Senectud
Rafael González
- Título: Las últimas lunas, de Furio Bordon.
- Dirección: José Luis García Sánchez.
- Intérpretes: Juan Luis Galiardo, Carmen Conesa y Luis Perezagua.
- Lugar: Teatro Principal de Alicante.
Esta es la obra que representaba Mastroianni en los días en que murió; demasiado actor para un texto tan poco valioso. Se cuenta en él la historia de un hombre viejo que va a ser abandonado por su familia en una «residencia para la tercera edad», un asilo. Al igual que en la novela de Tabucchi Sostiene Pereira, también este anciano interpretado por Galiardo habla con su mujer muerta años antes: en la novela, Pereira se dirigía a una foto; aquí, El Padre evoca el recuerdo de La Madre, de su mujer, que se hace carne en escena con las formas de Carmen Conesa.
La obra está dividida en dos partes. En la primera, se plantean los últimos instantes del anciano en la casa familiar. Habla con el fantasma de su mujer y también el fantasma de su hijo. En esa primera hora de montaje se dejan ver algunos momentos buenos, por lo menos divertidos, como cuando El Padre retoma una vieja broma en la que se inventaban unos padres distintos para su hijo. La segunda parte está dirigida al supuesto final del primer actor, y toma forma de monólogo en el que El Padre tiene como interlocutora... ¡a una maceta de albahaca! Da la impresión de que el autor se lo podía haber trabajado un poco más en su intento de masticarnos la chochez del anciano. El trabajo resulta, pues, bastante decepcionante. Tantos buenos ingredientes (el último texto teatral representado por el Gran Marcelo, la presencia del también gran actor Galiardo, la firma de Rafael Azcona en el capítulo de adaptación, y la del director de cine García Sánchez) hacían presagiar que el espectáculo podría lograr meterse hasta en lo más profundo del alma del espectador; sin embargo, no parece que algo así suceda, ya que, a la medianía del texto, hay que añadir una poco convincente labor de dirección que comienza a sospecharse en la primera parte de la pieza y queda patente en el monólogo final.
Es curioso que, con un hombre de cine a los mandos del montaje y un actor ante todo cinematográfico en el centro de la escena, la obra adolezca precisamente de esa naturalidad (en su presentación, en su interpretación) tan propia del séptimo arte que consigue hacer verosímiles hasta las historias más fantásticas. Galiardo, aunque no es el extraordinario Galiardo del cine y la televisión, destaca -pero sólo en algunos instantes- en un reparto descompensado: entre otras cosas, resulta imposible tragarse que el televisivo Perezagua pueda ser hijo del inmenso -aquí, como decía, sólo de tamaño- Galiardo.