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Eduarda Mansilla: entre la ‘barbarie’ yankee, y la utopía de la mujer profesional

María Rosa Lojo

Recuerdos de viaje, de Eduarda Mansilla de García (1834-1892) se publica por primera vez como libro, en 1882, en la imprenta porteña de Juan Alsina1. Cuando esta obra ve la luz, Eduarda es una mujer madura que ha dejado un marido y seis hijos del otro lado del océano para hacer una visita a su madre y a su ciudad natal, que se está prolongando de una manera por demás inconveniente (durará nada menos que cinco años, de 1879 hasta 1884). La escritora no es una desconocida en la sociedad porteña, y no podría serlo, dados sus vínculos familiares: es la hija del general Mansilla y de la célebre belleza de época Agustina Rosas, es la sobrina del Restaurador, la hermana del notorio Lucio V., la esposa del funcionario Manuel Rafael García, diplomático acreditado ante las grandes capitales europeas. Pero, más allá de parentescos, aspira a figurar entre sus compatriotas por méritos propios, y se ha aplicado a ello desde muy joven, a través de novelas (dos de ellas publicadas en Buenos Aires: El médico de San Luis y Lucía Miranda, ambas de 1860) y colaboraciones periodísticas en medios porteños, sobre todo revistas, y no solamente revistas femeninas2.

El regreso a Buenos Aires, después de dieciocho años de ausencia, supone un punto de inflexión decisivo en su vida personal (cuando retorne a Europa su separación matrimonial se convertirá en definitiva, y llegará a un acuerdo con Manuel R. García para repartirse la custodia de los hijos aún menores). Pero esos años en la Argentina también representarán un fuerte avance en su actividad literaria. Se sucederán las reediciones (de las dos novelas que mencionamos, no así de su obra más importante, Pablo ou la vie dans les Pampas, cuya traducción recién fue publicada como libro en 1999); también aparecerán obras nuevas. Entre ellas, La marquesa de Altamira (1881), Cuentos (1880), Creaciones (1883), y Recuerdos de viaje (1882), una obra planeada en dos tomos, para cubrir las dos estadías de Eduarda y su familia en los Estados Unidos, aunque solo un tomo llegue a la existencia. Después de esta etapa de producción y reedición intensiva, la vida de Eduarda transcurrirá entre los viajes y el silencio literario, interrumpido casi únicamente por la aparición de la novela breve Un amor, en 1885. Se refugiará en la música (su otra faceta artística) y en la amistad. Morirá relativamente joven, en Buenos Aires, a raíz de una prolongada enfermedad cardíaca. Entre sus últimas voluntades dejará un enigmático mandato: que sus obras no vuelvan a publicarse. Su hijo Daniel García-Mansilla se pregunta por los motivos en sus memorias. Yo lo he hecho en una novela (Una mujer de fin de siglo).

¿Entre los bárbaros?: apologías y rechazos

Probablemente Eduarda Mansilla es la escritora argentina con un récord más amplio de viajes (y permanencia) en territorio europeo, donde tuvo ocasión de vincularse a las personalidades más conspicuas de la cultura (desde Alejandro Dumas a Rossini o la famosa cantante Alboni), de la política y de la realeza (frecuentó la corte de la Emperatriz Eugenia de Montijo). En este sentido se opone -como lo ha señalado Graciela Batticuore (1996) a la otra gran figura literaria femenina de nuestro país en el siglo XIX: Juana Manuela Gorriti, que tuvo tres patrias latinoamericanas (Argentina, Perú, Bolivia), que conoció profundamente y dio a conocer las tradiciones autóctonas. Eduarda también conoció y quiso dar a conocer tradiciones y modos de vida criollos rioplatenses a un público europeo demasiado propenso al prejuicio (lo hizo no sin irreverencia en Pablo..., su novela francesa -1869-). Pero sus viajes tomaron otros rumbos, fuera de Hispanoamérica, y tuvieron otros motivos. Hasta su llegada a Buenos Aires, en 1879, había seguido los itinerarios profesionales de su esposo, Manuel García, y las necesidades o lazos familiares (la encontramos acompañando a su hija Eda, casada en la Bretaña con un noble francés, y a la que encarga el cuidado de sus hijos menores, que no vienen con ella a la Argentina)3. Llama la atención que Eduarda no elija el escenario europeo que le es tan afín y en cuyos salones ha brillado, para convertirlo en objeto de sus recuerdos, y prefiera, en cambio, a los vecinos del Norte. Quizá lo hace precisamente porque el nudo de conflicto que entraña su experiencia norteamericana despierta en ella un mayor interés polémico y literario: sentimientos ambivalentes de atracción y rechazo por una república a la vez hermana (en tanto parte de América) y distante en cuanto a la lengua, la cultura, las costumbres. El recurso a los Estados Unidos tiene para ella, entiendo, varios usos políticos, en el más amplio sentido del término:

  1. Retomar y discutir el conflicto «civilización/barbarie», «unitarios/federales rosistas» -en el que su familia había sido perdedora4- desde esta sociedad dividida en Sur y Norte, Unión y Confederación, que en no pocos aspectos lo espeja.
  2. Instrumentar una voz autónoma, femenina, que demuestra conocimientos prácticos, artísticos, históricos y políticos, y que puede oponerse con legitimidad a voces masculinas autorizadas -sobre todo la de Sarmiento- en su visión del mundo yankee.
  3. Mostrar el éxito efectivo, en esa sociedad, de dos utopías de poder femenino capaces de superar las dicotomías: la de la autoridad maternal como centro del home y organizadora de la vida (enunciada como aspiración en su novela El médico de San Luis), y el trabajo literario profesional pago de las mujeres (mediadoras culturales, traductoras, y árbitros de las costumbres a través de la crónica social).

Cabe señalar que la escritora no llega a los Estados Unidos, ni en plan de turista irónico y curioso (el viaje del dandy escritor, al estilo de su hermano Lucio, o su amigo Eduardo Wilde), ni tampoco en «viaje de aprendizaje», como lo hizo Sarmiento, en busca de las formas posibles de una mejor organización política y educativa. Como bien lo ha advertido Bonnie Frederick (1994) Eduarda es más nómade que viajera. Sus estadías no son relampagueantes y provisorias. Tiene a su cargo la instalación de un hogar y una familia por un período prolongado; viaja con una inevitable «perspectiva de género». Su periplo por Estados Unidos es, en sentido, casi el recreo que se permite un ama de casa en vacaciones, pero también mucho más, porque la voz narradora no olvida otras funciones: la de representante argentina -aunque es «diplomática consorte» ella aspira a dejar un «sello propio»5-, la de novelista, la de reporter capaz de escribir al estilo del periodismo femenino de esa misma sociedad que está visitando, aunque con algunas limitaciones también «de género». Mientras que Lucio V. puede moverse solo, y explorar todo tipo de lugares, Eduarda solo conocerá aquellos sitios que no perjudiquen ni la seguridad ni el decoro de una señora. Por supuesto, viaja acompañada -en la travesía que relata, por sus dos niños pequeños, probablemente por la niñera y su doncella personal, mencionadas en varios pasajes, y por un cicerone masculino-. Su relación con él está construida cuidadosamente, para no dejar resquicios a la posible duda maliciosa de los lectores, y no por una mera cuestión de pacatería. Está en juego su respetabilidad (y por lo tanto su confiabilidad) que ella deberá manejar como estrategia para abrir las puertas de las bibliotecas hogareñas6. Tal cicerone es el «decano del cuerpo diplomático argentino», un caballero de apellido Molina al que Eduarda prefiere «neutralizar» o «infantilizar» -restándole peligrosidad erótica- con el diminutivo cariñoso que le dan sus hijos: «Molinita». Por su alto cargo, lo suponemos de cierta edad, mucho mayor que Eduarda, para quien cumple funciones orientativas y explicativas, paternales y protectoras7. Es su recuerdo el que cierra los Recuerdos de viaje, marcando la distancia espacio-temporal por la pérdida de los afectos: «Con los ojos humedecidos por las lágrimas, me despedí de Nueva York. Allí quedaba uno de mis mejores amigos, ese buen Molinita, que no debía yo volver a ver jamás. La muerte rompió, o mejor dicho, interrumpió una amistad tan estrecha, tan pura» (198). La pureza contrarresta, sin duda, la estrechez o intimidad del vínculo, y también, el interrogante que plantea una gran ausencia en el relato: la de Manuel Rafael García, que solo una vez se hace visible en la narración, pero reflejado en la mirada de otras mujeres: las maduras y solteras hermanas Moss, que, con franqueza yankee aunque no hiriente -dice Eduarda- se refieren a él delante de la propia esposa, llamándolo the handsome secretary.

La Eduarda narradora que pisa los Estados Unidos se adueña sin pedir permiso de un género mayoritariamente frecuentado por los varones8, y se presenta como una viajera cultivada y consumada. Conoce la diferencia entre hacer una travesía oceánica con los franceses o con los ingleses (sus preferencias están con los primeros, señala, inclinando del lado del «latino» la dicotomía latino/sajón que se mantiene durante todo el libro). La llegada al puerto de Nueva York, descripta en términos grotescos y dramáticos, supone un insólito reencuentro con los tópicos de la «barbarie» que entre nosotros habían sido adjudicados, no precisamente a los yankees, sino al mundo indígena, gauchesco y popular-federal. El beso en la boca acompañado de fuertes apretones de mano que se dan los familiares al encontrarse le produce el mismo efecto (chocante, ridículo, brutal) que a su hermano Lucio el protocolo ranquel (levantar en vilo profiriendo alaridos)9. Pero es en el enfrentamiento con los cocheros que aguardan a los recién llegados donde la representación de lo bárbaro (demonizado) llega a su clímax:

«Diverse lingue orribili favelle. Recordé al Dante, sin poderlo remediar, cuando, seguida de mi numerosa smala, me encontré a cierta altura del muelle, delante de un grupo humano que vociferaba palabras desconocidas, como una legión de condenados. Eran seres groseros, feos, mal entrazados, con enormes látigos, que blandían desapiadados, furiosos, sobre las indefensas cabezas de los viajeros, cuyo paso impedían. De repente, una alma, un viajero, caía en poder de alguno de esos demonios, y en el instante éste enmudecía, conduciéndole en misterioso silencio, sólo Dios sabe dónde. El calor, el polvo, el vocinglerío infernal, me tenían fuera de mí. Uno de aquellos hombres que sin cesar repetía Clarendon Hotel se apoderó de improviso de uno de mis hijos, colocándole sobre el hombro. Creció mi terror y el exceso de la temperatura hubo de hacerme perder el sentido».

(27-28)



La remisión a Dante nos lleva al Canto III del Infierno: justamente el que narra la entrada del poeta a la «ciudad doliente». Lo primero que captan sus sentidos es el lenguaje ininteligible de los que habitan en ese círculo preliminar («Diverse lingue orribili favelle, / parole di dolore, accenti d’ira, / voci alte e fioche e suon di man con elle / facevano un tumulto, il qu’al s’agita...»), que no merecen el cielo, y que tampoco han incurrido en los deméritos suficientes para participar cabalmente del Infierno: se hallan condenados a una no-vida, a una suerte de supervivencia «tan despreciable, que envidian cualquier otra suerte». Interesante analogía pudiera hacerse aquí con la figura tradicional del bárbaro, al que la cultura hegemónica no considera cabalmente humano, pero que tampoco pertenece al mundo animal; que acaso ha sido dotado de razón, pero no la utiliza, y vive en las tinieblas. Al igual que los bárbaros de la realidad, estos personajes dantescos, desnudos como salvajes, martirizados por los insectos, que «nunca vivieron de verdad», han sido ignorados por el mundo, y olvidados de la misericordia y la justicia (Dante, 1973; 31-33). La idea de lo «bárbaro» se asocia por cierto, desde sus comienzos, al habla incomprensible de los que no forman parte de la cultura valorizada, y es probable que la palabra misma «bárbaro» haya tenido un origen onomatopéyico, como imitación de los sonidos supuestamente guturales, y despojados de sentido que emiten los «otros» (Fernández Buey, 1995, 33). Tampoco es la primera vez en nuestra literatura que el lenguaje del infierno del Dante se aplica analógicamente a la descripción de la «barbarie», ni que los bárbaros son, como los amenazantes yankees de Eduarda, cocheros. En Una excursión a los indios ranqueles, su hermano Lucio Victorio, se sueña a sí mismo bajo la imagen de un «mancebo de rostro pintado de carmín» y vestido con pieles de jaguar, líder de los indios de todas las «castas australes» que avanza sobre la «civilización decrépita» a bordo de una enorme carrera tucumana cuya «ecuestre recua» maneja con un látigo, «al grito infernal de: ¡pape satán! ¡pape satán alepe!» (Mansilla, L.V., 1989, 228). Nada menos que el lenguaje del dios Plutón, que aparece en el Infierno bajo la forma alegórica del lobo de la avaricia. No es una asociación a desdeñar: la avaricia, la pulsión acumuladora de capital, es lo que lleva a los blancos al avance «civilizador» sobre la frontera india (aquí paródicamente invertido). El Time is money, acompañado del lema go ahead, será para Eduarda una de las formas del sedicente «progreso» (en realidad de la «barbarie» yankee), también aplicada contra quienes ellos, no la narradora, consideran «bárbaros»: las comunidades indígenas.

Parece inevitable asimismo, conectar esta descripción del «comité de bienvenida» en el Puerto, con las caracterizaciones que en la novela Amalia se hacen de los secuaces de Rosas, negros y gauchos, relacionados tanto con el mundo infernal como con el animal; lo mismo ocurre en El Matadero, de Esteban Echeverría10. Con respecto a este último relato cabe notar que aun el «estrecho camaranchel de tablas mal unidas», que es la oficina de la Aduana, a donde los pasajeros son conducidos por el «hombre del gran látigo» para el reconocimiento de equipajes, evoca -aunque sin connotaciones sangrientas- la casilla del juez donde desnudan al joven unitario. A diferencia de este, que no posee salvoconducto protector, Eduarda sí tiene uno: el pasaporte diplomático. Por eso se libra de esa forma de violación simbólica que sería la apertura del equipaje.

Por fin, salta a la vista otra comparación: los cocheros-demonios se apoderan de los pasajeros. Uno de ellos, incluso, llega a ponerse sobre el hombro a uno de los hijos de Eduarda, incurriendo claramente en la figura del rapto, como los indios de un malón, en su gesto tipificado de secuestrar mujeres y niños.

La narradora, convertida en «cautiva» de su cochero que terminará llevándola por las calles de Nueva York hasta el Hotel Clarendon, no es «cautivada» en el sentido positivo (esto es, «seducida») por este Nuevo Mundo (la «nueva» York, precisamente) que no pasa de ser una falsificación, una copia deslucida del Mundo Viejo y genuino, donde se hallarían las Ideas o Moldes de lo verdadero y de lo bello: «La historia de ese país, como sus monumentos, es toda de ayer, de ahí la pobreza relativa que impresiona desagradablemente al viajero que llega de Europa, si bien comprende toda la riqueza y poderío que esa parte del mundo encierra. Halla mucho que le sorprende, pero poco que le seduzca» (34).

La imitación burda, la confusión de lo auténtico y de lo falso, la degradación del estatuto de la realidad a medida que esta se desplaza del Centro: todos estos rasgos se le han adjudicado al espacio de lo bárbaro, y han sido notas recurrentes en el ensayo de este siglo (Martínez Estrada, Mallea, Murena) que reflexiona sobre la «condición argentina». Eduarda Mansilla las aplica con muchos años de antelación, ¡pero a los yankees! En esta tierra donde hubiera querido quedarse Sarmiento, el único oro que verdaderamente reluce es el de la Casa de la Moneda (a la que se le dedica un capítulo), quizá porque está fundado en una Institution: las formas legales sólidas y respetadas que los yankees sí tienen a su favor, mientras que resultan en desventaja en las formas estéticas y en el savoir faire, o savoir vivre. De la mano de Eduarda Mansilla recorremos un país donde los dulces no son dulces, los niños no parecen niños porque los disfrazan de adultos y los obligan a comportarse como tales (el contrasentido del pequeño que va a buscar a su padre solo, hasta Nueva York, en lugar de que ocurra a la inversa; las precoces damitas y caballeritos en el concurso de la Reina de Mayo). Los políticos, salvo Washington (Eduarda dice con Byron, the first, the last, the best) son antes meros politicians (o «politiqueros»), que verdaderos patriotas. El mismo Lincoln -juzga- parece haber sido salvado por su muerte trágica de un papel que le quedaba demasiado grande. Si se habla de estilos, lo gótico no es medieval, ni siquiera antiguo, y la elegancia no es del todo elegante: las ladies abusan de los afeites, los encajes y las alhajas, y son capaces de lucir, en una gran soirée, «diamantes» de vidrio, como los indios de la Conquista, embobados por sartas de cuentas sin valor. Tampoco se sabe si estas damas son del todo damas, pero en este caso la ruptura del arquetipo produce un efecto ambiguo, ya lo veremos, y ejerce sobre Eduarda una creciente fascinación e identificación.

La mirada continúa, despiadada y exacta: descubrimos que los grandes demócratas se desesperan por los blasones nobiliarios, y que las más altivas Misses son capaces de arrodillarse delante de un conde ruso para pedirle que toque un nocturno de Chopin. Nos enteramos de que el poderoso banquero Phelps adorna su salón de baile con mediocres copias -pagadas a precio de oro- de célebres pinturas. Sabemos que el pueblo al que Sarmiento llamara en sus Viajes «el pueblo rei, que se construye palacios para reposar la cabeza una noche bajo sus bóvedas» (1993, 306) se deja sin embargo engañar por las supercherías de Barnum, y se divierte con exhibiciones degradantes.

¿No reconocemos aquí tópicos similares a los que para Lucio V. Mansilla tornaban patética (y a veces desagradable o temible) la «barbarie» ranquel, como cuando habla del «remedo» de la urbanidad blanca, de los utensilios del mundo civilizado (que se derivan, por ignorancia, a fines para los que no estaban destinados, o adquieren un valor que no poseen en su contexto de origen), de la hijita del cacique absurdamente vestida con las ropas de una Virgen de altar, o de las «brujas» que -como Barnum- engañan y manipulan a un público crédulo. Hay aquí un sospechoso parecido con las damitas que se engalanan ridículamente para un simple almuerzo como si fueran a la Ópera, que compran artículos importados a cifras exorbitantes, y calzan guantes y zapatos finos dos o tres números más chicos del que les corresponde.

Ni siquiera el «poderío y la grandeza» que Eduarda reconoce en principio, y que tanto exaltó Sarmiento, quedan a salvo. El Capitolio podrá ser bello e imponente, pero se yergue entre casuchas miserables y calles de lodo, de espaldas a la ciudad. Las cosas han empeorado con la cercanía de la guerra y Washington no parece muy diferente de la línea de fortines en la frontera pampeana:

«Veíanse militares que galopaban sin cesar de un lado a otro de la desierta Capital, y prestaban, con el brillo de sus galones, más o menos relucientes, y el agudo sonido de sus cornetas, cierta animación a la mustia silenciosa ciudad de los politiqueros, convertida a la sazón en campamento».

(104)



«... tristísima ciudad, sin teatros, sin paseos, sin más vida que el ruido de los sables y el relincho de los caballos».

(105)



Una seudo-ciudad, en fin, minada de «pozancones hondísimos», donde merodea el ganado suelto, y en la que un distinguido funcionario brasileño se rompe una pierna al tropezarse una noche con ¡una vaca negra! que dormía ante la puerta de su Legación (190). Hasta algunos centros reputados como el summum para la buena sociedad (Saratoga, el «Baden-Baden de los yankees»), se muestran como incómodos, sucios, decepcionantes.

Por fin, Mrs. García no solo se limita a criticar los menudos aspectos de la vida social que desfilan ante sus ojos. Tiene opiniones políticas generales, basadas en un conocimiento histórico que acredita en repetidas oportunidades. Y las manifiesta audazmente para señalar de qué manera los yankees, supuestos adalides del avance humano, han desplazado o aplastado -juzgándolas bárbaras- a otras organizaciones sociales de las que bien podrían haber aprendido dignidad y cultura. Así, se mete sin ambages en la «historia privada» (sic) de USA para dedicar un implacable análisis a la destrucción de los aborígenes norteamericanos, y a su expoliación a través de los Indian Departments (sus palabras se escriben contemporáneamente a la llamada Conquista del Desierto por parte de Roca, ¿podrían entenderse como alusión no tan velada?11). Frente a opiniones como la que expresará Sarmiento poco después12 defiende el mestizaje que los sajones puritanos han evitado practicar. También declara sus simpatías por el Sur, a pesar de la esclavitud, que deplora13, en tanto representante de la «elegancia, el refinamiento, y la cultura en la Unión» (197-198). No deja de señalar, por otra parte, que las causas de la guerra entre Sur y Norte fueron políticas y económicas, y que la libertad de los esclavos -la causa aparente- se consideró solo en último término (69-72)14 Aquí no podemos olvidar, tampoco, que desde los hermanos Mansilla hablan, de un modo u otro, los derrotados de otra guerra civil, en la que los vencedores también se decían representantes de la Libertad y del Progreso. Los «bárbaros» argentinos parecen, pues, desmentir acusaciones con la voz hiperculta de estos sobrinos de Rosas que se han criado después de todo, en centros -femeninos- de refinamiento criollo: el famoso costurero de su madre Agustina Rozas, la «corte palermitana» de su prima Manuelita donde alternaban los diplomáticos ingleses y franceses. Pero la «barbarie» yankee tiene, aun para Eduarda, sus seducciones: valores propios, creados y no imitados ni prestados, que inspiran el respeto de la mordaz narradora: la honradez que les impide robar siquiera un vuelto de la caja del tranvía, donde se deposita libremente el dinero de los pasajes, una férrea obediencia a la Constitución jamás puesta en tela de juicio; amplia tolerancia religiosa, auténtica caridad15, filántropos capaces de efectuar inmensas donaciones para el bien público sin que haya siquiera constancia de sus nombres; sentido de lo práctico y de lo útil, vocación de eficacia que Eduarda aprecia especialmente, y que es el «lado bueno» de los mismos infernales cocheros de la llegada, mucho más eficientes que en el Viejo Mundo y que en Buenos Aires, para transportar los equipajes de una familia numerosa.

Y sobre todo, la extraordinaria condición social de las mujeres.

El poder femenino

Es que Yankeeland resulta ser para ellas el país por excelencia de la autodeterminación y la autoestima: «La mujer americana practica la libertad como ninguna otra en el mundo, y parece poseer una gran dosis de self-reliance» (117). Dos son sus ámbitos, que parecen opuestos, pero que, desde el análisis de Eduarda (no así desde la mirada de Sarmiento, menos perceptiva) están unidos por un hilo secreto. Las solteras tienen la calle, la vida pública, el desprejuiciado flirt. Las madres reinan en el home. Las muchachas yankees tienden a adornarse en exceso, y a pesar de ser delgadas, comen y beben también en abundancia («como héroes de Homero», p. 48) manjares no precisamente delicados (leche y tortugas de tierra en vez de crema y plantillas). Pero esta desmesura «antifemenina» las lleva también hacia ámbitos vedados para las mujeres de otras culturas: los viajes, que pueden emprender sin compañía, la libre elección amorosa, la frecuentación personal no vigilada durante los noviazgos o relaciones sentimentales, la posibilidad -sin deshonra- del divorcio; el trabajo profesional. Frente al divorcio, Eduarda (que en el momento de la escritura estaba en la práctica separada de su marido) lejos de tomar partido por la posición de la iglesia católica en la que se había educado, insinúa una simpatía o comprensión prudentes16: «La familia, tal cual hoy existe -predice con clarividencia- habrá de pasar, a mi sentir, por grandes modificaciones, que encaminen y dirijan el espíritu de los futuros legisladores, para cortar este moderno nudo gordiano» (141). Sin embargo elude - reprobatoriamente- otros temas espinosos como el control de la natalidad y las prácticas abortivas (141-142). Puede haber, como dice Viñas (op. cit.) pudor victoriano en esta actitud. Pero cabe señalar que tampoco las líderes feministas de la época (tanto en USA como en Gran Bretaña) estaban de acuerdo con el aborto ni la anticoncepción que no se basara en la abstinencia. Consideraban la maternidad como supremo deber (y privilegio). Por lo demás, la interrupción violenta del embarazo solía asociarse en el imaginario no con la obrera desvalida, sino con la mujer casada de clase alta que se niega, por frivolidad egoísta a su destino maternal (Walkowitz, 1993, 79-86), y con las parteras (como la célebre Madame Restell, de Nueva York) enriquecidas con estas prácticas. Recuérdese que a Eduarda le muestran en la Quinta Avenida, un «palacio de mármol blanco» atribuyendo su propiedad a una de estas obstetras (142). Frente al trabajo profesional femenino, en cambio, no encuentra sino elogios. Es el ansiado reemplazo de la «cruel servidumbre de la aguja»17 por la libertad de la pluma. No parece mucho, para el criterio actual, lo que estas norteamericanas han logrado: encargarse de los artículos edificantes en los periódicos dominicales («esa literatura sencilla y sana, que debe servir de alimento intelectual a los habitantes de la Unión, en el día consagrado a la meditación», p. 120); traducir los anticipos de nuevos libros extranjeros; ser cronista de modas en las fiestas sociales. Sin embargo, tales funciones (a las que no accedían entonces las literatas porteñas) tienen para Eduarda un alcance sutil: constituirse en formadoras de opinión. «Las mujeres -afirma- influyen en la cosa pública por medios que llamaré psicológicos e indirectos» (120), uno de los cuales es el periodismo. Si su hermano Lucio dijo alguna vez «hay héroes porque hay mujeres», Eduarda pinta un varón yankee dependiente de los deseos y necesidades de sus madres, hermanas, esposas, hijas). La «barbarie» yankee acaba donde empieza la rendida cortesía y la deferencia varonil hacia mujeres y niños. Los hombres, absolutamente sensibles a la crítica femenina de las costumbres, son capaces de cambiar de conducta ante juicios como los de la escritora inglesa Mrs. Trollope, que censura el hábito masculino local de «sentarse con los pies más altos que la cabeza» (118). Remisos a la elegancia propia, sencillos en el vestir, «máquinas de trabajo», «gastan cuanto ganan» para dar gustos a sus hijas o consortes (119-120).

«La mujer, en la Unión Americana -insiste Eduarda- es soberana absoluta; el hombre, vive, trabaja y se eleva por ella y para ella. Es ahí que debe buscarse la influencia femenina, y no en sueños de emancipación política. ¿Qué ganarían las Americanas con emanciparse? Más bien perderían, y bien lo saben».

(120)



¿Conservadurismo de la Sra. de García? Aunque por cierto no son estas las palabras que hubiera pronunciado una sufragista, hay en Eduarda otra conciencia del poder femenino que probablemente viene de un hogar donde las madres fueron figura central y mano ejecutora: su abuela, la temible doña Agustina López Osornio de Ortiz de Rozas, obedecida por el mismo Restaurador en la plenitud de su poder, y también después de su muerte -en el cumplimiento de un testamento disparatado desde el punto de vista legal-; su propia madre, la bella Agustina Ortiz de Rozas, venerada por sus hijos hasta la idolatría, e influyente con su seducción personal, al lado de Manuelita Rosas, en la vida política18. La madre de Juan Manuel de Rosas, en cambio, aunque sin atacarlo, nunca estuvo conforme con su actuación en el gobierno. En una ocasión, su disgusto porque Rosas había puesto preso a un amigo suyo llegó a tal punto que el dictador tuvo que dejarlo en libertad y ponerse de rodillas ante doña Agustina (postrada entonces) para obtener el perdón materno (Lucio V. Mansilla, 1997). Esta matriarca, ya anciana, era, por cierto, una inválida. El no poder moverse de su casa ni de su lecho no le quitó un ápice de su posición de reina sobre las voluntades de marido e hijos. Eduarda observa, en las señoras yankees, un notorio apartamiento de la vida social que las recluye en la intimidad hogareña. Preguntadas que son acerca de sus madres, las jóvenes alegres, a las que acompañan solamente sus galanes, responden, como lo más natural del mundo: She is an invalid (167). ¿Significa esto que las señoras han perdido poder, o libertad? La «invalidez» o enfermedad, más metafórica que real, es más bien un retiro voluntario que no por eso las priva de ser los árbitros de sus familias.

En este sentido, la pintura más acabada de un home modelo -con una madre físicamente inválida- se nos muestra en el penúltimo capítulo. Este modelo se sitúa en Brooklyn, entonces un barrio apartado de Nueva York, donde hay «jardines a la antigua y cottages sin pretensión», «siéntese allí la tranquilidad, la paz de la familia inglesa, tal cual la pinta el autor del VICARIO DE WAKEFIELD» (185). La referencia a este libro, inspirador de El Médico de San Luis, su primera novela, no es casual.

Hasta allí la lleva otro médico: el Dr. Acosta, colombiano, quien corteja (aunque esto lo sabremos después) a una de las hijas de la familia. En este entorno todo es plácido, modesto, artístico, virtuoso, pleno de armonía. Las jóvenes se visten con sencillez puritana, no exenta de distinción. No son fast -esto es, las que cambian con facilidad, tanto de traje como de novio-. Pero las miradas de Eduarda recaen, una y otra vez, sobre la madre: «una bellísima anciana, paralítica, de tez delicada y facciones finas» (186); la «belleza de la familia», cuya «voz dulcísima» es la única que imparte órdenes: «Niñas, abran el piano y toquen, que la señora no viene a fastidiarse». Será obedecida de buen grado por sus hijas; también la invitada accede con gusto al pedido de la dama, que le solicita repetir, cuando canta, una pieza de Iradier. Otra madre aparece pronto en el escenario: nada menos que la de la propia Eduarda, evocada por el padre de familia, que ha sido marino y ha estado en el Río de la Plata.

«No puedo expresar -dice su hija- el enternecimiento que aquel recuerdo me produjo: She was divine (¡era divina!) repetía él, entusiasta, ‘y nunca la olvidaré, opening (rompiendo) el baile con el Comodoro Golborough».

(189)



Sin duda la utopía latente en El médico de San Luis, planea sobre esta imagen hogareña cuyo «motor inmóvil» es la madre de familia. En esta primera novela hay párrafos muy significativos acerca de la condición femenina y la necesidad de reforzar el poder -si no civil, al menos moral- de las mujeres, sobre todo en su condición materna:

«En la República Argentina la mujer es generalmente muy superior al hombre, con excepción de una o dos provincias. Las mujeres tienen la rapidez de comprensión notable y sobre todo una extraordinaria facilidad para asimilarse, si puede así decirse, todo lo bueno, todo lo nuevo que ven o escuchan. De aquí proviene la influencia singular de la mujer, en todas las ocasiones y circunstancias. Debiendo no obstante observarse que ésta, soberana y dueña absoluta, como esposa, como amante y como hija, pierde, por una aberración inconcebible, su poder y su influencia como madre. La madre europea es el apoyo, el resorte, el eje en que descansa la familia, la sociedad. Aquí, por el contrario, la madre representa el atraso, lo estacionario, lo antiguo, que es a lo que más horror tienen las americanas; y cuanto más civilizados pretenden ser los hijos, que a su turno serán despotizados por sus mujeres y sus hijas, más en menos tienen a la vieja madre, que les habla de otros tiempos y otras costumbres. Muchas veces me ha lastimado ver a una raza inteligente y fuerte, encaminarse por un sendero extraviado, que ha de llevarle a la anarquía social más completa, y reflexionando profundamente sobre un mal cada día creciente, he comprendido que el único medio de remediarlo sería robustecer la autoridad maternal como punto de partida...».

(El médico de San Luis 26-27)



Desde una postura que superficialmente podría parecer reaccionaria19, Eduarda asume la defensa de un terreno que se reconoce como firme en el imaginario colectivo: la Madre, pero para disociarla del atavismo ancestral, del atraso, la rémora, la «barbarie» y vincularla con posibilidades futuras de crecimiento. A un procedimiento similar se recurre en una novela que fue fundamental para la cultura y la vida política estadounidense en el mismo período del viaje que Eduarda está narrando: La cabaña del tío Tom (Uncle Tom’s Cabin) no casualmente escrita por una mujer: Harriet Beecher Stowe, que bajo la apariencia de narración sentimental -despreciada durante mucho tiempo por el canon literario- tiene un inusitado potencial político e implica un revolucionario esfuerzo para reorganizar la cultura desde un punto de vista femenino. A partir de una posición que también se consideró «conservadora», apunta sin embargo a una crítica profunda de las estructuras económicas y sociales estadounidenses y su manejo por parte de los varones, según observa agudamente Jane Tompkins (1985)20. En el caso de El Médico de San Luis, cabe destacar:

  1. La visión del hogar como espacio de una práctica productiva femenina, recinto ético y estético que puede irradiar hacia la sociedad en conflicto (un medio desgarrado aún por la discordia civil y la injusticia social) modelos de belleza sencilla y de pacífica convivencia. Esta idea, como lo ha señalado Masiello (1992) es la que domina en el periodismo femenino de la época, que resignifica positivamente el espacio doméstico, en tanto centro de poder e influencia de las mujeres, que ejercen desde allí un papel educativo fundamental.
  2. La voz narradora, si bien es la un varón, no reviste los atributos tradicionales de un patriarca o un héroe criollo del siglo XIX. Es la de un extranjero (inglés) capaz de tomar distancia de la «cultura cimarrona» (la expresión es de Fernando Assunçao) en la que vive no sin disidencias críticas. Cultura que condena a los varones a la matanza recíproca, y que asigna a las mujeres un rol pasivo y secundario no prestigioso, oscurecido ante el protagonismo violento del heroísmo viril (Assunçao, 1999, 212). John Wilson es un hombre de paz, que cura, no mata. Predica y practica la tolerancia. Su misma fe en la ciencia es cautelosa. Lejos de la soberbia, reconoce los límites del saber humano. Está en las antípodas tanto del guerrero como del científico fáustico. Francine Masiello lee -no sin razón- en este personaje, a la propia Eduarda travestida, quien todavía firma con el seudónimo «Daniel», y que habría encontrado en la figura del médico un recurso de autoridad. La voz «feminizada» de Wilson, muy crítica hacia los estereotipos masculinos al uso, compensaría la ausencia, en el libro, de «mujeres fuertes». Por mi parte, creo que la compensación mayor viene del home mismo, como ámbito de encantamiento, felicidad y serenidad creado sub specie feminae.
  3. Por fin, aunque la novela sin duda deriva en muchos aspectos de El Vicario de Wakefield, se sitúa de manera por completo verosímil y pertinente en el contexto hispanoamericano. A partir del conocimiento de este contexto deben entenderse dos cosas:
    1. La revisión de la dicotomía civilización/barbarie, a través de la denuncia de la corrupción judicial y de la persecución del elemento popular representado por el gaucho Benítez, y la exaltación del hogar como posibilidad de renovación moral y conciliación nacional.
    2. La crítica a la «educación de moda», que expone Wilson, tanto en el caso de las mujeres como en el de los varones, y que él rechaza por considerarla fruto de «teorías inaplicables al país en que viven» (28).
      • Ambos aspectos: la condena del castigo que se ejerce desde el poder sobre la población autóctona supuestamente «bárbara», y el repudio del tipo de educación que se intenta implantar en las clases medias (no de la necesidad educativa en sí, cosa que no se discute)21 responden a una toma de posición política. Eduarda se adelanta a las críticas que luego hará su hermano Lucio en Una excursión a los indios ranqueles, se adelanta a José Hernández en Martín Fierro. Desde su óptica, la cultura debe nacer, en suma, de una compenetración profunda con el medio y de una acción creativa sobre él, que comienza en el seno materno de la familia. Nunca de la negación o el falseamiento de una realidad que primero ha de ser comprendida para poder transformarla. La mera imitación solo podría conducir -como en las facetas más negativas de la cultura yankee que Eduarda ha mostrado- a formas, aún más patéticas, de «barbarie».

Aunque la señora de García no sea una mujer de clase media, y su educación haya seguido un modelo europeo, su mirada vuelve así una y otra vez sobre la comunidad de origen para aquilatar sus valores y presentarlos a un Viejo Mundo no tan «civilizado», y para promover el respeto a «lo propio» en la clase dirigente argentina.

Conclusiones

Tal como los ranqueles de Lucio V. Mansilla superan en no pocos aspectos a los blancos, los habitantes de Yankeeland, a pesar de sus errores (como el exterminio de sus propios «bárbaros» internos, los pieles rojas), tienen un centro respetado y respetable de educación constante en el home. Allí se aprenden el equilibro y la refinada sencillez; se neutralizan la «barbarie» y la extravagancia que Eduarda ha venido señalando, entre horrorizada y divertida, a lo largo de su periplo. Aquí late, sin duda, el corazón artístico y moral de una nación que -en el momento de escritura de los Recuerdos- es notablemente poderosa en lo económico y en lo cultural. Una nación que para ese entonces, y gracias a la gestión de Sarmiento, ha «exportado» maestras a la Argentina. Podría decirse que la madre del home y la periodista del espacio público son las caras de una misma moneda: el «buen gusto», la tolerancia, la cultura que se practican «adentro» como la música, se transforman, afuera, en escritura que moldea y perfecciona las costumbres, y crea formas estéticas superiores para la vida.

Eduarda Mansilla no nos habla directamente de abolicionismo ni de sufragismo, aunque sin duda los conoció, como se desprende de estas páginas, y aunque probablemente estas ideas repercutieron en sus propias decisiones. La mujer que escribe Recuerdos de viaje está aplicándose a ella misma, a un alto costo personal, ciertos modelos que le ha revelado su experiencia yankee. Ha vuelto a su país para darse a conocer en el suelo propio, para opinar y para influir, para convertir el home en centro cultural a través del salón literario.

Paradójicamente las circunstancias han implicado que esta elección la lleve a la ruptura de su propio mundo familiar. La quiebra de la utopía doméstica, la destrucción del matrimonio por la incomprensión, la rigidez, la intransigencia, se transparentan en relatos suyos posteriores, mientras que su reverso: la utopía de la «mujer profesional» se está realizando aceleradamente. Pienso en una estremecedora narración: «Kate», de Creaciones, y también en la locura de su última heroína, la protagonista de Un amor. Recuerdos de Viaje tiene asimismo, el sentido de retrotraer a su autora al momento en que la familia formada por Eduarda estaba, aún, entera. Quizá testimonia, entre otras cosas, una nostalgia y una derrota íntimas. Pero también, después del viaje y de los viajes, supone una reintegración a la patria experimentada como seno materno22 y un compromiso intenso, desde una activa subjetividad femenina, para cooperar en la «transformación», «que no se obtiene sin lucha, tanto en el orden moral como en el orden natural» (p. 196).

Bibliografía de Eduarda Mansilla

  • El médico de San Luis (1.ª ed. 1860), Buenos Aires, Eudeba, 1962.
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  • Cuentos, Buenos Aires, Imprenta de la República, 1880.
  • Recuerdos de viaje (tomo 1, 1.ª ed. 1882), Buenos Aires, El Viso, 1996.
  • Creaciones, Buenos Aires, Imprenta Alsina, 1883.
  • Un amor, sin mención de editor y lugar, 1885.

Otra bibliografía utilizada

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