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Este estudio ha sido realizado dentro del proyecto de investigación financiado por el Ministerio de Economía titulado Análisis de la literatura ilustrada del siglo XIX (FFI-2011-26761).

 

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Poco después, en 1854, se editó Los mexicanos pintados por sí mismos. Tipos y costumbres nacionales por varios autores.

 

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La autoría de los dibujos la conocemos gracias al anuncio de la portada y a las firmas de algunos de ellos. Pese a que los editores incluyeron en la página final un índice de estampas a página completa de la obra, no sabemos con certeza el número de ilustraciones que aparecieron ni tampoco el de estampas a página completa, pues algunos de los artículos no se acompañaron de sus correspondientes dibujos y el hecho de que la obra se editara por entregas hizo que el editor, don José Agustín Millán, al reeditar los ejemplares sobrantes y encuadernarlos como un libro para mejorar su venta, cambiara algunos grabados que no habían gustado al público y le agregara otros, por lo que los ejemplares que podemos ver en la actualidad tienen veinte láminas y no podemos saber lo que realmente recibieron los lectores de la época. Esto ha provocado discrepancias entre los estudiosos pues mientras Trelles le atribuye 332 páginas y veintiún láminas, Antonio Palau en su Manual del Librero Hispano-Americano, tomo II, Barcelona, 1924, señala que la obra tenía 334 páginas y dieciocho láminas.

 

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Se trata de: «El vividor», «El calambuco», «El médico», «El médico de campo», «El administrador de ingenio», «El oficial de causas», «El gallero», «El amante de ventana» y «El mataperros».

 

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El autor del prólogo, Antonio Bachiller, no hace ninguna referencia a la presencia de tipos negros en la colección. ¿Cuáles pueden ser las razones por las que al prologuista no le interesa subrayar lo que de esencialmente cubano tiene este libro? Quiero pensar que acaso no fuera necesario ya a la altura de 1881 decir que una colección de tipos y escenas de Cuba iba a tener un sabor cubano por resultar ya una obviedad, pasado el momento de auge del costumbrismo español e hispanoamericano que había mostrado como uno de sus intereses la pintura del pintoresquismo de los tipos, aunque también es posible que Antonio Bachiller no quisiera identificar la identidad cubana con el componente africano.

 

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En Los cubanos pintados por sí mismos aparecen los siguientes tipos cubanos: «El tabaquero», «El calambuco», «El gurrupié», «El administrador de ingenio», «El director de escuelitas», «El gallero», «El vividor guagüero» y «El mataperros». En Tipos y costumbres de la isla de Cuba se repiten algunos de ellos y aparecen otros nuevos, como «El ñáñigo», «La mulata de rumbo», «Los guajiros», «El mascavidrio», «El calesero», «El puesto de frutas», «Los negros curros», «Un chino, una mulata y unas ranas» y «¡¡Zacatecas!!».

 

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La llegada de dos jóvenes con los que la mulata va a acudir a una fiesta para bailar el danzón le sirve al narrador para realizar continuas referencias a este tipo de música que surge hacia 1879 y que tiene un fuerte componente africano. Igualmente, en el artículo se alude a los danzones que eran famosos en ese momento. Este tipo de elementos le sirven al narrador para recrear estas celebraciones populares a las que acudían las mulatas de rumbo y los señoritos que las enamoraban, en las que se comía sobre la hierba arroz con pollo y pescado y que solían culminar con un baño en el río.

 

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Se trata de una etnia de tipo matriarcal procedente de los esclavos llegados a Cuba a finales del siglo XVIII que tenían un culto del mismo nombre.

 

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En las primeras décadas del siglo XIX, los negros curros habaneros eran los dueños de las calles más oscuras y embarradas de la marginalidad capitalina. Entendían en negocios de juego, ajustes de cuentas, robos, prostitución y matonismo. Vivían extramuros de la gran capital isleña, por el barrio del Manglar, lo que hoy viene a ser, en parte, el barrio de Jesús María, donde vivió el poeta José Martí en su niñez. No eran esclavos. Eran negros horros (habían alcanzado la libertad). Y esa rotunda singularidad los ponía por encima de sus hermanos de raza, esclavos. Los curros eran libres y estéticamente distintos. Vestían como lo que se consideraban que eran, los reyes negros del hampa habanero.

 

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Alude además a Guerrero, autor de guarachas en las que se ponían en escena con esa música unos tipos de negros que tenían las mismas vestimentas y actitudes que los negros curros.