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ArribaAbajo-XIII-

La calumnia



«Thou dost belle him Percy, thou dos belle him.»


(Shakespeare: K. Henry IV.)                


Jorge había estado en el palacio del almirante aquella misma mañana para hablar del asunto de su hermano. En dos palabras le refirió la aventura.

El almirante, mientras escuchaba, partió el mondadientes que tenía en la boca; en él era esto un signo de impaciencia.

-Conozco ya lo ocurrido -dijo- y me asombra que me lo contéis..., pues se trata de algo muy público.

-Si os importuno, señor almirante, es porque conozco el interés con que os dignáis favorecer a mi familia, y me atrevo a esperar que solicitaréis el favor del rey para mi hermano. Vuestro crédito cerca de su majestad...

-Mi crédito, si alguno tengo -interrumpió vivamente el almirante-, mi crédito estriba en que no dirijo sino demandas justas a su majestad.

Y al pronunciar este nombre se descubrió con gran respeto.

-La circunstancia que obliga a mi hermano a recurrir a vuestra bondad, es desgraciadamente muy común hoy en día. El rey ha firmado el año último más de mil quinientos indultos, y el propio adversario de Bernardo pudo gozar con frecuencia de la inmunidad.

-Vuestro hermano ha sido el agresor. Quizá, y desearía que fuese cierto, no ha hecho sino seguir detestables consejos.

Y al hablar así miró fijamente al capitán.

-He hecho grandes esfuerzos para impedir las funestas consecuencias de la contienda; pero sabéis que M. de Comminges no era hombre acostumbrado a dar explicaciones sino con la punta de la espada. El honor de un caballero y la opinión de las damas han...

-¿Éste es el lenguaje con que hablabais a ese joven? ¿Sin duda aspiráis a hacer de él un «refinado»?... ¡Lo que su padre sufriría si supiera cómo su hijo ha despreciado sus consejos! ¡Dios mío! Va a hacer ya dos años que concluyeron las guerras civiles y ya se han olvidado las olas de sangre vertida... No están contentos... ¡Se conoce que es necesario que todos los días los franceses asesinen a los franceses!

-Si yo hubiera podido suponer, señor, que mi petición os iba a desagradar...

-Escuchad, señor de Mergy, yo podría hacer violencia a mis sentimientos de cristiano y excusar la provocación de Bernardo; pero su conducta en el duelo, según el rumor público, no ha sido...

-¿Qué decís, señor almirante?

-¡Que el combate no se ha efectuado de una manera leal, y como es costumbre entre caballeros franceses!

-¿Y quién ha osado propagar tan infame calumnia? -exclamó Jorge con los ojos centelleantes de furor.

-Calmaos... No podréis dirigir vuestro reto de desafío a nadie, porque todavía no es costumbre batirse con las mujeres... La madre de Comminges ha dado al rey ciertos detalles que hacen poco honor a vuestro hermano. Así se explica cómo un formidable campeón ha podido sucumbir fácilmente a manos de un chicuelo.

-El dolor de una madre es grande y justo. ¿Es para asombrarse que la pobre mujer se resista a la verdad estando sus ojos todavía bañados en lágrimas? Me congratulo, señor almirante, de que no juzgaréis a mi hermano por la referencia de la señora de Comminges.

Coligny pareció estremecerse y su voz perdió un poco de su amarga ironía.

-No podéis negar, sin embargo, que Beville, el testigo de Comminges, no sea íntimo amigo vuestro.

-Le conozco desde hace mucho tiempo, y hasta le estoy muy obligado. Pero Comminges era también íntimo amigo suyo. Además, fue el propio Comminges quien le escogió para testigo. En fin, la bravura y el honor de Beville le resguardan de cualquier sospecha de deslealtad.

El almirante contrajo su boca con aire de profundo desprecio.

-¡El honor de Beville! -dijo encogiéndose de hombros-. ¡Un ateo! ¡Un hombre entregado al libertinaje!

-¡Beville es un hombre de honor, lo aseguro! -exclamó el capitán con energía-. ¿Pero a qué tantos discursos?... ¿No estaba también yo presente en el duelo? ¿Vais, señor almirante, a poner en duda mi honor, y acusarme de asesinato?

En estas palabras había algo como de amenaza. Coligny hizo como que no comprendía la alusión a la muerte del duque Francisco de Guisa, que le atribuían por odio los católicos. Los rasgos de su fisonomía no se alteraron.

-Caballero de Mergy -dijo en tono frío y desdeñoso-, un hombre que ha renegado de su religión no tiene derecho a hablar de su honor, pues nadie le creerá...

El rostro del capitán se puso rojo púrpura, y un momento después, de una palidez mortal... Retrocedió unos pasos, como para no ceder a la tentación de pegar al anciano.

-¡Señor! -exclamó-, vuestra edad y vuestra jerarquía os permiten insultar impunemente a un pobre caballero en lo que tiene de más preciado. Mas os ruego que ordenéis a uno de los vuestros, o a varios, que sostengan las palabras que acabáis de pronunciar. ¡Juro ante Dios que se las haré sorber hasta que los ahoguen!

-Será ésa, sin duda, la práctica entre los «refinados». No estoy en sus costumbres, y separo de mi servicio a los caballeros que los imitan.

Y al hablar así volvió la espalda a Jorge.

El capitán, con la rabia en el alma, salió del palacio de Chatillon, saltó sobre su caballo, y como para aliviar su furor, hizo galopar violentamente al pobre animal, pegándole fuertes espolazos en los flancos. En esta impetuosa carrera estuvo a punto de aplastar a varios pacíficos transeúntes; y fue una felicidad que no encontrara un «refinado» en su camino, porque con la rabia que le poseía hubiera asido cualquier ocasión por los cabellos para desnudar su tizona.

Al llegar cerca de Vincennes comenzó a calmarse la agitación de su sangre. Volvió bridas y dirigió hacia París el caballo, que se bañaba en sudor.

-¡Pobre amigo! -dijo-. Eres tú quien recibe el castigo del insulto que me han dirigido.

Y acariciando el cuello de la víctima inocente, puso al animal al paso, hasta casa de Bernardo, a quien dijo tan sólo que el almirante se había negado a intervenir en su favor, suprimiendo los detalles importantes de la conversación.

Pero pocos momentos después entró Beville, que abrazó a Mergy diciéndole entusiasmado:

-Os felicito, buen amigo. Aquí tenéis vuestro indulto, que se os concede a ruegos reiterados de la reina.

Mergy mostró menos sorpresa que su hermano. En su alma atribuía este favor a la dama tapada; es decir, a la condesa de Turgis.




ArribaAbajo-XIV-

La cita


«A veros va a venir a este mismo salón y os pide mi señora la deis conversación.»


(Molière: Tartufo.)                


Mergy volvió a alojarse en casa de su hermano; fue luego a dar las gracias a la reina madre y reapareció en la corte. Al entrar en el Louvre pudo advertir que había heredado algo de la consideración que gozaba Comminges. Personas que no conocía más que de vista le saludaban con aire humilde y familiar. Los hombres, al hablarle, ocultaban mal su envidia con una cortesía solícita, y las mujeres le guiñaban los ojos y le hacían toda clase de arrumacos, porque la reputación de duelista era entonces el mejor medio de conmover los corazones femeninos. Haber matado a tres o cuatro hombres en singular combate se consideraba de tanto valor como la hermosura, la riqueza y el ingenio. Así que cuando nuestro héroe apareció en la galería del Louvre escuchó que se levantaba alrededor de él un prolongado murmullo. «Aquí está Mergy el menor, que ha matado a Comminges.» «¡Qué joven es!» «¡Y qué apostura más gallarda!» «¡Qué buen empaque!» «¡Lleva el bigote airosamente levantado!» «¿Se sabe quién es su amada?»

Y Mergy buscaba en vano entre la multitud los ojos azules y las cejas negras de la señora de Turgis... Fue a casa de ella, y allí pudo enterarse de que uno de los días después de la muerte de Comminges había marchado a una de sus haciendas, alejándose de París unas veinte leguas... Si se había de dar crédito a las murmuraciones, el dolor que le causara la muerte del hombre consagrado a ella le había obligado a buscar un refugio donde pudiera olvidar sus nostalgias.

Una mañana, mientras el capitán, tumbado en la cama, leía, esperando el desayuno, La vida muy horrenda de Pantagruel, y a su hermano le daba una lección de guitarra el profesor Humberto Vinibella, un lacayo fue a anunciar a Bernardo que una vieja vestida con pulcritud le aguardaba en la sala del primer piso y que con aire misterioso había pedido molestarle unos momentos. Bajó en seguida y recibió de las manos curtidas de la vieja, que no era ni Marta ni Camilla, una carta, que esparció un dulce perfume. Estaba cerrada con un hilo de oro y un largo sello de cera verde, sobre el cual, en vez de escudo heráldico, no se veía más que un Amor, puesto el dedo en la boca y con esta divisa castellana: «Callad.»22

Abrió la carta y no se encontró sino una sola línea escrita en español, y que apenas pudo comprender: «Esta noche, una dama espera a vuestra merced.»23

-¿Quién os ha dado esta carta? -preguntó a la vieja.

-Una dama.

-¿Su nombre?

-No lo sé; dice ella que es española.

-¿De dónde la conocéis?

La vieja se encogió de hombros.

-Vuestra galantería y vuestra reputación os proporcionan estas molestias -dijo ella en tono burlón-. Pero, decidme, ¿vendréis?

-¿Adónde hay que ir?

-Estad a las ocho y media en la iglesia de San Germán, al lado izquierdo de la nave.

-¿Es en la Iglesia donde veré a esa dama?

-No; alguien irá a buscaros y os conducirá donde está ella. Pero sed discreto e id solo.

-Sí.

-¿Lo prometéis?

-Os doy mi palabra.

-Adiós, pues... Sobre todo, no me sigáis.

Hizo una reverencia profunda y partió rápida.

-¡Veamos! ¿Qué quería de ti esa noble entrometida? -preguntó el capitán cuando volvió su hermano y hubo partido el maestro de guitarra.

-¡Oh, nada! -respondió Mergy con aire de indiferencia, mientras miraba con mucha atención la virgen, de la cual hemos hablado.

-¡Misterios conmigo! ¿No es necesario que te acompañe a una cita, guarde la calle y reciba a los celosos a estocada limpia?

-Nada; no es necesario nada.

-Bueno, como quieras. Guarda para ti tus secretos; pero apostaría cualquiera cosa a que tienes tantas ganas de contarlo como yo de saberlo.

Mergy punteaba con aire distraído las cuerdas de su guitarra.

-A propósito, Jorge; yo no puedo ir a comer esta noche a casa de Vandreuil.

-¡Ah! Es para esta noche... ¿Y es ella bonita? ¿Es una dama de la corte? ¿Una burguesa? ¿Una tendera?

-Pues no lo sé, en verdad... Voy a ser presentado a una dama... que no es de nuestro país...; pero ignoro quién sea.

-¿Pero al menos sabrás dónde vas a ir a buscarla?

Bernardo enseñó la carta y repitió lo que la vieja acababa de decir.

-La letra está disimulada, y yo no sé qué pensar de todas estas precauciones.

-Debe ser una gran señora, Jorge.

-Todos los jóvenes, por el más ligero motivo, se figuran que las más encopetadas damas van a perder por ellos la cabeza.

-¿No te gusta el perfume que exhala el billetito?

-¿Qué prueba todo esto?

La frente del capitán se obscureció repentinamente, pues una idea siniestra se enseñoreó en su espíritu.

-Los Comminges son rencorosos -dijo-, y acaso esta carta no sea sino una invención suya para llevarte a algún sitio separadamente y hacerte pagar caro la puñalada que los ha hecho herederos.

-¡Oh! ¡Qué idea!

-No sería la primera vez que el amor ha servido de pretexto para la venganza. Tú has leído la Biblia. ¿Recuerdas a Sansón traicionado por Dalila?

-Sería preciso que fuese un cobarde para que una conjetura incierta me hiciese faltar a una cita que acaso sea deliciosa... ¡Una española!

-Al menos ve bien armado... Si quieres, te haré seguir por dos lacayos.

-¡Vaya! ¿Quieres que sean viles testigos de mi buena fortuna?

-Ésta es la costumbre en la actualidad. Cuántas veces no habré visto a mi grande amigo Ardelay ir a ver a su amada con una cota de malla en la espalda y dos pistolas en la cintura... y detrás marchaban cuatro soldados de su compañía con sendos arcabuces cargados. Tú no conoces todavía París, hermanito; y créeme, el exceso de precaución no es inútil jamás. Nadie lleva la cota de malla por gusto siendo ella tan incómoda.

-Me encuentro sin ninguna inquietud. Si los parientes de Comminges lo quisieran, me habrían podido atacar de noche en la calle.

-En fin; no te dejo salir sino a condición de que lleves tus pistolas.

-Bueno; pero se burlarán de mí.

-Pero esto no es todo; es necesario almorzar bien, comer dos perdices y un buen pastel de gallo, a fin de hacer honor esta noche a la familia Mergy.

Bernardo se retiró a su habitación, donde pasó lo menos cuatro horas con los peines, los rizos y los perfumes y estudiando los discursos elocuentes que se proponía pronunciar ante la bella desconocida.

Dejo al lector que considere si fue exacto a la cita. Durante más de media hora estuvo paseándose por la iglesia. Había ya contado tres veces los cirios, las columnas y los ex votos, cuando una mujer vieja, envuelta cuidadosamente en una capa negra, le tomó de la mano, y sin decir una sola palabra, lo condujo a la calle. Siempre guardando el mismo silencio, le llevó ella, después de dar varias vueltas, a una callejuela estrecha y en apariencia deshabitada. Se detuvo delante de una pequeña puerta ojival muy baja, que ella abrió con una llave sacada del bolsillo. Entró la primera, seguida de Mergy, que se agarró al manto de la vieja a causa de la obscuridad. Una vez dentro percibió el ruido que producían dos enormes cerrojos. Su guía le previno en voz baja que estaba junto a una escalera y que tenía que subir veintisiete peldaños. La escalera era muy estrecha, y los escalones, viejos y desiguales, le hicieron temer más de una vez que caería al suelo. Por fin, después del vigesimoséptimo escalón, que terminaba en un descansillo, la vieja abrió una puerta, y una luz viva deslumbró un momento los ojos de Mergy, que entró en seguida en una habitación amueblada con una elegancia muy superior a lo que hacía suponer el aspecto de la casa.

Las paredes estaban adornadas con una tapicería de flores, algo pasada a decir verdad, pero que todavía resultaba propia. En medio de la estancia vio una mesa que alumbraban dos bujías de cera rosa, cubierta de varias clases de frutas y pasteles, vasos y jarras de cristal que contenían vinos de diferentes especies. Dos grandes sillones colocados a cada extremo de la mesa parecían aguardar a los convidados. En una alcoba a medio cerrar por unas cortinas de seda había una cama ornada y cubierta de satén carmesí. Varios braserillos esparcían por la habitación un perfume voluptuoso.

La vieja se quitó su manto, y Mergy su capa. Pronto reconoció a la mensajera que le había llevado la carta.

-¡Santa María! -exclamó la vieja al advertir las pistolas y la espada de Mergy-. Pero ¿creéis que vais aquí a luchar con unos gigantes? Mi buen caballero, no se trata ahora precisamente de andar a estocadas.

-Así prefiero creerlo; pero pudiera ocurrir que unos hermanos o un marido malhumorado viniera a turbar nuestra conversación, y traía eso para sacudirles el polvo.

-No tenéis que temer nada aquí. Mas, decidme: ¿qué os parece esta habitación?

-Muy bonita; pero me aburriría mucho si tuviera que estar solo en ella.

-Alguien vendrá que os hará buena compañía. Pero me tenéis que hacer antes una promesa.

-¿Cuál?

-Si sois católico, poned la mano sobre este crucifijo -y sacó uno de un armario-, y si sois hugonote, jurad por Lutero..., Calvino..., por vuestros dioses, en fin...

-¿Y qué debo jurar? -preguntó riendo.

-Vais a jurar que no haréis ningún esfuerzo para intentar conocer a la dama que va a venir aquí.

-La condición es rigurosa.

-Jurad, o os vuelvo a conducir hasta la calle.

-Os doy mi palabra de honor. Vale ella más que los ridículos juramentos que me proponéis.

-Eso está bien. Esperad con paciencia; comed y bebed, si gustáis, y muy pronto os hallaréis en presencia de la dama española.

La vieja cogió de nuevo su manto, salió y cerró la puerta con doble vuelta.

Mergy se sentó en un sillón. Su corazón latía con violencia; experimentó una emoción fuerte y casi de la misma naturaleza que aquella que había sentido unos días antes en el Pré-aux-Clercs en el momento de encontrarse con su enemigo.

El más profundo silencio reinaba en la casa, y transcurrió un terrible cuarto de hora, durante el cual la imaginación de nuestro héroe le iba representando, una detrás de otra, vanas imágenes: Venus saliendo de la tapicería para arrojarse en sus brazos; la condesa de Turgis en traje de casa; una princesa de sangre real; una banda de asesinos, y, por último, la idea más horrible: una vieja enamorada.

De repente, y sin que el menor ruido anunciase que alguien había entrado en la casa, la llave dio vueltas rápidamente en la cerradura, la puerta se abrió y se cerró pronto y una mujer enmascarada penetró en la estancia.

Su estatura era alta y proporcionada. Un traje muy apretado de talle hacía resaltar la elegancia de su apostura; mas ni el pie, chiquito, calzado con un chapín de terciopelo blanco, ni la mano, pequeña, aunque por desgracia cubierta por un guante bordado, permitían adivinar la edad de la desconocida. Pero no se sabe qué, acaso una influencia magnética o quizá un presentimiento, hacía suponer que ella no tenía arriba de veinticinco años. Su tocado era rico, galante y sencillo a la vez.

Mergy se levantó en seguida, y después puso una rodilla en tierra delante de ella. La dama dio un paso hacia él, y dijo luego con voz dulce:

-Dios os guarde, caballero. Sea vuestra merced bien venido24.

Mergy hizo un movimiento de sorpresa.

-¿Habla vuestra merced español? 25.

Mergy ni hablaba español ni casi lo entendía.

La dama pareció contrariada... Se dejó conducir a uno de los sillones y en él tomó asiento, haciendo señas a Mergy de que ocupara él otro. Entonces ella comenzó la conversación en francés, pero con un acento extranjero que unas veces era marcadísimo y otras cesaba por completo.

-Caballero, vuestra gran valentía me ha hecho olvidar la reserva habitual de nuestro sexo; quería conocer a un caballero perfecto y lo encuentro tal y conforme la fama lo publica.

Mergy se inclinó, con el rostro enrojecido.

-¿Tendréis la crueldad -preguntó- de conservar, señora, ese antifaz, que como una nube envidiosa me oculta los rayos del Sol?

Esta frase la había leído en un libro traducido del español.

-Señor caballero, estoy contenta de vuestra discreción, y me veréis más de una vez a cara descubierta; pero por hoy contentaros con el placer de la charla.

-¡Ah señora! Este placer me hace desear veros todavía con más violencia.

Estaba de rodillas y parecía dispuesto a arrancar el antifaz.

-Poco a poco26, caballero francés; sois demasiado impetuoso. Estaos quieto, o me marcho al instante. Si supierais quién soy y a lo que me atrevo para venir a veros, os daríais por muy satisfecho del honor que os hago viniendo aquí.

-En verdad me parece que vuestra voz me es conocida.

-Es, sin embargo, la vez primera que la escucháis. Decidme: ¿seréis capaz de amar con constancia a una mujer que os correspondiera?

-Estoy tan cerca de vos...

-No me habéis visto jamás; así que no podéis amarme. ¿Sabéis si soy guapa o fea?

-Estoy seguro de que sois encantadora.

La desconocida retiró su mano, de la cual él se había apoderado, y se la llevó al antifaz como si tuviera miedo de que se lo quitaran.

-¿Qué haríais si vierais aparecer delante de vos una mujer de cincuenta años, fea hasta dar un susto?

-Es imposible.

-A los cincuenta años se ama todavía.

Suspiró ella y nuestro joven se echó a temblar.

-Vuestro talle elegante, esta mano que parecéis robarme, todo me prueba vuestra juventud.

En esta frase había más galantería que convicción.

-¡Ay!

Mergy empezó a sentir cierta inquietud.

-Para vosotros los hombres, el amor no es suficiente por sí solo. Necesitáis que le acompañe la belleza.

Y dio un nuevo suspiro.

-Dejadme, por favor; quitaos el antifaz.

-No, no -contestó ella, rechazándole vivamente-. Acordaos de vuestra promesa.

Y después añadió en tono más galante:

-Arriesgo mucho si me descubro... Ahora gozo del placer de veros a mis pies, y si por casualidad no fuera ni joven ni bonita... ni de vuestro gusto..., acaso seríais capaz de abandonarme.

-Mostradme solamente esa mano chiquita.

Se quitó la dama un guante perfumado y tendió a Mergy una mano, como la nieve de blanca.

-Conozco esta mano -exclamó el caballero-, no hay más que otra tan bella en París.

-¿De verdad? ¿Y de quién es esa mano?

-De... una condesa.

-¿Qué condesa?

-La condesa de Turgis.

-¡Ah!... Ya sé lo que queréis decir... Si la de Turgis tiene manos bonitas es merced a las pastas de almendra de su tocador. Pero yo me jacto de que mis manos son más suaves que las suyas.

Todo esto lo manifestó con un tono tan natural, que Mergy, el cual había creído reconocer la voz de la bella condesa, concibió algunas dudas, y se sintió en la necesidad de abandonar aquella idea.

«Dos en vez de una -pensó-; me deben proteger las damas», y buscó en la mano bonita la marca de una sortija que recordó llevaba la de Turgis; pero en los dedos redondos y perfectamente formados no había ni la menor huella de presión ni la más insignificante concavidad.

-¡La de Turgis! -exclamó la desconocida, riendo-. Parece que estoy obligada a que siempre me confundan con ella. Pero, a Dios gracias, creo valer un poco más.

-La condesa es, y doy mi palabra de honor, la mujer más bella que he visto en mi vida.

-¿Estáis enamorado de ella? -preguntó la enmascarada vivamente.

-Quizá; mas quitaos, por favor, el antifaz y mostradme que sois más hermosa que la de Turgis.

-Cuando esté bien segura de que me amáis, entonces podréis verme a cara descubierta.

-¡Amaros!... Pero ¡pardiez!... ¿Cómo puede ser sin haberos visto?...

-Mi mano es bien bonita. Pues figuraos que mi cara está de acuerdo con ella.

-Ahora estoy seguro de que sois encantadora, porque acabáis de traicionaros olvidando disimular vuestra voz. La reconozco; estoy cierto.

-¿Es la voz de la de Turgis? -preguntó ella riendo y con un marcadísimo acento español.

-Precisamente.

-Error, error por vuestra parte, Bernardo; yo me llamo doña María..., doña María...; ya os diré más tarde mi apellido. Soy una dama de Barcelona; mi padre, que me vigila muy rigurosamente, está viajando desde hace algún tiempo, y yo me aprovecho de su ausencia para divertirme y visitar la corte de París. En cuanto a la de Turgis, cesad, os lo ruego, de hablarme de ella; me es odiosa; es la mujer más mala de la corte... ¿Sabréis, desde luego, cómo quedó viuda?

-He oído alguna cosa.

-¿Sí?... Hablad... ¿Qué os han dicho?

-Que al sorprender a su marido en amante coloquio con una camarera se enfureció la condesa, agarró una daga y con ella le hirió... El pobre hombre moría al mes siguiente.

-¿Esta acción os parece... horrible?

-Os confieso que merece excusa. Se dice que la condesa amaba a su marido, y hay que tener en gran estima a los celos.

-Habláis así porque creéis estar delante de la de Turgis; pero sé que la despreciáis en el fondo del corazón.

En este acento había una expresión triste y melancólica; pero no era la voz de la condesa. Mergy no sabía qué pensar.

-¡Cómo! -dijo-, ¿sois española y no os inspiran simpatía los celosos?

-Dejemos eso... ¿Qué es ese cordón negro que lleváis pendiente del cuello?

-Una reliquia.

-Os creía protestante.

-Y lo soy. Pero esta reliquia me la dio una dama, y la llevo en recuerdo suyo.

-Si deseáis agradarme, no tenéis que pensar más en otras damas. Para vos no debe haber más que yo... ¿Quién os dio esa reliquia?... ¿Fue también la de Turgis?

-No, en verdad.

-Mentís.

-¿Sois entonces la señora de Turgis?

-Habéis cometido una traición, Bernardo.

-¿Cómo?

-Cuando vea a la de Turgis, la preguntaré por qué hace el sacrilegio de regalar cosas santas a un hereje.

La incertidumbre de Mergy aumentaba a cada momento.

-Pero quiero esa reliquia; dádmela.

-No; no puedo.

-La quiero. ¿Osáis rehusar?

-He prometido devolverla.

-¡Bah! ¡Una puerilidad de promesa! ¡Promesa que se hace a una mujer falsa no compromete a nada! Además, estad en guardia; acaso sea un sortilegio, un amuleto peligroso lo que lleváis encima. Se dice que la de Turgis es una gran maga.

-No creo en la magia.

-¿Ni en los magos?

-Un poco en las magas.

Y recalcó mucho esta última palabra.

-Escuchad: si me dais esa reliquia, tal vez me quite el antifaz.

-¡Por mi vida!... Ésta es la voz de la señora de Turgis.

-Por última vez: ¿me queréis entregar esa reliquia?

-Os la devolveré cuando os quitéis el antifaz.

-¡Ah!, ya me tenéis impaciente con vuestra condesa de Turgis. Amadla como os plazca, ¿a mí qué me importa?

Y se dejó caer en un sillón, como si estuviera incomodada. El satén que cubría su garganta se elevaba y descendía con gran rapidez.

Durante algunos minutos guardó silencio, y después, volviéndose repentinamente, dijo en tono burlón:

-¡Válgame Dios! Vuestra merced no es un caballero: es un monje27.

De un puñetazo, la enmascarada derribó las dos bujías que alumbraban la mesa, y la mitad de las botellas y los platos. Las luces se apagaron al instante. Al mismo tiempo se arrancó ella el antifaz... En la más completa obscuridad, Mergy sintió una boca de fuego que buscaba la suya y dos brazos que le estrechaban con fuerza.




ArribaAbajo-XV-

La obscuridad


«De noche todos los gatos son pardos.»



El reloj de una iglesia vecina dio cuatro campanadas.

-¡Jesús! ¡Las cuatro! Apenas si tendré tiempo de regresar a casa antes que sea de día.

-¡Oh! ¡Pícara! ¿Me abandonáis tan pronto?

-Es necesario; ya es hora de que se interrumpa nuestro delirio.

-¡Nuestro delirio! Pensad, querida condesa, que yo no os he visto.

-Dejad ya a vuestra condesa y no seáis niño; yo soy doña María, y cuando tengamos luz podréis convenceros de que no soy la que suponéis.

-¿Hacia qué lado está la puerta? Voy a llamar.

-No, dejadme andar sola. Conozco muy bien esta cámara, y sé dónde encontraré un eslabón.

-Tened cuidado no os hagáis mal con algún pedazo de vidrio; ¡rompisteis anoche tantos!

-Dejadme hacer. ¿Lo encontráis?

-¡Ah! Sí. Es mi corsé... ¡Virgen Santa! ¿Cómo haría yo? Corté anoche todos los cordones con vuestro puñal.

-Habrá que llamar a la vieja.

-No os mováis; dejadme... Adiós, querido Bernardo 28.

La puerta se abrió y se cerró en seguida. Una larga carcajada se escuchó por fuera. Mergy comprendió que su conquista se había escapado. Intentó perseguirla; pero en la obscuridad tropezaba con los mueble y con las cortinas, sin poder encontrar la puerta. Se abrió ésta de repente y alguien entró llevando una linterna sorda. Mergy agarró rápido por el brazo a la persona que la conducía.

-¡Ah! Ya os tengo. Ahora no podréis escapar -exclamó, abrazándola tiernamente.

-Dejadme, señor de Mergy -dijo una voz áspera-; no se debe apretar a las gentes de esa manera.

Y reconoció a la vieja.

-¡Que el diablo os lleve! -exclamó.

Se vistió en silencio, recogió sus armas y su capa y salió de aquella casa en el estado de un hombre que, después de haber bebido un excelente vino de Madera, se zampa, por la distracción de un criado, un vaso de jarabe antiescorbútico, olvidado en la bodega durante muchos años.

Mergy fue bastante discreto con su hermano; le habló de una dama española de gran hermosura, por lo que podía juzgarse en la obscuridad; pero no dijo una palabra de las sospechas que había formado sobre la incógnita señora.




ArribaAbajo-XVI-

La confesión


«¡Ah! ¡Por favor, Alimené, cesad! ¡os lo suplico!, y hablemos seriamente.»


(Molière: Amphitryon.)                


Dos días transcurrieron sin informes de la fingida española. Al tercero se enteraron de que la señora de Turgis había llegado la víspera a París, y que aquella misma jornada iba a hacer la corte a la reina madre. Los dos hermanos se dirigieron pronto al Louvre y la encontraron en una galería, charlando con otras damas. La presencia de Mergy no pareció causarla emoción alguna, pues ni el más leve carmín enrojeció sus mejillas, habitualmente pálidas. En cuanto se fijó en él, la condesa le hizo un gracioso gesto de cabeza, como a un amigo antiguo, y después de los primeros cumplimientos, le dijo:

-Ahora espero que vuestra obstinación, hugonote, se haya bamboleado un poco. Son necesarios los milagros para que os convirtáis.

-¿Cómo?

-¿Qué? ¿No habéis experimentado por vos mismo los efectos sorprendentes del poder de las reliquias?

Mergy sonrió con aire incrédulo.

-El recuerdo de la bella mano que me regaló esta cajita y el amor que ella me inspira doblaron mis energías y mi destreza.

Rió ella, amenazándole con el dedo.

-Estáis un poco impertinente. ¿Sabéis a quién dirigís ese lenguaje?

Mientras hablaba se quitó el guante para arreglar sus cabellos, y Mergy miró con fijeza su mano, y de la mano elevó la mirada a los ojos sagaces y malignos de la condesa. El aire de asombro del joven excitó en ella la risa.

-¿Por qué os reís?

-Y vos ¿por qué me miráis con esa cara de asombro?

-Perdonadme; pero desde hace algunos días no me pasan más que cosas asombrosas.

-En verdad debe de ser curioso. Contadnos en seguida alguno de esos sucesos sorprendentes que os ocurren a cada momento.

-No puedo hablar ahora, y menos en este lugar. Además, no se me ha olvidado cierta divisa española que me enseñaron hace tres días.

-¿Qué divisa?

-Esta sola palabra: callad29.

-¿Y qué quiere decir?

-¿Qué? ¿No sabéis el español? -preguntó observándola con la mayor atención.

Pero ella soportó el examen sin dejar aparentar que comprendiera el sentido oculto de la pregunta; y pronto la mirada del joven, que había estado fija en la suya, se bajó rápida, forzada a reconocer la potencia superior de unos ojos que había osado desafiar.

-En mi infancia -respondió la condesa en el tono de la más perfecta indiferencia- aprendí algunas palabras de español; pero pronto se me olvidaron. De modo que habladme en francés, si queréis que os comprenda. Veamos: ¿qué significa esa divisa?

-Aconseja la discreción.

-¡Ah! Me place. Nuestra juventud cortesana debería de adoptarla, o, sobre todo, justificarla con su conducta... Os habéis hecho un sabio, caballero de Mergy. ¿Quién os ha enseñado el español? Apostaría a que era una dama.

Mergy la miró con aire cariñoso y sonrió.

-No sé más que algunas palabras en español -dijo en voz baja-. Es el amor quien las ha grabado en mi memoria.

-¡El amor! -repitió la condesa con aire burlón.

Como hablara muy alto, varias damas volvieron la cabeza al oír esta palabra, como para preguntar de qué se hablaba. Mergy, un poco molesto por la burla, y descontento de verse tratado de esa suerte, sacó de su bolsillo la carta que le había entregado la vieja y se la presentó a la condesa.

-No dudo -dijo- que seáis tan sabia como yo y comprenderéis sin dificultad esas palabras en español.

Diana de Turgis tomó la carta, la leyó o aparentó leerla, y riendo con todas sus fuerzas, se la entregó a la dama que se encontraba más cerca de ella.

-Tened, señora de Chateauvieux; leed ese cariñoso billete que el señor de Mergy ha recibido de su amada, que me quiero enterar de lo que dice. Lo bonito del caso es que yo conozco la mano que lo ha escrito.

-No lo he dudado un momento -dijo Mergy algo secamente y en voz muy baja.

La señora de Chateauvieux leyó el billete, se echó a reír y lo entregó a un caballero; éste, a su vez, lo pasó a otras manos, y a los pocos momentos no hubo nadie en la galería que ignorase el buen trato que había recibido Bernardo por parte de una dama española.

Cuando disminuyeron las carcajadas, preguntó la condesa a Mergy en tono burlón si era bonita la mujer que le escribió el billete.

-Por mi honor, os digo, señora, que no la he encontrado menos bonita que vos.

-¡Oh! ¿Qué decís? ¡Jesús! No debéis de haberla visto más que de noche; yo la conozco muy bien, y os aseguro que se os puede felicitar por vuestra buena fortuna.

Y estalló en una gran risa.

-¡Querida! -dijo la Chateauvieux-. Decidnos el nombre de esa dama española que ha tenido la dicha de adueñarse del corazón de Mergy.

-Antes de nombrarla, os ruego, delante de estas damas, que nos digáis, caballero de Mergy, si habéis visto a vuestra amada durante el día.

Bernardo se hallaba verdaderamente molesto, y su inquietud y su mal humor se pintaban de un modo muy cómico en su fisonomía.

-Sin más misterios: ese billete está escrito por la señora María Rodríguez. Conozco su letra como la de mi padre.

-¡María Rodríguez! -exclamaron todas las damas, estallando en risas.

María Rodríguez era una mujer de más de cincuenta años. Había sido dueña en Madrid. No se sabe cómo llegó a Francia ni por qué motivos la tomó a su servicio Margarita de Valois... Quizá desease tener en su casa aquella especie de monstruo para hacer resaltar más por la comparación su hermosura, ya que estaba de moda en aquella época que los pintores trazaran en una misma tela el retrato de una belleza y la caricatura de su enano. Cuando la Rodríguez hizo su presentación en el Louvre, divirtió extraordinariamente a las damas de la corte por su aire estirado y sus vestidos a la antigua.

Mergy tiritaba. También había visto a la dueña, y recordaba con horror que la dama del antifaz decía llamarse doña María; sus recuerdos se hicieron confusos. Estaba completamente aturdido, y su azoramiento hacía aumentar las carcajadas.

-Es una dama muy discreta -dijo la condesa de Turgis-, y no podríais encontrar mejor cosa. Tiene un elegante aspecto cuando se pone sus dientes postizos y su peluca negra... Además, no tendrá, ciertamente, arriba de sesenta años.

-Esa mujer os traerá buena suerte -exclamó la de Chateauvieux.

-¿Os gustan las antigüedades? -preguntó otra dama.

-¡Qué lástima! -dijo muy quedo una camarista de la reina-. ¡Qué lástima que los hombres tengan caprichos tan ridículos!

Mergy se defendió lo mejor que pudo. Las frases irónicas llovían sobre él, y estaba haciendo una triste figura, cuando el rey apareció de repente al final de la galería, y su presencia hizo que cesaran al instante las risas y burlerías. Cada uno se apresuró a ceder paso al monarca, y el silencio sucedió al tumulto.

El rey acompañaba al almirante, con el cual había conversado largo rato en su gabinete. Apoyaba familiarmente la mano sobre la espalda de Coligny, cuya barba gris y sus vestidos negros contrastaban con el aire juvenil de Carlos y sus ropas de brillantes bordados. Al verlos se diría que aquel rey joven, con un discernimiento muy raro en el trono, había sabido elegir por favorito al más virtuoso y sabio de sus súbditos.

Mientras atravesaban la galería y todas las miradas estaban fijas en ellos, Mergy escuchó a su oído la voz de la condesa, que murmuraba muy quedo:

-¡Sin guardarme rencor! Tened, y no mirad hasta que no estéis fuera.

Al mismo tiempo cayó cierta cosa en el sombrero que tenía en la mano. Era un papel con un sello y envuelto en algo duro. La guardó en el bolsillo, y un cuarto de hora después, en cuanto estuvo fuera del Louvre, lo abrió y encontró una pequeña llave y estas palabras escritas:

«Esta llave abre la puerta de mi jardín... Id hoy por la noche, a las diez... Os amo... Me ofreceré a vos sin antifaz alguno, y veréis al fin a doña María, que es vuestra.-Diana

El rey acompañó al almirante hasta el final de la galería.

-Adiós, mi señor -le dijo, estrechándole las manos-; ya sabéis cuánto os amo y respeto, y no ignoro que sois para mí el cuerpo y el alma.

Y acompañó esta frase de una carcajada. Después, al volver a su gabinete, se detuvo delante del capitán Jorge.

-Mañana, después de la misa -dijo-, vendréis a hablar conmigo en mi cámara.

Dio media vuelta, y luego de mirar con inquietud hacia la puerta por donde Coligny acababa de marchar, abandonó la galería para encerrarse con el mariscal de Retz.




ArribaAbajo-XVII-

La audiencia particular



       «Do yon find
Your patience so predominant in your nature
That yon can let this go?»


(Shakespeare: Macbeth.)                


El capitán Jorge se presentó en el Louvre a la hora indicada. Tan pronto como dijo su nombre, un ujier, levantando una mampara de tapicería, le introdujo en el gabinete del rey. El monarca, que estaba sentado junto a una mesa pequeña y en disposición de escribir, le hizo seña con la mano de que esperase, como si creyera perder al hablar el hilo de las ideas que le preocupaban entonces. El capitán, en una actitud respetuosa, permaneció de pie a seis pasos de la mesa y tuvo tiempo de pasear sus miradas sobre la cámara y observar al detalle su decorado.

Era muy sencillo, pues no consistía apenas sino en instrumentos de caza sin orden colgados de las paredes. Un buen cuadro representando a la Virgen, con un gran ramo de boj encima, estaba clavado entre un arcabuz y un cuerno de caza. La mesa sobre la cual escribía el monarca se hallaba cubierta de papeles y libros. Sobre el suelo, un rosario y un libro de Horas se mezclaban con filetes de caballos y campanillas de halcones. Un gran lebrel dormía en un cojín muy cerca de su amo.

De repente, el rey arrojó su pluma a tierra en un movimiento de furor y pronunció entre dientes un terrible juramento. Con la cabeza baja y paso irregular recorrió dos o tres veces lo largo de la estancia. Luego se detuvo repentinamente delante del capitán y le miró azorado, como si le advirtiera por primera vez.

-¡Ah! ¡Sois vos! -dijo retrocediendo un paso.

El capitán se inclinó hasta la cadera.

-Me alegro tanto de veros... Tenemos que hablar... Pero...

Y se detuvo.

La boca entreabierta, el cuello alargado, el pie izquierdo adelantando al derecho en seis pulgadas, en la posición, en fin, con que supongo que un pintor trazara la imagen representativa de la atención, quedó Jorge esperando el fin de la frase comenzada. Pero el rey había dejado caer su cabeza sobre el pecho, y parecía preocupado por ideas muy distintas y a muchas leguas de distancia de la que estuvo a punto de expresar hacía un momento.

Hubo un silencio de algunos minutos. Se sentó el rey y se llevó la mano a la frente como una persona muy fatigada.

-¡Diablo de rima! -exclamó golpeando el pie y haciendo retemblar las largas espuelas con que sus botas estaban armadas.

El gran lebrel se despertó sobresaltado y tomó el ruido por un llamamiento que se le dirigía; se levantó, se aproximó al sillón del rey y puso sus dos patas sobre las rodillas reales, y levantando su cabeza afilada, que sobrepujaba en mucho a la de Carlos, abrió una larga boca y bostezó sin la menor ceremonia, pues es dificilísimo que se adapte un perro a las costumbres delicadas de la corte.

El rey separó al can, que, suspirando, se volvió a dormir. Los ojos de Carlos encontraron por azar al capitán, y aquél dijo:

-Perdonadme, Jorge; es una...30 rima que me hace sudar sangre.

-¿Importuno acaso a vuestra majestad? -dijo el capitán, haciendo una gran reverencia.

-Nada, nada -contestó el rey.

Y levantándose, puso su mano sobre la espalda del capitán, con aire de gran familiaridad.

Sonreía al mismo tiempo; pero esta sonrisa era sólo de sus labios, pues sus ojos, distraídos, no tomaban en ella parte alguna.

-¿Estáis aún fatigado de la última cacería? -preguntó el rey, evidentemente cohibido para entrar en materia-. El ciervo tardó mucho tiempo en ser dominado.

-Señor, sería indigno de mandar un escuadrón de caballería ligera de vuestra majestad si me hubiese fatigado por una carrera como la del último día. Durante las pasadas guerras, M. de Guisa, al verme siempre montado, me llamó de sobrenombre el albanés.

-Sí; me han dicho, en efecto, que eres un gran jinete... Pero, dime: ¿sabes tú tirar bien con el arcabuz?

-Señor, creo que sí. Mas, sin embargo, estoy muy lejos de poseer la destreza de vuestra majestad... Ésa no la tiene todo el mundo.

-Toma este largo arcabuz y cárgale con doce perdigones. ¡Que me condene si a sesenta pasos se encuentra uno solo fuera del pecho de la víctima que tú tomes por blanco!

-Sesenta pasos es una gran distancia; ¡pero a mí me gustaría poco que hiciese esa prueba conmigo un tirador como vuestra majestad!

-Y a doscientos pasos metes una bala en un cuerpo humano, si la bala es de calibre.

El rey puso el arcabuz en las manos del capitán.

-Parece tan bueno como rico -dijo Jorge, después de haberle examinado cuidadosamente y hacer jugar el gatillo.

-Veo que dominas el arma, mi bravo soldado. Ponla en juego para ver cómo la manejas.

El capitán obedeció.

-Un arcabuz es una cosa bonita -continuó Carlos, hablando con lentitud-. A cien pasos de distancia, y con un leve movimiento de dedo, se puede uno desembarazar de un enemigo, sin que le valgan ni corazas ni cotas de malla.

Carlos IX, como se ha dicho, fuera a causa de una costumbre infantil, o fuera por timidez natural, no miraba nunca al rostro de la persona a quien se dirigía. Esta vez, sin embargo, miró fijamente al capitán, y con una expresión extraordinaria. Jorge bajó los ojos involuntariamente, y el rey los apartó rápido. Hubo un nuevo instante de silencio, que Jorge fue el primero en romper.

-Aunque se tenga mucha destreza con las armas de fuego, considero más seguras la espada y la lanza.

-Sí; pero el arcabuz...

Carlos sonrió de modo extraño, y añadió después:

-Me han dicho, Jorge, que has sido gravemente ofendido por el almirante.

-Señor...

-Lo sé... estoy seguro... Pero me gustaría oírlo contar a ti mismo.

-Es verdad, señor. Fui a hablarle de una enojosa cuestión que era para mí de sumo interés.

-¿El duelo de tu hermano? ¡Pardiez! Es un valiente muchacho, que ha merecido mi estimación. Comminges era un fatuo, y tenía bien ganado lo que le ha ocurrido. Pero, ¡por mi vida! ¿Cómo se las ha arreglado esa vieja barba gris para buscarte querella?

-Supongo que nuestras diferentes creencias, y mi conversión, que creía olvidada por los hugonotes.

-¿Olvidada?

-Vuestra majestad ha dado el ejemplo de olvido en los disentimientos religiosos, y vuestra rara e imparcial justicia...

-Aprende, camarada, cómo el almirante no olvida nunca.

-Ya lo advierto, señor.

Y la fisonomía de Jorge se obscureció.

-Dime, Jorge, ¿qué piensas hacer?

-¿Yo, señor?

-Sí; habla francamente.

-Señor, soy un pobre caballero, y el almirante, muy viejo para que yo pueda retarlo. Además, señor... -dijo inclinándose como si quisiera reparar con una frase cortesana la impresión que su atrevimiento hubiera producido en el rey-, ¡y el temor, para mí grande, de perder la consideración de vuestra majestad!...

-¡Bah! -exclamó el rey, y apoyó su mano derecha sobre la espalda de Jorge.

-Felizmente -siguió el capitán-, mi honor no se halla entre las manos del almirante; y si alguno de mi calidad osara mostrar dudas sobre ello, entonces yo suplicaría a vuestra majestad me permitiese...

-¿De modo que no te piensas vengar del almirante?... Sin embargo, su insolencia ha sido tremenda.

Jorge abrió los ojos asombrado.

-¡Te ha ofendido! -continuó el rey-. ¡Sí! ¡Que el diablo me lleve! ¡Te ha ofendido gravemente, me lo han dicho!... Un caballero no es un lacayo, y hay cosas que no se pueden sufrir ni de un príncipe.

-¿Cómo me puedo vengar de él? ¿Podría encontrar un medio de que nos batiéramos?

-Quizá... Pero...

El rey cogió el arcabuz y le puso en juego.

-¿Me comprendes? -añadió.

El capitán retrocedió unos pasos. El gesto del monarca era bastante claro, y la expresión diabólica de su fisonomía le explicaba mucho.

-¡Oh!, señor. ¿Vos me aconsejáis?

El rey golpeó fuertemente el suelo con el arcabuz y exclamó mirando al capitán con ojos furiosos:

-¡Aconsejarte! ¡Ira de Dios! ¡Yo no te aconsejo nada!

El capitán no sabía qué responder, e hizo lo que tantas personas hubiesen hecho en su caso: inclinarse y bajar los ojos.

Carlos prosiguió con un tono más dulce:

-Quiero decir que si tú le dieras un buen arcabuzazo para vengar tu honor... a mí me sería igual. ¡Voto al demonio! Un caballero no posee un bien más preciado que su honor, y en defensa de éste es perdonable cuanto haga... Y estos Chatillons son fieros e insolentes como criados de verdugos. Ya sé que a esos pícaros les gustaría retorcerme el cuello y ocupar mi plaza... Cuando veo al almirante me entran deseos a veces de arrancarle los pelos de la barba.

A este torrente palabrero de un hombre que no era pródigo de ordinario en su conversación, el capitán no respondió nada.

-Pues bien, ¡por la sangre de Cristo!, ¿qué piensas hacer?... En tu lugar, yo le aguardaría al salir de su... sermón, y desde alguna ventana le lanzaría un buen arcabuzazo en los riñones. ¡Pardiez! Mi primo Guisa lo sabría agradecer, y tú habrías hecho mucho por la paz del reino... ¿Sabes que ese parpaillot es más rey de Francia que yo mismo?... Te digo lo que pienso... Es necesario que aprenda a no hacer desgarrones en el honor de un caballero. Un desgarrón en el honor se paga con un desgarrón en la piel.

-El honor de un caballero se estropea, en vez de componerse, con un asesinato.

Esta respuesta fue para el rey como la herida de un rayo. Inmóvil, con las manos extendidas hacia el capitán, agarraba todavía el arcabuz que acababa de ofrecerle como instrumento de su venganza. Su boca, medio abierta, empalideció, y su mirada feroz, fija en la de Jorge, lanzaba y recibía a la vez una horrible fascinación.

El arcabuz escapó al fin de las manos temblorosas del rey, e hizo retemblar el suelo en su caída; el capitán se lanzó en el acto a recogerlo, y el rey se sentó entonces en su sillón, bajando la cabeza con aire sombrío. Los movimientos precipitados de su boca y sus cejas eran anuncio de los combates que se libraban en el fondo de su corazón.

-Capitán -dijo, después de un largo silencio-. ¿Dónde está tu escuadrón de caballería ligera?

-En Meaux, señor.

-Irás a reunirte con él dentro de poco, y tú mismo le conducirás a París... Dentro de algunos días recibirás la orden. Adiós.

En su voz se notaba un acento duro y colérico. El capitán le hizo un profundo saludo, y Carlos, mostrándole con la mano la puerta del gabinete, le indicaba que la audiencia había concluido.

El capitán salía lentamente, haciendo las reverencias al uso, cuando el rey se levantó con impaciencia, le asió de un brazo y le dijo:

-¡Por lo menos, punto en boca! ¡Ya me entiendes!

Jorge se inclinó y llevó su mano al pecho. Al abandonar la cámara le pareció escuchar al rey que llamaba al lebrel con voz dura, haciendo silbar su fusta de caza, como dispuesto a descargar su mal humor en el inocente animal.

De vuelta a su casa, Jorge escribió la carta siguiente, que hizo mandar al almirante:

«Uno que no os estima, pero que ama mucho su honor, os advierte que desconfiéis del duque de Guisa, o quizá de otra más alta persona. Vuestra vida está amenazada.»

Esta carta no produjo ningún efecto en el ánimo atrevido de Coligny. Es sabido que poco tiempo después, el 22 de agosto de 1572, fue herido de un arcabucazo por un facineroso llamado Maurevel, que recibió en aquella ocasión el sobrenombre de asesino al servicio del rey.




ArribaAbajo-XVIII-

El catecúmeno



«This pleasing to be school'd in a
strange tongue, by female lips and eyes.»


(Lord Byron: Don Juan, canto II.)                


Cuando son discretos dos amantes, a veces transcurren hasta ocho días sin que el público se cerciore de ese amor. Pasado ese tiempo, la prudencia se suspende, las precauciones empiezan a parecer ridículas, y una mirada fácilmente sorprendida se interpreta con la misma facilidad, y ya todo está claro.

Así, los amores de la condesa de Turgis y de Mergy dejaron de ser muy pronto un secreto para la corte de Catalina. Una multitud de pruebas evidentes habría abierto los ojos hasta a los más ciegos... La señora de Turgis gustaba de las cintas lilas, y el tahalí de la espada de Mergy y su justillo y sus zapatos lucían adornos de ese color. La condesa había declarado en público su horror por la barba de mentón y su preferencia hacia los bigotes galantemente levantados; poco después, el mentón de Bernardo se presentaba afeitadísimo, y su bigote, desesperadamente rizado y peinado con toda clase de pomadas, presentaba unas guías enormes que por debajo de la nariz llegaban a cruzarse. Por si esto no fuera bastante, se llegó a decir que cualquier caballero que pasease una mañana por la calle de Assis habría visto abrir la puerta del jardín de la condesa y salir a un hombre, en el cual, a pesar de que iba cuidadosamente embozado en su capa hasta los ojos, reconocería con poco trabajo al caballero de Mergy.

Pero lo que parecía más terminante, y lo que realmente sorprendió a todo el mundo, era ver al joven hugonote, que antes odiaba implacablemente las ceremonias del culto católico, frecuentar ahora las iglesias con grande asiduidad, no faltar a ninguna procesión, y hasta mojar sus dedos en agua bendita, cosa que días antes hubiera considerado como un horrible sacrilegio. Los cortesanos se decían al oído que Diana acababa de ganar un alma para Dios, y muchos caballeros jóvenes de la religión reformada declararon que ellos acaso pensarían seriamente en convertirse, si en vez de capuchinos y franciscanos les predicaran los sermones jóvenes tan bonitas como la señora de Turgis.

Faltaba mucho, sin embargo, para que Bernardo se convirtiera. Es verdad que acompañaba a la condesa a la iglesia; pero era para colocarse al lado de su amada y no dejar de hablar mientras duraba la misa, con grande escándalo de los devotos. De este modo, no solamente no escuchaba el sacrificio, sino que impedía a los fieles que prestasen la atención conveniente. Iba a las procesiones porque en aquella época era algo tan divertido como en la actualidad una mascarada, y si no hacía escrúpulos de mojar sus dedos en agua bendita, era porque le daba derecho a estrechar delante de gente una blanca mano que temblaba al contacto con la suya. Pero si todavía conservaba su creencia, era a fuerza de terribles luchas, pues Diana argumentaba contra él con la ventaja de que escogía, para entablar sus disputas teológicas, los momentos en que Mergy no podía rehusarle ninguna cosa.

-¡Querido Bernardo! -le decía ella una noche, apoyando su cabeza sobre la espalda de su amante, mientras que él enlazaba en su cuello las trenzas de los cabellos negros-. ¡Querido Bernardo! Has oído esta tarde un sermón conmigo, ¿y no han hecho ningún efecto en tu corazón palabras tan conmovedoras? ¿Vas a permanecer insensible toda tu vida?

-Pero, ángel mío, ¿cómo quieres que la voz gangosa de un capuchino pueda lograr lo que no han conseguido tu voz dulce y tus argumentos religiosos, acompañados de tus miradas amorosas?

-¡Desgraciado! Quisiera estrangularte.

Y tirándole de una de las trenzas de su cabello, de las cuales le tenía asido, le atrajo más cerca de ella.

-¿Sabes en qué paso el tiempo durante el sermón? En contar las perlas que tienes entre tus rizos.

-Estaba segura de que no escuchas el sermón. Siempre es la misma historia. ¡Ah! -añadió con un poco de tristeza-. Veo que no me amas como yo te amo; si no fuera así, hace tiempo que estarías convertido.

-Pero, Diana, ¿para qué esas eternas discusiones? Dejémoslas para los doctores de la Sorbona y sus ministros, y nosotros pasemos el tiempo de otra manera más amable.

-¡Dejarlo!... Si te pudiera salvar, ¡qué feliz sería! Escucha, Bernardo: para salvarte, consentiría gustosa en doblar el número de años que debo estar en el purgatorio.

Mergy fue a tomarla en sus brazos sonriendo, pero ella le rechazó con una expresión de indecible tristeza.

-¡Ay! No harás nada por mí; no te preocupa el peligro que corre mi alma mientras me entrego a ti...

Y varias lágrimas rodaron por sus mejillas.

-Pero, encanto, ¿no sabes que el amor excusa muchas cosas?

-Lo sé bien, y si yo pudiera salvar tu alma, todos mis pecados me serían perdonados, así como los que estamos cometiendo juntos y los que podamos cometer todavía... Todos, todos serían absueltos. ¿Qué digo? Nuestros mismos pecados habrían sido el instrumento de nuestra gracia.

Y al hablar de este modo le estrechaba en sus brazos con fuerza, y la vehemencia del entusiasmo que le animaba hacía tan cómica la situación, que Mergy tuvo necesidad de contenerse para no saludar con una gran carcajada esta extraña manera de predicar.

-Aguardemos un poco para la conversión, querida Diana, cuando los dos seamos algo viejos..., cuando los años nos impidan amarnos con tanto ardimiento.

-Me entristeces, desgraciado... ¿Por qué esa sonrisa diabólica en tus labios? ¿Crees que puedo desearlos ahora?

-Observa que yo no me sonrío.

-Vamos, ya estoy tranquila. Dime, querido Bernardo31: ¿has leído el libro que te regalé?

-Sí, lo acabo de leer.

-¿Y qué te parece? Expone razonamientos contundentes, y ante ellos los incrédulos tienen que taparse la boca.

-Tu libro, querida Diana, no es más que un tejido de mentiras y de impertinencias. Es lo más imbécil que ha salido hasta ahora de una imprenta papista. Apostaría a que no lo has leído, aunque me hablas de él con tanta seguridad.

-No, no lo he leído todavía -dijo Diana, enrojeciendo un poco-; pero estoy segura de que se halla lleno de razón y de verdad. Lo prueba el propio encarnizamiento de los hugonotes en despreciarlo.

-¿Quieres que, por pasatiempo y con las Santas Escrituras en la mano, yo te demuestre...?

-¡Oh! Guárdate bien, Bernardo. Yo no leo las Escrituras, como hacen los herejes. No quiero que debilites mi creencia. Además, perderías el tiempo. Vosotros, los hugonotes, estáis siempre armados de una ciencia que desespera. Cuando disputáis os gusta arrojárnosla a la cara, y los pobres católicos que no han leído ni a Aristóteles ni la Biblia no saben cómo contestar.

-¡Ah! Pero es que vosotros, los católicos, creéis las cosas porque sí, sin tomaros la molestia de comprobar si son razonables o no. Nosotros, en cambio, estudiamos nuestra religión antes de defenderla, y, sobre todo, antes de quererla propagar.

-¡Ah! ¡Quién tuviera la elocuencia del franciscano padre Giron!

-Es un imbécil y un charlatán. No sabe más que gritar. Hace seis años, en una conferencia pública, le revolcó nuestro pastor Houdart.

-¡Mentiras! ¡Mentiras de los herejes!

-¡Cómo! ¿No sabes tú que en el curso de la discusión se vio que al buen padre le caían gruesas gotas de sudor sobre un Crisóstomo que tenía en la mano? ¿Lo hacía acaso por gracia?

-No te quiero oír. No envenenes mis oídos con tus herejías. Bernardo, mi querido Bernardo, yo te conjuro a que no escuches esas doctrinas de Satanás, que te llevarán al infierno. Salva tu alma ingresando en nuestra Iglesia.

Y, como a pesar de sus instancias, leyese en los ojos de su amante la incredulidad, añadió:

-Si me amas, renuncia por mí a tus condenables ideas.

-Me sería más fácil, querida Diana, renunciar por ti a la vida que no a lo que mi razón ha comprobado una verdad. ¿Cómo quieres que tu amor me impida creer que dos y dos son cuatro?

-Cruel.

Mergy tenía un medio infalible para terminar las discusiones de esta especie, y se empleó:

-¡Ay, querido Bernardo! -dijo la condesa con voz lánguida, cuando el nuevo día obligó a Mergy a retirarse-; me condenaré por ti, sin tener el consuelo de salvarte.

-No te preocupes, ángel mío. El padre Giron nos absolverá in articulo mortis.




ArribaAbajo-XIX-

El franciscano



«Monachus in claustra
mon valet ova duo:
sed quando est extra,
bene valet triginto.»



Al día siguiente del matrimonio de Margarita con el rey de Navarra, el capitán Jorge, por orden superior, abandonó París, para ponerse al frente de su escuadrón de caballería ligera, que guarnecía Meaux. Su hermano le dio el adiós con gran cariño, y esperando volver a verle antes de que concluyeran las fiestas, se resignó de buen grado a habitar solo la casa unos cuantos días. La señora de Turgis le distraía bastante para que pudiesen asustarle algunos momentos de soledad. Toda la noche la pasaba fuera de casa, y el día entero le dedicaba a dormir.

El viernes 22 de agosto de 1572, el almirante fue gravemente herido por un facineroso llamado Maurevel. Como el rumor había atribuido el cobarde asesinato al duque de Guisa, este señor se creyó en el caso de abandonar París para substraerse a los lamentos y a las amenazas de los reformistas. El rey, de momento, pareció querer perseguir al duque con gran rigor; pero luego no puso ningún obstáculo a su regreso, que fue señalado por la horrible matanza del 24 de agosto.

Un gran número de caballeros protestantes, jinetes en briosos caballos, después de haber ido a visitar al almirante, recorrieron las calles con la intención de buscar al duque de Guisa o a sus amigos y entablar contienda si los encontraban. No ocurrió nada, sin embargo. El populacho, asustado ante el número, o quizá queriendo reservarse para mejor ocasión, guardó silencio ante el formidable grupo, y sin darse por enterado, les oyó gritar: ¡Mueran los asesinos del almirante! ¡Abajo los guisistas!

A la vuelta de una calle, una docena de jóvenes católicos y varios servidores de Guisa se presentaron inopinadamente delante del grupo protestante. Se esperaba una pendencia seria; pero no sucedió nada. Los católicos, acaso por prudencia, o tal vez porque obraran con órdenes precisas, no respondieron a las injurias de los protestantes, y un joven de buen aspecto que marchaba a la cabeza de aquéllos avanzó hacia Mergy, y saludándole con cortesía, le dijo en tono amistoso y familiar:

-Buenos días, caballero de Mergy. ¿Sin duda habréis visto a M. de Chatillon? ¿Cómo se encuentra? ¿Ha sido preso el asesino?

Los dos grupos se detuvieron. Mergy reconoció el barón de Vandreuil, correspondió a su saludo y respondió a sus preguntas. Se entablaron numerosas conversaciones particulares, y como duraron poco, ambos bandos se separaron sin disputar. Los católicos cedieron la calle y cada uno prosiguió su camino.

El barón de Vandreuil había detenido a Mergy bastante tiempo; de modo que nuestro héroe se quedó algo detrás de sus compañeros. Al despedirle, le dijo Vandreuil, mientras examinaba la silla de su caballo:

-¡Tened cuidado! Mucho me equivoco, o a este animal no le aprieta bien la cincha. ¡Estad prevenido!

Mergy puso pie en tierra y encinchó de nuevo al caballo. En cuanto volvió a montar, pudo advertir que alguien iba al trote largo detrás de él. Volvió la cabeza y se encontró con un hombre joven, cuya figura le era desconocida y que formaba parte del grupo que acababa de abandonar.

-¡Ira de Dios! -dijo el perseguidor al alcanzar a Bernardo-. Me satisfaría mucho encontrar a uno de esos que van gritando: ¡Abajo los guisistas!

-Pues no debéis correr demasiado para encontrarlo -respondió Mergy-. Aquí hay uno a vuestra disposición.

-¿Seréis por casualidad de la pandilla de esos granujas?

Mergy desenvainó rápidamente, y con un planazo de su espada golpeó el rostro del amigo de los Guisas. Éste sacó una pistola y disparó; pero felizmente erró el golpe. El amante de Diana respondió con una gran estocada a la cabeza de su enemigo, que cayó del caballo bañado en sangre. El populacho, hasta entonces espectador impasible, tomó partido por el herido. El caballero hugonote fue asediado a pedradas y estacazos, y como toda resistencia contra la multitud era inútil, decidió picar espuelas y partir al galope. Al querer dar rápido la vuelta a un ángulo de la calle, cayó a tierra el noble bruto, derribando al jinete, que resultó sin herida alguna, pero impedido de proseguir su huida para librarse del populacho furioso que le rodeaba. Entonces se adosó contra la pared y pudo defenderse algunos momentos con la espada contra los primeros que se presentaron. Pero un fuerte bastonazo rompió la hoja de su arma, y hubiese sido derribado y hecho pedazos por la multitud, si un franciscano, colocándose delante de los hombres que le perseguían, no le hubiera cubierto con su propio cuerpo.

-¿Qué hacéis, hijos míos? -exclamó-. Dejad a ese hombre. No es culpable.

-Es un hugonote -gritaron cien voces furiosas.

-Pues bien. Dejadle tiempo de arrepentirse. Lo tiene todavía.

Las manos que sujetaran a Mergy le soltaron en seguida. Se levantó rápido, recogió el trozo de su espada y se dispuso a vender muy cara su vida, si de nuevo era atacado.

-Dejad vivir a este hombre -dijo el fraile-, y tened paciencia. Dentro de poco, los hugonotes irán a misa.

-¡Paciencia! ¡Paciencia! -repitieron numerosas veces con mal humor-. Hace mucho tiempo que se nos habla de paciencia, y, entre tanto, cada domingo los hugonotes en sus iglesias escandalizan con sus cánticos a los cristianos honestos.

-¡Eh! ¿No conocéis el proverbio: Tanto canta el búho, que al fin enloquece? -dijo el fraile en tono burlón-. Dejadle chillar todavía un poco; pronto, por la gracia de Nuestra Señora, les oiréis cantar misa en latín. En cuanto a este joven parpaillot, dejádmelo a mí y haré de él un buen cristiano. ¡Vamos! No quemad el asado para comerlo más pronto.

La muchedumbre se dispersó murmurando, pero sin dirigir la menor injuria a Mergy, al que dejaron hasta su caballo.

-Es la primera vez en mi vida que he visto con placer vuestro traje -dijo Bernardo al fraile-. Creed en mi reconocimiento, y aceptad esta bolsa.

-Si la destináis para los pobres, acepto, caballero. Sabréis que me intereso por vos. Conozco mucho a vuestro hermano y quiero que todo os vaya bien.

-Os lo agradezco, padre; pero no tengo ningún deseo de convertirme... ¿Pero de qué me conocéis? ¿Cuál es vuestro nombre?

-Me llamo el hermano Lubin..., y... pícaro, ya os veo rondar con frecuencia alrededor de cierta casa... ¡Chist!... Decidme, caballero de Mergy: ¿creéis ahora que un fraile pueda hacer el bien?

-Por todas partes publicaré vuestra generosidad, padre Lubin.

-¿Y no queréis abandonar el sermón por la misa?

-No, de ningún modo. No iré nunca a la iglesia más que para oír vuestras predicaciones.

-Sois hombre de gusto a lo que parece.

-Y el más grande de vuestros admiradores.

-Me duele que queráis continuar con vuestra herejía. Os he prevenido; he hecho lo que puedo... Por lo tanto, me lavo las manos. Adiós, buen muchacho.

-Adiós, padre.

Mergy montó de nuevo en su caballo y se dirigió a su casa, un poco molido, pero muy satisfecho de haber salido bien librado de un riesgo gravísimo.




ArribaAbajo-XX-

La caballería ligera



    «Jaffier.
       He amongts us
that spares his father, brother,
or his friend is damned.»


(Otway: Vence preservada.)                


La tarde del 24 de agosto, un escuadrón de caballería ligera entró en París por la puerta de San Antonio. Las botas y los trajes de los jinetes, cubiertos de polvo, delataban que venían de hacer una larga caminata. Las últimas luces del Sol expirante esclarecían los rostros curtidos de los soldados, en los cuales se podía leer cierta vaga inquietud que les hacía sentir la proximidad de un suceso que aún desconocían, pero que por instinto juzgaban de naturaleza funesta.

La tropa se dirigió al paso hacia un gran espacio de terreno sin edificar que se extendía cerca del antiguo palacio de Tornillos. Allí, el capitán ordenó hacer alto, y envió para el reconocimiento a una docena de hombres, al mando del teniente, y colocó centinelas, con la mecha encendida, a la entrada de las calles vecinas, como si estuviera aguardando la llegada del enemigo. Después de haber tomado esta precaución extraordinaria volvió al frente de su escuadrón.

-¡Sargento! -dijo con voz más dura y más imperiosa que de costumbre.

Un viejo jinete, que tenía el sombrero ornado de un galón de oro y que llevaba una banda bordada, se aproximó respetuosamente a su jefe.

-¿Todos los soldados están provistos de mechas?

-Sí, capitán.

-Las gualderas de cureña, ¿están preparadas? ¿Hay balas en cantidad suficiente?

-Sí, capitán.

-Bien.

E hizo marchar al paso a su cabalgadura delante de sus soldados. El sargento le seguía a la distancia del largo de un caballo. Había advertido la intranquilidad del capitán y dudaba en preguntarle. Al fin tomó valor.

-Capitán, ¿permitís a los soldados que den de comer a las bestias? Sabéis que no han comido en todo el día.

-No lo autorizo.

-Un poco de avena. Concluyen en seguida.

-¡Que ni un solo caballo sea desbridado!

-Es que si fuese necesario que trabajasen esta noche... Como se dice... que tal vez...

El capitán hizo un gesto de impaciencia.

-¡Volved a vuestro puesto! -dijo secamente.

Y continuó paseándose. El sargento se juntó con los soldados.

-¿Qué ocurre, sargento? ¿Es verdad lo que se dice? ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué ha dicho? ¿Qué le ha dicho el capitán?

Una veintena de preguntas le fueron dirigidas a la vez por los veteranos, cuyos servicios y una costumbre de camaradería autorizaban esta familiaridad con un superior.

-¡Vamos a ver cosas buenas! -dijo el sargento en el tono de un hombre que sabe más de lo que dice.

-¿Cómo? ¿Cómo?

-No quiere que desbridemos a los caballos ni por un instante..., porque..., ¿quién sabe?..., de un momento a otro puede tener necesidad de nuestros servicios.

-¡Ah! ¿Pero nos vamos a batir? ¿Y contra quién? -preguntó el teniente.

-¿Contra quién? -dijo el sargento, repitiendo la pregunta para tener tiempo de reflexionar-. ¡Pardiez! ¿Contra quién va a ser? Pues contra los enemigos del rey.

-Sí. Pero ¿quiénes son los enemigos del rey? -insistió el terco preguntón.

-¡Los enemigos del rey!... ¡Ésos serán!

Y se encogió de hombros desdeñosamente.

-Los españoles son los enemigos del rey -observó uno de los soldados-. Pero no creo que hayan venido en catimini sin que nadie los advierta.

-¡Bah! -manifestó otro-. Yo conozco enemigos del rey que no son españoles.

-Berrando tiene razón -dijo el sargento-, y me figuro de quiénes habla.

-¿De cuáles?

-De los hugonotes -dijo Berrando-. No hace falta ser brujo para notarlo. Todo el mundo sabe que los hugonotes han tomado su religión de Alemania, y yo tengo la seguridad de que los alemanes son nuestros enemigos, y contra ellos he peleado con frecuencia, sobre todo en San Quintín, donde se batían como demonios.

-Todo eso está muy bien -opinó otro-; pero la paz ha sido hecha, y para celebrarla y que no se olvide ha habido mucha música.

-La prueba de que no son nuestros enemigos -dijo un soldado joven y mejor trajeado que los demás- es que el conde de la Rochefoucauld mandará la caballería ligera de la guerra que vamos a hacer en Flandes. ¿Y no es sabido que la Rochefoucauld pertenece a la religión protestante? ¡Que me lleve el diablo si ese conde no es reformista de los pies a la cabeza! Lleva espuelas a lo Condé y el sombrero a lo hugonote.

-¡Mala peste se le lleve! -exclamó el sargento-. Tú no sabes nada, Merlin. No estabas todavía con nosotros. Fue la Rochefoucauld quien dirigió la emboscada, que nos impidió llegar a tiempo a La Robraye en Poitou. Es un costal de malicias y un pícaro consumado.

-Además, ha dicho -añadió Berrando- que una compañía de alemanes vale más que un escuadrón de caballería ligera. Estoy tan seguro de ello como de que estos caballos han galopado. Me lo dijo un paje de la reina.

Un movimiento de indignación se manifestó en el auditorio; pero cedió bien pronto a la natural curiosidad de saber contra quién se dirigían los preparativos belicosos y las precauciones extraordinarias que se acababan de adoptar.

-¿Es verdad, sargento -preguntó el teniente-, que ayer han querido matar al rey?

-Apostaría que ésas son cosas de herejes.

-El hostelero de la Cruz de San Andrés, donde hemos almorzado -dijo Berrando-, nos ha dicho que los hugonotes quieren concluir con las misas.

-En ese caso comeremos cerdo todos los días -observó Merlin filosóficamente-. Pedazos de tocino en lugar de la gamella de habas. No hay por qué afligirse.

-Sí; pero en cuanto los hugonotes manden, la primera cosa que harán es disolver todos los escuadrones de caballería ligera para substituirlos por esos perros de alemanes.

-Si esto fuera así, sería voluntario para darles la grupa. ¡Por mi vida! Me voy a hacer buen católico. Decid, Bertrand: vos, que habéis servido con el almirante, ¿es verdad que no paga más que ocho sueldos a sus jinetes?

-Ni un dinero más da ese viejo leproso... Le tuve que abandonar después de la primera campana.

-¡De qué mal humor está hoy el capitán! -dijo otro-. Un hombre que de ordinario es tan francote y que charla gustoso con el soldado, no ha despegado los labios en todo el camino.

-Son las noticias que corren, que le fastidian -respondió el sargento.

-¿Y qué noticias?

-Por la apariencia, lo que quieren hacer los hugonotes.

-La guerra civil va a recomenzar -dijo Berrando.

-Mejor para nosotros -contestó Merlin, que veía siempre el lado bueno de todas las cosas-. Habrá entonces estocadas y tiros, aldeas que quemar y hugonotes a los cuales sacudiremos fuerte.

-Todo parece tener la apariencia de que han querido resucitar el viejo asunto de Amboise -dijo el sargento-. Por esto nos han hecho venir... Guardemos buen orden.

En este momento el teniente llegó con tropa, se acercó al capitán y le habló bajo, mientras los soldados que le habían acompañado se mezclaban con sus camaradas.

-¡Por mi vida! -dijo uno de los que habían ido al reconocimiento-. No sé lo que ocurre hoy en París. No hemos visto ni un gato en la calle; pero, en cambio, la Bastilla está repleta de tropas. He observado que las picas de los suizos abundan tanto en la corte como las espigas de trigo en los campos.

-No habría menos de quinientos -añadió otro.

-Lo que es cierto -dijo el primero -es que los hugonotes han querido asesinar al rey, y que durante el alboroto el almirante ha sido herido por la propia mano del duque de Guisa.

-¡Ah, el bandido!... Muy bien hecho -exclamó el sargento.

-Además -continuó aquél-, los suizos dicen en su jerga que ya están hartos de sufrir herejes en Francia.

-Durante mucho tiempo se han fiado de ellos -dijo Merlin.

-¿No podrán decir los hugonotes que nos han derrotado en Jarnac y Montcontourt, a pesar de su fantasía y su petulancia?

-Quisieran -dijo el teniente- engullir la tajada y que nosotros nos comiéramos los codos.

-Ya es hora de que los buenos católicos les demos lo que se merecen.

-Por mí -dijo el sargento-, si dice el rey: «¡Mata esos granujas!», que pierda mi tahalí si espero a oírlo dos veces.

-¡Oye, Belle-Rose! Dinos algo de lo que ha hecho el teniente -preguntó Merlín.

-Ha hablado con una especie de oficial de los suizos. Debía de ser cosa curiosa, pues exclamaba a cada momento: «¡Ah Dios mío! ¡Ah Dios mio!»

-Silencio... Mirad esos jinetes que llegan al galope... Sin duda nos traen una orden.

-Me parece que no son sino dos. El capitán y el teniente van a su encuentro.

En efecto, dos jinetes se dirigían rápidamente hacia el escuadrón de caballería ligera. El uno, ricamente vestido y llevando un sombrero cubierto de plumas y una banda verde, montaba un caballo de batalla. Su compañero era un hombre grueso y pequeño de estatura, que lucía un traje negro y mostraba un gran crucifijo de madera.

-Nos vamos a batir, seguro -dijo el sargento-; pues envían un limosnero para que confiese a los heridos.

-Es poco agradable batirse sin haber comido -dijo Merlin por lo bajo.

Los dos jinetes fueron deteniendo la marcha de sus caballos, de modo que al juntarse con el capitán les pudieron parar sin esfuerzo.

-Beso las manos de M. De Mergy -dijo el hombre de la escarapela verde-. ¿Reconocéis a vuestro servidor Tomás de Maurevel?

El capitán ignoraba todavía el nuevo crimen de Maurevel, pero le conocía como el asesino del bravo Mouy. Así es que le contestó secamente:

-No conozco a M. De Maurevel. ¿Supongo que habréis venido para decirnos por qué nos han traído aquí?

-Se trata, caballero, de salvar a nuestro buen rey y a nuestra santa religión del peligro que los amenaza.

-¿Cuál es ese peligro? -preguntó Jorge en tono de desprecio.

-Los hugonotes han conspirado contra su majestad; pero su miserable maquinación ha sido descubierta a tiempo, gracias a Dios, y todos los buenos cristianos deben reunirse esta noche para exterminarlos, aprovechando su sueño.

-Como fueron exterminados los medianitas por el fuerte Gedeón -dijo el hombre del traje negro.

-¿Qué decís? -dijo Mergy estremecido de horror.

-Los hugonotes están armados -prosiguió Maurevel-; pero dominan la ciudad los guardias franceses y tres mil suizos. Contamos en conjunto con sesenta mil hombres; a las once en punto será dada la señal y comenzará el movimiento.

-¡Miserable impostor! ¿Qué infame mentira estáis divulgando? El rey no ordena asesinatos... Todo lo más, los paga.

Pero al hablar así, Jorge recordó la extraña conversación que hacía algunos días sostuvo con Carlos IX.

-No os encolericéis, señor capitán; si el servicio del rey no reclamara todos mis cuidados, sabría contestar a vuestras injurias. Escuchadme: vengo de parte de su majestad para requeriros que me acompañéis con vuestros soldados. Estamos encargados de la calle de San Antonio y de sus cuarteles vecinos. El reverendo padre Malebouche va a exhortar a la tropa, y les distribuirá cruces blancas, como llevan todos los católicos, a fin de que en la obscuridad no se confunda los fieles con los herejes.

-¿Y creéis que yo voy a prestarme a que se asesine gente indefensa?

-Sois católico y reconocéis como rey a Carlos IX. ¿Conocéis la firma del mariscal de Retz, al cual estáis obligado a guardar obediencia?

Y le enseñó un papel que llevaba en su cintura.

Mergy hizo aproximar a un soldado, que le presentó una antorcha de paja encendida en la mecha de un arcabuz. A esta luz leyó una orden en regla, en la que se le encargaba prestar ayuda a la guardia burguesa y obedecer a M. De Maurevel para un servicio que dicho señor debía explicarle. Adjunta a esta orden había una lista de nombres con el siguiente título: Lista de los herejes que deben morir en el barrio de San Antonio. La fogata de la antorcha que se quemaba en manos de los soldados mostró a toda la tropa la emoción profunda que producía en su jefe esta orden, que ignoraba hasta entonces.

-Jamás mis soldados harán el oficio de asesinos -dijo Jorge, arrojando el papel al rostro de Maurevel.

-Éstos no se pueden llamar asesinatos -replicó el sacerdote-; se trata de herejes, y es, por lo tanto, justicia lo que se va a hacer en este lugar.

-Bravos soldados -exclamó Maurevel, dirigiéndose al escuadrón-: Los hugonotes quieren asesinar al rey y a los católicos. Es preciso anticiparnos. Esta noche les sorprenderemos dormidos y les mataremos... El rey autoriza el saqueo de sus casas.

Un grito feroz de alegría partió de las filas.

-¡Viva el rey! ¡Mueran los hugonotes!

-¡Silencio en las filas! -exclamó el capitán con voz tonante-. Sólo yo tengo el derecho de mandar a estos soldados. Camaradas: lo que dice ese miserable no puede ser verdad, y aunque el rey lo hubiese ordenado, nunca mis gentes podrían matar a gente indefensa.

Los soldados guardaron silencio.

-¡Viva el rey! ¡Mueran los hugonotes! -exclamaron casi a la vez Maurevel y su acompañante.

Y la soldadesca repitió con entusiasmo:

-¡Viva el rey! ¡Mueran los hugonotes!

-Capitán, ¿obedeceréis? -dijo Maurevel.

-Yo ya no soy capitán -exclamó Jorge, y se arrancó el alzacuello y la banda, insignias de su dignidad.

-¡Apoderaos de ese traidor! -exclamó Maurevel, sacando su espada-. Matad a ese rebelde que desobedece a su rey.

Pero ni un soldado osó levantar la mano contra su jefe... Jorge hizo saltar la espada de la mano de Maurevel; pero en vez de atravesarle con la suya, se contentó con golpearle con el puño en la cara, tan violentamente, que le hizo caer por el suelo.

-Adiós, cobardes -dijo a su tropa-. Creía tener soldados y no asesinos.

Después, volviéndose hacia el teniente, añadió:

-Alfonso, si queréis ser capitán, aquí tenéis una buena ocasión. Poneos a la cabeza de esos bandidos.

Y diciendo estas palabras picó espuelas y se alejó al galope hacia el interior de la ciudad. El teniente dio algunos pasos como para seguirle; pero pronto detuvo el paso de su caballo, volvió bridas y se incorporó al escuadrón, juzgando tal vez que el consejo del capitán, aunque dado en un momento de cólera, no era malo de seguir.

Maurevel, todavía aturdido del tremendo golpe que acababa de recibir, montó a caballo blasfemando; el cura elevaba su crucifijo y exhortaba a los soldados a no perdonar ni un solo hugonote, a ahogar la herejía en ríos de sangre.

La tropa, que un momento había estado dudosa ante la actitud del capitán, al verse desembarazada de su presencia, y ante la perspectiva de un gran saqueo, se decidió pronto. Sacaron todos sus sables, y colocándolos por encima de su cabeza, juraron ejecutar fielmente cuanto les mandara Maurevel.