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«Teatro real», poesía de la existencia

Valentín Navarro Viguera1

Teatro real, de Leopoldo de Luis, fue publicado en 1957 como número CXLV de Adonáis, la más famosa colección de la época, y, más tarde, en 1975, se volvería a editar, junto a Juego limpio, el siguiente libro del autor, de 1961, en la popular colección Austral, de Espasa-Calpe.

Aquella fecha de finales de los cincuenta hace que la estructura del libro se cargue de sentido. Cada una de las partes que lo constituyen contribuye a realzar la protesta existencial y social que late entre sus páginas, desde el título -que da nombre a su vez a la primera parte- hasta el «Epílogo», donde da fe de que la vida merece la pena ser vivida, pasando por la dedicatoria a un preso político, el paratexto de la segunda parte («Patria oscura») e, incluso, el poema-prólogo «La almendra», que es en sí una declaración de intenciones. Existencialmente, supone la radiografía de un hombre desorientado en el sinsentido de un metafísico escenario vital. Socialmente, asiste el lector a la denuncia de un inhóspito momento histórico por parte de aquel que araña las paredes del absurdo para que entre sus grietas nazca la luz de la esperanza, localizada en la belleza de lo cotidiano.

El teatro al que alude el título es el calderoniano teatro de la realidad, el gran teatro del mundo y el de la vida como un sueño donde se desdibujan las líneas entre lo racional y lo irracional. Por su escenario -que no es sino la tierra que se pisa- deambula una confusa mezcla de actores y esperpénticos personajes del absurdo, crepusculares y grises, monótonos, arrastradas masas de carne informe, nacidas, muertas y tornadas a nacer una y otra vez; actores y personajes herederos de una especie lastrada por el pasado. Así es el ser humano que queda deslumbrado por la perplejidad de la existencia y marcado a fuego por el devenir del tiempo.

El neoplatónico contraste de luces y sombras, ya en Calderón, recrea el tema existencial de la vida inauténtica y dibuja a un ser arrojado al mundo que lucha por salir de la oscuridad («Yo lo que busco es una salida, / una salida hacia el mañana). Leopoldo de Luis leyó los manuscritos de los poemas de Miguel Hernández «Hijo de la luz y de la sombra» y «Eterna sombra» tempranamente, ya en los años cuarenta, cuando preparaba junto a José Luis Cano su transcripción por encargo de Vicente Aleixandre. Esas lecturas fueron decisivas para la configuración de su pensamiento poético y de su universo simbólico desde su primer libro, y fundamentales en Teatro real. Como el Sísifo de Camus, el hombre está condenado a «seguir subiendo» como «cuerpos de sombra e ignominia», a arrastrar su pesada carga de existencia siempre inacabada y jamás lograda -como un proyecto que deja un poso de insatisfacción-, hacia las elevaciones del tiempo futuro, o hacia abajo, hacia las entrañas de la Madre Tierra, en cuyo seno nos acoge para la muerte y que De Luis nombra, en el poema «Aún esperanza», como «madrastra». Llamarla de este modo en un poemario donde también se presenta intencionadamente a la Madre Patria, que era siempre entonces Una, Grande y Libre, como «Patria oscura» -título del primer poema de la segunda parte y rótulo con el que se aglutinan esos poemas-, o hablar de la «Patria de cada día», prescindiendo así de la gloria eterna y de los ademanes imperialistas que se le presuponían, era una actitud antipatriótica, tan incómoda para el régimen franquista que hacía, paradójicamente, que un inofensivo libro de poesía resultase ser terreno para la censura y propicio al veto por parte de las altas esferas ministeriales. Esta poesía fue, por lo tanto, tomada en serio.

El poder igualador de la muerte acaba a un mismo tiempo con la existencia individual y con las diferencias de clase. He aquí el verdadero atractivo del gran teatro del mundo respecto a Teatro real. La reivindicación social de carácter humanista -el hombre como valor supremo- y la apología marxista de una sociedad sin clases encuentran en el concepto heideggeriano del Sein zum Tode una base argumental que justifica la síntesis entre existencialismo y compromiso que caracteriza al libro deluisiano.

Algunos títulos de los poemas de Teatro real ponen de manifiesto la necesidad de contar con la literatura del theatrum mundi: «La representación» como base de la alegoría que se va a presentar a continuación; «La parodia» en tanto descripción fenomenológica del absurdo de la existencia; la inautenticidad que pone de manifiesto «El disfraz»; la falta de identidad y de consistencia del hombre en «La ropa»; «La danza» hipnótica y macabra de la muerte que seduce a todo ser; y los dos sonetos del «Epílogo» con el que se cierra la obra.

Y tras el título, la dedicatoria, «A José Luis Gallego, fraternalmente», quien, como otro Segismundo encerrado en su torre, sufre cárceles franquistas desde 1939 y una larga y penosa condena que se prolongaría hasta 1960. Con él se presentifican cuantos padecían o padecieron -como Miguel Hernández o el mismo Leopoldo de Luis, por citar solo dos nombres que vienen al caso- la ignominia del periplo de campos de concentración, penales y batallones de trabajo. Se trataba, pues, de un soterrado homenaje y de una taimada protesta. También supuso un gesto comprometido, ya que, aunque ya hacía casi veinte años de que condenaran al poeta de Voz última2 a pena de muerte en una primera sentencia, Teatro real tuvo problemas con la censura y, posteriormente, fue vetado por parte del Ministro de Información y Turismo Gabriel Arias-Salgado y de Cubas para el Premio Nacional de Literatura3. El agnosticismo deluisiano debió contribuir a ello, ya que el ministro del general Franco era un integrista católico. La constatación materialista de que solo existe este mundo, y de que en él parece no haber ni Dios ni jefe de Estado que ofrezca un hálito de esperanza para salir del absurdo existencial y del caos histórico en el que se estaba sumido, corrobora la doble lectura que podía hacerse de tantos poemas del libro Teatro real, como sucede con los versos de «Una ventana», existenciales y sociales a un mismo tiempo:

¿Quién gobierna esta escena, quién apunta?

El director habrá tenido un fallo.

¿Nadie dirige, aquí, entre bastidores?

La luz, solo la luz sigue alumbrando.



Teatro real posee el pesimismo del pensamiento existencial y parece el ensayo de una solución a través de los dictados del compromiso. Por eso es la suya una esperanza desesperanzada, o un pesimismo esperanzado, que refleja la ética de Camus, la de imaginarse, a pesar de todo, a Sísifo feliz. Leopoldo de Luis habló ya entonces de «respirar por la herida»4.

Desde la filosofía existencial, De Luis retrata al hombre como un ser arrojado al mundo sin que nadie le haya preguntado si quería asistir a la fiesta o a la tragedia de la vida: «La vida nos arroja a un escenario / que no elegimos y la farsa empieza». El hecho de encontrarse ahí, embarcado en la existencia, sin causa ni finalidad que lo justifique, hace que broten la angustia y el extrañamiento: el choque entre el hombre y la realidad, magnificado por las circunstancias históricas que lo determinan. Pero una vez que sale a la escena del mundo, el poeta está obligado a ir construyendo su obra, pues tiene la necesidad de elegir a cada instante aquel que desea ser entre las distintas posibilidades que, sin excusa, se ha ido construyendo:

Vivo la vida de este personaje

que estoy queriendo ser, de este proyecto

humano en carne viva que persigo

por el helado tarajal del tiempo.



La existencia, según Martin Heidegger, es contingencia, posibilidad y elección. Su discípulo, José Ortega y Gasset, corrobora que la vida es un quehacer, un continuum en el que no hay interrupción posible; el hombre crea su argumento y se convierte en artífice de su propia historia. No es, pues, un producto acabado sino un proyecto de vida; lo que Ortega y Gasset llamaba razón histórica. Si el hombre es solo tiempo, no hay trascendencia posible. El agnosticismo deluisiano se explicita reiteradamente, así en aquellos versos del poema «Segismundo» que dicen: «somos a la vez autor, intérprete, / traspunte, atrezzo y escenario».

Sin Dios, el sentido de la vida auténticamente vivida reside en la conciencia de la muerte, siendo quizás este el concepto más llamativo del existencialismo (Sein zum Tode o ser-para-la-muerte). «Sabemos el final, y en olvidarlo / está la clave de representarla», escribe el poeta en «El disfraz». Sin embargo, el tiempo y la muerte son los dos grandes temas de la poesía de Leopoldo de Luis y están muy presentes en Teatro real, como en «El traje usado», escrito a partir del tópico somo sema (el cuerpo como una tumba) y donde el pensamiento materialista del poeta regala la imagen de la vida como «la muerte por entregas / que consumo».

La otra cara de la moneda de Teatro real es la poesía social, basada en la defensa de la intrahistoria española, de lo cotidiano, así como la identificación -en clave marxista- del trabajo del poeta con el de otros oficios. «A Luis, el carpintero de al lado de mi casa» es probablemente uno de los poemas sociales más conocidos de Leopoldo de Luis; de él su autor dilucidó la intención a la hora de escribirlo en Reflexiones sobre mi poesía: expresar el sentimiento de que la poesía «puede ayudar al hombre a comprender mejor el mundo»5. El poema tiene como antecedente, al menos por su título, el de Nicasio Álvarez Cienfuegos6: «En alabanza de un carpintero llamado Alfonso», citado por De Luis en su conferencia de 1996 «Poesía popular española del siglo XX»7; allí anotaba que «los ilustrados del XVIII defienden el trabajo como el socialismo utópico. Álvarez Cienfuegos escribe un poema En alabanza de un carpintero llamado Alfonso». En la ficha 40 de esa misma conferencia recoge la cita del Manifiesto comunista (1848): «La burguesía no sólo ha forjado las armas que acabarán con ella, ha producido también a los hombres que manejaran esas armas: los obreros, los proletarios». Esos obreros y proletarios son los que protagonizan «Patria de cada día», poema que se cierra con un final típicamente deluisiano: la constatación de la esperanza a pesar del doble dolor histórico e inherente al ser humano.

La mejor poesía social es propia de espíritus escépticos y esperanzados a un mismo tiempo, por lo tanto, es aquella que no silencia el sufrimiento como modo inevitable de estar en el mundo. De hecho, no es posible la esperanza sin la angustia; en toda poética de la esperanza se actualizan dos tiempos: uno agónico, el presente, y otro idealizado, el futuro soñado.

Excepto en un conjunto de poemas claramente comprometidos con las circunstancias sociales del tiempo histórico que le tocó vivir («Patria oscura», «A Luis, el carpintero de al lado de mi casa», «Patria de cada día» y «Breve carta a Elvira Gascón»), predomina en el libro una poesía reflexiva en torno al sentido de la existencia. Incluso en aquellos poemas, como en «La esperanza» y «La soledad» - donde el hijo es el destinatario explícito y encarna las ideas expresadas, transformándose en imagen o símbolo del mañana-, que invitan a contar con el manido nosotros hacia el que giró la poesía de mitad del pasado siglo, el pensamiento poético existencial va a moldear los dictados filo-marxistas asumidos. Teatro real es la voz del compromiso existencial.

Toda poesía social debe ser, antes que social, poesía; y la de Leopoldo de Luis lo es de altos vuelos estéticos. Los tópicos del teatro calderoniano adquieren aquí categoría de símbolos para expresar un humanismo comprometido de base existencialista. Con Teatro real el poeta ha levantado un universo poético propio que lo hace inconfundible. Cuenta el libro con una estructura que logra expresar su modo auténtico de estar en el mundo, de respirar por la herida. Pesimista convencido, Leopoldo de Luis hace suyo cuanto estímulo le llega del exterior para transformarlo en palabra poética esperanzada. Como dice el propio poeta:

De esta pequeña llama que cada uno encendemos

tiene que arder la hoguera viva del horizonte.