«Syllogismes de l'Amertume», de E.M. Cioran. Gallinard. París, 1952
Ricardo Gullón
El rumano Emile Cioran en el Tratado de descomposición, publicado hace un par de años, analizó con penetración casi cruel de puro clarividente algunas de las razones que tiene el hombre actual para vivir en la desesperación. Ahora, los Silogismos de la amargura corroboran no tanto una actitud como una fatalidad, la dedicación a desengañadas e irónicas pesquisas en torno a valores que considera periclitados.
El nuevo libro está compuesto por una serie de máximas, observaciones, extravagancias e incluso, blasfemias, agrupadas en diez capítulos: muerte, amor, soledad, música, religión... Cioran quiere mantenerse lúcido y profundizar en la entraña del problema sin dejarse absorber, conservando independencia y capacidad de reacción.
La inmortalidad le parece impensable. (¡Ah!, hubiera exclamado Unamuno: ¡lo imposible es no pensarla, no vivirla!). El amor se le presenta como una aburrida ficción cuya caducidad da por supuesta. La música es una seducción enojosa que intenta arrastrar hacia el ensueño y el éxtasis, en donde Cioran se niega el derecho a entrar.
Si el prejuicio se fundara en la austeridad de la razón o en el puritanismo ideológico, la actitud de Cioran tendría precedentes y parecería, por más lógica, más plausible. Pero esa apariencia le importa poco. Ni el racionalismo, ni el puritanismo, ni la rebeldía son los caminos. «¿Nuestras repugnancias? -Rodeos de la repugnancia que sentimos por nosotros mismos.» Ahí se trasluce la tristeza de una soledad que siendo extrema no quiere ser vencida, menoscabada: «Cuando sorprendo en mí un impulso de rebeldía, ingiero un somnífero o consulto a un psiquiatra. Todos los medios son buenos para quien aspira a la Indiferencia sin estar predispuesto para ella.»
Esta es, probablemente, la clave: la persecución de una indiferencia para la que no está predispuesto; por eso mismo pugna consigo mismo. En tal pugna y para vencerse todos los recursos son lícitos. La ironía, por ejemplo, es defensa contra inclinaciones evidentes, contra predisposiciones no determinantes de la Indiferencia sino de la Pasión. Y la Pasión forma parte de la cohorte condenada, de los sentimientos repudiados.
La alegría se desvanece y en su lugar surge, lúgubre sucedáneo, la filosofía. Filosofía con el sentido que la palabra tiene en frases como esta: «soporto la ruina con filosofía».
Tampoco son posibles grandes gestos, condenaciones, indignación. ¿Indignarse? «Toda indignación -desde la gruñonería al luciferismo- señala una pausa en la evolución mental.» Según dije, Cioran apunta al esceptismo, pero a un esceptismo que no logra ocultar por completo, so capa de humor, la presencia de la angustia, el pulso de la desesperación. Este libro, estas «fúnebres futilidades», dan testimonio de la dramática situación actual de muchos intelectuales europeos, inmersos en la amargura y conscientes de cómo, una tras otra, se van cerrando fatal inexorablemente, las vías de acceso a la esperanza.