Apuntes para una poética de Antonio Di Benedetto
Fabiana Inés Varela
Introducción
Profundizar el estudio de la obra del escritor mendocino Antonio Di Benedetto (1922-1986) resulta siempre una experiencia renovada debido no sólo a la belleza de su prosa, sino a la riqueza y profundidad de su universo narrativo. Autor de una obra posiblemente no muy extensa, pero sí de gran intensidad, Di Benedetto es reconocido internacionalmente por su novela Zama1, aunque también es autor de importantes colecciones de cuentos. En esta oportunidad se pretende analizar las reflexiones del mismo Di Benedetto acerca de su propio quehacer poético, en un intento por perfilar con mayor nitidez su poética explícita2, en especial su concepción de la literatura y de la creación.
La tarea no ha sido sencilla pues no estamos frente a un teórico de la literatura3, sino ante un creador que se aproxima a su objeto de reflexión de un modo inorgánico, apelando constantemente a comparaciones y metáforas que, al mismo tiempo que explicitan el concepto, lo opacan, revelando así una experiencia particular, difícil de transmitir a través de nociones racionales. De este modo, el carácter intuitivo que adquieren sus reflexiones sobre literatura plantea una serie de problemas que dificultan de diversas maneras el acceso a su poética.
En primer lugar, no existe un corpus ordenado de textos del mismo Di Benedetto que sistematizadamente expresen sus ideas acerca de su quehacer poético4. Por ello se ha debido recurrir a una serie de entrevistas realizadas al autor en distintos momentos de su vida que permiten reconstruir parcialmente algunas de estas ideas5.
En segundo lugar, las fuentes consultadas presentan diversas limitaciones ya que se trata, en su mayoría, de entrevistas realizadas por medios periodísticos y revistas no especializadas que apuntan a un público masivo. Ello explica el interés predominante por distintos aspectos de su vida, y no tanto por los detalles más específicos de su producción. Además, el grupo más nutrido de estas entrevistas son posteriores a su exilio, razón por la cual se centran, en general, en aspectos de su paso por la prisión durante la dictadura militar y en su posterior exilio europeo, hechos que incidieron profundamente en el ejercicio concreto de su arte, mas no en su concepción de la literatura.
Sin embargo, nos hallamos frente a un apasionado de la escritura que siempre revela aspectos de su labor creadora, de modo tal que, a pesar de los problemas y limitaciones antes expuestos, es posible distinguir una serie de conceptos y expresiones que explícitamente se refieren a la creación literaria en general y a la propia experiencia de escritura en particular, datos que permiten diseñar, al menos parcialmente, una poética. Si bien está expuesta de modo inorgánico, revela una profunda unidad interna que permite definirla como una «poética ética y humanista», en tanto se plantea al arte y a la literatura como un modo de reflexión sobre la perfectibilidad del ser humano.
Dentro del marco expuesto, este trabajo se propone establecer un primer orden en el material disperso mencionado para analizarlo detalladamente a fin de poder establecer las líneas principales de la reflexión poética de Antonio Di Benedetto.
La reflexión de Antonio Di Benedetto sobre la literatura
Al analizar las respuestas dadas por Di Benedetto a la pregunta sobre qué es literatura, se observa que al autor le resulta muy difícil poder separarse de su propia vivencia de escritor para llegar a conceptos más abstractos. Así, su experiencia se universaliza y él mismo se transforma en espejo de los hombres de su tiempo, de modo tal que, lo que Antonio Di Benedetto aprende sobre sí mismo en el proceso creador, se transfiere al hombre universal, iluminando de esta manera diversas facetas de la problemática existencial contemporánea. Posiblemente aquí radique parte del profundo interés que ha despertado la narrativa dibedenettiana en diversas culturas durante la segunda mitad del siglo XX. Esta estrecha relación entre literatura y vivencia enriquece, con aportes originales, su concepto del arte literario, brindándole a la vez un carácter dinámico, cuando al desplegarse su vida en el devenir temporal, amplía su red de experiencias y su conocimiento del mundo.
En una extensa entrevista realizada por el estudioso alemán Günter Lorenz, ante la pregunta «¿Qué es literatura», Di Benedetto brinda una compleja respuesta:
Literatura es una coherencia intelectual, expresada con palabras, que acata, desobedece o inventa un orden estético; y lo más a menudo tiene que ver con la existencia humana y sus ensoñaciones hipertrofiando alguno de los aspectos que describe o imagina y dándoles un interés o un sentido...6.
Sintética pero profunda, esta definición contiene en germen una serie de postulados que iluminan su poética. En primer lugar estamos frente a un autor que nos habla de «coherencia intelectual», de una determinada actitud interna de un escritor que no puede dividirse entre lo que es y lo que escribe. En segundo lugar, la convicción de que la literatura es un trabajo intenso sobre la palabra, una artesanía. En tercer lugar, puede observarse que para nuestro autor, la literatura es un quehacer profundamente humano, que lo involucra, no solo en sus aspectos conscientes sino también inconscientes («sus ensoñaciones»). Literatura no es simplemente un juego formal, estético, sino una indagación profunda sobre el ser. Es también, si se quiere un juego de espejos que deforma la realidad, que la «hipertrofia», pero que a la vez le otorga un sentido más profundo.
En sus reflexiones posteriores al exilio se intensifica esta consideración vivencial de la literatura, ya que su ejercicio, en la doble faz de lectura y escritura, le permitió sobrevivir a la locura de la prisión y la tortura y a la agonía del destierro7. En este sentido la literatura es una actividad esencial en su propia vida que, en medio del caos, se ha mantenido fielmente a su lado:
En algo me confirmo: la literatura me importa a fondo, de un modo absorbente, me llena absolutamente y ha sido siempre leal a mí. Los seres humanos se retiran de la vida de uno, los libros siguen siéndome fieles y me esperan pacientemente en el anaquel de cualquier biblioteca, la mía o aquella que me permitan frecuentar. Son pasivos, pero están siempre dispuesto a servir y a acompañarme o a esperarme, con un admirable potencial dinámico, que bastará que yo pase la mirada en ellos para que se me entregue. Depende sólo de mi capacidad de absorción. De algo me jacto como muy importante: haber aprendido (creo) a leer y a disfrutar lo que otros han escrito8.
Por otra parte, la literatura en tanto escritura, es un espacio de felicidad y de satisfacción humana, un placer en el más profundo sentido de la palabra: «Siento el placer de escribir, de saberme en una página, en un cuento, en una novela, en ese instrumento incomparable que es la palabra»9
. Placer que implica también salir de sí mismo y comunicarse con el otro: «Escribo por el placer de contar cosas, porque creo que escribir es un gran medio de comunicación con los demás»10
. Esta firme confianza en el placer de la escritura surge de la confrontación con las épocas de infertilidad creadora: «se puede medir el grado de felicidad que obtengo de ella [de la escritura] por el grado de infelicidad y de tortura que padezco cuando no puedo trabajar, cuando no puedo escribir. Y los últimos años han sido de secano»11
.
Constantemente destaca también la importancia radical de la libertad creadora para el artista pues «toda auténtica obra de arte [...] es una especie de contribución, de hermosa arbitrariedad en favor del imperio de la libertad»12
, libertad que reside en la misma interioridad del escritor que «puede y debe crear libremente su material artístico»13
.
Más allá del mosaico de ideas antes expuestas, cuando se lo interroga a Antonio Di Benedetto sobre la literatura sus respuestas suelen girar en torno a cuatro elementos que brindan claves de su poética: la literatura como fatalidad, como modo de conocimiento, como postulación de una realidad alternativa y como búsqueda de redención. A continuación nos detendremos en el análisis de estos conceptos para luego centrarnos en la particular relación del autor con su creación y, finalmente, en algunas consideraciones sobre el lector.
La literatura como fatalidad
En una de las primeras entrevistas registradas, cuando se lo interroga sobre el porqué de su escritura, la respuesta señala claramente la fuerte presencia de una suerte de fatalidad, de «imperiosa necesidad» que lo lleva a poner por escrito las historias que se le presentan a su imaginación: «escribo porque se me ponen delante, porque se me instalan en la imaginación, personajes enredados en un trance o poseídos por una obsesión o una esperanza, y me doy de alma a llevarlos hasta el final»14
.
Esta sensación persiste a través de los años y, tiempo después cuando retorna del exilio, continúa percibiendo la fatalidad inherente a todo acto de creación, razón por la que concibe a la literatura como una necesidad interior que lo asalta en tanto escritor: «[La literatura es] una fatalidad. [...] Es darle forma a los temas que piden lugar en mi mente, y que se posesionan de mí como un demonio. Uno es víctima de esa posesión. Los temas nacen sin que lo desee, me arrastran con la pretensión que los administre. Yo modelo ese impacto que es como una flecha e intento brindar un mensaje»15
.
Las palabras anteriores remiten a la concepción de la literatura como exorcismo, como la manera más idónea para extraer del interior las pulsiones malsanas que enloquecen al escritor16. Ante la pregunta de que si el escritor no escribiera, sería un asesino, un violador o un vil, Di Benedetto responde: «Pienso que cualquier hombre (no solo el escritor) si no da rienda suelta a sus fantasías y neurosis, ya sea por medio del deporte, el trabajo, el arte o el amor, sería una bestia desenfrenada en busca de carne y sangre. Lo que diferencia al escritor de los demás acaso sea su hipersensibilidad para captar o ver las cosas de otra manera, de descubrir lo que a los ojos de los otros pasa inadvertido...»17
.
La literatura como modo de conocimiento
Otro aspecto insoslayable de la poética de Antonio Di Benedetto es su concepción de la literatura como una forma de conocimiento: «Me gusta mi oficio de narrador porque me permite esclarecerme a mí mismo y me ayuda a entender a los otros»18
. Esta forma de conocimiento es en primer lugar un autoanálisis: «Escribo para analizarme. Escribo para poner en claro lo que me daña, lo que daña a la gente como yo. Escribo para entenderme y entender»19
. En este sentido es principalmente un conocimiento de aquellos aspectos más negativos y oscuros del alma («lo que me daña») y que es necesario clarificar. Esta necesidad de analizarse a través de la escritura para comprender situaciones que le atañen y comprenderse en medio de tales circunstancias, se afirma cuando conocemos el origen de su actividad escritural. Di Benedetto cuenta que comenzó a escribir alrededor de los 10 años, poco después de la muerte de su padre: «Una atmósfera de muerte envolvía a mi casa. Entonces se me ocurrió contar lo que estaba pasando allí»20
. Este primer acercamiento no es necesariamente una actividad creadora, sino un ejercicio de escritura relacionado precisamente con la comprensión y clarificación de estados anímicos. En su caso, fue el primer escalón para llegar a la ficción que vendrá posteriormente, entre los 16 y 17 años con una primera nouvelle, «El conventillo»21.
En este autoconocimiento -en el doble aspecto de la escritura y de la lectura- no siempre lo visto es positivo, sino que muchas veces conlleva el enfrentamiento con los propios monstruos, con las zonas más oscuras de la psiquis. Por ello su propio modo de hacer literatura -y también la literatura que cultivan sus maestros- debe ser «agónica y sincera» ya que obliga al hombre a enfrentarse consigo mismo, con entereza y lealtad22.
La literatura como postulación de una realidad mejor
La literatura no solo permite el autoconocimiento, sino también explorar la realidad en todas sus facetas, que en el caso de Di Benedetto son más vastas y complejas de lo que comúnmente entendemos por ella. Porque para él la realidad trasciende lo meramente objetivo, para internarse, más allá de lo factual, en los aspectos más oscuros y también más ocultos del inconsciente: «Escribo para que la subjetividad explore los paisajes abiertos y las cavernas sombrías de la gente que le propone el mundo objetivo. Escribo para que mi conciencia recorra más regiones de lo que le propone el mundo objetivo»23
.
Esta concepción de la realidad explica que en su obra coexistan la realidad y la irrealidad de modo complementario y pacífico: «En mi obra suelen coexistir la realidad y la irrealidad. No concurren a reñir, pienso que a complementarse. A veces se alternan o se distinguen la una de la otra, a veces se enciman, se funden y confunden»24
. La ficción donde es presentada como una metáfora de la realidad, como una posibilidad de un mundo más pleno, más sincero en el que cada cosa revele su verdadero rostro y los hombres asuman una postura más ética:
como todo en mi literatura es ficción, podría decir algo así como realidades deseadas, quizás como metáforas de la realidad. Los monstruos interiores se sueltan y usan su verdadero rostro, la convivencia humana sin ultraje es posible, la felicidad es posible [...] procuro a través de la irrealidad, una realidad mejor, lo cual, tal vez, también constituya una metáfora, una metáfora de la vida25.
Más adelante, cuando su vida sea marcada por hechos terribles como la cárcel y el exilio, el sumergirse en la fantasía de la ficción, adquirirá el carácter de una fuga de la realidad que lo maltrata y lo humilla, de su vida atormentada y dura de exiliado, poblada de los fantasmas de la cárcel. En este plano, la literatura fantástica funciona de modo similar a los sueños, como una forma de escape y a la vez consuelo, como compensación de los tormentos de una dura realidad cotidiana26. Pero siempre, se verá subrayado el carácter sucedáneo de una realidad mejor que adquiere su literatura fantástica:
Yo creo -continúa- que la presencia de lo fantástico en mi obra es una nostalgia de que aparezca en la vida real algo irreal, sobrenatural, que me saque de lo aplastante, vulgar, deprimente y consumidor. Y al no sentir esa nostalgia de lo no sucedido lo escribo, o lo invento, como que les pasa a otros27.
La literatura como búsqueda de redención
Ya se ha visto que la literatura es para Di Benedetto un modo de autoconocimiento, no teórico sino vivencial, a través del cual muchas veces se reconoce como un ser limitado y mediocre. Esta sensación es la que justifica su afirmación: «Escribo para confesar y no ser absuelto»28
. En última instancia, esta concepción de la literatura tiene su fundamento en una visión del hombre como ser profundamente herido por la maldad -estrictamente por el pecado, palabra que no utiliza Di Benedetto-: «Yo creo que el hombre no es naturalmente bueno, por el contrario, las necesidades, el afán de descollar hacen que el hombre use muchas armas innobles. Si se porta bien es por obligación de la sociedad. Adentro suyo sufre, se tortura»29
. Posteriormente, y debido a su paso por la cárcel, se agudiza esta conciencia del hombre como un ser radicalmente malo: «El ser humano está lleno de fuerzas de maldad, de destrucción y violencia. Está rodeado de villanías y traiciona en múltiples formas al amigo, la familia, con la cobardía, todo esto lo denigran como ideal de persona»30
. Sin embargo, su extrema conciencia lo lleva a asumirse también como un hombre malo, como un ser «de la peor especie»
.
La conciencia de la propia culpa, que es conciencia de su propia limitación, de su mediocridad, se agudiza notablemente durante el exilio, lo que muestra que nos hallamos ante un núcleo fundamental de la psiquis del autor:
Me siento culpable de haber nacido. [...] cada acto que ejecuto, siempre lo veo mal. Me siento culpable y me siento desacomodado, al volver de ellos, por sinceros que fueren, y mansos, y ni qué decir de aquellos ejercidos con furia, con relieve, con violencia. Hasta lo que me parece que me sale bien, aunque después acepte que esté más o menos bien, se me ocurre que pude hacerlo mejor. Me siento culpable de haberlo hecho imperfectamente, bien, pero imperfecto, y me siento materia prima mala, ya, siempre. Más que malo (y no malo de maldad), quiero decir poco dotado. O uno ha sido poco dotado, o no me he cultivado apropiadamente, o no me he preparado para nada. He pretendido hacer muchas cosas y nunca me he especializado, no me he dedicado bien a una31.
Frente a esta conciencia surge la necesidad de la confesión como un medio de sacar afuera todo el mal que aqueja al hombre, en un intento por obtener el perdón32. Sin embargo, no adquiere una dimensión religiosa, pues el perdón solo es privilegio de la figura femenina: la madre y -en algunas ocasiones- la pareja. La inmanencia del planteo impide advertir la posibilidad de una redención, de una expiación de la culpa: «Si me juzgo [...] me siento absolutamente culpable y sin redención. ¿Porque quién me perdonará?»33
. Frente a esto, una alternativa válida para encontrar un resquicio de salvación, un perdón a tanta falla, es la literatura:
Otra alternativa: ¿cómo dejar de ser la vulgaridad que soy frente a todos los demás, la vulgaridad que soy y que me reconozco? Mis suposiciones son válidas para edificarme cada día. Y esa edificación de cada día, si la escribo, con método y con concepción artística, de a poquito va formando el libro. Ese día me salvo para salir a la calle sin demasiada humillación de convivir con gente más brillante, más valiosa, más apuesta, mejor dotada. Entonces me animo a salir. Y me salvo un poquito teniendo en cuenta que en mi casa dejé escrita en alguna cuartilla algún residuo de mi ambición de ser diferente ante los ojos de alguien, por lo común innominado, por lo común al ser que no me mira, por lo común al ser imaginado que me tomará en cuenta alguna vez34.
El autor y la creación
Para Antonio Di Benedetto el autor es un ser comprometido existencialmente con su creación. Si bien puede tener un compromiso social, político, religioso o filosófico, su principal compromiso es con la creación: «Cada uno escribe desde su propia posición política o de su lugar en la vida... El compromiso del escritor es la creación, guardando las mejores condiciones artísticas. Porque algunos caen en eso sin desdén del arte de narrar y del arte de la forma»35
. Años más tarde vuelve a manifestarse en contra de la utilización política de la literatura, especialmente de la ficción. Ante la pregunta de si el escritor debe usar la literatura como instrumento de compromiso con una determinada ideología, aboga por la franqueza, es decir que elija un género como el ensayo político, pero que «no confunda al lector proponiéndole un cuento o una novela»36
. Pero sin dudas, la mayor riqueza de la relación entre creador y creación se halla en las consideraciones sobre la relación entre autor y obra.
La crítica señala tempranamente el carácter confesional que adquiere la escritura de Antonio Di Benedetto. Al respecto señala Lorenz: «... siempre todos sus textos tienen tan definidamente el carácter de una confesión»37
. Rasgo que se ve subrayado por el uso de la primera persona («... casi todas mis obras han sido escritas en primera persona, lo que consciente o inconscientemente subraya ese rasgo característico de mi literatura»38)
y también por la consideración de la literatura como confesión que realiza el mismo autor39.
Esta estrecha relación entre el autor y su obra, esta involucración del autor en su obra, se corrobora al conocer la génesis de algunos de sus libros. Por ejemplo, algunos cuentos como «Enroscado» o «Caballo en el salitral», surgen a partir de una imagen concreta de su entorno, por ejemplo el carro del panadero en medio de la siesta mendocina que ve y que se instala en su imaginación40. En otros casos, por ejemplo Mundo animal o en El silenciero la subjetividad del autor es más patente pues el primero es fruto de «una indignación transfigurada»41
y el segundo es fruto de una angustia frente a los diversos ruidos, tanto materiales como metafísicos:
Me enfermaban los ruidos, los padecía como una agresión personal del mundo contra mí. De esa hipersensibilidad y de la comprensión de los efectos del que yo llamo «ruido material», surgió la mitad de El Silenciero. La otra mitad es más profunda, atañe al «ruido metafísico». Pues bien, padecía esa tortura; quizás para salvarme, escribí la novela; pero no habría sido posible hacerla sin determinadas defensas contra los factores perturbadores42.
Los ejemplos anteriores ilustran el modo cómo la creación surge de un núcleo muy íntimo del escritor, algo que lo revela aun cuando asuma los distintos ropajes de la ficción. Especialmente en la novela, para Di Benedetto «el autor se sabe centro y representación de un universo en el que está incluido»43
. Es decir, no logra separarse adecuadamente -al menos en el momento de la escritura- de la ficción que produce. Nos enfrentamos al planteo del modo de ser autobiográfico de la escritura de Di Benedetto. Estrictamente es imposible pensar que el autor sea a la vez todas sus criaturas de ficciones: «es inconcebible que yo sea Zama y El Silenciero y Caballo en el salitral, al mismo tiempo»44
. Pero indudablemente son formas de asumir las distintas problemáticas que lo preocupan, son formas de vivir -aunque sea vicariamente- otras vidas para probar su humanidad caída. También es una manera de ser diferente, mejor a lo que cotidianamente se descubre. De esta forma la escritura asume -en otro sentido- una dimensión ética porque le permite ser mejor, vivir con más plenitud y riqueza:
Sí podría decir: no he sido todo eso, no he vivido todo eso, pero son formas asumidas al escribir, de lo que hubiera sido, de lo que hubiera querido o necesitado ser. En todo caso, si eso aún no sucedió -y lo estoy concibiendo cuando me encuentro en la profunda soledad del escribir-, lo que estoy haciendo es configurar un pasado o un presente o un futuro donde yo tenga un acto de presencia o pueda hacer tal o cual cosa para asumir otra vida, ya que mi vida es tan mezquina como esta que tengo y nada más... ¿Y cómo construirla si no es con la imaginación y la escritura?45.
En este sentido es que la afirmación «Creo que gran parte de lo que escribí es autobiográfico, aunque lo disimule para que no me descubran, para que no me acusen de torpezas reiterativas»46
adquiere su más completo significado.
Esta presencia casi obsesiva del autor concreto -de sus deseos, necesidades, problemas- en la obra nos lleva a plantear en detalle dos aspectos de la biografía de Antonio Di Benedetto que incidieron de modo clave en su escritura: el periodismo y el exilio.
Periodismo y literatura
Antonio Di Benedetto tiene una fuerte vocación como periodista que confirma claramente en una breve presentación autobiográfica: «Después quise ser periodista. Persevero. Valoro mucho mi trabajo, lo considero muy importante»47
. Incluso su primer contacto con el periodismo es simultáneo al conocimiento de ciertos escritores que influyeron poderosamente en su vida. Durante un viaje a Buenos Aires junto a un tío, poco después de la muerte de su padre, ve por primera vez las maquinarias de un gran diario -Crítica- y toma contacto con la revista Leoplán que lo pone en contacto con la novela y los grandes novelistas48. Algunos años después, durante la adolescencia comienza a trabajar en un periódico semanal mendocino49 y, posiblemente, de esta fecha date su primer esbozo de obra de ficción, El conventillo.
Este contacto prematuro y simultáneo con dos caras del mismo proceso revela una vocación raigal por la escritura, un amor profundo por la palabra escrita en su doble tensión entre la realidad y la ficción, que en el escritor es vivido como una coexistencia armónica entre periodismo y literatura50. Esta ausencia de conflicto le permite, a su vez, vivir de su labor como periodista:
Usted ya sabe que acá nadie puede vivir escribiendo libros, que cada escritor debe ejercer otra profesión [...]. Nuestros escritores son o periodistas, o trabajan para los consumos inmediatos de radio, televisión o publicidad, o lo menos común, son bibliotecarios o profesores. Todas estas perspectivas son, como ya dije, posibilidades de medios de subsistencia, y yo personalmente quisiera agregar que el periodismo y las letras conviven en armonía. Por supuesto que un buen escritor puede ser al mismo tiempo un mal periodista o un libretista de televisión mediocre. Pero la coexistencia es perfectamente posible51.
Esta convivencia entre el periodista y el narrador es fruto de una clara consciencia de las diferencias existentes entre una literatura de ficción y la literatura periodística que debe moverse en el universo de la realidad:
El escritor tiene fantasía en la cabeza. El periodista tiene conciencia de los hechos, no por él mismo, sino porque se le dan. El escritor, en cambio, los hace en su mente. Para redondear: la literatura es verdadera si nos agarra como seres agónicos, si no nos hace creer que somos superhombres, si nos hace ver que somos débiles, si nos impulsa y moviliza la necesidad de la conciencia y del actuar... Este es el rincón de la vida que se llama literatura y que no debe ser confundido con la literatura periodística, que ya no desecho. Lo que rechazo es la confusión entre una y otra52.
Tal separación queda también plasmada en la propia obra donde es común encontrar contrapuestos al periodista y al escritor como puede observarse en el cuento «Falta de vocación»53 y también en su novela Sombras, nada más.
Años más tarde, después del exilio, las extremas experiencias vividas le ayudan a poder distinguir cuáles son los aportes del periodismo a su faz de escritor. En una entrevista concedida en esta época asegura que «el ejercicio del periodismo da una agilidad expresiva y una capacidad de síntesis muy diestra en saber distinguir lo principal de lo secundario»
, además de la fluidez para «describir la vida y los personajes en la literatura»54
. En suma: «el escritor es un periodista que no trabaja sobre el tema que sucedió hoy y que hay que entregar esta noche, para que se publique mañana. El escritor es un cronista, por momentos, redactor, por momentos entrevistador. Es decir que varios aspectos de la profesión periodística están aglutinados en el escritor»55
.
Literatura y exilio
El exilio de Antonio Di Benedetto -al igual que su previo paso por la prisión- es un hecho puntual de su biografía cuyos ecos pueden rastrearse con claridad en su obra final, especialmente en Cuentos del exilio y Sombras, nada más. Se puede afirmar -a juzgar por las múltiples declaraciones de la época- que no significó una ruptura con su concepción de la literatura y el arte, sino por el contrario, reafirmó algunas de las consideraciones claves que hemos visto que constituyen el núcleo de su reflexión poética como la consideración de la literatura como la postulación de una realidad mejor y el concepto de hombre como ser herido por el mal, fundamento de buena parte de su obra.
En primer lugar el exilio es vivido como una experiencia que truncó la continuidad de su producción literaria, pues aunque siguió escribiendo, hay una clara consciencia de las dificultades que esta tarea le impone y de que lo mejor de su obra ya había sido realizado:
La creación literaria me la cortó completamente el exilio. Porque para rehacer algún tema he tenido que intentar un extraordinario esfuerzo mental, anudando datos, memorias, referencia, y sé que si lo hubiera escrito en la Argentina, más cerca del ambiente donde lo viví o conocí las experiencias reales, me hubiera resultado más fiable, mucho más cálido y natural. Así que me ha anulado y me ha perjudicado. Desde luego, me ha exigido invención y en el campo de la invención he hecho algo, pero nada trascendente56.
Es constante la seguridad de que su retorno a la literatura es solo parcial y que su capacidad creadora ya está agotada y que nunca recuperará el nivel de su producción anterior57. Si bien Cuentos del exilio es su primera obra gestada en este periplo europeo, su edición no logra animarlo ni afianzar su inseguridad, pues solo puede escribir cuentos ya que su brevedad así lo permite: «En parte me he recuperado en España. Me he puesto a escribir y nada: no estoy satisfecho ni del estilo, ni de cómo narro ni de nada. Aunque el ponerme a escribir cuentos me ha hecho recuperarme un poco. Si algo me nace adentro con un dictado narrativo, enseguida anoto, y como el cuento es de trámite corto...»58
.
A pesar del título de su obra y de la realidad de vivir fuera de su país, Di Benedetto no piensa que sus cuentos puedan recibir estrictamente el título de «literatura de exilio»:
porque no poseo revanchismo, venganza ni agresión contra nadie. Y no porque las meditaciones del insomnio no me hayan evitado elaborar crueldades muy diversas que merecerían algunas personas que no son dignas de ser nombradas, sino porque justamente el exilio (que para mí significa pérdida de mi casa, de mi familia, de mis libros), lo que me ha creado ha sido el único manantial en el que ya para siempre querría beber, y que tiene dos aguas: las muy límpidas de la comprensión y las muy dulces del amor a la humanidad59.
Sin embargo, existen algunos puntos que estrictamente sí se relacionan con la llamada «literatura de exilio», principalmente el caso del idioma, de la lengua, que reaparece como problemática en la mayor parte de sus declaraciones de la época. La ausencia del país ha significado una pérdida inmensa para el escritor que siente que su narrativa es esencialmente argentina60. Surge aquí el problema del idioma, del lenguaje61, que Di Benedetto vive con profunda angustia, aunque su exilio se desarrolle en España. El mismo autor asegura que si bien ha hecho «grandes esfuerzos por asimilar el español que se habla en Madrid»
esta tarea le ha costado y se ha encontrado siempre «temeroso y vacilante y con la sensación de una escritura inadecuada»62
. Es consciente por ello, de la existencia -si se quiere- de un «idioma de los argentinos», que «posiblemente sea una exageración. Pero no lo es cuando se padecen los matices, sobre todo en el oficio de escribir, en el idioma escrito, principalmente en el periodismo»63
.
El autor y su lector
Estas breves consideraciones sobre la poética de Antonio Di Benedetto no quedarían completas si no se abordara la relación entre el autor y el lector. Un texto temprano, incluido como prólogo a la primera edición de Mundo animal, plantea una ambivalente desconfianza hacia los lectores de su medio. En primer lugar, habla de un lector implícito que debe comprender los resortes de una literatura de la que tiene consciencia no es la más frecuente en el medio provinciano: «En realidad, al principio yo había pensado anotar algo así como una advertencia de que busco poner al lector en el juego de la literatura evolucionada, para internarlo en misterio de la existencia que, si no le planteo, puedo suscitar en su imaginación»64
. Sin embargo, desarrolla a continuación, de modo rudimentario y germinal, el concepto de un lector co-creador de su obra «cada lector, espero, podrá pensar más de lo que pensé al escribirlo»65
, que desarrollará de modo un poco más extenso años después:
Él me tiene que ayudar porque aunque este señor lector no tenga mi imaginación tiene otras imaginaciones. Y como una obra literaria se escribe con múltiples y anónimos destinatarios, todo el conjunto va a formar una obra que, de la mía, va a hacer una más imaginativa, más rica, más fantasiosa, más construida66.
Conclusiones: hacia una poética humanista y ética
Para Antonio Di Benedetto la literatura -experimentada en su doble vertiente de escritura y lectura- es una actividad que le permite autoconocerse y, de este modo, al enfrentarse consigo mismo, percibirse como una realidad compleja que abarca toda la percepción consciente, más el mundo de los sueños y del inconsciente. En este autoconocimiento, se descubre como un ser herido por la maldad, por la falla, por la culpa.
Este hombre -que es el autor pero que en igual medida es el lector y con él todos los hombres- ve dificultada su posibilidad de redención, pues su horizonte religioso se ha oscurecido67. De este modo, una forma posible de trascender y redimirse es la literatura: la escritura es concebida como una confesión del yo, como un modo de esclarecerse y de perfeccionarse al plantear una realidad de algún modo mejor o que por lo menos que lleve en germen la posibilidad de una perfección.
De este modo el autor y sus fantasmas se ubican en el centro de la obra que adquiere una particular dimensión autobiográfica: es un espejo, deformante, de las obsesiones del autor, de lo que es, pero también de lo que temería o desearía ser. Pero de igual manera el lector aparece en el centro de esta obra, invitado a ser co-autor, a pensarse también, a identificarse con las mismas obsesiones, a plantearse de modo agónico su perfectibilidad como ser humano. Así, autor y lector se universalizan en todos los hombres contemporáneos y tanto la obra literaria, como la actividad escritural y también la lectura aparecen como un modo privilegiado de reflexión sobre la posibilidad de construir un mundo mejor para un hombre mejor.