Rosalía
Ricardo Gullón
Rosalía de Castro. Un ser enterizo, siempre igual a sí mismo. No, como otros poetas, cuatro o cinco seres sucediéndose, alternando en una sola persona, sino un ser constante, único, un alma vasta en su contenido y vigorosa en su inspiración que ofrece de sí una imagen invariable. Esta imagen, por esa rara persistencia en lo esencial, adquiere relieve: es transparente y no admite en sus repliegues margen a la impostura, a la mecanización y simulación del sentimiento. Tan clara y unívoca, no es extraño que su figura haya adquirido valor de símbolo y tienda a convertirse en mito.
Magnífico destino para un poeta: identificarse con su pueblo hasta el punto de confundirse con él: Rosalía, voz de Galicia, alma y espíritu de Galicia. Rosalía y Galicia unidas eviternamente para mayor gloria de ambas. La imagen es hermosa, pero no total: no alcanza a expresar cuánto fue y sintió Rosalía, a quien no es posible reconocer toda su grandeza sin advertir, palpitante en el verso, una pasión comunicable a todos, porque, con independencia de las implicaciones de lugar, tiempo y raza contenidas en ella, revela sentimientos de permanente vigencia en todos los corazones.
Rosalía o la melancolía, Rosalía o la tristeza. Estas son las notas predominantes, pero existen contrastes, momentos en que el alma canta y olvida. ¿Cuáles fueron las causas de que al fin predominara en Rosalía esta tristeza, hasta parecer connatural? La primera, en orden cronológico, el descubrimiento de su origen ilegítimo; la segunda, su precaria salud. Muy pronto, en el umbral de la adolescencia, advirtió que su madre no había tenido marido, y la imposibilidad de que ella llegara a tener padre. «No bien niña, se encontró ya mujer, más que por el desarrollo físico -a los diez años era completo-, por el sufrimiento y el dolor», escribe González Besada; «este gran hueco [la ausencia irreparable del padre] sí que a Rosalía le come medio lado y deja mísera, indigente, amputada de apellidos», precisa García Sabell; «la noche del mundo -la Weltnacht- es, en Rosalía, el mundo triste», corrobora Celestino F. de la Vega; y García Martí: «dolores y contrariedades de todo género fortificaron su personalidad, que dio desde entonces los maravillosos frutos de sus obras».
Su poesía es casi siempre reflejo de esa tristeza. Tristeza por el alejamiento de la tierra natal, dolor por la condición humana -reducida al dualismo, simplista, gallego-castellano-, sentimiento de ausencia pesando en el alma como «negra sombra» que la llena de tinieblas. Tras la noche viene siempre la aurora, salvo en el alma:
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En los poemas de Rosalía encontramos angustia y temblor: la sustancia utilizada sale del recinto oscuro donde se forjan misteriosamente las grandes creaciones poéticas: del alma, poco a poco vencida por el dolor. La tristeza se acentúa con el tiempo, pues la vida vigoriza cada día el fermento doloroso operante en el corazón. En los Cantares gallegos hay muchos versos con rumores de fiesta, de baile y romería, de sana jovialidad campesina; hay, incluso, un humor delicioso, como en la plegaria de la soltera:
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o una sátira de sana socarronería, como en el poema dedicado a la haragana que, so pretextos piadosos, se niega a trabajar.
Los ejemplos pueden multiplicarse; en los Cantares hay tantos de tono festivo comer de aire saudoso. Estos, más importantes, pero aquéllos sirviendo útilmente de contrapunto, sirviendo para realzar la línea esencial de la melodía, no reducida a un solo registro, aunque sí expresiva de la tendencia espiritual de Rosalía. La tristeza es a menudo consecuencia de su amor al terruño; una y otro nacen y crecen entrelazados. Rosalía es triste porque desvalida y huérfana: a Galicia la imagina también sin padre y sin protección. El resentimiento que no puede manifestar su verdadera raíz, se presenta sublimado y ennoblecido, como defensa de un desamparo que en sus poemas duele con entera verdad, porque a él le transfirió la personal carga de pesares. Es genuina y cierta su tristeza por Galicia, en quien ve la imagen aumentada de sus propios males.
El amor a Galicia la llevó a desconocer la realidad de la situación en Castilla y en otras regiones, donde las gentes humildes no vivían mejor que los aldeanos gallegos, ni podían serles enfrentados como dominadores. Rosalía no vio a Castilla; la soñó según la necesitaba para completar su imagen de Galicia.
Sería necesario inclinarse con amor sobre este alma sensible y generosa y buscar en ella el rastro de sufrimientos, tal vez inadvertidos. De su matrimonio se sabe poco, y ni siquiera si en él fue feliz. Hay momentos oscuros, alejamientos prolongados, y en la hora postrera esa orden -o ruego, tan solo- transmitida por Rosalía a una de sus hijas, de quemar sus manuscritos; orden cumplida, según parece, en ausencia del marido. Y la enfermedad, el cáncer de lento desarrollo...
¡Esa desoladora penuria de documentos íntimos! Cartas, diarios, recuerdos de amigos y familiares. Todo en enorme desproporción con lo que nuestro interés codiciaría. Queda la obra -salvo los tres libros destruidos-: poemas, narraciones. Y esto, naturalmente, es lo esencial. Por los poemas se sitúa Rosalía entre los grandes líricos españoles, en la línea de Bécquer, tras Enrique Gil, el inmediato predecesor, y antes que los modernistas. Bécquer y Rosalía son las voces poéticas más puras de nuestro siglo XIX, y de ellas arranca, tanto como de Rubén -y yo diría, más que de Rubén- el renuevo y florecimiento de la poesía española en los cincuenta años últimos.
La historia -o la tradición- asevera que Rosalía conoció pronto la obra de Heine, o al menos las traducciones de Heine publicadas por Eulogio Florentino Sanz, en El Museo Universal, el 15 de mayo de 1857. Los datos reunidos por Augusto González Besada en sus Notas biográficas hacen la hipótesis muy verosímil. Los resumiré, añadiendo alguno no recordado por Besada: en 1857 Rosalía vive en Madrid, mantiene amistad con escritores, entre ellos con E. F. Sanz; se relaciona con los redactores de El Museo Universal, periódico donde habría de colaborar más adelante; Murguía -con quien casó el 10 de octubre de 1858- esta también en Madrid, y al publicarse La Flor le dedica en La Iberia un artículo elogioso. Según el mencionado biógrafo, Sanz le dio a conocer la versión francesa del Intermezzo, y Rosalía, después de traducirlo al español, facilitó la obra a Bécquer, «gran amigo de Murguía».

No sé hasta dónde llegó la amistad entre Bécquer y Rosalía, ni cómo pudieron comunicarse y sentir juntos la poesía de Heine. Lo evidente es la afinidad entre ellos , y entre sus obras (no tan sólo los poemas), tan distintas de cuanto aquí se escribía por entonces. El enlace con Enrique Gil resulta claro y es fácil probarlo confrontando los poemas del «ruiseñor berciano» con los de Rosalía; notaremos la utilización coincidente de temas análogos que, prescindiendo de la poco demostrativa cuestión de las influencias, prueba sensibilidades que reaccionan de modo parecido. Lo mismo ocurre con relación a Bécquer, cuya afinidad con Rosalía es más notoria que la visible entre cualquiera de los dos y Gil, porque concurren a fortalecerla vínculos generacionales, amistades y admiraciones comunes, y la conciencia de estar introduciendo en la lírica española una inflexión nueva.
El primer libro de Rosalía: La Flor, se publicó en Madrid en 1857. Escrito en español, es, como dijo Murguía, un libro de acento esproncediano. Poemas algo desvaídos, reminiscencias de romanticismo no lejanas: contiene el inevitable Fragmento, caricaturizado otrora por los clasicistas; variedad de metros en la misma composición... mas también una pureza expresiva y una fragancia prometedoras. De 1863 son dos obras: A mi madre, poesías en español, y Cantares gallegos, escritos en lengua vernácula. En 1880 publicó Follas Novas, segundo y último de sus libros en gallego. En las orillas del Sar (1884) vuelve a estar escrito en el idioma nacional, como todas sus obras en prosa. La utilización del gallego responde en Rosalía a un propósito limitado, sentimental más que estético. En el prólogo a Follas Novas dice : «Alá von, pois, as Follas Novas, que mellor se dirían vellas, porque ó son, e últimas, porque pagada xa á deuda en que me parecía estar c'o á miña terra, difícil é que volva a escribir mais versos n'á lengua materna».
En Follas Novas casi ha desaparecido la alegría; además de profundizar en la tristeza, en el sostenido acento melancólico, reafirma las razones en que se fundan. Si en Follas Novas se alude a una fiesta es para destacar, por contraste, la tristeza interior:
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Brillan, en otro poema, el río, la fuente y el sol, pero no brillan para el poeta, poseído de la tristeza.
Lo más atrayente de Follas Novas es el ambiente de misterio, evocado por Rosalía sin dramatismo, sin estridencia, sin echar mano a la caja de los truenos ni recurrir a la escenografía gótica utilizada por el bajo romanticismo. No el pavor sino el misterio planea sobre estos poemas, cruzados por sombras y fantasmas. El material utilizado, espectral y etéreo, tiene una consistencia lograda por la autenticidad de la versión, por la plasticidad con que aparecen en el verso las figuras del ensueño, verdaderas sin perder su aspecto irreal y su secreto. La interminable procesión de muertos que atraviesa el poema (Extranxeira n'a sua patria), pasa indiferente camiño d'o infinito; es símbolo de los recuerdos y evocación del mundo extraño que Rosalía trata de incorporarse.
Hay un fantasma (¡Mar! c'as tuas auguas sin fondo), una sombra (Cando penso que te fuches) de pavorosa presencia, como aquella a que se refería Unamuno en el relato novelesco titulado La sombra del cuerpo, de quien «hasta la más intrépida fiera huiría aterrada». Esta sombra («la conciencia existencial», opina García Sabell, en un penetrante ensayo, «que lleva en su meollo toda la negrura potencial de la Vida») es la fuerza tenebrosa que provoca la angustia, por su vigor y su obstinación:
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| (A disgracia)) | ||
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| (Cando penso...) | ||
La tristeza, leal compañera de Rosalía, pocas veces alcanzó en la poesía española expresión tan intensa y sincera. Por sincera y por sencilla es intensa y es emotiva. El lenguaje familiar, la fluidez de las impresiones y el hallarse inmersas en la bruma de las tradiciones galaicas infunde al verso tersura y un halo fantástico que excita la imaginación. Para expresar la melancolía ningún lenguaje tan adecuado como este dulce gallego rosaliano, exento de retórica, que conserva intactas sus posibilidades de sugestión, su capacidad para comunicar la ternura, poniendo un punto de melancolía aun en la imprecación.
La poesía de Rosalía se adscribe a la caracterizada por Bécquer con palabras muy elocuentes : «Hay otra [poesía] natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye; desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, tras mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía». Estas ideas, según notó Dámaso Alonso, llegaron a Bécquer vía Fauriel, desde los románticos alemanes. Rosalía se dice con naturalidad y sin artificio: la simple enumeración de nombres propios, nombres de pueblos o lugares, vibra y levanta ecos saudosos en los corazones. La saudade, con sus inmensas alas blancas, surge y cristaliza en el poema, a veces por la sola transformación de una palabra en su diminutivo.
En los Cantares gallegos los diminutivos son frecuentes:
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«madriña», «caladiña», «airiños», «luniña», «paxariño», «sentadiña», «vestidiña» y cien más, aparecen en estos poemas. Se emplean con distintas finalidades: los dos últimos para acercarse, en la familiaridad del giro, a la Virxe candorosa; en el primer ejemplo manifiestan la ternura por la cuitada muchacha que no tardará en morir. Curioso ejemplo de cantar donde la eficacia de los diminutivos se combina con la repetición de palabras y versos enteros, apenas alterados:
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Este delicioso cantar sugiere mucho más de lo que dice (como toda poesía) y conviene precisar -brevemente- las causas del hechizo. El reiterativo cómo chove entraña variaciones en la inflexión que implican cambios en la significación: mihudiña se llama a la lluvia, mientras mihudiño alude al suceso, a lo que está ocurriendo, una y otro sustantivados y existentes; los nombres propios: Laiño y Lestrobe, impregnan el poema de realidad y temporalizan la visión; el cantar se refiere a un determinado momento en que la lluvia mansa caía por uno y otro lado, lluvia tan persistente que forma parte del paisaje. Y el paisaje, no se olvide, es el de la melancolía, no en abstracto, sino concretada y referida a un momento, cuando Rosalía está dando a entender que las nubes descargan también en su corazón, corno dice el verso de Verlaine.
La emoción del tiempo, considerada por Antonio Machado como la más alta y pura que puede producir la poesía lírica, es provocada por esa realidad, acentuada en los diminutivos, de la lluvia cayendo en los campos familiares. La poesía brota, no tan desnuda de artificio como quería Bécquer, pero sí por la mera sensación del tiempo, que despierta las resonancias encadenadas en el poema. La imaginación de Rosalía operaba asida a la tierra, ligada al instante, mas el don de sueño le consentía transfigurar la realidad y poblarla de las figuras extrañas a que antes me referí. Las meigas, la huestia, la santa compaña, las ánimas... no son invenciones inverosímiles sino presencias forjadas por la fantasía colectiva, que figuran en el círculo de lo cotidiano con tanta verdad como los seres con quienes convivimos.
En las orillas del Sar es uno de los libros más bellos de la poesía española. Díaz Canedo señaló, en 1909, la importancia de las innovaciones introducidas en la métrica por Rosalía, importancia tanto por su significación general como por las novedades de pormenor. La significación de ruptura importa sobremanera: merced a estas audacias se inicia el clima renovador que hizo posible la ulterior transformación de nuestra lírica. Rosalía y Bécquer son los precursores del mejor modernismo, el que encontró su expresión más plena en la poesía de Juan Ramón Jiménez.
Juan Ramón, a quien se debe en parte el retorno a Bécquer, la reivindicación de los puros líricos que fueron Bécquer y Rosalía, algo oscurecidos, un tiempo, por la espléndida ola rubeniana. La veta intimista, nostálgica y triste de los dos precursores reaparece en Juan Ramón, uno de cuyos libros lleva título que define con exactitud los versos de Rosalía: Poemas mágicos y dolientes. ¿Es posible sintetizar con expresión más exacta lo que quisieron ser y son los de la poetisa?
Aquí otra vez el eterno corazón podrido de tristeza, según decía Laforgue, pero, no al modo del poeta francés, infiltrada en el tedio, naciente en el tedio, sino con raíces identificables que conducen a la experiencia vital de Rosalía, alma de sentimiento y de pasión (no cerebral, como aquel) que piensa con el corazón. La ironía laforguiana es la marca de la desesperación; Rosalía no ironiza porque espera.
En las orillas del Sar está prefigurado el modernismo, así en el poema a la belleza:
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aun vivo el romanticismo, los «átomos», como en Bécquer, surgen una y otra vez:
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y en la temática como en la actitud captamos resonancias del esproncedismo primero; resonancias leves, ecos diluidos en la sorda corriente del alma viva que dio al verso su entrañable frescura.
Cruzando Compostela la poetisa murmuraba: ¡Cementerio de vivos!, y su dolor anticipa la unamuniana pesadumbre. No está lejos de aquella trágica exclamación de Laforgue: Ah! que la Vie est quotidienne, pero con patetismo más descarnado y ocre, con mejor captación de lo verdaderamente fatal. Señalo coincidencias de Rosalía con Juan Ramón, con Unamuno, con Antonio Machado, para subrayar su actualidad, su perennidad. No puedo, en este artículo, estudiar el problema a fondo; me propongo hacerlo con detalle en otra ocasión.
Antes de terminar quiero decir dos palabras sobre las narraciones de Rosalía, injustamente relegadas a un discreto panteón de semi-olvido, como si se tratara de obras sin interés, de obras que sólo se recuerdan en atención al prestigio de su autora. No es ese el caso. Los relatos de Rosalía son dignos de ella y de su poesía, y algunos figuran entre las más interesantes muestras de literatura fantástica escritas en español. Será necesario analizarlos cuidadosamente en relación con el resto de la obra rosaliana y con la novelística de pareja tendencia.