La visualidad se despliega también y se dobla en el juego barroco de espejos que aparecen con profusión a lo largo del libro. Así, por ejemplo, el príncipe es un espejo que fácilmente se empaña con la ira o la soberbia; o el príncipe es espejo en que se miran los súbditos. Pero también, en un juego de espejos enfrentados, ha de mirarse el príncipe en el espejo del pueblo si quiere hallar la verdad; o el estado y los consejeros son espejos del príncipe. El pasado y el futuro son concebidos como espejos que reflejan el cetro y con los que debe consultar el príncipe. Y también compara la tergiversación de las órdenes del monarca por los malos ministros, que convierten órdenes de paz en mandatos de guerra, con un espejo cóncavo que recibe los rayos del sol y los proyecta en un punto, incendiando la nave (Empresa 76: Llegan de luz y salen de fuego, figura 5).
Figura 5
O para aleccionar al príncipe en la constancia que debe mostrar tanto en la fortuna próspera como en la adversa, nos representa a un león que sigue siendo siempre el mismo: si se rompe el espejo, el león se reflejará entero en cada uno de los dos pedazos resultantes. Lo mismo ha de hacer el príncipe, manteniéndose constante en la buena y mala fortuna, ya que «espejo es público en quien se mira el mundo»
.
Si de Saavedra pasamos a sor Juana nos encontramos con los tres mismos elementos que vengo analizando: teatralidad, visualidad y perspectiva. La teatralidad está ya asegurada por todo el ritual de la entrada del nuevo virrey, por la conversión barroca de la política en un espectáculo teatral en el que la soberanía se «representa» ante el pueblo, convertido éste en mero comparsa del gran espectáculo. En palabras de Octavio Paz:
En suma, la Edad Barroca teatralizó a la política y convirtió un rito como la entrada de un príncipe en una pantomima popular y en una representación alegórica. Empezó así el reinado de la ilusión y el de su complemento contradictorio: la crítica32. |
En el caso concreto de las ceremonias hispánicas de entrada se conjugaban dos elementos: por un lado, la fiesta popular y religiosa que en la llamada Nueva España tenía su correspondencia en los bailes y celebraciones rituales indígenas; y por otro lado, la ceremonia política de la entrada, importada del ritual borgoñón y que en la época barroca se había asimilado con las viejas ceremonias romanas del triunfo. Así pues, entrada triunfal y fiesta popular se dan la mano en esta celebración en la que una sociedad cortesana teatraliza el poder y muestra una visión idealizada de sí misma, encubriendo la realidad tras una máscara.
La entrada del nuevo virrey -y concretamente la del marqués de la Laguna en noviembre de 1680- seguía un complejo y alegórico ritual que duraba varios días. Antes de entrar bajo palio en la capital, había efectuado ya «entradas públicas» en otras tres ciudades -Veracruz, Tlaxcala y Puebla-, la ceremonia de transmisión del mando había sido realizada en Otumba, siendo recibido también en la villa de Guadalupe y en Chapultepec. Ya en la capital de México fue acogido por la municipalidad en la plaza de Santo Domingo, donde había sido erigido un primer gran arco triunfal y tenía lugar la ceremonia simbólica de entrega de las llaves de la ciudad. Este arco, cuyo programa iconográfico fue debido a don Carlos de Sigüenza y Góngora, y bajo el título de Teatro de virtudes políticas que constituyen a un príncipe: advertidas en los monarcas antiguos del Mexicano Imperio..., constituía varios elementos originales: presentaba a los antiguos soberanos mexicas como modelos de virtudes y de sabiduría política para el nuevo virrey, con lo que mostraba una incipiente conciencia criolla y se situaba, además, en la tradición emblemática de los libros de educación de príncipes como los de Saavedra Fajardo o Solórzano Pereira.
De esta manera, el marqués de la Laguna llegaba al arco de entrada de la catedral con una lección aprendida y preparado a recibir otra. Pues también sor Juana Inés, tanto en su arco como en la explicación que de él ofreció en verso a la concurrencia, insistió en las virtudes políticas del nuevo virrey: sabiduría, valor y magnanimidad, anteponer la piedad al rigor, prudencia, ingenio, liberalidad y cordura, buena elección de sus ministros, amor a las letras, «cristianísimo príncipe»
, etc., todo ello para conseguir las «estables felicidades»
que «este reino se promete en su tranquilísimo gobierno»
. Sor Juana se muestra como una excelente maestra en el difícil arte de la alabanza cortesana y encarece no sólo las supuestas virtudes del marqués de la Laguna, sino también aquellas que no posee para que así procure hacerlas suyas y brillar en su ejercicio.
No voy a entrar en las descripciones de las pinturas que decoraban el arco. Sólo quiero recordar que se trataba de verdaderos emblemas, al ir cada cuadro acompañado del lema respectivo y de un pequeño poema alusivo al mismo. En total eran catorce pinturas: ocho tableros principales que decoraban los huecos del arco «en que se copiaron las empresas y virtudes del dios Neptuno»
; cuatro basas de las columnas y dos intercolumnios con seis jeroglíficos que expresaban simbólicamente «algunas de las innumerables prerrogativas que adornan a nuestro esclarecido príncipe»
(o a su no menos esclarecida esposa). Y en todas ellas aparecía la idea del agua o del mar debido a la asociación evidente con el título del Marqués de la Laguna. Sor Juana las denomina, y con razón, «empresas marítimas», pues si en el arco eran emblemas con su lema y epigrama, en las explicaciones en prosa y verso que nos ofrece en su libro se convierten en verdaderas empresas políticas, educadoras de las virtudes del príncipe.
Octavio Paz ha analizado con maestría la concepción de sor Juana del «mundo como jeroglífico», así como las fuentes de inspiración de su arco de la catedral y las explicaciones eruditas de las pinturas. Yo sólo me voy a referir brevemente a la principal de ellas, en la que aparecen los nuevos virreyes metamorfoseados en las figuras de Neptuno y su esposa Anfitrite. Esta imagen del tablero mayor estaba tomada del tratado de mitología de Vicenzo Cartario, que puede verse en la figura 6. Los rostros de Neptuno y Anfitrite fueron sustituidos por los retratos de los nuevos virreyes, según dice de manera aduladora sor Juana en su explicación del Argumento del primer lienzo:
En los rostros de las dos marinas deidades, hurtó el pincel las perfecciones de los de Sus Excelencias, haciendo (especialmente a la Excelentísima Señora Marquesa) agravios en su copia, aunque siempre hermosos por sombra de sus luces, groseros por atrevidos, y cortos por desiguales33. |
Figura 6: Neptuno y Anfitrite. Grabado del libro de Vicenzo Cartari: Le imagini de i dei de gli antichi, Venecia, 1571
Pero el sobrio grabado renacentista del libro de Cartario se complica de tal manera que podríamos definir el resultado como «barroco tropical». En efecto, a las figuras del grabado base hace añadir sor Juana a Tritón, a las «músicas Sirenas», las Nereidas con verdes cabellos coronados de conchas y perlas, toda una lista casi interminable de dioses y, por si fuera poco, los cuatro «vientos en extraordinarias figuras»
adornando «las cuatro esquinas del majestuoso tablero»
. El «horror vacui» es llevado hasta el final, pues por si acaso todavía quedara un hueco sin cubrir, se nos dice que «todo lo restante adornaban las vistosas y plateadas ondas del mar»
que, con sus blancas espumas y verdinegras aguas «formaban una hermosa variedad a la vista y una novedad agradable a los ojos, por lo extraordinario de su espectáculo vistoso»
. El cuadro fue coronado con el lema Munere triplex, referido a la triplicada potestad del bastón de mando, figurada en el tridente de Neptuno. Y en la base se escribió un soneto «de bien cortadas y airosas letras»
, del que reproduzco los dos tercetos:
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Por otra parte, los lienzos segundo y octavo contienen las dos peticiones fundamentales de sor Juana al marqués de la Laguna: que, haciendo honor a su nombre y al dios Neptuno con quien le ha comparado sistemáticamente, tutele a la ciudad construyendo el desagüe del valle de México para evitar nuevas inundaciones; y que termine la fábrica de la catedral, entonces inconclusa.
Teatralidad, visualidad y perspectiva se dan la mano en la explicación del arco de entrada. Se trata de una auténtica representación de un ritual político teatralizado en el que, después de una procesión en la que participaban todos los estamentos sociales y ante el arco de entrada triunfal erigido en la puerta occidental de la catedral, se leían o recitaban los versos explicativos de sor Juana, versos que dirigen la mirada de los espectadores -y especialmente de los nuevos virreyes- a los pormenores de cada uno de los cuadros: «Aquel lienzo, Señor, que en la fachada...»
, «En el otro, Señor, que a mano diestra...»
, «Allí, Señor...»
, «El otro lienzo...»
, «En el otro tablero...»
, comienzan las breves descripciones en verso de la explicación del arco.
Al igual que en Saavedra nos encontramos aquí con elementos visuales presentes en la profusión de ojos. Una de las empresas marinas que decoran los dos espacios intercolumnales pinta un Mar lleno de ojos -burbujas formadas por la espuma- como jeroglífico de la hermosura de la virreina que se lleva los ojos y las miradas de todos.
No podía faltar el tema barroco del «engaño a los ojos» a varios niveles. Claro está que todo el arco es un completo engaño a la vista ya que -hecho de madera, yeso y trapo- simula una gran construcción con tres cuerpos de columnas de jaspe, arbotantes de bronce y ostenta «en los colores, en lo perfecto de las líneas, en los resplandores del oro que lo pulía a rayos, no ser menos que fábrica consagrada a tanto príncipe»
. Pero además alaba la pintura de alguno de los cuadros como engaño al sentido común, como «ilusión de la vista», lo cual es un tema que aparece en otros textos de sor Juana como aquel soneto que describe un retrato calificándolo de «engaño colorido»
, o de «cauteloso engaño del sentido»
, hecho con «falsos silogismos de colores»35
.
En los cuarenta años que separan el libro de las Empresas políticas de Saavedra (1640) del arco alegórico de sor Juana (1680) el lenguaje se ha complicado, las hipérboles se han hecho mucho más exageradas, la alabanza a la autoridad llega casi al paroxismo, las referencias mitológicas se complican y la alegoría también se hace más compleja. Pero los tres elementos que he analizado aquí permanecen: la concepción teatral del poder y del ceremonial políticos, la preeminencia de lo visual y la importancia de la perspectiva. Y si en un caso se trata de proseguir la tradición de los libros de «enseñanza de príncipes», en el otro podríamos decir que se trata de «educación de virreyes». El tiempo no pasa en balde. Si en esos cuarenta años cambian muchos elementos del lenguaje visual y literario, los siglos transcurridos desde entonces nos impiden una comprensión cabal de estos textos: el lenguaje de la alegoría política barroca se nos ha hecho completamente ajeno, la comunidad de interpretación que lo posibilitaba ha desaparecido y necesitamos un esfuerzo descomunal para llegar a introducirnos en aquella cultura barroca generadora de jeroglíficos, empresas y emblemas.
Mas demos ya por concluida la representación y oigamos para terminar las últimas palabras de sor Juana con las que invita al nuevo virrey a atravesar el arco y a entrar en la catedral:
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Y como estamos ya todos dentro de la santa iglesia catedral, edificados por las palabras de sor Juana en amor y sumisión a la nueva autoridad, convertidos en modernos Harpócrates o en peces mudos acompañantes del Neptuno Marqués de la Laguna, sólo nos queda guardar silencio, que ya empiezan a sonar los acordes del Te Deum.

