Una poética herida: reconstruir los paraísos perdidos
Sergio Arlandis
La escritura implica un desdoblamiento siempre, queramos o no: el papel blanco es una herida por la que sangra nuestra emoción, o nuestro conocimiento, o las dos juntas. Y se llena de ese río, o árbol, o rosa, o pájaro que es el lenguaje, que nos germina interiormente, nos recorre, nos da luz y sombra o nos sobrevuela por delante de la mirada, con sus alas. En el poema queremos encontrarnos, aunque su intención no sea volcar la intimidad de nadie, algún guiño personal que nos lleve a identificarnos con esos signos gráficos y, sobre todo, con los significados que implica o puede implicar. Y no solo la escritura: también la lectura es un modo de desdoblarnos, pues dejamos de ser un yo unificado para empatizar con un él, con un tú o con otro yo, pues el pronombre soporta la tensión de la pluralidad de las identidades. En cambio, a pesar de todo ello, tanto la escritura como la lectura pretenden unificar, conciliar: he aquí la extraordinaria paradoja del ser humano, de tal modo que, por un lado, nos lleva a un equilibrio, a una armonía interior, casi como sanadora; por otro, en cambio, nos lleva a constatar, aún más, ese desdoblamiento, ese desgarramiento que nos separa a través del tiempo, de nosotros mismos y de los demás. Cómo testificar esto es la base de la novedad de la poesía contemporánea de la que Leopoldo de Luis es referencia: el qué, ya lo sabemos, un yo en conflicto interior permanente, extrapolable, o no, a los demás, que ve cómo el paraíso propio se pierde al mismo compás que también se desvenase el ajeno.
No fue el poeta cordobés Leopoldo de Luis un autor intrigado por la originalidad, ni pareció buscarla en cada uno de sus libros: dijo de sí mismo que siempre fue fiel a su propia voz (Luis, 1985: 25) a pesar, incluso, de las lógicas evoluciones que pudiera tener su obra una vez pasadas las estaciones de la edad. Lo cierto es que esa teoría del poema como herida por donde se respira tiene su primera manifestación en el poema número 9 de la tercera parte de Los imposibles pájaros y no deja de aparecer, de muchas maneras posibles, en los sucesivos libros. Pero qué quiere decirnos cuando afirma:
Respiro por la herida.Por esta viva herida de mi muerte,por esta mortal llama de mi vidaque años y sueños y fracasos vierte.
En 1985 Leopoldo de Luis publicó una de sus más contundentes poéticas, titulada Reflexiones sobre mi poesía, dentro de un ciclo de conferencias (iniciadas en 1982), amplio y heterogéneo, donde ya habían aparecido poetas como José Hierro, Rafael Morales, Claudio Rodríguez o Gabriel Celaya, entre otros1. Allí marcó las bases de lo que podríamos considerar sus observaciones de la poesía y su relación con la tradición poética y sus conclusiones, que no solo se ajustaban a las obras ya publicadas sino que también lo haría para las posteriores.
Ya es recurrente aludir a la creatividad (literaria o no) como una manera de restituir esa ruptura imaginaria que late en el imaginario colectivo. Así, la dotación simbólica se convierte en perpetua búsqueda de sentido y, al mismo tiempo, de anhelo de sutura simbólica de una fisura producida ad origine. A veces esa ruptura atiende a lo universal humano (la condición humana) y otras, en cambio, se centra en circunstancias personales, más o menos constatables en la biografía de cada cual, condensadas en traumas concretos, dolorosas pérdidas, etc. Pero lo cierto es que la propia conciencia de tener una herida impele al sujeto a buscar esas mismas formas de sutura que, si nunca recomponen la unidad rota, implican, sin embargo, los fragmentos en dispersión, reunificados a través del ritual que los convoca metafísicamente. De ahí también que este concepto de herida trágica, tan abierto en su significancia, reaparezca en aquellas oposiciones que se refieren al conflicto cosmogónico, así como en la inadecuación entre el hombre y su entorno -tan visible en nuestro autor- en la finitud, en la locura y en la muerte (Lanceros, 1997: 67).
Pero más allá incluso de esta evidencia de la ruptura interior (colectiva, a pesar de todo), el ser humano es trágico por ese imperativo que une existencia trágica (muy visible en la poesía delusiana) con el sentimiento trágico, y esto obliga a mantenerse en el camino -como se insiste en varios poemas de Los imposibles pájaros, por ejemplo-, a recorrerlo en una dirección que no promete progreso, sino retorno, de tal modo que el ser humano está llamado a esa regeneración de la naturaleza, bien por la vía de la muerte, bien por la palabra poética o memoria. Dicho retorno, que es la senda de la decepción (si lo entendemos de una manera trágica, frente a lo épico), es también el redescubrimiento de la estancia trágica como lugar o ámbito propio del poeta: su definición como «encrucijado» o mediador que es conocedor de los dos mundos vividos y contemplados, igual que el árbol se erige como símbolo recurrente de la mediación, por su doble naturaleza terrestre (raíz) y cósmica (copa). El retorno es, por tanto, una sutura simbólica o, al menos, su propósito -implícito o explícito- que nos devuelve la sensación de la herida al mismo tiempo que nos calma o alivia. Esa paradoja nos lleva al dolor permanente, al vacío constante que se atisba en esa sima interior, pero igualmente nos une como colectividad, pues es de todos ese dolor y cambia su expresión, a veces de un modo poético y otras de una manera cotidiana, fundida con el silencio de los menos favorecidos, de los que, sin voz, viven cada día ese mismo dolor, pero regresan a la esperanza, al trabajo, con el mismo ímpetu de suturar su herida interior, aquella que no nos identifica o reconoce, pero que siente. Para eso está el poeta, el intermediario: para señalar la cicatriz por donde respiramos como seres humanos.
Leopoldo de Luis se ha pronunciado constantemente en esta línea: la poesía es una emoción artísticamente comunicada llamada a cerrarse con la escritura y a abrirse en los demás con la lectura. Así, lector y poeta se ayudan, se consuelan conjuntamente hasta perder sus jerarquías, porque el dolor es necesario para sentir la vida, para ser consciente de ella, para ver cómo nace y cómo acaba. El poema, por tanto, es esa intensidad encauzada por el ritmo, por la forma, por el lenguaje, que nos impacta por su extraña armonía, como la naturaleza hace con nuestro cuerpo, escindido del alma. Y es que, como en tantos poetas, la escisión entre alma y cuerpo constituye uno de los fundamentos de su mundo poético o, si acaso, la imposible reconciliación que simboliza y sintetiza notoriamente su percepción integral de la vida, volcada hacia la Nada con paso irremediable, de estirpe tan unamuniana.
Lo llamativo es ver cómo, progresivamente (y en la variación de muchos versos de sus poemas primeros así lo confirma) el poeta fue haciéndose más escéptico, aunque nunca abandonó la idea de la escisión ni tampoco su necesaria unión entre ambos en el terreno poético, quizá porque, como en el rezo, nunca se deja de esperar una respuesta que justifique esa sensación de ruptura, de quiebra, de falta de plenitud. La poesía es, por tanto, también reflejo de esa escisión, un desdoblamiento doloroso pero necesario, de ahí la presencia constante del espejo como lo confirmaba en sus Reflexiones: «La poesía -la que yo quisiera haber hecho- debe reflejar al hombre. Como un espejo [...] la poesía no debe ser narcisista, sino un reencuentro con el "alter ego", con el otro yo que siempre somos»
(Luis, 1985: 10). Por tanto, la poesía es la búsqueda de aquel que ya no somos (casi espectro, como en Huésped de un tiempo sombrío), y que buscamos reintegrar en nosotros mismos a través de la escritura y la lectura, aunque sea como simulacro de la unión honda y sanadora de la existencia. No en vano, la experiencia poética, en su desdoblamiento y conocimiento, es un tanteo que, a través del lenguaje, evidencia la transformación de la Realidad en una identidad que solo puede confirmar el lector. Porque es todo una pura especulación, de ahí que, etimológicamente, espejo provenga de speculum; pero, además, la propia acción de especular significaba también observar el cielo y el movimiento de las estrellas, buscando siempre que reflejaran el perfecto ordenamiento del cosmos. ¿Son los imposibles pájaros que cruzan su cielo y su mirada? Así, no resulta sorpresivo que, además, el alma, en muchas culturas, se represente como sustancia luminosa (llama, astro, ave) y con ella se asocie al propio espejo. Espejo y alma, pues, unidos en su más elemental sentido antropológico, del mismo modo que para el poeta, desde el asombro del camino que le muestra ese otro yo, afirma que «sueño-espejo-poema son, en el fondo, una misma cosa»
(1985: 11). O cuando, más directamente lo expuso en 1986, aunque fuera hablando sobre la poesía de Emilio Prados:
Los distintos yos: el que fue y el que es, el que recuerda y el recordado, contemplan el ser. Todo persigue su unidad: el árbol y la lluvia en su suelo cuerpo; la sombra se pega al cuerpo del día; el hombre está sobre sí, debajo de sí, como viviente irreparable del lugar no buscado en que vive [...] Doble signo del ser: el que fue y el que es, dos seres en lucha que, aunque pugnan, se complementan.
(Luis, 1986: 151)
Pero ¿qué debe reflejar el poema-espejo? La vida en su devenir constante, en su transitar inevitable. Esa, y no otra, es la base de la condición humana y no se trata de un hecho personal, sino que está vivido de una manera personalizada, aunque sea general, colectiva, universalmente sentida. Ahí estriba, pues, la solidaridad del poeta. Por eso, en la carta que le envió a Elena Refojos de Co para su libro el poeta afirmaba: «Como la poesía nace de lo que nos obsesiona, quizá la que yo he procurado escribir puede verse del lado de los temas de la condición humana [...] si la poesía no es vida es, al menos, compañía de vida [...] la poesía lírica es respirar por la herida»
(Refojos de Co, 1983: 152). Es, por tanto, una toma de conciencia, de nuestra condición escindida y conflictiva, de tal modo que dicha conciencia «es una lengua honda, un paladar profundo»
(Refojos de Co, 1983: 153), restituida por el amor y su vocación unitiva: unir dos cuerpos en su plenitud amorosa (sexual), una elevación del espíritu hacia cotas metafísicas o alcanzar un estado de equilibrio equiparable a la unión primigenia, aunque efímera y nunca plena. Y esto mismo, llevado a lo social, no puede más que mostrar una voluntad solidaria con los demás, una intención de unirse a esa gran corriente humana llamada prójimo, de tal modo que la escritura se convierte en un acto de salvación personal que busca, en cambio, compartirse, hacerse voz entre el silencio magnánimo de los desfavorecidos: es un acto amoroso llevado al plano de lo moral y existencial. Es, por tanto, el único paraíso que nos queda.
Es, en definitiva, un modo de entender la poesía muy transversal: capaz de cruzar toda su producción, desde los esquejes tremendistas de sus primeras obras, como la poesía más social de su segundo libro, así como los poemas más existencialistas que desde la década de los ochenta nos fue dejando dentro de su amplísimo abanico productivo. Exactamente: fiel a sí mismo. Poco engaña su obra.
Bibliografía
- BENITO DE LUCAS, Joaquín (ed.), Reflexiones sobre mi poesía, Madrid, Ediciones Eneida, 2003.
- LANCEROS, Patxi, La herida trágica. El pensamiento simbólico tras Hörderlin, Nietzsche, Goya y Rilke, Barcelona, Anthropos, 1997.
- LUIS, Leopoldo de, «Su poética», en Refojos de Co, E., Leopoldo de Luis o la palabra densa, densa, Buenos Aires, Talleres Gráficos de Robert y Cía., 1983, pp. 152-153.
- LUIS, Leopoldo de, Reflexiones sobre mi poesía, Madrid, Librería Editorial J. Porrúa Turanzas, 1985.
- LUIS, Leopoldo de, Ensayos sobre poetas andaluces del siglo XX, Sevilla, Biblioteca de la Cultura Andaluza, 1986.
- REFOJOS DE CO, Elena, Leopoldo de Luis o la palabra densa, densa. Un estudio crítico sobre un poeta española contemporáneo, Buenos Aires, Talleres Gráficos de Robert y Cía., 1983.