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Como sea que uno de los ejemplos aducidos por Martinet es precisamente un sonido del castellano (el representado por ch), reproduciré aquí su razonamiento para que se patentice su diferencia con Trubetzkoy. Por tratarse de la única africada del castellano, la realización de la ch dura fonéticamente algo más que la de otros sonidos consonánticos de esta lengua, por lo cual la regla 3.ª de Trubetzkoy excluiría, según Martinet, la posibilidad de que se tratase de un solo fonema: nos hallaríamos ante un grupo polifonemático a representar por , esto es, compuesto de una oclusiva y una fricativa. Pero como este sonido fricativo palatal no existe jamás independientemente en el castellano, sino siempre combinado con el sonido oclusivo en cuestión, Martinet -por una especie de aplicación del 6.º criterio de Trubetzkoy (citado arriba, § II)- considera que no hay aquí fonema t más fonema š, sino un solo fonema, , el cual cumple con su «regla» de la conmutación -que se expondrá inmediatamente en el texto-, a saber: conmutando š por otro fonema o por cero, resultan ciertamente otros vocablos castellanos distintos (p. ej. macho = mato -conmutando š por cero-; ocho = otro -conmutando š por r); pero conmutando t por otro fonema o por cero es imposible formar otros vocablos castellanos: luego š no es un fonema, pues no puede subsistir como tal sin la t. Cuán clara sea en la conciencia de los castellanohablantes la índole monofonemática de la ch lo comprueba, a mi ver decisivamente, el hecho de que incluso la escritura fonética de la Revista de Filología Española la representa por un solo signo, č, lo que parece indicar que ni siquiera en cuanto sonido se percibe la duplicidad de que da prueba su representación por en otros alfabetos fonéticos elaborados por lingüistas no castellanos.

 

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Dada la escasez de palabras autóctonamente latinas que presentan este diptongo -cf. M. Niedermann, Précis de phonétique historique du latin (París, 1940), pp. 85-86-, me ha sido imposible encontrar alguna tal que, aplicándole la conmutación con cero de los elementos e y u, se transformara en otros vocablos latinos significativos; y he debido recurrir a la conmutación con otros sonidos, procedimiento para mí menos claro que la conmutación con cero, pero también válido por si solo, según la regla de Martinet citada al comienzo de este § III.

 

23

Principes..., pp. 66-68.

 

24

La valeur phonologique..., pp. 123 y 127-128.

 

25

J. Safarewicz, La valeur phonologique..., pp. 123 y 128.

 

26

La valeur phonologique..., p. 126.

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