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La defensa de los indígenas norteamericanos por parte de Eduarda tiene aquí muchas notas comunes con la realizada por su hermano Lucio en Una excursión... No obstante, la imagen que se da del aborigen pampeano ranquel en su novela Pablo, ou la vie dans les pampas, responde más bien a los tópicos de época y tiende a «demonizar» al indio, resaltando únicamente su violencia destructora (ver Lojo, 1999).
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En Conflicto y armonía de las razas en América, cuyo primer tomo se publica en 1883.
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Algunos relatos de Eduarda como «Tío Antonio» (Cuentos, 1880) son muestra elocuente de su posición en este sentido.
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No encuentro tantos límites como David Viñas (1998, 69) en cuanto a que Eduarda pondría por delante su «condición de mujer» para escamotear opiniones políticas. Aquí las expresa con desenfado, no sin esgrimir una sensibilidad femenina que es también una toma de posición política.
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Virtud que los yankees parecen haber compartido con los ranqueles, según Lucio V. Mansilla, y que aproximaría de un modo curioso a una sociedad tribal primitiva, dispuesta a repartir y nivelar, con otra sociedad de pujante capitalismo, donde el sentido religioso y comunitario compensaría los defectos del sistema.
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No era para menos. Su madre doña Agustina y su padre, el general Mansilla, vivieron separados durante los últimos años de su matrimonio. También su hermano Lucio Victorio estaba separado de hecho de su mujer, Catalina Ortiz de Rozas. Eduarda no podría ver sino como signo de hipocresía la perduración formal de uniones semejantes.
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Para las autoras del 80, nos recuerda Bonnie Frederick (1993), la pluma «representaba la opresión de la mujer y los deberes del hogar»
(15), «simbolizaba la ideología de la mujer en su casa, el ideal de lo femenino sumiso y decorativo»
(16). Cuando se hacía como «trabajo para afuera»
, por la fuerza de las circunstancias, significaba -por su paga ínfima- poco menos que una miserable supervivencia. En cambio comparativamente, el trabajo de periodista, mucho más respetado en la escala simbólica, recibía un salario superior.
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Tenemos abundantes referencias sobre la singular personalidad de doña Agustina López de Osornio, y su relación con Juan Manuel de Rosas, gracias a su nieto Lucio V. Mansilla (1954, 1997), que también habló detenidamente de su madre Agustina Rozas en Mis memorias (1964).
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Tanto Lea Fletcher (1990) y Hebe Molina (1993) encuentran una posición «conservadora», sostenedora del orden patriarcal en la concepción y descripción del hogar que articula El médico de San Luis.
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Dice, entre otras cosas, Tompkins: «But Stowe’s very conservatism -her reliance on established patterns of living and traditional beliefs- is precisely what gives her novel its revolutionary potential. By pushing those beliefs to an extreme and by insisting that they be applied universally, not just to one segregated corner of civil life, but to the conduct of all human affairs, Stowe means to effect a radical transformation of her society. The brilliance of her strategy is that it puts the central affirmations of a culture into the service of a vision that would destroy the present economic and social institutions; by resting her case, absolutely, on the saving power of Christian love and on the sanctity of motherhood and the family, Stowe recolocates the center of power in American life, placing it not in the government, nor in the courts of law, nor in the marketplace, but in the kitchen»
(145). En el caso de Eduarda, el poder (y la belleza) residirían en la sala hogareña donde las damas hacen música y sostienen así, de algún modo, la armonía del Universo.