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ArribaAbajo Capítulo séptimo

Sucesos diversos


Enseñanza de la lengua del Inca.- Colegio de San Andrés.- Sus vicisitudes.- Primer colegio seminario fundado en Quito.- Los padres jesuitas principian a dar lecciones públicas de Filosofía.- Fundación del colegio seminario de San Luis.- La Universidad de San Fulgencio.- Funerales de Felipe Segundo.- Ceremonias, con que se celebró en Quito el reconocimiento y proclamación de Felipe Tercero.- Fúndase en Quito el convento de San Diego.- Recuerdos de Fr. Jodoco.- La villa del Villar don Pardo.- Don Martín de Aranda Valdivia.- El luterano de Riobamba.- Otros sucesos.- El ermitaño Juan Gabilanes.- Tradiciones y leyendas acerca de algunas imágenes de la Santísima Virgen.- Nuestro criterio histórico.



I

Entre las agitaciones de prolongadas y sangrientas guerras civiles no era posible que los vecinos de Quito pudiesen cultivar las ciencias, que son siempre hijas de la paz. Las condiciones de la sociedad ecuatoriana en los primeros tiempos de la erección del obispado de Quito tampoco eran muy favorables para el desenvolvimiento intelectual, pues los pocos sacerdotes que había en el obispado, tanto clérigos como religiosos, se hallaban entonces enteramente ocupados en la administración de sacramentos en las parroquias y en la conversión de los indios; y lo que necesariamente hubieron de cultivar con mucho empeño los eclesiásticos en aquella   —330→   época fue el estudio de las lenguas indígenas, que se hablaban en estas provincias, a fin de poder instruir a los indios en la doctrina cristiana.

Estas circunstancias, tan desventajosas para el cultivo de las letras, no mejoraron con la fundación de la Real Audiencia: durante un largo tiempo, en todo el distrito de ella no hubo más que escuelas de primeras letras en Loja, en Cuenca, en Guayaquil y en Quito, una en cada ciudad. Un sacerdote llamado Garcí Sánchez abrió en esta ciudad una clase de gramática latina, y enseñaba gratuitamente a los niños que acudían a ella; pero esta enseñanza terminó en breve, de una manera brusca e inesperada. Doña Francisca Colón, esposa del oidor don Diego Ortegón, quejose a su marido contra el clérigo Sánchez, diciendo que habiéndose encontrado con ella en la calle, no la había saludado: tan leve motivo bastó para que el empecinado Oidor persiguiera tenazmente al sacerdote y quisiera castigarlo poniéndolo preso en la cárcel pública: Garcí Sánchez se refugió en la casa del obispo Peña, pero ni aún allí estuvo seguro; pues el Oidor resolvió sacarlo y reducirlo a prisión, a pesar de las representaciones y protestas del Obispo; como la venganza de Ortegón no se calmara, tuvo el eclesiástico que salir ocultamente de estas provincias e irse de fuga a Lima; con lo cual la enseñanza de gramática cesó por completo en esta ciudad111.

Varias lenguas indígenas se hablaban, además de la quichua, denominada del Inca, en las   —331→   provincias que componían la Audiencia de Quito. Por lo cual, en el primer Sínodo celebrado por el señor Solís se mandó traducir el catecismo de la doctrina cristiana y la instrucción para recibir el Sacramento de la Penitencia en las lenguas maternas que se hablaban en las provincias, donde no era generalmente entendida la lengua del Inca. Por los nombramientos que hizo el Obispo de varios eclesiásticos, a quienes confió el cargo de traducir el Catecismo y el Confesonario, sabemos cuales otras lenguas se hablaban en el obispado, además de la del Inca: al presbítero Alonso Ruiz de San Pedro se le dio encargo de traducir el Catecismo y el Confesonario en la lengua llamada de los llanos y atallana, común en las provincias de Piura y Trujillo, que pertenecían entonces al obispado de Quito: el presbítero Gabriel de Minaya recibió la comisión de hacer la referida traducción en la lengua cañari, que se hablaba en la provincia del Azuay, y en la lengua de los puruhaes, habitantes de la provincia del Chimborazo: los padres Francisco y Alonso de Jerez, mercenarios, hicieron la traducción en la lengua de los pastos, los presbíteros Andrés Moreno de Zúñiga y Diego Bermúdez la verificaron en la lengua de los quillacingas, antiguos moradores de las comarcas setentrionales de la provincia de Imbabura112.

Como la lengua del Inca era la más general y común en estas provincias, desde los primeros   —332→   tiempos de la fundación de Quito se estableció también una escuela de ella, cuya dirección, por orden del Rey, estaba confiada a los padres de Santo Domingo. Al religioso que desempeñaba esta enseñanza se le daba de las cajas reales su conveniente salario; y ningún eclesiástico podía ser cura, si primero no daba examen y salía aprobado en el conocimiento y manejo de la lengua del Inca.

A fines del siglo décimo sexto, cuando los padres jesuitas vinieron a establecerse en Quito, los miembros del Cabildo secular pidieron al Rey que quitara a los Padres dominicos la cátedra de la lengua del Inca, que hasta entonces había estado a su cargo, y que la diera a los jesuitas. Felipe Segundo contestó que, primero se le mandase informe acerca del modo cómo desempeñaban los dominicos aquella enseñanza; pues, no es justo, añadía aquel Rey, llamado con razón él prudente, que, por favorecer a una religión, se haga agravio a otra. Sin embargo, algunos años después se reiteraron las instancias en favor de los jesuitas, para que se quitase a los dominicos la cátedra de la lengua, alegando que aquellos habían aprendido ya a hablarla con perfección y que eran los que más trabajaban en predicar y confesar a los indios, por lo cual se pedía que la cátedra se trasladase al seminario de San Luis, cuya dirección se había confiado a los jesuitas. Todavía en el año de 1602 volvieron a hacerse nuevas instancias al Rey para que se trasladase, al seminario la cátedra de la lengua del Inca, alegando en está vez que los padres de Santo Domingo no la enseñaban con el debido esmero y   —333→   constancia, y que, por enseñarla en su convento, no se podía saber si concurrían a la clase los que estaban obligados a la asistencia. Con los padres de la Compañía de Jesús sucedió en Quito lo que sucede en todas partes con los miembros de aquella orden ilustre, a saber, que no tuvieron amigos, ni enemigos imparciales: los amigos los estimaron en tan alto grado que, por favorecer a los padres, no se pararon en medios; y los enemigos los aborrecieron también con odio apasionado. En amar y en aborrecer a los jesuitas, sus amigos y sus enemigos siempre andan por los extremos.

El mismo rey Felipe Segundo tenía dispuesto que nadie fuese admitido a las órdenes sagradas, y que no se concediese curato de indios a ninguno, mientras no hubiese cursado antes un año entero la lengua del Inca113.

Establecidos en Quito los conventos de las órdenes regulares y abiertos sus respectivos noviciados, fue necesario que fundasen también cátedras para instrucción y enseñanza de los religiosos. Los padres de Santo Domingo establecieron clases de latinidad, de Teología escolástica y de Teología moral, a las cuales permitieron y aun invitaron que asistiesen seculares. Los franciscanos fundaron en su mismo convento el   —334→   colegio de San Andrés, especialmente destinado a la instrucción de los indios; en ese colegio se les enseñaba a leer, a escribir, y algunas artes y oficios mecánicos: la música, sobre todo, fue enseñada por los frailes, para hacer con pompa y solemnidad las funciones del culto divino.

En el año de 1558 estaba ya fundado este colegio de San Andrés, pues, el 8 de setiembre de aquel año, se celebró en Quito con fiestas y regocijos públicos el advenimiento de Felipe Segundo al trono de España, y, aprovechándose de esa ocasión Fr. Francisco de Morales, Guardián del convento de franciscanos, pidió a Gil Ramírez Dávalos, Gobernador de Quito, que perdonase la vida a un pobre negro esclavo, llamado Francisco, el cual había acompañado a Hernández Girón durante toda la guerra que sostuvo en el Perú contra el gobierno del Rey, por cuya causa había sido condenado a muerte, y fugitivo se había venido a Quito, y permanecía oculto en el convento de San Francisco114.

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El Gobernador perdonó al negro, conmutándole la pena de muerte en esclavitud perpetua; y dispuso que en la plaza pública fuese vendido en almoneda al mejor postor, y que el precio se entregase al guardián de San Francisco, para el sostenimiento del colegio de San Andrés.

El año siguiente por concesión de Felipe Segundo se dieron al colegio algunas cantidades en dinero, sacado del Tesoro real, y se le adjudicaron dos pueblos de indios en encomienda para su conservación.

Merecen conocerse los motivos, que estimularon a los frailes franciscanos para fundar el colegio de San Andrés. Era éste, como lo hemos dicho ya antes, un establecimiento fundado con el objeto principal de educar a los hijos de los caciques, a los indios nobles y a los niños españoles pobres. Al principio no se enseñaba más que la doctrina cristiana, la lengua castellana y la música y el canto; después se añadió también la gramática latina y el ejercicio esmerado de la lengua quichua. Había más de veinte idiomas diversos, (sin contar los dialectos), en el distrito de la Real Audiencia de Quito; en el valle interandino desde Pasto hasta Loja, existían pueblos enteros y parcialidades numerosas que no hablaban ni entendían la lengua del Inca; en otros puntos esta lengua era usada al mismo tiempo que la castellana y la materna de cada tribu, de donde resultaba un grave obstáculo para la evangelización de los indios. He aquí pues, el fin que se propusieron los frailes: uniformar el idioma, extinguiendo, en cuanto fuera posible, los dialectos y lenguajes parciales, y generalizando   —336→   el uso del quichua y la inteligencia del castellano.

Como los indios en los tiempos de su gentilidad acostumbraban celebrar con mucha pompa y solemnidad las fiestas de sus ídolos, fue muy conveniente celebrar asimismo con grande aparato las festividades del culto católico. Los indios eran un pueblo de niños, y había necesidad de hablarles a la imaginación: para esto servían la música de varios instrumentos de soplo y de cuerda y las melodías del canto sagrado; tomaban parte en estas funciones los mismos indios, por medio de sus hijos, conociendo de este modo que era uno mismo el Dios del blanco y el Dios del indio, el Dios del conquistado y el Dios del conquistador.

Viendo, por otra parte, los caciques a sus hijos honrados por los españoles y queridos por los religiosos, iban deponiendo poco a poco la aversión que sentían a los blancos: el lenguaje elocuente de los hechos era persuasivo. Muchos de esos niños indígenas, educados por los frailes franciscanos en su colegio de San Andrés, sirvieron no sólo de intérpretes para la enseñanza de la doctrina cristiana, sino de catequistas y hasta de verdaderos misioneros para convertir a sus parientes. Célebre fue entre los alumnos del colegio de San Andrés el joven Cristóbal de Caranqui, a quien sus maestros le llamaban siempre Cristobalito. Era Cristobalito lleno de muy buenas prendas: tenía una voz hermosísima y cantaba y tañía el órgano primorosamente. Logró convertir al cristianismo al régulo de Caranqui su propio padre, que hasta entonces se había   —337→   mantenido tercamente obstinado en su idolatría. Este colegio de San Andrés se conservó por casi treinta años bajo la dirección de los padres franciscanos, hasta que éstos, el 20 de febrero de 1581, hicieron dejación de él, y fue confiado por la Real Audiencia a los religiosos de San Agustín, quienes lo aceptaron y organizaron en su mismo convento, dándole un nombre nuevo, pues le llamaron colegio de San Nicolás de Tolentino.

Su objeto era el mismo que antes, a saber: educar a los indios y enseñarles el canto y la música.

En los últimos tiempos decayó notablemente el colegio bajo la dirección de los franciscanos; y hubo disgustos de los directores con el obispo Peña, el cual solicitó que el colegio se encargara más bien a los clérigos y no a los religiosos, cosa que no se verificó. El señor Peña se equivocaba, cuando creía que podía mejorar el estado del colegio en manos de los clérigos, pues éstos en aquella época no habrían podido hacerlo prosperar. Bajo la dirección de los agustinos se extinguió al cabo de poco tiempo; escasearon los recursos, con que subsistía y ya no fue posible darle vida. Era aquella la época del mayor desgobierno, cuando presidía en la Audiencia el anciano don Pedro Venegas del Cañaveral.

En los primeros tiempos los frailes franciscanos sostuvieron el colegio con limosnas, y mediante ellas proporcionaban instrumentos y libros a los alumnos: éstos, por su parte, cooperaban al esplendor y a la solemnidad del culto divino en el templo de los religiosos115.

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Antes de la venida de los jesuitas y antes también de la fundación del seminario de San Luis, el Cabildo eclesiástico, que, por largo tiempo, gobernó el obispado en sede vacante, fundó un seminario, humilde y modesto, como todas las cosas en sus principios. En ese seminario se enseñaba la lengua latina, el cómputo eclesiástico y el canto gregoriano: había dos clases o aulas de latinidad, una que llamaban de mayores, y otra, de menores; el mismo Cabildo eclesiástico tenía prescritas las horas de enseñanza, que eran, por la mañana, de las siete a las nueve, y por la tarde, de las dos a las cuatro, y determinados los clásicos latinos, en cuyo estudio se habían de ejercitar los estudiantes. Estos clásicos eran los   —339→   Diálogos de Luis Vives para los principiantes las Cartas de Cicerón y la Catilinaria y Yugurtina de Salustio para los adelantados: a todos en la cuaresma se les mandaba traducir los himnos del Breviario Romano. Para el sostenimiento de este colegio, el Cabildo eclesiástico impuso una pensión de un tres por ciento sobre cada curato; pero los Prelados de las órdenes religiosas representaron a la Real Audiencia, para que se declarasen libres del pago de esta pensión los curatos administrados por regulares, y la Real Audiencia los declaró exentos. Mas, como la mayor parte de los curatos de Quito pertenecían a los regulares, las rentas del seminario quedaron reducidas casi a nada, por lo cual fue necesario suprimir una de las dos clases de latinidad.

Enseñaba entonces la de mayores Pedro Valderrama, y la de menores Luis Remón, ambos eclesiásticos: para no hacer agravio a ninguno de los dos maestros, resolvieron los canónigos que cada uno de ellos fuese examinado, por separado, a presencia del Cabildo, y como ambos   —340→   manifestasen conocimientos iguales, echaron mano de un arbitrio enteramente extraño, que fue someter la elección a los votos de los mismos estudiantes. Verificada la votación y hecho el escrutinio, resultó elegido Pedro Valderrama. Tal era el estado del colegio seminario antes de la venida de los jesuitas a Quito116.

La bien merecida fama de excelentes maestros de la juventud de que los padres jesuitas gozaban en todo el mundo, les había precedida ya a Quito; así es que, cuando vinieron a esta ciudad, fueron recibidos con grande contento de los padres de familia. El Cabildo eclesiástico, que gobernaba la diócesis en sede vacante, les entregó inmediatamente la dirección del humilde colegio, que, con nombre de seminario, había sostenido hasta entonces; y los padres principiaron la enseñanza de Humanidades, cuando todavía estaban viviendo en la casa provisional de Santa Bárbara. Terminado el primer curso de Humanidades, anunciaron que principiarían un curso de Filosofía; este anuncio se recibió en Quito con general entusiasmo, y fue verdadero día de fiesta para toda la ciudad aquel en que el profesor leyó la primera lección de una ciencia, que todavía no se había enseñado públicamente en Quito. Este primer curso de Filosofía principió el año de 1589.

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Tal era la fama de los nuevos profesores, que hasta los mismos prelados de los conventos de Quito mandaron algunos religiosos jóvenes a recibir las lecciones de Filosofía, que principiaron a enseñar los jesuitas; pues aun cuando en los conventos se habían establecido ya esas enseñanzas, los religiosos no tuvieron a menos irlas a escuchar de los profesores de la Compañía de Jesús.

Pocos años permanecieron los jesuitas en su primer alojamiento de Santa Bárbara, pues, el día primero de enero del año de 1589 pasaron a habitar en la casa que habían adquirido en el punto, donde ahora se levantan el templo y colegio de la Compañía117. La consagración con   —342→   que los padres principiaron a ejercitar el ministerio sagrado fue admirable; su celo no dejó olvidada ninguna clase social: fundaron en su nueva iglesia seis congregaciones o asociaciones piadosas para clérigos, seculares, mestizos, indios y negros, cada una de las cuales tenía fijada una hora respectiva el día domingo, para oír la plática que les hacía el padre encargado de su dirección. Los jesuitas fueron los primeros que hicieron que los indios participasen con frecuencia de la Sagrada Comunión, instruyéndoles prolijamente en la doctrina cristiana y acostumbrándolos a practicar las virtudes, que ella nos enseña. Los mestizos solían todos los primeros domingos de cada mes dar de comer a los enfermos del hospital, yendo aquel día a ocuparse en servirlos y regalarlos: los indios daban cada año una comida pública a todos los mendigos de la ciudad, contribuyendo para ello cada uno con un real.

En uno de los días destinados para la comunión general de los indios, después de una procesión solemne del Santísimo Sacramento, hecha con grande devoción y silencio, se representó públicamente una pieza dramática, El Convite de Asuero, cuyo asunto, alusivo a la Eucaristía, estaba sacado de la Biblia.

Había entonces en Quito un número considerable   —343→   de indios ciegos, que andaban discurriendo por los campos y por las calles de la ciudad pidiendo limosna: los jesuitas alcanzaron a comprender, las ventajas que resultarían haciendo de aquellos mendigos otros tantos catequistas. Compusieron, pues, en castellano y en lengua del Inca coplas o cancioncillas sobre nuestros misterios, para que los ciegos las cantasen por las calles y en los campos, en vez de los cantares, unas veces ridículos y otras también obscenos, con que solían divertir al pueblo para pedir limosna.

A todas estas ocupaciones en la ciudad añadieron los jesuitas la de las misiones rurales en las villas y aldeas y hasta en las miserables poblaciones de los indios. Todos los años, llegada la Cuaresma, iban a algunas de las grandes ciudades a predicar: el fruto que un año produjeron estas misiones en Cuenca y en Pasto fue admirable118.

Algunas pequeñas contradicciones habían padecido al principio los jesuitas; pues, como su permanencia en Santa Bárbara era provisional, trataron de buscar lugar cómodo en el centro de la ciudad, para fundar un colegio y edificar iglesia capaz para la mucha gente que acudía a recibir de sus manos la administración de sacramentos. Un donativo de diez mil pesos de oro   —344→   que les hizo la ciudad para la compra de solares y construcción del templo, y setecientos pesos anuales que se les señalaron de las cajas reales para su alimento, pusieron a los padres en estado de entregar a la autoridad eclesiástica la casa de Santa Bárbara, donde habían permanecido por casi tres años. El primero de estos tres años vivieron en compañía del insigne obispo de Popayán, uno de los mejores amigos que tenían los jesuitas entre los prelados americanos, pues el Ilmo. señor Coruña fue uno de los más solícitos en procurar la venida de los jesuitas al Perú119.

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Como la nueva iglesia estaba muy próxima a la Catedral, a la iglesia parroquial y al monasterio de San Francisco, cuando los jesuitas quisieron tomar posesión de ella, encontraron algunos obstáculos, y mientras se resolvía la cuestión se vieron obligados a permanecer en una casa particular: las clases estuvieron cerradas entretanto y se suspendió la enseñanza; pero el primero de enero, día en que la Compañía celebra la fiesta del Nombre de Jesús, los padres tomaron pacíficamente posesión de su nueva casa enmedio del concurso del pueblo, que hacía manifestaciones de regocijo. Poco tiempo tardó en concluirse la primera iglesia que edificaron los padres, pues los indios les habían cobrado tanta devoción que acudían a trabajar en   —346→   la obra, sin querer recibir ninguna clase de jornal.

El primer jesuita que murió en Quito, cuando todavía estaban los padres en Santa Bárbara, fue el padre Juan de Hinojosa, cuyos funerales fueron celebrados con asistencia de las principales personas de la ciudad. Cuando pasaron a la nueva casa la comunidad se componía de trece individuos.

Hablemos ya de una de las más importantes fundaciones, que se pusieron por obra en Quito al terminar el siglo decimosexto: esa fundación está íntimamente enlazada en nuestra Historia con los recuerdos del obispo Solís, y fue la del seminario de San Luis.



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II

Una de las primeras cosas en que puso la mano el Ilmo. señor Solís apenas llegó a Quito, fue la fundación de un buen seminario, para cumplir con lo dispuesto por el Concilio de Trento, por los Sínodos provinciales de Lima y por las reiteradas cédulas de los reyes de España. Compró casas, donde poder edificar locales a propósito para el colegio, le dotó de renta competente, y confió la dirección y enseñanza a los padres de la Compañía de Jesús.

Notables y muy honrosas para los jesuitas son las palabras, con que aquel venerable Obispo expresó los motivos que le estimulaban a confiar a los religiosos de la Compañía de Jesús la dirección del Seminario. Las pondremos aquí. «Para que esta obra, a saber, la fundación del seminario, de la cual esperamos tanto servicio del Señor y bien de nuestro obispado, alcance su fin, es necesario que las personas que la tuvieren a su cargo sean de mucho ejemplo y suficiencia en letras y tengan experiencia de cómo se ha de criar la juventud; por lo cual acordamos, con parecer de esta Real Audiencia y del Cabildo de esta ciudad, que así nos la pidieron, encargar este seminario a la Compañía de Jesús, por concurrir en los padres de ella las dichas calidades, siguiendo en esto las pisadas de los Sumos Pontífices, los cuales han encargado a la dicha Compañía los principales seminarios que hay en toda la Iglesia, que son los cuatro de Roma, el seminario Romano, el Germánico para alemanes,   —348→   el Ánglico para ingleses, el Griego para griegos; y otros muchos Prelados, señores y ciudades han erigido y fundado colegios y los han encomendado a la dicha Compañía; y últimamente las ciudades de Sevilla, Lisboa y Valladolid, que los han fundado muy principales, han encomendado la administración de ellos a la dicha Compañía de Jesús: y la Sacra Congregación de los Eminentísimos Cardenales en las respuestas e interpretación del Concilio de Trento tiene ordenado que, donde los de la Compañía pudieren ser habidos, se les encarguen las lecciones y enseñanza de los dichos seminarios, por el grande fruto que se ha cogido en la Iglesia y se coge de todos los que tienen a su cargo. Y así ordenamos y mandamos que mientras la Compañía de Jesús y Superiores de ella nos quisieren hacer esta gracia a Nos y a todo este obispado de tener a su cargo el gobierno de dicho seminario, no se le quite, como está capitulado: y pedimos y rogamos a los dichos Superiores de la Compañía por la sangre de Cristo, y el amor que en Nos han conocido, no se exoneren de él en ningún tiempo»120. Tales son las palabras del Ilmo. señor Solís en el auto de fundación del seminario. El prelado tenía muy alto concepto del instituto de los jesuitas y conocía los grandes bienes que   —349→   harían en su diócesis: los jesuitas, por su parte, correspondieron al Obispo, tributando a sus virtudes admiración y reverencia.

Para la fundación del seminario el señor Solís pidió consejo al Cabildo secular, pasando personalmente a la casa en que solían reunirse para celebrar sus juntas los miembros del Ayuntamiento. Recibiéronle éstos con señaladas manifestaciones de consideración y reverencia y le dieron asiento en el lugar destinado para el presidente del Cabildo: el Obispo expuso en un ligero razonamiento que, estando practicando actualmente la visita de la Catedral y de las parroquias de la ciudad y habiendo resuelto congregar Sínodo Diocesano, deseaba que el Cabildo le indicara las cosas que le pareciesen más dignas de reforma, y que así les invitaba a que concurriesen a las conferencias sinodales, en las cuales aprovecharían mucho sus consejos. El Prelado añadió que estaba resuelto a poner por obra sin pérdida de tiempo la fundación del seminario, para cuyo objeto tenía compradas ya algunas casas, y que esperaba que el Cabildo le indicase si las casas estaban en lugar conveniente, y a qué personas debería encargarse la dirección del seminario.

El Cabildo, después de haber deliberado sobre el asunto, contestó al Obispo, pidiéndole que encargase la dirección del seminario a los padres jesuitas, por ser ellos quienes podían desempeñar mejor que cualesquiera otros eclesiásticos aquel delicado ministerio; y eligió dos de sus miembros para que concurriesen a las conferencias sinodales, llevando por escrito los puntos que parecían necesitar de reforma.

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Mucha previsión y consumada prudencia manifestó el Ilmo. señor Solís al dar este paso, pues los obstáculos y las contradicciones, que encontraban los Prelados para el gobierno de sus iglesias en América, no tenían otro origen que la molesta y tenaz oposición que les hacían los gobernadores y las municipalidades. Fresca estaba la memoria de los padecimientos y humillaciones que había soportado con heroica paciencia Santo Toribio de Mogrovejo, con motivo de la fundación del seminario de Lima; y todo eso quiso evitar, sin duda, el señor Solís, haciendo tomar parte a los miembros del Cabildo, tanto en las disposiciones sinodales, como en la fundación del seminario. Quiso que no le impidiesen hacer el bien.

El mismo obispo Solís fue quien solicitó del Rey que se fundase Universidad en Quito, no se contentó el Prelado con la fundación del seminario, quiso también que hubiese en Quito Universidad, a fin de que los ingenios se cultivasen, estimulados por la noble ambición de honra literaria.

Entre las condiciones con que el Ilmo. señor Solís confió a los padres de la Compañía de Jesús la dirección del seminario de Quito, merecen referirse las siguientes: el Obispo encargó, por su parte, a los jesuitas el gobierno y la enseñanza del seminario, reservándose la suprema dirección, la cual no podía delegar a nadie el Prelado. Los jesuitas debían dirigir en lo futuro el seminario, pero siempre bajo la dependencia de los prelados diocesanos en cuanto a la visita del colegio, admisión de colegiales e inversión y manejo   —351→   de las rentas del establecimiento. Los padres de la Compañía de Jesús exigieron, por su parte, que en adelante no se permitiese a nadie tener enseñanza de gramática latina, porque habían observado que la juventud se inquietaba, cuando se establecía enseñanza de gramática latina por profesores que no eran de su instituto. Tan celosos fueron los jesuitas de hacer cumplir estrictamente esta condición, que, pocos años después de fundado el seminario, amenazaron cerrar todas sus clases y suspender la enseñanza, si la Municipalidad no prohibía al clérigo Luis Remón seguir enseñando una escuela de Gramática latina que había abierto, y a la cual habían acudido algunos niños. Por más que discurrimos, no acertamos a encontrar un motivo justo, con qué cohonestar la oposición que hicieron los jesuitas a la fundación de establecimientos literarios dirigidos por personas que no perteneciesen a la Compañía. En cuanto al clérigo Luis Remón, añadiremos que, siendo, algunos años después, Cura Rector de la parroquia del Sagrario, tuvo la envidiable dicha de derramar el agua santa del Bautismo sobre la cabeza de la bienaventurada virgen María Ana de Jesús, a quien la Iglesia católica ha puesto en los altares.

Para el régimen y gobierno del seminario dio el mismo fundador ciertas reglas o constituciones minuciosas, en las cuales prescribió la manera cómo debían estar distribuidas las horas del día, y hasta los manjares que había de servirse a los colegiales en la mesa. Como condiciones necesarias e indispensables para ser admitido en el seminario exigió el fundador legitimidad   —352→   de nacimiento, limpieza de sangre y buen ingenio: el que manifestara incapacidad para el estadio y mala índole debía ser expulsado del seminario. Los colegiales estaban obligados a confesarse cada quince días y a comulgar según el dictamen de su confesor; pero los que tenían orden sacro debían confesar y comulgar cada semana. Tanto decoro y tanta modestia exigía el Ilmo. señor Solís de los alumnos del seminario, que condenaba como falta hasta los juegos de manos en que unos tocan a otros: el seminarista de San Luis, según la expresión del fundador, debía ser tan compuesto y moderado en sus acciones, que inspirase devoción en cuantos lo mirasen. Tal fue el espíritu sacerdotal que nuestro insigne Obispo quiso que tuviesen los jóvenes del seminario de Quito.

Causa sorpresa verdaderamente el celo del señor Solís y su diligencia en cumplir los arduos deberes de su cargo pastoral; apenas habían transcurrido sesenta días desde su llegada a esta Capital, cuando ya tenía fundado el seminario: cuarenta jóvenes estaban encerrados en una casa, que aquel venerable Obispo había arrendado, porque todavía no era posible que hubiese local cómodo, en qué fundar el seminario. Con razón, el Visitador de la Audiencia, don Esteban Marañón, escribiendo al Rey, le decía, hablando del Obispo: «Hace su oficio pastoral con mucha autoridad en su persona, recogimiento en su vida y buen ejemplo e integridad en lo que es de justicia, y mucho cuidado en el gobierno de su iglesia»121.

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Los establecimientos literarios se aumentaron a fines de aquel siglo, con la fundación que se hizo de la primera Universidad o Academia de Teología en el convento de agustinos de Quito. El P. Gabriel Zaona obtuvo de Sixto Quinto una Bula para erigir Universidad en el convento de Quito; pero, aunque la Bula fue expedida el año de 1586, la Universidad no se fundó hasta el de 1603, por las dificultades que retardaron la licencia del Rey, necesaria para poner por obra la fundación.

Según la Bula de Sixto Quinto y la patente del prior general del Orden de San Agustín, la Universidad se erigió en el convento de Quito, bajo la advocación de san Fulgencio Obispo. Los miembros que componían el Consejo general, encargado del régimen y gobierno de la Universidad, eran el Rector y cuatro consejeros, los cuales debían examinar a los alumnos así en los exámenes escolares de cada año, como en los grados. La Universidad podía conferir grados de Bachiller, Licenciado y Doctor en Teología y en Derecho canónico, no solamente a los religiosos de la misma Orden, sino también a cualquiera persona eclesiástica o secular que los pretendiese, sujetándose a las reglas y estatutos de la Universidad. Además de los consejeros y el Rector tenía ésta un secretario, cuatro profesores de Teología y uno de Artes liberales o Filosofía; de los profesores de Teología, dos enseñaban la Dogmática, uno la Moral, y otro la Escritura Santa. El profesor de Filosofía, cuyo curso duraba dos años completos, debía enseñar las Súmalas o introducción a la Lógica y los Tratados de Lógica   —354→   de Anima, de Generatione et Corruptione y la Metafísica, tomando por texto los libros de Aristóteles sobre dichos asuntos.

La enseñanza de gramática latina se tenía como previa o preparatoria para estos estudios, y así debían haberla concluido los jóvenes, antes de pasar a las clases de la Universidad122.




III

Estando ya el siglo decimosexto a punto de terminar, aconteció un suceso, que produjo un cambio notable en la monarquía española: el coloso comenzaba a derrumbarse, al peso mismo de su grandeza. El 13 de septiembre de 1598, murió Felipe Segundo, dando, en los prolongados sufrimientos de su penosa agonía muestras admirables de la inquebrantable fortaleza de su alma, verdaderamente férrea. Diríase que el espíritu vigoroso de la nación ibérica se había apagado juntamente con la vida de Felipe Segundo; pues la existencia de la monarquía durante un siglo entero no fue más que una lenta y suave agonía. La dinastía de Austria vio sucederse varios príncipes en el trono de España; pero, para la nación Felipe Segundo, como rey, no tuvo sucesor. En España y en América fue reconocido como heredero   —355→   de la corona de dos mundos su hijo Felipe Tercero.

Felipe Segundo había reinado más de cuarenta años; así es que, toda la organización de las colonias americanas fue en gran parte obra de este monarca.

Cuando llegó a Quito la noticia de la muerte de Felipe Segundo, acordaron los Ministros de la Real Audiencia celebrar pomposos funerales por el alma del Rey. Publicose, pues, por bando la noticia de su muerte, disponiendo que todos, sin excepción de personas, llevasen un mes de luto riguroso: entre tanto, el corregidor de la ciudad se ocupó en disponer lo necesario para celebrar los funerales. Se levantó en la iglesia Catedral un túmulo elevadísimo, dividido en tres cuerpos de mayor a menor, que daban al conjunto la figura de una pirámide cuadrangular, en cuya cúspide descollaba la cruz: las paredes y hasta una gran parte del pavimento de la iglesia se cubrieron de paños negros; en cada columna había una bandera negra desplegada y un escudo en que estaban pintadas las armas reales: como todas las ventanas del templo estaban cerradas, había dentro una profunda oscuridad, en la cual resaltaban los numerosos cirios y blandones, que alumbraban el túmulo. Los funerales se celebraron en dos días consecutivos. A la una de la tarde de un jueves, 20 de mayo de 1599, principió a entrar en la Catedral la prolongada procesión fúnebre que salía de las casas reales: venían en dos alas todos los individuos de los diversos gremios de artesanos de la ciudad, las comunidades religiosas y los colegios: seguían, uno tras   —356→   otro, con paso grave y a distancia conveniente, los alcaldes, regidores, alguaciles y demás empleados de gobierno, vestidos de negro, con grandes capas o mantas, cuyas colas prolongadas arrastraban por el suelo, y al fin remataban la procesión los Oidores y el Fiscal con hábitos talares negros. Dos horas tardó en desfilar la procesión, y así que hubo entrado toda en la iglesia principió el canto del Oficio de difuntos, el cual se cantó entero: a las cinco de la tarde la procesión volvía otra vez a las casas reales de donde había salido. Al siguiente día se celebró la Misa de Réquiem, con la misma asistencia y solemnidad que había habido la tarde: anterior para las vísperas123.

El jueves siguiente, 27 de mayo, se hizo la ceremonia de alzar pendones por el nuevo Rey, que, equivalía al juramento de obediencia y fidelidad. Publicose, pues, bando para que aquel día se quitasen todos el luto por el Rey difunto, y se vistiesen de gala para la proclamación del sucesor: a las diez de la mañana del día señalado, el corregidor, los alguaciles y regidores, de la ciudad y muchos vecinos nobles, caballeros en sendos caballos lujosamente enjaezados; fueron a la casa de don Sancho de la Carrera, Alférez real, quien debía alzar bandera por su Majestad, y lo llevaron a la casa del Cabildo: allí el corregidor le entregó el estandarte real, recibiéndole el juramento y pleito homenaje de conservarlo   —357→   y defenderlo, sacrificando para ello la vida, si fuese menester. Luego salió el Alférez real a la plaza, y dio una vuelta alrededor de ella, llevando desplegado el estandarte, enmedio de la numerosa y galana cabalgata: de las ventanas de las casas colgaban colchas de seda de diversos colores y en la mitad de la plaza se hallaba dispuesto un tablado descubierto, desde donde debía, practicarse la ceremonia de la proclamación del nuevo soberano. Llegados al tablado, el corregidor y el Alférez real se apearon de sus caballos y subieron encima, precedidos de un escribano y de cuatro reyes de armas: iban éstos vestidos con ropas talares de damasco carmesí, y por tocado llevaban gorras del mismo género y color. El pueblo apiñado en la plaza estaba contemplando con curiosidad las graciosas ceremonias, con que los castellanos juraban obediencia y lealtad a su nuevo monarca, cuando uno de los cuatro reyes: de armas, sacándose la gorra, hizo comedimiento al corregidor y al Alférez, y, adelantándose hacia fuera, gritó diciendo, con voz esforzada ¡silencio, silencio, silencio! ¡Oíd, oíd, oíd! Luego el Alférez, puesto en pie, y vuelto hacia el mismo lado, desplegó con la derecha el estandarte real, en que estaban bordadas de un lado las armas reales y de otro las de la ciudad, y teniendo la gorra con la izquierda, destocándose la cabeza, dio, con voz alta y pausada, tres gritos exclamando ¡Castilla, Castilla, Castilla! y luego, agitando hacia fuera el estandarte real, añadió: «¡Por el Rey nuestro señor don Felipe Tercero de este nombre, a quien Dios guarde muchos años!», y todo el pueblo contestó, a gritos; ¡Amén, amén!   —358→   En ese instante disparáronse los mosquetes, sonó la música de flautas, chirimías y atabales, repicaron las campanas de la Catedral, y siguieron las de todas las torres de la ciudad; los caballeros agitaban al aire sus gorras en señal de regocijo, y de las ventanas de la casa del Cabildo dos regidores arrojaban a los muchachos puñados de reales, cogiéndolos de fuentes de plata, llevadas por dos pajes.

Repitiose la misma ceremonia tres veces más, es decir, en dirección sucesiva hacia los cuatro puntos del horizonte; después se dirigió toda la comitiva a la iglesia Catedral, a cuyas puertas estaban aguardando los canónigos y los prelados de los conventos. Descubierto el Santísimo Sacramento, se cantó el Te Deum y las preces acostumbradas: el estandarte real fue paseado después en triunfo por varias calles de la ciudad, y en la plaza que había entonces delante de la casa de la Audiencia, se volvieron a practicar las ceremonias hechas en la plaza mayor. El acompañamiento tornó a la casa del Cabildo, de donde había salido, y allí dieron término a la función124.

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En el año de 1597 esta ciudad hizo una solicitud al Cabildo secular, para que procurara la fundación de un convento de franciscanos descalzos, por el grande consuelo que esperaba tener Quito con una comunidad observante, cuyos religiosos darían ejemplo de virtud y serían muy útiles a la República, atrayendo sobre ella con sus oraciones las bendiciones del Cielo, según se expresaban los vecinos de Quito en su petición. Por parte del Cabildo fue acogida benignamente la solicitud; y, a fin de que se pusiese por obra la fundación del convento, el mismo Cabildo pidió la autorización a la Real Audiencia y al Obispo. Eligiose sitio apartado de la ciudad, a propósito para el silencio y recogimiento, al pie de uno de los cerros más agrestes y solitarios de la cordillera occidental, y allí se pusieron los cimientos del nuevo monasterio bajo la advocación de San Diego. El primer Guardián y fundador fue el padre Fr. Bartolomé Rubio, varón penitente, amigo del silencio y consagrado a la meditación de las cosas divinas125.

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Apenas podía haberse escogido lugar más cómodo para la fundación del convento de franciscanos descalzos: retirado del bullicio de la ciudad, enmedio del campo, con un camino real poco trajinado por delante; a la vista, limitando el remoto horizonte, la dilatada cordillera oriental, casi siempre arropada en un manto de apiñadas nubes, a la espalda la empinada falda del cerro de Pichincha; a uno y otro extremo prados y dehesas solitarias, tal era entonces el sitio, donde se fundó el convento de San Diego. El templo fue edificado con solidez, pero sin hermosura ni elegancia, procurando conservar las tradiciones de la Orden de San Francisco en la construcción del claustro y del templo; pues en todo debió resplandecer la sencillez evangélica y el amor a la santa pobreza. Los frailes eligieron para su sayal el jergón tosco y burdo de que se vestían los indios, es decir, la gente más pobre y sencilla que habitaba la tierra, y su alimento lo principiaron a pedir de limosna todos los días en las calles de la ciudad.

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Desde el día en que Fr. Jodoco pedía de limosna al Cabildo de Quito un solar de tierra para edificar un monasterio de su Orden, hasta que se fundó el convento de San Diego, pasaron más de sesenta años: en ese tiempo el número de religiosos franciscanos se había aumentado de una manera sorprendente. Los padres franciscanos habían fundado conventos en todas las ciudades y villas del obispado de Quito, y sostenían doctrinas numerosas de indios; de tal manera que muchos de los principales pueblos, que actualmente tiene la República, fueron doctrinados por religiosos de San Francisco. Con verdadero agrado recorremos la historia de esa Orden admirable en las provincias que hoy forman la República del Ecuador, y que a fines del siglo XVI hacían parte de los distritos de la Real Audiencia de Quito. En junio de 1536 pidió Fr. Jodoco al Cabildo secular de Quito, que le diesen de limosna unos solares para ensanchar su convento, y unos terrenos para los indios que trabajaban en la fábrica de la iglesia y del monasterio. Las cédulas en que Fr. Jodoco hizo su petición al Cabildo son dos pedacitos de papel, escritos con tanta sencillez y sobriedad de palabras, que revelan claramente cuál era el espíritu religioso que animaba al fundador de los franciscanos de Quito. Este mismo padre tiene la honra de ser el primer sacerdote de Quito, de quien se conservan escritos que hayan llegado hasta nosotros, pues tenemos la Carta que escribió en latín al Guardián del convento de Gante, dándole noticia acerca de las condiciones naturales de Quito, de la índole e ingenio de los indios y de ciertos hechos de la conquista. Después de   —362→   haber permanecido largos años en Quito, pasó Fr. Jodoco a Popayán, donde terminó su vida en avanzada edad126.

Fr. Jodoco Ricki fue uno de aquellos sacerdotes virtuosos que vinieron a Quito cuando la época de la conquista, para propagar el cristianismo entre los indios. Parece haber sido candoroso y bien intencionado: quiso el adelanto de la recién fundada colonia, y levantando alto su pensamiento, aún se atrevió a sugerir la idea de formar de todas las provincias del Perú y de Quito una monarquía independiente; aunque se engañó en cuanto al caudillo que debía gobernarla. Con todo, el padre Ricki conocía que Gonzalo Pizarro y sus partidarios no tenían las manos limpias de sangre, pues, cuando les aconsejó que pidieran al Papa la investidura del reino del Perú, les advirtió que, destinasen también algunas sumas de dinero para fundar un hospital u otra obra de caridad, con que pudiesen resarcir los daños   —363→   que habían causado en la guerra contra el desgraciado Blasco Núñez Vela127.

Por este mismo tiempo, es decir a mediados de febrero de 1595, en Alcázar de San Juan, población de Castilla, donde vivió retirado los postreros años de su vida, falleció el arcediano don Pedro Rodríguez de Aguayo, legando todos sus bienes al colegio que los jesuitas estaban fundando en Villarejo de Fuentes. Don Pedro Rodríguez de Aguayo vino a Quito en tiempo de nuestro primer Obispo, cuyo Vicario general fue muchos años. A la muerte del Prelado, fue elegido Vicario capitular: tomole cuenta de este cargo el señor Peña, y mereció su más completa aprobación. Unos veinte años antes, estando de regreso para España, murió en Cartagena de   —364→   Indias el padre Fr. Alonso de Montenegro, fundador de la Orden de Santo Domingo en el antiguo reino de Quito. Al terminar el siglo decimosexto, habían desaparecido, pues, todos los hombres notables, que figuraban en estas provincias cuando se fundó en ellas el tribunal de la Real Audiencia.

Tiempo es ya de que digamos cuál era al terminar el siglo decimosexto, el estado de la colonia o antiguo reino de Quito en punto a población. La mayor parte de los pobladores eran de raza indígena; pues, aunque los mestizos habían aumentado considerablemente sobre todo en las ciudades principales, con todo en los campos los indios formaban casi la totalidad de la población, en la costa los naturales iban disminuyendo   —365→   rápidamente, y en algunos puntos como en Guayaquil casi habían desaparecido por completo: la presencia de la raza blanca fue exterminadora para los indígenas en la costa.

En la sierra los indios vivían desparramados en territorios extensos, sin formar pueblos, lo cual era un obstáculo gravísimo para instruirlos en la religión cristiana y acostumbrarlos a una vida más civilizada o siquiera menos bárbara. Por esto, ya desde los tiempos del segundo obispo de Quito, se había procurado congregar a los indios en grupos de poblaciones, formando en el distrito de cada tribu o parcialidad una aldea o pueblecillo con los que hablaran el mismo dialecto, tuvieran costumbres idénticas y obedecieran a un mismo curaca. En ninguna otra provincia se logró este fin con mayores ventajas que en la del Chimborazo, una de las más pobladas de indios que había en aquella época: por comisión de la Audiencia recorrió don Juan Clavijo todo el distrito comprendido ahora entre las provincias del Tungurahua y del Chimborazo, y fue reuniendo a los indios en lugares cómodos, y fundando poblaciones pequeñas, a cada una de las cuales se le señalaron sus términos propios. De este modo, se establecieron los pueblos de Píllaro, Pelileo, Petate, Quero y Tisaleo en la provincia del Tungurahua; los de Guano, Ilapo, San Andrés, Calpi, Tigsán, Sibambe y otros en la del Chimborazo, y los de Saquisilí, Pujilí y San Miguel en la de León. Clavijo gastó en esta comisión cinco años largos.

Aunque todas estas nuevas poblaciones eran de indios, no dejaba de haber algunos españoles   —366→   entre ellos, por lo cual se acordó mandar que salieran, dejando solamente a los indígenas; pues para los españoles se debía formar un pueblo por separado. Fundose, en efecto, con el nombre de Villa, y para esto se eligió, en la llanura apellidada de Riobamba, el sitio en que el mariscal don Diego de Almagro había improvisado, medio siglo antes, la ciudad de Santiago de Quito, cuando estaba a punto de venir a las manos el ejército de Almagro con la gente de Alvarado. Como la fundación se hizo en tiempo de don Fernando de Torres y Portugal, virrey del Perú, se le puso el nombre de Villa del Villar don Pardo, que era el título del condado del Virrey, y con ese nombre fue conocida y designada durante algunos años. Fue su fundador y primer corregidor de su distrito el célebre caballero don Martín de Aranda Valdivia.

Era don Martín de Aranda, natural de la ciudad de Villarica en Chile, donde nació de padres nobles y adinerados: en su juventud dedicose a la profesión de las armas, en las que adquirió un nombre famoso, pues llegó a ser insigne jinete y la mejor lanza de todo el Perú.

La nueva población fue adelantando lentamente: en 1605 tenía trescientos catorce vecinos, entre los cuales había cuatro portugueses, tres franceses y un flamenco, natural de Amberes: cuatro calles la cruzaban de arriba abajo, y otras cuatro a lo ancho, no había más que una sola plaza y las casas eran de adobe, todas bajas para evitar la incomodidad de los aires, demasiado fríos y destemplados en todo tiempo. El sitio donde se hizo la nueva fundación no estaba entonces   —367→   deshabitado; había allí algunas casas de españoles y una iglesia pequeña y humilde: verificada la fundación de la villa, señalose en sus arrabales un punto para que los indios construyeran casas y lo poblaran128.

Por lo mismo, ésta no fue propiamente la fundación del pueblo, sino más bien la erección del asiento en villa, con su corregidor y consejo o ayuntamiento independiente del de Quito.

Como unos diez años antes de fundada la villa, de Riobamba, sucedió en ella un caso, que vamos a referir aquí.

Vivía en las inmediaciones del pueblo de Guamote un hombre misterioso, apartado del trato social, y cuya industria consistía únicamente en alquilar cierto morcillo, afamado en la comarca por su ligereza y velocidad en el andar. Hosco y taciturno el desconocido salía a pedir limosna en el pueblo, y ora tan raro en su modo de pedirla, que nunca nombraba a Dios, ni a sus santos, limitándose a frases tan secas como las siguientes: ¿habrá por ahí un pan? ¿habrá por ahí un real? Con lo cual tenía a todos inquietos, pues, aunque le decían que pidiese limosna por Dios, jamás quiso hacerlo.

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Celebrábase en la iglesia, de Riobamba la fiesta de San Pedro, patrón de la población: el ermitaño de Guamote, nombre con que era conocido el extranjero, asistía también a la fiesta y ocupaba un lugar en las gradas del presbiterio, cuando al tiempo en que el sacerdote elevaba la Hostia, acercándose bruscamente, le tornó del brazo derecho, le arrancó la sagrada forma, la hizo pedazos y arrojó al suelo, diciendo: ¡Ya veremos si volvéis a consagrar otra vez! y, al mismo tiempo, con un cuchillo que había llevado preparado, amagaba al sacerdote, pretendiendo herirlo. Viendo tal desacato contra el Sacramento, se levantó terrible alboroto en la iglesia: los circunstantes se precipitaron sobre el desconocido, y querían traspasarlo allí mismo con sus espadas; mas él se valía de las sillas del altar, arrojando unas contra los que le acometían, y abroquelándose con otras para defenderse de las espadas empero, después de pocos instantes cayó muerto, cubierto de heridas. Hiciéronse informaciones para averiguar mejor el hecho, conocer quién había sido su autor y descubrir a los cómplices, por si acaso los hubiera; más no se alcanzó a encontrar nada cierto. El autor del sacrilegio hablaba bien la lengua castellana y manifestaba haber viajado mucho por Italia y Hungría. Parece que este desventurado sería algún sectario fanático; que creyó cumplir un deber de conciencia, lanzándose a cometer el sacrilegio que le costó la vida. Don Lope Díez de Armendáriz, Presidente entonces de Quito, mandó que el cadáver del sacrílego fuese quemado, y así se ejecutó. Hecha al Monarca español relación de lo   —369→   ocurrido, aplaudió el celo de los vecinos del lugar, y más tardo concedió por armas a la villa de Riobamba un cáliz con una hostia encima, dos llaves atravesadas y dos espadas hincadas en la cabeza de un hombre, con lo cual se perpetuó la memoria de esto acontecimiento129.

Cierto día de repente, estando el aire sereno, principió a caer una lluvia de sangre, causando sorpresa y terror no sólo a los indios, de suyo tímidos y supersticiosos, sino a los mismos españoles, que ignoraban la causa de aquel fenómeno natural, y no acertaban a explicárselo. Aún no se habían repuesto todavía los vecinos de Riobamba   —370→   de la sorpresa, que les causó el fenómeno de la lluvia de sangre, cuando aconteció el caso siguiente130.

Cierta matrona del lugar conservaba ilícitas relaciones con un caballero principal, que desempeñaba en la villa el cargo de alguacil mayor: no fueron esos malos tratos tan secretos, que no llegasen al conocimiento del marido de la culpada, el cual, aunque hombre de malas costumbres, se afrentó tanto de la infidelidad de su esposa, que no paró hasta tomar terrible venganza de ella y de su cómplice. Hallábase, pues, el agraviado con su esposa y otras personas de su familia en una granja cercana a la ciudad, y, fingiendo un viaje urgente,   —371→   salió como de camino, y se ocultó en parte donde, sin ser visto, pudiese observar lo que pasaba. La fingida ausencia del marido dio ocasión a los cómplices para que libremente se reuniesen en la granja. La señora tenía amistad con un religioso agustino, llamado Fr. Miguel Ramírez, y lo envió a llamar a la estancia, con pretexto de que un enfermo lo pedía para confesarse. Acudió el religioso, ignorando el escándalo que había en la casa. Juntos estaban en una pieza el religioso, el alguacil, la señora, la madre de ésta, una india con un niño de pechos y dos niños hermanos de la culpada, cuando llegó allí de súbito el marido, y, tomando a todos desprevenidos, mandó salir al religioso, advirtiéndole que pusiese en salvo su vida, si no quería perecer ahí con los demás. Dispónese el padre para salir inmediatamente, pero todos se abalanzan hacia él y con ruegos y súplicas le piden que no los abandone: el marido desde afuera insta y da gritos al religioso, mandándole salir con presteza dentro, asidos los infelices del padre, le impiden salir: el marido amenaza; el padre no sale... Por las cuatro esquinas de la casa se había prendido ya el fuego: las llamas subían en alto... a la puerta el marido aguardaba, espada en mano, para dar muerte a los cómplices así que saliesen. Entonces, viendo segura la muerte, el alguacil se hincó de rodillas a los pies del padre, pidiéndole que le confesase, y el religioso prefirió heroicamente permanecer entre las llamas, administrando el sacramento de la Penitencia sucesivamente a los dos cómplices, antes que salvar su vida huyendo. El incendio, embraveciéndose, derrumbó   —372→   el maderamen de la cubierta: y unos, ahogados por el humo, otros, aplastados por la techumbre que se hundió sobre ellos, todos perecieron enmedio de aquella espantosa hoguera, que contempló arder impávido el cruel marido; dejando satisfecha su venganza.

Terminado el período de su corregimiento, regresose a Lima el capitán Aranda y fue muy bien recibido del marqués de Cañete, sucesor de don Fernando de Portugal en el virreinato del Perú. Don García de Mendoza estimaba en alto grado las excelentes prendas de don Martín de Aranda, y así le confió uno de los mejores cargos, que había entonces en Chile: Aranda aceptó el cargo con que le favorecía el Virrey, pero antes de ir a desempeñarlo, quiso hacer primero una semana de ejercicios espirituales, y se encerró en el noviciado de los jesuitas en Lima; allí formó el propósito de consagrarse enteramente al servicio divino; renunció su nuevo cargo y abrazó el estado religioso, entrando en la Compañía de Jesús. Por humildad pretendió ser solamente hermano coadjutor, pero los superiores lo admitieron para sacerdote. Después de su profesión, fue al Cuzco, donde estudió tres años la Teología moral; destináronle más tarde a las misiones de los chunchos, y al fin a las de los araucanos, cuyo idioma conocía y hablaba perfectamente.

Ejerció algún tiempo el ministerio evangélico entre los indios de Catirai y de Elicura, y murió a manos del cacique Anganamón, que acometió furioso el pueblecillo, donde recién se habían instalado los padres con algunos indios de Tucapel:   —373→   el cacique vengó en la sangre del padre Aranda y de su compañero el padre Horacio Vechi la injuria que pretendía haber recibido de los misioneros, a cuyos consejos atribuía que le hubiesen abandonado algunas de sus mujeres favoritas. El padre Martín de Aranda, cuando vio que se acercaba su fin, no se perturbó: el bárbaro dando al misionero unos cuantos golpes de macana en la cabeza, le quitó la vida; después hizo alancear el cadáver, y se retiró muy ufano de su venganza. La misma suerte que al padre Aranda le cupo a su compañero el padre Vechi, y a Diego de Montalván, que como hermano coadjutor novicio había entrado en compañía de los dos padres. Los cuerpos ensangrentados de los misioneros asesinados por orden de Anganamón, quedaron, desnudos, tendidos en el campo expuestos a ser devorados por las aves de rapiña. Sucedió la muerte del padre Aranda, en la mañana del día catorce de diciembre del año de 1612.

Así que en el fuerte se supo lo que había acontecido con los dos padres, enviaron gente que recogiera sus restos mortales, a fin de ponerlos en honrosa sepultura: tomáronse, pues, del campo donde todavía yacían, los cadáveres del padre Aranda y del padre Vechi, se juntaron las cabezas, que por orden de Anganamón se les habían cortado después de muertos, y poniéndolos en ataúdes forrados de damasco, se colocaron en la iglesia que los jesuitas tenían en la ciudad de Concepción. Los soldados en el fuerte hicieron grandes demostraciones de duelo y sentimiento, para honrar a los misioneros en la traslación de sus cadáveres.

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El padre Martín de Aranda Valdivia era un siervo de Dios; amante de la mortificación y solícito por la conversión de los infieles, no rehusaba sacrificio alguno, cuando esperaba que podía ser provechoso para el bien espiritual de los indígenas. La sequía y la peste desolaron el territorio donde vivían los tucapeles: los enfermos perecían de hambre, y el padre Aranda, cargado con una olla de alimento sazonado por sus propias manos, andaba discurriendo de cabaña en cabaña para auxiliar a los enfermos; y esos indios, a quienes tan solícitamente servía el padre no eran todavía cristianos, eran infieles: la caridad no busca sino las almas. Con mucha justicia podría, pues, gloriarse la antigua Riobamba de haber sido fundada por un siervo de Dios, por un insigne misionero de Jesucristo131.

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Casi por el mismo tiempo falleció en la misma villa de Riobamba otro individuo no menos célebre por su virtud y vida penitente. Llamábase éste Juan Gavilanes, y era generalmente conocido con el sobrenombre de «el ermitaño Juan de la Cruz», porque largos años había vivido en las montañas, que están al otro lado de la cordillera oriental, haciendo vida solitaria, entregado a la contemplación y penitencia. Juan Gavilanes era español, oriundo de Asturias, y había seguido en el Perú la profesión de las armas: desabrido de la milicia y deseando hacer penitencia   —376→   por sus pecados, vino al pueblo de Guano, de donde partió al territorio de Quijos y estableció su morada en las selvas orientales, apartado de todo trato y comunicación con gente civilizada. Pronto las costumbres pacíficas del desconocido llamaron la atención de los salvajes que vagaban por aquellas montañas, y acudieron a verlo, trabaron relaciones de amistad con él y se le sometieron dócilmente. Gavilanes los catequizó; y, cuando los puso en estado de recibir el Bautismo, les aconsejó que fueran a la ciudad de Sevilla del Oro y pidieran allí un sacerdote que los bautizara. Obedecieron los salvajes; presentáronse al corregidor de Macas y le dieron noticia de la existencia de Gavilanes en aquellas selvas. Las inclemencias del clima y la aspereza de la vida, absolutamente privada de toda clase de comodidades, habían gastado la salud y las fuerzas del pobre soldado: débil y achacoso lo encontraron los hombres que el corregidor de Macas mandó para que lo condujeran a la ciudad de Sevilla del Oro. Bautizados los salvajes, el ermitaño no puso resistencia ninguna para quedarse en la ciudad, condescendiendo con los moradores de ella, que se lo rogaban. Diéronle, pues, un sitio solitario, lejos de la población, y allí le construyeron una ermita o capilla, pobre y humilde, a medida de los escasos recursos de la tierra. Esto sucedía antes de la venida del Ilmo. señor Solís a este obispado.

Como en el primer sínodo que celebró el Prelado en Quito se prohibió el hacer vida de ermitaño sin expresa licencia de la autoridad eclesiástica, Gavilanes se vio en la necesidad de salir de   —377→   Macas y venir a Quito, a pedir licencia para continuar llevando el mismo género de vida, en que hasta entonces había perseverado. Concediósele, sin dificultad, la licencia que solicitaba, y además se mandaron practicar informaciones acerca de cierto hecho extraordinario, que se decía haber acontecido con una estampa de la Santísima Virgen en la misma ermita o capilla de Juan Gavilanes. Hechas las averiguaciones, en las cuales muchos testigos declararon bajo juramento, resultó haber sucedido lo siguiente.

Concluida la ermita, que fabricaron para Gavilanes los vecinos de Sevilla del Oro, manifestó el ermitaño su propósito de dedicarla a la Virgen, consagrándola al misterio de su Concepción Inmaculada; pero Gavilanes no tenía más que un Crucifijo, y en la ciudad de Sevilla del Oro no se encontró de la Inmaculada Concepción otra imagen sino una estampa de papel, rota, y tan ennegrecida por el humo, que apenas se dejaban percibir los rasgos del dibujo. La estampa era de Inés Toscano, viuda de Cristóbal Calvo, la que, al dársela a Gavilanes, se esforzó en vano por asearla limpiándola con un paño; la sombra de la estampa era causada por humo, de copal, del que no fue posible limpiarla. Como además estaba rota, diose modo la piadosa viuda para remendar su estampa con papel de cartas, y así, medio reparada, por no haber otra en el pueblo, se la colocó en el altar de la ermita.

El 20 de noviembre de 1592 se empeñó Gavilanes en hacer una fiesta a la Virgen en su ermita, para solemnizar el misterio de su Presentación en el templo, que se conmemora al día siguiente:   —378→   adornose la capilla con flores del campo, y, por la tarde, hubo vísperas cantadas, a las que acudió gran número de devotos; principió el canto, y luego Tomasito, niño de doce años de edad, que estaba arrodillado delante de su madre (que era la misma doña Inés Toscano), volviéndose a ésta, le dijo turbado: Madre, vea vuestra merced cómo esos castillos de la estampa de la Virgen se arden con vivos colores, y el niño, alargando su brazo hacia el altar, señalaba con su dedo la imagen de la Virgen. Inés reprendió a su hijo, y le mandó guardar silencio y mantenerse con sus brazos cruzados; obedeció el niño puntualmente; pero, algunos instantes después, tornó a decir a su madre, que la estampa estaba clara, y la Virgen brillaba con colores que parecían fuego; el niño daba esta noticia, hablando a su madre con ahínco: Inés Toscano fijó sus ojos en la estampa, mas no vio nada; Juan, el hijo mayor de Inés, estaba tras ella, puesto de rodillas en el umbral de la ermita, y, de repente, se acercó a su madre y le dijo que mirara la estampa, porque la Virgen estaba resplandeciendo con muy lindos colores; turbada Inés, no acertaba a responder nada a sus hijos, alzó la vista al altar, y ¡cuál no fue su sorpresa, cuando, en vez de la ennegrecida y sucia estampa, que ella había dado, vio una figura de la Virgen, toda de lindos y vivos colores! ¡La tizne del humo de copal había desaparecido por completo, y la imagen se manifestaba iluminada con fulgores extraordinarios! Conmoviose todo el pueblo con esta novedad, y, al día siguiente, el concurso fue mayor a la misa de la fiesta: los circunstantes no se hartaban de   —379→   mirar la estampa, admirados de ver en ella una renovación tan hermosa y repentina.

El señor Solís, reconociendo probado con las declaraciones de los testigos un caso tan extraordinario, determinó sacar a la imagen de la ciudad trasandina y miserable de Sevilla del Oro a la villa de Riobamba, donde fundó el monasterio de monjas de la Concepción, haciéndolas depositarias y siervas de la imagen, para que le diesen culto. Los moradores de Macas, viéndose privados de la santa imagen, acudieron al Metropolitano de Lima para que se la mandara devolver, pero en Lima se confirmó lo dispuesto por el señor Solís, y la estampa fue venerada en Riobamba con la advocación de Nuestra Señora de Macas, y también del milagro, aludiendo, sin duda, a su maravillosa renovación132.

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También Gavilanes abandonó su querida soledad de Macas y salió a establecerse en Riobamba, donde acabó sus días santamente, el año de 1615, dejando buena memoria de sus virtudes. Su cadáver fue sepultado en la misma iglesia de las monjas de la Concepción.

La historia, que acabamos de referir acerca de la Virgen de Macas, nos da ocasión para recordar aquí algunos otros sucesos análogos, que acontecieron durante el episcopado, del mismo señor Solís. Ya hemos contado su devoción para con la santa imagen de Guadalupe y la manera cómo solía honrarla, yendo todos los sábados a celebrar la misa en su santuario. Un Obispo, tan coloso del culto divino, hizo cuanto lo fue posible por corregir los abusos y supersticiones de los indios. Supo que los indígenas del pueblecillo de Oyacachi, situado en las quiebras y riscos de la cordillera oriental, tenían una estatua pequeña   —381→   de madera de la Santísima Virgen con el divino Niño en los brazos, y que la habían profanado, colmando en el mismo altar junto a ella una cabeza de oso, en que los hacía idolatrar su cacique; y, al punto, mandó sacar de allí la imagen y colocarla en la iglesia parroquial del pueblo del Quinche, donde todavía recibe el culto fervoroso, con que el pueblo católico se esmera en honrar a la Madre de Dios, en el más célebre de los santuarios que tiene la República.

El año de 1594, una sequía desoló el pueblo del Cisne; y, estando ya todos sus moradores a punto de abandonarlo, yéndose por diversas partes para no perecer de hambre en sus propios hogares, resolvieron entregarse en manos de la Providencia, y formaron un voto de construir una iglesia en aquel mismo lugar, y dedicarla a la Santísima Virgen. La construcción del templo fue el lazo de unión, que estrechó más las relaciones de los moradores del Cisne, que se felicitaban a sí mismos, viéndose todos juntos en su propio suelo nativo, donde con la propicia sucesión de las estaciones habían vuelto a gozar de abundancia. La pequeña imagen de la Santísima Virgen, venerada en la provincia de Loja con la advocación de Nuestra Señora del Cisne, es un recuerdo de este suceso133.

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De este modo, a la época del más insigne de nuestros Obispos se refieren los más célebres santuarios y las imágenes tradicionales, que veneraron nuestros mayores, y que hoy todavía veneramos nosotros con fervor. El héroe de nuestra historia es el pueblo: ¿daríamos nosotros a conocer al pueblo, si de su retrato borrásemos el rasgo más pronunciado y característico cual es su profunda fe religiosa?