Última entrevista con Julio Cortázar
Antonio Di Benedetto
La Prensa, 11 de marzo de 1984
El redactor del presente texto, que conoció a Julio Cortázar cuando este era profesor en la Universidad Nacional de Cuyo y, en los últimos veinte años, lo entrevistó muchas veces para distintas publicaciones, recuerda de los tiempos más recientes: su participación en el Coloquio del Cuento de La Sorbona, donde Julio, hay que reconocerlo, triunfó sobre todos los excelentes narradores latinoamericanos invitados con la sola lectura de una colección reciente de sus Cronopios y Famas; después en sus visitas a Madrid y Barcelona, a donde era llamado a menudo. Más adelante, otra vez en París, en su vivienda de la rue Marbel, no muy distinta de la que tuvo antes en la rue de l'Éperon, Barrio Latino, en cuanto a la abundancia de discos y sus fundas de cartón que brotaban entre y por encima de la serie, también numerosa de libros. Esta descripción o referencia circunstancial habría de volverse parte del escenario del diálogo en que se habló de la situación argentina, del exilio y... de música, con un interlocutor muy desmejorado, como debilitado, el periodista no sabía por qué. Fue, claro, antes de su hospitalización.
Luego de retirarse, el cronista quedó insatisfecho por haber descuidado preguntarle si regresaría a la patria para quedarse, aunque no le resultó difícil sacar la conclusión de que tal posibilidad debía descartarse. De otra parte, ya era notorio que Cortázar, complacido hondamente por el retorno de su castigado país a la democracia, había hecho un viaje a Buenos Aires para la asunción del Dr. Alfonsín y saludar a su propia madre, y no dejó la impresión de andar animado de un ánimo de reimplantación permanente. Le latía mucho París y, teniéndolo ahí al lado al descender de las escaleras, hablaba del Sena como de una nostalgia. No muchos años antes se hizo una película documental, con él como figura, sus caminatas ensimismadas, y el viejo río como fondo.
Reunión en Poitiers
De todas formas, se contentó el cronista. Lo vería de nuevo muy pronto, en la segunda quincena de enero, y entonces actualizaría la pregunta. Porque para enero estaba invitado, juntamente con Augusto Roa Bastos, Carlos Droguett y otras figuras, al ciclo «Lettres des Amériques» de la Universidad de Poitiers. Pero el 23 de enero, al llegar a la ciudad de Poitiers, el organizador del ciclo, Alain Sicard lo desilusionó al anunciarle que Julio, así como Augusto, no podría concurrir, porque ambos estaban enfermos. Algunos no tomaron al pie de la letra esta información, atribuyendo la ausencia de Cortázar más bien a que ya conocía demasiado Poitiers, donde había recibido un título de doctor honoris causa, o, dijeron otros, el impedimento derivaba de la aflicción por la muerte de su compañera, Carol Dunlop. Pasaban los días de las jornadas literarias y solo llegó, ligeramente recuperado el novelista paraguayo; del argentino ausente no hubo más noticias, excepto un trascendido que contenía la palabra terrible: leucemia, el mismo mal que aquejó a Carol.
En días, a través de amigos, llegó a España la desalentadora noticia de que Julio estaba internado en el Hospital Saint-Lazare y hacia el 12 o 13 de febrero, que había entrado en coma.
Ahora, cuando ya Francia y el mundo le han rendido homenaje póstumo de admiración y cariño, al escritor y al hombre, cuando ya se sabe que sí es posible la repatriación de Cortázar, pero solo de sus restos mortales, el periodista que esto escribe tiene la sensación, casi certeza, de que los apuntes que está desarrollando constituyen los de la última entrevista con quien ya no podrá hablar sino por la mediación de sus libros, tan excelentes y renovadores de las formas narrativas como lo son.
El autoexiliado
Hubo un tiempo en que Cortázar no se consideraba a sí mismo un exiliado sino un autoexiliado, por una cadena de acontecimientos ocurridos en su país, como el siniestro gobierno de López Rega y la pérdida total de garantías, primero bajo el gobierno de Isabel Perón y luego ya bajo la máquina trituradora de la junta militar.
«Nadie me echó del país
-decía- porque yo estaba afuera»
. Sin embargo, al recrudecer los sucesos nefastos, hubo razones mayores para que aceptara su condición real de exiliado y la asumió y proclamó, dejando de lado la opinión de quienes le oponían el argumento sibilino de que ya había tomado la ciudadanía francesa.
Provecho del destierro
Cortázar, testigo lejano pero de mirada profunda de los años del oscurantismo de la Argentina, preconizó un cambio del concepto de exilio (que acaso puede ser válido para tantos actuales exiliados de otros países de América): que en vez del tono llorón que en su hora aplicaron Dante y Ovidio, había que continuar el propio trabajo allí donde fuere: «hacer de nuestra situación un valor y tratar de utilizar a fondo las nuevas ópticas que nos dan los distintos países donde estamos»
.
Por cierto que él se constituyó en un ejemplo de continuidad en la propia tarea. No cesaron de aparecer libros nuevos suyos, acaso menos afortunados y sin duda menos valiosos que los de sus épocas inicial e intermedia. Además elaboró centenares de artículos periodísticos y las respuestas a las entrevistas o su intervención en congresos y mesas redondas eran fuentes de ideas e ilustración. En la época tercera se definió más en el sentido político, que nunca había desdeñado.
La desgracia, que por ausencia de su territorio lo había dejado indemne en la marejada de persecuciones y matanzas, se cebó finalmente en su amada Carol, quien, como quedó indicado, murió de leucemia, la misma enfermedad revelada en Julio meses después.
La música siempre
A la observación de que la parte que él había salvado, la literaria, era la más importante, opuso:
-Para mí es más importante la música. Aunque no tengo capacidad para crear música ni para interpretarla, soy un verdadero apasionado melómano. Distribuyo mi tiempo, pero más les concedo a los discos que a los libros.
Además se declaró ecléctico:
-Así como en literatura amo a los clásicos, no paso por alto a los que forman la parte baja de las letras. De igual manera, sin querer llamar inferior al jazz, digo que, junto a este, la ópera es una de mis devociones. No creo que la música clásica arrolle la popular. No quiero discutir de grandezas, sin embargo hago notar que no percibo una diferencia entre el placer de escuchar un tango y la Octava Sinfonía de Beethoven -con lo que repetía una frase de uno de sus libros, quizá por muy íntima convicción de ella.
A esa altura evocó:
-Cuando empecé a escribir mis primeros cuentos ya entraron los temas musicales, pocas veces faltaba una referencia a la música. Hasta que todo se dio más plenamente en El perseguidor, escrito en París y que constituye mi primer relato donde el tema central es la música. Concretamente la de jazz, tendencia que se explica porque desde la infancia escuché las primeras grabaciones de discos de este género, las páginas de Jelly Roll Morton, Duke Ellington y Louis Armstrong.
Al reinstaurarse los estamentos republicanos y democráticos en la Argentina, con el triunfo electoral del doctor Alfonsín y del radicalismo, Cortázar no permaneció insensible al cambio: viajó desde París a Buenos Aires para asistir a la transmisión del mando gubernativo. Este hecho, sin embargo, no determinó el fin del exilio, ya sostenido voluntariamente por el autor de Rayuela. Al conjeturarse si fue a la capital argentina para volver a la capital europea, se han producido diferencias de opinión, al menos en España. Algunos de sus más amigos sostienen que si su fe y fidelidad a la democracia siguieron siendo inquebrantables, así como su fervor por las transformaciones de la sociedad no solo en su propio país, algo hizo que no se plegara a las filas de los repatriados, tal vez una callada diferencia con algunos escritores compatriotas.
Julio en la cosmopista
Volvió a Europa, terminó de corregir Los autonautas de la cosmopista, el libro escrito con Carol para entregarlo al editor Mario Muchnik, de Barcelona, y se entregó a la expectante vigilia junto a su compañera hasta el instante supremo del fin de esta. A continuación inició un relativo retiro, sin perjuicio de prestar su presencia y autoridad a coloquios y reuniones literarias, aunque asistiendo a un número menor de ellas. Sin escamotear tampoco sus adhesiones a las causas más variadas pero que le importaran en el plano ideológico, fueren la situación de un país y de un pueblo, tales los de Nicaragua, fuere el nacimiento de un periódico de principios, como lo mostró con su adhesión a Liberación, de Madrid, que está al salir.
Los últimos días, en el Hospital Saint-Lazare, lo asistieron unos amigos y admiradores. Breve, pero buen ejemplo de lealtad a uno de los grandes de la prosa narrativa en castellano (o en argentino, según su preferencia) de este siglo.