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1

Ludwig Pfandl, Historia de la Literatura Nacional Española en la Edad de Oro, Trad. de Jorge Rubio Balaguer, Ed. Gili, Barcelona, 1933, pág. 271.

 

2

Ibid., pág. 597.

 

3

Sobre la relación de emblemática y fabulística, vid. Francisco Maldonado de Guevara, Cinco salvaciones, Ed. Revista de Occidente, Madrid, 1953, pág. 125.

 

4

Sobre lo que entiendo por perspectivismo literario me permito remitir al lector a lo apuntado en otros escritos, especialmente en los estudios Perspectivismo y sátira en «El Criticón» de Gracián (Zaragoza, 1958); Perspectivismo y desengaño en Feijoo, en «Atlántida», n.° 17, septiembre-octubre, 1965; Perspectivismo y ensayo en Ganivet, en «Anales de la Universidad de Murcia. Facultad de Filosofía y Letras», Vol. XXV, Curso 1966-67; y en el libro de conjunto Perspectivismo y contraste, publicado en la Biblioteca Románica Hispánica de Ed. Gredos, Madrid, 1963.

Para un más amplio planteamiento de la cuestión, me ha sido concedida una ayuda -que deseo agradecer en estas líneas- por el Ministerio de Educación y Ciencia, a través de la Junta para el Fomento de la Investigación Universitaria.

 

5

En estas líneas parece percibirse un eco de la afirmación horaciana de ut pictura poesis, o mejor aún, de algunas de tantas glosas como la misma mereció a nuestros preceptistas literarios de los siglos de oro. Recuérdese, por ejemplo, lo que el Pinciano apuntaba en su Philosophía Antigua Poética: «La pintura es poesía muda, y la poesía pintura que habla, y pintores y poetas siempre andan hermanados, como artífices que tienen una misma arte».

 

6

Los subrayados en éste y otros casos son siempre míos.

 

7

Vid. sobre esta comparación del ciprés y la palmera mi nota: Diego de Saavedra Fajardo. Elogio de la palmera y menosprecio del ciprés. Juan de Zabaleta, Elogio del ciprés y desengaño del jardín, en «Monteagudo», n.° 15, 1956.

 

8

Vid. mi artículo El tema del Gran Teatro del Mundo en las «Empresas Políticas» de Saavedra Fajardo, en «Monteagudo», n.° 1, 1953.

 

9

En la República literaria se encuentra una idea parecida. Cuando la República va a ser asaltada por los godos y vándalos, los más grandes sabios no dan con las adecuadas soluciones para la defensa: «Y si bien intentaron algunas defensas, fueron con medios tan impracticables, aunque parecían sutiles, que luego se descubrió cuan inútiles serían y cuánto yerran los que fían el gobierno público de ingenios especulativos y entregados a las ciencias, irresolutos y dudosos en la variedad de opiniones, pertinaces con la viveza de los argumentos, y peligrosos con la noticia de los ejemplos», Ed. J. Dowling, Anaya, Madrid, 1967, pág. 74. Y poco después se ejemplifica tal inepcia en la persona de Arquímedes, presentado como grotesco prototipo del sabio distraído: «Apenas hubo pasado Diógenes cuando, volviendo el rostro, vi salir de su casa a Arquímedes, la frente corrida a los ojos y éstos en tierra, tan suspenso y divertido en la invención de sus máquinas, que llevaba descalzo un pie, y un bonete colorado en la cabeza, con que dormía de noche, sordo a la grita y matraca del pueblo, que con gran risa le seguía; en que conocí cuan inútiles e ineptos son para todas las acciones urbanas y ejercicio de Corte los que sin moderación se entregan a la especulación de las ciencias, fuera de las cuales no parecen hombres sino troncos inanimados», Ed. cit., págs. 76-77.

 

10

Los ríos-vidas manriqueños que «van a dar en la mar / que es el morir». O, en la Epístola moral a Fabio: «Como los ríos que en veloz corrida / se llevan a la mar, tal soy llevado / al último suspiro de mi vida».

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