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ArribaAbajo-XXI-

Último esfuerzo



       «Soothsayer
Beware the Ides of March.»


(Shakespeare: Julius Caesar.)                


La misma tarde, y a la hora acostumbrada, Mergy salía de su casa envuelto en una capa grisácea, con el sombrero caído hasta los ojos, y mostrando la natural discreción, se dirigió hacia la vivienda de la condesa. Sólo había dado algunos pasos cuando se encontró con el cirujano Ambrosio Paré, que le había cuidado cuando estuvo herido. Paré, sin duda, salía del hotel de Chatillon, y Mergy se dio a conocer para preguntarle noticias del almirante.

-Va mejor -dijo el cirujano-, la herida se presenta bien. Con la ayuda de Dios curará. Espero que la poción que le he prescrito para esta noche le haga bien y pueda dormir tranquilamente.

Un hombre del pueblo que pasaba junto a ellos había escuchado que hablaban del almirante. Cuando se alejó lo suficiente para poder insolentarse sin miedo a un correctivo, gritó:

-Ese demonio de almirante irá pronto a bailar la danza en Montfaucon.

Y huyó a todo el correr de sus piernas.

-¡Canalla! ¡Miserable! -dijo Mergy-. Es una vergüenza que nuestro almirante se vea obligado a vivir en una ciudad donde tiene tantos enemigos.

-Felizmente su palacio está bien guardado -respondió el cirujano-. Cuando le abandoné, las escaleras estaban llenas de soldados y las luces se habían encendido. ¡Ah!, caballero de Mergy, las gentes de esta ciudad no nos quieren... Pero ya es tarde, y tengo que volver al Louvre.

Se separaron cortésmente y Mergy continuó su camino, absorto en sus pensamientos color de rosa, que le hacían olvidar al almirante y a los católicos. Sin embargo, no pudieron aquéllos impedirle notar un movimiento extraordinario en las calles de París, en general poco frecuentadas después de caer el día. Encontró muchos mozos de cordel que llevaban sobre sus espaldas unos fardos de forma rara y que parecían contener picas; vio también destacamentos de soldados que marchaban en silencio con las armas en alto y las mechas encendidas; muchas ventanas se abrían precipitadamente y en ellas se mostraban algunas personas con luces, desapareciendo en el acto.

-¡Hola! -exclamó-, buen hombre. ¿Adónde lleváis esa armadura a estas horas?

-Al Louvre, caballero, para la diversión de esta noche.

-Camarada -dijo Mergy a un sargento que mandaba una patrulla-, ¿a qué sitio os dirigís armados en pie de guerra?

-Al Louvre, caballero, a la diversión de esta noche.

-¡Hola, paje! Esos caballos que llevan tus compañeros y parecen preparados para entrar en batalla, ¿a qué lugar los conducen?

-Al Louvre, caballero, para la diversión de esta noche.

-¡La diversión de esta noche! -se dijo Mergy-. Parece que todo el mundo menos yo está en el secreto. Pero poco me importa. El rey puede divertirse sin mí, y yo tengo poca curiosidad en saber cuáles son sus diversiones.

Un poco más lejos se fijó en un hombre mal vestido que se detenía delante de algunas casas y que marcaba en los portales con tiza una cruz blanca.

-¡Oiga, buen hombre! -dijo-. ¿Sois un furriel que debe hospedar soldados, para marcar así las habitaciones?

El desconocido desapareció sin responder.

Al volver una calle y entrar en la que vivía la condesa, chocó Mergy con un hombre, como él, embozado en una gran capa, y que caminaba en sentido contrario. A pesar de la obscuridad y del cuidado que parecían poner en ocultarse el uno del otro, se reconocieron en seguida.

-¡Ah! Buenas noches, señor de Beville -dijo Mergy, tendiéndole la mano.

Y para estrechar su diestra tuvo que hacer Beville un extraño movimiento con su capa. De la mano derecha a la izquierda cambió una cosa muy pesada que conducía... La capa se entreabrió un poco.

-¡Salud al valiente campeón amado de las damas! -exclamó Beville-. Apostaría a que mi noble amigo va a gozar de su buena fortuna.

-¿Y vos, caballero?... Me parece que algunos maridos se muestran hacia vos muy malhumorados. O me equivoco mucho, o eso que lleváis en las espaldas es una cota de malla y lo que ocultáis entre la capa son dos buenas pistolas.

-Es necesario ser prudente, Bernardo; muy prudente...

Y al pronunciar estas palabras arregló su capa en forma que ocultase cuidadosamente las armas que conducía.

-Lamento mucho no poder ofreceros esta noche mi espada y mis servicios para guardar la calle y hacer centinela ante la casa de vuestra amada. Me es imposible por hoy; pero en otra ocasión podéis disponer de mí.

-Esta noche no podéis venir conmigo, caballero de Mergy.

Y acompañó estas pocas palabras de una sonrisa extraña.

-Entonces, buena suerte. ¡Adiós!

-Os deseo también buena suerte.

Y puso un cierto énfasis en este cumplimiento. Se separaron; y Mergy había ya andado algunos pases, cuando escuchó que de nuevo le llamaba Beville. Se volvió y pudo ver que venía hacia él.

-¿Está vuestro hermano en París?

-Le espero de un momento a otro... ¡Ah!... Decidme... ¿sois de la diversión de esta noche?

-¿De la diversión?...

-Sí; por todas partes se dice que esta noche se divertirán mucho en la corte.

Beville murmuró entre dientes algunas palabras.

-¡Adiós! -dijo Mergy-. Tengo un poco de prisa, y... ya comprenderéis lo que quiero decir.

-¡Escuchad! ¡Escuchad!... Una sola palabra... No os puedo abandonar sin daros un consejo de verdadero amigo.

-¿Qué consejo?

-No paséis le noche en casa de ella. Creédmelo. Me lo agradeceréis mañana.

-¿Ése es vuestro consejo? Pero no lo comprendo... ¿Quién es ella?

-¡Bah! Ya nos entendemos... Pero si sois prudente debéis atravesar el Sena esta misma noche.

-¿Es una broma que me dais?

-No; en mi vida he hablado más seriamente... Pasad el Sena, os digo, y que el diablo os dé prisa... Llegad hasta el convento de los jacobinos, en la calle de Santiago. Pasadas dos puertas de la iglesia veréis un gran crucifijo de madera, clavado en las paredes de una casa de mezquino aspecto. Resulta algo cómica, pero no debe importaros. Golpead la puerta y os recibirá una vieja muy cariñosa que es de toda mi confianza... ¡Vamos!... Pasad al otro lado del Sena... Allí os espera la señora Brulard y sus gentiles y lindas sobrinitas... ¿Me entendéis?

-Sois graciosísimo... Muy buenas noches.

-No; seguid el aviso que os doy. ¡Os aseguro por mi honor de caballero que lo agradeceréis!

-Muchas gracias... Lo aprovecharé en otra ocasión... Ahora me están esperando.

-¡Pasad el Sena, Mergy! Es mi última palabra. Si os sucede alguna desgracia por no haberme hecho caso, yo me lavo las manos.

El tono de Beville eran tan serio y tan fuera de costumbre, que sorprendió a Mergy, el cual se creyó en el caso de llamarle otra vez.

-¿Pero qué diablos queréis decir, caballero de Beville?... Explicaos, y no habladme con enigmas.

-Mi buen amigo, acaso no debiera hablaros tan claramente; pero pasad el río antes de que sea media noche... y adiós.

-Pero...

Beville estaba ya lejos... Mergy le siguió un instante; pero vergonzoso de perder un tiempo que podría ser muy bien empleado, continuó su camino y se aproximó al jardín objeto de su viaje. Se vio obligado a pasearse algún tiempo a lo largo de la calle en espera de que se alejaran varios transeúntes, pues temía que se sorprendieran de verle entrar a aquellas horas en una casa, y por una puerta que no era la principal... La noche era hermosa; un agradable airecillo había amortiguado el calor; la Luna aparecía y desaparecía entre nubes blancas. Era una noche para amar.

La calle quedó desierta a los pocos momentos. Bernardo abrió la puerta del jardín y la cerró sin ruido. Su corazón latía con fuerza y no pensaba sino en los placeres que le esperaban junto a Diana, pues habían desaparecido las ideas siniestras que las extrañas palabras de Beville hicieron nacer en su espíritu.

De puntillas se aproximó a la casa. Una luz detrás de una cortina roja brillaba a través de una ventana; era la señal convenida... Mergy entró rápidamente en el oratorio de su amada.

Diana estaba a medio acostar en un lecho bajo, recubierto con damasco azul obscuro. Sus negros cabellos, en desorden, cubrían totalmente la almohada, en donde apoyaba la cabeza. Tenía los ojos cerrados, y parecía hacer esfuerzos para conservarlos así. Una lámpara de plata esclarecía la estancia y proyectaba toda su luz sobre la figura pálida y los labios ígneos de la condesa de Turgis. No dormía; pero al verla, se creyera que estaba atormentada por una horrorosa pesadilla... Al advertir el ruido que las botas de Mergy producían en la alfombra, levantó la cabeza, abrió los ojos y la boca, y ahogándose prorrumpió en un grito miedoso.

-¿Te asusto, ángel mío? -dijo Mergy de rodillas delante de ella, e inclinándose ante la almohada donde Diana acababa de dejar caer la cabeza.

-Al fin llegaste... Dios sea loado.

-¿Te he hecho esperar? No es todavía la media noche.

-¡Ah! Déjame..., Bernardo... ¿No te ha visto entrar nadie?

-Nadie... ¿Pero qué te pasa, mi amor? ¿Por qué tus labios graciosos huyen de los míos?

-¡Ah, Bernardo! Si tú supieras... ¡Oh! No me atormentes más; te lo ruego. Sufro horriblemente... Tengo una jaqueca espantosa... Mi cabeza está ardiendo.

-¡Pobrecita!

-Siéntate al lado mío... Y, por favor, no me pidas nada esta noche... Estoy muy enferma.

Hundió su cabeza entre las almohadas y dejó escapar un gemido doloroso.

De repente se puso de codos en la cama, sacudió sus cabellos, que le cubrían toda su figura, y cogiendo la mano de Mergy, se la llevó a la sien.

Bernardo sintió latir la arteria con gran fuerza.

-Tu mano está fría y me hace bien -dijo ella.

-¡Mi Diana! Quisiera tener la jaqueca en lugar tuyo -dijo el caballero, besando la frente, que era fuego.

-¡Ah! Sí..., y yo querría... Pasa la punta de tus dedos sobre mis párpados... esto me aliviará... Creo que si llorara sufriría menos; pero no puedo llorar.

Hubo un largo silencio, interrumpido solamente por la respiración irregular de la condesa. Mergy, de rodillas ante el lecho, frotaba y besaba dulcemente los párpados de su bella Diana. Tenía la mano izquierda apoyada en la almohada, y los dedos de su amante enlazados con los suyos se cerraban de tiempo en tiempo por un movimiento convulsivo. El aliento de Diana, dulce y cálido a la vez, cosquilleaba con voluptuosidad los labios de Mergy.

-Querida Diana -dijo éste al fin-: me parece que te atormenta alguna cosa peor que la jaqueca... ¿Tienes alguna penita?... ¿Y por qué no me la cuentas? Ya que nos amamos debemos repartirnos las desdichas lo mismo que los placeres.

La condesa sacudía la cabeza sin abrir los ojos... Algo murmuraron sus labios, pero sin llegar a pronunciar una palabra articulada; después, como fatigada por el esfuerzo, dejó caer la cabeza sobre la espalda de su amante.

En este momento el reloj dio las once y media. Diana tiritaba, y se inclinó toda temblorosa.

-En verdad que me asustas, encanto.

-Nada..., nada todavía -dijo ella con voz ronca-; el sonido de ese reloj me angustia. A cada golpe me parece sentir un hierro rojo que me atraviesa la frente.

Mergy no encontró mejor remedio ni mejor respuesta que besar la frente que se inclinaba hacia él.

De repente, Diana alzó las manos y las colocó sobre la espalda de su amante, mientras que, sentada sobre el lecho, le dirigía miradas abrasadoras, como rayos, y que parecían quererle atravesar.

-Bernardo -dijo- ¿cuándo vas a convertirte?

-Pero, ángel mío, no hablemos de esto hoy; te vas a poner más enferma.

-Es tu obstinación la que me pone mala...; mas a ti te importa poco... Pero el tiempo corre y antes de morir quisiera emplear en exhortarte hasta mi último suspiro.

Mergy quiso hacerla callar con un beso. Éste es un argumento muy bueno y que suele servir como término de todas las cuestiones que un amante sostiene con su amada. Pero Diana, que de ordinario solía ahorrarle la mitad del camino, le rechazó esta vez casi con energía.

-Escuchadme, caballero de Mergy -dijo-; todos los días vierto lágrimas de sangre pensando en vos y en vuestro error. ¡Ya sabéis lo que os quiero! Juzgad cuáles deben de ser los sufrimientos que padezco cuando reflexiono que el hombre que es para mí más querido que la propia vida, puede correr, quizá dentro de un instante, un peligro de cuerpo y alma.

-Diana, recordad que hemos convenido no hablar de semejante asunto.

-Es necesario, desdichado. ¿Quién te dice que tengas todavía una hora para arrepentirte?

El tono con que se pronunciaron estas palabras y su propia energía recordó a Mergy involuntariamente el singular aviso que había recibido de Beville. Le emocionó un poco; pero, sin embargo, supo contenerse, aunque continuaba atribuyendo al fervor religioso el deseo catequista.

-¿Qué quieres decir, encanto? ¿Crees que el cielo, para matar un hugonote, se va a desplomar sobre mi cabeza, como la noche última el techo de tu cama?

-Vuestra terquedad me desespera... Oíd: he soñado que vuestros enemigos se disponían a asesinaros... Y yo os veía, sangriento y desgarrado, entregar el alma a Dios antes de que pudiera enviaros mi confesor.

-¿Mis enemigos? No creo tenerlos.

-¡Insensato! ¿No son vuestros enemigos cuantos detestan vuestra herejía? ¿No es toda Francia?... Sí, a todos los franceses tendréis por enemigos mientras lo seáis de Dios y de la Iglesia.

-Deja todo eso, reina mía. En cuanto a tus sueños, dirígete a la vieja Camila para que te los explique, pues yo no los entiendo... Pero hablemos de otra cosa. Me parece que has estado hoy en palacio y que de allí has sacado esa jaqueca que tanto te hace sufrir y que a mí me pone rabioso.

-Sí; vengo de palacio, Bernardo. He visto a la reina y me he separado de ella determinada a intentar un último esfuerzo para haceros que cambiéis de opinión. Es necesario..., absolutamente necesario.

-Me parece, querida -interrumpió Mergy-, que, puesto que te encuentras tan fuerte para sermonearme, a pesar de tu enfermedad, podríamos, si me lo permites, emplear mejor nuestro tiempo.

Diana escuchó esta picardía con una mirada de desdén, mezclada de ira.

-¡Réprobo! -dijo en voz baja y como si hablara para ella misma-. ¿Por qué seré tan débil con él?

Y después continuó en voz alta:

-Os lo voy a decir claramente: no me amáis, y me tenéis en la misma estima que a un caballo. Con tal que sirva para vuestros placeres, lo demás no importa, aunque me muera de sufrimiento... Y es por vos, por vos sólo por quien sufro las torturas de mi conciencia, ante las cuales no son nada todos los tormentos que pueda inventar la rabia de los hombres. Una sola palabra pronunciada por vuestra boca podría traer la paz a mi alma; pero nunca la diréis. Jamás me haréis el sacrificio de vuestros prejuicios.

-Querida Diana, ¿qué persecución es necesario que sufra? Sé justa y que no te ciegue el celo por tu religión. Respóndeme: para cuanto humanamente puedo realizar con mi brazo o mi inteligencia, ¿encontrarías un esclavo más sumiso? Y es que me hallo dispuesto a morir por ti, si fuera preciso, pero no a creer en determinadas cosas.

Le escuchó ella encogiéndose de hombros, y le lanzó una mirada en la que había hasta odio.

-Me sería imposible -continuó Mergy- cambiar en obsequio tuyo mis cabellos castaños por cabellos rubios, no podría tampoco cambiar la forma de mis miembros. La religión constituye uno de ellos, y éste no podrán arrancármelo más que con la vida. Me pueden estar predicando toda ella, y no creeré nunca que un pedazo de pan sin levadura...

-¡Calla! -exclamó Diana en tono autoritario-. No blasfemes. Todo lo he ensayado y nada he conseguido. Estáis infectados del veneno de la herejía; sois un pueblo tozudo que cierra ojos y oídos a la verdad; tenéis miedo a oír y a entender. Pues bien: ha llegado el día en que ya no oiréis nada ni escucharéis nada. No había más que un medio para destruir la plaga, y este medio va a emplearse.

Dio algunos pasos por la cámara, demostrando grande agitación, y prosiguió:

-Antes de una hora se le van a cortar las siete cabezas al dragón de la herejía. Las espadas están afiladas y los fieles están prestos. Los impíos van a desaparecer de la faz de la tierra.

Y luego, señalando con el dedo el reloj, situado en uno de los rincones de la habitación, añadió:

-Tienes todavía un cuarto de hora para arrepentirte: cuando esa aguja llegue a ese punto será tarde.

Prosiguió hablando hasta que un ruido sordo y parecido a los estremecimientos de una muchedumbre que contempla un incendio, se empezó a escuchar confusamente; después fue creciendo con rapidez. Al cabo de pocos minutos se escuchaban ya claramente desde lejos el repiquetear de las campanas y las detonaciones de las armas de fuego.

-¿Qué horrores me anuncias? -exclamó Mergy.

La condesa se lanzó hacia la ventana, que estaba abierta.

Entonces el rumor, que ya no detenían las vidrieras y las cortinas, se percibió con gran claridad. Se distinguían los gritos de dolor de las exclamaciones de alegría. Una humareda rojiza se esparcía hacia el cielo por todos los puntos de la ciudad adonde alcanzaba la vista. Se dijera que había estallado un inmenso incendio, si un fuerte olor de resina, que no podía ser producido más que por las antorchas iluminadas, no se sintiese con intensidad. Al mismo tiempo, el resplandor de un arcabuzazo, que parecía haber sido disparado en la misma calle, iluminó un momento las vidrieras de una casa vecina.

-¡La matanza ha comenzado! -exclamó la condesa, llevándose aterrorizada la mano a la cabeza.

-¿Qué matanza? ¿Qué quieres decir?

-Esta noche se degüella a todos los hugonotes; el rey lo ha ordenado. Todos los católicos han tornado las armas, y ni un solo hugonote quedará con vida. La Iglesia y Francia están salvadas; pero tú te hallas irremisiblemente perdido si no abjuras tu falsa creencia.

Mergy sintió un sudor frío por todo su cuerpo. Lanzó una mirada feroz sobre Diana de Turgis, cuya fisonomía expresaba una singular mezcla de angustia y de triunfo. La algarabía espantosa que retumbaba en sus oídos y que alborotaba toda la ciudad era una prueba evidente de la terrible noticia que acababa de saber. Durante algunos momentos la condesa permaneció inmóvil, con los ojos fijos sobre él, y sin decir una palabra; el dedo lo tenía extendido hacia la ventana, como para representar en la imaginación de Mergy las escenas sanguinarias que se dejaban adivinar por los clamores y por la iluminación. Poco a poco su expresión se fue suavizando, su alegría salvaje desaparecía y sólo el terror dominaba en ella. Cayó de rodillas, y en tono suplicante dijo:

-¡Bernardo! ¡Te conjuro! ¡Salva tu vida! ¡Conviértete! ¡Salva tu vida y salvarás la mía, pues depende de la tuya!

Mergy la volvió a mirar ferozmente, mientras que ella le seguía por la estancia andando de rodillas y con los brazos extendidas. Sin responder una palabra, Bernardo corrió al fondo del oratorio y se apoderó de una espada que al entrar había dejado sobre un sillón.

-¡Desgraciado! ¿Qué vas a hacer? -exclamó la condesa corriendo hacia él.

-¡Defenderme! No se me degollará como a un carnero.

-¡Insensato! Mil espadas no podrían salvarte. Toda la población está en armas. La guardia del rey, los suizos, los burgueses y el pueblo, todos toman parte en la matanza, y no existe en este momento un solo hugonote a quien no le amenacen diez puñales sobre el pecho. No hay más que un medio de arrancarte a la muerte: hazte católico.

Mergy era valiente; pero pensaba en los peligros que se le ofrecían esa noche, y sintió un momento que una cobardía le penetraba hasta el fondo del corazón; y la idea de salvarse abjurando se presentó en su espíritu con la rapidez de un rayo.

-Respondo de tu vida si te haces católico -dijo Diana juntando las manos.

-Si abjuro -pensó Mergy- me despreciaré toda la vida.

Este pensamiento fue suficiente para devolverle el valor, doblado ante la vergüenza de haberse sentido débil un momento. Se ajustó el sombrero a la cabeza, se apretó el cinturón y enrollando su capa alrededor del brazo izquierdo, a guisa de escudo, dio un paso hacia la puerta, con aire resuelto.

-¿Dónde vas, desgraciado?

-A la calle. No quiero que tengáis la pena de que me degüellen ante vuestros ojos y en vuestra casa.

Habla en su voz un dejo tal de desprecio, que la condesa se sintió molesta. Fue a colocarse delante de él; pero Mergy la rechazó con dureza. Pero ella se agarró a su justillo, y arrastrándose de rodillas, le seguía.

-Déjame -exclamó Bernardo-. ¿Quieres entregarme tú misma a los puñales de los asesinos? La amada de un hugonote puede librarse de sus pecados ofreciendo a Dios la sangre de su amante.

-Detente, Bernardo, te lo suplico. Quiero librarte. Vive para mí. Sálvate en nombre de nuestro amor. Consiente en pronunciar una sola palabra, y te juro que estás salvado.

-¿Quién, yo? ¿Adoptar una religión de asesinos y de bandidos? Santos mártires del Evangelio, voy a reunirme con vosotros.

Y rechazó tan bruscamente a la condesa, que ésta cayó sobre el suelo. Había ya abierto la puerta para marchar, cuando Diana se lanzó hacia él con la agilidad de una tigresa y le estrechó en un abrazo tan fuerte como el que pudiera dar el hombre más robusto.

-¡Bernardo! exclamó ella con las lágrimas en los ojos y fuera de sí-; te prefiero de esa manera mejor que si te hicieras católico.

Y le condujo hacia la cama, donde se dejó caer con él cubriéndole de besos y lágrimas.

-Estate aquí, mi único amor; estate conmigo, mi bravo Bernardo -decía estrechándole y envolviéndole en su cuerpo como una serpiente sobre su presa. No vendrán ellos a buscarte aquí; y tendrían que matarme primero que llegar a tu pecho con sus armas. Perdóname, mi amor. No te pude advertir más pronto el peligro que te amenaza. Estaba obligada por un juramento terrible. Mas yo te salvaré o pereceré contigo.

En ese momento golpearon con violencia a la puerta de la calle. La condesa lanzó un grito, y Mergy se levantó y volvió arrollar su capa al brazo izquierdo. Se sentía más fuerte y más resuelto, y no hubiera dudado en hacer frente a cien asesinos si ellos se le hubieran presentado.

En aquel entonces casi todas las casas de París tenían en el portal una pequeña abertura cuadrada con un enrejado de hierro muy tupido, de manera que los vecinos pudiesen reconocer por dentro a la persona que deseaba entrar. Además, las puertas eran de roble macizo y estaban guarnecidas de clavos y de trozos de hierro, para asegurar todavía más las precauciones, en forma que no se podía entrar a viva fuerza, sino por un sitio en regla. Dos troneras estrechas estaban colocadas a los lados del portal, y desde ellas, sin ser advertido, se podía fácilmente disparar sobre los asaltantes.

Un viejo escudero de la condesa examinó por el enrejado el rostro de la persona que llamaba, y después de someterla a un interrogatorio, subió a decir a su señora que el capitán Jorge de Mergy suplicaba con insistencia ser introducido en la casa. Cesaron los temores, y la puerta se abrió.




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El 24 de agosto


«¡Verted sangre! ¡Verted sangre!»


(Palabras del mariscal de Tavannes.)                


Después de haber abandonado su escuadrón, el capitán Jorge se dirigió a su casa, donde esperaba encontrar a su hermano; pero éste se había ido, diciendo a la servidumbre que se ausentaba para toda la noche. Jorge, comprendiendo que Bernardo se hallaba con la condesa, se decidió a ir en su busca. Pero la matanza había ya comenzado; el tumulto, el correr de los asesinos y las cadenas tendidas en medio de la calle le detenían a cada paso. Se vio forzado a pasar cerca del Louvre, que era el sitio donde el fanatismo desplazaba todos sus furores. Un gran número de protestantes habitaban ese barrio, invadido de momento por los burgueses católicos y los soldados de la guardia, que llevaban en la mano el hierro y el fuego. Allí, según la enérgica expresión de un escritor contemporáneo 32, la sangre corría por todas partes buscando un cauce, y no se podían atravesar las calles sin correr el riesgo de ser aplastados a cada momento por los cadáveres que se arrojaban desde las ventanas.

Por una infernal precaución, la mayor parte de los barcos, que ordinariamente estaban amarradas a lo largo del Louvre, fueron llevados a la otra orilla del río; de suerte que casi todos los fugitivos que corrían al Sena, esperando embarcarse como medio de escapar de sus enemigos, se encontraban ante el dilema de elegir entre el agua o las alabardas de los soldados que los perseguían..., y desde una de las ventanas de su palacio se veía, según se asegura, a Carlos IX, armado de un largo arcabuz, cazando a los indefensos transeúntes hugonotes33.

El capitán, saltando por encima de los cuerpos muertos y salpicándose con su sangre, proseguía la marcha, expuesto a cada paso a caer víctima de la equivocación de un asesino. Se había fijado en que los soldados y los burgueses armados llevaban una banda blanca en el brazo y una cruz del mismo color en el sombrero. Con facilidad habría podido recoger uno de estos signos de reconocimiento, pero el horror que le inspiraban los asesinos se extendía hasta sus enseñas.

Junto al borde de la ribera, cerca del Chatelet, oyó que le llamaban. Volvió la cabeza y vio a un hombre armado hasta los dientes, pero que no parecía hacer uso de sus armas, aunque llevaba la cruz blanca en su sombrero. Este hombre enrollaba entre sus dedos un papel en tono de complacencia... Era Beville, que con gran frialdad estaba mirando los cadáveres y los hombres vivos que se arrojaban al Sena por encima del puente de Meunier.

-¿Qué diablos haces tú aquí, Jorge? ¿Es una casualidad, o es más bien tu gusto el que te conduce a la caza de hugonotes?

-¿Y tú, qué haces en medio de tanto miserable?

-¿Yo? ¡Pardiez! Mira; es un espectáculo. ¿Sabes lo que he hecho? Tú ya conoces al viejo Miguel Cornaban, ese usurero hugonote al que tenía que pagar tantos intereses.

-¡Le mataste, desgraciado!

-¿Yo? ¡Quiá! No me meto en asuntos de religión. Lejos de matarle le he escondido en mi bodega, y él me ha perdonado todas mis deudas. De modo que he hecho una buena acción y gozo la recompensa. Bien es verdad que para que firmase antes el finiquito le he tenido que poner por dos veces las pistolas en la cabeza; pero que me lleve el diablo si estaba dispuesto a disparar... ¡Oye!... Mira a esa mujer amarrada por las enaguas a la columna del puente... Caerá..., no..., no caerá. ¡Mala peste! Es un espectáculo curioso y merece que se le vea desde más cerca.

Jorge se separó de su amigo, diciendo:

-He aquí uno de los caballeros más decentes que conozco hoy en esta ciudad.

Penetró en la calle de San José, que estaba desierta y sin luz; sin duda no la habitaba ni un solo reformista. Sin embargo, escuchaba claramente el tumulto de las calles vecinas. De repente, los muros blancos de las casas fueron iluminados por la luz rojiza de las antorchas. Jorge escuchó unos gritos penetrantes y vio una mujer medio desnuda, con los cabellos al aire, que llevaba un niño en sus brazos. Huía con una velocidad sobrenatural. Dos hombres la perseguían, animándose el uno al otro con gritos salvajes, como los cazadores que van en pos de un buen venado, cuando uno de sus perseguidores hizo fuego contra ella con un arcabuz. Resultó herida en la espalda y cayó al suelo. Se levantó pronto, dio un paso hacia Jorge y volvió a caer, inclinada sobre las rodillas; después, haciendo un último esfuerzo, levantó el niño, miró al capitán, como si quisiese confiarle la criatura a su generosidad... y expiró sin decir una palabra.

-¡Otra perra herética que ha caído! -exclamó el hombre que había disparado el arcabuz-. No buscaré reposo hasta que no haya despachado una docena.

-¡Miserable! -dijo el capitán-. Y le disparó a boca de jarro un tiro de pistola.

La cabeza del asesino golpeó sobre los muros de las casas. Abrió los ojos, mostrando un gran terror, y resbalando sobre los talones, como una tabla mal colocada, cayó muerto a tierra.

-¡Cómo! ¡Matar a un católico! -exclamó el compañero del difunto, que llevaba una antorcha en la siniestra y una espada ensangrentada en la diestra-. ¿Quién sois vos? ¡Por la santa misa! Pero veo que pertenecéis a la caballería ligera del rey... Os habéis equivocado, señor oficial.

El capitán sacó de su cinturón otra pistola y la preparó. Este movimiento y el ruido del gatillo fueron perfectamente comprendidos. El asesino arrojó su antorcha y echó a correr tanto como le permitían sus piernas. Jorge desdeñó tirar sobre él. Examinó un momento a la mujer que estaba caída en tierra y reconoció que había muerto. La bala le había atravesado de parte a parte; el niño, rodeando con sus bracitos el cuello de su madre, gritaba y lloraba; la sangre cubría todo su cuerpo; pero por un milagro no había sido herido.

El capitán le sacó de los brazos de la mujer, no sin algún trabajo. Luego envolvió a la criatura en su capa, y con justa prudencia, ante los encuentros que había tenido, arrancó la cruz blanca del sombrero del muerto y la puso en el suyo. De esta suerte pudo llegar, sin ser detenido, hasta la casa de la condesa.

Los dos hermanos cayeron simultáneamente en brazos el uno del otro, y durante algún tiempo estuvieron estrechamente abrazados, sin decir una palabra... En pocas dio luego cuenta el capitán del estado en que se encontraba la ciudad. Bernardo maldijo al rey, a los Guisas y a los curas; quiso salir y reunirse con sus hermanos de religión, para ensayar alguna resistencia contra los enemigos. La condesa lloraba y le retenía, y el niño daba gritos llamando a su madre.

Después de un largo tiempo de lágrimas, imprecaciones y gemidos, se hizo necesario adoptar una determinación. En cuanto al niño, el escudero de la condesa se encargó de buscar una mujer que le cuidase... Mergy no podía huir en aquel momento... ¿Dónde iba a dirigirse? ¿Le constaba que los asesinos no se habían extendido de un lado a otro de Francia?...

Varios destacamentos de la guardia ocupaban los puntos del barrio de San Germán por donde los reformistas hubieran podido escapar para dirigirse a las provincias del Mediodía, que eran las más afectas a su causa. Además, parecía poco probable y hasta imprudente implorar la piedad del monarca en un momento en que, embriagado por la carnicería, no pensaba sino en hacer nuevas víctimas. La casa de la condesa, por la reputación que ésta tenía de religiosa, no se hallaba expuesta a serios registros por parte de los asesinos, y Diana creía segura a sus gentes. Mergy no podía encontrar un refugio donde corriera menos riesgo. Fue, pues, resuelto que estuviera allí escondido en espera de nuevos acontecimientos.

El día, en vez de hacer cegar las matanzas, pareció más bien acrecentarlas con cierta regularidad. No hubo católico que ante el temor de ser acusado de sospechoso no se pusiese la cruz blanca, no denunciase a los hugonotes que todavía vivían. El rey, encerrado en su palacio, resultaba inaccesible para toda persona que no fuera uno de los jefes y organizadores de la matanza. El populacho, estimulado por la esperanza del saqueo, se había puesto al lado de la guardia burguesa y de los soldados, y los predicadores exhortaban a los fieles desde el púlpito a redoblar su crueldad.

-Aplastemos de una vez -exclamaban- las cabezas de la hidra, y pongamos fin para siempre a las guerras civiles.

Y para persuadir al pueblo, ávido de sangre y milagros, que el cielo aprobaba sus furores, les decían que Dios intentaba aumentarles la bravura con un prodigio maravilloso.

-Id al cementerio de los inocentes -clamaban y allí veréis un espino que acaba de florecer rejuvenecido y fortificado por el riego de la sangre herética.

Procesiones numerosas de asesinos armados iban al cementerio a adorar al árbol santo, y salían impelidos de un nuevo ardor para descubrir y matar a los que el cielo condenaba tan manifiestamente. Una frase de Catalina corría par todas las bocas, y era repetida cuando se estrangulaba a las mujeres y los niños: «Hoy la humanidad ha llegado a ser cruel, y la crueldad, a ser humana.»

¡Cosa extraña! Entre tantos protestantes había poquísimos que no hubieran hecho la guerra y asistido a batallas encarnizadas, en las cuales pudieron advertir la importancia que tiene el número para el triunfo. Pues bien: en toda la matanza tan sólo dos opusieron alguna resistencia a los asesinos, y de estos dos hombres sólo uno había guerreado. Acaso el hábito de combatir en ejércitos de manera regular les había privado de la energía individual, que podría excitar a cada protestante a defenderse en su casa como en una fortaleza. Se veía a viejos guerreros, como víctimas inmoladas, entregar su garganta a miserables que la víspera hubiesen temblado ante ellos. Olvidaban la bravura por la resignación, y preferían la gloria de los mártires a la de los soldados.

Cuando la sed de sangre fue aplacándose, los más clementes de los asesinos ofrecían la vida a sus futuras víctimas a cambio de la abjuración. Un número reducido de calvinistas se aprovechó de esta oferta y consintió en librarse de la muerte y de los tormentos por una excusable mentira. Otros muchos, sin embargo, entre ellos niños y mujeres, rezaban sus plegarias, teniendo las espadas levantadas sobre sus cabezas, y morían sin exhalar un lamento.

Transcurrido el segundo día, el rey intentó concluir con la matanza; pero cuando se han aflojado las bridas a las pasiones de la muchedumbre, no es posible detenerla. Los puñales no cesaron de herir, y el rey mismo, armado de una compasión impía, se vio obligado a revocar sus palabras de clemencia y a exagerar el odio hasta la perversidad, lo cual constituía, sin embargo, uno de los rasgos principales de su carácter.

Durante los primeros días que siguieron a la «San Bartolomé», Mergy fue visitado en su refugio, con regularidad, por su hermano, que le refería nuevos detalles de las escenas horribles que había presenciado como testigo.

-¡Ah! ¿Cuándo podré abandonar este país de asesinos y crímenes? -exclamaba Jorge-. Más preferiría vivir entre bestias salvajes, que entre franceses.

-Vente conmigo a La Rochela -dijo Mergy-, donde espero que los asesinos no habrán llegado todavía. Ven a morir conmigo, y haz olvidar tu apostasía defendiendo este último baluarte de nuestra religión.

-¿Y qué será de mí? -dijo Diana.

-Más bien prefiero ir a Alemania o a Inglaterra -respondió Jorge-. Allí, al menos, ni nos degollarán ni degollaremos a nadie.

Estos proyectos no pudieron realizarse en seguida. Jorge fue encarcelado por haber desobedecido las órdenes del rey, y la condesa, temerosa de que su amante fuera descubierto, no pensaba en permitirle que abandonase París.




ArribaAbajo-XXIII-

Los dos frailes



«En poniendo un capuchón
te encuentras un fraile hecho.»


(Canción popular francesa.)                


En una taberna situada a las orillas del Loira, a poca distancia de Orleans, conforme se va hacia Beaugency, estaba sentado junto a una mesa un fraile joven, vestido con hábito negro, y que se cubría la cabeza con un gran capuchón. Sus ojos se hallaban fijos en el breviario, con una atención completamente edificante, y no se apartaban ni un segundo del libro, a pesar de que había elegido un rincón muy obscuro para leer. En la cintura llevaba un rosario, cuyas cuentas eran más grandes que huevos de paloma, y un enorme surtido de medallas de santos, suspendidas por una cuerda, sonaban a cada movimiento que hacía. En un instante en que levantó la cabeza para mirar al lado de la puerta, pudo observarse que tenía una boca bien hecha, adornada por un gran bigote levantado en forma de arco turco, que hubiese complacido al más galante capitán de gendarmería. Las manos del fraile eran muy blancas, y sus uñas, cuidadísimas, y en todo su aspecto no había nada que anunciase que el buen franciscano, siguiendo la costumbre de su Orden, hubiese manejado mucho la azada y el rastrillo.

Una gruesa y mofletuda aldeana, que desempeñaba simultáneamente las funciones de criada y cocinera en la taberna -de la cual era dueña-, se aproximó al fraile, y después de hacerle una reverencia muy torpe, le dijo:

-Veamos, padre, ¿no queréis que os prepare algo para vuestra comida? Es ya más de mediodía.

-¿Pero es que la barca de Beaugency va a tardar todavía mucho tiempo?

-¿Quién sabe? El agua está muy baja, y no se navega como se quiere. Además, no es aún la hora. En vuestro lugar, me pondría a comer aquí.

-¡Bueno! Comeré. ¿Pero no hay otra habitación más que ésta donde se pueda almorzar? Percibo aquí un olor muy poco agradable.

-Sois muy delicado, padre. Yo no siento nada.

-¿Es que han chamuscado a los cerdos cerca de esta taberna?

-¿A los cerdos? ¡Ah, sí! ¡Es divertido!... Muy cerca de aquí... Pero eran unos cerdos que cuando vivían llevaban vestidos de seda y no sirven para comer. Son hugonotes, reverendo padre, que han sido quemados a la orilla del agua, a cien pasos de aquí, y de ellos es el hedor que percibís.

-¿De hugonotes?

-Sí, de hugonotes... ¿Queréis tomar cualquier cosa?... Ese olor no puede quitaros el apetito. En cuanto a cambiar de habitación para comer, no es posible, porque no tengo más que ésta; de modo que con ella os tenéis que contentar. ¡Bah! ¡Los hugonotes! Si no les queman es posible que olieran peor. Esta mañana había sobre la arena un montón de ellos..., un montón así de alto..., tan alto como esa chimenea.

-¿Y habéis visto los cadáveres?

-¡Ah! Me decís eso porque estaban desnudos. Pero siendo cadáveres, reverendo, ya no es el mismo caso; no me hicieron otro efecto que si hubiera visto un montón de ranas muertas. Parece que ayer se ha trabajado muy bonitamente en Orleans, pues el Loira nos ha traído una gran cantidad de esos pescados heréticos, y como las aguas están bajas, se encuentran entre la arena en gran cantidad. El chico del molinero fue ayer tarde a ver si había algún pescado entre sus redes, y se encontró en ellas a una mujer muerta que presentaba una herida de alabarda en el estómago, que le salía por la espalda. El muchacho hubiera preferido encontrar una buena carpa... Pero ¿qué tenéis, reverendo?... ¿Es que os va a dar un desmayo? ¿Queréis que os traiga un buen vaso de vino de Reaugency? Esto os arreglará el cuerpo.

-Os lo agradezco.

-¿Y qué os traigo de comer?

-Lo que os venga en gana... poco me importa.

-Tengo la cocina bien provista...

-¡Vaya! Traedme un pollo y dejadme en paz.

-¡Un pollo! ¡Un pollo!, reverendo padre. ¡Sí que está bueno esto! No será en vuestros dientes donde las arañas hagan sus telas en tiempo de ayuno. ¿Tenéis bula del Papa para comer pollo en viernes?

-¡Ah! Estaba distraído. No me acordaba que hoy es viernes... Los viernes, carne no comerás... Dadme huevos... Os agradezco que me hayáis advertido a tiempo para evitarme un gran pecado.

-¡Miren los caballeros! -murmuró entre dientes la tabernera-. Si no se les advirtiera comerían pollos en día de vigilia, y si nosotros nos olvidásemos y hallaran en la sopa algún pedazo de carne promoverían el gran escándalo.

Dicho esto, fue a ocuparse de preparar sus huevos, y el fraile continuó leyendo su breviario.

-Avemaría -dijo otro fraile entrando en la taberna en el momento en que Margarita la tabernera tenía la sartén por el mango y se preparaba a freír una voluminosa tortilla.

El recién llegado era un hombre de cierta edad, con barba gris, alto, ancho y fuerte; tenía la cara muy enrojecida; pero lo que llamaba más la atención era un enorme empasto que le cubría un ojo y la mitad de la mejilla. Hablaba francés con facilidad; pero se le notaba en la conversación un ligero acento extranjero.

En el momento en que entró este fraile, el otro inclinó el capuchón por la cara todavía más, de manera que no podía ser reconocido, y qué sorpresa no experimentaría Margarita al fijarse en que el fraile recién llegado, que a causa del calor tenía la capucha quitada, se la echó por la cabeza al advertir a su hermano en religión.

-Padre -dijo la tabernera-, llegáis a punto para comer. No tendréis que esperar. Y, además, almorzaréis en buena compañía...

Y después, dirigiéndose al fraile joven, le dijo:

-¿No es verdad, reverencia, que estáis encantado de comer con este otro padre franciscano? El olor de mi tortilla, ¿no os empieza a abrir el apetito? No he economizado la manteca.

El fraile joven respondió con timidez y balbuceando:

-Tengo miedo de incomodaros, señor.

El fraile viejo dijo bajando la cabeza:

-Soy un pobre fraile alsaciano..., hablo francés muy mal... y temo que mi compañía no sea agradable a mi compañero.

-¡Vamos! -contestó la señora Margarita-. ¡Pues no se vienen ahora con cumplidos! Entre frailes, y frailes de la misma Orden, no tiene que haber más que una sola mesa y una sola cama.

Y cogiendo una silla la colocó junto a la mesa y enfrente del sitio que ocupaba el fraile joven. El viejo tomó asiento, mostrando cierta molestia; parecía dudar entre el deseo de comer y el hecho de encontrarse en compañía de un hermano de religión.

La tortilla fue servida.

-Ahora, padres, despachad pronto vuestras oraciones, y decidme si no está buena la tortilla.

Al oír recordar el Benedícite, los padres parecieron sentirse todavía más molestos. El más joven dijo al más viejo:

-Debéis rezarle. Sois de más edad y os corresponde ese honor.

-No, de ninguna manera. Estabais aquí antes que yo; rezad vos.

-No; os lo ruego.

-No debo ser yo el que rece.

-Es absolutamente necesario.

-Debéis advertir -dijo la señora Margarita- que se está enfriando mi tortilla. ¿Se habrá visto alguna vez franciscanos más ceremoniosos? Que el más viejo diga el Benedícite y el más joven las gracias.

-No sé decir el Benedícite más que en mi lengua -dijo el fraile viejo.

El joven pareció sorprendido, y echó a hurtadillas una mirada sobre su compañero. Éste, sin embargo, juntando las manos de manera muy devota, comenzó a murmurar para su capuchón algunas palabras que nadie entendía. Luego se volvió a sentar en menos de nada, y sin decir una palabra, engulló las tres cuartas partes de la tortilla, y vació la botella de vino. Su compañero, con la nariz sobre el plato, no abría tampoco la boca más que para comer. Concluida la tortilla se levantó, juntó las manos, y, con gran rapidez y balbuceando, pronunció algunas palabras en latín, de las cuales fueron las últimas: «Et beata viscera virginis Mariae.» Fueron las únicas palabras que entendió la señora Margarita.

-¡Qué manera de rezar las gracias, reverendo padre! Me parece que no es así como las dice nuestro cura.

-Son las gracias que rezarnos en nuestro convento -dijo el franciscano joven.

-¿Va a venir pronto la barca? -preguntó el otro fraile.

-¡Paciencia! Ya debe estar al llegar -respondió Margarita.

El fraile joven pareció contrariado, a juzgar por el movimiento de cabeza que hizo. Sin embargo, se abstuvo de hacer la menor observación, y, tomando el breviario, se enfrascó de nuevo en la lectura con grande atención.

A su lado, el alsaciano, volviendo la espalda a su compañero, empezó a mover las cuentas del rosario entre el índice y el pulgar, y hacía movimientos con los labios; pero sin que se le escuchase un solo sonido.

-Son los dos frailes más raros que he visto en mi vida, y también los más silenciosos -pensó Margarita, mientras se disponía a hilar.

Durante un cuarto de hora, el silencio no se interrumpió más que por el ruido de la rueca, hasta que entraron en la taberna cuatro hombres armados y de cara atravesada. A la vista de los frailes se llevaron ligeramente la mano al sombrero, y uno de ellos, saludando a Margarita con el nombre familiar de «Margot», la pidió vino y comida muy de prisa, pues, según decía, «el gaznate se me está enmoheciendo por falta de trabajo en las mandíbulas».

-¡Vino, vino! -murmuró la señora Margarita-. Muy pronto lo decís, señor Bois-Dauphin. ¿Pero quién va a pagar el gasto? Sabréis que Jerónimo Crédito ha fallecido; además, me debéis tanto de vino como de comidas y cenas, a más de seis escudos, lo cual es tan verdad como que soy una mujer honrada.

-Tan mentira es lo uno como lo otro -respondió riendo Bois-Dauphin-; yo no os debo señora Margarita más que dos escudos, y ni un solo dinero de más.

Y concluyó con un juramento.

-¡Ah! ¡Jesús, María!... Se puede mentir de tal modo...

-¡Vamos! ¡Vamos! No chillar de esa manera. ¡Vaya por los seis escudos! Ya los pagaré, Margaritona, unidos al gasto que hagamos ahora. Se gana muy poco en el oficio en que nos hemos metido; no sé lo que hacían esos sinvergüenzas con su dinero.

-Es posible que se lo zampen, al igual de los alemanes -dijo uno de sus camaradas.

-¡Mala peste! -dijo Bois-Dauphin-. Es necesario mirar muy de cerca. Los buenos dineros, aunque se encuentren en el esqueleto de un hereje, no deben ser arrojados a los perros.

-¡Cómo gritaba esta mañana la hija de aquel pastor! -dijo un tercero.

-¡Y su padre, el viejo pastor! -añadió el último-. ¡Cómo me he reído! Estaba tan gordo, que no se podía hundir en el agua.

-¿Habéis trabajado mucho esta mañana? -preguntó Margarita, que volvía de la bodega con varias botellas.

-Entre hombres, niños y mujeres -dijo Bois-Dauphin-, son doce los que hemos tirado al agua o al fuego. Pero lo peor, Margarita, es que no tenían encima ni un sueldo, ni una blanca; fuera de una mujer a la cual encontramos algunas fruslerías, toda la caza no ha valido las cuatro patas de un perro... Sí, padre -prosiguió, dirigiéndose al más joven de los frailes-; esta mañana hemos ganado bien las indulgencias, matando a esos cochinos herejes vuestros enemigos.

El fraile se le quedó mirando un momento con fijeza, y en seguida volvió a la lectura; pero el breviario temblaba visiblemente en su mano izquierda, mientras que apretaba con fuerza el puño derecho, como un hombre agitado por una emoción reconcentrada.

-A propósito de indulgencia -dijo Bois-Dauphin, volviéndose hacia sus compañeros-. ¿Sabéis que me gustaría poseer una bula para que pudiera comer hoy carne? He visto en el corral de la señora Margarita unos pollos que me tientan furiosamente.

-¡Pardiez! -dijo uno de aquellos granujas-. ¡Vamos a comerlos, que no nos harán daño! Con ir mañana a confesar, está arreglado todo.

-Escuchad, compañeros -dijo otro-; se me ocurre una idea. Pidamos a ese fraile grueso el permiso para comer carne.

-Sí. ¡Como si él pudiera darlo! -respondió otro camarada.

-¡Por la Virgen Santísima! -exclamó Bois-Dauphin-. Tengo un medio mucho mejor que esos, y os lo voy a decir al oído.

Los cuatro tunantes se aproximaron el uno al otro, y Bois-Dauphin les explicó en voz baja su proyecto, que fue acogido con grandes carcajadas. Uno solo de los granujas mostró escrúpulos.

-Es una mala idea la tuya, Bois-Dauphin -dijo-, y te traerá desgracia; yo no me mezclo en eso.

-¡Cállate, Guillemain! ¡Como si fuera un pecado terrible hacer olfatear a un hombre la hoja de un puñal!

-¡Pero a un tonsurado!

Hablaban en voz queda los cuatro pícaros, y los dos frailes parecían querer adivinar sus proyectos por algunas frases que percibían de la conversación.

-¡Bah! No hay cuidado -afirmó Bois-Dauphin en tono más alto-. Y, después de todo, soy yo y no tú el que tendrá que responder del pecado.

-¡Sí, sí! -exclamaron los otros dos- Bois-Dauphin tiene razón.

Inmediatamente, Bois-Dauphin se levantó y salió de la sala. Un instante después se escuchó el chillido de unos pollos, y al minuto reapareció el granuja con sendas aves muertas en las manos.

-¡Ah! ¡El maldito! -exclamó la señora Margarita-. ¡Matar mis pollos! ¡Y en viernes! ¿Qué has hecho, canalla?

-Silencio, Margarita, y no me atormentes con gritos los oídos. Ya sabes que soy muy mal muchacho... Prepara el asador y déjame hacer.

Después se aproximó al fraile alsaciano y le dijo:

-Padre, ¿ve usted esos animales? Pues bien: yo quisiera que nos hicieseis la gracia de bautizarlos.

El fraile retrocedió sorprendido, cerró el otro su libro, y Margarita comenzó a decir injurias a Bois-Dauphin.

-¿Que yo les bautice? -preguntó el fraile.

-Sí, padre mío. Yo seré el padrino, y Margot la madrina. Sabed los nombres que quiero dar a mis ahijados: uno se llamará Carpa, y el otro Perca. Qué nombres tan bonitos, ¿verdad?

-¡Bautizar a unos pollos! -exclamó el padre, riendo.

-Sí, ¡pardiez!, padre... Vamos presto a la tarea.

-¡Ah bandido! -exclamó Margarita-. ¿Tú crees que dejaré hacer esa herejía en mi casa? ¿Supones que estás entre judíos o entre hechiceros para bautizar a los animales?

-¡Llevaros a esa alborotadora! -dijo Bois-Dauphin-; y vos, padre, ¿no sabréis leerme el nombre del forjador que ha hecho la hoja de este cuchillo?

Y, al hablar así, pasé el puñal por la nariz del viejo fraile. El joven se levantó rápido de su banco; pero pronto, y como por efecto de una reflexión de prudencia, se volvió a sentar, determinado a tener paciencia.

-¿Pero cómo quieres que yo bautice a estos volátiles, hijo mío?

-¡Pardiez! Es bien fácil... Como nos han bautizado a nosotros los hijos de mujer. Arrojad un poco de agua sobre su cabeza y decid las palabras sacramentales en vuestra jerga latina. ¡Vamos, Juan! Trae un vaso de agua, y vosotros quitaos el sombrero y adoptad una actitud de recogimiento.

Ante la sorpresa general, el viejo franciscano tomó un poco de agua y la esparció sobre la cabeza de los pollos, pronunciando rápido y confuso unas palabras, que tenían el aire de una oración, concluyó diciendo: Baptizo te Carpam et Percham. Luego se sentó y volvió a rezar su rosario con gran calma, como si acabara de hacer una cosa muy natural.

El asombro hizo enmudecer a la señora Margarita. Bois-Dauphin triunfaba.

-¡Vamos, Margarita! -dijo, presentando los dos pollos-; ásanos esta carpa y esta perca; resultan un excelente manjar.

Pero, a pesar del bautismo, Margarita rehusaba todavía considerarlos como un alimento de cristianos. Fue necesario que los bandidos la amenazasen con maltratarla para que se decidiera a meter en el asador los peces improvisados.

Bois-Dauphin y sus camaradas bebían copiosamente, y se sucedían los brindis en medio de un gran alboroto.

-¡Escuchad! -exclamó Bois-Dauphin, dando un tremendo puñetazo en la mesa para que se hiciera el silencio-; propongo beber a la salud de nuestro padre el Papa y a la muerte de todos los hugonotes; pero es necesario que esos dos frailucos y la señora Margarita beban con nosotros.

La proposición la acogieron sus tres camaradas con grandes aclamaciones aprobatorias.

Se levantó, tambaleándose un poco, pues se hallaba medio borracho, y con una botella en la mano fue a llenar el vaso del fraile joven.

-¡Tomad, padre! -dijo-. A la santidad de su salud. Digo... Me he equivocado... ¡A la salud de Su Santidad, y a la muerte...

-Yo no bebo entre comidas -respondió el fraile fríamente.

-¡Oh! ¡Pardiez! Vos beberéis, o el diablo me lleve si no decís por qué...

Al decir estas palabras, colocó la botella en la mesa, y tomando el vaso, le aproximó a los labios del fraile, que se inclinaba sobre su breviario, con gran calma en apariencia. Algunas gotas de vino cayeron sobre el libro. Rápido, el fraile se levantó y asió el vaso; pero, en vez de beber, arrojó su contenido al rostro de Bois-Dauphin. Todo el mundo se echó a reír... El padre, adosado contra la pared y cruzado de brazos, miraba fijamente al bandido.

-¿Sabéis, padre, que esa broma no ha sido de mi agrado? Si no fuerais fraile os enseñaría a conocer el mundo.

Y, al hablar así, alargó la mano hacia la cara del fraile, y con la punta de sus dedos rozó el bigote.

El rostro del religioso se puso de un púrpura subido. Con una mano agarró el cuello del insolente bandido, y con la otra le dio un botellazo en la cabeza, tan violento, que Bois-Dauphin cayó al suelo sin conocimiento, inundado a la vez de sangre y de vino.

-¡Maravilloso, valiente! -exclamó el fraile viejo-. Ese mandria no se merecía otra cosa.

-¡Bois-Dauphin ha muerto! -exclamaron los tres tunantes, viendo que su camarada no se movía-. ¡Ah pícaro! Nosotros sabremos castigar tu soberbia.

E inmediatamente desenvainaron las espadas; pero el fraile joven, con una agilidad sorprendente, se remangó los hábitos, y, apoderándose de la espada del caído, se puso en guardia, como un hombre experto, y de la manera más resuelta. Al mismo tiempo, su hermano de religión sacó por debajo de sus ropas un puñal, cuya hoja tendría sus diez y ocho pulgadas de largo, y con aire marcial se puso al lado de su compañero.

-¡Ah canallas! -exclamaron-. Os vamos a dar una lección, para que sepáis mejor vuestro oficio.

A los pocos momentos, los tres granujas, heridos o desarmados, se vieron en la necesidad de saltar por la ventana.

-¡Jesús, María y José! -exclamó la señora Margarita-. Sois unos campeones, buenos padres. Hacéis honor a nuestra santa religión... Pero el resultado de esta contienda ha sido un hombre muerto, cosa muy desagradable para la reputación de esta hostería.

-¡Oh, qué simpleza! Si no está muerto -dijo el fraile viejo-. Le oigo gruñir, y le voy a dar la extremaunción.

Se acercó al herido, le agarró por el pelo, y, poniéndole en la garganta el puñal, hubiera acabado con él si la señora Margarita y el otro fraile no se interpusiesen.

-¿Qué hacéis, Dios mío? -decía Margarita-. ¡Matar a un hombre! ¡A un hombre que pasa por buen católico, aunque lo sea muy poco, según parece!

-Supongo -dijo el fraile joven- que asuntos apremiantes os llevan, como a mí, a Beaugency... Ya está aquí la barca. Vámonos.

-Tenéis razón; os sigo.

Y después de limpiar su puñal, le ocultó entre sus ropas.

Los dos valientes frailes, después de pagar su gasto, se encaminaron juntos hacia el Loira, dejando a Bois-Dauphin entre las manos cariñosas de Margarita, que se dedicó a registrar cuidadosamente los bolsillos del herido. Después de esta elemental faena se preocupó de ir quitando de la cara los pedazos de vidrio, a fin de curarle con arreglo a todos los usos de las comadres en casos semejantes.

-O me equivoco mucho, o yo os he visto en alguna otra parte -dijo el franciscano joven al viejo.

-¡Que el diablo me lleve si vuestra cara me es desconocida! Pero...

-Cuando os vi por primera vez me parece que no llevabais ese hábito.

-¿Y vos?

-¿Erais capitán?

-Dietrich Hornstein, para serviros; y vos sois aquel caballero joven con quien comí en una hostería cerca de Etampes.

-El mismo.

-¿No os llamáis Mergy?

-Sí; pero ahora no uso este nombre... Me llamo el hermano Ambrosio.

-Y yo el hermano Antonio de Alsacia.

-¡Bien!. ¿Y dónde vais?

-A la Rochela, si puedo llegar.

-Y yo también.

-Estoy encantado con vuestro encuentro... Pero, ¡demonio!... Me habéis horriblemente azorado con vuestro Benedícite... Yo no sabía decir una palabra, y como os había tomado por un fraile verdadero...

-A mí me pasaba lo mismo.

-¿De dónde os habéis escapado?

-De París. ¿Y vos?

-De Orleans... Tuve que estar escondido durante ocho días... Mis pobres soldados... El teniente... están en el Loira.

-¿Y Mila?

-Se convirtió al catolicismo.

-¿Y mi caballo, capitán?

-¡Ah! ¿Vuestro caballo?... Hice azotar al teniente que lo hurtó... Pero, como no sabía dónde parabais, no os le pude devolver. Lo guardaba para mí, en espera de tener el honor de encontraros... En la actualidad debe de pertenecer, sin duda, a algún cochino católico.

-¡Chist! No pronunciéis esas palabras tan alto. Capitán, vamos a unir nuestras suertes, y ayudémonos siempre como lo hemos hecho hace un momento.

-Aceptado, y en tanto que Dietrich Hornstein tenga una sola gota de sangre en sus venas, hará buen uso de su cuchillo a vuestro lado.

Se estrecharon las manos con alegría.

-¡Ah! ¿Qué diablo de historia es aquella que me vinieron a contar a propósito de unos pollos que querían convertir en pescado? Esos católicos son tontos de capirote.

-¡Chist! ¡Callad, por Dios!... Aquí esta la barca.

Llegaron a ella y ocuparon sus puestos. Navegaron por el río hasta Beaugency sin otro incidente que encontrar numerosos cadáveres de compañeros suyos en religión, que flotaban sobre las aguas del Loira.

Alguien advirtió que la mayor parte de ellos estaban tumbados en el río sobre las espaldas.

-Están pidiendo venganza al cielo -dijo Mergy en voz baja al capitán.

Dietrich le estrechó la mano sin responder.




ArribaAbajo-XXIV-

El sitio de la Rochela



«Still hope and suffer all who can!»


(Moore: Fudge family.)                


La Rochela, de la cual casi todos sus habitantes profesaban la religión reformista, se podía considerar entonces como la capital de las provincias del Mediodía, y el más seguro baluarte de la causa hugonote. Un extendido comercio con Inglaterra y con España les permitía introducir riquezas considerables, y de aquí el espíritu de independencia que sostenían por encima de todo. La población, compuesta en su mayor parte de pescadores y marineros, que con frecuencia se hacían corsarios, estaba familiarizada con todos los peligros de la vida aventurera, y poseían hábitos de disciplina y de guerra.

A esta gente, la noticia de los asesinatos del 24 de agosto, lejos de producirles el sentimiento de resignación estúpida que se había apoderado de la mayor parte de los hugonotes y les hacía desconfiar en el triunfo de su causa, les dio una mayor bravura, que quizá tenía por causa la desesperación.

De común acuerdo resolvieron sufrir toda suerte de calamidades antes de abrir las puertas de la ciudad a un enemigo que acababa de dar pruebas de su mala fe y de su barbarie. Mientras que los pastores aumentaban este celo con discursos fanáticos, viejos, mujeres y niños trabajaban con gran ahínco en reparar las antiguas fortificaciones y en construir otras nuevas. Se amontonaban los víveres y las armas, se equipaban los buques, y no se perdía ni un momento en organizar y preparar los medios de defensa de que la ciudad era susceptible. Numerosos caballeros, escapados de la matanza, se habían juntado con la gente de la Rochela, y las descripciones que hacían de los crímenes cometidos enardecían a los más cobardes. Para estos hombres, milagrosamente salvados de la muerte, la guerra y sus azares era como un viento ligero para un navegante que acaba de escapar de una tempestad. Mergy y su compañero fueron de estos fugitivos que habían ido a engrosar las filas de los defensores de la Rochela.

La corte de París, alarmada por tales preparativos, se arrepentía de no haberlos prevenido de antemano. El mariscal de Biron se dirigió hacia la Rochela, llevando proposiciones pacíficas. El rey tenía razones para suponer que la elección de Biron sería agradable a los de la Rochela, pues este mariscal, lejos de tomar parte en las matanzas de la «San Bartolomé», salvó a numerosos protestantes de calidad, y él mismo había apuntado con los cañones del arsenal, que estaban bajo su mando, contra los asesinos que lucían las insignias reales. No podía sino ser admitido en la ciudad y reconocido en calidad de gobernador real, prometiendo respetar los privilegios y las franquicias de los habitantes y dejarles libres el ejercicio de su religión. Pero después de haber sido asesinados sesenta mil protestantes, ¿se podía creer en las promesas de Carlos IX? Además, durante el curso de las negociaciones, las matanzas continuaron en Burdeos, los soldados de Biron saqueaban el territorio de la Rochela y una flota real detenía las embarcaciones mercantes y bloqueaba el puerto.

Los burgueses de la Rochela se negaron a recibir a Biron, y respondieron que ellos no podían tratar con el rey en tanto que fuese cautivo de los Guisas, sea que ellos creyesen a estos últimos los únicos autores de los males que sufrían los calvinistas, o sea que por esta ficción, después con frecuencia repetida, quisieran asegurarse a cuantos suponían que la fidelidad del rey era antes que los intereses de la religión. No hubo, pues, medio de entenderse. El rey, entonces, recurrió a otro negociador, enviando a La Noue. La Noue, a quien apodaban Brazo de Hierro, a causa de uno postizo con el que había reemplazado a otro verdadero, perdido en un combate, era un fervoroso calvinista, que en las últimas guerras civiles había demostrado su gran bravura y sus muchos talentos militares.

El almirante, del cual era amigo, no había encontrado un lugarteniente más hábil ni más fiel. En el momento de la San Bartolomé estaba La Noue en los Países Bajos, dirigiendo las bandas flamencas, insurreccionadas, que luchaban contra la potencia española. Traicionado por la fortuna, tuvo que rendirse al duque de Alba, quien le trató bastante bien. Después, y cuando tanta sangre vertida había excitado sus remordimientos, Carlos IX le llamó, y, contra lo que podía suponerse, le trató con suma afabilidad. Este monarca, que en todo era extremado, abrumaba a caricias a un protestante, después de haber degollado a cien mil. Una especie de fatalidad pareció proteger el destino de La Noue; en la tercera guerra civil había caído prisionero en Jarnac y en Montcontour, y siempre fue puesto en libertad, sin rescate alguno, por el hermano del rey34, a pesar de las instancias de una parte de sus capitanes, que le incitaban a sacrificar a un hombre muy peligroso para ser dejado libre, y demasiado decente para poder sobornarle. Carlos pensó que La Noue se acordaría de su clemencia, y le dio el encargo de exhortar a los de la Rochela a la sumisión. Aceptó La Noue; pero a condición de que no se le exigiese nada incompatible con su honor, y marchó en compañía de un sacerdote italiano que debía vigilarlo.

En seguida pudo experimentar la mortificación de advertir que se desconfiaba de él. No se le permitió entrar en la Rochela, y para las entrevistas fue señalada una pequeña aldea de los alrededores, Tadou, donde encontró a los diputadas. Todos le conocían como a un antiguo conmilitón; pero ni uno solo le tendió una mano amiga, ni quiso reconocerle. En pocas palabras expuso las proposiciones del rey y la substancia de su discurso fueron estas palabras:

-Fiaros de las promesas del rey. La guerra civil es el peor de los males.

El alcalde de la Rochela le respondió con amarga sonrisa.

-Estamos viendo a un hombre que se parece a La Noue; pero La Noue no habría propuesto a sus hermanos que se sometieran a los asesinos. La Noue, que era tan fiel al almirante, hubiera querido vengarle en vez de- tratar con sus asesinos. No, vos no sois La Noue.

Estos reproches llegaron hasta el alma al desgraciado embajador, que recordó los servicios que había prestado a la causa de los calvinistas, mostró su brazo mutilado e hizo protestas de su fervor religioso. Poco a poco la desconfianza de la gente de la Rochela se disipó; las puertas de la ciudad se abrieron para La Noue; le enseñaron los preparativos de defensa y le pidieron que se pusiese al frente de los protestantes. La oferta era muy tentadora para un viejo soldado. El juramento hecho a Carlos había sido condicionado, con la manifestación de que podía interpretarle con arreglo a conciencia. La Noue creyó que poniéndose a la cabeza de los de la Rochela aseguraba las disposiciones pacíficas y podría al mismo tiempo conciliar la fidelidad prestada al rey con la que debía a su religión. Se equivocó.

Un ejército real fue a atacar la Rochela. La Noue, al frente de los protestantes, mataba muchos católicos en los ataques. Después, cuando regresaban a la ciudad, exhortaba a la paz. ¿Qué podía suceder? Los católicos creían que había faltado a su palabra al rey, y los hugonotes le acusaban de traidor.

En estas condiciones, La Noue, muy molesto, buscaba la muerte y exponía a diario su vida más de veinte veces.




ArribaAbajo-XXV-

La Noue


«¡Este hombre es invulnerable hasta por el talón!»


(D'Aubigné: El barón de Foeneste.)                


Los sitiados acababan de realizar un feliz ataque contra las defensas avanzadas del ejército católico. Habían tomado unas cuantas varas de trinchera, destruido varios gaviones y matado un centenar de soldados. El destacamento que obtuvo esta victoria volvía a la ciudad por la puerta de Tadou. Al frente de una compañía de arcabuceros marchaba el capitán Dietrich, con el rostro congestionado, sin aliento y pidiendo de beber, señal segura de que no se mostrara ocioso en la pelea. Le seguía una muchedumbre de burgueses, entre los cuales figuraban numerosas mujeres, que por su aspecto parecían haber tomado parte en la lucha. Detrás caminaban unos cuarenta prisioneros, la mayor parte cubiertos de heridas, entre dos filas de soldados, que a duras penas podían defenderles contra el furor del pueblo, que se acumulaba a su paso. Unos cuarenta caballeros formaban la retaguardia. La Noue, acompañado de Mergy, que le servía de ayudante de campo, marchaba el último. Su coraza había sido abollada por una bala y su caballo tenía heridas en dos sitios del cuerpo... En su mano izquierda asía una pistola descargada, y gobernaba las bridas de su caballo, con un gancho colgante de su brazo derecho, en el lugar donde debiera tener la mano.

-Dejad paso a los prisioneros, amigos -exclamaba a cada momento-. Sed humanos y compasivos. Están heridos y no pueden defenderse; ya no son vuestros contrarios.

Pero la canalla respondía con vociferaciones salvajes.

-¡A cazar a los papistas! -gritaban-. ¡A la horca con ellos! ¡Viva La Noue!

Mergy y los otros jinetes distribuyeron entre la multitud algunos lanzazos, como añadidura a las exhortaciones generosas de su jefe. Los prisioneros pudieron ser, al fin, conducidos a la cárcel de la ciudad, donde, vigilados por una buena guardia, no tenían que temer los furores del populacho. El destacamento se dispersó, y La Noue, acompañado de algunos caballeros, puso pie a tierra ante el municipio en el momento mismo en que salía el alcalde, seguido de numerosos burgueses y de un pastor viejo llamado Laplace.

-¡Salud, valeroso La Noue! -dijo el alcalde, tendiéndole la mano-. Acabáis de demostrar a esos asesinos que aunque haya muerto el almirante no se ha exterminado la raza de los bravos.

-El combate ha terminado felizmente, señor -dijo La Noue con modestia-. No hemos tenido más que cinco muertos y unos cuantos heridos.

-Como vos mandabais el ataque, estábamos seguros del buen éxito.

-¡Eh! ¿Qué podría hacer La Noue sin el socorro de Dios? -exclamó en tono displicente el viejo pastor-. Es Dios, que ha combatido hoy a favor nuestro y se ha dignado escuchar nuestras plegarias.

-Dios es, en efecto, quien da o quita la victoria a su agrado -respondió La Noue con gran calma-, y nada más que a él se pueden agradecer las victorias en las guerras.

Y después, dirigiéndose al alcalde, añadió:

-¿Y el concejo ha deliberado sobre las nuevas proposiciones de su majestad?

-Sí -respondió aquél-; hemos despedido al emisario rogándole que no se tome la molestia de dirigirnos nuevas notificaciones. De aquí en adelante no responderemos más que con arcabuzazos.

-¡Debíais haber ahorrado al emisario -exclamó el pastor-, pues está escrito: Algunos granujas hay entre vosotros que han querido seducir a los habitantes de esta ciudad... Pero no faltarás a tu obligación de hacerles morir; tu mano será la primera sobre ellos, y en seguida la de todo el pueblo.

La Noue suspiró y elevó los ojos al cielo, sin responder.

-¿Qué? ¿Rendirnos? -prosiguió el alcalde-. ¿Rendirnos cuando nuestras murallas están todavía de pie? ¿Cuando el enemigo no se atreve a atacarlas de cerca mientras que nosotros podemos ir todos los días a insultarle a sus trincheras? Creedme, señor de La Noue, si no hubiera soldados en la Rochela las mujeres serían suficientes para contender con los enemigos de París.

-Señor, cuando se es más fuerte es necesario hablar con miramiento del enemigo, y cuando se es más débil...

-¿Y quién os dice que somos los más débiles? -interrumpió Laplace-. ¿No combate Dios con nosotros? ¿Y Gedeón con trescientos israelitas no fue más fuerte que todo el ejército de los medianitas?

-Sabéis mejor que nadie, señor alcalde, la escasez de los aprovisionamientos; la pólvora va faltando y me veo obligado a escasearla a nuestros arcabuceros.

-Montgomery nos la enviará desde Inglaterra -dijo el alcalde.

-El fuego del cielo caerá sobre los papistas -añadió el pastor.

-El pan encarece cada día, señor alcalde.

-Un día u otro veremos aparecer a la armada inglesa y entonces volverá la abundancia a la ciudad.

-¡Si es preciso Dios hará caer el maná! -exclamó impetuosamente Laplace.

-En cuanto a los socorros de que habláis -respondió La Noue- bastaría un viento Sur que durase algunos días para que no pudiesen llegar a nuestro puerto. Además, pueden capturarlos nuestros enemigos...

-¡Soplará viento del Norte! ¡Yo te lo predigo, hombre de poca fe! -dijo el pastor-. ¡Perdiste el brazo derecho y la bravura a un tiempo mismo!

La Noue parecía dispuesto a no responderle. Prosiguió dirigiéndose tan sólo al alcalde.

-Perder un hombre es para nosotros más grave que diez para el enemigo. Creo que si los católicos estrechan el sitio con energía nos veremos obligados a aceptar unas condiciones mucho más duras que las que habéis rechazado con tanto desprecio. Si, como espero, el rey se contenta con ver su autoridad reconocida en esta ciudad, y no exige de ella sacrificios que no puede hacer, creo que es nuestra obligación abrir las puertas, pues, a pesar de todo, Carlos IX es nuestro amo.

-¡No tenemos más amo que Cristo! ¡Sólo un impío puede llamar amo suyo al feroz Achab, a ese Carlos que bebe la sangre de los profetas! -y la cólera del pastor redoblaba viendo la imperturbable sangre fría de La Noue.

-Respecto a mí -agregó el alcalde-, recuerdo que la última vez que el almirante pasó por nuestra ciudad nos decía: «El rey me ha dado su palabra de que tanto los protestantes como los católicos serán tratados lo mismo.» Seis meses después, el rey, que tenía empeñada su palabra, hizo asesinar a los hugonotes. Si abrimos nuestras puertas hará con nosotros una matanza idéntica a la de San Bartolomé.

-El rey ha sido engañado por los Guisas. Está arrepentido y quiere rescatar la sangre vertida. Si por vuestra obstinación en no querer tratos, irritáis a los católicos, toda la energía del reino caerá sobre la Rochela, y será destruido el último baluarte de la religión reformista... ¡La paz! ¡La paz! Creedme a mí, señor alcalde.

-¡Cobarde! -exclamó el pastor-. Deseas la paz porque tienes miedo a perder la vida.

-¡Oh!, señor Laplace... -dijo el alcalde.

-¡Bueno! -y La Noue prosiguió fríamente-. Mi última palabra es que si el rey consiente en no traer guarnición a la Rochela y dejarnos con libertad religiosa, debemos entregar las llaves y afirmar nuestra sumisión.

-Eres un traidor -exclamó Laplace- que ha sido sobornado por los tiranos.

-¡Por Dios! ¿Qué decís, señor Laplace? -respondió el alcalde.

La Noue sonrió con aire despectivo.

-Ya lo veis, señor alcalde, vivimos en tiempos muy extraños; los hombres de guerra hablan de paz y los ministros de Cristo predican la guerra... ¡Querido señor -prosiguió el general, dirigiéndose por fin a Laplace-, ya es hora de comer y me parece que vuestra esposa debe de estar esperándole en casa!

Estas últimas palabras acabaron de poner furioso al pastor. No encontró ninguna injuria con qué contestar, y como una bofetada excusa responder razonablemente, golpeó la mejilla del viejo militar.

-¡Por el nombre de Dios! ¿Qué hacéis? -exclamó el alcalde. El señor La Noue es el mejor ciudadano y el más bravo soldado de la Rochela.

Mergy, que estaba presente, se dispuso a imponer un correctivo a Laplace, del cual hubiese guardado recuerdo; pero La Noue lo detuvo.

Cuando su barba gris fue tocada por la mano del viejo loco, hubo un instante, rápido como el pensamiento, en que sus ojos brillaron con relampagueo de indignación y coraje... Pero pronto su fisonomía recobró la acostumbrada impasibilidad; se hubiera dicho que el pastor había golpeado el busto de mármol de un senador romano, o, más bien, que ya La Noue no había sido tocado en el rostro sino por una cosa inanimada.

-Llevad a ese viejo con su mujer -dijo a uno de los burgueses que acompañaban al viejo pastor-. Decidle que tenga cuidado; no se ha comportado hoy como es debido... y a vos, señor alcalde, os ruego que me busquéis entre los habitantes ciento cincuenta voluntarios, pues quiero intentar un ataque al amanecer. Es el momento en que los soldados que han pasado la noche en las trincheras se hallan todavía entumecidos por el frío, y hay que cazarlos entonces como a los osos en el deshielo... He observado que las gentes que duermen bajo techado están mucho más ágiles por la mañana que cuantos pasan la noche a la luz de las estrellas...

Y añadió:

-Caballero de Mergy, si no tenéis mucha prisa para comer, os propongo que vengáis conmigo a la atalaya del Evangelio... Desde allí podremos observar los trabajos del enemigo.

Saludó al alcalde, y apoyado en la espalda de su ayudante, marchó a la atalaya.

Llegaron un momento después que un cañonazo había herido mortalmente a dos hombres. Hasta las piedras estaban cubiertas de sangre, y uno de aquellos infelices, alcanzado por la metralla, pedía a voces que le rematasen. La Noue, con el codo apoyado sobre el parapeto, miró algún tiempo silenciosamente los trabajos que realizaban los asaltantes... Después se volvió a Mergy y le dijo:

-La guerra es una cosa terrible... ¡Pero una guerra civil es todavía más espantosa!... Esa bala ha sido puesta en un cañón francés, y fue un francés quien ha disparado y dos franceses han sido muertos por esa bala... No preocupa mucho matar a un hombre a gran distancia, pero es terrible, caballero de Mergy, clavar la espada a un hombre que os pide compasión en vuestra lengua materna... Y, sin embargo, nosotros hemos hecho eso mismo esta misma mañana.

-¡Ah señor! ¡Si hubierais visto los asesinatos del 24 de agosto! ¡Si hubierais pasado el Sena cuando estaba rojo y llevaba tantos cadáveres, no tendríais esa piedad para los hombres con quien combatimos! Para mí, todo papista es un asesino.

-No calumniéis a vuestro país. En este mismo ejército que nos asedia hay muy pocos monstruos de esos que habláis. Los soldados no son sino aldeanos franceses que dejaron de arar para servir al rey, y los caballeros y los capitanes se baten porque han prestado juramento de fidelidad al monarca... Quizá tengan ellos razón, y nosotros..., nosotros seamos unos rebeldes.

-¡Rebeldes! Nuestra causa es justa; combatimos en defensa de nuestra religión y nuestra vida.

-Veo que tenéis pocos escrúpulos; sois feliz, caballero de Mergy.

Y el viejo soldado suspiró profundamente.

-¡Pardiez! -dijo un soldado que acababa de descargar el arcabuz-. Ese hombre debe de tener tratos con el demonio... Le estoy tirando desde hace tres días y no le he podido tocar.

-¿A quién? -preguntó Mergy.

-¿No veis aquel hombre alto, de justillo blanco y que lleva la banda y la pluma rojas? Todos los días se pasea ante nuestras narices, como si quisiera hacernos burla... Debe de ser una de las espadas de más nombradía en la corte...

-La distancia es grande -objetó Mergy-; pero no importa. Venga un arcabuz.

Un soldado puso el arma entre sus manos. Mergy colocó el cañón de ella sobre el parapeto y buscó la puntería con grande atención.

-¿Si fuera alguno de vuestros amigos? -dijo La Noue-. ¿Por qué os gusta desempeñar el oficio de arcabucero?

Mergy iba a hacer jugar el gatillo, pero detuvo su dedo.

-No tengo amigos entre los católicos -dijo-, excepto uno a quien quiero bien... Pero ése estoy seguro que no figura entre los asaltantes.

-Si fuera vuestro hermano, que hubiese acompañado a monseñor...

Partió el tiro de arcabuz; pero la mano de Mergy había temblado y se vio alzarse el polvo mucho más lejos del sitio donde se paseaba el caballero; Mergy no creía que su hermano estuviera en el ejército católico; sin embargo, se alegró al advertir que había errado el golpe... El hombre sobre el cual disparó continuó su paseo con lentitud, y desapareció pronto entre los montones de tierra removida que se elevaban por todas partes alrededor de la Rochela.




ArribaAbajo-XXVI-

El ataque



«Dead, for a ducat! Dead!»


(Shakespeare: Hamlet.)                


Una lluvia fría y fina que estuvo cayendo toda la noche cesó por fin en el instante en que el nuevo día se anunciaba en el cielo por el lado de Oriente con resplandores pálidos. El alba trajo una niebla pesada que se esparcía aquí y allá en largos jirones parduzcos que volvían a reunirse pronto, como las ondas marinas, separadas por un navío, que imprimen después una estela blanca. Cubierta con este vapor espeso, que ocultaba las copas de los árboles, la campiña parecía una vasta inundación.

En la ciudad, la luz incierta del amanecer, mezclada con la de las antorchas, alumbraba vagamente a los soldados y voluntarios congregados en la calle que conducía a la atalaya del Evangelio. Golpeaban el pavimento con los pies y movían constantemente el cuerpo, como hombres dominados por ese frío húmedo y penetrante de los amaneceres invernales. Los juramentos y las imprecaciones enérgicas no se escatimaban y se dirigían contra aquellos que habían tenido la ocurrencia de mandarles a combatir a semejante hora.

Pero, a pesar de sus denuestos, podía observarse en sus discursos ese buen humor y esa esperanza que anima a los soldados que manda un jefe estimado de la tropa. Se les oía decir en un tono mitad burlón y mitad colérico:

-Ese maldito Brazo de hierro, ese Juan sin sueño, nos está dando un bonito despertar. ¡Así le abrase la fiebre! ¡El diablo de hombre! ¡Con él no se está nunca seguro de poder pasar una buena noche! ¡Por las barbas del almirante, si no oigo roncar pronto a los arcabuces, me voy a dormir como si estuviera en la cama. ¡Ah!... Ya nos traen aquí el aguardiente, que nos devolverá las fuerzas e impedirá que agarremos un catarro entre esa maldita niebla.

Mientras que se distribuía el aguardiente a los soldados, los oficiales rodeaban a La Noue delante de una tienda y escuchaban con sumo interés el plan de ataque que se proponía realizar dentro el ejército sitiador. Un redoblar de tambores empezó a oírse, y cada uno ocupó su puesto. Un pastor bendijo a los soldados, los exhortó a comportarse bien, con la promesa de la bienaventuranza eterna si morían y de la estimación de sus conciudadanos si regresaban a la ciudad. El sermón fue corto, pero a La Noue le pareció demasiado largo. Parecía tener prisa para comenzar las escenas sangrientas. En cuanto concluyó el pastor y los soldados dijeron Amén, exclamó con voz enérgica y ronca:

-¡Camaradas! El ministro de Dios os acaba de decir la verdad. Recomendemos nuestras almas al Señor. Al primero que dispare un tiro cuya bala no entre en el vientre de un papista le mataré si no consigue escapar.

-Caballero -dijo Mergy en tono bajo, ése es un discurso muy diferente a los de ayer.

-¿Sabéis latín? -preguntó La Noue en tono brusco.

-Sí, señor.

-Pues bien: recordad aquella frase: Age quod agis.

Se hizo la señal de ataque, disparándose un cañonazo; toda la tropa se dirigió a pasos largos hacia la campiña; simultáneamente pequeños pelotones de soldados que salían de diversos sitios llevaban la alarma a las líneas enemigas, a fin de que los católicos, creyéndose asaltados por todos lados, no se atreviesen a enviar socorros al lugar donde iba a efectuarse el ataque principal para no desguarnecer sus trincheras, que parecían amenazadas.

La atalaya del Evangelio, contra la cual los ingenieros del ejército católico habían dirigido toda clase de esfuerzos, tenía que sufrir los tiros de una batería de cinco cañones colocada en una pequeña eminencia junto a un edificio arruinado que antes del sitio había sido un molino. Un foso, con su parapeto, defendía la parte que daba a la ciudad, y delante del foso hacían centinela varios arcabuceros. Pero, como lo había previsto el jefe protestante, estos soldados, que habían pasado toda la noche a la intemperie, estaban casi inutilizados a causa del frío, y los asaltantes, bien preparados para el ataque, tenían una ventaja sobre aquellos hombres inadvertidos, fatigados por la velada y calados por la lluvia.

Los primeros centinelas fueron degollados. Algunos arcabuceros que habían huido por milagro despertaron a la guardia a tiempo para que viesen al enemigo, dueño ya del parapeto y trepando hacia el molino. Unos cuantos intentaron resistir; pero sus armas se les escapaban de la mano, a causa del frío, y al disparar, casi todos fallaron la puntería, mientras que no se perdiera ni uno solo de los tiros que lanzaban los asaltantes. La victoria no podía ser dudosa, y los protestantes, dueños ya de la batería, gritaban con ferocidad: «No demos cuartel. ¡Acordaos del 24 de agosto!»

Unos cincuenta soldados, con su capitán, estaban alojados en la torre del molino. El capitán, en gorro de dormir y en calzoncillos, con una almohada en una mano y la espada en la otra, abrió la puerta para preguntar de dónde venía el tumulto. Lejos de suponer que era un ataque del enemigo, creía que el rumor le causaba una riña entre sus soldados. Pero pronto fue cruelmente desengañado: una alabarda le hizo caer por tierra bañado en sangre. Los soldados tuvieron tiempo para formar barricadas en las puertas de la torre, y durante algún tiempo se defendieron con bravura, disparando desde las ventanas. Pero alrededor del edificio había un gran montón de paja y heno y muchas ramas de árboles que debían servir para hacer gaviones. Los protestantes les prendieron fuego, y en un instante las llamas se enseñorearon en la torre y llegaron hasta la cumbre. Pronto se escucharon gritos de desesperación. El techo ardía e iba a caer sobre la cabeza de los desgraciados que ocupaban el molino. Las mismas barricadas recién construidas les impedían salir, y si intentaban escapar por las ventanas caerían sobre las llamas o serían recibidos en la punta de las lanzas enemigas. Se vio entonces un espectáculo espantoso. Un abanderado, revestido con una armadura completa, intentó saltar, como los otros, por una ventana estrecha. Su coraza terminaba, siguiendo una moda muy frecuente entonces, por una especie de enagüilla de hierro35, que cubría los muslos y el vientre y se ensanchaba como un embudo, de manera que permitía moverse con facilidad. La ventana no era lo suficientemente ancha para dejar paso a esta parte de la armadura; y el abanderado, en su turbación, se lanzó con tanta violencia, que se encontró con la mayor parte del cuerpo en la parte de fuera, sin poder moverse y cogido como en un tomo. Las llamas iban llegando hasta él y chamuscaban su armadura, hasta que poco a poco fue quemándose vivo, como en una hornaza el famoso toro de bronce inventado por Phalaris. El desgraciado católico daba gritos espantosos y agitaba los brazos como pidiendo socorro. Hubo un momento de silencio entre los asaltantes; luego, todos a la vez, y como de acuerdo, lanzaron un gran clamor de guerra para aturdirse y no oír los gemidos del hombre que se quemaba vivo, que, al fin, desapareció entre un torbellino de llamas y de humo, viéndosele caer entre los escombros de la torre con el casco puesto al rojo por el fuego.

En los combates, las sensaciones de horror y tristeza duran muy poco; el instinto de conservación habla muy fuerte en el espíritu del soldado para que sea sensible a las miserias de los otros. Mientras una parte de la gente de la Rochela perseguía a los fugitivos, los otros clavaban los cañones, rompían las ruedas y precipitaban en el foso los gaviones de la batería y los cadáveres de sus defensores.

Mergy, que había sido de los primeros en escalar el foso, tomó aliento unos instantes para grabar con la punta de su puñal el nombre de Diana en una de las piezas de la batería; después ayudó a los otros a destruir los trabajos de los católicos. Un soldado había cogido por la cabeza al capitán del rey, que no daba señales de vida, y otro le llevaba por los pies, balanceándole por diversión y dispuestos a lanzarle al foso. De repente el supuesto cadáver abrió los ojos, reconoció a Mergy y exclamó:

-Caballero de Mergy, gracias. Soy vuestro prisionero. Salvadme. ¿No reconocéis a vuestro amigo Beville?

El desgraciado tenía la cara cubierta de sangre, y Mergy apenas pudo reconocer en el moribundo al joven elegante que había abandonado hace poco pletórico de vida y de alegría. Le hizo depositar con precaución en la hierba, vendó él mismo sus heridas, y, colocándole sobre un caballo, ordenó que le llevasen a la ciudad.

Cuando le decía adiós y ayudaba a conducir fuera del bastión advirtió a una fuerza de caballería que avanzaba al trote entre la ciudad y el molino. A juzgar por la apariencia, debía de ser un destacamento de soldados católicos que intentaban cortar la retirada a los protestantes.

Mergy corrió en seguida a prevenir a La Noue.

-Si queréis confiarme solamente cuarenta arcabuceros -dijo-, me colocaré detrás del seto que bordea ese camino estrecho por donde van a pasar, y si no vuelven grupas rápidamente, dejaré que me ahorquen.

-Muy bien, muchacho; tú llegarás a ser un gran capitán. ¡Vamos, vosotros! Seguid a este caballero y obedeced lo que os mande.

A los pocos segundos, Mergy tenía dispuestos a sus arcabuceros a lo largo del seto; les hizo poner una rodilla en tierra, preparar sus armas y les prohibió que disparasen sin orden previa.

Los jinetes enemigos avanzaban rápidamente, y ya se escuchaba con claridad el trote de sus caballos sobre el lodo del camino.

-El capitán -dijo Mergy, en voz baja- es ese petulante de la pluma roja, que ayer no pudimos cazar. ¡Que no se escape hoy!

El arcabucero que tenía a su lado bajó la cabeza como para decir que respondía del buen éxito... Los jinetes católicos serían tan sólo unos veinte, y su capitán volvía la cabeza como para dar una orden a sus soldados, cuando Mergy, levantándose, gritó repentinamente:

-¡Fuego!

El capitán de la pluma roja cambió de postura al oír el grito, y Mergy reconoció a su hermano. Rápido extendió la mano hacía el arcabuz más próximo; pero antes de que pudiera tocarle se había disparado el tiro. Los jinetes, sorprendidos por esta descarga inesperada, se dispersaron, huyendo por la campiña: el capitán Jorge de Mergy cayó al suelo atravesado por dos balas.




Arriba-XXVII-

El hospital



«Father.-Why are you so obstinate?
Pierre.-Why you so troublesome,
that a poor wretch cant die in peace?
But you like ravens, will be croaking
round him.»


(Otway: Venice Preserved.)                


Un antiguo convento de religiosos, confiscado por el Municipio de la Rochela, fue transformado durante el sitio en hospital para los heridos. El piso de la capilla, de la cual se habían retirado los altares, los bancos y los ornamentos religiosos, estaba cubierto de paja y heno; era el lugar donde se llevaba a los heridos de condición precaria. El refectorio se había dispuesto para los oficiales y los caballeros. Era una sala espaciosa, artesonada con viejos robles, y con largas vidrieras ojivales, que proporcionaban la suficiente luz para las operaciones quirúrgicas practicadas continuamente.

Allí estaba el capitán Jorge acostado en un jergón, enrojecido por su sangre y por la de otros desgraciados que le habían precedido en ese lugar de dolor. Un montón de paja le servía de almohada. Se le acababa de quitar la coraza y de desgarrar el justillo y la camisa, quedando desnudo hasta la cintura; pero el brazo derecho le tenía todavía armado con su guantelete de acero. Un soldado restañaba las heridas, la una en el vientre, por debajo de la coraza, y la otra, ligerísima, en el brazo izquierdo. Mergy estaba tan abatido por el dolor, que era incapaz de prestar auxilios con eficacia. Unas veces lloraba de rodillas delante de su hermano, otras se tiraba al suelo prorrumpiendo en gritos de desesperación, y no cesaba de acusarse de que había matado al hermano más cariñoso y al mejor de los amigos. El capitán, sin embargo, conservaba toda su calma, esforzándose en moderar los transportes de Bernardo.

A pocos pasos del jergón había otro donde yacía el pobre Beville, también muy mal herido. Su fisonomía no expresaba la resignación tranquila que podía advertirse en el otro. De vez en cuando dejaba escapar un gemido sordo y volvía los ojos hacia su compañero como pidiéndole un poco de su coraje y su firmeza.

Un hombre de cuarenta años todo lo más, seco, delgado, calvo y con muchas arrugas, entró en la sala y se aproximó al capitán, llevando en la mano un saco verde, del cual se escuchaba el ruido que al chocar producían varios aparatos quirúrgicos, que aterraban a los pobres enfermos. Era el maestro Brisart, cirujano muy hábil para su tiempo, discípulo y amigo del célebre Ambrosio Paré. Debía de haber hecho alguna operación, pues sus brazos estaban desnudos hasta el codo, y llevaba todavía puesto un gran delantal ensangrentado.

-¿Qué me queréis? ¿Quién sois vos? -preguntó Jorge.

-Soy cirujano, caballero, y si el nombre del maestro Brisart os es desconocido, será porque ignoráis muchas cosas... Ahora ¡haced de tripas corazón!, como dijo el otro... Soy muy experto en arcabucazos, gracias a Dios, y quisiera tener tantos sacos de mil libras como balas he extraído del cuerpo a personas que se encuentran hoy tan sanas como yo.

-Decidme la verdad, doctor. ¿La herida es mortal, como creo?

El cirujano examinó primero la del brazo izquierdo, y dijo:

-¡Eso es una insignificancia!

Luego empezó a sondear la otra, operación que produjo al herido un horrible dolor, que su cara reflejaba en gestos significativos. Era tan vivo el sufrimiento, que con su brazo derecho rechazó con fuerza al cirujano.

-¡Pardiez! No avancéis más, doctor del demonio -exclamó-; ya observo en vuestra cara que esto es muy grave.

-Caballero, voy creyendo que la bala no atravesó, como me figuraba, el oblicuo pequeño del bajo vientre, y que, remontándose, se ha ido a alojar en la espina dorsal, que antes llamábamos en griego rachis. Lo que me hace pensar de este modo es que vuestras piernas carecen de movimiento y se han quedado frías. Este síntoma patognomónico no nos equivoca..., aunque hay casos...

-¡Un tiro disparado de frente, a quemarropa, y una bala en la espina dorsal! ¡Mala peste! Doctor es necesario enviar ad patres a un pobre diablo... No me atormentéis más y dejadme morir tranquilo.

-No. ¡Vivirá, vivirá! -exclamaba Mergy, fijando un momento su mirada extraviada sobre el cirujano y asiéndole fuertemente del brazo.

-Sí, todavía una hora, quizás dos -dijo fríamente el maestro Brisart-; se trata de un hombre muy robusto.

Mergy cayó de rodillas, agarró la mano derecha del capitán y roció con un torrente de lágrimas el guantelete de que estaba cubierta.

-¿Dos horas? -respondió Jorge-. Tanto mejor; creía que iba a sufrir por más tiempo.

-No; esto es imposible -exclamó Mergy, sollozando-; tú no morirás. Un hermano no puede morir por la mano de otro.

-Vamos, estate tranquilo, y no me sacudas el jergón. Cada uno de tus movimientos me molesta. No sufro ahora mucho, aunque lo que me pasa sea muy serio... Es lo que decía Zany al caer desde lo alto del campanario: «Hasta ahora va bien; lo malo será al llegar al suelo.»

Mergy se sentó cerca del jergón, con la cabeza inclinada hasta las rodillas y oculta entre las manos. Estaba inmóvil y como adormecido; solamente, por intervalos, unos movimientos convulsivos hacían estremecer todo su cuerpo, como los escalofríos de la fiebre, y unos gemidos, que en nada se parecían a la voz humana, se escapaban con esfuerzo de su pecho.

El cirujano había puesto sobre la herida algunos trapos para calmar la sangre, y enjugaba la sonda con la mayor sangre fría.

-Creo que debéis de hacer vuestros preparativos -dijo-; si queréis un pastor, no faltan aquí. Si preferís a un sacerdote, se os traerá uno. He visto hace poco a un fraile que nuestros hombres han hecho prisionero... Mirad, está confesando, lejos, a otro oficial papista que va a morir.

-¡Que me den de beber! -dijo el capitán.

-¡Guardaos bien! ¡Moriríais una hora antes!

-¡Un vaso de vino vale una hora de vida!... ¡Adiós, doctor! Al lado mío hay otra persona que os espera con impaciencia.

-¿Pero qué os envío: un pastor o un fraile?

-Ni al uno ni al otro.

-¿Cómo?

-Dejadme en paz.

El cirujano se encogió de hombros y se aproximó a Beville.

-¡Mil demonios! -exclamó-. ¡Vaya una herida! Esos diablejos de voluntarios hieren bien fuerte.

-Curaré, ¿no es verdad? -preguntó el herido con voz débil.

-Respirad un poco -dijo el maestro Brisak.

Se escuchó entonces una especie de silbido apagado, que le producía el aire al salir del pecho de Beville por la herida, al mismo tiempo que por la boca, mientras la sangre corría a borbotones.

El cirujano silbó también como para imitar aquel ruido extraño. Después colocó de prisa una compresa, recogió sus instrumentos y se dispuso a salir. Los ojos de Beville brillaban como llamas siguiendo todos sus movimientos.

-¿Cómo me encontráis, doctor? -preguntó con voz temblorosa.

-Haced también vuestros preparativos -respondió fríamente el cirujano. Y se alejó.

-¡Ay! ¡Morir tan joven! -exclamó el desgraciado Beville, dejando caer la cabeza sobre el montón de paja que le servía de almohada.

El capitán Jorge pidió de beber; pero nadie quería darle ni un vaso de agua, por el temor de anticipar su fin. ¡Extraña humanidad, que se empeña en prolongar los sufrimientos! En ese instante, La Noue y el capitán Dietrich, acompañados de numerosos oficiales, entraron en la sala para ver a los heridos. Se detuvieron todos delante del jergón de Jorge, y La Noue, apoyado en el pomo de su espada, miraba alternativamente a los dos hermanos con ojos que eran reflejo de la emoción que le hacía experimentar el triste espectáculo,

Una cantimplora que el capitán alemán llevaba al costado llamó la atención de Jorge.

-Capitán -dijo-: ¿sois un viejo soldado, por lo que parece?

-Sí; un viejo soldado. El humo de la pólvora, ha puesto gris mi barba antes que los años. Soy el capitán Dietrich Hornstein.

-Y decidme: ¿qué haríais si estuvieseis tan gravemente herido como yo?

El capitán Dietrich observó un instante las heridas como hombre acostumbrado a juzgar de su gravedad.

-Pondría en orden mi conciencia -respondió- y pediría que me dieran un buen vaso de vino del Rin, si hubiera en los alrededores alguna botella.

-Pues bien: yo no pido sino un poco del pésimo vino de la Rochela, y estos imbéciles no me lo quieren dar.

Dietrich se quitó la cantimplora, que era de un grueso imponente, y se dispuso a entregarla al herido.

-¿Qué hacéis, capitán? -exclamó un arcabucero-; el médico ha dicho que morirá en cuanto beba.

-¿Qué importa? Al menos gozará cierto placer antes de morir. Tomad, valiente; lo único que me apena es no tener mejor vino que ofreceros.

-Sois un hombre agradabilísimo, capitán Dietrich -dijo Jorge, después de haber bebido. Y luego presentó la cantimplora a su vecino-. Y tú, pobre Beville, ¿no opinas lo mismo que yo?

Pero Beville movió la cabeza sin responder...

-¡Ah! ¡Ah! -exclamó Jorge-. ¡Otro tormento se me presenta! ¿Pero no me dejarán morir en paz?

Acababa de ver a un pastor que llevaba la Biblia bajo el brazo.

-Hijo mío -dijo el pastor-, en el momento en que estáis...

-¡Basta, basta!... Ya sé lo que me vais a decir; pero es tiempo perdido... Yo soy católico.

-¡Católico! -exclamó Beville-. ¿Pero no eres ateo?

-De niño -prosiguió el ministro- habéis sido educado en la religión reformista; y en este instante solemne y terrible, cuando vais a comparecer delante del juez supremo de las acciones y de las conciencias...

-Yo soy católico... ¡Por los cuernos del diablo, dejadme tranquilo!

-Mas...

-Capitán Dietrich, tened piedad de mí. Me habéis prestado un gran servicio; os suplico ahora otro. Haced que pueda morir sin exhortaciones ni jeremiadas.

-Retiraos -dijo el capitán al pastor-; ya veis que no está de humor para escuchar vuestras predicaciones.

La Noue hizo una señal al fraile, que se aproximó inmediatamente.

-Aquí tenéis un sacerdote de vuestra religión -dijo a Jorge-; nosotros no pretendemos esclavizar las conciencias.

-¡Que el fraile y el pastor se vayan al diablo! -respondió el herido.

El religioso hugonote y el religioso católico estaban a cada costado de la cama, y parecían disputarse el moribundo.

-Este caballero es católico -dijo el fraile.

-Pero nació protestante -contestó el pastor-, y me pertenece.

-Pero se convirtió...

-Pero debe morir con la fe de sus padres.

-Confesaos, hijo mío.

-Recitad los símbolos, hijo mío.

-¿No es verdad que morís dentro de la fe católica?

-Rechazad a ese enviado del Anticristo -exclamó el pastor, que se sentía apoyado por la mayoría de los asistentes.

Un soldado hugonote, lleno de celo religioso, agarró al fraile por el cordón de su hábito y le apartó de la cama, gritando:

-¡Fuera de aquí, tonsurado! ¡Carne de horca! Hace ya mucho tiempo que no se canta misa en la Rochela.

-¡Deteneos! -dijo La Noue-. Si ese caballero quiere confesarse, juro por mi honor que nadie se lo impedirá.

-Muchas gracias, señor La Noue -dijo el moribundo con voz débil.

-Sois testigos -interrumpió el fraile- de que se quiere confesar.

-No. ¡Que él diablo me lleve si me importa eso!

-¡Vuelve a la fe de tus ancestrales! -suplicó el pastor.

-No, tampoco es eso. ¡Dejadme los dos! ¿Me he muerto ya para que los cuervos se disputen mi carnaza? Me son indiferentes vuestras misas y vuestros salmos.

-¡Blasfema! -exclamaron a la vez los dos sacerdotes de cultos enemigos.

-Es necesario creer en alguna cosa -dijo el capitán Dietrich, con flema imperturbable.

-Pues creo... en que sois un hombre valeroso que me libraréis de esas arpías... Que se retiren y me dejen morir como a un perro.

-Sí; muere como un perro -dijo el pastor, alejándose indignado.

El fraile hizo el signo de la cruz y se aproximó al lecho de Beville.

La Noue y Mergy detuvieron al pastor.

-Todavía un último esfuerzo -dijo Mergy-. ¡Tened piedad de él! ¡Tened piedad de mí!

-Caballero -dijo La Noue al moribundo-. Creed a un viejo soldado: las exhortaciones de un hombre consagrado a Dios pueden endulzar los últimos instantes de un moribundo. No escuchéis las voces de la vanidad y no perdáis vuestra alma por fanfarronada.

-Caballero, no es hoy la primera vez que he pensado en la muerte... No tengo necesidad de que se me exhorte para estar preparado. No me gustan las fanfarronadas, y menos en este momento... Pero, ¡qué diablos!, no tengo ganas de escuchar paparruchas.

El pastor se encogió de hombros. La Noue suspiró. Ambos se alejaron a pasos lentos y con la cabeza baja.

-Camarada -dijo Dietrich-, debéis de sufrir horriblemente para decir esas cosas.

-Sí, capitán; sufro mucho.

-Espero que Dios no se ofenderá por vuestras palabras, aunque parecen terribles blasfemias... Pero cuando un arcabuzazo le ha atravesado a uno el cuerpo, ¡pardiez!, se puede permitir algunos juramentos para consolarse.

Jorge sonrió y volvió a tomar la cantimplora.

-¡A vuestra salud, capitán! Sois el mejor enfermero que puede tener un soldado herido -y al hablar así le alargó la mano, que fue estrechada por Dietrich con evidentes señales de emoción.

-¡Mala peste! -dijo en voz baja-. ¡Si mi hermano Hennin fuera católico, y yo le hubiera matado de un arcabuzazo en el vientre!... Se ha cumplido la profecía de Mila.

-Jorge, mi buen amigo -dijo Beville con voz apagada-; dime algo... ¡Vamos a morir! ¡Es un momento terrible! ¿Piensas lo mismo que cuando me hiciste ateo?

-Sin duda. ¡Ánimo!... Dentro de unos minutos no sufriremos nada.

-Pero este fraile me habla del fuego..., de los demonios... ¿qué sé yo?... Pero me parece que todo eso no es seguro...

-¡Farsantes!

-¿Y si fuera verdad?

-Capitán, os lego mi coraza y mi espada. Quisiera tener otra cosa mejor que ofreceros en cambio del vino que me habéis dado tan generosamente.

-¡Jorge, amigo Jorge!... ¡Sería espantoso si eso fuera cierto...! ¡Toda una eternidad!

-¡Cobarde!

-Sí, cobarde; se dice pronto... Pero debe estar permitida la cobardía cuando se trata de sufrir eternamente.

-Bueno; pues confiésate.

-Te ruego que me digas si estás seguro de que no hay infierno.

-¡Bah!

-No; respóndeme. ¿Estás bien seguro? Júrame por tu honor que no hay infierno.

-No estoy seguro de nada. Si existe el diablo, ahora veremos si es tan negro como dicen.

-¿Pero no estás seguro?

-Confiésate; yo te lo aconsejo.

-¿Es que te estás burlando de mí?

El capitán no pudo evitar una sonrisa; después dijo en tono serio:

-En tu lugar, me confesaría; es lo más seguro, pues confesado y con los óleos se pueden esperar tranquilamente los acontecimientos.

-Pues haré lo que tú hagas... Confiésate.

-¡Ah! No.

-Haz lo que quieras; pero yo voy a morir como buen católico... ¡Vamos, padre! Mandadme decir el confiteor y apúnteme, porque se me ha olvidado.

Mientras se confesaba. Jorge bebió otro vaso de vino, y luego apoyó la cabeza sobre la incómoda almohada y cerró los ojos. Estuvo tranquilo durante un cuarto de hora, y después, con los labios cerrados, lanzó un largo gemido que le arrancaba el dolor.

Mergy, creyendo que expiraba, dio un grito y levantó la cabeza. El capitán volvió a abrir los ojos.

-¿Pero todavía? -dijo, rechazándole con dulzura-. Te ruego, Bernardo, que te calmes.

-¡Jorge, Jorge! ¡Mueres por mis manos!

-¿Qué quieres?... No soy el primer francés matado por su hermano... y no creo que seré el último... Mas no debo de acusarme sino a mí mismo... Cuando monseñor me sacó de la prisión y me llevó con él, me juré no desenvainar la espada en esta guerra... Pero vi que ese pobre diablo de Beville era atacado... Escuché el ruido de los arcabuzazos... y quise presenciar el combate desde muy cerca.

Cerró los ojos, y a los pocos segundos los volvió a abrir, diciendo a su hermano:

-La condesa de Turgis me ha encargado te diga que no te olvida.

Y sonrió dulcemente.

Fueron sus últimas palabras. Murió al cuarto de hora, sin que pareciese sufrir mucho. Algunos minutos después Beville expiró en los brazos del fraile, el cual aseguró que había visto en los aires el grito de júbilo con que los ángeles recibían el alma de un pecador arrepentido, mientras que bajo la tierra se escuchaban los alaridos de triunfo de los diablos al llevarse al infierno el alma del capitán Jorge.

Se lee en todas las historias de Francia que La Noue abandonó la Rochela, molesto de la guerra civil y con la conciencia atormentada por el juramento que había prestado al rey, y cómo el ejército católico fue obligado a levantar el sitio, firmándose la cuarta paz, a la que siguió pronto la muerte de Carlos IX.

¿Se consoló Mergy? ¿Diana tuvo un nuevo amante?

Son preguntas cuya contestación dejo al capricho del lector, para que pueda terminar esta novela como sea más de su gusto.




 
 
FIN