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«África es un buen campo de entrenamiento para los escritores porque ves lo mejor y lo peor del hombre, la máxima hermosura y el máximo horror», en TORRES, David, «Conversaciones con Javier Reverte», art. cit.

 

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Ver, por ejemplo, en la entrevista citada en la nota anterior: «[...] la literatura, la buena literatura es un riesgo: arriesgarse ante todo lo que no es conocido, todo lo que no es racional, todo lo que no es comprensible. Es una manera de penetrar en ese corazón de tinieblas y en ese lado oscuro de la vida. África tiene todo eso y lo tiene de una manera inmediata: lo ves, lo tocas, lo respiras». En parecidos términos se expresó en el «Diálogo final con el autor» incluido en este volumen.

 

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Añadamos, aunque sólo sea de manera tangencial, la sensibilidad de nuestro autor a la simbólica del río, con sus referencias a los orígenes, a la fertilidad, a la renovación, a la muerte. No es casual que haya dedicado parte de El sueño de África (1996) y de Los caminos perdidos de África (2002) al río Nilo o un libro entero a su dramática experiencia en el Amazonas (El río de la desolación, 2004).

 

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KRISTEVA, Julia, Séméiotikè. Recherches pour une sémanalyse, París, Seuil, 1978; GENETTE, Gérard, Palimpsestes, París, Seuil, 1992.

 

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Ese es el significado del nombre original del río, Nzere, en lengua kikongo, según aclaración del autor en Billete de Ida. Los mejores reportajes de un gran viajero, Barcelona, Suma de letras, 2002, p. 166.

 

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La aportación documental y la detallada exposición de los hechos históricos y de sus consecuencias actuales hacen a este libro digno de formar parte de la educación cívica del joven «hombre blanco». Lo mismo cabe decir del resto de la trilogía africana: El sueño de África (1996) y Los caminos perdidos de África (2002).

 

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Estos propósitos son confirmados varias veces posteriormente, por ejemplo, por Kon, un viajero que recorre África gravemente enfermo y que sostiene, tras haber conocido el río: «No hay río como ese en ninguna parte de la Tierra, creo que ni siquiera el Amazonas, aunque no he estado allí. El Congo es salvaje, está virgen, como en los primeros días de la Creación» (p. 243).

 

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El revertiano es también un viaje de los sentidos. La visión y el oído nos transmiten con profusión una gran riqueza y variedad de sensaciones pero el olor se convierte en un motivo destilado con parsimonia a lo largo del texto y llega a producir una identificación como ésta: «Y Dar, en aquella tardía hora de la noche, olía a algo parecido a la carne arisca de los geranios y al perfume cálido de los establos. Son olores de infancia los de África y se multiplican siempre en Dar es Salam. Por eso me hace feliz llegar a esa ciudad. Es mi tierra, es mi sitio, un lugar donde no siento miedo, donde nadie me conoce y donde miro a la gente como a hermanos sin que ellos lo sepan» (pp. 207-208).

 

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Recordemos su afirmación de haber alterado levemente la realidad para mejor hacerla llegar al receptor, citada en Vagabundo, p. 18 y repetida en la p. 362, con leves variantes.

 

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En un momento determinado, el autor habla de «una suerte de entrenamiento que me serviría después para navegar el río Congo» (p. 231).

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