[227]
El Fuerte de Santa Mónica, que en las luchas revolucionarias sirvió tantas veces como prisión de reos políticos, tenía una pavorosa leyenda de aguas empozoñadas, mazmorras con reptiles, cadenas, garfios y cepos de tormento. Estas fábulas, que databan de la dominación española, habían ganado mucho valimiento en la tiranía del General Santos Banderas. Todas las tardes en el foso del baluarte, cuando las cornetas tocaban fagina, era pasada por las armas alguna cuerda de revolucionarios. Se fusilaba sin otro proceso que una orden secreta del Tirano.
Nachito y el estudiante traspasaron la poterna, entre la escolta de soldados. El Alcaide los acogió sin otro trámite que el parte verbal depuesto por un sargento, y enviado desde la cantina por el Mayor del Valle. Al cruzar [228] la poterna, los dos esposados alzaron la cabeza para hundir una larga mirada en el azul remoto y luminoso del cielo. El Alcaide de Santa Mónica, Coronel Irineo Castañón, aparece en las relaciones de aquel tiempo como uno de los más crueles sicarios de la Tiranía: Era un viejo sanguinario y potroso que fumaba en cachimba y arrastraba una pata de palo. Con la bragueta desabrochada, jocoso y cruel, dió entrada a los dos prisioneros:
-¡Me felicito de recibir a una gente tan seleccionada!
Nachito acogió el sarcasmo con falsa risa de dientes y quiso explicarse:
-Se padece una ofuscación, mi Coronelito. El Coronel Irineo Castañón vaciaba la cachimba golpeando sobre la pata de palo:
-A mi *mí* en eso ninguna cosa me va. Los procesos, si hay lugar, los instruye el Licenciadito Carballeda. Ahora, como aun se trata de una simple detención, van a tener por suyo todo el recinto murado.
Agradeció Nachito con otra sonrisa cumplimentera y acabó moqueando:
-¡Es un puro sonambulismo este fregado!
[229] El Cabo de Vara, en el sombrizo de la puerta, hacía sonar la pretina de sus llaves: Era mulato, muy escueto, con automatismo de fantoche: Se cubría con un chafado kepis francés, llevaba pantalones colorados de uniforme, y guayabera rabona muy sudada: Los zapatos de charol, viejos y tilingos, traía picados en los juanetes. El Alcaide le advirtió jovial:
-Don Trini, a estos dos flautistas vea de suministrarles boleto de preferencia.
-No habrá queja. Si vienen provisorios se les dará luneta de muralla.
Don Trini, cumplida la fórmula del cacheo, condujo a los presos por un bovedizo con fusiles en armario: Al final, abrió una reja y los soltó entre murallas:
-Pueden pasearse a su gusto. Nachito, siempre cumplimentero y servil, rasgó la boca:
-¡Muchísimas gracias, Don Trini!
Don Trini, con absoluta indiferencia, batió la reja, haciendo rechinar cerrojos y llaves: Gritó alejándose:
-Hay cantina, si algo desean y quieren pagarlo.
[230]
Nachito, suspirando, leía en el muro los grafitos carcelarios decorados con fálicos trofeos. Tras de Nachito, el taciturno estudiante liaba el cigarro: Tenía en los ojos una chispa burlona, y en la boca prieta, color de moras, un rictus de compasión altanera. Esparcidos y solitarios paseaban algunos presos. Se oía el hervidero de las olas, como si estuviesen socavando el cimiento. Las ortigas lozaneaban en los rincones sombríos, y en la azul transparencia aleteaba una bandada de zopilotes, pájaros negros. Nachito, finchándose en el pando compás de las zancas, miró con reproche al estudiante:
-Ese mutismo es impropio para dar ánimos al compañero, y hasta puede ser una falta de generosidad. ¿Cómo es su gracia, amigo?
-Marco Aurelio.
-¡Marquito, qué será de nosotros!
-¡Pues, y quién sabe?
-¡Esto impone! ¡Se oye el farollón de las olas!... Parece que estamos en un barco.
[231] El Fuerte de Santa Mónica, castillote teatral con defensas del tiempo de los virreyes, erguíase sobre los arrecifes de la costa, frente al vasto mar ecuatorial, caliginoso, de ciclones y calmas. En la barbacana, algunos morteros antiguos, roídos de lepra por el salitre, se alineaban moteados con las camisas de los presos tendidas a secar: Un viejo, sentado sobre el cantil frente al mar inmenso, ponía remiendos a la frazada de su camastro. En el más erguido baluarte cazaba lagartijas un gato, y pelotones de soldados hacían ejercicios en Punta Serpiente.
Hilo de la muralla la curva espumosa de las olas balanceaba una ringla de cadáveres.-Vientres inflados, livideces tumefactas.-Algunos prisioneros, con grito de motín, trepaban al baluarte. Las olas mecían los cadáveres ciñéndolos al costado de la muralla, y el cielo alto, llameante, cobijaba un astroso vuelo de zopilotes, en la cruel indiferencia de su turquesa. El preso que ponía remiendos en la frazada de su camastro, quebró [232] el hilo, y con la hebra en el bezo murmuró leperón y sarcástico:
-¡Los chingados tiburones ya se aburren de tanta carne revolucionaria, y todavía no se satisface el cabrón Banderas! ¡Puta madre!
El rostro de cordobán, burilado de arrugas, tenía un gesto estoico: La rasura de la barba, crecida y cenicienta, daba a su natural adusto, un cierto aire funerario. Nachito y Marco Aurelio caminaron inciertos, como viajeros extraviados: Nachito, si algún preso cruzaba por su vera, apartábase solícito y abría paso con una sonrisa amistosa. Llegaron al baluarte y se asomaron a mirar el mar alegre de luces mañaneras, nigromántico con la fúnebre ringla balanceándose en las verdosas espumas de la resaca. Entre los presos que coronaban el baluarte acrecía la zaloma de motín con airados gestos y erguir de brazos. Nachito se aleló de espanto:
-¿Son náufragos?
El viejo de la frazada le miró despreciándole:
-Son los compañeros recién ultimados en Foso-Palmitos.
Interrogó el estudiante:
[233] -¿No se les enterraba?
-¡Qué va! Se les tiraba al mar. Pero visto cómo a los tiburones ya les estomaga la carne revolucionaria, tendrán que darnos tierra a los que estamos esperando vez.
Tenía una risa rabiosa y amarga. Nachito cerró los ojos:
-¿Es de muerte su sentencia, mi viejo?
-¿Pues conoce otra penalidad más clemente el Tigre de Zamalpoa? ¡De muerte! ¡Y no me arrugo ni me rajo! ¡Abajo el Tirano!
Los prisioneros encaramados en el baluarte, hundían las miradas en los disipados verdes que formaba la resaca entre los contrafuertes de la muralla. El grupo tenía una frenética palpitación, una brama, un clamoreo de denuestos. El Doctor Alfredo Sánchez Ocaña, poeta y libelista, famoso tribuno revolucionario, se encrespó con el brazo tendido en arenga, bajo la mirada retinta del centinela que paseaba en la poterna con el fusil terciado:
-¡Héroes de la libertad! ¡Mártires de la más noble causa! Vuestros nombres escritos con letras de oro, fulgirán en las páginas de [234] nuestra Historia! ¡Hermanos, los que van a morir os rinden un saludo, y os presentan armas!
Se arrancó el jipi con un gran gesto, y todos le imitaron. El centinela amartilló el fusil:
-¡Atrás! No hay orden para demorar en el baluarte.
Le apostrofó el Doctor Sánchez Ocaña:
-¡Vil esclavo!
Una barca tripulada por carabineros de mar, arriando vela, maniobraba para recoger los cadáveres. Embarcó siete. Y como los prisioneros en creciente motín no desalojaban el baluarte, salió la guardia y sonaron cornetas.
Nachito, tomado de alferecía, se agarraba
-No merita tanto atribulo esta vida pendeja.
al brazo del estudiante:
-¡Nos hemos fregado!
El viejo de la manta le miró despacio, el belfo mecido por una risa de cabrío:
[235] Nachito ahiló la voz en el hipo de un sollozo:
-¡Muy triste morir inocente!: ¡Me condenan las apariencias!
Y el viejo, con burlona mueca de escarnio, seguía martillando:
-¿No sos revolucionario? Pues sin merecerlo vas vos a tener el fin de los hombres honrados.
Nachito, relajándose en una congoja, tendía los ojos suplicantes al preso, que, con el ceño fruncido y la manta tendida sobre las piernas, se había puesto a estudiar la geometría de un remiendo. Nachito intentó congraciarse la voluntad de aquel viejo de cordobán: El azar los reunía bajo la higuera, en un rincón del patio:
-Nunca he sido simpatizante con el ideario de la revolución y lo deploro, comprendo que son ustedes héroes con un puesto en la Historia: Mártires de la Idea. ¡Sabe, amigo, que habla muy lindo el Doctor Sánchez Ocaña!
Hízole coro el estudiante, con sombrío apasionamiento:
[236] -En el campo revolucionario militan las mejores cabezas de la República.
Aduló Nachito:
-¡Las mejores!
Y el viejo de la frazada, lentamente, mientras enhebra, desdeñoso y arisco comentaba:
-Pues, manifiestamente, para enterarse no hay cosa como visitar Santa Mónica. A lo que se colige, el chamaco tampoco es revolucionario.
Declaró Marco Aurelio con firmeza:
-Y me arrepiento de no haberlo sido, y lo seré, si alguna vez me veo fuera de estos muros.
El viejo, anudando la hebra, reía con su risa de cabra:
-De buenos propósitos está empedrado el Infierno.
Marco Aurelio miró al viejo conspirador y juzgó tan cuerdas sus palabras, que no sintió el ultraje: Le sonaban como algo lógico e irremediable en aquella cárcel de reos políticos, orgullosos de morir.
[237]
El tumbo del mar batía la muralla, y el oboe de las olas cantaba el triunfo de la muerte. Los pájaros negros hacían círculos en el remoto azul, y sobre el losado del patio se pintaba la sombra fugitiva del aleteo. Marco Aurelio sentía la humillación de su vivir, arremansado en la falda materna, absurdo, inconsciente como las actitudes de esos muñecos olvidados tras de los juegos: Como un oprobio remordíale su indiferencia política. Aquellos muros, cárcel de exaltados revolucionarios, le atribulaban y acrecían el sentimiento mezquino de su vida, infantilizada entre ternuras familiares y estudios pedantes, con premios en las aulas. Confuso atendía al viejo que entraba y sacaba la aguja de lezna:
-¿Venís vos a la sombra por incidencia justificada, o por espiar lo que se conversa? Eso, amigo, es bueno ponerlo en claro. Recorra las cuadras y vea si encuentra algún fiador. ¿No dice que es estudiante? Pues aquí no faltan universitarios. Si quiere tener amigos en esta mazmorra, busque modo de justificarse. [238] Los revolucionarios platónicos merecen poca confianza.
El estudiante había palidecido intensamente. Nachito, con ojos de perro, imploraba clemencia:
-A mí también me tenía horrorizado Tirano Banderas: ¡Muy por demás sanguinario! Pero no era fácil romper la cadena. Yo para volinas no valgo, y adonde iba que me recibiesen si soy inútil para ganarme los frijoles. El Generalito me daba un hueso que roer y se divertía choteándome. En el fondo parecía apreciarme. ¡Que está mal, que soy un pendejo, que aquello era por demás, que tiene sus fueros la dignidad humana? Corriente. Pero hay que reflexionar lo que es un hombre privado del albedrío por ley de herencia. ¡Mi papá, un alcohólico! ¡Mi mamá, con desvarío histérico! El Generalito, a pesar de sus escarnios, se divertía oyéndome decir jangadas. No me faltaban envidiosos. ¡Y ahora caer de tan alto!
Marco Aurelio y el viejo conspirador oían callados y por veces se miraban. Concluyó el viejo:
-¡Hay sujetos más ruines que putas!
[239] Se ahogaba Nachito.
-¡Todo acabó! El último escarnio supera la raya. Nunca llegó a tanto. Divertirse fusilando a un desgraciado huérfano, es propio de Nerón. Marquito, y usted amigo, yo les agradecería que luego me ultimasen. Sufro demasiado. ¡Qué me vale vivir unas horas, si todo el gusto me lo mata este chingado sobresalto! Conozco mi fin, tuve un aviso de las ánimas.-Porque en este fregado ilusorio andan las Benditas.-Marquito, dame cachete, indúltame de este suplicio nervioso. Hago renuncia de la vida por anticipado. ¡Vos, mi viejo, qué haces *hacés*, que no me sangrás con esa lezna remendona? Mero mero, pasáme las entretelas. ¿Amigos qué dicen? Si temen complicaciones, háganme el servicio de consolarme de alguna manera.
El planto pusilánime y versátil de aquel badulaque aparejaba un gesto ambiguo de compasión y desdén en la cara funeraria del viejo conspirador y en la insomne palidez del [240] estudiante. La mengua de aquel bufón en desgracia tenia *tenía* cierta solemnidad grotesca como los entierros de mojiganga con que fina el antruejo. Los zopilotes abatían sus alas tiñosas sobre la higuera.
[241]
El calabozo número tres era una cuadra con altas luces enrejadas, mal oliente de alcohol, sudor y tabaco. Colgaban en calle, a uno y otro lateral, las hamacas de los presos, reos políticos en su mayor cuento, sin que faltasen en aquel rancho el ladrón encanecido, ni el idiota sanguinario, ni el rufo valiente, ni el hipócrita desalmado. Por hacerles a los políticos más atribulada la cárcel, les befaba con estas compañías, el de la pata de palo, Coronel Irineo Castañón. La luz polvorienta y alta de las rejas resbalaba por la cal sucia de los muros, y la expresión macilenta de los encarcelados hallaba una suprema valoración en aquella luz árida y desolada. El Doctor Sánchez Ocaña, declamatorio, verboso, con el puño de la camisa fuera de la manga, el brazo siempre en tribuno arrebato, engolaba elocuentes apostrofes contra la tiranía:
-El funesto fénix del absolutismo colonial, renace de sus cenizas aventadas a los cuatro [242] vientos, concitando las sombras y los manes de los augustos libertadores. Augustos, sí, y el ejemplo de sus vidas, debe servirnos de luminar en estas horas, que acaso son las últimas que nos resta vivir. El mar devuelve a la tierra sus héroes, los voraces monstruos de las azules minas se muestran más piadosos que el general Santos Banderas... Nuestros ojos...
Se interrumpía. Llegaba por el corredor la pata de palo. El alcaide cruzó fumando en cachimba, y poco a poco extinguióse el alerta de su paso cojitranco.
Un preso, que leía tendido en su hamaca, sacó a luz, de nuevo, el libro que había ocultado. De la hamaca vecina le interrogó la sombra de Don Roque Cepeda:
-¿Siempre con las Evasiones Célebres?
-Hay que estudiar los clásicos.
-¡Mucho le intriga esa lectura! ¿Sueña usted con evadirse?
-Pues quién sabe.
[243] -¡Ya estaría bueno, podérsela jugar al Coronelito Pata de Palo!
Cerró el libro con un suspiro el que leía:
-No hay que pensarlo. Posiblemente a usted y a mí nos fusilan esta tarde.
Denegó con ardiente convicción Don Roque:
-A usted, no sé... Pero yo estoy seguro de ver el triunfo de la Revolución. Acaso más tarde me cueste la vida. Acaso. Se cumple siempre el Destino.
-Indudablemente. ¿Pero usted conoce su Destino?
-Mi fin no está en Santa Mónica. Tengo encima el medio siglo, aun no hice nada, he sido un soñador, y forzosamente debo regenerarme actuando en la vida del pueblo, y moriré después de haberle regenerado.
Hablaba con esa luz fervorosa de los agonizantes, confortados por la fe de una vida futura, cuando reciben la Eucaristía. Su cabeza tostada de santo campesino erguíase sobre la almohada como en una resurrección, y todo el bulto de su figura exprimíase bajo el sabanil como bajo un sudario. El otro prisionero le miró con amistosa expresión de burla y duda:
[244] -¡Quisiera tener su fe, Don Roque! Pero me temo que nos fusilen juntos en Foso-Palmitos.
-Mi destino es otro. Y usted déjese de cavilaciones lúgubres y siga soñando con evadirse.
-Somos muy opuestos. Usted, pasivamente, espera que una fuerza desconocida le abra las rejas. Yo hago planes para fugarme y trabajo en ello sin echar de la imaginación el presentimiento de mi fin próximo. A lo más hondo esta idea me trabaja, y solamente por no capitular, sigo el acecho de una ocasión que no espero.
-El Destino, se vence si para combatirle sabemos reunir nuestras fuerzas espirituales. En nosotros existen fuerzas latentes, potencialidades que desconocemos. Para el estado de conciencia en que usted se halla, yo le recomendaría otra lectura más espiritual que esas Evasiones Célebres. Voy a procurarle El Sendero Teosófico: Le abrirá horizontes desconocidos.
-Recién le platicaba que somos muy opuestos. Las complejidades de sus autores me dejan frío. Será que no tengo espíritu [245] religioso. Eso debe ser. Para mí todo acaba en Foso-Palmitos.
-Pues reconociéndose tan carente de espíritu religioso, usted será siempre un revolucionario muy mediocre. Hay que considerar la vida como una simiente sagrada que se nos da para que la hagamos fructificar en beneficio de todos los hombres. El revolucionario es un vidente.
-Hasta ahí llego.
-¿Y de quién recibimos esta existencia que tiene un sentido determinado? ¿Quién la sella con esa obligación? ¿Podemos impunemente traicionarla? ¿Concibe usted que no haya una sanción?
-¿Después de la muerte?
-Después de la muerte.
-Esas preguntas, yo me abstengo de resolverlas.
-Acaso porque no se las formula con bastante ahinco.
-Acaso.
-¿Y el enigma, tampoco le anonada?
-Procuro olvidarlo.
-¿Y puede?
-He podido.
[246] -¿Y al presente?
-La cárcel siempre es contagiosa... Y si continúa usted platicándome como lo hace, acabará por hacerme rezar un Credo.
-Si le enoja dejaré el tema.
-Don Roque, sus enseñanzas no pueden serme sino muy gratas. Pero entre flores tan doctas me ha puesto usted un rejón que aun me escuece. ¿Por qué juzga que mi actuación revolucionaria será siempre mediocre? ¿Qué relaciones establece usted entre la conciencia religiosa y los ideales políticos?
-¡Mi viejo, son la misma cosa!
-¿La misma cosa? Podrá ser. Yo no lo veo.
-Hágase usted más meditativo v comprenderá muchas verdades que sólo así le serán reveladas.
-Cada persona es un mundo, y nosotros dos somos muy diversos. Don Roque, usted vuela muy remontado, y yo camino por los suelos, pero el calificativo que me ha puesto de mediocre revolucionario, es una ofuscación que usted padece. La religión es ajena a nuestras luchas políticas.
-A ninguno de nuestros actos puede ser ajena la intuición de eternidad. Solamente los [247] hombres que alumbran todos sus pasos con esa antorcha, logran el culto de la Historia. La intuición de eternidad trascendida es la conciencia religiosa: Y en nuestro ideario, la piedra angular, la redención del indio, es un sentimiento fundamentalmente cristiano.
-Libertad, Igualdad, Fraternidad, me parece que fueron los tópicos de la Revolución Francesa. Don Roque, somos muy buenos amigos, pero sin poder entendernos. ¿No predicó el ateísmo la Revolución Francesa? Marat, Danton, Robespierre...
-Espíritus profundamente religiosos, aun cuando lo ignorasen algunas veces.
-¡Santa ignorancia! Don Roque, concédame usted esa categoría para sacarme el rejón que me ha puesto.
-No me guarde rencor, se la concedo.
Se dieron la mano, y par a par en las hamacas, quedaron un buen espacio silenciosos. En el fondo de la cuadra, entre un grupo de prisioneros, seguía perorando el Doctor Sánchez Ocaña. El gárrulo fluir de tropos y metáforas resaltaba su frío amaneramiento en el ambiente pesado de sudor, aguardiente y tabaco, del calabozo número tres.
[248]
Don Roque Cepeda convocaba en torno de su hamaca un grupo atento a las lecciones de ilusionada esperanza que vertía con apagado murmullo y clara sonrisa seráfica. Don Roque era profundamente religioso, con una religión forjada de intuiciones místicas y máximas indostánicas: Vivía en un pasmo ardiente, y su peregrinación por los caminos del mundo se le aparecía colmada de obligaciones arcanas, ineludibles como las órbitas estelares: Adepto de las doctrinas teosóficas, buscaba en la íntima hondura de su conciencia un enlace con la conciencia del Universo: La responsabilidad eterna de las acciones humanas le asombraba con el vasto soplo de un aliento divino. Para Don Roque los hombres eran ángeles desterrados: Reos de un crimen celeste indultaban su culpa teologal por los caminos del tiempo, que son los caminos del mundo. Las humanas vidas con todos sus pasos, con todas sus horas, promovían resonancias eternas que sellaba la muerte con un círculo de infinitas responsabilidades. Las almas, [249] al despojarse de la envoltura terrenal, actuaban su pasado mundano en límpida y hermética visión de conciencias puras. Y este círculo de eterna contemplación -gozoso o doloroso- era el fin inmóvil de los destinos humanos, y la redención del ángel en destierro. La peregrinación por el limo de las formas, sellaba un número sagrado. Cada vida, la más humilde, era creadora de un mundo, y al pasar bajo el arco de la muerte, la conciencia cíclica de esta creación se posesionaba del alma, y el alma, prisionera en su centro, devenia *devenía* contemplativa y estática. Don Roque era varón de muy varias y desconcertantes lecturas, que por el sendero teosófico lindaban con la cábala, el ocultismo y la filosofía alejandrina. Andaba sobre los cincuenta años. Las cejas, muy negras, ponían un trazo de austera energía bajo la frente ancha, pulida calva de santo románico. El cuerpo mostraba la firme estructura del esqueleto, la fortaleza dramática del olivo y de la vid. Su predicación revolucionaria tenía una luz de sendero matinal y sagrado.
[251]
Bajo la luz de una reja, hacían corro jugando a los naipes hasta ocho o diez prisioneros. Chucho el Roto, tiraba la carta: Era un bigardo famoso por muchos robos cuatreros, plagios de ricos hacendados, asaltos de diligencias, crímenes, desacatos, estropicios, majezas, amores y celos sangrientos. Tiraba despacio: Tenía las manos enjutas, la mejilla con la cicatriz de un tajo y una mella de tres dientes. En el juego de albures, hacían rueda presos de muy distinta condición: Apuntaban en el mismo naipe charros y doctores, guerrilleros y rondines. Nachito Veguillas estaba presente: Aún no jugaba, pero ponía el ojo en la pinta y con una mano en el bolso se tanteaba la plata. Vino una sota y comentó, arrobándose:
-¡No falla ninguna!
Volvióse y tributó una sonrisa al caviloso jugador vecino, que permaneció indiferente: Era un espectro vestido con flácido saco de dril que le colgaba como de una escarpia. Nachito [252] recaló su atención a la baraja: Con súbito impulso sacó la mano con un puñado de soles, y los echó sobre la pulgona frazada que en las cárceles hace las veces del tapete verde:
-Van diez soles en el pendejo monarca.
Advirtió el Roto:
-Ha doblado.
-Mata la pinta.
-¡Va!
El Roto corrió la puerta y vino de patas el rey de bastos. Nachito, ilusionado con la ganancia cobró y de lleno metióse en los albures. Por veces se levantaba un borrascón de voces, disputando algún lance. Nachito tenía siempre el santo de cara, y viéndole ganar, el caviloso espectro hepático le pagó la remota sonrisa dirigiéndole un gesto flácido de mala fortuna. Nachito, con una mirada, le entregó su atribulado corazón:
-En nuestra lamentosa situación, ganar o perder no hace diferencia. Foso-Palmitos a todos iguala.
El otro denegó con su gesto fláccido y amarillo de vejiga desinflándose:
-Mientras hay vida, la plata es un factor [253] muy importante. ¡Hay que considerarlo así!
Nachito suspiró:
-¿A un reo de muerte qué consuelo puede darle la plata?
-Cuando menos, éste del juego para poder olvidarse... La plata, hasta el último momento, es un factor indispensable.
-¿Su sentencia también es de muerte, hermano?
-¡Pues y quién sabe!
-¿No se fusila a todos por igual?
-¡Pues y quién sabe!
-Me abre usted un rayo de luz. Voy a meter cincuenta soles en el entrés.
Nachito ganó la puesta, y el otro arrugó la cara con su gesto flácido:
-¿Y le sopla siempre la misma racha?
-No me quejo.
-¿Quiere que hagamos una fragata de cinco soles? Usted la gobierna como le plazca.
-Cinco golpes.
-Como le plazca.
-Vamos en la sota.
-¿Le gusta esa carta?
-Es el juego.
-Quebrará.
[254] -Pues en ella vamos.
El Roto tiraba lentamente, y corrida la pinta para que todos la viesen, quedábase un momento con la mano en alto. Vino la sota. Nachito cobró, y repartida en las dos manos la columna de soles, cuchicheó con el amarillo compadre:
-¿Qué le decía?
-¡Parece que las ve!
-Ahora nos toca en el siete.
-¿Pues qué juego lleva?
-Gusto y contra gusto. Antes jugué la que me gustaba y ahora corresponde el siete, que no me incita ni me dice nada.
-Gusto y contra gusto llama usted a ese juego. ¡Lo desconocía!
-Mero, mero, acabo de descubrirlo.
-Ahora perdemos.
-Mire el siete en puerta.
-¡En los días de mi vida he visto suerte tan continuada!
-Vamos al tercer golpe en el caballo.
-¿Le gusta?
-Le estoy agradecido. ¡Ya hemos ganado!
-Debemos repartir.
-Vamos a darle los cinco golpes.
[255] -Perdemos.
-O ganamos. La carta del gusto es el cinco, nos corresponde la del contra gusto.
-¡Juego chocante! Reserve la mitad, amigo.
-No reservo nada. Ochenta soles lleva el tres.
-No sale.
-Alguna vez debe quebrar.
-Retírese.
Chucho el Roto, con un ojo en el naipe, medía la diferencia entre las dos cartas del albur. Silbó despectivo:
-Psss... Van igualadas.
Posando la baraja sobre la manta, se enjugó la frente con un vistoso pañuelo de seda. Percibiendo a los jugadores atentos, comenzó a tirar con una mueca de sorna y la cara torcida bajo la cicatriz. Vino el tres que jugaba Nachito. Palpitó a su lado el espectro:
-¡Hemos ganado!
Reclamó Nachito, batiendo con los nudillos en la manta:
-Ciento sesenta soles.
Chucho el Roto, al pagarle, le clavó los ojos, con mofa procaz:
-Otro menos pendejo, con esa suerte, había *habría* [256] desbancado ¡Ni que un ángel se las soplase a la oreja!
Nachito, con gesto de bonachón asentimiento, apilaba el dinero y hacía sus gracias.
-¡Cuá! ¡Cuá!
Y murmuraba desabrido un titulado Capitán Vigurí:
-¡Siempre la Virgen se le aparece a los pastores!
Y Nachito, al mismo tiempo tenía en la oreja el soplo del hepático espectro:
-Debemos repartir.
Denegó Nachito con un frunce triste en la boca:
-Después del quinto golpe.
-Es una imprudencia.
-Si perdemos, por otro lado nos vendrá la compensación. ¿Quién sabe? ¡Hasta pudieran no fusilarnos! Si ganamos es que tenemos la contraria en Foso-Palmitos.
-Déjese, amigo de macanas y no tiente la suerte.
-Vamos con la sota.
-Es una carta fregada.
-Pues moriremos en ella. Amigo tallador, ciento sesenta soles en la sota.
[257] Respondió el Roto:
-¡Van!
Se almibaró Nachito:
-Muchas gracias.
Y repuso el tahur *tahúr*, con su mueca leperona:
-¡Son las que me cuelgan!
Volvió la baraja, y apareció la sota en puerta, con lo cual movióse un murmullo entre los jugadores. Nachito estaba pálido y le temblaban las manos:
-Hubiera querido perder esta carta. ¡Ay, amigo, nos tiran la contraria en Foso-Palmitos!
Alentó el espectro con expresión mortecina:
-Por ahora vamos cobrando.
-Son ciento veintisiete soles por barba.
-¡La puerta nos ha chingado!
-Más debió chingarnos. En una situación tan lamentosa, es de muy mal augurio ganar en el juego.
-Pues déjele la plata al Roto.
-No es precisamente la contraria.
-¿Va usted a seguir jugando?
-Hasta perder. Sólo así podré tranquilizar mi ánimo.
-Pues yo voy a tomar el aire. Muchas gracias [258] por su ayuda y reconózcame como un servidor: Bernardino Arias.
Se alejó. Nachito, con las manos trémulas, apilaba la plata. Le llenaba de terror angustioso el absurdo de aquel providencialismo maléfico, que dándole tan obstinada ventura en el juego, le tenía decretada la muerte. Sentíase bajo el poder de fuerzas invisibles, las advertía en torno suyo, hostiles y burlonas. Cogió un puñado de dinero y lo puso a la primera carta que salió. Deseaba ganar y perder. Cerró los ojos para abrirlos en el mismo instante. Chucho el Roto volvía la baraja, enseñaba la puerta, corría la pinta. Nachito se afligió. Ganaba otra vez. Se disculpó con una sonrisa, sintiendo la mirada aviesa del bandolero tahur *tahúr*:
-¡Posiblemente esta tarde voy a ser ultimado!
Al otro rumbo del calabozo, algunos prisioneros escuchaban el relato flúido *fluido* de eses y eles, que hacia *hacía* un soldado tuerto: Hablaba monótonamente, sentado sobre los calcañares, y contaba la derrota de las tropas revolucionarias [259] en Curopaitito. Echados sobre el suelo, atendían hasta cinco presos:
-Pues de aquella, yo aún andaba incorporado a la partida de Doroteo Rojas. Un servicio perro, sin soltar el fusil, siempre mojados. Y el día más negro fué el siete de julio: Ibamos *Íbamos* atravesando un pantano, cuando empezó la balasera de los federales: No los habíamos visto porque tiraban al resguardo de los huisaches que hay a una mano y otra, y no más salimos de aquel pantano por la Gracia Bendita. Dende que salimos, les contestamos con fuego muy duro, y nos tiroteamos un chico rato, y otra vez, jala y jala y jala, por aquellos llanos que no se les miraba fin... Y un solazo que hacia *hacía* arder las arenas, y ahí vamos jala y jala y jala y jala. Escapábamos a paso de coyote, embarrándonos en la tierra, y los federales se nos venían detrás. Y no más zumbaban las balas. Y nosotros jala y jala y jala.
La voz del indio, flúida *fluida* de eses y eles, se inmovilizaba sobre una sola nota. El Doctor Atle, famoso orador de la secta revolucionaria encarcelado desde hacia *hacía* muchos meses, un hombre joven, la frente pálida, la cabellera [260] romántica, incorporado en su hamaca, guardaba extraordinaria atención al relato. De tiempo en tiempo, escribía alguna cosa en un cuaderno, y tornaba a escuchar. El indio se adormecía en su monótono sonsonete:
-Y jala y jala y jala. Todo el día caminamos al trote, hasta que al meterse el sol devisamos un ranchito quemado, y corrimos para agazaparnos. Pero no pudo ser. También nos echaron, y fuimos más adelante y nos agarramos al hocico de una noria. Y ahí está otra vez la balasera, pero fuerte y tupida como granizo. Y aquí caía una bala y allá caía otra, y empezó a hervir la tierra. Los federales tenían ganas de acabarnos, y nos baleaban muy fuerte, y al poco rato no más se oía el esquitero, y el esquitero y el esquitero, como cuando mi vieja me tostaba el maíz. El compañero que estaba junto a mí, no más se hacía para un lado y para otro: Motivado que le dije: No las atorees, manís, porque es peor. Hasta que le dieron un diablazo en la maceta, y allí se quedó mirando a las estrellas. Y fuimos al amanecer al pie de una sierra, donde no había ni agua ni maíz, ni cosa ninguna que comer.
[261] Calló el indio. Los presos que formaban el grupo seguían fumando sin hacer ningún comentario al relato, parecía que no hubiesen escuchado. El Doctor Atle repasaba el cuaderno de sus notas, y con el lápiz sobre el labio interrogó al soldado:
-¿Cómo te llamas?
-Indalecio.
-¿El apellido?
-Santana.
-¿De qué parte eres?
-Nací en la Hacienda de Chamulpo. Allí nací, pero todavía chamaco, me trasladaron con una reata de peones a los Llanos de Zamalpoa. Cuando estalló la bola revolucionaria, desertamos todos los peones de las minas de un judas gachupín, y nos fuimos con Doroteo.
El Doctor Atle, aun trazó algunas líneas en su cuaderno, y luego recostóse en la hamaca con los ojos cerrados y el lápiz sobre la boca, que sellaba un gesto amargo.
[262]
Conforme adelantaba el día, los rayos del sol, metiéndose por las altas rejas, sesgaban y triangulaban la cuadra del calabozo. En aquellas horas, el vaho de tabaco y catinga era de una crasitud pegajosa. Los más de los presos adormecían en sus hamacas, y al rebullirse alzaban una nube de moscas, que volvía a posarse apenas el bulto quedaba inerte. En corros silenciosos otros prisioneros se repartían por los rumbos del calabozo, buscando los triángulos sin sol. Eran raras las pláticas, tenues, con un matiz de conformidad para las adversidades de la fortuna: Las almas presentían el fin de su peregrinación mundana, y este torturado pensamiento de todas las horas revestíalas de estoica serenidad. Las raras pláticas tenían un dejo de olvidada sonrisa, luz humorística de candiles que se apagan faltos de aceite. El pensamiento de la muerte había puesto en aquellos ojos, vueltos al mundo sobre el recuerdo de sus vidas pasadas, una visión indulgente y melancólica. La igualdad en el destino determinaba un [263] igual acento en la diversidad de rostros y expresiones. Sentíanse alejados en una orilla remota, y la luz triangulada del calabozo realzaba en un módulo moderno y cubista la actitud macilenta de las figuras.
[265]
[267]
El indio triste que divierte sus penas corriendo gallos, susurra por bochinches y conventillos, justicias, crueldades, poderes mágicos de Niño Santos. El Dragón del Señor San Miguelito le descubría el misterio de las conjuras, le adoctrinaba. ¡Eran compadres! ¡Tenían pacto! ¡Generalito Banderas se proclamaba inmune para las balas por una firma de Satanás! Ante aquel poder tenebroso, invisible y en vela, la plebe cobriza revivía un terror teológico, una fatalidad religiosa poblada de espantos.
En San Martín de los Mostenses era el relevo de guardias, y el fámulo-barbero enjabonaba la cara del Tirano. El Mayor del Valle, cuadrado militarmente, inmovilizábase en la puerta de la recámara. El Tirano, vuelto de [268] espaldas, había oído el parte sin sorpresa, aparentando hallarse noticioso:
-Nuestro Licenciadito Veguillas es un alma candida *cándida*. ¡Está bueno el fregado! Mayor del Valle, merece usted una condecoración.
Era de mal agüero aquella sorna insidiosa. El Mayor presentía el enconado rumiar de la boca: Instintivamente cambió una mirada con los ayudantes, retirados en el fondo, dos lagartijos con brillantes uniformes, cordones y plumeros. La estancia era una celda grande y fresca, solada de un rojo polvoriento, con nidos de palomas en la viguería. Tirano Banderas se volvió con la máscara enjabonada. El Mayor permanecía en la puerta, cuadrado, con la mano en la sien: Había querido animarse con cuatro copas para rendir el parte, y sentía una irrealidad angustiosa: Las figuras, cargadas de enajenamiento, indecisas, tenían una sensación embotada de irrealidad soñolienta. El Tirano le miró en silencio, remegíendo *remejiendo* la boca: Luego, con un gesto, indicó al fámulo que continuase haciéndole la rasura. Don Cruz, el fámulo, era un negro de alambre, amacacado y vejete, con el crespo vellón griseante: Nacido en la esclavitud, tenía [269] la mirada húmeda y deprimida de los perros castigados. Con quiebros tilingos se movía en torno del Tirano:
-¿Cómo están las navajas, mi jefecito?
-Para hacerle la barba a un muerto.
-¡Pues son las inglesas!
-Don Cruz, eso quiere decir que no están cumplidamente vaciadas.
-Mi jefecito, el solazo de estas campañas le ha puesto la piel muy delicada.
El Mayor se inmovilizaba en el saludo militar. Niño Santos, mirando de refilón el espejillo que tenía delante, veía proyectarse la puerta y una parte de la estancia con perspectiva desconcertada:
-Me aflige que se haya puesto fuera de ley el Coronel de la Gándara. ¡Siento de veras la pérdida del amigo, pues se arruina por su genio atropellado! Me hubiera sido grato indultarle y la ha fregado nuestro Licenciadito. Es un sentimental, que no puede ver lástimas, merecedor de otra condecoración, una cruz pensionada. Mayor del Valle, pase usted orden de comparecencia para interrogar a esa alma cándida. ¿Y el chamaco estudiante por qué motivación ha sido preso?
[270] El Mayor del Valle, cuadrado en el umbral, procuró esclarecerlo:
-Presenta malos informes, y le complica la ventana abierta.
La voz tenia *tenía* una modulación maquinal, desviada del instante, una tónica opaca. Tirano Banderas remegía *remejía* la boca:
-Muy buena observación, visto que usted más tarde había de arrugarse frente al tejado. ¿De qué familia es el chamaco?
-Hijo del difunto Doctor Rosales.
-¿Y está suficientemente dilucidada su simpatía con el utopismo revolucionario? Convendría pedir un informe al Negociado de Policía. Cumplimente usted esa diligencia, Mayor del Valle. Teniente Morcillo, usted encárguese de tramitar las órdenes oportunas para la pronta captura del Coronel Domiciano de la Gándara. El Comandante de la Plaza que disponga la urgente salida de fuerzas con el objetivo de batir toda la zona. Hay que operar diligente. Al Coronelito, si hoy no lo cazamos, mañana lo tenemos en el campo insurrecto. Teniente Valdivia, entérese si hay mucha caravana para audiencia.
Terminada la rasura de la barba, el fámulo [271] tilingo le ayudaba a revestirse el levitón de clérigo. Los ayudantes, con ritmo de autómatas alemanes, habían girado, marcando la media vuelta, y salían por lados opuestos, recogiéndose los sables, sonoras las espuelas:
-¡Chac! ¡Chac!
El Tirano, con el sol en la calavera, fisgaba por los vidrios de la ventana. Sonaban las cornetas, y en la campa barcina, ante la puerta del convento, una escolta de dragones revolvía los caballos en torno del arqueológico landó, con atalaje de mulas, que usaba para las visitas de ceremonia Niño Santos.
Con su paso menudo de rata fisgona, asolapándose el levitón de clérigo, salió al locutorio de audiencias Tirano Banderas:
-¡Salutem plurimant!
Doña Rosita Pintado, caído el rebozo, con dramática escuela, se arrojó a las plantas del Tirano:
-¡Generalito, no es justicia lo que se hace con mi chamaco!
Avinagró el gesto la momia indiana:
[272] -Alce, Doña Rosita, no es un tablado de comedia la audiencia del Primer Magistrado de la Nación. Exponga su pleito con comedimiento. ¿Qué le sucede al hijo del lamentado Doctor Rosales? ¡Aquel conspicuo patricio hoy nos sería un auxiliar muy valioso para el sostenimiento del Orden! ¡Doña Rosita, exponga su pleito!
-¡Generalito, esta mañana se me llevaron preso al chamaco!
-Doña Rosita, explíqueme las circunstancias de ese arresto.
-El Mayor del Valle venía sobre los pasos de un fugado.
-¿Usted le había dado acogimiento?
-¡Ni lo menos! Por lo que entendí, era su compadre Domiciano.
-¡Mi compadre Domiciano! ¿Doña Rosita, no querrá decir el Coronel Domiciano de la Gándara?
-¡Me tiraniza pidiéndome tan justa gramática!
-El Primer Magistrado de un pueblo no tiene compadres, Doña Rosita. ¿Y cómo en horas tan intempestivas la visita del Coronel de la Gándara?
[273] -¡Un centellón, no más, mi Generalito! Entró de la calle y salió por la ventana sin explicarse.
-¿Y a qué obedece haber elegido la casa de usted, Doña Rosita?
-¡Mi Generalito, y a qué obedece el sino que rige la vida?
-Acorde con esa doctrina, espere el sino del chamaco, que nada podrá sucederle fuera de esa ley natural. Mi Señora Doña Rosita, me deja muy obligado. Me ha sido de una especial complacencia volver a verla y memorizar tiempos antiguos, cuando la festejaba el lamentado Laurencio Rosales. ¡Veo siempre en usted aquella cabalgadora del Ranchito de Talapachi! Váyase muy consolada, que contra el sino de cada cual no hay poder suficiente para modificarlo, en lo limitado de nuestras voluntades.
-¡Generalito, no me hablés encubierto!
-Fíjese no más: El Coronel de la Gándara, hurtándose a la ley por una ventana, tramita todas las incidencias de este pleito, y en modo alguno podemos ya sustraernos a la actuación que nos deja pendiente. Mi Señora Doña Rosita, convengamos que nuestra condición [274] en el mundo es la de niños rebeldes que caminasen con las manos atadas bajo el rebencazo de los acontecimientos. ¿Por qué eligió la casa de usted el Coronel Domiciano de la Gándara? Doña Rosita, excúseme que no pueda dilatar la audiencia, pero lleve mis seguridades de que se proveerá en justicia. ¡Y en últimas resultas, siempre será el sino de las criaturas quien sentencie el pleito! ¡Nos vemos!
Se apartó hecho un rígido espeto, y con austera seña de la mano llamó al ayudante cuadrado en la puerta:
-Se dan por finalizadas las audiencias. Vamos a Santa Mónica.
La llama del sol encendía con destellos el arduo tenderete de azoteas, encastillado sobre la curva del Puerto. El vasto mar ecuatorial, caliginoso de tormentas y calmas, se inmovilizaba en llanuras de luz, desde los muelles al confin *confín* remoto. Los muros de reductos y hornabeques destacaban su ruda geometría castrense, como buldogs *bulldogs* trascendidos [275] a expresión matemática. Una charanga, brillante y ramplona, divertía al vulgo municipal en el kiosco de la Plaza de Armas. En la muda desolación del cielo, abismado en el martirio de la luz, era como una injuria la metálica estridencia. La pelazón de indios ensabanados, arrendándose a las aceras y porches, o encumbrada por escalerillas de iglesias y conventos, saludaba con una genuflexión el paso del Tirano. Tuvo un gesto humorístico la momia enlevitada:
-¡Chac! ¡Chac! ¡Tan humildes en la apariencia, y son ingobernables! No está mal el razonamiento de los científicos, cuando nos dicen que la originaria organización comunal del indígena se ha visto fregada por el individualismo español, raíz de nuestro caudillaje. El caudillaje criollo, la indiferencia del indígena, la crápula del mestizo y la teocracia colonial son los tópicos con que nos denigran el industrialismo yanqui y las monas de la diplomacia europea. Su negocio está en hacerle la capa a los bucaneros de la revolución, para arruinar nuestros valores y alzarse concesionarios de minas, ferrocarriles y aduanas... ¡Vamos a pelearles el gallo sacando de [276] la prisión con todos los honores al futuro Presidente de la República!
El Generalito rasgaba la boca con falsos teclados. Asentían con militar tiesura los ayudantes. La escolta dragona, imperativa de brillos y sones marciales, rodeaba el landó. Apartábanse las plebes al temor de ser atropelladas, y repentinos espacios desiertos silenciaban la calle. En el borde de la acera, el indio de sabanil y chupalla, greñudo y genuflexo, saludaba con religiosas cruces. Se entusiasmaban con vítores y palmas los billaristas asomados a la balconada del Casino Español. La momia, enlevitada, respondía con cuáquera dignidad, alzándose la chistera, y con el saludo militar los ayudantes.
El Fuerte de Santa Mónica descollaba el dramón de su arquitectura en el luminoso ribazo marino. Formaba el retén en la poterna. El Tirano no movió una sola arruga de su máscara indiana, para responder al saludo del Coronel Irineo Castañón-Pata de Palo-. [277] Inmovilizábase en un gesto de duras aristas, como los ídolos tallados en obsidiana:
-¿Qué calabozo ocupa Don Roque Cepeda?
-El número 3.
-¿Han sido tratados con toda la consideración que merecen tan ilustre patricio y sus compañeros? El antagonismo político, dentro de la vigencia legal, merece todos los respetos del Poder Público. El rigor de las leyes ha de ser aplicado a los insurgentes en armas. Aténgase a estas instrucciones en lo sucesivo. Vamos a vernos con el candidato de las oposiciones para la Presidencia de la República. Coronel Castañón, rompa marcha.
El Coronel giró con la mano en la visera, y su remo de palo, con tieso destaque, trazó la media vuelta en el aire: Puesto en marcha, al tilingo de las llaves en pretina, advirtió con marciales escandidos:
-Don Trinidad, vos nos precendes *precedés*.
Corrió Don Trino con morisquetas quebradas por los juanetes. Rechinaron cerrojos y gonces. Abierta la ferrona cancela, renovó el trote con sones y compases del pretino llavero: Bailarín de alambre, relamía gambetas [278] sobre el lujo chafado de los charoles. El Coronel Ireneo Castañón, al frente de la comitiva, marcaba el paso. ¡Tac! ¡Tac! Por bovedizos y galerías, apostillaba un eco el ritmo cojitranco de la pata de palo: ¡Tac!, ¡tac! El Tirano, raposo y clerical, arrugaba la boca entre sus ayudantes lagartijeros. Echó los bofes el Coronel Alcaide:
-¡Calabozo número 3!
Tirano Banderas, en el umbral, saludó, quitándose el sombrero, tendidos los ojos para descubrir a Don Roque. Todo aquel mundo carcelario estaba vuelto a la puerta, inmovilizado en muda zozobra. El Tirano acostumbrada la vista a la media luz del calabozo, penetró por la doble hilera de hamacas. Extremando su rancia ceremonia, señalaba un deferente saludo al corro centrado por Don Roque Cepeda:
-Mi Señor Don Roque, recién me entero de su detención en el fuerte. ¡Lo he deplorado! Hágame el honor de considerarme ajeno a esa molestia. Santos Banderas guarda todos los miramientos a un repúblico tan ameritado, y nuestras diferencias ideológicas no son tan irreductibles como usted parece presuponerlo, [279] mi Señor Don Roque. En todas las circunstancias usted representa para mí en el campo político, al adversario que, consciente de sus deberes ciudadanos, acude a los comicios y riñe la batalla sin salirse fuera de la Carta Constitucional. Notoriamente he procedido con el mayor rigor en las sumarias instruidas a los aventureros que toman las armas y se colocan fuera de las leyes. Para esos caudillos que no vacilan en provocar una intervención extranjera, seré siempre inexorable, pero esta actuación no excluye mi respeto y hasta mi complacencia para los que me presentan batalla amparados en el derecho que les confieren las leyes. Don Roque, en ese terreno deseo verle a usted, y comienzo por decirle que reconozco plenamente su patriotismo, que me congratula la generosa intención de su propaganda por tonificar de estímulos ciudadanos a la raza indígena. Sobre este tópico aún hemos de conversar, pero horita sólo quiero expresarle mis excusas ante el lamentado error policial, originándose que la ergástula del vicio y de la corrupción se vea enaltecida por el varón justo de que nos habla el latino Horacio.
[280] Don Roque Cepeda, en la rueda taciturna de sus amigos incrédulos, se iluminaba con una sonrisa de santo campesino, tenía un suave reflejo en las bruñidas arrugas:
-Señor General, perdóneme la franqueza. Oyéndole me parece escuchar a la Serpiente del Génesis.
Era de tan ingenua honradez la expresión de los ojos y el reflejo de la sonrisa en las arrugas, que excusaban como acentos benévolos la censura de las cláusulas. Tirano Banderas inmovilizaba las aristas de su verde mueca:
-Mi Señor Don Roque, no esperaba de su parte esa fineza. De la mía propositaba ofrecerle una leal amistad y estrechar su mano, pero visto que usted no me juzga sincero, me limito a reiterarle mis excusas.
Saludó con la castora y, apostillado por los dos ayudantes, se dirigió a la puerta.
[281]
Entre la doble fila de hamacas saltó, llorón y grotesco, el Licenciado Veguillas:
-¡Cuá! ¡Cuá!
La momia remejió la boca:
-¡Macaneador!
-¡Cuá!¡Cuá!
-No sea payaso.
-¡Cuá! ¡Cuá!
-Que no me divierte horita esa bufonada.
-¡Cuá! ¡Cuá!
-Tendré que apartarle con la punta de la bota.
-¡Cuá! ¡Cuá!
El Licenciadito, recogida la guayabera en el talle, terco, llorón, saltaba en cuclillas, inflada la máscara, el ojo implorante:
-¡Me sonroja verle! Sus delaciones no se redimen cantando la rana.
-Mi Generalito es un viceversa magnético.
Tirano Banderas, con la punta de la bota, le hizo rodar por delante del centinela, que, pegado al quicio de la puerta, presentaba el arma:
[282] -Voy a regalarle un gorro de cascabeles.
-¡Mi Generalito, para qué se molesta!
-Se presentará con él a San Pedro. Andele *Ándele* no más, le subo en mi carruaje a los Mostenses. No quiero que se vaya al otro mundo descontento de Santos Banderas. Me conversará durante el día, ya que tan pronto dejaremos de comunicarnos. Posiblemente le alcanza una sentencia de pena capital. ¿Licenciadito, por qué me ha sido tan pendejo? ¿Quién le inspiró la divulgación de las resoluciones presidenciales? ¿A qué móviles ha obedecido tan vituperable conducta? ¿Qué cómplices tiene? Hónreme montando en mi carruaje y tome luneta a mi diestra. Todavía no ha recaído sentencia sobre su conducta y no quiero prejuzgar su delincuencia.
[283]
Don Mariano Isabel Cristino Queralt y Roca de Togores, Ministro plenipotenciario de Su Majestad Católica en Santa Fe de Tierra Firme, Barón de Benicarlés y Caballero Maestrante, condecorado con más lilailos que borrico cañí, era a las doce del día en la cama, con gorra de encajes y camisón de seda rosa. Merlín, el gozque faldero, le lamía el colorete y adobaba el mascarón esparciéndole el afeite con la espátula linguaria. Tenía en el hocico el faldero arrumacos, melindres y mimos de maricuela.
Sin anuncio del ayuda de cámara, entró, gambetero, Currito Mi-Alma. El niño andaluz se detuvo en la puerta, marcó un redoble de las uñas en el alón del cordobés, y con un papirote se lo puso terciado. En el mismo compás levantaba el veguero al modo de caña [284] sanluqueña, entonado, ceceante, con el mejor estilo de la cátedra sevillana:
-¡Gachó! ¿Te has pintado para la Semana de Pasión? Merlín te ha puesto la propia jeta de un disciplinante.
Su Excelencia se volvió, dando la espalda al niño marchoso:
-¡Eres incorregible! Habrás dado algún dejarte ver el pelo.
-Formula una reclamación diplomática. Horita salgo del estaribel, que decimos los clásicos.
-Deja la guasa, Curro. Estoy sumamente irritado.
-La veri, Isabelita.
-¡Eres incorregible! Habrás dado algún escándalo.
-Ojerizas. He dormido en la delega, sobre un petate, y esto no es lo más malo: La poli se ha hecho cargo de mi administración y de toda la correspondencia.
El Ministro de España se incorporó en las almohadas y al faldero, suspendiéndole por las lanas del cuello, espatarró en la alfombra:
-¿Qué dices?
El Curro afligió la cara:
[285] -¡Isabelita, un sinapismo para puesto en el rabo!
-¿Dónde tenías mis cartas?
-En una valija con siete candados mecánicos.
-¡Nos conocemos, Curro! Te vienes con ese infundio idiota para sacarme dinero.
-¡Que no es combina, Isabelita!
-Curro, tú te pasas de sinvergüenza.
-Isabelita, agradezco el requiebro, pero en esta corrida sólo es empresa el Licenciado López de Salamanca.
-¡Currito, eres un canalla!
-¡Que me coja un toro y me mate!
-¡Esas cartas se queman! ¡Deben quemarse! ¡Es lo correcto!
-Pero siempre se guardan.
-¡Si anda en esto la mano del Presidente! ¡No quiero pensarlo! ¡Es una situación muy difícil y muy complicada!
-¿Me dirás que es la primera en que te ves?
-¡No me exasperes! En las circunstancias actuales puede costarme la pérdida de la carrera.
-¡Acude al quite!
[286] -Estoy distanciado del Gobierno.
-Pues te arrimas al morlaco y lo pasas de muleta. ¡Mi alma, que no sabes tú hacer eso!
El representante de Su Majestad Católica echó los pies fuera de la cama, agarrándose la cabeza:
-¡Si trasciende a los periódicos se me crea una situación imposible! ¡Cuando menos su silencio me cuesta un riñón y mitad del otro!
-Dale changüí a Tirano Banderas.
El Ministro de España se levantó apretando los puños:
-¡No sé cómo no te araño!
-Una duda muy meritoria.
-¡Currito, eres un canalla! Todo esto son gaterías tuyas para sacarme dinero, y me estás atormentando.
-¡Isabelita, ves estas cruces? Te hago juramento por lo más sagrado.
El Barón repitió, temoso:
-¡Eres un canalla!
-Deja esa alicantina. Te lo juro por el escapulario que mi madre, pobrecita, me puso al salir de la adorada España.
El Curro se había conmovido con un eco sentimental de copla andaluza. Su Excelencia [287] apuntaba una llama irónica en el azulino horizonte de sus ojos huevones:
-Bueno, sírveme de azafata.
-¡Sinvergonzona!
El Representante de Su Majestad Católica, perfumado y acicalado, acudió al salón donde hacía espera Don Celes. Un pesimismo sensual y decadente, con lemas y apostillas literarias, retocaba, como otro afeite, el perfil sicológico del carcamal diplomático, que en los posos de su conciencia sublimaba resabios de amor, con laureles clásicos: Frecuentemente, en el trato social, traslucía sus aberrantes gustos con el libre cinismo de un elegante en el Lacio: Tenía siempre pronta una burla de amables epigramas, para los jóvenes colegas incomprensivos, sin fantasía y sin humanidades: Insinuante, con indiscreta confidencia, se decía sacerdote de Hebe y de Ganimedes. Bajo esta apariencia de frivolo *frívolo* cinismo, prosperaban alarde y engaño, porque nunca pudo sacrificar a Hebe. El Barón de Benicarlés mimaba aquella postiza afición flirteando entre [288] las damas, con un vacuo cotorreo susurrante de risas, reticencias e intimidades. Para las madamas era encantador aquel pesimismo de casaca diplomática, aquellos giros disertantes y parabólicos de los guantes londinenses, rozados de frases ingeniosas diluidas en una sonrisa de oros odontálgicos. Aquellas agudezas eran motivo de gorjeos entre las jamonas otoñales: El Mundo podía ofrecer un hospedaje más confortable, ya que nos tomamos el trabajo de nacer. Sería conveniente que hubiese menos tontos, que no doliesen las muelas, que los banqueros cancelasen sus créditos. La edad de morir debía ser una para todos, como la quinta militar. Son reformas sin espera, y con relación a las técnicas actuales, está anticuado el Gran Arquitecto. Hay industriales yanquis y alemanes que promoverían grandes mejoras en el orden del mundo si estuviesen en el Consejo de Administración. El Ministro de Su Majestad Católica tenía fama de espiritual en el corro de las madamas, que le tentaban en vano poniéndole los ojos tiernos.
[289]
-¡Querido Celes!
Al penetrar en el salón, con sonrisa belfona recataba la congoja del ánimo, estarcido de suspicacias: ¡Don Celes! ¡Las cartas! ¡La mueca del Tirano! Un circunflejo del pensamiento sellaba la triada con intuición momentánea, y el carcamal rememoraba su epistolario amoroso, y la dolorosa inquietud de otro disgusto lejano, en una Corte de Europa. El Ilustre Gachupín era en el estrado, con el jipi y los guantes sobre la repisa de la botarga: Bombón y badulaque, tendida la mano, en el salir de la penumbra dorada se detuvo, fulminado por el ladrido del faldero, que, arisco y mimoso, sacaba el agudo flautín entre las zancas de Su Excelencia:
-No quiere reconocerme por amigo.
Don Celes, como en un pésame, estrechó largamente la mano del carcamal, que le animó con gesto de benévola indiferencia:
-¡Querido Celes, trae usted cara de grandes sucesos!
[290] -Estoy, mi querido amigo, verdaderamente atribulado.
El Barón de Benicarlés le interrogó con una mueca de suripanta:
-¿Qué ocurre?
-Querido Mariano, me causa una gran mortificación dar este paso. Créamelo usted. Pero las críticas circunstancias por que atraviesan las finanzas del país me obligan a recoger numerario.
El Ministro de Su Majestad Católica, falso y declamatorio, estrechó las manos del ilustre gachupín:
-Celes, es usted el hombre más bueno del mundo. Estoy viendo lo que usted sufre al pedirme su plata. Hoy se me ha revelado su gran corazón. ¿Sabe usted las últimas noticias de España?
-¿Pero hubo paquete?
-Me refiero al cable.
-¿Hay cambio político?
-El Posibilismo en Palacio.
-¿De veras? No me sorprende. Eran mis noticias, pero los sucesos han debido anticiparse.
-Celes, usted será Ministro de Hacienda. [291] Acuérdese usted de este desterrado y venga un abrazo.
-¡Querido Mariano!
-¡Qué digna coronación de su vida, Celestino!
Falso y confidencial, hizo sentar en el sofá al orondo ricacho, y, sacando la cadera, cotorrón, tomó asiento a su lado. La botarga del gachupín se inflaba complacida. Emilio le llamaría por cable. ¡La Madre Patria! Se sintió con una conciencia difusa de nuevas obligaciones, una respetabilidad adiposa de personaje. Experimentaba la extraña sensación de que su sombra creciese desmesuradamente, mientras el cuerpo se achicaba. Enternecíase. Le sonaban eufónicamente escandidas palabras -Sacerdocio, Ponencia, Parlamento, Holocausto-. Y adoptaba un lema: ¡Todo por mi Patria! Aquella matrona entrada en carnes, corona, rodela y estoque, le conmovía como dama de tablas que corta el verso en la tramoya de candilejas, bambalinas y telones. Don Celes sentíase revestido de sagradas ínfulas y desplegaba petulante la curva de su destino con casaca bordada, como el pavo real la fábula de su cola. Fatuas [292] imágenes y suspicacias de negociante compendiaban sus larvados arabescos en fugas colmadas de resonancias. El Ilustre Gachupín temía la mengua de sus lucros, si trocaba la explotación de cholos y morenos por el servicio de la Madre Patria: Se tocó el pecho y sacó la cartera:
-¡Querido Mariano, real y verdaderamente, en las circunstancias por que atraviesa este país, con la incertidumbre y poca fijeza de sus finanzas, me representa un grave quebranto la radicación en España. ¡Usted me conoce, usted sabe todo lo que me violenta apremiarle, usted, dándose cuenta de mi buena voluntad, no me creará una situación embarazosa!...
El Barón de Benicarlés, con apagada sonrisa, tiraba de las orejas a Merlín:
-¡Carísimo Celestino, pero si está usted haciendo mi rol! Sus disculpas, todas sus palabras, las hago mías. No es a usted a quien corresponde hablar así. ¡Carísimo Celestino, no me amenace usted con la cartera, que me da más miedo que una pistola! Guárdesela para que sigamos hablando. Tengo en venta una masía en Alicante. ¿Por qué no se decide [293] usted y me la compra? Sería un espléndido regalo para su amigo el elocuente tribuno. Decídase usted, que se la doy barata.
Don Celes Galindo entornaba los ojos, abierta una sonrisa de oráculo entre las patillas de canela.
El Ilustre Gachupín extravagaba por los más encumbrados limbos la voluta del pensamiento: Investido de conciencia histórica, pomposo, apesadumbrado, discernía como un deshonor rojo y gualda el epistolario del Ministro de Su Majestad Católica al Currito de Sevilla.-¡Aberraciones!-Y subitánea, en un silo de sombra taciturna, atisbo la mueca de Tirano Banderas.-¡Aberraciones!-El verde mohín trituraba las letras: Y Don Celes, con mentales votos de hijo predilecto, ofrecía el sonrojo de su calva panzona en holocausto de la Madre Patria. El impulso de imponerle un parche en las vergüenzas le inundó generoso, calde, con el latido entusiasta de la onda sanguínea en los brindis y aniversarios nacionales. [294] La botarga del ricacho era una boya de ecos magnánimos. El Barón, de media anqueta en el sofá, cristalizaba los ambiguos caramelos de una sonrisa protocolaria. Don Celestino le tendió la mano condolido, piadoso, tal como su lienzo en el Vía-Crucis *Vía Crucis* la María Verónica:
-Yo he vivido mucho. Cuando se ha vivido mucho, se adquiere cierta filosofía para considerar las acciones humanas. Usted me comprende, querido Mariano.
-Todavía no.
El Barón de Benicarlés limitaba el azul horizonte de los ojos huevones, entornando los párpados. Don Celes cambió toda la cara en un gran gesto abismado y confidencial:
-Ayer la policía, en mi opinión propasándose, ha efectuado la detención de un súbdito español, y practicado un registro en sus petacas... Ya digo, en mi opinión, extralimitándose.
El carcamal diplomático asintió con melindre displicente:
-Acabo de enterarme. Me ha visitado con ese mismo duelo Currito Mi-Alma.
El Ministro de Su Majestad Católica sonreía, [295] y sobre la crasa rasura, el colorete, abriéndose en grietas, tenía un sarcasmo de careta chafada. Se consternó Don Celes:
-Mariano, es asunto muy grave. Precisa que, puestos de acuerdo, lo silenciemos.
-¡Carísimo Celestino, es usted una virgen inocente! Todo eso carece de importancia.
En la liviana contracción de su máscara, el colorete seguía abriéndose, con nuevas roturas. Don Celes acentuaba su gesto confidencial:
-Querido Mariano, mi deber es prevenirle. Esas cartas están en poder del General Banderas. Acaso violo un secreto político, pero usted, su amistad, y la Patria... ¡Querido Mariano, no podemos, no debemos olvidarnos de la Patria! Esas cartas actúan en poder del General Banderas.
-Me satisface la noticia. El Señor Presidente es bien seguro que sabrá guardarlas.
El Barón de Benicarlés acogíase en una actitud sibilina de hierofante en sabias perversidades. Insistía Don Celes, un poco captado por aquel tono:
-Querido Mariano, ya he dicho que no juzgo de esas cartas, pero mi deber es prevenirle.
[296] -Y se lo agradezco. Usted, ilustre amigo, se deja arrebatar de la imaginación. Crea usted que esas cartas no tienen la más pequeña importancia.
-Me alegraría que así fuese. Pero temo un escándalo, querido Mariano.
-¿Puede ser tanta la incultura de este medio social? Sería perfectamente ridículo.
Don Celes se avino, marcando con un gesto su avenencia:
-Indudablemente, pero hay que silenciar el escándalo.
El Barón de Benicarlés entornaba los ojos, relamido de desdenes:
-¡Un devaneo! Ese Currito le confieso a usted que me ha tenido interesado. ¿Usted le conoce? ¡Vale la pena!
Hablaba con tan amable sonrisa, con un matiz británico de tan elegante indiferencia, que el asombrado gachupín no tuvo ánimos para sacar del fuelle los grandes gestos. Fallidos todos, murmuró, jugando con los guantes:
-No, no le conozco. Mariano, mi consejo es que debe usted tener amigo al General.
-¿Cree usted que no lo sea?
[297] -Creo que debe usted verle.
-Eso, sí, no dejaré de hacerlo.
-Mariano, hágalo usted, se lo ruego, en nombre de la Madre Patria. Por ella, por la Colonia. Ya usted conoce sus componentes, gente inculta, sin complicaciones, sin cultura. Si el cable comunica alguna novedad política...
-Le tendré a usted al corriente, y repito mi enhorabuena. Es usted un grande hombre plutarquiano. Adiós, querido Celes.
-Vea usted al Presidente.
-Le veré esta tarde.
-Con esa promesa me retiro satisfecho.
Currito Mi-Alma salió rompiendo cortinas y, por decirlo en su verba, más postinero que un ocho:
-¡Has estado pero que muy buena, Isabelita!
El Barón de Benicarlés le detuvo con áulico aspaviento, la estampa fondona y gallota, toda conmovida:
-¡Me parece una inconveniencia ese espionaje!
[298] -¡Mírame este ojo!
-Muy seriamente.
-¡No seas panoli!
Los cedros y los mirtos del jardín trascendían remansadas penumbras de verdes acuarios a los estores del salón, apenas ondulados por la brisa perfumada de nardos. El jardín de la virreina era una galante geometría de fuentes y mirtos, estanques y ordenados senderos: Inmóviles cláusulas de negros espejos pautaban los estanques, entre columnatas de cipreses. El Ministro de Su Majestad Católica, con un destello de orgullo en el azul porcelana de las pupilas, volvió la espalda al rufo, y recluyéndose en el calino mirador colonial, se incrustaba el monóculo bajo la ceja. Trepaban del jardín verdes de una enredadera, y era detrás de los cristales toda la sombra verde del jardín. El Barón de Benicarlés apoyó la frente en la vidriera: Elefantona, atildada, britanizante, la figura dibujaba un gran gesto preocupado. El Curro y Merlín, cada cual desde su esquina, le contemplaban sumido en la luz acuaria del mirador, en la curva rotunda, labrada de olorosas maderas, con una evocación de lacas [299] orientales y borbónicas, de minué bailado por visorreyes y Princesas Flor de Almendro. El Curro rompió el encanto escupiendo, marchoso, por el colmillo:
-¡Isabelita, prenda, asi *así* te despeines, o te subas el moño para menda lo mismo que la Biblia del Padre Carulla. Isabelita, hay que mover los pinreles y darse la lengua con Tirano Banderas.
-¡Canalla!
-Isabelita, evitémonos un solfeo.
[301]
El Excelentísimo Señor Ministro de España había pedido el coche para las seis y media. El Barón de Benicarlés, perfumado, maquillado, decorado, vestido con afeminada elegancia, dejó sobre una consola el jipi, el junco y los guantes: Haciéndose lugar en el corsé con un movimiento de cintura, volvió sobre sus pasos, y entró en la recámara: Alzóse una pernera, con mimo de no arrugarla, y se aplicó una inyección de morfina. Estirando la zanca con leve cojera, volvió a la consola y se puso, frente al espejo, el sombrero y los guantes. Los ojos huevones, la boca fatigada, diseñaban en fluctuantes signos los toboganes del pensamiento. Al calzarse los guantes, veía los guantes amarillos de Don Celes. Y, de repente, otras imágenes saltaron en su memoria, con abigarrada palpitación de sueltos toretes en un redondel. Entre ángulos y roturas gramaticales, algunas palabras se encadenaban con vigor epigráfico: [302] -Desecho de tienta. Cría de Guisando. ¡Graníticos!- Sobre este trampolín, un salto mortal, y el pensamiento quedaba en una suspensión ingrávida, gaseado: -¡Don Celes! ¡Asno divertido! ¡Magnifico *Magnífico*!- El pensamiento, diluyéndose en una vaga emoción jocosa, se trasmudaba en sucesivas intuiciones plásticas de un vigoroso grafismo mental, y una lógica absurda de sueño. Don Celes, con albarda muy gaitera, hacía monadas en la pista de un circo. Era realmente el orondo gachupín. ¡Qué toninada! Castelar le había hecho creer que cuando gobernase lo llamaría para Ministro de Hacienda.
El Barón se apartó de la consola, cruzó el estrado y la galería, dió una orden a su ayuda de cámara, bajó la escalera. Le inundó el tumulto luminoso del arroyo. El coche llegaba rozando el azoquejo. El cochero inflaba la cara teniendo los caballos. El lacayo estaba a la portezuela, inmovilizado en el saludo: Las imágenes tenían un valor aislado y extático, un relieve lívido y cruel, bajo el celaje de cirrus, dominado por media luna verde. El Ministro de España, apoyando el pie en el estribo, diseñaba su pensamiento con [303] claras palabras mentales: -Si surge una fórmula, no puedo singularizarme, cubrirme de ridículo por cuatro abarroteros. ¡Absurdo arrostrar el entredicho del Cuerpo Diplomático! ¡Absurdo!- Rodaba el coche. El Barón, maquinalmente, se llevó la mano al sombrero. Luego pensó: -Me han saludado. ¿Quién era?-. Con un esguince anguloso y oblicuo vió la calle tumultuosa de luces y músicas. Banderas españolas decoraban sobre pulperías y casas de empeño. Con otro esguince le acudió el recuerdo de una fiesta avinatada y cerril, en el Casino Español. Luego, por rápidos toboganes de sombra, descendía a un remanso de la conciencia, donde gustaba la sensación refinada y tediosa de su aislamiento. En aquella sima, números de una gramática rota y llena de ángulos, volvían a inscribir los poliedros del pensamiento, volvían las cláusulas acrobáticas encadenadas por ocultos nexos. -Que me destinen al Centro de Africa *África*. Donde no haya Colonia Española... ¡Vaya, Don Celes! ¡Grotesco personaje!... ¡Qué idea la de Castelar!... Estuve poco humano. Casi me pesa. Una broma pesada... Pero ése no venía sin los pagarés. Estuvo bien [304] haberle parado en seco. ¡Un quiebro oportuno! Y la deuda debe de subir un pico... Es molesto. Es denigrante. Son irrisorios los sueldos de la Carrera. Irrisorios los viáticos.
El coche, bamboleando, entraba por la Rinconada de Madres. Corrían gallos. El espectáculo se proyectaba sobre un silencio tenso, cortado por ráfagas de popular algazara. El Barón alzó el monóculo para mirar a la plebe, y lo dejó caer. Con una proyección literaria, por un nexo de contrarios, recordó su vida en las Cortes Europeas. Le acarició un cefirillo de azahares. Rozaba el coche las tapias de un huerto de monjas. El cielo tenía una luz verde, como algunos cielos del Veronés: La luna, como en todas partes, un halo de versos italianos, ingleses y franceses. Y el carcamal diplomático, sobre la reminiscencia pesimista y sutil de su nostalgia, triangulaba difusos, confusos plurales pensamientos. -¡Explicaciones! ¿Para qué? Cabezas de berroqueña-. Por sucesivas derivaciones, en [305] una teoría de imágenes, y palabras cargadas de significación, como palabras cabalísticas, intuyó el ensueño de un viaje por países exóticos. Recaló en su colección de marfiles. ídolo panzudo y risueño, que ríe con la panza desnuda, se parece a Don Celes. Otra vez los poliedros del pensamiento se inscriben en palabras: -Va a dolerme dejar el país. llevo muchos recuerdos. Amistades muy gentiles. Me ha dado miel y acíbar. La vida, igual en todas partes... Los hombres valen más que las mujeres. Sucede como en Lisboa. Entre los jóvenes hay verdaderos Apolos... Es posible que me acompañe ya siempre la nostalgia de estos climas tropicales. ¡Hay una palpitación del desnudo!-. El coche rodaba. Portalitos de Jesús, Plaza de Armas, Monotombo, Rinconada de Madres, tenían una luminosa palpitación de talabartería, filigranas de plata, ruedas de facones, tableros de suertes, vidrios en sartales.
[306]
Frente a la Legación Inglesa había un guiñol de mitote y puñales. El coche llegaba rozando la acera. El cochero inflaba la cara reteniendo los caballos. El lacayo estaba en la portezuela, inmovilizado en un saludo. El Barón, al apearse. distinguió vagamente a una mujer con rebocillo: Abría la negra tenaza de los brazos, acaso le requería. Se borró la imagen. Acaso la vieja luchaba por llegar al coche. El Barón, deteniéndose un momento en el estribo, esparcía los ojos sobre la fiesta de la Rinconada. Entró en la Legación. Un momento creyó que le llamaban, indudablemente le llamaban. Pero no pudo volver la cabeza: Dos Ministros, dos oráculos del protocolo, le retenían con un saludo, levantándose al mismo tiempo los sombreros: Estaban en el primer peldaño de la escalera, bajo la araña destellante de luces, ante el espejo que proyectaba las figuras con una geometría oblicua y disparatada. El Barón de Benicarlés respondía quitándose a su [307] vez el sombrero, distraído, alejado el pensamiento. La vieja, los brazos como tenazas bajo el rebocillo, iniciaba su imagen. Pasó también perdido bajo el recuerdo el eco de su propio nombre, la voz que acaso le llamaba. Maquinalmente sonrió a las dos figuras, en su espera bajo la araña fulgurante. Cambiando cortesías y frases amables, subió la escalera entre los Ministros de Chile y del Brasil. Murmuró engordando las erres con una fuga de nasales amables y protocolarias:
-Creo que nosotros estamos los primeros.
Se miró los pies con la vaga inquietud de llevar recogida una pierna del pantalón. Sentía la picadura de la morfina. Se le aflojaba una liga. ¡Catastrófico! ¡Y el Ministro del Brasil se había puesto los guantes amarillos de Don Celes!
El Decano del Cuerpo Diplomático -Sir Jonnes H. Scott, Ministro de la Graciosa Majestad Británica- exprimía sus escrúpulos puritanos en un francés lacio, orquestado de haches aspiradas. Era pequeño y tripudo, con [308] un vientre jovial y una gran calva de patriarca: Tenía el rostro encendido de bermejo cándido, y una punta de maliciosa suspicacia en el azul de los ojos, aún matinales de juegos e infancias:
-Inglaterra ha manifestado en diferentes actuaciones el disgusto con que mira el incumplimiento de las más elementales Leyes de Guerra. Inglaterra no puede asistir indiferente al fusilamiento de prisioneros, hecho con violación de todas las normas y conciertos entre pueblos civilizados.
La Diplomacia Latino-Americana concertaba un aprobatorio murmullo, amueblando el silencio cada vez que humedecía los labios en el refresco de brandy-soda el Honorable Sir Jonnes H. Scott. El Ministro de España, distraído en un flirt sentimental, paraba los ojos sobre el Ministro del Ecuador, Doctor Aníbal Roncali.-Un criollo muy cargado de electricidad, rizos prietos, ojos ardientes, figura gentil, con cierta emoción fina y endrina de sombra chinesca-. El Ministro de Alemania, Von Estrug, cambiaba en voz baja alguna interminable palabra tudesca con el Conde Chrispi, Ministro de Austria. El Representante [309] de Francia engallaba la cabeza, con falsa atención, media cara en el reflejo del monóculo. Se enjugaba los labios y proseguía el Honorable Sir Jonnes:
-Un sentimiento cristiano de solidaridad humana nos ofrece a todos el mismo cáliz para comulgar en una acción conjunta y recabar el cumplimiento de la legislación internacional al respecto de las vidas y canje de prisioneros. El Gobierno de la República, sin duda, no desoirá las indicaciones del Cuerpo Diplomático. El Representante de Inglaterra tiene trazada su norma de conducta, pero tiene al mismo tiempo un particular interés en oír la opinión del Cuerpo Diplomático: Señores Ministros, éste es el objeto de la reunión. Les presento mis mejores excusas, pero he creído un deber convocarles, como decano.
La Diplomacia Latino-Americana prolongaba su blando rumor de eses laudatorias, felicitando al Representante de Su Graciosa Majestad Británica. El Ministro del Brasil, figura redonda, azabachada, expresión asiática de mandarín o de bonzo, tomó la palabra, acordando sus sentimientos a los del Honorable [310] Sir Jonnes H. Scott. Accionaba levantando los guantes en ovillejo. El Barón de Benicarlés sentía una profunda contrariedad: El revuelo de los guantes amarillos le estorbaba el flirteo: Dejó su asiento, y con una sonrisa mundana, se acercó al Ministro Ecuatoriano:
-El colega brasileño se ha venido con unas terribles lubas de canario.
Explicó el Primer Secretario de la Legación Francesa, que actuaba de Ministro:
-Son crema. El último grito en la Corte de Saint James.
El Barón de Benicarlés evocó con cierta irónica admiración el recuerdo de Don Celes. El Ministro del Ecuador, que se había puesto en pie, agitados los rizos de ébano, hablaba verboso. El Barón de Benicarlés, gran observante del protocolo, tenía una sonrisa de sufrimiento y simpatía ante aquella gesticulación y aquel raudal de metáforas. El Doctor Aníbal Roncali proponía que los diplomáticos hispano-americanos celebrasen una reunión previa bajo la presidencia del Ministro de España: Las águilas jóvenes, que tendían las alas para el heroico vuelo, agrupadas en [311] torno del águila materna. La Diplomacia Latino-Americana manifestó su conformidad con murmullos. El Barón de Benicarlés se inclinó: Agradecía el honor en nombre de la Madre Patria. Después, estrechando la mano prieta del ecuatoriano, entre sus manos de odalisca, se explicó dengoso, la cabeza sobre el hombro, un almíbar de monja la sonrisa, un derretimiento de camastrón la mirada:
-¡Querido colega, sólo acepto viniendo usted a mi lado como Secretario!
El Doctor Aníbal Roncali experimentó un vivo deseo de libertarse la mano que insistentemente le retenía el Ministro de España: Se inquietaba con una repugnancia asustadiza y pueril: Recordó la vieja pintada que le llamaba desde una esquina, cuando iba al Liceo. ¡Aquella vieja terrible, insistente como un tema de gramática! Y el carcamal, reteniéndole la mano, parecía que fuese a sepultarla en el pecho: Hablaba ponderativo, extasiando los ojos con un cinismo turbador. El Ministro Ecuatoriano hizo un esfuerzo y se soltó:
-Un momento, Señor Ministro. Tengo que saludar a Sir Scott.
[312] El Barón de Benicarlés se enderezó, poniéndose el monóculo:
-Me debe usted una palabra, querido colega.
El Doctor Aníbal Roncali asintió, agitando los rizos, y se alejó con una extraña sensación en la espalda, como si oyese el siseo de aquella vieja pintada, cuando iba a las aulas del Liceo: Entró en el corro, donde recibía felicitaciones el evangélico Plenipotenciario de Inglaterra. El Barón, erguido, sintiéndose el corsé, ondulando las caderas, se acercó al Embajador de Norte América. Y el flujo de acciones extravagantes al núcleo que ofrecía incienso a la diplomacia británica, atrajo al formidable Von Estrug, Representante del Imperio Alemán. Satélite de su órbita era el azafranado Conde Chrispi, Representante del Imperio Austro-Húngaro. Habló confidencial el yanqui:
-El Honorable Sir Jonnes Scott ha expresado elocuentemente los sentimientos humanitarios que animan al Cuerpo Diplomático. Indudablemente. ¿Pero puede ser justificativo para intervenir, siquiera sea aconsejando, en la política interior de la República? La [313] República, sin duda, sufre una profunda conmoción revolucionaria, y la represión ha de ser concordante. Nosotros presenciamos las ejecuciones, sentimos el ruido de las descargas, nos tapamos los oídos, cerramos los ojos, hablamos de aconsejar... Señores, somos demasiado sentimentales. El Gobierno del General Banderas, responsable y con elementos suficientes de juicio, estimará necesario todo el rigor. ¿Puede el Cuerpo Diplomático aconsejar en estas circunstancias?
El Ministro de Alemania, semita de casta, enriquecido en las regiones bolivianas del caucho, asentía con impertinencia políglota, en español, en inglés, en tudesco. El Conde Chrispi, severo y calvo, también asentía, rozando con un francés muy puro, su bigote de azafrán. El Representante de Su Majestad Católica fluctuaba. Los tres diplomáticos, el yanqui, el alemán, el austriaco, ensayando el terceto de su mutua discrepancia, poníanle sobre los hilos de una intriga, y experimentaba un dolor sincero, reconociendo que en aquel mundo, su mundo, todas las cábalas se hacían sin contar con el Ministro de España. El Honorable Sir Jonnes H. Scott había vuelto a tomar la palabra:
[314] -Séame permitido rogar a mis amables colegas de querer ocupar sus puestos.
Los discretos conciliábulos se dispersaban. Los Señores Ministros, al sentarse, inclinándose, hablándose en voz baja, producían un apagado murmullo babélico. Sir Scott, con palabra escrupulosa de conciencia puritana, volvía a ofrecer el cáliz colmado de sentimientos humanitarios al Honorable Cuerpo Diplomático. Tras prolija discusión se redactó una nota. La firmaban veintisiete Naciones. Fué un acto trascendental. El suceso, troquelado con el estilo epigráfico y lacónico del cable, rodó por los grandes periódicos del mundo: -Santa Fe de Tierra Firme. El Honorable Cuerpo Diplomático acordó la presentación de una Nota al Gobierno de la República. La Nota, a la cual se atribuye gran importancia, aconseja el cierre de los expendios de bebidas y exige el refuerzo de guardias en las Legaciones y Bancos Extranjeros.
[315]
[317]
Generalito Banderas metía el tejuelo por la boca de la rana. Doña Lupita, muy peripuesta de anillos y collares, presidía el juego sentada entre el anafre del café y el metate de las tortillas, bajo un rayado parasol, en los círculos de un ruedo de colores:
-¡Rana!
-¡Cuá! ¡Cuá!
Nachito, adulón y ramplón, asistía en la rueda de compadritos, por maligna humorada del Tirano. La mueca verde remegía *remejía* los venenos de una befa aun soturna y larvada en los repliegues del ánimo: Diseñaba la virgula *vírgula* de un sarcasmo hipocondriaco:
-Licenciado Veguillas, en la próxima tirada va usted a ser mi socio. Procure mostrarse a la altura de su reputación, y no chingarla. ¡Ya está usted como un bejuco temblando! ¡Pero qué flojo se ha vuelto, valedor! [318] Un vasito de limón le caerá muy bueno. Licenciado, si no serena los pulsos perderá su buena reputación. ¡No se arrugue, Licenciado! El refresquito de limón es muy provechoso para los pasmos del ánimo. Signifíquese, no más, con la vieja rabona, y brinde a los amigos la convidada: Despídase rumboso y le rezaremos cuando estire el zancajo.
Nachito suspiraba meciéndose sobre el pando compás de las piernas, rubicundo, inflada la carota de lágrimas:
-¡La sílfide mundana me ha suicidado!
-No divague.
-¡Generalito, me condena un juego ilusorio de las Animas *Ánimas* Benditas! ¡Apelo de mi martirio! ¡Una esperanza! ¡Una esperanza no más! En el medano *médano* más desamparado da sus flores el rosal de la esperanza. No vive el hombre sin esperanza. El pájaro tiene esperanza, y canta aunque la rama cruja, porque sabe lo que son sus alas. El rayo de la aurora tiene esperanza. ¡Mi Generalito, todos los seres se decoran con el verde manto de la Deidad! ¡Canta su voz en todos los seres! ¡El rayo de su mirada se sume hasta el fondo de las cárceles! ¡Consuela al sentenciado en capilla! Le [319] ofrece la promesa de ser indultado por los Poderes Públicos!
Niño Santos extraía de su levitón el pañuelo de dómine y se lo pasaba por la calavera:
-¡Chac! ¡Chac! Una síntesis ha hecho, muy elocuente, Licenciadito. El Doctor Sánchez Ocaña le ha dado, sin duda, sus lecciones, en Santa Mónica. ¡Chac! ¡Chac!
Hacían bulla los compadres, celebrando el rejo maligno del Tirano.
Doña Lupita, achamizada, zalamera, servía en un rayo de sol el iris de los refrescos. Niño Santos, alternativamente, ponía los labios en el vidrio de limón y fisgaba a la comadreja: Sartas de corales, mieles de esclava, sonrisa de Oriente:
-¡Chac! ¡Chac! Doña Lupita, me está pareciendo que tenés vos la nariz de la Reina Cleopatra. Por mero la cachiza de cuatro copas, un puro trastorno habéis vos traído a la República. Enredáis vos más que el Honorable Cuerpo Diplomático. ¿Cuántas copas os había quebrado el Coronel de la Gándara? [320] ¡Doña Lupita, por menos de un boliviano me lo habéis puesto en la bola revolucionaria! No hacia *hacía* más la nariz de la Reina Faraona. Doña Lupita, la deuda de justicia que vos me habéis reclamado ha sido una madeja de circunstancias fatales: Es causa primordial en la actuación rebelde del Coronel de la Gándara: Ha puesto en Santa Mónica al chamaco de Doña Rosa Pintado: Cucarachita la Taracena reclama contra la clausura de su lenocinio, y tenemos pendiente una nota del Ministro de Su Majestad Católica. ¡Pueden romperse las relaciones con la Madre Patria! ¡Y vos, mi vieja, ahí os estás, sin la menor conturbación por tantas catástrofes! Finalmente, cuatro copas de vuestra mesilla, un peso papel, menos que nada, me han puesto en el trance de renunciar a los conciertos batracios del Licenciadito Veguillas.
-¡Cuá! ¡Cuá!
Nachito, por congraciarse hostigaba la befa, mimando el canto y el compás saltarín de la rana. Con cuáqueros vinagres le apostrofó el Tirano:
-No haga el bufón, Señor Licenciado. Estos buenos amigos que van a juzgarle, no se dejarán [321] influenciar por sus macanas: Espíritus cultivados, el que menos, ha visto funcionar los Parlamentos de la Vieja Europa.
-¡Juvenal y Quevedo!
El ilustre gachupín se acariciaba las patillas de canela, rotunda la botarga, inflado el papo de aduladores énfasis. Se santiguaba la vieja rabona:
-¡Virgen de mi Nombre, la jugó Patillas!
-¡Pues hizo saque!
-¡De salir siempre tan enredada la madeja del mundo, no se libraba ni el más santo de verse en el Infierno!
-Una buena sentencia, Doña Lupita. ¿Pero su alma no siente el sobresalto de haber concitado el tumulto de tantas acciones, de tantos vitales relámpagos?
-¡Mi jefecito, no me asombre!
-¡Doña Lupita, no temblás vos ante el problema de nuestras eternas responsabilidades?
-¡Entre mí estoy rezando!
[322]
Recalaba sobre el camino la mirada Tirano Banderas:
-¡Chae! ¡Chac! El que tenga de ustedes mejor vista, sírvase documentarme y decirme qué tropa es aquella. ¿El jinete charro que viene delante no es el ameritado Don Roque Cepeda?
Don Roque, con una escolta de cuatro indios caballerangos, se detenía al otro lado del seto, sobre el camino, al pie de la talanquera. La frente tostada, el áureo sombrero en la mano, el potro cubierto de platas, daban a la figura del jinete, en las luces del ocaso, un prestigio de santoral románico. Tirano Banderas, con cuáquera mesura, hacía la farsa del acogimiento:
-¡Muy feliz de verle por estos pagos! A Santos Banderas le correspondía la obligación de entrevistarle. ¿Mi Señor Don Roque, por qué se ha molestado? Era este servidor quien estaba en el débito de acudir a su casa y darle excusas con todo el Gobierno. A este propósito ha sido el enviarle uno de mis ayudantes, [323] suplicándole audiencia. Y usted, no más, extremando la cortesía, que se molesta, cuando el obligado era Santos Banderas.
Apeábase Don Roque, y abría los brazos con encomio amistoso el Tirano. Largas y confidenciales palabras tuvieron en el banco miradero de los frailes, frente al recalmado mar ecuatorial, con caminos de sol sobre el vasto incendio del poniente:
-¡Chac! ¡Chac! Muy feliz de verle.
-Señor Presidente, no he querido ausentarme para la campaña sin pasar a visitarle. Al acto de cortesía se suma mi sentimiento de amor a la República. He recibido la visita de su ayudante, Señor Presidente, y recién la de mi antiguo compañero Lauro Méndez, Secretario de Relaciones. He actuado en consecuencia de la plática que tuvimos, y de la cual supongo enterado al Señor Presidente.
-El Señor Secretario ha hecho mal si no le dijo que obedecía mis indicaciones. Me gusta la franqueza. Amigo Don Roque, la independencia nacional corre un momento de peligro, asaltada por todas las codicias extranjeras. El Honorable Cuerpo Diplomático-una ladronera de intereses coloniales-nos combate [324] de flanco con notas chicaneras que divulga el cable. La Diplomacia tiene sus agencias de difamación, y hoy las emplea contra la República de Santa Fe. El caucho, las minas, el petróleo, despiertan las codicias del yanqui y del europeo. Preveo horas de suprema angustia para todos los espíritus patriotas. Acaso nos amenaza una intervención militar, y a fin de proponer a usted una tregua solicitaba su audiencia. ¡Chac! ¡Chac!
Repetía Don Roque:
-¿Una tregua?
-Una tregua hasta que se resuelva el conflicto internacional. Fije usted sus condiciones. Yo comienzo por ofrecerle una amplia amnistía para todos los presos políticos que no hayan hecho armas.
Don Roque murmuró:
-La amnistía es un acto de justicia que aplaudo sin reservas. ¿Pero cuántos no han sido acusados injustamente de conspiración?
-A todos alcanzará el indulto.
-¿Y la propaganda electoral, será verdaderamente libre? ¿No se verá coaccionada por los agentes políticos del Gobierno?
-Libre y salvaguardada por las leyes [325] ¿Puedo decirle más? Deseo la pacificación del país y le brindo con ella. Santos Banderas no es el ambicioso vulgar que motejan en los círculos disidentes. Yo sólo amo el bien de la República. El día más feliz de mi vida será aquel en que, oscurecido, vuelva a mi predio, como Cincinato. En suma, usted, sus amigos, recobran la libertad, el pleno ejercicio de sus derechos civiles: Pero usted, hombre leal, espíritu patriota, trabajará por derivar la revolución a los cauces de la legalidad. Entonces, si en la lucha el pueblo le otorga sus sufragios, yo seré el primero en acatar la voluntad soberana de la Nación. Don Roque, admiro su ideal humanitario y siento el acíbar de no poder compartir tan consolador optimismo. ¡Es mi tragedia de gobernante! Usted, criollo de la mejor prosapia, reniega del criollismo. Yo, en cambio, indio por las cuatro ramas, descreo de las virtudes y capacidades de mi raza. Usted se me representa como un iluminado, su fe en los destinos de la familia indígena me rememora al Padre Las Casas. Quiere usted aventar las sombras que han echado sobre el alma del indio trescientos años de régimen colonial. ¡Admirable propósito! [326] Que usted lo consiga es el mayor deseo de Santos Banderas. Don Roque, pasadas las actuales circunstancias, vénzame, aniquíleme, muéstreme con una victoria-que seré el primero en celebrar-todas las dormidas potencialidades de mi raza. Su triunfo, apartada mi derrota ocasional, sería el triunfo de la gravitación permanente del indio en los destinos de la Historia Patria. Don Roque, active su propaganda, logre el milagro, dentro de las leyes, y crea que seré el primero en celebrarlo. Don Roque, le agradezco que me haya escuchado y le ruego que me puntualice sus objeciones con toda franqueza. No quiero que ahora se comprometa con una palabra que acaso luego no pudiera cumplir. Consulte a los conspicuos de su facción y ofrézcales el ramo de oliva en nombre de Santos Banderas.
Don Roque le miraba con honrada y apacible expresión, tan ingenua que descubría las sospechas del ánimo:
-¡Una tregua!
-Una tregua. La unión sagrada. Don Roque, salvemos la independencia de la Patria.
Tirano Banderas abría los brazos con patético gesto. Llegaba, cortado en ráfagas, el [327] choteo de los compadritos, que en el fondo crepuscular de la campa, se divertían con befas y chuelas al Licenciado Veguillas.
Don Roque, trotando por el camino, saludaba de lejos con el pañuelo. Niño Santos, asomado a la talanquera, respondía con la castora. Caballo y jinete ya iban ocultos por los altos maizales, y aun sobresalía el brazo con el blanco saludo del pañuelo:
-¡Chac! ¡Chac! ¡Una paloma!
La momia alargaba humorística el veneno de su mueca y miraba a la vieja rabona, que en los círculos del ruedo, entre el anafre del café y el metate de las tortillas, pasaba las cuentas del rosario, sobrecogida, estremecida en el terror de una noche sagrada. Se alzó a una seña del Tirano:
-Mi Generalito, los enredos del mundo meten al más santo en las calderas del Infierno.
-Mi vieja, vos tendrés que amputar la nariz de Cleopatra.
-Si con ello arreglase el mundo, ñata me quedaba esta noche mesma.
[328] -Un zafarrancho de cuatro copas en vuestra mesilla, ha sacado una baza de Lucifer. ¡Vea, no más, a este filarmónico amigo en desgracia, acusado de traición! ¡Posiblemente le caerá sentencia de muerte!
-¿Y la culpa de mi tajamar?
-Ese problema se lo habrán de proponer los futuros historiadores. Licenciado Veguillas, despídase de la vieja rabona y otórguele su perdón: Manifieste su ánimo generoso: Revístase la clámide, y asombre a estos amigos que le ven chuela, con un gesto magnánimo.
-¡Juvenal y Quevedo!
La momia miró al gachupín con avinagrado sarcasmo:
-Ilustre Don Celestino, usted ocasionará que me saquen alguna chufla. Ni Quevedo ni Juvenal: Santos Banderas: Una figura en el continente del Sur. ¡Chac! ¡Chac!
[329]
El Doctor Carlos Esparza, Ministro del Uruguay, oia *oía* con gesto burlón y mundano las confidencias de su caro colega el Doctor Aníbal Roncali, Ministro del Ecuador. Cenaban en el Círculo de Armas:
-Me ha creado una situación enojosa el Barón de Benicarlés. Digá vos, no más, que tengo muy brillantes ejecutorias de macho para temer murmuraciones, pero no dejan de ser molestas esas actitudes del Ministro de España. ¡Qué sonrisas! ¡Qué miradas, amigo!
-¡Che! Una pasión.
El Doctor Carlos Esparza, rubio, miope, elegante, se incrustaba en la órbita el monóculo de concha rubia. El Doctor Aníbal Roncali le miró entre quejoso y risueño:
-Vos estás de chirigota. El Ministro del Uruguay se disculpó con un aspaviento burlón:
-Aníbal, te veo próximo a dejar la capa entre las manos del Barón de Benicarlés. ¡Y [330] eso puede aparejar un conflicto diplomático, y hasta una reclamación de la Madre Patria!
El Ministro del Ecuador hizo un gesto de impaciencia, acentuado por el revuelo de los rizos:
-¡Sigue el choteo!
-¿Qué pensás vos hacer?
-No lo sé.
-¿Sin duda no aceptar el puesto de secretario para colaborar en la gran empresa que tan elocuentemente tenés vos expuesto esta noche?
-Indudablemente.
-¡Por una meticulosidad!...
-No jugués vos del vocablo.
-Sin juego. Repito que no te asiste razón suficiente para malograr una aproximación de tan lindas esperanzas. El águila y los aguiluchos que abren las juveniles alas para el heroico vuelo. ¡Has estado muy feliz! ¡Eres un gran lírico!
-No me veás vos chuela, Doctorcito.
-¡Lírico, sentimental, sensitivo, sensible, exclamaba el Cisne de Nicaragua! Por eso no lográs vos separar la actuación diplomática y el flirt del Ministro de España.
[331] -Hablemos en serio, Doctorcito. ¿Qué opinión te merece la iniciativa de Sir Jonnes?
-Es un primer avance.
-¿Y qué ulteriores consecuencias le asignás vos a la Nota?
-¡Qui lo sá! La Nota puede ser precursora de otras Notas... Ello depende de la actitud que adopte el Presidente. Sir Jonnes, tan cordial, tan evangélico, sólo persigue una indemnización de veinte millones para la Wests The Lymited Compagny. Una vez más, el florido ramillete de los sentimientos humanitarios esconde un áspid.
-La Nota, indudablemente, es un sondeo. ¿Pero cómo opinás vos, respecto a la actitud del General? ¿Acordará el Gobierno satisfacer la indemnización?
-Nuestra América sigue siendo, desgraciadamente, una Colonia Europea... Pero el Gobierno de Santa Fe, en esta ocasión, posiblemente no se dejará coaccionar: Sabe que el ideario de los revolucionarios está en pugna con los monopolios de las Compañías. Tirano Banderas no morirá de cornada diplomática. Se unen para sostenerlo los egoísmos del criollaje, dueño de la tierra, y las finanzas extranjeras. [332] El Gobierno, llegado el caso, podría negar las indemnizaciones, seguro de que los radicalismos revolucionarios, en ningún momento, merecerán el apoyo de las Cancillerías. Cierto que la emancipación del indio debemos enfocarla como un hecho fatal.-No es cuerdo cerrar los ojos a esa realidad-. Pero reconocer la fatalidad de un hecho, no apareja su inminencia. Fatal es la muerte, y toda nuestra vida se construye en un esfuerzo para alejarla. El Cuerpo Diplomático actúa razonablemente, defendiendo la existencia de los viejos organismos políticos que declinan. Nosotros somos las muletas de esos valetudinarios crónicos, valetudinarios como aquellos éticos antiguos, que no acababan de morirse.
La brisa ondulaba los estores y el azul telón de la marina se mostraba en un lejos de sombras profundas, encendido de opalinos faros y luces de masteleros.
Humeando los tabacos salieron a la terraza los Ministros del Ecuador y del Uruguay. El Ministro del Japón, Tu-Lag-Thi, al verlos, se [333] incorporó en su mecedora de bambú, con un saludo falso y amable, de diplomacia oriental: Saboreaba el moka y tenia *tenía* las gafas de oro abiertas sobre un periódico inglés. Se acercaron los Ministros Latino-Americanos. Zalemas, sonrisas, empaque farsero, cabezadas de rigodón, apretones de mano, chachara *cháchara* francesa. El criado, mulato tilingo, atento a los movimientos de la diplomacia, arrastraba dos mecedoras. El Doctor Roncali, agitando los rizos, se lanzó en un arrebato oratorio, cantando la belleza de la noche, de la luna y del mar. Tu-Lag-Thi, Ministro del Japón, atendía con su obscura mueca premiosa, los labios como dos viras moradas recogidas sobre la albura de los dientes, los ojos oblicuos, recelosos, malignos. El Doctor Esparza insinuó, curioso de novelerías exóticas:
-¡En el Japón, las noches deben ser admirables!
-¡Oh!... ¡Ciertamente! ¡Y esta noche no está falta de cachet japonés!
Tu-Lag-Thi tenía la voz flaca, de pianillos desvencijados, y una movilidad rígida, de muñeco automático, un accionar esquinado, de resorte, una vida interior de alambre en espiral: [334] Sonreía con su mueca amanerada y obscura:
-Queridos colegas, anteriormente no he podido solicitar la opinión de ustedes. ¿Qué importancia conceden ustedes a la Nota?
-¡Es un primer paso!...
El Doctor Esparza daba intención a sus palabras con una sonrisa ambigua, llena de reservas. Insistió el Ministro del Japón:
-Todos lo hemos entendido así. Indudablemente. Un primer paso. ¿Pero cuáles serán los pasos sucesivos? ¿No se romperá el acuerdo del Cuerpo Diplomático? ¿Adonde *Adónde* vamos? El Ministro inglés actúa bajo el imperativo de sus sentimientos humanitarios, pero este generoso impulso acaso se vea cohibido. Las Colonias Extranjeras, sin exclusión de ninguna, representan intereses poco simpatizantes con el ideario de la Revolución. La Colonia Española, tan numerosa, tan influyente, tan vinculada con el criollaje en sus actividades, en sus sentimientos, en su visión de los problemas sociales, es francamente hostil a la reforma agraria, contenida en el Plan de Zamalpoa. En estos momentos-son mis informes-proyecta un acto que sintetice y afirme [335] sus afinidades con el Gobierno de la República. ¿No ocurrirá que se vea desasistido en su humanitaria actuación el Honorable Sir Scott?
Guiñaba los ojos con miopía inteligente y maliciosa el Doctor Carlos Esparza:
-Querido colega, convengamos en que las relaciones diplomáticas no pueden regirse por las claras normas del Evangelio.
Tu-Lag-Thi repuso con flébiles maullidos:
-El Japón supedita intereses de sus naturales, aquí radicados, a los principios del Derecho de Gentes. Pero en el camino de las confidencias, y aun de las indiscreciones, no he de ocultar mis pesimismos respecto al apoyo moral que presten algunos colegas a los laudables sentimientos del Ministro inglés. Como hombre de honor, no puedo dar crédito a las insinuaciones y malicias de ciertos rotativos, demasiado afectos al Gobierno de la República. ¡La West Compagny! ¡Aberrante!
La truculenta palabra final se desgarró, transformada en un chifle de eles y efes, entre la asiática y lipuda sonrisa de Tu-Lag-Thi. El Doctor Aníbal Roncalí se acariciaba el bigote, y a flor de labio, con leve temblor, retocaba una frase sentimental. Se lanzó con [336] aquel tic nervioso que agitaba erectiles *eréctiles*, como rabos de lagartijas, los rizos de su negra cabellera:
-El Doctor Banderas no puede ordenar el cierre de los expendios de bebidas. Si tal hiciese, sobrevendría un motín de la plebe. ¡Estas ferias son las bacanales del cholo y del roto!
Llegaban ecos de la verbena. Bailaban en ringla las cuerdas de farolillos, a lo largo de la calle. Al final giraba la rueda de un Tíovivo *tiovivo*. Su grito luminoso, histérico, estridente, hipnotizaba a los gatos sobre el borde de los aleros. La calle tenía súbitos guiños, concertados con el rumor y los ejercicios acrobáticos del viento en las cuerdas de farolillos. A lo lejos, sobre la bruma de estrellas, calcaba el negro perfil de su arquitectura, San Martín de los Mostenses.
[337]
Tirano Banderas, en la ventana, apuntaba su catalejo sobre la Ciudad de Santa Fe:
-¡Están de gusto las luminarias! ¡Pero que muy lindas, amigos!
La rueda de compadres y valedores rodeaba el catalejo y la escalerilla astrológica, con la mueca verde encaramada en el pináculo:
-No puede negársele al pueblo pan y circo. ¡Están pero que muy lindas las luminarias!
De Santa Mónica, el viento del mar, traía los opacos estampidos de una fusilada:
-¡El pueblo, libre de propagandas funestas, es bueno! ¡Y el rigor muy saludable!
La trinca de compadritos, abierta en círculo, tenía la atención pendiente del Tirano.
Tirano Banderas dejó su pináculo, y metiéndose en el círculo de valedores y compadres, sacó de una oreja al Licenciado Veguillas:
[338] -Vamos a oír por última vez su concierto batracio. ¿Cómo tiene la gola? ¿Quiere aclararse la voz con algún gargarismo?
En torno, adulando la befa, reía la trinca, asustada, complaciente y ramplona. Aleló Nachito:
-¿Qué limpieza de notas se le puede pedir a un presunto cadáver?
-Hace mal rehusando amansar con la música a sus jueces. Señores, este amigo entrañable aparece como reo de traición, y de no haberse descubierto su complicidad, pudo fregarles a todos ustedes. Recordarán cómo en la noche de ayer, actuando en el seno de la confianza, les declaré el propósito justiciero en que estaba con respecto a las subversiones del Coronel Domiciano de la Gándara. Fuera de este recinto han sido divulgadas las palabras que profirió en el seno de la amistad Santos Banderas. Ustedes van a instruirme, en cuanto a la pena que corresponde a este divulgador de mis secretos. Han sido citados los testigos de su defensa, y si lo autorizan, se les hará comparecer y oirán sus descargos. Según tiene manifestado, una mundana con sonambulismo le adivinó el pensamiento. Con [339] antelación, esta niña había estado sometida a los pases magnéticos de un cierto Doctor Polaco. ¡Estamos en un folletín de Alejandro Dumas! Ese Doctor que magnetiza y desenvuelve la visión profética en las niñas de los congales, es un descendiente venido a menos de José Bálsamo. ¿Se recuerdan ustedes la novela? Un folletín muy interesante. ¡Lo estamos viviendo! ¡El Licenciadito Veguillas, observen no más, émulo del genial mulato! Merito va a decirnos adonde *adónde* emigraba en compañía del rebelde Coronel Domiciano de la Gándara.
Hipaba Nachito:
-Pues no más que salíamos platicando de un establecimiento.
-¿Los dos briagos?
-¡Patroncito, dimanante de las ferias, es una pura farra toda Santa Fe! Pues, no más aquel macaneador, tal como íbamos platicando, da una espantada y se mete por una puerta. Merito merito la abría un encamisado. Y en el atolondro, yo metí detrás las orejas como un guanaco.
-¿Puede manifestarnos el establecimiento donde se habían juntado para la farra?
[340] -Mi Generalito, no me sonroje, que es un lugar muy profano para nombrarlo en esta Sala de Audiencia. Ante su noble figura patricia, mi cara se cubre de vergüenza.
-Conteste a la pregunta. ¿En qué crápula se halló con el Coronel de la Gándara y qué confidencias tuvieron en ese presunto lugar? Licenciadito, usted conocía la orden de arresto, y con alguna palabra pronunciada durante la embriaguez, puso en sospecha al fugado.
-¿Mi lealtad de tantos años no me acredita?
-Pudo ser un acto irreflexivo, pero el estado de alcoholismo no es atenuante en el Tribunal de Santos Banderas. Usted es un briago que se pasa las noches de farra en los lenocinios. Sepa que todos sus pasos los conoce Santos Banderas. Le antepongo que solamente con la verdad podrá desenojarme. Licenciadito, quiero tenderle una mano y sacarle de la ciénaga donde cornea atorado, porque el delito de traición apareja una penalidad muy severa en nuestros Códigos.
-Señor Presidente, hay enredos en la vida que sobrecogen y hacen cavilar, enredos que son una novela. La noche de autos he visitado a una gatita que lee los pensamientos.
[341] -¿Y una gatita con tanta ciencia está en un lenocinio para que usted la festeje?
-Pues la pasada noche asi *así* sucedió en lo de Cucarachita. Quiero declararlo todo y desahogar mi conciencia. Estábamos los dos pecando. ¡Noche de Difuntos era la de ayer, Generalito! Valedores, por mi honor lo garanto, aquella morocha tenía un cirio bendito desvelándole los misterios. ¡Leía los pensamientos!
-Licenciadito, esas son quimeras alcohólicas, pues la pasada noche se hallaba usted totalmente briago cuando entró con la chinita. Me ha sido usted traidor, divulgando mis secretos en vitando comercio con una mundana, y por primera providencia, para templar esa carne tan ardorosa, le está indicado el cepo. Licenciadito, reléguese a un rincón, arrodíllese y procure elevar el pensamiento al Ser Supremo. Estos amigos dilectos van a juzgarle, y de sus deliberaciones puede salirle una sentencia de muerte. Licenciadito, van a comparecer los testigos que ha nominado en su defensa, y si le favorecen sus declaraciones, será para mí de sumo beneplácito. Señor Coronel López de Salamanca, luego luego, ejecute las [342] diligencias para que acudan a esclarecernos, la niña mundana y el Doctor Polaco.
El Coronel-Licenciado López de Salamanca, arrestándose a un canto de la puerta, hizo entrar al Doctor Polaco. Detrás, pisando de puntas, asomó Lupita la Romántica. El Doctor Polaco, alto, patilludo, gran frente, melena de sabio, vestía de fraque con dos bandas al pecho y una roseta en la solapa. Saludó con una curvatura pomposa y escenográfica, colocándose la chistera bajo el brazo:
-Presento mis homenajes al Supremo Dignatario de la República. Michaelis Lugín, Doctor por la Universidad del Cairo, iniciado en la Ciencia Secreta de los Brahmanes de Bengala.
-¿Profesa usted las doctrinas de Allán *Allan* Kardec?
-Soy no más un modesto discípulo de Mesmer. El espiritismo allánkardiano *allankardiano* es una corruptela puerilde la antigua nigromancia. Las evocaciones de los muertos se hallan en los pápiros *papiros* egipcios y en los ladrillos caldeos. [343] La palabra con que son designados estos fenómenos se forma de dos griegas.
-¡Este Doctorcito se expresa muy doctoralmente! ¿Y ganás vos la plata con su título de Profeta del Cairo?
-Señor Presidente, mi mérito, si alguno tengo, no está en ganar plata y amontonar riquezas. He recibido la misión de difundir las Doctrinas Teosóficas y preparar al pueblo para una próxima era de milagros. El Nuevo Cristo arrastra su sombra por los caminos del Planeta.
-¿Reconoce haber dormido a esta niña con pases magnéticos?
-Reconozco haber realizado algunas experiencias. Es un sujeto muy remarcable.
-Puntualice cada una.
-El Señor Presidente, si lo desea, puede ver el programa de mis experiencias en los Coliseos y Centros Académicos de San Petersburgo, Viena, Nápoles, Berlín, París, Londres, Lisboa, Río Janeiro. Ultimamente *Últimamente* se han discutido mis teorías sobre el karma y la sugestión bio-magnética en la gran Prensa de Chicago y Filadelfia. El Club Habanero de la Estrella Teosófica me ha conferido el título de [344] Hermano Perfecto. La Emperatriz de Austria me honra frecuentemente consultándome el sentido de sus sueños. Poseo secretos que no revelaré jamás. El Presidente de la República Francesa y el Rey de Prusia han querido sobornarme durante mi actuación en aquellas capitales. ¡Inútilmente! El Sendero Teosófico enseña el menosprecio de honores y riquezas. Si se me autoriza, pondré mis álbumes de fotografías y recortes a las órdenes del Señor Presidente.
-¿Y cómo doctorándose en tan austeras doctrinas, y con tan alto grado en la iniciación teosófica, corre la farra por los lenocinios? Sírvase iluminarnos con su ciencia y justificar la aparente aberración de esa conducta.
-Permítame el Señor Presidente que solicite el testimonio de la Señorita Médium. Señorita, venciendo el natural rubor, manifieste a los señores si ha mediado concupiscencia. Señor Presidente, el interés científico de las experiencias bio-magnéticas, sin otras derivaciones, ha sido norma de mi actuación. He visitado ese lugar porque me habían hablado de esta Señorita. Deseaba conocerla y, si era posible, trascender su vida a otro círculo más [345] perfecto. ¿Señorita, no le propuse a usted redimirla?
-¿Pagarme la deuda? El que toda la noche no paró con esa sonsera fué el Licenciado.
-¡Señorita Guadalupe, recuerde usted que como un padre la he propuesto acompañarme en la peregrinación por el Sendero!
-¡Sacarme en los teatros!
-Mostrar a los públicos incrédulos los ocultos poderes demiúrgicos que duermen en el barro humano. Usted me ha rechazado, y he tenido que retirarme con el dolor de mi fracaso. Señor Presidente, creo haber disipado toda sospecha referente a la pureza de mis acciones. En Europa, los más relevantes hombres de ciencia estudian estos casos. El Mesmerismo tiene hoy su mayor desenvolvimiento en las Universidades de Alemania.
-Va usted a servirse repetir, punto por punto, las experiencias que la pasada noche realizó con esa niña.
-El Señor Presidente me tiene a sus órdenes. Repito que puedo ofrecerle un programa selecto de experiencias similares.
-Esa niña, en atención a su sexo, será primeramente interrogada. El Licenciado Veguillas [346] tiene manifestado como evidente que en determinada circunstancia le fué sustraído el pensamiento por los influjos magnéticos de la interfecta.
La niña del trato bajaba los ojos a las falsas pedrerías de sus manos:
-A tener esos poderes, no me vería esclava de un débito con la Cucaracha. Licenciadito, vos lo sabés.
-Lupita, para mí has sido una serpiente bio-magnética.
-¡Que así me acusés vos, con todito que os di el amoníaco!
-Lupita, reconoce que estabas la noche pasada con un histerismo magnético. Tú me leíste el pensamiento cuando alborotaba en el baile aquel macaneador de Domiciano. Tú le diste el santo para que se volase.
-¡Licenciado, si estaban los dos ustedes puritos briagos! Yo quise no más verlos fuera de la recámara.
-Lupita, en aquella hora tú me adivinaste lo que yo pensaba. Lupita, tú tienes comercio con los espíritus. ¿Negarás que te has revelado médium cuando te durmió el Doctor Polaco?
[347] -Efectivamente, esta Señorita es un caso muy remarcable de lucidez magnética. Para que la distinguida concurrencia pueda apreciar mejor los fenómenos, la Señorita Médium ocupará una silla en el centro, bajo el lampadario. Señorita Médium, usted me hará el honor.
La tomó de la mano y, ceremonioso, la sacó al centro de la sala. La niña, muy honesta, con pisar de puntas y los ojos en tierra, apenas apoyaba el teclado de las uñas suspendida en el guante blanco del Doctor Polaco.
-¡Chac! ¡Chac!
Tenía una verde senectud la mueca humorística de la momia indiana. El Doctor Polaco sacó del fraque la vara mágica, forjada de siete metales, y con ella tocó los párpados de Lupita: Finalizó con una gran cortesía, saludando con la vara mágica. Entre suspiros, enajenóse la daifa. Veguillas, arrodillado en un rincón, esperaba el milagro: Iba a resplandecer la luz de su inocencia: Lupita y el farandul le apasionaban en aquel momento con un [348] encanto de folletín sagrado: Obscuramente, de aquellos misterios, esperaba volver a la gracia del Tirano. Se estremeció. La mueca verde mordía la herrumbre del silencio:
-¡Chac! ¡Chac! Va usted a servirse repetir, punto por punto, como creo haberle indicado, las experiencias que la noche de ayer realizó con la niña de autos.
-Señor Presidente, tres formas adscritas al tiempo adopta la visión telepática. Pasado, Actual, Futuro. Este triple fenómeno rara vez se completa en un médium. Aparece disperso. En la Señorita Guadalupe, la potencialidad telepática no alcanza fuera del circulo del Presente. Pasado y Venidero son para ella puertas selladas. Y dentro del fenómeno de su visión telepática, el ayer más próximo es un remoto pretérito. Esta Señorita está imposibilitada, absolutamente, para repetir una anterior experiencia. ¡Absolutamente! Esta Señorita es un médium poco desenvuelto: ¡Un diamante sin lapidario! El Señor Presidente me tiene a sus órdenes para ofrecerle un programa selecto de experiencia similares, en lo posible.
La acerba mueca llenaba de arrugas la máscara del Tirano.
[349] -Señor Doctor, no se raje para dar satisfacción al deseo que le tengo manifestado. Quiero que una por una repita todas las experiencias de anoche en el lenocinio.
-Señor Presidente, sólo puedo repetir experimentos parejos. La Señorita Médium, no logra la mirada retrospectiva. Es una vidente muy limitada. Puede llegar a leer el pensamiento, presenciar un suceso lejano, adivinar un número en el cual se sirva pensar el Señor Presidente.
-¿Y con tantos méritos de perro sabio se prostituye en una casa de trato?
-La gran neurosis histérica de la ciencia moderna podría explicarlo. Señorita, el Señor Presidente se dignará elegir un número con el pensamiento. Va usted a tomarle la mano y a decirlo en voz alta, que todos lo oigamos. Voz alta y muy clara, Señorita Médium.
-¡Siete!
-Como siete puñales. ¡Chac! ¡Chac!
Gimió en su destierro Nachito:
-¡Con ese juego ilusorio me adivinaste ayer el pensamiento!
Tirano Banderas se volvió, avinagrado y humorístico:
[350] -¿Por qué visita los malos lugares, mi viejo?
-Patroncito, hasta en música está puesto que el hombre es frágil.
El Tirano, recogiéndose en su gesto soturno clavó los ojos con suspicaz insistencia en la pendejuela del trato. Desmayada en la silla, se le soltaban los peines y el moño se le desbarata en una cobra negra. Tirano Banderas se metió en la rueda de compadres:
-De chamacos hemos visto estos milagros por dos reales. Tantos diplomas, tantas bandas y tan poca suficiencia. Se me está usted antojando un impostor, y voy a dar órdenes para que le afeiten en seco la melena de sabio alemán. No tiene usted derecho a llevarla.
-Señor Presidente, soy un extranjero acogido en su exilio bajo la bandera de esta noble República. Enseño la verdad al pueblo, y le aparto del positivismo materialista. Con mis cortas experiencias, adquiere el proletariado la noción tangible de un mundo sobrenatural. ¡La vida del pueblo se ennoblece cuando se inclina sobre el abismo del misterio!
-¡Don Cruz! Por lo lindo que platica le harés *hará*, no más, la rasura de media cabeza.
[351] El Tirano remegia *remejía* su mueca con avinagrado humorismo, mirando al fámulo rapista, que le presentaba un bodrio peludo, suspendido en el prieto racimo de los dedos.
-¡Es peluca, patrón!
La niña del trato se despertaba suspirante, salía a las fronteras del mundo con lívido pasmo, y en el pináculo de la escalerilla, la momia indiana apuntaba su catalejo sobre la ciudad. El guiño desorbitado de las luminarias brizaba clamorosos tumultos de pólvoras, incendios y campanas, con apremiantes toques de cornetas militares:
-¡Chac! ¡Chac! ¡Zafarrancho tenemos! Don Cruz, andate a disponerme los arreos militares.
El guaita de la torre ha desclavado su bayoneta de la luna, y dispara el fusil en la obscuridad poblada de alarmas. El Reloj de Catedral difunde la rueda sonora de sus doce campanadas, y sobre la escalerilla dicta órdenes el Tirano:
-Mayor del Valle, tome usted algunos hombres, [352] explore el campo y observe por qué cuarteles se ha pronunciado el tiroteo.
Cuando el Mayor del Valle salía por la puerta, entraba el fámulo, que, abiertos los brazos, con pinturera morisqueta, portaba en bandeja el uniforme, cruzado con la matona de su Generalito Banderas. Se han dado de bruces, y rueda estruendosa la matona. El Tirano, chillón y colérico, encismado, batió con el pie, haciendo temblar escalerilla y catalejo.
-¡Sofregados, ninguno la mueva! ¡Vaya un augurio! ¿Qué enigma descifra usted, Señor Doctor Mágico?
El farandul, con nitidez estática, vió la sala iluminada, el susto de los rostros, la torva superstición del Tirano. Saludó:
-En estas circunstancias, no me es posible formular un oráculo.
-¿Y esta joven honesta, que otras veces ha mostrado tan buena vista, no puede darnos referencia, en cuanto al tumulto de Santa Fe? Señor Doctor, sírvase usted dormir e interrogar a la Señorita Médium. Yo paso a vestirme el uniforme. ¡Que ninguno toque mi espada!
Un levantado son de armas rodaba por los [353] claustros luneros, retenes de tropas acudían a redoblar las guardias. La morocha del trato suspira bajo los pases magnéticos del pelón farandul, vuelto el blanco de los ojos sobre el misterio:
-¿Qué ve usted, Señorita Médium?
El Reloj de Catedral enmudece. Aun quedan en el aire las doce campanadas, y espantan la cresta los gallos de las veletas. Se consultan sobre los tejados los gatos, y asoman por las guardillas bultos en camisa. Se ha vuelto loco el esquilón de las Madres. Por el Arquillo cornea una punta de toros y los cabestros en fuga tolondrean la cencerra. Estampidos de pólvora. Militares toques de cornetas. Un tropel de monjas pelonas y encamisadas acude con voces y devociones a la profanada puerta del convento. Por remotos rumbos ráfagas de tiroteos. Revueltos caballos. Tumultos con asustados clamores. Contrarias mareas del gentío. Los tigres, escapados de sus jaulones, rampan con encendidos ojos por [354] los esquinales de las casas. Por un terradillo blanco de luna, dos sombras fugitivas arrastran un piano negro. A su espalda, la bocana del escotillón vierte borbotones de humo entre lenguas rojas. Con las ropas incendiadas, las dos sombras, cogidas de la mano, van en un correr por el brocal del terradillo, se arrojan a la calle cogidas de la mano. Y la luna, puesta la venda de una nube, juega con las estrellas a la gallina ciega, sobre la revolucionada Santa Fe de Tierra Firme.
Lupita la Romántica suspira en el trance magnético, con el blanco de los ojos siempre vuelto sobre el misterio.
[355]
[357]
EPÍLOGO
-¡Chac! ¡Chac!
El Tirano, cauto, receloso, vigila las defensas, manda construir faginas y parapetos, recorre baluartes y trincheras, dicta órdenes:
-¡Chac! ¡Chac!
Encorajinándose con el poco ánimo que mostraban las guerrillas, jura castigos muy severos a los cobardes y traidores: Le contraría fallarse de su primer propósito, que había sido caer sobre la ciudad revolucionada y ejemplarizarla con un castigo sangriento. Rodeado de sus ayudantes, con taciturno despecho, se retira del frente luego de arengar a las compañías veteranas, de avanzada en el Campo de la Ranita:
-¡Chac! ¡Chac!
Antes del alba se vió cercado por las partidas revolucionarias y los batallones sublevados en los cuarteles de Santa Fe. Para estudiar la positura y maniobra de los asaltantes [358] subió a la torre sin campanas: El enemigo, en difusas líneas, por los caminos crepusculares, descubría un buen orden militar: Aun no estrechaba el cerco, proveyendo a los aproches con paralelas y trincheras. Advertido del peligro, extremaba su mueca verde Tirano Banderas. Dos mujerucas raposas, cavaban con las manos, en torno del indio soterrado hasta los ijares en la campa del convento:
-¡Ya me dan por caído esas comadritas! ¿Qué hacés vos, centinela pendejo?
El centinela apuntó despacio:
-Están mal puestas para enfilarlas.
-¡Ponle al cabrón una bala y que se repartan la cuera!
Disparó el centinela, y suscitose un tiroteo en toda la línea de avanzadas. Las dos mujerucas quedaron caídas en rebujo, a los flancos del indio, entre los humos de la pólvora, en el aterrorizado silencio que sobrevino tras la ráfaga de plomo. Y el indio, con un agujero en la cabeza, agita los brazos, despidiendo a las últimas estrellas.
El Generalito:
-¡Chac! ¡Chac!
[359]
En la primera acometida se desertaron los soldados de una avanzada, y desde la torre fué visto del Tirano:
-¡Puta madre! ¡Bien sabía yo que al tiempo de mayor necesidad, habíais de rajaros! ¡Don Cruz, tú vas a salir profeta!
Eran tales dichos porque el fámulo rapabarbas, le soplaba frecuentemente en la oreja cuentos de traiciones. A todo esto no dejaban de tirotearse las vanguardias, atentos los insurgentes a estrechar el cerco para estorbar cualquier intento de salida por parte de los sitiados. Habían dispuesto cañones en batería, pero antes de abrir el fuego, salió de las filas, sobre un buen caballo, el Coronelito de la Gándara. Y corriendo el campo a riesgo de su vida, daba voces intimando la rendición. Injuriábale desde la torre el Tirano:
-¡Bucanero cabrón, he de hacerte fusilar por la espalda!
Sacando la cabeza sobre los soldados alineados al pie de la torre, les dió orden de hacer fuego. Obedecieron, pero apuntando tan [360] alto, que se veía la intención de no causar bajas:
-¡A las estrellas tiráis, hijos de la chingada!
En esto, dando una arremetida más larga de lo que cuadraba a la defensa, se pasó al campo enemigo el Mayor del Valle. Gritó el Tirano:
-¡Sólo cuervos he criado!
Y dictando órdenes para que todas las tropas se encerrasen en el convento, dejó la torre. Pidió al rapabarbas la lista de sospechosos, y mandó colgar a quince, intentando con aquel escarmiento contener las deserciones:
-¡Piensa Dios que cuatro pendejos van a ponerme la ceniza en la frente! ¡Pues engañado está conmigo!
Hacía cuenta de resistir todo el día, y al amparo de la noche intentar una salida.
Mediada la mañana, habían iniciado el fuego de cañón las partidas rebeldes y en poco tiempo abrieron brecha para el asalto. Tirano Banderas intentó cubrir el portillo, pero [361] las tropas se le desertaban, y tuvo que volver a encerrarse en sus cuarteles. Entonces, juzgándose perdido, mirándose sin otra compañía que la del fámulo rapabarbas, se quitó el cinto de las pistolas, y salivando venenosos verdes, se lo entregó:
-¡El Licenciadito concertista, será oportuno que nos acompañe en el viaje a los infiernos!
Sin alterar su paso de rata fisgona, subió a la recámara donde se recluía la hija. Al abrir la puerta oyó las voces adementadas:
-¡Hija mía, no habés vos servido para casada y gran señora, como pensaba este pecador que horita se ve en el trance de quitarte la vida que te dió hace veinte años! ¡No es justo quedés en el mundo para que te gocen los enemigos de tu padre, y te baldonen llamándote hija del chingado Banderas!
Oyendo tal, suplicaban despavoridas las mucamas que tenían a la loca en custodia. Tirano Banderas las golpeó en la cara:
-¡So chingadas! Si os dejo con vida, es porque habés de amortajármela como un ángel.
Sacó del pecho un puñal, tomó a la hija [362] de los cabellos para asegurarla, y cerró los ojos.-Un memorial de los rebeldes dice que la cosió con quince puñaladas.
Tirano Banderas salió a la ventana, blandiendo el puñal, y cayó acribillado. Su cabeza, befada por sentencia, estuvo tres días puesta sobre un cadalso con hopas amarillas, en la Plaza de Armas: El mismo auto mandaba hacer cuartos el tronco y repartirlos de frontera a frontera, de mar a mar. Zamalpoa y Nueva Cartagena, Puerto Colorado y Santa Rosa del Titipay, fueron las ciudades agraciadas. †
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ACABOSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN LA IMPRENTA RIVADENEYRA DE MADRID A X DÍAS DEL MES DE DICIEMBRE DE MCMXXVII AÑOS