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La guaracha es un género musical bailable originario de Cuba que se incorporó al teatro bufo y en cuyas letras solía presentarse una crítica social. Los protagonistas eran habitualmente el negrito, el gallego y la mulata.
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La imagen crítica de los negros se lleva a sus máximas consecuencias en el artículo «El ñáñigo», subtitulado «Carta cerrada y abierta» de Enrique Fernández Carrillo. El texto se presenta en efecto en forma de epístola a Landaluze, el dibujante responsable de las ilustraciones, y en él se recrea la figura del ñáñigo, individuo que pertenece una sociedad secreta de carácter religioso constituida por los negros de Cuba, que se propone erradicar el autor del texto a través de la educación y cuyas prácticas censura ácidamente deslizando en su discurso muchos comentarios racistas.
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El autor es José Triay, un periodista gaditano que culminó sus días en La Habana, por eso alude al parentesco del quitrín con la calesa gaditana.
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El periodista español Juan Martínez Villergas (1816-1894) durante una de sus varias estancias en Cuba fundó el periódico El Moro Muza y fue muy conocido en los ambientes culturales de la isla.
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Igualmente emparentados con tipos de colecciones costumbristas españolas, aunque se presenten con distinta denominación, están el tipo de «La casamentera» de Manuel Larios, presente en Los cubanos, «El amante de ventana» del Dr. Canta-Claro en esta misma colección, que puede tener su correlato en «El pretendiente» de El Curioso Parlante -«El calambuco» de José Agustín Millán recogido en las dos colecciones cubanas que está emparentado con «El Demanda o Santero» de José María Tenorio o su variante femenina en «La Santurrona» de Antonio Flores, ambos presentes en Los españoles-, «El escribiente memorialista» de García Gutiérrez o «El escribano» de Bonifacio Gómez, tipos del ámbito jurídico que en el libro cubano se corresponden con «El oficial de causas» de Manuel Costales, que aparece en las dos colecciones costumbristas isleñas. También «El poeta» de Zorrilla de Los españoles, en Los cubanos se presenta como «El poetastro» de Joaquín G. de la Huerta y «El escritor novel» de Betancourt.
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«La coqueta» es un tipo muy frecuente en el costumbrismo español. Una de los primeros artículos que expone las características de este tipo es el publicado en el Semanario pintoresco español en 1842 con el título de «Estudios morales. La coqueta»; posteriormente Ramón de Navarrete en Los españoles pintados por sí mismos pinta el mismo tipo con tintes muy negativos, que reaparecerán en el artículo del mexicano Ignacio Ramírez en Los mexicanos pintados por sí mismos, en los que el narrador describe este tipo social como un entomólogo a su insecto y destaca los vicios inherentes a la coqueta: impostura y artificio, gasto excesivo y una cierta fealdad que tiene que esconder bajo afeites y ropajes. En Los cubanos, el artículo dedicado a la coqueta es obra de la escritora Virginia Auber Noya, más conocida por su novela Ambarina. Inicia el artículo señalando que este no es un tipo cubano: «¿Queréis que os pinte la coqueta cubana?... permitidme que arroje una escudriñadora mirada a mi alrededor para descubrirla, pues en ningún país abunda menos que en el nuestro»
(Felicia, 1852:7) y posteriormente recrea la historia de la coqueta Tula, una mujer que tras poner en jaque a varios pretendientes termina casándose con el menos conveniente. Cita al inicio de su narración una obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda en la que se pinta a una coqueta, posiblemente la Catalina de la novela Dos mujeres (1842-43).