—278→
Y, en verdad, el señor Solís poseyó perfectas y consumadas virtudes: en el claustro fue modelo de religiosos, en el solio fue ejemplar de Obispos. Amaba en tanto grado la pobreza que, durante todo el tiempo que fue Obispo, jamás usó para sus vestidos ni seda, ni lino: su sotana episcopal era su mismo hábito de religioso agustino, un sayal de lana teñido en negro; con ese hábito vino a Quito, y con el mismo fue sepultado: su aposento de obispo no tenía más ajuar que una mesa, unas pocas sillas, un bufete para escribir, todo modesto y sencillo; a eso estaba reducida toda su recámara episcopal.
—279→
Cuando aceptó el obispado del Río de la Plata, escribiendo al rey Felipe Segundo, le decía, con amable sencillez y santa franqueza: «Resta que Vuestra Majestad sea servido de mandar que las bulas se envíen a buen recaudo; porque
yo soy un fraile pobre y no tengo al presente con qué ni con quien procurarlas; ni en esta materia de cargos tengo de poner solicitud chica ni grande»
94.
Se había impuesto como regla invariable de conducta (que observó escrupulosamente), no admitir en su servidumbre sino personas de conocida virtud, para que la casa del Obispo sirviese de ejemplo a las demás. Gobernaba sus acciones guiado por la máxima de que un Obispo no debe perder ni el menor instante de tiempo; —280→ por lo cual, tenía hecha distribución de todas las horas del día, y en guardarla religiosamente fue fiel hasta la muerte. Pondremos aquí, para edificación de nuestros obispos, la distribución que de las horas del día y de la noche practicaba el Ilmo. señor Solís. Se levantaba antes de amanecer e inmediatamente se ponía en oración, hasta la hora en que celebraba el sacrificio de la Misa después daba audiencia a todos los que necesitaban hablar con él: asistía todos los días los divinos oficios, por la mañana y por la tarde, en la Catedral. Al mediodía comía parcamente, y después consagraba un rato a la lectura de algún libro devoto. Tanto por la mañana, como por la tarde, después de salir de la Catedral, se ocupaba en despachar los negocios de la curia eclesiástica: a las cinco de la tarde admitía visitas; pero ya todos sabían que, para visitar al Obispo, habían de observar dos condiciones, ser breves y no ocuparse en pláticas inútiles. Las primeras horas de la noche las gastaba en examinar la cuenta y razón, que tenía mandado habían de presentarle cada día, de los asuntos domésticos, de las fábricas que por su orden se estaban construyendo y de las limosnas distribuidas entre los pobres. Luego él mismo escribía respecto de cada asunto lo que creía conveniente que debía hacerse, y esa instrucción o memoria entregaba a sus ministros, para el buen desempeño de los negocios que les estaban encomendados. Concluido este arreglo, se recogía en su oratorio, y allí perseveraba en oración hasta muy avanzadas horas de la noche: después reposaba solamente el tiempo preciso para conservar la salud. Su abstinencia era frecuente, —281→ y se observó que no cenaba nunca, contentándose con una sola comida al día.
Era tan rígido en tratarse a sí mismo, y tan parco en su comida que, cuando fue Obispo, no gustó nunca de variedad de manjares, tomando cada día solamente una clase de vianda. Debemos comer para sustentarnos y no para regalarnos, solía responder a sus familiares, siempre que le instaban que comiera de los diversos platos que se servíais en la mesa; y jamás pudieron acabar con él ni conseguir que infringiera las prácticas de penitencia que se había impuesto.
Su mortificación corporal fue admirable traía siempre a raíz de las carnes un cilicio de puntas de hierro, y la oración de cada noche solía terminarla tomando recia disciplina. La visita de un obispado como el de Quito, tan extenso en aquella época, por caminos ásperos y fragosos, en la cual se ocupó dos veces, es una prueba de su mortificación: pero además un testigo ocular de su penitencia nos ha dejado escrito el hecho siguiente. Los viernes, terminada su oración, en avanzadas horas de la noche, salía de su palacio acompañado de alguno de sus domésticos, y así que llegaba a una cruz que había entonces a la salida de la ciudad cerca de la iglesia de San Blas, se desnudaba las espaldas, se descalzaba completamente, e hincado de rodillas principiaba de nuevo su oración, y, al mismo tiempo, la disciplina con una cadena de hierro hecha tres ramales; levantándose, después de un breve rato, continuaba su camino hasta el pueblo de Guápulo, sin cesar de azotarse: delante de la cruz que está en la bajada antes de llegar al pueblo volvía —282→ a postrarse por algunos instantes; lo mismo hacía en la puerta de la iglesia: al día siguiente celebraba el sacrificio de la Misa con gran devoción en el altar de la Virgen, y regresaba a la ciudad montado en mula.
En una ocasión de éstas le acompañó el presbítero Ordóñez de Zevallos, autor del Viaje y vuelta del mundo, y dice que, cuando el Obispo estaba arrodillado delante de la cruz, era tal la devoción que le infundió, que le parecía estar viendo a San Agustín o a San Nicolás de Tolentino; así, mientras el Obispo oraba y se mortificaba, el clérigo besaba en silencio los zapatos que le había dado a guardar95.
Si era grande la mortificación, mayor era la caridad, que para con los pobres tenía este insigne Obispo. Dividía la renta de su obispado en cuatro partes: las tres consumía en las fábricas de las iglesias y en limosnas de los pobres; la cuarta volvía a subdividir en otras tres; de éstas, las dos reservaba para limosnas extraordinarias, y la otra empleaba en el sustento de su persona y familia. En la visita de la diócesis solía andar a llevar una bolsa de reales, para repartirlos en limosna a cuantos pobres se le presentaban, prefiriendo siempre a los indios, a quienes amaba con predilección. Por más dinero que llegase a sus manos, jamás reservó para sí, ni para sus domésticos cosa alguna: todo era para los pobres.
Cuando salió a la visita de la diócesis, encontró las iglesias de los pueblos en lastimoso estado —283→ de ruina: unas enteramente caídas, otras sin puertas, ni ventanas, algunas tan pobres y desaseadas que causaba dolor celebrar en ellas los divinos misterios. El Obispo contribuyó con sus rentas a que se reparasen las que podían ser reparadas, y a que se construyesen de nuevo todas las que se hallaban deterioradas notablemente. El señor obispo Peña había deplorado ya este mal, pero no logró en sus días verlo remediado.
No sólo daba el Ilmo. señor Solís a los pobres las rentas de su obispado en largas y cuantiosas limosnas; muchas veces vendió sus propias alhajas, para socorrer con el precio de ellas a los necesitados. A la vuelta del viaje que hizo a Lima para asistir al último Concilio provincial convocado por Santo Toribio, se encontró tan falto de recursos, que no teniendo con qué hacer limosna a los pobres, mandó vender un pabellón o tienda de campaña que le servía en sus viajes, por ser lo más precioso que tenía, y el valor de esta prenda fue distribuido en socorro a los pobres, mas como las necesidades de los indigentes no quedasen satisfechas, dispuso que se vendiese una ropa de martas, que le servía para abrigarse del frío. Salió a venderla por las calles su mayordomo, y no hubo quien ofreciese nada por ella sin embargo, lo supo una señora rica de Quito y dio por aquel objeto doscientos pesos, comprándolo según ella misma aseguraba, no por su valor, sino como reliquia. Cierto clérigo rico murió, instituyendo al Obispo en su testamento por único heredero de toda su hacienda, que era muy crecida; el Obispo aceptó la herencia, y, después —284→ depuestos en almoneda todos lo bienes del difunto, mandó hacer muchos sufragios por el descanso de su alma, y todo lo demás lo empleó en obras de caridad, sin reservar absolutamente nada para sí. Cuando sus domésticos llevaban a mal la estrechez en que vivía y las limosnas, que a juicio de ellos eran demasiadas, contestaba el virtuoso Prelado: basta a un Obispo lo honesto en las casas de los Obispos la antigua es sólo la caridad; el fausto es muy moderno. Una cosa pido a Dios, añadía, y es que me conceda morir tan pobre que, para enterrarme, sea necesario pedir limosna.
Entrando un día uno de los clérigos, sus familiares, en el aposento del Obispo, lo encontró ocupado en remendar las mangas de su sotana; y, sorprendido, le dijo: ¿qué es eso, Ilmo. Señor? Un tercio de la renta está caído, y; si quiere Vuestra Señoría, pueden hacerse diez sotanas, aunque sean de brocado!! Yo soy fraile, contestó reposadamente el Obispo, y hago profesión de pobreza: las rentas del obispado no son mías; yo no soy más que un mayordomo de los pobres, que son los verdaderos dueños de ellas. He pedido a Dios que me entierren con este hábito, añadió: y, si no lo remiendo, ¿Cómo podría concederme Dios lo que le he pedido, sin un milagro?... Con mucha razón, graves autores han encontrado grande semejanza entre Santo Tomás de Villanueva y el Señor Solís96.
Cierto caballero noble de Quito andaba por —285→ algunas casas de la ciudad pidiendo limosna para el dote de una niña indigente, a quien la pobreza impedía contraer honrado matrimonio: aun cuando conocía muy bien la caridad del Obispo, no se atrevía a pedirle nada, porque le constaba que entonces el Prelado, con las muchas limosnas que había repartido, se había quedado enteramente exhausto de recursos. Sin embargo, llegó a noticia del Obispo la necesidad de aquella niña, porque se lo contó una persona que fue al palacio de visita: al punto, llamando el Obispo a su mayordomo, le mandó que saliese y buscase prestada esa cantidad a crédito del Obispo, y la llevase al caballero encargado de colectarla. La dote estaba tasada en tres mil pesos, y el Obispo dio los dos mil; tomándolos a crédito.
Otra de las virtudes en que más sobresalió este venerable Prelado fue el celo en procurar la decencia y esplendor en el culto divino. Asistía todos los días, como lo hemos referido antes, tanto por la mañana como por la tarde, a la celebración de los divinos oficios en la Catedral, para cuidar de que se cumplieran con la debida puntualidad, compostura y reverencia. Como los multiplicados negocios del gobierno del obispado no le permitiesen asistir a la Catedral todos los días tan puntualmente como deseaba, hizo abrir una ventanilla en la pared de la iglesia contigua a la casa en que moraba, para observar desde allí lo que se hacía en el coro y en el altar. Llevaron pesadamente los canónigos semejante vigilancia, y pusieron pleito al Obispo ante la Real Audiencia para que le mandase cerrar la ventana, y sobre el registro que sufrían informaron —286→ a Santo Toribio de Mogrovejo como a Metropolitano. Oídas las razones de ambas partes, respondieron el Santo Arzobispo y la Audiencia de Quito, que a Prelado tan celoso de la honra de Dios no se le había de ir a la mano, sino venerar sus acciones. Conque los canónigos tuvieron desde entonces por más acertado cumplir bien con sus deberes, y no poner pleito al Obispo.
Era tan celoso de la buena moral, que se disgustaba cuando veía algún clérigo vestido con profanidad, lo cual tenía por indicio de flaca virtud: así, quería que el traje de los clérigos no desdijese jamás de la modestia y gravedad sacerdotal. Supo que un clérigo traía medias de seda amarillas: hízole llamar con descuido, y, entrándose los dos solos en un aposento retirado, le mandó quitarse las medias de seda, y en su lugar le dio unas de lana negras, diciéndole: «estas medias debe ponerse quien todos los días ha de subir al altar».
No sólo exigía de los clérigos buena moral, sino también suficiencia. Pocos meses después, de llegado en Quito fundó el Seminario de San Luis, cuya dirección confió a los padres Jesuitas, por el grande aprecio y entrañable devoción que profesaba a la Compañía de Jesús. A los que había de ordenar los sujetaba primero a riguroso examen, y no concedía a ninguno las órdenes sagradas, sino cuando estaba satisfecho de su suficiencia: la misma regla guardaba en conferir beneficios. Sucedió que un clérigo alcanzase cédula real para una canonjía de la Catedral; con ella se presentó al Obispo, para que le diese la institución canónica; mas el Obispo se la negó, diciéndole —287→ que carecía de la instrucción competente para ser canónigo. Interpusiéronse muchas personas autorizadas, juntamente con todos los canónigos, como intercesores para que concediese al clérigo la prebenda, alegando para ello razones y congruencias. Mas el Obispo se mantenía inflexible en su primera resolución, pues decía que el Rey le había hecho merced: al clérigo presentándolo para aquella prebenda, sin duda ninguna porque ignoraba su Majestad que el agraciado era iliterato, dado caso que nunca habría querido proveerla en un indigno. Tantas fueron las súplicas, tan repetidos los empeños que, al fin, el Obispo prometió que le daría la prebenda, con la condición expresa de que primero había de estudiar el clérigo dos años de Gramática latina: aceptada la condición, lo consigno a los Jesuitas, y efectivamente el prebendado cursó dos años de Gramática bajo la dirección de los Padres, y al cabo de ese tiempo, encontrándolo el Obispo suficientemente instruido, le concedió la canonjía que solicitaba.
Otro ejemplo dio de firmeza y de cuánto aprecio hacía de la buena moral. Había en la Catedral un excelente músico y cantor, joven de prendas nada comunes, y muy estimado así de los canónigos como del mismo Prelado por la hermosura de la voz y la destreza en el cantar. Contra este músico recibió quejas el Obispo por cierto desacato cometido con su madre, con la cual haba reñido y faltádole al respeto. Averiguó diligentemente el caso y convencido de la falta, despidió al momento al culpado del empleo que desempeñaba en la Catedral. El joven se —288→ valió de cuantas personas graves había en la ciudad para que el Obispo revocase la orden y no lo privase del empleo: los canónigos acudieron también a interceder por él, representando al Obispo la falta que haría en la iglesia el joven por la excelencia de su voz, y su destreza en la música. Dejolos hablar el Obispo, escuchándoles en silencio con grande calma, y, al fin, por toda respuesta les dijo las siguientes palabras, dignas de toda, ponderación: «más gloria recibe Dios de que se castigue un mal hijo, que de que haya en su iglesia un buen cantor»; y prohibió que se le volviese a hablar más sobre aquel asunto.
Cuando recién vino a Quito y principió a gobernar su obispado, se manifestó severo en corregir la faltas e incorruptible en punto a acepción de personas, porque, decía, si desde el principió conocen mi manera de proceder, no extrañarán después mi conducta. Y así fue, en efecto, pues las virtudes del Prelado inspiraron a todos profundo respeto y veneración a su persona. Hablaba poco y con grande mesura y discreción; y, aunque afable con todos, jamás la bondad le hizo torcer ni un ápice del camino de la justicia: había aceptado con grande repugnancia el obispado, temiendo condenarse, y, por esto, andaba siempre con sus ojos fijos solamente en la voluntad divina. Aunaba a todos sus súbditos con una caridad tan perfecta, que, cuando se veía obligado a castigar las faltas de alguno, lo hacía guardando siempre los fueros de la honra y fama ajenas. En el distribuir de los beneficios y cargos eclesiásticos, profesaba la máxima de que, aquel es más digno de un empleo, que menos lo solicita; —289→ y se complacía en sacar a luz el mérito, buscándolo en la oscuridad de la modestia.
Llegó a noticia del señor Solís que dos clérigos, curas, vivían en grave pecado; llamolos, recibiolos con blandura paternal y encerrose con ellos en su oratorio: allí les exhortó con palabras, que le brotaban de lo íntimo del pecho y eran expresión sincerísima de su profunda humildad. Os he reprendido, les dijo, y no os habéis enmendado; os he castigado; y no os habéis reformado: esta culpa no es vuestra, sino del Prelado que tenéis, por ser yo un tan mal Obispo, vosotros no sois buenos; y, diciendo esto, se desnudó las espaldas y comenzó a azotarse cruelmente. Los clérigos, espantados, se echaron a los pies del Obispo y le prometieron cambiar de vida, y, en efecto, se convirtieron. Muerto el señor Solís, cayeron de nuevo en sus primeros escándalos; pero, acosados por el remordimiento, al fin se arrepintieron de veras y abrazaron la vida religiosa, profesando en la Orden de San Francisco97.
Habíase introducido ya en aquella época una reprobada costumbre, que, por desgracia, entre nosotros dura todavía, a saber el exceso en la comida y la falta de modestia en las casas de los curas, cuando reciben la visita episcopal: esta costumbre era aborrecida por el Ilmo. señor Solís, y en destruirla se manifestó infatigable, riñendo a los curas que se esmeraban por regalarle en la mesa y en el cuarto preparado para que —290→ se hospedase. Conociendo un cura la voluntad del Obispo, lo recibió dándole posada en un cuarto, cuyas paredes estaban entapizadas con esteras de totora: al entrar, se sonrió el Obispo, y volviéndose al cura, le manifestó en términos muy sinceros cuánto le complacía aquella sencillez y pobreza: esos otros adornos, dijo, me desagradan, porque desdicen de la modestia y humildad del estado que hemos profesado; agradezco la buena voluntad, pero repruebo los adornos. Presenciando los pueblos tantos ejemplos de virtud, veneraban a su Obispo, y oían sus instrucciones con profundo acatamiento.
Notables fueron en este Prelado todas sus virtudes; pero entre ellas, causaba admiración su igualdad constante de ánimo; tenía tal señorío sobre sí mismo, que en los casos adversos y en los sucesos prósperos siempre se le notó
sereno y tranquilo; exaltado ni colérico no se le vio jamás: hablaba poco, y en palabras y acciones demostraba mucha gravedad. Anhelaba el bien de las almas, procurando remediar con celo discreto los escándalos; padeció con los que causaba en esta ciudad la vida licenciosa del Ministro Fiscal de la Audiencia, y puso cuantos medios le sugirió su prudencia para corregirlo y reformarlo. Para que se conozca mejor el carácter del señor Solís y su noble entereza de ánimo, pondremos aquí la respuesta que dio al Rey de España, cuando le recomendó que cuidara de que los indios no fuesen maltratados por los empleados de la Corona. «Mándame Vuestra Majestad (contestó el Obispo), que le escriba sobre los agravios que padecen los indios: cuarenta años tengo de experiencia,
—291→
y veinte llevo de estar dando avisos; y, como veo que no se hace nada, juzgo que es mejor callarme. Díceme Vuestra Majestad que debo comunicarlo todo al Virrey: así lo suelo hacer; pero, por todo remedio, se me contesta que se tendrá
presente para la visita; y, como veo que no se hace visita ninguna, pienso que hablarán de la visita general del valle de Josafat».
Hermosa franqueza por parte de un Obispo, y mucho de loar, tratándose de la defensa de gente tan desvalida como
los indios. El Rey, a quien así escribía el señor Solís, era Felipe Segundo. ¿No es muy recomendable la nobleza del monarca, a quien se le hablaba la verdad, sin lisonja ni disimulo?98
Más, tiempo es ya de que contemos las nuevas fundaciones que se hicieron en aquellos años, y en las cuales tuvo parte nuestro Obispo.
Bajo el gobierno del señor Solís se fundaron en Quito los conventos de monjas de Santa Clara y Santa Catalina, y los de la Concepción —292→ en las ciudades de Pasto, Cuenca, Loja y Riobamba.
La ciudad de Pasto pertenecía entonces al obispado de Quito, y en ella se había fundado un convento de monjas de la Purísima Concepción, seis años antes de la llegada del señor obispo Solís a Quito. Las fundadoras de este monasterio fueron dos viudas nobles, doña Leonor de Orense y doña Ana de Vergara, las cuales, autorizadas por el Cabildo eclesiástico de Quito en Sede vacante, se asociaron con cuatro jóvenes doncellas de la misma ciudad, llamadas Juana Zambrano, Floriana Vázquez, Beatriz de Zúñiga e Isabel Medina, y, en la tarde del 3 de octubre del año de 1588, víspera de San Francisco de Asís tomaron el velo monacal, y declararon fundado el nuevo convento, en unas casas, que para este objeto, dio un clérigo español, apellidado don Andrés Moreno de Zúñiga.
Los recursos, con que se puso por obra la fundación de este monasterio, fueron los bienes propios de las dos fundadoras y la dote de cada una de las cuatro jóvenes, todo lo cual montó a la cantidad de diez mil pesos de oro. Doña Ana de Vergara donó también al convento un negro y una negra esclavos suyos; y el día en que por comisión del Cabildo eclesiástico de Quito, el licenciado Diego Bracamonde tomó posesión de la casa y de los demás bienes con que se fundaba el convento, pidió al juez y al escribano, que se hallaban presentes, que le otorgaran testimonio de cómo tomaba también posesión de los dos esclavos a quienes en señal de dominio los cobijó y los descobijó en el acto con unas mantas de lienzo —293→ blanco. El monasterio se declaró exclusivamente sujeto a la jurisdicción del Ordinario eclesiástico de Quito.
Como siete años después de la fundación, llegó a Pasto el obispo Solís, y, practicando la visita canónica del monasterio, encontró que doña Leonor de Orense, que hacía de abadesa, estaba ya muy anciana, y que las monjas ignoraban la observancia regular, porque no había habido quien se la enseñara a practicar. Para el mejor arreglo del convento, hizo ir de Quito dos religiosas expertas; a una de las cuales la eligió de superiora, dándole encargo de poner en toda su perfección la observancia monástica en el nuevo convento99.
El convento de Santa Clara fue fundado por doña Francisca de La Cueva, viuda del capitán Juan de Galarza, Alguacil mayor de Quito. Galarza —294→ fue quien tomó preso en Popayán al señor obispo Coruña: arrepentido después, pidió, como lo hemos referido antes, la absolución al Cabildo eclesiástico, restituyendo el dinero que había confiscado al Obispo. La temprana muerte de su marido y el deseo de reparar el grave escándalo que éste había causado, serían acaso algunos de los motivos que estimularon a Francisca de La Cueva para abrazar la vida religiosa, fundando, al efecto, un nuevo monasterio.
Verificose la fundación el 19 de noviembre de 1596. Para tomar posesión de la casa, se colocó el Santísimo Sacramento, se cantó enseguida el Te Deum y la fundadora, vestida ya con el sayal de monja Clarisa, prestó obediencia al P. Fr. Juan de Santiago, Guardián del convento de Franciscanos de Quito, pidiéndole que aceptara en la Orden de los Menores el nuevo monasterio, en que deseaban vivir en pobreza evangélica, observando la regla de San Francisco, ella y María y Francisca, sus dos hijas legítimas. El padre Guardián, a nombre del Comisario y del General de la Orden, aceptó el nuevo convento y nombró por su primera abadesa a la misma fundadora. Fue designado para primer capellán el P. Fr. Luis Martínez. Las primeras religiosas de Santa Clara, fundadoras del monasterio de Quito, fueron, pues, Francisca de La Cueva y sus dos hijas María y Francisca, niñas de tierna edad porque la primera apenas contaba once años, y la segunda menos, por lo cual tardaron largo tiempo hasta poder hacer su profesión.
El sitio en que se verificó la fundación de este convento es el mismo en que está ahora: la fundadora —295→ compró cuatro casas, dos que estaban en la plazuela y dos pequeñas, situadas junto a las primeras en la calle que sube a la cantera: después fueron adquiriendo más solares, unos comprados y otros recibidos por la dote de algunas de las primeras religiosas. Las cuatro primeras casas, en que se hizo la fundación del monasterio, se compraron en más de siete mil pesos.
Parece que antes de la venida del señor obispo Solís a Quito se había hecho ya la fundación del convento de santa Clara, pero sin guardar ninguna de las condiciones exigidas por el Concilio de Trento para la fundación de nuevos monasterios; por lo cual, aquel celoso Prelado declaró nula la dicha fundación, y negó la licencia para verificarla de nuevo, mientras doña Francisca de La Cueva no presentase testimonio público, autorizado por escribana con las formas solemnes acostumbradas, para hacer constar que había satisfecho completamente todas las deudas de ella y de su marido. Cuando hubo probado en el tribunal eclesiástico que había satisfecho a todos sus acreedores, entonces le concedió el Obispo licencia para verificar la fundación, previniendo a la fundadora que la casa en que se iba a erigir el monasterio, estuviese murada y dispuesta con todo lo necesario para guardar clausura, como lo disponían el Santo Concilio de Trento y las constituciones pontificias.
Como Felipe Segundo había ordenado que no se hiciese en Quito fundación ninguna de nuevos conventos o monasterio sin autoridad real, doña Francisca de La Cueva solicitó el permiso de la Audiencia, y se lo concedió el licenciado Marañón, —296→ entonces Visitador de ella, vista primero la autorización del Obispo.
Digamos una palabra acerca del capitán Galarza, esposo que fue de doña Francisca de La Cueva, fundadora del convento de Santa Clara.
Juan de Galarza era hijo legítimo de Martín de Mondragón, uno de los primeros conquistadores y pobladores de Quito. Mondragón acompañó a don Sebastián de Benalcázar y estuvo en la fundación de esta ciudad: casose con doña Isabel de Andagoya, hermana del adelantado don Pascual de Andagoya, que murió en el Cuzco, después de la batalla de Jaquijaguana. De tan ilustres padres descendía el marido de doña Francisca de La Cueva.
También el convento de monjas de Santa Catalina de Sena tuvo por fundadora a otra viuda ilustre, doña María de Siliceo, sobrina del arzobispo de Toledo. La señora Siliceo era matrona muy honorable: estuvo desposada con don Alonso de Troya, del cual le quedaron dos hijos varones y tres hijas; con ellas y con otras seis niñas huérfanas hizo la fundación del convento de religiosas dominicanas bajo la advocación de Santa Catalina de Sena.
Verificose la fundación de este monasterio entre los horrores y disturbios del levantamiento causado en Quito por la imposición de las alcabalas y tardó algunos años en hacerse de una manera estable, pues sus fundadores se vieron obligados a trasladarlo de una parte a otra, porque no hallaban casa cómoda donde establecerlo.
Para constituir definitivamente el monasterio en el punto donde está ahora, fue necesario —297→ que comprasen varias casas, y entre ellas la que había sido del célebre don Lorenzo de Cepeda, hermano de Santa Teresa de Jesús. La casa de don Lorenzo de Cepeda tenía una fuente de agua, que le fue concedida por el cabildo de Quito y por una Cédula real expedida por el presidente don Hernando de Santillán en nombre de Felipe Segundo con el mismo objeto, según aparece del título de propiedad, firmado en Quito el 11 de agosto de 1587. El Cabildo concedió a don Lorenzo de Cepeda un dedo de agua, la cual debía tomar de la que viene a la plaza mayor, llevándola a su casa encañada, por la calle que hoy llamamos de las «Cuatro esquinas», con la expresa condición de que el remanente de la dicha agua había de servir para el barrio donde estaba la casa, el cual, por ser alto, como dice la solicitud del mismo don Lorenzo de Cepeda, carecía enteramente de agua.
El hermano de Santa Teresa construyó una fuente en los muros de su casa, para que de allí se proveyese de agua todo el barrio, verdaderamente alto, por estar en la loma, que forma la hoya de las dos grandes quebradas, que corriendo al norte y sur de Quito van a juntarse atrás en el cauce profundo y escondido del Machangara. El monasterio de Santa Catalina de Sena se estableció, pues, en la casa donde nació la primera religiosa ecuatoriana, la ilustre Teresa de Cepeda; y hasta ahora los vecinos de aquel barrio acuden a proveerse de agua en la fuente, donde todavía sigue corriendo la que en nombre de Felipe Segundo se concedió al hermano predilecto de Santa Teresa de Jesús100.
—298→En tiempo del mismo señor Solís se fundaron los monasterios de religiosas de la Concepción en Cuenca, Loja y la antigua Riobamba.
El convento de la Concepción de Cuenca se fundó en 1599. Varias personas piadosas contribuyeron con donativos voluntarios; el tesoro real dio también algunos centenares de pesos, y el 3 de junio, lunes, segundo día de Pascua del Espíritu Santo, el Ilmo. señor Solís puso por obra la fundación, celebrando solemnemente el Sacrificio de la Misa y predicando en la casa destinada para el monasterio. Era ésta perteneciente a doña Leonor Ordóñez, quien la había cedido por precio de la dote de sus tres hijas Leonor, Ángela y Jerónima, las cuales fueron las primeras jóvenes cuencanas que vistieron el hábito de religiosas en el mismo convento. Asistieron a la ceremonia el Cabildo secular y las personas principales de la ciudad.
Para la fundación del convento de Cuenca fueron de Quito tres religiosas, de las que habían profesado con la fundadora del convento de esta capital. Una de estas tres religiosas, llamada antes de profesar doña Magdalena de Araujo, y en el claustro, sor Magdalena de San Juan, fue nombrada por el mismo señor Solís primera abadesa del monasterio de Cuenca101.
—299→El convento de monjas de Loja se fundó el 25 de agosto del año de 1596, con la eficaz cooperación de los vecinos de la ciudad, y principalmente de don Juan de Alderete, gobernador de Yaguarsongo y Bracamoros. Como para la fundación de los otros conventos, también para éste las primeras monjas fueron llevadas de Quito, y llegaron a Loja a fines de mayo del año siguiente de 1597. El convento de la Concepción de Loja fue el primero que de monjas se fundó en el territorio de la actual República del Ecuador, después de los que estaban fundados en la Capital; y es cosa notable, que todavía se conserven —300→ todos los conventos en cuya fundación intervino el señor Solís, a pesar de los contratiempos que tanto los han perseguido102.
El último convento de monjas, que se fundó en tiempo del señor Solís, fue el de la antigua ciudad de Riobamba. En el mes de mayo del año de 1605 estaba el obispo en Riobamba, practicando la visita de su diócesis, y el Cabildo de la villa le pidió que diera licencia para fundar un monasterio de religiosas, bajo el patrocinio de la Concepción Inmaculada de la Virgen María: el Obispo accedió gustoso a la solicitud del Cabildo, y, obtenida la aquiescencia del presidente don Miguel Ibarra, se procedió a la fundación. Del convento de Quito fueron llevadas a Riobamba tres religiosas antiguas y algunas jóvenes nativas de la misma Riobamba, que habían hecho ya su profesión. El Obispo las recibió, vestido de pontifical, en la iglesia mayor de la villa; y luego las condujo, enmedio de un concurso numeroso, a la casa que les estaba preparada, y allí se declaró canónicamente fundado el convento. Fue esto un día miércoles, 22 de junio de 1605103.
—301→Quito le debió al señor Solís un establecimiento de moralizadora caridad, además del Seminario, y fue la casa, conocida con el nombre de Santa Marta, destinada para recoger en ella mujeres que quisieran convertirse a Dios de veras, renunciando a las ocasiones de pecado. El fin principal del Ilmo. señor Solís, al fundar esta casa, fue ofrecer un lugar de asilo a las que voluntariamente se arrepintieran de su mala vida, y tener una cárcel decorosa, donde, bajo las tolerantes alas de la caridad cristiana, pudieran ser vigiladas aquéllas, a quienes la autoridad eclesiástica se viese en la necesidad de encerrar por incorregibles. En esta misma casa estaba preparando un asilo para niñas huérfanas este gran Obispo, cuando, para desgracia de Quito, fue sacado de esta diócesis. ¿Qué derecho tienen los tiempos actuales, para condenar a los Obispos de la colonia? Virtudes, como las del insigne obispo Solís, no han sido comunes en nuestra patria. Se habrá notado, sin duda, el gran número de fundaciones piadosas y las muchas obras, que en beneficio de las parroquias se llevaron a cabo durante el gobierno de este célebre Obispo, y causará sorpresa encontrarlo poniendo en todas ellas su mano generosa, en la que parece que los recursos se multiplicaban. Es que, cuando Dios quiere bendecir una nación, saca de los tesoros de su misericordia un buen obispo y lo constituye por pastor del pueblo a quien ha de hacer feliz; asimismo, cuando el cáliz de su —302→ santa indignación está rebosando, permite que los que han de apacentar su grey no entren por la puerta del redil, sino por el portillo de la ambición.
El señor obispo Solís dio en obsequio a la Catedral un buen órgano y una lámpara grande toda de plata, de valor de algunos miles de pesos: acudió con una gruesa limosna a su convento de Salamanca, para que se repararan los daños que en él había causado un incendio, y fundó en la iglesia de San Agustín de Lima una capellanía, para que se aplicaran todos los años por su alma las vísperas y la misa de la fiesta del Santo Doctor. Podemos asegurar que no hubo un solo maravedí que no lo empleara santamente: cuando murió, todos sus expolios se redujeron al hábito de lana negra, con que había sido consagrado Obispo.
Mas, para que se conozca bien quién era el señor Solís, y todas las virtudes de que su alma estaba enriquecida, referiremos los padecimientos que le ocasionó su celo, en el exacto cumplimiento de los arduos deberes de su cargo pastoral. Para mayor claridad en la narración, tomemos las cosas desde su origen.
Vino el obispo Solís a Quito, cuando en esta ciudad estaban ardiendo todavía las cenizas del incendio causado por la revolución de las alcabalas: uno de los primeros actos del Prelado fue reprobar el levantamiento, predicar obediencia y sumisión a la autoridad real y condenar —303→ con energía los pasados desórdenes: sobre este punto predicó con vehemencia en repetidas ocasiones. Siendo tal la disposición de su ánimo, y atendida la rectitud de su manera de gobernar, no debemos sorprendernos de que se haya manifestado no sólo severo sino hasta duro e inexorable en castigar a todos los clérigos que habían tenido alguna participación en los motines y tumultos del pueblo. Al principio se contentó con reprender y afear la conducta de los culpables; pero, cuando recibió una real orden, por la cual Felipe Segundo le encargaba castigar a los eclesiásticos que aparecieran culpados en la pasada revolución, fulminó procesos y practicó minuciosas pesquisas para descubrirlos. Muchos de éstos, viendo el rigor con que procedía contra ellos, apelaron al Metropolitano; y el santo arzobispo de Lima admitió las causas en su tribunal y mitigó las penas impuestas por el señor Solís. El discreto don Alonso Hernández de Bonilla le aconsejó que echara tierra sobre tan odiosos asuntos, y que a los que resultaran culpables podía muy bien castigarlos, agravando prudentemente las penas, que, por otras causas, merecieran. Pero el señor Solís no le dio oídos y se mostró tenaz e inexorable, confundiendo, en esta vez, la intolerancia con la justicia. Pesábale a nuestro Prelado la conducta de Santo Toribio, cuya blandura le parecía indiscreta para un juez.
El deán, don Bartolomé Hernández de Soto, que tanta parte había tomado en favor de la Audiencia, murió repentinamente, en el mes de abril de 1594, antes que llegara el obispo Solís. Fue el segundo Deán de nuestra iglesia Catedral. —304→ Ya, con su autoridad de Vicario Capitular, el Deán había procesado y aún castigado a varios canónigos, y a otros eclesiásticos, por su participación en el alzamiento y revolución de las alcabalas; mas, de los sumarios que instruyó el señor Solís resultaron culpados muchos otros. Enumeraremos los principales.
El licenciado don Francisco Galavís, Arcediano, fue reducido a prisión por Arana: estuvo vigilado con centinelas de vista y por sentencia del Vicario Capitular, fue sacado de Quito enmedio de una escolta de arcabuceros. Había sido enemigo de las alcabalas; y en su casa había celebrado juntas de los principales cabecillas, reuniéndolos en altas horas de la noche.
Galavís era disimulado y obraba sagazmente: logró no solamente vindicarse sino hasta alegar méritos, mediante los cuales obtuvo que se le premiara dándole la dignidad de Deán de esta Catedral, cosa de la cual no acababa de maravillarse el señor Solís.
El canónigo Andrés López de Albarrán había hablado públicamente contra las alcabalas, y aconsejado que no las pagaran. El canónigo Gaspar de Zamora había bendecido solemnemente en la iglesia de la Concepción las banderas militares de los amotinados.
Hernando de Villanueva, cura de Chimbo, fue el que dio a los de Quito la noticia de la llegada de Arana; descaminó un posta enviado por éste, y abrió las comunicaciones para imponerse del contenido de ellas. Los clérigos Juan Caro, Gaspar Salgado, Martín Falcón y Hernando Italiano habían andado entre los conjurados, y —305→ se habían presentado en público, con armas, en defensa del Cabildo contra la Audiencia. Antonio Arcos había refinado pólvora para los conjurados. Jerónimo de Cepeda, cura de Mira, la había hecho en su pueblo y la había vendido a los caudillos de la revolución. Pedro Tovar, sacristán mayor de la Catedral, había franqueado la torre, para que tocaran las campanas a rebato, aún en altas horas de la noche. Alonso Mejía de Mosquera, Juan Paredes, Lorenzo Díaz Ocampo y Miguel Gabiria, clérigos quiteños mestizos, habían salido a la plaza y tomado parte activa en los alzamientos, gritando a los amotinados y animándoles, con decirles que defendieran su patria, y no se dejaran abatir cobardemente. Ésta es la primera vez que suena este nombre de Patria en nuestra historia. La revolución de las alcabalas fue en el fondo una protesta prematura de las gentes nacidas en este suelo, contra el gobierno de los que venían de fuera. Ese grito de Patria lanzado entre los alborotados grupos de una muchedumbre, para quien no había más que rey y vasallos, no fue muy comprendido entonces: ni era todavía llegada la hora propicia, en que, al poder mágico de ese grito, la colonia se transformara en nación independiente104.
Volvamos a hablar del señor Solís. El rigor y severidad intransigente, con que quiso castigar a los clérigos que habían tomado parte —306→ en la revolución de las alcabalas, fue causa de graves padecimientos para nuestro Obispo. Algunos de los sacerdotes perseguidos huyeron; y el pueblo, que suele siempre compadecer a las víctimas de la justicia, aunque las reconozca culpables, murmuró del Prelado, poniendo en comparación el rigor del Ilmo. señor Solís con la benignidad de Santo Toribio. Los pleitos con los frailes a consecuencia de los curatos que éstos administraban: los disgustos y litigios con los prelados regulares, que se negaban tenazmente a contribuir al sostenimiento del Seminario, con la cuota impuesta por el Tridentino; la observancia de las leyes canónicas, el celo infatigable por las buenas costumbres y la defensa de la inmunidad eclesiástica fueron motivos para que el señor Solís padeciera graves contradicciones.
Había entonces en Quito un eclesiástico inquieto y soberbio, llamado Miguel León Belmonte, de costumbres no inmorales, pero de ambición desmedida: obtuvo éste el cargo de Comisario de la Santa Cruzada, y lo desempeñaba con esmero, procurando que las erogaciones de la Bula diesen una suma considerable al erario real. Viendo el Obispo cuán conveniente era para el servicio divino, que la predicación de la Bula se hiciera de un modo más razonable, alcanzó para sí la facultad de publicarla; pero el clérigo Miguel León no quiso ceder: arguyó con el Obispo, le disputó sus facultades y lo citó ante la Audiencia: el tribunal juzgó el asunto, y pronunció sentencia favorable al clérigo, haciendo así una injuria al Prelado: con la predicación del Obispo, decían los Oidores, los rendimientos pecuniarios —307→ de la Bula no serían tan pingües, como con la del licenciado Belmonte; la facultad del Obispo debe entenderse concedida para otro bienio, y no para el presente. Desde aquel día el obispo Solís se granjeó en el envanecido sacerdote don Miguel León un enemigo gratuito, que estuvo constantemente desacreditándolo y calumniándolo ante el Consejo de Indias. Era Maestrescuela de la Catedral de Quito; y, para que en adelante se abstuviera de continuar ejerciendo las facultades de Comisario de la Cruzada, se vio obligado el Obispo a conminarlo con censuras y a encerrarlo en una prisión105.
—308→A fines de 1600 partió el Obispo para Lima a asistir al tercer Concilio Provincial, que había convocado Santo Toribio. Estando ya en Lima, sucedió que el Santo Metropolitano reconviniera a nuestro Obispo, porque en esta iglesia de Quito, no se solía publicar la Bula de la Cena, la cual, según lo preceptuado por la Santa Sede, debía publicarse indefectiblemente todos los años. Excusose con humildad el señor Solís, alegando que no había publicado la Bula, porque existía una cédula real, en la que se prevenía que no se hiciera la publicación de la Bula, pues de ella se había suplicado a Su Santidad, y era práctica no publicar las Bulas y Breves del Papa, sino cuando habían recibido el pase real en el Consejo de Indias. Santo Toribio aseguró al señor Solís que la Bula de la Cena estaba revisada por el Consejo, y aún le mostró un trasunto de la expedida por Gregorio XIII, diciéndole que todos los años, sin contradicción ninguna, se publicaba en Lima.
Regresó a Quito el señor Solís; y, el Jueves Santo del año de 1602, hizo la publicación de la Bula, tomando primero las precauciones que le parecieron oportunas. Sabía el Obispo cuánto había padecido el Ilmo. señor Peña,
por haber publicado una vez la Bula, y quería evitar los escándalos
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que entonces se cometieron, arrancando la Bula de las puertas de la Catedral, haciéndola pedazos y amenazando con el destierro al Prelado. El sábado, víspera de Ramos, se salió, pues, ocultamente de Quito, dejando al obispo de Popayán (que casualmente estaba en esta ciudad), el encargo de celebrar los Divinos Oficios en la Catedral, y se retiró al pueblo de Pujilí en el distrito de Latacunga; llegó el Jueves Santo, vino la hora de la celebración del Mandato o ceremonia del lavatorio de los pies; el concurso de gente era innumerable, y la función muy solemne: los Oidores, con todo su cortejo, asistían a la ceremonia y nadie sabía nada absolutamente acerca de la publicación de la Bula, cuando subió al púlpito un eclesiástico y la leyó con todo el aparato posible. La sorpresa de los Oidores fue increíble: al principio se
turbaron, y permanecieron sentados en sus puestos bajo el solio, oyendo la lectura de la Bula; pero luego, repuestos de la sorpresa, se levantaron bruscamente de
sus asientos y se salieron de la iglesia. El Sábado Santo se practicaron informaciones, y el Lunes de Pascua se le requirió y notificó al Obispo, mandándole entregar la Bula, y conminándole con la pena de confiscación de bienes y extrañamiento del obispado, en caso de resistirse y continuar poniendo en práctica las excomuniones de la Bula. El señor Solís respondió, que obedecía, pero que suplicaba a Su Majestad mande a todas las Audiencias del Perú guarden la jurisdicción eclesiástica, en lo que, por ley divina, están obligados todos a guardar, porque (añadió el Obispo), «por lo que he
visto en cuarenta años de experiencia
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que tengo, en todas las Indias son tantos los agravios que los Prelados y los jueces eclesiásticos padecen en este particular, y andan tan abatidos, que vale más ser corregidor de indios, que obispo; en particular en este obispado de Quito, después que la Real Audiencia prendió al santo obispo de Popayán y lo trajo preso por tantas leguas con grande ignominia y escándalo de todo el reino, que no se puede decir sin lágrimas; y mi antecesor, don Fr. Pedro de la Peña lo más del tiempo hasta que murió anduvo huyendo de su iglesia, por no poder sufrir los agravios que se le hacían. Y de mí puedo decir que en la visita general que tengo hecha de todo el obispado, así en lo eclesiástico como en la secular, no he sido poderoso para remediar los males y daños que he hallado; por lo cual será milagro que los indios y los españoles respeten a los Prelados, estando como están éstos tan desautorizados, particularmente no habiendo visto castigo ninguno de parte de las justicias de la tierra, ¡aunque por parte de la justicia del Cielo no ha faltado castigo bien ejemplar y temeroso! El daño que con esto resulta a la moral cristiana es imponderable. Si las leyes eclesiásticas, las disposiciones de los concilios y los estatutos sinodales no se han de guardar en este reino,
yo no sé cómo los obispos podremos descargar la conciencia del Rey y la nuestra»
. Tal fue la contestación del Obispo106.
No era esta la primera contradicción que por motivo de la Bula de la Cena padecía el Obispo; pues, cinco años antes en 1597, el fiscal don Miguel Orozco había pedido que se recogieran los trasuntos que de la Bula tenía la curia eclesiástica, y se le había notificado al Prelado con autos, en los que se le impedía el libre ejercicio de su jurisdicción espiritual. La situación del Ilmo. señor Solís, aún bajo la presidencia de don Miguel de Ibarra, llegó, pues, a ser muy combatida cerráronse los ojos sobre sus virtudes y no se descubrieron en el Obispo más que defectos. En verdad, el Ilmo. señor Solís no en todo cuanto hizo durante el gobierno de este obispado, anduvo muy acertado: hemos admirado sus virtudes, señalemos también sus faltas, a lo menos las que, según nuestro juicio, merecen ser calificadas como tales, a pesar del respeto debido a la memoria de un varón tan insigne como el señor Solís.
Tuvo este Obispo algún tiempo por su Provisor y Vicario General a un joven, en quien se echaban de menos las prendas de que debe estar adornado el que ha de desempeñar semejante —312→ cargo. Era este don Diego Zorrilla, hijo del oidor don Pedro de Zorrilla: no tenía órdenes sagradas, pues apenas había recibido la tonsura y las cuatro órdenes menores. Cuando la revolución de las alcabalas, dejó las insignias clericales y tomó las armas; vino el señor Solís; y, con la misma ligereza, tornó a recobrar sus hábitos talares, y aceptó el cargo, que en sus manos ponía el Obispo. Sin verdadera vocación para el estado sacerdotal, no tardó en volver a dejar los hábitos, renunciando a ellos para siempre. El nombramiento de un clérigo de menores órdenes para Vicario no era ilícito canónicamente, pero no fue acertado ni edificante. Tenía el señor Solís en Quito una sobrina, hija de un hermano suyo, la cual estaba casada con Melchor de Castro Macedo; a quien hizo su secretario: la sobrina del Obispo mantenía relaciones estrechas de amistad con la familia del oidor Zorrilla, y el nombramiento del hijo de éste para Vicario General se atribuyó a influencias y compadrazgos de familia, y no a los méritos del elegido.
Castro Macedo no tardó en dar qué decir contra su no muy desinteresada conducta: murmuraban de su codicia de dinero los clérigos, y se quejaban de que procedía torcidamente en su oficio. Con esto, poco a poco fue amortiguándose el brillo de santidad del Obispo, y perdieron su provechosa eficacia los grandes ejemplos de virtud, que no cesaba de dar a su pueblo107. —313→ ¡Tan austeros, tan ejemplares, tan irreprensibles deben ser los Obispos a los ojos de los fieles! Parecía que todas las pasiones se hubiesen conjurado para ejercitar la paciencia y aquilatar los méritos del señor Solís, en los últimos años de su vida: los templos eran violados, sin que la inmunidad del lugar santo fuera respetada. En Ambato, un infeliz indio, perseguido por los alguaciles del corregidor, se refugió en la iglesia de Santo Domingo; y, aunque se subió al altar mayor, y aunque se abrazó estrechamente de una imagen de madera de la Santísima Virgen, con todo fue arrastrado por los que le perseguían y extraído del templo, en cuyo pavimento quedaron desparramados los trozos de la sagrada imagen, despedazada a impulsos de los que forcejeaban por sacar al indio.
Un cura declaró excomulgado a un corregidor: —314→ el Obispo examinó el asunto, y, encontrando acertado el procedimiento del Cura, lo aprobó: más los Oidores llamaron al párroco a su tribunal, y allí, en público, delante de numerosos espectadores, a gritos, lo insultaron, humillándolo y escarneciéndolo. Los mismos Oidores acusaron al Obispo de presuntuoso y desatento para con la Audiencia, porque consentía que, en presencia de ellos, los predicadores le saludaran llamándole Ilustrísimo y Reverendísimo Señor. Se quejaron al Consejo de Indias, porque en las fiestas a que asistían los Oidores se sentaba el Obispo bajo de solio, estando ellos sin sitial, por hallarse vacante la presidencia. Pronto tan malos ejemplos contaminaron a los fieles, y hubo un encomendero, que públicamente trató de mentiroso al Prelado, asegurando en el tribunal que no era cierto cuanto había denunciado el Obispo respecto a su conducta irreligiosa y temeraria. Era este encomendero un rico propietario, que poseía ingenio para elaborar azúcar y destilar aguardiente, y no había querido recibir a tres sacerdotes, que sucesivamente había enviado el Obispo, para que administraran los Sacramentos y adoctrinaran a los numerosos peones indios y negros, que aquel tenía ocupados en el trabajo. Y todavía éstos no fueron los únicos motivos de padecer que tuvo nuestro Obispo; a sus virtudes no les faltó la corona de la tribulación, esa corona sin la cual no hay verdadera santidad en la tierra.
—315→
En aquella época gozaban de inmunidad todos los templos; pero los jueces de Quito, sin respetarla, sacaron de la Catedral a un reo, que en ella se había acogido a sagrado. Este hecho fue ocasión de un terrible conflicto entre la autoridad eclesiástica y la civil: el Obispo reclamó contra la violación de la inmunidad del lugar sagrado, exigiendo como lo disponían los cánones en aquellos casos, que el reo fuese devuelto a la Iglesia, bajo cuyo amparo se había acogido. La Real Audiencia declaró, por su parte, que el Obispo se extralimitaba de su autoridad, y mandó que el reo fuese castigado con todo el rigor de la justicia: la terquedad de los Oidores y la firmeza del Obispo perturbaron de tal manera el concierto y armonía de las dos potestades, que el Obispo fulminó excomunión contra los Oidores; y éstos pronunciaron un auto contra el Obispo, y le mandaron que inmediatamente les alzara la excomunión. Como no hubiesen devuelto todavía el reo a la Iglesia, el señor Solís se negó a absolverlos; los Oidores entonces resolvieron sacar desterrado al Obispo, confiscándole sus rentas. Supo el pueblo esta resolución y se conmovió espantosamente, por lo cual los ministros de la Audiencia temieron, y entregaron el reo al Obispo. Ahí terminó la discordia, porque inmediatamente el Obispo absolvió a los jueces, imponiéndoles una leve penitencia saludable, como lo prescribían los Cánones.
El reo por quien el Obispo combatió tan —316→ enérgicamente, arrostrando toda clase de peligros, fue un pobre indio, condenado a pena capital. En esos tiempos la severa legislación penal había previsto el medio de mitigar el rigor de la justicia, dando lugar a la conmiseración con este fin, cada templo era un lugar de refugio inviolable para las víctimas que lograban, huyendo de la justicia humana, acogerse al amparo de la Religión. Cierto es que hubo frecuentes abusos, y que muchas veces fue relajada la saludable severidad de la justicia por la impunidad del crimen; pero también es muy hermoso contemplar un Obispo, que empuña las armas espirituales de la Iglesia, y vibra el rayo de la excomunión para librar del cadalso, y retirar de las gradas mismas del patíbulo a un pobre indio. Hoy los sabios discurren con afán sobre el modo de abolir enteramente la pena de muerte, y no han encontrado el cómo: la legislación antigua tenía resuelto ese terrible problema social, de una manera muy fácil y sencilla, a la justicia humana la armaba con el poder de dar la muerte; y en la religión respetaba el poder de conservar la vida. La cabeza del reo, que se acogía al templo, no había de rodar, por cierto, en el cadalso al golpe de la cuchilla del verdugo; pero la Iglesia debía devolver, arrepentido y mejorado, a la sociedad un miembro, que ella quería desterrar para siempre de su seno, por corrompido. Tal era la filosofía, dirémoslo así, de la sagrada inmunidad de los templos108.
—317→No fueron éstas las únicas contradicciones, que por parte del gobierno civil tuvo que sufrir el Ilmo. señor Solís, ni aquellas las únicas ocasiones, en que los ministros de la Audiencia abusaron escandalosamente de su autoridad. Era muy frecuente en aquellos tiempos que los curas abandonasen, de repente, sus parroquias, llevándose los ornamentos y vasos sagrados a otra parte, sin dar aviso ninguno al Prelado, ni tomar su consentimiento. Un clérigo dejó abandonada su parroquia y se marchó a otro pueblo, sin licencia ni conocimiento del Obispo, por lo cual éste le suspendió del ministerio sagrado y amenazó con excomunión mayor, si no volvía a su parroquia, para entregar por inventario todas las cosas de ella al sucesor: el clérigo, en vez de obedecer al Obispo, apeló a la Audiencia; el Obispo hizo poner preso al clérigo y los Oidores mandaron que lo absolviese de la excomunión y lo pusiese en libertad.
Dos canónigos faltaron al respeto al Obispo, y aun le contestaron palabras de mucho desacato e irreverencia; quiso castigarlos el Obispo, y, reuniéndose en día domingo los Oidores, pronunciaron un auto admitiendo el recurso de fuerza, que los culpados entablaban contra el Obispo. No había concubinario alguno, contra quien el Obispo tomase medidas severas, que no apelase a la Audiencia, seguro de encontrar en ella amparo y protección para continuar viviendo en sus escándalos. —318→ Con tan grandes abusos, cometidos por las primeras autoridades de la colonia, el Obispo vivió padeciendo incesantes contradicciones: reclamos, quejas, protestas, todo era inútil. El rey de España, para remediar los males de que se le quejaba el Obispo, pedía primero informe a los mismos autores de los escándalos, haciéndoles relación de la comunicación enviada por el Prelado. Semejante sistema de gobierno era ocasión de frecuentes venganzas, de calumnias autorizadas y de males sin cuento; y no es posible ponderar cuánta mengua sufría la moral, y cuántas amarguras saboreaban los Obispos celosos de la honra de Dios como el señor Solís.
Sumamente afligido quedó el Obispo después del último desgraciado acontecimiento, reflexionando el profundo desprecio que habían hecho los Oidores de las censuras de la Iglesia, la facilidad con que los jueces se habían atrevido a violar la inmunidad de los templos y el desacato con que había sido tratada en su persona la dignidad episcopal; pues el auto de destierro le fue notificado con estrépito y aparato, como para intimidarle y hacer que, por fuerza, concediera lo que con amenazas no habían podido arrancarle. Vivo estaba todavía en Quito el ejemplo de lo que la misma Audiencia había hecho con el obispo Coruña de Popayán: conocía, por otra parte, el señor Solís que en un pueblo tan religioso como el de Quito los ultrajes hechos contra el Obispo excitaban alborotos y trastornos, que, al fin, como sucede siempre, causaban al pueblo terribles sufrimientos, sin que, a pesar de todo, se lograse remediar ningún mal: por esto, entró —319→ en profunda tristeza, echando de menos la paz y silencio de su celda de religioso, y resolvió renunciar el obispado, para retirarse al convento de Guadalupe, donde se veneraba una imagen de la Virgen, con quien el Obispo tenía muy gran devoción. Había admitido el obispado con mucha repugnancia, tomando de aquella sagrada dignidad solamente los trabajos y renunciando todos los halagos, porque solía repetir a menudo aquella terrible sentencia de San Juan Crisóstomo: «¡¡Admírome de que pueda salvarse algún Prelado!!» y siempre que traía a la memoria estas palabras, las pronunciaba temblando.
Ocupado estaba en poner todos los medios más seguros para alcanzas del rey Felipe Tercero que le admitiese la renuncia que había hecho del obispado, cuando le llegó de España una cédula, en que se le anunciaba que había sido promovido al arzobispado de Charcas. Confuso y afligido quedó el Ilmo. señor Solís con noticia para él tan inesperada, pues nada habían valido en la Corte cuantas súplicas e instancias hiciera para que le admitiesen la renuncia del obispado: había mandado desde Quito un comisionado a Madrid para representar al Rey cuantos motivos tenía para renunciar su obispado; y había escrito con el mismo fin al Duque de Lerma, privado de Felipe Tercero, y a otros amigos que tenía en la Corte, porque el señor Solís hacía, para renunciar el obispado, esfuerzos mayores que los que, por desgracia, suelen hacer los ambiciosos para alcanzar dignidades eclesiásticas. Tomando la cédula real se entró, pues, en su oratorio a clamar al Señor que le diese a conocer su voluntad —320→ porque temía que, acaso, el amor propio o el miedo del trabajo hubiesen tenido parte en hacerle renunciar el obispado, echando de sobre sus hombros la carga que Dios le había impuesto.
Cuando se supo en Quito la partida del Obispo toda la ciudad se conmovió, las gentes acudieron en tropel a suplicarle que no los abandonase, y principalmente los pobres se agruparon en la calle y en la entrada del palacio, llorando por la pérdida de tan insigne benefactor. Con tales demostraciones de amor y de gratitud pagaba Quito al Ilmo. señor Solís los muchos bienes que de él había recibido en los diez años de su episcopado. Enternecido escuchaba el Obispo el llanto de su pueblo; así determinó salir de la ciudad a ocultas, y una noche se puso en camino calladamente, sin que nadie lo advirtiese. Parecía como si se hubiese ausentado por poco tiempo; mas, cuando llegó a los términos de su obispado, admitió el nombramiento de arzobispo de Charcas, y se declaró vacante la Sede de Quito, para que pasase la jurisdicción al Cabildo eclesiástico.
Antes de partir de Quito, renunció en beneficio de los monasterios de Cuenca y Riobamba, todo cuanto le debían en el obispado por el derecho que llamaban entonces de las cuartas funerales; y estimuló también a muchas personas ricas para que les hiciesen gruesas limosnas, con que les proveyó de honesta subsistencia. Para socorrer a las monjas de Loja, vendió un sitial de seda muy rico, y con el precio de él pudieron las religiosas concluir las viviendas del monasterio. Tantas obras llevó a cabo mediante su —321→ munificencia este venerable Prelado, que, escogiendo para sí la estrechez de la pobreza, supo multiplicar en sus manos el dinero, para emplearlo todo en dar gloria a Dios.
Acercábase a Lima el señor Solís, y; divisando a lo lejos las torres del convento de San Agustín, exclamó, diciendo con Job, «In nidulo meo moriar»: he aquí que moriré en mi propio nido; pues parece que presintió la proximidad de su fin. Llegada a la ciudad se dirigió al convento de San Agustín, y su primera diligencia cuando entró en él, antes de pasar a la posada que se le había preparado, fue a la iglesia para adorar el Santísimos Sacramento, y venerar en su capilla la devota imagen del Señor de Burgos109. —322→ La comunidad le recibió entonando el Te Deum laudamos. De la iglesia pasó a la celda, donde estaba dispuesto su alojamiento; que era la misma en que había vivido cuando fue Prior de aquel monasterio. Como llegaba tan fatigado del camino, deseó descansar pronto, y, al recogerse en el lecho, dijo a los padres que estaban presentes: «de aquí me llevaréis a la sepultura», y así se verificó porque la enfermedad que traía desde el camino se le agravó al llegar en Lima, y, aunque los médicos declararon que no era mortal, con todo, el Obispo repitió que de ella no había de manar. En efecto, empeorándose la enfermedad, al séptimo día, pidió los Sacramentos: recibió con gran devoción el sagrado Viático, y mientras le daban la Extrema Unción, respondía él mismo con notable entereza al sacerdote que se la administraba. Cuando principió su agonía, le —323→ presentaron un Crucifijo, y tomándolo en sus manos, parecía dirigirle fervorosos coloquios por el movimiento de los labios y las gotas de lágrimas que rodaban por sus mejillas: hizo luego ademán de besarle los pies; y dejándolo reposar lentamente sobre su pecho, espiró. Tenía entonces setenta y dos años de edad, y había gobernado como doce no completos el obispado de Quito.
En aquel mismo instante, en el coro de la Catedral de Charcas cantaban los canónigos este versículo: Pretiosa in conspectu Domini mors sanctorum ejus, con qué todos los días la Iglesia católica, a la hora de Prima, da gloria a Dios por la muerte de los santos, cuya memoria se recuerda en el Martirologio. Era esto una mañana del mes de julio del año de 1606.
—324→La silla episcopal de piedra estalló también en el mismo coro, en ese momento, rompiéndose en dos pedazos. El señor Solís acababa de espirar, asiendo apretadamente con la mano izquierda la correa de agustino con que ceñía su hábito, y repitiendo dos veces «Jesús, Jesús».
Estando ya enfermo de la enfermedad de que murió, le entregaron una carta del duque de Lerma, en que le decía que habiéndose divulgado en Madrid la noticia de la muerte de Santo Toribio, el ley había resuelto presentarlo para el arzobispado de Lima. Uno de los familiares que oyó leer esta carta, dijo al Obispo: «Señor, se ha cumplido el Anuncio del astrólogo de Cádiz»; a lo cual respondió el señor Solís: «todas las cosas suceden por voluntad de Dios; yo no iré al arzobispado de Lima, sino a la sepultura». Así se verificó, pues la noticia de su muerte llegó a España antes que el Rey lo hubiese presentado para la sede arzobispal de Lima.
Celebráronse sus exequias con grande pompa y acompañamiento de las principales personas de la ciudad: su cadáver fue sepultado en la sepultura común de los religiosos, por haberlo así dispuesto el mismo Obispo. Los que le conocieron de vista nos han dejado el siguiente retrato de su fisonomía, diciendo que era pequeño de cuerpo, espaldas un poco anchas, rostro largo, enjuto de carnes, muy blanco, frente espaciosa y calva, nariz aguileña grande y ojos negros, por extremo vivos: tal era el cuerpo en que se encerraba una alma enriquecida de grandes virtudes, por las cuales ha merecido que su memoria se conserve todavía entre nosotros, y, sin duda, se —325→ conservará para siempre, porque la memoria del justo no perecerá jamás110.
El señor López de Solís fue el cuarto de los Obispos españoles que gobernaron la diócesis de Quito en los primeros tiempos de su erección. El primer Obispo tardó muchos años en venir a su obispado, pues la guerra le detuvo en las provincias del Perú, esa guerra civil, en la cual el señor Garcí Díaz Arias acompañó al presidente La Gasca, yendo de una a otra parte con el ejército real, cosa que no podemos menos de mirar con sorpresa en un Prelado, pero que entonces se consideraba como prueba de celo y de vigilancia cristiana. Este primer Obispo hizo la erección de la Catedral, y, como no han quedado documentos acerca de su vida, no sabemos si acaso —326→ salió a visitar su diócesis, ni si ejecutó otras obras para gloria de Dios. Su gobierno, como toda época de fundación, fue laborioso y difícil. El señor Avendaño de San Miguel, que tantas pruebas de no comunes virtudes había dado en el gobierno de la Imperial de Chile, su primer obispado murió cuando apenas había puesto los pies en el territorio de la nueva diócesis que venía a gobernar: Quito tuvo para su tercer Obispo solamente honores fúnebres; y el ejemplar y virtuoso Prelado pidió a su nueva iglesia sólo un sepulcro para descanso de sus restos mortales. Los Obispos, que verdaderamente fundaron y organizaron la iglesia ecuatoriana, fueron el señor Peña y el señor Solís. El primero activo, constante, enérgico, el segundo, infatigable, solícito, manso; ambos celosos por la gloria de Dios, recorrieron de un extremo a otro la dilatada extensión de su obispado, para conocer sus necesidades por sí mismos, y aplicarles conveniente remedio. El señor Peña luchó infatigablemente con los escándalos que, en la libre sociedad de la colonia, habían echado hondas raíces; venció con santa tenacidad cuantos obstáculos se oponían a la reforma de costumbres, a fin de enseñar a vivir cristianamente a los viejos conquistadores, que, habituados la vida libre y suelta de los campamentos, se manifestaban reacios a las disposiciones del Obispo, y les parecía punto menos que imposible amoldar los envejecidos y malos hábitos en la estrecha turquesa de la moral cristiana: tanto más difícil fue para el obispo Peña esta tarea, cuanto la relajación de costumbres era atizada por el pábulo que —327→ amos y señores tenían a la mano en la pobre raza india, tanto menos virtuosa cuanto más ignorante y envilecida. El Obispo no cesó de trabajar por arrancar de raíz semejantes abusos, a pesar de cuantas dificultades le suscitó la inmoralidad para vencerlo, encastillada en el derecho del patronazgo real, de donde el Obispo pretendía desalojarla.
El señor Solís se distinguió por el esmero con que procuró la mejora y adelantamiento del estado eclesiástico, así en ciencia, como en virtud reunió Sínodos diocesanos, visitó personalmente dos veces su obispado, fundó un seminario en que los clérigos fuesen educados en letras y en piedad: en su persona dio ejemplo de perfectas virtudes, de manera que, para caracterizar con exactitud a este Obispo y hacer su retrato al mismo tiempo que su elogio, nos bastará decir que fue su gobierno de Quito una escrupulosa ejecución del Santo Concilio de Trento y de los Concilios provinciales de Lima: fue siervo de las leyes eclesiásticas, y esa esclavitud le santificó. Al señor Solís se le pueden, pues, aplicar, a su manera, estas palabras del Príncipe de los Apóstoles: «Forma factus graegis ex animo»
: hízose de corazón modelo de su grey.