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ArribaAbajoLa venganza

Fragmento de la Secuencia VIII del guión de La venganza, original de Juan A. Bardem


DE CÓMO LA DESESPERACIÓN HIZO QUE SANTIAGO EL VIEJO, TOMARA POR MONSTRUOSOS ENEMIGOS LO QUE NO ERAN SINO MÁQUINAS

ESCENA 75 - (Ext. Día.)
Planos: (4) 387-388-389-390.

Bajo el alto sol de la mañana la cuadrilla de Luis, «El Torcido», continuó su marcha por un camino polvoriento, entre rastrojos resecos. A veces su paso, su pura presencia, una piedra que lanzaban, un grito, hacía levantar el vuelo a una bandada de pájaros negros. Era otra vez la marcha maldita, bajo el sol, el canto ya insoportable de las chicharras, el polvo, la sed. Era otra vez esa mirada, un poco enloquecida, agazapada en el fondo de los ojos. Marchaban juntos e iban separados, en silencio, cada uno pensando en sus cosas. El chico caminaba y veía el mundo, la tierra desolada y seca, el horizonte de bruma caliente. Juan Díaz veía el camino, ese camino que no llevaba a ningún lado, como no fuera a su enemigo. A su lado Andrea marchaba en silencio y de vez en cuando miraba a Luis, «El Torcido», y lo miraba de otra manera, con cierta dulzura hasta ahora desconocida. Una vez Luis, «El Torcido», se volvió hacia ella y la miró con una sonrisa un poco cansada, algo triste, ciertamente animosa. Juan Díaz vio esa mirada y cualquier cosa que entonces pensara nadie lo podía saber, porque ni un solo músculo de su cara se movió; nada nuevo brilló en sus ojos. Luis, «El Torcido», se volvió y miró delante de él a esa tierra grande, abierta, llana, seca y solitaria, que se le venía encima. Santiago, «El Viejo», marchaba a su lado; una luz desesperada en sus ojos, una rabia profunda en su semblante. Santiago, «El Viejo», miraba al horizonte, quería ver las tierras buenas donde aún el trigo les esperaba, dorado, caliente, balanceándose al aire de la mañana. «El Tinorio» no iba con la cuadrilla. No se le veía por ningún lado.

Luis, «El Torcido», sacó su petaca y antes de servirse se la pasó al Viejo, que la rechazó con un gruñido. Luis, «El Torcido», le preguntó:

LUIS: ¿Dónde dices que nos espera «El Tinorio»?

VIEJO: En el cruce con el camino de Fuenllana.

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LUIS: ¿Falta mucho?

VIEJO: No.

Siguieron caminando unos pasos, envueltos por todo ese sonido abrasado de la tierra seca. Luis, «El Torcido», lió su cigarro.

LUIS: Viejo: ¿tú cree que «Tinorio» nos habrá encontrado faena?

Pero «El Viejo» no contestó. Caminaba con esa voluntad desesperada, como si tuviera ganas de empujar el horizonte y llevarlo más allá de las tierras donde el trigo aún estaba en pie. Luis, «El Torcido», le llamó otra vez.

LUIS: ¡Eh, tú!

Santiago, «El Viejo», contestó sin mirarle.

VIEJO: Yo no creo nada.

Luis, «El Torcido», le miró con extrañeza y no dijo nada más. La cuadrilla siguió caminando en la llanura, bajo el sol terrible del verano y la meseta.

ESCENA 76 - (Ext. Día.)
Planos: (5) 391-392-393-394-395.

Al mediodía la cuadrilla se acercó hasta el cruce del camino que traían con otro que, saliendo de éste, torcía hacia un pueblo que se veía a lo lejos, en la falda de una colina blanca y corroída por la erosión. No había ni un árbol, ni una sombra, ni un amigo. Nada donde cobijarse de ese calor, de esa luz. La cuadrilla llegó al punto donde tenía que encontrarse con «El Tinorio», y esperó. Maxi y Andrea se sentaron en el suelo. Los otros tres esperaron a pie firme. Nadie habló. Se podía oír llover el fuego del cielo sobre la tierra solitaria.

A poco surgió una polvareda en el camino de la Fuenllana, que no otra era esa vereda que allí mismo nacía, y pronto se acercó hasta los segadores una caballería, sobre la que cabalgaban dos jinetes, y resultó que uno de ello era Pablo, «El Tinorio». Y así, mientras se acercaba hacia ellos, fue creciendo en todos el anhelo y la esperanza de las buenas noticias que el corazón de cada uno deseaba. Maxi se incorporó y también Andrea, y los hombres se miraron entre sí, y Santiago, «El Viejo», miraba y remiraba. Y cuando «Tinorio» agitó el brazo a guisa de saludo, los ojos de Santiago, «El Viejo», se alegraron y creyeron lo que su ilusión deseaba. Pronto estuvo «El Tinorio» cerca de ellos y al tiempo que el de la mula paraba el animal «El Tinorio» descabalgó y después de cambiar unas palabras con el jinete se despidió de él, y mientras el de la mula volvía grupas y trotaba hacia el pueblo, «Tinorio» se acercó a los suyos, que le esperaban como agua de mayo. «Tinorio» sabía esto y no se atrevió a decirles la mala nueva de buenas a primeras. Así que llegó hasta ellos y todos, menos «El Viejo», pudieron notar en su forma cautelosa de acercarse y en ese no mirarles a los ojos, que las cosas no salían como el deseo de cada uno pintaba. Sólo «El Viejo» no veía otra cosa que su esperanza y acercándose a «Tinorio» y cogiéndole por un brazo, le preguntó:

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VIEJO: ¿Qué?

TINORIO: Nada. No hay trabajo.

Y diciendo esto se separó de él. El desencanto en todos fue grande y más que en ninguno en Santiago, «El Viejo». Luis, «El Torcido», miró a su gente, tan desencantada y rendida, allí, bajo ese sol. Hizo un esfuerzo para infundirles ánimo.

LUIS: Bueno. Ya lo habrá.

Y luego comenzó a andar y volviéndose a todos dijo:

LUIS: ¿Vamos?

Y lentamente la cuadrilla se puso en mancha tras él. Venía el último Santiago, «El Viejo», los ojos encendidos, como si tuviera fiebre.

La cuadrilla salió otra vez al camino grande y se alejó hacia el horizonte, en medio del enloquecido clamor de la tierra, ardiendo bajo el sol del mediodía.

ESCENA 77 - (Ext. Día. Atardecer.)
Planos: (6) 396-397-398-399-400-401.

Un auto pasó dando tumbos y levantando una polvareda que ocultó un momento a los segadores, sentados al borde del camino. Andrés, «El Tenorio» y Luis, «El Torcido», se quedaron mirando a ese auto, que se alejaba. Santiago, «El Viejo», no se dignó siquiera a volver la cabeza. Estaba como ensimismado, la mirada fija en algún punto, los ojos llenos de una fiebre extraña. Cuando desapareció el ruido que ese motor había abierto en el silencio del campo, cada uno de los segadores recuperó su postura y nadie habló. Parecía como si la tierra estuviese vacía y muerta, como si sólo existiesen el sol y las chicharras. «El Tinorio» se entretenía en tensar las cuerdas de su guitarra y el silencio estaba como punteado por esas vibraciones. En esto Andrea se puso en pie Y señalando algo, dijo:

ANDREA: Ahí vienen.

A lo lejos venían corriendo por la ladera, bajando hacia ellos, Maxi y Juan Díaz. Santiago, «El Viejo», no se movió, ni se inmutó siquiera, ni miró tampoco. Luis, «El Torcido». se levantó y dijo para sí mismo, con resignación:

LUIS: A ver qué dicen.

«El Tinorio» terminó de arreglar su guitarra y también se puso en pie. Llegaron entonces hasta ellos Maxi y Juan. Venían jadeantes, por la carretera. Se pararon delante de sus compañeros y antes de que cogiesen el resuello y hablasen, ya sabían todos que no había trabajo para ellos. Todos, menos Santiago, «El Viejo», siempre resistiéndose a perder la esperanza. Maxi habló el primero y Juan corroboraba, negando con la cabeza:

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CHICO: Nada. Han traído máquinas.

Santiago, «El Viejo», se puso en pie y miró al Chico, como si éste tuviese la culpa de todo.

VIEJO: ¿Máquinas?

El Chico asintió. Santiago, «El Viejo», masculló una maldición que nadie pudo entender y sin decir una palabra más echó a andar camino adelante. Luis, «El Torcido», miró a los suyos. No sabía qué hacer. Preguntó:

LUIS: ¿Entonces?

Juan intervino. Se había acercado al borde del camino y recogía sus cosas Se volvió para decir:

JUAN: Nos han dicho que seguramente encontraremos siega en San Carlos del Valle.

CHICO: Pero tendremos que darnos mucha prisa.

TINORIO: ¿Por qué?

JUAN: Los gallegos llegan siempre hasta ahí.

CHICO: Si no están ya.

Y con estas noticias y sin que nadie dijese nada, toda la cuadrilla se puso en marcha y comenzó a andar a buen paso. Santiago, «El Viejo», iba bastante delante de ellos. Luis, «El Torcido», le llamó para que le esperase.

LUIS: ¡Eh, Santiago!

Pero «El Viejo» no hacía ningún caso. Iba andando, la vista fija en algo y como llena de rabia. Caminaba con grandes pasos, que le resonaban en la nuca. Y siempre con esa crispación en el rostro. Hablaba solo. Se veía cómo movía los labios, aunque nadie hubiese podido entender lo que decía. Una vez pareció que decía la palabra «máquinas». Detrás de él venía, a buen paso, el resto de la cuadrilla. Tras ellos, la raya del horizonte se enrojecía ya con el crepúsculo y se instalaba sobre la tierra el primer silencio del atardecer. Y así, mientras la luz declinaba y teñía toda la llanura, la cuadrilla siguió su marcha.

ESCENA 78 - (Ext. Día.)
Planos: (4) 402-403-404-405.

Los segadores trabajaban. Era una cuadrilla muy grande, de las más grandas que nunca se habían visto. Lo menos veinte hoces. Eran gallegos. Uno de   —47→   ellos se incorporó un momento y gritó hacia esa pequeña cuadrilla que estaba abajo, al borde de la mies, hablando con el mayoral de estas tierras.

GALLEGO: ¡Eh, segadores!

«Tinorio» sólo levantó la cabeza para mirar al que así gritaba y porque no dijeran movió el brazo, en señal de saludo. Tanto correr para nada, para encontrarse a los gallegos ya instalados en la siega. Luis, «El Torcido», estaba hablando con el Mayoral, que llevaba una yunta de mulas. Los otros segadores escuchaban tres pasos atrás. Santiago, «El Viejo», no veía nada. Cada vez estaba más metido dentro de sí mismo y la fiebre de sus ojos aumentaba por momentos y ahora era ya casi un odio desesperado a todo.

MAYORAL: Es mala suerte. Total por unas horas...

Luis, «El Torcido», suspiró, encajando el golpe.

LUIS: Mala suerte, sí.

Se quedaron un momento en silencio. Se oía el cantar de los gallegos, trabajando.

GALLEGOS:


Segador que ves la liebre
corriendo entre las gavillas,
sal a su paso si puedes
y córtale la corrida.
La liebre, la liebre,
salir a su encuentro;
la liebre, la liebre,
quitarle el pellejo.16

Los segadores miraban al Mayoral, como si de él dependiese toda su fortuna. El Mayoral se quitó la gorra y se rascó la cabeza:

MAYORAL: Pues a estas horas, no sé. No se me ocurre. Como no se acerquen hasta Masegoso.

Luis, «El Torcido», miró a los suyos. Nadie puso ningún inconveniente, ni se mostró tampoco decidido. Consultó con «El Viejo».

LUIS: ¿Qué te parece, Viejo?

«El Viejo» le miró al fondo de los ojos, como si no le conociese, y luego se encogió de hombros. El Mayoral insistió:

MAYORAL: ¿Por qué no prueban? No se pierde nada.

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Juan le miró con dureza, con rabia, porque ese hombre no podía comprender ni aun viéndoles, lo que era andar por aquella tierra. No pudo por menos de decirle:

JUAN: Las fuerzas.

Luis se despidió del hombre de la yunta y se juntó con los suyos.

LUIS: Bueno, gracias de todos modos.

Y la cuadrilla se puso de nuevo en marcha. Se les veía alejarse, levantando el polvo del camino desde allí arriba, desde esa media ladera donde la gran cuadrilla de gallegos segaba y cantaba. La cuadrilla de Luis, «El Torcido», se alejaba camino adelante, en busca del trabajo que su hambre reclamaba. Y así, desde arriba y desde lejos, aquellas seis figuras, arrastrando las largas sombras del sol de la primera mañana, componían una pequeña y patética procesión, en medio de la soledad de la gran tierra.

ESCENA 79 - (Ext. Día.)
Planos: (6) 406-407-408-409-410-411.

Al mediodía, justo al mediodía, la cara de los hombres estaba ya desencajada. Brillan los ojos bajo la sombra del gran sombrero de paja. Y en los de Santiago, «El Viejo», que en esta lamentable marcha siempre iba en cabeza, había ya como una luz de locura. Detrás de él cada uno iba por su lado, a la deriva, doblados por el peso del sol en las espaldas, jadeando. Andrea iba la última y se la veía desfallecer por momentos. Luis, «El Torcido», se volvió una vez a mirarla y se paró. Ello alertó a Juan, que solícito se acercó a su hermana y la liberó de toda la carga que llevaba. Con lo cual Andrea respiró, agradecida, y le sonrió también al «Torcido», en cuanto creyó que Juan no la veía. Pero la vio. Con lo que a la fatiga y a la desesperación de Juan Díaz se sumó esta nueva preocupación, que era la actitud nueva de su hermana para con Luis, «El Torcido», que ahora y siempre era su enemigo, su enemigo mortal, y al que, a instancias de ella, había jurado matar.

Siguió la cuadrilla caminando, cansada, fatigosamente, por esta paramera, cuando a lo lejos vieron venir hacia ellos un jinete, caballero en una mula, que llenaba un quitasol, que los muchos soles habían comido y cambiado el color, y de rojo que había sido ahora era como granate o morado. El tal jinete era un hombre que a alguna misión iba, porque a esta hora a nadie se le podía ocurrir salir de paseo. Y cuando ya estuvo a la altura de la cuadrilla y después de saludarle con los buenos días Luis, «El Torcido», le interpeló de esta manera:

LUIS: ¿Queda mucho todavía para Masegosa?

HOMBRE: Legua y media, poco más o menos. ¿Van a la siega?

LUIS: Nos han dicho que aún podríamos encontrar faena.

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El hombre se quedó un momento mirando, a través de sus gafas negras, esa pobre gente, bajo el sol, cuya esperanza estaba pendiente de las palabras que él iba a decir ahora. El hombre meneó la cabeza, conmiserativamente, negando.

HOMBRE: Yo vengo de allí. Ya está todo segado.

TINORIO: ¿Todo?

El hombre asintió. Hubo un silencio terrible. Santiago, «El Viejo», miraba al hombre fijamente.

HOMBRE: Si quieren un consejo...

Y como vio la avidez con que los segadores iban a escuchar sus palabras frenó un poco, advirtiéndoles:

HOMBRE: A lo mejor me equivoco.

Pero ellos tenían aún un trozo de esperanza para envolver cualquier posibilidad de trabajo. El hombre prosiguió:

HOMBRE: Por aquí ya está la siega terminada. Tendrían que salir de esta zona y llegar hasta El Herrumblar.

Le miraban ilusionados; demasiado ilusionados, tal vez.

HOMBRE: ¿Saben por dónde cae eso?

Ninguno de los segadores lo sabía, salvo «El Viejo», quizá.

LUIS: ¿Lo sabes tú, Viejo?

Santiago, «El Viejo», no quitaba ojo al hombre y contestó, mientras asentía:

VIEJO: Está lejos.

HOMBRE: Podrían llegar de anochecido.

Luis, «El Torcido», miró a los suyos y vio que estaban dispuestos a ir. Se volvió al hombre.

LUIS: ¡Qué se le va a hacer! Iremos. Muchas gracias.

Y diciendo esto la cuadrilla se puso en marcha. El hombre se despidió de todos ellos, diciéndoles:

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HOMBRE: ¡Andad con Dios!

Y luego, picando a la mula, continuó su camino.

La cuadrilla siguió andando, un paso tras otro, cada uno soportando una parte de la mala estrella de todos. A sus espaldas, se alejaba el jinete con el quitasol. Santiago, «El Viejo», iba el primero; la mirada enloquecida, los labios secos, el corazón con una raquítica esperanza. Ante él, ante la cuadrilla que seguía, se abría la tierra desolada, seca y amarilla, como vacía de amor, horizontal e interminable.

ESCENA 80 - (Ext. Día.)
Planos: (7) 412-413-414-415-416-417-418.

En las primeras horas de la mañana la plaza del pueblo estaba casi vacía. Había aún una parte, la de los soportales, con una sombra ancha y fresca, y en ella, contra una pared cualquiera, estaba derrumbada la cuadrilla. «El Chico» y «Tinorio» dormían, tirados en el suelo, sobre sus cosas. Andrea estaba sentaba, las rodillas recogidas, la cabeza sobre las rodillas. Juan a su lado, de pie, fumaba. Santiago, «El Viejo», estaba algo alejado de ellos, sentado en el bordillo de la rudimentaria acera, ajeno a todo, la vista fija en esa calleja por la que Luis, «El Torcido», se había marchado y tendría que volver. Pasaban algunos carros, unas caballerías, husmeó un perro, unos chicos se acercaron, y se quedaron un rato mirando a los segadores. Se decían cosas entre ellos y se reían. Se fueron yendo, andando hacia atrás, para no dejar de mirarlos, y cuando estuvieron a alguna distancia, se pusieron a corear una cantinela que decía:

CHICOS:


De la Sierra, segadores,
marrulleros y ladrones...

Y la repetían una y otra vez. Juan los miró un momento, sin hacerles el menor caso. Los chicos insistían una y otra vez y para llamar la atención de los segadores se atrevieron hasta a tirar unas piedrecitas. Caían todas cerca de Santiago, «El Viejo», inmóvil, sin oír nada, sin ver nada. Los chicos volvían a la carga y como no lograban ningún efecto sobre esa gente, convencieron a un pobre tonto, que por allí andaba, para que se acercase a cantarles la estúpida cantinela que se habían inventado. Juan miraba toda esa maniobra y no intervenía. Así, pues, el tonto se acercó hasta la vanguardia de los segadores, que era Santiago, «El Viejo», y delante de él se puso a cantar con unas palabras confusas lo que le habían enseñado.

TONTO:


De la Sierra, segadores,
marrulleros y ladrones.

Y lo repitió una y otra vez, pesada, insistentemente. Santiago, «El Viejo», parecía que no sentía nada, pero de pronto se levantó de un salto y se fue, con una mirada alocada, hacia el tonto ese, que salió corriendo, asustado, dando traspiés y cayendo al suelo, para levantarse rápidamente y huir, de la figura, airada y terrible de «El Viejo», solo allí, en medio de la plaza.

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Apareció entonces Luis, «El Torcido», y cruzando la plaza se vino hacia su gente y Santiago, «El Viejo», corrió detrás de él en cuanto lo vio. «El Torcido» llegó a los soportales y ya para entonces Juan había despertado a «Tinorio» y al «Chico» y a su hermana, y todos estaban esperando, anhelantes, las palabras de Luis, «El Torcido». Dijo sólo una palabra, que sembró la desolación más espantosa en todos.

LUIS: Nada.

Ninguno dijo una sola palabra. Necesitaban convencerse aún.

LUIS: Hay máquinas. O van a venir. O ya han estado.

Ahora sí. Ahora estaban convencidos de su derrota. A Luis, «El Torcido», mismo, le dio pena ver ese terrible, ese total desencanto, ese absoluto desamparo de los suyos.

LUIS: Sólo puede haber un sitio, por aquí cerca, donde podemos ir.

Y otra vez renació la pequeña esperanza de toda esa gente. Luis, «El Torcido», se volvió a «El Viejo».

LUIS: Es una finca que tú conoces. Me has hablado de ella.

VIEJO: La de Miguel Esteban.

LUIS: Esa.

Luis, «El Torcido». miró a cada uno como pidiendo su parecer, pero nadie dijo una palabra y todos empezaron a recoger sus cosas, y a poco se pusieron en marcha.

Atravesaron la plaza del pueblo, perseguidos por los ladridos escandalosos de un perro, y tras ellos, cerrando marcha y al mismo paso que los segadores, el Tonto, a la cabeza del grupo de chicos malasangre, les iba cantando:

TONTO:


De la Sierra, segadores,
marrulleros y ladrones.

Los segadores siguieron caminando y dejando el pueblo salieron al camino.

ESCENA 81 - (Ext. Día.)
Planos: (4) 419-420-421-422.

A las doce en punto la sombra se escondió bajo los pies de los segadores y sobre esa llanura no hubo nada que no fuera la violenta explosión de una luz cegadora. Todo estaba como muerto y callado alrededor de ellos. La tierra no llevaba sobre ella nada que pareciese vivo, ni un pájaro, ni una flor, ni un ser humano. Todo estaba seco y agostado y las pisadas de los segadores levantaban   —52→   una nube sutil de un polvo impalpable y pegajoso. Hasta las chicharras habían enmudecido.

Santiago, «El Viejo», iba delante de todos, con una mirada ya en un puro desvarío. Las mejillas hundidas, la boca seca, la barba crecida, una respiración ronca y ruidosa. Sus ojos eran ahora muy pequeños y negros, brillando en esa sombra azul bajo el sombrero. Santiago, «El Viejo», andaba como un poseído, y a cada paso se distanciaba más y más de la cuadrilla. Desde atrás empezaron a gritarle para que se detuviera, para ir todos juntos.

LUIS: ¡Santiago! ¡Eh, Santiago!

Pero Santiago, «El Viejo», no oía nada. Se quitó el sombrero, el gran sombrero de paja, y meneó la cabeza bajo el sol. Saltaban las gotas de sudor por cada pelo de su cabeza. Arriba estaba el sol. El sol. Santiago, «El Viejo» lo miró, lo miró cara a cara. Tuvo que cerrar los ojos. Era como si le hubiesen encendido un fuego dentro de la cabeza. Se tapó los ojos con la mano y fue caminando dando traspiés, la cabeza hundida en el pecho. Los otros le llamaban.

SEGADORES: ¡«Viejo»! ¡Santiago, «El Viejo»!

Pero él no oía nada. Caminaba a trompicones, como si estuviera borracho; el gran sombrero de paja en la mano. Se destapó los ojos, que durante unos pasos había protegido con la otra mano. Se esforzaba en mirar delante de él. El sol estaba arriba, blanco. Santiago, «El Viejo», veía la tierra solitaria delante de él y era como una llamarada.

ESCENA 82 - (Ext. Atardecer.)
Planos: (19) 423-424-425-426-427-428-429-430-431-432-433-434-435-436-437-438-439-440-441.

La media ladera descendía suavemente hasta el camino. El trigo se bamboleaba dulcemente, alto y hermoso, con ese primero, suave viento del atardecer. El horizonte era ya una línea carmesí y toda la tierra, toda esta tierra del trigo alto, tenía ya ese tono caliente y vivo del crepúsculo de verano.

Santiago, «El Viejo», surgió entre el trigo, subiendo por la vereda que trepaba por la ladera. Tenía los ojos arrebatados por la alegría más grande de su vida. En el camino apareció ahora el resto de la cuadrilla. Santiago, «El Viejo», se volvió para llamarles. Habían por fin llegado a su destino.

VIEJO: ¡Eh! ¡Eh! ¡Venid!

Y les hacía gestos con la mano, en la que llevaba el sombrero. La cuadrilla empezó a subir, gozosamente, por donde «El Viejo» había subido. «El Viejo» estaba allí contemplando ese trigo suave que le alegraba el corazón. Se volvió otra vez para ver dónde estaban los suyos y como ya les vio muy cerca, tanto que pudo distinguir la sonrisa que había en todos los rostros, siguió subiendo. Quería llegar al lomo plano y enorme de la meseta y saciarse con el trigo moviéndose en oleadas bajo el rojo sol poniente.

Santiago, «El Viejo», subía y tras él, pisándole los talones, venía la cuadrilla. Al fin llegó «El Viejo» a la meseta, que se extendía ante él, plana, horizontal   —53→   e interminable. Pero algo vio, algo terrible debió ver, porque se quedó allí donde estaba, como sobrecogido, y toda la alegría se fue metiendo dentro de su carne y poco a poco brotó en él, en sus ojos, en todo su cuerpo, una infinita tristeza, una rabia, una furiosa desesperación, un odio fabuloso. La cuadrilla ya había ahora llegado junto a él y todos eran ojos asombrados, desencantados.

Sí, ante ellos estaba la llanura amarilla y enorme, enrojecida dulcemente por el último sol del día, y sobre este trigo, que el caliente y pequeño viento mecía, navegaban tres grandes, horribles, monstruosas máquinas. Tres cosechadoras. El ruido ensordecedor de sus metales llegó ahora hasta los segadores como una vaharada. No se veía en toda la llanura un sólo ser humano. Las tres grandes, pesadas, terribles máquinas.

Santiago, «El Viejo», estuvo viendo esos tres monstruos y algo debió explotar dentro de su cabeza, porque de pronto, dando un grito terrible y enarbolando su hoz, se lanzó hacia ellas loco de rabia y de odio y de desesperación.

Las máquinas seguían su marcha, una tras otra, imperturbables, acercándose a los límites del trigo, acercándose a los segadores.

Los segadores, al ver a Santiago, «El Viejo», que corría hacia las máquinas, empuñando su hoz y gritando cosas que nadie podía entender, porque no eran palabras, quisieron detenerle. Andrea gritó, llamándole por su nombre, y los hombres corrieron tras él, gritándole también e intentando atraparle.

Las máquinas seguían acercándose y acercándose, devorando ruidosamente el trigo, que ponían al alcance de sus voraces dientes con el amplio batir de sus grandes aspas.

Santiago, «El Viejo», gritaba, crucificado como estaba por los fuertes brazos de Juan y Luis, «El Torcido», y luchaba por deshacerse de ellos y marchar contra su enemigo, triple y monstruoso.

Las máquinas seguían acercándose. Brillaba el sol sobre el vaivén rapidísimo de las aceradas cuchillas de los dientes; giraban las aspas que alimentaban al monstruo del trigo dorado y dulce y subía el fragor de los motores, el crujir de todos los metales.

La hoz de Santiago, «El Viejo», brilló en su mano. Se había logrado desprender de todos los segadores y ninguno se atrevía a acercársele, porque ahora «El Viejo» estaba loco y hubiese degollado a cualquiera que hubiese querido ponerle la mano encima. Y cuando vio que ninguno se atrevía a aproximarse a él, se volvió rápidamente y emprendió una carrera por en medio del alto trigo, que nadie podía seguir.

Santiago, «El Viejo», loco de sol y de rabia, corría gritando por medio del alto trigo y su mano empuñaba la hoz.

Las máquinas se acercaban. El vaivén endiablado de las cuchillas, las aspas girando, el ruido de los motores, el trigo devorado.

Y Santiago, «El Viejo», corría y corría. Enloquecidos los ojos, rota la voz, descompuesto el gesto terrible de su rostro, brillando amenazante la hoz en su mano.

Las cuchillas. Las aspas. Los motores. Sobre el monstruo había algo como un ser humano. Algo con una gorra, gafas negras, impasibles, mudo, ciego y sordo a lo que fuese la imperturbable marcha de la máquina, el regular corte del trigo.

Ahora Santiago, «El Viejo», ya había llegado junto a la primera máquina, que avanzaba en dirección contraria al segador, y éste, dando un grito de rabia, se lanzó sobre el monstruo, la hoz en la mano, valerosamente.

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Es una lucha patética esa de Santiago y su hoz, con las aspas, las cuchillas, el terrible, el incontenible avance de la máquina. Las aspas golpean una y otra vez, furiosamente, a ese hombre que se mezcla con el trigo: los dientes clavan, las cuchillas cortan. La máquina entera arrastra a ese pobre muñeco que blande la hoz. Hasta que los gritos horrorizados de los segadores que contemplan esta desigual batalla, el propio grito de dolor y de odio de Santiago, «El Viejo», llegan hasta el imperturbable maniquí de los gafas negras y el ruido del motor cesa, las máquinas se paran una detrás de otra, las aspas lentamente se detienen y la cuchilla deja de morder. Todo está quieto. Vuelve el verdadero silencio de la tierra. Chillan los grajos en el alto, oscuro cielo. La primera brisa de la noche, mínima y fresca, mece suavemente el trigo. Los segadores corren alocados hacia las máquinas. Bajan de sus puestos los mecánicos.

Y todos juntos se arrodillan para recuperar el cuerpo herido de Santiago, «El Viejo». Y los de la cuadrilla lo levantan entre todos, herido, tranquilo al fin, pálido, con los ojos cerrados, y lo llevan corriendo, como en volandas, sobre el trigo dorado, con la última luz del día, hacia esas casas que se ven a lo lejos. Y Andrea va tras ellos y lleva entre las manos una hoz rota. Las máquinas, están quietas y calladas y muertas. Y ahora, sobre toda la tierra, dulcemente, empieza a posarse la noche caliente del verano y sale una luna redonda y amarilla sobre los grillos.





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ArribaEl último cuplé


«... es una fruta vana
de aquella España que pasó y no ha sido
esa que hoy tiene la cabeza cana».


ANTONIO MACHADO.                


PRODUCCIÓN y DIRECCIÓN: Juan de Orduña.

GUIÓN: Antonio Más Guindal y Jesús M.ª Arozamena.

FOTOGRAFÍA: José Aguayo.

MÚSICA: Maestro Solano.

PRINCIPALES INTÉRPRETES: Sara Montiel, Armando Calvo, Guadalupe Muñoz Sampedro, Jaime Vera, Julita Martínez, Alfredo Mayo, etc.

(En color y pantalla panorámica).

Nosotros querríamos hacer una crítica cinematográfica de El último cuplé, si esto fuera posible; pero no ya las calidades cinematográficas, sino las mismas características cinematográficas son en esta película tan escasas y diminutas, que nos tememos se nos escapen de las manos, se nos volatilicen en el aire, se nos pierdan cuando honradamente tratemos de precisarlas, definirlas y comentarlas. Acostumbrados a enfrentarnos con verdaderas películas, nuestros métodos de observación y trabajo se nos hacen inservibles ante El último cuplé. Debemos, pues, reformar nuestras habituales vías de acceso a los films para que nuestra crítica posea, en esta ocasión, algún sentido y cierta densidad intencional.

El propósito de El último cuplé es ambicioso, en la acepción más humilde de la palabra. Quiere presentar una especie de encarnación del cuplé en la vida de una de sus intérpretes. Sobre la escena, ambos morirán ante un público endomingado y atónito. Este es justo, pues a nadie se le debe privar del derecho a la nostalgia. Los cuplés, las cupletistas y su mundo existieron real y verdaderamente sobre la escena de la vida española, mucho antes de que nosotros naciéramos, y una generación entera de españoles se gozó con ellos, los aprendió, los tarareó y poco más o menos se sintió identificada con su contenido de tragedias mínimas y despreocupadas apetencias.

Orduña utiliza para expresar esta realidad -la realidad del cuplé- el mismo procedimiento que utilizó en sus anteriores películas históricas. Sustituye su incapacidad para encontrar el verdadero drama de las cosas, de los hechos y de los seres, con una serie de elementos melodramáticos y externos que den como una emoción a lo que se nos quiere presentar, quedando de esta manera la película dividida en dos partes superpuestas; de un lado, el entramado previo, melodramático, y de otro, la realidad aludida, que no pierde en ningún momento su calidad de añadido postizo. La acción de Locura de amor está en la misma relación con la   —56→   vida de la verdadera doña Juana la Loca, que ahora esta cupletista con lo que realmente fueron las cupletistas de otros tiempos. Basta comparar la vejez de guardarropía de la señorita Montiel con las fotos impresionantes de Raquel Meller, que hace poco divulgó la prensa. Sentimos una profunda distancia y una incapacidad total para salvarla. Una incapacidad que no es nueva en este director.

Como consecuencia, en el guión encontramos acumulados todos los tópicos defendibles o indefendibles en una historia que, por no tener, hasta carece de lógica y, esto no hay que decirlo, de vida. El novio honrado y pobre, el rico galanteador, las tías ambiciosas, la hombría española, los torerillos... son elementos que en cualquier zarzuela o película local los encontramos sin mucho esfuerzo.

Sobre esta base poco podría construirse, pero la verdad es que se ha construido aún menos que ese poco. Cabe preguntarse si El último cuplé es verdaderamente cine. Esta pobreza de medios expresivos, esta ausencia de todo recurso estrictamente cinematográfico, plantea la cuestión no de si la película es cine bueno o malo, sino si es en realidad cine. No pueden entenderse por cine estos cuadros en movimiento, estas fotografías animadas, este deambular de los intérpretes ante una cámara inmóvil y sin imaginación. Al menos no se pueden tener por cine, en el sentido que hoy se entiende. El último cuplé queda lejos de poder ser considerado como tal. Pese a su color y a la fecha de su realización, está más cerca del cine que se hacía antes de la guerra del 14 que de cualquier producción de nuestros días.

Sin embargo, este «producto» ha tenido un éxito sin precedentes en nuestro cine. Un público peculiar -los contemporáneos de la época en que se desarrolla la trama del film- generalmente alejado de las salas cinematográficas, y sus herederos actuales -los que, a pesar de los años transcurridos, siguen en idéntica situación mental y moral- han provocado con su devoción el suficiente apoyo para hacer pasar la película de un éxito a un gran éxito inesperado. El gran éxito significa que entre la película y su público existe una intima conexión que interesa mucho averiguar. Preguntémonos por lo tanto, ¿qué ha visto en esta película toda una generación de españoles para identificarse con ella en esa forma tan sincera?

Toda la parte central de El último cuplé responde a un mismo esquema. Vemos algo -un piropo, una escena de celos, un clavel, una corrida de toros...- y luego oímos cantar un cuplé con el mismo tema. Un procedimiento semejante, en cierto modo, al de las revistas españolas de teatro. Y esto una y otra vez, machaconamente, de tal manera, que la película es una masa fluida que se adapta exactamente a ese rígido esqueleto de los cuplés. Esta mezcla es la que llama poderosamente al recuerdo de las buenas señoras y de los buenos señores, espectadores de la película y los transporte a un mundo delicuescente de evasiones e irresponsabilidades, a un mundo ido y confortablemente recobrado.

Ni que decir tiene que esa realidad aludida, esa vida embutida entre canción y canción, no existe, no ha existido nunca. No ha existido más que en las cabezas de estas mismas espectadoras que hoy se sienten trasplantadas a su juventud. El último cuplé es la actualización de un ensueño, de una realidad imaginada hace años por las gentes que ahora súbitamente se sienten sorprendidas al verla en imágenes. Es como si estallara una bomba de efecto retardado.

Cuando María Luján canta sus cuplés para ese torerillo (insistentemente se nos dan en la película los planos de la cantante y de su oyente), asistimos a la   —57→   escenificación del cuplé, inexistente en la auténtica realidad pasada. Ninguna espectadora de cupletistas más reales dejaba de pensar en su interior que entre el auditorio había siempre un destinatario, un personaje a quien iban dirigidos los airados reproches o las palabras de amor y que aquellos piropos, celos, claveles y muertes existían realmente entre función y función. No había pasiones fingidas, pues el cuplé tenía un argumento real y vivo, del que las buenas señoras sólo tenían esa breve e incompleta noticia de la tonadilla. Todo ese mundo soñado, mil veces repensado en la quietud provinciana u hogareña, en el sosiego familiar y opaco, de pronto se hace visible, aparece tal y como se había figurado, un poco inocente y un poco canalla, inaccesible siempre y en color.

Cabría pensar, aunque quizás no valga la pena, en un vacío, en una extraña falta de brisa, en una angustiosa nada que permitió tejer entre cuplé y cuplé esa telaraña de estúpidos pensamientos, que involuntariamente ilumina ahora Juan de Orduña.

La otra clave de la película está, a nuestro entender, en su aspecto erótico-social y en las resonancias que levanta en la memoria de muchos buenos señores. El último cuplé les recuerda a sus espectadores todo el peculiar erotismo de una época pasada. Un erotismo que se polarizaba en las juergas de tapadillo en Madrid. Un fondo de turbios recuerdos morbosos y una hipocresía social, una doble vida, especialmente sexual y la condena de toda una época a una especie de onanismo espiritual, las alusiones son discretas, pero suficientes para despertar un mundo de recuerdos dormidos.

También en esto El último cuplé se enlaza más con un sueño que con una verdadera realidad. Por primera vez en nuestro cine se intenta crear un tipo de vampiresa, de mujer fatal. María Luján, la cupletista madura, enamorada (¿existe aquí el amor? -ya lo veremos más tarde-) de ese imberbe torerillo, es el primer tipo de «vamp» creado convincentemente entre nosotros. Pero la mujer fatal, como es sabido, no es una realidad, sino un mito. Y este mito es muy representativo de la época en que se desarrolla El último cuplé. Esta mujer ávida, destructora de hogares honrados (la «vamp» del cine americano de los años 20) tiene ese olorcillo a alcoba y ropa interior que recuerda a una generación de buenos señores sus años mozos. Y todos los que antaño soñaron con los camerinos de las artistas pueden ahora asomarse a ellos a través de esa especie de ojo de cerradura que es El último cuplé.

Queremos resaltar, al margen de lo que la película contiene de confesión en voz alta de una generación de españoles, un último aspecto del tema erótico.

¿Cómo se representa el amor entre hombre y mujer? Tenemos que decir que no muy dignamente, como veremos, siempre quedando en descrédito. Hay a lo largo de la película un perpetuo afán de antipropaganda amorosa, como un deseo de equivocar, como una irresistible manía de desfigurar, de arruinar, de echar por tierra. El amor se nos queda, a fin de cuentas, como un adefesio repulsivo, odiable, nefasto.

-El novio de María Luján renuncia a ella, resignadamente, por unas palabras del empresario.

-María Luján abandona su primer amor por el efímero éxito de una primera canción ante cuatro muertos de hambre. El «amor» se subordina al «arte».

-María Luján deja el «amor» de don Juan, su empresario, por un sentimiento no muy bien determinado hacia el torerillo, en un desesperado intento de perpetuar su juventud.

-La lucha de las dos mujeres por el torero está planteada más que en términos de amor, en términos de dominio.

-El torero, por su parte, no ama ni a una ni a otra.

Siempre se ha tenido el beso como expresión de amor. Veamos cómo se utiliza aquí. Más que una expresión de amor es una muestra de desesperación (los amantes se besan cuando el amor ya no existe) o de pago (se besan en el momento del ajuste final de cuentas).

-María Luján y su primer novio -¡infeliz!- se besan cuando desesperan de que su amor sea posible (y hay música de violinista ciego y palmeras en flor).

-María Luján besa al empresario para agradecerle su triunfo en la primera canción que interpreta.

-María Luján besa al torero en el interior del taxi cuando sabe que ya no cuenta con su amor.

-María Luján besa de nuevo al empresario cuando decide romper con él, en agradecimiento, suponemos, a los servicios prestados.

Claro está que esta particular visión del amor favorece a la película, estando en adecuada consonancia con el conjunto. En la evocación producida en sus espectadores, el amor no existe. El amor queda en el hogar, en casa, al abrigo del aire exterior, y aquí sólo existe el placer aislado y furtivo.

En el año de los «sputnik» se nos recuerda en El último cuplé la España de la querida y la mezquindad. Se nos da una imagen fiel de esa España sin edad, vacía, que hoy peina canas.

JOAQUÍN DE PRADA - LUCIANO G[ONZÁLEZ]. EGIDO