Testimonio y evocación en la poesía de Leopoldo de Luis y José Agustín Goytisolo
Emilio Miró
Prosigue Leopoldo de Luis su ya muy larga andadura poética con un nuevo libro, Del temor y de la miseria1, extenso texto dividido en dos amplios apartados, en concordancia con la dualidad del título: Y tanto «Del temor» como «... y de la miseria» constan de treinta y dos poemas cada uno y empiezan con un soneto, «El temor» y «La miseria», respectivamente. Al frente de estas dos partes, de sus sesenta y cuatro poemas, figura uno a manera de introducción, «Un jarro, unos zapatos», objetos concretos y cotidianos que metaforizan las dos realidades abstractas: «El temor es un jarro / de loza rota donde lentamente / bebe una cuerda de soldados prófugos / ...»
, así comienza el primer fragmento del poema; y el segundo: «La miseria son unos / zapatos que se prueban pies heridos / y transitan de noche por aceras / de piedras que recubren agrias fosas / ...»
; y en el tercero y último se reúnen las dos metáforas: «Bebemos de este jarro, nos calzamos / esos zapatos. Contagiados, prófugos, / caminantes nocturnos. Nos espían / el temor, la miseria...»
. Añadamos que los tres fragmentos constan de nueve versos cada uno, todos -menos dos- endecasílabos; las dos excepciones son dos heptasílabos, que acabamos de transcribir, y con los que se inician, respectivamente, los dos primeros fragmentos del poema.
Esta voluntad de ordenación, de una estructuración muy marcada del texto, destaca en el último libro de Leopoldo de Luis. Al margen de los poemas rimados, se encuentran otros con una construcción fragmentada y que utilizan la anáfora como fórmula repetitiva de enlace entre los «bloques» del poema. Así, en «El temor soñado», sus cuatro fragmentos, de cinco versos cada uno, comienzan con «Una mujer...» y de sus veinte versos, solo el vigésimo y último -heptasílabo- rompe la unidad endecasílaba, como breve broche final. «Los agentes extraños», todo él endecasílabos y también sin rima, como el anterior, consta de siete «bloques» de tres versos cada uno, y solo el último no empieza con el verbo «Estáis...»; y de los seis restantes, el sintagma inicial de cinco es «Estáis aquí...», y solo uno -el tercero- carece del adverbio de lugar. Perteneciente asimismo a la primera parte del libro es «Sólo un poco de musgo», cuyos veintiocho versos, todos ellos de catorce sílabas y asonantados los pares (formando, por tanto, un romance con un metro no habitual) se agrupan en siete fragmentos con principio anafórico, pero doble y alternativo: «Yo no sé proclamar...»
y «Pero todo es inútil, porque todo...»
, que ocupan los puestos primero, tercero, quinto y séptimo, y segundo, cuarto y sexto, respectivamente; con una pequeña variante tan solo en el séptimo y final del poema «Yo no sé proclamar» ha aumentado, en esta recapitulación, a «Yo no sé al fin y al cabo proclamar nada apenas»
.
Otros ejemplos similares encontramos en esta primera parte, y de la segunda podemos destacar un título como «Desesperanza» con cuatro apartados, cuya correlación la establecen los versos primeros y tercero («El hombre es... /... y hay...»
, «La sed es... / ... y hay...»
, «La tristeza es... / ... y hay...»
; «La injusticia es... / ... y hay»)
, y uno final de recolección, «Y la desesperanza es una oscura / mujer que un día nos mandó unas cartas / donde con fina letra fue escribiendo / injusticia, tristeza, sed y hambre»
(la cursiva es del autor). Esta correlación recolectiva, muy abundante en la literatura (recordemos los muchos ejemplos analizados por Dámaso Alonso y Carlos Bousoño), es utilizada por Leopoldo de Luis en un esquema mixto de correlación y paralelismo, como en este poema «Desesperanza», a base siempre de metáforas, como veíamos en las iniciales «Temor=jarro» y «miseria=zapatos»; «El hombre es aquel niño que de pronto /...»
, «La sed es una ciega que tantea / ...»
, «La tristeza es un hombre que va andando / ...»
, «La injusticia es la actriz de un escenario»
, y hasta en el final recolector: «Y la desesperanza es una oscura / ...»
. El mismo paralelismo aparece en los respectivos versos terceros de los cuatro apartados: «y hay estatuas heladas que caminan»
, «y hay un ánfora antigua que recoge»
, «y hay una rosa que perfuma»
, «y hay un viejo telón que sube y baja»
. Contribuye también a esta perfecta arquitectura del poema la presencia del heptasílabo en la línea final de cada uno de los cuatro primeros fragmentos, a modo de «pie quebrado» frente a los tres endecasílabos anteriores.
Desde el punto de vista métrico, y como ya se apunta en lo escrito hasta aquí, el verso de once sílabas tiene un dominio absoluto en Del temor y de la miseria: en sonetos -pocos, aunque un solo poema, «El viejo cuento», se compone de cuatro-, romances -bastantes, y alguna silva arromanzada, como «La vida, esa desgracia»
-, y, sobre todo, sin rima, en poemas en endecasílabos blancos o sueltos. El verso de siete sílabas le sigue, aunque a gran distancia, y no solo en la silva arromanzada, sino también en otras variantes estróficas, como cuartetos irregulares (irregularidad que introduce precisamente un heptasílabo junto a los tres endecasílabos correspondientes) en el poema de la primera parte, «Al fin solos». El otro metro presente es el de catorce sílabas, en el romance precitado de la primera parte, en poemas completos en alejandrinos blancos o sueltos, como «La mujer amarilla» y «La extraña bebida»; y en combinación con endecasílabos y heptasílabos en «Consejos» y «Nadie golpea en vano», todos de la segunda parte del libro.
El contenido de este último libro de Leopoldo de Luis viene apuntado por la cita que lo encabeza, perteneciente al preámbulo de la «Declaración Universal de Derechos Humanos»: «... el advenimiento de un mundo de la libertad...»
. Queda así completo y explícito el sentido y la intención de la obra, que se inserta en una corriente social y ética de la que Leopoldo de Luis ha sido cultivador, estudioso y antólogo. Apoyado en ese firme y sostenido ritmo endecasílabo, se mantiene el grave discurso socio-moral desde el precipitado poema inicial «Un jarro, unos zapatos»; por el primero -el temor-, «... todos llevan / el corazón con sequedad de fiebre»
, los zapatos de la miseria «van de unos pies en otros, arrugados, / desgastadas sus suelas asesinas / que matan la esperanza cada tarde / cuando suponen que caminan hacia / el geranio del alba, siempre lejos»
. Partiendo de este metaforismo Leopoldo de Luis sigue siendo fiel al simbolismo de lo cotidiano, de las realidades materiales inmediatas, presente en toda su obra: Concha Zardoya analiza la «metáfora simbólica» del poeta, por ejemplo «La almendra» es un libro tan representativo como Teatro real (1957) (en Leopoldo de Luis, Madrid, Ministerio de Cultura, 1982). Esta metáfora del poema-obertura de Del temor y de la miseria, «Un jarro, unos zapatos», reaparece a continuación en el soneto «El temor» -presentación de la parte correspondiente- y, asimismo, en su paralelo «La miseria»; «El temor es un pávido topacio / que se disuelve corazón adentro /...»
, «La miseria es un perro de ceniza / que el cuerpo de su amo despedaza, / clava su dentadura de tenaza / y hasta el hueso la humana carne triza»
. Estos versos muestran con evidencia el tono amargo, la desolación de su testimonio acusador, que intensifican nuevas metáforas: «El temor es alúmina oxidada / y es un sapo de lengua pegajosa / ...»
, y termina el soneto: «... el corazón se vuelve gema acuosa / y la esperanza se deshumaniza»
.
Soledad, crueldad, envidia -entre otros no gratos compañeros- forman parte del cortejo del temor. Y las abstracciones dan paso a concreciones, a terrores muy concretos y actuales, como el nuclear, explícito en «Milenarismo», la primera parte, y «El mismo muerto» y «Arte ojival», de la segunda. Desesperanza, cansancio, enfermedad, son algunas compañeras de la miseria. Y sobre miseria y temor el sombrío aleteo, en incansable acecho, de la muerte. Todo en un mundo de hoy, con su progreso técnico de calculadoras, robots y «ordenadores programando / los niveles de angustia y de catástrofe»
«entre la cibernética y el caos»
(del precitado «Milenarismo»).
Denuncia de la inhumanidad, de la marea nunca decreciente de espantos y carencias, es este poemario de Leopoldo de Luis, instalado en ocasiones, en una rigurosa poesía ontológica: «La vida, esa desgracia»
, silva arromanzada de la segunda parte, es un logrado y hermoso testimonio la poetización de una encuesta, que el escritor, desde la anécdota desesperanzada («uno de cada diez jóvenes considera que vivir es una desgracia»)
, trasciende a categoría universal y simbólica expresión: «La vida es una extraña mujer, un hombre extraño / que empecinadamente se desnudan / y van a un mar que espera silencioso / y oscuro, sin oleaje y sin espuma»
. Este mar de la muerte, destino final de la humanidad, es inseparable de la vida, se entremezcla con ella, se llama crueldad, o dolor, o soledad, o rencor, o solamente pánico, o nada más que hambre. Y también el inabarcable territorio, el «recinto oscuro de los sueños»
, como en el poema de la primera parte, y uno de los más líricos y bellos del libro, «El temor soñado»: «Una mujer con un sombrero loco / y vestida de espuma violeta / ... Una mujer o una mañana blanca / avanza transparente hacia el ocaso / por el campo desnudo de los sueños, / abriendo una sombrilla en desafío / a un sol que no alumbró en el horizonte»
. Fundidos en el soñar vivir y morir «Una mujer de terciopelo y luto / escoltada por un galgo de bruma / entra al recinto oscuro de los sueños / y se inclina a llorar sobre un cadáver / que jamás tuvo vida»
. Sugeridora, misteriosa, casi irreal y mágica, esta es la palabra poética que preferimos de Leopoldo de Luis.
Barcelonés, de 1928, diez años más joven que Leopoldo de Luis, es José Agustín Goytisolo, nombre indiscutido del llamado «grupo poético de los años 50». De su obra iniciada en 1955 con El retorno, ha dicho con acierto Juan García Hortelano, que «está sometida a casi constante reelaboración y crece en realidad menos de lo que aumenta»
, ya que Goytisolo ha corregido y modificado sus poemas y los ha ido reincorporando en su obra editada. Su último libro, Final de un adiós2 se enlaza con el primero, como ha visto muy bien su prologuista Emilio Lledó, que lo califica de «un retorno inesperado... se engarza, a través de todos los libros anteriores, con el limpio lenguaje de El retorno»
.
A través de sus treinta y cuatro poemas -sin ninguna división en partes-, Final de un adiós se abre con dos poemas de construcción basada, también, en el paralelismo: «El polvo se rió» y «Nada más». El primero se compone de cuatro breves bloques de dos versos cada uno, el primero iniciado por un verbo en pasado absoluto (soñé, invoqué, intenté dije), y el segundo por la conjunción copulativa y. Nada más es un romance heptasílabo formado por cuatro «cuartetas», terminadas las cuatro con el sintagma que da título al poema. Otro texto, el XVIII, «Quise buscarte», consta de quince eneasílabos blancos o sueltos, agrupados en tres bloques de cinco versos, de los cuales el primero y el tercero comienzan con el sintagma verbal del título. En cuanto al metro utilizado en este poema, añadamos que el verso de nueve sílabas -cuyo prestigio lírico elevaron Rubén Darío y otros poetas modernistas- aparece asimismo en otros poemas de Final de un adiós, como el XVI («Como la brisa»), el XX («Olor a lluvia») y el XXVII («Envidio el vuelo»), todos ellos, además, sin rima, con estructura «blanca» o «suelta», y constituidos por «bloques» de cinco, cuatro y tres versos, respectivamente. Recordemos también que «Palabras para Julia», uno de los más famosos -si no el que más- poema de José Agustín Goytisolo, reproducido en varios de sus poemarios y convertido en título de un volumen de 1980: Palabras para Julia y otras canciones; decimos que este texto, cantado y popularizado por Paco Ibáñez, está asimismo escrito en eneasílabos, sin rima y estructurado en apartados de tres versos: quince «tercetos» heterodoxos (por su falta de rima en los versos impares).
Brota Final de un adiós de uno de los manaderos más puros e inagotables de la lírica: la memoria, la evocación de lo perdido, pero también la causa constante de la desdicha, del sufrimiento («acordarse del placer en tiempo de dolor»)
. Así, el autor de este libro confiesa ya en su primer poema: «Invoqué noches oscurísimas / y me cegó la luz. / Intenté despojarme de recuerdos / y el tuyo me envolvía». / «El pulpo se rió»)
. Además, recordar aquí, se refiere a un ser concreto, a un tú dominador y posesivo afectivamente como ya se presenta en el último verso transcrito. Esta situación apuntada en un solo verso se amplía a la totalidad del poema siguiente, el asimismo precitado «Nada más», donde ya se habla de una sonrisa, de un gesto, de un tópico lírico alzado hasta la hipérbole («... Claridad / como la de tus ojos / no he visto...»)
; se metaforiza, a continuación, el tú en estrella brillando «en medio de la noche»
, en los «días de ira / dolor y adversidad»
. Se inserta, así, una temporalidad que puede ser solo personal, aunque intuimos -y poemas posteriores nos lo confirmarán- que el poema se refiere a un tiempo histórico, el de su adolescencia y juventud, que tanta presencia ha tenido en toda su poesía. Y concluye el poema con la ofrenda que puede hacer un poeta («palabras») y con la palabra -el sentimiento- guardados para el final («amor»): «... te ofrezco unas palabras / de amor. Y nada más»
.
La evocación va a recorrer todo el poemario. En los poemas finales se intensificará la exaltación: «... y tú que eras la reina / me concedías todo aquel dominio / me amparabas / venías a buscarme / a la hora del pan con chocolate / o cuando oscurecía /... con la voz con el gesto / de tus brazos tendidos cuando yo regresaba»
(poema XXX «El campo de arriba»), o el breve y muy bello «Nunca vi tal donaire» (XXXI): «El brillo de la luz en los cabellos / las olas salpicando el traje lila / alegría en los ojos / y tu figura erguida contra el cielo y la espuma. / Nunca vi tal donaire / ni más delicadeza jugando con el mar»
. Nos trasladan estos versos a los de aquel lejano primer libro de 1955 (Accésit del Premio Adonáis, 1954) El retorno, dedicado «A la que fue Julia Gay», es decir, a su madre, muerta a consecuencia de un bombardeo en 1938; así, por ejemplo, a uno de los últimos poemas de aquel poemario: «Yo recuerdo tus ojos / cuando hablabas del aire, / porque el cielo venteaba en tus pupilas. / Yo recuerdo tus manos -hace frío- / arropándome el lecho, como trozos / de hielo enamorado. / La luz era, contigo, / más clara, / la alegría en tu boca, era tu boca, / y el jardín era sombra, porque cuando decías: / jugad en el jardín, / nos cubrías de un tenue perfume de enramada»
. Y este final del siguiente, antepenúltimo de El retorno: «... Nueva vida a las cosas, el alba aparecía, / y tú llegabas, amorosamente»
.
Desde aquel niño de diez años, de aquel poeta de veintitantos, llegan la memoria y el dolor de Final de un adiós, de los heptasílabos de «La flor de la jara» («Yo amaba a aquella casa / sin vientos de desgracia / ... y así como un castigo / perdí lo que era mío. / Un fuego despiadado / prendió en aquellos campos. / Después no quedó nada. / Ni la flor de la jara»)
; de estos otros versos de «Amapola única» («Por la ira fui un niño sin sonrisa / un hombre derrotado. / ... me armé de orgullo y además / de odio hacia las banderas de aquel crimen / de asco a sus uniformes y a sus cantos / de falso alegre de la paz / pues la paz me la habían quitado / cuando yo la tenía / ...»)
; de «Una voz o un gesto» («... Aún hoy / pasados tantos años si no puedo / revivir una voz o un gesto tuyos / ...»)
; de «Ese grito» («Vuelve a romper un grito / la calma de la noche. / ... Y a mí me cuesta aún reconocer / mi horror en ese grito / del niño infortunado que era yo»
; de «Cita nocturna», «Remedio al peor mal» («fui niño solo»)
, «Era tu ausencia» («... saber mi mal que era tu ausencia»)
, «Sus horas son engaño», «Como la brisa», «Quise buscarte», «Rata ciega» («... siempre estoy solo»)
, «Precisamente» («... que habré de corromperme aquí / bajo esta losa con tu nombre inscrito / precisamente donde tú no estás»)
, «Olor a lluvia», «Es como el eco», «Envidio el vuelo», «Sólo una piedra negra», «El mar quedaba lejos», etc., etc. Al final, el poeta sabe que «La evocación perdura / no la vida»
(en el poema «Y claridad su reino»), y frente a tanta y tan larga victoria de la muerte el hombre decide marchar «a otro lugar / a una región / sin tiempo ni memoria / en la que todo esté por comenzar»
(versos finales del libro, de su poema XXXIV) y último, «Sin tiempo ni memoria». Propósito probablemente irrealizable. Los recuerdos seguirán aguijoneando como hasta ahora, desde El retorno, desde el tercer libro, Claridad (1961), en poemas como «Siete años», «La guerra», «Queda el polvo», «Yo quise», etc. El tiempo, la historia, en cambio, han seguido gravitando hasta el hoy, presentes su testimonio y su acusación en la poesía de José Agustín Goytisolo, a través de los días, los trabajos, los poemas. Como los de este Final de un adiós, especialmente «Amapola única» y «Una voz o un gesto» -entre los precitados-, y otros como «Ante nosotros» y «Exiliado», en donde sigue sonando la voz grave y honda del poeta civil que, aunando lirismo y ética, ha sido siempre el autor de Salmos al viento: «... porque era sólo / un exiliado en su propio país / en una tierra triste / oscura oscura / más oscura que las camisas negras italianas / y que el humo de todos / los hornos crematorios de Alemania»
. Un testigo fiel e implacable de un tiempo sombrío. Un lírico desgarrado y austero de una tragedia personal -inserta en la colectiva-: la de aquel niño expulsado del paraíso, arrojado a la soledad, que ha seguido alentando en el hombre, lanzando sus señales de asco y espanto.