Sombras en la imagen del tiempo: Ivan Krasko y la cultura rumana
Alejandro Hermida de Blas
La renovación de la lírica eslovaca en el tránsito del siglo XIX al XX está indisolublemente unida a la persona de Ivan Krasko (1876-1958). Sin su papel no se entenderían muchos movimientos poéticos posteriores (Rúfus, 1969). Desde una perspectiva ajena puede parecer extraño que un autor de obra tan exigua -publicó sólo dos libros, Nox et solitudo (1909) y Verše (1912), amén de algunos poemas sueltos- pudiese influir tanto en la reorientación de la literatura en Eslovaquia. Pero debemos tener en cuenta la especial situación social de este país, privado de toda autonomía política y cultural -y hasta de nombre, pues era considerado tan sólo una parte de la llamada Alta Hungría- y donde la esporádica aparición de cualquier libro en lengua vernácula era un acontecimiento no sólo literario, sino también cívico. Los eslovacos, como los rumanos de Transilvania, fueron víctimas del Compromiso Austro-Húngaro de 1867, que paradójicamente, al restaurar los derechos históricos del Reino de Hungría, permitió pervertirlos en un sentido étnico, dando a los magiares pleno dominio sobre todos los demás pueblos de ese antiguo estado multinacional. El tardío intento de convertir el Reino de Hungría en un estado nacional exclusivamente magiar, a través de una política educativa chovinista y asimiladora, generó en las minorías reacciones defensivas de índole asimismo étnica, pero también casos de cooperación -sobre la base del enemigo común- entre etnias no emparentadas. En el caso eslovaco, un ejemplo de lo primero es el idealismo eslavófilo, orientado a la Rusia zarista, del núcleo nacionalista conservador en torno a Svetozár Hurban-Vajanský (1847-1916). Por lo que respecta al segundo fenómeno, tal vez el caso más emblemático sea el de Ivan Krasko. Emblemático, y al mismo tiempo atípico, pues el principal impulso en su formación vital y poética le llegará de una cultura cuyas relaciones con la eslovaca han sido, en general, discretas: la rumana.
El futuro poeta Ivan Krasko nació en 1876 en el pequeño pueblo de Lukovištia, perteneciente a una región, Gemer, tan rica en personalidades de la cultura eslovaca como castigada por la magiarización. Su verdadero nombre era Ján Botto y, aunque hijo de campesinos, tenía en su familia lejana antecedentes cultos: el historiador local Július Botto y, más indirectamente, el célebre poeta romántico llamado asimismo Ján Botto. El relato de la juventud de Krasko podría asumir la forma de un Bildungsroman que lo lleva, a través de dificultades económicas y familiares (la oposición de su padre), en pos de la educación por diversas tierras del Imperio (de Eslovaquia a Transilvania y a Bohemia), llegando a estudiar en cinco lenguas diferentes: eslovaco, húngaro, alemán, rumano y checo. Por origen parecía predispuesto a una vida errante, ya que el apellido Botto -como el propio Krasko se encargaría de investigar- procede de Italia, concretamente de la Liguria, de donde sus antepasados vinieron a Eslovaquia en la segunda mitad del s. XIII para trabajar en las minas de oro.
El momento decisivo en su trayectoria se produce en 1893. Hasta entonces Krasko, que tras acabar la escuela popular en su pueblo natal había tenido que continuar estudios en el gimnasio húngaro de Rimavská Sobota, parecía abocado al destino magiarizado de tantos jóvenes eslovacos1. Pero en ese momento se benefició de una de las iniciativas solidarias que pretendían eludir la opresión magiar, en este caso enviando a estudiantes eslovacos a escuelas de Transilvania. El curso 1893-1894 lo realizó Krasko en el gimnasio alemán de Sibiu, los dos siguientes (1894-1895 y 1895-1896) en el gimnasio rumano de Braşov. Hay que subrayar que el joven eslovaco afrontó estos cambios de ambiente sin preparación lingüística previa, lo que habla de una capacidad de adaptación hoy en día sorprendente, pero que tal vez, en ese tiempo y lugar, no fuera tan inusual.
El periodo transilvano de Krasko no fue muy largo, pero coincidió con la cristalización de su personalidad y su escritura. En Sibiu, a finales de 1893, escribió su primer poema «Pieseň nášho ľudu» («Canción de nuestro pueblo»), que sería también el primero en publicarse (en 1896 en la revista Slovenské pohľady) firmado con su primer pseudónimo (J. C. o Janko Cigáň). Su inmersión en el medio rumano debió ser más que aceptable, pues no sólo obtuvo la reválida en este idioma, sino que llegó a implicarse sentimentalmente en él. Tuvo un romance con una joven rumana, Sofia Stănescu, cuya carta de despedida, escrita en su lengua materna, conservó Krasko hasta el final de sus días.
Pero la muestra más palpable del interés de Krasko por la cultura rumana son las traducciones poéticas que, en distintos momentos de su vida, hizo al eslovaco. No son muy numerosas, pero sí significativas por tratarse de una literatura poco divulgada. La lista completa comprende diez poemas de Mihai Eminescu, dos de Octavian Goga, uno de Tudor Arghezi y uno de George Coşbuc (v. Apéndice). De todas ellas destacan las de Eminescu, por ser éste el autor que más impresionó al poeta eslovaco. Según Gáfrik (2001), Krasko compró un volumen con sus obras en el verano de 1896 en Bucarest, donde se detuvo con su primo camino de Odessa. En su biblioteca llegó a tener otras dos ediciones rumanas, además de las traducciones al alemán, húngaro y francés. El propio Krasko sostiene que sus versiones de Eminescu datan de los años inmediatamente posteriores a su retorno a Eslovaquia en 1896, aunque esto es difícil de comprobar, pues fueron conocidas muy tardíamente: tres aparecieron en revistas en la década de 1930, y el conjunto se publicó como monografía sólo en 1956, con el título de Tiene na obraze času (Sombras en la imagen del tiempo). Tras las investigaciones de Gáfrik (1993) parece probado que algunas de estas versiones, o al menos su forma final, datan ya de los años 50. Se trata singularmente de «Anjel a démon» («Înger şi demon») y «Cisár a proletár» («Împărat şi proletar»), tal vez también de «List druhý» («Scrisoarea II»).
Es evidente que el retraso en la publicación limitó el alcance de las versiones kraskianas2. Queda por determinar la inspiración que la lectura de Eminescu haya podido ejercer en la obra del autor eslovaco (y, a través de ésta, en la poesía eslovaca de la primera mitad del siglo XX). Un repaso al estado de la cuestión arroja el resultado de que, si bien los principales estudiosos kraskianos reconocen esta influencia, en general le conceden un valor anecdótico en el contexto eslovaco y, con la excepción de Barborică (1970), no entran a fondo en sus manifestaciones concretas, mucho menos en sus causas y efectos. Gracias al eslovaquista rumano está asumido que la selección de los poemas de Eminescu traducidos al eslovaco no fue casual, sino que respondía a los intereses más profundos del joven Janko Cigáň / Ivan Krasko. Si descontamos los dos o tres poemas mencionados, al parecer añadidos tardíamente al corpus, podemos deducir en el poeta incipiente una fascinación algo unilateral por el Eminescu más lírico, melancólico, íntimo y sentimental. Tanto Gáfrik (1993) como Felix (citado por éste) y -con los matices que más tarde indicaremos- Šmatlák (1976) consideran esta elección como una suerte de «transferencia» (la expresión es nuestra) en la que Krasko utiliza a Eminescu para expresar, con imágenes y palabras de éste, sus propias emociones y preocupaciones. Sin ánimo de profundizar aquí en este aspecto, podemos apuntar que una de las enseñanzas que el autor eslovaco recibió del rumano fue la percepción del paso del tiempo y de su sutil, pero irreversible acción corrosiva sobre el alma humana.
Una de las claves del descubrimiento kraskiano de Eminescu y de su repercusión en la nueva poesía eslovaca podría ser la crisis que, en el paso del siglo XIX al XX, vive el concepto de literatura nacional. Un conflicto tácito entre el principio étnico y el ciudadano atravesó el pensamiento social eslovaco durante todo el siglo XIX (y seguiría haciéndolo en el XX), con las consiguientes huellas en la vida intelectual de la nación. Una de las formas que asume este conflicto es la polémica generacional entre «viejos» conservadores y «jóvenes» liberales. Hasta la creación de la República Checoslovaca en 1918, que fue una victoria de los jóvenes hlasisti (liberales afines al presidente Masaryk, llamados así por su órgano de expresión, la revista Hlas), los patriarcas rusófilos y conservadores tuvieron siempre la última palabra. A su favor jugaba el asedio magiar a que estaba sometida la cultura eslovaca, y que la obligaba a mantener una artificial cohesión en torno a ciertos valores como la solidaridad eslava. Esta actitud defensiva acababa por velar las más de las veces las diferencias internas, obviándolas en nombre de la mera supervivencia nacional. Como escribe Matuška (1990 [1946]): «La literatura eslovaca es fruto de una nación pequeña, que ha vivido hasta ahora gran parte de su historia en ausencia de libertad política e intelectual, que ha vivido de espalda al proceso civilizador europeo y se ha retrasado en todas las corrientes. Por la fuerza de las circunstancias, debido a que la nación era un objeto y toda su vida estaba preparada no para la conquista, sino para la conservación, tiene la literatura carácter defensivo»
.
Quizá por este motivo Ivan Krasko, que por edad y formación era afín a los hlasisti, jamás cuestionó abiertamente la autoridad de los mayores. Cuando comienza a escribir, la tradición poética estaba representada por la obra profusa y multiforme de P. O. Hviezdoslav (1849-1921) y, en menor medida, del mencionado Vajanský. La reacción de cada uno de ellos a la aparición del joven poeta será muy diferente. Hviezdoslav, en el poema «Nové zvuky počujem...» («Oigo nuevos sones...») (1910), despreció, sin nombrarla, la poesía de Krasko, cuya melancolía consideraba «una moda del espíritu»
, «un traje cortado al crepúsculo en algún lugar de Occidente»
. Por su parte Vajanský, en un ambiguo alarde de generosidad, actuó de «partera» de su primer libro, Nox et solitudo (1909), proporcionándole el prólogo, el nuevo pseudónimo -el esteticista Ivan Krasko en vez del plebeyo Janko Cigáň, «Juanito el Gitano» o «Juanito el Embustero»- y una reorganización de textos que, cambiando de posición o censurando los más escépticos, socavó un tanto el sentido unitario del libro3.
Igualmente interesante es la respuesta de Krasko a ambos autores consagrados: si en el poema «Kritikovi» («A un crítico») defiende, no sin ironía, la autenticidad de su poesía frente a los ataques del «querido abuelo» (Hviezdoslav), en el poema dedicado a Vajanský («Sv. H. V.») expone en tono cordial no sólo su admiración por éste, sino también sus diferencias: «porque no eres como yo / y comprendes al que no es como tú: / ¡por eso te quiero, poeta!»
. Es este un modo de definirse frente a la tradición distinto al de la abierta polémica. Su carácter dubitativo, no concluyente, quedaría de manifiesto unos años más tarde, en los pocos poemas escritos por Krasko durante la Primera Guerra Mundial. Para entonces ya había presentado lo mejor de su obra y entrado como creador en una fase crepuscular. En esos tiempos en que volvía a estar en juego la existencia, incluso física, del pueblo eslovaco, aparece en Krasko un intento de reinsertarse en la tradición cultural eslovaca. Este intento -demasiado deliberado, y por eso fallido- es visible tanto en el historicismo nacionalista de los textos (História, Pribina, Svätopluk) como en sus recursos poéticos realistas (Fragment).
La misma tendencia centrípeta que a menudo ha afectado a las letras -por culpa, al menos en parte, de las circunstancias políticas- se ha extendido también al discurso oficial de la historia literaria eslovaca. Esto ha sucedido a pesar de los reiterados llamamientos de varios especialistas -el más decidido de ellos Mikula (1997)- para no simplificar panoramas histórico-literarios complejos donde compiten, por tímidamente que sea, distintas poéticas y estéticas. En este discurso oficial aparecen como valores supremos la continuidad y la síntesis, aun a riesgo de deformar la imagen de los sucesivos periodos mediante el menosprecio o tratamiento apriorístico de algunos datos. Un ejemplo ya clásico es la explicación escolar del Romanticismo literario eslovaco, tradicionalmente reducido a una prolongación de las ideas políticas y estéticas de su líder más destacado, Ľudovít Štúr (1815-1856), cuando los estudios documentan la existencia de muy diferentes posturas entre sus diversos actores.
Otro ejemplo, ya en el caso que nos ocupa, es la exposición que de la formación poética de Krasko hace Šmatlák (1976). El estudioso trata en primer lugar la relación del poeta con Hviezdoslav y sólo a continuación su «encuentro con Eminescu». Es decir, presupone que en la constitución de la poética kraskiana habría intervenido ante todo el realismo (o la especial versión del parnasianismo) que entonces dominaba la poesía eslovaca, y sólo más tarde -si bien, admite Šmatlák, con efectos decisivos- la apertura a influencias externas. Lo erróneo de este esquema queda de manifiesto por las palabras del propio Ivan Krasko, quien admite su tardío descubrimiento de Hviezdoslav, posterior al de la poesía rumana. Es cierto que, antes de marchar a Transilvania en 1893, había podido disfrutar de la biblioteca de su tocayo y pariente lejano, el poeta romántico Ján Botto; pero ésta, como es lógico, estaba constituida por libros más antiguos. Gáfrik (2001) cataloga las lecturas juveniles confesadas por Krasko, ciertamente limitadas, aunque ampliadas por su traslado a un medio lingüístico alemán y, más tarde, rumano: Pushkin (en traducción eslovaca), Byron y algunos prosistas rusos sin determinar (en traducción alemana), Eminescu y otros autores rumanos. Su primera adquisición de un libro de Hviezdoslav (el segundo tomo de sus obras completas, dedicado a la lírica) se remonta al verano de 1896, es decir, casi al mismo tiempo que la de la obra de Eminescu. Sin embargo, a éste, como a otros autores rumanos, debió de conocerlo ya durante sus estudios en Braşov. Esto explica por qué el propio Krasko comenta: «quedé entusiasmado por la poesía de Hviezdoslav y también por el hecho de que en altura igualaba a la poesía rumana»
(el subrayado es nuestro)4. La confesión no deja lugar a dudas: después de unos pocos autores románticos eslovacos y europeos, la poesía rumana fue la principal escuela literaria de Krasko, y el rasero por el que medía la calidad de la poesía eslovaca contemporánea5.
Este hecho nos lleva a una reflexión final: ¿es casual que el gran renovador de la lírica eslovaca formase su sensibilidad poética en gran parte en un medio culturalmente ajeno? ¿No es precisamente la distancia física y psíquica la que le proporcionó autonomía suficiente para, aun sin buscar la franca polémica, escribir de modo tan distinto a las figuras indiscutibles de la poesía eslovaca del momento? No queremos señalar con esto que Krasko fuese -como le reprochaba Hviezdoslav- un mero importador de tendencias literarias extrañas. Cualquier estudioso o simple lector de la obra de Krasko reconoce su marcada personalidad, su rara coherencia interna, no atribuible al azar ni a la imitación. Lo que el poeta encontró en sus fuentes heterogéneas, tanto eslavas como germánicas o rumanas (y de modo especial en Eminescu), fueron los estímulos adecuados para expresar las emociones y reflexiones de un joven intelectual del cambio de siglo en un país periférico, enfrentado a la complejidad sentimental, espiritual, social y política de un mundo sin certezas.
Apéndice:Poemas traducidos por Ivan Krasko del rumano al eslovaco
- MIHAI EMINESCU (1850-1889)
- «Peste vârfuri» («Za vrcholy...»).
- «De ce nu-mi vii» («Čo nejdeš mi»).
- «Pe aceeaşi ulicioară...» («Na tej istej uličôčke...»).
- «De câte ori, iubito...» («Vždy, milá, keď nás vedno...»).
- «Departe sunt de tine...» («Ja ďaleko som teba...»).
- «Ori câte stele...» («Hviezd koľkokoľvek - Sonet»).
- «O, mamă...» («Ó mamka, sladká mamka...»).
- «Scrisoarea II» («List druhý»).
- «Înger şi demon» («Anjel a démon»).
- «Împărat şi proletar» («Cisár a proletár»).
- OCTAVIAN GOGA (1881-1938)
- «De demult» («Z dávnych čias»).
- «Cosaşul» («Kosec»).
- TUDOR ARGHEZI (1880-1967)
- «Duhovnicească» («Duchová»).
- GEORGE COŞBUC (1866-1918)
- «Noi vrem pământ!» («My chceme zem!»).
Bibliografía
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