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Zubiri en perspectiva cordial

Antonio Rodríguez Huéscar





No sin melancolía pienso en este octogésimo aniversario de Xavier Zubiri. Melancolía, ciertamente, mezclada con un sentimiento de jubilosa y sorprendida incredulidad. Me explicaré: los que conocimos a Zubiri cuando tenía treinta años (33, para ser exactos, en mi casa), recién regresado de Alemania, grávido de su última experiencia intelectual -el contacto con Heidegger-; los que asistimos entonces por vez primera a sus clases, todavía en el vetusto caserón de San Bernardo -unas lecciones sobre el Parménides de Platón-, y recibimos el fortísimo impacto de su docencia juvenil -aquel torrente de saber férreamente disciplinado y encauzado en conceptos rigurosos, que nos eran disparados a quemarropa y a un ritmo de «ametrallamiento» por quien más parecía un hermético adolescente, aún elegantemente ensotanado, que un pensador ya en su incipiente madurez-; los que después le seguimos a lo largo de sus cursos de la anteguerra, ya en la nueva facultad de la Ciudad Universitaria, y, más tarde, sobrevivientes del cataclismo bélico civil, en sus cursos privados de la posguerra; en suma, los que hemos sido sus discípulos, no podemos por menos de sorprendemos al pensar que el joven Zubiri cumple, ¡ya!, ochenta años. Y nos sorprende la indubitable constatación, porque, para nosotros, Zubiri no ha dejado de ser nunca aquel jovencísimo maestro que nos mostraba, ya desde sus primeras lecciones, haciéndola reverberar ante nuestros ojos encandilados, una faz, no por bastante inclemente menos auténtica, de esa inquietadora y poliédrica realidad que es la filosofía. Y si, por una parte, nuestra sorpresa se tiñe de contento al comprobar que el «joven maestro» sigue ahí, «siemprevivo» como el fuego de Heráclito -y esta imagen me trae de pronto el recuerdo golpeante de un Zubiri disertando, como parte de un seminario precisamente acerca de Heráclito, sobre la nieve de Peñalara-, por otro lado, lo que toda celebración de esta especie tiene de inevitable balance vital, impregna de reminiscente melancolía nuestra mirada en tomo -nuestro entorno y el de Zubiri, el de entonces y el de ahora-, al contemplar, como fondo turbulento sobre el que se destaca la serena figura de nuestro pensador, siempre tan fiel a sí misma, la impresionante mudanza de los tiempos. No es fácil, en efecto, que quien no vivió aquella breve y henchida etapa de plenitud intelectual y académica con la que la facultad de Filosofía y Letras de Madrid, y de modo especial su sección de filosofía, echó a andar de tan buen paso hacia un promisor horizonte, bruscamente cegado y anegado por el seísmo civil, justo cuando empezaba a ser más luminoso; no es fácil, digo, que quien no vivió desde dentro aquella espléndida primicia española pueda comprender en su integridad significativa la índole de ese sentimiento que suscita entre nosotros, los que tuvimos el privilegio de participar en ella -y el subsiguiente sabor amargo de paraíso perdido-, la efemérides zubiriana inspiradora de estas líneas. Porque, por lo pronto, reparamos en que, de la brillante constelación de maestros que fueron artífices, en estrechísima y armoniosa colaboración, de aquel feliz evento, y modeladores de nuestra iniciación filosófica, sólo queda Zubiri como testigo viviente. (Me refiero a los maestros de filosofía sensu stricto, pues sería injusto, en otro caso, no mencionar a Gil Fagoaga, nuestro vitalísimo mentor en psicología, también, por ventura, aún entre nosotros.) Fueron desapareciendo, en efecto, Besteiro, Morente, Ortega, Zaragüeta, Gaos. El primero en la cárcel, trágicamente, otros en un ostracismo más o menos disimulado, el último en el destierro. Y sólo queda Zubiri, en pie, como siempre estuvo, velando sus filosóficas armas, «implantado en la existencia» española con las inconmovibles raíces bien hundidas en la tierra de nadie -en la tierra de todos- de la verdad. No, no podemos pensar en Zubiri sin pensar a la vez en todo ese contexto de vida española sobre el que se destaca su figura con una significación al par ejemplar y admonitoria. Ya desde que terminó la guerra practicó su personal anábasis (como él decía de Sócrates), su retirada hacia sí mismo, con una radicalidad en cierto sentido aún mayor que la del viejo Sileno ateniense, como lo requerían el clima histórico-social, la sazón -la desazón- política en que España se había sumido y, también, su peculiar vocación, su «profesión de fe» filosófica, que ya, desde luego, y aun antes de la contienda civil, eludía el ágora, ese ágora moderna que es la publicidad. Cuando hasta Ortega, su maestro -el maestro común de casi todo el grupo filosófico de la nueva facultad-, que había sentido la necesidad y el deber «circunstancial» de ser «filósofo en la plazuela», había enmudecido, entrando en aquella «era de atroz silencio» que él mismo presintiera para España a la muerte de Unamuno, ¿qué se podía esperar de Zubiri, tan refractario siempre a toda suerte de publicidad, incluso a la del libro? Abandonada voluntariamente la cátedra universitaria, su actividad intelectual y docente transcurrió toda ella en la esfera privada, traduciéndose al exterior tan sólo en los cursos particulares que, a lo largo de bastantes años, constituyeron el acontecimiento más destacado de la vida cultural madrileña, y en esos pocos libros, tan ávidamente esperados por quienes queríamos seguir su callada labranza filosófica, sabiéndola viva e importante, y tan parsimoniosa y casi renuentemente cedidos a las prensas por su autor. (Una tesitura en la que, por cierto, aún seguimos manteniéndonos.) Unos y otros -cursos y libros- se dirían mínimas, pero densas, rigurosas, depuradas muestras, destinadas a dar «fe de vida» de un pensamiento en intensa actividad y rendimiento, pero regimentado por la más severa actitud autocrítica. Y estas fueron sus únicas concesiones a la publicidad, necesarias algunas de ellas, por otra parte, para quien había decidido prescindir de todo vínculo profesional con la España oficial, sin abandonar, sin embargo, el país, según hubieron de hacer otros colegas o discípulos suyos, o colegas-discípulos, como José Gaos. Si, porque en aquella sazón académica de la preguerra que antes evocaba, se daba el caso notable, y frecuente, de los colegas-discípulos y colegas-maestros. Es Gaos, precisamente, quien, por ejemplo, nos cuenta, en una deliciosa estampa de sus Confesiones profesionales, su primer encuentro con Zubiri, en una larga paseata hacia la Residencia de Estudiantes, adonde ambos se dirigían para oír una conferencia de Ortega; una paseata en la que Zubiri, menudo y vivaz, envuelto en su manteo y con una rosa en la mano, que utilizaba como ejemplo, le explicó «la fenomenología entera»: la esencia, el nóema y «la nóesis perceptiva de la rosa». Y nos revela Gaos que, desde ese momento, consideró a Zubiri «más que como un compañero, como un maestro, y aún sigo considerándolo». Consigna también, en este y en otros escritos, su deuda discipular con Morente y Ortega. Y podrían multiplicarse los testimonios del mismo tenor procedentes tanto de los demás protagonistas del grupo docente -incluidos Morente y el propio Zubiri- como de diversos representantes del grupo discente -alumnos en aquella época-, tales Mindán, María Zambrano, Granell, o más jóvenes, como Marías, Garagorri, etcétera, para no citar más que algunos de los nombres más conspicuos, o más cercanos a mí en el condiscipulado. (No hablo aquí del discipulado zubiriano de la posguerra, en el que figuran, entre otros muchos, nombres tan ilustres como los de Laín y Aranguren, porque esa es otra historia -o, si se quiere, otro capítulo de la misma- que merece ser tratada aparte.) Mas no se piense que una tan permanente y profunda ósmosis intelectual como la que aquí aludo imprimiese a la vida académica de aquel momento ningún sello de uniformidad o monotonía. Lejos de eso, las diferencias en los estilos de docencia de aquellos maestros eran considerables, ofreciendo a veces, incluso, tan fuertes contrastes que podían despistar -y de hecho despistaban- a oyentes más o menos apresurados. Nada más dispar a primera vista, por ejemplo -y aquí el ejemplo adquiere valor paradigmático, por tratarse de las dos primeras figuras filosóficas de aquella notabilísima constelación-, que los peculiares modos asumidos por la docencia de Ortega y de Zubiri. De este último ha dicho Martas, con humor -se lo decía al propio Zubiri-, «que profesaba la introducción a la filosofía mediante la técnica del baño de impresión», que «ejercía, en primer lugar, una urgente misión ahuyentadora», y que «introducía, casi violentamente, en la filosofía a los que sentían la llamada de ésta» (Filosofía existencial y existencialismo en España, Madrid, 1955, pp. 321-322). Todo ello es muy exacto. En cierto sentido, la impresión que producían Zubiri y Ortega en quienes llegaban a ellos por vez primera impulsados por filosóficos afanes era exactamente opuesta: hermetismo, dificultad, «concisión casi irritante» (Marías, ibidem), precisión conceptual extrema, pero casi inasequible por la celeridad con que era dispensada, suposición de un nivel de formación y de capacidad filosóficas en el auditorio, la mayor parte de las veces inexistentes, en Zubiri; apertura, facilidad, claridad meridiana, elocución de gran belleza formal, sensación en el oyente de estar siendo aludido y comprendido casi personalmente, en suma, «seducción» hacia la filosofía -según su propia expresión-, en Ortega. Sólo más tarde, cuando la frecuentación de uno y otro maestro permitía ir «entendiéndolos» mejor, ahondando en su pensamiento y en su peculiar modo de expresarlo, se iba descubriendo, no sin saludable y filosófico asombro, la secreta afinidad, la vena profunda que enlazaba, incluso por debajo de las efectivas discrepancias doctrinales y actitudinales, a aquellos dos estilos de acción intelectual. Se advertía entonces que, no sólo no se oponían, sino que, en varias maneras, se complementaban. «Al cabo de algún tiempo -sigo citando a Marías-, los discípulos de Zubiri hacíamos un descubrimiento sorprendente: el de su claridad» (Ibid., p. 323). Y añado yo: a medida que nuestra relación discipular con Ortega se iba afianzando, nos íbamos percatando, con pasmo creciente, de la enorme dificultad de aquel pensamiento, ofrecido primicialmente con tan jovial transparencia. Y en un caso y en otro, el acicate para desentrañar las subterráneas vetas yacentes tras aquellos conceptos que -en Zubiri con reprimida y domeñada violencia exigitiva, en Ortega con amable pero grave ironía- se sometían a nuestra absorción, cumplían su filosófica misión, incitadora y al par reveladora de una ignorancia tanto más profunda cuanto más «docta» se iba tomando. Y esta ha sido quizá la mayor y mejor lección de éstos maestros, la más operativa: ese ahondamiento y actualización constantes de la conciencia aporética, esa revelación de la creciente complejidad del problematismo filosófico, que justamente corresponden a una época tan desaforadamente «fáutica», tan pletórica de logros materiales e intelectuales, y a la vez tan espiritualmente torturada, tan hamletiana e hipercrítica como la nuestra, sin dejamos caer, no obstante, en la tentación del escepticismo, ni incurrir tampoco en ninguna de las seudoseguridades anejas a las posiciones filosóficas hoy de moda, que ocultan su elusiva inanidad tras las apariencias de rigor de unas limitaciones metodológicas o de Unos escrúpulos y melindres «analíticos» tan inertes y rutinarios ya, y en el fondo tan anacrónicos, como los más rancios dogmatismos. Si hay un filósofo español actual que pueda jurar por la ciencia con auténtico conocimiento de causa, ése es Zubiri. Pero ello no le ha impedido nunca, antes bien, le ha impulsado con creciente exigencia a mantenerse en el nivel de radicalizad que sólo un pensar metafísico responsable posibilita. Pero no era mi ánimo entrar aquí en cuestión gremial alguna -quiero decir, doctrinal-, ni voy a hacerlo; sólo me proponía traer a cordial mención -«re-cordar», pues-, con ocasión de sus ochenta juveniles años, algo de lo mucho que Zubiri ha significado, y significa, para nuestra generación discipular.

Terminaré estas líneas apresuradas evocando la primera conferencia pública que le oí a Zubiri, en 1931, en la Residencia de Señoritas de Miguel Ángel, 8. Versaba sobre «Hegel y el problema de la metafísica» (recogida en Naturaleza, Historia, Dios), y terminaba con estas palabras: «Esperemos que España, país de la luz y de la melancolía, se decida alguna vez a elevarse a conceptos metafísicos». Esa esperanza, como hoy sabemos muy bien, empezaba a realizarse ya por aquellas fechas, y se las arregló más tarde, en medio de la terrible procela política, para consolidarse contra viento y marea. Hoy, coincidiendo con los ochenta años de Zubiri, se abre una nueva expectativa de vida española -no exenta, por supuesto, de interrogantes-. Y yo veo la figura del «joven» maestro erguida sobre el fondo de esa nueva esperanza como un testigo excepcional que bien pudiera valer como símbolo viviente de lo que nunca debió dejar de ser España. El -y, por supuesto, otros pocos «claros varones», pares en el mérito, más o menos en la edad, y, sobre todo, en la progenie espiritual (en estos días, precisamente, celebramos, con otro motivo, unánimes reconocimientos a uno de ellos: Dámaso Alonso) está ahí -ellos están ahí- como la cifra humana de las perennes cosas esenciales: de la entrega total al trabajo bien hecho, de la consagración silenciosa a los valores sustantivos, de la ética del esfuerzo que busca sin descanso nuevos niveles de acendra: miento y de superación en la propia tarea, lo que, en el terreno de la dedicación intelectual, se traduce en una inquebrantable fidelidad a la verdad, en un firme estar en sí, perfectamente inmune a los alienantes embates de la política, o de cualquier otro linaje de intereses o de tentaciones falsificatorios. Su verdad, la verdad que ellos encarnan, no sólo en su pensamiento, sino en el ejemplo entero de su vida, es la última verdad de España.

La respuesta de Heidegger apareció en Heraklit, una importante obra que recoge el diálogo que sostuvieron Heidegger y Fink en un seminario sobre los fragmentos de Heráclito, que tuvo lugar en Friburgo, durante el invierno de 1966-67, es decir, cuatro años después de la publicación de Sobre la esencia.

Sin mencionarle explícitamente por su nombre, Heidegger fue el encargado de plantear -clara y directamente- las objeciones que le formulará Zubiri. Oigamos ahora un pequeño fragmento de este diálogo esencial:

Heidegger: Alguien enciende una vela o una antorcha. Lo que se produce con este encendido -la llama- es una especie de cosa.

Fink: Que tiene la propiedad de brillar.

Heidegger: Y no sólo brilla, sino también permite ver.

Fink: Difunde una luz, arroja una Claridad y permite ver lo que se muestra en ella.

Heidegger: Esta cosa posee, al mismo tiempo, el carácter de aparecer en la apertura en que el hombre está. Es difícil de aprehender la relación entre Luzy Claridad.

Fink: La fuente de Luz sólo se ve a su propia luz. Lo notable del caso es que la antorcha posibilita su propio ser vista.

Como se ve, en este diálogo se plantea explícitamente la tesis de Zubiri acerca de la precedencia de la luminaria (representada en este caso por una vela y una antorcha) sobre la Claridad, lo cual -según venimos explicando- no es más que una manera metafórica de afirmar la precedencia de la Intelección de la realidad física individual sobre la Comprensión de la Claridad del Ser.

Para responder a esta objeción, Fink observa que en este planteamiento se comete el error de pensar «físicamente» las relaciones ontológicas entre la Luz y la Claridad. Acto seguido, y como para reforzar la afirmación de su discípulo, Heidegger añade, a modo de conclusión, de que si se piensa «físicamente» no se puede ver el carácter fundamental de la Claridad: su precedencia a la Luz.

Evidentemente Zubiri pudo transformar la metáfora clásica porque la modificación introducida en ella respondía a un hecho físico verdadero -al hecho de que, efectivamente, la Claridad se origina en la Luz-, pero lo que resulta sorprendente es que Heidegger y Fink no perciban que con esta metáfora modificada Zubiri continúa hablando «en imagen» y que al hablar de tal suerte no está oponiendo una observación de tipo físico a una tesis ontológica de Heidegger, sino que está proponiendo una nueva tesis filosófica que era necesario plantear y discutir: la precedencia de la Intelección de la Realidad Individual sobre la Comprensión del Ser. Pero Heidegger y Fink no parecen percibir el verdadero alcance de las palabras de Zubiri. (Seguramente alguien que conocía el español le tradujo a Heidegger las páginas de Sobre la esencia que le interesaban y este conocimiento insuficiente de la filosofía de Zubiri explicaría que no entendiera plenamente el sentido de la objeción que se le formulara.

¿En qué se cifra, entonces, a juicio de Heidegger, la precedencia de la Claridad sobre la luz de la luminaria? Refiriéndose a esa magna luminaria que es el Sol y a la Claridad en que la vemos, nos dice Fink en frase concisa: «La luz sólo es posible como algo individual, porque lo individual se da en la Claridad». La Claridad sería algo así como el ámbito en el cual (y sólo en el cual) las cosas pueden aparecer como individuales, numerosas y diversas. En virtud de esta atmósfera luminosa las cosas perfilan sus fronteras mutuas y la Comprensión humana puede entonces unir y separar los límites de las cosas articulándolas entre sí.

Esta especial concepción heideggeriana de la individualidad de las cosas nos permitirá comprender más concretamente las objeciones de Zubiri. Desde el punto de vista de Zubiri resulta palmario que la unidad primaria de las cosas reales -su unidad física, intrínseca y constitutiva- no pueden consistir en estar aisladas, separadas, unidas o articuladas entre sí. Ocurre, más bien, al revés: las cosas pueden estar unidas o separadas porque poseen una unidad intrínseca y constitutiva que les permita unirse o separarse las unas de las otras. Refiriéndose al Sol a que aludía Fink, digamos ahora que lo percibimos como individual no porque aparezca de esa manera en la Claridad, sino porque lo inteligimos, como poseyendo una unidad física que le constituye intrínsecamente como una realidad individual.

En consecuencia, la Comprensión de las cosas en tanto que aparecen en la Claridad del Ser y la propia Comprensión del Ser se fundamentan, necesariamente, en la Intelección de la realidad física individual, en la intelección de una realidad que es «de suyo» intrínsecamente inteligible. Esto es lo que quiso expresar Zubiri con su tesis acerca de la precedencia de la luminaria sobre la Claridad, una tesis que le apartó definitivamente de la fenomenología de Husserl y Heidegger y le forzó a forjar su propio pensamiento filosófico.





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