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ArribaAbajoEl cine en el papel


ArribaAbajoUn Rey en Nueva York

Un Rey en Nueva York

Desde hace cuarenta años, en los que un mundo en guerra vio revelarse su genio, cada nueva obra de Charles Chaplin ha sido un acontecimiento no sólo para el cine, sino para todas las demás artes y para la cultura humana en general, como acaba de demostrar una vez más su nuevo film Un Rey en Nueva York, cuyo estreno ha tenido lugar en Londres y que pronto será presentado en las demás capitales del mundo.

En esta obra Chaplin ha trabajado desde su triunfal llegada a Europa, en el otoño del 52. Después del triunfo de Candilejas Chaplin se instaló en su tranquilo retiro de Suiza y durante más de tres años trabajó en poner a punto el argumento. En el año 56 el film fue realizado durante diez semanas en los estudios londinenses de Shepperd Bush. La primera versión de la obra fue mostrada a un   —24→   grupo de amigos íntimos, en octubre del 56. Pero nadie es más exigente con Charles Chaplin que él mismo: su crítica descubre siempre nuevos defectos en sus obras. Pasó un año antes de la presentación en público de Un Rey en Nueva York. Todo este año estuvo dedicado a la revisión del montaje sonoro (en Londres y en París) y a la grabación de una partitura musical, compuesta por Charles Chaplin (dirigiendo él mismo la gran orquesta que la ejecutó).

Cada nueva obra de su genio trae una sorpresa. Los grandes creadores se renuevan sin cesar. Uno se asombró, en 1952, de que Candilejas fuese una tragedia desgarradora donde lo cómico no tuviese apenas sitio. Algunos, en 1957, se han sorprendido de que Un Rey en Nueva York mantenga constantemente el tono de una farsa con breves pinceladas dramáticas. En su penúltimo film, Chaplin justificó unas palabras del crítico de arte Elie Faure, paradójicas cuando fueron escritas hacia 1920; en Candilejas se mostró el Shakespeare del siglo XX; con Un Rey en Nueva York Chaplin nos recuerda que también es nuestro Molière y que hace reír de la misma manera que el gran escritor francés cuando representaba e interpretaba Le bourgeois gentilhomme o Le malade imaginaire, esas comedias bufas.

El público inglés, con su asistencia y sus risas sin fin, ha desacreditado a ciertos críticos de los grandes periódicos que, después de una proyección privada antes del estreno, pusieron mala cara y despreciaron este film por razones de las que la política no estaba ausente. Un Rey en Nueva York es un film cómico, excepcionalmente singular, y así es como hay que tomar esta sátira atrayente, ligera, locamente divertida y llevada a un ritmo que recuerda las viejas obras maestras de los films de persecuciones.

Un Rey en Nueva York

Max Linder, el gran actor francés del que Chaplin se ha reconocido siempre alumno, apoyaba, antes de 1914, su comicidad en su porte elegante, en su aspecto   —25→   de gentleman: el público se reía mucho más cuando una tarta de crema era lanzada contra su sombrero de copa que si hubiera sido aplastada contra el sombrero hundido de cualquier payaso mal vestido.

El hombre que llega, al principio del film, a Nueva York, es más que un gentleman. Es Un Rey en Nueva York, este soberano de la imaginaria Estrovia, destronado (nos dice de paso) por haber querido utilizar el átomo para fines menos asesinos que las bombas. Este Rey Shahdov10 es la dignidad personificada, con sus cabellos blancos, su gorro de astrakán, la elegancia de su traje, la presencia de su Primer Ministro y de su Embajador. Los representantes de la prensa y de la radio están allí para recibir al monarca. Y ya le tenemos lanzado a un discurso en que la convicción supera los deberes de la cortesía. Saluda a la tierra de la libertad... mientras los agentes de la inmigración americana le van ensuciando, uno tras otro, todos los dedos para tomarle las huellas digitales...

Esta tarta de crema no sería extraña si este «emigrante» fuese un pobre hombre. Pero se trata de un Rey. Y la risa estalla en este primer minuto... principio de una reacción en cadena que en seguida dejará al espectador casi ahogado por sus sucesivas crisis de hilaridad, con la mandíbula y el vientre doloridos por haber sido sacudidos por la risa con demasiada frecuencia.


El Rey se instala en el Hotel Ritz en un apartamento digno de su rango. Pero antes de las veinticuatro horas, transcurridas en conocer Broadway, los clubs nocturnos, el rock and roll y el supercinerama, el infortunado monarca ha perdido su Reina, su Primer Ministro y (lo que es peor) el Tesoro, que él creía seguro en un banco.

Un Rey en Nueva York

Desconociéndose aún su triple desgracia, las invitaciones llueven sobre el Rey. Las rechaza todas, menos una, porque una dama de la alta sociedad neoyorquina le ha enviado como embajadora una bellísima mujer, vecina del Rey en el Hotel Ritz. Por un azar cuidadosamente preparado, el Rey penetra en la sala donde la encantadora criatura prepara su baño, y queda tan enajenado con este encuentro que se mete en su baño completamente vestido, mirando por encima de los grifos niquelados un aparato de televisión último modelo, en el que   —26→   un limpia cristales automático (último grito del confort) hace desaparecer cualquier gota o cualquier rastro de vapor de agua.

Un Rey en Nueva York

La televisión es precisamente el oficio de la hermosa mujer (Dawn Addams), que consigue el éxito más sensacional de su carrera. Instala para la cena de honor del soberano una cámara de televisión, cuidadosamente camuflada, y le ruega al Rey que recite el monólogo de Hamlet. El Rey recita convencido el monólogo, y no nota nada, sino que su hermosa vecina se empeña en alabarle, en un tono tierno y penetrante, las virtudes de una pasta dentífrica.

Entre tanto, su imagen, insertada en una emisión publicitaria, aparece en diez millones de hogares americanos. El Embajador de Estrovia, que ha estado a punto de morir de susto, arrastra a su soberano a un acto más digno de su realeza: la visita a una escuela, último modelo, donde los alumnos no tienen impuesto ningún programa y hacen exactamente lo que les da la gana.


«Un muchachito insoportable y un sombrero transformado en pastel de crema, estos mismos 'gags' ya se han visto hace cuarenta años en Sunnyside ('Un idilio campestre')», han dicho a propósito de este episodio ciertos críticos que se emperran en atacar a Chaplin y su último film con todas las razones que pueden.

Pero otros infinitos detalles se han encontrado repetidos en muchos films de Chaplin. Monsieur Verdoux, en 1947, «escuchaba el mar» en una concha de la misma manera que treinta años antes Charlot en Sunnyside. Recordar esto es tanto como reprocharle a un cómico de plagiar a Aristófanes, a la comedia del Arte o a Molière porque se burla de los maridos engañados...

Un efecto parecido por su mecanismo toma un sentido muy distinto según los personajes y las situaciones donde sea empleado. Una bofetada no es lo mismo que la reciba un ladrón, un amante, un marido, una mujer hermosa, un asesino o un Primer Ministro.

El gorro de astrakán del Rey es aquí la insignia de su dignidad, casi su corona (para ceremonias de segunda fila) y es de este gorro, y no del sombrero hongo de Charlot, del que se burlan los muchachos. Y en cuanto al muchachito (notablemente interpretado por Michael Chaplin, su tercer hijo) es insoportable   —27→   de una manera muy particular: explica al Rey su concepción de la Libertad y de la democracia con toda la convicción de sus diez años y con citas de Carlos Marx, no mal traídas a cuento. El Rey, aturdido, descubre un mundo mal conocido por él.


Le cuesta muy caro vivir en el Hotel Ritz y el soberano destronado no tiene dinero. La hermosa mujer le convence de hacer como ella: alabar en la televisión las virtudes de cualquier marca famosa. Por 50.000 dólares la marca de whisky «Royal Crown» paga a un verdadero monarca para que alabe su alcohol en la televisión. Y si el Rey aceptase aparecer con la corona en la cabeza, sería mucho mejor; pero el Rey rechaza la idea. No se insiste. Pero se le instala en un decorado de Palacio Real del mejor estilo Hollywood, con armaduras, maderajes, armarios. Todo está listo. Su Majestad aparece en diez millones de pantallas de receptores americanos. Pero entonces se atraganta al beber su vaso: jamás había probado este whisky ni ningún otro. El alcohol le quema la garganta, le hace llorar, le ahoga.

Catástrofe, piensa el agente de publicidad, que hace interrumpir la emisión. Catástrofe, piensa el Rey, que cree le van a reclamar sus 50.000 dólares. Pero cincuenta millones de telespectadores han quedado encantados. Se le propone un nuevo anuncio: alabar las virtudes de una crema rejuvenecedora.

Para quitarle sus arrugas, un especialista de cirugía estética le extiende la piel por medio de fuertes costuras detrás de las orejas. Y el desgraciado se encuentra, con la cara inmóvil y sin expresión, incapaz de reír, bajo la amenaza de resquebrajarse la piel del rostro. Pero en un cabaret un número es tan cómico, que el Rey no se resiste más y ríe. Las costuras estallan y él recobra su antigua cara.

Después recoge, por una noche, al muchachito discurseador, que un quidproquo hace pasar por su sobrino. Y ya tenemos al Rey acusado de ser un «Rouge»: los padres de la criatura han sido perseguidos por algún Mac Carthy y condenados a prisión. El Rey es a su vez convocado por la Comisión de Actividades Anti-Americanas y coge tal miedo que comete una torpeza y se presenta delante del Tribunal arrastrando una manga de incendios, con la que, a pesar suyo, riega a sus jueces... A pesar de todo es declarado inocente de los «crímenes» de que se le acusaba. Sin embargo, prefiere abandonar América.


El Rey Charlie, el Rey Charlot. Así se le llama a Chaplin en Inglaterra durante los años 20, triunfales para él. Y su madre, Hannah, cuando pudo por fin estar junto a él en los Estados Unidos, no le llamaba nunca Charles, sino El Rey. Charles Chaplin, en su último film, posee casi naturalmente la majestad.

En Monsieur Verdoux (1947) compuso su personaje con cuidado, una especie de anti-Charlot, utilizando los recursos del maquillaje. En Candilejas encarnó a Calvero con su propio rostro, tal como es en su casa; porque se trataba (entre otras cosas) de un soliloquio sobre la condición de un viejo actor cómico que era aun en cierta manera, sino Charlot, al menos el intérprete de Charlot. Hoy es otro ser.

Otro ser en la medida en que la criatura no se parece a su creador. «Cesad, Charles Chaplin, de ocultaros detrás de vuestro personaje, detrás de ese muchacho»,   —28→   gritó en Londres un periodista durante la presentación del film a la prensa, en la escena en que el Rey Shahdov11 escucha, en la escuela ultramoderna, al muchacho que es en la vida su hijo Michael Chaplin.

Es precisa mucha mala fe para atreverse a dirigir tal reproche a su creador. «La Bovary soy yo»..., decía Gustave Flaubert. Tolstoi hubiera podido decir lo mismo de Ana Karenina, de Natacha o del Príncipe Andrés... Un gran artista pone siempre mucho de sí en sus personajes (buenos o malos, positivos o negativos). El genio es aquel que crea su universo. Chaplin es el Rey Shahdov12 como fue a la vez Calvero y Terry (en Candilejas), Hitler y un barbero judío (en El gran dictador13), el obrero y la chica (en Tiempos modernos14), Charlot y su compañero gordo (en La quimera del oro), el vidriero y el chico...

Pero nadie crea «su universo», «sus» personajes, sin tomarlos, también y en primer lugar, del mundo real, de una sociedad dada y de un momento dado de la historia. Tiempos modernos, La quimera del oro o El gran dictador15 tuvieron en 1935, en 1925 o en 1940 millones de admiradores, porque estos films reflejaban, en algún sentido, una preocupación mayor, común a la mayoría de los hombres. Así en 1957 el público de todo el mundo aclamará la obra de quien decía en Londres durante una conferencia de prensa: «Mi film no es de ninguna manera un film serio. Lo he concebido como un film cómico (comedy). Sin embargo, tiene un contenido serio que corresponde, pienso, al mundo del siglo XX».

Este film no pertenece a nuestra segunda mitad del siglo solamente, por ser una sátira (sin ninguna acritud o mala intención) de la Televisión Americana y de sus inverosímiles hábitos comerciales que utilizan a Beethoven o a Shakespeare para alabar los efectos de unas píldoras purgativas. Le bourgeois gentilhomme, con sus «gags» bufones (para hablar en el lenguaje de nuestro siglo) tenía por asunto profundo el conflicto entre la nobleza de sangre y un comerciante enriquecido.

Un Rey en Nueva York, film cuya acción dramática está admirablemente planeada, tiene por tema el conflicto entre un ex monarca europeo y una concepción de la vida como un negocio (la «American Way of Life») y más ampliamente entre dos concepciones de la «libertad». «Por muy rey que usted sea, usted es un verdadero demócrata», dice una réplica del film.

Un Rey en Nueva York

Chaplin, en sus conferencias de prensa, cuando los periodistas le preguntaban por el espíritu de su film, declaraba: «He hecho mi film para hacer reír. América   —29→   es lo suficientemente fuerte como para soportar la sátira. Yo no soy ni un intelectual, ni un político, sino un no-conformista y, sobre todo, un incorregible romántico. Nunca he atacado a los Estados Unidos, sino sólo a una minoría dañina. ¿Debía dejarme abofetear e insultar sin reaccionar? Mi film no constituye una propaganda política, pero quiere mostrar como nosotros la vemos en nuestras almas, la lucha de los seres humanos. No creo de ninguna manera que la atmósfera envenenada de la 'caza de brujas' haya corrompido profundamente y definitivamente a América. Mi film no está concebido para perjudicar a los Estados Unidos. Cree servirlos y no causarles mal».

Este reyezuelo, venido del fondo del mundo y del fondo del tiempo a Nueva York es en el fondo un Don Quijote moderno que se lanza no contra los molinos de viento, sino contra la humanidad que habita en ciertos rascacielos. Quizá es el último humanista, pero en su combate, que va más allá del humanismo tradicional, lucha por la mayoría de los hombres en contra de una ínfima minoría de dignatarios perseguidores.


«Mr. Chaplin satiriza el Maccarthismo», escribe el crítico del Times (11 de septiembre del 57). Pero creyendo reducir la sátira a la bufonada, escribe: «el gag de la manga de riego hubiera podido aparecer en cualquier película cómica Keystone», aquellos films burlescos que realizaba hacia 1914 Mack Sennett.

Su tono pontificante se codea con el de Boileau, escribiendo en el siglo XIII, después de Les fourberies de Scapin, este dístico (que le ridiculizó a él mismo):


«En el saco ridículo en el que Scapin se envuelve.
No reconozco al autor del Misántropo».



Molière seguía siendo Molière, con su saco, como Chaplin sigue siendo plenamente Chaplin, enredándose con una manga de riego -se necesita tener mala fe para asimilar esta manga de riego a la del «Regador regado», en el viejo film que Louis Lumière realizó en 1994.

Pues esa manga es para él, bajo una forma extremadamente cómica, el símbolo (casi viviente) de la ansiedad, en que le han puesto la citación firmada por algunos Mac Carthy. Después el rey se hace un lío, como si fueran lazos o cadenas y este macarrón gigante se convierte en una serpiente que se enrosca a sus pasos, señalándole a la venganza pública. En fin, una vez blandida como la antorcha, por la libertad, iluminando al mundo, la manga se llena de agua Y riega al tribunal, vengando al mundo y a la opinión pública, como Chaplin los vengó a su manera del fascismo, mostrando (entre otras cosas) a Mussolini y a Hitler tirándose tartas de crema a la cara.

Cada «gag» ultracómico de Un Rey en Nueva York posee en el fondo un significado serio. Como en toda verdadera e importante sátira la risa arrastra todo, incluso la amargura. Cada broma, por extravagante y burlesca que sea, se funda sobre una observación amplia y apasionada de los hombres, con sus cualidades y sus defectos.

Así, en estos ciento cinco minutos de espectáculo cómico no desentonan los ciento cincuenta segundos, verdaderamente trágicos, del film. Un niño se tapa con el brazo la cara, llena de lágrimas, porque para salvar a sus padres se ha   —30→   visto obligado a denunciar a sus amigos a los maccarthytas. Es en verdad, ésta, una imagen conmovedora de nuestro tiempo, que emociona violentamente al público. Pero este drama está inscrito como una filigrana imperceptible, pero presente, en la trama total de la obra cómica.

Una gran obra cómica, digna en todos los sentidos de los otros films de Chaplin, hayan sido comedia, drama o tragedia; tal es este Un Rey en Nueva York. La marca de hilaridad pública rápidamente ha arrastrado las ridículas reservas de ciertos «grandes diarios». El nuevo Don Quijote ha vencido, ganándose a su partido a los hombres que ríen. La vuelta al mundo de su nuevo film no será menos gloriosa que la de El chico, Luces de la ciudad, La quimera del oro o Tiempos modernos, esas grandes obras maestras clásicas.

De esta manera, a los sesenta y ocho años, continúa su lucha victoriosa por la justicia y la libertad, Charles Spencer Chaplin, ese paladín moderno, ese caballero defensor de todas las justas causas, ese noble servidor de los hombres.

GEORGES SADOUL