Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice




III

El siglo decimoctavo terminó sin que los ecuatorianos lograran ver realizado su anhelo   -467-   de poner en comunicación la provincia de Esmeraldas con las serraniegas o del interior, por medio de un camino directo y cómodo; el siglo decimonono comenzó con la misma aspiración; y ahora, cuando el siglo presente está ya a punto de terminar, no se halla todavía realizada esa aspiración. ¿Se realizará algún día?... La provincia de Esmeraldas, tan próxima al istmo de Panamá, tan feraz y tan rica, se ha mantenido hasta ahora poco menos que segregada de todas las demás provincias ecuatorianas; en la última época del gobierno colonial se encontraba casi del todo abandonada, merced a la dificultad de recorrerla por tierra, y de comunicarse por agua con ella. Al Occidente la limita el océano Pacífico; la rama occidental de la cordillera de los Andes la separa de las provincias de la sierra, y es tal la configuración física del ramal occidental, que, con bosques interminables, pantanos enfermizos, derrumbaderos espantosos y hondas quebradas, se hace por todo extremo difícil la entrada y el descenso a las tierras bajas y a las llanuras de la costa.

Desde los primeros tiempos de la fundación de Quito hubo muchos capitanes que acometieron unos tras otros, sucesivamente, la empresa de conquistar la provincia de Esmeraldas, y todos fracasaron antes de llevarla a cabo; se intentó civilizarla por medio de la predicación evangélica, y también hubo dificultades, que obligaron a abandonar la obra; así, abandonada, se mantuvo por largos años, hasta que, a mediados del siglo pasado, puso de nuevo manos en esa tentadora labor un ecuatoriano insigne, digno por muchos   -468-   títulos del aprecio de sus compatriotas y de la gratitud de la posteridad; fue este don Pedro Maldonado y Sotomayor, natural de la antigua Riobamba y miembro de una de las más distinguidas familias de la colonia148.

Maldonado recorrió despacio toda la provincia de Esmeraldas, la examinó con prolijidad y se hizo cargo de las circunstancias favorables y desfavorables a la empresa que proyectaba acometer; con pleno conocimiento del asunto, solicitó de la Audiencia que se le permitiera abrir un camino de herradura desde la ciudad de Quito a la provincia de Esmeraldas; pidió además que   -469-   ese territorio se erigiera en Gobierno separado y que se le concedieran ciertas otras cosas, que eran necesarias para llevar a cabo la empresa de reducir esa provincia al estado de prosperidad a que por la naturaleza misma y su posición geográfica parecía estar destinada. Era entonces Presidente de la Audiencia el célebre don Dionisio de Alcedo, quien no sólo no se opuso al proyecto de Maldonado, sino que lo apoyó y lo favoreció; así, aunque el Fiscal opinó en contra, el Tribunal despachó favorablemente la petición de Maldonado, concediéndole todo cuanto éste solicitó e imponiéndole condiciones muy   -470-   fáciles de cumplir. Maldonado era un caballero noble, rico, muy emparentado; sus maneras no podían ser más cultas, ni más espléndido su trato; era, además, instruido y se había dedicado con provecho al estudio de las ciencias naturales, todo lo cual contribuía a que sus pretensiones obtuvieran un éxito favorable.

Autorizado por la Audiencia, se consagró, con ahínco y constancia, a la obra de abrir el camino; recogió cuantos mozos pudo de sus propias haciendas y comenzó el trabajo; a fin de tener un número considerable de operarios, remuneraba con un muy crecido jornal a los   -471-   trabajadores, y él mismo daba ejemplo sobrellevando con ánimo esforzado las molestias y contradicciones; vestido como todos los demás peones, descalzo, se lo veía, empapado en sudor, haciendo descuajar la selva para tender el hilo conductor con que delineaba el camino; a los siete años de un trabajo constante, la obra estaba acabada y el camino de herradura abierto, desde el pueblo de Cotocollao hasta el embarcadero, en el río Santiago. Maldonado fue quien promovió la población de la Tola y otras tres más en la provincia de Esmeraldas, sacando de los bosques y reduciéndolas a vivir juntas algunas familias, que estaban desparramadas y en estado casi salvaje; construyó, a su costa, una iglesia en la Tola, y otra en Limones, y tres casas de madera en el embarcadero nuevo. Cuando la obra del camino estaba concluida, la fortuna de Maldonado se hallaba también agotada, pues toda la había consumido en su empresa; hasta ocho de sus domésticos habían perecido, víctimas de la fiebre, en los climas mortíferos de la montaña.

Es incalculable cuánto sufrió Maldonado en esta empresa; su voluntad era constante, y no había obstáculos que no arrostrara ni dificultades que no venciera; hizo plantaciones de gamalote, para que no carecieran de pienso las bestias que iban cargando los víveres para los trabajadores, y halagaba a éstos acudiéndoles hasta con el tabaco, que todos los días obsequiaba a cada uno de los que tenían la costumbre de fumar. Así que el camino estuvo abierto, se ocupó Maldonado en establecer casas y cuidadores, distribuyéndolos a trechos en toda la extensión de la montaña; fabricó   -472-   botes para los viajes por agua, congregó a los habitantes de la provincia en poblaciones bien organizadas, cambiando de sitio a las que se encontraban en lugares malsanos o en puntos demasiado alejados del camino que acababa de abrir, y enseñó a los indígenas, a los negros y a los mulatos a manejar armas de fuego, disciplinándolos en la milicia, para tener una fuerza permanente con que defender las poblaciones de la costa, amenazadas en aquella época por las invasiones piráticas de los corsarios.

Maldonado era sagaz, generoso y de ánimo esforzado; la energía de su carácter era conocida, y de su valor y denuedo había dado en más de una ocasión pruebas sorprendentes; sereno en los peligros, se complacía en manifestar después las dificultades que había vencido. Conocía todo el territorio de Canelos, porque lo había recorrido personalmente, acudiendo en servicio de los misioneros, acosados por las invasiones de las tribus salvajes; todo lo observaba por sí mismo, y nada pasaba para él desadvertido. Sus dotes para gobernar con acierto eran raras; se hacía respetar, inspiraba temor y no había súbdito que no lo amara; estando ausente, bastaba invocar su autoridad para que todo se pusiera en orden.

Diremos ahora unas pocas palabras acerca del estado en que se hallaba la provincia de Esmeraldas a mediados del siglo pasado, cuando acometió don Pedro Maldonado la empresa del camino hacia el puerto de Atacames. La provincia de Esmeraldas comenzaba a la sazón en la isla de Tumaco y se prolongaba hasta la bahía   -473-   de Caraques; en aquella tan considerable extensión de terreno apenas había dos mil habitantes, repartidos en veinte poblacioncitas de muy escasa importancia; en la costa, caminando de Norte a Sur, se contaban cinco, que eran Tumaco (en la isla), la Tola, San Mateo o Esmeraldas, Atacames y Canoa en Cabo Pasado; en la región montañosa estaban Lachas, al Occidente de Ibarra; Intag y Cayapas en la parte alta del río Santiago; Gualea, Nanegal, Mindo y Nono en las montañas habitadas antiguamente por los Yambos, tras la cordillera del Pichincha; Tambillo, Niguas, Cachillacta, Yambe y Cocaniguas más hacia el Sur; Canzacoto, Santo Domingo y San Miguel entre los ríos Toache y Quinindé; estos tres pueblecillos formaban la misión llamada de Santo Domingo de los Colorados, porque los indios solían pintarse la cara con el zumo rojo del achote. La antigua población de Esmeraldas estaba edificada en el punto donde el río Bichi desemboca en el Blanco o Esmeraldas.

La condición religiosa de estos habitantes era lamentable; en ningún pueblo había ni siquiera una choza aseada que sirviera de iglesia, pues las llamadas iglesias (donde las tenían) eran unos cobertizos de hojas, sin puertas; por altar suplía una mesa fabricada de barro, sobre la cual crecían libremente hierbas con la exuberante fecundidad de la costa; las imágenes de madera se deshacían a pedazos, podridas por la humedad, enmohecidas y tan desfiguradas, que sólo por tradición se sabía qué representaban; el suelo se cubría de una tela verdosa, por lo cual era muy expuesto andar sin resbalarse y caer.   -474-   En estos cubiles o guaridas llamadas malamente iglesias se congregaban cada año los montañeses, para celebrar las fiestas religiosas, cuando el doctrinero recorría las poblaciones con ese único objeto.

Para la fundación del pueblecito de la Tola, recogió Maldonado como unas doscientas personas, entre las cuales encontró algunas que, aunque pasaban de sesenta años, todavía no eran bautizadas, y otras, asimismo ancianas, no se acordaban si lo eran o no. El inteligente Gobernador quiso hacer también oficios de misionero y hubo de soportar las groseras contradicciones de un doctrinero, que a hachazos derribó la iglesia que Maldonado había comenzado a construir, alegando para un abuso tan criminal, que el punto a donde se había trasladado el pueblo era muy distante. Toda la provincia de Esmeraldas pertenecía entonces al obispado de Quito, y el buen señor Paredes envió a don José Maldonado para que recorriera esas poblaciones administrando Sacramentos; el doctor José Maldonado era hermano de don Pedro, y estaba ejerciendo el honroso ministerio de Cura Rector de la Catedral de Quito; dejó sus ocupaciones en la capital de la colonia y se desterró voluntariamente para trabajar en la obra en que su ilustre hermano estaba tan empeñado, y anduvo de pueblo en pueblo ejercitando el santo ministerio con laudable celo. Después, el insigne obispo Nieto Polo visitó la provincia desde Tumaco, acompañado de don Pedro Maldonado, que se gloriaba de recibir al Prelado en los nuevos pueblos que había formado en la hasta entonces   -475-   abandonada comarca de Esmeraldas; a la diligencia de don Pedro Maldonado y al celo de los obispos Paredes y Nieto Polo del Águila, se debió el que los religiosos de la Merced volvieran a tomar a su cargo la mayor parte de los curatos de Esmeraldas, y los dominicanos la misión de los Colorados.

Parecía, pues, que esa región del litoral comenzaba a prosperar, y ya el entusiasta Maldonado fantaseaba imaginándose que Esmeraldas se había mudado de desierta en populosa, mediante el comercio con Panamá y Portobelo; empero, todo desapareció desvaneciéndose como un sueño. Maldonado contrajo relaciones de amistad con los académicos franceses y principalmente con La Condamine; en compañía de este sabio hizo un viaje a España, tomando su derrotero por el territorio de las misiones de Mainas, para salir por el Amazonas al Atlántico; en Madrid fue muy bien acogido, y el Real Consejo de Indias dio despacho favorable a casi todas sus proposiciones; confirmósele en el cargo de Gobernador de Esmeraldas, con facultad de poder trasmitir sus derechos a sus legítimos herederos; se autorizó el puerto de la Tola, habilitándolo para el comercio, y se decretó que hubiera siempre ahí un empleado de la Real Hacienda, encargado de la recaudación de los derechos de almojarifazgo; la creación de este empleo fue solicitada por el mismo Maldonado, con el propósito de evitar contrabandos; asignósele también a Maldonado un muy competente sueldo, a fin de resarcir los gastos que, de su fortuna personal, había hecho en la obra del   -476-   camino, y el rey don Fernando sexto le gratificó condecorándole con el título de Caballero de la llave de oro y Guardia de honor de Su Majestad. Mas la empresa del camino y los nobles planes trazados por Maldonado para el mejoramiento de la provincia de Esmeraldas se deshicieron como por encanto; Maldonado se preparaba a regresar a Quito y se había puesto ya en camino, cuando en 1749 falleció en Londres, y con su muerte todo cambió de aspecto.

Tres años más tarde volvió el Consejo de Indias a ocuparse en este asunto, a instancias de la única heredera que dejó Maldonado; pero, ya entonces los informes que en punto al camino se remitieron de Quito fueron tan desfavorables, que se ordenó que se recogieran todas las cédulas reales despachadas en favor de Maldonado; el virrey Eslaba opinó que la apertura del camino de Esmeraldas era perjudicial para los intereses económicos de la Real Hacienda, porque no serviría sino para la introducción de contrabando, y calificó de fantásticos los proyectos de Maldonado; sin embargo, como remuneración a algunos servicios que el finado había prestado a la Corona, se le concedió por cinco años el corregimiento de Ibarra a don Manuel Díez de la Peña, esposo de doña Juana Maldonado, hija única del célebre don Pedro149.

  -477-  

Muchos años después don Fernando Juárez volvió a tentar la empresa de la apertura del camino de Esmeraldas, y tampoco alcanzó resultado alguno. La obra de establecer un puerto inmediatamente sobre el Pacífico y abrir un camino que facilitara el comercio, dando vida a las provincias de Imbabura y de Esmeraldas, ha sido, pues, el anhelo constante de los ecuatorianos en tiempo de la colonia y en tiempo de la República. ¿Se realizará algún día este como sueño dorado de nuestros compatriotas?...

Maldonado tenía el proyecto de abrir dos caminos: uno que pusiera en comunicación directa la provincia de Pichincha con la de Esmeraldas, y otro que desde Ibarra fuera a parar al puerto de la Tola; ninguno de los dos llegó a   -478-   quedar definitivamente concluido. De las ideas patrióticas de Maldonado y de sus méritos literarios hablaremos en otra parte; ahora basta con lo que hemos referido, pues nuestro intento se limitaba a dar a conocer el estado de la sociedad ecuatoriana en la postrera centuria del gobierno colonial. Maldonado floreció a mediados del siglo decimoctavo.

Expuesto ya cuál era el estado de la colonia en el orden social, político y económico, pasemos a manifestar la situación en que se encontraba, considerada desde el punto de vista moral y religioso.





  -479-  

ArribaCapítulo undécimo

Estado moral de la colonia en el siglo decimoctavo


Organización del estado eclesiástico.- Observaciones acerca del ejercicio del patronato real.- El juramento de los obispos.- Los religiosos a fines del siglo pasado.- Vienen a Quito los clérigos regulares de San Camilo.- El padre Bolaños.- Fundación del convento del Tejar.- El Visitador de los Mercenarios.- Relajación escandalosa de las comunidades religiosas.- Causas de semejante relajación.- ¿Era posible la reforma?- Monasterios de religiosas.- Costumbres.- Corridas de toros.- Régimen de moral.- Los indios.- Su estado moral a fines del siglo pasado.- Sus levantamientos.- Observaciones.



I

Al concluir el siglo decimoctavo, la organización del estado eclesiástico había recibido una modificación trascendental con la erección de la diócesis de Cuenca. Hasta fines del siglo pasado150, en todo el inmenso territorio de la presidencia de Quito no había más que un sólo obispado, cuyos límites comprendían una extensión mayor que la que tiene actualmente la República ecuatoriana, pues la diócesis de Quito abrazaba gran parte del distrito eclesiástico de la   -480-   diócesis de Pasto en Colombia, y partía límites con la diócesis de Popayán. Erigida la diócesis de Cuenca, hubo ya en el territorio de la antigua presidencia de Quito dos obispados, ambos sufragáneos de la sede metropolitana de Lima.

En lo civil y político, las provincias que componían la presidencia de Quito estaban subordinadas al virreinato de Santa Fe de Bogotá; en lo eclesiástico dependían del arzobispado de Lima, constituyendo parte integrante de la provincia eclesiástica peruana.

En lo comercial Guayaquil estaba sometido al consulado de Lima; en lo militar todas las provincias reconocían como jefe al Virrey de Bogotá. El Gobierno español no quiso nunca erigir la presidencia de Quito en capitanía general, pues, aunque Carondelet lo pidió con instancia, su solicitud fue rechazada.

La libertad de la jurisdicción eclesiástica casi no existía en tiempo de la colonia; nadie, absolutamente nadie, ni aun los mismos obispos, podía comunicarse libremente con la Santa Sede; todo asunto eclesiástico era remitido directamente al Real Consejo de Indias, donde muchas veces se quedaba archivado, porque se juzgaba que su resolución no convenía a los intereses del patronato real. Del Consejo de Indias eran enviados los asuntos a la Sede Romana, y las resoluciones pontificias se examinaban primero en el Consejo; y no podían ser ejecutadas, sino cuando habían recibido el pase regio. Hasta los puntos de sagrada liturgia eran resueltos por el Consejo, cuya supervigilancia tenía como absorbida la jurisdicción del Papa.

  -481-  

Los presentados para obispos, si estaban en España, no podían recibir allá la consagración; debían venir a América, y consagrarse aquí. Esta medida se adoptó para corregir el abuso que, ordinariamente, cometían los eclesiásticos elegidos para las diócesis americanas, pues muchos de ellos, una vez consagrados obispos, renunciaban sus obispados y solicitaban otros en España, alegando que no podían trasladarse a América por su falta de salud. De la obligación del viaje a Roma para practicar la visita ad sacra limina Apostolorum estaban dispensados perpetuamente los obispos de América, así para ahorrarles los gastos de una peregrinación tan dilatada y penosa, como para evitar los males que podían sobrevenir a las diócesis con la larga ausencia de sus prelados. La relación era lo único que podían mandar al Papa, pero siempre que, después de examinarla, creyera el Consejo que no había inconveniente alguno en que fuera remitida a Roma. Así, todo asunto eclesiástico debía pasar primero por el tamiz del Real Consejo de Indias, disimulado tutor de la autoridad espiritual.

Los elegidos y presentados para obispados solían hacerse cargo de la jurisdicción eclesiástica antes de su preconización; ordinariamente, principiaban a gobernar sus diócesis antes de recibir las bulas y demás documentos pontificios, por los cuales constaba que el Papa los había instituido obispos; el Rey expedía la cédula, que se llamaba de ruego y encargo, para que el Cabildo eclesiástico confiara al presentado el ejercicio de la jurisdicción espiritual, y con sólo este requisito los sacerdotes presentados para obispos comenzaban   -482-   a regir sus diócesis. Semejante costumbre contraria a los cánones fue tolerada, pero no sancionada por la Santa Sede; el Rey se fundaba en la necesidad de precaver los males que causaban a las diócesis las sedes vacantes prolongadas, durante las cuales casi siempre se suscitaban disputas escandalosas entre los canónigos y los vicarios capitulares. No obstante, hubo prelados escrupulosos y doctos que repugnaron obedecer la disposición real y representaron al Consejo; pero el Consejo insistió y se mantuvo firme en sus resoluciones.

Desde el tiempo de Felipe segundo, cuando se fueron organizando los obispados de América, se dio al derecho de patronazgo eclesiástico de los reyes de España sobre las iglesias de Indias una interpretación tan amplia, que toda la suma de la autoridad espiritual vino a quedar en manos del Monarca y de sus empleados subalternos en las colonias; luego la interpretación oficial se transformó en costumbre y, por fin, el abuso se tuvo como un derecho legítimo, según las doctrinas de los regalistas españoles, mucho más aduladores del poder absoluto de los reyes, que los galicanos franceses. Conocido es cuán centralizador fue el sistema de gobierno que los reyes de España establecieron en sus colonias de América, sin que la Iglesia católica quedara exceptuada de su más que omnímoda y minuciosa tutela; el clero americano se acostumbró a recibirlo todo de la autoridad civil, hasta la iniciativa y el primer impulso para el cumplimiento de sus más sagrados deberes, e hizo de esta condición de eterno pupilaje el ideal de la armonía entre   -483-   las dos autoridades. No debe sorprender, pues, a nadie lo que vamos a referir.

Antes de que los prelados tomaran posesión de sus diócesis, las audiencias examinaban primero todos los documentos, y sólo con la resolución favorable del Tribunal podían dar los capítulos la posesión. Uno de los principales requisitos previos para que los prelados pudieran tomar posesión de sus diócesis era el juramento de obediencia y fidelidad, que prestaban al Soberano en manos de alguno de los magistrados civiles de la comarca comprendida en los términos del obispado. El juramento de los obispos era un requisito indispensable para que pudieran tomar posesión de sus obispados; en tiempo de Carlos tercero, cuando las opiniones regalistas exageraron los derechos del poder civil con mengua de la independencia de la autoridad espiritual, el Real Consejo de Indias llegó hasta modificar la misma fórmula del juramento de obediencia y adhesión al Papa, que debían hacer los obispos, según lo prescrito en el Pontifical Romano. Basta con prometer obediencia, decía el Consejo. Pero ¿qué obediencia era la que el Consejo creía bastante? Una obediencia condicional, por la cual los obispos prometieran obedecer al Papa, en todo cuanto no se opusiera a las regalías y derechos de la Corona. Tan celoso se manifestó el Consejo por los fueros de la autoridad real, que al ilustrísimo señor Carrión y Marfil, primer Obispo de Cuenca, le obligó a renovar su juramento, modificando la fórmula del Pontifical Romano, y suscribiendo la que había redactado el Consejo151.

  -484-  

Estaban los obispos de América perpetuamente sometidos a la vigilancia, casi siempre suspicaz y desconfiada, de los gobernantes civiles y de los vice-patronos reales; de ahí esas continuas y muchas veces escandalosas desavenencias entre la autoridad eclesiástica y el poder temporal. Prelados hubo, como el ilustrísimo señor Minayo, que, por amor a la paz, llevaron su condescendencia hasta traspasar los límites del decoro propio de la sagrada dignidad episcopal; otros, como el señor Nieto Polo del Águila, de carácter firme y gran temple de alma, vivieron en lucha incesante con los magistrados civiles. El sistema de gobierno organizado por el Real Consejo de Indias a fines del siglo pasado, en cuanto a la jurisdicción eclesiástica, era por demás absorbente y estaba fundado en las opiniones erradas que en punto a la naturaleza y límites de la potestad real prevalecían entre los jurisconsultos españoles de aquella época.



  -485-  
II

El estado de las comunidades religiosas merece suma atención, por la poderosa influencia que en la moral pública y en las costumbres de nuestros mayores ejercieron los frailes durante la colonia. A fines del siglo pasado y a principios del presente había seis órdenes religiosas establecidas en Quito, pues a los dominicanos, franciscanos, agustinos, mercenarios y belemitas se habían añadido los Padres de la Buena muerte. Los dominicanos tenían en Quito dos conventos, el máximo y la Recoleta; los franciscanos poseían tres, el grande, el de San Riego y el llamado colegio de San Buenaventura, que era de estudios para los jóvenes de su orden.

Los agustinos fundaron también una recoleta, en la altura denominada de San Juan Evangelista,   -486-   pero no subsistió en regularidad y observancia sino muy poco tiempo. Mayor fama de austeridad y más larga duración alcanzó la Recoleta fundada para los mercenarios a mediados del siglo pasado.

Desde los primeros años de la fundación de la ciudad de Quito poseían los mercenarios, en las faldas del Pichincha, unos cuantos solares de tierra, que les fueron donados por los mismos conquistadores y fundadores de la ciudad, cuando hicieron los repartimientos de terrenos entre los primitivos pobladores de ella. En esos solares construyeron un tejar, y junto al horno donde asaban los ladrillos y las tejas, levantaron una capilla muy pequeña, en la cual veneraban una imagen de la Santísima Virgen, pintada en la pared; allá por los años de 1740, comenzó a hacerse célebre el tejar de los Padres de la Merced, porque en la cuaresma se recogía a aquel sitio un fraile, cuya vida austera y penitente tenía a   -487-   toda la provincia santamente admirada. El tejar llegó a ser famoso en Quito.

La colina, bastante pendiente, domina la ciudad; dos quebradas profundas separan el sitio y en cierta manera lo aíslan de los demás terrenos del contorno; y allí, donde ahora se levantan los muros pintorescos del convento, en la época a que se refiere nuestra narración no había más que una ladera solitaria, cubierta de menuda grama silvestre; junto a la capillita de la Virgen se extendía, de Oriente a Occidente, el enorme cobertizo o galpón donde se fabricaban las tejas; dos chozas pajizas, en que moraban los indios gañanes, y el horno enhiesto entre unos cuantos arbustos formaban el conjunto de aquel lugar humilde y silencioso; por su misma soledad y apartamiento lo escogió el padre fray Francisco Bolaños para retirarse a practicar ejercicios espirituales durante el tiempo de Cuaresma; el ejemplo del padre Bolaños estimuló a otros religiosos, y pronto el galpón se convirtió en claustro, con unas celdillas tan pequeñas y estrechas, que los frailes vivían en ellas con grande incomodidad. Tal fue el origen de la célebre Recoleta del Tejar.

Principiaron a decir Misa los padres en la capilla, y acudía tanta gente que fue indispensable agrandarla; se echaron luego los cimientos de una iglesia nueva, que se dedicó a San José, y se trató de edificar un convento, porque crecía el número de religiosos que anhelaban recogerse a la soledad y acudían muchos jóvenes pidiendo ser recibidos como novicios. El padre Bolaños era hombre emprendedor y a quien no desalentaban   -488-   las dificultades; no tenía un centavo para principiar la obra de la construcción de la iglesia y del convento; vendió un libro en doce reales, y, con ese tan exiguo capital, abrió los cimientos de la Ermita de San José; comenzado el trabajo, las limosnas no faltaron, y con ellas y sólo con ellas se dio cima a la obra de la iglesia del convento.

El padre Pedro Yépez con el padre Salvador Saldaña y un hermano donado salieron a solicitar limosnas; recorrieron gran parte del territorio ecuatoriano desde Quito hasta Pasto; desde esta última ciudad bajaron a Barbacoas, y de Barbacoas se embarcaron a Panamá; luego pasaron a la isla de Cuba y de ahí a Guatemala y a México; de México el padre Saldaña regresó a Quito y el padre Yépez se hizo a la vela para España y visitó Castilla y la nueva Andalucía. Llevaban estos padres una imagen de la Santísima Virgen en su advocación de las Mercedes, a la cual invocaban con el nombre de la Peregrina.

Casi a los quince años tornó a Quito el padre Yépez, dando la vuelta por Buenos Aires, Chile y Lima; había recogido en limosnas más de cuarenta mil pesos, y traía cincuenta cajones de libros valiosos para el nuevo convento. Sin embargo, grandes contradicciones y dilatados padecimientos le esperaban aquí al padre; disgustos domésticos, rivalidades de convento y ruines envidias acibararon desde Buenos Aires los postreros años de este religioso, cuya limpieza de costumbres era una muda censura de la vida relajada de la mayor parte de sus colegas de hábito. Era el padre fray José de Yépez y Paredes   -489-   varón íntegro, muy instruido, naturalmente elocuente, gran improvisador y de exquisita cultura en su trato y conversación; estaba envanecido de que por sus venas corriera la sangre de Mariana de Jesús, y su conducta no desmentía de tan noble parentesco.

Este padre fue el más activo cooperador que tuvo el padre Bolaños en la fundación del Tejar. Quito veneraba con razón al fundador del Tejar, porque en el padre Bolaños resplandecían virtudes de veras heroicas: mortificación extraordinaria, desprendimiento absoluto de las cosas de la tierra, mansedumbre ejemplar y devoción fervorosa. El padre Bolaños era conocido en Quito con el significativo nombre de el padre Grande, y el pueblo no le llamaba de otra manera. Alto de cuerpo, sumamente demacrado, con la cabeza caída sobre el pecho, el semblante pálido, el rostro lleno de bondad, y la mirada siempre modesta, el padre fray Francisco Bolaños daba, hasta en su exterior, muestras claras de su virtud verdaderamente sólida y nada vulgar. Durante medio siglo fue el ejemplo de la ciudad; había nacido en Pasto, en el año de 1703, de una familia noble y piadosa; a los quince años de edad tomó el hábito de la Merced y falleció en una ancianidad ya muy avanzada, porque contaba ochenta y tres cuando murió el año de 1785. El padre Bolaños y el padre fray Dionisio Mejía fueron los dos religiosos más célebres que hubo en Quito en el siglo decimoctavo; el padre Mejía fue agustino, y el fundador de la Recoleta de San Juan152.

  -490-  

Mucho tiempo después de aquel en que se fundaron en Quito las dos recoletas de agustinos y de mercenarios, se llevó a cabo la traslación definitiva de los segundos de la ciudad de Portoviejo a la de Guayaquil. El convento de la Merced era el único que había en Portoviejo; pero, como la ciudad hubiese venido muy a menos y como no se vislumbrara siquiera la esperanza de su mejoramiento, dispuso la Audiencia que el convento fuera trasladado a Guayaquil; verificose la traslación, dándoles a los mercenarios la iglesia parroquial de ciudad vieja, construida en la calle divisoria de los dos curatos en que estaba dividida la ciudad. Como ésta había crecido considerablemente, fue indispensable construir otras dos iglesias más, a los dos extremos de la población; cedida, pues, en 1797 a los mercenarios la iglesia de ciudad   -491-   vieja, se levantó la de la Concepción. Don Alejo Giraldés, Escribano de Cabildo, recogió limosnas y edificó la capilla de San Alejo, en el barrio del Astillero, que fue donde al principio estuvo el convento de la Merced.

Al paso que unas poblaciones de la costa decaían y se arruinaban, otras iban prosperando y algunas se fundaban de nuevo, como la de Babahoyo, en el punto donde existían las casas que servían de bodegas para el comercio de Quito con Guayaquil. El fundador de Babahoyo fue un caballero rico, llamado don Carlos Betember y Plazaert, quien, en 1756, con su propio dinero, compró unas cuantas cuadras de terreno y lo donó a los que quisieron avecindarse en la nueva población, que edificó con el nombre de Santa Rita de Babahoyo.

  -492-  

A fines del siglo pasado había, pues, experimentado la colonia y principalmente la ciudad de Quito no pocas modificaciones en el estado eclesiástico; en vez de los jesuitas se habían fundado en Quito los clérigos regulares llamados Agonizantes o Padres de la Buena Muerte, a quienes se les dio la iglesia que desde la expulsión de los jesuitas había permanecido abandonada; la cual, casi a los treinta años, fue restituida de nuevo definitivamente al culto público. Tres fueron los primeros padres Agonizantes que vinieron a Quito, y uno de ellos precisamente el padre Camilo Henríquez, que tan célebre se hizo poco después en Chile como patriota, cuando la revolución de la independencia. Llegaron a Quito en agosto de 1407, y a fines del mismo mes tomaron posesión de la iglesia de la Compañía, celebrando una fiesta en la cual predicó el padre Henríquez. Estos religiosos vinieron de Lima, y se fundaron en Quito con los legados que, para aquel objeto, dejaron dos individuos acaudalados del tiempo de la colonia. El superior de los Agonizantes fue el padre José Romero, el cual muchos años después falleció en Quito; los nuevos religiosos abrieron noviciado y, en breve tiempo, formaron una comunidad numerosa, que no continuó prosperando153.

  -493-  

Las casas religiosas de mujeres contaban en Quito, desde mediados del siglo decimoctavo, con una más, a saber la llamada El Beaterio, fundada por unas cuantas señoras virtuosas, que, bajo la dirección de un religioso mercenario, juntando algunos recursos, dieron principio a aquel establecimiento, a fin de que sirviera de asilo a las jóvenes que no se sintieran con vocación para la vida monástica. Esta casa dependió algún tiempo de los Padres de la Merced; mas después pasó a manos del Ordinario eclesiástico; aumentáronse los bienes y no decayó tampoco el esmero en la práctica de las virtudes cristianas. El padre fray Gaspar Lozano, primer director del Beaterio, era natural de Cuenca, y gozaba en Quito, con justicia, de la fama de buen religioso y varón lleno del temor de Dios154.

Hemos enumerado las nuevas casas religiosas que se fundaron en la colonia en el siglo pasado   -494-   y a principios del actual; demos a conocer ahora cuál era el estado de la observancia monástica en las comunidades regulares del tiempo de la colonia.




III

Había solamente tres hospitales: el de Quito y el de Cuenca, confiados al cuidado de los Hermanos de Nuestra señora de Belén, y el de Guayaquil a cargo de los religiosos de San Juan de Dios. El número de conventos de regulares era considerable, pues no había población algo importante en las provincias que componían la presidencia de Quito que no tuviese siquiera tres, uno de dominicanos, otro de franciscanos y otro de agustinos; los mercenarios estaban menos difundidos. El número de religiosos, aunque ya no tan crecido como en los primeros tiempos de la colonia, con todo era todavía muy digno de consideración; en Quito se contaban de ordinario de trescientos a cuatrocientos frailes. En los conventillos de las ciudades secundarias había casi siempre cuatro religiosos, y aún más en los de franciscanos; en los curatos administrados por regulares no faltaban, por lo común, siquiera dos, y los franciscanos llegaron a contar cien frailes ocupados en las que ellos no llamaban curatos sino doctrinas. Asombroso era, pues, el número de religiosos que había en la colonia; gran fortuna hubiera sido para la colonia, si tantos religiosos hubiesen sido fieles a la observancia de sus santos votos y hubieran estado animados del espíritu evangélico de los fundadores de las órdenes   -495-   monásticas. Pero, por desgracia, la relajación de la moral era consumada; no sólo no había observancia de las reglas e institutos claustrales, sino que se echaba de menos hasta la guarda de los preceptos del Decálogo en puntos gravísimos para la moral y buenas costumbres. Y lo que es aún más triste: el escándalo, a fuerza de ser público y muy común, había perdido el carácter de escándalo, y los pueblos estaban tan acostumbrados a presenciar la vida licenciosa de los frailes, que ya ni caían en la cuenta del escándalo. La sociedad estaba, pues, arruinada por los mismos que debieran ser los conservadores y los defensores de la moral. ¿Tendría remedio semejante mal? Creció tanto el escándalo que, torcido completamente el criterio moral en punto a la honestidad de las costumbres, se llegó a estimar como timbre de honra para las familias lo que en cualquiera otra parte del mundo las hubiera infamado necesariamente. Las virtudes habían sido expulsadas de los claustros, y los vicios habían invadido el santuario; la relajación a que habían llegado los religiosos en tiempo de la colonia fue tan grande, que no ha tenido semejante en los fastos de la Iglesia católica; en todas partes, en todo tiempo, al mal se le ha llamado mal; y al escándalo, escándalo; solamente nuestros frailes lograron que el escándalo llegara a tenerse como título de honra. ¡Tan relajada estuvo la moral y tanto pudo la audacia del escándalo!... Si, acaso, no temiéramos manchar nuestra pluma, referiríamos algunos de los innumerables hechos escandalosos de aquel tan desgraciado tiempo; pero ¿para qué referirlos? De lo que ya antes hemos   -496-   narrado, se puede inferir lo que dejamos ahora sepultado en el silencio.

Honra de la Iglesia católica han sido siempre las comunidades religiosas; solamente en Quito, en tiempo de la colonia, no lo fueron; ni ¿cómo habían de serlo? La esencia de la perfección religiosa está en la guarda de los consejos evangélicos y en la observancia de los tres votos, de pobreza, de castidad y de obediencia. ¿Qué era del voto de pobreza? Los frailes eran ricos, acaudalados y poseían bienes, que legaban a individuos particulares; un provincial de San Francisco fue asesinado por su mismo sirviente, que, acompañado de dos amigos, dio muerte al padre, en altas horas de la noche, para robarle el caudal que, en oro, tenía el desgraciado. ¿Dónde la clausura? Los religiosos sacerdotes vivían en casas particulares, y allí comían y allí dormían y allí se enfermaban y allí morían; moraban de asiento en el monasterio, sólo cuando de muertos les daban sepultura en el convento.

La mayor calamidad que padeció nuestra sociedad en tiempo de la colonia fue, indudablemente, la relajación escandalosa de los frailes; relajación, ¿escandalosa solamente? No, ¡escandalosa hasta el cinismo! El Gobierno español conoció el mal, lo estudió despacio, deseó remediarlo; pero se encontró sin fuerzas para ello155.

  -497-  

Muchas y poderosas causas contribuyeron para esta tan incurable relajación de las comunidades religiosas en tiempo de la colonia. Una fue la alternativa, que consistía en que durante un período era provincial un español, y durante otro, un americano; en el período del español eran también españoles todos los definidores o consultores de provincia y hasta los prelados de los conventillos. Para la conservación del estatuto de la alternativa, los padres españoles hacían venir de España, con frecuencia, algunos frailes; no, por cierto, de los mejores, ni siquiera de los buenos, sino de los que allá merecían castigo por su vida disipada; de este modo la observancia era imposible en los conventos de la colonia. De la alternativa se originaron las divisiones y los odios, las rivalidades y disturbios entre americanos y españoles; faltó la caridad fraterna, y, según   -498-   la frase de San Jerónimo, los conventos se convirtieron en trasunto del infierno. Sine charitate coenobia sunt tartara156.

  -499-  

Ni entre los mismos americanos reinaba la caridad; envidias, enemistades y enojos escandalosos eran frecuentes entre ellos. Divididos españoles y americanos, encendidas las rivalidades de españoles con españoles, de españoles con americanos, y de americanos con americanos, las comunidades religiosas eran una piedra de escándalo   -500-   para la sociedad civil. La elección de provincial era un acontecimiento grave para el público, la sociedad entera se conmovía, había bandos y divisiones hasta entre las mismas familias, y nuestros mayores se acaloraban tanto en las elecciones de provinciales de los cuatro conventos de Quito, que las elecciones eran temidas como una calamidad pública por los vecinos honrados y pacíficos.

Los capítulos de los frailes eran, en verdad, una calamidad pública; toda la ciudad se trastornaba, y nadie hablaba de otra cosa sino de la próxima elección. Los capítulos más ruidosos eran siempre los de los dominicanos. En 1764 los agustinos, capitaneados por fray Joaquín Chiriboga, depusieron a su legítimo provincial, que lo era fray Juan de Luna. Un día, a campana tañida, acudieron todos los conjurados con armas, se apoderaron del provincial y lo pusieron preso; la mayor parte de los sublevados la componían los frailes curas que, sin licencia ninguna del prelado, habían abandonado sus parroquias y venido ocultamente a la ciudad, para llevar a cabo la facción contra su legítimo superior. Encarcelaron y pusieron en el cepo a los que rehusaron cooperar al cisma. ¿Merecía llamarse comunidad religiosa una sociedad en la que tan fáciles eran semejantes escándalos? El provincial depuesto acudió a la Audiencia pidiendo amparo contra los rebeldes, y la Audiencia contestó que acudiera al Padre General de la Orden; acudieron, en efecto, ambas partes, y, al cabo de algunos años, resolvió el Padre General que el padre Chiriboga había procedido mal, y que el   -501-   provincial legítimo era el depuesto; por todo castigo, al padre Chiriboga se le privó de voz activa y pasiva, lo cual, en el lenguaje monástico, equivalía a no poder ser elegido para los destinos del convento y a no poder dar voto por otro en las elecciones; la misma pena se impuso a sus cómplices, pero de ella fueron dispensados después de breve tiempo. Indignose el rey Carlos tercero cuando supo la manera como el General de los agustinos había castigado el cisma escandaloso de los frailes de Quito, y ordenó que el padre Chiriboga fuera remitido preso a España, como se verificó puntualmente. El vigor con que Carlos tercero reprimió los escándalos dados por los frailes hizo que los trastornos fueran menos frecuentes, siquiera por algún tiempo.

La comunidad de la Merced, que en el siglo decimoséptimo se condujo con mesura y circunspección, en el decimoctavo decayó miserablemente y causó alborotos como las demás en las elecciones de sus provinciales. ¡Quién podía ni sospecharlo siquiera! La relajación de los mercenarios fue promovida y estimulada por un Visitador, que vino de España, con el encargo de restablecer la observancia; llamábase fray Francisco Momoitio. Suprimió el canto del Oficio divino en el coro, dispensó de la oración mental y concedió a cuantos le pidieron el privilegio de morar fuera del claustro; estos privilegios los otorgaba a precio de dinero. La conducta del Visitador causó una división espantosa en la comunidad; los viejos sostenían la observancia y contradecían al Visitador; los jóvenes lo apoyaban fervorosamente, y se aprovechaban, sin escrúpulo,   -502-   de los privilegios que les vendía el simoniaco prelado.

El negocio fue puesto en tela de juicio, y los viejos apelaron al Virrey, solicitando que se desterrara al Visitador; y tan afortunados estuvieron en sus reclamos, que el Virrey de Bogotá obligó al Visitador a salir de Quito y regresar inmediatamente a España. Afligido por las contradicciones, púsose, pues, de mala gana, en camino el padre Momoitio; tomó la dirección hacia Cartagena; pero, así que llegó a Popayán, enfermó gravemente y murió, dejando como espolios una gruesa suma de dinero y como recuerdo de su venida a Quito una triste memoria en los anales de su orden. El Padre General de los mercenarios protestó contra los frailes viejos de Quito, alegando que no era posible que el padre Momoitio hubiera cometido los abusos de que se le acusaba. Desde entonces la comunidad de la Merced descaeció en la observancia, sin que le fuera fácil convalecer de la relajación introducida por el Visitador.

Otra de las causas de la relajación de los conventos de Quito era la administración de las doctrinas o curatos que poseía cada comunidad. Cuando recién se descubrieron y conquistaron las vastas regiones de México y del Perú, la gran muchedumbre de indios y el escasísimo número de clérigos obligó a Felipe segundo a pedir al Papa una dispensa, para que los regulares se hicieran cargo del ministerio parroquial; he ahí el origen de los curatos de los frailes en México, en el Perú y en otras provincias de América, he ahí el origen de las famosas doctrinas de   -503-   los regulares, contra las cuales hablaron y escribieron algunos varones insignes de las mismas órdenes religiosas.

El fin por el cual los regulares fueron instituidos párrocos fue, pues, única y exclusivamente la evangelización de los indios, la reducción de las tribus indígenas a la religión cristiana. Instruidos en las creencias cristianas, bautizados y enseñados los indios, formadas poblaciones estables y amaestrados en las prácticas de la vida civilizada, el ministerio de los regulares debía haberse dado por concluido; mas no sucedió así; continuaron ejerciendo el cargo de curas, y disfrutando de los proventos de sus beneficios, con absoluta prescindencia del voto solemne de pobreza. La vida de curas, en las poblaciones del campo, en medio de los indios, les sirvió a los frailes de ocasión próxima para caer en vicios y adquirir costumbres inmorales; el encierro en los conventos les era ya insoportable, y habían abandonado por completo las prácticas de la vida monástica. El fraile cura ya no podía ser buen religioso, la vida común le era insoportable.

Los curatos se distribuían en los capítulos, y el provincial nuevamente electo remuneraba con ellos a los que habían pertenecido a su bando y cooperado a su elección. Cada curato pagaba al convento una pensión anual en dinero y, además, una cuota al provincial. Los frailes curas eran verdaderos propietarios que manejaban dinero y daban gruesas sumas a mutuo, como logreros seculares. Y ¿cómo era adquirido ese dinero? Ese dinero era adquirido oprimiendo a sus feligreses, principalmente a los indios, con   -504-   pensiones y gabelas injustas, por la administración de los sacramentos; además de las primicias había de pagársele al cura todo acto del sagrado ministerio; muchos de estos frailes curas ignoraban la lengua de los indios, y otros eran tan inmortificados que hacían acarrear a los pobres indios enfermos a la casa del cura, por la pereza de irlos a confesar en las chozas de ellos en el campo, a consecuencia de lo cual morían no pocos; en exigir derechos mortuorios de los infelices eran duros hasta la más inaudita crueldad, y hubo poblaciones de indios que vinieron muy a menos, porque los indios huían y emigraban a partes remotas, acosados por las exacciones de los frailes curas. Y ¿qué era entre tanto de la moral? ¡La moral cristiana! ¡Ah, los feligreses casi nunca podían aprender la virtud de la vida de sus párrocos, cuya audacia para el escándalo parece increíble!... La religión cristiana la habían reducido los frailes curas a la creencia firme en los dogmas y enseñanzas del catolicismo y a las prácticas exteriores del culto, prescindiendo por completo de la moral. ¿Qué moral habían de enseñar ellos, cuya vida pudiera tomarse por una absoluta profesión de epicureísmo? ¿Cómo habían de reprender con autoridad los que llevaban a la faz del público una vida tan reprensible?

Otra de las causas de la relajación de las comunidades religiosas de Quito fue la impunidad. Los obispos no podían nada bajo ese respecto, porque los frailes alegaban que eran exentos de la jurisdicción del Ordinario; y, cuando éste quería reprenderlos, lo dejaban burlado haciendo   -505-   ostentación de bulas y de privilegios apostólicos, o le suscitaban pleitos y acusaciones; prelados hubo tan autorizados como el ilustrísimo señor Ladrón de Guevara, que dijeron claramente que no se atrevían a corregir a los frailes, de miedo. ¿De qué tenían miedo los obispos? ¡Tenían miedo de las calumnias y falsos testimonios con que los frailes se solían vengar del celo de los prelados!... Además, los recursos de fuerza y el nombramiento de jueces conservadores eran arbitrios con los cuales a menudo no sólo quedaba eludida, sino humillada la autoridad episcopal. Pero, los provinciales ¿no pondrían remedio a los males que causaban los frailes curas? La autoridad de los provinciales era nula, ya porque éstos no querían disgustar a sus súbditos, ya porque también los superiores eran culpables, y su conducta muy reprensible. Los buenos obispos se contentaron, pues, con gemir en silencio, siendo testigos de escándalos que no podían corregir157.

Tampoco la opinión pública podía ser un freno para los que habían perdido ya todo pundonor y toda vergüenza, y vivían en medio de una sociedad   -506-   cuyo criterio moral habían logrado pervertir. El mal fue echando raíces y tomando proporciones espantosas. Órdenes repetidas del Rey vinieron para que en los capítulos no tuvieran voto los superiores de los conventillos, a no ser que hubiera en ellos ocho religiosos que vivieran constantemente dentro del claustro, formando comunidad; pero estas órdenes fueron burladas, porque los superiores hacían figurar como claustrales a los frailes ocupados de coadjutores en las parroquias cercanas. Asimismo, órdenes apretadas y disposiciones pontificias fueron necesarias para que los regulares dejaran, poco a poco, los curatos y se redujeran a vivir en sus conventos; casi sesenta años transcurrieron, y todavía las disposiciones pontificias no tenían entero cumplimiento; tan grande era el número de curatos pertenecientes a los regulares.

Había también otra causa y muy poderosa para la relajación de las comunidades religiosas. Esa causa era la falta absoluta de vocación al estado religioso en muchos de los que profesaban en los conventos. La sociedad de la colonia estaba organizada según el sistema de clases o jerarquías más o menos nobles, y los que se metían en los conventos eran, por lo regular, los hijos de las ínfimas clases de la sociedad quiteña, casi siempre gente ruin y despreciable, falta de bienes de fortuna, y que iba al claustro buscando cómo vivir y cómo socorrer a sus familias; para todos éstos, el hacerse frailes era una industria lucrática, mediante la cual alcanzaban comodidades para la vida temporal y consideración de parte de la sociedad. Con semejantes vocaciones, ¿habría   -507-   observancia? ¿Sería moralmente posible el desinterés?... Hubo religiosos buenos, pero ésos fueron una excepción; lo regular, lo común, lo ordinario, fue el escándalo; los buenos se asilaban en las recoletas, huyendo de los conventillos de provincia, de los conventos máximos de Quito y, sobre todo, de los curatos o doctrinas.

En fin, conviene indicar o insinuar solamente una otra causa de relajación de las comunidades religiosas en el siglo pasado; pues, los conventos abrieron sus puertas, y las abrieron de par en par, a todos aquellos a quienes por la ilegitimidad de su nacimiento los cánones se las han cerrado, declarándolos indignos e inhábiles para recibir órdenes sagradas. Ultraje más atrevido contra la moral cristiana era imposible; en el mismo altar ofrecían a la vista del público el incruento Sacrificio los que públicamente llevaban apellidos que la moral les prohibía llevar. Traían a los claustros ya profanados un nacimiento vergonzoso, y ultrajaban la religión santificando un escándalo.

Las comunidades de religiosas habían caído también en un estado lamentable de relajación; excepto los monasterios de carmelitas descalzas de Quito y de Cuenca, todos los demás yacían postrados y necesitaban de reforma. El número de monjas era muy crecido en cada convento, y todavía lo era mucho más el de mujeres seglares que acompañaban a las monjas como criadas, y sirvientes y ahijadas de ellas; en semejantes conventos ni el silencio, ni la clausura, ni el recogimiento eran posibles; y, como carecían de refectorio común, cada religiosa practicaba   -508-   alguna industria para proveerse a sí misma y a sus dependientes de las cosas necesarias para la vida. De los fondos del monasterio se le acudía a cada monja con una pensión semanal, en dinero.

La celebración de capítulos en estos monasterios de mujeres era, de ordinario, como en los de los frailes, ocasión necesaria de ruidos, de alborotos y de trastornos, en que tomaban parte las familias de la ciudad y principalmente los eclesiásticos amigos de las religiosas. En 1768 se dividió en dos bandos la comunidad de monjas del convento de Santa Catalina de Sena; esta comunidad se hallaba entonces, como continúa hasta ahora, bajo la inmediata dependencia de los padres dominicanos. Una parte de las monjas soportaba difícilmente la autoridad de los frailes, casi siempre muy pesada y nada discreta; eligieron, pues, éstas priora a sor María Josefa de San Ramón; las otras dieron sus votos por sor Manuela de Santo Domingo. La elección tuvo lugar el 29 de enero de 1768.

Las electoras eran treinta y siete, de las cuales veintidós dieron sus votos por la madre María Josefa de San Ramón, y quince se decidieron por la otra.

El Provincial de los dominicanos, a quien tocaba dar la confirmación para que la elegida pudiera hacerse cargo del gobierno del convento, no quiso confirmar la elección de la que había obtenido la mayoría de votos, pretextando que le faltaba la edad requerida por las constituciones de la orden, y declaró canónicamente electa a la otra, a pesar del escaso número de votos que había   -509-   obtenido en su favor; apelaron las monjas de la resolución del Provincial para ante el General; negoles la apelación el Provincial; las monjas interpusieron recurso de fuerza, y el asunto pasó a la Audiencia; entretanto, el monasterio ardía en disensiones, y el reñir de unas con otras era cuotidiano. La monja Manuela de Santo Domingo con trece de sus partidarias abandonó un día el convento, atravesó las calles de la ciudad y fue a hospedarse con todas las suyas en la Recoleta, donde las recibieron los frailes; pero al punto bajaron el Obispo y el Presidente e hicieron regresar decorosamente a su clausura a las tránsfugas. Los tiempos iban mejorando; los dominicanos en esta ocasión no se atrevieron a renovar con las cuitadas de las monjas las escenas grotescas con que escandalizaron a Quito un siglo antes; reinaba Carlos tercero, los jesuitas acababan de ser expulsados de América y los frailes se recataron, temiendo la inexorable severidad del Monarca; el orden volvió a establecerse en Santa Catalina pacíficamente.

La moral cristiana había padecido un lamentable quebranto a consecuencia de los malos ejemplos y torcida dirección del criterio público; el número de religiosos era grande, pero en los claustros no florecían las virtudes.

Los curas seculares eran, por lo regular, mejores que los religiosos, porque estaban más subordinados a la autoridad de los obispos, que vigilaban sobre ellos, y los pecados no siempre quedaban impunes. Grave obstáculo para la autoridad de los obispos eran los recursos de fuerza, con los cuales la jurisdicción espiritual había   -510-   perdido su libertad o independencia; la Audiencia patrocinaba, de ordinario, a los clérigos que merecían corrección y castigo. Los eclesiásticos buenos no rehusaban estar sometidos a la autoridad de los obispos; los díscolos se acogían al amparo de la Audiencia, porque aquí, en la América española, en ningún tiempo ha sido menos libre ni menos independiente la autoridad eclesiástica que en la época del régimen colonial.

Las manifestaciones solemnes del culto público, la celebración de fiestas y procesiones, la competencia en el adorno de los templos, la profusión del alumbrado en los altares, y la música, siempre magnífica, contribuían durante la colonia a mantener constantemente vivo y excitado el sentimiento religioso; pero en la celebración de las fiestas católicas se prescindía del todo del culto del espíritu; eran espectáculos solemnes, a los cuales concurría el pueblo entusiasmado, aunque no salía de ellos mejorado; y tan extraviado estaba el criterio católico, que las fiestas religiosas no se calificaban de solemnes sino cuando a las funciones del templo precedían y seguían divertimientos profanos, muchas veces pecaminosos, como las corridas de toros.

¡Las corridas de toros! Ésta era en tiempo de la colonia la diversión popular, la más apetecida y la más agradable de todas; con ella se daba mayor solemnidad a las fiestas de los santos, con ella se agasajaba a los presidentes y a los obispos cuando llegaban a Quito por la primera vez, con ella se procuraba mayor realce a los festejos de la coronación de los Reyes, con ella se alegraban los frailes en sus capítulos cuando elegían   -511-   provincial, y con corridas de toros se concluían también a veces las elecciones de abadesas en los monasterios de monjas. Las corridas de toros se llamaban por antonomasia fiestas, y, cuando habían estado muy buenas, se decían fiestas reales; en el lenguaje de nuestros mayores habrá fiestas reales era lo mismo que decir habrá corridas magníficas. Pero ¿cómo eran las corridas? No había plaza construida a propósito para aquel objeto; en la mayor de la ciudad, se levantaban al contorno palcos improvisados, que se llamaban tablados; el recinto de la plaza, cerrado con barreras, era ocupado por los curiosos, y el más audaz o el más diestro era el que sacaba el lance al toro, al cual lo embravecían adrede, no satisfechos con su nativa ferocidad. Días antes de principiar la corrida, salían a caballo con música y cohetes los alcaldes ordinarios, para convidar a los barrios de la ciudad a la celebración de las fiestas; los cabildos civiles tenían como uno de sus más importantes deberes el de promover las corridas y procurar que fueran alegradas con disfraces y mojigangas; cuanto más furioso y bravío era el toro, tanto más regocijada se manifestaba la concurrencia, y la corrida continuaba y el regocijo no se alteraba, aunque uno tras otro fuesen despedazados por los cuernos de la fiera los temerarios que se habían presentado ebrios a desafiar su furia. El muerto era sacado de la plaza y la corrida seguía con loco frenesí. ¿Estamos describiendo fiestas de nuestros mayores o, tal vez, fiestas paganas? ¡Santa luz del Evangelio, cuántas nubes impedían todavía vuestra influencia civilizadora!...

  -512-  

En estas corridas de toros las municipalidades de la colonia desperdiciaban gruesas sumas de dinero, aunque entonces no se había establecido todavía ni una plaza de mercado ni el alumbrado público158.




IV

A fines del siglo pasado, inmediatamente después de la expulsión de los jesuitas, experimentó una modificación trascendental la dirección espiritual de las conciencias, llegando a un extremo increíble de estrechez y de rigorismo. Desterrados los jesuitas, se organizó contra ellos una persecución sistemática; se les atribuyeron doctrinas corruptoras y demasiado laxas; se calumnió a los grandes teólogos de la Compañía, como propagadores de lo que se dio en llamar laxismo o probabilismo, y se recomendaron las   -513-   opiniones de aquellos doctores que predicaban el rigor y la severidad; de aquí provino en el clero de la colonia una intemperante austeridad para con los fieles, a quienes de ese modo alejaron de la frecuencia de Sacramentos, con grande quebranto de las buenas costumbres. En su afán de extirpar de raíz las opiniones laxas de los expulsados (a lo menos así lo creía de buena fe Carlos tercero), expidió el Tomo regio u orden gubernativa, por la cual exhortaba a los obispos de América que celebraran sínodos diocesanos y se congregaran en Concilios provinciales, para discurrir acerca de la manera cómo debían trabajar por la reforma de las costumbres, así en el estado secular como en el eclesiástico. En efecto, obedeciendo las órdenes del Rey, tuvo lugar la celebración del Cuarto Concilio Provincial Limense, cuyos estatutos no se pusieron en práctica, porque no alcanzaron ni la revisión del Consejo de Indias ni la aprobación de la Silla Apostólica. El ilustrísimo señor Minayo, entonces Obispo de Quito, no asistió a este Concilio159.

Tal es el cuadro que del estado de la colonia en el siglo pasado hemos podido trazar, con la mayor sinceridad y con la más estricta imparcialidad; pero, para que sea completo, todavía falta   -514-   un rasgo esencial, a saber, el relativo a la raza indígena y a la condición social en que ella se encontraba. Hablemos ya de este asunto.




V

La conquista de América fue el encuentro repentino y el choque violento de dos razas distintas, la más civilizada de las cuales no pudo menos de triunfar sobre la otra y domeñarla. Los indígenas quedaron vencidos por los españoles y se conservaron sujetos a ellos, dominados por sus vencedores y reducidos a la condición de criados o sirvientes de los blancos.

La distinción de la raza se mantuvo permanentemente, sostenida por las costumbres y sancionada por las leyes.

Hubo, pues, en las provincias de la Audiencia de Quito (como en todas las demás de la América española), dos pueblos distintos, dos razas diversas, que vivían en el mismo lugar y obedecían al mismo Soberano. Los indígenas conservaron tenazmente los usos distintivos de su raza; vestidos casi como en el tiempo de su gentilidad, con su larga cabellera en señal de su raza, y, sobre todo, su lengua materna, su idioma propio. De las costumbres españolas los indígenas no aprendieron espontáneamente casi nada bueno, ni siquiera la mayor comodidad en sus habitaciones, las cuales siguieron siendo tan rústicas, tan primitivas como antes. Relegados a vivir en el campo, aislados unos de otros, formaban poblaciones exclusivamente habitadas por ellos solos; en los actos del culto, separados diligentemente   -515-   de los blancos y sometidos a un régimen de eterno pupilaje. ¿No eran un pueblo al lado de otro pueblo? ¿No eran dos pueblos distintos? ¿No eran un pueblo vencido y dominado por otro pueblo? Considerada la condición moral de los indios desde el punto de vista religioso, es necesario confesar que estaban muy lejos de ser buenos cristianos; de la Iglesia católica eran hijos indudablemente; el santo Bautismo los había agregado al seno de ella, y participaban también de algunos Sacramentos, como el Matrimonio, la Penitencia y la Confirmación; de la Eucaristía, ordinariamente, no se los juzgaba dignos, a causa, según se pretextaba, de su rusticidad y mucha ignorancia; pero la rusticidad no era tanta que no acertaran a discernir el pan ordinario del Pan eucarístico, y la ignorancia argüía descuido por parte de los párrocos. El indio manifestaba, pues, su cristianismo contribuyendo para las fiestas religiosas de su parroquia; cohetes y pólvora, música ruidosa, danzas y bailes incansables, he ahí las fiestas de los indios, quienes no entraban siquiera muchas veces a la iglesia y se dejaban estar holgando afuera, mientras se cantaba la Misa dentro.

Había quedado la religión de los indios concretada a las prácticas externas solamente; ni era fácil descubrir si en la estrepitosa celebración de las fiestas de los santos festejaban a éstos o practicaban supersticiones añejas, heredadas de sus mayores.

El indio, ordinariamente, carecía de propiedad; vivía a expensas de su jornal, siempre endeudado y sujeto al trabajo forzado. Las cédulas   -516-   expedidas a la Audiencia de Quito y a los presidentes, para que cuidaran de que los indios fueran tratados bien por los curas y por los blancos, son muchas, lo cual prueba que eran maltratados y que se quejaban de su maltratamiento. En verdad, pueblos hubo que quedaron casi desiertos, porque los indios, abandonando sus hogares, huían lejos, para librarse de las exacciones de algunos párrocos codiciosos y sin entrañas, y de los corregidores siempre peores que los malos párrocos.

Las consecuencias morales de la triste condición social de los indios fueron funestas; el indio, de suyo taciturno, reservado, melancólico, vivía alimentando en su ánimo un odio íntimo a los blancos; desconfiado hasta el extremo, miraba con recelo a todos los que no eran de su misma raza, y en todo cuanto hacían los blancos encontraba motivos de sospecha, sin que fuese posible conseguir nunca convencerle de que se buscaba su bien de un modo sincero y desinteresado. La religión la ignoraba; y cuando más cristiano parecía, entonces era cuando más taimado se mostraba; su puntualidad en asistir a las prácticas religiosas era forzada y efecto exclusivo del temor del castigo; como no todos los párrocos conocían y hablaban la lengua materna de los indios, éstos no podían recibir la instrucción religiosa necesaria y, careciendo de ella, vivían en un olvido completo de sus deberes cristianos; creían apenas en las verdades de la fe y hasta miraban con no disimulado desdén las ceremonias y prácticas del culto y se ostentaban solícitos sólo para sus fiestas y diversiones, porque siempre las fiestas   -517-   de los indios eran estrepitosas y prolongadas diversiones160.

El aborrecimiento que los indios tenían a los blancos y su odio concentrado a la raza dominadora, estallaban al punto que se presentaba una ocasión oportuna, y entonces en sus levantamientos y sublevaciones ejercían actos de una crueldad que horripila. Estas sublevaciones eran frecuentes, y muchas veces para ellas no había más motivo que la suspicacia de los indios y su cautelosa desconfianza de los blancos. Hablar de cada uno de estos levantamientos sería inútil; indicaremos tan sólo algo de lo que aconteció en los más famosos. En 1770 se sublevaron los indios   -518-   de Petate; en 1776 los de Guano y toda su comarca; al año siguiente los de Cotacachi, Otavalo, Caranqui y Atuntaqui; quemaron algunas casas de los pueblos, se apoderaron de algunos pasajeros indefensos y los asesinaron bárbaramente; una india dio de bofetadas al Coadjutor de Cotacachi, que era un fraile mercenario, a quien luego mataron enterrándolo vivo; a un cierto Delgado lo tenían colgado en un árbol, y de tiempo en tiempo lo bajaban para hacer que estuviera abrazado del cadáver de otros individuos a quienes habían asesinado; el Corregidor de Ibarra convocó a los vecinos de la ciudad, les hizo ver el peligro que les amenazaba y juntó un muy reducido cuerpo de tropa improvisada, provista de lanzas y de escopetas, y salió a dispersar a los indios, los cuales, en vez de dispersarse, hicieron resistencia y presentaron combate en la quebrada de Arcos; después de hora y media de   -519-   reñida pelea, se desbandaron. El presidente Diguja en persona fue a pacificarlos y, empleando medidas suaves, logró dejar tranquilos a los indios161.

El levantamiento de los de Guamote en 1799 fue espantoso; acometieron a un tiempo a los blancos en varios pueblos y les dieron muerte de la manera más feroz y sangrienta. Como la causa de la ira de los indios era el cobro del diezmo, tomaron al diezmero, lo amarraron a un poste; en presencia de él degollaron a todos sus hijos y abusaron carnalmente de su esposa en público, uno inmediatamente después de otro, muchos de los principales; cuando la infeliz señora estuvo exánime, la mataron; al marido luego le sacaron los ojos, y en las cuencas vacías y sangrientas le introdujeron piedras con tierra, y después de esto lo mataron, cortándole miembro por miembro. En Columbe le amputaron la mano izquierda al maestro de escuela, y, con su propia   -520-   sangre, le obligaron que escribiera unos cartelones, para ponerlos sobre las cabezas de otros blancos, hombres y mujeres, a quienes habían asesinado. En las inscripciones pusieron que eran escarmientos, hechos para que supieran lo que les aguardaba a los blancos y a los mestizos.

Guamote era curato de agustinos; el padre cura se redimió dándoles a los indios cuanto dinero tenía; uno de los coadjutores logró escaparse, arrojándose al campo por una ventana; montó a pelo en un caballo que encontró a mano y, a todo correr, se fugó a Riobamba; al otro coadjutor lo fueron a traer de Galte; lo descalzaron y lo flagelaron por todo el cansino, haciéndole unas veces bailar y otras caminar a carrera. Tanto en esta ocasión como en otras, cometieron actos de la más feroz deshonestidad. ¿Para qué los habíamos de referir en esta historia?

Pero, ¿y la religión? ¿Y los doscientos ochenta años que llevaba de cristianismo la raza indígena? En Cotacachi sacaron las imágenes   -521-   de los santos para amainar la furia de los indios, y los indios las despreciaron, gritando que no hacían caso de los muñecos de palo fabricados por los mestizos; el cura de Atuntaqui expuso el Santísimo Sacramento y colocó la Custodia en un altar, levantado en la puerta de la iglesia, y las muchedumbres de indios miraron con el más profundo desdén a la adorable Eucaristía y continuaron enfurecidos yendo y viniendo por delante del Sacramento; huyó el cura para salvar su vida, y el Sacramento hubo de estar abandonado dos días, expuesto en la plaza. También el padre cura de Guamote buscó un asilo en la iglesia; expuso el Santísimo Sacramento y comenzó a exhortar a los indios y a rogarles que se calmaran; pero ellos, a gritos, le intimaron que se callara, y acercándose al altar en que estaba el Sacramento sacudían furiosos la mesa con desprecio, daban aullidos y se ponían a danzar. Viendo esto el padre cura huyó, y la Divina Eucaristía quedó abandonada. ¿Eran verdaderos creyentes los indios? ¿Los indios, nacidos en el cristianismo y criados en el cristianismo? Nuestra alma se angustia mientras vamos trazando estas líneas, porque aún ahora, al cabo de otro siglo más, todavía pudiéramos hacer las mismas preguntas...

Muchos de estos levantamientos no tuvieron causa ninguna razonable; el de Guano, la formación del primer censo de la población que, por orden del Rey, comenzó a hacer don Juan José de Villalengua, entonces Fiscal de la Audiencia de Quito; para el de Cotacachi no hubo más motivo que la noticia de que se iba a establecer la   -522-   aduana; preguntaron los indios qué era eso de aduana y entendieron muy mal, suponiendo que los habían de marcar a todos ellos y a sus mujeres y a sus hijos, y otras cosas asimismo ridículas; cuando el de Guamote, creyeron que se les exigía el diezmo de sus hijos, dando de cada tres, uno. El indio sospecha siempre del blanco, le aborrece y sufre en silencio, hasta el momento en que siente que le aguijonea la venganza, y entonces se lanza con furor a cometer crímenes que horrorizan.

Los indios en la costa, por esta época, habían desaparecido completamente; en las provincias interandinas iban disminuyendo, diezmados por los estragos de la embriaguez, que era la pasión más dominante de ellos, y a la cual se entregaban con exceso. La embriaguez en todo tiempo ha sido (y es todavía), no solamente la pasión dominante, sino el lujo, la gala y el timbre de honor de los indios.

El Gobierno español dictó providencias muy laudables en beneficio de los indios; pero no se cumplieron, y los humanitarios propósitos de la Corona respecto de los indios quedaron frustrados; una de esas previsoras y excelentes providencias fue la de que se extinguieran las lenguas maternas de los indígenas, para que éstos hablaran la castellana; la extinción debía hacerse poco a poco y gradualmente. Por desgracia, esta medida no se llevó a cabo en todas las provincias de la Audiencia de Quito; en las provincias septentrionales se extinguió del todo la lengua de los indígenas; mas en todas las del centro y del   -523-   Sur se conservó, siendo un gran obstáculo hasta para la evangelización de los pueblos.

Si la sabia disposición del Gobierno español no se pone por obra, habrá siempre entre nosotros dos pueblos distintos, dos razas diversas; para civilizar a los indios es necesario transformarlos, y la transformación social de ellos depende de su lengua materna. Cuando se logre que en el Ecuador no haya más que una sola lengua, entonces no habrá más que un solo pueblo.

En las artes tampoco habían adelantado nada los indios; de las faenas agrícolas seguían conociendo apenas la rutina y cultivaban de mala gana terrenos que consideraban como extraños. Propietarios no lo eran, ni aficionados al trabajo; mano sobre mano, acurrucados en cuclillas, se dejaban estar hora tras hora, callados y meditabundos. Imprevisivos como niños, gastaban en pocas horas de diversión cuanto habían allegado en muchos días de trabajo continuado; mas ¿para qué los describimos? Ahora son los mismos que fueron hace un siglo. ¿Queréis conocerlos? Ahí los tenéis: un pueblo en medio de otro pueblo; una raza frente a otra raza.







 
Anterior Indice