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Como advierte Calabrese (1987), la unión de las ciencias humanas y las ciencias físicas y teóricas no es un hecho nuevo sino que se remonta a las matemáticas estéticas del siglo XIX. La pretensión de crear estéticas científicas puede ser situada como reacción al idealismo de Hegel y de sus epígonos y puede ser adscrita a filósofos como Helmholtz, Lipps, Fechner y Berkhoff.
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La aplicación de la teoría de la información a la interpretación estética, sobre la base de principios de la cibernética, la lleva a cabo, por ejemplo, Abraham Moles en su obra Théorie de l'information et percepcion esthetique, (1958). Su hipótesis inicial es la consideración de la actividad humana como fenómeno comunicativo y, por lo tanto, susceptible de ser interpretada a partir de los principios que explican la transmisión mecánica de la información. Llevada hasta sus últimas consecuencias esta teoría, tendremos que aceptar que la concepción del mundo exterior depende, en gran medida, del funcionamiento de nuestros procesos perceptivos. Moles distingue entre información semántica, por un lado, y estética, por otro. La primera posee un carácter utilitario y prepara la acción; la segunda, antiutilitaria, no intencional ni traducible a otros canales, genera determinados estados de ánimo. Las cios modalidades aparecen unidas pero en proporción variable e inversa.
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En su ensayo reflexiona, desde la constante filosofía-poesía y desde la perspectiva de alma trágica, sobre cuatro temas clave: concepto, creación, símbolo y sueño. En el prólogo esquematiza el hito de su discurso de la siguiente manera: «La limitación del concepto lleva a una poética del mismo, a la posibilidad y necesidad de una reflexión artística, a una poética empeñada en el «significado de la vida», en la representación literaria. La poíesis corresponde a esc significado como astucia de eros que levanta el vuelo de la imaginación, el deseo trágico que entrelaza poesía y realidad. Lo poético brota, entonces, como símbolo de libertad y vida, como poética de la imaginación simbólica empeñada en la reconstrucción del sentido, como proyecto de un pensamiento poético. Este predominio de la imaginación simbólica y del valor poético lleva, finalmente, al cuarto momento, donde la astucia de Eros quedará transformada en su propia consagración gracias al sueño romántico» (pág. 16).
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Varios han sido los autores que, desde el Renacimiento hasta el siglo XVIII, han aceptado y defendido el precepto horaciano «ut pictura poesis». Recordemos, por ejemplo, a Charles Le Brun, citado por A. Fontaine en Les doctrines d'art en France: De Poussin a Diderot, Ed. Laurent, París, 1909, y C.A. Du Fresnoy en su De Arte Graphica, 1667.
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Son más, por supuesto, los autores que emplean esta manera idealista de argumentar la identidad enlre las artes plásticas y el arte poético. Podemos citar, por ejemplo, a Addison, autor de los Dialogues upon the usefulness of ancient medals, especially in relation to the Latin and Greek Poets (1721) y a Spence cuya obra Polymelis (1747) lleva un título muy significativo: An enquiry concerning the agreement between the remains of the ancient artists, being and attempt to ilustrate them mutually from one another.
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Tatarkicwicz, en su obra Historia de seis ideas, cita al historiador francés François Menestier.
Véase también R.W. Lee, Ut pictura poesis, 1940 y Weinberg, B., A History of Literatury Criticism in the Italian Renaissance(1961).
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«En último término, el fundamento del valor poético consiste en sus propiedades de generalidad y de universalidad. Lo que sobrepasa la convención cultural, que reconocemos fácil e inmediatamente como discurso artístico o discurso literario en concreto, es aquello que establece un tipo de mensajes, los cuales ilustran estucturas esenciales de la configuración antropológica de la imaginación humana en universal. Es decir, que no afectan a las razones individuales que conmueven o que pueden parecer reveladoras, por alguna vivencia o motivo especial, a uno o algunos hombres aislados. Los mensajes llegan a alcanzar condición de poéticos cuando poseen la virtualidad de constituir un objeto de revelación esencial y de conmoción profunda común a todos los seres humanos»
. (1989, págs. 438-439).