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Carlo Magno en Gerona. Año 778. (Época de la dominación árabe en Barcelona)

Antoni Bofarull i Broca

Pilar Vega Rodríguez (ed. lit.)

El ejército de Francos y Catalanos duerme fatigado al pie de los muros que coronan las tropas de Mahomet. Todos los que descansan al sereno no tienen más sueño o ilusión que el deseo de la próxima venganza y el recuerdo de la cruda batalla que les ha hecho bajar de la sierra de Rams, donde se habían acampado el día anterior. Solo Carlo-Magno reposa tranquilo en su tienda, con el dulce sueño que el cielo le envía, presentándole la victoria que ha de alcanzar en aquel llano1.

-Duerme, duerme, orgulloso caballero -dice Mahomet, que vigila desde el muro-. Ya puedes reforzarte descansando, que los míos no ceden ni partidos, pues no temen tus lanzas ni tus cruces. Hoy llegarán de Córdoba más huestes, y mañana el Espanto de la Europa se humillará a los pies de mi caballo. Para ti no hay ya cielo ni esperanza: tu cruz es para mí menor que nada2.

El gran rey sigue durmiendo junto a su gran caballo negro que aún muestra las crines salpicadas con la sangre y la espuma de que se cubriera en Rams. El campamento sigue quieto también, y solo se levanta una vez al día para comer unas cuantas yerbas y pan, volviendo a dormir después, para hallarse así más ágil cuando el cielo disponga la batalla; sin embargo, ni un soldado cierra los ojos en tal caso que no haya abierto los oídos para escuchar antes las palabras que el Emperador dirige entonces a sus huestes3. —15—

-Esperad y sufrid, que Dios nos guía. Creed que el alto cielo nos ayuda, y que con nuestra cruz se vence todo.

-Pues sin verla en el cielo no la temo -responde a gritos el confiado moro-: Para ti no hay ya cielo ni esperanza, y es tu cruz para mí menos que nada.

A pesar del coraje que infunden las palabras del moro en el pecho de Carlos, este no se decide a pelear, porque ve que falta pan a sus soldados, que no acuden los condes feudatarios en su ayuda, ni espanta ya la cruz a los infieles, que son diez por cada uno de los suyos. En tal estado no queda más recurso que la oración: quizá por ella logrará desalojar el Emperador a los infieles de Gerona, antes que el sol desaparezca.

«Señor, vos que en el centro de la noche habéis pintado hermosa y esplendente una aurora de gloria ante mis ojos; que habéis rodeado el lecho donde lloro con el verde laurel de la victoria; que habéis mostrado en sueños a mi ejército vuestra divina cruz bella y triunfante; mostradme ahora la verdad que buscan mis ojos con mi pecho y con mi mente. ¡Señor, misericordia! haced que pueda dar alimento y gloria a mis soldados, que acudan a mi ayuda mis amigos y ante la cruz se humillen mis contrarios... ¡Cambiad en verdad mi feliz sueño!»4.

El ejército cristiano vuelve a descansar tranquilo sobre el campo; los guerreros abren a veces los ojos durante la vela, con el recuerdo de sus hijos y de sus hogares; pero pronto se desvanece tal idea a la sombra de la venganza próxima, que vuelve a cerrarles los ojos y a despertarles el corazón. La venganza borra hasta la ternura, y, en tal estado, el guerrero que es padre forma solo sus placeres con los objetos que le rodean; la tierra y el escudo son la cama, la espada la única esposa con quien duerme abrazado, el cielo el único techo de su albergue, el ejército la única familia que le acompaña, y el fuego de la venganza el único hogar donde se calienta el pecho recordando las glorias ya pasadas. —16—

-Trap, trap, trap, trap...

-¡Oh, qué alegría! ¡Arriba, mis soldados! -Carlo-Magno da este grito al oír las pisadas de un caballo, cuyo eco retumba más grato en su corazón que el chasquido de una espada a los oídos de un guerrero, cuando con ella se parte el cráneo de un contrario.

-Trap, trap, trap, trap...

-¡Afuera los cuidados! El cielo ya ha escuchado nuestros votos.

El rumor que ha hecho nacer la esperanza en el pecho de Carlo-Magno, infunde temor al vigilante moro, pero al observar la causa Mahomet desde su torre, recobra de nuevo espíritu y maldice a su infundada desconfianza.

-¡Ah!..., malaya el miedo. Solo veo un corto pelotón de unas cien lanzas, y a su frente un imbécil caballero... ¡Qué refuerzo!... Bien puedes, Carlo-Magno, esperar a tus condes feudatarios que en la fiesta de mayo te acompañan, pues se durmió su honor como tu ejército. Por demás es, ¡oh Rey!, la copa de oro y esa Virgen de plata5 que, colgada del arzón de tu silla, te protege. Mañana he de beber con la primera en medio de mi harem6, y una coraza he de mandarme hacer de la segunda para guardarme el pecho de tus dardos. Lo que te conviniera es sangre y fuerza, y tal socorro el cielo no lo envía7...  

-Trap, trap, trap, trap...

Carlo-Magno ha salido de su tienda para ver al caballero de las cien lanzas que viene en su ayuda.

-¿Quién es el caballero que se acerca?... ¡Oh! ven, ven a mis brazos, caro amigo, fiel e invencible Arnald de Cartella8, ven con tu unquela9 roja y tus cien lanzas que así darás alivio a mis valientes10.

Al cruzarse los brazos de Cartella con los del Rey, el ejército dormido recobra nueva vida, y más al ver los víveres que vienen con la hueste ayudadora; cada cual alarga una mano a alguno de los nuevos compañeros y con la otra se aferra a la empuñadura de su espada, con la idea de —17— que ya empieza el asalto. Valientes guerreros hasta la gloria de su misma espada envidian, al pensar que ha de ser primera en el triunfo que sus manos.

Los sitiadores ya se han reforzado con el alimento y la amistad de los nuevos caballeros; solo falta que les hable Carlo-Magno.

-¡Al arma, mis valientes! Nuestra sangre ya tendrá desde ahora mayor vida. Hoy verá Mahomet la cruz con sangre, hoy será una verdad mi feliz sueño, y mañana... triunfantes en Gerona ofreceréis conmigo a la cruz santa11, nuestra guía y patrona e igualmente las joyas que yo llevo y vuestras armas. Mañana mostraré a la edad futura la fuerza de la cruz porque peleo, grabando de tal modo su gran nombre que ya jamás se extinga en esta Marca12.

Entretanto vosotros, mis soldados, podréis buscar el labio de la esposa o saciaréis vuestra arrogancia, exótica y sublime a la par, jugando alegres con los sangrientos cráneos de esos perros.

Apenas había dado fin a su discurso Carlo-Magno, cruzando las manos y alzando la vista al cielo, que empezaba a mostrarse más sereno a medida que el sol se trasmontaba, cuando de repente vino a cubrirse la ciudad y  el campo de un color rojo y sangriento, al través del cual  se veía caer una lluvia de sangre, y entre cuyas oscuras  gotas aparecía brillando y radiante de hermosura una santa cruz, que, llena de esplendor y majestad, se ostentaba  sobre la cúpula del alcázar mahometano13.

Al contemplar tal milagro, sitiadores y sitiados callan por un momento, y solo rompe en seguida su silencio la voz de Mahomet que se levanta sobre el muro.

-No me espanto por esto, Carlo-Magno. Tan solo por la fuerza has de vencerme, porque prefiero ser antes rey muerto, que vasallo con vida14.

La respuesta que dio a estas palabras el Rey del sitio fue un repentino estrépito de trompas y bocinas, un choque inesperado de espadas, lanzas, piedras, y máquinas. Bien —18— pronto, entre gritos de vivos, ayes de moribundos, voces de mando e invocaciones, se vieron temblar las torres y los muros como espantados de la poderosa respuesta. Todo es confusión...

-Ya no hay murallas Todo es gloria y poder...

-¡Ya no hay infieles! Oíd a Carlo-Magno en el asalto.

-¡Adentro, mis valientes! ¡Ea!, ¡adentro!... Ni uno ha de quedar... mas... sí, uno solo... uno para que cuente mientras viva, si hubo para mí cielo y esperanza, y si con nuestra cruz se vence todo.

Al día siguiente de la batalla, Carlo-Magno, al lado del valiente Arnaldo de Cartella, cumplía sus promesas en Gerona; y a la puerta del alcázar, que entonces le servía de palacio, lloraba un moro de rabia y gratitud al mismo tiempo. Era el Wali Mahomet que, perdonado por Carlos en el sitio, admiraba la magnanimidad del Rey y el milagro de la cruz15.

FUENTE

Bofarull i Broca, Antoni, Hazañas y recuerdos de los catalanes, Barcelona, Juan de Oliveres, 1846, pp. 14-18.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.