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Es fácilmente constatable en las diversas historias de la literatura una gran carencia en los estudios sobre la novela fantástica-gótica española, en particular, y sobre toda la producción novelística del siglo XVIII, en general.

 

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Asimismo, por ser predecesora en muchos aspectos, debe considerarse como el punto de partida de la novela, en el sentido en que el término es entendido en la actualidad. «La conciencia de género es, a la vez, un elemento importante extraliterario para configurar las características a las que deberán ajustarse las producciones literarias que aspiren a formar parte de este grupo» (Álvarez Barrientos, 1991: 155). Conviene advertir, por ello, antes de introducirnos en las peculiaridades de esta narrativa, que su nacimiento fue paralelo al de otras dos modalidades de novela: la sentimental y la histórica y que tomaron conciencia de género desde sus orígenes. Evidentemente, un origen común prefigurará unas características, al menos, similares. Sin embargo y a pesar de las afinidades entre las mismas, fueron, como era de esperar, las disimilitudes las que establecieron las fronteras entre unas y otras. Pues, por una parte, aunque bajo la novela gótica subyace una teoría de la historia, se apropia de ella, frente a la novela histórica, precisamente para rehuirla y afirmar mejor así su anacronismo; de la misma manera que a pesar de que las implicaciones de las novelas sentimentales sean melodramáticas o, incluso, trágicas su intención es revelar el poder de la luz y de la redención, insistir en que la virtud, aunque no prospere en todos los casos, al menos acaba siempre por triunfar. En cambio, el principal empeño de la novela gótica, aunque tenga una final feliz, será siempre describir el terrible poder que ejercen en el mundo las tinieblas.

 

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El estudio riguroso del componente argumental de las novelas góticas corresponde a autores como Penzould o Killen.

 

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El investigador Fereydonum Hoveyda, uno de los mayores especialistas en este género, sostiene que la novela policíaca, como relato construido a partir de acontecimientos fantásticos, es un claro precedente de la novela gótica. (Historia de la novela policíaca, Madrid, Alianza Editorial). De hecho, los textos fundadores de la novela policíaca (Blazar, Gaboriau y Poe) fueron redactados por escritores de formación «gótica» y en una perspectiva híbrida, como Los crímenes de la calle Morgue de Poe, obra catalogable en los dos géneros.

 

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El castillo de Otranto comienza con un prólogo en el que el narrador nos informa de la verdadera génesis de la obra. En realidad y según nos refiere él mismo «la obra que se ofrece a continuación se encontró en la biblioteca de una familia católica del norte de Inglaterra. Se imprimió en Nápoles con caracteres góticos en el año 1529, sin que conste cuando se había escrito.» (Walpole 1982: 15).

 

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De hecho, se trata más bien de motivos imprescindibles que vendrían a incidir en este profundo terror a la muerte, muchos de los cuales fueron tomados de las fuentes orales más primitivas y forman parte de la herencia permanente de la humanidad: el fantasma que se aparece y exige que sean enterrados sus huesos, el amante que regresa del más allá para llevarse con él a su esposa viva, el demonio de la muerte o el hombre lobo son para Lovecraft herederos de toda una rica tradición medieval. (Lovecraft, 1989: 15).

 

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La religión cristiana creía en el regreso de los muertos que no habían recibido sepultura en lugar sagrado. Esta creencia se utilizó en el periodo medieval y se perpetuó hasta bien entrado el siglo XVIII, incluso, como castigo más allá de la misma muerte.

 

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Estos motivos que hemos agrupado bajo el epígrafe de miedo al dolor moral fueron observados, en su momento, por Todorov y agrupados, por él mismo, bajo la denominación de temas del tú, considerando que se trataba «de la relación del hombre con su deseo y por eso mismo con su inconsciente» (Todorov, 1982: 166).

 

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El poder de la Ciencia y de la Razón parecía insuficiente para contrarrestar el de una Iglesia fortalecida por continuos ataques a su magisterio y que comenzaba a reavivar miedos cervales que el final de la Edad Media parecía haber enterrado; miedos que reaparecerían de la mano de una Inquisición que se sirve del pecado para diferenciar el bien del mal, las conductas socialmente aceptables de las que no lo son.

 

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Este tipo de cura lascivo fue una creación de la sátira clerical de la Baja Edad Media, que luego se extendió a la vida conventual y monástica. La literatura conventual del siglo XVIII, de marcado anticlericalismo propiciado por la Ilustración, que calificaba de estúpidas a las personas que se sometían al celibato, fue sobre todo una invención francesa que luego se extendió a Alemania y en ella se ejemplificaron los vicios del clero y las dificultades de las monjas ingresadas, en contra de su voluntad, para guardar el voto de castidad (Frenzel, 1880: 403-411).