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Límites fronterizos que, en ocasiones, son de difícil precisión. José Escobar ha analizado puntualmente las Memorias de un setentón desde esta precisa óptica. Para el citado crítico, Mesonero, al adoptar el título de Memorias «registra la diferenciación conceptual de los términos memorias y autobiografías que fuera de España se había establecido en la reflexión crítica sobre la abundante literatura reminiscente. Con el término memorias desde hacía ya mucho tiempo, se designaba en el extranjero, no sólo en Francia, sino también en los países de lengua inglesa, un género de escritos que caían dentro de la definición anunciada por el autor de los Recuerdos literarios [Escosura]», (1993, pág. 282). En sus conclusiones J. Escobar señala que no existe una frontera clara entre las memorias y la autobiografía. El autor de memorias, entendidas como texto estético, no puede ser un simple cronista, registrador de unos hechos pretéritos, pues la «presencia de su personalidad, desde el presente, es indispensable en el texto de este género de escritos. El pasado, en cuanto rememoración, se nos representa experimentado, vivido. Mesonero, aunque rechaza el término autobiografía, rehuyendo el exhibicionismo personal como temática de sus reminiscencias, no tiene más remedio que "combinar en cierto modo los sucesos extraños que relata con la propia modestísima biografía". Si bien, esta expresión B "su propia modestísima biografía" no es más que una atenuación del término fuerte autobiografía» (1993, págs. 285-286).
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Los testimonios de la crítica que figuran al final de tomo segundo de las Memorias de un setentón (1881) han creado una imagen negativa al respecto, pues se alude e insiste en la escasez de obras españolas referentes al género autobiográfico. El Apéndice que figura en dicha edición es un mosaico de opiniones de gran interés para el crítico, pues no sólo se teoriza sobre el género al que pertenece la obra, sino también sobre la incidencia o importancia del mismo en la literatura europea. El marqués de Valmar señala al respecto que en España «se echan de menos las Cartas y las Memorias, que tan fructuosamente sirven en otras naciones como explanación o complemento de la Historia [...] las Memorias y las Cartas atienden más a la realidad sencilla de las cosas, e individualizando los hechos y refiriendo interesantes pormenores, dan a la narración más carácter novelesco o dramático. De esta diferencia puede servir de ejemplo la pintura que del año del hambre hacen respectivamente la Historia del Conde Toreno y las Memorias de un setentón [...]» (1881, II, págs. 224-225). Los juicios de José Mañé y Flaquer, Manuel de la Revilla, Francisco de Asís Pacheco, Rafael Luna [Matilde Cherner], entre otros, inciden en este aspecto y en otros relacionados con las fuentes literarias de las Memorias y la actitud de Mesonero en la relación de los sucesos y hechos descritos.
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En contraposición a la opinión generalizada de la época centrada en la escasa producción en España de la literatura autobiográfica, surgen en estas últimas décadas voces en clara contraposición a dichas opiniones. Anna Caballé (1995) analiza el copioso material existente en la España del siglo XIX. En sus conclusiones indica que «es sorprendente la abundancia de escritos autobiográficos a lo largo del siglo XIX: periodo convulso, pleno de cambios profundos en todos los órdenes de la vida: el tránsito de una sociedad estamental a una sociedad clasista, la intensidad de los acontecimientos políticos, los constantes enfrentamientos ideológicos, la transformación de las costumbres, del arte, de la ciencia..., convierten el siglo XIX en un friso espectacular donde tendrán cabida los más variados testimonios (con frecuencia acompañados de una documentación que acredite lo escrito) [...] De modo que strictu sensu no hay razón que justifique seguir manteniendo la vigencia del tópico de nuestra escasez en ese dominio literario» (1995, págs. 135-136).
Un amplio corpus bibliográfico sobre todo este material referido a la autobiografía española lo encuentra el lector en Fernando Durán López (1997). Vid. también las investigaciones llevadas a cabo en el seno del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Romera Castillo, 1999)
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No aparece citada en la obra de Eugenio Hartzenbusch (1894). En el Catálogo de las Publicaciones periódicas Madrileñas existentes en la Hemeroteca Municipal de Madrid (1894) tampoco figura La Pajarera, aunque sí, por el contrario, otras publicaciones citadas por Mesonero y que son, igualmente, auténticas curiosidades bibliográficas, como El Patriota, El Redactor General o El Amigo de las Leyes.
Material informativo conciso lo ofrece María Cruz Seoane que define la publicación «[...] de gracia ingenu y un tanto chabacana» (1977, pág. 59). Gómez Aparicio (1967, pág. 110) la considera eminentemente satírica y un tanto ingenua.
La Pajarera, generalmente escrito en verso, se hizo célebre por el título de los sucesivos números que se iban publicando, pues llevaban el nombre de un pájaro. El nombre correspondiente a dicho pájaro -Cernícalo, Mirlo, Urraca, Cuco, Cuervo, etc.- arremetía sus picotazos contra la sociedad. Su director fue Manuel Casal, más conocido con el seudónimo Don Lucas Alemán, poeta, médico y colaborador en diversos periódicos madrileños de índole satírica (Gil Novales, 1991, págs. 132-133).
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La única excepción la constituye el general San Miguel, aunque no por su condición de periodista sino por su intervención militar en el levantamiento de la isla de León. Por otro lado, insiste Mesonero, «los ministros, diputados y hombres importantes de aquella época, y que casi todos procedían de la anterior, de Cádiz, ni Argüelles, ni Martínez de la Rosa, ni Calatrava, ni Toreno, ni Canga, ni Feliu, ni Moscoso, etc. fueron periodistas jamás» (I, pág. 246).
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Hartzenbusch indica textualmente lo siguiente: «La colección que he visto alcanza hasta el núm. CCXVI, correspondiente al 30 de junio de 1822, cuyo número, si no es el último, se me figura que pocos más saldrían después» (1894, pág. 32). Por su parte Gil Novales emite en torno a la fecha de 30 de junio de 1822 una interrogante (1975, II, pág. 1021). Gómez Aparicio hace coincidir su cese el 7 de julio de 1822 con la ola de represalias que los exaltados protagonizaron a raíz de la intentona absolutista en la noche del 7 de julio de 1822. El Censor también sufriría las consecuencias de esta situación de irritabilidad por la que atravesaba España, cesando su publicación el 13 de julio del mismo año mediante el siguiente comunicado: «Aviso a los suscriptores. -Los redactores de El Censor, considerando que en tiempos de agitaciones políticas, y cuando están exasperados los ánimos, la censura ofende e irrita, pero no corrige, han acordado terminar su obra con el presente número», El Censor. Periódico político y Literario, Madrid, imprenta de El Censor, 7 de julio de 1822, pág. 1.
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Los artículos referidos a la política fueron redactados mayoritariamente por Hermosilla. Publicación definida por la crítica con el calificativo de excelente y con toda suerte de elogios, como en el caso de María Cruz Seoane: «La energía y serenidad con que estos hombres [Lista y Hermosilla] defendieron su difícil postura, equidistante del absolutismo y del constitucionalismo extremado, se simpatice o no con ella, merece respeto y aprecio. La conducta posterior de Hermosillo y Miñano, sin embargo, se lo resta. Cuando se lee la Histoire de la Revolution que publicó Miñano en 1824 y se comparan las ideas expuestas con las del Pobrecito Holgazán, la diferencia sólo puede explicarse por un espíritu de vil adulación al deseado -tirano- seducido nuevamente tirano Fernando, o de odio y mezquino afán de revancha contra los liberales, que ni siquiera el duro trato que éstos le hablan dispensando a él y a su amigos puede disculpar. En cuanto a Lista, figura por muchos motivos venerable, singularmente como pedagogo, no lo es por cierto por su conducta política. Ya había dado muestras de inconsecuencia pasando de patriota a afrancesado durante la Guerra de la Independencia. Después del Trienio Liberal pasó a sustentar doctrinas más retrógradas que las manifestadas en El Censor en la oficiosa Gaceta de Bayona, para a partir de 1833 convertirse en defensor de todos los gobiernos de distintos matices que se sucedieron» (1977, pág. 133)
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La Periodicomanía (1820-1821) aparece sin fecha ni periodo fijo. Cada número suelto costaba trece cuartos y tenía alrededor de veinticuatro páginas. Las medidas del mismo son 0m, 118 x 0m, 0'66. Se publicaron cuarenta y tres números. En el núm. 1 de La Periodicomanía se alude al precio de la publicación: «Cada cual soltará sus trece cuartitos, según tarifa, porque así se han empezado a vender otros cuadernos, y es justo seguir la loable; y porque este periódico es una propiedad nuestra, y cada uno vende como le acomoda, y porque si no vendiere (lo que Dios no permita), nos quedaríamos gastados, aburridos, y sin oficio» [1 (1823), págs. 6-7]. Cfr. Rubio Cremades (1984 y 1985).
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La burla o sátira no sólo se percibe en dichos epitafios, sino también en los momentos que la publicación está viva y no fenecida. Por ejemplo en una de las secciones creadas en La Periodicomanía -«Hospital general de incurables»-, se emiten juicios o diagnósticos sobre las enfermedades de los periódicos y las causas de dichas enfermedades, así como los remedios para su curación:
El Universal. Padece extenuación, flojedad en el sistema nervioso, inapetencias, sudores fríos. Método curativo. Tónicos: tintura de quina, baños termales, ejercicios a caballo.
El Espectador. Hemoptisis. Leche de burra, caldos ligeros, ácido nítrico y abstinencia de viandas saladas.
La Miscelánea. Flatos histéricos. Jarabe de adormideras blancas y de corteza de cidra, agua de canela, paseo, bailes y diversiones.
El Eco de Padilla. Vértigos. Purgas, sangrías y sanguijuelas, lavativas emolientes, agua nitrada y ejercicio moderado.
Diario Viejo de Madrid. Consunción, insomnios, vómitos, diarrea. Sueros, sustancia de pan, y paños de aguas, y triaca al vientre.
El Censor. Calenturas intermitentes. Emético, quina y aguas de naranja, entre caldo y caldo.
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De horrible papel lo califica Mesonero, escrito en prosa y verso no exento de cierto gracejo, aunque por extremo desaliñado y procaz. Publicación debida a Luis Mejías y Benigno Morales. Mesonero Romanos lo cita en varias ocasiones y en función de los apodos que dicha publicación daba a determinados hombres de Estado. Martínez de la Rosa era conocido con el sobrenombre de Rosita la Pastelera. El jefe político San Martín fue «bautizado» con el nombre de Tin-Tin el capitán general Morillo con el apodo Trabuco. Mesonero también recoge el sobrenombre que El Zurriago daba a los ministros, denominándolos pasteleros, camarilleros y anilleros. Toda una nomenclatura que sería inventada por El Zurriago y que caló profundamente tanto en los medios políticos como sociales en general (Gil Novales, 1975; Zavala, 1967).