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El director y la estrella

No vamos a descubrir nada nuevo. Vamos, en verdad, a repetir un tópico. Pero un tópico no siempre tenido en cuenta. Un tópico que frecuentemente se olvida, incluso por aquellos que debían tenerlo más presente. Un tópico que, como todos los tópicos a veces, resulta útil recordar ahora. Un tópica que nos viene muy bien.

Cada película es, o debe de ser, una obra de arte. Esta obra de arte la realiza un hombre. Este hombre es el director. El director posee unos cuantos elementos bajo su mano de cuya precisa y acertada combinación surge la obra de arte, el logro estético, el milagro. Estos elementos son de variada índole y de difícil, caprichosa e innecesaria jerarquización. Estos elementos son la luz, el sonido, los actores, los decorados. Todos estos elementos sumisos están por un igual a las órdenes del director: con ellos ha contado su intuición al obrar en el momento de la creación estética.

Los actores no se escapan a esa ley. No son algo aparte. Los actores son un elemento más en el engranaje.

Su eficacia estética depende del director. El producto del actor, diríamos el gesto, y el producto por ejemplo, del decorador, el decorado, están al servicio del director, de igual manera.

Por eso, no podemos ante una película separar director, actor y film, como tres objetos de atención y por consiguiente de juicio25. No hay más que un posible objeto de atención y de juicio: el director.

Pese a la propaganda y pese a las portadas de las revistas de cine.





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