muestra de un reloj; pero, en cambio, la leía con exactitud en el curso del sol»
(cap. IV, pp. 333-334). Personaje que se convierte enseguida en interlocutor de don Pito, Jusepa y Cornejo, en una escena memorable presenciada por Ángel -que está reflexionando sobre los principios fundacionales del Dominismo-, y que recuerda claramente el encuentro de don Quijote con los cabreros:
| (cap. IV, p. 338) | ||
También es don Pito el encargado de contar, teñida de sutil ironía, la historia de los mormones, la secta religiosa, que conoció en uno de sus múltiples viajes, al detenerse en el estado de Utah, y de la que subraya la poligamia «cada varón tiene en su casa diez o doce chicas... Y que las hay... de patente (Besándose las puntas de los dedos)»
(cap. IV, pp. 346-348).
En otros casos el narrador cuenta la historia de Jusepa, la guardiana de los cigarrales, a su vez receptora del relato de un fugitivo de la justicia con el que se topa casualmente en el monte y al que presta socorro. Esta breve historia es una pieza maestra impregnada de sabor cervantino. Pues el fugitivo consigue embabucar a la pobre villana y despertar en ella sensaciones hasta entonces nunca experimentadas en su matrimonio con el rústico Cornejo: «toda la tarde estuvo pensando en el hombre, creyéndole a veces apariencia fingida, o hechura de su pensamiento supersticioso»
(p. 557). En las sucesivas entrevistas entre Jusepa y el fugitivo, este se interesa por la identidad del dueño de los cigarrales y, al nombrar a Ángel, «dijo que le conocía, y que era buena persona; pero que una monja endiablada le tenía sorbido el seseo, y pensaba gastarse toda su fortuna en conventos, misas y procesiones»
(p. 559). Convirtiéndose en uno más de los personajes que a lo largo de la obra ven con claridad los verdaderos motivos del pseudomisticismo de Ángel Guerra. Como en El Quijote algunos personajes conocen la raíz de la locura caballeresca del héroe.
Muy distinto es el valor de la historia de Leré, mujer que ejerce una atracción determinante sobre Ángel Guerra, tanto en el plano humano como espiritual. El relato tiene unas características muy distintas al de los Babeles, aunque en algunos momentos ambas historias se entrecruzan a causa de Ángel Guerra («enterada estoy de que a Toledo llegó esa señora acompañada de toda la caterva de hermanos y demás familia»
[Leré a Ángel], p. 344). La historia o, mejor dicho, la prehistoria de Leré es una novela folletinesca encubierta. Género, el del folletín, que conocía muy bien Galdós, tal como demostró en La desheredada. Pero, más allá de algunos datos propios del folletín y de la novela sentimental, abundan también en la prehistoria del personaje gran cantidad de clichés naturalistas. En primer lugar la importancia que adquieren las leyes de la herencia biológica, pues el bailoteo de los ojos, característica del personaje, es una secuela nerviosa de los malos tratos de su padre alcohólico sobre su pobre madre. Herencia nerviosa en Leré y monstruosa en los cuatro primeros hermanos -de los que solo vivía Juan, el monstruo, de cabeza de hombre y cuerpo de niño, con los brazos y las piernas como fundas vacías-. Y herencia que vuelve a manifestarse, aunque de manera positiva, en el hermano más pequeño, Sabas, una especie de fenómeno en inteligencia musical, apodado por todos «el nuevo Mozart», porque a los diez años tocaba el piano con verdadero virtuosismo, pues había heredado las cualidades musicales de su padre que, a pesar de su alcoholismo, era un magnífico cantor de la catedral de Toledo. Subrayo que precisamente el alcoholismo y la enfermedad nerviosa -más concretamente la histeria- fueron las que marcaron la larga serie de personajes descendientes de Les Rougon-Macquart, así como que a la altura de 1890 las teorías sobre la patología del genio de Max Nordau, muy divulgadas en España, eran con toda seguridad conocidas por Galdós y sin duda influyeron en este relato.
Y si en todos esos aspectos la historia de Leré sigue las pautas del naturalismo biológico-fisiológico, muy del gusto de Galdós, que utiliza incluso con gran precisión los términos científico-médicos para referirse a determinadas enfermedades como el «nistagmus rotatorio»
(cap. I, p. 70), en lo referente a su temprana vocación religiosa desempeña un papel fundamental la lectura de las vidas de santos, hasta el extremo de querer, como Santa Teresa, emularlas. En este último aspecto es obvia la huella de Cervantes, pues si a Alonso Quijano la afición desmedida a la lectura de libros de caballerías y el deseo de imitar a sus protagonistas le lleva a convertirse en caballero andante, a Leré la lectura de vidas de santos está en la raíz de su vocación religiosa, tal como se desprende de sus propias palabras en la «Historia de Leré»:
| (cap. I, p. 120) | ||
Ángel es el interlocutor de esta historia de pobreza y religiosidad que Leré le cuenta con todo lujo de detalles con el fin de justificar su vocación religiosa. Devoción y fe ciega de Leré que obedecen a una doble motivación, subjetiva, «le salía de dentro», por propia inclinación de su naturaleza, y objetiva, por razones externas de servir y ayudar a los demás. Hay que añadir, además, un suceso sobrenatural, una aparición de la Virgen a la protagonista, que preludia e incluso entra de lleno en el plano fantástico-simbólico de novelas posteriores como El caballero encantado. La narración de todos estos hechos, que han condicionado la prehistoria del personaje, serán determinantes en el desarrollo de su relación con Ángel.
Leré no puede ni quiere corresponder al amor de Ángel, aunque este intente por todos los medios retenerla a su lado, incluso proyectando construir una capilla para que siga con sus prácticas y devociones religiosas:
| (cap. I, p. 165) | ||
En realidad, Leré no acepta porque, aunque disimulado en dulcísimo trato, es una mujer fuerte, con autoridad para imponerse a aquel revolucionario y demagogo pero en el fondo débil y manejable, como se demostrará a lo largo de toda la novela. De este amor no correspondido arranca todo el proceso de perfección mística de Ángel Guerra. Pues al sentirse rechazado por Leré, a la que ni siquiera le tienta la idea de casarse: «Soy una excepción, un fenómeno. Vea usted por dónde he salido también monstruo como mis hermanos. El casorio no sólo no me hace maldita la gracia sino que la idea me repugna, para que lo sepa de una vez»
(cap. I, p. 166), decide seguirla hasta Toledo. Y una vez allí, en contacto con el misterio de la ciudad, con la soledad árida de sus alrededores, con las prácticas litúrgicas que sigue a diario y que van impregnando sus sentidos, aparentemente se contagia del misticismo de la religiosa que ha profesado ya en un convento. Por ella inicia su conversión, por ella desea fundar la orden del Dominismo, por ella planea conventos en los cigarrales, e incluso intenta ordenarse sacerdote. Pero mientras externamente o aparentemente lleva una vida de piedad y caridad cristiana siguiendo los deseos de Leré, en el fondo de su alma su auténtica pasión es humana y muy humana.
Y así como la prehistoria de Leré con todas las monstruosidades familiares quizá no hubiese merecido tanta atención como le presta el novelista, esta última parte de la historia, que transcurre en Toledo, está totalmente justificada y es fundamental para entender la trayectoria del protagonista. Sin embargo, aun así abundan en ella desvíos para narrar la convivencia de Leré con la familia de sus tíos en Toledo, el perfil biográfico del beneficiado Francisco Mancebo -encargado de la custodia de Leré y sus hermanos-, la vida de Ildefonso o las desventuras y miserias del pobre monstruo -escenas que, de no ser precisamente por la mirada piadosa y compasiva del narrador, preludiarían por la deformación grotesca algunos aspectos del esperpento9 valleinclanesco:
| (cap. II, p. 237) | ||
Pero Galdós, como Cervantes, no adopta nunca una actitud demiúrgica convirtiendo a los personajes en meros muñecos o fantoches, vistos con despiadada distancia, sino que siempre contempla a sus criaturas con piadosa ironía.
Se trata por tanto de varias historias muy distintas entre sí pero engarzadas en diferentes grados al tronco común, que es la evolución de Ángel Guerra de revolucionario a místico fundador. Se trata también de distintos modos narrativos, o si se prefiere de múltiples perspectivas porque son múltiples las voces narrativas. En el primer caso -la historia de los Babeles-, un narrador omnisciente que juega a la historia intermitente y a suministrar los datos de uno u otro personaje, incluso a ceder a cada uno de ellos su voz cuando le conviene, desviándose de la trama principal para volver a ella con cualquier pretexto sin perjudicar la coherencia del relato -aunque casi podría afirmar que esta historia puede ser leída en su totalidad de forma independiente-. En la de Leré, se alterna el narrador omnisciente con la protagonista, que tutelada por este, va evocando en estilo indirecto libre su prehistoria mediante una extensa analepsis, y de esta manera resalta más su valor como hacedora de su vida y su propio destino. Todo esto ha sido posible gracias a la extraordinaria polifonía de la novela galdosiana y a su capacidad para experimentar con las fuentes clásicas, singularmente con El Quijote.
En conclusión, si exceptuamos las «Observaciones sobre la novela contemporánea en España» (1870), unánimemente considerado el Manifiesto del realismo español, y «La sociedad presente como materia novelable» (1897), discurso de entrada en la Real Academia, Galdós, como Cervantes, fue poco aficionado a teorizar sobre su poética narrativa en tratados o ensayos estricto sensu, sino más bien hizo portavoz de su poética a sus personajes, encarnando en ellos sus reflexiones teóricas. Por ello Riley pudo sintetizar las más importantes de estas ideas a partir de una lectura atenta de las obras cervantinas y singularmente de El Quijote. Con Galdós ocurre algo parecido, hay que leer y releer atentamente sus obras para comprender a fondo su poética narrativa. Me atrevería a decir que hay que oír cómo cuenta sus historias él o sus personajes o simultáneamente todos a la vez para entender esa rica polifonía galdosiana, que retrató mejor que nadie el último tercio del siglo XIX y la primera década del XX, sin anclarse nunca en ninguna metodología, con una curiosidad extraordinaria por las nuevas formas de narrar, pero sin perder de vista nunca el origen y la procedencia de su tarea, la tradición del inagotable manantial cervantino, que cristaliza mejor que en ninguna otra obra en El Quijote.
- Amor y Vázquez, José, «Galdós, Valle-Inclán, esperpento», en Actas del Primer Congreso de Estudios Galdosianos, ed. del Cabildo Insular de Gran Canarias, 1977, pp. 189-200.
- Correa, Gustavo, «Galdós y la picaresca», ibíd., pp. 253-268.
- Pérez Galdós, Benito, Ensayos de crítica literaria, selección, introd. y ns. de Laureano Bonet, Barcelona, Península, 1972.
- Hafter, M. Z., «Bálsamo contra bálsamo in Ángel Guerra», Anales Galdosianos, 1969, núm. IV, pp. 39-48.
- Riley, Edward, Teoría de la novela en Cervantes, Madrid, Taurus, 1971; Persiles, núm. 31.
- Sotelo Vázquez, Marisa, Ángel Guerra de Benito Pérez Galdós y sus críticos, Barcelona, PPU, 1990.
- ——, «Ángel Guerra, místico Quijote toledano», en Actas del Congreso Internacional de Estudios Galdosianos, Las Palmas de Gran Canaria, 2005 (en prensa).
- Valis, Noel, «Ángel Guerra o la novela monstruo», en Actas del II Congreso Internacional de Estudios Galdosianos, Las Palmas de Gran Canaria, 1989.