11
«África es un buen campo de entrenamiento
para los escritores porque ves lo mejor y lo peor del hombre, la
máxima hermosura y el máximo horror»
, en
TORRES, David, «Conversaciones con Javier Reverte»,
art. cit.
12
Ver, por ejemplo,
en la entrevista citada en la nota anterior: «[...] la literatura, la buena literatura es un
riesgo: arriesgarse ante todo lo que no es conocido, todo lo que no
es racional, todo lo que no es comprensible. Es una manera de
penetrar en ese corazón de tinieblas y en ese lado oscuro de
la vida. África tiene todo eso y lo tiene de una manera
inmediata: lo ves, lo tocas, lo respiras»
. En parecidos
términos se expresó en el «Diálogo final
con el autor» incluido en este volumen.
13
Añadamos, aunque sólo sea de manera tangencial, la sensibilidad de nuestro autor a la simbólica del río, con sus referencias a los orígenes, a la fertilidad, a la renovación, a la muerte. No es casual que haya dedicado parte de El sueño de África (1996) y de Los caminos perdidos de África (2002) al río Nilo o un libro entero a su dramática experiencia en el Amazonas (El río de la desolación, 2004).
14
KRISTEVA, Julia, Séméiotikè. Recherches pour une sémanalyse, París, Seuil, 1978; GENETTE, Gérard, Palimpsestes, París, Seuil, 1992.
15
Ese es el significado del nombre original del río, Nzere, en lengua kikongo, según aclaración del autor en Billete de Ida. Los mejores reportajes de un gran viajero, Barcelona, Suma de letras, 2002, p. 166.
16
La aportación documental y la detallada exposición de los hechos históricos y de sus consecuencias actuales hacen a este libro digno de formar parte de la educación cívica del joven «hombre blanco». Lo mismo cabe decir del resto de la trilogía africana: El sueño de África (1996) y Los caminos perdidos de África (2002).
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Estos
propósitos son confirmados varias veces posteriormente, por
ejemplo, por Kon, un viajero que recorre África gravemente
enfermo y que sostiene, tras haber conocido el río: «No hay río como ese en ninguna parte de
la Tierra, creo que ni siquiera el Amazonas, aunque no he estado
allí. El Congo es salvaje, está virgen, como en los
primeros días de la Creación»
(p. 243).
18
El revertiano es
también un viaje de los sentidos. La visión y el
oído nos transmiten con profusión una gran riqueza y
variedad de sensaciones pero el olor se convierte en un motivo
destilado con parsimonia a lo largo del texto y llega a producir
una identificación como ésta: «Y Dar, en aquella tardía hora de la
noche, olía a algo parecido a la carne arisca de los
geranios y al perfume cálido de los establos. Son olores de
infancia los de África y se multiplican siempre en Dar es
Salam. Por eso me hace feliz llegar a esa ciudad. Es mi tierra, es
mi sitio, un lugar donde no siento miedo, donde nadie me conoce y
donde miro a la gente como a hermanos sin que ellos lo
sepan»
(pp.
207-208).
19
Recordemos su afirmación de haber alterado levemente la realidad para mejor hacerla llegar al receptor, citada en Vagabundo, p. 18 y repetida en la p. 362, con leves variantes.
20
En un momento
determinado, el autor habla de «una
suerte de entrenamiento que me serviría después para
navegar el río Congo»
(p. 231).