Un magisterio callado
Francisco Marcos Marín
El poeta, sin alharacas ni temblores pasa por la vida de España como ejemplo de persona y de ciudadano. Ofrece su ejemplo de hombre moderno, callado, dialogante, auténtico. Su Obra Poética recoge lo que esa poesía, personal, social, universal, cuidada, ejemplar, medida, aporta. Desde el sentimiento de continuidad en el hijo, la vida acompañado, los objetos, pequeños utensilios y hombres que los manejan, cotidianos, hasta la gris sensación de la ciudad hostil, de las grandes penas colectivas, de la profundidad del sentimiento, un mundo en el que la esperanza parece escaparse y que, de algún modo, nunca muere del todo, sin que él se lo explique. Tal vez bondad sea la palabra.
Leopoldo ha sido siempre lector y consejero de jóvenes, generoso receptor de aventuras iniciales. Capaz de encontrar algo positivo que decir y, desde luego, de hacer ver cuando algo no alcanza la meta ambicionada, o una que él fijara. También ha enseñado a aprendices de crítico a decir bien, sin herir, sin ponerse por delante del objeto analizado, implacable con las observaciones molestas, inmaduras.
Posee el don de aconsejar la buena escritura: sus amigos confían en sus comentarios sobre el último trabajo ofrecido, de creación o de crítica. Se suma su obra en prosa, sus análisis de los poetas que conoció, sus ediciones, sus muchas lecturas y sus conversaciones. Ha sido una tarde feliz, de esas en las que se piensa, con Frank Capra, que al final siempre ganan los buenos.